Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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domingo, 28 de enero de 2024

Mirándolas dormir: JANE EYRE, de Charlotte Brontë

"Un enamorado divisa en el campo a su amante dormida y desea contemplarla de cerca sin interrumpir su sueño."

(
Fragmento del capítulo XXXVI)

Un enamorado divisa en el campo a su amante dormida y desea contemplarla de cerca sin interrumpir su sueño. Avanza, cauteloso; se para creyendo que ella se mueve; se retira, temiendo que le vea... Pero todo está tranquilo y entonces vuelve a avanzar. Se inclina sobre ella lentamente, gozando de antemano con la visión de la belleza que va a admirar. Y de pronto se sobresalta, se precipita, sujeta fuertemente entre sus brazos a la que un momento antes no osaba tocar con un dedo. Pronuncia su nombre a gritos, la mira con desesperación. ¡Porque ella no puede contestarle! El enamorado había creído dormida a su amada y la encuentra fría e inmóvil como una piedra.

Charlotte Brontë (Inglaterra, 1816-1855).

domingo, 19 de marzo de 2023

Conejos: VILLETTE, CUMBRES BORRASCOSAS y AGNES GRAY, de las hermanas Brontë

"¿Pero no estaba loco? - Bastante loco -asentí-. Tan loco como una liebre de marzo."

Villette

(
Fragmento)

- Fue una noche encantadora. ¡Oh, ese divino de Hamal! Y luego ver al otro enfurruñarse y morir en la distancia; y la anciana, ¡mi futura suegra! Pero me temo que Lady Sara y yo fuimos un poco groseros al interrogarla.

- Lady Sara nunca la interrogó en absoluto; y por lo que hiciste, no te inquietes en lo más mínimo: la señora Bretton sobrevivirá a tu burla.

- Ella puede: las ancianas son duras; ¡Pero ese pobre hijo suyo! Dime lo que dijo: vi que estaba terriblemente cortado.

- Dijo que te veías como si en el fondo ya fueras Madame de Hamal.

- ¿Lo hizo? -gritó con deleite-. ¿Se dio cuenta de eso? ¡Qué encanto! Pensé que estaría loco de celos.

- Ginevra, ¿has terminado seriamente con el Dr. Bretton? ¿Quieres que te entregue?

- ¡Oh! Sabes que no puede hacer eso: ¿pero no estaba loco?

- Bastante loco -asentí-. Tan loco como una liebre de marzo.

- Bueno, ¿y cómo lo llevaste a casa?

- ¡Sin embargo, de hecho! ¿No tienes piedad de su pobre madre y de mí? Imagina que lo sostenemos fuerte en el carruaje, y él delirando entre nosotros, listo para hacernos delirar a todos. El mismo cochero salió mal, de alguna manera, y perdimos nuestro camino

- ¿No lo dices? Te estás riendo de mí. Ahora, Lucy Snowe.

- Les aseguro que es un hecho, y un hecho, también, que el Dr. Bretton no se quedaría en el carruaje: se separó de nosotros y salió.

- ¿Y después?

- Después, cuando llegó a casa, la escena trasciende la descripción. 

Charlotte Brontë (Inglaterra, 1816-1855).

"¿No hay nada que puedas enseñar a tu prima? ¿Ni un mal conejo...?"

Cumbres borrascosas

(Fragmento del capítulo XXI)

- ¿No hay nada que puedas enseñar a tu prima? ¿Ni un mal conejo o un nido de comadrejas? Anda, hombre, deja de cambiarte el calzado, llévala al jardín y enséñale tu caballo.

- ¿No prefieres sentarte aquí? _preguntó él a Cati indicando en su tono la poca gana que tenía de moverse.

- No sé... -contestó ella, dirigiendo a la puerta una mirada que indicaba claramente que prefería hacer algo a sentarse.

Pero él se repantigó en su silla y se aproximó más al fuego. Heathcliff se fue a buscar a Hareton. Se notaba que el joven acababa de lavarse, en sus mejillas brillantes y su cabello mojado.

- Quiero hacerle una pregunta, tío -dijo Catalina-. Este no es primo mío, ¿verdad?

- Sí -contestó él-. Es sobrino de tu madre. ¿No te agrada?

Catalina le miró con extrañeza.

- ¿No es un buen mozo ? -siguió Heathcliff.

La joven se levantó sobre las puntas de los pies y habló a Heathcliff al oído. Él se echó a reír. Hareton se puso sombrío, y yo reparé en que era muy suspicaz para algunas cosas. Pero Heathcliff le tranquilizó al decirle:

- ¡Ea, Hareton, te preferiremos a ti! Me ha dicho que eres un... ¿un qué? Bueno, no me acuerdo... Una cosa muy agradable. Acompáñala a dar una vuelta y pórtate como un caballero. No digas palabrotas, no la mires cuando ella no te mire a ti, ruborízate cuando se ruborice ella, háblale con dulzura y no lleves las manos en los bolsillos. Anda, trátala todo lo mejor que puedas.

