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Vancouver: atardecer en English Bay.

viernes, 26 de agosto de 2016

Agosto: BAJO LA LUNA DE AGOSTO*, de Carl Sandburg


Bajo la luna de agosto
las suaves gotas de plata
caen, resplandecientes,
sobre jardines nocturnos;
y la muerte, burlona gris,
viene susurrándote
como una bella amiga
que te recuerda.

Bajo las rosas del verano
el fragante carmesí se oculta
durante el crepúsculo,
entre hojas silvestres
coloradas; y el amor,
con manos pequeñitas,
viene a tocarte
con miles de recuerdos
y te plantea preguntas bellas
que no tienen respuesta.
 
 
Carl Sandburg (Estados Unidos, 1878-1967).
 
* Under the Harvest Moon, que es el título original en inglés de este poema, fue traducido al español por José Vicente Anaya como Bajo la luna de agosto. 

miércoles, 24 de agosto de 2016

Agosto: EL PUENTE, de Mircea Eliade

"... subido en la moto, despacio, sin meter ruido. La quinta vez pasó lo que tenía que pasar, el accidente..."

(Fragmento inicial)
 
París, agosto de 1976.

- ¡Hay que ver qué cosas pasan! Me estoy acordando de un motorista. Yo estaba delante del chalet, mirándolo. Quería ver cuándo se hartaba. Ya era la cuarta vez que subía por la empinada cuesta y, nada más llegar arriba, daba media vuelta y bajaba hacia el valle subido en la moto, despacio, sin meter ruido. La quinta vez pasó lo que tenía que pasar, el accidente, quiero decir. Lo llevé en brazos al chalet, ensangrentado, inconsciente. Cogí agua y se la eché por encima. Volvió en sí y, con gran sorpresa por mi parte, me reconoció. «Ya creía que no venías», me dijo. «Te estuve esperando el año pasado, más o menos por esta época.» Yo no entendía nada. «Debes de tomarme por otro», le dije. «Este chalet no es mío. Me lo ha prestado ocho días un amigo.» Él sonreía: «Ya sé que son las reglas del juego, tú tienes que hacer que no me reconoces. Pero soy yo, Emmanuel». Y empezó a contarme... todo tipo de historias raras, completamente inverosímiles. Lo interrumpí varias veces: «Pero si todo eso no es verdad. Sabes muy bien que no puede ser verdad. Te lo has inventado tú. ¿Y el accidente?», me preguntó con una sonrisa. «¿Y el accidente me lo he inventado yo?» Se restañaba con un pañuelo el labio superior, que le estaba sangrando, y en la mirada que me dirigía yo leía candor, pero también una imperceptible ironía. No sabía a qué carta quedarme. Me daba pena decirle la verdad, decirle que padecía de amnesia. Al final, tuve que decidirme. Si hubiera vuelto a perder el conocimiento, me habría visto en la obligación de llevarlo al hospital, y eso lo habría complicado todo mucho, muchísimo. «Aquí hay un error», le dije suavemente. «Estás aquí por error, me confundes con otro. Perteneces a otro mundo, a otra sociedad. A lo mejor eres un escritor, o un aventurero; sea como fuere, eres alguien con muchos secretos, cuyo pasado y cuyo futuro rebosan de aventuras fabulosas. Yo me muevo en un mundo modesto y prudente, carente de interés. Es imposible que me conozcas. Te repito que este chalet no es mío. Es de un amigo. Es la primera vez que vengo...»

Seguía mirándome mientras se restañaba el labio con el pañuelo. Lo dejé marchar, aun a sabiendas de que iba a perderse. Padecía de amnesia. ¿Qué posibilidades tenía de encontrarse con quienes lo estaban esperando, quienes lo habían esperado ya el año anterior? Padecía de amnesia, y las reglas del juego -a lo que había creído entender- exigían que no se le reconociese a la primera. Así que habría podido volver otra vez, y otra más, pero ¿cómo habría podido saber a casa de quién había ido y a casa de quién no había ido, si padecía de amnesia? Se marchó, y yo sabía de sobra que se iba a perder, Incluso empezaba a pesarme un poco haber dejado que se fuera. Era una persona interesante. Qué paciencia había tenido para subir tantas veces hasta arriba con la moto y volver a bajar, después, hasta el valle, hasta lo más hondo del valle, hasta el puente...
 

