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Vancouver, Stanley Park, otoño.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Páginas ajenas: RENANA DE OTOÑO, de Guillaume Apollinaire


(Fragmentos alusivos al Día de los Muertos)
 
a Toussaint Luca
 
El día de los muertos y de todas sus almas
Los niños y las viejas
Encienden velas y cirios
Sobre cada tumba católica
Los velos de las viejas
Las nubes del cielo
Son como barbas de chivos
 
En el aire tiemblan llamas y oraciones
 
El cementerio es un hermoso jardín
Lleno de sauces grises y de romero
 
(...)
 
El viento del Rin ulula con todos los búhos
Apaga los cirios que los niños siempre vuelven a encender
Y las hojas secas
Vienen a cubrir a los muertos
 
Niños muertos hablan a veces con sus madres
Y muchas difuntas a veces desearían regresar
 
Oh no quiero que salgas
El otoño está lleno de manos cortadas
No no son hojas secas
Son las manos de las amadas muertas
Son tus manos cortadas
 
Hemos llorado tanto hoy
Con esos muertos sus hijos y las viejas
Bajo el cielo sin sol
En el cementerio lleno de llamas
 
Luego regresamos con el viento
 
Entre nuestros pies rodaban castañas
Cuyos erizos eran
Como el herido corazón de la Madona
De quien se duda si tuvo la piel
Color de castañas otoñales
 
 
Guillaume Apollinaire: Wilhelm Albert Włodzimierz Apolinary de Kostrowicki
(Francés nacido en Italia, 1880-1918)  
 
(Traducido del francés por Agustí Bartra)

La ilustración corresponde al cementerio del Padre Lachaise (Pére-Lachaise) durante el otoño, en París, donde descansan los restos de Guillaume Apollinaire.

martes, 4 de noviembre de 2014

Páginas ajenas: MACARIO, de B. Traven

 
(Fragmento inicial)
 
Macario era leñador en aquel pueblito. Padre de once hijos andrajosos y famélicos, no deseaba riquezas, ni cambiar el jacal que habitaba con su familia por una casa bien construida. En cambio tenía, eso sí, desde hacía veinte años, una sola ilusión. Y esa gran ilusión era la de poder comerse a solas, gozando de la paz en las profundidades del bosque y sin ser visto por sus hambrientos hijos, un guajolote asado entero.

Nunca logró llenar su estómago hasta sentirse satisfecho. Por el contrario, siempre se sentía próximo a morir de hambre. A pesar de eso, todos los días del año, sin exceptuar los domingos ni días festivos, tenía que salir de su hogar antes de que amaneciera para irse al bosque y regresar al anochecer con una carga de leña sobre su espalda. Aquella carga, que representaba una jornada de trabajo, la vendía por dos reales... y a veces hasta por menos.

Sólo durante la temporada de lluvias, cuando prácticamente no tenía competencia, y mejor aún en las fechas señaladas, como por ejemplo el día de los Fieles Difuntos, en que la demanda era mayor por parte de los fabricantes de velas y de los panaderos, que horneaban toda clase de panes de muerto y calaveras de azúcar, lograba que le dieran hasta tres reales por su carga de leña.


B. Traven: Ret Marut, Hal Croves o Traven Torsvan
(Escritor alemán nacionalizado mexicano; 1882-1969)

lunes, 3 de noviembre de 2014

Día de muertos según Malcolm Lowry


En estas fechas resulta inevitable recordar algunos pasajes de Bajo el Volcán, considerada de manera unánime entre las novelas más notables del siglo pasado, cuya acción transcurre en Cuernavaca -a la que Lowry, de modo peculiar, se refiere en la novela como Quauhnáhuac, su nombre en náhuatl-, en esta época del año: "Hacia la hora del crepúsculo del Día de Muertos, en noviembre de 1939...", y lo narrado corresponderá a lo que "había ocurrido hacía hoy exactamente un año." Escuchando con atención "podía percibirse un sonido confuso y remoto -claro y, sin embargo, inseparable del minúsculo murmullo, del sonsonete de los dolientes- como de un cántico que se elevaba para luego caer, y un pisoteo regular -los estallidos y gritos de la fiesta que había durado todo el día."

El título de la novela, como se va haciendo obvio conforme se avanza en la lectura de la misma, proviene del volcán que asume la función de testigo permanente y al que el protagonista observa, imagina y recuerda de manera obsesiva, por eso desde cualquier lugar "aparecían testimonios de la presencia y antigüedad del Popocatépetl", y un pasaje previo describe como su esposa Yvonne "se sintió feliz cuando surgió a la vista el Popocatépetl dominando el paisaje por un rato, mientras ascendían la colina que quedaba más adelante." El siguiente es uno de los párrafos que mejor lo expresa:

"¡Los volcanes! ¡Qué sentimental podía uno ponerse con ellos! Ahora se trataba del volcán; porque en cualquier posición que colocara el espejo no podía ver al pobre Ixtla, el cual, eclipsado, había desaparecido, mientras que el Popocátepetl, el reflejarse en el espejo, parecía más bello aún con su cúspide que brillaba contra un fondo de nubes apiñadas." 

Aun cuando la trama se desarrolla en México durante dicha jornada en particular, Lowry escribió y reescribió la novela durante diez años, la mayor parte de ellos en su cabaña de Dollarton, junto a North Vancouver. Por eso la alusión a Canadá parecería inevitable:

"- ¿Has estado en el Canadá? -le preguntó Hugh.

- Estuve en las Cataratas del Niágara.

Prosiguieron. Hugh seguía sujetándole la rienda.

- Yo nunca he estado en el Canadá. Pero en España, un tipo amigo mío, pescador franco-canadiense que estuvo con los Mac-Paps, me decía que es el lugar más extraordinario del mundo. Cuando menos la Columbia Británica.

- Es lo que también solía decir Geoffrey."

