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Vancouver, reloj de vapor en Gastown, invierno.

lunes, 19 de enero de 2015

La tristeza del tercer lunes de enero


Hoy es lo que se ha dado en llamar el lunes triste (Blue Monday), es decir, el día más depresivo del  año. Con ese motivo, en algún enero anterior escribí un texto titulado Propósitos y despropósitos del año nuevo, y en el mismo explicaba: Si bien es una designación por demás discutible, gracias a una fórmula desarrollada por el sicólogo Cliff Arnall, profesor de la Universidad de Cardiff, en el año 2005, en la que mediante una ecuación matemática que incluye media docena de elementos: el clima, las deudas, el lapso transcurrido después de los festejos navideños, el índice de motivación, la sensación de que ha llegado el momento de tomar decisiones y -lo que a mí me parece más simbólico-, el tiempo de confrontar lo que se suele denominar propósitos de año nuevo y que, a estas alturas, ya empezaron a ceder ante la realidad de las costumbres y vicios propios.

Valdría la pena acotar el hecho de que mientras aquí vivimos el invierno boreal, al sur del Ecuador se encuentran en pleno verano, de manera que el factor climatológico, el cual también influye según indica el profesor Arnall, allá no procedería, aunque al igual que nosotros también hayan brindado por el paso del año concluido hacia el que comienza.
 
En El mono epigramático dedicado, como su título sugiere, a reunir mis epigramas, se encuentra uno al que he titulado Calendario:

La cuenta regresiva ha empezado
el último día se sabrá con rigor
si experiencia hemos logrado,
y vivimos otro año mejor.

Considero que la clave de todo radica en la experiencia. Si cada año logramos acumularla, en lugar de envejecer simplemente nos iremos haciendo más expertos en el complicado oficio de vivir. El problema es que no siempre existe la disposición de aprender, incorporar lo vivido para modificar conductas, asumir los errores cometidos pero emprender de nuevo el camino procurando que no se repitan. Decía Aldous Huxley en el memorable prólogo de su novela Un mundo feliz (A Brave New World), al referirse al remordimiento crónico como el más indeseable de los sentimientos. "Revolcarse en el fango no es la mejor manera de limpiarse".

Por alguna extraña razón, parecería que forma parte de la condición humana el rechazo a la experiencia. Sobre todo si es ajena. Se nos podrá advertir lo que sucede si hacemos o dejamos de hacer esto o aquello. No importa, necesitamos experimentarlo en carne propia para comprenderlo. Hacemos más difícil el trayecto, en lugar de transitar por la vía más corta o por el lado sombreado de la vereda.

Karen Blixen, la escritora danesa que firmó su obra con el seudónimo literario de Isak Dinesen -y cuya prosa es definida por Vargas Llosa como "una anomalía genial"-, lo ha dicho, por supuesto, mucho mejor que yo. En su relato titulado El mono, que fue publicado en el volumen Siete cuentos góticos, la tía Cathinka le pregunta al pequeño Boris: "¿Qué es lo que cuesta mucho conseguir, se ofrece por nada y casi siempre se rechaza?" El niño escuchaba atento lo que la anciana tenía que decirle: "Experiencia, la experiencia de los viejos". Dicho lo anterior, le ofrece una reflexión acerca de los hijos de Adán y Eva, "si hubiesen estado preparados para hacer uso de la experiencia de sus padres, el mundo se habría comportado sensiblemente mejor desde hace seis mil años".


Jules Etienne

martes, 6 de enero de 2015

Una comedia de Shakespeare: NOCHE DE REYES (Twelfth Night)

 
Con frecuencia escenificada en español como Noche de Reyes o también Noche de Epifanía, la traducción literal de su título en inglés, Twelfth Night, significa la duodécima noche, esto es, contando a partir de la navidad. Se dice que William Shakespeare la escribió con motivo de la visita del Duque de Bracciano a la reina Isabel de Inglaterra, como una forma de mostrar hospitalidad al noble huésped, y también que el personaje de Olivia estaba inspirado en la propia reina. El caso es que se representó por primera vez justo durante la celebración de la Epifanía y se volvió una tradición en esa fecha, hasta avanzado el siglo XVII. Una costumbre equivalente a la que todavía se practica en los países de habla española con Don Juan Tenorio, de José Zorrilla, durante el día de los muertos.

Se trata de una comedia de enredos que acontece en el reino de Iliria, en la región de los Balcanes -lo que en la geografía moderna son Serbia, Croacia, Bosnia y Albania-. El barco en el que viajan Sebastián y Viola, hermanos gemelos muy unidos, naufraga, y cada uno supone que el otro ha muerto, aunque ambos logran salvarse y toman distinto rumbo. La clave de la trama que da origen a las equivocaciones, es que Viola decide hacerse pasar por hombre, adopta el nombre de Cesario y queda al servicio del duque Orsino. A partir de ese momento se generan confusiones y malentendidos y los personajes se enamoran unos de otros sin lograr ser correspondidos. Al final, con la aparición de Sebastián, todo se aclara y cada quien se queda con su pareja respectiva: "El amor buscado es bueno, pero si se da sin buscarlo, es mejor".

Shakespeare emplea el mismo tono festivo que en Sueño de una noche de verano y demuestra que no todo su teatro es tragedia. Esta pieza forma parte de la serie que suele denominarse "comedias felices" y debió ser escrita entre 1598 y 1600. Fue representada por primera vez en el palacio real, el 6 de enero de 1601. Ha sido objeto de diversas adaptaciones al cine y también se hace referencia a ella en Shakespeare enamorado (Shakespeare in Love, 1998), ya que la protagonista se llama precisamente Viola y la reina encarga al dramaturgo que escriba una obra para la noche de epifanía. La película termina cuando él empieza a trabajar en su Noche de Reyes.


Jules Etienne 

jueves, 25 de diciembre de 2014

Navidad: ADÁN EN EDÉN, de Carlos Fuentes

"Me invade un temor. Devolverle a un colaborador el regalo que éste me hizo hace dos, tres, cuatro Navidades..."

