Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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martes, 16 de mayo de 2023

Tampico: NIÑA ERRANTE (cartas a Doris Dana), de Gabriela Mistral


A finales de 1950, Gabriela Mistral estuvo de visita en Tampico acompañada por su pareja, la estadounidense Doris Dana. En esa ocasión, Marco Claudio Corona y su esposa María G. de Corona fueron sus anfitriones.

Aprovechando su estancia, un diario local, El Sol de Tampico, entrevistó a la escritora, quien había recibido el premio Nobel de literatura en 1945 y por entonces se desempeñaba como cónsul de la república de Chile en México.


En el libro
Niña errante se recopila el epistolario amoroso de la relación lésbica entre ambas mujeres, que tuvo su inicio en 1948.

(Fragmentos)

18 de abril de 1949

Yo necesito de ti mucho más que tú de mí. Me pasa un calofrío por la carne al leer que te me puedes morir. Tú tienes ciertos deberes conmigo -perdona la palabra- y el primero de ellos es convivir conmigo. Dime: es que no te alegra el que en veinte días más podamos estar juntas.

Vino por segunda vez el médico de Chocoman, y me ha dicho lo siguiente, él y su compañero, empleado de turismo aquí: Que hay barcos -suponen que de carga y pasajeros- americanos, y que van a Tampico. Yo te esperaría allí, vidita. Es fácil ir de Veracruz allí.

(...)

Tu coche te lo podría llevar de México a Guadalajara el chofer de Palma, tal vez también pudiera llevarlo a Tampico. Allí irían las dos pobrecitas vueltas de nuevo ricas, y atrás irían mis maletas. Ok., vida mía ¿no te alegras tú?

¿Cómo es posible, mi amor, que después de haber leído las cartas mías tú sigas dudando, penando, desesperando? Es un pecado, Doris mía, es algo, además, que no entiendo. ¿Es que qué tu crees que hay un peligro de perderme? Estás loca de atar. Ay, defiéndete de ese desvarío. Date cuenta de que hay entre nosotros algo muy poderoso, un vínculo extraño, que debe venir de otra encarnación.

(...)

Es preciso que yo sepa por tu carta próxima que tú crees en mí. Soy una desgraciada si tú sigues sin tener fe en tu Gabriela.


24 de abril de 1949

¡Qué barbaridad vida mía! ¡Emma ha debido leer la carta adjunta! ¡Horrible gente latina! ¡No respetan jamás la vida ajena! Pero ella está aquí porque nadie está conmigo y la Beta es una necia. Yo no puedo vivir como un fantasma que habla solo.

(...)

Tal vez cuando llegues nos vamos por Tampico a Guadalajara, para vivir en Chapala. Lo hablaremos aquí y, juntas resolveremos. Está tranquila: yo tomo mis medicinas. Por ti. Dame en detalle tu enfermedad. Y el resultado de los cardiogramas. Pregunta al Dr. si puedes vivir a dos mil doscientos metros de altura. Si no puedes buscaremos a donde irnos. Doris, yo quiero verte, verte, y oírte.
Tu Gabriela

Gabriela Mistral: Lucila Godoy Alcayaga (Chile, 1889-1957).
Obtuvo el premio Nobel en 1945.

Las ilustraciones corresponden a un fragmento de la carta que el matrimonio Corona les envió a sus huéspedes unos días después de concluida su visita y al encabezado de la entrevista publicada por El Sol de Tampico.

lunes, 22 de abril de 2019

Tu boca: BESOS, de Gabriela Mistral

"... yo te enseñé a besar con besos míos inventados por mí, para tu boca."

(Fragmento)

Hay besos que producen desvaríos
de amorosa pasión ardiente y loca,
tú los conoces bien son besos míos
inventados por mí, para tu boca.

Besos de llama que en rastro impreso
llevan los surcos de un amor vedado,
besos de tempestad, salvajes besos
que solo nuestros labios han probado.

¿Te acuerdas del primero...? Indefinible;
cubrió tu faz de cárdenos sonrojos
y en los espasmos de emoción terrible,
llenáronse de lágrimas tus ojos.

¿Te acuerdas que una tarde en loco exceso
te vi celoso imaginando agravios,
te suspendí en mis brazos... vibró un beso,
y qué viste después...? Sangre en mis labios.

Yo te enseñé a besar: los besos fríos
son de impasible corazón de roca,
yo te enseñé a besar con besos míos
inventados por mí, para tu boca.


