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English Bay bajo la nieve. Vancouver, enero de 2020 (fotografía de Jules Etienne).

viernes, 31 de enero de 2020

Tu boca: RUBAIES, de Nâzım Hikmet

"... tu boca roja cuya miel me prohíben..."

(Fragmento inicial)

Era real el mundo que veías, Djelaleddin, y no quién sabe qué
Era inmenso, no creado ni esbozado por quién sabe qué causa primera.
La más bella cuarteta salida de tu carne, de tu boca,
no es aquella que empieza: “La imagen no es sino una sombra.”

Mi alma es el reflejo del mundo circundante.
Sin él, ella no existe y no maduraría ningún otro secreto.
La imagen de lo real más lejana y más próxima,
es la belleza de mi bien amada, cuya luz yo reflejo.
No es posible abrazar la íntima imagen que conservo de ti.
Decir que, sin embargo, tú estás en carne y hueso, allá, en mi ciudad.
Reales son tus grandes ojos, tu boca roja cuya miel me prohíben,
tu abandono de lengua rebelde y tu blancura que mi labio no alcanza.
Un buen día, la imagen de mi amada
me dijo, desde el fondo del espejo: “Existo yo, no ella.”
De un golpe, rompí el cristal y se acabó la imagen.
Mi amada está allá lejos, en tanto, sana y buena.

Ella me abrazó y me dijo: “Estos labios son reales como el mundo.
Este aroma lo exhalan mis cabellos, no tu imaginación.
Aun cuando los ciegos no las vean, las estrellas existen:
míralas en el cielo o en mis ojos.”

Cada día más próxima la hora de partir:
- ¡Adiós, querida Tierra!
y ¡Buen día,
Universo!

Tus ojos son panales desbordantes de miel.
Tus ojos, mejor dicho, desbordantes de sol.
Tus ojos, amor mío, se llenarán de tierra,
y habrá nuevos panales desbordantes de miel.

Ni de luz.
Ni de barro,
pero en la misma pasta se amasaron
mi querida, su gata y la azulina perla que usa su cuello.


Nâzım Hikmet
(Poeta turco nacido en Salónica, hoy Grecia, y fallecido en la entonces Unión Soviética, 1902-1961).

jueves, 30 de enero de 2020

Tu boca: ALFABETO, de Ion Vinea

"El agua viene de tu boca..."

El día termina en tus ojos.
El día viene de tus ojos.
El agua viene de tu boca.
Las flores se parecen a tus encías.
El aire es joven en tu voz.
La primavera viene de tu vestido.
Hiciste los pájaros con tus manos.
La sombra se esconde en el ángulo de tu cuerpo.
Las lágrimas son luces para tu oreja.
La risa es una canción para tus dientes.
La noche es un hechizo de tu cabello.
Dormir es un momento de tu seno.


Ion Vinea (Rumania, 1895-1964).

miércoles, 29 de enero de 2020

Tu boca: LA HISTORIA DE O, de Pauline Réage

"... tu boca, tu vientre y tu dorso están abiertos para nosotros. En presencia nuestra, nunca tocarás tus senos: el corsé los levanta para indicar que nos pertenecen."
 
(Fragmento del capítulo I: Los amantes de Roissy)
 