Mircea Eliade (Rumania, 1907-1986).

martes, 23 de agosto de 2016

Agosto: LA MANCHA HUMANA, de Philip Roth

"Cada 23 de agosto, aniversario del día de 1927 en que los dos anarquistas fueron ejecutados..."

(Fragmento del capítulo 2: Esquivar el golpe)
 
Su padre, que según ella sólo hablaba yiddish, era un anarquista herético tan cabal que ni siquiera había hecho circuncidar a los dos hermanos de Iris. Tampoco los padres de esta se habían molestado en obtener el certificado de matrimonio o someterse a una ceremonia civil. Pero aquellos dos ateos inmigrantes sin educación, que escupían al suelo cuando un rabino pasaba por su lado, se consideraban marido y mujer, afirmaban ser norteamericanos e incluso se llamaban a sí mismos judíos. En cualquier caso, se llamaban así libremente, sin pedir permiso ni buscar la aprobación de quienes el padre de Iris consideraba los hipócritas enemigos de cuanto era natural y bueno, a saber, los funcionarios, los que detentaban el poder sin legitimidad. De la pared cuarteada y sucia detrás del mostrador donde servían los refrescos en la confitería familiar de la avenida Myrtle, un local atestado y tan pequeño, decía ella, «que no podrían enterrarnos allí a los cinco uno al lado de otro», colgaban dos retratos enmarcados, uno de Sacco y el otro de Vanzetti, fotografías separadas de la sección de rotograbado del periódico. Cada 23 de agosto, aniversario del día de 1927 en que los dos anarquistas fueron ejecutados en Massachusetts por unos crímenes en los que Iris y sus hermanos, aleccionados por sus padres, no creían que ninguno de los dos hombres hubiera cometido, cerraban la tienda y la familia se retiraba en el minúsculo y lóbrego piso cuyo lunático desorden superaba incluso al del local, a fin de observar un día de ayuno. Era un ritual que había ideado el padre de Iris, como si fuese el dirigente de un culto, tomando absurdamente como modelo el Día de la Expiación judío. Lo que el padre tomaba por ideas no eran tales; en el fondo no había más que desesperación e ignorancia, la amargura del desposeído, el odio revolucionario impotente.
 
 
Philip Roth (Estados Unidos, 1933-2018).

lunes, 22 de agosto de 2016

Agosto: PARADOJAS Y OXÍMOROS, de John Ashbery

"... de estos largos días de agosto... se pierde en el ajetreo ruidoso de las máquinas de escribir."

Este poema tiene que ver con el lenguaje en un nivel muy básico.
Observa cómo se dirige a ti. Tú miras por la ventana
o pretendes juguetear con algo. Lo entiendes, pero no lo entiendes realmente.
No lo captas, o él no te capta a ti. Ninguno de los dos lo capta.


El poema está triste porque le gustaría ser tuyo, pero no puede.
¿Qué es «un nivel muy básico»? Es eso, y también otras cosas,
que forman un sistema que él intenta poner en juego. ¿En juego?
Bueno, la verdad es que sí, aunque yo considero que el juego es


una cosa externa y más profunda, un patrón encontrado en sueños
tal como la división de la gracia de estos largos días de agosto,
sin prueba alguna. Final abierto. Y antes de que te des cuenta
se pierde en el ajetreo ruidoso de las máquinas de escribir.


Te la han jugado una vez más. Yo creo que tú existes solamente
para convencerme de que lo haga, en tu propio nivel, y luego ya no estás allí
o adoptas una actitud diferente. Y el poema
me ha empujado hasta ponerme suavemente a tu lado. El poema eres tú.


 
John Ashbery (Estados Unidos, 1927).

domingo, 21 de agosto de 2016

Agosto: LEJOS, de Constantino Cavafis



Quisiera este recuerdo decirlo...
Pero de tal modo se ha borrado... como que nada queda
porque lejos, en los primeros años de mi adolescencia yace.
Una piel como hecha de jazmín...
Aquel atardecer de agosto -¿era agosto...?-
Apenas me recuerdo ya de los ojos; eran, creo, azules...
Ah sí, azules: un azul de zafiro.
 
 
Constantino Cavafis (Grecia, 1863-1933).
 
