Vancouver: nieve sobre la bahía. (Fotografía de Jules Etienne)

miércoles, 19 de enero de 2022

Día de reyes: LOS REYES MAGOS, de Jacinto Benavente


Despertóse nervioso, calenturiento. Mal despierto y mal dormido toda la noche, despierto y dormido había soñado con la regia cabalgata de los Reyes Magos. Con los más ricos materiales recogidos en la realidad forjó la imaginación del niño deslum- bradora comitiva; caballos empenachados, con rendajes de oro, y sobre ellos los Reyes resplandecientes de joyas, y detrás los camellos cargados de tiendas enteras de juguetes y de cajas de dulces.

Apenas clareó el amanecer anhelado, de un brinco saltó de la cama y corrió al balcón, trémulo de curiosidad y de esperanza.

Tan pequeño, que no alcanzaba a levantar la falleba, era un manojillo de nervios vibrantes, morenucho, con la piel lisa de los niños morenos en que se transparentan las venas muy azules; los ojos en continuo abrir y cerrar; la nariz respingada; un feíllo con gracia para ser querido antes que admirado; mimo de las madres, celosas siempre por femenil instinto, que aguzado en los hijos hermosos al verlos acariciados por todos, prefieren el menos atractivo, el que es de ellas sólo, el que sólo para ellas es lindo y gracioso.

Al ruidoso forcejear del niño para abrir el balcón acudió una criada dando gritos.

- ¡Demonio, que te vas a morir! ¡Vuelve a la cama!

- ¡Los reyes! ¡Quiero ver lo que me han traído los Reyes!

- ¡Qué tonto, qué tonto!

Era el hermano mayor, que reía desde la cama al enterarse de lo que había ocurrido.

- Mira, mira -le decía al pequeño cuando la criada lo subió en brazos a la cama-. Yo tengo ya mi regalo. -Y le enseñaba un duro de los recién acuñados-. Me dijo papá anoche: “¿Tú crees en eso de los Reyes? ¡Tonto, más que tonto! ¡Los Reyes son papá y mamá!”

- ¡Mentiroso! -gritó el pequeño con ira-. Han venido los Reyes y me han traído muchas cosas, y a ti nada, porque me haces rabiar...

- ¡Tonto, más que tonto! -seguía el otro implacable.

El pequeño rompió a llorar. Acudió el padre, desazonado por la gritería, de mal temple, grave el rostro...

- ¿Qué ocurre?

Explicado el caso, el padre, educador, positivista, tomó desde luego el partido de la razón práctica.

- Tu hermano tiene razón; no hay tales Reyes; ésas son tonterías, y los hombres no creen en esas cosas...

El niño quedó aterrado ante las severas afirmaciones de su padre. Lloraba callada- mente, con honda pena...

- ¿Lo ves, lo ves? -le decía triunfalmente el mayor.

Y él lloraba, lloraba... Entró la madre.

- ¿Qué tiene el niño? ¿Se puede saber por qué llora?

- ¡Déjalo, por tonterías!

- Corazón, ¿por qué lloras?

- Porque dice papá que no vienen los Reyes Magos, que no hay Reyes Magos...

El padre se disponía a insistir con mayor severidad, pero la madre lo contuvo con una mirada y, cariñosamente, se dirigió al niño.

- ¿Te han dicho eso? ¡Por hacerte rabiar! ¡Sí, hay Reyes Magos, sí, vida mía! Unos Reyes muy buenos que quieren mucho a los niños...

Y secando a besos las lágrimas del hijo, iba contando la eterna leyenda y el niño, al oírla, se abrazaba a ella como si ansioso se amamantara de nuevo al pecho de su madre, y con hipo de risa y llanto desafiaba al padre y al hermano.

- ¿Ves lo que dice mamá? ¿Ves cómo es verdad todo?

Jacinto Benavente
(España, 1866-1954). Obtuvo el premio Nobel en 1922.

La ilustración corresponde a una crónica periodística conservada por la Biblioteca Nacional de España,
sobre la participación de Jacinto Benavente en la cabalgata de Reyes, del Ateneo de Sevilla en 1924.

martes, 18 de enero de 2022

Día de reyes: EL PÁJARO AZUL, de Maurice Maeterlinck


(
Fragmento del primer acto, cuadro I)

La cabaña de Bucheron

Los tres niños Tyl, Ryl y Myl están dormidos. A su lado, en pie, está la Madre Tyl; Padre Tyl aviva el fuego de la chimenea, la cabaña estaba adornada con algunos motivos navideños.

Voces (En cámara de eco; cada vez más lejanas): ¡El Pájaro Azul!...; ¡El Pájaro Azul!... ¡El Pájaro Azul...!

Padre Tyl: ¿Se han despertado?

Madre Tyl: No, hablan en sueños.

Tyl (Entre sueños): ¡El Pájaro Azul!

(Padre Tyl entra en la casa con la leña).

Madre Tyl: ¿Has oído?

Padre Tyl: Lo he oído perfectamente; han dicho el...

Myl (Entre sueños): ¡El Pájaro Azul!

Padre Tyl: Y ahora Myl también lo ha dicho.

(Llega en primer término por la derecha, afuera de la cabaña, el Tío Nicolas y luego Ágata, vienen en un trineo; Ágata es su nieta).

Padre Tyl: ¿Qué es eso del pájaro azul?

Madre Tyl: Lo único que sé es que en la carta que escribieron anoche a los Reyes Magos sólo pusieron eso: «El Pájaro Azul».

