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Vancouver, English Bay, verano.

lunes, 21 de julio de 2014

Espejos (81): PAÍS DE NIEVE, de Yasunari Kawabata

 
(Fragmentos)

La luz fue invadiendo el lugar hasta que él alcanzó a verle las mejillas rosadas, o quizás era que sus ojos se habían acostumbrado tanto a la oscuridad que ahora podía distinguir un detalle como ése.
 
- Tus mejillas arden de frío. Aléjate de la ventana.
 
- No es el frío. Es que me quité el maquillaje. Siempre entro en calor en un suspiro, de la cabeza a los pies, en cuanto me meto en la cama. Debo irme. Ya es de día -dijo echándose un último vistazo en un espejo que había junto a la cama. Shimamura levantó la cabeza pero desvió los ojos de inmediato. El espejo reflejaba el blanco de la nieve enmarcando el rostro de arreboladas mejillas. El pelo era de un negro levísimamente diluido, con destellos púrpura. ¿Ya había amanecido? Shimamura no supo si lo que lo había encandilado era el primer brillo del sol contra la nieve o la belleza increíble de aquel contraste entre mujer y naturaleza.
...

Incluso cuando hubo salido de la casa, Shimamura seguía obsesionado por esa mirada, que le ardía en la cara con la misma belleza inexpresable que el atardecer anterior, cuando el destello que venía de las montañas se unió con el reflejo del rostro de ella en la ventanilla del tren. Apuró el paso, mientras su memoria convocaba una tercera imagen, la del reflejo de la nieve enmarcando las mejillas de Komako en el espejo donde ella verificaba su maquillaje, aquella misma mañana.

Sus piernas no estaban acostumbradas a ese paso pero él no reparó en ello, absorto en sus pensamientos y el paisaje de aquellas montañas que tanto le gustaban. Siempre dispuesto a dejarse llevar por sus ensoñaciones, se preguntó cómo era posible que aquel espejo espontáneo de la tarde anterior y el que reflejó la nieve esa mañana fueran realmente obra del hombre y no de la naturaleza, una naturaleza perteneciente a un mundo distante y remoto, tan distante y remoto como la habitación que acababa de abandonar.


 Yasunari Kawabata (Japón, 1899-1972). Obtuvo el premio Nobel en 1968.

(Traducido al español por Juan Forn)

domingo, 20 de julio de 2014

Espejos (80): VAMPIROS EN EL ESPEJO

"¿Podrán los vampiros ver su imagen reflejada en un espejo?"
 
No es que los vampiros padezcan de eisoptrofobia, también conocida como catoptrofobia (el temor enfermizo a los espejos), sino al hecho de que a la plata siempre se le ha considerado como un metal sagrado y es bien sabido que los espejos se fabricaban con una amalgama que incluía la plata entre sus componentes. Fue Bram Stoker en Drácula, un clásico publicado en 1897 que estableció buena parte de la mitología en torno al vampirismo, el primero en suponer, de acuerdo con la doctrina cristiana, que cuando los seres carecen de alma no son capaces de ver su imagen reflejada ante un espejo y como los vampiros son muertos vivientes, ya han perdido su alma. Por eso Jonathan Harker se percata, al llegar al castillo del conde, de la ausencia de espejos. Y, más tarde, cuando se encuentra en su habitación rasurándose ante un pequeño espejo, advierte que la imagen de Drácula no se refleja en él. Éste intenta justificarse con la queja de que los espejos no son más que un objeto de la vanidad humana y lo rompe.
 
Existen unos seres llamados vampiros. Algunos de nosotros tenemos la prueba de ello. Los vampiros existen y son fuertes y poderosos, están en este mundo para hacer el mal”, aseguraba el profesor Van Helsing, además de que: “Este ser no tiene sombra y su imagen no se refleja en un espejo".
 
Anne Rice, en cambio, asume una postura opuesta en sus obras a partir de Entrevista con el Vampiro, ya que según ella los vampiros están sujetos a las mismas leyes de la física que rigen el universo, sin embargo, esos mismos vampiros son capaces de volar manteniendo su cuerpo con apariencia humana. El caso es que, de acuerdo con esta autora, pueden verse reflejados en un espejo como cualquier mortal:
 
"La existencia, como he dicho, era posible. Siempre había la promesa detrás de sus labios burlones de que sabía grandes cosas o cosas terribles, que tenía comunicación con esferas sobrenaturales que yo ignoraba. Y todo el tiempo me despreciaba y me atacaba por mi amor a la vida, mi renuncia a matar y la casi pesadilla que representaba ese acto para mí. Se rió a carcajadas cuando yo descubrí que me podía mirar en un espejo y que las cruces no me hacían el menor efecto. Y se mofaba poniéndose el dedo sobre los labios cuando yo le preguntaba acerca de Dios o del demonio."
 
La muestra de que escritores previos la obra de Bram Stoker aceptaban la posibilidad del  reflejo de los vampiros en el espejo, se puede encontrar en un párrafo del relato Carmilla (1872), de Sheridan Le Fanu: "A eso de la una se me ocurrió echar otro vistazo a la habitación de Carmilla. Llegué allí y mi asombro no tuvo límites: ¡Carmilla estaba en su habitación, mirándose al espejo! No podía creer lo que mis ojos estaban viendo. Mi amiga me llamó con un gesto."
 