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No entiendo lo que ha sucedido. La Navidad pasada todos me sonreían, me traían regalos, me felicitaban, me auguraban un nuevo año -un año más- de éxitos, satisfacciones, reconocimientos. A mi esposa le hacían caravanas como diciéndole qué suertuda, estar casada con un hombre así... Hoy me pregunto qué significa ser «un hombre así...» o «asado». Más asado que así. ¿Fue el año que terminó una ilusión de mi memoria? ¿Realmente ocurrió lo que ocurrió? No quiero saberlo. Lo único que deseo es regresar a la Navidad del año anterior, anuncio familiar, repetido, reconfortante en su sencillez misma (en su idiotez intrínseca) como profecía de doce meses venideros que no serían tan gratificantes como la Noche Buena porque no serían, por fortuna, tan bobos y malditos como la Navidad, la fiesta decembrina que celebramos porque sí, no faltaba más, sin saber por qué, por costumbre, porque somos cristianos, somos mexicanos, guerra, guerra contra Lucifer, porque en México hasta los ateos son católicos, porque mil años de iconografía nos ponen de rodillas ante el Retablo de Belén aunque le demos la espalda al Establishment del Vaticano. La Navidad nos devuelve a los orígenes humildes de la fe. Una vez, otra vez, ser cristiano significaba ser perseguido, esconderse, huir. Herejía. Manera heroica de escoger. Ahora, pobre época, ser ateo no escandaliza a nadie. Nada escandaliza. Nadie se escandaliza. ¿Y si yo, Adán Gorozpe, en este momento derrumbo de un puñetazo el arbolito navideño, hago que se estrellen las estrellas, le coloco una corona en la cabeza a mi mujer Priscila Holguín y corro a mis invitados con lo que antes se llamaba (¿qué quiere decir?) cajas destempladas...?
 
¿Por qué no lo hago? ¿Por qué me sigo conduciendo con la amabilidad que todos esperan de mí? ¿Por qué sigo comportándome como el perfecto anfitrión que Navidad tras Navidad reúne a sus amigos y colaboradores, les da de comer y beber, les entrega regalos distintos a cada uno -jamás dos veces la misma corbata, el mismo pañuelo- aunque mi mujer insista en que ésta es la mejor época para el «roperazo», es decir, para deshacerse de regalos inútiles, feos o repetidos que nos son entregados para endilgárselos a quienes, a su vez, los regalan a otros incautos que se los encajan a...
 
Contemplo la pequeña montaña de obsequios al pie del árbol. Me invade un temor. Devolverle a un colaborador el regalo que éste me hizo hace dos, tres, cuatro Navidades... Me basta pensarlo para suprimir mis temores anticipados. No estoy aún en el Año Nuevo. Sigo en la Noche Buena. Me rodea mi familia. Mi esposa inocente sonríe, con su sonrisa más vanidosa. Las criadas distribuyen ponches. Mi suegro ofrece una bandeja de bizcochos.
 
No debo adelantarme. Hoy todo es bueno, lo malo aún no sucede.
 
Distraído, miro por la ventana. Pasa un cometa.
 
Y Priscila mi esposa le da una sonora cachetada a la criada que distribuye cócteles.
 
 
Carlos Fuentes (México, 1928-2012)

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Navidad: VAÑKA, de Anton Chéjov

"Vañka suspiró convulsivamente y fijó de nuevo la mirada en la ventana."

Vañka Jukov, chicuelo de nueve años, que tres meses antes fuera llevado al zapatero Aliajin para ser adiestrado por éste en el oficio, pasó la Nochebuena sin acostarse. Después de esperar a que amos y oficiales salieran de casa para asistir a la misa del alba, sacó del armario una botellita con tinta, un mango de pluma provisto de una plumilla roñosa, y tras colocar ante sí una arrugada hoja de papel, se dispuso a escribir. Antes de trazar la primera letra miró varias veces asustado al oscuro icono, a continuación del cual corrían por la pared los estantes cargados de hormas, y dejó escapar un suspiro entrecortado. El papel descansaba sobre el banco, ante el que se hallaba de rodillas.
 
«Mi querido abuelito Konstantin Makarich -escribía-: Te mando esta carta. Te felicito por la fiesta de Navidad y te deseo todo lo que pueda darte Nuestro Señor. No tengo padre ni mamita. No me queda nadie más que tú.»
 
Vañka paseó la mirada por la oscura ventana, sobre la que oscilaba el reflejo de la vela, representándosele claramente en ella la imagen del abuelo Konstantin Makarich, guardián nocturno en casa de los señores Jivariov. Es éste un viejecito de unos sesenta y cinco años, menudo, raquitiquillo, extraordinariamente movible y vivaracho, de cara perennemente risueña y ojos borrachines. De día duerme en la cocina de servicio o pasa el tiempo bromeando con las cocineras, mientras que de noche, arropado en un amplio talup, da vueltas por la hacienda acompañándose del golpeteo de un chuzo. Con la cabeza baja le sigue Kaschtanka, su viejo perro, a más de otro, de nombre Vium, llamado así por la negrura de su pelo y su cuerpo alargado como el de una serpiente. Este Vium es un perro sumamente respetuoso y amable. Mira de la misma manera conmovida a propios y extraños; pero no se le concede crédito. Bajo su respetuosa sumisión se esconde la más jesuítica hipocresía. Nadie mejor que él sabe acercarse oportunamente, agarrar por la pierna, introducirse en la cueva en que se guardan las provisiones para mantenerlas frescas o sustraer una gallina. Varias veces sufrió que le pegaran en las patas traseras, dos ha sido colgado, y todas las semanas se le azota hasta dejarle medio muerto, pero siempre revive.
 
Seguramente que el abuelo está ahora junto al portalón guiñando los ojos a las ventanas rojo vivo de la iglesia de la aldea, dando pataditas en el suelo con sus valenkii y bromeando con la servidumbre. Lleva el chuzo atado al cinturón, mueve las manos, se encoge de frío y con su risita de viejo pellizca tan pronto a una doncella como a una cocinera.
 
- ¿Un poco de rapé? -dice ofreciendo su tabaquera a las babas.
 
Las babas toman rapé y estornudan. El abuelo se llena de indescriptible entusiasmo y de una alegre risa, mientras dice en voz alta:
 
- ¡Arranca..., que se te hiela!
 