Ágata: ¡Abuelito!

Tío Nicolás: ¿Sí?

Ágata: Yo quiero el Pájaro Azul.

Padre Tyl: Oyeron decir a la nieta del anciano cartero Nicolás que quería un Pájaro Azul.

Madre Tyl: Pobre Ágata...

Padre Tyl: Les dije que no pusieran los zapatos en...

(Cruza el anciano Nicolás que se ha levantado del trineo; saca una carta de la vieja cartera que trae en bandolera).

Padre Tyl: ... en la ventana: se podrían mojar; será mejor en la chimenea.

Madre Tyl: No grites, vas a despertarles. (El viejo Nicolás golpea la puerta con el aldabón). ¿Quién será a estas horas?

Padre Tyl (Mirando): ¡El Pájaro Azul!... ¡El Pájaro Azul!, ¡Mejor deberían pedir otro par de zapatos; y unos abrigos nuevos sería más práctico! (Y abre la puerta).

Tío Nicolás: Buenas noches; carta.

Padre Tyl: Buenas noches, Nicolás. ¿Qué tal tu nieta?

Tío Nicolás: Como siempre.

(Madre Tyl abraza a la pequeña Ágata).

Madre Tyl: Hola, Ágata, preciosa: ¿Cómo estás?

Ágata: ¿Y Ryl, Myl y Tyl?

Padre Tyl: Están dormidos: ¿vendrás mañana a jugar con ellos?

Ágata: Sí.

Madre Tyl: ¿Qué les has pedido a los Reyes Magos?

Ágata: Es un secreto; pero sé que si me lo traen podré volver a jugar con los demás niños como antes que me cayera desde la roca.

Maurice Maeterlinck
(Belga fallecido en Francia, 1862-1949). Obtuvo el premio Nobel en 1911.

lunes, 17 de enero de 2022

Día de reyes: LOS REYES MAGOS, de Frédéric Mistral

"Vimos a los tres Reyes Magos con mantos rojos, amarillos y azules, que saludaron al niño Jesús..."

(De Recuerdos y memorias)

- Mañana es el día de Reyes, si quieren verlos llegar, vayan rápido a su encuentro, niños, y llévenles algunos regalos.

Esto, en nuestro tiempo, es lo que decían las madres en la víspera del día de Reyes. Y por delante todos los mocosos, los niños del pueblo; partimos con entusiasmo al encuentro de los Reyes Magos, que venían a Maillane, con sus pajes, sus camellos y su séquito, para adorar al Niño Jesús.

"¿Adónde van, niños?"

- ¡Vamos ante los Reyes!

Y así, todos juntos, mocosos despeinados y muchachitas rubias, con nuestras gorras y nuestros zuecos, emprendimos el camino de Arles, con el corazón trémulo de alegría, los ojos llenos de visiones. Y llevábamos en nuestras manos, como nos habían recomendado, pastelillos para los Reyes, higos secos para los pajes y heno para los camellos.

Jours croissants,
Jours cuisants

(Días de media luna,
Días ardientes)

Era a principios de enero y soplaba el viento del norte: es decir que hacía frío. El sol se hundía, todo pálido, hacia el Ródano. Los arroyos se congelaron, la hierba se secó. Sauces desnudos, las ramas brillaban. El petirrojo y el reyezuelo saltaban, retorciéndose, de rama en rama, y no se veía a nadie por los campos, salvo alguna viuda pobre que se ponía el delantal lleno de remiendos, o algún anciano harapiento que buscaba caracoles en el pie de un seto.

"¿A dónde van tan tarde, niños?"

- ¡Vamos ante los Reyes!

Y cabeza atrás, orgullosos como Artabán, riendo, cantando, saltando o deslizándo- nos, caminamos por el camino calcáreo, barrido por el viento.

Entonces el día estaba cayendo. El campanario de Maillane desapareció detrás de los árboles, detrás de los altos cipreses negros; y el campo se extendía por todas partes, vasto y desnudo. Miramos lo más lejos posible, hasta donde alcanzaba la vista, ¡pero fue en vano! No aparecía nada salvo unos cuantos manojos de espinos llevados por el viento entre los rastrojos. Como sucede en las noches de invierno, todo estaba triste y silencioso. A veces, sin embargo, nos encontrábamos con un pastor, acurrucado en su carruaje, que acababa de cuidar a sus ovejas.

“Pero, ¿adónde van, niños, tan tarde?

- Vamos a encontrarnos con los Reyes… ¿No podrías decirnos si todavía están lejos?

- ¡Ay! los Reyes?... Así es... Vienen por detrás. Pronto los verás.

Y correr, y correr delante de los Reyes, con nuestras tortas, nuestros pastelillos y los puñados de heno para los camellos.

Entonces cayó el día. El sol, ahogado en una gran nube, se desvanecía poco a poco. El balbuceo juguetón se calmó un poco. El viento se estaba volviendo más frío. Y los más valientes caminaban precavidos.

De pronto:

- ¡Aquí están!

Un grito de loca alegría salió de cada boca. Y la magnificencia de la pompa real iluminó nuestros ojos. Un chapoteo, un triunfo de espléndidos colores incendiaba la puesta de sol. Enormes jirones de púrpura llamearon; una media corona de oro y rubíes, lanzando un círculo de largos rayos hacia el cielo, deslumbraba el horizonte.

