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Vancouver: atardecer en abril. English Bay (fotografía de Jules Etienne).

sábado, 4 de julio de 2020

Epidemias: ¡NOTICIA BOMBA!, de Evelyn Waugh


(Fragmento del libro segundo. Piedras: 20 libras esterlinas)

Capítulo cuarto

Fue un día rebosante de acontecimientos.

A las nueve se presentó Erik Olafsen para despedirse. En algún punto de la línea férrea había un brote epidémico,  y partía para organizar un hospital. No parecía entusiasmado.

- No hay trabajo más estúpido -dijo-. Conozco el paño. ¿Sabe a cuántos curamos la última vez que estuve en uno de esos hospitales?

- No tengo ni la menor idea.

- A ninguno. Absolutamente ninguno. No conseguimos pillar más que a los pacientes que estaban tan graves que no podían moverse. Los demás huyeron hacia los poblados, de modo que cada vez se extendió más la epidemia. A las zonas civilizadas, no envían médicos sino soldados. Cercan completamente el lugar donde está localizada la epidemia, y disparan contra todo aquel que pretende huir. Cuando, algunos días más tarde, ya han muerto todos, prenden fuego a las cabañas. Pero aquí no puedo hacer nada por los pobres. En fin, el gobierno me ha pedido que vaya, de modo que dentro de un rato me iré. ¿Dónde está Kätchen?

- De compras.

- Bien. Muy bien. Eso de llevar ropa vieja y mojada la entristecía. Me alegro muchísimo de que ahora sea amiga de usted. Despídame de ella.

A las diez regresó Kätchen cargada de paquetes.

- No sabes lo feliz que me he sentido -dijo-. Todo el mundo está excitadísimo ante la llegada del verano, y, además, ahora que saben que tengo un amigo, todos me tratan amablemente. Mira lo que he comprado.

- Precioso. ¿Te han dado alguna noticia?

- Ha sido muy difícil. Había tanto que hablar acerca de lo que estaba comprando que no he tenido tiempo de referirme a la política. Sólo un momento con la austríaca. Ayer tomó el té con el ama de llaves del presidente, pero me parece que vas a llevarte una decepción. Hace cuatro días que el ama de llaves no ve al presidente. Resulta que está encerrado en sus habitaciones.

- ¿Encerrado?

- Sí, le han encerrado. Acostumbran a hacerlo siempre que tiene que firmar documentos importantes. Pero al ama de llaves no le hace ninguna gracia. Verás, generalmente son los miembros de su propia familia los que le encierran, y de ordinario vuelven a soltarle al cabo de unas pocas horas. Pero esta vez han sido el doctor Benito y el ruso y los dos secretarios negros venidos de Norteamérica. Fueron ellos quienes lo encerraron hace tres días, y cuando los parientes del presidente quieren verle, les dicen que está borracho. No le han permitido acudir a la inauguración de la Universidad Jackson. El ama de llaves dice que tiene que estar pasando algo.

Evelyn Waugh: Arthur Evelyn St. John Waugh (Inglaterra, 1903-1966).

(Traducido al español por Antonio Mauri).

jueves, 2 de julio de 2020

Epidemias: LOS ARRABALES DE CANNERY, de John Steinbeck

"Las escuelas se cerraron. No había una sola casa donde no hubiera niños calenturientos y padres enfermos."

(Fragmento del capítulo XVI)

Los pescadores, cargados de dinero, entraban y salían durante toda la tarde. Se hacían a la mar al obscurecer y pescaban durante la noche para poder jugar por las tardes. Por la noche, los soldados del nuevo regimiento venían al Restaurante y se sentaban en torno a la gramola, bebiendo Coca-Cola y fijándose en las muchachas para cuando recibiesen su paga. Dora estaba preocupada por los impuestos, pues se hallaba frente al curioso enigma que declaraba ilegal su comercio, pero le hacía pagar un impuesto. Aparte de todo esto, estaban los clientes de todo el año, los trabajadores de los cascajales, los caballistas de los ranchos, los empleados del ferrocarril, que entraban por la puerta principal, y los oficinistas de la ciudad y los negociantes de importancia que entraban por la puerta de atrás y tenían reservados saloncitos de quimón.

Por todas estas razones, aquél fue un mes terrible, y a la mitad de él estalló una epidemia de influenza que se extendió por toda la ciudad. Mrs. Talbot y su hija, que estaban en el San Carlos Hotel, la padecían. La padecía Tom Work. Benjamín Peabody y su familia estaban también enfermos. La excelentísima María Antonia Field cayó enferma también. Toda la familia Gross estaba atacada.

Los médicos de Monterey -y había muchos que se ocupaban de los casos corrientes, accidentes y neurosis- estaban enloquecidos. Tenían más trabajo del que podían atender, y con clientes que, aunque no pagasen las cuentas, tenían al menos dinero con que pagarlas. El arrabal conservero, cuyos habitantes eran más fuertes, tardó en contraer la enfermedad, pero finalmente la padeció también. Las escuelas se cerraron. No había una sola casa donde no hubiera niños calenturientos y padres enfermos. No era una enfermedad mortal, como ocurrió en 1917, pero en los niños tenía la tendencia de atacar al mastoides. Los médicos estaban muy ocupados, y, además, el arrabal conservero no era un cliente de importancia.

El doctor del Laboratorio Biológico de Occidente no tenía derecho a ejercer. Pero no era culpa suya que todos los habitantes del arrabal fuesen a consultarlo. Antes de darse cuenta, se vio corriendo de casucha en casucha, tomando temperaturas, dando medicinas, pidiendo y entregando mantas, e incluso llevando alimentos de una casa a otra, mientras las madres lo miraban con inflamados ojos desde sus lechos dándole las gracias y haciéndolo responsable de la mejoría de sus hijos. Cuando no Podía atender a alguno, telefoneaba a un médico local, y éste venía, a veces, cuando lo consideraba de urgencia. Mas para las familias siempre eran casos de urgencia. El doctor no dormía apenas. Se alimentaba con cerveza y sardinas de lata. En casa de Lee Chong, donde fue a comprar cerveza, se encontró con Dora, que iba a buscar un par de tijeras para las uñas.

- Parece agotado -le dijo Dora.

- Lo estoy -dijo el doctor-. No duermo desde hace una semana.

- Lo sé -dijo Dora-. Me dicen que la epidemia es grave. Y también la época es mala.


John Steinbeck (Estados Unidos, 1902-1968).
Obtuvo el premio Nobel en 1962.

miércoles, 1 de julio de 2020

Epidemias: CRIMEN Y CASTIGO, de Fiódor Dostoyevski

"Se reunían y formaban enormes ejércitos para lanzarse unos contra otros..."