En La hermosa vampirizada, también conocida como La dama pálida (Histoire de la dame pâle), de Alexandre Dumas, la mujer que ha sido víctima inconsciente del vampiro, lo advierte ante el espejo:
 
"Me desperté a medianoche; mi lámpara ardía aún; intenté levantarme, pero estaba tan débil que hube de repetir la tentativa dos veces. Finalmente logré superar mi debilidad, y como despierta sentía en el cuello el mismo dolor que experimentara en el sueño, me arrastré, apoyándome en el muro, hasta el espejo, y miré. Algo que semejaba la punzadura de un alfiler marcaba la arteria de mi cuello. Creí que algún insecto me hubiera picado durante el sueño, y como me sentía abatida por la extenuación, me acosté de nuevo y me dormí. A la mañana me desperté como de costumbre; pero entonces sentí una tal debilidad como la experimentara sólo una vez en mi vida, a la mañana siguiente de un día en que fuera sangrada. Me miré en el espejo, y me sorprendí de mi extraordinaria palidez. La jornada transcurrió triste y oscura; yo experimentaba algo singular; cuando me encontraba en un lugar sentía necesidad de quedarme allí: cualquier cambio de posición me fatigaba."

¿Podrán los vampiros ver su imagen reflejada en un espejo? Quién tendrá, en este caso, la razón: ¿Bram Stoker o Anne Rice? Por encima de todo prevalece otra cuestión, la prodigiosa capacidad del vampirismo para prolongar sus mitos y contradicciones sin dejar de mantenerse vigente. Después de todo, ¿qué sería de la literatura fantástica sin la suspensión de la incredulidad?
 
 
Jules Etienne

jueves, 17 de julio de 2014

Espejos (77): NOCTURNO, de Georg Trakl

"En los sueños marfilinos del solitario aparece el reflejo de ángeles caídos."

El hálito del inmóvil. Un rostro animal
Entumecido de azul, su santidad.
Poderoso es el silencio de la piedra;
 
La máscara de un pájaro nocturno. Tres suaves
Campanas se desvanecen en una. ¡Elai! Tu rostro
Se reclina callado sobre el azul de las aguas.
 
Oh, quietos espejos de la verdad.
En los sueños marfilinos del solitario
Aparece el reflejo de ángeles caídos.

 
Georg Trakl (Austria, 1887-1914)
 
(Traducido al español por Pura López Colomé) 

miércoles, 16 de julio de 2014

Espejos (76): LA NÁUSEA, de Jean Paul Sartre


Viernes
 
(Fragmento)

Enciendo la lámpara sobre la mesa; quizá su claridad pueda combatir la del día. Pero no: la lámpara forma alrededor de su pie un charco lastimoso. Apago; me levanto. En la pared hay un agujero blanco, el espejo. Es una trampa. Sé que voy a dejarme atrapar. Ya está. La cosa gris acaba de aparecer en el espejo. Me acerco y la miro; ya no puedo irme.
 
Es el reflejo de mi rostro. A menudo en estos días perdidos, me quedo contemplándolo. No comprendo nada en este rostro. Los de los otros tienen un sentido. El mío, no. Ni siquiera puedo decidir si es lindo o feo. Pienso que es feo, porque me lo han dicho. Pero no me sorprende. En el fondo, a mí mismo me choca que puedan atribuirle cualidades de ese tipo, como si llamaran lindo o feo a un montón de tierra o a un bloque de piedra.
 
Sin embargo hay algo agradable a la vista, encima de las regiones blandas de las mejillas, sobre la frente: la hermosa llamarada roja que me dora el cráneo, mi pelo. Es agradable de mirar. Por lo menos es un color definido: estoy contento de ser pelirrojo. Ahí, en el espejo, se hace ver, resplandece. Tengo suerte: si mi frente llevara una de esas cabelleras que no llegan a decidirse entre el castaño y el rubio, mi cara se perdería en el vacío, me daría vértigo.
 
Mi mirada desciende lenta, hastiada, por la frente, por las mejillas; no encuentra nada firme, se hunde. Evidentemente, hay una nariz, ojos, boca, pero todo eso no tiene sentido, ni siquiera expresión humana. Sin embargo Anny y Vélines opinaban que tenía una expresión vivaz; es posible que esté demasiado acostumbrado a mi cara. Cuando era chico, mi tía Bigeois me decía: “Si te miras largo rato en el espejo, verás un mono”. Debí de mirarme más todavía: lo que veo está muy por debajo del mono, en los lindes del mundo vegetal, al nivel de los pólipos. Vive, no digo que no; pero no es la vida en que pensaba Anny; veo ligeros estremecimientos, veo una carne insulsa que se expande y palpita con abandono. Sobre todo los ojos, de tan cerca, son horribles. Algo vidrioso, blando, ciego, bordeado de rojo; como escamas de pescado.
 
Me apoyo con todo mi peso en el borde de loza, acerco mi cara al espejo hasta tocarlo. Los ojos, la nariz y la boca desaparecen, ya no queda nada humano. Arrugas morenas a cada lado del abultamiento febril de los labios, grietas, toperas. Un sedoso vello blanco corre por los grandes declives de las mejillas; dos pelos salen por los agujeros de la nariz; es un mapa geológico en relieve. Y a pesar de todo, este mundo lunar me resulta familiar. No puede decir que reconozco sus detalles. Pero el conjunto me da una impresión de algo ya visto que me embota: me deslizo dulcemente hacia el sueño.
 
Quisiera recobrarme: una sensación viva y decidida me libertaría. Aplico mi mano derecha contra la mejilla, tiro de la piel; me hago una mueca. Toda una mitad del rostro cede, la mitad izquierda de la boca se tuerce y se hincha descubriendo un diente, la órbita se abre sobre un globo blanco, sobre una carne rosada y sanguinolenta. No es lo que yo buscaba; nada fuerte, nada nuevo; ¡es algo suave, esfumado, ya visto! Me duermo con los ojos abiertos, el rostro crece, crece en el espejo, es un inmenso halo pálido que se desliza en la luz ...
 
