.

.
Vancouver, luz de agosto en English Bay. (Fotografía de Jules Etienne)

viernes, 24 de febrero de 2017

Carnaval: EL PALACIO DE HIELO, de F. Scott Fitzgerald

"Lo están construyendo con los bloques de hielo más transparentes que han encontrado, y es enorme."

(Fragmento)

- Estamos en carnaval, ya sabes: el primero desde hace diez años. Y están levantando un palacio de hielo, el primero desde 1885. Lo están construyendo con los bloques de hielo más transparentes que han encontrado, y es enorme.
 
Sally se levantó, se acercó a la ventana, apartó los pesados cortinones y miró a la calle.
 
- ¡ Ah! -exclamó de repente-. ¡Hay dos niños haciendo un muñeco de nieve! Harry, ¿puedo salir a ayudarles?
 
- ¡Estás soñando! Ven y dame un beso.
 
Se apartó de la ventana a regañadientes.
 
- No creo que este clima sea el mejor para besarse, ¿no te parece? Vaya, que no tienes ninguna gana de quedarte quieto, sin hacer nada, ¿no?
 
- No vamos a quedarnos quietos. Tengo libre la primera semana que vas a pasar aquí, y esta noche vamos a ir a cenar y a bailar.
 
- Ay, Harry -confesó, sentándose a medias en sus piernas y en los cojines-, me siento confundida, de verdad. No tengo la menor idea de si me gustará este sitio, y no sé lo que la gente espera de mí, ni nada de nada. Tienes que ayudarme, querido.
 
- Te ayudaré -dijo con ternura-, si me dices que estás contenta de haber venido.
 
- Claro que estoy contenta, ¡terriblemente contenta! -murmuró Sally, introduciéndose entre sus brazos como ella sólo sabía hacerlo-. Donde tú estás, está mi casa, Harry.
 
 
Francis Scott Fitzgerald (Estados Unidos, 1896-1940) 

jueves, 23 de febrero de 2017

Carnaval: EL CARNAVAL, de Manuel Bretón de los Herreros

 
(Fragmento)
 
¡Oh Carnaval risueño y anhelado!
Haciendo gala ya del sambenito,
El pueblo te saluda alborozado.

¡Ya, abusando del público apetito,
Esta es la mía!, dice el pastelero,
Y el hojaldre encarece y el cabrito.

Ya la manola con procaz salero
Cantando al son de ronca pandereta
Alborotado tiene el barrio entero.

Ya al avaro, ignorante de la treta,
Cabe el umbral de alegre barbería
Escarmienta clavada la peseta.

Ya, cuando el manto de la noche fría
Al mundo vela, en lúbrica algazara
Madrid aguarda el presuroso día.

¡Filósofos! Mirad. ¿Quién lo pensara!
Rubias, cetrinas, espantosas, bellas...
Ya no hay mujer contenta con su cara.

¡Filósofos! Reíd. Veinte doncellas,
Modelos de beldad, Fileno esquiva,
Y de vieja salaz sigue las huellas;

Vieja salaz, que un soplo la derriba,
Y aun en el pecho siente, a par del asma,
De ridículo amor la llama activa.

¡Huye a rezar, escuálida fantasma!
¡Huye, y sumida en olvidado lecho
Ponte la consabida cataplasma!

¿Veis aquel que tan vano y satisfecho
Arrastra en el salón purpúreo manto?
Pues no tiene ni viña ni barbecho.

¿Veis aquel otro que se engríe tanto
Porque ostenta una toga? Ayer me dijo:
¡Qué morazo sería aquel Lepanto!

Necio y sabio, la corte y el cortijo...;
Todo se amasa aquí. Cada viviente
Es una farsa andando, un acertijo.

Ya el guirigay resuena impertinente.
¿Y cómo no reír cuando a un becerro
Oigo charlar en tiple aunque reviente?

¿Y cómo no reír cuando por yerro
Se ciñe diplomática venera
Quien debiera llevar rudo cencerro?

Ved. En vano Damón busca a Glicera,
Y en tanto un licencioso mancebillo
De su mórbido talle se apodera.

¿Y quién se guarda del osado pillo?
¿Y quién le acusa, quién, si cada bulto
Puede apenas pisar medio ladrillo?

¡Qué bulla! ¡Qué sudar! Acá un singulto;
Allí se escucha un ¡ay, que me sofoco!
Allá de un pisotón nace un insulto;

Otro acullá da vueltas como loco;
Otro, creyendo oír plática tierna,
Oye tal vez rabaneril descoco;

Más allá con las náyades alterna
En muelle danza un sátiro nefando
Que cinco lustros mueve en cada pierna.

No allí de puro amor el eco blando;
Que el metro de Reaumur sube con furia.
¿Dónde es ido el rubor? Es contrabando.

Ya al oído más casto no es injuria
Torpe solicitud. Ya su veneno
No reboza galante la lujuria.

¡Oh cuadro escandaloso! Mal enfreno
Mi horror al contemplarte y mi quebranto;
Que cristiano soy yo, no sarraceno.

No llega, oh Momo, mi locura a tanto
Que a carcajadas sin pudor me ría
Cuando debo anegarme en triste llanto.

Ya opresa de dolor el alma mía...
Mas ¡llorar un satírico poeta!...
¡Y en Carnaval!... No, no. ¿Qué se diría?

«¿Eres tú, me dirán, anacoreta?
¿Tendrás más juicio tú, que nos reprendes,
Si el dominó te cubre y la careta?

»¿Acaso el mundo reformar pretendes?
¿No ha de otorgarse al pueblo algún recreo?
¡También contra las máscaras la emprendes!»

Basta, no me creáis; que me chanceo.
Torno a reír, y el dominó me pongo,
Y en bacanal festín me regodeo.

Manuel Bretón de los Herreros (1796-1873).
 
La ilustración corresponde a detalle de Baile de máscaras (1767), de Luis Paret y Alcázar.

miércoles, 22 de febrero de 2017

Carnaval: EL ENANO, de Pär Lagerkvist


(Fragmento)
 
¿Qué es la religión? Mucho he reflexionado sobre esto, pero en vano.
 