- Aquí estarás al servicio de tus amos. Durante el día, harás las labores que te ordenen para la buena marcha de la casa, como: barrer, ordenar los libros, arreglar las flores o servir a la mesa. No serán más pesadas. Pero, a la primera palabra o a la primera señal, dejarás de hacer lo que estés haciendo para cumplir con tu primera obligación, que es la de entregarte. Tus manos no te pertenecen, ni tus senos, ni mucho menos ninguno de los orificios de tu cuerpo que nosotros podemos escudriñar y en los que podemos penetrar a placer. A modo de señal, para que tengas siempre presente que has perdido el derecho a rehusarte, en nuestra presencia, nunca cerrarás los labios del todo, ni cruzarás las piernas, ni juntarás las rodillas (como habrás observado que se te ha prohibido hacerlo desde que llegaste), lo que indicará a tus ojos y a los nuestros que tu boca, tu vientre y tu dorso están abiertos para nosotros. En presencia nuestra, nunca tocarás tus senos: el corsé los levanta para indicar que nos pertenecen. Durante el día, estarás vestida, levantarás la falda si se te ordena y podrá utilizarte quien quiera a cara descubierta -y como quiera- pero sin hacer uso del látigo. El látigo no te será aplicado más que entre la puesta y la salida del sol. Pero, además del castigo que te imponga quien lo desee, serás castigada por la noche por las faltas que hayas cometido durante el día: es decir, por haberte mostrado poco complaciente o mirado a la cara a quien te hable o te posea: a nosotros nunca debes mirarnos a la cara. Si el traje que usamos por la noche deja el sexo al descubierto no es por comodidad, que también podría obtenerse de otra manera, sino por insolencia, para que tus ojos se fijen en él y no en otra parte, para que aprendas que éste es tu amo, al cual están destinados, ante todo, tus labios.
 
 
Pauline Réage: Anne Cécile Desclos (Francia, 1907-1998).

lunes, 27 de enero de 2020

Tu boca: ADA O EL ARDOR, de Vladimir Nabokov

"Puedo prestarte mi lengua -dijo la niña. Dicho y hecho. Una gran fresa hervida, todavía muy caliente."

(Fragmento del capítuo XVII)

El más voluminoso diccionario de la biblioteca decía, en el artículo «Labio»: «Cada uno de los dos pliegues carnosos que rodean una abertura».

Mileyshiy Emile (según llamaba Ada a monsieur Littré) lo decía así: «Parte exterior y carnosa que forma el contorno de la boca... Los dos bordes de una herida simple.» (Es que con nuestras heridas, hablamos; por nuestras heridas, tenemos hijos.) «Miembro que lame.» (¡Querido Emile!)

Una enciclopedia rusa, pequeña pero gruesa, no quería ver en la palabra gouba («labio») más que un tribunal administrativo de la antigua Lyaska, o un golfo del Ártico.

Los labios de Van y Ada eran absurdamente idénticos, en color y en textura. Por su forma, el labio superior de Van recordaba un ave marina de largas alas vista de frente, y el inferior, grueso y hosco, comunicaba a su expresión habitual un aire de brutalidad. No era así, desde luego, en el caso de Ada; pero, por lo demás, la curva de su labio superior y el grosor del inferior, con su mueca desdeñosa y su color rosa opaco, eran la réplica, en estilo femenino, de la boca de Van. Durante la «fase de los besos» de sus amorcillos (quince días de largos besuqueos húmedos y pegajosos, nada recomendables para su salud de adolescentes), parecía que entre sus cuerpos sedientos se interponía una pantalla de extraña pudibundez; era, no obstante, inevitable que ciertos contactos y contracontactos atravesasen aquella pantalla, como lejanas vibraciones de gritos de socorro. Concienzudamente, incansablemente, delicadamente, Van pasaba y repasaba sus labios sobre los labios de Ada, atacando, a contrapelo, su terciopelo ardiente, de arriba abajo, de derecha a izquierda, hacia dentro, hacia fuera, hacia la vida y hacia la muerte, y encontraba un sabor deleitable en el contraste entre la caricia alada del idilio visible y la congestión brutal de la carne escondida.

Y la imaginación les pedía nuevos besos.

- Querría -dijo él en cierta ocasión- probar el interior de tu boca. ¡Dios, cómo me gustaría ser un Gulliver minúsculo para poder explorar esa cueva!

- Puedo prestarte mi lengua -dijo la niña. Dicho y hecho.

Una gran fresa hervida, todavía muy caliente. Van la degustaba, se la tragaba todo lo dentro que ella se dejaba tragar, y luego, abrazando estrechamente a Ada, le lamía el paladar. Ambas barbillas se llenaban de saliva, «pañuelo», pidió la chica, y sin más preámbulo metió la mano en el bolsillo del pantalón de Van; pero la retiró al instante, y dijo a su compañero que le pasase el pañuelo él mismo. Huelgan comentarios.

