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Vancouver: atardecer en abril. English Bay (fotografía de Jules Etienne).

martes, 31 de marzo de 2020

Epidemias: LA PESTE, de Marcel Schwob

"Me quedé en una habitación seca y polvorienta, tendido sobre un costal de paja..."

(Fragmento)

Recorrimos los caminos de Padua a Verona, luego regresamos a Padua para abastecernos de más lana, y continuamos nuestro viaje hasta Venecia. De allí, cruzamos el mar, entramos en Eslavonia, visitamos bellas ciudades y llegamos hasta los límites de Croacia. En Buda me enfermé de fiebre y Mateo me dejó solo en el hostal, con doce ducados, y volvió a Florencia, donde lo requerían ciertos negocios, y donde se suponía que debía encontrarme con él. Me quedé en una habitación seca y polvorienta, tendido sobre un costal de paja, sin médico, y con la puerta abierta a la taberna. La noche de San Martín, llegó una compañía de pífanos y flautistas, y con ella, unos quince o dieciséis soldados venecianos y tudescos. Después de beber una buena cantidad de jarros, aplastar las tazas de estaño y arrojar los cántaros contra la pared, comenzaron a bailar al son de un pífano. Sus caras rojas y regordetas pasaron delante de mi puerta, y, cuando me vieron recostado sobre el costal, decidieron arrastrarme por la taberna, gritando «¡Oh bebes, o mueres!», tras lo cual me lanzaron al aire repetidas veces con la manta, mientras la fiebre me martillaba la cabeza, y terminaron por meterme en el costal y cerrarme la abertura alrededor del cuello.

Sudé mucho, por lo qué, sin duda, me bajó la fiebre, aunque aún ardía en cólera. Tenía los brazos trabados y me habían quitado el alfanje, con el cual me hubiera arrojado sobre los soldados, incluso cubierto de paja. Pero en la cintura, debajo de las calzas, tenía un cuchillo corto envainado; logré deslizar la mano y con él pude cortar la tela del costal.

Quizá la fiebre aún me enardecía la cabeza, pero el recuerdo de la peste que habíamos dejado atrás en Florencia, y que luego se expandió por Eslavonia, se unió en mi mente a una idea que me había hecho del rostro de Sila, el dictador latino del que habla Cicerón. Según decían los atenienses, el dictador parecía una mora espolvoreada de harina. Decidí aterrorizar a los soldados venecianos y tudescos, y como estaba en medio de un cuartucho donde el hotelero guardaba sus provisiones y las frutas en conserva, rompí rápidamente un saco de harina de maíz. Me froté el rostro con el polvo, y cuando adquirí un color entre amarillo y blanco, me hice una pequeña herida en el brazo con el cuchillo y me embadurné con sangre para manchar la capa de harina en forma irregular.

Luego esperé en el costal y esperé a la banda de borrachos. Por fin llegaron, riéndose y tambaleándose; en cuanto me vieron la cara blanca y sangrienta empeza- ron a chocarse entre ellos y a gritar: «¡La peste, la peste!».

No había recuperado las armas, y el hostal ya estaba vacío. Me sentía curado, gracias a la transpiración que me causaron aquellos rufianes, así que emprendía el viaje a Florencia, donde debía reunirme con Mateo.

Lo encontré vagando por la campiña florentina, y muy maltrecho. No se atrevía a entrar en la ciudad, pues la peste seguía causando estragos. Cambiamos de rumbo y nos dirigimos, en nuestra búsqueda de fortuna, hacia los estados del papa Gregorio.


Marcel Schwob (Francia, 1867-1905).

lunes, 30 de marzo de 2020

Epidemias: EL DECAMERÓN, de Giovanni Boccaccio


"... un grupo de jóvenes se las arreglan, sin embargo para fugar hacia lo imaginario, recluyéndose en una quinta a contar cuentos."

Desde la primera vez que leí el Decamerón, en mi juventud, pensé que la situación inicial que presenta el libro, antes de que comiencen los cuentos, es esencialmente teatral: atrapados en una ciudad atacada por la peste de la que no pueden huir, un grupo de jóvenes se las arreglan sin embargo para fugar hacia lo imaginario, recluyéndose en una quinta a contar cuentos. Enfrentados a una realidad intolerable, siete muchachas y tres varones consiguen escapar de ella mediante la fantasía, transportándose a un mundo hecho de historias que se cuentan unos a otros y que los llevan de esa lastimosa realidad a otra, de palabras y sueños, donde quedan inmunizados contra la pestilencia.

