Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
Mostrando las entradas con la etiqueta Gustave Flaubert. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Gustave Flaubert. Mostrar todas las entradas

domingo, 8 de agosto de 2021

Venecia: LA EDUCACIÓN SENTIMENTAL, de Gustave Flaubert

"... comenzó a escribir una novela titulada Silvio, el hijo del pescador. La acción se desarrollaba en Venecia..."

(Fragmento del capítulo III de la primera parte)

Luego subía lentamente por las calles. El viento hacía ondular los faroles y en el lodo temblaban largos reflejos amarillentos. Por el borde de las aceras se deslizaban sombras con paraguas. El pavimento estaba resbaladizo, caía la bruma y le parecía que las tinieblas húmedas lo envolvían y penetraban profundamente en su corazón.
 
Sintió un remordimiento y volvió a las clases, pero como no conocía nada de las materias explicadas hasta entonces, se le hacían difíciles las cosas más sencillas.
 
Entonces comenzó a escribir una novela titulada Silvio, el hijo del pescador. La acción se desarrollaba en Venecia, el protagonista era él mismo, y la heroína la señora de Arnoux, que en la novela se llamaba Antonia. Para conseguirla asesinaba a muchos caballeros, incendiaba una parte de la ciudad y cantaba bajo el balcón de la dama, donde se movían al soplo de la brisa las cortinas de damasco rojo del bulevar Mont- martre. Las reminiscencias demasiado numerosas que advirtió en su novela le desa- nimaron; no siguió adelante, y su ociosidad aumentó.
 

Gustave Flaubert (Francia, 1821-1880).

viernes, 23 de julio de 2021

Venecia: BOUVARD Y PÉCUCHET, de Gustave Flaubert


 (Fragmento del capítulo 5)

Bouvard tomó a George Sand.
 
Lo entusiasmaron las bellas adúlteras y los nobles amantes, hubiera querido ser Jacques, Simón, Bénédict, Lélio y vivir en Venecia. Suspiraba, no sabía qué le pasaba y se encontraba a sí mismo cambiado.
 
Pécuchet, que trabajaba con la literatura histórica, estudiaba las obras de teatro. Se tragó dos Pharamond, tres Clovis, cuatro Charlemagne, varios Phílippe Auguste, un montón de Juanas de Arco y muchas marquesas de Pompadour y conspiraciones de Cellamare.
 
Casi todas le parecieron más tontas aun que las novelas, ya que para el teatro existe una historia convencional que no se puede destruir. Luis XI no dejará de arrodillarse ante las figurillas de su sombrero, Enrique IV estará constantemente jovial, María Estuardo llorosa, Richelieu cruel. En fin, todos los caracteres se muestran monolíti- cos, por amor a las ideas simples y respeto de la ignorancia, tanto que el dramaturgo, lejos de elevar, rebaja, en lugar de instruir, idiotiza.
 
Como Bouvard le había alabado a George Sand, Pécuchet se puso a leer Consuelo, Horace, Mauprat y fue seducido por la defensa de los oprimidos, por el aspecto social y republicano, por las tesis. Según Bouvard, eso arruinaba la ficción y pidió a la biblio- teca novelas de amor.
 
 Gustave Flaubert (Francia, 1821-1880).

lunes, 15 de marzo de 2021

Miércoles de ceniza: UNA CARTA A CAROLINE (Correspondencia), de Gustave Flaubert


Carta a su sobrina Caroline fechada la noche del lunes 15 al martes 16 de marzo de 1880.*

No quisiera molestar a mi Loulou; ni a mí tampoco. Entonces, esto es lo que debes hacer: mantén tu habitación tal y como está pero tienes que deshacerte del piano (como ya está convenido), de la lámpara colgante en el comedor, la máquina de coser, el cofre y el sofá persa -o por lo menos del cofre-. Podrías poner el sofá persa en la antesala. Haz los arreglos necesarios para que el pasillo quede libre. Por último, quédate sólo con lo que te sea realmente últil para dormir y vestirte, llévate el busto a tu habitación (o déjalo sobre la estantería de la biblioteca)...

En cuanto a tu viaje a Croisset, me parece, querida, que harías bien en venir hasta después de terminar tus obras pictóricas. Sería lo más prudente.

Tengo planeado un almuerzo el día de pascuas, Zola, Goncourt, Daudet y Charpentier han estado esperando esta invitación durante largo tiempo. Jules Lemaitre también debe venir este domingo de Pascua. Me lo prometió en su última visita el miércoles de ceniza. Debo escribirles a estos señores por la mañana una vez que termine esta carta.