(Fragmento del epílogo, capítulo II)

Raskolnikof pasó en el hospital el final de la cuaresma y la primera semana de pascua. Al recobrar la salud se acordó de las visiones que había tenido durante el delirio de la fiebre. Creyó ver el mundo entero asolado por una epidemia espantosa y sin precedentes, que se había declarado en el fondo de Asia y se había abatido sobre Europa. Todos habían de perecer, excepto algunos elegidos. Triquinas microscópicas de una especie desconocida se introducían en el organismo humano. Pero estos corpúsculos eran espíritus dotados de inteligencia y de voluntad. Las personas afectadas perdían la razón al punto. Sin embargo -cosa extraña- jamás los hombres se habían creído tan inteligentes, tan seguros de estar en posesión de la verdad; nunca habían demostrado tal confianza en la infalibilidad de sus juicios, de sus teorías científicas, de sus principios morales. Aldeas, ciudades, naciones enteras se contaminaban y perdían el juicio. De todos se apoderaba una mortal desazón y todos se sentían incapaces de comprenderse unos a otros. Cada uno creía ser el único poseedor de la verdad y miraban con piadoso desdén a sus semejantes. Todos, al contemplar a sus semejantes, se golpeaban el pecho, se retorcían las manos, lloraban... No se ponían de acuerdo sobre las sanciones que había que imponer, sobre el bien y el mal, sobre a quién había que condenar y a quién absolver. Se reunían y formaban enormes ejércitos para lanzarse unos contra otros, pero, apenas llegaban al campo de batalla, las tropas se dividían, se rompían las formaciones y los hombres se estrangulaban y devoraban unos a otros.

En las ciudades, las trompetas resonaban durante todo el día. Todos los hombres eran llamados a las armas, pero ¿por quién y para qué? Nadie podía decirlo y el pánico se extendía por todas partes. Se abandonaban los oficios más sencillos, pues cada trabajador proponía sus ideas, sus reformas, y no era posible entenderse. Nadie trabajaba la tierra. Aquí y allá, los hombres formaban grupos y se comprometían a no disolverse, pero poco después olvidaban su compromiso y empezaban a acusarse entre sí, a contender, a matarse. Los incendios y el hambre se extendían por toda la tierra. Los hombres y las cosas desaparecían. La epidemia seguía extendiéndose, devastando. En todo el mundo sólo tenían que salvarse algunos elegidos, unos cuantos hombres puros, destinados a formar una nueva raza humana, a renovar y purificar la vida humana. Pero nadie había visto a estos hombres, nadie había oído sus palabras, ni siquiera el sonido de su voz.


Fiódor Dostoyevski (Rusia, 1821-1881).

martes, 30 de junio de 2020

Epidemias: CONFESIONES DE UN BURGUÉS, de Sándor Márai

"... hacíamos planes para cambiar divisas y escribir poemas (…) sentados en el Romanisches Café."

(Fragmento del segundo capítulo)

4

Berlín, esa ciudad desesperada y enloquecida, se puso bellísima durante aquel invierno cruel. Guirnaldas de luces brillaban sobre los locales nocturnos. Los jóvenes, agrupados en pandillas, recorríamos infatigablemente la Berlín by night. Todos «nos lo pasábamos estupendamente», como si sintiéramos que el fin estaba próximo; mientras la juventud alemana se enredaba por las calles en continuas bacanales, los padres, hundidos en la vergüenza y el asombro de su fracaso, ya ni siquiera intentaban defender los principios de la educación. Yo regresaba a casa todas las noches con una nueva amante, y con las primeras luces del alba, a la hora de las presentaciones y las casi inmediatas despedidas, muchas jovencitas de la clase media venida a menos intentaban colocarme su número de teléfono. Pero ¿quién se preocupaba en serio de los amores nocturnos? Algunas mañanas me despertaba en la habitación de una casa señorial del barrio occidental, en una casa ajena con una dama ajena en los brazos, dama a quien no había conocido el día antes ni conocería la noche después. Supongo que eso es lo que ocurría antes cuando una ciudad se volvía loca por el miedo a la muerte en plena epidemia de peste. Sin embargo, yo, por encima de la peste, ligeramente infectado pero seguro de estar inmunizado, sabía que aquellos días eran para mí los días festivos de la juventud. Era incapaz de sentir vergüenza o remordimientos.

Sí, Berlín se puso bellísima con el terror de la peste en aquella fiesta loca y desenfrenada, en aquel carnaval macabro. Me levantaba por la tarde. Me despertaban mis amigos, hombres y mujeres que había conocido en aquel sucio torbellino, suecos, rusos y húngaros, miembros de una generación astuta y marcada por el spleen, dandis bien instruidos y contrabandistas; yo no conocía ni el nombre de la mayoría de ellos.

Estábamos unidos por unos lazos poco éticos, apartados de los alemanes y, en cierto modo, aliados en su contra, y no me habría sorprendido si un día nos hubiesen echado de la ciudad a patadas. Pero los alemanes, asombrados, se limitaban a callar. Nosotros, la chusma que algunos consideraban la élite espiritual del mundo occidental, hacíamos planes para cambiar divisas y escribir poemas, discutíamos sobre Péguy y sobre los negocios del sector peletero sentados en el Romanisches Café. Los alemanes, todos puestos en fila, mudos y severos, servían de telón de fondo para los desfiles tambaleantes de aquellas hordas. Al mismo tiempo, ellos también se aprovechaban de nosotros. Los extranjeros no sólo entregaban a Berlín billetes en divisas fuertes: la ciudad adquirió un aire de gran metrópoli y buenos modales, las mujeres aprendieron a vestir con elegancia, el ambiente de la ciudad estaba cargado de ideas, Berlín hervía de vida... Aquel invierno, la ciudad estaba bellísima, misteriosa, desconocida. Los paseos matinales por el Tiergarten y el olor a gasolina del fascinante Unter den Linden, esa mezcla de puerto mediterráneo sospechoso y metrópoli prusiana disciplinada, además del empuje despiadado y del hambre con los que la ciudad intentaba encontrar el equilibrio y saciarse, la libertad incondicional de expresión y de pensamiento, la devoción y la buena disposición con las que se recibía cualquier manifestación artística novedosa, todo eso hizo de Berlín una de las ciudades más interesantes y quizá más esperanzadoras de Europa. Los que vivimos allí durante aquellos años sentimos nostalgia eterna del «spleen de Berlín».

Sándor Márai (Húngaro fallecido en Estados Unidos, 1900-1989).

