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Vancouver, luz de agosto en English Bay.

viernes, 18 de mayo de 2012

José Alvarado: LA REGIÓN MÁS TRANSPARENTE, de Carlos Fuentes


El altar de los ladrones

El libro más discutido en México desde hace varias semanas es la novela La región más transparente del joven escritor Carlos Fuentes, por su lenguaje, sus influencias literarias, el trazo de sus personajes o su punto de vista sobre la vida de nuestra metrópoli. Y, como es natural, de un lado menudean los dicterios contra la obra y su autor y del otro las alabanzas.

Pero aparte de su valor literario, ciertamente vigoroso, el libro de Carlos Fuentes tiene importancia porque en sus páginas se expresa la opinión de un joven sobre algunos aspectos de la existencia mexicana posterior a la Revolución y derivada de ella. Fuentes nació cuando se había disipado ya el humo de los disparos de José de León Toral y estaba seca la sangre de las víctimas de Topilejo. Los años iniciales de su vida transcurrieron después de la historia de Cárdenas sobre Calles. No carga, pues, con el prejuicio de quienes militaron en alguna de las facciones revolucionarias y pertenece a una generación que ve al país con ojos muy distintos de quienes fueron, digamos, vasconcelistas.

Por su niñez no pasaron las ráfagas heroicas de los guerrilleros, ni la leyenda de los caudillos. Pero su juventud presenció la primavera de la codicia y la alborada de la falsificación. Antiguos agraristas desmelenados mostraban un cabello gobernado con la pomada de los millones mal habidos, y viejos paladines de la revolución social rodaban en coches de lujo hasta sus horrendos, pero opulentos, palacios de Acapulco. Todo ello, mientras cada año aumentaba el número de braceros deseosos de cruzar la frontera norte y una risueña y jacarandosa prosperidad nacional se refugiaba en unas cuantas casas de negociantes de la revolución y sus amigos, y huía de las vecindades, cada vez más pobres y tristes, donde se
amontona el pueblo.

La región más transparente presenta, en uno de sus aspectos, la imagen de este mundo y ha sido calificada por ello de obra negativa y pesimista. Se dice, inclusive, que si tales fueron los resultados de la revolución, de nada sirvieron el esfuerzo, la sangre, la fe y el heroísmo de quienes la iniciaron y siguieron, ni de los que murieron bajo el sol o en las trágicas madrugadas de los fusilamientos.

Se olvida, sin embargo, que Fuentes no tiene la culpa de que así hayan sucedido las cosas y que no es ningún camino para salvar a la revolución el silencio sobre quienes la han traicionado, escarnecido y falsificado. Es, por lo contrario, uno de los servicios que pueden hacerse a la revolución y una de las maneras de salvarla.

¿Se trata acaso de obligar a los jóvenes, en nombre de una discutible lealtad a la revolución mexicana, a conservar los falsos pedestales donde se levantan los homicidas disfrazados de héroes y los ladrones vestidos de promotores de la riqueza nacional?

El libro de Carlos Fuentes es una prueba de que los jóvenes repudian los mitos de gelatina y los tabúes de oropel, las frases convencionales y los libritos ramplones donde cualquier pedante que hubiera sido reprobado en contabilidad aparece como un audaz capitán de las finanzas, o un mediocre de ayer, sin la capacidad necesaria para llegar a intendente, figura como un gran estadista. Y es también una muestra de que el gran soborno que ha pretendido tenderse hacia la inteligencia mexicana, sobre todo, hacia sus representantes juveniles, no dará resultados, por fortuna.

Resulta mucho más revolucionario, en el único sentido de la palabra, el libro de Fuentes, que todas las maromas líricas y los chicoleos dialécticos de algunos intelectuales, que no encuentran mejor modo de llamar la atención del licenciado López Mateos y colocar la mochila de su inteligencia en el tren de la fácil victoria, rumbo a los altos puestos públicos.

La actitud crítica de los jóvenes de hoy y su rechazo al gran soborno, es, entre otras cosas, uno de los resultados positivos de la revolución. Si la revolución mexicana hubiera sido inútil y estuviera frustrada, todos los mozos de hoy escribirían, según su capacidad o su diligencia, líneas, párrafos, páginas, folletos, libros y hasta enciclopedias, sin olvidar discursos y poemas como ditirambo de todos y cada uno de los secretarios de Estado y, naturalmente, del general Olachea y de absolutamente todos los candidatos de su partido. Por fortuna, no es así.

En la obra de Fuentes, cuya acción se desarrolla en ciertos ámbitos tenebrosos de la ciudad de México, aparecen muchos aspectos negativos y tristes de la vida mexicana de hoy, y están en lo justo quienes señalan cierto exceso de tintes sombríos y un defecto de luz; pero se trata de una protesta contra lo sucio, lo feo, lo equivocado y lo perverso. Y ¿no hay esperanza en toda protesta?

Una protesta que no es sólo de Fuentes, sino de toda una generación. Protesta revolucionaria contra los falsificadores de la revolución y la situación que han causado con su poder ilícito e ilegítimo.

O qué, ¿en nombre de la confianza en la revolución vamos a perdonar para siempre los crímenes de toda clase de caciques, desde los rurales y los del villorrio hasta los urbanos y metropolitanos, que con mil disfraces y muchos cientos de millones pretenden conservar  su situación de ominoso privilegio y conspiran para ello?

En nombre de la esperanaza, ¿se va a atajar el juicio de los jóvenes contra lo que constituye un cáncer, no sólo de la revolución, de la economía y la cultura nacionales, sino de la misma vida mexicana?

En todo caso, el libro de Fuentes es una obra polémica. ¿Dónde está una respuesta con la misma dimensión?


José Alvarado
Publicado en el diario Excélsior, el 21 de junio de 1958.

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