¿No es esta situación el símbolo mismo de la razón de ser de la literatura? ¿No vivimos los seres humanos desde la noche de los tiempos inventando historias para combatir de este modo, inconscientemente muchas veces, una realidad que nos agobia y resulta insuficiente para colmar nuestros deseos?

Mario Vargas Llosa
Párrafos iniciales de Bocaccio en escena
(Publicado en Letras Libres el 20 de Mayo de 2014).



(Fragmento de la Jornada Primera)

Y digo, pues, que los años de la fructífera Encarnación del Hijo de Dios habían llegado a mil trescientos cuarenta y ocho, cuando en la egregia ciudad de Florencia, espléndida entre todas las de Italia, sobrevino la mortífera peste. La cual, por obra de cuerpos celestes o por nuestros inicuos actos, la justa ira de Dios envió sobre los mortales, y fue originada unos años atrás en las partes de Oriente, donde arrebató una innumerable cantidad de vidas, y desde allí, sin detenerse, prosiguió devastadora hacia el Occidente, extendiéndose pavorosamente.

No valía entonces ninguna previsión ni providencia humana, como limpiar la ciudad por operarios nombrados para tal caso, ni prohibir que algún enfermo entrara en la población, ni dar muchos consejos para conservar la salud, ni hacer, no uno, sino muchos actos píos invocando a Dios, en procesiones ordenadas y de otras maneras, por las personas devotas.

En todo caso, al iniciarse la primavera del año anterior, comenzó la peste sus horribles efectos, apareciendo de una manera casi milagrosa. Pero no ocurría como en Oriente, donde el verter sangre de la nariz era signo de muerte inmediata, sino que aquí, al empezar la enfermedad, salíanles a las hembras y a los varones unas hinchazones en las ingles y los sobacos que a veces alcanzaban el tamaño de una manzana común, o bien como un huevo, unas más mayores que otras. Vulgarmente se las denominaba bubas. Las mortíferas inflamaciones iban surgiendo por todas partes del cuerpo en poco tiempo, y seguidamente se convertían en manchas negras o lívidas que surgían en brazos, piernas y demás partes del cuerpo, grandes y diseminadas, o apretadas y pequeñas. Y así como el bubón primitivo era signo, y aún lo es, de muerte inmediata, también éranlo esas manchas. Para curar tal enfermedad no parecían servir el consejo de los médicos ni el mérito de medicina alguna, ya porque la naturaleza del mal no lo consentía, o bien, a causa de la ignorancia de los médicos (cuyo número, aparte del de los hombres de ciencia, habíase hecho grandísimo, entre hombres y mujeres carentes de todo conocimiento de Medicina), haciendo que escapase el origen del daño y el modo de tratarlo. Y así, no sólo eran raros los que se curaban, sino que casi todos, al tercer día de la aparición de los antedichos signos, cuando no antes o algo después, morían sin fiebre alguna ni otro accidente. Esta peste cobró una gran fuerza; los enfermos la transmitían a los sanos al relacionarse con ellos, como ocurre con el fuego a las ramas secas, cuando se les acerca mucho. Y el mal siguió aumentando hasta el extremo de que no sólo el hablar o tratar con los enfermos contagiaba enfermedad a los sanos, y generalmente muerte, sino que el contacto con las ropas, o con cualquier objeto sobado o manipulado por los enfermos, transmitía la dolencia al sano. Maravilloso sería creer lo que afirmo, si los ojos de muchos, y los míos propios, no lo hubieran visto, de manera que yo no osaría creerlo, y menos escribirlo, si mucha gente digna de fe no lo hubiese visto u oído.

Giovanni Boccaccio (Italia, 1313-1375).

Las ilustraciones corresponden a El Decamerón (1916), de John William Waterhouse,
y a una recreación fotográfica actual del mismo cuadro.

domingo, 29 de marzo de 2020

Epidemias: IMPRESIONES DE VIAJE, de Alexandre Dumas

"... una antigua tradición popular designa ser a la que Boccaccio se retiró durante la peste de Florencia..."

(Fragmento de Villa Palmieri)

Delante de la iglesia de Santo Domingo encontramos nuestro carruaje, que había descendido despacio por el camino de la Nobleza, y que nos aguardaba a la sombra del pórtico. En un instante estuvimos en la villa Palmieri, residencia encantadora que una antigua tradición popular designa ser a la que Boccaccio se retiró durante la peste de Florencia con aquel brillante séquito de apuestos caballeros y bellas damas, que había encontrado en la iglesia de Santa María la Nueva de Florencia, y los que unos después de otros, bajo apacibles sombras, contaban las picantes novelas del Decamerón.

