Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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sábado, 9 de septiembre de 2023

Septiembre: LUCES DE SEPTIEMBRE (Trilogía de la Niebla), de Carlos Ruiz Zafón


(
Fragmento del capítulo 3: Bahía Azul)

– La gente del pueblo cree que el islote del faro está embrujado o algo así. Se dice que una mujer se ahogó allí hace mucho tiempo. Hay quien ve luces.

En fin, cada pueblo tiene sus habladurías, y éste no iba a ser menos.

– ¿Luces?

– Las luces de septiembre -dijo Ismael mientras rebasaban el islote a estribor. La leyenda, si la quieres llamar así, dice que una noche, a finales de verano, durante el baile de máscaras del pueblo, las gentes vieron cómo una mujer enmascarada tomaba un velero en el puerto y se hacía a la mar. Unos opinan que acudía a una cita secreta con su amante en el islote del faro; otros, que huía de un crimen inconfe- sable… Ya ves, todas las explicaciones son válidas porque, de hecho, nadie supo realmente quién era. Su rostro estaba cubierto por una máscara. Sin embargo, mientras cruzaba la bahía, una terrible tormenta que se desató de improviso arrastró su bote contra las rocas y lo destrozó. La mujer misteriosa y sin rostro se ahogó, o al menos nunca se encontró su cuerpo. Días más tarde, la marea devolvió su máscara, destrozada por las rocas. Desde entonces, la gente dice que, durante los últimos días del verano, al anochecer, pueden verse luces en la isla…

-El espíritu de aquella mujer…

– Ajá…, tratando de completar su viaje inacabado a la isla… Eso se dice.

-¿Y es cierto?

– Es una historia de fantasmas. O la crees o no.

Carlos Ruiz Zafón
(Español fallecido en Estados Unidos, 1964-2020).

Luces de septiembre (1995) es el tercer y último título de la denominada Trilogía de la niebla, que da principio con El príncipe de la niebla (1993) y prosigue El palacio de la medianoche (1994).

jueves, 29 de abril de 2021

Miércoles de ceniza: LAS DOS CARETAS, de José Echegaray

"... y más arriba nubes de polvo que esperan su miércoles de ceniza, y allá en las alturas el cielo azul..."

(Fragmento inicial)

Era un Domingo do Carnaval; pero no de los anémicos de hoy, sino de los pletóricos de los buenos tiempos.

Carnaval pictórico de locura, que llenaba calles y plazas y paseos de la heroica villa.

Todo era ruido y regocijo y movimiento y fíebre; risas fingidas de caretas burlonas; llantos fingidos de caretas con lágrimas de cartón; dominós ruines, ocultando personas decentes; dominós lujosos disimulando gente ruin; borracheras envueltas en sudarios; esqueletos repartiendo bombones y caramelos; hombres con faldas y mujeres con pantalones, promiscuidad grotesca de sexos; colchas viejas en forma de cucurucho y mantones de Manila redondeándose sobre senos postizos; bebés de cincuenta años con sonajero, y caballeros con sombrero de copa y frac, de la mano del ama; máscaras que tan pronto van por el arroyo como se amontonan en un coche; máscaras que van a caballo gallardamente y otras que van siempre en su burro de gitano; quién que finge ser enano, quién que finge ser gigante; el mamarracho eterno de la caña repartiendo el higuí y alrededor las eternas bocas abiertas de los chicuelos procurando morderlo; unos que se disrazan con andrajos como si la conciencia se los desbordase, otros que se disfrazan con encajes, como escaparate de tienda y anuncio de venta; comparsas que llevan miserias entre músicas y cornetines de murga pidiendo limosna; el tradicional hombre de los cucuruchitos de papel y el hombre vestido de esferas, acaso simbolismos carnavalescos de ciertas almas; y abajo barro, y más arriba nubes de polvo que esperan su miércoles de ceniza, y allá en las alturas el cielo azul, inmensa careta de resplandores que cubre las negruras del espacio infinito y misterioso, como si quisiera formar parte en no sé qué Carnaval apocalíptico.

José Echegaray (España, 1832-1916).

Obtuvo el premio Nobel en 1904, compartido con Frédéric Mistral.

Aquí es posible leer el texto íntegro de Las dos caretas.

domingo, 11 de abril de 2021

Miércoles de ceniza: DÍA DE CENIZA, de Salvador Garmendia

"... y algunas máscaras de pasta, frías y tristonas, que cuelgan del techo."