(Traducido al español por Judit Xantus).

lunes, 29 de junio de 2020

Epidemias: LA PIEL, de Curzio Malaparte

"... prohibir a los soldados aliados las zonas más infestadas de la ciudad. Sobre todas las paredes se leía Off limits…"

(Fragmento del capítulo primero: La peste)

La «peste» se había declarado en Nápoles el 1 de octubre de 1943, el mismo día en que los ejércitos aliados habían entrado como liberadores en la infortunada ciudad. El 1 de octubre de 1943 es una fecha memorable en la historia de Nápoles, porque señala el comienzo de la liberación de Italia y de Europa de la angustia, de la vergüenza y de los sufrimientos de la esclavitud y de la guerra, y porque aquel mismo día se declaró la terrible peste que de aquella infeliz ciudad se extendió poco a poco por toda Italia y Europa.

La atroz sospecha de que el espantoso morbo hubiese sido llevado a Nápoles por los mismos liberadores era ciertamente injusta; pero se convirtió en certeza en el ánimo del pueblo cuando, con maravilla, mezclada de supersticioso terror, se dio cuenta de que los soldados aliados permanecían extrañamente inmunes al contagio. Éstos se movían tranquilos, sonrientes, sanos, en medio de la muchedumbre de apestados, sin encontrar el repugnante morbo que elegía a sus víctimas únicamente entre la población civil, no solamente en la ciudad, sino del propio campo, extendiéndose como una mancha de aceite por el territorio liberado a medida que los ejércitos aliados iban rechazando fatigosamente a los alemanes hacia el Norte.

Pero estaba severamente prohibido, con amenaza de las más graves penas, insinuar siquiera en público que el germen de la peste hubiese sido llevado a Italia por los liberadores. Y era peligroso repetirlo en privado, aun en voz baja, porque entre tantos y tan repugnantes efectos de aquella peste el más repulsivo era la loca furia, la glotona voluptuosidad de la delación. Apenas atacado por el morbo, cada uno se convertía en el espía del padre y de la madre, de los hermanos, de los hijos, del esposo, del amante, del cónyuge, de los amigos más caros; pero jamás de sí mismo. Una de las características más sorprendentes y repulsivas de aquella extraordinaria peste, era, en realidad, la de transformar la conciencia humana en un horrendo y fétido bubón.

Para combatir el morbo, las autoridades militares inglesas y americanas no habían encontrado otro remedio que prohibir a los soldados aliados las zonas más infestadas de la ciudad. Sobre todas las paredes se leía Off limits, Out of bounds coronados por el áulico emblema de la peste; un círculo negro dentro del cual estaban inscritas dos barras negras cruzadas, similares a las dos tibias cruzadas de las tapicerías y gual- drapas de los coches fúnebres.

En breve tiempo, a excepción de algunas pocas calles del centro, la ciudad entera fue declarada Off limits. Pero las zonas más frecuentadas por los liberadores eran precisamente aquellas Off limits, es, decir, las más infestadas y por ello prohibidas, porque está en la naturaleza del hombre, especialmente de los soldados de todos los tiempos y de cualquier ejército, preferir las cosas vedadas a las permitidas. Y así, el contagio, ya hubiese sido llevado a la ciudad por los liberadores o transportada por éstos de la zona infestada a la zona sana, alcanzó en poco tiempo una violencia terrible, a la cual daba un carácter nefasto, casi diabólico, su macabro y obsceno aspecto de fiesta popular, de kermés fúnebre, aquellas danzas de negros ebrios y mujeres casi desnudas del todo, en las plazas y las calles, entre las ruinas de las casas destruidas por los bombardeos; aquel furor de beber, comer, gozar, cantar, reír y entregarse a la orgía en medio del hedor horrendo que exhalaban los centenares y centenares de cadáveres sepultados bajo los escombros.

Era aquella una peste totalmente distinta, pero no menos horrible, de las epidemias que devastaron a Europa de vez en cuando durante el medievo. El extraordinario carácter de aquel novísimo morbo era éste: que no corrompía el cuerpo, sino el alma. Los miembros permanecían aparentemente intactos, pero dentro de la envoltura de la carne el alma se pudría, se desmoronaba. Era una especie de peste moral contra la cual no parecía haber defensa alguna. Las primeras en ser contagiadas fueron las mujeres, que, en casi todas las naciones, son el baluarte más débil contra el vicio y la puerta abierta a todo mal. Y esto parecía una cosa maravillosa y dolorosísima, porque durante los años de la esclavitud de la guerra hasta el día de la prometida y esperada liberación, las mujeres, no sólo en Nápoles, sino en toda Italia, en toda Europa, habían dado prueba, en medio de aquella miseria y aquel infortunio universal, de mayor dignidad y mayor fuerza de carácter que los hombres. Ni en Nápoles, ni en los demás países de Europa, las mujeres se entregaron a los alemanes. Tan sólo las prostitutas habían consentido en el comercio con el enemigo; y ni siquiera pública- mente, sino a hurtadillas, sea por no tener que sufrir la dura reacción del sentimiento popular, sea porque tal comercio aparecía incluso ante ellas como el delito de mayor oprobio que una mujer pudiese cometer durante aquellos años.

Y he aquí que, por efecto de aquella repugnante peste, que como primera manifesta- ción corrompía el sentido del honor y la dignidad femenina, la más espantosa prostitución había llevado la vergüenza a cada tugurio y a cada palacio. Pero ¿por qué decir vergüenza? Tanta era la inicua fuerza del contagio, que prostituirse había llegado a ser un acto digno de alabanza, casi una prueba de amor a la patria, y todos, hombres y mujeres, lejos de sonrojarse por ello, parecían vanagloriarse de la propia y de la universal abyección. Muchos, es cierto, a quienes la desesperación hacía injustos, casi excusaban la peste; insinuaban que las mujeres tomaban el pretexto del morbo para prostituirse, buscaban en la peste justificar su vergüenza. Pero un más profundo conocimiento del morbo reveló en el acto que tal sospecha era maligna. Porque las primeras en desesperarse de su suerte eran las mismas mujeres; y a muchas he oído incluso llorar y maldecir aquella cruelísima peste que las empujaba con irresistible violencia, contra la cual nada podía ser débil virtud, a prostituirse como perras. Así están hechas desgraciadamente, las mujeres. Tratan de comprar con sus lágrimas la justificación de su infamia y la piedad Pero esta vez es necesario justifi- carlas y compadecerlas.

Curzio Malaparte: Curt Erich Suckert (Italia, 1898-1957).

(Traducido al español por Manuel Bosch Barrett).

domingo, 28 de junio de 2020

Epidemias: EL INDIO, de Gregorio López y Fuentes

"Cuando estaban preparándose los trabajos de la carretera..."

(Fragmento)

Cuando estaban preparándose los trabajos de la carretera, surgió una grave dificultad para la ranchería, al igual que para otras de la comarca. El cura, recorría la sierra aconsejando que los naturales procedieran a levantar iglesias, pues que la pasada epidemia de viruelas había sido precisamente por su impiedad, como un castigo.