También da a sorber tabaco a los perros. Kaschtanka estornuda, mueve el hocico y ofendido se retira hacia un lado, en tanto que Vium, que por respeto se abstiene de estornudar, se limita a mover el rabo. El tiempo es espléndido: el aire, quieto, transparente y fresco. Y aunque la noche es oscura, se acierta a distinguir la aldea con sus blancos tejados y sus hilillos de humo saliendo de las chimeneas; los árboles están plateados de escarcha y hay montones de nieve. El cielo aparece cuajado de estrellas que parpadean alegres, y la Vía Láctea se destaca de él tan claramente como si hubiera sido para la fiesta lavada y frotada con nieve…
 
Vañka exhaló un suspiro, mojó la pluma y continuó escribiendo:
 
«Ayer me gané un regaño. El amo me sacó al patio, tirándome del pelo, y me zurró, porque cuando les estaba meciendo al niñito en la cuna, que quedé dormido sin querer. También la semana pasada el ama me mandó que le limpiara el arenque, y porque yo empecé por la cola, me lo quitó de las manos y se puso a darme en los morros con su cabezota. Los oficiales hacen burla de mi. Me dicen que vaya a la taberna por vodka y me mandan que robe pepinos al amo, que luego me pega con lo primero que se le viene a mano... De comer tampoco hay aquí nada. Por la mañana te dan pan para tomar el kascha; pero no te dan té ni schi. Se lo zampan los amos. También me manda que vaya a dormir al zaguán; pero, cuando su niñito llora, no puedo dormir nada y tengo que estar meneándole la cuna... Querido abuelito: ¡Hazme una merced en nombre de Dios! ¡Sácame de aquí y llévame a la casa de la aldea! ¡Ya no puedo aguantar más!... Te saludo hasta tus piececitos y rezaré a Dios por ti eternamente. ¡Llévame de aquí porque me voy a morir!...»
 
Vañka torció la boca, se frotó los ojos con un puño negro y dejó escapar un sollozo.
 
«Yo te prepararé el rapé -prosiguió escribiendo-. Rezaré a Dios por ti, y si hago algo malo, azótame todo lo que quieras. Si crees que no hay allí trabajo para mí, le pediré entonces al administrador que me tome para limpiarle las botas o que me mande en lugar de Fedka cuando lleven a pastar al ganado. ¡Abuelito querido!... ¡No puedo soportar más esto! ¡Es, sencillamente, la muerte! Quería escaparme a pie a la aldea, pero no tengo botas y me da miedo la helada. Cuando sea grande, yo, en cambio te daré de comer. No permitiré que nadie te haga daño y si te mueres rezaré por ti lo mismo que rezo por mi madrecita Pelagueia. Moscú es una ciudad muy grande; todas las casas son de señores y hay muchos caballos. Lo que no hay son ovejas, y lo perros no son malos. Los chicos aquí no salen con la estrella, y en el coro no dejan entrar a nadie. He visto una tienda donde vendían anzuelos y sedales para toda clase de peces. Los tenían en el escaparate. Eran muy buenos. Había uno que podría hasta con un salmón de un pud. También he visto tiendas en que se vendían escopetas de todas clases, parecidas a las del señor. A lo mejor cada una de ellas vale cien rublos. En las carnicerías tienen perdices y codornices y liebres, pero no te dicen dónde las matan...
 
«Querido abuelito, cuando los señores pongan el árbol de Navidad con los dulces, coge para mí una nuez dorada y guárdamela en el baulito verde. Pídesela a la señorita Olga Ignatievna. Dile que es para Vañka.»
 
Vañka suspiró convulsivamente y fijó de nuevo la mirada en la ventana. Recordaba que cuando el abuelo iba al bosque a buscar el abeto de Navidad para los señores, le llevaba consigo. ¡Qué tiempo tan alegre aquel!... La garganta del abuelo deja oír un a modo de crujido, cruje también el árbol, y Vañka, mirando, les imita. El abuelo, generalmente, antes de empezar a cortar el árbol se pone a fumar su cachimba, luego invierte largo rato en tomar rapé y burlarse de Vañka porque siente frío... Los jóvenes abetos, revestidos de escarcha, esperan inmóviles, sin saber cuál de ellos ha de morir. De repente, sin que se sepa cómo ni de dónde, sobre los montones de nieve pasa rauda una liebre. El abuelo no puede contenerse y grita:
 
- ¡Coge..., coge..., cógela!... ¡Demonio de bicho!...
 
El abeto cortado es conducido a la casa de los señores, donde se procede a su adorno. Más que nadie, se agita la señorita Olga Ignatievna, la favorita de Vañka. Cuando todavía vivía Pelagueia, la madre de Vañka, prestaba servicios de doncella en la casa de los señores. Olga Ignatievna daba caramelos a Vañka, y como no tenía otra cosa que hacer, le había enseñado a leer, a escribir, a contar hasta ciento y hasta a bailar el cuadrille. Sin embargo, cuando Pelagueia murió, el huerfanito Vañka fue enviado a la cocina de la servidumbre, junto al abuelo, y de la cocina pasó a la casa del zapatero Aliajin, en Moscú.
 
«¡Ven, querido abuelito!... -proseguía Vañka-. ¡Por el amor de Dios te lo pido!... ¡Sácame de aquí!... ¡Ten piedad de mí! ¡De este desgraciado huérfano! ¡Todos me pegan y tengo tantas ganas de comer!... Además, ¡tengo una tristeza tan grande que no te la puedo contar!... ¡Me paso el tiempo llorando!... El amo me pegó el otro día un porrazo tan fuerte en la cabeza con una horma, que me caí al suelo y tardé mucho en volver a respirar... ¡Mí vida es una perdición!... ¡Peor que la de un perro!... También mando mis saludos a Alona, a Egor, el tuerto, y al cochero. Mi armónica no se la dejes a nadie... Quedo de ti tu nieto. Iván Jukov.»
 
«¡Ven, querido abuelito!»
 
Vañka plegó la hoja escrita en cuatro dobleces y la introdujo en el sobre comprado la víspera por un kopek... Después de meditar un momento, mojó la pluma y escribió las señas. «Para el abuelito que está en la aldea».
 
Luego se rascó y, tras un instante de cavilación, añadió a lo escrito: «Para Konstantin Makarich».
 
En seguida y contento de no haber sido molestado mientras escribía, se caló el gorro y, sin ponerse la pellicita, en mangas de camisa, echó a correr a la calle... Por los dependientes de la carnicería a quienes había preguntado la víspera, sabia que las cartas se depositaban en los buzones, desde donde eran repartidas por toda la tierra por cocheros borrachos montados en las troikas de correos y entre un resonar de campanillas. Vañka llegó de una carrera al primer buzón e introdujo la preciosa carta por la ranura...
 
Una hora después, mecido en sus dulces esperanzas, dormía profundamente. Soñaba con la estufa. En la yacija, junto a la estufa, veía sentado al abuelo, descalzo, con las piernas colgando y leyendo la carta a las cocineras. Vium daba vueltas junto a la estufa, moviendo el rabo...

Anton Chéjov (Rusia, 1860-1904)
 
(Traducido al español por E. Podgursky y A. Aguilar)

martes, 23 de diciembre de 2014

Navidad: EL REGALO (The Gift), de Ray Bradbury

"... el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas."
 