(Fragmento)

Perucho enciende por tercera vez su tabaco. Es una mañana pesada, sin ruidos, quieta como un líquido transparente en completo reposo. Las ocho mesas del saloncito permanecen vacías y el piso, que ha sido lustrado con empeño, luce todavía húmedo y brillante. Un escueto adorno de carnaval enlaza las columnas con tiras de papel entorchado y algunas máscaras de pasta, frías y tristonas, que cuelgan del techo. Perucho mira con una mueca inamistosa la brasa tapiada de ceniza; sorbe y escupe al piso después de carraspear acremente. El isleño se mantiene aferrado a las palancas de la cafetera, y por su boca entreabierta, recorrida por un imperceptible temblor, se cuela un canto tenue, un falsete aniñado que no obstante flota con toda nitidez en el silencio y parece que viniera de muy lejos.

En la puerta apareció la mujer con su cartera negra bajo el brazo. Ahora lucía una piel limpia y desteñida a la manera de una tela vieja recién lavada; también se había peinado con cierta coquetería dulzona, esponjando sus secos cabellos sobre la frente. Sonrió a medida que se aproximaba al mostrador, y su andar aparentaba cierta livian- dad, una tensión entrecortada o reprimida. El isleño se dedicó a observarla fijamente, mientras ella venía a recostarse al mostrador.

- Buenos días -dijo.

No hubo respuesta. Tal vez Perucho quiso decir algo, pero se limitó a morder de nuevo su tabaco. Eran las diez de la mañana y la actividad normal del Miércoles de Ceniza no había cobrado todavía suficiente vigor; ella era la primera en entrar esa mañana, y se quedó allí un buen rato sin decir palabra, aunque a veces parecía volver a sonreír con una flexión de las comisuras. Ese gesto podía ser involuntario, pues lo repitió siempre en forma idéntica. Pronto empezarían a bajar de las oficinas. Entonces la mujer se despegó del mostrador y se dejó llevar hacia la puerta con su andar pau- sado y flotante que se apoyaba en un suave arrastrar de tacones.

Salvador Garmendia (Venezuela, 1928-2001).

miércoles, 8 de julio de 2020

Epidemias: EL BANQUETE, de Silvina Ocampo


"Colgadas de ese hilo (…), las máscaras de destacaban: era casi lo único que se veía en el cuarto."

(Texto íntegro)

Era el día fijado para el banquete. Élida Fraisjus, sobrenombre inspirado por los jugos frescos que pregonaban en Francia, era una de las organizadoras; se vestía para la fiesta. Adivinaba en el cielo rosado del atardecer de daguerrotipo el advenimiento de un cataclismo, pero, de igual modo que una sinfonía empieza a veces con similares acordes a los que la terminan, pensó que esa transparencia inusitada de la atmósfera no era otra cosa que el anuncio de un epílogo feliz.

Frente a los espejos altos y circulares de su cuarto, elegía las máscaras que colgaban de un hilo dorado entre el resto de los atuendos que parecían miniaturas. La máscara era para ella lo más importante, si bien las botas caladas color carne y con uñas nacaradas la preocupaban también bastante. Colgadas de ese hilo dorado que marcaba sus límites con un resplandor de diamante, las máscaras se destacaban: era casi lo único que se veía en el cuarto. Esperaban que la dueña se las calara, pues antes de elegir una se probaba varias porque nunca sabía muy bien cuál elegiría. Era una mujer tan rápida que a pesar de sus vacilaciones se demoraba apenas. Un motivo de amargura para ella era sentirse fea. Le pareció que era tan fea con máscara como sin máscara, cosa que no admitían sus amigas. Tenía una voz ronca, su acento la multiplicaba de modo que cuando hablaba parecía que hablaban varias personas. Pensaba: "Esto no se corrige y se advierte en la cara a pesar de la máscara". Élida era una mujer anticuada: esos problemas ya no existían y muchas amigas se burlaban de ella. No había personas feas ni viejas, me atrevo a decirlo (por ese motivo nadie quería morir, salvo Elida), lo cual era contraproducente, porque mucha gente se suicidaba por miedo de morir. Aunque este hecho conviniera en cierto modo a la humanidad, varias veces los gobiernos estuvieron a punto de prohibir el uso de las máscaras a las personas menores de cincuenta años. Pero la ley fue rechazada gracias a las manifestaciones y los actos de violencia que se produjeron. Había gavillas de adolescentes que las usaban a escondidas. Descubrieron un arsenal de máscaras impúdicas: los menores de edad las almacenaban. El escándalo se propagó hasta en los colegios donde los alumnos las consiguieron para los exámenes, de modo que casi todos resultaban impostores. Saber cómo se preparaban esas máscaras y de qué material estaban hechas resultaría macabro y prefiero referirme ahora al banquete que iba a tener lugar en esas próximas horas. El banquete era para celebrar el maremoto de Tirreno, en las vastas zonas del Hiro donde corren los afluentes del Arpón y del Tuyar: millones de personas murieron en la catástrofe.

