Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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domingo, 8 de octubre de 2023

Octubre: UNA SERENATA PARA LUPE (del capítulo 13: Los leones de la Metro)


A las cuatro de la madrugada del domingo 8 de octubre, comparecieron ante Frank M. Ryan para que los declarara marido y mujer bajo las leyes del estado de Nevada. Cumpliendo con el deseo expreso del novio, ella se presentó desprovista por completo de maquillaje, con su rostro nítido.

- Acepto. Te amo –enfatizó Weissmuller respondiendo a la tradicional pregunta de aceptar a Lupe como su esposa, concediéndole al verbo amar una fuerza de la que carece en inglés. Tenía razón Marlene Dietrich cuando aseveraba que no es un idioma adecuado para las declaraciones amorosas. Sobre todo por la impunidad con que los angloparlantes emplean la palabra love como sinónimo de gusto, deseo o simpatía. Por eso pueden asegurar que aman comidas, bebidas, mascotas y prendas de vestir o formas de ser, además de a las personas, con lo que han desgastado el verbo al grado de que no causa ningún impacto en quien lo escucha. En cambio, las lenguas romances, las que provienen del latín, ya llevan implícita en esa denomina- ción su propio instinto: la suavidad del portugués, la musicalidad del italiano, el misterio del rumano, la pasión del español o la capacidad seductora del francés, los erige en los idiomas del amor, los mejores para expresar a plenitud los sentimientos humanos.

Jules Etienne

La ilustración es una fotografía de Lupe Vélez con Johnny Weissmuller.

sábado, 7 de octubre de 2023

OCTUBRE, de Jaime Torres Bodet

"... cuando terminen de caer las hojas..."

Ya empiezas a dorar, octubre mío,
con las cimas del huerto, ésas -distantes-
del pensamiento a cuyas frondas fío
la sombra de mis últimos instantes.

Corazón y jardín tuvieron, antes,
cada cual a su modo, su albedrío;
pero deseos y hojas tan brillantes
necesitaban, para arder, tu frío.

Aterido el vergel, desierta el alma,
más luz entre los troncos que despojas
a cada instante, envejeciendo, veo.

Y en el cielo ulterior, de nuevo en calma,
cuando terminen de caer las hojas
miraré, al fin, desnudo, mi deseo.


Jaime Torres Bodet (México, 1902-1974)

viernes, 28 de octubre de 2022

Octubre: EL ÁNGEL QUE NOS MIRA, de Thomas Wolfe

"Pensó en los hombres que habían sido enterrados aquel día, y en todas las mujeres que lloraban..."

(Fragmento del capítulo 37)

Era octubre, y las hojas tiritaban. Empezaba el crepúsculo. El sol se había hundido en el horizonte, las montañas del oeste se desvanecían en una fría niebla purpúrea, pero el cielo ardía todavía en melladas franjas de color naranja. Era octubre.

Eugene andaba rápidamente, siguiendo el curso sinuoso y pavimentado de la calle Rutledge. Flotaba un olor a niebla y a cena en el aire: un cálido vapor empañaba los cristales de las ventanas, y se oía el fuerte siseo del yantar puesto a cocer. Había voces confusas y lejanas, y olor a hojas quemadas, y un cálido fulgor amarillo de luces.

Se adentró en un camino sin pavimentar, junto al gran sanatorio rodeado de árboles. Oyó las risas frescas de las negras en la cocina, el mantecoso susurro de la comida en la sartén, las toses secas de los enfermos de los pulmones en la galería.

Caminó vivamente por el camino lleno de hoyos, entre un seco arrastrar de hojas. El aire era frío, perlino, crepuscular; en lo alto, brillaban pálidamente unas pocas estrellas. La villa y la casa habían quedado atrás. Había canciones en los grandes pinos del monte.

Dos mujeres bajaron por el camino y se cruzaron con él. Vio que eran campesinas. Vestían viejas prendas negras, y una de ellas estaba llorando. Pensó en los hombres que habían sido enterrados aquel día, y en todas las mujeres que lloraban. ¿Volve- rán?, se preguntó.

Cuando llegó a la puerta del cementerio la encontró abierta. Entró rápidamente y anduvo a paso vivo por el ondulado camino que serpenteaba alrededor de la cresta de la colina. Las hierbas estaban secas y marchitas; una ajada corona de laurel reposaba sobre una tumba. Al acercarse a la parcela de su familia, su pulso se acele- ró un poco.

Thomas Wolfe (Estados Unidos, 1900-1938).

La ilustración corresponde al detalle de una fotografía de Jolene Hansen.

miércoles, 26 de octubre de 2022

Otoño: LA BROMA, de Milan Kundera


(Fragmento)
 
El otoño en octubre...