(Traducido del griego por Miguel Castillo Didier).

sábado, 20 de agosto de 2016

Agosto: TARDE DE AGOSTO, de José Emilio Pacheco

"Julia descubre una ardilla en la punta de un árbol."

Nunca vas a olvidar esa tarde de agosto. Tienes catorce años y estás en secundaria. Tu padre ha muerto, tu madre trabaja en una agencia de viajes. Ella te despierta a la las siete. Queda atrás el sueño de combates en la selva, desembarcos en islas enemigas. Entras en el día en que es preciso ir a la escuela, crecer, al abandonar la infancia. Por la noche, al terminar la cena, las tareas, la hora compartida ante el televisor, te encierras a leer los libros de la colección Bazooka, esas novelitas de la Segunda Guerra Mundial que transforman en hechos heroicos los horrores del campo de batalla. En la colección Bazooka  siempre  hay una mujer que recompensa con su amor a quien esté dispuesto a dar la vida por la causa.

De lunes a viernes el trabajo de tu madre te obliga a comer en casa de su hermano. Es hosco, te hace sentir intruso y exige un pago mensual por tus alimentos. Sin embargo, todo lo compensa la presencia de Julia. Tu prima estudia ciencias químicas, te ayuda en las materias más difíciles de la secundaria, te presta discos. Es la única que te toma en cuenta , sin duda, por compasión a quien ve como el niño, el huérfano, el sin derecho a nada. Piensas: Julia no puede amarte. Nos separan seis años y el ser primos hermanos.

Un día te presenta a un compañero de la Universidad, el primer novio a quien se permite visitarla en su casa. Pedro te desprecia y te considera un estorbo. Destruye la relación establecida con Julia. Ahora no tiene tiempo de vigilar tus tareas ni habla de discos ni van al cine. No sientes rencor hacia ella, te limitas a odiar a  Pedro. Aquella tarde en que Julia cumple veinte años, cuando se levantan de la horrible comida de aniversario, Pedro la invita  a pasear por los alrededores de la ciudad. Te ordenan acompañarlos. Suben al coche. Te hundes en el asiento posterior. Julia se reclina en el hombro de Pedro. Él la abraza y maneja con la izquierda. La música trepida en la radio del automóvil. El sol de las cuatro te parece una ofensa más. Pasan los cementerios y los últimos lugares habitados. Para no ver que Julia besa a Pedro y se deja acariciar, miras lo árboles a orillas de la carretera: cipreses, oyameles, pinos desgarrados por la luz del verano. Se detienen ante el convento perdido en la soledad de la montaña. Bajas con ellos y caminan por corredores y galerías desiertas. Se asoman a la escalinata de un subterráneo en tinieblas. Se hablan y escuchan (ellos, no tú) en los huecos de una capilla que trasmite susurros de una esquina a otra. Y mientras Julia y Pedro pasean por los jardines tú que no tienes nombre y no eres nadie inscribes en la pared cubierta de  moho: Julia, 19 de agosto, 1954, Salen de las ruinas del monasterio, se internan en el bosque húmedo, bajan hasta un arroyo de aguas heladas. Un letrero prohíbe cortar flores y molestar a los animales. El bosque es un parque nacional. Quien desobedezca recibirá su castigo.

Vibran las frondas con el aire que revive tus sueños. Por un instante vuelves a ser el héroe de la colección Bazooka, el vencedor o el derrotado de Narvik, Tobruk , Midway, Iwo Jima , El Alamein, Stalingrado, Varsovia, Monte Cassino, las Ardenas … Te imaginas combatiente en la caballería polaca  o en el Afrka Korps, soldado capaz de actos heroicos que una mujer premiará con su amor. Julia descubre una ardilla en la punta de un árbol. Me gustaría llevármela, dice. Las ardillas no se dejan atrapar, contestó Pedro, y si alguien lo intentara hay guardabosques para impedirlo y encarcelan a quien se atreva. Yo la agarro, aseguras sin pensarlo, y te subes al árbol a pesar de que Julia quiere detenerte. La corteza hiere tus manos, la resina te hace resbalar. La ardilla asciende aún más alto. La siguiente hasta poner los pies en una rama. Miras hacia abajo y ves acercarse al guardabosques y a Pedro que se pone a hacerle conversación. El guardabosques no alza la mirada hacia el árbol en el que estás inmóvil y oculto a medias en el follaje. Julia intenta no traicionarte con la vista. Pedro tampoco te delata: se propone algo más cruel. Retiene al guardabosques con pregunta tras pregunta, le da algunos billetes, lo deja hablar de sí mismo, quejarse de los paseantes y de lo poco que gana . Así te impide el triunfo y prolonga tu humillación.