El cura no habló de la carretera. Era asunto que a él no le interesaba. Lo que dijo fue que los trabajos para levantar la iglesia deberían comenzar cuanto antes, porque, de aplazarse, quién sabe qué otra desgracia llovería sobre los naturales.


Gregorio López y Fuentes (México, 1895-1966).

sábado, 27 de junio de 2020

Epidemias: EL ÁNGEL LUCHADOR, de Pearl S. Buck


(Fragmento del capítulo IX)

Y su magnífico cuerpo continuaba siendo un milagro de vigor; sus ojos, claros y vivos, y su piel donde no estaba quemada, tan blanca y tersa como la de un chiquillo. Tampoco tenía el rostro surcado por arrugas. Ni aun cuando fue muy viejo tuvo la cara arrugada. Su vasta frente permanecía tranquila e intactas sus tersas mejillas. Esto era tener una mente imperturbable y segura sí misma. Era un alma perfectamente feliz, viviendo en un cuerpo fuerte y sometido.

Así anduvo por todas partes a través de la epidemias y las enfermedades y permaneció sano e inmune a ellas. Si tenía un poco de malaria una tableta de quinina lo ponía bien: tan rápidamente respondía su cuerpo sano. Con el transcurso del tiempo, parecía que hubiese adquirido la inmunidad de su cuerpo y no volvió a tener malaria nunca más. Una y otra vez entraba en áreas afectadas por el hambre a aportar su alivio, y otros misioneros regresaban con tifus, pero él jamás. Escapó a la viruela, si bien incluso él se extrañaba de ello, porque durante años enteros no se acordó de hacerse vacunar. «Se me ha ido de la cabeza», solía decir con calma. Sólo una vez estuvo gravemente enfermo durante su juventud y madurez, y fue de una insolación, cogida un día de calor espantoso en Shanghai. Durante seis semanas yació sin sentido, librando las batallas de sus sueños, discutiendo con sus enemigos, los misioneros y los mandarines, y planeando nuevos campos de extensión. Ampliar, extender, alcanzar nuevas almas: ésta era la interminable pasión tanto en su delirio como en su vida.

Pearl S. Buck (Estados Unidos, 1892-1973).
Obtuvo el premio Nobel en 1938.

(Traducido al español por Manuel Bosch Barrett).

viernes, 26 de junio de 2020

Epidemias: EL PUENTE SOBRE EL DRINA, de Ivo Andrić


(Fragmento del capítulo XXI)

Así se presentaba el verano.

Sin embargo, una leve sombra había teñido de miedo y tristeza el principio de esa estación benévola. Con la primavera temprana, se había declarado en Uvac, una pequeña población en la antigua frontera turco-austriaca y ahora serbio-austriaca, una epidemia de tifus. Como el lugar se hallaba en el confín y dos de los casos estaban en el cuartel de la gendarmería, allí se encaminó el médico militar de Visegrad, el doctor Balasz, con un enfermero y las medicinas necesarias. El médico, hábil y resolutivo, tomó las medidas precisas para aislar a los enfermos y él mismo supervisó los cuidados que se les debían prestar. Gracias a ello, de las quince personas que habían enfermado, sólo fallecieron dos, y la epidemia se limitó al pueblo de Uvac y fue sofocada nada más empezar. La última persona que enfermó fue el doctor Balasz. La forma inexplicable en la que se contagió, la rapidez de la evolución, las complicaciones inesperadas y la muerte repentina, todo llevaba en sí el sello de una tragedia excepcional.

Debido al peligro de contagio, tuvieron que enterrar al joven médico en Uvac. La señora Bauer, con su marido, y unos cuantos oficiales presenciaron el funeral. Ella ordenó que en la tumba del doctor se erigiera una lápida de piedra toscamente tallada. Acto seguido abandonó la kasaba y al marido. En la ciudad se decía que había ido a un sanatorio en las inmediaciones de Viena. En realidad eran rumores que corrían entre las muchachas visegradenses, porque la gente mayor, en cuanto el peligro se desvaneció y se anularon las medidas preventivas contra la epidemia, lo olvidaron todo, al médico y a la coronela. Nuestras jóvenes sin experiencia y sin educación no sabían con exactitud qué significaba la palabra sanatorio, pero sabían bien lo que significaba que dos personas recorrieran las sendas y cerros tal como lo habían hecho hasta entonces el médico y la mujer del coronel. Por eso, al pronunciar esta palabra extranjera en las conversaciones íntimas entre amigas, cuando hablaban de la pareja forastera, les gustaba imaginar eso que llamaban sanatorio como un lugar misterioso, lejano y triste, en el que las bellas mujeres pecadoras expiaban su amor prohibido.

Ivo Andric (Serbio nacido en Bosnia-Herzegovina, 1892-1975).
Obtuvo el premio Nobel en 1961.

(Traducido al español por Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pistelek).

jueves, 25 de junio de 2020

Epidemias: EL TESORO DE LA SIERRA MADRE, de B. Traven

"... todos los habitantes de la república deben haberse vacunado (…) para prevenir la epidemia de viruela."

(Fragmento del capítulo XVIII)

- Buenos días, señores. ¿En qué puedo servirles?

- En mucho -contestó uno de ellos-. ¿Vienen ustedes de las montañas?

- Sí, ¡y vaya que es pesado el viaje! Conseguimos algunas pieles que pensamos vender en San Luis Potosí.

- ¿Están todos ustedes vacunados?

- ¿Estamos qué?- ¿Tienen certificado de vacunación? Hay un decreto que ordena que todos los habitantes de la República deben haberse vacunado en un plazo de cinco años a la fecha, para prevenir la epidemia de viruela.

- Mire, caballero; a nosotros nos vacunaron de pequeños en nuestro país, pero no tenemos el certificado.

- Claro que no, caballero, ¿quién lo tendría? Ni yo -dijo el empleado riendo, secundado por los otros-. Soy delegado de Salubridad, enviado por estos rumbos para vacunar a todos, especialmente a los indios, quienes son particularmente atacados por la viruela. El trabajo es duro. Huyen cada vez que venimos al pueblo, tienen miedo; hemos necesitado de todo un regimiento para cogerlos. Se esconden en las montañas, en cuevas, en barrancas, entre la maleza y no regresan a casa hasta que saben que nos hemos marchado.

- Sí -interrumpió otro empleado-, véame la cara, toda arañada por una mujer que defendió a sus niños a quienes queríamos vacunar. Pero usted conoce nuestro país, vea la cantidad de ciegos a causa de la viruela. Mire a los miles de muchachas bonitas que son cacarizas.

- Y cuando acudimos para ayudar a estas gentes -intervino otro empleado- nos persiguen y hasta nos apedrean como si fuéramos sus peores enemigos, sin considerar que en realidad somos sus mejores amigos. No tienen que pagar ni un centavo, nuestros servicios son enteramente gratuitos y el gobierno solo pretende salvarlos.