Como para escarnio, de pronto mejoró la temperatura, el cielo estaba azul y el mes de octubre se puso precioso. Las hojas de los árboles eran de colores y la naturaleza (la mísera naturaleza de Ostrava) festejaba la despedida del otoño con un éxtasis enloquecido. No podía dejar de considerarlo un escarnio porque no llegaba ninguna respuesta a mis desesperadas cartas y junto a la alambrada únicamente se detenían (bajo un sol provocativo) gentes horriblemente ajenas. Al cabo de unas dos semanas recibí devuelta una de mis cartas; la dirección estaba tachada y con un lápiz de tinta habían añadido: el destinatario cambió de domicilio.
 
Me quedé horrorizado. Desde mi último encuentro con Lucie me había repetido mil veces a mí mismo todo lo que entonces le dije y lo que ella me dijo a mí, cien veces me maldije y cien veces me justifiqué ante mí mismo, cien veces me convencí de que había perdido a Lucie para siempre y cien veces me convencí de que Lucie me com- prendería y sabría perdonarme. Pero la nota del sobre sonaba como una condena.
 
Era incapaz de controlar mi intranquilidad y al día siguiente hice una locura. Digo locura, pero en realidad no fue nada más peligroso que mi anterior huida del cuartel, de modo que el calificativo de locura es más bien producto de su posterior fracaso que del riesgo. Sabía que Honza lo había hecho antes que yo, cuando estuvo liado con una búlgara cuyo marido trabajaba por las mañanas. Así que lo imité: llegué por la mañana con los demás a la galería, cogí la contraseña, la lámpara, me manché la cara de hollín y me despisté disimuladamente, corrí al internado de Lucie y le pregunté a la portera. Me enteré de que Lucie se había ido hacía unos catorce días con un maletín en el que metió todas sus pertenencias; nadie sabe a dónde fue, no le dijo nada a nadie. Me asusté: ¿no le habrá pasado nada? La portera me miró e hizo un gesto despectivo con la mano: «Qué va, estas eventuales suelen hacerlo. Llegan, se van, no le dicen nada a nadie». Fui hasta su empresa y pregunté en el departamento de personal; pero no averigüé nada más. Anduve dando vueltas por Ostrava y regresé a la mina al final del turno, para mezclarme con mis compañeros que salían del pozo; pero seguramente se me escapó algo del método que empleaba Honza para este tipo de fugas; me descubrieron. A las dos semanas estaba ante un tribunal militar; me cayeron diez meses por deserción.
 
Sí, fue aquí, en el momento en que perdí a Lucie, donde en realidad comenzó esa larga época de desesperanza y vacío, en cuya imagen se me convirtió por un momento el turbio escenario periférico de mi ciudad natal, a la que he venido a hacer una breve visita. Sí, a partir de aquel instante comenzó todo: durante los diez meses que pasé en la cárcel se murió mi madre y yo ni siquiera pude asistir al entierro. Luego regresé a Ostrava con los negros y estuve otro año entero en el servicio. En esa época firmé el compromiso de quedarme, después de la mili, tres años trabajando en las minas, porque corrió la noticia de que los que no firmasen se quedarían en el cuartel algún año más. Así que seguí de minero otros tres años, ya de civil.
 
 
Milan Kundera (escritor checo nacionalizado francés, 1929).

La ilustración corresponde al parque Landek durante el otoño en Ostrava, República Checa.

sábado, 15 de octubre de 2022

Octubre: EL MAESTRO Y MARGARITA, de Mijaíl Bulgákov

"Eso ocurrió al anochecer, a mediados de octubre, (...) Mi reloj de bolsillo maarcaba las dos de la mañana."

(Fragmento del capítulo 13: La aparición del héroe)


Le dije que tenía miedo de los ladrones y le pedí que lo guardara hasta el día de mi partida. Cogió el dinero, lo guardó en su bolso y me dijo, abrazándome, que le parecía más fácil morirse que abandonarme en aquel estado; pero que la estaban esperando y que no tenía más remedio que marcharse. Prometió venir al día siguiente. Me pidió que no tuviera miedo de nada.

Eso ocurrió al anochecer, a mediados de octubre. Se fue. Me acosté en el sofá y dormí, sin encender la luz. Me despertó la sensación de que el pulpo estaba allí. A duras penas pude dar con la luz. Mi reloj de bolsillo marcaba las dos de la mañana. Me acosté sintiéndome ya mal y desperté enfermo del todo. De pronto me pareció que la oscuridad del otoño iba a romper los cristales, a entrar en la habitación y que yo me moriría como ahogado en tinta. Cuando me levanté era ya un hombre incapaz de dominarse. Di un grito y sentí el deseo de correr para estar con alguien, aunque fuera con el dueño de mi casa. Luchaba conmigo mismo como un demente. Tuve fuerzas para llegar hasta la estufa y encender fuego. Cuando los leños empezaron a crujir y la puertecilla dio varios golpes, me pareció que me sentía algo mejor. 