Has pasado diez o quince minutos. La rama empieza a ceder bajo tu peso. Sientes miedo de caer desde esa altura y morir ante Julia o romperte lo huesos y quedar inválido para siempre. O de otro modo, date por vencido, dejar que el guardabosques te lleve preso.

Atrapado por Pedro, el guardabosque no se va. La ardilla te desafía a medio metro de la rama crujiente. En seguida baja por el tronco con agilidad que nunca será tuya y corre a perderse en el bosque. Julia se ha soltado a llorar, lejos del guardabosque y de la ardilla pero de ti más lejos e imposible. Al fin el guardabosque agradece la propina de Pedro, se despide y vuelve al convento. Entonces bajas, muerto de miedo, pálido, torpe, humillado, con lágrimas. Pedro se ríe de ti. Julia no llora: le reclama y lo llama estúpido. Suben otra vez al automóvil. Julia no se deja abrazar por Pedro y nadie habla de nada de nada ni una palabra. Bajas en cuanto llegan a la ciudad, caminas sin rumbo muchas horas y al llegar le cuentas a tu madre lo que ocurrió en el bosque y subes a la azotea y quemas en el boiler la colección Bazooka. Pero no olvidas nunca esa tarde de agosto. Esa tarde, la última en que tú viste a Julia.

 

José Emilio Pacheco (México, 1939-2013).

viernes, 19 de agosto de 2016

Agosto: PRESENTIMIENTO, de Vladimir Holan

"Más tarde el momento en que el cálido agosto sabe a vino..."
 
Amena la mañana... Niebla como para cincuenta camisas
para la doncella del lago... Más tarde el momento
en que el cálido agosto sabe a vino...
El horror ante el cuello de las cepilladoras de ataúdes...
El claro deseo de la vida...
 
Pero si se te enferma el corazón
irás a por su salud a los infiernos
y ya no volverás...
 

Vladimir Holan (República Checa, 1905-1980).
 
(Traducido al español por Clara Janés).

miércoles, 17 de agosto de 2016

Canícula: MEMORIA, de Arthur Rimbaud

"Al pronto cenit, de su opacado espejo, envidia al cielo gris de canícula la Esfera rosa y amada."
 
I
 
El agua clara; como sal de lágrimas de infancia,
Asalto al sol de alburas de cuerpos de mujeres;
La seda, en turba y de lis puro, de oriflamas
Bajo muros que alguna doncella defendió;
 
Retozo de ángeles; -No… la corriente de oro en marcha,
Mece brazos, negros, y plúmbeos, y frescos ante todo, de hierba. Ella
Sombría, teniendo el Cielo azul por dosel, reclama
Por cortina la sombra de la colina y del arco.
 
II
 
¡Eh! ¡el húmedo cristal extiende sus borbotones límpidos!
El agua amuebla de oro pálido y sin fondo los lechos prevenidos.
Las ropas verdes y desteñidas de las niñas
Hacen los sauces, trampolín de los pájaros sin bridas.
 
Más puro que un luis, amarillo y caliente párpado
La caléndula del agua -¡tu fe conyugal, oh Esposa!-
Al pronto cenit, de su opacado espejo, envidia
Al cielo gris de canícula la Esfera rosa y amada.
 
III
 
Madame se yergue demasiado en la pradera
Cercana a donde nievan los hijos del trabajo; sombrilla
Entre los dedos; pisoteando la umbela; tan altiva para ella;
Niños leyendo en el verdor florido
 
¡Su libro de rojo marroquí! ¡Ay! Él, como
Mil ángeles blancos que se dispersan sobre la ruta
¡Se aleja más allá de la montaña! Ella, toda
Fría, y negra ¡corre! ¡Después de la partida de su hombre!
 
IV
 
¡Nostalgia de brazos prietos y jóvenes de hierba pura!
¡Oro de lunas de abril en el corazón del santo lecho! Alegría
De las canteras ribereñas del abandono; ¡prisioneras
De las tardes de agosto que hacían germinar las podredumbres!
 