Alexandre Dumas (Francia, 1802-1870).

(Traducido al español por Don José Muñoz y Gaviria).
La ilustración corresponde a la Villa Palmieri en Florencia, Italia.

sábado, 28 de marzo de 2020

Epidemias: DIVINA COMEDIA, de Dante Alighieri


Canto XXIX

(Fragmento)

Yo no creo que ver mayor tristeza
en Egina* pudiera el pueblo enfermo,
cuando se llenó el aire de ponzoña,

pues, hasta el gusanillo, perecieron
los animales; y la antigua gente,
según que los poetas aseguran,

se engendró de la estirpe de la hormiga;
como era viendo por el valle oscuro
languidecer las almas a montones.

Cuál sobre el vientre y cuál sobre la espalda,
yacía uno del otro, y como a gatas,
por el triste sendero caminaban.

Muy lentamente, sin hablar, marchábamos,
mirando y escuchando a los enfermos,
que levantar sus cuerpos no podían.


Dante Alighieri (Italia, 1265-1321).

* Lo refiere Ovidio en su Metamorfosis: La diosa Juno, celosa de la hija de Eaco, rey de Egina, decidió castigar la isla con una epidemia de peste que flageló a todos sus habitantes, y sólo el rey logró sobrevivir. Entonces éste le suplicó a Júpiter que repoblara su reino convirtiendo en hombres a las hormigas, a lo que el dios accedió.

La ilustración corresponde al Canto XXIX de la Divina Comedia por Gustave Doré.

viernes, 27 de marzo de 2020

Epidemias: MEMORIAS DE ULTRA- TUMBA, de René de Chateaubriand

"... a encrucijadas, cuyo suelo estaba cubierto de enfermos y moribundos tendidos en colchones..."

Pestes

(Fragmento)

En la época de la peste de Atenas, el año 431 antes de nuestra era, habían ya asolado al mundo veinte y dos grandes pestes. Los atenienses se figuraron que habían sido envenenados los pozos; figuración popular renovada en todos los contagios. Tucícides nos ha dejado una descripción del azote de Ática, copiada entre los antiguos por Lucrecio, Ovidio, Virgilio, Lucano, y entre los modernos por Boccaccio y Manzoni. Es digno de notarse que con motivo de la peste de Atenas no habla Tucídides una palabra de Hipócrates, así como tampoco nombra a Sócrates hablando de Alcibiades. Aquella peste atacaba primero a la cabeza, bajaba al estómago, de allí a las entrañas, y por último a las piernas: si salía por los pies, después de haber recorrido todo el cuerpo como una larga serpiente, se sanaba. Hipócrates le llamó el mal divino, y Tucídides el fuego sagrado; ambos lo miraron como el fuego de la cólera celeste.

Una de las pestes más espantosas fue la de Constantinopla en el siglo V, bajo el reinado de Justiniano. El cristianismo había modificado ya la imaginación de los pueblos y dado nuevo carácter a una calamidad, así como había cambiado la poesía: los enfermos creían ver vagar espectros alrededor de ellos y oír voces amena- zadoras.

La peste negra del siglo XIV, conocida con el nombre de la muerte negra, tuvo su origen en la China: se creía que corría bajo la forma de un vapor de fuego, esparciendo un olor pestífero. Se llevó las cuatro quintas partes de los habitantes de Europa.

En 1575 cayó sobre Milán el contagio que hizo inmortal la caridad de San Carlos Borromeo. Cincuenta años después, en 1629, aquella infortunada ciudad fue nuevamente visitada por las calamidades de que Manzoni ha hecho una pintura muy superior al cuadro de Boccaccio.

En 1660 se renovó el azote en Europa, y en estas dos pestes, de 1629 y 1660, se reprodujeron los mismos síntomas de delirio de la peste de Constantinopla.

«Marsella -dice M. Lemontey- salía en 1720 del seno de las fiestas que habían señalado el paso de la señorita de Valois, casada con el duque de Módena. Al lado de aquellas galeras, adornadas todavía de guirnaldas y cargadas de músicos, flotaban algunos buques que traían de Siria la calamidad más terrible.»

El buque fatal de que habla M. Lemontey presentó una patente limpia, y fue admitido por un momento a plática. Ese momento bastó para infestar la atmósfera; una tempestad acrecentó el mal, y se difundió la peste entre truenos.