El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera lo más agradable posible. Cuando en la aduana los obligaron a dejar el regalo porque excedía el peso máximo por pocas onzas, al igual que el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban algo muy importante para celebrar esa fiesta. El niño esperaba a sus padres en la terminal. Cuando estos llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios.
 
- ¿Qué haremos?
- Nada, ¿qué podemos hacer?
- ¡Al niño le hacía tanta ilusión el árbol!

La sirena aulló, y los pasajeros fueron hacia el cohete de Marte. La madre y el padre fueron los últimos en entrar. El niño iba entre ellos, pálido y silencioso.

- Ya se me ocurrirá algo -dijo el padre.
- ¿Qué...? -preguntó el niño.

El cohete despegó y se lanzó hacia arriba al espacio oscuro. Lanzó una estela de fuego y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, para dirigirse a un lugar donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas. Los pasajeros durmieron durante el resto del primer "día". Cerca de medianoche, hora terráquea según sus relojes neoyorquinos, el niño despertó y dijo:

- Quiero mirar por el ojo de buey.
- Todavía no -dijo el padre-. Más tarde.
- Quiero ver dónde estamos y a dónde vamos.
- Espera un poco -dijo el padre.

El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y a otro, pensando en la fiesta de Navidad, en los regalos y en el árbol con sus velas blancas que había tenido que dejar en la aduana. Al fin creyó haber encontrado una idea que, si daba resultado, haría que el viaje fuera feliz y maravilloso.

- Hijo mío -dijo-, dentro de medía hora será Navidad.
- Oh -dijo la madre, consternada; había esperado que de algún modo el niño lo olvidaría. El rostro del pequeño se iluminó; le temblaron los labios.
- Sí, ya lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol? Me lo prometieron.
- Sí, sí. todo eso y mucho más -dijo el padre.
- Pero... -empezó a decir la madre.
- Sí -dijo el padre-. Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo pronto.

Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.

- Ya es casi la hora.
- ¿Me prestas tu reloj? -preguntó el niño.

El padre le prestó su reloj. El niño lo sostuvo entre los dedos mientras el resto de la hora se extinguía en el fuego, el silencio y el imperceptible movimiento del cohete.

- ¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?
- Ven, vamos a verlo -dijo el padre, y tomó al niño de la mano.

Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los seguía.

- No entiendo.
- Ya lo entenderás -dijo el padre-. Hemos llegado.

Se detuvieron frente a una puerta cerrada que daba a una cabina. El padre llamó tres veces y luego dos, empleando un código. La puerta se abrió, llegó luz desde la cabina, y se oyó un murmullo de voces.

- Entra, hijo.
- Está oscuro.
- No tengas miedo, te llevaré de la mano. Entra, mamá.

Entraron en el cuarto y la puerta se cerró; el cuarto realmente estaba muy oscuro. Ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de metro y medio de alto por dos de ancho, por la cual podían ver el espacio. El niño se quedó sin aliento, maravillado. Detrás, el padre y la madre contemplaron el espectáculo, y entonces, en la oscuridad del cuarto, varias personas se pusieron a cantar.

- Feliz Navidad, hijo -dijo el padre.

Resonaron los viejos y familiares villancicos; el niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el frío vidrio del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, simplemente mirando el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas.
 
Ray Bradbury (Estados Unidos, 1920-2012)

lunes, 22 de diciembre de 2014

Navidad: IN MEMORIAM, de José María Pemán


La navidad sin ti, pero contigo.
Como el volver a ser
cuando empieza a nacer
verde de vida y de memoria, el trigo.

Porque tú no estás lejos.
No sé si es que te veo o que te escucho.
Me iluminan, me templan tus reflejos.
Voy hacia ti... No puedo tardar mucho.

Pagando estrellas por salario
te escondes en la barbas torrenciales de Dios.
Recuerdo el ritmo lento de tu horario.
Humilde en la infinita paciencia del rosario:
y en la fe penetrante de tu voz.

Y el belén de su Amor,
como tú lo ponías.
Tú, la niña mayor,
la flor más pura de las flores mías,.

Como es la luz del río
y el canto es de la fuente:
este cariño ardiente
es todo tuyo, a fuerza de tan mío.
 
 
 
José María Pemán (España, 1898-1981)

domingo, 21 de diciembre de 2014

Tres escritoras y el solsticio de invierno


El día más breve del año en el hemisferio boreal ha sido mucho menos favorecido por la literatura que su contraparte, el solsticio de verano. Sin embargo, también se le han dedicado algunas páginas en una cantidad respetable de obras que corresponden a una gran diversidad de géneros. Es en la poesía donde se le refiere con mayor asiduidad. En esta ocasión me referiré a tres piezas narrativas, todas escritas por mujeres.

La alemana Rosamunde Pilcher, en su novela Solsticio de invierno, propone entre sus diálogos la posibilidad de que Jesucristo no hubiese nacido en la fecha en que celebramos la navidad. El personaje de Lucy le dice a Oscar: "No me gustaría celebrar mi cumpleaños en pleno invierno. No me gustaría haber nacido el día de navidad". Lo que da pie para que éste le exponga sus razones por las que duda de la verosimilitud de esa fecha: "... creo que Jesús no nació en invierno. Probablemente nació en primavera." Luego de explicar algunos aspectos relacionados con la actividad de los pastores y el clima, concluye:

"Creo que los primeros cristianos eran gente muy astuta, y simplemente adaptaron lo que les habían dejado los habitantes paganos de los países que convertían. Siempre se había celebrado del solsticio de invierno, el día más corto del año. Supongo que, para animarse, esos pueblos precristianos organizaban una fiesta, encendían hogueras, se divertían, arrancaban muérdago, preparaban tartas -Oscar sonrió-. Se emborrachaban, se abandonaban a prácticas lujuriosas."

Por su parte, Joyce Carol Oates, en su novela titulada precisamente Solsticio, describe esa fecha en que concluye el otoño:

"... una escena de invierno -cuando comienza- colores pálidos de la tierra mezclados con el molde levemente manchado de la nieve -árboles que no se distinguen por su belleza, y casi sin hojas..."

Por último, un párrafo de Laura Gallego -una autora española especializada en literatura fantástica y juvenil-, con el que comienza Donde los árboles cantan:

"Todos los años, la víspera del solsticio de invierno, el rey reunía a sus nobles en el castillo de Normont para conmemorar el aniversario de su coronación. Había sido así desde que se tenía memoria.