Para terminar, una referencia a la celebración del día de los difuntos en donde se advierte la insólita belleza siniestra que permea la totalidad de la obra:

"Sin que nadie lo viera, el Cónsul tropezó con un puesto (en el que uno podía fotografiarse con su novia, sobre un fondo aterradoramente tempestuoso, verde y espeluznante, con un toro que embestía y el Popócatepetl en erupción) y pasó con el rostro vuelto a otra parte, frente al lastimoso Consulado Británico, cerrado, donde el león y el unicornio desde el escudo de color azul desteñido le contemplaron apesadumbrados. ¡Qué vergüenza! Pero seguimos a pesar de todo, estando a tu servicio, parecían decir. Dieu et mon droit. Los niños lo habían abandonado. Sin embargo, había perdido el rumbo. Iba llegando al límite de la feria. Cerradas, se alzaban allí misteriosas tiendas de lona, y yacían desplomadas o dobladas. Las primeras parecían casi humanas, despiertas, en espera; las otras, tenían el aspecto arrugado y encogido del hombre que, a pesar de estar dormido, anhela, aun en su inconsciencia, estirar los miembros. Más allá, en las lejanas fronteras de la feria, era, de hecho, día de muertos."


Jules Etienne

domingo, 2 de noviembre de 2014

Día de muertos según Octavio Paz


"La muerte es un espejo que refleja
las vanas gesticulaciones de la vida."
Octavio Paz

A pesar de tanto tiempo transcurrido, ya que fue publicado por primera vez en 1950 -hace ya más de sesenta años-, El Laberinto de la Soledad sigue siendo una obra clave para conocer y descifrar las razones y formas de ser del mexicano. De su retrato del conjunto se desprende la radiografía de cada individuo. Y si bien, algunos de sus capítulos, como sería el caso del titulado El Pachuco y otros extremos, ya han sido superados por la evolución de la realidad, en el resto de la obra prevalecen observaciones aún vigentes. En esta fecha, las relativas a su tercer apartado: Todos Santos, Día de Muertos, resultan oportunas:

"El solitario mexicano ama las fiestas y las reuniones públicas. Todo es ocasión para reunirse. Cualquier pretexto es bueno para interrumpir la marcha del tiempo y celebrar con festejos y ceremonias hombres y acontecimientos. Somos un pueblo ritual." Más adelante prosigue respecto al mismo tema. "En ocasiones, es cierto, la alegría acaba mal: hay riñas injurias, balazos, cuchilladas. También eso forma parte de la fiesta. Porque el mexicano no se divierte: quiere sobrepasarse, saltar el muro de soledad que el resto del año lo incomunica. Todos están poesídos por la violencia y el frenesí." Continúa Paz: "Y porque no nos atrevemos, no podemos enfrentarnos con nuestro ser, recurrimos a la Fiesta. Ella nos lanza al vacío, embriaguez que se quema a sí misma, disparo en el aire, fuego de artificio."

En el plano histórico: "Para los antiguos mexicanos la oposición entre muerte y vida no era tan absoluta como para nosotros. La vida se prolongaba en la muerte. Y a la inversa. La muerte no era el fin natural de la vida, sino fase de un ciclo infinito." Y explica la transformación de la idea original: "El advenimiento del catolicismo modifica radicalmente esta situación. El sacrificio y la idea de salvación que antes eran colectivos, se vuelven personales", por eso, mientras que "para los antiguos aztecas lo esencial era asegurar la continuidad de la creación; el sacrificio no entrañaba la salvación ultraterrena, sino la salud cósmica; el mundo, y no el individuo, vivía gracias a la sangre y la muerte de los hombres. Para los cristianos, el individuo es lo que cuenta."

Llega un momento en que desborda el espíritu festivo y lo dedica a la muerte: "La muerte mexicana es el espejo de la vida de los mexicanos. Ante ambas el mexicano se cierra, las ignora", porque "el desprecio a la muerte no está reñido con el culto que le profesamos. Ella está presente en nuestras fiestas, en nuestros juegos, en nuestros amores y en nuestros pensamientos." La clave al respecto, la podemos encontrar en el siguiente párrafo: "Por otra parte, la muerte nos venga de la vida, la desnuda de todas sus vanidades y pretensiones y la convierte en lo que es: unos huesos mondos y una mueca espantable."

Respecto al día de los muertos: "Calaveras de azúcar o de papel de China, esqueletos coloridos de fuegos de artificio, nuestras representaciones populares son siempre burla de la vida, afirmación de la nadería e insignificancia de la humana existencia. Adornamos nuestras casas con cráneos, comemos el día de los Difuntos panes que fingen huesos y nos divierten canciones y chascarrillos en los que ríe la muerte pelona, pero toda esa fanfarrona familiaridad no nos dispensa de la pregunta que todos nos hacemos: ¿qué es la muerte? No hemos inventado una nueva respuesta. Y cada vez que nos la preguntamos, nos encogemos de hombros: ¿qué me importa la muerte, si no me importa la vida?"

No creo que exista otro ensayo en la historia de la literatura mexicana que haya sido tan leído como El Laberinto de la Soledad, a través de los años sigue siendo un texto de lectura obligatoria en las escuelas y tema de discusión entre quienes en algún momento intentan, si no desentrañar, al menos tratar de comprender esa compleja condición existencial que implica la mexicanidad.


Jules Etienne

sábado, 1 de noviembre de 2014

Páginas ajenas: BALÚN CANÁN, de Rosario Castellanos



(Capítulo correspondiente al día de Todos Santos)

Capítulo XXII

NOVIEMBRE. Un largo viento fúnebre recorre, ululando, la llanura. De las rancherías, de los pueblos vecinos, bajan grandes recuas de mulas cargadas para el trueque de Todos Santos. Los recién venidos muestran su mercancía en la cuesta del Mercado y las mujeres acuden a la compra con la cabeza cubierta por chales de luto.