“¡Reyes reyes!… ¡Miren sus coronas! ¡Miren sus túnicas, sus colores, su caballería y sus camellos! ¡Y nos quedamos estupefactos!... Pero pronto este esplendor, esta gloria, el último resplandor del sol poniente, se desvaneció, se extinguió poco a poco en las nubes; y, asombrados, boquiabiertos, en el campo oscuro y aterrador, nos encontramos solos.

"¿Adónde han ido los reyes?"

- Detrás de la montaña.

El búho ululaba. El miedo se apoderó de nosotros; y, en el crepúsculo, volvíamos mordisqueando tímidamente las tortas, las pastelillos y los higos que habíamos traído para los Reyes.

Y cuando por fin llegamos a nuestras casas:

"Bueno, ¿los has visto?" preguntaron nuestras madres.

- ¡No! Pasaron a otro lado, detrás de la montaña.

"¿Pero qué camino tomaron?"

- El camino de Arles.

- ¡Ay mis pobres hijos!, los reyes no vienen de este lado. Vienen del Levante. Pardi, tenías que haber tomado el viejo camino a Roma… ¡Ah! ¡Qué hermoso era, si hubieras visto!... ¡Si hubieras visto, cuando entraron en Maillane! Tambores, trompetas, pajes, camellos, ¡qué algarabía! ¡Dios mío!... Ahora están en la iglesia, en la adoración. Después de la cena, iremos a verlos.

Cenamos de prisa; luego corrimos a la iglesia. Y en la iglesia abarrotada, apenas entramos, el órgano, acompañando el canto de todo el pueblo, comenzó lentamente, luego prosiguió con la voz formidable del soberbio Nöel:

Ce matin
J'ai rencontré le train
Des trois grand rois qui partaient en voyage
Ce matin
J'ai rencontré le train
Des trois grand rois dessus le grand chemin.

(Esta mañana
me encontré con el séquito
de tres grandes reyes yendo de viaje
Esta mañana me encontré con el séquito
de tres grandes reyes en la carretera.)

Los demás, enloquecidos por la curiosidad, nos deslizamos entre las enaguas de las mujeres, hasta la capilla de la Natividad; y allí, sobre el altar, ¡vimos la hermosa Estrella! Vimos a los tres Reyes Magos con mantos rojos, amarillos y azules, que saludaron al niño Jesús: el rey Gaspar con su cazuela de oro; ¡El rey Melchor con su incensario y el rey Baltasar con su vaso de mirra! Admirábamos a los galantes pajes que vestían levitas; los camellos jorobados que levantaban la cabeza por encima del asno y el buey; la Santísima Virgen y San José; luego, alrededor, sobre una pequeña montaña de papel pintado, los pastores, las pastoras, que llevaban pan, cestas de huevos y pañales; el Molinero, que sostenía un saco de harina; la Hilandera, que estaba hilando; el Asombrado que se maravilló; el Afilador, que afilaba; el Hotelero desconcertado que, despierta de su sueño, abre su ventana, y todas las figurillas que rodean al pesebre; pero al que más miramos fue al Rey Moro.

A veces, desde entonces, cuando vienen los Reyes, salgo a pasear, al caer la noche, por el camino de Arles. El petirrojo y el reyezuelo todavía revolotean por los setos; algún anciano siempre anda buscando caracoles en la hierba, como solía hacerlo, y la lechuza sigue ululando. Pero en las nubes del ocaso ya no veo las ilusiones, ya no veo la gloria ni la corona de los viejos Reyes.

- ¿Adónde han ido los Reyes?

- Detrás de la montaña.

Frédéric Mistral (Francia, 1830-1914).
Obtuvo el premio Nobel en 1904 compartido con José Echegaray.

(Traducido del francés por Jules Etienne).

domingo, 16 de enero de 2022

Día de reyes: DON MELCHOR Y LOS REYES MAGOS, de José Echegaray

"Mira, esos tres son los Reyes Magos, hay que encargarles que no falten."

(Fragmento)

Conque Perico y Luisito, cuando llegó la Navidad y D. Melchor abrió al público su Nacimiento, fueron juntos y cogidos de la mano a gozar de aquel espectáculo sor- prendente.

Los dos chiquillos en pie, reconcentrando toda su atención sobre los tres Reyes Magos, y D. Melchor sentado en su sillón de vaqueta y fijando sus ojos tristes y húmedos en los dos chiquillos: así los encontramos ahora. Luisito decía:

- Mira, esos tres son los Reyes Magos; hay que encargarles que no falten; la noche de Reyes pondré mis zapatos a la ventana y a ver de qué me los llenan. ¿Y tú vas a poner tus zapatos también?

- Es que yo no tengo ventana, dijo Perico; pero los pondré en la entrada del socavón, por la parte de fuera. Aunque sé que no han de ponerme nada; porque como soy pobre, ¡qué han de ponerme a mí!

Y una nota de tristeza apuntó, por primera vez en su vida, en la voz de Perico.

- Es verdad -dijo Luisito-; ¡pero quién sabe! Encárgaselo a Melchor, que ese dicen que es bueno.

- Por encargarlo no ha de quedar -replicó Perico.

Y acercando el dedo a la figura de barro de Melchor, le dijo con tono humilde:

- Oye, si quieres, ponme algo la noche de Reyes.

Luisito le apretó el brazo y en voz muy baja le avisó que D. Melchor estaba mirando y que no le gustaba que tocasen a las figuras del Nacimiento. Perico retiró el dedo, se agarró a Luisito y con él salió corriendo y diciendo entre risas y miedos:

- Me ha visto sí, sí; me ha visto D. Melchor tocar al Melchor de barro.