¡Que ella llore ahora bajo los murallones! el hálito
De los álamos de lo alto es para la sola brisa.
Luego, en el río subterráneo, sin reflejos, sin manantial, gris:
Un viejo, dragador, en su barca inmóvil, pena.
 
V
 
Juguete de este ojo de agua triste, no podré tomar,
¡Oh inmóvil canoa! ¡oh! ¡brazos tan cortos! ni la una
Ni la otra flor: ni la amarilla que me inoportuna,
Allí; ni la azul, amiga del agua del color de la ceniza.
 
¡Ah! ¡ese tamo de los sauces que un ala sacude!
¡Las rosas de juncales devoradas hace tiempo!
Mi canoa, siempre fija; y su cadena arrojada
Al fondo de ese ojo de agua sin límites -¿en qué lodo?
 
 
Arthur Rimbaud (Francia, 1854-1891). 

martes, 16 de agosto de 2016

Canícula: LA DALIA BLANCA, de Herta Müller

«La sandía fue un simple pretexto», dijo el carpintero después del entierro. «La dalia fue su hado fatal.»
 
En plena canícula de agosto, la madre del carpintero bajó una sandía al pozo con el cubo. El pozo hacía olas en torno al cubo. El agua gorgoteaba en torno a la cáscara verde. El agua enfrió la sandía. La madre del carpintero salió al jardín con el cuchillo grande. El sendero del jardín era una acequia. La lechuga había crecido. Tenía las hojas pegadas por la leche blancuzca que se forma en los cogollos. La madre del carpintero bajó por la acequia con el cuchillo. Allí donde empieza la valla y termina el jardín, florecía una dalia blanca. La dalia le llegaba al hombro. La madre del carpintero se pasó un buen rato oliendo los pétalos blancos. Inhalando el perfume de la dalia. Luego se frotó la frente y miró el patio.
 
La madre del carpintero cortó la dalia blanca con el cuchillo grande.
 
«La sandía fue un simple pretexto», dijo el carpintero después del entierro. «La dalia fue su hado fatal.»
 
Y la vecina del carpintero dijo: «La dalia fue una visión».
 
«Como este verano ha sido tan seco», dijo la mujer del carpintero, «la dalia se llenó de pétalos blancos y enrollados. Floreció hasta alcanzar un tamaño nada común para una dalia. Y como no ha soplado viento este verano, no se deshojó. La dalia ya llevaba tiempo muerta, pero no podía marchitarse».

 
«Eso no se aguanta», dijo el carpintero, «no hay quien aguante algo así».
 
Nadie sabe qué hizo la madre del carpintero con la dalia que había cortado. No se la llevó a su casa. Ni la puso en su habitación. Ni la dejó en el jardín.
 
«Llegó del jardín con el cuchillo grande en la mano», dijo el carpintero. «Había algo de la dalia en sus ojos. El blanco de los ojos se le había secado.»
 
«Puede ser», dijo el carpintero, «que mientras esperaba la sandía hubiese deshojado la dalia. En su mano, sin dejar caer un solo pétalo a tierra. Como si el jardín fuera una habitación».
 
«Creo», dijo el carpintero, «que cavó un hoyo en la tierra con el cuchillo grande y enterró ahí la dalia».
 
La madre del carpintero sacó el cubo del pozo ya al caer la tarde. Llevó la sandía a la mesa de la cocina. Con la punta del cuchillo perforó la cáscara verde. Luego giró el brazo describiendo un círculo con el cuchillo grande y cortó la sandía por la mitad. La sandía crujió. Fue un estertor. Había estado viva en el pozo y sobre la mesa de la cocina, hasta que sus dos mitades se separaron.
 
La madre del carpintero abrió los ojos, pero como los tenía igual de secos que la dalia, no se le abrieron mucho. El zumo goteaba de la hoja del cuchillo. Sus ojos pequeños y llenos de odio miraron la pulpa roja. Las pepitas negras se encabalgaban unas sobre otras como los dientes de un peine.
 
La madre del carpintero no cortó la sandía en rodajas. Puso las dos mitades delante de ella, y con la punta del cuchillo fue horadando la pulpa roja. «En mi vida había visto tanta avidez en un par de ojos», dijo el carpintero.
 