Reflexioné sobre ello especialmente cuando fui obligado a oficiar como arzobispo, con todos los ornamentos sacerdotales, en una fiesta de carnaval, hace unos años, y a dar la santa comunión a los enanos de la corte de Mantua que su príncipe había traído para esa ocasión. Nos reunieron ante un pequeño altar que se levantó en una sala del castillo, y alrededor de nosotros tomaron asiento, burlándose, todos los invitados, caballeros y nobles, entre los cuales figuraban algunos jóvenes fatuos ridículamente ataviados. Yo alcé el crucifijo y todos los enanos se pusieron de rodillas. "He aquí a vuestro salvador", declaré con firme voz Y los ojos inflamados de pasión. "He aquí al salvador de todos los enanos, un enano él mismo, que sufrió bajo el gran príncipe Poncio Pilato, y fue suspendido sobre su pequeña cruz de juguete para gozo y alivio de todos los hombres de la tierra." Tomé el cáliz y se lo presenté: "He aquí su sangre de enano, con la que todos los grandes pecados quedan lavados, y todas las almas manchadas, blancas como la nieve." Y tomé la hostia y se la enseñé, y comulgué ante ellos bajo las dos especies, según la costumbre, explicándoles el sentido del misterio sagrado: "Yo como su cuerpo que era deforme como el vuestro. Es amargo como la hiel porque está lleno de odio. ¡Ojalá comierais de él todos vosotros! Yo bebo su sangre, y ella quema como un fuego que nada puede apagar. Es como si bebiera mi propia sangre. ¡Salvador de los enanos, pueda tu fuego consumir el mundo entero!"
 
Y arrojé el vino sobre los asistentes que contemplaban con estupor y pálido semblante nuestra siniestra ceremonia.
 
No soy un profanador. Quienes estaban cometiendo una profanación eran ellos, no yo. Pero el príncipe me hizo engrillar durante varios días, porque se trataba de divertir a los huéspedes, y yo los había perturbado, casi amedrentado.
 
 
 Pär Lagerkvist (Suecia, 1891-1974). Obtuvo el premio Nobel en 1951.
 
(Traducido al español por Fausto de Tezanos Pinto)
 
La ilustración corresponde a Bufón don Sebastián de Morra (1645), de Diego Velázquez. 

lunes, 20 de febrero de 2017

Carnaval: EL MUNDO ES ANCHO Y AJENO, Ciro Alegría

"Hombres y mujeres, intercalados y tomados de las manos, formaron rueda y se pusieron a dar vueltas en torno al árbol."
 
(Fragmento inicial del capítulo 6: El ausente)

Marchaba hacia el sur, contra el viento, contra el destino. El viento era un viejo amigo suyo y pasaba acariciándole la piel curtida. El destino se le encabritaba como un potro y él cambiaba de lugar y marchaba y marchaba con ánimo de doblegarlo. Toda idea de regreso lo aproximaba a la fatalidad. Sin embargo, era dulce pensar en la vuelta. Sobre todo en ese tiempo en que veía espigas maduras y maizales plenos. Los comuneros estarían trillando, gritando, bailando... Rumi también lo extrañaba y durante los días siguientes a la cosecha, recordándolos, advertía la ausencia de Benito Castro y que nadie, nadie sabía dónde se hallaba. Era penoso. Benito se sentía muy abandonado y en el camino largo, su caballo -antiguo comunero- era el consuelo de su soledad.
 
- ¡Ah, suerte, suerte! Paciencia no más, caballito...
 
Abram Maqui le había enseñado a domar. Menos mal que a Augusto parecía gustarle también. Él lo dejó queriendo aprender, tratando de sujetarse. Bueno era tener su caballo y entenderse con él como se entendía con Lucero. Lucero era blanco, tranquilo sin ser lerdo y le había puesto ese nombre recordando a la estrella de la mañana. Cuando lo palmeaba en la tabla del pescuezo, el caballo le correspondía frotándole la cabeza contra el hombro. Habían caminado mucho juntos y las leguas dan intimidad.
 
Cruzaron varías provincias y pararon por primera vez en las serranías de Huamachuco. Benito Castro se contrató de arriero en una hacienda. Esa era la historia de caminar para volver al mismo sitio, o sea el atolladero de la pobreza, pero no importaba. Había que hacer algo y él lo hacía. Cuando sucedió que vino la fiesta de carnavales y la peonada de la hacienda se puso a celebrarla.
 
De mañana se paró un unsche, o sea un árbol repleto de toda clase de frutas -naranjas, plátanos, mangos, mameyes- y de muchos objetos verdaderamente codiciables: pañuelos de colores, espejitos, varios pomos de Agua Florida, una que otra cuchilla, algún rondín. Los pomos estaban amarrados en el tallo para que las ramas los defendieran del golpe. Hombres y mujeres, intercalados y tomados de las manos, formaron rueda y se pusieron a dar vueltas en torno al árbol. En él los frutos se mecían con lentitud y brillaban y coloreaban los objetos. Era un precioso árbol. Un hombre que estaba al pie, provisto de una banderola verde, se puso también a dar vueltas, pero en sentido contrario a los que formaban la rueda, cantando con gruesa voz versos chistosos:

Ya se llegó carnavales,
guayay, silulito,
la fiesta de los hambrientos
como yo.

Esa era la danza del Silulo. Después de cada verso venía el estribillo...


Ciro Alegría (Perú, 1909-1967) 

domingo, 19 de febrero de 2017

Carnaval: EL MARINO QUE PERDIÓ LA GRACIA DEL MAR, de Yukio Mishima


(Fragmento)
 
- Tu regalo tiene historia -prosiguió Ryuji, ignorante de la tensión del ambiente. Puso el cocodrilo junto a la almohada de Noboru-. Lo han disecado los indios del Brasil. Son tribus indias de verdad. Cuando llega el carnaval, los guerreros se ponen en la cabeza, delante de las plumas que llevan en el pelo, cocodrilos como éste o aves acuáticas disecadas. Y se atan a la frente tres pequeños espejos redondos que, al reflejar el fuego de las hogueras, les hacen parecer demonios de tres ojos. Se cuelgan dientes de leopardo alrededor de la garganta y se envuelven en pieles de leopardo. Todos llevan carcaj a la espalda, y arcos preciosos, y flechas de colores. Bueno, ésta es la historia de este cocodrilo. Es parte del vestido ceremonial de los indios brasileños en tiempo de carnaval.
 