D. Melchor entretanto se secaba los ojos con el pañuelo de hierbas. Pasaron días, todos los de Navidad, alegres para los chicos del pueblo y alegres también para Perico, que siempre tenía la risa en los labios aunque tiritase de frío y se muriese de hambre. Cuando oía reír, reía, y cuando estaba solo reía también. Dijérase que le retozaban en el cuerpo un manojo de primaveras y todos los pájaros del aire.

Pero iba a llegar la noche de Reyes y era grande la emoción de Luisito y de Perico.

¿Se acordarían de ellos los Reyes Magos?

De Luisito se habían acordado siempre; de Perico nunca; ¿quién sabe?, acaso este año se acordarían.

José Echegaray
(España, 1832-1916). Obtuvo el premio Nobel compartido con Frédéric Mistral en 1904.

sábado, 15 de enero de 2022

Día de reyes: CUENTO PARA LA NOCHE DE REYES, de Jean Lorrain

"Un horrible hechizo la mantenía prisionera en el bosque espectral, si no lograba romperlo, su muerte era segura."

(Fragmento)

La reina, oculta tras el tronco de un árbol, había reconocido a los Reyes Magos, el rey negro Gaspar, el joven jeque Melchor y el viejo Baltasar*; iban, como hace dos mil años, a rendirle su homenaje al Divino Niño.

Ya habían pasado. Y, lívida bajo su capa de pastor, la reina recordaba demasiado tarde que la noche de la Epifanía, la presencia de los Magos camino de Belén rompe el poder de los maleficios y que ningún sortilegio es posible en el aire nocturno impregnado aún de la mirra de sus incensarios.

Por lo tanto había realizado su viaje en vano. Eran inútiles las leguas recorridas por el bosque fantasma y tenía que repetir su peligroso recorrido en medio del frío y de la nieve. Quiso dar un paso y volverse, pero el niño que llevaba oculto bajo la capa pesaba exageradamente en su brazo; había adquirido una pesadez de plomo y la mantenía clavada allí, inmóvil en la nieve; una nieve extrañamente amontonada a su alrededor y en la que sus pies entumecidos no podían moverse. Un horrible hechizo la mantenía prisionera en el bosque espectral: si no lograba romperlo, su muerte era segura. Pero, ¿quién acudiría a socorrerla? Todos los malos espíritus permanecen prudentemente agazapados en sus guaridas durante la luminosa noche de la Epifanía; sólo los buenos espíritus, amigos de los humildes y de los que sufren, se arriesgan a merodear por él; y a la insidiosa reina Imogine se le ocurrió la idea de llamar a los gnomos para que le ayudaran, los buenos y pequeños señores, completamente vestidos de verde y encapirotados de prímulas, que habían recogido a Neigefleur; y, sabiendo que éstos son unos enamorados de la música, tuvo fuerzas para sacar su flauta de cristal de debajo de su capa y llevársela a los labios.

Jean Lorrain (Francia, 1855-1906).

* No se trata de un error de traducción, en el original en francés el autor escribió:
La reine, arrêtée derrière un tronc d’arbre, avait reconnu les rois mages, le roi nègre Gaspar, le jeune cheik Melchior et le vieux Balthazar ; ils allaient, comme il y a deux mille ans, rendre à l’Enfant divin leur adorant hommage.

El cuento completo es posible leerlo en Ciudad Seva.

viernes, 14 de enero de 2022

Día de reyes: EL REY BALTASAR, de Leopoldo Alas «Clarín»

"... y se enteró de todo, y contempló la alegría loca, salvaje, de los egoístas agraciados..."

(Fragmento)

El día de Reyes, muy tempranito, los chicos se encontraron en el terrado sendos juguetes de todo lujo: él, un guerrero indomable, con uniforme de teniente de caballería, con todas las armas y galones que eran de ordenanza; ella, una casa puesta para un matrimonio de porcelana, con ama de cría, un chiquitín y dos criadas, una de ellas negra. Era una maravilla.

El entusiasmo de aquellos niños pobres, que otros años se contentaban con una caja de pinturas de peseta y una «pepona» de precio semejante, no tuvo límites… ni entrañas. A Marcelo, el hijo segundo, el más cariñoso, más aplicado y más metido por los mimos de su padre, los Reyes… no le habían traído nada, porque nada era un cartucho de dulces que se encontró al lado de esos soberbios juguetes. Pues bien, Pepilla y Carlos no tuvieron lástima, ni siquiera delicadeza, y delante de su hermano, sin padrino rico, ni pobre, porque lo había sido un abuelo, ya difunto, hicieron alarde de su riqueza, de su suerte escandalosa, de su alegría insolente.

Los niños son así, ya lo dijo Víctor Hugo pintando el tormento de un sapo. ¿Cómo a don Baltasar no se le ocurrió remediar aquella injusticia de la suerte? No supo nada a tiempo. El encargado de dar la sorpresa fue un muchacho que, con el mayor sigilo, de parte de los ricachos americanos, dejó de noche, con pretexto de una visita, en el terrado, los regalos aquellos con tarjetas en que se leía: «A Pepilla. Gaspar» y «A Carlitos. Melchor». El cartucho de dulces de Marcelo era uno de los tres que su madre había comprado, porque aquel año el presupuesto de los Miajas andaba apuradísimo, y la noche anterior, la del cuatro al cinco, el matrimonio, con profunda tristeza, resignado, había resuelto, después de melancólica deliberación, que era una locura gastar aquel año en juguetes, por modestos que fueran, cuando no había apenas para garbanzos ni para remendar las botas de los chicos.