Los dueños de las huertas levantan las calabazas enormes y las parten a hachazos para ponerlas a hervir con panela; y abren en dos los descoloridos tzilacayotes de pulpa suave. Y apiñan en los canastos los chayotes protegidos por su cáscara hirsuta.

Vicenta y Rosalía han hecho todos los preparativos para nuestra marcha. Porque hoy es el día en que Amalia cumplirá su promesa. Iremos al panteón a comer el quinsanto.

- Tu madre no va con nosotros porque se siente indispuesta. Pero me recomendó que yo te cuidara y que te portaras bien. Salimos a la calle. Sobre las banquetas avanzan, saludándose ceremoniosamente, cediéndose unas a otras el lugar de preferencia, las familias, que consagran esta fecha del año a comer con sus difuntos. Adelante va el señor con su chaleco y su leontina de oro. A su lado la señora envuelta en el fichú de lana negra. Detrás los niños, mudados y albeantes. Y hasta el último, las criadas, que sostienen en equilibrio sobre su cabeza los pumpos y los cestos de los comestibles.

La caminata es larga. Llegamos fatigados al panteón. Los cipreses se elevan al cielo, sin un trino, en sólo un ímpetu de altura. Bordeando las callejuelas angostas y sinuosas, devoradas por el césped, están los monumentos de mármol; ángeles llorosos con el rostro oculto entre las manos; columnas truncadas, nichos pequeños en cuyo fondo resplandecen letras y números dorados. Y, a veces, montones de tierra húmeda, recién removida, sobre la que se ha colocado provisionalmente una cruz.

Nos sentamos a comer en la primera grada de una construcción pesada y maciza en cuyo frente anuncia un rótulo: “Perpetuidad de la familia Argüello”. Las criadas extienden las servilletas en el suelo y sacan trozos de calabaza chorreando miel y pelan los chayotes y los sazonan con sal.

A la orilla de otras tumbas están, también comiendo, personas conocidas a las que Amalia saluda con una sonrisa y un ademán ligero de su mano. Don Jaime Rovelo; tía Romelia, del brazo de su marido; doña Pastora, acalorada y roja; doña Nati con un par de zapatos nuevos, guiada por su vecina.

Cuando terminamos de comer, Amalia empujó la puerta de aquel monumento y recibimos, en pleno rostro, una bocanada de aire cautivo, denso y oscuro, que subía de una profundidad que nuestros ojos aún no podían medir.

- Aquí comienza la escalera. Baja con cuidado.

Amalia me ayudaba a descender, mostrando la distancia entre los escalones, señalando el lugar donde el pie tenía mayor espacio para posarse, íbamos avanzando con lentitud, a causa de la oscuridad. Ya abajo Amalia prendió un cerillo y encendió las velas.

Transcurrieron varios minutos antes de que nos acostumbráramos a la penumbra. Era frío y húmedo el lugar adonde habíamos llegado.

- ¿Dónde está Mario?

Amalia alzó uno de los cirios y dirigió el haz de luz hasta un punto de la pared. Allí habían trabajado recientemente los albañiles. La mezcla que usan aún no acababa de secar.

- Todavía no han escrito su nombre.

Falta el nombre de Mario. Pero en las lápidas de mármol que cubren el resto de la pared están escritor otros nombres: Rodulfo Argüello, Josefa, Estanislao, Abelardo, José Domingo, María. Y fechas. Y oraciones.

- Vámonos ya, niña, es tarde.

Pero antes dejo aquí, junto a la tumba de Mario, la llave del oratorio. Y antes suplico a cada uno de los que duermen bajo su lápida, que sean buenos con Mario. Que lo cuiden, que jueguen con él, que le hagan compañía. Porque ahora que ya conozco el sabor de la soledad no quiero que lo pruebe.


Rosario Castellanos (México, 1925-1974)

viernes, 31 de octubre de 2014

RAY BRADBURY: Viajando de la noche de brujas al día de los muertos


Debido al éxito de sus Crónicas Marcianas, publicadas por primera vez en 1950, un amplio sector de lectores consideran a Ray Bradbury como un escritor de ciencia ficción, aunque sus relatos de terror, en particular aquellos que involucran niños, hayan sido a la larga los que mejor le caracterizan. "La gente suele llamarme escritor de ciencia ficción, pero no creo que eso sea cierto. Me pienso como un mago capaz de aparecer y desaparecer cosas enfrente de ti sin que sepas cómo sucedió", dice de sí mismo.

Las adaptaciones al cine así como la exitosa serie de televisión El teatro de Ray Bradbury, contribuyeron a su popularidad. Su novela futurista Farenheit 451, que retrata a una sociedad en la que los libros estarían prohibidos, fue llevada al cine por Francois Truffaut en 1966. En tanto que la siniestra aventura que viven James y William, dos niños del pequeño pueblo de Green Town, en un peculiar espectáculo ambulante -El Pandemónium de las sombras de Cooger y Dark-, es considerada un clásico en su género: La feria de las tinieblas (Something Wicked This Way Comes, 1983).

Sin embargo, debido a la temporada en la que nos encontramos, mi intención es enfatizar sus referencias a la llamada noche de brujas y el día de los muertos. Ya en las propias Crónicas marcianas, en el relato titulado Usher II, un individuo de nombre William Stendahl ha encomendado a un arquitecto de apellido Bigelow la construcción de una casa de la que dice: "¿El señor Poe no estaría encantado?", en clara alusión a Edgar Alan Poe, y como Bigelow niega conocerlo, Stendahl le explica que todos sus libros fueron quemados treinta años atrás: "Allí ardieron Poe y Lovecraft y Hawthorne y Ambrose Bierce*, y todos los cuentos de miedo, de fantasía y de horror, y con ellos los cuentos del futuro. Implacablemente. Se dictó una ley. Oh, no era casi nada al principio. Mil novecientos cincuenta y mil novecientos sesenta. Primero censuraron las revistas de historietas, las novelas policiales, y por supuesto, las películas, siempre en nombre de algo distinto: las pasiones políticas, los prejuicios religiosos, los intereses profesionales. Siempre había una minoría que tenía miedo de algo, y una gran mayoría que tenía miedo de la oscuridad, miedo del futuro, miedo del presente, miedo de ellos mismos y de las sombras de ellos mismos." En ese párrafo se encerraba ya, sin duda, el génesis de su novela posterior, la ya mencionada Farenheit 451, que escribiría tan sólo tres años después.