Mijaíl Bulgákov (Ruso nacido en Ucrania, 1891-1940).

jueves, 13 de octubre de 2022

Octubre: CIUDAD DE LOS ÁNGELES CAIDOS, de Cassandra Clare

"... pero el conde, con sus colmillos falsos y su capa negra, ahora no le hacía ni pizca de gracia..."

(Fragmento del capítulo I: El maestro)
 
Era a mediados de octubre y acababan de instalar la decoración típica de Halloween, entre la que destacaba un tambaleante cartel que rezaba «¡Susto o sopa de remolacha!» y un recortable de cartón que representaba a un vampiro llamado conde Blintzula. En otros tiempos, Simon y Clary habían encontrado de lo más graciosa aquella decoración festiva de baratillo, pero el conde, con sus colmillos falsos y su capa negra, ahora no le hacía ni pizca de gracia a Simon, cuando miró por la ventana. Era una noche gélida y el viento levantaba las hojas que cubrían el suelo de la Segunda Avenida como si fueran puñados de confeti. Se fijó en una chica que pasaba por la calle, una chica con una gabardina ceñida por un cinturón y melena negra agitada por el viento. La gente se volvía a su paso para mirarla. En el pasado, Simon también se quedaba mirando a chicas como aquélla, preguntándose adónde irían o con quién habrían quedado. Nunca era con chicos como él, eso lo sabía con certeza. Excepto que aquélla sí. La campanilla de la puerta del restaurante sonó en el momento en que Isabelle Lightwood hacía su entrada. Sonrió al ver a Simon y se dirigió hacia él, despojándose de la gabardina y doblándola sobre el respaldo de la silla antes de tomar asiento. Debajo de la gabardina lucía lo que Clary calificaría como «uno de los conjuntos típicos de Isabelle»: un vestido corto y ceñido de terciopelo, medias de redecilla y botas altas. En la parte superior de la bota izquierda llevaba un cuchillo escondido que sólo Simon podía ver; pero aun así, todos los presentes en el restaurante se quedaron mirando cómo tomaba asiento y se echaba el pelo hacia atrás. Isabelle llamaba la atención como un espectáculo de fuegos artificiales. La bella Isabelle Lightwood. Cuando Simon la conoció, dio por sentado que una chica como aquélla nunca tendría tiempo para un tipo como él. Y acertó casi del todo. A Isabelle le gustaban los chicos que sus padres desaprobaban, y en su universo eso significaba habitantes del mundo subterráneo: hadas, hombres lobo y vampiros.

Que llevaran los dos últimos meses saliendo le sorprendía, por mucho que su relación se limitase a encuentros puntuales como aquél. Y aun así, no podía evitar preguntar- se si estarían saliendo si él no se hubiese transformado en vampiro, si su vida no se hubiese visto alterada por completo.
 
 
Cassandra Clare: Judith Rumelt (Estadounidense nacida en Irán, 1973). 

jueves, 6 de octubre de 2022

Octubre: POEMA DE OCTUBRE, de Dylan Thomas

"... en el mediodía del verano aunque la villa al fondo se cubriera de hojas por la sangre de octubre."

Cumplía treinta años, mi aniversario despertó hacia el cielo
cuando oí cómo hacía señales la mañana
con la oración del agua y el grito de cornejas y gaviotas
y el roce de las barcas en el muro trenzado por las redes
desde el puerto y los bosques vecinos
y los mejillones en sus charcas y la playa con garzas clericales
para que en un segundo me pusiera de pie
y echara a andar en el pueblo todavía dormido.

Mi cumpleaños empezó con los pájaros acuáticos
y con pájaros de árboles alados que volaban mi nombre
sobre las granjas y los blancos caballos
y yo me levanté en el lluvioso otoño
y eché a andar en el chaparrón de todos mis días,
Era en la pleamar y las garzas buceaban
cuando tomé el camino fronterizo
y aún cerrados los portales del pueblo mientras se iba despertando.

Toda una primavera de alondras en una nube rodante
y las matas a orillas del camino desbordaban de mirlos silbadores
y el sol de octubre a la manera del verano
sobre el hombro del cerro
fueron climas amigos y hubo dulces cantores
que llegaron de pronto en aquella mañana por la que yo vagaba
y escuchaba cómo se escurría la lluvia;
frío, el viento soplaba
en el bosque, muy lejos, a mis pies.

Pálida lluvia sobre el puerto encogido
sobre la iglesia mojada por el mar, tan pequeña
que semejaba un caracol con sus cuernos a través de la niebla
y del castillo pardo como los búhos;
pero todos los jardines de primavera y de verano
florecían en los cuentos fantásticos
detrás de la frontera y abajo de la nube invadida de alondras.
Allí podía yo maravillarme
mi cumpleaños se iba yendo pero el tiempo giraba alrededor.