Cuando don Baltasar, muy temprano, subió al terrado y vio a sus hijos en torno del portentoso hallazgo y se enteró de todo, y contempló la alegría loca, salvaje, de los egoístas agraciados (¡inocentes de su alma!), y después miró a Marcelo que, pálido, sonreía con una mueca dolorosa, chupando la cinta azul de seda de su cartucho de dulces, sintió una angustia dolorosa en el alma, una especie de agonía de todo lo bueno que tenía su corazón puro, de pobre resignado. Aquello era lo mismo que una puñalada.

Dios los perdonará, pero sus queridos compadres habían incurrido en una omisión grosera, de solterones sin delicadeza: muy ricos, espléndidos, pero que no sabían lo que eran hijos… Aquellos juguetes finísimos, de príncipes, valían uno con otro, lo menos… treinta duros… ¡Virgen Santísima! Pues con treinta reales hubieran podido Melchor y Gaspar hacer feliz a toda la familia… Y ahora, ahora…, en tono de broma, él, Miajas, estaba pasando por una amargura… pueril… que era inexplicable, por lo fuerte, por lo profunda.

Clarín: Leopoldo García-Alas Ureña (España, 1852-1901).

jueves, 13 de enero de 2022

Día de Reyes: LA HISTORIA DEL OTRO REY MAGO, de Henry van Dyke

"Cuando vio al lado del camino a un hombre tirado con la piel amarilla y los ojos rojos..."

En los tiempos de César Augusto, un Rey llamado Artabano, un día convocó a todos sus amigos y les dijo:

- Varios de los hombres más sabios de oriente y yo mismo, hemos estudiado las antiguas tablas caldeas y según nuestras observaciones, la nueva estrella que ha aparecido y brilla en el cielo, anuncia el próximo nacimiento de un gran Rey que gobernará a todas las naciones y establecerá un reino de paz.

Melchor, Rey de Etiopía; Gaspar, Rey de Persia; Baltazar, Rey de Babilonia y yo, hemos decidido ir a rendirle homenaje. Yo he vendido todas mis posesiones y he comprado con ello los más hermosos regalos: Un zafiro, un rubí y una perla negra.

Artabano salió a todo galope de su castillo; tenía que llegar a tiempo a la cita con los tres Magos.

Atravesó las enormes y despobladas praderas para llegar adonde había quedado de verse con ellos, cuando vio al lado del camino a un hombre tirado con la piel amarilla y los ojos rojos, eran las huellas de la fiebre amarilla, Artabano le movió el corazón, puso al hombre enfermo sobre su cabalgadura y lo llevó al albergue en la ciudad. Le mandó al mesonero cuidar de él, pero como no parecía muy convencido, le entregó el zafiro azul y el mesonero acordó cumplir con sus deseos.

Caía el sol, cuando Artabano llegó al lugar de la cita, los tres Magos ya habían parti- do. Tenía que dar alcance a sus amigos y recuperar el tiempo perdido. Al cabalgar por un pasaje, oyó los gritos de una mujer que pedía auxilio, se encontró a un regimiento de soldados que la arrastraban y comprendió que sería en vano enfrenterlos, enton- ces, se acercó al jefe y sacó el hermoso rubí rojo y le dijo:

- Te la compro.

- Trato hecho -expresó el jefe-, ese rubí vale por muchos días de fiesta. Y arrebatán- dole el rubí, le dejaron a la mujer.

- Hombre bueno y gentil, seré tu esclava -exclamó la mujer.

Artabano explicó:

- Ese rubí no era mío estaba destinado a un Rey, invoca a Dios para que te muestre el camino.

Mientras tanto, Melchor, Gaspar y Baltazar habían llegado a Belén y postrándose ante el niño que María tenía en sus brazos, le entregaron sus dones: Oro incienso y mirra.

El oro les sirvió para hacer el largo y penoso viaje a Egipto y mantenerse durante algunos meses, mientras José conseguía trabajo; incienso para hacer agradable la estancia de las visitas y mirra para curar a los que estaban enfermos.

Cuando Artabano llegó a Jerusalén le dijeron que los Magos hacía más de una sema- na que había partido y sin perder un instante, se dirigió a Belén. En el camino oyó gritos y llanto, un soldado tenía agarrado de un pié a un niño forcejeando con la ma- dre. El soldado desenvainó la espada para degollar al pequeño. Y en ése momento gritó Artabano:

- ¡Alto! ¡No mates al niño!

Le mostró la perla negra y le dijo:

- Devuelve ése niño a su madre sin hacerle ningún daño y yo te daré ésta perla.

El soldado accedió. Artabano montó de nuevo en su caballo y ya desesperaba de lograr su meta, cuando divisó a un hombre que jalaba un burrito y montada sobre él iba una mujer con un niño en brazos. A Artabano le empezó a latir el corazón con gran intensidad, se bajó del caballo y le preguntó al hombre:

- Perdón buen hombre, ¿no es acaso usted carpintero y su esposa se llama María? ¿No vienen acaso de Belén?

El hombre respondió:

- Así es amigo, pero ¿qué lo ha traído hasta aquí?

- Me fue revelado el nacimiento de un gran Rey, venía a traerle un presente, pero ahora llego con las manos vacías…

Les contó lo que le había pasado en su viaje. María emocionada, le dijo:

- Mejor que hayas venido con las manos vacías, pues ahora te las lleno.

Y le puso al niño en sus brazos. Jesús, que dormía, despertó y le sonrió.