Finalmente, la necesaria referencia al día de los muertos que es el motivo del presente texto:

"- Ya conoce usted la ley. Es muy estricta. Nada de libros, nada de Casas, nada que pueda sugerir de lguna manera fantasmas, vampiros, hadas y otras criaturas de la imaginación.

- ¡Pronto quemarán a los Babbitt!

- Usted nos dio mucho que hacer, señor Stendahl. Consta en nuestros registros. Hace veinte años. En la Tierra. Usted y su biblioteca.

- Sí, yo y mi biblioteca. Y unos pocos más como yo. Oh, ya nadie se acordaba de Poe, de Oz y de los otros. Pero yo tenía mi pequeño refugio. Unos pocos ciudadanos conservamos nuestras bibliotecas hasta que llegaron ustedes, con antorchas, con incineradores, y destrozaron y quemaron mis cincuenta mil libros. Un día atravesaron también con un palo el corazón del día de Todos los Muertos, y les dijeron a los productores de cine que si querían hacer algo se limitasen a repetir y a repetir, una y otra vez, a Ernest Hemingway. ¡Dios santo! ¿Cuántas veces he visto Por quién doblan las campanas? Treinta versiones diferentes. Todas realistas. ¡Oh, el realismo! ¡Oh el aquí, oh el ahora, oh el infierno!"

El volumen de cuentos Carnaval Oscuro (Dark Carnival), fue la primera obra publicada por Bradbury en 1947. Quince de los veintisiete títulos originales fueron recuperados en una edición posterior de 1955, conocida como El país de octubre (The October Country), uno de cuyos relatos, El siguiente en la línea (Next in Line), transcurre durante la visita de un matrimonio estadounidense a la región de Michoacán, en México: "Habían pasado unos pocos días desde la fiesta del Día de los Muertos, y unas cintas e hilachas de tela y cordones centelleantes colgaban como pelos de pesadilla de las estatuas de piedra, de los pulidos crucifijos labrados a mano, y de las tumbas que se alzaban sobre el suelo como marmóreas cajas de joyas." El pueblo era muy pobre y sus habitantes no podían pagar la cuota de ciento setenta pesos que costaba el entierro permanente de sus difuntos, por la que se veían en la necesidad de cubrir un alquiler anual de veinte pesos. Cuando dejaban de pagar, los cadáveres de sus familiares eran desenterrados y se momificaban de manera natural en un clima extremadamente seco. Esos cuerpos se iban amontonando en una catacumba junto al cementerio, que era una de las atracciones turísticas del lugar. La descripción va adquiriendo entonces un tono más macabro: "Mirando otra vez las tumbas, vieron los restos de la fiesta de la muerte. Las bolitas de sebo que las velas habían derramado sobre las piedras, los capullos marchitos de las orquídeas que yacían en las piedras lechosas como tarántulas aplastadas de color rojo purpúreo, algunas parecidas a órganos sexuales, fláccidos y marchitos. Había arcos de hojas de cactos, bambúes, cañas, ipomeas silvestres, muertas. Había también círculos de gardenias, y pimpollos secos de buganvilias. Todo el suelo del cementerio paracía un salón de baile luego de una danza frenética, que los participantes habían interrumpido de pronto. A un lado las mesas con confeti, cirios, cintas y suelos abandonados."

Siendo todavía muy joven, en 1946, Bradbury visitó la isla de Janitzio, en el Lago de Pátzcuaro -región en la que se desarrolla la acción de El siguiente en la línea-, y quedó tan impresionado por la enorme cantidad de cirios iluminando la noche y el fervor con el que la gente llenaba de flores y comida las tumbas de sus seres queridos, que escribió un poema, El día de la muerte, y le inspiró el capítulo 18 de su novela El árbol de las brujas (The Halloween Treee, 1972). Lo cual se advierte desde el breve preámbulo al preguntarse "¿Dónde empezó todo?", y en lugar de responder, enumera las interrogantes de que hubiese sido en Egipto, en la Bretaña druida, sobre los techos de París: "¿O en México, en los cementerios desbordantes de velas encendidas y de muñequitos de caramelo en el Día de los Muertos?" Mañana incluiré un fragmento del capítulo en cuestión, para tener una mejor idea de lo que Bradbury escribió al respecto.

En De ceniza volverás, (From the Dust Returned), establece en su prólogo, con cierta dosis de ironía, que cuando tiene una idea la logra escribir "en cincuenta y cinco años o en nueve días", esto debido a que esa ha sido la obra que más tiempo ha dilatado en concluir, la empezó en 1945 para terminarla por fin hasta el año 2000 -la mención de los nueve días se debe a Fahrenheit 451, ya que asegura que ese fue el lapso que le llevó escribirla-. Explica que la familia Elliott, que es en torno a la cual gira la trama, empezó su existencia cuando él tenía siete años de edad.