 
Jean Paul Sartre (Francia, 1905-1980) Obtuvo el premio Nobel de literatura en 1964

martes, 15 de julio de 2014

Espejos (75): BOLERO, de Julio Cortázar

"... y de pie ante el espejo interrogándose cada uno a sí mismo..."

Qué vanidad imaginar
que puedo darte todo, el amor y la dicha,
itinerarios, música, juguetes.
Es cierto que es así:
todo lo mío te lo doy, es cierto,
pero todo lo mío no te basta
como a mí no me basta que me des
todo lo tuyo.

Por eso no seremos nunca
la pareja perfecta, la tarjeta postal,
si no somos capaces de aceptar
que sólo en la aritmética
el dos nace del uno más el uno.

Por ahí un papelito
que solamente dice:

Siempre fuiste mi espejo,
quiero decir que para verme tenía que mirarte.

Y este fragmento:

La lenta máquina del desamor
los engranajes del reflujo
los cuerpos que abandonan las almohadas
las sábanas los besos

y de pie ante el espejo interrogándose
cada uno a sí mismo
ya no mirándose entre ellos
ya no desnudos para el otro
ya no te amo,
mi amor.
 

Julio Cortázar
(Argentino nacido en Bruselas, Bélgica en 1914; y fallecido en París, Francia en 1984).

lunes, 14 de julio de 2014

Espejos (74): LA HIJA DE BURGER, de Nadine Gordimer

"... la Dama sostiene un espejo en el que el unicornio... ve una diminuta imagen de sí mismo."

(Fragmento)

Ni siquiera una postal del Musée de Cluny.

El unicornio entre las beldades medievales, los tapices de flores, cohibidos conejos; el espejo. O dieses ist das tier es nicht gibt. En la unión del Boulevard Saint-Germain con el Boulevard Saint-Michel. Una vieja abadía en el solar de las termas galorromanas, y ella entraría en el patio descrito y subiría a la sala redondeada donde puedes sentarte en los peldaños poco profundos y contemplar los seis tapices. En una isla milflores azul celeste la Dama sostiene un espejo en el que el unicornio, con las patas delanteras sobre el terciopelo rojo del forro de su vestido plegado hacia atrás, ve una diminuta imagen de sí mismo. Pero el óvalo del espejo corta la imagen precisamente en el nivel de su cabeza donde se eleva el cuerno: un cuerno blanco como su pelaje, rabo empenachado, melena y barba rizadas, un cuerno alto y delicadamente curvado. Dos mechones del pelo rubio de la Dama unidos con una cinta de perlas alrededor de su rostro oval (como el marco dorado que rodea al espejo) y entrelazado en lo alto de su cabeza a imitación del modelo del cuerno, que al mismo tiempo es un artificio, ¿eh?, el hueso a imitación de una espiral. Un león sonriente sujeta los estandartes heráldicos. Allí hay conejos, un perro, una jineta moteada. Zorros, onzas, cachorros de león, un halcón en persecución de una garza, perdices, uno mono doméstico atado con una cadena a una pequeña rueda -para evitar que trepe a los árboles-, se distinguen alrededor de la representación de los otro cuatro sentidos:
 
El León y el Unicornio escuchando la música que en el jardín interpreta la Dama con su órgano portátil.
 
La Dama ensartando claveles de dulce aroma en una guirnalda mientras su mono olisquea inquisitivamente una rosa hurtada de una cesta.
 
La Dama cogiendo dulces de una bandeja que le tiende a su doncella; es posible que piense alimentar con ellos a su periquito... el mono paladea algo exquisito en secreto.
 
La Dama toca el cuerno del Unicornio.
 
El sexto tapiz muestra a la Dama delante de un suntuoso pabellón o tienda, entreteniéndose con un alhajero. En los Bestiarios medievales se le llama «monochirus»; allí está, esta vez en pareja con el león, sujetando con una zarpa uno de los alerones de la tienda y sosteniendo su estandarte, graciosamente rampante (en la ridícula posición de un perro pordiosero). Alrededor del toldo de la tienda aparece la siguiente leyenda, tejida en oro: A mon seul désir.

Aquí están: para amarte dejándote venir a descubrir lo que amas.

Allí permanece con la vista fija, con la vista fija.

Un viejo mundo encantador, jardines y amables beldades entre amables bestias.

Semejante armonía en paz sensual con la época de las empulgueras y la mazmorra que ahí llega con su cuerno de marfil en espiral
ella permanece con la vista fija
engalanada, engatusada, afianzada por fin mediante una caricia...
¡Oh, la queridísima! ¡La maravilla! Nada sorprendente, nada abandonado al temor, aproximándose...

Ella permanece con la vista fija, con la vista fija.

Y si ha llegado la hora del cierre del museo podrá volver mañana y otro día, cualquier día, días.

Permanece con la vista fija, este ser que nunca ha sido.


Nadine Gordimer (Sudáfrica, 1923-2014) Obtuvo el premio Nobel en 1991.
Falleció ayer, 13 de julio de 2014.
 
(Traducido al español por Iris Menéndez)

sábado, 12 de julio de 2014

Espejos (72): CRIMEN Y CASTIGO, de Fiódor Dostoyevski

"La naturaleza es un espejo, el espejo más diáfano, y basta dirigir la vista a él."