 
Yukio Mishima (Japón, 1925-1970)
 
La ilustración corresponde a una fotografía de la tribu Xingú en territorio amazónico. 

sábado, 18 de febrero de 2017

Carnaval: EL CARNAVAL, de Gustavo Adolfo Bécquer

"... el Carnaval no tiene razón de ser, y sin embargo existe."

II.

La época del Carnaval ha pasado. El carnaval parece que parodiaba en el mundo moderno la costumbre que en el antiguo permitía á los esclavos en ciertos días del año jugar a los señores y tomarse con éstos todo género de libertades y aun de licencias. En la Venecia de los tenebrosos Consejos, de los Palomos y del puente de los Suspiros, en la Roma de los Borgias, en cualquiera parte donde el pueblo ha vivido sujeto por una mano de hierro á un poder más ó menos tiránico, se comprendía esta periódica explosión de libertad y de locura. La política y el amor pedían prestado su traje á Arlequín, y al alegre ruido de los cascabeles del cetro del bufón, urdían la trama de su novela sangrienta ó sentimental. La aparente rigidez de las costumbres, el aislamiento del hogar, el carácter propio de la época, hacían necesarias esas noches de luna velada por nubes, de rostros ocultos con antifaces, de algazara popular y de misterios, en el Corso y en Rialto.

En este siglo de meetings y de comités, de Teatro Real y de temporada de baños, en este siglo de periódicos y de soirées, de Congreso y de Fuente Castellana, de paseos matinales y de conciertos nocturnos; en que durante el año cada cual es tan extravagante como le parece, se viste con el mamarracho que mejor se le antoja y hace en todos sentidos el más libre uso de su autonomía, ¿qué objeto tiene el Carnaval? ¿Qué nos dirá hoy una mujer en el baile por debajo de la flotante barba de su careta de raso, que no nos lo haya dicho otra ayer en un palco de la ópera por entre las doradas varillas de su abanico de plumas? ¿A qué no nos atreveremos en el bullicio de la orgía, con la cara tapada, que no nos hayamos atrevido en el silencio del perfumado bodoir con la cara descubierta? Para desenvolverse, para conspirar o para lanzarse ¿necesita por ventura alguna idea del discreto antifaz o del misterioso dominó?

La política y el amor han tirado ya los andadores; la Revolución y el cancán se pasean de la mano por la plaza y salones públicos: el Carnaval no tiene razón de ser, y sin embargo existe. Como las wills, esas fantásticas apasionadas de la danza, se levantan al filo de la media noche para bailar en silenciosa ronda en derredor de los sepulcros, el Carnaval sale todos los años de su tumba envuelto en su haraposo sudario, hace media docena de piruetas en Capellanes, en el Prado y el Canal y desaparece. Sus escasos prosélitos se agitan durante esos días guiados por intereses distintos; para éstos el Carnaval es una cuestión de toilette; para aquéllos una especulación; para los otros una borrachera con el derecho de pasearla al aire libre. Vamos a decir no más que cuatro palabras sobre cada uno de estos tres grupos en que pueden subdividirse los que toman aún parte en el Carnaval de Madrid.


Gustavo Adolfo Bécquer (España, 1836-1870)

viernes, 17 de febrero de 2017

Carnaval: EL NOMBRE DE LA ROSA, de Umberto Eco


(Fragmento del séptimo día: Noche)

- No, sin duda. La risa es la debilidad, la corrupción, la insipidez de nuestra carne. Es la distracción del campesino, la licencia del borracho. Incluso la iglesia, en su sabiduría, ha permitido el momento de la fiesta, del carnaval, de la feria, esa polución diurna que permite descargar los humores y evita que se ceda a otros deseos y a otras ambiciones... Pero de esta manera la risa sigue siendo algo inferior, amparo de los simples, misterio vaciado de sacralidad para la plebe. Ya lo decía el apóstol: en vez de arder, casaos. En vez de rebelaros contra el orden querido por Dios, reíd y divertíos con vuestras inmundas parodias del orden... al final de la comida, después de haber vaciado las jarras y botellas. Elegid al rey de los tontos, perdeos en la liturgia del asno y del cerdo, jugad a representar vuestras saturnales cabeza abajo... Pero aquí, aquí... -y Jorge golpeaba la mesa con el dedo, cerca del libro que Guillermo había estado hojeando-, aquí se invierte la función de la risa, se la eleva a arte, se le abren las puertas del mundo de los doctos, se la convierte en objeto de filosofía, y de pérfida teología... Ayer pudiste comprobar cómo los simples pueden concebir, y realizar, las herejías más indecentes, haciendo caso omiso tanto de las leyes de Dios como de las de la naturaleza. Pero la iglesia puede soportar la herejía de los simples, que se condenan por sí solos, destruidos por su propia ignorancia. La inculta locura de Dulcino y de sus pares nunca podrá hacer tambalearse el orden divino. Predicará la violencia y morirá por la violencia, no dejará huella alguna, se consumirá como se consume el carnaval, y no importa que durante la fiesta se haya producido en la tierra, y por breve tiempo, la epifanía del mundo al revés. Basta con que el gesto no se transforme en designio, con que esa lengua vulgar no encuentre una traducción latina. La risa libera al aldeano del miedo al diablo, porque en la fiesta de los tontos también el diablo parece pobre y tonto, y, por tanto, controlable. Pero este libro podría enseñar que liberarse del miedo al diablo es un acto de sabiduría. Cuando ríe, mientras el vino gorgotea en su garganta, el aldeano se siente amo, porque ha invertido las relaciones de dominación: pero este libro podría enseñar a los doctos los artificios ingeniosos, y a partir de entonces ilustres, con los que legitimar esa inversión. Entonces se transformaría en operación del intelecto aquello que en el gesto impensado del aldeano aún, y afortunadamente, es operación del vientre. Que la risa sea propia del hombre es signo de nuestra limitación como pecadores. ¡Pero cuántas mentes corruptas como la tuya extraerían de este libro la conclusión extrema, según la cual la risa sería el fin del hombre! La risa distrae, por algunos instantes, al aldeano del miedo. Pero la ley se impone a través del miedo, cuyo verdadero nombre es temor de Dios. Y de este libro podría saltar la chispa luciferina que encendería un nuevo incendio en todo el mundo; y la risa sería el nuevo arte, ignorado incluso por Prometeo, capaz de aniquilar el miedo. Al aldeano que ríe, mientras ríe, no le importa morir, pero después, concluida su licencia, la liturgia vuelve a imponerle, según el designio divino, el miedo a la muerte.
 
