Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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sábado, 2 de abril de 2022

Día de reyes: LA MAYOR ESPERANZA (Los niños de Herodes), de Ilse Aichinger


(Fragmento de Temor al miedo)

- Quizás entendiste mal -murmuró Elena-. Tal vez quisieron decir que la muerte significa una estrella.

- No se dejen desviar -dijo Ana en voz baja-. Es todo lo que puedo decirles. Tienen que seguir la estrella. No les pregunten a los adultos porque no les van a decir la verdad. No la verdad a fondo. Mejor pregúntense ustedes mismos, preguntenselo a su ángel.

- ¡La estrella! -dijo Elena con las mejillas radiantes-. La estrella de los reyes magos, lo supe todo el tiempo.

- Me da pena por la policía secreta -dijo Ana-. Tienen miedo del rey de los judíos otra vez.

Julia se puso de pie y mientras corría las cortinas dijo:

- Qué oscuro se ha puesto.

- Tanto mejor -respondió Ana.

Ilse Aichinger
(Escritora austriaca en lengua alemana, 1921-2016).

Die Grössere Hoffnung ha sido traducida al inglés como The Greater Hope o Herod's Children,
y al español como La esperanza más grande o La mayor esperanza.

lunes, 21 de julio de 2014

Espejos (81): EN EL ESPEJO, de Ilse Aichinger

"En este día el espejo opaco refleja la maldita casa. Maldita llama la gente a una casa que se va a derrumbar..."

(Fragmento)

Luego ustedes siguen caminando. Por allí hay un camino que pasa por el almacén de carbón y llega hasta el mar. Se callan. Esperas la primera palabra, se la dejas a él para que no se te quede a ti la última. ¿Qué va a decir? ¡Rápido, antes de que lleguen al mar, que lo hace a uno tan temerario! ¿Qué dice? ¿Cuál es la primera palabra? ¿Puede ser que sea tan difícil que lo hace tartamudear, que lo obliga a bajar la vista? O, ¿son los montones de carbón que se yerguen atrás de las tablas que le arrojan sombras a los ojos y lo ciegan con su negrura? La primera palabra… ahora la dijo: es el nombre de una calle. Así se llama la calle donde vive la vieja. Y, ¿puede ser esto? Antes de saber que estás esperando un hijo, ya te nombra la vieja, antes de decirte que te ama, te nombra la vieja. ¡Estáte quieta! No sabe que ya estuviste con la vieja, tampoco puede saberlo, no sabe nada del espejo. Pero, apenas lo dijo, ya se le olvidó.
 
En el espejo todo se dice para que quede olvidado. Y apenas dijiste que esperas el hijo, ya te lo callaste. El espejo lo refleja todo. Los montones de carbón ceden ante ustedes, allí están frente al mar y están viendo los barcos blancos como preguntas en el límite de su mirada, esténse quietos, el mar les saca la respuesta de la boca, el mar devora lo que iban a decir.
 
Desde entonces ustedes remontan seguido la playa, como si la estuvieran bajando, a casa como si se fueran yendo, y lejos como si regresaran a casa.
 
¿Qué están cuchicheando aquellas con sus cofias claras? “Ésta es la agonía”. Deja que hablen.
 
Algún día el cielo estará lo suficientemente pálido, tan pálido que resplandecerá su palidez. ¿Habrá otro resplandor que el de la postrera palidez?
 
En este día el espejo opaco refleja la maldita casa. Maldita llama la gente a una casa que se va a derrumbar, la llaman maldita, no lo saben mejor. No los tiene que asustar. El cielo ahora está lo suficientemente pálido. E igual que el cielo en la palidez, la casa, al final de la maldición, está esperando la felicidad. De tanta risa fácilmente llegan las lágrimas. Ya lloraste bastante. Retoma tu corona. Pronto también podrás deshacer las trenzas. Todo en el espejo. Y en el fondo de todo lo que hacen, yace, verde, el mar. Cuando salen de la casa, está delante de ustedes. Cuando ustedes vuelven a salir de las ventanas hundidas, habrán olvidado. En el espejo todo se hace para que sea perdonado.
 
Ilse Aichinger (Alemania, 1921).

sábado, 14 de agosto de 2010

Payasos: EL HOMBRE ATADO, de Ilse Aichinger


(Fragmento)
 
Bajo la luz matinal, el domador de fieras que acampaba con su circo en las afueras del pueblo, observó al maniatado, que venía por el camino con la mirada reflexiva dirigida hacia el suelo. Vio que se detuvo y extendió la mano hacia algo. Dobló las rodillas, extendió un brazo para mantener el equilibrio, levantó del suelo con el otro una botella de vino vacía, se enderezó y la puso en alto. Se movía con lentitud para evitar que la cuerda lo volviera a cortar, pero al dueño del circo le parecía una constricción voluntaria de una gran velocidad. La gracia inconcebible de los movimientos lo fascinaron, y mientras el maniatado todavía buscaba con la mirada una piedra con qué romper la botella para cortar la cuerda con el gollete roto, el dueño del circo se acercó a él cruzando la pradera.  Ni los saltos de sus panteras más jóvenes lo habían cautivado de tal manera. “¡He ahí al maniatado!”.
 
Ya sus primeros movimientos provocaron tal aplauso que de la excitación se le subió la sangre a las mejillas al domador de fieras apostado en la orilla de la arena. El maniatado se irguió. Su propia sorpresa era siempre de nuevo la de un cuadrúpedo que se levanta. Se arrodillaba, se ponía de pie, saltaba y hacía la rueda. La admiración de los espectadores se debía al parecido con un ave que se queda voluntariamente en la tierra y se limita a prepararse para el vuelo. Los que iban, lo hacían por el maniatado: sus ejercicios de escolar, sus pasos y saltos ridículos hicieron que se pudiera prescindir de los acróbatas. Su fama creció de pueblo en pueblo, pero sus movimientos eran siempre los mismos, pocos movimientos, en el fondo corrientes, los cuales tenía que practicar una y otra vez de día dentro de la carpa en penumbra para conservar la ligereza dentro de la atadura. Como se quedaba totalmente dentro de ella, se liberaba también de ella, y como no lo encerraba, le daba alas y orientaba sus saltos, como los golpes de ala de las aves de paso cuando emprenden el vuelo durante el calor del verano y, titubeando, aun trazan pequeños círculos en el cielo.
 
Los niños de los alrededores ya sólo jugaban “El Maniatado”. Se amarraban unos a otros, y una vez la gente del circo encontró en una zanja a una niñita que estaba maniatada hasta el cuello y no podía respirar. La liberaron, y esa noche el maniatado les habló a los espectadores después de la función. Explicó brevemente que una atadura que no permitía saltos, no tenía sentido. De ahí en adelante, también hizo de payaso.
 
 Ilse Aichinger (Alemania, 1921)