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Vancouver: otoño en English Bay (fotografía de Jules Etienne).

miércoles, 16 de octubre de 2019

Tu boca: FANDANGO, de Vilhelm Krag

"¡Que vengan! Que entren a bailar con sus pies delicados..."
 
 ¡Música no, jenízaros!
¡Silencio, ritmos cargados de marcha!
¡Silencio por favor, músicos!
 
La mujeres circasianas, las circasianas
¡Que vengan! Que entren
a bailar con sus pies delicados
música silenciosa
de guitarras distantes
rasgando, tarareando, acarician los sonidos,
sonrientes, reclinando sonidos seductores
sensualmente dulces:
¡Fandango!
 
Un toque rojo sombrío para el baile de luz vibrante
largo velo que nubes de plata trazan brillante
tiernos brazos que suavemente se entrelazan
al bailar
una oreja sonrojada, el blanco dedo meñique
y los pies veloces como un rayo sin sonido
su piel de arena cubierta por la sedosa cabellera negra.-
y se ondulan con ese tintineo de joyas y pedrería.
Y las mejillas. Y los ojos.
¡Fandango!
 
Zerlina, doncella mía, tu cuello es tan dulce
tus ojos tan negros,
pero tus ojos están húmedos, Zerlina.

Zerlina, doncella mía, tus labios son tan rojos
y tus mejillas redondas
¡Pero tus mejillas están pálidas, Zerlina!
 
Zerlina, doncella mía, tu piel es tan suave,
tu boca tan fresca
pero- ¿por qué se estremece tu boca, Zerlina?
 
«¡Ah, mi señor! Pronto llegará el otoño
y caen los pétalos de las rosas de Persia
y hay llanto en las corolas del clavel
y el follaje se marchita, mi señor.»

Zerlina, doncella mía, gracias por tu baile
y tus palabras. –Ahora déjame solo.
 
Todo se marchita. Se marchita,
se marchita,
el mundo, se marchita, y las rosas y las mujeres,
mi cuerpo y todos sus nervios temblorosos
¡Marchitar!
 
Y el tiempo, que me roba tan lentamente más allá de mí,
y pasan las horas para cavar una tumba.
No me atrevo a pensar – No me atrevo a vivir.
¡No te atrevas a morir!
 
Y en esta quietud, tan de la noche y mortal,
como la llamada del chorlito viene el murmullo sin fin;
Se marchita, se marchita,
se mar...
¡Música, música, música, jenízaros,
el gran tambor chino!
 
 
Vilhelm Krag (Noruega, 1871-1933).
 
(Traducido al español por Jules Etienne).
La ilustración corresponde a Una tarde ociosa en el serrallo (1876), de Giacomo Mantegazza.

martes, 15 de octubre de 2019

Tu boca: BÉSAME, MORIBUNDA (Red siniestra), de Mickey Spillane

"No... limítate a sonreír, chiquilla. Tu boca es más sugestiva que un millón de claveles rojos."

(Fragmento del capítulo IX)
 
Permanecí un rato inmóvil y oí una risotada al otro lado de la ventana. La ciudad. El monstruo. Se reía de mí, pero era una risa falsa, no había ya en ella el aplomo y la seguridad de otras veces.
 
Luego, sonó el teléfono y, al descolgar el aparato, la risa se convirtió en un murmullo muy distante.
 
- Diga.
 
La voz que me respondió no era la que yo esperaba. Era una voz blanda, baja y un tanto tristona.
 
- ¿Mike?
- Al habla.
- Michael Friday, Mike.
 
Recreé en mi mente su boca fabulosa. Una boca jugosa, roja, húmeda, brillante, pegada al teléfono, junto a la mía. Al pronto, no supe qué decirle, excepto:
 
- Hola, mi amor, ¿dónde estás?
- En un extremo de la ciudad. -Hizo una pausa de unos segundos-. Mike... me gustaría volver a verte.
- ¿De veras?
- De veras.
- ¿Por qué?
- Quizá para charlar contigo, Mike. ¿No te importaría?
- Tal vez antes me hubiese importado. Ahora, no.
 