 
Umberto Eco (Italia, 1932-2016)

Con motivo del fallecimiento de Umberto Eco, este párrafo de El nombre de la rosa, su novela más célebre, se inscribe en la serie de textos sobre el carnaval, que he venido recopilando durante las últimas semanas. Bajo la etiqueta con su nombre es posible leer varias referencias a su obra:
Umberto Eco 

jueves, 16 de febrero de 2017

Carnaval: IMÁGENES DE ITALIA, de Charles Dickens


(Fragmento)

Del Corso sale el carnaval y aquí es donde se reúne. Pero como todas las calles en las que se festeja el carnaval están estrechamente controladas por los dragones, los coches deben tomar primero otro camino e introducirse en el Corso por el extremo opuesto al de la plaza del Pueblo, que es su otra entrada. Nos incorporamos, pues, a la fila de los coches y progresamos con bastante tranquilidad durante un momento; tan pronto avanzando muy lentamente; tan pronto trotando durante una media docena de metros; tan pronto reculando una cincuentena; tan pronto deteniéndonos completamente: según el grado de atestamiento de la calle. Si un coche impaciente se salía bruscamente de la fila y avanzaba al trote con la bárbara idea de ir más deprisa, era en seguida alcanzado o adelantado por un soldado a caballo que, sordo a cualquier protesta como se lo permitía su espada desenvainada, lo llevaba inmediatamente detrás, completamente a la cola del cortejo, y lo transformaba en un punto incierto de la perspectiva más lejana. Intercambiábamos a veces un puñado de confeti con el coche que nos precedía o con el que nos seguía; pero por el momento, la captura de los coches fugitivos y vagabundos por los soldados era lo que constituía la principal. diversión.
 
Después, entramos en una calle pequeña, en la que, además de la fila de coches que avanzaban, había otra fila, la de los coches que regresaban. Aquí, los confetis y los ramos comenzaron a volar de manera bastante densa y tuve la suerte de ver cómo un señor, vestido de guerrero griego, alcanzaba en la nariz a un bandolero de rubias patillas (éste estaba justamente a punto de lanzar un ramo a una señorita apoyada en una ventana del primer piso), con una precisión que fue muy aplaudida por los asistentes. Mientras que este vencedor griego intercambiaba una observación chistosa con un señor gordo que se encontraba en el umbral de una casa -mitad negro y mitad blanco, como si le hubieran desplumado a medias-, y que le había felicitado por su victoria, recibió una naranja lanzada desde la terraza de una casa, en plena oreja izquierda, y se quedó muy sorprendido, por no decir desconcertado. Sobre todo porque, como se encontraba de pie y el coche se había puesto en marcha justamente en ese instante, sin él esperarlo, vaciló y cayó ignominiosamente, quedando enterrado bajo sus flores.
 
 
Charles Dickens (Inglaterra, 1812-1870)

miércoles, 15 de febrero de 2017

Carnaval: EL CARNAVAL DE ROMA, de J. W. von Goethe


El Corso

El carnaval de Roma se concentra en el Corso, que es la calle que limita y determina los festejos públicos de estos días. En cualquier otra parte sería una fiesta distinta, y por ello debemos, antes que nada, describir el Corso.
 
Como muchas calles largas de las ciudades italianas, debe su nombre a las carreras de caballos con las que termina en Roma cada jornada del carnaval, y con las que, en otros lugares, se pone punto final a otras celebraciones, como una fiesta patronal o la consagración de una iglesia.
 
La calle se extiende en línea recta desde la Piazza del Popolo hasta el Palacio de Venecia. Mide unos tres mil quinientos pasos de largo y está flanqueada por edificios altos, en su mayor parte suntuosos. El ancho no guarda proporción con la longitud ni con la altura de los edificios. Unas aceras de adoquines para los peatones le restan de seis a ocho pies por cada lado. En medio, en casi todos los tramos, no quedan más que doce o catorce pasos para las carrozas, de modo que resulta evidente que con esa anchura pueden a lo sumo circular en paralelo tres vehículos.
 
Durante el carnaval, el obelisco de la Piazza del Popolo señala el límite inferior de esta calle, mientras que el palacio de Venecia marca el superior.
 
 

Paseo en carroza por el Corso

El Corso de Roma es un lugar ya de por sí animado todos los domingos y festivos. Antes del anochecer, los romanos más nobles y adinerados acuden aquí a pasear durante una hora u hora y media en sus carrozas, que forman una nutrida fila; los coches bajan desde el palacio de Venecia circulando por la izquierda, pasan, cuando el tiempo acompaña, por el obelisco, y salen por la puerta del Popolo hasta llegar a la Via Flaminia.
 
Cuanto más avanza el carnaval, más divertido es el aspecto de los coches. Incluso la gente seria que va en carroza sin disfraz permite que sus cocheros y lacayos se disfracen. La mayor parte de los cocheros suele decidirse por los vestidos de mujer, y en los últimos días da la impresión de que sólo las mujeres llevan las riendas. Se trata de disfraces decentes, en ocasiones incluso atractivos; aunque no falta, en el extremo opuesto, el tipejo feo y grueso que se viste a la última moda, con un tocado alto y lleno de plumas, y hace el efecto de una gran caricatura; y, así como aquellas beldades oían elogiar su belleza, éste tiene que sufrir que más de uno se le acerque y le suelte en sus propias narices: «O fratello mio, che brutta puttana sei!».
 
Es costumbre que cuando el cochero encuentra a una o dos de sus amigas entre el gentío las honre haciéndolas subir al pescante. Entonces, sentadas a su lado y normalmente disfrazadas de hombre, sus delicadas piernecitas de polichinela, con pies pequeños y tacones altos, suelen revolotear entre las cabezas de los transeúntes.
 
Lo mismo hacen los lacayos, que acogen amigos y amigas en la parte posterior de la carroza; lo único que faltaría es que, como en las diligencias inglesas, se sentaran en el imperial.
 