Henry van Dyke (Estados Unidos, 1852-1933).

La ilustración es obra de John R. Flanagan para la edición del relato en 1923.

miércoles, 12 de enero de 2022

Día de reyes: LA VISIÓN DE LOS REYES MAGOS, de Emilia Pardo Bazán

"... Es de noche: la estrella no los guía ya; pero la luna brillando con intensa y argentada luz..."

(Los Reyes Magos regresan a su patria por distinto camino del que vinieron, a fin de burlar al sanguinario Herodes. Es de noche: la estrella no los guía ya; pero la luna, brillando con intensa y argentada luz, alumbra espléndidamente la planicie del desierto. La sombra de los dromedarios se agiganta sobre el suelo blanco y liso, y a lo lejos resuena el cavernoso rugir de un león.)

Baltasar (Acariciándose la nevada y luenga barba y moviendo la anciana cabeza a estilo del que vaticina.) No sé lo que me sucede desde que me puse de rodillas en el establo de Belén y saludé al hijo de la Doncella, que me agita un espíritu profético, y siento descorrerse el velo que cubre los tiempos futuros. Este tributo de oro que ofrecía al Niño para reconocerle Rey, ¡cuántas y cuántas generaciones se lo han de rendir! Tributos percibirá, no como nosotros, días, meses y años, sino siglos, decenas de siglos, generación tras generación, y los percibirá de todo el Universo, de toda raza y lengua, de nuevas tierras que se descubrirán para aclamar su nombre. El oro que le he presentado era poco: apenas llenaba el cofre de cedro en que lo traje; y ahora se me figura que se ha convertido en un mar de oro, y veo que al Niño se le erigen templos de oro, altares de oro labrado y cincelado, tronos de oro, en torno de los cuales oscilan blancos flabelos de plumas con mangos de oro, y que ciñe su cabeza una triple corona de oro macizo, también, incrustada de diamantes y gemas preciosas. Olas de oro, fluyendo de los veneros de la tierra corren a los pies del Niño; y lo más extraño es que el Niño los contempla con entristecida cara, y al fin esconde el rostro en el seno de su Madre. ¿Habré obrado mal, ¡oh sabios!, en presentarle oro? ¿No le agradará a la criatura celeste el símbolo de la autoridad real? Temo que mis dones no hayan sido aceptos y mi obsequio pareciese sacrílego.

Gaspar (Enderezándose sobre su montura, requiriendo la espada, frunciendo las cejas y echando chispas por los ojos.) Patriarca de los Magos, bien te lo pronostiqué. El nacido Rey de los judíos no es el vil mercader que quiere atesorar riquezas sin cuento en los subterráneos de su morada. La codicia rebaja el alma y la hace pegajosa y grosera como la arcilla que, despreciándola, pisamos. Mi don es el único que pudo complacer al Primogénito de la Virgen. Tú le trajiste oro, por monarca; yo, mirra, por hombre. Hombre ha querido nacer, y el llamarse hombre será su mejor título. La mirra amarga como el vivir, y como el vivir, sana y fortificante; he ahí lo que conviene a quien ha de realizar obra viril, obra de vigor y salud. ¿Creéis que se puede ser grande, noble y fuerte sin gustar el cáliz amargo? Aquí me tenéis a mí, ¡oh sabios!: he combatido, he sufrido, he vencido monstruos, he lidiado con tentaciones horribles, me he visto mil veces en mano de mis enemigos, y el soplo del martirio ha rozado mi sien. Pues sólo un día he llorado, y una gota de mi llanto, cayendo en el ánfora de la mirra, le prestó su tónica y sabrosa amargura y quizá su balsámico perfume. Yo también veo al Niño, Baltasar; pero le veo combatiendo, arrollando, venciendo, aplastando dragones, sometiendo a su yugo a la Humanidad, sufriendo y regando con sangre una palma. Bien hice en traerle mirra.

Melchor (Tímidamente, con humildad profunda.) Yo no sé si habré acertado y, sin embargo, por la alegría que me inunda presumo que el Niño no rechaza mi don. Tú, venerable y doctísimo Baltasar, le obsequiaste con oro considerándole Rey. Tú, indomable y valeroso Gaspar, le trajiste mirra, teniéndole por hombre. Yo, el último de vosotros, el más ignorante, el etíope de negra tez, le ofrecí unos granos de incienso, pues mi corazón le presentía Dios.

Baltasar y Gaspar (Atónitos): ¡Dios!

Melchor (Con fe y persuasión ardiente): Sí, Dios. Ahora mismo, en medio de esta serena noche, sobre el limpio azul del cielo, he visto resplandecer su divinidad. Ahí están las naciones postradas a sus pies y redimidas por Él, y por Él igualados todos los hombres. Mi progenie, la oscura raza de Cam, ya no se diferencia de los blancos hijos de Jafet. Las antiguas maldiciones las ha borrado el sacro dedo del Niño. No le reconocéis así al pronto, porque es un Dios diferente de los dioses que van a morir: no condena, ni odia, ni extermina; ama, reconcilia, perdona y sólo con acercarme a Él noto en mi corazón una frescura inexplicable y en mi espíritu una paz que glorifica. Así que llegue a mi reino abriré las prisiones, licenciaré los ejércitos, condenaré los tributos, daré libertad a mis concubinas y me pondré desarmado en medio de la plaza pública a confesar mis yerros y a que mis enemigos, si lo desean, tomen venganza de mí.

Baltasar: Me dejas confuso, Melchor. Tu creencia se asemeja a la locura.