En consecuencia, te propongo que vengas un poco después, al final de la otra semana, entre el 5 o el 6 de abril. Ernesto no puede haber llegado a París antes del 20. Infórmate de su llegada, y tú regresarás, para que mi habitación quede libre los primeros días de mayo, no pido más. Este viejo incluso estará feliz de pasar unos días más contigo allí. Tú me llevarás a la exposición. ¿Estamos de acuerdo?

El viejo te abraza muy fuerte.

* Esta carta fue escrita por Flaubert a menos de dos meses de su muerte, el 8 de mayo de 1880.

Gustave Flaubert (Francia, 1821-1880).

domingo, 11 de octubre de 2020

Epidemias: LA PESTE EN FLORENCIA, de Gustave Flaubert


(Fragmento inicial del capítulo VI)

Florencia estaba de luto, pues sus hijos morían por la peste; después de un mes de reinar soberana en la ciudad, durante dos días aumentó su furia. El pueblo murió maldiciendo a Dios y a sus ministros, blasfemaron en su delirio, y en su lecho de angustia y dolor, si les quedaba una palabra, era una maldición. Y como el fin estaba próximo, se revolcaban riendo estúpidamente en el libertinaje y todo el lodo del vicio. Cuando se enfrenta tal desgracia en la existencia de un hombre, un dolor tan grande, una desesperación tan conmovedora, uno se abandona por el placer de insultar a aquel que nos hace sufrir, y lanza con desprecio su dignidad de hombre como una máscara de teatro, para entregarse al libertinaje más sucio, al vicio más degradante, y expira bebiendo al compás de la música. Es el ejecutado que decide emborracharse para enfrentar el suplicio.

¡Es entonces que los filósofos deben considerar al hombre, cuando hablan de su dignidad y del espíritu de las masas!

Gustave Flaubert (Francia, 1821-1880).

miércoles, 8 de mayo de 2019

Tu boca: LAS TENTACIONES DE SAN ANTONIO, de Gustave Flaubert


(Fragmento)

Un gran catafalco forrado de púrpura ostenta, en su parte más alta, una cama de ébano rodeada de antorchas y de cestas con filigranas de plata donde muestran su verdor unas lechugas, malvas y matas de hinojo. En los escalones, sentadas de arriba abajo, hay unas mujeres todas vestidas de negro, con el cinturón desa- brochado, descalzas y sosteniendo con aire melancólico grandes ramos de flores.

En el suelo, en las cuatro esquinas del estrado, unas urnas de alabastro llenas de mirra echan humo lentamente.

Encima de la cama se ve el cadáver de un hombre. Le chorrea la sangre por uno de sus muslos. Deja colgar el brazo y un perro que aúlla le lame las uñas.

La fila de antorchas –demasiado juntas- impide que se le vea la cara y Antonio se siente lleno de angustia. Tiene miedo de reconocer a alguien.

Las mujeres dejan de llorar y tras un intervalo de silencio

TODAS salmodian al mismo tiempo

¡Hermoso! ¡Hermoso! ¡Es muy hermoso! ¡Ya has dormido bastante, levanta la cabeza! ¡En pie! ¡Aspira el perfume de nuestros ramos de flores! Son narcisos y anémonas que hemos cortado en tus jardines para agradarte. ¡Anímate, nos das miedo!

¡Habla! ¿Qué es lo que necesitas? ¿Quieres beber vino? ¿Deseas acostarte en nuestras camas? ¿Quieres comer panes de miel con forma de pajaritos?

¡Abracemos sus caderas, besemos su pecho! ¡Así, así! Acaso no sientes cómo recorren tu cuerpo nuestros dedos llenos de sortijas, ni cómo buscan tu boca nuestros labios, ni cómo nuestros cabellos acarician tus piernas! ¡Dios desvanecido y sordo a nuestras plegarias!

Dan gritos arañándose la cara con las uñas y luego callan; se siguen oyendo los ladridos del perro.

¡Ay! ¡Ay! ¡La negra sangre corre por sus carnes de nieve! ¡Y ahora se le tuercen las rodillas, sus costillas se hunden! Las flores de su rostro han mojado la púrpura. ¡Está muerto! ¡Lloremos y aflijámonos!