Según los científicos era ésta la suma necesaria para que el mundo no sufriera la privación del aire y el hambre que los estaba cercando. Con el banquete celebraban pues el acontecimiento más importante del año. De no ser por esa catástrofe, el mundo habría incurrido en otra catástrofe peor; la ejecución del proyecto del doctor Chiksa de disminuir la estatura de los hombres por un proceso parecido al de los arbolitos japoneses, pero sin mantener las proporciones adecuadas. No menos de tres generaciones llevaría el cumplimiento del plan si a toda costa mantenían las proporciones. De ese modo cruel, pero eficaz, el costo de la vida se reduciría a la cuarta o quinta parte, pero no resolvería del todo el problema vigente, que alarmaba al mundo. Después de la misa ritual, celebrada en un recinto cerrado, donde Élida tuvo la primera claustrofobia de su vida por culpa de la máscara color café con leche, para quedar bien con los negros y los blancos, la concurrencia pasó a la sala de audiencias, donde los discursos le quitaban el aire. Después, los invitados pasaron a los comedores. Un mundo se agolpaba en busca de asientos alrededor de la enorme y giratoria mesa cuyo mecanismo no funcionaba bastante lentamente para algunos glotones que querían repetir de cada plato (como si no hubiera otros, y otros y otros más apetecibles). La verdad es que, una vez probado el primer plato, el temor a que el próximo fuera más pesado hacía que la gente se volviera a servir blandiendo las cucharas con avidez, ya que siempre servían lo mejor primero y dejaban lo peor para los postres. ¿El tumulto de voces no dejaba oír los discursos o Élida se sentía mal?. Una mujer sensible, siempre duda de sus experiencias; Élida más que cualquiera. Su propia voz, tan disonante en el silencio, en el tumulto le pareció armónica:

- En este día de emociones y de esperanzas nos hemos reunido para llorar, deplorar y festejar la desaparición de mil millones de habitantes de la Tierra. Sin duda la muerte es resurrección para nosotros y esto es lo dramático del asunto. A partir de este momento respiraremos mejor, nosotros, los desventurados que vivimos.

Élida, sintiéndose más bonita, se ahogaba. Dijo dos o tres frases que, si alguien las hubiera recogido, serían célebres, pero no la escucharon porque escuchaban al ministro.-...podremos comer mejor -prosiguió el ministro. Élida sintió que se le cerraba la garganta, con la última banana que comió-. Todos los adelantos de nuestra civilización podrán aprovecharse al fin de cuentas -la rapidez con que hablaba el ministro decreció. Sus ojos entrecerrados parecían dos lagrimones. Alguien lo interrumpió bruscamente para decirle algo al oído y se despabiló-. Por desgracia, ninguna alegría llega sola. Señores, estamos cercados por una peste -hubo un zumbido de moscardón en la sala-. En las calles se están muriendo centenares de personas por los efectos del agua pútrida de los pantanos de las inundaciones. La peste la propagan los mosquitos contra los cuales hemos luchado tanto, para extinguirlos y revitalizarlos. Esta noticia que acabo de recibir, demuestra tal vez que nos hemos anticipado en la organización de los agasajos para la cual trabajó tanto la señora Élida Fraisjus como sus colaboradoras.

Los aplausos ahogaron las últimas palabras del ministro y Élida alcanzo a oír su nombre. Se arrancó la máscara para que Dios le viera la cara, la edad de su piel y el color, y para que uno de los mosquitos la picara, pero se preguntó en los últimos momentos ¿por qué este afán por morir?. Y su propia voz ronca le respondió: "Ya ves, la eternidad no es distinta".

Silvina Ocampo (Argentina, 1903-1993).

domingo, 19 de abril de 2020

Epidemias: CARTAS DESDE PARÍS, de Heinrich Heine

"... los muertos habían sido enterrados tan rápido que ni siquiera les había dado tiempo a quitarles sus disfraces de rombos..."

La rebelión de los muertos
Artículo publicado en un diario de Augsburgo el 19 de abril de 1832

(Fragmento inicial)

Su llegada fue anunciada oficialmente el 29 de marzo; y como era Micarême,* además hacía un día soleado y claro, los parisinos inundaban los bulevares con más alegría que de costumbre, donde se vieron máscaras burlándose del miedo al cólera y a la propia enfermedad en una caricatura deforme y descolorida. Aquella noche los bailes estaban más concurridos, las risas de la gente ahogaban la música más alta; durante el chahut, un baile incondicional, aumentó el calor, por lo que se engulleron todo tipo de helados y bebidas; repentinamente, el más alegre de los arlequines sintió un escalofrío en sus piernas, se quitó la máscara y, para regocijo de los asistentes, reveló su rostro amoratado. Pronto se vio que no era broma; las risas se apagaron, se enviaron coches directamente del baile al Hôtel-Dieu, el Hospital Central, donde morían vestidos con sus trajes de carnaval... Se decía que los muertos habían sido enterrados tan rápido que ni siquiera había dado tiempo a quitarles sus disfraces de rombos; tan alegres como cuando estaban vivos, así yacen ahora en sus tumbas.