"Cada octubre, cuando llegaba Halloween, la noche de brujas, mi tía Neva nos amontonaba a mí y a mi hermano en su viejo Ford T, para ir al campo de otoño a recoger mazorcas de maíz y calabazas silvestres, que traíamos a casa de mis abuelos. Colocábamos las calabazas en los rincones, poníamos las mazorcas en la entrada y trasladábamos las tablas de la mesa del comedor a la escalera, para que hubiera que deslizarse en lugar de bajar las escaleras. Neva me dejaba en el altillo, disfrazado de bruja con una nariz de cera, y escondía a mi hermano debajo de la escalera que subía a la buhardilla, e invitaba a sus celebrantes de Halloween a trepar durante la noche para entrar en casa. El ambiente era rampante y alegre. Entre mis más bellos recuerdos, guardo los de esta tía mágica que era sólo diez años mayor que yo." Ese sería, pues, el génesis de la familia Elliott, compuesta por brujos inmortales cuya saga dio principio, como ya se ha señalado, en 1945, con el cuento El viajero.

Si bien desde el principio queda establecida la importancia de la noche de brujas: "¡Gran abuela, mañana es la Gran Noche que he esperado toda mi vida! ¡La Familia, nuestra Familia, vendrá volando de todas partes del mundo!", he elegido este breve párrafo que hace mención de la fecha, sobre todo por su carga poética: "Todas las hojas otoñales del mundo convergieron en migraciones susurrantes sobre el centro de Norteamérica y cayeron a vestir el árbol que en un momento estaba desnudo, y al siguiente se veía adornado de hojas caídas del Himalaya, de Islandia y del Cabo, en colores rojizos y en sombríos ramos fúnebres, hasta que el árbol se sacudió para florecer pleno en Octubre y los frutos brotaron como calabazas cortadas el Día de Todos los Santos".

Para concluir, sólo una breve acotación más sobre el propio Bradbury: su testimonio Mi recuerdo favorito de Halloween, el poema Entre tanto (In-between) así como el relato El fornido (Heavy-set; originalmente publicado en la revista Playboy en el número de Octubre de 1964), están incluidos en el libro colectivo Sueños de octubre (October Dreams), que es una recopilación de cuentos, vivencias y poemas relacionados con la tradicional noche de brujas, desde la perspectiva de diversos autores.


Jules Etienne

* Ambrose Bierce es quien inspiró al personaje protagónico de la novela Gringo Viejo,
de Carlos Fuentes.

jueves, 30 de octubre de 2014

Páginas ajenas: EL ÁRBOL DE LAS BRUJAS (The Halloween Tree), de Ray Bradbury


(Fragmento del capítulo 18)

Estaban suspendidos sobre México.
 
Estaban suspendidos sobre una isla en ese lago de México.
 
Allá abajo oyeron ladridos de perros en la noche.
 
En el lago iluminado por la luna vieron unos pocos botes que se movían como insectos acuáticos. Oyeron tocar una guitarra y un hombre cantó con una voz melancólica y aguda.
 
Muy lejos de allí, del otro lado de las obscuras fronteras, en los Estados Unidos, jaurías de chicos, pandillas de perros corrían riendo, ladrando, llamando de puerta en puerta, las manos cargadas de dulces tesoros, locos de alegría en la Noche de Brujas.
 
- Pero aquí... -susurró Tom.
 
- ¿Aquí qué? -preguntó Mortajosario, planeando a la altura de su codo.
 
- Oh, bueno, aquí...
 
- Y a lo largo de toda Sudamérica...
 
- Sí, en el sur. Aquí y en el sur. Todos los cementerios. Todos los camposantos están...
 
... llenos de cirios encendidos, pensó Tom. Mil cirios en este cementerio, cien en aquel camposanto, cien kilómetros más allá, diez mil lucecitas titilantes, cinco mil kilómetros más abajo hasta la punta misma de la Argentina.
 
- Es así como celebran...
 
- El Día de los Muertos. ¿Qué tal andas en español, Tom?
 
Tom tradujo la frase correctamente.
 
- ¡Caramba, sí! ¡Cometa, desármate!
 
La cometa bajó y se desmenuzó por última vez.
 
Los chicos rosaron por la orilla pedregosa del plácido lago.
 
Sobre las aguas flotaban nieblas.
 
Del otro lado del lago, había un cementerio a obscuras. Todavía no habían encendido los cirios.
 
De la niebla salió una barca que avanzaba silenciosa, sin remos, como si la marea la impulsara a través del agua.
 
Una figura alta, envuelta en un sudario gris, iba de pie, inmóvil, en un extremo de la embarcación.
 
La barca rozó suavemente las hierbas de la orilla.
 
Los chicos contuvieron el aliento. Pues, por lo que alcanzaban a ver, en el hueco de la capucha de la figura amortajada sólo había obscuridad.
 
- ¿Señor... señor Mortajosario?
 
Sabían que tenía que ser él.
 
Pero no respondió. Sólo la casi imperceptible luciérnaga de una sonrisa brilló un instante bajo la capucha. Una mano descarnada se movió llamando.
 
Los chicos se abalanzaron a la barca.
 
- ¡Sss! -musitó una voz desde la capucha vacía.
 
La figura hizo otro ademán, y el viento los tocó, y se deslizaron raudos por las aguas obscuras bajo un cielo nocturno tachonado con un billón de fuegos estelares nunca vistos.


Ray Bradbury (Estados Unidos, 1920-2012)

(Traducido del inglés por Matilde Horne)

martes, 30 de septiembre de 2014

Tequila: MENOS QUE NADA (capítulo inicial)

"Esta es la noche en la que todos nos envolvemos con la bandera. Somos mexicanos y no se vale dudarlo."

(Fragmento inicial del capítulo I: El síndrome de Juan Escutia)

Sólo quedan los despojos de los festejos patrios desparramados sobre la plaza, la oquedad de las botellas, los tres colores del papel festivo colgando en jirones desde el techo del quiosco y el olor a pólvora de la pirotecnia impregnado todavía en la atmósfera –dicen que así es como huele el diablo-, último vestigio de la euforia patriotera.