Cuarta parte: Capítulo 5
 
(Fragmento)

Supongamos que ese hombre miente... Me refiero al hombre desconocido de nuestro caso particular... Supongamos que miente, y de un modo magistral. Como es lógico, espera su triunfo, cree que va a recoger los frutos de su destreza; pero, de pronto, ¡crac!, se desvanece en el lugar más comprometedor para él. Vamos a suponer que atribuye el síncope a una enfermedad que padece o a la atmósfera asfixiante de la habitación, cosa frecuente en los locales cerrados. Pues bien, no por eso deja de inspirar sospechas... Su mentira ha sido perfecta, pero no ha pensado en la naturaleza y se encuentra como cogido en una trampa.

Otro día, dejándose llevar de su espíritu burlón, trata de divertirse a costa de alguien que sospecha de él. Finge palidecer de espanto, pero he aquí que representa su papel con demasiada propiedad, que su palidez es demasiado natural, y esto será otro indicio. Por el momento, su interlocutor podrá dejarse engañar, pero, si no es un tonto, al día siguiente cambiará de opinión. Y el imprudente cometerá error tras error. Se meterá donde no le llaman para decir las cosas más comprometedoras, para exponer alegorías cuyo verdadero sentido nadie dejará de comprender. Incluso llegará a preguntar por qué no lo han detenido todavía. ¡Je, je, je...! Y esto puede ocurrir al hombre más sagaz, a un psicólogo, a un literato. La naturaleza es un espejo, el espejo más diáfano, y basta dirigir la vista a él. Pero ¿qué le sucede, Rodion Romanovitch? ¿Le ahoga esta atmósfera tal vez? ¿Quiere que abra la ventana?

- No se preocupe - exclamó Raskolnikof, echándose de pronto a reír - Le ruego que no se moleste.
 
Porfirio se detuvo ante él, estuvo un momento mirándole y luego se echó a reír también. Entonces Raskolnikof, cuya risa convulsiva se había calmado, se puso en pie.
 
- Porfirio Petrovitch -dijo levantando la voz y articulando claramente las palabras, a pesar del esfuerzo que tenía que hacer para sostenerse sobre sus temblorosas piernas- estoy seguro de que usted sospecha que soy el asesino de la vieja y de su hermana Lisbeth. Y quiero decirle que hace tiempo que estoy harto de todo esto. Si usted se cree con derecho a perseguirme y detenerme, hágalo. Pero no le permitiré que siga burlándose de mí en mi propia cara y torturándome como lo está haciendo.
 
Sus labios empezaron a temblar de pronto; sus ojos, a despedir llamaradas de cólera, y su voz, dominada por él hasta entonces, empezó a vibrar.

 

 Fiódor Dostoyevski (Rusia, 1821-1881)

viernes, 11 de julio de 2014

Espejos (71): HAZ QUE YO PUEDA SER, AMOR, LA ESCALA..., de Rubén Bonifaz Nuño

"Sólo soy un espejo para el ala de un ángel dividido..."
 
Haz que yo pueda ser, amor, la escala
en que sus pies se apoyan, el torrente
de luz para su sed, o, suavemente,
el cauce en que su vida se resbala.

Sólo soy un espejo para el ala
de un ángel dividido, que así siente
que le soy necesario, y dulcemente
a mi dolor su claridad iguala.

Y eso es todo, amor: sólo un reflejo.
No escala, luz ni cauce, en que pudiera
subir, brillar, o transcurrir ligera.

Únicamente el sueño de un espejo
mudo a veces, y opaco, en donde anida
la imagen solitaria de su vida.
 
 
Rubén Bonifaz Nuño (México, 1923-1913)

jueves, 10 de julio de 2014

Espejos (70): JUSTINE, O LOS INFORTUNIOS DE LA VIRTUD, del Marqués de Sade

"El espejo que lo hubiera visto bello, lo amaría; el que lo hubiera visto espantoso, lo odiaría." 

(Fragmento de la primera parte)

La imaginación del hombre es una facultad de su mente a la que, mediante el órgano de los sentidos, van a pintarse y modificarse los objetos, para formar a continuación sus pensamientos, debido a la primera impresión de estos objetos. Pero esta imaginación, resultante ella misma del tipo de organización de que está dotado el hombre, sólo adopta los objetos recibidos de tal o cual manera, y sólo crea a continuación los pensamientos a partir de los efectos producidos por el choque de los objetos percibidos. Una comparación facilitará ante tus ojos lo que te expongo. ¿Has visto, Thérèse, espejos de formas diferentes? Unos disminuyen los objetos, otros los aumentan. Los hay que los vuelven espantosos, y otros que les prestan encantos. ¿Te imaginas ahora que si cada uno de esos espejos uniera la facultad creadora a la facultad objetiva ofrecería, de un mismo hombre que se contemplara en él, retratos totalmente diferentes? ¿Y estos retratos responderían a la manera como ha percibido el objeto? Si a las dos facultades que acabamos de atribuir a este espejo, uniéramos ahora la de la sensibilidad, ¿no tendría hacia este hombre, visto por él de tal o cual manera, el tipo de sentimiento que le fuera posible concebir para la clase de ser que habría descubierto? El espejo que lo hubiera visto bello, lo amaría; el que lo hubiera visto espantoso, lo odiaría. Y, sin embargo, se trataría siempre del mismo individuo.
 
Así es la imaginación del hombre, Thérèse; el mismo objeto se representa para ella bajo tantas formas como diferentes modos posee, y es a partir del efecto recibido por esta imaginación del objeto, sea cual fuere, que se decide a amarlo o a odiarlo. Si el choque del objeto percibido le sorprende de manera agradable, lo ama, lo prefiere, aunque ese objeto no contenga en sí ningún atractivo real; y si dicho objeto, aunque de un valor seguro a los ojos de otro, sólo ha afectado la imaginación a que nos referimos de manera desagradable, se alejará de él, porque cualquiera de nuestros sentimientos se forma y se realiza debido al producto de los diferentes objetos sobre la imaginación. Nada sorprendente, a partir de ahí, que lo que gusta vivamente a unos pueda disgustar a otros, e, inversamente, que la cosa más extravagante encuentre, sin embargo, partidarios... El hombre contrahecho también encuentra unos espejos que lo hacen bello.
 