Se cerraron las puertas de la ciudad y las ventanas de las casas. En medio del silencio general se oía de vez en cuando abrirse una ventana y caer un cadáver: las paredes se manchaban con su sangre gangrenada, y los perros sin dueño lo aguardaban abajo para devorarlo. En un barrio en el que habían perecido todos sus habitantes fueron tapiados a domicilio, como para impedir a la muerte que saliese. De esas calles de grandes sepulcros de familias se pasaba a encrucijadas, cuyo suelo estaba cubierto de enfermos y moribundos tendidos en colchones y abandonados sin socorro. Esqueletos medio podridos yacían al lado de viejos harapos manchados de barro: otros cuerpos permanecían de pie, apoyados contra las paredes, en la misma actitud en que los había sorprendido la muerte. 

(…)

Cuando el contagio comenzó a ceder, M. de Belzunce, al frente de su clero, se trasladó a la iglesia de los Accoules: subido sobre una explanada, desde donde se veía a Marsella, los campos, los muertos y el mar, dio la bendición, como el Papa en Roma bendice la ciudad y el mundo. ¿Qué mano más poderosa ni más pura podía hacer bajar sobre tantas desgracias las bendiciones del cielo?


François René vizconde de Chateaubriand (Francia, 1768-1848).

La ilustración corresponde a La devoción de monseñor de Belzunce durante la peste de Marsella en 1720,
de Nicolas André Monsiau.

jueves, 26 de marzo de 2020

Epidemias: LA ENÉIDA, de Virgilio

"Nuestros marineros claman a porfía (…) que lleguemos a Creta, cuna de nuestros antepasados..."

(Fragmento del Tercer Libro)

En alas de la fama llegan a nuestros oídos nuevas de que el caudillo Idomeneo, arrojado del reino de sus padres, ha huido, dejando desamparadas las playas de Creta; de que sus moradas están libres de enemigos, y de que allí nos esperan habitaciones abandonadas. Salimos del puerto de Ortigia, y volando por el piélago, dejamos atrás a Naxos con sus collados cubiertos de bacantes, a la verde Donusa, a Olearo y a la blanca Paros; las Cícladas, esparcidas por el mar y una multitud de estrechos y de lenguas de tierra. Nuestros marineros claman a porfía, encareciendo unos con otros sus deseos, de que lleguemos a Creta, cuna de nuestros antepasados; y favorecidos del viento, que se levantó a popa, llegamos en fin prósperamente a las playas de los antiguos Curetes. Al punto, llevado de mi impaciencia, hago empezar a construir los muros de la anhelada ciudad, a la que pongo por nombre Pérgamo, exhortando a mi gente, entusiasmada de aquella denominación troyana, a que ame sus nuevos hogares y levante al punto una fortaleza. Ya habíamos sacado a la seca playa casi todas nuestras naves; ya nuestra juventud celebraba fiestas nupciales y atendía al cultivo de nuestros nuevos campos; yo empezaba a darles leyes y viviendas, cuando de repente sobrevino un año de horrible peste, producida por la corrupción del aire, mortífera para los hombres, los árboles y los sembrados. Los que no perdían la dulce vida, la arrastraban entre crueles enfermedades; pasaba esto en la estación en que Sirio abrasa con sus rayos los campos esterilizados; las yerbas estaban secas, y las mieses, agostadas, negaban todo sustento. Entonces mi padre me exhortó a que, cruzando el mar, fuese a consultar segunda vez el oráculo de Febo en su templo de Ortigia, y a implorar su clemencia, preguntándole qué término tiene señalado a nuestras cansadas peregrinaciones, de dónde nos manda que probemos a sacar remedio a nuestros trabajos, adónde en fin, hemos de enderezar el rumbo.


Publio Virgilio Marón: Publius Virgilius Maro (Imperio romano, 70 a. de C.-19 a. de C.)

(Traducido al español por Eugenio de Ochoa).

miércoles, 25 de marzo de 2020

Epidemias: EDIPO REY, de Sófocles

"Un dios que trae el fuego abrasador de las fiebres, la execrable Peste, se ha adueñado de la ciudad..."

(Parlamento inicial)

La acción transcurre en Tebas, ante el palacio de Edipo. En el centro, un altar con varios escalones. Un grupo numeroso de tebanos, de toda edad y condición social, arrodillados, que han depositado ramas laurel y olivo adornadas con cintas blancas, se hallan en círculo, y en el centro de éste, el gran sacerdote de Zeus.