Después habló el hombre de los anteojos:

- Mire, amigo: sabemos que tanto usted como sus compañeros están vacunados, pero quisiéramos pedirles un gran favor. Haga que ellos se aproximen y se dejen vacunar voluntariamente. Necesitamos mostrar a estas gentes ignorantes que ustedes no tienen miedo de lo que nosotros hacemos y que vienen a recibir su arañazo con el mismo gusto con que irían a un baile. Desde todos los jacales nos atisban en estos momentos; hace cuatro días que estamos aquí, ofreciendo nuestros servicios y tratando de convencer a estas gentes, sin éxito, y lo peor es que la Iglesia se ha declarado enemiga de la vacunación por el hecho de que no fue ordenada por el Señor, y la combate en la misma forma en que combate la educación para evitar que lean libros escritos en contra de la Iglesia y que escriban pecaminosas cartas de amor. Bueno, usted sabe bien de todo esto sin necesidad de que yo se lo diga. ¿Quiere ayudarnos?

- Desde luego -contestó Howard-, con mucho gusto haremos lo que quiera en su ayuda y en la del gobierno.

B. Traven: Ret Marut, Hal Croves o Traven Torsvan
(Alemán nacionalizado mexicano, 1882-1969).

(Traducido al español por Esperanza López Mateos).

miércoles, 24 de junio de 2020

Epidemias: ULISES, de James Joyce

"... las epidemias diezmadoras: los cataclismos catastróficos que convierten el terror en el fundamento de la mentalidad humana..."

(Fragmento del episodio 18: Penélope)

¿Por qué un fracaso recurrente habría de deprimirle aún más?

Porque en el momento crucial de la existencia humana él quería corregir muchas de las circunstancias humanas, resultado de la desigualdad y de la avaricia y de la animosidad internacional. ¿Creía él entonces que la vida humana era infinitamente perfectible, eliminando esas circunstancias?

Quedaban las circunstancias genéricas impuestas por las leyes naturales, a diferencia de las leyes humanas, como partes integrantes del conjunto humano: la necesidad de destrucción para procurarse la sustancia alimenticia: el carácter doloroso de las últimas funciones de la existencia personal, las agonías al nacer y al morir: la monótona menstruación de las hembras símicas y (especialmente) de las humanas que se prolonga desde la pubertad hasta la menopausia: los inevitables accidentes en el mar, en las minas y en las fábricas: algunas enfermedades particularmente dolorosas y consiguientes operaciones quirúrgicas, la locura innata y la criminalidad congénita, las epidemias diezmadoras: los cataclismos catastróficos que convierten el terror en el fundamento de la mentalidad humana: los levanta- mientos sísmicos cuyos epicentros se localizan en regiones densamente pobladas: el hecho del crecimiento vital, pasando por convulsiones de metamorfosis, desde la infancia pasando por la madurez hasta el deterioro.


James Joyce (Irlandés fallecido en Suiza, 1882-1941).

martes, 23 de junio de 2020

Epidemias: CARTA DE UNA DESCONOCIDA, de Stefan Zweig

"He encendido una quinta vela y la he colocado en la mesa, sobre la cual te escribo."

(Fragmento)

«Es curioso» pensó, y tomó nuevamente la carta entre sus manos. Arriba a manera de título, aparecía escrito: «A ti, que nunca me has conocido». Muy extrañado, se detuvo. ¿Se trataba de una carta destinada efectivamente a él, o a una persona imaginaria? De pronto, saciando su curiosidad, comenzó a leer:

«Mi hijo ha muerto ayer. Durante tres días y tres noches he estado luchando con la muerte, queriendo salvar esta pequeña y tierna vida, y durante cuarenta horas he permanecido sentada junto a su cama, mientras la influenza agitaba su pobre cuerpo, ardiente de fiebre día y noche. Al final he caído desplomada. Mis ojos no podían ya más, y se me cerraban sin que yo me diera cuenta. He dormido durante tres o cuatro horas en la dura silla, y mientras dormía se lo ha llevado la muerte. Ahora está allí ese pobre, ese querido niño, en su estrecha camita, tal como murió: únicamente le han cerrado los ojos, aquellos ojos suyos, oscuros e inteligentes; le han cruzado las manos sobre la camisa blanca, y cuatro velas arden a los costados de la cama. No me atrevo a mirarle; no tengo valor para moverme, pues cuando tiemblan las llamas de las bujías, las sombras se deslizan sobre su cara y sobre su boca cerrada, dando la impresión de que sus rasgos se mueven, con lo cual podría yo pensar un momento que no había muerto, que podía despertar para decirme con su voz clara alguna palabra llena de cariño infantil. Pero sé que está muerto y no quiero mirarle para no volver a abrigar una vana esperanza y verme de nuevo desilusionada. Lo sé, lo sé; mi hijo ha muerto ayer y ahora no me queda en todo el mundo nadie más que tú; tú, que no sabes nada de mí; tú, que entretanto te distraes con tus asuntos o con otros hombres. Sólo te tengo a ti, que nunca me conociste, a quien siempre he querido.

«He encendido una quinta vela y la he colocado en la mesa, sobre la cual te escribo. Hago esto porque no puedo estar sola con mi hijo muerto sin gritar lo que pesa sobre mi alma, ¿y a quién podría yo hablar en esta hora terrible sino a ti, que has sido y aún lo eres todo para mí? Quizás no pueda explicarme claramente, quizás no me comprendas; tengo pesada la cabeza, siento un latido en las sienes y me duelen los miembros. Creo que tengo fiebre; tal vez sea la influenza que anda ahora de puerta en puerta, y esto último sería lo mejor, pues así me iría con mi hijo sin necesidad de hacer nada contra mí misma. De vez en cuando, algo oscuro se me pone delante de los ojos, y acaso no pueda acabar esta carta; pero quiero reunir todas mis fuerzas para hablar contigo esta sola vez, contigo, mi amor, que no me has conocido nunca.

«Sólo a ti quiero hablarte, decírtelo todo por primera vez; debes conocer toda mi vida, que ha sido siempre tuya y de la que nada has sabido jamás. Pero este secreto mío, deberás conocerlo sólo después de mi muerte, cuando ya no necesites contestarme, cuando esto que sacude mis miembros, este escalofrío, signifique realmente el fin. Si he de continuar viviendo haré pedazos esta carta y continuaré callando, como he callado siempre. Cuando la tengas en tus manos será una muerta la que te cuente su vida, su vida, que fue tuya desde su primera hasta su última hora. No debes temer mis palabras; una muerta no quiere ya nada: ni amor, ni compasión, ni consuelo. Sólo deseo algo de ti, y es que creas todo lo que mi dolor, que en ti se refugia, te dice. Créeme todo; sólo ése es mi ruego; no se miente a la hora de la muerte de un hijo único.»