Su sonrisa debió de tener el toque de tristeza que se advertía en la voz.
 
- Es perdonable que esto sea una excusa para verte.
- Eso me gusta más -le dije.
- Entonces, ¿podré verte?
- Dime dónde y cuándo.
- Mira... uno de los amigos de Carl celebra una fiesta esta noche. Yo estoy invitada a ella, y si no te importa... podríamos ir juntos. No estaremos mucho tiempo allí.
 
Estuve cavilando un rato, en medio de un torbellino de pensamientos. Por fin, tomé mi partido.
 
- Está bien. Un rato de honesto esparcimiento no me sentará mal. Nos encontraremos en el vestíbulo del hotel «Astor», a las diez. ¿Estás de acuerdo?
- De acuerdo, Mike. ¿Tendré que llevar un clavel rojo o algo parecido para que me reconozcas?
- No... limítate a sonreír, chiquilla. Tu boca es más sugestiva que un millón de clave- les rojos.
- Pues tú no te has acercado a ella lo suficiente para decir eso.
- Recuerdo, sin embargo, cómo me despedí de ti la última vez que nos vimos.
- Si a eso lo llamas cerca, es que no tienes la noción de la distancia -dijo.
 
Y colgó. Hice lo mismo y contemplé el auricular, negro, simétrico y eficiente. Sólo para que alguien hable pone en movimiento un millar de piezas diminutas y la fuerza final de todo ello culmina en un milagro menor. Nadie se entretiene en averiguar cómo y por qué se realiza ese milagro. Negro, simétrico, eficiente. Podría ser la reproducción de una mano trazada con tinta negra. Su organización era la misma y sólo se sabían los detalles cuando ya era demasiado tarde.
 
Cuando ellos querrían que viese la mano fatídica, con un dedo apuntando a mi persona.
 
Cuando fuera demasiado tarde.
 

Mickey Spillane: Frank Morrison Spillane (Estados Unidos, 1918-2006).

lunes, 14 de octubre de 2019

Tu boca: EL VACÍO, de Georges Bataille



 Llamas nos rodearon
bajo nuestros pasos se abrió el abismo
un silencio de leche de hielo de huesos
nos envolvía con un halo
 
eres la transfigurada
mi destino te ha roto los dientes
tu corazón es un hipo
tus uñas han hallado el vacío
 
hablas como la risa
los vientos alisan tu cabello
la angustia que el corazón oprime
precipita tu burla
 
tus manos tras mi cabeza
no agarran sino la muerte
tus besos rientes no se abren
sino a mi pobreza de infierno
 
bajo el baldaquino sórdido
del que penden los murciélagos
tu maravillosa desnudez
no es más que una mentira sin lágrimas
 
mi grito te llama en el desierto
al que no quieres venir
mi grito te llama en el desierto
en el que se cumplirán tus sueños
 
tu boca sellada a mi boca
y tu lengua en mis dientes
la inmensa muerte te acogerá
caerá la inmensa noche
 
entonces habré hecho el vacío
en tu cabeza abandonada
tu ausencia estará desnuda
como una pierna sin medias
 
esperando el desastre
en que se extinguirá la luz
seré yo suave en tu corazón
como el frío de la muerte.


Georges Bataille (Francia, 1897-1962).

domingo, 13 de octubre de 2019

Tu boca: MACUNAÍMA, de Mario de Andrade

 
(Fragmento del capítulo VI: La francesa y el gigante)

Entonces Piaíma le cuenteó a la francesa que era un célebre coleccionista y colectaba piedras. Y la francesa era Macunaíma, el héroe. Piaíma confesó que la joya de la colección era la mera mera muiraquitán cin forma de yacaré comprada por mil contos a la emperatriz de las icamiabas allá por las playas de la laguna Yaciuruá. Y eran puras mentiras del gigante. Entonces, se sentó en la hamaca muy junto de la francesa, ¡harto!, y habló murmurando, pues con él lo demás era lo de menos, ya que no vendía ni prestaba la piedra pero, sin embargo, sería capaz de darla... "Depende de los asegunes..." El gigante lo que de veras estaba queriendo era juguetear con la francesa. Cuando por el modito de Piaíma el héroe entendió lo que significaba el tal "depende...", se puso muy inquieto. Se le calentó la cabeza: "¡Será que el gigante imagina que soy de veras francesa!... Corta esa, peruano botarate..." Y salió corriendo por el jardín. El gigante corría atrás. La francesa saltó un arbusto buscando parapetarse pero ahí estaba una negrita. Macunaíma le cuchicheó:
 
- Catarina, sal de ahí, ¿sí?
 