Gaspar: No te entiendo bien, Melchor. Tu creencia me parece afeminada, impropia de un rey.

Melchor: No sé defenderla con razones. Hago lo que siento.

Baltasar: Mi dádiva era preciosa.

Gaspar: La mía era digna y noble.

Melchor: La mía expresa mi pequeñez, y sólo significa adoración.

Baltasar: Reuniendo las tres en una, quizá obtendríamos algo que hiciese sonreír al prodigioso Niño.

Gaspar: No puede ser. ¿Dónde habrá un don que convenga al Rey, al Hombre y al Dios juntamente?

(La luna brilla con claridad más suave, más misteriosamente dulce y soñadora. El desierto parece un lago de plata. Sobre el horizonte se destaca una figura de mujer bizarramente engalanada y ricamente vestida, hermosa, llorosa, con larga cabellera rubia que baja hasta la orla del traje. Lleva en las manos un vaso mirrino lleno de ungüento de nardo, cuya fragancia se esparce e impregna la ropa de los Magos, y sube hasta su cerebro en delicados y penetrantes efluvios. Y los tres Reyes, apeándose y prosternados sobre el polvo del desierto, envidian, con envidia santa, el don de la pecadora Magdalena.)

Emilia Pardo Bazán (España, 1851-1921).

martes, 11 de enero de 2022

Noche de reyes: LOS TRES REYES MAGOS, de Henry Wadsworth Longfellow

"Pusieron ofrendas a sus pies. El oro, fue su tributo para un rey. El incienso con su olor dulce (...) La mirra..."

Tres reyes llegaron cabalgando desde muy lejos
Melchor, Gaspar y Baltasar;
tres hombres sabios de Oriente eran ellos.
Y viajaban por la noche y dormían por el día.
Más su guía era una preciosa, maravillosa estrella.

La estrella era tan preciosa, grande y clara
que todas las otras estrellas del cielo
se convirtieron e una niebla blanca en la atmósfera
y por esto supieron que la llegada estaba cerca
del príncipe predicho en la profecía.

Tres cofres llevaban en los arcos de sus sillas.
Tres cofres de oro con llaves doradas.
Sus vestiduras eran de seda carmesí con hileras
de campanas y granadas y bordados,
sus turbantes como almendros en flor.

Y así los Tres Reyes cabalgaron al oeste
A través de la oscuridad de la noche, sobre montes y valles
y a veces cabeceaban con la barba sobre el pecho.
y a veces hablaban, cuando paraban para descansar
con la gente que encontraban en algún pozo del camino.

“Del niño que ha nacido” dijo Baltasar
“Buena gente, os ruego decidnos las noticias;
a nosotros que en Oriente hemos visto su estrella
y hemos cabalgado rápido y hemos cabalgado lejos
para encontrar y adorar al rey de los judíos”.

Y la gente respondió “Preguntas en vano,
no conocemos otro rey que Herodes el Grande”.
Pensaban que los sabios eran hombres locos
ya que espolearon a sus caballos por el llano,
como jinetes con prisa que no podían esperar.

Y cuando ellos llegaron a Jerusalén,
Herodes el Grande, que había oído esto,
envió a por los sabios y les preguntaron.
Dijeron “Descenderemos hasta Belén,
y traeremos noticias del nuevo rey”.

Así que cabalgaron lejos, y la estrella se detuvo.
La única en el gris de la mañana.
Sí, paró, se detuvo por su propia voluntad
justo sobre la colina de Belén,
la ciudad de David, donde nació Cristo.

Y los Tres Reyes cabalgaron a través de la puerta y la guardia,
a través de las calles silenciosas, hasta que sus caballos se volvieron
y relincharon cuando entraron en el gran patio de la posada.
Pero las ventanas estaban cerradas y las puertas atrancadas
y solo una luz ardía en el establo.

Y la cuna en el heno perfumado.
en el aire dulce hecho por el aliento de la vaca.
El crío en el pesebre yacía.
El niño, que sería rey algún día,
de un reino no humano sino divino.

Su madre, María de Nazareth,
Se sentó mirando desde al lado su lugar de descanso.
Mirando el flujo regular de su respiración.
El gozo de la vida y el terror de la muerte
estaban mezclados en su pecho.

Pusieron las ofrendas a sus pies.
El oro, fue su tributo para un rey.
El incienso, con su olor dulce,
era para el sacerdote, el paráclito.
La mirra para el enterramiento del cuerpo.

Y la madre se preguntaba e inclinaba su cabeza
y se quedó tan quieta como una estatua de piedra.
Su corazón se turbó aún confortado,
recordando lo que el ángel había dicho
de un reinado sin fin y del trono de David.

Entonces los reyes salieron fuera de la puerta de la ciudad
cabalgando con un ruido de cascos en orden orgulloso
pero no volvieron con Herodes el Grande
porque sabían de su malicia y su odio temido.
Y regresaron a sus hogares por otro camino.


Henry Wadsworth Longfellow
(Estados Unidos, 1807-1882).

lunes, 10 de enero de 2022

Día de reyes: LOS TRES REYES MAGOS DE ORIENTE, de Heinrich Heine


Los tres reyes magos de Oriente
preguntaban en cada pueblo:
«¿Por dónde se va a Belén,
queridos niños y niñas?»

Ni jóvenes ni viejos lo sabían,
los reyes continuaron su camino
siguiendo una estrella dorada,
que brillaba hermosa y alegre

La estrella permanecía sobre la casa de José,
a la que ellos entraron.
El buey mugía, el Niño lloraba,
los tres santos reyes cantaban.