Todos los reyes de Nortia habían ascendido al trono en el solsticio de invierno, incluso si sus predecesores fallecían en cual­quier otro momento del año. Por ello, con el tiempo, la celebración se había vuelto cada vez más festiva y menos solemne. Había justas durante el día, y un gran banquete con música y danza por la noche. Los barones del rey acu­dían con sus familias y sirvientes, por lo que, durante un par de jornadas, el castillo era un auténtico hervidero de gente."


Jules Etienne

sábado, 20 de diciembre de 2014

Páginas ajenas: JARDÍN DE INVIERNO, de Pablo Neruda


Llega el invierno. Espléndido dictado
me dan las lentas hojas
vestidas de silencio y amarillo.

Soy un libro de nieve,
una espaciosa mano, una pradera,
un círculo que espera,
pertenezco a la tierra y a su invierno.

Creció el rumor del mundo en el follaje,
ardió después el trigo constelado
por flores rojas como quemaduras,
llegó el otoño a establecer
la escritura del vino:
todo pasó, fue cielo pasajero
la copa del estío,
y se apagó la nube navegante.

Yo esperé en el balcón tan enlutado,
como ayer con las yedras de mi infancia,
que la tierra extendiera
sus alas en mi amor deshabitado.

Yo supe que la rosa caería
y el hueso del durazno transitorio
volvería a dormir y germinar:
y me embriagué con la copa del aire
hasta que todo el mar se hizo nocturno
y el arrebol se convirtió en ceniza.

La tierra vive ahora
tranquilizando su interrogatorio,
extendida la piel de su silencio.

Yo vuelvo a ser ahora
el taciturno que llegó de lejos
envuelto en lluvia fría y en campanas:
debo a la muerte pura de la tierra
la voluntad de mis germinaciones.


Pablo Neruda: Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto (Chile, 1904-1973).
Obtuvo el premio Nobel en 1971.

martes, 16 de diciembre de 2014

Epigrama: SEÑAL


El otoño se aleja al reconocer

el epílogo del ciclo eterno:

las hojas se fatigan de caer,

ha llegado la hora del invierno.
 
 
Jules Etienne

La ilustración corresponde a la fotografía Hojas del otoño (Autumn Leaves), de Eredel.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Páginas ajenas: DOMINGO LOCO, de F. Scott Fitzgerald

 
 (Fragmento del segundo capítulo)

Joel no oía muy bien la canción; se sentía feliz, amigo de toda aquella gente, gente valerosa y trabajadora, superior a una burguesía que les ganaba en ignorancia e inmoralidad, y capaz de conquistar una posición de primera importancia en una nación que durante una década sólo había querido que la entretuvieran. Le gustaba... Le encantaba aquel mundo. Oleadas de buenos sentimientos recorrían a Joel. Cuando el cantante terminó su número y los invitados empezaron a acercarse a la anfitriona para despedirse, Joel tuvo una idea. Podría cantarles Dándole forma, una composición suya. Era su único número para las fiestas, había alegrado más de una y quizá le gustara a Stella Walker. Dominado por aquel deseo, mientras le bullían en la sangre los glóbulos escarlata del exhibicionismo, buscó a Stella.

- Por supuesto —exclamó ella-. ¡Te lo ruego! ¿Necesitas alguna cosa?
 
- Alguien tiene que hacer de secretaria, se supone que le estoy dictando.
 
- Yo seré la secretaria.
 
Cuando llegó la noticia al vestíbulo, los invitados que ya se ponían los abrigos para irse se apresuraron a volver, y Joel se vio frente a las miradas de una multitud de desconocidos. Tuvo un ligero presentimiento, porque se había dado cuenta de que el hombre que acababa de actuar era un famoso artista de la radio. Entonces alguien dijo «Chissss» y Joel se quedó solo con Stella, en el centro de un siniestro semicírculo indio. Stella le sonrió con expectación, y él comenzó. Su parodia se basaba en las limitaciones culturales del señor Dave Silverstein, un productor independiente; se suponía que Silverstein dictaba una carta esbozando el tratamiento de un guión que había comprado.
 
- ...la historia de un divorcio, los generadores más modernos y la Legión Extranjera -oyó que decía su voz, con el acento del señor Silverstein-. Pero tenemos que darle forma, ¿sabe? Una aguda punzada de incertidumbre lo atravesó. Las caras que lo rodeaban a la luz suavemente modulada reflejaban interés y curiosidad, pero no encontró ni la sombra de una sonrisa; exactamente delante de él, el Gran Amante de la pantalla le dedicaba una mirada feroz y tan penetrante como la mirada de una patata. Sólo Stella Walker lo contemplaba con una radiante sonrisa que nunca desfallecía.
 
-Si lo hiciéramos estilo Menjou, conseguiríamos una especie de Michael Arlen pero con ambiente de Honolulú.
 
En las primeras filas no se oía una mosca, pero del fondo llegaba un susurro, un perceptible desplazamiento hacia la izquierda donde estaba la puerta.
 
- ...entonces ella dice que él le atrae, le atrae sexualmente, y él se calienta y dice: «Ah, sí, sí, sigue deshaciéndote...» En algún momento oyó la risa contenida de Nat Keogh y aquí y allá le pareció ver alguna cara alentadora, pero al terminar tenía la desagradabilísima impresión de que había hecho el ridículo ante un importante sector del mundo del cine, de cuyos favores dependía su carrera.
 
Se encontró en medio de un confuso silencio, roto por la migración general hacia la puerta. Sentía la corriente de burla que resonaba entre los comentarios en voz baja; y entonces -todo en el espacio de diez segundos- el Gran Amante, con la mirada dura y vacía como el ojo de una aguja, le silbó, lo abucheó, y Joel sintió que aquel abucheo expresaba el humor de toda la sala. Era el resentimiento del profesional hacia el aficionado, de la comunidad hacia el extraño, los pulgares vueltos hacia abajo del clan.  Sólo Stella Walker seguía a su lado y le daba las gracias como si hubiera logrado un éxito incomparable, como si fuera inconcebible que a alguien no le hubiera gustado. Cuando Nat Keogh lo ayudaba a ponerse el abrigo, lo invadió una oleada de irritación consigo mismo, y se aferró desesperadamente a su principio de no revelar jamás una emoción inferior hasta que ya no la sintiera.
 
- Ha sido un fracaso -dijo a Stella, sin darle importancia-. No te preocupes, es un buen número si se sabe apreciar. Gracias por haberme ayudado. La sonrisa no abandonó la cara de Stella. Joel hizo una especie de reverencia ebria y Nat lo arrastró hacia la puerta...
 