Catarina ni noticias. Macunaíma ya medio enfadado con ella, le musitó:
 
- Catarina, ¡sal de ahí que si no te pego!
 
Y la mulatita, ahí. Entonces Macunaíma le dio una cachetada en la pelma que se le quedó la mano atrapada por ella.
 
- Catarina, suéltame la mano y retírate, ¡o te doy más galletazos, Catarina!
 
Y es que Catarina era una muñeca de cera de caranday puesta allí por el gigante. Se quedó bien quietecita. Macunaíma le dio otro soplamocos con la mano libre y quedó más preso.
 
- ¡Catarina, Catarina! ¡Suelta mis manos y vete retirando pelo-cuscú! Que si no, te doy un puntapié.
 
Le tiró una patada y quedó más preso aún. Por fin el héroe quedó todo pegado en la Catita. Llegó Piaíma con un cesto. Retiró a la francesa de la trampa y berreó hacia la macona.
 
- Abre la boca, cesto, ¡abre tu boca bien grande!
 
El carpacho abrió la boca y el gigante depositó al héroe en él. El cesto cerró la boca otra vez. Piaíma lo cargó y regresó.
 
 
Mario de Andrade (Brasil, 1893-1945).

sábado, 12 de octubre de 2019

Tu boca: LOS BESOS, de Vicente Aleixandre

"Un instante pusieron su plumaje encendido sobre el puro dibujo que se rinde entreabierto."

No te olvides, temprana, de los besos un día.
De los besos alados que a tu boca llegaron.
Un instante pusieron su plumaje encendido
sobre el puro dibujo que se rinde entreabierto.

Te rozaron los dientes. Tú sentiste su bulto,
En tu boca latiendo su celeste plumaje.
Ah, redondo tu labio palpitaba de dicha.
¿Quién no besa esos pájaros cuando llegan, escapan?

Entreabierta tu boca vi tus dientes blanquísimos.
Ah, los picos delgados entre labios se hunden.
Ah, picaron celestes, mientras dulce sentiste
que tu cuerpo ligero, muy ligero, se erguía.

¡Cuán graciosa, cuán fina, cuán esbelta reinabas!
Luz o pájaros llegan, besos puros, plumajes.
Y oscurecen tu rostro con sus alas calientes,
que te rozan. revuelan, mientras ciega tú brillas.

No lo olvides. Felices, mira, van, ahora escapan.
Mira: vuelan, ascienden, el azul los adopta.
Suben altos, dorados. Van calientes, ardiendo.
Gimen, cantan, esplenden. En el cielo deliran.
 
 
Vicente Aleixandre (España, 1898-1984). Obtuvo el premio Nobel en 1977.

viernes, 11 de octubre de 2019

Tu boca: LOS AVISPONES, de Peter Handke


(Fragmento del capítulo Los avispones)