 
Marqués de Sade :Donatien Alphonse François de Sade (Francia, 1740-1814)

miércoles, 9 de julio de 2014

Espejos (69): EL ESPEJO, de Aldous Huxley

"Pero ahora polvorientas telarañas se entrelazan por el espejo..."

A cámara lenta, la luz de la luna una vez atravesó
el soñador espejo,
donde, hincados, inviolablemente hondos,
viejos secretos no olvidados albergan
inolvidables maravillas.
Pero ahora polvorientas telarañas se entrelazan
por el espejo, el que antaño
viera los dedos que retiraban el oro
de una despreocupada frente;
y las profundidades son cegadas a la luna,
y olvidados sus secretos, nunca dichos.


Aldous Huxley (Inglaterra, 1894-1963)
 
(Traducido al español por Jesús Isaías Gómez López)

Espejos (69): AMOR, de Edith Södergram


Mi alma era un traje celeste como el cielo;
lo dejé sobre una roca junto al mar
y desnuda llegué hasta ti y parecía una mujer.
Y como mujer me senté a tu mesa
y brindé con vino y aspiré el aroma de unas rosas.
Me encontraste bella y semejante a alguien que en sueños viste,
olvidé todo, olvidé mi infancia y mi patria,
sólo sabía que tus caricias me tenían cautiva.
Y tú, sonriendo, tomaste un espejo y dijiste que me mirara.
Vi que mis hombros estaban hechos de polvo y se desmoronaban,
vi que mi belleza estaba enferma y ahora sólo quería desaparecer.
Oh, aférrame tan fuerte entre tus brazos,
que ya no necesite nada más.
 
 
Edith Södergram (Finlandesa nacida en Rusia; 1892-1923)
 
(Traducido al español por Renato Sandoval e Irma Sítanen)

martes, 8 de julio de 2014

Espejos (68): EL ESPEJO EN EL ESPEJO, de Michael Ende

"Permanece un largo rato sentado delante del espejo contemplando su cara blanca como la harina..."

(Fragmento)

El payaso se aparta y se dirige a la roulotte arrastrando los pies por los charcos. De pronto está muy cansado. Permanece un largo rato sentado delante del espejo contemplando su cara blanca como la harina con la lágrima debajo del ojo izquierdo. Entonces empieza a desmaquillarse. Debajo aparece otra cara. Es mucho más irreal, una cara de nadie, una cara cualquiera, le resulta completamente extraña, siempre le resultó extraña esa cara. Durante un instante trata de parecer inteligente o al menos serio, pero sus rasgos vuelven a caer en seguida en un estado de reposo, en el estado de perplejidad habitual. Es el rostro de un lactante viejo.
 

Ya es bastante asombroso que yo exista. Pero aún es más asombroso que pudiese hacerme tan viejo. Me esforcé, damas y caballeros, hice lo posible. Me dije: si todos los demás soportan este mundo, cuando seguro que tampoco les resulta más fácil que a mí... Yo he esperado toda mi vida y me he hecho viejo con la esperanza de despertar, y mirad dónde estoy. Les envidio a todos por su despreocupación. Yo estoy preocupado.
 
 Michael Ende (Alemania, 1929-1995)

lunes, 7 de julio de 2014

Espejos (67): ESTE LIBRO, de Alfonsina Storni

"Así como las cosas, es mudable el espejo. Momentos de la vida aprisionó mi pluma..."

Me vienen estas cosas del fondo de la vida:
Acumulado estaba, yo me vuelvo reflejo...
Agua continuamente cambiada y removida;
Así como las cosas, es mudable el espejo.
 
Momentos de la vida aprisionó mi pluma,
Momentos de la vida que se fugaron luego,
Momentos que tuvieron la violencia del fuego
O fueron más livianos que los copos de espuma.
 
En todos los momentos donde mi ser estuvo,
En todo esto que cambia, en todo esto que muda,
En toda la sustancia que el espejo retuvo,
Sin ropajes, el alma está limpia y desnuda. 

Yo no estoy y estoy siempre en mis versos, viajero,
Pero puedes hallarme si por el libro avanzas
Dejando en los umbrales tus fieles y balanzas:
Requieren mis jardines piedad de jardinero.
 
 
 Alfonsina Storni (Argentina nacida en Suiza, 1892-1938)

domingo, 6 de julio de 2014

Espejos (66): PAN, de Knut Hamsun


(Fragmento)
 
E hicimos del día noche; y cuando llegó la verdadera noche, se fue dejando en mis venas un filtro delicioso y diabólico. Sola en mi alcoba, desnuda, me puse ante el espejo a mirar mi propia imagen con ojos encendidos de amor, y mientras más miraba aquel cuerpo que había sido yo, más se encendía el fuego y se intensificaba el veneno sensual en mis venas.. ¡Ay, jamás me había inclinado sobre mí misma para besar mi propia boca con avidez, como si fuera una flor, como si fuera la boca embriagadora de Dundas...!
 
 
Knut Hamsun (Noruega, 1859-1952). Obtuvo el premio Nobel en 1920.

sábado, 5 de julio de 2014

Espejos (65): VERSOS ÓRFICOS, de Marguerite Yourcenar

"... también del cielo constelado ¡Abridme la puerta de la gloria!"