Girando me apartaba del país jubiloso
bajaba por el aire cambiado y por el cielo alterado de azul
fluía de nuevo una maravilla de verano
con manzanas y peras y grosellas rojas:
y vi tan claro en el rodar del tiempo
aquellas olvidadas mañanas cuando un niño paseaba con su madre
por entre las parábolas del sol
y las leyendas de las verdes capillas

y por los campos de la infancia ya dos veces contados
porque sus lágrimas quemaron mis mejillas y su corazón se conmovió en el mío.
Estos eran los bosques y era el río y el mar
allí donde un muchacho
en el verano atento de los muertos
murmuraba la verdad de su gozo
a los árboles, las piedras y el pez en la marea.
Y el misterio cantó vivo
en el agua y en el gorjeo de los pájaros.

Y allí podía yo maravillarme
mientras mi cumpleaños se alejaba aunque el clima diera vuelta en redondo
y el gozo verdadero del niño muerto hace tanto tiempo
cantaba ardiendo bajo el sol.
Cumplía treinta años hacia el cielo y en el mediodía del verano
aunque la villa al fondo se cubriera de hojas por la sangre de octubre.

Oh la verdad de mi corazón
se cantará todavía
desde esta alta colina a la vuelta de un año.

Dylan Thomas (Inglaterra, 1914-1953).

La ilustración corresponde al otoño en Littondale, Yorkshire Dales, Inglaterra. Fotografía de David Noton.

martes, 4 de octubre de 2022

Octubre: UNA MAÑANA DE MARZO, de Joaquim M. Barrero

"Al acercarse, todavía a lo lejos, una masa de tierra se aproximó: la isla Vasílievsky..."

(Fragmento del capítulo 16)

Era el 4 de octubre. El invierno estaba agazapado pero las nieves no habían acampado aún. Un sol luminoso se esforzaba en esquivar las nubes para garantizar que el acto tuviera calor y color. El barco embocó el delta del río Neva. Al acercarse, todavía a lo lejos, una masa de tierra se aproximó: la isla Vasílievski. Un hormiguero de gente estaba en el muelle, delante de grandes edificaciones de colores. El vapor lanzó un mugido repetido, que fue contestado por las sirenas de otros barcos atracados. En el malecón cientos de personas gesticulantes gritaban y agitaban banderas, manos y pañuelos. El Kooperatsija atracó en medio de exclamaciones de júbilo. Ramiro no entendía aquel tumulto, los cánticos, la charanga, los tambores. ¿Quiénes eran ellos para tal recibimiento? Sólo niños desplazados, aún temerosos y desvalidos. No tenía sentido ese clamor. Pero allí estaba la gente. Y en primera fila, con ramos de flores y bolsitas de caramelos, una hilera de niñas y niños bien alimentados que reían y saludaban felices. La mayoría eran rubios y blancos como ellos, otros con rostros asiáticos y ojos esquinados; todos con camisas blancas y pañuelos rojos al cuello. Los niños evacuados miraban con asombro el espectáculo y luego lo hacían entre ellos extasiados, olvidadas las penas y las añoranzas. Sus padres tuvieron razón al enviarlos allí: habían llegado al mundo feliz prometido. ¿Acaso no era una prueba esa multitud riente y alegre, luciendo cuerpos y ropas limpias con el fondo de los armónicos e impresionantes edificios de piedra y de mármol blanco? ¿Cómo comparar el mísero El Musel de mezquinas casas, allá en España; la gente empobrecida y desesperanzada, sus rostros húmedos y frugales, con el esplendoroso espectáculo de música y alegría que se abría a sus ojos?

Joaquín M. Barrero (España, 1939).

lunes, 3 de octubre de 2022

Octubre: BOCETO EN OCTUBRE, de Tomas Tranströmer


El remolcador, pecoso de herrumbre. ¿Qué hace tierra adentro?
Es una pesada lámpara, apagada en el frío.
Pero los árboles tienen colores salvajes. ¡Señales hacia la otra costa!
Como si algunos pidieran que los recojan.

Camino a casa veo los hongos surgir en la granilla.
Son dedos que piden ayuda, dedos de uno
que para sí mismo sollozó largo tiempo, en la oscuridad de abajo.
Pertenecemos a la Tierra.


Tomas Tranströmmer (Suecia, 1931-2015).
Obtuvo el premio Nobel en 2011.

(Traducido del sueco por Roberto Mascaró).

domingo, 2 de octubre de 2022

Octubre: LOS TRES PENIQUES NEGROS, de Joseph Hergesheimer

"Una bandada de gansos salvajes volaba a poca altura sobre las colinas, en el sereno anochecer ceniciento."