Acuden todas en fila a depositar entre las antorchas sus largas cabelleras que, desde lejos, parecen serpientes negras o rubias. El catafalco va bajando despacio hasta llegar al nivel de una gruta, de un tenebroso sepulcro abierto en su parte posterior.


Gustave Flaubert (Francia, 1821-1880).

La ilustración corresponde a La tentación de San Antonio (1895), de Henri Pierre Picou.

martes, 12 de febrero de 2019

Febrero: LA EDUCACIÓN SENTIMENTAL, de Gustave Flaubert

"... exhaló un suspiro a la vez que volvía los ojos, y la cabeza cayó de lado sobre la almohada."
 
(Fragmento del capítulo IV de la tercera parte)

El 12 de febrero, a las cinco, se le declaró una espantosa hemoptisis. El médico de guardia avisó del peligro, e inmediatamente se fue en busca de un sacerdote.

Durante la confesión del señor Dambreuse, su señora lo miraba de lejos, con curiosidad. Terminada aquélla, el joven médico le puso un vejigatorio y aguardó.

La luz de la lámparas, semioculta por los muebles, iluminaba desigualmente la habitación. Frédéric y la señora de Dambreuse, al pie de la cama, observaban al moribundo. En el alféizar de una ventana, el médico y el sacerdote hablaban a media voz; la hermana de la Caridad, de rodillas, musitaba unas oraciones.

Se oyó un estertor. Se enfriaban las manos, y el rostro empezaba a palidecer. A veces se le escapaba una profunda espiración; de tiempo en tiempo se hacían más raras; articuló confusamente dos o tres palabras; exhaló un suspiro a la vez que volvía los ojos, y la cabeza cayó de lado sobre la almohada.

Todos, durante un minuto, permanecieron inmóviles.

La señora de Dambreuse se aproximó, y sin esfuerzo, con la sencillez del que cumple un deber, le cerró los párpados.


Gustave Flaubert (Francia, 1821-1880).

viernes, 29 de septiembre de 2017

Eclipse: SALAMBÓ, de Gustave Flaubert

"En una ocasión, con motivo de un eclipse, estuvo a punto de morir."

(Fragmento del capítulo 3: Salambó)

Su padre no había querido que ella entrase en el colegio de las sacerdotisas y mucho menos que conociese los ritos de la Tanit popular. La reservaba para algún enlace que pudiera servir a su política; de modo que Salambó vivía sola, en medio de aquel palacio, pues su madre había muerto hacía ya mucho tiempo.
 
Se había criado entre abstinencias, ayunos y purificaciones, rodeada siempre de cosas exquisitas y graves, saturado el cuerpo de perfumes, el alma llena de oraciones. Jamás había probado el vino, ni comido carne, ni tocado a bestia inmunda, ni puesto los pies en casa de ningún muerto.
 
Ignoraba los ritos obscenos, pues manifestándose cada dios en formas diferentes, cultos a menudo contradictorios atestiguaban a la vez el mismo principio, y Salambó adoraba a la diosa en su manifestación sideral. La influencia de la luna gravitaba así sobre la virgen: cuando el astro iba menguando, Salambó se debilitaba. Lánguida durante todo el día, se reanimaba por la noche. En una ocasión, con motivo de un eclipse, estuvo a punto de morir.
 
Gustave Flaubert (Francia, 1821-1880).
 
La ilustración corresponde a un eclipse en la adaptación de la novela como historieta, por Philippe Druillet.

lunes, 20 de febrero de 2017

Carnaval: NOVIEMBRE, de Gustave Flaubert

"... el viento sacudía la vela. Fue a quitarla de encima de la chimenea y la puso sobre la mesilla de noche."

(Fragmento)

- ¡Ah, pero esta noche sí! Esta noche, toda la noche para nosotros dos, ¿verdad? Como tú, así querría que fuese mi amante, joven y lozano, que me quisiera profundamente, que sólo pensara en mí. ¡Oh, cuánto lo amaría!
 
Y lanzó uno de esos suspiros de deseo ante los cuales incluso Dios descendería de las alturas.
 
- Pero ¿no tienes ya un amante? -le pregunté.
 
- ¿Quién? ¿Yo? ¿Es que a nosotras nos ama alguien? ¿Piensa alguien en nosotras? ¿Quién quiere tener algo que ver con nosotras? Tú mismo, ¿te acordarás de mí mañana? Tal vez te digas: «Vaya, ayer me acosté con una chica». Pero ¡brrrr! ¡La, la, la! -y se puso a bailar con los puños sobre las caderas, con pasos horribles-. ¡Qué bien que bailo! Mira, echa un vistazo a mi disfraz.
 