Gabriela Mistral: Lucila Godoy Alcayaga (Chile, 1889-1957).
Obtuvo el premio Nobel en 1945.

domingo, 22 de julio de 2018

Solsticio: LA BAILARINA, de Gabriela Mistral

"... desnuda de todo y de sí misma, da su entrega, hermosa y pura, de pies voladores. Sacudida como árbol..."

La bailarina ahora está danzando
la danza del perder cuanto tenía.
Deja caer todo lo que ella había,
padres y hermanos, huertos y campiñas,
el rumor de su río, los caminos,
el cuento de su hogar, su propio rostro
y su nombre, y los juegos de su infancia
como quien deja todo lo que tuvo
caer de cuello y de seno y de alma.

En el filo del día y el solsticio
baila riendo su cabal despojo.
Lo que avientan sus brazos es el mundo
que ama y detesta, que sonríe y mata,
la tierra puesta a vendimia de sangre,
la noche de los hartos que ni duermen
y la dentera del que no ha posada.

Sin nombre, raza ni credo, desnuda
de todo y de sí misma, da su entrega,
hermosa y pura, de pies voladores.
Sacudida como árbol y en el centro
de la tornada, vuelta testimonio.

No está danzando el vuelo de albatroses
salpicados de sal y juegos de olas;
tampoco el alzamiento y la derrota
de los cañaverales fustigados.
Tampoco el viento agitador de velas,
ni la sonrisa de las altas hierbas.

El nombre no le den de su bautismo.
Se soltó de su casta y de su carne
sumió la canturia de su sangre
y la balada de su adolescencia.

Sin saberlo le echamos nuestras vidas
como una roja veste envenenada
y baila así mordida de serpientes
que alácritas y libres le repechan
y la dejan caer en estandarte
vencido o en guirnalda hecha pedazos.

Sonámbula, mudada en lo que odia,
sigue danzando sin saberse ajena
sus muecas aventando y recogiendo
jadeadora de nuestro jadeo,
cortando el aire que no la refresca
única y torbellino, vil y pura.

Somos nosotros su jadeado pecho,
su palidez exangüe, el loco grito
tirado hacia el poniente y el levante
la roja calentura de sus venas,
el olvido del Dios de sus infancias.


Gabriela Mistral: Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga.
(Chile, 1889-1957). Obtuvo el premio Nobel en 1945.

lunes, 12 de febrero de 2018

Nieve: MOTIVOS DEL BARRO, de Gabriela Mistral


(Fragmento del relato La madre)

Ella parecía no escuchar y se quedó entonando suavemente otro aire campesino sobre el sueño del niño.

Las nubes lejanas se agruparon y bajó la lluvia sobre el llano. La mujer sacó su chal, dejó sus espaldas descubiertas y arropó mejor a su hijo. Una nieve ligera fue bajando después, una nevada ligera, pero que amorataba y hacía temblar sus manos. Ella se curvó más, para cubrir mejor se arrastró lentamente hasta quedar bajo la rama más tupida. Allí estuvo mucho tiempo. La nieve resbalaba sobre su cara y sus mejillas; la aventaba solamente del chal que cubría su regazo. El movimiento del niño hizo que interrumpiera su delicado estribillo; fue su aliento entonces tan sigiloso como el bajar de la cabeza para otear el horizonte.

El llano era hermoso bajo la nevada; las lomas se iban jaspeando de blancura imper- ceptiblemente y los árboles de follaje adquirían unos fantásticos relieves sobre los troncos llagados. No miraba al llano; no miraba a los que pasaron por la carretera; sólo alzaba la cabeza para otear el horizonte.

Y cuando los carros de heno se aproximaron, tuvo el boyero que levantarla porque el frío había paralizado su cuerpo, que estaba arrecido entero, menos el hueco divino donde durmió con tibieza el niño.

Yo sé de las almas que hicieron de la belleza el único hijo. En la hora de la miseria, larga, larga, y en la de la injusticia, no interrumpieron su canto con que la arrullaban; la fiebre de los pueblos, el ir y venir de los hombres, no rompió aquel beso. Todas eran mezquinas, sus caras marchitas y quebrantadas para la muerte; pero en lo hondo de sus entrañas, el jazmín de la emoción, la enredadera de la ternura, estuvo echando flor en el silencio de las nieves y curvadas sobre ellas, esas almas pasaron por el mundo, sin conocer otra voz ni otra claridad sobre su pecho hasta la última hora.


Gabriela Mistral: Lucila Godoy Alcayaga (Chile, 1889-1957).
Obtuvo el premio Nobel en 1945.