Edipo sale del palacio; se detiene un momento en el umbral, contempla a la multitud y empieza a hablar:

¡Hijos míos, nuevos vástagos del antiguo Cadmo!, ¿Qué tenéis que impetrar de mí, cuando venís a esta audiencia con ramos de suplicantes? Nuestra ciudad está saturada del humo del incienso, así como de ayes y lamentos. Por eso, hijos míos, he creído preferible informarme por mí mismo, y no por mensajeros, y con este fin he querido presentarme aquí yo mismo, Edipo, cuyo nombre es celebrado por todos los labios. «Vamos, habla tú, anciano, puesto que por tu edad eres el más indicado para explicarte por ellos. ¿Por qué esa actitud? ¿Con qué fin os habéis congregado aquí? ¿Qué teméis o qué deseáis? Heme aquí dispuesto a ayudaros en todo, ya que tendría que ser insensible al dolor si no me conmoviesen tal concurrencia y vuestra actitud suplicante.

Sacerdote: Pues bien, ¡Oh Edipo!, rey de nuestra patria, ya ves que somos suplicantes de todas las edades, agrupados en torno de las aras de tu palacio. Unos no tienen aún fuerza para volar lejos del nido; otros, sacerdotes como yo lo soy de Zeus, abrumados por los años; éstos se cuentan entre lo más florido de nuestra juventud, mientras el resto del pueblo, coronado con las ramas de los suplicantes, se apiña en el Ágora, en torno de los dos templos consagrados a Palas y junto a las cenizas proféticas del divino Ismeno. «Tebas, como tú mismo lo estás viendo, se halla profundamente consternada por la desgracia; no puede levantar la cabeza del abismo mortífero en que está sumida. Los brotes fructíferos de la tierra se secan en los campos; perecen los rebaños que pacen en los pastizales; se despuebla con la esterilidad de sus mujeres. Un dios que trae el fuego abrasador de las fiebres, la execrable Peste, se ha adueñado de la ciudad, y va dejando exhausta de hombres la mansión de Cadmo, mientras las sombras del Hades desbordan de llantos y de gemidos. Ciertamente ni estos jóvenes ni yo, apiñados en torno de tus lares, pretendemos igualarte con los dioses; pero te reconocemos como el primero de los mortales para socorrernos en la desgracia que se cierne sobre nuestras vidas y para obtener el auxilio de los dioses. Pues fuiste tú, cuando viniste a esta ciudad de Cadmo, quien nos libraste del tributo que pagábamos a la implacable Esfinge, y esto lo hiciste sin haber sido informado por nosotros ni haber recibido ninguna instrucción. Tebas piensa y proclama que sólo con la ayuda de alguna divinidad conseguiste enderezar el rumbo de nuestra vida. Hoy, pues, poderoso Edipo, a ti vuelven sus ojos todos estos suplicantes que te ruegan halles remedio a sus males, bien porque hayas oído la voz de algún dios, bien porque te hayas aconsejado de algún mortal, pues sé que los consejos de los hombres de experiencia ejercen una feliz influencia en los acontecimientos. «¡Ea, oh tú, el mejor de los mortales, salva a esta ciudad! ¡Vamos!, recuerda que si esta tierra hoy te proclama su salvador, es en atención a tu celo pasado. Que tu reino no nos deje jamás el recuerdo de haber sido puestos a flote, para después volver a caer en el abismo. Levanta, pues, esta ciudad con firme solidez. Tiempo atrás, felices auspicios te hicieron hallar para nosotros una suerte favorable; sé hoy semejante a lo que fuiste entonces. Si, en efecto, has de continuar rigiendo esta tierra, será más confortador reinar sobre hombres que regir un país sin habitantes. De nada sirven navíos y fortalezas tan pronto como los hombres han desertado de ellos.

Sófocles (Grecia, 496 a. de C.-406 a. de C.)

martes, 24 de marzo de 2020

Epidemias: EPOPEYA DE GILGAMESH, poema babilonio

"En vez de decretar el diluvio, hubiera surgido una epidemia que azotara el país."

(Fragmento de la tablilla XI: Narración de la historia del diluvio)

Ea tomó la palabra y dijo,
dirigiéndose a Enlil:
Tú, sabio entre los dioses,
el Valeroso,
¿cómo no pediste consejo
para imponer el diluvio?
Impón al culpable una pena,
impón un castigo al criminal.
Perdona, no destruyas,
sé generoso...
En vez de decretar el diluvio,
hubieran surgido leones
que redujeran el número de gente.
En vez de decretar el diluvio,
hubieran surgido lobos
que redujeran el número de gente.
En vez de decretar el diluvio,
hubiera habido una hambruna
para debilitar al país.
En vez de decretar el diluvio,
hubiera surgido una epidemia
que azotara al país.
Yo no develé el secreto
de los grandes dioses;
yo sólo induje un sueño a Atráhasis,
y él oyó el secreto de los dioses.