(Fragmento inicial)

Un crepúsculo de polvo azul cayó en una hondonada de las colinas cubiertas de espeso arbolado. Era a primeros de octubre, pero la escarcha había estampado ya en los arces marcas de oro, los robles tenían manchas de rojo vinoso, el zumaque brillaba en la oscura maleza. Una bandada de gansos salvajes volaba a poca altura sobre las colinas, en el sereno anochecer ceniciento. Howat Penny, de pie en un claro del camino, decidió que los patos no se acercarían bastante para tirarles. No tenía ganas de cazar. Con la caída del sol su entusiasmo se había evaporado; volvió la indiferencia habitual. Dejó caer la culata del arma al suelo. Luego la levantó de nuevo, examinando el martillo; El pedernal estaba suelto, insatisfactorio. Había una probabi- lidad de que fallara el disparo.

Joseph Hergesheimer (Estados Unidos, 1880-1954).

sábado, 1 de octubre de 2022

Octubre: LANGUIDEZ, de Alfonsina Storni

"Me he tendido en la hamaca, muy cerca de la puerta, un poco amodorrada."

Está naciendo octubre
con sus mañanas claras.

He dejado mi alcoba
envuelta en telas claras,
anudado el cabello
al descuido; mis plantas
libres, desnudas, juegan.

Me he tendido en la hamaca,
muy cerca de la puerta,
un poco amodorrada.
El sol que está subiendo
ha encontrado mis plantas
y las tiñe de oro...

Perezosa, mi alma
ha sentido que, lento,
el sol subiendo estaba
por mis pies y tobillos
así como buscándola.

Yo sonrío: este bueno
de sol no ha de encontrarla,
pues yo, que soy su dueña,
no sé por donde anda:
cazadora, ella parte
y trae, azul, la caza...

Un niño viene ahora,
la cabeza dorada...

Se ha sentado a mi lado,
cerrada la palabra;
como yo el cielo mira,
como yo, sin ver nada.
Me acaricia los dedos
de los pies, con la blanca
mano; por los tobillos
las yemas delicadas
de sus dedos desliza...
Por fin, sobre mis plantas
ha puesto su mejilla,
de flor recién regada.*

Cae el sol dulcemente,
oigo voces lejanas,
está el cielo muy lejos...

Yo sigo amodorrada
con la rubia cabeza
muerta sobre mis plantas.

... Un pájaro... la arteria
que por su cuello pasa...

Alfonsina Storni (Argentina nacida en Suiza, (1892-1938).

* En su versión original, publicada en el poemario titulado Languidez, en lugar de "flor recién regada" decía:
Y en la fría pizarra
Del piso el cuerpo tiende
Con infinita gracia.
Así es como fue publicada por la Cooperativa Editorial Buenos Aires, en 1920.

jueves, 22 de octubre de 2020

Epidemias: LOS NOVIOS, de Alessandro Manzoni

"... visitaron enfermos y cadáveres, y por doquier hallaron las feas y terribles marcas de la pestilencia."

(Fragmento del capítulo XXXI)

A lo largo, pues, de toda la franja de territorio recorrida por el ejército, se había encontrado algún cadáver en las casas, alguno por el camino. Poco después, en este o en aquel pueblo, empezaron a enfermar, a morir, personas, familias, de males violentos, extraños, con síntomas desconocidos para la mayoría de los vivos. Había tan sólo algunos para quienes no resultaban nuevos: los pocos que podían acordarse de la peste que, cincuenta y tres años antes, había asolado también buena parte de Italia, y en especial el Milanesado, donde fue llamada, y lo es todavía, la peste de San Carlos. ¡Tanta fuerza tiene la caridad! Entre los recuerdos tan variados y solemnes de un infortunio general, puede ésta hacer descollar el de un hombre, porque a ese hombre le inspiró sentimientos y acciones más memorables aún que los males; imprimirlo en las mentes, como un compendio de todas aquellas desgracias, porque en todas lo introdujo y mezcló, como guía, socorro, ejemplo, víctima voluntaria; hacer, de una calamidad para todos, una hazaña para este hombre; designarla por su nombre, como una conquista, o un descubrimiento.

El protomédico Lodovico Settala, que no sólo había visto aquella peste, sino que había sido uno de sus más activos e intrépidos, y, aunque jovencísimo entonces, de sus más famosos sanadores; y que ahora, sospechando grandemente de ésta, estaba alerta y sobre aviso, informó, el 20 de octubre, al tribunal de sanidad, de que, en el pueblo de Chiuso (último del territorio de Lecco, y confinante con el Bergamasco), había entrado indudablemente el contagio. No por ello se tomó resolución alguna, como se lee en el Informe de Tadino.

Y he aquí que empiezan a llegar avisos parecidos de Lecco y de Bellano. El tribunal se decidió entonces, contentándose con enviar a un comisario, que, por el camino, recogiese a un médico de Como, y fuese con él a visitar los lugares indicados. Ambos, «o por ignorancia o por otra causa, se dejaron persuadir por un viejo e ignorante barbero de Bellano, de que aquella clase de males no era peste»; sino, en algunos lugares, efecto ordinario de las emanaciones otoñales de los pantanos, y en los otros, efecto de las privaciones y penalidades sufridas, durante el paso de los alemanes. Semejante seguridad fue transmitida al tribunal, que al parecer se dio con ello por satisfecho.