Da la impresión de que incluso a los señores les complace ver sus carrozas llenas hasta los topes; y que es durante estos días todo está bien visto y permitido.


Johann Wolfgang von Goethe (Alemania, 1749-1832)

(Traducido al español por Juan de Sola)

Las ilustraciones corresponden a Carnaval en Roma (1650-51), de Johannes Lingelbach, y un grabado de la carroza del duque de St. Aignan, embajador de Francia en Roma (1735). 

martes, 14 de febrero de 2017

Carnaval: LOS MISERABLES, de Víctor Hugo

 
(Fragmento del quinto libro: La noche en blanco)

16 de Febrero de 1833

 
La noche del 16 de febrero de 1833 fue una noche bendita. Sobre sus sombras estaba el cielo abierto. Fue la noche de la boda de Marius y Cosette.
 
La fiesta del casamiento se efectuó en casa del señor Gillenormand.
 
A pesar de lo natural y trillado que es el asunto del matrimonio, las amonestaciones, las diligencias civiles, los trámites en la iglesia ofrecen siempre alguna complicación; por eso no pudo estar todo listo hasta del 16 de febrero. Ahora bien, ese 16 de febrero era martes de Carnaval, lo cual dio lugar a vacilaciones y escrúpulos, en particular de la señorita Gillenormand.
 

- ¡Martes de Carnaval! -exclamó el abuelo- Tanto mejor. Hay un refrán que dice: 

Si en Carnaval te casas 
no habrá ingratos en tu casa.
 
Unos días antes del fijado para el casamiento, Jean Valjean tuvo un pequeño accidente. Se lastimó el dedo pulgar de la mano derecha; y sin ser cosa grave, como que no permitió que nadie lo curara ni que nadie viera siquiera en qué consistía la lastimadura, tuvo que envolverse la mano en una venda y llevar el brazo colgado de un pañuelo, por lo cual no le fue posible firmar ningún papel. Lo hizo en su lugar el señor Gillenormand, como tutor sustituto de Cosette.
 
Todo fue normal ese día, salvo un incidente que se produjo cuando los novios se dirigían a la iglesia. Debido a arreglos en el pavimento, la comitiva nupcial hubo de pasar por la avenida donde se desarrollaba el Carnaval. En la primera berlina iba Cosette con el señor Gillenormand y Jean Valjean. En la segunda iba Marius.
 
Los carruajes tuvieron que detenerse en la fila que se dirigía a la Bastilla; casi al mismo instante en el otro extremo, la otra fila que iba hacia la Magdalena, se detuvo también. Había allí un carruaje lleno de máscaras que participaban en las fiestas.
 
 
Víctor Hugo (Francia, 1802-1885).

lunes, 13 de febrero de 2017

Carnaval: MALA HIERBA, de Pío Baroja


(Fragmento del capítulo V: El baile del frontón)

Salieron de la buñolería. Seguía nevando; por unas callejuelas desiertas llegaron al juego de pelota; los dos arcos voltaicos de la puerta iluminaban fuertemente la calle blanca. Manuel tomó los billetes; dejaron él la capa y ella el mantón en el guardarropa, y entraron.
 
Era el Frontón un amplio espacio rectangular, con una de las dos paredes largas pintada de azul obscuro y marcada á trechos con rayas blancas y números. En la otra pared larga estaban las gradas y los palcos.
 
Dos grandes mamparas verdes cerraban los testeros del juego de pelota. Arriba, en el alto techo, entre el armazón de hierro, diez o doce puntos brillantes de arco voltaico, no recubiertos por globos de cristal, centelleaban de un modo deslumbrador.
 
Aquel local ancho y pintado de obscuro, parecía un taller de máquinas desocupado. Algunas busconas de bajo vuelo, ataviadas con mantones de Manila y flores en la cabeza, mostraban su busto en los palcos. Se sentía frío.
 
Cuando la charanga comenzó á tocar con estrépito, la gente de los pasillos y del ambigú salió al centro á bailar, y poco á poco se formó una corriente de parejas alrededor del salón. No había más que media docena de máscaras. Se generalizó el baile; a la luz fría y cruda de los arcos voltaicos se veía a las parejas dando vueltas hombres y mujeres, todos muy graves, muy estirados, tan fúnebres como si asistieran á un entierro.
 
Algunos hombres apoyaban los labios en la frente de las mujeres. No se sentía una atmósfera de deseos, de fiebre; era un baile de gente apagada, de muñecos con ojos de aburrimiento o de cólera.
 
A veces algún gracioso, como sintiendo la necesidad de demostrar que se estaba en un baile de Carnaval, se tiraba al suelo o gritaba desaforadamente; había un momento de confusión; pero se restablecía pronto el orden y se formaba de nuevo la corriente.

Manuel sentía ganas de hacer locuras; se levantó y se puso á bailar con la muchacha. Esta, incomodada porque no llevaba el compás, se sentó. Manuel quedó desconsolado é hizo lo mismo. Pasaban parejas por delante de ellos; las mujeres pintarrajeadas, con los ojos sombreados y la expresión encanallada en la boca roja por el carmín; los hombres con aspecto petulante y la mirada agresiva.
 
Estos, rompían con cólera las serpentinas que echaban desde los palcos y que se les enredaban al pasar.


Pío Baroja (España, 1872-1956)

sábado, 11 de febrero de 2017

Carnaval: LA MUJER Y EL PELELE, de Pierre Louÿs


(Fragmento del primer capítulo)
 
De cómo una palabra escrita en una cáscara
de huevo dio lugar a dos esquelas sucesivas

A diferencia del nuestro, el carnaval español no se acaba a las ocho de la mañana del miércoles de Ceniza. En la maravillosa alegría de Sevilla, el memento quia pulvis es expande solamente durante cuatro días su olor a sepultura; y, llegado el primer domingo de Cuaresma, el carnaval vuelve a resurgir.
 