Stefan Zweig (Austríaco fallecido en Brasil, 1881-1942).

lunes, 22 de junio de 2020

Epidemias: LOS DEMONIOS DE LOUDUN, de Aldous Huxley

"... el precedente 22 de junio, habiendo dejado caer por equivocación el exorcista un poco de azufre ardiendo en la boca de la hermana Claire..."

(Fragmento del capítulo VII)

La epidemia de Loudun era una «enfermedad iatrogénica» producida y alimentada. por sus mismos médicos. 

La hermana Juana y las monjas, sus compañeras, habían tenido una educación religiosa desde su niñez y habían observado siempre una vida de perfecta castidad. Pues bien, como por vía de inducción, esas lecciones obraron a modo de un estímulo en su existencia creando dentro del cerebro y en la mente un centro psico-físico del cual habían de emanar las determinaciones con­tradictorias de irreligión y de obscenidad. Todas las colecciones de cartas espirituales abundan en referencias a aquellas horribles tentaciones contra la fe y contra la castidad y a las cuales se hallan sujetos muy especialmente los que buscan la perfección. Los buenos rectores de almas señalan que todas esas tentaciones son un rasgo normal y casi inevitable de la vida espiritual y que hay que cuidar que no ocasionen ningún mal que no pueda ser justificado. En tiempos ordinarios esos pensamientos y sentimientos negativos eran reprimidos y, si afloraban a la conciencia, rechazados por un esfuerzo de voluntad. Debilitada por alguna dolencia psicosomática y frenética a causa de su abandono o indulgencia con respecto a las fantasías de cosas irrealizables y prohibidas, la madre superiora perdió todo poder para controlar los indeseables resultados del proceso de la inducción. La conducta de los histéricos es contagiosa; por lo tanto, el ejemplo de la prio­ra fue seguido por las otras monjas. Muy pronto todo el convento se vio hundido y arrojado al paroxismo, profiriendo blasfemias y escupiendo obscenidades. En razón de una publicidad que se estimó había de ser favorable a las respectivas órdenes religiosas y a la Iglesia en general, o con la deliberada intención de mane­jar a las monjas como instrumento para la aniquilación de Grandier, los exorcistas hicieron cuanto estaba en su poder para alen­tar e incrementar el escándalo. Se forzó a las monjas a realizar las mayores extravagancias en público, fueron inducidas y animadas a blasfemar delante de distinguidos visitantes y a hacer los mayores disparates y los más disparatados desatinos. Hemos visto ya que a los comienzos de su dolencia la priora no creía ser víc­tima de posesión demoníaca. Sólo después que su confesor y los otros exorcistas le aseguraron reiteradamente que se hallaba repleta de demonios, la pobre sor Juana llegó por fin al convencimiento de que estaba endemoniada y de que su única preocupación desde entonces debía ser la de comportarse como tal. Y esto mismo ocurrió con alguna de las otras monjas.

Leemos en un libelo publicado en 1634 que la hermana Agnes se había dado cuenta en repetidas ocasiones, durante los exorcismos, de que ella no era una endemoniada. Pero los frailes le habían dicho que sí lo era y la habían obligado a seguir sometiéndose a aquellas ceremonias de expurgación. Y «el precedente 22 de junio, habiendo dejado caer por equivocación el exorcista un poco de azufre ardiendo en la boca de la hermana Claire, la pobre muchacha se retorció bañada en lágrimas diciendo que desde que le habían asegurado que se hallaba poseída por los demonios se encontraba dispuesta a creerlo, pero que no creía que mereciera ser tratada de aquel modo». Aquello, que comenzó espontáneamente como un acto de histeria, iba siendo completado por medio de la sugestión a cargo de Mignon, de Barré, de Tranquille y compañía. Todo fue muy bien comprendido a su tiempo. «Concedido que no hay engaño en el asunto -escribía el anónimo autor del libelo a que nos hemos referido-, ¿se sigue necesariamente que las monjas son posesas? Pero ¿no puede ser que en su locura y gracias a su imaginación disparatada ellas se crean poseídas cuando en realidad no lo están?» «Esto -continúa nuestro autor- puede acontecerles a las monjas por alguno de estos tres motivos: Primero: a causa de los ayunos, vigilias y meditaciones sobre el infierno y Satanás. Segundo: a consecuencia de alguna observación de su confesor; algo que les haga pensar que son objeto de tentación por parte del demonio. Y tercero: que el confesor, al darse cuenta de que ellas se comportan de manera extraña, imagine, en su ignorancia, que están poseídas o hechizadas, y luego por la influencia que ejerce sobre su pensamiento, las persuada de que es así.» En el presente caso la errónea creencia de la posesión era debida al tercero de los motivos. Lo mismo que los envenenamientos mercuriales y antimónicos de los primeros tiempos y los de azufre y las fiebres de los sueros de la época actual, así la epidemia de Loudun era una «enfermedad iatrogénica» producida y alimentada. por sus mismos médicos a quienes se consideraba como los restauradores de la salud de sus pacientes.


Aldous Huxley (Inglés fallecido en Estados Unidos, 1894-1963).

(Traducido al español por Enrique de Antón Cuadrado).

domingo, 21 de junio de 2020

Epidemias: SIDDHARTA, de Hermann Hesse

"Como cuando una nación sufre la peste y se dice que allí o allá hay un hombre, un sabio..."

Primera parte: El hijo del Brahmán

(Fragmento)

Una vez, cuando los jóvenes hacía ya aproximadamente tres años que vivían con los samanas y habían participado en todos sus ejercicios, les llegó de lejos una noticia, un rumor, una leyenda: había surgido un hombre, llamado Gotama, el majestuoso, el buda, que en su persona había superado el dolor del mundo y había parado la rueda de las reencarnaciones. Enseñando, rodeado de discípulos, recorría el país sin propiedades, sin casa, sin mujer, tan sólo con el ropaje amarillo del asceta, pero con la frente alegre, como un bienaventurado, y los brahmanes y los príncipes se inclinaban ante él y se convertían en sus discípulos.

Esta leyenda, este rumor, este cuento sonó en el aire, perfumó la atmósfera aquí y allá. Los brahmanes hablaban de ello en las ciudades, los samanas en el bosque; siempre se repetía el nombre de Gotama, el buda, a los oídos de los jóvenes, para bien y para mal, en alabanzas e improperios.