Pero, llegando sin tregua más y más noticias de muerte de distintos lugares, fueron enviados dos delegados para ver y proveer: el ya mencionado Tadino, y un oidor del Tribunal. Cuando éstos llegaron, el mal se había extendido ya tanto, que las pruebas se ofrecían por sí solas, sin necesidad de ir a buscarlas. Recorrieron el territorio de Lecco, la Valsassina, las riberas del lago de Como, los distritos denominados Monte de Brianza y Gera de Adda; y por doquier hallaron pueblos cerrados por cancelas en las entradas, otros casi desiertos, y sus habitantes huidos y acampados en las tierras, o dispersos; «y nos parecían», dice Tadino, «criaturas salvajes, llevando en la mano unos hierbabuena, otros ruda, otros romero y otros frascos de vinagre». Se informa- ron del número de muertos: era espantoso; visitaron enfermos y cadáveres, y por doquier hallaron las feas y terribles marcas de la pestilencia. Dieron al punto, por carta, aquellas siniestras noticias al tribunal de sanidad, el cual, al recibirlas, que fue el 30 de octubre, «se dispuso», dice el mismo Tadino, a prescribir las cédulas, para impedir el acceso a la ciudad de las personas procedentes de los pueblos donde el contagio se había manifestado; «y mientras se redactaba el bando», dio anticipada- mente alguna orden sumaria a los consumeros.


Alessandro Manzoni (Italia, 1785-1873).

domingo, 26 de enero de 2020

Tu boca: UNA TARDE DE OCTUBRE, de José Gorostiza

"Prodígame tu boca. Y muchos años contará la conseja en su murmullo: sus cabellos creyéronse castaños..."

Tu boca es como un trémulo poniente
de otoño, dormido entre las brisas,
donde viera su copo cada oriente
y cantan las sonrisas...
Prodígame tu boca. Y muchos años
contará la conseja en su murmullo:
"Sus cabellos creyéronse castaños;
sus besos, como seda en el capullo.
Una tarde de octubre dio su fina
boca en un beso, y esta serenata
cerró un libro de otoño y de neblina
con su broche de plata..."


José Gorostiza (México, 1901-1973).

jueves, 10 de octubre de 2019

Tu boca: LIRIO Y SERPIENTE, de Nikos Kazantzakis

 "Sé qué quieres decir cuando entreabres Tu boca..."

10 de octubre
 
Se rindieron las líneas de Tu cuerpo a mis caricias y Tus labios se secaron succionados por los míos. Te echaste sobre mí y profané todos los secretos y los escalofríos y las ondulaciones de Tus carnes. Sellé con el beso de mi deseo todos los nidos de Tu cuerpo. Y el hastío crece, crece a la par que el amor.
 
Te he analizado toda al microscopio de mi alma perversa. Sé lo que dicen Tus ojos tras sus largas pestañas y lo que dice la opresión de Tu mano y lo que grita Tu silencio en la penumbra. Sé, cuando arqueas Tu cuerpo, de qué forma se aprietan y se arrugan Tus carnes y cuántos hoyitos se forman en Tus pechos y cómo de Ti sale caliente y profundo Tu aliento. Todo, lo sé todo. Tu cuerpo cae sobre la cama con la palidez de los lirios y con la gracia de los nenúfares. Y Tus labios se aprietan y atardecen blancos los bulbos de Tus ojos. Y Tu brazo derecho, rendido y blanco, se enreda en mi cuello. Sé qué quieres decir cuando entreabres Tu boca y sé qué ves cuando cierras tus ojos y qué piensas cuando tímidamente se van sonrosando Tus mejillas.
 
Por Tu andar cuando llegas y la temperatura de Tu mano al saludar, sé cuántos besos has de darme y qué palabras me vas a decir. Te he analizado toda, ¡oh, infeliz!, al microscopio de mi alma perversa... Y he aquí, he aquí como crece el hastío a la par que el amor.
 
Nikos Kazantzakis (Griego fallecido en Alemania, 1883-1957).

(Traducido al español por Pedro Olalla).