Es el Domingo de Piñatas, la Fiesta Mayor. Toda la gente se ha cambiado de vestimenta y se ven desfilar por las calles colgajos rojos, verdes, amarillos o rosas sacados de retales que antes han servido de mosquiteros, de cortinas o de faldas de mujer y que flotan al sol sobre los cuerpecillos morenos de una chillona y multicolor chiquillería. Los niños se agrupan por todas partes en tumultuosos grupos enarbolando un trapo en la punta de una vara y con gran vocerío invaden las callejuelas con las caras tapadas con un antifaz de aquellas telas por cuyos dos agujeros se escapa la alegría. “¡Eh, que no me conoce!”, gritan continuamente, mientras la marea de personas mayores se aparta ante esta terrible invasión enmascarada.
 
Ventanas y miradores se ven abarrotados por una multitud de cabezas morenas. Todas las jóvenes de la región han venido ese día a Sevilla, mostrando bajo la luz del sol sus cabezas cargadas de rizados cabellos. Los confetis caen como copos de nieve. La sombra de los abanicos tiñe de azul pálido las pequeñas y empolvadas mejillas. Gritos, llamadas y risas zumban y resuenan por las estrechas calles. Ese día de carnaval, los pocos millares de habitantes arman más ruido que los de todo París juntos.
 
 
 Pierre Louÿs (Francés nacido en Bélgica, 1870-1925)
 
(Traducido al español por Juan Victorio)

jueves, 9 de febrero de 2017

Carnaval: CARNAVAL VIEJO Y LOCO, de Gabriele D'Annunzio


Carnaval viejo y loco desatino
se ha vendido el colchón
para comprar pan y vino,
galletas y embutido.
Y comiendo hasta verse henchido
la montaña de panes avanza,
le va creciendo una gran panza
que semeja un balón.
Bebe y bebe y de improviso
el rostro se le pone rojizo,
luego estallará por barrigón
mientras come y come el comelón...
Así muere el Carnaval
y le hacen su funeral,
del polvo ha nacido
y al polvo ha descendido.

(Carnevale vecchio e pazzo
s'è venduto il materasso
per comprare pane e vino
tarallucci e cotechino.
E mangiando a crepapelle
la montagna di frittelle
gli è cresciuto un gran pancione
che somiglia a un pallone.
Beve e beve e all'improvviso
gli diventa rosso il viso,
poi gli scoppia anche la pancia
mentre ancora mangia, mangia...
Così muore Carnevale
e gli fanno il funerale,
dalla polvere era nato
ed in polvere è tornato
.)



Gabriele D'Annunzio (Italia, 1863-1938).

miércoles, 8 de febrero de 2017

Carnaval: PANTAGRUEL, de François Rabelais


(Fragmento del capítulo I: Del origen y antigüedad del gran Pantagruel)

Considerad, en fin, que todo el mundo comía muy gustoso de aquellas grandes Ciruelas, pues éstas eran tan hermosas a la vista como sabrosas al gusto; mas les vino a ocurrir como a Noé (del que somos en alto grado obligados y deudores, por haber cultivado la planta de la vid, de donde viene el delicioso y muy ameno, nectárico, celeste, preciosísimo y deífico licor conocido por tintorro), pues tan santo varón vino a quedar burlado cuando estaba bebiéndolo, por ignorar la gran fuerza y el gran poder de aquél; y así, del mismo modo, los hombres y mujeres de aquel tiempo tomaban mucho gusto en comerse aquel grande y bello fruto.
 
De ahí sobrevinieron diversos accidentes, pues a todos se les produjo una tremenda hinchazón en ciertas partes del cuerpo, aunque a unos y a otros por distintos lugares. Así unos se inflaban por el vientre, formándoseles en él una joroba o abultamiento como el de un gran tonel, de donde viene la cita: Ventrem omnipotentem, todos los cuales fueron buena gente y de alegre condición, naciendo de esta raza San Panzón y don Martes Carnaval.
 
 
François Rabelais (Francia, 1494-1553)

martes, 7 de febrero de 2017

Carnaval: EL VIAJE DEL ALMA, de Lope de Vega

"Yo soy hombre de más prendas, cae mi fiesta mejor, martes de Carnestolendas."

(Fragmento)
 
Apetito:
 
Loco de la Reina soy;
Y aunque loco, soy honrado.
Soy Apetito, y por Dios,
Que ya no tengo ninguno,
Estando juntos los dos;
Porque si sois el Ayuno,
¿Qué mayor freno que vos?
Tenéis una cara hechiza,
Que me heláis y consumís
Cuando más hambre me atiza;
Basta que siempre venís
En Miércoles de Ceniza.
Yo soy hombre de más prendas,
Cae mi fiesta mejor,
Martes de Carnestolendas.


Félix Lope de Vega y Carpio (España, 1562-1635)

lunes, 6 de febrero de 2017

Carnaval: EL FANTASMA DE LA ÓPERA, de Gastón Leroux

"Este personaje iba totalmente de escarlata con un inmenso sombrero de plumas encima de una calavera."
 
(Fragmento del capítulo X: En el baile de máscaras)

Por fin llegó la hora de la cita. Con el rostro oculto tras un antifaz provisto de largo y espeso encaje, completamente de blanco, el vizconde se encontró muy ridículo con aquel traje de mascaradas románticas. Un hombre de mundo no se disfrazaba para ir al baile de la ópera. Hubiera hecho reír. Una idea consolaba al vizconde: ¡nadie le reconocería! Además, aquel traje y aquel antifaz tenían una ventaja: Raoul iba a poder pasearse por los salones «como por su casa», solo con el malestar de su alma y a la tristeza de su corazón. No le sería necesario fingir. Era superfluo componer una expresión acorde con el disfraz: ¡la tenía!
 
Este baile excepcional, antes del martes de carnaval, se organizaba en memoria del aniversario del nacimiento de un ilustre dibujante de las alegrías de antaño, un émulo de Gavarni, cuyo lápiz había inmortalizado a las «mascaradas» y el descenso de la Courtile. Se suponía que debía ser más alegre, más ruidoso, más bohemio que la mayoría los bailes de carnaval. Muchos artistas se habían dado cita seguidos de todo un séquito de modelos y pintores que, hacia media noche, comenzarían a armar un gran bullicio.
 