En el umbral de una puerta oscura,
A la derecha, corre bajo un álamo
El agua del olvido.
 
A la izquierda brota la corriente de la memoria,
Helado cristal como un licor frío.
El agua de la memoria se estanca en mi corazón.
 
De allí beben mi alegría y mi zozobra;
En su ribera acampan los sabios;
Yo les diré: tengo miedo de morir.
 
La imagen derramada del tiempo
Se refleja en mi memoria;
Su hermoso espejo no está agrietado.
 
Soy hija de la tierra negra
Pero también del cielo constelado
¡Abridme la puerta de la gloria!
 
 

Marguerite Yourcenar* (Escritora en lengua francesa nacida en Bélgica, educada en Francia y afincada en Estados Unidos, donde falleció. Tenía doble nacionalidad, francesa y estadounidense; 1903-1987)

* El apellido Yourcenar era un seudónimo literario, anagrama del verdadero apellido: Crayencour. Su nombre completo fue Marguerite Antoinette Jeanne Marie Ghislain Cleenewerck de Crayencour, al que podrían añadirse al final de Cartier de Marchienne, sus apellidos maternos.  

viernes, 4 de julio de 2014

Espejos (64): EL REINO DE ESTE MUNDO, de Alejo Carpentier

"Las llamas estaban en todas partes, sin que se supiera cuáles eran reflejo de las otras. Todos los espejos de Sans Souci ardían a un tiempo."
 
(Fragmento del capitulo 6: Ultima Ratio Regum)
 
Pero, en ese momento, la noche se llenó de tambores. Llamándose unos a otros, respondiéndose de montaña a montaña, subiendo de las playas, saliendo de las cavernas, corriendo debajo de los árboles, descendiendo por las quebradas y cauces, tronaban los tambores radás, los tambores congos, los tambores de Bouckman, los tambores de los Grandes Pactos, los tambores todos del Vodú. Era una vasta percusión en redondo, que danzaba sobre Sans–Souci, apretando el cerco. Un horizonte de truenos que se estrechaba. Una tormenta, cuyo vórtice era, en aquel instante, el trono sin heraldos ni maceros. El rey volvió a su habitación y a su ventana. Ya había comenzado el incendio de sus granjas, de sus alquerías, de sus cañaverales. Ahora, delante de los tambores corría el fuego, saltando de casa a casa, de sembrado a sembrado. Una llamarada se había abierto en el almacén de granos, arrojando tablas rojinegras a la nave del forraje. El viento del norte levantaba la encendida paja de los maizales, trayéndola cada vez más cerca. Sobre las terrazas del palacio caían cenizas ardientes.
 
Henri Christophe volvió a pensar en la Ciudadela. Ultima Ratio Regum. Mas aquella fortaleza, única en el mundo, era demasiado vasta para un hombre solo, y el monarca no había pensado nunca que un día pudiese verse solo. La sangre de toros que habían bebido aquellas paredes tan espesas era de recurso infalible contra las armas de blancos. Pero esa sangre jamás había sido dirigida contra los negros, que al gritar, muy cerca ya, delante de los incendios en marcha, invocaban Poderes a los que se hacían sacrificios de sangre. Christophe, el reformador, había querido ignorar el vodú, formando, a fustazos, una casta de señores católicos. Ahora comprendía que los verdaderos traidores a su causa, aquella noche, eran San Pedro con su llave, los capuchinos de San Francisco y el negro San Benito, con la Virgen de semblante obscuro y manto azul, y los Evangelistas, cuyos libros había hecho besar en cada juramento de fidelidad; los mártires todos, a los que mandaba encender cirios que contenían trece monedas de oro. Después de lanzar una mirada de ira a la cúpula blanca de la capilla, llena de imágenes que le volvían las espaldas, de signos que se habían pasado la enemigo, el rey pidió ropa limpia y perfumes. Hizo salir a las princesas y vistió su más rico traje de ceremonias. Se terció la ancha cinta bicolor, emblema de su investidura, anudándola sobre la empuñadura de la espada. Los tambores estaban tan cerca ya que parecían percutir ahí, detrás de las rejas de la explanada de honor, al pie de la gran escalinata de piedra. En ese momento se incendiaron los espejos del palacio, las lunas, los marcos de cristal, el cristal de las copas, el cristal de las lámparas, lo vidrios, los nácares de las consolas. Las llamas estaban en todas partes, sin que se supiera cuáles eran reflejo de las otras. Todos los espejos de Sans–Souci ardían a un tiempo. El edificio entero había desaparecido en ese fuego frío, que se ahondaba en la noche, haciendo de cada pared una cisterna de hogueras encrespadas.
 
Casi no se oyó el disparo, porque los tambores estaban ya demasiado cerca. La mano de Christophe soltó el arma, yendo a la sien abierta. Así, el cuerpo se levantó todavía, quedando como suspendido en el intento de un paso, antes de desplomarse, de cara adelante, con todas sus condecoraciones. Los pajes aparecieron en el umbral de la sala. El rey moría, de bruces en su propia sangre.

 
Alejo Carpentier (Escritor cubano nacido en Suiza y muerto en París, Francia; 1904-1980)

jueves, 3 de julio de 2014

Espejos (63): ELEGÍA, de Lucian Blaga

"El espejo conserva aún tu rostro..."

Tiembla la misma agua y la misma hoja
bajo los golpes del mismo reloj.
¿En qué mundo, en qué sueño te has detenido?
Celestial, ¿bajo qué hierbas te quedaste?

Se vierten en mí los caminos,
todos los que pasaste.
El espejo conserva aún tu rostro
después de partir.