Se celebra la independencia sin tanto escándalo como hace cuatro años, cuando tuvo lugar el bicentenario, aunque en los hechos es como si nunca hubiese terminado de consumarse. A través de la fiesta se procura confundir a la existencia y proveerla de júbilo ocasional: Prometeo desencadenado. El engaño colectivo yace adormilado después de su breve ruptura, de tanta explosión de los sentidos, ándele Güerito, ¿pos qué a poco no se va a echar un pozole?... Llévese sus banderitas, sus rehiletes, sus matracas… Aquí tenemos los sombreros, las cachuchas con el águila… Órale cabrón, chúpale al tequila, no te estés haciendo pendejo. Vamos a acabarnos esta para ir por l’otra antes de que vayan a cerrar...

Apenas escuchas las primeras canciones de la presentación de Alex Syntek poco después de la recreación del grito de Dolores y caminas por Aguayo hasta la calle de París, de regreso a tu casa. Desde hace un buen rato, cuando le propusiste a Magdalena que vivieran juntos, encontraron ese lugar en Coyoacan. Ella aprovechó el puente para irse de viaje con sus papás y su hermana menor. Durante el trayecto alcanzas a escuchar un coro desentonado de música ranchera desde el interior de una casa: “… si muero lejos de ti, que digan que estoy dormido y que me traigan aquí…” A la distancia, las detonaciones de los fuegos artificiales y los cohetones son cada vez más esporádicas y distantes. Esta es la noche en la que todos nos envolvemos con la bandera. Somos mexicanos y no se vale dudarlo.
 

Jules Etienne

jueves, 25 de septiembre de 2014

Una copa de tequila para el detective


La fórmula que mezcla a los detectives de novela negra con el licor ha devenido en una simbiosis ineludible. Aunque el consumo de tequila resulta un tanto más exótico puesto que el origen del género tuvo lugar y se desarrolló entre bebedores de whiskey. Sin embargo, un personaje tan emblemático como Philip Marlowe, en El confidente (Finger Man), uno de sus primeros casos, se encuentra en un casino y dice: “Bebí un poco más de tequila y puse mala cara”. También en la clásica El sueño eterno (The Big Sleep), advierte que “por su actitud parecía tequila lo que bebían”. De manera que el tequila no le resultaba ajeno, como tampoco lo era para Lew Archer, el investigador privado de Ross MacDonald, en La piscina mortal (The Drowning Pool) se refiere a Acapulco y sus “largas noches de tequila”, y en El coche fúnebre pintado a rayas (The Zebra-Striped Hearse): “Miró a su alrededor buscando a José, quien se encontraba reclinado contra la pared. José llenó su vaso con tequila de la botella”.
 
En Hot Water, uno de los relatos de Cornell Woolrich publicados bajo el seudónimo de William Irish -ignoro si existe alguna edición traducida al español-, al salir de un casino en Tijuana, donde el protagonista “había estado bebiendo tequila, pero al menos sabía lo que estaba haciendo”, tiene lugar una persecución en automóvil con la inevitable balacera en pleno desierto. Cuando el automóvil se queda sin gasolina, utiliza el tequila a manera de combustible para poder seguir su camino.
 
En El complot mongol, novela pionera del género en español, de Rafael Bernal, tiene lugar una conversación en la que se establece: “Le dije que usted siempre tomaba tequila me dijo que sí, que era usted un gran tequilero”. El legendario Pepe Carvalho “la conoció en un lugar de la frontera tomando tequila con sal tras tequila con sal…”, en La soledad del manager, de Vázquez Montalbán, mientras que en Sombra de la sombra, de Paco Ignacio II: “Se la dejaron ir, compañero –comenta el licenciado Verdugo desde el otro lado de la mesa, como para dejar absolutamente claro que con este juego ya no se puede hacer nasa, se bebe de un sentón el tequila que queda en el vaso, suspira, y tras un inaudible «con permiso», se apura también los restos de la copa del chino.”
 
Algunos autores contemporáneos en español coinciden en el uso del tequila para formar los títulos de sus novelas. Así sucede con Tequila Blue, del argentino Rolo Díez (“Para mi segundo tequila ya tenía el caso resuelto”), y de Efecto tequila, de Élmer Mendoza:
 
Elvis apura su cerveza, hay casos en que el silencio no otorga y éste es uno de ellos, Nos decidimos por usted porque conoce el terreno y porque posee las habilidades necesarias y suficientes para tener éxito, además, es una buena manera de dejar su madriguera, ¿no le parece?, sé que es inquieto y, ¿Qué fue del amigo que avisó?, Apareció flotando en el Río de la Plata, pide un tequila doble, Un tipo que sólo quiso hacer un favor, perdió la vida sólo por servir de enlace, ¿De cuánto estamos hablando?, De trescientos mil, Dólares, Por supuesto, piensa: si fuera trampa es de lo más tentadora, a poco no, viene a su mente un túnel una carrera una balacera; una porteña hermosa…
 
También habría que incluir Tequila coxis, del colombiano Eduardo García Aguilar, quien explica sobre dicho título que “surgió en medio del delirio, en una fiesta entre amigos mexicanos, es por eso que también es una suerte de homenaje al tequila que ha nutrido a nuestra generación y a las que vendrán”. La siguiente descripción pertenece a El caso tequila, de F. G. Haghenbeck: "Así fue como llegué a ese atardecer que tenía tal letanía de colores, parecía que el pintor celestial había bebido tres tequilas más que yo."

Concluiré esta breve relación al tequila en la literatura policíaca con una referencia de mi propia novela Decir adiós es morir un poco, cuyo protagonista, Felipe Mar Law, es bebedor de ron, en contraste con Karina, la mujer a quien intenta seducir:

Le invitas una copa que ella acepta con la condición de que, en efecto, sea una sola, porque se hace tarde y tiene la pésima costumbre de que cuando empieza a beber le resulta difícil mantenerse ecuánime.

- Me da por emborracharme hasta que los calzones ya no me obedecen.

- Yo no le veo nada de malo.

- Pues claro, si eso es lo que estás esperando. No te hagas.