Emily Brontë (Inglaterra, 1818-1848).

"... preguntándose cómo la gata habría descubierto la conejera..."

Agnes Gray

(Fragmento del capítulo XII: El chaparrón)

- Veo mejor aquí, gracias, Nancy -respondí, llevando mi labor junto a la ventana, donde tuvo la bondad de dejar que me quedara tranquila, mientras ella cogió un cepillo para quitarle los pelos de la gata al abrigo del señor Weston, le quitó cuidadosamente la lluvia del sombrero, y le dio de cenar a la gata, sin dejar de hablar todo el rato: ora dando las gracias a su amigo el clérigo por lo que había hecho, ora preguntándose cómo la gata habría descubierto la conejera, ora lamentándose de las posibles consecuencias de dicho descubrimiento. Él escuchaba con una sonrisa tranquila y bonachona y finalmente, accediendo a sus insistentes invitaciones, tomó asiento, aunque repitió que no tenía intención de quedarse.

- Tengo que ir a otro lugar .dijo- y veo (mirando el libro que estaba sobre la mesa) que otra persona le ha leído.

- Sí, señor, la señorita Grey ha tenido la amabilidad de leerme un capítulo, y ahora me ayuda con una camisa para Bill, pero me temo que vaya a tener frío allí. ¿No quiere usted acercarse al fuego, señorita?

- No, gracias, Nancy, no tengo frío. Debo irme en cuanto se acabe este chaparrón.

- ¡Ay, señorita! Si ha dicho usted que podía quedarse hasta la caída de la tarde  -exclamó la anciana provocativa, y el señor Weston cogió el sombrero.

- No, señor -dijo ella-, por favor no se vaya ahora que llueve tanto.

- Pero tengo la impresión de que impido a su visita acercarse al fuego.

- En absoluto, señor Weston. -Respondí, esperando que no habría ninguna maldad en un embuste de tal naturaleza.

- ¡No, ya lo creo! -exclamó Nancy-. Si hay sitio de sobra.

- Señorita Grey -dijo él, medio en broma, como si sintiera la necesidad de cambiar de tema aunque no tuviese nada especial que decir-, quisiera que me disculpara usted ante el señor de la mansión cuando lo vea. Estaba presente cuando he rescatado a la gata de Nancy, y no ha aprobado exactamente mi hazaña. Le he dicho que la gata significaba más para ella que todos los conejos para él, y tan audaz afirmación ha merecido que me dedicase unas palabras muy poco caballerosas y me temo que le he replicado con demasiado entusiasmo.

Anne Brontë (Inglaterra, 1820-1849).

sábado, 6 de junio de 2020

Epidemias: JANE EYRE, de Charlotte Brontë

"... aquella riqueza de color y perfume no aliviaba la suerte de las pupilas Lowood: sólo servía para engalanar las tapas de sus ataúdes."

(Fragmento del capítulo IX)

El profundo bosque en que Lowood estaba situado era, con sus aguas estancadas y su humedad, un foco de infecciones, cuando empezó la primavera, el tifus penetró en los dormitorios y en los cuartos de estudio donde nos apiñábamos; y, en mayo, el colegio estaba convertido en un hospital.

La casi extenuación física originada por la escasez de alimentos, los fríos sufridos, el descuido, la escasa higiene, habían predispuesto a todas a la infección y cincuenta de las ochenta alumnas tuvieron que guardar cama. Las clases se suspendieron, la disciplina se relajó. Las pocas que no enfermamos gozábamos de libertad casi ilimitada. Los médicos habían prescrito ejercicio al aire libre para conservar la salud, y aun sin tal prescripción hubiéramos estado en libertad por falta de personal suficiente para vigilarnos. Miss Temple pasaba el día en el dormitorio de las enfermas y sólo lo abandonaba por la noche para descansar algunas horas. Las profesoras estaban ocupadas con los preparativos de la marcha de las afortunadas muchachas que tenían parientes que podían sacarlas de allí para evitar el contagio. Muchas, casi todas, sólo salieron del colegio para ir a morir a sus casas; otras fallecieron en Lowood y fueron enterradas rápidamente y sin aparato. La naturaleza de la epidemia no consentía dilaciones.

Mientras la desgracia se había convertido en huésped permanente de Lowood y la muerte en su frecuente visitante, mientras entre sus muros todo era sombrío y terrible, mientras los cuartos y los pasillos hedían a hospital, y drogas y medicamentos luchaban en vano contra la oleada de mortalidad, afuera, mayo brillaba más bello que nunca en las colinas y en los bosques que nos rodeaban. Crecían en el jardín las plantas de malva altas como árboles; se abrían las lilas; rosas y tulipanes estaban en capullo y se multiplicaban las margaritas. Pero toda aquella riqueza de color y perfume no aliviaba la suerte de las pupilas de Lowood: sólo servía para engalanar las tapas de sus ataúdes.


Charlotte Brontë (Inglaterra, 1816-1855).