Heinrich Heine (Alemán fallecido en Francia, 1797-1856).

* Mi-carême es un festejo tradicional de carnaval, de origen francés, que se remonta al siglo X y tiene lugar a mitad de la cuaresma. A partir del año 2009 en París, se le denomina Carnaval de las mujeres: Carnaval des femmes. En la región francoparlante de Canadá se festeja durante la tercera semana de cuaresma y se extiende desde el domingo hasta el viernes. 

jueves, 3 de agosto de 2017

Carnaval: MASCARADA (del poemario Mitología del olvido)

"Debajo de esas máscaras no estábamos nosotros."

Y regresas ahora
a la sombra del silencio desgastado
el bullicio del carnaval se aleja
son otros los que bailan.
En el lindero del amanecer
cuánto pesa el alma consumida
por la lucha verbo a verbo
y la implacable careta del tiempo
presiente la fatiga insomne
en la piel de la sorpresa.
Debajo de esas máscaras
no estábamos nosotros.


Jules Etienne

domingo, 30 de julio de 2017

Carnaval: EL MAR QUEMA LAS MÁSCARAS, de Giorgio Caproni


El mar quema las máscaras,
lo incendia el fuego de la sal.
Hombres llenos de máscaras
arden sobre el litoral.
 
Tú sola podrás resistir
la hoguera del Carnaval.
Tú sola que sin máscaras
ocultas el arte de existir.
 
(Il mare brucia le maschere,
le incendia il fuoco del sale.
Uomini pieni di maschere
avvampano sul litorale.

Tu sola potrai resistere
nel rogo del Carnevale.
Tu sola che senza maschere
nascondi l’arte d’esistere.)

 
Giorgio Caproni (Italia, 1912-1990).
 
(Traducido del italiano por Jules Etienne)

jueves, 8 de junio de 2017

Carnaval: EL ESCULTOR DE MÁSCARAS, de Fernand Crommelynck


(Principio del tercer acto)

La tienda. La habitación está a oscuras. Todas las ventanas están abiertas.

Pascal está solo en la tienda. Afuera, los cantos se escuchan cada vez más cerca. Es época de carnaval, con su irrestricto e incansable júbilo.

Una canción:
Zapatos blancos de madera, clack,
clack, zapatos blancos de madera.
Bonitos zapatos blancos de madera
sobre el pavimento de piedra.

(Se escuchan zapatos de madera siguiendo al ritmo de la canción).

Voces: ¡A la taberna del Caballo Marino! ¡Vamos! ¡A la taberna del Caballo Marino! (Se escuchan campanas y tambores).

La canción (a la distancia): Tra-la-la-la baila y larga vida al zapatero. Zapatero del muelle, ¡haz tu trabajo!

(Pascal mira hacia afuera. Silencio. Magdalena baja de las habitaciones superiores. No la escucha. Camina hacia él y le llama con dulzura).

Magdalena: ¡Pascal!

Pascal (se vuelve de manera abrupta, aterrado): ¿Qué?... ¿Qué sucede? ¿Qué pasa? (suspira). ¡Ah! Eres tú...

Magdalena (triste): ¿De qué tienes miedo? (Él no responde. Silencio).
 
Pascal (obsesivo): Los árboles en el jardín del convento florecen; el cuarto se llena con el olor de las hojas frescas... La gente va a bailar toda la noche. (Ríe nervioso) Bailarán, sí... o también pasearan por el campo... las muchachas y los jóvenes... se irán perdiendo de dos en dos, entre las ramas... ¡Ah! ¡Ah! ¡Sí!... y sus risas se escucharán en la oscuridad, bajo el cielo. (Se queja) Y yo siento dolor.

Magdalena (con tristeza): Vamos a cerrar la casa.

 
Fernand Crommelynck (Dramaturgo belga nacido y muerto en Francia, 1886-1970).
 
La ilustración corresponde a Annemarie Seidel y Fritz Korner en la puesta en escena de El escultor de máscaras, estrenada en Berlín el 12 de mayo de 1920.

domingo, 28 de mayo de 2017

Carnaval: KARNEVÁL, de Béla Hamvas


"... y el gran misterio es la máscara, esta máscara. Ese es el gran misterio de la forma. Es decir, del cuerpo."