Poema épico anónimo
Traducido al español directo de la lengua acadia por Jorge Silva Castllo.

lunes, 23 de marzo de 2020

Epidemias: LA ILÍADA, de Homero


Canto I: La peste y la cólera

(Fragmento inicial)

Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves -cumplíase la voluntad de Zeus- desde que se separaron disputando el Atrida, rey de hombres, y el divino Aquiles.

¿Cuál de los dioses promovió entre ellos la contienda para que pelearan? El hijo de Leto y de Zeus. Airado con el rey, suscitó en el ejército maligna peste, y los hombres perecían por el ultraje que el Atrida infiriera al sacerdote Crises. Éste, deseando redimir a su hija, se había presentado en las veleras naves aqueas con un inmenso rescate y las ínfulas de Apolo, el que hiere de lejos, que pendían de áureo cetro, en la mano; y a todos los aqueos, y particularmente a los dos Atridas, caudillos de pueblos, así les suplicaba:

- ¡Atridas y demás aqueos de hermosas grebas! Los dioses, que poseen olímpicos palacios, os permitan destruir la ciudad de Príamo y regresar felizmente a la patria! Poned en libertad a mi hija y recibid el rescate, venerando al hijo de Zeus, a Apolo, el que hiere de lejos.

Todos los aqueos aprobaron a voces que se respetara al sacerdote y se admitiera el espléndido rescate; mas el Atrida Agamenón, a quien no plugo el acuerdo, le despidió de mal modo y con altaneras voces:

- No dé yo contigo, anciano, cerca de las cóncavas naves, ya porque ahora demores tu partida, ya porque vuelvas luego, pues quizás no te valgan el cetro y las ínfulas del dios. A aquélla no la soltaré; antes le sobrevendrá la vejez en mi casa, en Argos, lejos de su patria, trabajando en el telar y aderezando mi lecho. Pero vete; no me irrites, para que puedas irte más sano y salvo.

Así dijo. El anciano sintió temor y obedeció el mandato. Fuese en silencio por la orilla del estruendoso mar; y, mientras se alejaba, dirigía muchos ruegos al soberano Apolo, a quien parió Leto, la de hermosa cabellera:

- ¡Óyeme, tú que llevas arco de plata, proteges a Crisa y a la divina Cila, a imperas en Ténedos poderosamente! ¡Oh Esminteo! Si alguna vez adorné tu gracioso templo o quemé en tu honor pingües muslos de toros o de cabras, cúmpleme este voto: ¡Paguen los dánaos mis lágrimas con tus flechas!

Así dijo rogando. Oyóle Febo Apolo e, irritado en su corazón, descendió de las cumbres del Olimpo con el arco y el cerrado carcaj en los hombros; las saetas resonaron sobre la espalda del enojado dios, cuando comenzó a moverse. Iba parecido a la noche. Sentóse lejos de las naves, tiró una flecha y el arco de plata dio un terrible chasquido. Al principio el dios disparaba contra los mulos y los ágiles perros; mas luego dirigió sus amargas saetas a los hombres, y continuamente ardían muchas piras de cadáveres.

Durante nueve días volaron por el ejército las flechas del dios. En el décimo, Aquiles convocó al pueblo al ágora: se lo puso en el corazón Hera, la diosa de los níveos brazos, que se interesaba por los dánaos, a quienes veía morir. Acudieron éstos y, una vez reunidos, Aquiles, el de los pies ligeros, se levantó y dijo:

- ¡ Atrida! Creo que tendremos que volver atrás, yendo otra vez errantes, si escapamos de la muerte; pues, si no, la guerra y la peste unidas acabarán con los aqueos. Mas, ea, consultemos a un adivino, sacerdote o intérprete de sueños -pues también el sueño procede de Zeus-, para que nos diga por qué se irritó tanto Febo Apolo: si está quejoso con motivo de algún voto o hecatombe, y si quemando en su obsequio grasa de corderos y de cabras escogidas, querrá libramos de la peste.