Sin pensamientos, sin ímpetu, sin voz,
seco los ojos húmedos con la manga.
Un vecino escucha por la pared
la negra paciencia del mismo paso.

 
Lucian Blaga (Rumania, 1895-1961)
 
(Traducido al español por Darío NovÂceanu)  

miércoles, 2 de julio de 2014

Espejos (62): LA CORRUPCIÓN DE UN ÁNGEL, de Yukio Mishima

 "... y a huir hacia un mundo sin espejos."

(Fragmento del capítulo 3)

Kinué era hija de un rico terrateniente. Se había mostrado un tanto extraña después de unos amoríos desgraciados y había permanecido seis meses en una clínica mental. Padecía un curioso síndrome denominado depresión delirante, intoxicación depresiva o algo por el estilo. Desde entonces no había dado muestra de ninguna otra perturbación grave y había llegado al convencimiento de que era la muchacha más bella del mundo.
 
Su engaño le había inducido a romper el espejo que tanto le atormentaba y a huir hacia un mundo sin espejos.
 
La realidad se tornó para ella maleable, selectiva, una visión de lo que era deseable y un rechazo de todo lo demás. A la mayoría de las personas ese camino les habría conducido a un desastre casi seguro, mas para ella no constituyó fuente de complicaciones ni peligro alguno. Tras haber arrojado al cubo de la basura el viejo juguete de la conciencia de sí misma había empezado a elaborar un nuevo juguete maravillosamente ingenioso y complejo y lo había adaptado a la perfección a sus necesidades y logrado que funcionara como un corazón artificial. Cuando acabó de construirlo, Kinué logró la perfecta felicidad o, como ella hubiese dicho, la perfecta infelicidad.
 
Probablemente su infortunio romántico surgió cuando un hombre mencionó su fealdad. En aquel instante Kinué vio extinguirse la luz en su único camino, el precipicio ante ella. Si no podía cambiar su propia apariencia entonces tenía que cambiar el mundo. Comenzó a trabajar en su propia y secreta cirugía plástica y logró alterarlo todo. De la concha fea y cenicienta emergió una reluciente perla.
 
Como un soldado asediado que hallara el modo de escapar, Kinué encontró un nexo básico pero engañoso con el mundo. Y con ese nexo como punto de apoyo invirtió el mundo. La más extraordinaria de las revoluciones. Superchería exquisita la de considerar como desgracia lo que en su corazón anhelaba por encima de todas las cosas.
 
 
Yukio Mishima (Japón, 1925-1970) 

martes, 1 de julio de 2014

Espejos (61): NO MIRES MÁS EN EL ESPEJO AMARGO..., de William Butler Yeats

"... los cuervos de inquietante pensamiento; volando, clamorosos, de un lugar a otro..."

(Estrofa final del poema Dos árboles)
 
No mires más en el espejo amargo
que demonios, con astucia sutil,
muestran ante nosotros cuando pasan;
o mira sólo un instante;
pues crece allí una imagen fatal
que recibe la noche tormentosa,
raíces casi cubiertas por las nieves,
cortadas ramas, ennegrecidas hojas.
Pues todo deviene esterilidad
en el espejo opaco que los demonios sostienen,
el espejo de exterior abatimiento
hecho cuando Dios durmiera en tiempo antiguo.
Allí, por las ramas partidas, andan
los cuervos de inquietante pensamiento;
volando, clamorosos, de un lugar a otro,
con garra cruel y garganta hambrienta,
o se detienen y olfatean el viento
y agitan las raídas alas; ¡ay!,
tus ojos dulces se tornan crueles:
no mires más en el espejo amargo.
 
 
William Butler Yeats (Irlanda, 1865-1939). Obtuvo el premio Nobel en 1923. 
(Traducido al español por Enrique Caracciolo Trejo)

lunes, 30 de junio de 2014

Espejos (60): Especulando con las obsesiones de Jorge Luis Borges

"En su infancia, a Borges le asustaban las máscaras y los espejos."
 
"No sé cual es la cara que me mira cuando miro la cara del espejo."
Jorge Luis Borges
 
Dos pesadillas acosaron siempre a Borges, los laberintos y los espejos: “Siempre sueño con laberintos o con espejos. En el sueño del espejo aparece otra visión, otro terror de mis noches, que es la idea de las máscaras. Siempre las máscaras me dieron miedo. Sin duda sentí en la infancia que si alguien usaba una máscara estaba ocultando algo horrible. A veces (estas son mis pesadillas más terribles) me veo reflejado en un espejo, pero me veo reflejado con una máscara. Tengo miedo de arrancar la máscara porque tengo miedo de ver mi verdadero rostro, que imagino atroz. Ahí puede estar la lepra o el mal o algo más terrible que cualquier imaginación mía.” No en vano Harold Bloom en su ensayo El canon occidental, lo define como "Maestro de laberintos y de espejos."

"En su infancia -asegura Luis Harss-, a Borges le asustaban las máscaras y los espejos. Había al pie de su cama un gran espejo en cuyas imágenes múltiples veía los espectros de fabulosos animales prehistóricos. Por lo menos uno de sus poemas registra ese temor." Ese poema al que se refiere lleva por título precisamente Los espejos, y desde su primera línea establece con una determinación que no permite dudas: "Yo que sentí el horror de los espejos".

Como explica Carmen Perilli en su análisis El símbolo del espejo en Borges: "El espejo es el símbolo por excelencia de la representación de la realidad. Esta representación es fiel sólo en apariencia pues ofrece una imagen idéntica pero invertida, mostrando una suerte de revés de la vida." De ahí que: "Para Borges -afirma, por su parte, Néstor Otero- el sujeto no alcanza identidad estable porque la vida es una cronología de facetas que se alteran con cada nueva interrogación ante el espejo." El propio Borges, entonces, se responderá a sí mismo: "Llego (...) a mi espejo. Pronto sabré quien soy."