(Fragmento del segundo volumen, capítulo VII)
Sí. Entiendo que los seres humanos crecen, es decir, el cuerpo, su forma,  su imagen, es el gran misterio. Una máscara es sagrada. No debe despojarse de ella. Está prohibido. Se debe practicar el juego de la máscara. La sobriedad no es locura. La locura es nuestro estado natural. La máscara indica nuestra locura sagrada. ¿Realidad? Si tu cara fuese real, habría de sobrevivir por separado. Pero somos, y el gran misterio es la máscara, esta máscara. Ese es el gran misterio de la forma. Es decir, del cuerpo. Va en aumento. La santa ilusión. -
Pausa.
Béla Hamvas (Húngaro nacido en Eslovaquia, 1897-1968)

jueves, 20 de abril de 2017

Carnaval: EL HUERTO DE MI AMADA, de Alfredo Bryce Echenique


(Fragmento del capítulo II)

Pero el baile de disfraces de aquel carnaval de 1957, en casa de Maricuchita Ibáñez Santibáñez, fue ya demasiado Waterloo para los mellizos, aunque también ellos, cual Napoleones criollos, probarían suerte nuevamente en el arte de la derrota atroz y definitiva. Y es que los pobres Arturo y Raúl estaban más fascinados por la idea que se hacían de las hermanas Vélez Sarsfield que por las tres feuconas pero simpatiquísimas hermanas de carne y hueso. Por supuesto que fue Carlitos quien tuvo que mover cielo y tierra para conseguirles invitaciones, lo cual obligó también a Susy, Mary y Melanie a mover cielo y tierra para conseguirle una invitación a Charles Sylvester, su gran amigo de infancia en Londres, que acababa de llegar a Lima, se alojaba en casa de unos primos de apellidos Céspedes Salinas, que nosotras tampoco conocemos ni en pelea de perros, no, pero bueno, nos encantaría que los invitaras también con Charles Sylvester, sobre todo por lo del alojamiento y eso, sí, por favor..
.
- ¿Que cómo son? Pues yo diría que medio cholazos y huachafones y como que vivieran en un Daimler o se pasaran la vida limpiándolo, Maricuchita, y además uno de ellos insiste en que le digan Duque y el otro Oso, que le queda perfecto, te lo juro, y hasta miedo te da el tipo, pero mira, a Charles Sylvester lo queremos atender lo mejor posible, y al fin y al cabo la tuya es una fiesta de disfraces, o sea que lo menos que van a traer los mellizos ésos es un buen par de antifaces.
 
- ¿Tres invitaciones, entonces?
 
- Qué le vamos a hacer, Maricuchita, por favor. Tres invitaciones, sí, y si quieres les pido a los Céspedes que vengan con máscaras...
 
Pero el gran baile de disfraces de Maricuchita Ibáñez Santibáñez fue tremenda desilusión para los mellizos Céspedes Salinas, y nada menos que por culpa de las hermanas Vélez Sarsfield, que llegaron igual de pecosas que siempre, igual de pelirrojas, con sus eternas colas de caballo, y sin nada que resplandeciera en todo Lima, ni siquiera ahí en el distrito de Miraflores, sin nada que brillara como el oro o relumbrara como un diamante. La casa del baile sí que estaba a la altura, y fue el propio Molina, tan comunicativo últimamente, el encargado de comentarle a Carlitos que se fijara en sus compañeros de estudios y Amargura, mírelos, joven, como que se han achatado ante tremenda fachada y ante el patio este de ingreso, y a quién se le ocurre, con el calorazo que hace, ponerse una máscara de oso y tremenda piel negra, oiga usted, y el otro disfrazado de Gran Duque de las Cruzadas, según él, que le he preguntado y dice que fue entonces cuando nacieron las grandes órdenes de caballería y los títulos como el suyo, ese amigo suyo va a empapar en sudor a cuanta chica saque a bailar y ojalá que use harto desodorante...


Alfredo Bryce Echenique (Perú, 1939).

sábado, 18 de marzo de 2017

Carnaval: GOG, de Giovanni Papini

"Cada uno de nosotros podría hacerse fabricar varias y ponerse ésta o aquélla según el humor del día..."

(Fragmento del capítulo Las máscaras)

Los antiguos y los primitivos, en muchas cosas más inteligentes que nosotros, adoptaron y adoptan las máscaras para los actos graves; bellos de la vida.
 
Los primitivos romanos, como hoy los salvajes, se ponían la máscara para atacar al enemigo en la guerra. Los hechiceros y los sacerdotes tenían máscaras de ceremonia para los encantamientos y los ritos. Los actores griegos y latinos no recitaban jamás sin máscara. En el Japón se danzaba siempre con la máscara (las que he comprado son precisamente máscaras para el baile Genjó-raku y pertenecen a la época de Heian). En la Edad Media los miembros de las hermandades llevaban la cara cubierta con una capucha provista de dos agujeros para los ojos. Y recuerdo el Profeta Velado del Korazan, el Consejo de los Diez de Venecia, la Máscara de Hierro... Guerra, arte, religión, justicia: nada grande se hacía sin la máscara.
 