Cuando así hubo hablado, se sentó. Levantóse entre ellos Calcante Testórida, el mejor de los augures -conocía lo presente, lo futuro y lo pasado, y había guiado las naves aqueas hasta Ilio por medio del arte adivinatoria que le diera Febo Apolo-, y benévolo los arengó diciendo:

- ¡Oh Aquiles, caro a Zeus! Mándaseme explicar la cólera de Apolo, del dios que hiere de lejos. Pues bien, hablaré; pero antes declara y jura que estás pronto a defenderme de palabra y de obra, pues temo irritar a un varón que goza de gran poder entre los argivos todos y es obedecido por los aqueos. Un rey es más poderoso que el inferior contra quien se enoja; y, si bien en el mismo día refrena su ira, guarda luego rencor hasta que logra ejecutarlo en el pecho de aquél. Dime, pues, si me salvarás.

Y contestándole, Aquiles, el de los pies ligeros, le dijo:

- Manifiesta, deponiendo todo temor, el vaticinio que sabes; pues ¡por Apolo, caro a Zeus; a quien tú, Calcante, invocas siempre que revelas oráculos a los dánaos!, ninguno de ellos pondrá en ti sus pesadas manos, cerca de las cóncavas naves, mientras yo viva y vea la luz acá en la tierra, aunque hablares de Agamenón, que al presente se jacta de ser en mucho el más poderoso de todos los aqueos.

Entonces cobró ánimo y dijo el eximio vate:

- No está el dios quejoso con motivo de algún voto o hecatombe, sino a causa del ultraje que Agamenón ha inferido al sacerdote, a quien no devolvió la hija ni admitió el rescate. Por esto el que hiere de lejos nos causó males y todavía nos causará otros. Y no librará a los dánaos de la odiosa peste, hasta que sea restituida a su padre, sin premio ni rescate, la joven de ojos vivos, y llevemos a Crisa una sagrada hecatombe. Cuando así le hayamos aplacado, renacerá nuestra esperanza.


Homero (Grecia, siglo VIII a. de C.)

domingo, 22 de marzo de 2020

Primavera: COMIENZA LA PRIMAVERA, de Hugo von Hofmannsthal

"A través de las lisas, deshojadas avenidas, llevan su agitación pálidas sombras."

Corre el viento de la primavera
por deshojadas arboledas,
cuántas cosas extrañas
hay en su soplo.

El viento se meció
allí donde hubo llanto,
y supo acomodarse
en un pelo revuelto.

El viento desprendió
las flores del acacio,
y refrescó los miembros
que en la respiración ardían.

Los labios que reían
supo tocar,
y husmeó los campos
blandos y desiertos.

Se deslizó por la flauta
como sollozante grito,
por el rojo del ocaso
pasó volando.

Silencioso voló
por cuartos con susurros,
y en su caída extinguió
el brillo de la lámpara.

Corre el viento de la primavera
por deshojadas avenidas,
cuántas cosas extrañas
hay en su soplo.

A través de las lisas,
deshojadas avenidas,
llevan su agitación
pálidas sombras.

Y aquel aroma
que consigo trajo
de donde arribó
desde ayer por la noche.


Hugo von Hofmannstahl (Austria, 1874-1929).

(Traducido del alemán por Rodolfo E. Modern).

sábado, 21 de marzo de 2020

Primavera: EPÍSTOLAS DE LAS HEROIDAS, de Ovidio

"Que si el fruto de Venus amoroso del bosque quitas, toda su frescura se ha de volver en páramo enfadoso."


(Fragmento de la epístola cuarta: Fedra a Hipólito)

Muchas veces sirvió de blando lecho
La grama a Venus y a su Adonis: tanta
Es la fuerza del amor si abrasa un pecho.

Meleagro también por Atalanta
Se ardía, y ella guarda de la fiera
La cabeza y la piel por prenda santa.

Amémonos los dos de esta manera,
Seamos de este número dichoso,
Y habrá en el bosque eterna primavera.

Que si el fruto de Venus amoroso
Del bosque quitas, toda su frescura
Se ha de volver en páramo enfadoso.


Ovidio: Publio Ovidio Nasón
(Poeta romano nacido en la actual Italia y fallecido en lo que ahora es Rumania, 43 a. de C.-17 o 18 a. de C.)

(Traducido al español por Diego Mexía de Fernangil).
La ilustración corresponde a El baño de Venus en el jardín inglés de Caserta, Italia.

viernes, 20 de marzo de 2020

Primavera: PRIMAVERA A LA VISTA, de Octavio Paz

"El mar respira apenas, brilla apenas (…) Está lleno de pájaros el mundo."

Pulida claridad de piedra diáfana,
lisa frente de estatua sin memoria:
cielo de invierno, espacio reflejado
en otro más profundo y más vacío.