El líquido rojo empezó a gotear en la mesa de la cocina. Le goteaba a ella por las comisuras de los labios. Las gotas le chorreaban por los codos. El líquido rojo de la sandía se fue pegando al suelo. «Mi madre nunca había tenido los dientes tan blancos y fríos», dijo el carpintero. «Mientras comía me dijo: "No me mires así, no me mires la boca". Y escupía las pepitas negras sobre la mesa.»
 
«Yo desvié la mirada. No me fui de la cocina. La sandía me daba miedo», dijo el carpintero. «Luego miré por la ventana. Por la calle pasó un desconocido. Caminaba deprisa, hablando consigo mismo. Detrás de mí, oía a mi madre perforar la pulpa con el cuchillo. La oía masticar. Y deglutir. "Mamá", le dije sin mirarla, "deja ya de comer".»
 
La madre del carpintero levantó la mano. «Empezó a gritar y yo la miré porque gritaba muy fuerte», dijo el carpintero. «Me amenazó con el cuchillo. "Esto no es un verano y tú no eres un hombre", chilló. "Siento una presión en la frente. Me arden las tripas. Este verano despide el fuego de todos los años. Sólo la sandía me refresca".»
 
Herta Müller (Escritora en lengua alemana nacida en Rumania, 1953). Obtuvo el premio Nobel en 2009.

lunes, 15 de agosto de 2016

Canícula: A MÍ MISMO EN MIS MEMORIAS, de Adam Zagajewski

"Delira en la canícula el jardín..."
 
Fluye, fluye, nube gris,
se abre la flor de la peonía,
nada te une ya a esta tierra,
nada te une ya a este cielo.

Delira en la canícula el jardín,
un gato da bostezos en el porche.
Caminas por la calle de los tilos
en flor, de qué ciudad, lo ignoras,

en qué país, no lo recuerdas.
Brillan livianos los estorninos,
la noche se aproxima suavemente,
juegan al escondite los capullos de las rosas.

Eres tan sólo un sueño, una imagen,
sólo un anhelo eres.
Cuando te vayas, como las nubes,
se teñirá de bronce tu recuerdo.

Y rondarás los ríos
y las sombras de los árboles,
pero naufragarás en la tierra, en la tierra, en la tierra.


Adam Zagajewski (Polaco nacido en Ucrania, 1945)
 
(Traducido al español por Elzbieta Bortkiewicz)

domingo, 14 de agosto de 2016

Canícula: FRANKIE Y LA BODA, de Carson McCullers

"Pero, como eran los días de la canícula, Charles no volvió."
 
(Fragmento)
 
Sólo eran las seis y media, y los minutos de la tarde brillaban como espejos. Había dejado de oírse el silbido que llegaba de afuera y en la cocina todo estaba en calma. Frankie estaba sentada frente a la puerta que daba al porche trasero. En un ángulo de la puerta había una gatera cuadrada, y junto a ella un platillo con leche agria de color lila. Al principio de la canícula el gato de Frankie había desaparecido. Y la canícula es así: son los días del final del verano en que por lo general no puede ocurrir nada, pero, si algo cambia, el cambio dura mientras duran los calores fuertes. Lo que se hizo no se deshace y si algo se hace mal no se corrige.
 
Aquel agosto, Berenice se rascó una picadura de mosquito en el brazo derecho y se le infectó: la herida no curaría hasta que terminara la canícula. Dos familias de cínifes de agosto habían elegido los ojos de John Henry para establecerse en ellos, y, por más que él pestañeara y se sacudiera, allí se quedaban. Luego desapareció Charles, el gato, Frankie no lo vio salir de casa, pero el 14 de agosto, por más que lo llamó para cenar, Charles no vino: se había marchado. Lo buscó por todas partes, y envió a John Henry a llamarle por su nombre por todas las calles del pueblo. Pero, como eran los días de la canícula, Charles no volvió. Todas las tardes Frankie decía exactamente unas mismas palabras a Berenice, y las respuestas eran siempre las mismas, de manera que ahora aquellas palabras eran como una aburrida tonada que canturreaban de memoria.
 
- Si por lo menos supiera adónde se ha ido...

- No te preocupes por ese viejo minino callejero. Ya te he dicho que no volverá.

- Charles no es callejero. Es casi un persa puro.

- Sí; tan persa como yo -decía Berenice. Me parece que ya no lo verás más.
 