Hoy es la decadencia. No la adoptan más que los bufones del carnaval, los bandidos y los automovilistas. El carnaval está casi muerto, y los salteadores de caminos van siendo cada vez más raros.
 
La máscara, según mi opinión, debería ser una parte facultativa del vestido, como los guantes. ¿Por qué aceptar un rostro que, al mismo tiempo que es una humillación para nosotros, es una ofensa para los demás? Cada uno podría escoger para sí la fisonomía que más le gustase, aquella que estuviese más de acuerdo con su estado de ánimo. Cada uno de nosotros podría hacerse fabricar varias y ponerse ésta o aquélla según el humor del día y la naturaleza de las ocupaciones. Todos deberían tener en su guardarropa, junto con los sombreros, la máscara triste para las visitas de pésame y los funerales, la máscara patética y amorosa para los flirteos y los casamientos, la máscara riente para ir a la comedia o a las cenas con los amigos, y así por el estilo.
 
Me parece que las ventajas de la adopción universal de la máscara serían muchas.
 
 
Giovanni Papini (Italia, 1881-1956).

martes, 14 de marzo de 2017

Carnaval: LOS AGUJEROS DE LA MÁSCARA, de Jean Lorrain

"Los gritos de las máscaras que estallaban a lo lejos..."

Capítulo I  

 - ¿Quiere usted verlo? -me había dicho mi amigo De Jacquels-, sea, consiga un dominó y un antifaz, un dominó elegante, de satén negro, cálcese unos escarpines, y, por esta vez, medias de seda negra también, y espéreme en su casa el martes hacia las diez y media; iré a buscarle.
 
El martes siguiente, envuelto en los susurrantes pliegues de una larga esclavina, con una máscara de terciopelo con barba de satén sujeta detrás de las orejas, esperaba a mi amigo De Jacquels en mi piso de soltero de la calle Taitbout, calentando mis pies a la vez ateridos e irritados bajo el contacto desacostumbrado de la seda, en las brasas del hogar; fuera, las bocinas y los gritos exasperantes de una noche de carnaval llegaban confusos desde el bulevar.
 
Resultaba extraño, e incluso pensándolo bien, inquietante a la larga, aquella solitaria velada de un enmascarado recostado en un sillón, en el claroscuro de un piso bajo atestado de objetos, aislado por los tapices, con la llama alta de una lámpara de petróleo y el vacilar de dos largas velas blancas, esbeltas, como funerarias, reflejadas en los espejos colgados del muro ¡y De Jacquels no llegaba! Los gritos de las máscaras que estallaban a lo lejos agravaban aún más la hostilidad del silencio; las dos velas ardían tan derechas que, inesperadamente y presa de impaciencia, turbado delante de aquellas tres luces, me levanté para apagar una.
 
En ese momento se separó una de las cortinas y entró De Jacquels.
 
¿De Jacquels? No había oído llamar a la puerta, ni tampoco abrir. ¿Cómo había entrado en mi apartamento? He pensado a menudo en ello después; en fin, De Jacquels estaba allí delante de mí; ¿De Jacquels? Es decir un largo dominó, una forma grande, sombría, velada y enmascarada como yo:
 
- ¿Está usted listo? -preguntaba su voz que no reconocí de tan alterada como estaba-. Mi coche está aquí, nos vamos.
 
Su coche, no lo había oído ni rodar ni detenerse ante mis ventanas. ¿A qué pesadilla, sombra y misterio había empezado a descender?
 
- Es su capucha la que tapona sus oídos; usted no está acostumbrado a la máscara - pensaba en voz alta De Jacquels, que había penetrado mi silencio-: Tenía pues, aquella noche, el poder de adivinar, y levantando mi dominó se aseguraba de la finura de mis medias de seda y de mi ligero calzado.
 
Aquel gesto me tranquilizó, era De Jacquels y no otro quien hablaba bajo el dominó. Cualquier otro no hubiera tenido en cuenta la recomendación que De Jacquels me había hecho hacía una semana.
 
–Bien, nos vamos -ordenaba su voz, y, en un susurro de seda y satén que se roza, nos hundimos en la puerta cochera, semejantes, me parece, a dos enormes murciélagos, con el vuelo de nuestras esclavinas, repentinamente levantadas por encima de los dominós.
 
¿De dónde venía aquel gran viento, aquel soplo desconocido? ¡La temperatura de aquella noche de carnaval era a la vez tan húmeda y blanda!