Como cuando una nación sufre la peste y se dice que allí o allá hay un hombre, un sabio, un experto cuya palabra y aliento es suficiente para curar a todos los enfermos, y esta noticia recorre el país y todos hablan de ella, unos la creen, otros dudan, pero muchos se ponen rápidamente en camino para buscar al sabio, al salvador, así también con aquel rumor perfumado de Gotama, el buda, el sabio de la tribu de los Sakias. Los creyentes decían que Gotama poseía la máxima ciencia, se acordaba de sus vidas pasadas, había alcanzado el nirvana y jamás volvería al ciclo, jamás se hundiría de nuevo en la turbia corriente de las configuraciones. Se decía de él muchas cosas maravillosas e increíbles, había hecho milagros, había superado al demonio, había hablado con los dioses.

Pero sus enemigos y los incrédulos afirmaban que este Gotama era un vano seductor, que pasaba sus días, holgadamente, despreciaba los sacrificios, no era sabio y desconocía los ejercicios y la mortificación.

La leyenda del buda era dulce, los informes llevaban el perfume del encanto. Ciertamente el mundo se hallaba enfermo y la vida era difícil de soportar. Y no obstante, pongan atención: una fuente parece sonar como un suave mensaje, lleno de consuelo y de nobles promesas. En todas partes adonde llegaba la voz del buda, en todas las regiones de la India, los jóvenes escuchaban con interés, sentían anhelo, esperanza; cualquier peregrino o forastero recibía excelente acogida entre los hijos de los brahmanes de las ciudades, si traía noticias de Gotama, el majestuoso, el Sakiamuni.

Hermann Hesse (Alemán nacionalizado suizo, 1877-1962).
Obtuvo el premio Nobel en 1946.

viernes, 19 de junio de 2020

Epidemias: LA MUERTE EN VENECIA, de Thomas Mann

"En casa de sus padres, hacía muchos años, había un reloj de arena..."

(Fragmentos del capítulo V)

- ¿De manera que no hay ninguna epidemia en Venecia? -preguntó Aschenbach con voz casi imperceptible, hablando entre dientes. Los musculosos rasgos del histrión se contrajeron expresando un asombro que tenía mucho de cómico.

- ¿Una epidemia? ¿Qué epidemia va a haber? ¿Es epidemia el siroco? ¿Acaso es una epidemia nuestra Policía? ¡Usted bromea! ¡Una epidemia! ¡No diga usted eso! Sólo se trata de una medida de previsión policial. ¿Entiende usted? Una disposición en vista del tiempo bochornoso.

Y acabó en una serie de gestos.

()

Mientras tanto, los venecianos habían terminado y desfilaban. La concurrencia los despedía con aplausos. El director no quiso marcharse sin adornar la salida con algunas gracias. Comenzó a hacer reverencias y a tirar besos con las manos en forma que excitaba la hilaridad de los espectadores, lo cual hacía que él acentuase más y más lo grotesco de sus movimientos y gesticulaciones. Cuando sus compañeros estaban ya fuera, hizo como si, al salir retrocediendo, tropezara en el poste de uno de los focos. Al lastimarse así, corrió hacia la puerta, haciendo contorsiones de dolor. Una vez en la puerta, arrojó su máscara de bufón, se irguió elásticamente, sacó cínicamente la lengua a la concurrencia y se sumió en la oscuridad.

La gente fue dispersándose poco a poco. Tadrio había desaparecido de la balaustrada, pero el solitario se quedó aún largo rato, provocando la irritación de los camareros, sentado a su mesa, ante lo que le quedaba de refresco de granadina. La noche avanzaba, fluía el tiempo. En casa de sus padres, hacía muchos años, había un reloj de arena... De pronto vio ante sus ojos, como con gran claridad, el frágil aparato. La arena parda y fina corría incesante por el pico de cristal, corría, monótona y silenciosa, eternamente...

Al día siguiente, por la tarde, hizo un nuevo esfuerzo para investigar los aconteci- mientos del mundo exterior, y esta vez con todo el éxito posible. En la plaza de San Marcos entró en una agencia inglesa de viajes, y después de cambiar alguna moneda, dirigió al empleado que le había servido, adoptando un aspecto de forastero, desconfiado, la pregunta fatal. El empleado era un inglés auténtico, correctamente vestido, joven aún, con el cabello partido por la mitad, y emanaba de él esa firme lealtad que resulta tan exótica, tan maravillosa en el Mediodía, donde abunda la expresión ambigua. Comenzó con la eterna canción: «No hay ningún motivo de alarma, señor. Una medida sin importancia seria. Disposiciones de esa naturaleza se toman a menudo para prevenir los posibles daños del calor y del siroco...»

Pero, al levantar los ojos, se encontró con la mirada del forastero, una mirada cansada y un tanto triste, que con una ligera expresión de desprecio se posaba en él. El inglés enrojeció: «Ésta es, al menos -siguió a media voz y con cierta vivacidad-, la explicación oficial, con la que aquí todos se conforman. Sin embargo, creo que hay algo más detrás de esto.» Luego, en su lenguaje honrado y preciso, contó lo que realmente ocurría.

Hacía ya varios años que el cólera indio venía mostrando una tendencia cada vez más acentuada a extenderse. Nacida en los cálidos pantanos del Delta del Ganges, y llevada por el soplo mefítico de aquellas selvas e islas vírgenes, de una fertilidad inútil, evitadas por los hombres, en cuyas espesuras de bambú acecha el tigre, la peste se había asentado de un modo permanente, causando estragos inauditos en todo el Indostán; después, había corrido por el Oriente, hasta la China, y por Occidente hasta Afganistán y Persia. Siguiendo la ruta de las caravanas, había llevado sus horrores hasta Astracán y hasta el mismo Moscú. Y mientras Europa temblaba, temerosa de que el espectro entrase desde allá por la tierra, la peste, navegando en barcos sirios, había aparecido casi al mismo tiempo en varios puertos del Mediterráneo; había mostrado su lívida faz en Tolón, Palermo y Nápoles; había producido varias víctimas, y estallaba con toda su intensidad en Calabria y Apulia. El norte de la península había quedado inmune. Pero, a mediados de mayo, habían descubierto en Venecia, en un mismo día, los terribles síntomas del mal en los cadáveres ennegrecidos, descompuestos, de un marinero y de una verdulera. Estos casos se mantuvieron en secreto. Pero poco después se habían presentado diez, veinte, treinta casos más en diversos barrios de la ciudad. Un hombre de una villa austríaca, que había ido a pasar unos días en Venecia, había muerto en su tierra, al volver, mostrando síntomas indudables. De este modo habían llegado a la Prensa alemana las primeras noticias de la peste. Las autoridades de Venecia respondían que nunca había sido más favorable el estado sanitario de la ciudad, y tomaban las medidas más necesarias para combatir el mal. Pero podían estar infectados los alimentos; las legumbres, la carne, la leche. La peste, negada y escondida, seguía haciendo estragos en las callejuelas angostas, mientras el prematuro calor del verano, que calentaba las aguas de los canales, favorecía extraordinariamente su propagación.