Abrió el armario. Sobre un estante vi una máscara negra y un dominó con cintas azules. También había, colgados de un clavo, unos pantalones de terciopelo negro con galones de oro, restos marchitos del anterior carnaval.
 
- Mi pobre disfraz -dijo-. ¡Cuántas veces lo he llevado al baile! ¡Este invierno sí que he bailado!
 
La ventana estaba abierta, el viento sacudía la llama de la vela. Fue a quitarla de encima de la chimenea y la puso sobre la mesilla de noche. Una vez junto a la cama, se sentó allí y se puso a reflexionar profundamente, con la cabeza inclinada sobre el pecho. Tampoco yo hablaba, me limitaba a esperar.

 
Gustave Flaubert (Francia, 1821-1880)

lunes, 1 de agosto de 2016

Canícula: MADAME BOVARY, de Gustave Flaubert

"El termómetro, yo lo he observado, baja en invierno hasta cuatro grados, y en la canícula llega a veinticinco, treinta grados centígrados a lo sumo..."

(Fragmento del capítulo II)
 
- Además -decía el boticario-, el ejercicio de la medicina no es muy penoso en nuestra tierra; porque el estado de nuestras carreteras permite usar el cabriolet, y, generalmente, se paga bastante bien, pues los campesinos son gente acomodada. Según el informe médico, tenemos, aparte los casos ordinarios de enteritis, bronquitis, afecciones biliosas, etc., de vez en cuando algunas fiebres intermitentes en la siega, pero, en resumen, pocas cosas graves, nada especial que notar, a no ser muchas escrófulas, que se deben, sin duda, a las deplorables condiciones higiénicas de nuestra vivienda campesina. ¡Ah!, tendrá que combatir muchos prejuicios, señor Bovary; muchas terquedades de la rutina, con las que se estrellarán cada día todos los esfuerzos de su ciencia; pues todavía se recurre a novenas, a las reliquias, al cura antes que ir naturalmente al médico o al farmacéutico. El clima, sin embargo, no puede decirse que sea malo a incluso contamos en el municipio algunos nonagenarios. El termómetro, yo lo he observado, baja en invierno hasta cuatro grados, y en la canícula llega a veinticinco, treinta grados centígrados a lo sumo, lo que nos da veinticuatro Réaumur al máximo, o de otro modo cincuenta y cuatro Fahrenheit, medida inglesa, ¡no más!, y, en efecto, estamos abrigados de los vientos del Norte por el bosque de Argueil por una parte; de los vientos del Oeste por la cuesta de San Juan, por la otra; y este calor, sin embargo, que a causa del vapor de agua desprendido por el río y la presencia considerable de animales en las praderas, los cuales exhalan, como usted sabe, mucho amoniaco, es decir, nitrógeno, hidrógeno y oxígeno, no, nitrógeno a hidrógeno solamente, y que absorbiendo el humus de la tierra, confundiendo todas estas emanaciones diferentes, reuniéndolas en un manojo, por así decirlo, y combinándose por sí mismas con la electricidad extendida en la atmósfera, cuando la hay, podría a la larga, como en los países tropicales, engendrar miasmas insalubres; este calor, digo, se encuentra precisamente templado del lado de donde viene, o más bien, de donde vendría, es decir, no del lado sur, por los vientos del Sudeste, los cuales, habiéndose refrescado por sí mismos al pasar sobre el Sena, nos llegan a veces de repente como brisas de Rusia.
 
- ¿Tienen ustedes al menos paseos interesantes por los alrededores? -continuaba Madame Bovary hablando al joven pasante.
 
- ¡Oh!, muy pocos -contestó él-. Hay un sitio que se llama la Pâture, en lo alto de la cuesta, en la linde del bosque. Algunas veces, los domingos voy allí y me quedo con un libro contemplando la puesta del sol.
 
- No encuentro nada tan admirable –replicó ella- como las puestas de sol; pero, sobre todo, a la orilla del mar.
 
- ¡Oh!, yo soy un enamorado del mar.
 
- Y además, ¿no le parece -replicó Madame Bovary- que el espíritu boga más libremente sobre esa extensión ilimitada, cuya contemplación eleva el alma y sugiere ideas de infinito, de ideal?
 

Gustave Flaubert (Francia, 1821-1880)