Jean Lorrain (Francia, 1855-1906)

jueves, 2 de febrero de 2017

Carnaval: LAS MÁSCARAS, de Saint-Simon


"El invierno precedente se habían hecho varias máscaras de personas de la corte, tomadas del natural."

El teniente general Bouligneux y el mariscal de campo Wartigny perecieron frente a Verue; eran dos hombres de gran valor pero muy singulares. El invierno precedente se habían hecho varias máscaras de personas de la corte, tomadas del natural. Dichas personas las llevaban bajo otras máscaras, de modo que al quitarse la primera máscara los demás se equivocaban al confundir la segunda máscara con el rostro verdadero, ya dicho rostro era muy diferente. La broma divirtió mucho. Ese invierno se quiso repetir la distracción. Grande fue la sorpresa al encontrar a las máscaras tomadas del natural frescas y tal cual se hallaban cuando se guardaron después del carnaval, con excepción de las de Bouligneux y Wartigny, que aunque conservaban su perfecta semejanza habían adquirido la palidez y la consunción de las personas que acaban de morir. Ellos las lucieron en un baile y produjeron tanto horror que se trató de retocar las máscaras con rojo, pero el rojo se borraba de inmediato, y la consunción no tenía arreglo. Esta circunstancia me pareció tan extraordinaria que la considero digna de referirse, pero me hubiera cuidado de hacerlo si toda la corte no hubiera sido testigo de ello, como yo, y si no hubiese sorprendido mucho, y varias veces, por este hecho extraño y singular. Por último, ambas máscaras fueron arrojadas a la basura.
 
 
Louis de Rouvroy, duque de Saint-Simon (Francia, 1675-1755).

martes, 24 de enero de 2017

Carnaval: EL MUNDO TODO ES MÁSCARAS: TODO EL AÑO ES CARNAVAL, de Mariano José de Larra

 
(Párrafo final)

Al llegar aquí estábamos ya en el baile de máscaras; sentí un golpe ligero en una de mis mejillas. ¡Asmodeo!, grité. Profunda oscuridad; silencio de nuevo en torno mío. ¡Asmodeo!, quise gritar de nuevo; despiértame empero el esfuerzo. Llena aún mi fantasía de mi nocturno viaje, abro los ojos, y todos los trajes apiñados, todos los países me rodean en breve espacio; un chino, un marinero, un abate, un indio, un ruso, un griego, un romano, un escocés... ¡Cielos! ¿Qué es esto? ¿Ha sonado ya la trompeta final? ¿Se han congregado ya los hombres de todas las épocas y de todas las zonas de la tierra, a la voz del Omnipotente, en el valle de Josafat...? Poco a poco vuelvo en mí, y asustando a un turco y a una monja entre quienes estoy, exclamo con toda la filosofía de un hombre que no ha cenado, e imitando las expresiones de Asmodeo, que aún suenan en mis oídos: El mundo todo es máscaras: todo el año es carnaval.
 
Mariano José de Larra (España, 1809-1837)

domingo, 22 de enero de 2017

Carnaval: JUAN DE MAIRENA, de Antonio Machado


Juan de Mairena: sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo

Sobre el Carnaval

Se dice que el Carnaval es una fiesta llamada a desaparecer. Lo que se ve -decía Mairena- es que el pueblo, siempre que se regocija, hace Carnaval. De modo que lo carnavalesco, que es lo específicamente popular de toda fiesta, no lleva trazas de acabarse. Y desde un punto de vista más aristocrático, tampoco el Carnaval desaparece. Porque lo esencial carnavalesco no es ponerse careta, sino quitarse la cara. Y no hay nadie tan avenido con la suya que no aspire a estrenar otra alguna vez.


Antonio Machado (España, 1875-1939)

lunes, 21 de marzo de 2016

Exilio: PRIMAVERA CON UNA ESQUINA ROTA, de Mario Benedetti

"Uno de esos asombros fue en una tienda con máscaras, de colores un poco abusivos, hipnotizantes."

DON RAFAEL (Derrota y derrotero)

Lo esencial es adaptarse. Ya sé que a esta edad es difícil. Casi imposible. Y sin embargo. Después de todo, mi exilio es mío. No todos tienen un exilio propio. A mí quisieron encajarme uno ajeno. Vano intento. Lo convertí en mío. ¿Cómo fue? Eso no importa. No es un secreto ni una revelación. Yo diría que hay que empezar a apoderarse de las calles. De las esquinas. Del cielo. De los cafés. Del sol, y lo que es más importante, de la sombra. Cuando uno llega a percibir que una calle no le es extranjera, sólo entonces la calle deja de mirarlo a uno como a un extraño. Y así con todo. Al principio yo andaba con un bastón, como quizá corresponda a mis sesenta y siete años. Pero no era cosa de la edad. Era una consecuencia del desaliento. Allá, siempre había hecho el mismo camino para volver a casa. Y aquí echaba eso de menos. La gente no comprende ese tipo de nostalgia. Creen que la nostalgia sólo tiene que ver con cielos y árboles y mujeres. A lo sumo, con militancia política. La patria, en fin. Pero yo siempre tuve nostalgias más grises, más opacas.