Raoul subió la gran escalinata a las doce menos cinco. No se detuvo a observar cómo se distribuían a su alrededor los trajes multicolores por los peldaños de mármol, en uno de los decorados más suntuosos del mundo; no se dejó abordar por ninguna máscara alegre, no contestó a ninguna broma y esquivó la familiaridad acaparadora de varias parejas que estaban ya demasiado alegres. Tras atravesar el gran foyer y escapar de una farándula que lo había aprisionado por un momento, penetró por fin en el salón indicado en el billete de Christine. Allí, en tan poco espacio, había una multitud de gente, ya que se trataba del punto de reunión en el que se encontraban todos los que iban a cenar a la Rotonda o que volvían de tomar una copa de champán. El tumulto era despreocupado y alegre. Raoul pensó que Christine había preferido, para la misteriosa cita, aquella muchedumbre a un lugar aislado. Aquí, bajo la máscara, se encontraban más escondidos.
 
Se aproximó a la puerta y esperó. No tuvo que esperar mucho. Pasó un dominó negro que rápidamente le apretó la punta de los dedos. Comprendió que era ella.
 
La siguió.
 
-¿Es usted Christine? -preguntó entre dientes.
 
El dominó se volvió con presteza y se llevó el dedo a los labios para recomendarle sin duda que no repitiera su nombre. Raoul la siguió en silencio.
 
Temía perderla después de haberla encontrado de nuevo en aquellas extrañas circunstancias. Ya no sentía ningún tipo de odio contra ella. No dudaba siquiera de que ella «no tenía nada que reprocharse», por muy extraña e inexplicable que pareciera su conducta. Estaba dispuesto a todas las renuncias, a todos los perdones, a todas las cobardías. La amaba. Y seguramente conocería dentro de poco la razón de aquella ausencia tan singular... De tanto en tanto, el dominó negro se volvía para asegurarse de que el dominó blanco lo seguía.
 
Mientras Raoul volvía a atravesar de esta manera el gran foyer, no pudo por menos que fijarse, entre la muchedumbre, en un grupo, en medio de los otros que se dedicaban a las más locas extravagancias, que rodeaba a un personaje cuyo aspecto extraño y macabro causaba sensación...
 
Este personaje iba totalmente de escarlata con un inmenso sombrero de plumas encima de una calavera. ¡Qué espléndida imitación de una calavera! ¡Los diletantes que se apiñaban a su alrededor lo admiraban, lo felicitaban... le preguntaban qué maestro, en qué estudio, frecuentado por Plutón, le habían hecho, dibujado, maquillado, una calavera tan hermosa. ¡La Camarde misma debió posar como modelo!
 
El hombre de la calavera, de sombrero de plumas y traje escarlata arrastraba tras él un amplio manto de terciopelo rojo cuya cola se deslizaba majestuosamente por el parqué. En el manto habían bordado con letras de oro una frase que cada uno leía y releía en voz alta: «No me toquéis! ¡Yo soy la Muerte roja que pasa!»
 
Alguien intentó tocarlo..., pero una mano de esqueleto, que salía de una manga púrpura, agarró brutalmente la muñeca del imprudente y éste, sintiendo el crujido de los huesos, el apretón arrebatado de la Muerte que parecía no iba a soltarlo jamás, lanzó un grito de dolor y de espanto. Por fin la Muerte roja lo dejó en libertad y huyó como un loco entre una nube de comentarios. En aquel mismo instante, Raoul se cruzó con el fúnebre personaje, que precisamente acababa de volverse hacia él. Estuvo a punto de dejar escapar un grito: ¡La calavera de Perros-Guirec! ¡La había reconocido!... Quiso precipitarse sobre ella olvidando a Christine, pero el dominó negro, que parecía también presa de una extraña conmoción, lo había cogido del brazo y lo arrastraba... lo arrastraba lejos del salón, fuera de aquella masa demoníaca donde paseaba la Muerte roja...
 
 
Gastón Leroux (Francia, 1868-1927)

domingo, 5 de febrero de 2017

Carnaval: JUAN DE MAIRENA, de Antonio Machado


Juan de Mairena: sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo

Sobre el Carnaval

Se dice que el Carnaval es una fiesta llamada a desaparecer. Lo que se ve -decía Mairena- es que el pueblo, siempre que se regocija, hace Carnaval. De modo que lo carnavalesco, que es lo específicamente popular de toda fiesta, no lleva trazas de acabarse. Y desde un punto de vista más aristocrático, tampoco el Carnaval desaparece. Porque lo esencial carnavalesco no es ponerse careta, sino quitarse la cara. Y no hay nadie tan avenido con la suya que no aspire a estrenar otra alguna vez.


Antonio Machado (España, 1875-1939)

lunes, 16 de enero de 2017

La tristeza del tercer lunes de enero


Hoy es lo que se ha dado en llamar el lunes triste (Blue Monday), es decir, el día más depresivo del  año. Con ese motivo, en algún enero anterior escribí un texto titulado Propósitos y despropósitos del año nuevo, y en el mismo explicaba: Si bien es una designación por demás discutible, gracias a una fórmula desarrollada por el sicólogo Cliff Arnall, profesor de la Universidad de Cardiff, en el año 2005, en la que mediante una ecuación matemática que incluye media docena de elementos: el clima, las deudas, el lapso transcurrido después de los festejos navideños, el índice de motivación, la sensación de que ha llegado el momento de tomar decisiones y -lo que a mí me parece más simbólico-, el tiempo de confrontar lo que se suele denominar propósitos de año nuevo y que, a estas alturas, ya empezaron a ceder ante la realidad de las costumbres y vicios propios.

Valdría la pena acotar el hecho de que mientras aquí vivimos el invierno boreal, al sur del Ecuador se encuentran en pleno verano, de manera que el factor climatológico, el cual también influye según indica el profesor Arnall, allá no procedería, aunque al igual que nosotros también hayan brindado por el paso del año concluido hacia el que comienza.
 
En El mono epigramático dedicado, como su título sugiere, a reunir mis epigramas, se encuentra uno al que he titulado Calendario:

La cuenta regresiva ha empezado
el último día se sabrá con rigor
si experiencia hemos logrado,
y vivimos otro año mejor.