Francis Scott Fitzgerald (Estados Unidos, 1896-1940)
 
 
 Domingo Loco (Crazy Sunday) provee un ejemplo excelente de la manera en la que Fitzgerald incorporaba incidentes autobiográficos a la ficción. El incidente acontecido en el té de los Calman estuvo basado en una exhibición impulsada por el alcohol por parte de Fitzgerald, en una reunión de la que Irving Thalberg y Norma Shearer eran los anfitriones. Fitzgerald canto una canción humorística: el actor John Gilbert y la actriz Lupe Vélez lo abuchearon; luego, Shearer le envió un telegrama para reanimarlo.
 
Mary Jo Tate en su ensayo crítico sobre F. Scott Fitzgerald
(A Literary Reference to His Life And Work).
 
 
(Traducido al español por Justo Navarro)

domingo, 14 de diciembre de 2014

Una serenata para Lupe: LA ÚLTIMA MADRUGADA

"Había luchado tanto y estaba por perderlo todo."
 
(Fragmento del primer capítulo: Despedida en voz baja)

Eran casi las cuatro y la señora Kinder la esperaba despierta. Todavía le preguntó si se le ofrecía algo, pero en realidad Lupe no necesitaría gran cosa, acaso un frasco de seconales y redactar unas notas de despedida. A veces me siento como si tuviera cien años, como si fuera una anciana lista para el asilo. ¡Dios santo! ¿Cuánto habré vivido que ni siquiera lo noté? Entre tanto frenesí, había dejado de sumar los trozos de sueños y pesadillas para sustraer una última resta con lo que ya nunca sería.
 
Empezó a escribir con su letra de rasgos infantiles, unas líneas para Harald y recordó el día en que lo había conocido. ¿Por qué tuviste que atravesarte en mi camino? ¿Cómo fui a enredarme con un inútil como tú? Su arraigado catolicismo se empecinaba en convencerla de que la vida es como un mapa trazado por un ser supremo y es muy poco lo que puede hacer la voluntad. Había vivido y moriría bajo la sombra de su determinismo religioso. Y pensar que hasta llegué a imaginarme que juntos podíamos compartir una vida y que la llamaríamos nuestra.Entonces, como el espectador que acude a la proyección de una película para descubrir con sorpresa que es su propio espectro en la pantalla y aunque reconoce los pasajes de su vida, le parecen ajenos, se vio a sí misma la mañana en que había visitado el foro en el que filmaban El Pirata y la dama para encontrarse con Arturo de Córdova, cuando un desconocido llamó su atención: un joven aventurero, atractivo, de origen confuso y pasado fantasioso. Supuso que era ideal para provocar en de Córdova la ignición de los celos. Sin embargo, se equivocó, éste mantuvo la tibieza y fiel a su estilo habrá dicho con indiferencia: "No tiene la menor importancia", para dar vuelta a la página y cerrar el capítulo que llevaba el nombre de Lupe Vélez. Estoy tan cansada de todo el mundo. La gente cree que peleo por capricho, por puro gusto. pero en realidad siempre he tenido que pelear por todo. Desde que era una niña no he hecho otra cosa que pelear.
 
A través de la ventana percibió una brisa templada que provocaba el murmullo de las hojas al caer presagiando el fin del otoño. A la distancia se escuchaba la tonada de Serenata a la luz de la luna. Algún vecino debería estar rindiendo una suerte de homenaje premonitorio a Glenn Miller, quien desaparecería al día siguiente en un vuelo militar que nunca llegó a París, su destino original, tal vez derribado por la artillería alemana. Eran tiempos de guerra, pero Lupe ya tenía la suya propia como para todavía andar pensando en las guerras ajenas. Había luchado tanto y estaba por perderlo todo.
 
Ni siquiera tengo derecho de quejarme. Pude ver cuando brillaba mi nombre en las marquesinas de los cines, tuve todos los abrigos y las joyas que se me dio el capricho de que fueran míos, hombres a los que jamás conocí se enamoraron de mí, me escribieron cartas de amor apasionadas a las que respondí enviándoles fotografías con alguna dedicatoria. En mi cama, esta misma cama que mandé hacer a la medida de mi antojo, se acostaron hombres con los que tantas mujeres se tienen que conformar apenas con soñarlos.
 
Su memoria se aferraba a lo que aún le quedaba de vida, en un tramposo acto de prestidigitación para que vomitara los setenta y cinco seconales junto con los recuerdos que ahora se enredaban en desorden y escuchó con la nitidez del presente las voces de aquellos que habitan en los huecos que va dejando el tiempo en la memoria, ésos que permanecieron durante años en el olvido, y ahora recuperaban la forma de sus rostros mientras que un eco con el sonido de su voz, de cada palabra dicha, de cada risa, rebotaba en las paredes del pasado como si no hubieran transcurrido tantos años...
 
 
Jules Etienne

sábado, 13 de diciembre de 2014

En su aniversario luctuoso: LUPE VÉLEZ Y LA LITERATURA


A setenta años de su muerte

Es de suponerse que una mujer con la energía y el temperamento de Lupe Vélez no fuera capaz de pasar mucho tiempo en la inactividad que demanda la lectura. Sin embargo, lo que resulta curioso es la frecuencia y facilidad que tuvo para relacionarse con escritores. Ya en un texto previo, Los poetas enamorados de Lupe Vélez, he dejado testimonio de su romance con el poeta José Gorostiza y de la manera en que otros poetas mexicanos le expresaron su admiración, como sería el caso de Ermilo Abreu Gómez.

Valdría la pena consignar su romance con el novelista alemán Erich María Remarque, autor de Sin novedad en el frente -cuya adaptación al cine resultó, por cierto, afortunada y exitosa-. La propia fundación que lleva el nombre del escritor, en sus apuntes biográficos señala que la relación entre ambos tuvo lugar entre el 8 de septiembre de 1941 y el 26 de marzo de 1942, etapa en la que Lupe involucró a Remarque en su afición por las peleas de box y acudían con frecuencia a presenciarlas. Si se toma en cuenta que una de sus grandes pasiones fue la también actriz Paulette Goddard, ex esposa de Chaplin, con quien permaneció casado los últimos años de su vida, la intimidad con Lupe no resulta ninguna sorpresa. De hecho, en su obra Erich María Remarque: el último romántico, su biógrafo Tims Hilton asegura que Lupe Vélez ejercía sobre el escritor el mismo efecto tonificante que Goddard, porque el carácter de ambas poseía una vivacidad similar.