No tienes que mostrar que vas por un camino polvoriento. Los espectadores no tienen por qué enterarse de las características del camino. Basta con que Te vean andar. Tampoco es necesario mostrar que hace calor. Solamente debes tener cuidado al entrar para que aquellos que Te miran no piensen que Te has puesto en marcha justo ahora; cuando Te vean entrar, deben creer que ya llevas mucho tiempo andando. Tú entras no como si llegaras a este concreto y preciso lugar, sino a un lugar que es idéntico a todos los lugares por los que Tú ya has ido. El lugar al que Tú llegas y en el que Te presentas ante los espectadores no es distinto de los otros lugares. Tú no entras, no Te presentas en un escenario, más bien caminas por entre las miradas. No hay nadie. Los movimientos de Tus piernas son tales que suscitan en los que Te miran la idea de que ya van solas y de que Tú no pones nada de Tu parte para que avancen. Si miras a Tu alrededor, a los espectadores les tiene que parecer que miras siempre después de haber dado un número determinado de pasos. Al andar, Tu mirada no se ha apartado ni una sola vez de Tus pies. Miras a Tu alrededor como quien busca una sombra en una vasta extensión de terreno. Tu vestimenta es sencilla; no debe atraer la mirada de los espectadores. Llevas una camisa sin cuello, como un presidiario o un campesino. Hace poco que has llegado. Los espectadores ya habrán captado que estás en camino desde hace mucho. No necesitan saber más. Ahora tienes que este breve lapso de tiempo durante el cual los espectadores Te ven y que Tú puedes calcular midiendo Tus pasos con la abertura entre el pulgar y el índice, este tiempo que transcurre entre Tu primer movimiento visible a los espectadores y el momento en el que Te detienes y miras a Tu alrededor, a ellos, les parezca infinitamente largo. No basta con mostrar tu fatiga a los que desconocen lo que Te pasa, haciendo ver que Te pones de cuclillas y escupiendo sobre una piedra (por decir algo) que desentierras del camino para Ti, como recomienda el remedio casero para el dolor de costado. Solamente dispones de Tu cara y de Tus gestos. Tu voz, con la que podrías hablarles, ha enmudecido. Durante el minuto que has andado ha transcurrido medio día. Esto es lo que los otros tienen que entender. En medio día, la luz y el viento cambian. El camino cambia. Cambian las sombras de lo que se alza sobre la tierra. A los espectadores Tú sólo puedes mostrarles Tu propio cambio. Sin embargo, durante el minuto que Te han visto, no Te ha ocurrido otra cosa que lo que les has mostrado. No vale la pena que Te pongas la mano sobre los ojos y Te gires para ver los doce pasos que has dado ante ellos. No basta con que simules que no alcanzas a ver un final. Seguro que ellos entenderán lo que Tú representas y se dejarán convencer por Tus gestos de que tienen que multiplicar los pasos, sin embargo, no podrán entender cuánto tiempo ya ha transcurrido. No les llegará al corazón. Para mostrárselo, necesitarías magia o una gran elocuencia o una fórmula con la que pudieras encantar sus oídos. Pero se Te exige que permanezcas mudo. No basta con que cambies Tu modo de andar, no basta con modificar la expresión de la cara y que los ojos parpadeen, no basta con dejar que los brazos cuelguen lacios de los hombros. No dispones de una iluminación que podría mover Tu sombra. Tirarte al suelo de cansancio, no resultaría. Con ningún gesto, con ninguna expresión conseguirías resumir el tiempo transcurrido. Cualquier cosa que hicieras se convertiría en un espectáculo de títeres. Pero si Tú mismo representas esa comedia, se reirán de Ti, igual que si quisieras mostrar el paso del tiempo colocando delante de Ti la palma de la mano a modo de cronómetro y utilizaras como aguja el índice de la otra mano y los espectadores tuvieran ante sí los puntos invisibles que significan las horas, y Tu dedo que iría avanzando a cada paso que dieras. Tienes que mostrar doce pasos, doce horas. Ahora el dedo ha regresado al punto de partida. Simultáneamente, Tú te has detenido y Te propones descansar al lado del camino. Pero la magia que necesitas para que los espectadores capten el tiempo, la magia que los haga estremecer, está encerrada en Tu boca. Tu voz es muda. También en lo que sigue, Tu voz permanecerá muda. El ruido que en medio del movimiento que realizas para ponerte a descansar Te hace aguzar los oídos, Tú lo indicas levantando de lado la cabeza «como un ciego».
 
 
Peter Handke (Austria, 1942).
El día de ayer se le concedió el premio Nobel de literatura correspondiente a 2019.
 
(Traducido al español por Anna Montané Forasté).

jueves, 10 de octubre de 2019

Tu boca: SONETO, de Efrén Rebolledo

"... se abaten tus cabellos en racimo de negros bucles..."