Ese es el momento justo en una conversación en el que una mujer habría recurrido a su martingala: ¿Cómo crees? En contraste, te mantienes en silencio. El que calla, otorga. Luego de obtener tu solemne promesa de que no te pondrás necio insistiendo en que pidan otra ronda, te confiesa su debilidad por el tequila, en tanto te mantienes fiel al elíxir de las Antillas.
 
Jules Etienne

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Tequila: PLATAFORMA, de Michel Houellebecq

"Miraba, completamente hipnotizado, los jóvenes cuerpos que se movían delante de sus ojos..."
 
(Fragmento del capítulo 10)

A mi izquierda había un viejo alemán sentado en una mesa con su Carlsberg: con su vientre imponente, la barba blanca y las gafas, se parecía bastante a un profesor de universidad jubilado. Miraba, completamente hipnotizado, los jóvenes cuerpos que se movían delante de sus ojos; estaba tan quieto que por un momento creí que se había muerto.

Entraron en acción varias máquinas de humo, la música cambió a un slow polinesio. Las chicas se fueron y otras ocuparon su lugar, vestidas con guirnaldas de flores a la altura del pecho y el talle. Giraban suavemente, y las guirnaldas dejaban ver a veces los pechos, a veces el nacimiento de las nalgas. El viejo alemán seguía mirando el escenario; en cierto momento se quitó las gafas para limpiarlas, tenía los ojos húmedos. Estaba en el paraíso.

En realidad, las chicas no intentaban pescar a nadie, pero era posible invitar a una de ellas a beber algo, charlas un poco, eventualmente pagar al establecimiento un bar fee de quinientos baths y llevarse a la chica al hotel después de negociar el precio. Creo que la tarifa por la noche completa era de cuatro o cinco mil baths, poco más o menos el salario de un obrero no cualificado en Tailandia; pero Phuket es una escala cara. El viejo alemán le hizo una señal discreta a una de las chicas que, todavía con el string blanco, esperaba volver a escena. Ella se acercó en seguida y se instaló con familiaridad entre los muslos del viejo. Sus pechos redondos y jóvenes estaban a la altura de la cara del alemán, que había enrojecido de placer. Oí que ella le llamaba «Papá». Pagué el tequila con limón y me fui, un poco incómodo; tenía la impresión de asistir a una de las últimas alegrías del anciano, era demasiado conmovedor y demasiado íntimo.
 
 
Michel Houellebecq (Francia, 1956)

martes, 23 de septiembre de 2014

Los tequilas de Graham Greene

 
Graham Greene aprovechó sus viajes por México para escribir varias novelas y relatos. De ellos se desprende una visión cáustica sobre el país y a menudo agresiva, que manifiestan su obvio desagrado. El tequila, sin embargo, surge con frecuencia en sus narraciones. Por ejemplo, en Caminos sin ley lo describe de esta manera: “Le hice beber un tequila, bebida alcohólica extraída del agave, una especie de ginebra bastante inferior”, y luego en ese mismo párrafo indica que “el tequila bullía como la audacia por sus venas”.
 
Más adelante, al quinto capítulo, Viaje en la oscuridad, pertenece el siguiente diálogo:
 
Volvimos al Diligencias y pedí algo de comer, un par de tequilas para cada uno, y cerveza. Una niñita pasó vendiendo billetes de lotería, y le compré uno, el primero que compraba en mi vida; un gesto ante el destino. Después de los tequilas empecé a sentirme mejor, a pensar de forma grandilocuente en mi viaje como en una gran aventura. Y también mi amigo florecía; lamentaba no poder acompañarme. Le habría gustado demostrar, decía, que un mexicano era "tan valiente" como un inglés. Vendría como amigo, no como guía. No me cobraría nada. Pasearíamos a caballo por Chiapas, y tendríamos interesantes conversaciones.
 
- ¿Por qué no? -le dije-. No tengo ropa.
- Podríamos tomar un taxi hasta su casa.
- No tenemos tiempo.
- Entonces podríamos comprarla en Tabasco.
El segundo tequila comenzaba a provocar su drástica reacción; le brillaban los ojos.
- Muy bien –dijo-, ya está. Le demostraré que un mexicano es tan valiente… Iré con usted, así como estoy vestido.
Nos comprometimos con un brindis de cerveza y nos dimos la mano un poco ebrios.
 
En el capítulo siete, Hacia Chiapas, una vez que los personajes se encuentran en Palenque, se refiere de nuevo al tequila:
 
Pero Palenque no era Salto; la cantina de Salto adquiría en el recuerdo las proporciones y el lujo de un bar norteamericano. En el almacén cercano a la iglesia tenían solamente tres botellas de cerveza, una cerveza caliente, gaseosa, insatisfactoria. Después bebimos un vaso cada uno de tequila muy nuevo y poco fermentado, que apenas logró rozar nuestra sed.
 
También en El poder y la gloria, una de sus novelas más notables, se le menciona de manera apenas incidental:
 
– Pero yo soy bebedor de vino... no sabe usted cuánto deseo el vino...
– El vino me cuesta mucho dinero. ¿Qué más me puede usted pagar?
– Todo lo que me queda son setenta y cinco centavos.
– Le podría dar una botella de tequila.
– No, no.
– Entonces cincuenta centavos más... Será una botella grande.
 
Por último, este es el párrafo con que da comienzo el cuento El billete de lotería:
 
Mr. Thriplow compró su primer y último billete de lotería en Veracruz. Se había tomado dos vasos de tequila para animarse a subir a bordo de aquella horrible barcaza mexicana de cien toneladas provista de un motor auxiliar, que era el único sistema para desplazarse hasta el pequeño Estado tropical que quería visitar. Al coger los billetes que la niña le ofreció, se sintió señalado por el destino; y tal vez lo estaba. Yo no creo mucho en el destino, pero cuando creo en él lo imagino muy exactamente como una personalidad tan maliciosa y humorística que, entre toda la gente del mundo, sería capaz de elegir a Mr. Thriplow para servir sus absurdos y augustos objetivos.
 