(Die heiligen drei Könige aus

Die heil'gen drei Kön'ge aus Morgenland,
Sie frugen in jedem Städtchen:
«Wo geht der Weg nach Bethlehem,
ihr lieben Buben und Mädchen?»

Die Jungen und Alten, sie wußten’s nicht,
Die Könige zogen weiter;
Sie folgten einem goldenen Stern,
Der leuchtete lieblich und heiter.

Der Stern blieb stehn über Josephs Haus,
Da sind sie hineingegangen;
Das Öchslein brüllte, das Kindlein schrie,
Die heiligen drei Könige sangen.)

Richard Strauss compuso en 1906 la música para coros y órgano que transformó el poema original en la canción Opus 56, número 6.

El propio Heine en su obra Alemania, cuento de invierno, escribió lo siguiente sobre los reyes magos en la famosa catedral de Colonia:

La Catedral no se acaba, aunque los viejos pájaros oscuros, los búhos tengan predilección por arcaicas torres y muros. Un día, incluso, la construcción que no se finaliza, con todo su santo instrumental servirá de caballeriza. Y si se usara la Catedral de caballeriza, ¿qué haremos con los Reyes del Tabernáculo? ¿Adónde los llevaremos? Preguntas así. ¿Pero tienes tú por eso que preocuparte? Los Reyes Magos pueden ir muy bien a otra parte.

Heinrich Heine (Alemán fallecido en Francia, 1797-1856).

(La traducción al español del poema Los tres reyes magos de Oriente es de Jules Etienne).
La ilustración corresponde al relicario de los reyes magos en la catedral de Colonia, Alemania.

domingo, 9 de enero de 2022

Día de reyes: NUESTRA SEÑORA DE PARÍS, de Víctor Hugo

"... la doble celebración, ya de tiempos inmemoriales, del día de Reyes y la fiesta de los locos."

(Fragmento)

De aquel 6 de enero de 1482 la historia no ha guardado ningún recuerdo. Nada destacable en aquel acontecimiento que desde muy temprano hizo voltear las campanas y que puso en movimiento a los burgueses de París; no se trataba de ningún ataque de borgoñeses o picardos, ni de ninguna reliquia paseada en proce- sión; tampoco de una manifestación de estudiantes en la Viña de Laas ni de la repentina presencia de Nuestro muy temido y respetado señor, el Rey, ni siquiera de una atractiva ejecución publica, en el patíbulo, de un grupo de ladrones o ladronas por la justicia de París. No lo motivaba tampoco la aparición, tan familiar en el París del siglo XV, de ninguna atractiva y exótica embajada, pues hacía apenas dos días que la última de estas cabalgatas, precisamente la de la embajada flamenca, había tenido lugar para concertar el matrimonio entre el Delfín y Margarita de Flandes, con gran enojo, por cierto, de monseñor el Cardenal de Borbón.que, para complacer al rey, hubo de fingir agrado ante todo el rústtco gentío de burgomaestres flamencos y hubo de obsequiarles en su palacio de Borbón con una atractiva representación y una entretenida farsa, mientras una fuerte lluvia inundaba y deterioraba las magníficas tapicerías colocadas a la entrada para la recepción de la embajada.

Lo que aquel 6 de enero animaba de tal forma al pueblo de París, como dice el cronista Jehan de Troyes, era la coincidencia de la doble celebración, ya de tiempos inmemoriales, del día de Reyes y la fiesta de los locos.

Víctor Hugo (Francia. 1802-1885).

La ilustración corresponde a la tradición medieval llamada la fiesta de los locos.

sábado, 8 de enero de 2022

Día de reyes: EPIFANÍA, de J. W. Goethe


Son los tres Reyes Magos con su estrella:
ellos comen y beben, pero no pagan de buena gana;
ellos comen con ganas, ellos beben con ganas,
ellos comen y beben, pero no pagan de buena gana.

Los tres Reyes magos han llegado aquí:
son tres de ellos, y no cuatro;
y si entre ellos se encuentra un cuarto,
se tratará de un tercer Rey Mago de más.

Yo, el primero, soy el blanco y también el más apuesto,
¡Deberíais verme de día!
Pero ¡ay! con todas mis especias
no he conseguido el favor de ninguna doncella.

Yo, sin embargo, soy el moreno y el más alto,
bien conocido por las mujeres y por mi canto.
Traigo oro en lugar de especias,
lo que me hace ser bien recibido en todos sitios.

Yo, por fin, soy el negro y el más pequeño,
y quisiera también ser de nuevo el más divertido.
Como con ganas, bebo con ganas,
como, bebo, y agradezco de buena gana.

Los tres Reyes Magos tienen las mejores intenciones:
buscan a la Madre y al Niño,
junto a los cuales estará sentado el piadoso José,
mientras el buey y el asno yacerán sobre la paja.

Traemos mirra, traemos oro
y a las damas les encanta el incienso;
tenemos vino extraído de buenas viñas
y nosotros tres bebemos como por seis.

Como aquí no hay más que apuestos señores y damas,
pero no se ve a ningún buey ni a ningún asno,
entendemos que no nos hallamos en el sitio correcto
y por eso, continuamos de nuevo nuestro camino.


Johann Wolfgang von Goethe (Alemania, 1749-1832).

El poema original de Goethe fue musicalizado por Hugo Wolf. La canción lleva por título Epifanía (Epiphanias)..
(Traducido al español por Abel Alamillo).