En las obras de algunos escritores hispanos se encuentran, como sería de suponerse, referencias a Lupe Vélez. Por ejemplo, en Diana o la cazadora solitaria, de Carlos Fuentes: “Garbo duró mucho y se retiró a tiempo. Anna Sten no duró nada, la retiraron a tiempo. Lupe Vélez duró mucho pero no supo retirarse a tiempo. A Valentino, lo retiró la muerte a los treinta años...”

O también en Este domingo, del chileno José Donoso:  Su padre se ponía furioso cuando le tomaba las lecciones. Por mucho que Álvaro estudiara nada se le quedaba en la cabeza. La Violeta jamás le dijo estudie, mire que va faltando poco para los exámenes y va a salir mal y va a tener que repetir el curso. No. Le decía, en cambio, oiga, don Alvarito, vamos al teatro, que están dando una de la Lupe Vélez, para que se distraiga de tantos numeritos que deben estar saltándole adentro de la cabeza, porque yo le digo, de salir bien va a salir bien, se lo aseguro yo, no se preocupe. Y sus ojos brillaban y sus carrillos colorados brillaban con una sonrisa y Álvaro le decía ya, bueno, ya está, vamos, pero si salgo mal en el examen es culpa tuya y te acuso con mi mamá.”

He preferido pasar por alto el fallido relato de Sealtiel Alatriste, con un peculiar sentido del humor, que lleva por título En defensa de la envidia (Crónica de la verdadera muerte de Lupe Vélez).

En un volumen que reúne los cuentos completos de F. Scott Fitzgerald traducidos al español, esta es la presentación que corresponde a Domingo loco (Crazy Sunday):

"Fitzgerald escribió Domingo loco (American Mercury, octubre de 1932) después de escribir en 1931 para la MGM el guión de La pelirroja, que nunca seria rodado. Estando en Hollywood, bajo la inspiración del alcohol, Fitzgerald interpretó una canción humorística en una fiesta que daban Irving Thalberg y Norma Shearer, y John Gilbert y Lupe Vélez lo abuchearon. El Post no aceptó el relato porque «ni pretendía ni probaba nada» y porque el final lo convertía en «difícil» para ellos, la revista de Hearst, Cosmopolitan, lo rechazó para evitar el riesgo de ofender a personalidades de Hollywood, aunque Fitzgerald insistía en que «había mezclado distintos personajes para que nadie pudiera ser reconocido, salvo, quizá, King Vidor, que se hubiera reído mucho con la historia». Harold Ober se vio impotente para colocar el relato en otra revista de gran difusión, debido a su contenido erótico y a su extensión. Fitzgerald se negó a escribir un final distinto y se lo vendió al American Mercury por 200 dólares. Lo incluyó en Taps at Reveille.

Con los siguientes párrafos concluye la primera parte de mi novela Una serenata para Lupe:

"El pasado existía nada más en su memoria y el futuro ya tampoco le importaba, sólo quedaba un presente insoportable en que lo único que buscaba era su propia muerte como excusa para cancelar las cuentas pendientes con su conciencia y las de los demás con respecto a ella. De pronto se encontraba a sí misma con la fatiga de vivir agazapada más allá de sus ojos, también en la voz, la sonrisa y en la piel desgastada por el vaivén de tantos amoríos, empecinada en saldar cuentas con las veinticuatro mentiras por segundo, una por cada hora del día, que contaba el cine.

La muerte ignora el pasado y anula el futuro. Es la voluntad de nada. No se arrepentía de lo que había vivido, sino de lo que estaría por vivir. Si la muerte es el silencio del tiempo, la realidad no sería más que el espejo de la verdad."
 
 
Jules Etienne

viernes, 12 de diciembre de 2014

Páginas ajenas: EL AUTOBÚS PERDIDO, de John Steinbeck


(Fragmento relativo a la Virgen de Guadalupe)

Allí donde se hallaba el ángulo medio del parabrisas y arrancaba el listón central del mismo, posada sobre el salpicadero había una pequeña Virgen de Guadalupe de metal, pintada de vivos colores. Los rayos eran dorados, la túnica, azul, y estaba de pie sobre una luna nueva que sostenían unos querubines. La Virgen era el lazo de Juan Chicoy con la eternidad. Tenía poco que ver con la religión en tanto que Iglesia y dogma, pero mucho que ver con la misma como memoria y sentimiento. Aquella Virgen morena era su madre, y también la casa en penumbra en la que, hablando un español con algo de acento irlandés, su madre lo había criado. Pues ella había convertido a la Virgen de Guadalupe en su propia diosa particular. Se había deshecho de san Patricio, santa Brígida y las diez mil vírgenes pálidas del norte, para recibir en su seno a la Virgen morena con sangre en las venas y una relación estrecha con el pueblo.
 
La madre de Juan Chicoy admiraba a su Virgen, cuyo día se celebra con una explosión de fuegos artificiales, cosa en la que, por supuesto, su padre mexicano no veía nada de particular. Los cohetes eran la manera natural de festejar los días de los santos. ¿Quién podía pensar otra cosa? El tubo que ascendía silbando era obviamente el alma en su ascenso al Cielo, y la gran explosión luminosa en lo alto era su entrada dramática al salón del trono del mismo. Juan Chicoy, aunque no era creyente en el sentido habitual del término, ahora que tenía cincuenta años no se habría sentido tranquilo conduciendo el autobús sin la compañía y la protección de la Guadalupana. Era una religión práctica la suya.
 
John Steinbeck (Estados Unidos, 1902-1968). Obtuvo el premio Nobel en 1962.

martes, 18 de noviembre de 2014

Páginas ajenas: OTOÑO TARDÍO, de Tudor Arghezi


En la soledad de noviembre,
y en cuanto alcanza la vista, el parque se hunde
envuelto en el sueño fúnebre
de los espejos humeantes.

Y es que entre los árboles, milenariamente enfermo,
oscuro en sus profundidades, se extiende un lago,
y la sangre de las viñas y los castaños
flota sobre la superficie cobriza del agua.

Por entre los árboles, mi tristeza mira el horizonte
como un cuadro que no entendiera:
¿Detiene el sendero en lo hondo la arboleda o la espera?
El silencio es el eco de las ramas peregrinas.

Hospital de la tristeza, del remordimiento,
donde lloras tu amor incumplido
y recuerdas, con nostalgia y sufrimiento,
su imagen jamás encontrada.

Algunos alerces se han reunido a lo lejos,
mientras el parque reza en un murmullo…
Se cierra el anochecer como un libro
y el alma queda en prenda entre sus hojas.
 
