(Fragmento del capítulo segundo)
Por fortuna, la primera experiencia de Carie en el país nuevo fue la de estos siete largos y hermosos días durante los cuales se deslizaba suavemente entre campos llenos de cosechas maduras. La belleza siempre lograba encantarla, y allí la había, aunque extraña. Terminaba el mes de septiembre y no aparecía una sola nube en el cielo. Nunca es más brillante la luz del sol en el valle del Yangtsé que en esta época, cuando, desaparecido ya el pesado calor del verano, el primer aliento de otoño no hace más que robar del aire y del sol su peligrosa fuerza, dejando sólo una atmósfera agradable. La masa de bambúes con sus ondulantes plumas, los bajos verdes, las aguas tortuosas y doradas del canal, los campos amarillos con los ricos y pesados granos de arroz, las pequeñas aldeas pardas con sus techos de paja que aparecían a cortos intervalos, el ritmo soñoliento que marcaban los mayales desgranando las cosechas en los pisos de la trilla, el dulce y tibio aire de otoño…; por fortuna para Carie, pasó sus primeros días en la China entre tales cosas. Sentada en la proa del junco, miró encantada en su derredor, y se admiraba ingenuamente de que una tierra pagana pudiera ser tan hermosa.

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