El mar respira apenas, brilla apenas.
Se ha parado la luz entre los árboles,
ejército dormido. Los despierta
el viento con banderas de follajes.

Nace del mar, asalta la colina,
oleaje sin cuerpo que revienta
contra los eucaliptos amarillos
y se derrama en ecos por el llano.

El día abre los ojos y penetra
en una primavera anticipada.
Todo lo que mis manos tocan, vuela.
Está lleno de pájaros el mundo.


Octavio Paz (México, 1914-1998). Obtuvo el premio Nobel en 1990.

jueves, 19 de marzo de 2020

Primavera: EL DESTINO DE UN HOMBRE, de Mijail Shólojov

"... mientras los riachuelos de la estepa, rompiendo el hielo, corrían retozones, primaverales..."

(Fragmento inicial)

La primera primavera después de la guerra fue en el Alto Don excepcional: llegó impetuosa, y el deshielo se produjo rápido, a un tiempo. A fines de marzo, soplaron de las costas del mar Azov templados vientos y, dos días más tarde, ya estaban completamente desnudas las arenas de la margen izquierda del Don; se alzó, abombándose, la nieve que llenaba barranquillos y cañadas, mientras los riachuelos de la estepa, rompiendo el hielo, corrían retozones, primaverales, y los caminos se ponían casi intransitables.

En esa mala época de caminos anegados me cupo en suerte ir a la stanitsa de Bukanovskaia. Y aunque la distancia no era grande -cerca de sesenta kilómetros- no resultó tan fácil recorrerla. En compañía de unos camaradas, partí antes de salir el sol. Un par de caballos bien cebados, tensos como cuerda de guitarra los tirantes de los arneses, apenas podían arrastrar el pesado carricoche. Las ruedas se hundían hasta las pezoneras en la arena, húmeda, mezclada con nieve y hielo, y al cabo de una hora, en los ijares de los caballos y en sus ancas, bajo las finas correas de las retranquillas, aparecía ya una espuma abundante, blanca como de jabón, mientras el aire puro de la mañana se llenaba de un olor acre y embriagador a sudor de caballo y al recalentado alquitrán con que fueran pródigamente embadurnados los arreos.

En los lugares más penosos para los caballos, saltábamos del carricoche y seguíamos a pie. Bajo nuestras botas altas chapoteaba la nieve acuosa, costaba trabajo andar, pero a ambos lados del camino se conservaba todavía el hielo -refulgente al sol como el cristal- y por allí era aún más difícil avanzar. Al cabo de unas seis horas sólo habíamos recorrido treinta kilómetros y llegábamos al lugar por donde debíamos cruzar el riachuelo Elanka.


Mijail Shólojov (Rusia, 1905-1984). Obtuvo el premio Nobel en 1965.

miércoles, 18 de marzo de 2020

Primavera: DESPEDIDA DE UN PAISAJE, de Wislawa Szymborska

"No me causa dolor que los sotos de alisos recuperen su murmullo."

No le reprocho a la primavera
que llegue de nuevo.
No me quejo de que cumpla
como todos los años
con sus obligaciones.

Comprendo que mi tristeza
no frenará la hierba.
Si los tallos vacilan
será sólo por el viento.

No me causa dolor
que los sotos de alisos
recuperen su murmullo.

Me doy por enterada
de que, como si vivieras,
la orilla de cierto lago
es tan bella como era.

No le guardo rencor
a la vista por la vista
de una bahía deslumbrante.

Puedo incluso imaginarme
que otros, no nosotros,
estén sentados ahora mismo
sobre el abedul derribado.

Respeto su derecho
a reír, a susurrar
y a quedarse felices en silencio.

Supongo incluso
que los une el amor
y que él la abraza a ella
con brazos llenos de vida.

Algo nuevo, como un trino,
comienza a gorgotear, entre los juncos.
Sinceramente les deseo
que lo escuchen.

No exijo ningún cambio
de las olas a la orilla,
ligeras o perezosas,
pero nunca obedientes.

Nada le pido
a las aguas junto al bosque,
a veces esmeralda,
a veces zafiro,
a veces negras.

Una cosa no acepto.
Volver a ese lugar.
Renuncio al privilegio
de la presencia.
Te he sobrevivido suficiente
como para recordar desde lejos.


Wislawa Szymborska (Polonia, 1923-2012). Obtuvo el premio Nobel en 1996.

(Traducido al español por Gerardo Beltrán).
La ilustración corresponde a los árboles alisos del bosque Bialowieza en Polonia.