 
Tudor Arghezi (Rumania, 1880-1967)
 
(Traducido al español por Darie Novacèanu)

lunes, 17 de noviembre de 2014

Día de los muertos: SOBRE LA MUERTE Y OTRAS SOLEDADES


"Desde mis ojos insomnes
mi muerte me está acechando,
me acecha, sí, me enamora
con su ojo lánguido."
José Gorostiza

Nada le es ajeno a la muerte. De entre todas las fases que conforman la vida, la muerte es la única certeza. Se le ha rendido culto desde las civilizaciones más antiguas y, por lo tanto, tampoco a la mexicana le resulta ajena. De hecho, ha encontrado un vasto campo de expresión y encuentra eco en todas sus tradiciones. La presencia de la muerte en la literatura es abundante y simbólica. Pedro Páramo, la breve y espléndida novela de Juan Rulfo, se erige en el punto de partida más apropiado, debido a que la acción transcurre entre personajes muertos:

- ¿Quieres hacerme creer que te mató el ahogo, Juan Preciado? Yo te encontré en la plaza, muy lejos de la casa de Donis, y junto a mí también estaba él, diciendo que te estabas haciendo el muerto. Entre los dos te arrastramos a la sombra del portal, ya bien tirante, acalambrado como mueren los que mueren muertos de miedo. De no haber habido aire para respirar esa noche de que hablas, nos hubieran faltado las fuerzas para llevarte y contimás para enterrarte. Y ya ves, te enterramos.

A lo que el personaje le da respuesta cabal con su propia explicación:

- Bueno, pues llegué a la plaza. Me recargué en un pilar de los portales. Vi que no había nadie, aunque seguía oyendo el murmullo como de mucha gente en día de mercado. Un rumor parejo, sin ton ni son, parecido al que hace el viento contra las ramas de un árbol en la noche, cuando no se ven ni el árbol ni las ramas, pero se oye el murmurar. Así. Ya no di un paso más. Comencé a sentir que se me acercaba y daba vueltas a mi alrededor aquel bisbiseo apretado como un enjambre, hasta que alcancé a distinguir unas palabras vacías de ruido: «Ruega a Dios por nosotros». Eso oí que me decían. Entonces se me heló el alma. Por eso es que ustedes me encontraron muerto.

También en Aura, de Carlos Fuentes, se establece ese juego en el que quienes deberían estar muertos interactúan con los vivos en el tiempo presente: "Habrás calculado: la señora Consuelo tendrá hoy ciento nueve años.. . cierras el folio. Cuarenta y nueve al morir su esposo." Una mujer centenaria que se manifiesta rejuvenecida en el cuerpo de la joven a quien presenta como su sobrina.
 
El párrafo con el que da principio la novela El luto humano, de José Revueltas, es como un presagio:

La muerte estaba ahí, blanca, en la silla con su rostro. El aire de campanas con fiebre, de penentrantes inyecciones, de alcohol quemado y arsénico, movíase como la llama de una vela con los golpes de aquella respiración última -y tan tierna, tan querida- que se oía. Que se oía: de un lado para otro, de uno a otro rincón, del mosquitero a las sábanas, del quinqué opaco a la vidriera gris, como un péndulo. La muerte estaba ahí en la silla.

Porque la muerte no es morir, sino lo anterior al morir, lo inmediatamente anterior, cuando aun no entra en el cuerpo, y está inmóvil y blanca, negra...

Pues toda la vida es acumulación de desprecios hasta que sobreviene el desprecio final, el gran desprecio que es la muerte.

Juan José Arreola también se merece un lugar preponderante gracias a su texto El amor como metáfora de la muerte: "El amor es un símbolo de ese regreso al seno terrenal, al seno de la gran madre. Por eso el amor viene a ser una metáfora de la muerte. Cuando amamos físicamente a una mujer, nos insertemos en la tierra. Incluso el espasmo amoroso, el orgasmo, tiene algo de agonía, del sentimiento de la muerte: es una muerte feliz. Quizá se podría decir que tememos a la muerte como tememos al amor absoluto."

Y también por el remate de su cuento Botella de Klein: "Tienes miedo en pie como falso suicida, jugando metafísico el peligroso juguete en tus manos, revólver de vidrio y vaso de veneno... Porque tienes miedo de beberte hasta el fondo, miedo de saber a qué sabe tu muerte , mientras te crece en la boca el sabor, la sal del dormido que reside en la tierra..."

El poeta Xavier Villaurrutia escribía que vivimos en una permanente Nostalgia de la muerte, en tanto que José Gorostiza prefería hablar de la Muerte sin fin. Podríamos resumirlo en una paráfrasis hurtada al entrañable Edmundo Valadés: La muerte siempre tendrá permiso.

El indispensable Octavio Paz se refiere a ambos poetas en El laberinto de la soledad:

Así, frente a la muerte hay dos actitudes: una, hacia adelante, que la concibe como creación; otra, de regreso, que se expresa como fascinación ante la nada o como nostalgia del limbo. Ningún poeta mexicano o hispanoamericano, con la excepción, acaso, de César Vallejo, se aproxima a la primera de estas dos concepciones. En cambio, dos poetas mexicanos, José Gorostiza y Xavier Villaurrutia, encarnan la segunda de estas dos direcciones. Si para Gorostiza la vida es "una muerte sin fin", un continuo despeñarse en la nada, para Villaurrutia la vida no es más que "nostalgia de la muerte".

La afortunada imagen que da título al libro de Villaurrutia, Nostalgia de la muerte, es algo más que un acierto verbal. Con él, su autor quiere señalarnos la significación última de la poesía. La muerte como nostalgia y no como fruto o fin de la vida, equivale a afirmar que no venimos de la vida sino de la muerte. Lo antiguo y original, la entraña materna, es la huesa y no la nariz. Esta aseveración corre el riesgo de parecer una vana paradoja o la reiteración de un viejo lugar común: todos somos polvos y vamos al polvo. Creo, pues, que el poeta desea encontrar en la muerte (que es, en efecto, nuestro origen) una revelación que la vida temporal no le ha dado: la de la verdadera vida.
 
Al morir
la aguja del instantero
recorrerá su cuadrante
todo cabrá en un instante
(...)
Y será posible acaso
vivir, después de haber muerto.

Regresar a la muerte original será volver a la vida de antes de la vida, a la vida de antes de la muerte: al limbo, a la entraña materna.
 
Por supuesto que la muerte es tema recurrente en la literatura mexicana, en todos sus géneros, desde la narrativa y la poesía hasta la solemne prosa del ensayo. Los autores citados en este texto son sólo unos cuantos, pero se les puede considerar entre los más representativos. Suficientes para concluir con el tema del día de los muertos, al que nos hemos referido durante estas últimas semanas.
 

Jules Etienne