Carson McCullers (Estados Unidos, 1917-1967)

viernes, 12 de agosto de 2016

Canícula: GRINGO VIEJO, de Carlos Fuentes

"El sol mexicano dejaría un paisaje desnudo bajo la lumbre."
 
(Fragmento del capítulo VII)

Este era el reino de la sombra, pero la luz era una tortura peor para ella. En la oscuridad del sueño, ella se hundía en el tórrido verano de las marejadas atlánticas, como se hundía en el calor de su propio cuerpo dormido. Eran suyas la misma humedad de las márgenes del Potomac y la vegetación mojada y lánguida, sólo en apariencia domesticada dentro de la ciudad de Washington, que en realidad invadía hasta el último rincón de los jardines perdidos, los estanques, los umbríos patios traseros cobijados por techos de verde humedad, alfombrados con los capullos muertos del cornejo blanco y el olor agridulce de los negros que se dejaban vivir a lo largo de la canícula con una difusión de días de cuerpos sudorosos y rostros polveados con desgano.
 
A medio camino entre Washington y México, iba a imaginar que había verano en Washington pero había luz en México. En su mente suspendida entre la memoria y la previsión, ambas iluminaciones desnudaban el espacio circundante. El sol mexicano dejaría un paisaje desnudo bajo la lumbre. El sol del Potomac se convertiría en una neblina luminosa capaz de devorar los contornos de los interiores, las salas, las alcobas, los espacios húmedos y huecos de los sótanos apestosos donde las gatas se refugiaban para parir sus ventregadas y la presencia desgastada de alfombras, muebles y ropajes viejos que lograban permanecer en Washington mientras la gente llegaba o partía con sus baúles, se reunían como fantasmas latentes y sin llama en medio de un denso aroma de musgo y naftalina.

Se preguntaba a veces: ¿Cuándo fui más feliz?


Carlos Fuentes (México, 1928-2012)

jueves, 11 de agosto de 2016

Canícula: LAS FLORES DEL MAL, de Charles Baudelaire


"Estación de ensueño, en que la Musa se engancha durante un día entero al badajo de una campana."

IX

(Fragmento)
 
Era, sobre todo, en verano, cuando los plomos de los techados se fundían
Cuando aquellos grandes muros ennegrecidos en tristeza abundaban,
Cuando la canícula o el brumoso otoño,
Irradiaban los cielos con su fuego monótono,
Y hacían adormecer, en los esbeltos torreones,
Los vocingleros gavilanes, terror de los blancos pichones;
Estación de ensueño, en que la Musa se engancha
Durante un día entero al badajo de una campana;
Donde la Melancolía, al mediodía, cuando todo duerme,
El mentón en la mano, al fondo del corredor,
-La pupila más negra y más azul que la de la Religiosa
De la que cada uno sabe la historia obscena y dolorosa-,
Arrastra un pie fatigado por precoces molestias,
Y su frente humedece aún la languidez de sus noches.
 

Charles Baudelaire (Francia, 1821-1867).

miércoles, 10 de agosto de 2016

Canícula: EL AMANTE DESDICHADO, de Alberto Moravia

"Las persianas del cuarto contiguo se abrieron y la mu­chacha rubia apareció en la terraza."
 
(Fragmento)

El mar, entre las altas rocas rojas coronadas de ver­dor, enceguecía azotado por la luz del sol. En el huerto se habían callado, en aquel silencio, hasta las gallinas. Sólo se oía el zumbido de los insectos que disfrutan con la canícula anidados entre las hierbas quemadas y en las grietas del árido terreno.
 
Sandro apoyó la mano en la barandilla y miró al mar.
 
Las persianas del cuarto contiguo se abrieron y la mu­chacha rubia apareció en la terraza.
 
Puso sus manos cortas y llenas en la barandilla, y tam­bién ella miró al mar con sus ojitos inexpresivos. Tenía realmente un espléndido pelo rubio, pensó Sandro, pero con aquel vestido escaso, como de muñeca, su exuberante cuerpo estaba ridículo. Observó que la chica no se vol­vía ante sus miradas, sino que, como un caballo bajo el cepillo del amo, daba a entender que las advertía con ciertos temblores provocativos que corrían por sus muslos y sus musculosas caderas. En la transparencia del vestido, el hermoso cuerpo ponía una sombra cálida y os­cura.


Alberto Moravia (Italia, 1907-1990)