(«Aprecié tu tacto», le dijo él un día que rememoraban, entre sonrisas y estremeci- mientos retrospectivos, aquellas delicias y aquellas dificultades. «Pero ¡cuánto tiempo perdimos!: ópalos irreparables.»)

Van se aprendió la cara de Ada. Nariz, mejilla, mentón, todo era de tal dulzura de contornos (asociaciones retrospectivas son nomeolvides, y flores en el cabello, y las cortesanas, terriblemente caras, de Wicklow), que un admirador extravagante habría evocado fácilmente en tomo a su perfil el pálido vello de una caña, hombre no pensante -pascaltrezza-, mientras que un dedo más infantil y más sensual se habría complacido -y se complacía, de hecho- en palpar aquella nariz, aquella mejilla y aquel mentón. Lo mismo que en Rembrandt, la rememoración es una fiesta en medio de las tinieblas. Los invitados al recuerdo se visten para las circunstancias, y se mantienen erguidos en sus asientos. La memoria es un estudio fotográfico de lujo en el infinito de una 5th Power Avenue. La cinta de terciopelo negro que sujetaba su cabellera aquel día (el día de la imagen mental) realzaba el lustre de su sien sedosa y la blancura de tiza de la raya de sus cabellos. La doble melena caía larga y lisa por el cuello, y se dividía a la altura de los hombros, de modo que entre las ondas de bronce negro se entreveía, en forma de elegante triángulo, la palidez mate de la piel.

Vladimir Nabokov
(Ruso nacionalizado estadounidense fallecido en Suiza; 1899-1977).

(Traducción de David Molinet).

domingo, 26 de enero de 2020

Tu boca: UNA TARDE DE OCTUBRE, de José Gorostiza

"Prodígame tu boca. Y muchos años contará la conseja en su murmullo: sus cabellos creyéronse castaños..."

Tu boca es como un trémulo poniente
de otoño, dormido entre las brisas,
donde viera su copo cada oriente
y cantan las sonrisas...
Prodígame tu boca. Y muchos años
contará la conseja en su murmullo:
"Sus cabellos creyéronse castaños;
sus besos, como seda en el capullo.
Una tarde de octubre dio su fina
boca en un beso, y esta serenata
cerró un libro de otoño y de neblina
con su broche de plata..."


José Gorostiza (México, 1901-1973).

viernes, 24 de enero de 2020

Tu boca: SI EL OLVIDO ES AGUA Y EL RECUERDO FUEGO..., de Ricardo Molinari


Si el olvido es agua y el recuerdo fuego,
¡ay! qué corazón de nieve tan triste tengo.
Si yo te viera con tu perfil perdido entre dos losas,
envueltos los pies desnudos en tus sábanas frías
y la azucena del pecho, lastimada, sin defensa,
mi mano quedaría sobre los techos golpeándose por
el filo de las tejas
hasta hacerse sangre y formar un río amargo
que bajara hasta el centro de la calle,
en busca de la basura.
¡Amor! ¡Amor! Qué es amor, sino quedarse más
solo con el corazón,
con el pensamiento estropeado, el cabello lleno de nubes
y hojas de Otoño. Sí, pero yo soy diferente: tengo
un cielo ardiendo en los ojos
y una muerte que me muerde los dedos
y me encarna las lágrimas.


Qué inútiles quedan los dientes después de nunca;
después de cerrar una ventana y romper los vidrios
para que se quede temblando el recuerdo
y no huya por encima de las cajas de sombreros,
hacia el mar.


Tu cabellera hundida, tu boca sorda, tu pecho enrojecido
de guardar tanta pluma de azucena prisionera.
¡Todo el amor del galápago!


¡Ay! qué viento frío te da vueltas el mundo de los caballos
y de las adelfas.
Mis brazos están dormidos, quebrados en un ataúd
de piedra profunda. Amor. Amor, viento mío.
Pero tu luna, qué grito tan alto sobre los álamos;
qué hemisferio de hielo líquido te envuelve los bosques,
tu voz perdida, tu sombra que huye con un clavel,
y el clavel con su esqueleto de ámbar, perfumado de nieve.