Emprender una recopilación o intentar siquiera una sucinta antología de las abundantes alusiones y referencias especulares en la obra borgiana, podría acabar por convertirse en una tarea inagotable. Su poesía y su narrativa son un constante reflejo en el azogue, como sucede en su soneto Al espejo, cuando se pregunta: "¿Por qué persistes, incesante espejo?", o en Los espejos abominables, que forma parte de su Historia universal de la infamia, en que escribe: "La tierra que habitamos es un error, una incompetente parodia. Los espejos y la paternidad son abominables porque la multiplican y afirman." A ese mismo volumen corresponde el relato El espejo de tinta, que culmina así: "Los espantados ojos de Yakub pudieron ver por fin esa cara -que era la suya propia-. Se cubrió de miedo y locura. Le sujeté la diestra temblorosa con la mía que estaba firme y le ordené que continuara mirando la ceremonia de su muerte. Estaba poseído por el espejo: ni siquiera trató de alzar los ojos o de volcar la tinta. Cuando la espada se abatió en la visión sobre la cabeza culpable, gimió con una voz que no me apiadó, y rodó al suelo, muerto." Por último, en Los espejos velados, Borges registra de nuevo el citado temor a los espejos:
 
"El Islam asevera que el día inapelable del Juicio, todo perpetrador de la imagen de una cosa viviente resucitará con sus obras, y les será ordenado que las anime, y fracasará, y será entregado con ellas al fuego del castigo. Yo conocí de chico ese horror de una duplicación o multiplicación espectral de la realidad. pero ante los grandes espejos. Su infalible y continuo funcionamiento, su persecución de mis actos, su pantomima cósmica, eran sobrenaturales entonces, desde que anochecía. Uno de mis insistidos ruegos a Dios y al ángel de mi guarda era el de no soñar con espejos. Yo sé quien los vigilaba con inquietud. Temí, unas veces que empezaran a divergir de la realidad; otras, ver desfigurado en ellos mi rostro por adversidades extrañas. He sabido que ese temor está, otra vez, prodigiosamente en el mundo. La historia es harto simple, y desagradable.

Hacia 1927, conocí una chica sombría: primero por teléfono (porque Julia empezó siendo una voz sin nombre y sin cara); después, en una esquina al atardecer. Tenía los ojos alarmantes de grandes, el pelo renegrido y lacio, el cuerpo estricto. Era nieta y bisnieta de federales, como yo de unitarios, y esa antigua discordia de nuestras sangres era para nosotros un vínculo, una posesión mejor de la patria. Vivía con los suyos en un desmantelado caserón de cielo raso altísimo, en el resentimiento y la insipidez de la decencia pobre. De tarde -algunas contadas veces de noche- salíamos a caminar por su barrio, que era el de Balvanera. Orillábamos el paredón del ferrocarril; por Sarmiento llegamos una vez hasta los desmontes del Parque Centenario. Entre nosotros no hubo amor ni ficción de amor: yo adivinaba en ella una intensidad que era del todo extraña a la erótica, y le temía. Es común referir a las mujeres, para intimar con ellas, rasgos verdaderos o apócrifos del pasado pueril; yo debí contarle una vez de los espejos y dicté así, el 1928, una alucinación que iba a florecer en 1931. Ahora, acabo de saber que ha enloquecido y que en su dormitorio los espejos están velados pues en ellos ve mi reflejo, usurpando el suyo, y tiembla y calla y dice que la persigo mágicamente.

Aciaga servidumbre la de mi cara, la de una de mis caras antiguas. Ese odioso destino de mis facciones tiene que hacerme odioso también, pero ya no me importa."
 
Jules Etienne

domingo, 29 de junio de 2014

Espejos (59): EVOCO TU SONRISA, de Eugenio Montale

"... exiguo espejo en el que observa una hiedra sus corimbos..."
 
Evoco tu sonrisa y es para mí como el agua limpia
descubierta por azar entre las piedras de un arenal
exiguo espejo en el que observa una hiedra sus corimbos;
y encima de todo el abrazo de un quieto cielo blanco.
 
Ese es mi recuerdo; no sabría decir, a la distancia
si en tu rostro se expresa libre una alma ingenua
o si es de veras fugitiva que el mal del mundo ha extenuado
llevando consigo el sufrimiento como un talismán.
 
Mas esto puedo decirte: que tu efigie imaginada
sumerge mis inquietudes bajo una oleada de calma
y que tus rasgos se insinúan en mi memoria gris
sencillos como la copa de una joven palmera…
 

 (Ripenso il tuo sorriso, ed è per me un'acqua limpida
scorta per avventura tra le pietraie d'un greto,
esiguo specchio in cui guardi un'ellera e i suoi corimbi;
e su tutto l'abbraccio di un bianco cielo quieto.

Codesto è il mio ricordo; non saprei dire, o lontano,
se dal tuo volto si esprime libera un'anima ingenua,
vero tu sei dei raminghi che il male del mondo estenua
e recano il loro soffrire con sé come un talismano.

Ma questo posso dirti, che la tua pensata effigie
sommerge i crucci estrosi in un'ondata di calma,
e che il tuo aspetto s'insinua nella memoria grigia
schietto come la cima di una giovane palma...)



Eugenio Montale (Italia, 1896-1981). Obtuvo el premio Nobel en 1975.
(Traducido del italiano por Jules Etienne)