Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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lunes, 15 de julio de 2024

Mirándolas dormir: REFLEJOS EN UN OJO DORADO, de Carson McCullers

"Leonora se había quedado dormida sobre la alfombra, al lado de la chimenea del cuarto de estar."

(
Fragmentos de la primera parte)

Leonora se había quedado dormida sobre la alfombra, al lado de la chimenea del cuarto de estar. El capitán se detuvo a mirarla, y rió para sus adentros. Estaba echada de costado y su marido le dio un ligero puntapié en las nalgas. Leonora gruñó algo acerca de cómo rellenar un pavo, pero no se despertó. El capitán se inclinó, la sacudió por un brazo, le habló a la cara y al fin la puso en pie. Pero, igual que un niño a quien levantan por la noche para que no moje la cama, Leonora tenía el don de seguir durmiendo aunque la pusieran de pie. Mientras el capitán la subía casi en vilo por la escalera, ella mantenía los ojos cerrados y seguía gruñendo algo sobre el pavo.

Que me cuelguen si crees que te voy a desnudar -dijo el capitán.

Pero Leonora estaba sentada en la cama tal como él la dejara, y, después de mirarla durante unos minutos, el capitán sonrió de nuevo y le quitó la ropa. No le puso camisón, porque los cajones estaban en tal desorden que no pudo encontrar ninguno. Además, Leonora prefería dormir «en cueros», como ella decía. Cuando estuvo acostada, el capitán se puso a mirar un cuadro de la pared que le había divertido siempre.
()

El capitán miró otra vez a su mujer dormida. Leonora siempre tenía calor, y ya había bajado la ropa de la cama dejando al descubierto sus pechos desnudos. Sonreía dormida y el capitán pensó que estaría comiéndose aquel pavo que había preparado en sueños.

"La mujer del capitán dormía tal como su marido la había dejado: su pelo suave le caía suelto sobre la almohada y tenía a medio cubrir el pecho..."

(Fragmento de la segunda parte)

El soldado Williams esperó fuera de la casa hasta que las luces llevaban dos horas apagadas. Las estrellas se estaban desvaneciendo y la negrura del firmamento había cambiado hasta tomar un color violeta profundo. Sin embargo, Orión se veía aún muy brillante y la Osa Mayor lucía de un modo maravilloso. El soldado dio la vuelta a la casa y empuñó el picaporte de la verja. Como suponía, estaba cerrado por dentro. Introdujo la hoja de su navaja y consiguió levantar el pestillo. La puerta posterior de la casa no estaba cerrada. Una vez dentro, el soldado esperó un momento. Todo estaba a oscuras y en silencio. Dirigió a su alrededor una mirada abierta e insegura hasta que se acostumbró a la oscuridad. Ya estaba familiarizado con la distribución de la casa: el largo vestíbulo delantero y la escalera dividían en dos el edificio, y a un lado quedaban el amplio cuarto de estar y, al fondo, la habitación del servicio. En el otro lado estaban el comedor, el despacho del capitán y la cocina. En el piso de arriba, a la derecha, había un dormitorio de dos camas y una alcoba pequeña. A la izquierda había dos dormitorios de tamaño mediano. El capitán ocupaba el dormitorio grande y su mujer uno de los cuartos al otro lado del recibidor. El soldado subió con cuidado la escalera alfombrada; se movía con una cautela premeditada. La puerta del cuarto de La Señora estaba abierta, y al llegar a ella el soldado no titubeó: entró en la habita- ción tan silenciosamente como un gato.

Un verdoso y tenue resplandor de luna llenaba la estancia. La mujer del capitán dormía tal como su marido la había dejado: su pelo suave le caía suelto sobre la almohada y tenía a medio cubrir el pecho, que se levantaba pausadamente al respirar. Sobre la cama había una colcha de seda amarilla, y un frasco de perfume abierto endulzaba el aire con aroma adormecedor. El soldado se acercó a la cama de puntillas, muy despacio, y se inclinó sobre la mujer del capitán. La luna iluminaba suavemente sus rostros, y estaban tan cerca uno del otro que el soldado sentía la respiración igual y caliente de la mujer. En los ojos serios del soldado hubo primero una mirada de curiosidad, pero, al cabo de unos minutos, en sus rasgos toscos se fue despertando una expresión de júbilo. El muchacho sentía nacerle dentro una dulzura extraña, aguda, que nunca hasta entonces había conocido.

Durante algún tiempo permaneció así, inclinado sobre la mujer del capitán, casi rozándola. Luego apoyó la mano en el marco de la ventana para mantenerse en equilibrio y se fue agachando muy despacio hasta quedar sentado sobre sus talones al lado de la cama. Se balanceaba sobre las anchas puntas de sus pies, con la espalda derecha y sus manos fuertes y delicadas apoyadas en las rodillas. Sus ojos estaban redondos como cuentas de ámbar y sobre la frente le caían los revueltos mechones del pelo.

Carson McCullers (Estados Unidos, 1917-1987).

(Traducido al español por María Campuzano).

domingo, 14 de agosto de 2016

Canícula: FRANKIE Y LA BODA, de Carson McCullers

"Pero, como eran los días de la canícula, Charles no volvió."
 
(Fragmento)
 
Sólo eran las seis y media, y los minutos de la tarde brillaban como espejos. Había dejado de oírse el silbido que llegaba de afuera y en la cocina todo estaba en calma. Frankie estaba sentada frente a la puerta que daba al porche trasero. En un ángulo de la puerta había una gatera cuadrada, y junto a ella un platillo con leche agria de color lila. Al principio de la canícula el gato de Frankie había desaparecido. Y la canícula es así: son los días del final del verano en que por lo general no puede ocurrir nada, pero, si algo cambia, el cambio dura mientras duran los calores fuertes. Lo que se hizo no se deshace y si algo se hace mal no se corrige.
 
Aquel agosto, Berenice se rascó una picadura de mosquito en el brazo derecho y se le infectó: la herida no curaría hasta que terminara la canícula. Dos familias de cínifes de agosto habían elegido los ojos de John Henry para establecerse en ellos, y, por más que él pestañeara y se sacudiera, allí se quedaban. Luego desapareció Charles, el gato, Frankie no lo vio salir de casa, pero el 14 de agosto, por más que lo llamó para cenar, Charles no vino: se había marchado. Lo buscó por todas partes, y envió a John Henry a llamarle por su nombre por todas las calles del pueblo. Pero, como eran los días de la canícula, Charles no volvió. Todas las tardes Frankie decía exactamente unas mismas palabras a Berenice, y las respuestas eran siempre las mismas, de manera que ahora aquellas palabras eran como una aburrida tonada que canturreaban de memoria.
 
- Si por lo menos supiera adónde se ha ido...

- No te preocupes por ese viejo minino callejero. Ya te he dicho que no volverá.

- Charles no es callejero. Es casi un persa puro.

- Sí; tan persa como yo -decía Berenice. Me parece que ya no lo verás más.
 

Carson McCullers (Estados Unidos, 1917-1967)