Hasta se hubiera dicho que la peste había recibido nuevo alimento, duplicado la tenacidad y fecundidad de sus bacilos. Los casos de curación eran raros. De cien atacados, ochenta morían del modo más horrible; pues el mal aparecía con extraordinaria violencia, presentándose casi siempre en la más terrible de sus formas: la seca. El cuerpo no podía siquiera expulsar las grandes cantidades de agua que salían de los vasos sanguíneos. A las pocas horas, el enfermo moría ahogado por su propia sangre, convertida en una sustancia pastosa como pez, en medio de espantosas convulsiones y roncos lamentos. Podía considerarse feliz aquel en quien, como sucedía a veces, el ataque, después de un malestar ligero, se le producía en forma de un desmayo profundo, del que ya nunca, o rara vez, despertaba. Desde principios de junio, se habían ido llenando silenciosamente las barracas aisladas del hospital civil. En los dos hospicios empezaba a faltar sitio, y había un movimiento inmediato hacia San Michele, la isla del cementerio. Sin embargo, el temor a los perjuicios que sufriría la ciudad, las consideraciones a la Exposición de cuadros que acababa de inaugurarse, a los jardines públicos y a las. grandes pérdidas que el pánico podía producir en hoteles, comercios y en todos los que vivían del turismo, pudieron más en la ciudad que el amor a la verdad y el respeto a los convenios internacionales. Las autoridades siguieron, pues, tercamente su política de silencio y negación. El funcionario sanitario superior en Venecia, una persona honrada, había dimitido lleno de indignación, siendo remplazado inmediatamente por otra persona menos escrupulosa y más flexible.

Thomas Mann
(Alemán primero nacionalizado checoslovaco y más tarde estadounidense, 1875-1955).
Obtuvo el premio Nobel en 1929.

jueves, 18 de junio de 2020

Epidemias: LA PESTE ESCARLATA, de Jack London

"... signos de esa enfermedad era que toda la cara y el cuerpo del que estaba atacado por ella se ponían rojos."

(Fragmento)

- Fue en verano de 2013 cuando se declaró la peste escarlata… -Cara de Liebre expresó ruidosamente su alegría, batiendo palmas-. Yo tenía veintisiete años. Unos telegramas...

Cara de Liebre frunció el entrecejo.

- ¿Unos qué? -preguntó-. Ya vuelves a palabras que nadie entiende…

Edwin le impuso silencio, y el viejo prosiguió:

- En aquel tiempo, los hombres hablaban entre sí a través del espacio a miles y miles de millas de distancia. Así fue cómo llegó a San Francisco la noticia de que una enfermedad desconocida se había declarado en New York. En aquella ciudad, la más espléndida de toda América, vivían diecisiete millones de personas. De momento, la alarma no fue excesiva. Sólo habían tenido lugar unas pocas muertes. Sin embargo, según parecía, las defunciones habían sido rapidísimas. Uno de los primeros signos de esa enfermedad era que toda la cara y el cuerpo del que estaba atacado por ella se ponían rojos. En el curso de las siguientes veinticuatro horas se supo que se había declarado un caso en Chicago, otra gran ciudad. Y, el mismo día, corrió la noticia de que Londres, la mayor ciudad del Mundo después de New York y Chicago, luchaba en secreto contra aquel mal desde hacía ya dos semanas. Las noticias habían sido censuradas… Quiero decir que se había impedido que circularan por el resto del Mundo. La cosa parecía grave, desde luego. Pero nosotros, en California, lo mismo que en cualquier otra parte, no perdimos la cabeza. No había nadie que no estuviera convencido de que los bacteriólogos encontrarían el modo de aniquilar al nuevo germen, lo mismo que lo habían encontrado en el pasado en el caso de otros gérmenes. Lo que resultaba inquietante, sin embargo, era la rapidez prodigiosa con que aquel germen destruía a los humanos, y también el hecho de que la persona atacada por él muriera infaliblemente. Ni un solo caso de curación. En otro tiempo ya se había conocido la fiebre amarilla, una vieja enfermedad que tampoco resultaba nada apacible. Por la noche, cenaba uno con una persona que gozaba de buena salud, y, la mañana siguiente, si uno se levantaba lo bastante temprano, veía pasar bajo sus ventanas el coche fúnebre que se llevaba al convidado de la víspera. La nueva peste era todavía más expeditiva. Mataba mucho más aprisa. A menudo no transcurría ni una hora entre los primeros síntomas de la enfermedad y la llegada de la muerte. Había casos en que el atacado resistía varias horas; pero había otros en que todo terminaba a los diez o quince minutos de las primeras señales. Lo primero era que el corazón latía aceleradamente, y que aumentaba la temperatura corporal. Luego, una erupción de color rojo intenso se extendía como una erisipela por la cara y el cuerpo. Mucha gente no se daba cuenta de la aceleración de los latidos del corazón ni de la elevación de temperatura, y sólo recibía la advertencia en el momento en que se manifestaba la erupción. Ordinariamente, esta primera fase de la enfermedad aparecía acompañada por convulsiones; pero no parecían graves, y, cuando cesaban, aquel que las había superado volvía de repente a un profundo estado de calma. Entonces lo invadía una especie de entumecimiento que subía a partir del pie y el talón, alcanzaba las piernas, las rodillas, los muslos, el vientre, y seguía subiendo. En el instante mismo en que llegaba al corazón se producía la muerte. Ningún malestar o delirio acompañaban ese entumecimiento progresivo. La mente permanecía clara y activa, hasta el momento en que el corazón se paralizaba y dejaba de latir. Otro detalle no menos sorprendente era la veloz descomposición de la víctima después de la muerte. Mientras uno la miraba, su carne parecía desgre- garse, reducirse a pulpa. Fue esta última una de las razones de la rapidez del contagio. Los miles de millones de gérmenes del cadáver quedaban liberados instantáneamente. En estas condiciones, era inútil la lucha de la ciencia. Los bacteriólogos morían en sus laboratorios en el instante mismo en que iniciaban el estudio de la peste escarlata. Estos sabios eran unos héroes. En cuanto uno moría, otro tomaba su lugar. Un sabio inglés consiguió, en Londres, aislar por primera vez el germen. Se telegrafió la noticia a todas partes, y todo el Mundo cobró esperanzas. Pero Trask (así se llamaba el sabio) murió en el curso de las siguientes treinta horas. Había sido encontrado el célebre germen, sin embargo, y todos los laboratorios compitieron para descubrir el contragermen capaz de matar al de la peste escarlata. Todos estos esfuerzos fracasaron.


Jack London: John Griffith London (Estados Unidos, 1876-1916).

El texto íntegro pude leerse en Lecturia, biblioteca de relatos.