Saturados de bíblica fragancia
se abaten tus cabellos en racimo
de negros bucles, y con dulce mimo
en mi boca tu boca fuego escancia.

Se yerguen con indómita fragancia
tus senos que con lenta mano oprimo,
y tu cuerpo suave, blanco, opimo,
se refleja en las lunas de la estancia.

En la molicie de tu rico lecho,
quebrantando la horrible tiranía
del dolor y la muerte exulta el pecho,

y el fastidio letal y la sombría
desesperanza y el feroz despecho,
se funden en tu himen de ambrosía.
 
 
Efrén Rebolledo (Mexicano fallecido en Madrid, 1877-1929).
 
Este soneto forma parte del volumen que comprende una docena
reunidos con el título de Caro Victrix, publicado en 1916.

miércoles, 9 de octubre de 2019

Tu boca: EN EL CORAZÓN DE LA TIERRA, de Edgar Rice Borroughs

"El amor se demuestra con actos -respondió-. Podías hacer que tu boca dijera lo que deseabas..."

(Fragmento del capítulo XIV: El paraíso terrenal)

- ¡Te odio! - exclamó.
 
Al entrar de la luz brillante del sol del mediodía a la semipenumbra de la cueva no podía distinguir sus facciones, lo cual fue un alivio, pues no deseaba leer el odio que habría escrito en ellas.
 
No le dije una palabra. Crucé la caverna y la tomé de las muñecas. Ella luchó, pero yo le sujeté las manos contra el cuerpo con un brazo. Luchaba como una tigresa, pero con mi otra mano le tiré la cabeza hacia atrás. Supongo que me había vuelto salvaje de repente, que había retrocedido un millón de años y me había convertido en un verdadero cavernícola que tomaba por la fuerza a su hembra. Entonces besé una y otra vez aquellos labios hermosos.
 
- Dian -exclamé sacudiéndola bruscamente-, yo te amo. ¿No puedes comprender que te amo?, ¿que te amo más que a nada en este mundo y en el mío?, ¿que voy a tenerte porque un amor así no puede ser rechazado?
 
Noté que ya permanecía muy quieta entre mis brazos; y a medida que mis ojos se acostumbraban a la oscuridad, vi que estaba sonriendo, con una sonrisa satisfecha y feliz. Quedé estupefacto. Me di cuenta de que, muy dulcemente, estaba tratando de soltar sus brazos, y entonces yo aflojé el mío para permitirle hacerlo. Lentamente sus manos me ciñeron el cuello, y atrajo mis labios hacia los suyos reteniéndolos allí largo rato, por fin habló.
 
- ¿Por qué no hiciste esto desde el principio, David? ¡He estado esperando tanto tiempo!
 
- ¿Qué? - exclamé -. ¡Dijiste que me odiabas!
 
- ¿Esperabas acaso que corriera a tus brazos, diciéndote que te amaba antes de saber si tú me amabas? - preguntó ella.
 
- Pero si yo te dije desde el comienzo que te amaba -dije.
 
- El amor se demuestra con actos -respondió-. Podías hacer que tu boca dijera lo que deseabas; pero ahora, cuando me tomaste en tus brazos, tu corazón le habló al mío en un lenguaje que el corazón de una mujer puede entender. ¡Qué hombre tonto eres, David!
 
- Entonces, ¿nunca me has odiado? - pregunté.
 
- Siempre te he amado -susurró-, desde el momento en que te vi, aunque no lo supe hasta que luchaste con Hooja el Astuto y luego me rechazaste.
 
- Pero no te rechacé, Dian, querida -exclamé-. Yo desconocía tus costumbres, y no sé si ahora, incluso, las conozco. Parece increíble que me hayas insultado tanto, mientras al mismo tiempo me querías.
 
- Deberías haberte dado cuenta -dijo-, al no huir de tu lado, que no era el odio lo que me encadenaba a ti. Mientras luchabas con Jubal, pude haber esperado en el límite del bosque y haberte eludido al saber el resultado del combate.
 

Edgar Rice Borroughs (Estados Unidos, 1875-1950).
 