Por ejemplo, ésa. El camino de vuelta a casa. Una tranquilidad, un sosiego, saber qué viene después de cada esquina, de cada farol, de cada quiosco. Aquí, en cambio, empecé a caminar y a sorprenderme. Y la sorpresa me fatigaba. Y por añadidura no llegaba a casa, sino a la habitación. Cansado de sorprenderme, eso sí. Tal vez por eso recurrí al bastón. Para aminorar tantas sorpresas. O quizá para que los compatriotas que iba encontrando, me dijeran: «Pero, don Rafael, usted allá no usaba bastón», y yo pudiera contestarles: «Bueno, tampoco vos usabas guayabera.» Sorpresa por sorpresa. Uno de esos asombros fue una tienda con máscaras, de colores un poco abusivos, hipnotizantes. No podía habituarme a las máscaras, aunque siempre fueran las mismas. Pero junto con la recurrencia de las máscaras, se repetía también mi deseo, o quizá mi expectativa, de que las máscaras cambiaran, y diariamente me asombraba encontrar las mismas. Y entonces el bastón me ayudaba. ¿Por qué? ¿Para qué? Bueno, para apoyarme cuando me asaltaba esa modesta decepción de todas las tardes, quiero decir cuando comprobaba que las máscaras no habían cambiado. Y debo reconocer que mi expectativa no era tan absurda. Porque la máscara no es un rostro. Es un artificio, ¿no? Un rostro cambia sólo por accidente. Quiero decir en su estructura; no en su expresión, que ésta sí es variable. En cambio, una máscara puede cambiar por miles de motivos. Digamos: por ensayo, por experimentación, por ajuste, por mejoría, por deterioro, por sustitución. Sólo a los tres meses comprendí que no podía esperar nada de las máscaras. No iban a cambiar esas empecinadas, esas tozudas. Y empecé a fijarme en los rostros. Al fin de cuentas, fue un buen cambio. Los rostros no se repetían. Venían hacia mí, y dejé el bastón. Ya no tenía que apoyarme para soportar el estupor. Quizá cada rostro no cambiara con los días, sino con los años, pero los que venían a mí (con excepción de una mendiga huesuda y tímida) eran siempre nuevos. Y con ellos venían todas las clases sociales, en autos impresionantes, en autitos modestos, en autobuses, en sillas de ruedas, o simplemente caminando. Ya no eché de menos el camino, montevideano y consabido, de vuelta a casa. En la nueva ciudad había nuevos derroteros. Derrotero viene de derrota, ya lo sé. Nuestra derrota no será total, pero es derrota. Ya lo había comprendido, pero lo confirmé plenamente cuando di la primera clase. El alumno se puso de pie y pidió permiso para preguntar. Y preguntó: «Maestro, ¿por qué razón su país, una asentada democracia liberal, pasó tan rápidamente a ser una dictadura militar?» Le pedí que no me llamara maestro. No es nuestra costumbre. Pero se lo pedí solamente para organizar la respuesta. Le dije lo consabido: que el proceso empezó mucho antes, no en la calma, sino en el subsuelo de la calma. Y fui anotando en el pizarrón los varios rubros, los períodos, las caracterizaciones, los corolarios. El muchacho asintió. Y yo leí en sus ojos compren- sivos toda la dimensión de mi derrota, de mi derrotero. Y desde entonces regreso cada tarde por una ruta distinta. Por otra parte, ahora ya no vuelvo a una habitación. Tampoco es una casa. Es simplemente un apartamento, o sea, un simulacro de casa: una habitación con agregados. Pero la nueva ciudad me gusta, ¿por qué no? Su gente -menos mal- tiene defectos. Y es muy entretenido especializarme en ellos. Las virtudes -por supuesto también las poseen- generalmente aburren. Los defectos, no. La cursilería, por ejemplo, es una zona prodigiosa, en la que nunca acabo de especializarme. Mi bastón, sin ir más lejos, era un amago de cursilería, y sin embargo tuve que abandonarlo. Cuando me siento cursi, me desprecio un poquito, y eso es malísimo. Porque nunca es bueno despreciarse, a menos que existan fundadas razones, que no es mi caso.

Mario Benedetti (Uruguay, 1920-2009).