Si bien por una parte puede inferirse que Graham Greene no disfrutó plenamente sus visitas a México, por la otra resulta evidente que durante su estancia abundaron los tragos a las botellas de tequila.

Jules Etienne

sábado, 20 de septiembre de 2014

Tequila: JUGANDO CON BOMBAS, de B. Traven


(Fragmento)

El jurado se retira. En menos de media hora, pues sus miembros tienen asuntos que atender, regresa. El veredicto es: "No culpable".

Natalio es puesto en libertad inmediatamente. El y sus testigos, incluyendo a Filomena y a su nuevo hombre, van a la cantina más próxima a celebrar el acontecimiento con dos botellas de tequila. Las botellas pasan de boca en boca sin que ninguno haga uso de los vasos. Todos saborean un poco de sal y chupan limón. . Cuando las botellas están vacías, Natalio regresa a su trabajo, pues restando algunas horas hábiles todavía, él, minero honesto, no quiere perderlas.

Como de costumbre el sábado siguiente se celebra el baile en el pueblo, al que Natalio asiste. Allí encuentra a una joven que, sabedor a de sus virtudes de hombre sobrio y trabajador, acepta su proposición para vivir con él como su mujer.


B. Traven: Ret Marut, Hal Croves o Traven Torsvan
(Escritor alemán nacionalizado mexicano; 1882-1969)

viernes, 19 de septiembre de 2014

Tequila: ENTRE LA PIEDRA Y LA FLOR, de Octavio Paz

"... alza una flor, roja y única. Una vara sexual la levanta, llama petrificada."

II

¿Qué tierra es ésta?
¿Qué violencias germinan

bajo su pétrea cascara,
qué obstinación de fuego ya frío,
años y años como saliva que se acumula
y se endurece y se aguza en púas?


Una región que existe
antes que el sol y el agua
alzaran sus banderas enemigas,
una región de piedra
creada antes del doble nacimiento
de la vida y la muerte.


En la llanura la planta se implanta
en vastas plantaciones militares.
Ejército inmóvil
frente al sol giratorio y las nubes nómadas.


El henequén, verde y ensimismado,
brota en pencas anchas y triangulares:
es un surtidor de alfanjes vegetales.
El henequén es una planta armada.


Por sus fibras sube una sed de arena.
Viene de los reinos de abajo,
empuja hacia arriba y en pleno salto
su chorro se detiene,
convertido en un hostil penacho,
verdor que acaba en puntas.
Forma visible de la sed invisible.


El agave es verdaderamente admirable:
su violencia es quietud, simetría su quietud.


Su sed fabrica el licor que lo sacia:
es un alambique que se destila a sí mismo.


Al cabo de veinticinco años
alza una flor, roja y única.
Una vara sexual la levanta,
llama petrificada.
Entonces muere.
 
 
Octavio Paz (México, 1914-1998). Obtuvo el premio Nobel en 1990.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Tequila: LA SOMBRA DEL CAUDILLO, de Martín Luis Guzmán

 "A ver, tú; que te den el embudo del aceite… ¿Conque no bebe?"

(Fragmento del libro cuarto, capítulo II: Camino al desierto)

- ¡Lévantese de ay!

La voz era enérgica y ronca.

Mientras Axkaná se incorporaba, dos manos lo cogieron por un brazo; otras lo arrojaron contra el asiento. Ahora sentía apoyado sobre el pecho el cañón de la pistola.

- Saca el tequila –dijo la misma voz.

El cuello de una botella vino a tocarle la boca.

- Beba un trago -mandó la voz.

- No bebo.

- ¿No bebe?

- No. No bebo.

- Conque no, ¿eh?

Las ondas de la voz siguieron dirección distinta.

- A ver, tú; que te den el embudo del aceite… ¿Conque no bebe?

Se oía el ruido que hacían delante al remover los trebejos del automóvil.

- Conque no bebe… Conque no bebe… -repetía la voz.

“Va a ser inútil resistir –pensó Axkaná-. Acaso fuera más juicioso no oponerse.”

Tuvo, sin embargo, miedo de que lo envenenaran.

- Y ¿quién me asegura –preguntó- que es sólo tequila lo que quieren darme?

- Nadie. Y sobran las preguntas. Si quisiéramos envenenarlo o matarlo de otro modo cualquiera, ¿quién lo había de impedir? Pero ya oyó que pedí el tequila. Sienta la botella: está nuevecita, la acabamos de destapar. Beba, pues, por las buenas o por las malas. Traiga la mano… ¿No es ésta una botella?

A despecho de todo, aquel lenguaje hizo cierta gracia a Axkaná. Tocando la botella, dijo:

- Sí, es una botella.

- Beba un trago, pues… Mire: bebo yo primero.

Breve silencio… Chascaba una lengua:

- Buen tequila, ¡la verdad de Dios!... Ahora usted.

Axkaná bebió.

- ¿Es tequila o no es tequila?

- Así parece.

La botella seguía apoyada, en parte, en la mano derecha de Axkaná.

- Beba otra vez.

- No, ya no.

- Beba otra vez, le digo… Y nomás no se me mueva tanto, que la pistola puede dispararse.

Y diciendo así, el desconocido volvió a hacer que la botella y los labios de Axkaná se juntaran. Axkaná tornó a beber.

- ¿No es buen tequila?

- Sí, si es bueno… Pero ¿para qué me han traído a este sitio?

Con el cuello de la botella golpeaba el desconocido los labios de Axkaná. Lo hacía, evidentemente, con intención de causarle daño y mantenerlo dócil. Para que cesara en aquello, Axkaná bebió.
 
 
Martín Luis Guzmán (México, 1887-1976)
 
La ilustración corresponde a un fotograma de la película La sombra del caudillo (1960), dirigida por Julio Bracho.