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Día de los muertos: ASESINATO EN LA CATEDRAL, de T. S. Eliot


(Fragmento del primer coro)

Desde que el dorado octubre declinó en sombrío noviembre
y las manzanas fueron recogidas y guardadas, y
la tierra se volvió ramas de muerte, pardas
y agudas, en un erial de agua y lodo,
el año nuevo espera, respira, espera y murmura en la sombra.
Mientras el labriego arroja a un lado la bota lodosa y tiende las manos al fuego,
el año nuevo espera, el destino espera su advenimiento.
¿Quién ha acercado las manos al fuego sin
recordar a los santos en el Día de Todos Santos,
a los santos y mártires que esperan? y ¿Quién tendiendo
las manos al fuego, negará a su maestro: y quién, calentándose junto al fuego, negará a su maestro?
Siete años, y ha terminado el verano,
siete años hace que el arzobispo nos dejó,
él, que siempre fue bueno con su rey.
Pero no estaría bien que regresara
el rey gobierna o gobiernan los señores,
hemos sufrido diversas tiranías;
pero casi siempre se nos deja a nuestros propios recursos,
y vivimos contentos si nos dejan en paz.
Tratamos de mantener nuestras casas en orden,
el mercader, tímido y cauto, se afana por reunir una modesta fortuna,
y el labriego se inclina sobre su pedazo de tierra, color de tierra su propio color,
y prefiere pasar inadvertido.
Ahora temo disturbios en las apacibles estaciones: el
invierno vendrá trayendo del mar a la muerte;
la ruinosa primavera llamará a nuestras puertas,
raíz y vástago nos comerán ojos y orejas,
el desastroso verano aplastará el lecho de nuestros arroyos
y aguardarán los pobres otro octubre moribundo.
¿Por qué el verano habría de consolarnos
de los fuegos del otoño y las nieblas invernales?
¿Qué haremos en el sopor del verano
sino esperar en estériles huertos otro octubre?
Alguna dolencia viene sobre nosotros. Esperamos, esperamos,
y los santos y mártires esperan a quienes serán mártires y santos.
El destino espera en la mano de Dios, no en las manos de los estadistas,
quienes, unas veces bien, otras mal, hacen proyectos y conjeturas
y abrigan propósitos que giran en sus manos en la trama del tiempo.
Ven, feliz diciembre, ¿quién te observará, quién te preservará?
¿Nacerá otra vez el Hijo del Hombre en el pesebre del escarnio?
Para nosotros, los pobres, no hay acción, sino sólo esperar y dar testimonio.



Thomas Stearns Eliot
(Estadounidense nacionalizado británico, 1888-1965). Obtuvo el premio Nobel en 1948.

La ilustración corresponde al reparto del Quarry Theatre, para la pueste en escena de Asesinato en la Catedral (Murder in the Cathedral) en la Casa de la Resurrección, Mirfield, West Yorkshire, poco después de 1935.

miércoles, 14 de octubre de 2015

Venecia: LAS ALAS DE LA PALOMA, de Henry James


(Fragmento que alude al 14 de octubre)

- Entonces es también lo que yo quiero. Pero, en verdad, a pesar de que el tiempo se ha portado decentemente hasta ahora, tendría que viajar en seguida. -A continuación de lo cual, luego que ella le hubo explicado rápidamente que la partida (primero hacia el Tirol y más tarde hacia Venecia) estaba irrevocablemente fijada para el catorce de ese mes, él agregó con entusiasmo-: ¿A Venecia? Eso es ideal porque entonces podremos encontrarnos. Espero tomarme tres semanas de vacaciones en octubre y supongo que iré allí. Son tres semanas durante las cuales, si consigo verme libre, mi sobrina, una jovencita que me maneja a su antojo, me llevará a donde se le ocurra. Ayer casualmente le escuché decir que tal vez se le ocurriría Venecia.

- Sería maravilloso. Estaré allí esperándolo. Y si hay algo que por anticipado, o de cualquier otro modo, yo pueda hacer por usted...

- Oh, gracias. Mi sobrina, tengo la impresión, se ocupará de todo. Pero es importante que nos veamos allá.

Henry James (Estadounidense nacionalizado inglés, 1843-1916).

lunes, 20 de abril de 2015

Tu boca: ECO, de Dan Desliu


Llevabas esa tarde un traje verde,
de brillo apagado, como el azogue de las fuentes profundas.

La luna había extendido su claridad de cera
sobre tus hombros dorados aún desde el Verano,
sobre tu frente, que parecía asombrarse de todo,
y sobre tu boca, un momento tan próxima a la mía.

Recuerdo que los árboles hacían escuchar una canción
desconocida para ambos...

Sonreías: tu sonrisa estaba hecha de recuerdos.
Movías suavemente tus dedos cincelados,
y yo tenía un millar de preguntas que hacerte
como, quizás, solamente se puede interrogar al mar inquieto.

Todas las palabras me parecieron tan superfluas
como las hojas muertas de Octubre sobre el suelo.

Escuchábamos arrastrarse lentamente el silencio,
como un zorro, entre las hojas amarillas.
 
Callábamos.
 
Callabas. Y la luna entre las largas ramas
aclaraba tus hombros dorados, esa tarde.
 