Considero que la clave de todo radica en la experiencia. Si cada año logramos acumularla, en lugar de envejecer nos iremos haciendo más expertos en el complicado oficio de vivir. "El arte de envejecer es el arte de conservar alguna esperanza", escribió André Maurois en su novela Climas. El problema es que no siempre existe la disposición de aprender, incorporar lo vivido para modificar conductas, asumir los errores cometidos pero emprender de nuevo el camino procurando que no se repitan. Decía Aldous Huxley en el memorable prólogo de su novela Un mundo feliz (A Brave New World), al referirse al remordimiento crónico como el más indeseable de los sentimientos. "Revolcarse en el fango no es la mejor manera de limpiarse".

Por alguna extraña razón, parecería que forma parte de la condición humana el rechazo a la experiencia. Sobre todo si es ajena. Se nos podrá advertir lo que sucede si hacemos o dejamos de hacer esto o aquello. No importa, necesitamos experimentarlo en carne propia para comprenderlo. Hacemos más difícil el trayecto, en lugar de transitar por la vía más corta o por el lado sombreado de la vereda.

Karen Blixen, la escritora danesa que firmó su obra con el seudónimo literario de Isak Dinesen -y cuya prosa es definida por Vargas Llosa como "una anomalía genial"-, lo ha dicho, por supuesto, mucho mejor que yo. En su relato titulado El mono, que fue publicado en el volumen Siete cuentos góticos, la tía Cathinka le pregunta al pequeño Boris: "¿Qué es lo que cuesta mucho conseguir, se ofrece por nada y casi siempre se rechaza?" El niño escuchaba atento lo que la anciana tenía que decirle: "Experiencia, la experiencia de los viejos". Dicho lo anterior, le ofrece una reflexión acerca de los hijos de Adán y Eva, "si hubiesen estado preparados para hacer uso de la experiencia de sus padres, el mundo se habría comportado sensiblemente mejor desde hace seis mil años".


Jules Etienne

viernes, 13 de enero de 2017

Luna de enero


Anoche tuvimos la primera luna llena del año. Debiera decir ayer en lugar de anoche, puesto que durante esta época del año, en el hemisferio boreal en el que me encuentro, oscurece a las cinco de la tarde. De modo que la presencia de la luna, divinidad mitológica, pretexto para la magia de los rituales, devaneo de los poetas, se prolonga durante casi las dos terceras partes de las veinticuatro horas que señalan cada fecha en el calendario.

La tradición dice que es precisamente ahora cuando la luna brilla más: "A la Luna de enero te he comparado, que no hay Luna más clara en todo el año", decía Antonio Machado. Y es que a lo extenso de la noche hay que agregar su transparencia.
 
La de ayer fue una luna en su apogeo, esto es, cuando su órbita se encuentra a mayor distancia de la Tierra, que es justo la contraparte del perigeo, como lo he consignado en un epigrama:
 
Reposa la luna brillante
desde su lejano apogeo,
en la órbita más distante
es lo opuesto del perigeo.

Es posible contemplar la luna sin necesidad de telescopios, a simple vista, por eso incita a la imaginación y su reflejo sobre el agua puede provocar el deseo de abrazarla para perecer ahogado, como siempre se ha dicho que le sucedió al poeta chino Li Po, en una de sus noches de ebriedad, allá por el siglo VIII: "Una noche volé sobre el Lago del Espejo, bajo la luna,/ la luna derramó mi sombra sobre el agua". A eso se debe que haya merecido la distinción de ser recordado como el poeta de la luna. Así lo corrobora en su breve poema Bebiendo solo a la luz de la luna.
 
Entre las flores y un tazón de vino
bebo solo, ningún amigo está cerca.
Levanto mi copa, invito a la luna
y a mi sombra, y ahora somos tres.
Mas la luna nada sabe de bebidas
y mi sombra se limita a imitarme,
pero así y todo, luna y sombra serán mi compañía.
La primavera es época propicia para el goce.
Canto y la luna prolonga su presencia,
bailo y mi sombra se enreda.
Mientras me mantengo sobrio, somos alegres juntos,
cuando me embriago, cada uno marcha por su lado
jurando encontrarnos en el Río de Plata de los cielos.
 
Juan Ramón Jiménez les cantaba con entusiasmo tanto a las campanas como a la luna de enero:
 
La luna verde de enero es buena para vosotras,
campanas. (La noche está fría, despierta y medrosa.)
Y así sonáis, son los vivos los que están muertos, y ahora
son los muertos los que viven; puertas que se cierran, losas
que se abren... ¡Y la luna de enero sobre vosotras!
¡Campanas bajo la luna de enero! (Silencio, lloran...
 
José Zorrilla, el autor de Don Juan Tenorio, obra teatral que suele representarse cada año el día de los difuntos, vivió en México durante once años y bajo la protección del malogrado emperador Maximiliano I, fue nombrado director del Teatro Nacional, escribió un poema en cuartetos, que se titula precisamente Luna de enero:
  
 ¡Qué bella es la luz de plata
con que la noche se viste
después del día más triste
de la estación más ingrata!
 
Se ven en la oscuridad,
como soldados que velan,
cuál con la lluvia rielan
las torres de la ciudad.
 
Se sienten rodar inquietas,
lanzando un grito violento
al brusco empuje del viento,
sobre el punzón las veletas.
 
Y en las mansiones vecinas,
los vidrios de las ventanas
remedan las luces vanas
colgadas en las esquinas.
 
No hay sombra en que no veamos
alguna fantasma oculta;
que, porque más la temamos,
la noche la sombra abulta.
 
Pues, por completa ilusión,
la noche miente tan bien,
que las cosas que se ven
no son las cosas que son.
 
Y el poeta catalán Marià Manent nos entrega esta otra Luna de enero:

Afuera hace una noche plateada y muy clara
¡y yo encogido cerca de mi fuego mezquino!
La luna está velando, lo mismo que una madre,
a la encina, al paraje, al estanque dormido.

Percibo bien que un gran deseo invade
mi pecho, y yo quisiera sentarme espabilado
y caminar, bajo la luna clara,
por trochas donde brilla el romero escarchado.

Pero me quedo cerca de mi fuego mezquino.

Luna que nos retribuye con el privilegio de soñar. La sabiduría popular, siempre presente a través del intemporal refranero, lo expresa así: "Luna la de enero y amor, el primero".
 
 
Jules Etienne

(La versión al español del poema de Li Po es de Marcela de Juan;
la traducción del poema de Mariá Manent del catalán es de José Agustín Goytisolo)