¡Cielo! ¡Cielo! Mi cielo muerto, con su isla de cieno
en la garganta.


Ricardo Molinari (Argentina, 1898-1996).

sábado, 18 de enero de 2020

Tu boca: UN AMIGO DUERME, de Jean Cocteau


Tus manos por las sábanas eran mis hojas muertas.
Mi otoño era un amor por tu verano.
El viento del recuerdo resonaba en las puertas
de lugares que nunca visitamos.
Permití la mentira de tu sueño egoísta
allá donde tus pasos borran el sueño.
Crees estar donde estás. Qué triste nos resulta
estar donde no estamos, así siempre.
Tu vivías hundido dentro de otro tú mismo,
abstraído a tal punto de tu cuerpo
que eras como de piedra. Duro para el que ama
es tener un retrato solamente.
Inmóvil, desvelado, yo visitaba estancias
a las que nunca ya retornaremos.
Corría como un loco sin remover los miembros:
el mentón apoyado sobre el puño.
Y, cuando regresaba de esa carrera inerte,
te encontraba aburrido, con los ojos
cerrados, con tu aliento y con tu enorme mano
abiertos, y tu boca rebosante de noche...


Jean Cocteau (Francia, 1889-1963).

jueves, 16 de enero de 2020

Tu boca: ANTOLOGÍA TRADUCIDA, de Max Aub


Definición de la historia, de Ibn Abu Hakin
 
La historia, hija, es un cúmulo de desesperanzas, dudas, desengaños, intrigas, emboscadas, crímenes, daños, hecatombes, suplicios, tormentos, martirios, degollinas, linchamientos, venganzas, penas, prisiones, vergüenzas, crucifixiones, bajezas, deslealtades, destierros, burlas, irreverencias, desórdenes, infidelidades, perfidias, alevosías, artificios, mala fe, tratos dobles y aun triples, perjurios, disimulos, mentiras, apostasías, traiciones, felonías, vilezas, malas partidas, asesinatos, estupros, injusticias, saqueos, robos, persecuciones, escombros que produjeron esto que ves; albricias, suaves encantos, dulces presencias, altísimos placeres, dorado vino, manjares gustosos, música prodigiosa, muelles alfombras, delicados perfumes, poesías espléndidas, miniaturas de colores inigualables, jardines frondosos, telas tan suaves como tus pechos, tu boca: sueño y sueños.
 
¡Oh maravilla de maravillas!
 
Atribuido a Ibn Abu Hakin (Arabia, siglo VIII) por
Max Aub (Hispano-mexicano nacido en Francia, 1903-1972)

martes, 14 de enero de 2020

Enero: EMMA ZUNZ, de Jorge Luis Borges


El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tatbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguán una carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre había muerto. La engañaron, a primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquietó la letra desconocida. Nueve o diez líneas borroneadas querían colmar la hoja; Emma leyó que el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé. Un compañero de pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Fein o Fain, de Río Grande, que no podía saber que se dirigía a la hija del muerto.

Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el vientre y en las rodillas; luego de ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor; luego, quiso ya estar en el día siguiente. Acto continuo comprendió que esa voluntad era inútil porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin. Recogió el papel y se fue a su cuarto. Furtivamente lo guardó en un cajón, como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería.

En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día el suicidio de Manuel Maier, que en los antiguos días felices fue Emanuel Zunz. Recordó veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay, recordó (trató de recordar) a su madre, recordó la casita de Lanús que les remataron, recordó los amarillos losanges de una ventana, recordó el auto de prisión, el oprobio, recordó los anónimos con el suelto sobre “el desfalco del cajero”, recordó (pero eso jamás lo olvidaba) que su padre, la última noche, le había jurado que el ladrón era Loewenthal. Loewenthal, Aarón Loewenthal, antes gerente de la fábrica y ahora uno de los dueños. Emma, desde 1916, guardaba el secreto. A nadie se lo había revelado, ni siquiera a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quizá rehuía la profana incredulidad; quizá creía que el secreto era un vínculo entre ella y el ausente. Loewenthal no sabía que ella sabía; Emma Zunz derivaba de ese hecho ínfimo un sentimiento de poder.

