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Vancouver, luz de agosto en English Bay.

jueves, 10 de mayo de 2012

Reflejo entre las olas: LA LUNA Y EL MAR


Por alguna razón, cuando los poetas le cantan a la luna suelen relacionarla con el mar, sobre todo, a exaltar su reflejo sobre el agua. Al ocuparnos de este tema resulta inevitable alguna referencia a Li Po (o Li Bai como, según entiendo, sería lo correcto), quien parecía obsesionado por la luna. Entre sus poemas, siempre breves, se encuentra uno titulado De noche:
Agua diáfana... luna clara...
En el resplandor de la luna, vuela una garza.
¡Escuchad! Las doncellas recolectoras de castañas de agua
inundando de canciones la senda, retornan a casa.
 
De Víctor Hugo, cuya obra poética es casi desconocida, opacada por la magnitud de sus novelas, es este Claro de Luna que inicia diciendo "Era clara la luna y jugaba en el agua", para concluir de esta manera: 
 
¿Quién así turba el agua cerca del gran serrallo?
Ni es el cuervo marino, ni las olas mecidas,
ni las piedras del muro, ni el batir cadencioso
de una nave que avanza por el mar con sus remos.
 
Son tan sólo unos sacos, dentro se oyen sollozos.
Si sondearan el mar, dentro de ellos se verían
como formas humanas que se agitan convulsas.
Era clara la luna y jugaba en el agua.
 
En su Oda a la luna del mar, Pablo Neruda estableció la diferencia entre la "Luna de la ciudad, me pareces cansada, oscura me pareces o amarilla, con algo de uña desgastada o gancho de candado, cadavérica, vieja, borrascosa..." y más adelante se va hasta el extremo cuando escribe: "... y allí, cansada, arriba, con tus párpados viejos cada vez más cansada, más triste, más rellena de humo, con sangre, con tabaco, con infinitas interrogaciones, con el sudor nocturno de las panaderías, luna gastada como la única muela del cielo de la noche desdentada." En contraste, exalta entusiasmado a la luna marina:

De pronto
llego al mar
y otra luna
me pareces,
blanca,
mojada
y fresca
como
yegua
reciente
que corre
en el rocío,
joven
como una perla,
diáfana
como frente
de sirena.
Luna
del mar,
te lavas
cada noche
y amaneces
mojada
por una aurora eterna,
desposándote
sin cesar con el cielo, con el aire,
con el viento marino,
desarrollado cada
nueva hora
por el interno impulso
vital de la marea,
limpia como las uñas
en la sal
del océano.

Pero también en la narrativa es posible advertir esa misma insistencia. Entre la generosa abundancia que nos obsequia la obra de García Márquez, nunca he ocultado mi particular preferencia por Crónica de una muerte anunciada. Y este es un fragmento en el que su desdichado protagonista, Santiago Nasar, se refiere a la luna y el mar:
 
"Hasta entonces no había llovido. Al contrario, la luna estaba en el centro del cielo, y el aire era diáfano, y en el fondo del precipicio se veía el reguero de luz de los fuegos fatuos en el cementerio. Del otro lado se divisaban los sembrados de plátanos azules bajo la luna, las ciénagas tristes y la línea fosforescente del Caribe en el horizonte. Santiago Nasar señaló una lumbre intermitente en el mar, y nos dijo que era el ánima en pena de un barco negrero que se había hundido con un cargamento de esclavos del Senegal frente a la boca grande de Cartagena de Indias. No era posible pensar que tuviera algún malestar de la conciencia, aunque entonces no sabía que la efímera vida matrimonial de Ángela Vicario había terminado dos horas antes. Bayardo San Román la había llevado a pie a casa de sus padres para que el ruido del motor no delatara su desgracia antes de tiempo, y estaba otra vez solo y con las luces apagadas en la quinta feliz del viudo Xius."

Finalmente, y para no volver este texto demasiado extenso, concluyo con un párrafo de Ernest Hemingway en El viejo y el mar, en el que procura establecer su esencia femenina debido al influjo de la luna:

"Decía siempre la mar. Así es como le dicen en español cuando la quieren. A veces, los que la quieren hablan mal de ella, pero lo hacen siempre como si fuera una mujer. Algunos de los pescadores más jóvenes, los que usaban boyas y flotadores para sus sedales y tenían botes de motor comprados cuando los hígados de tiburón se cotizaban alto, empleaban el artículo masculino, le llamaban el mar. Hablaban del mar como de un contendiente o de un lugar, o de un enemigo. Pero el viejo lo concebía siempre como perteneciente al género femenino y como algo que concedía o negaba favores, y si hacía cosas perversas y terribles era porque no podía remediarlo. La luna, pensaba, le afectaba lo mismo que a una mujer."


Jules Etienne

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