 
Dan Desliu (Rumania, 1927-1996)

(Traducido al español por Pablo Neruda)

jueves, 2 de octubre de 2014

Otoño: FERRY DE OCTUBRE A GABRIOLA, de Malcolm Lowry



(Fragmento)
1

El Lebrel

Adiós, adiós, adiós, Eight Bells, Wywurck, The Ticket Gate. La casita tenía buen aspecto. Así la amamos para siempre, al despedirnos.

La luz matutina de octubre bañaba el rápido autobús, el Greyhound que navegaba entre las ramas del bosque, cantaba derecho hacia el mar, rugía hacia las montañas, rodeaba precipicios inesperados.

Seguían la línea de la costa. A la izquierda estaba el bosque; a la derecha, el mar, el Estrecho.

Y la luz centelleaba, resplandecía en las ventanillas en que los pasajeros se veían, ora a la derecha, envueltos en azul celeste, entre los tonos escarlatas y oro del reflejo de los arces, ora extrañamente cercados por sus ramas a la izquierda, entre las islas del Estrecho de Georgia.

En ocasiones, cuando el autobús alcanzaba y adelantaba a otro vehículo donde la carretera era estrecha, las ramas de los árboles arañaban las ventanillas de la izquierda, y detrás, o en el espejo retrovisor delantero, que reflejaba el interminable desfile del asfalto en sentido inverso, podía verse por un momento el follaje agitándose a su paso en un turbio vendaval. Una vez más, en la distancia creería ver el cornejo cayendo en picado a través de los árboles en una lluvia de estrellas blancas. Y cuando reducían la velocidad, las hojas caídas del bosque hacían que incluso el pavimento pareciera resplandecer y arder de luz.

Cuesta abajo: y a la diestra, más allá del mar azul, debajo del cielo azul, las montañas de la Columbia Británica continental atravesaban el horizonte y también a este lado derecho, luminoso, mayestático, un volcán nevado de otro país (era el monte Baker de Estados Unidos y el antiguo Ararat de los indios squamish) les acompaña, con una blanca y lejana persistencia y a una velocidad distinta, como un remoto Popocatépetl que hubiera levado anclas.

La ilustración corresponde a una fotografía del Estrecho de Georgia
desde la persepectiva de la Isla Gabriola.

(En esta liga de Editorial Tusquets es posible encontrar información
sobre la edición traducida al español de Ferry de Octubre a Gabriola:

miércoles, 24 de octubre de 2012

Octubre: DOLOR, de Alfonsina Storni


Quisiera esta tarde divina de octubre
pasear por la orilla lejana del mar;
que la arena de oro, y las aguas verdes,
y los cielos puros me vieran pasar.

Ser alta, soberbia, perfecta, quisiera,
como una romana, para concordar
con las grandes olas, y las rocas muertas
y las anchas playas que ciñen el mar.

Con el paso lento, y los ojos fríos
y la boca muda, dejarme llevar;
ver cómo se rompen las olas azules
contra los granitos y no parpadear;

ver cómo las aves rapaces se comen
los peces pequeños y no despertar;
pensar que pudieran las frágiles barcas
hundirse en las aguas y no suspirar;

ver que se adelanta, la garganta al aire,
el hombre más bello, no desear amar...

Perder la mirada, distraídamente,
perderla y que nunca la vuelva a encontrar:
y, figura erguida, entre cielo y playa,
sentirme el olvido perenne del mar.


Alfonsina Storni (Argentina nacida en Suiza; 1892-1938).

viernes, 5 de octubre de 2012

Octubre: EL BORDO, de Sergio Galindo


(Fragmento)

Eran los primeros días de octubre, el frío y la neblina se habían apoderado definitivamente del campo sumiéndolo en un letargo gris y pesado. Un frío como cuchillo penetraba por cada rendija de las puertas y ventanas.

- Le ladran a los demonios -opinó Alejandro.

- A los malos espíritus -dijo doña Teresa. Se miró en el gran espejo: parecía un cadáver o un fantasma, vestida toda de negro, con las cuentas del rosario pasando lentamente por sus dedos-. Hay que rezar, Alejandro, hay que ir a la iglesia.

Esther sintió miedo; le desagradaba esa visión de su suegra erguida frente al espejo como una estatua; ese modo silencioso que tenía de aparecer sin hacerse oír hasta el último momento, cuando estaba a un paso de uno, mascullando oraciones inacabables. Dijo que el frío le impedía rezar sentada y empezó a vagar por toda la casa, de cuarto en cuarto, abriendo puertas que no volvía a cerrar. Esther pensó que se estaba volviendo loca. "Así se pone cada año, principalmente en octubre; viene el aniversario de la muerte de papá", le explicó Gabriel.

El reloj dio once campanadas. Esther se llevó a la cara las manos, ya tibias, y se frotó la piel. Encendió la luz, no parecía que fueran las once de la mañana, parecía más bien que de un momento a otro caería la noche.


Sergio Galindo (México, 1926-1993)