No durmió aquella noche, y cuando la primera luz definió el rectángulo de la ventana, ya estaba perfecto su plan. Procuró que ese día, que le pareció interminable, fuera como los otros. Había en la fábrica rumores de huelga; Emma se declaró, como siempre, contra toda violencia. A las seis, concluido el trabajo, fue con Elsa a un club de mujeres, que tiene gimnasio y pileta. Se inscribieron; tuvo que repetir y deletrear su nombre y su apellido, tuvo que festejar las bromas vulgares que comentan la revisación. Con Elsa y con la menor de las Kronfuss discutió a qué cinematógrafo irían el domingo a la tarde. Luego, se habló de novios y nadie esperó que Emma hablara. En abril cumpliría diecinueve años, pero los hombres le inspiraban, aún, un temor casi patológico... De vuelta, preparó una sopa de tapioca y unas legumbres, comió temprano, se acostó y se obligó a dormir. Así, laborioso y trivial, pasó el viernes quince, la víspera.

El sábado, la impaciencia la despertó. La impaciencia, no la inquietud, y el singular alivio de estar en aquel día, por fin. Ya no tenía que tramar y que imaginar; dentro de algunas horas alcanzaría la simplicidad de los hechos. Leyó en La Prensa que el Nordstjärnan , de Malmö, zarparía esa noche del dique 3; llamó por teléfono a Loewenthal, insinuó que deseaba comunicar, sin que lo supieran las otras, algo sobre la huelga y prometió pasar por el escritorio, al oscurecer. Le temblaba la voz; el temblor convenía a una delatora. Ningún otro hecho memorable ocurrió esa mañana. Emma trabajó hasta las doce y fijó con Elsa y con Perla Kronfuss los pormenores del paseo del domingo. Se acostó después de almorzar y recapituló, cerrados los ojos, el plan que había tramado. Pensó que la etapa final sería menos horrible que la primera y que le depararía, sin duda, el sabor de la victoria y de la justicia. De pronto, alarmada, se levantó y corrió al cajón de la cómoda. Lo abrió; debajo del retrato de Milton Sills, donde la había dejado la antenoche, estaba la carta de Fain. Nadie podía haberla visto; la empezó a leer y la rompió.

Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizá improcedente. Un atributo de lo infernal es la irrealidad, un atributo que parece mitigar sus terrores y que los agrava tal vez. ¿Cómo hacer verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba, cómo recuperar ese breve caos que hoy la memoria de Emma Zunz repudia y confunde? Emma vivía por Almagro, en la calle Liniers; nos consta que esa tarde fue al puerto. Acaso en el infame Paseo de Julio se vio multiplicada en espejos, publicada por luces y desnudada por los ojos hambrientos, pero más razonable es conjeturar que al principio erró, inadvertida, por la indiferente recova... Entró en dos o tres bares, vio la rutina o los manejos de otras mujeres. Dio al fin con hombres del Nordstjärnan . De uno, muy joven, temió que le inspirara alguna ternura y optó por otro, quizá más bajo que ella y grosero, para que la pureza del horror no fuera mitigada. El hombre la condujo a una puerta y después a un turbio zaguán y después a una escalera tortuosa y después a un vestíbulo (en el que había una vidriera con losanges idénticos a los de la casa en Lanús) y después a un pasillo y después a una puerta que se cerró. Los hechos graves están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los forman.

¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones inconexas y atroces, pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para mí que pensó una vez y que en ese momento peligró su desesperado propósito. Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó con débil asombro y se refugió, en seguida, en el vértigo. El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español; fue una herramienta para Emma como ésta lo fue para él, pero ella sirvió para el goce y él para la justicia.


Jorge Luis Borges (Argentino fallecido en Suiza, 1899-1986).