(Traducido al español por Andrés Machalsky).
La ilustración corresponde a Caroline Munro y Doug McClure en un fotograma
de la adaptación al cine de la novela, dirigida por Kevin Connor en 1976.

martes, 8 de octubre de 2019

Tu boca: EL SALMO DEL MISTERIO, de Tudor Arghezi

"Tú que escuchas, sacándote del pecho parte de tu vestido, que con el fuego de tu boca besas..."

Oh, tú, la de otro tiempo
perdido en los caminos de la tierra!
Quién ha puesto tu frente sobre mi alma
tomando en ella el sitio de la madre?
Mujer en mí esparcida
como está la fragancia en una selva
porque tu nombre se escribió en el sueño
a golpe de hacha se grabó en mí mismo,
Tú amarraste mi vida a la canción
e hiciste que mis brazos la buscaran
en tus manos y sobre tus mejillas.
 
Como si hubieras sido un brazalete
ceñida te llevé a mi pensamiento
cuando aspiré a mecer entre mis brazos
al hijo de los hombres.
Rosa pura, te obstinas en mi cruz
con clavos de diamante
y en cualquier movimiento
pierdes por cada pétalo una estrella.
Imán de mis deseos,
oh, tú fuente de sed encarnizada,
tierra de los rebaños,
tierra de las cosechas y las sombras.
 
Cambiaste mi sendero,
lo convertiste en olas sobre el mar
que se lleva mi proa solitaria
de un abismo a otro abismo.
Mis riberas se agrandan en la noche,
en las olas crecientes,
con tu consentimiento
se movió la marea del dolor,
y dónde están tus manos
para que hagan volver
las vías de la luz al aire oscuro?
Y dónde están tus dedos
para que en mi corona
delaten las espinas?
Y la cadera acostada en la hierba
que las plantas enlazan
y escuchan en tus senos el suspiro
del amor conquistado en la agonía?
 
Oh, tú, que cuando cruzas las praderas
haces estremecerse los follajes
y abrazas lo que encuentras
con una red caliente de frescura.
Tú que escuchas, sacándote del pecho
parte de tu vestido
que con el fuego de tu boca besas
y tomas con tus manos suavemente
el desierto del tiempo atravesado
por halcones, arenas y cenizas,
a los que el viento entrega
una apariencia que no tiene rostro?
 
Vas extraviada del mundo y su camino
como flecha sin rumbo
y se hizo tu belleza
sólo para engañarme,
Pero, por qué no fuiste vencedora
de aquel destino que acechó tu ser,
no. supiste crear en su camino
aquel odio que lo derribaría.
Levanta de la tierra tus orejas!
En esta hora nocturna te reclamo
para que escuches tú, la inolvidada,
mi maldición ardiente!


Tudor Arghezi (Rumania, 1880-1967).

(Traducido al español por Pablo Neruda).

lunes, 7 de octubre de 2019

Tu boca: DEL TIEMPO Y EL RÍO, de Thomas Wolfe

"¡Yo te conmoveré, yo fundiré ese hielo, mi amor... por Dios, yo te poseeré!..."
 
(Fragmento del capítulo LXXXVI)

- Dime -requirió con voz ahogada, mientras la zarandeaba-. ¡Dime algo!... ¡Haz algo!... ¡No te quedes parada como una esfinge!... ¿Quién diablos crees que eres, al fin de cuentas?... ¿Por qué has de ser mejor que los demás?... ¡Ann! ¡Ann! ¡Mírame!... ¡Habla! ¿Qué te pasa?... ¡Ah, maldita seas! -susurró, salvaje e inconsciente-. ¡Te quiero!... Mujerzuela de Boston, grande, tonta, hermosa -susurró amorosamente-, vuelve la cara hacia mí... mírame... ¡Por Dios! ¡Basta ya! -murmuró agitadamente, y por primera vez, con una especie de desesperación, la besó en la boca, y mirando hacia su alrededor como un loco, sin saber lo que hacía, empezó a tirar de ella y a arrastrarla hacia la cama, susurrando-: ¡Por Dios, lo haré! ¡Mujerzuela de Boston, grande, tonta, hermosa!... ¡Ann! -exclamó con exaltación-. ¡Yo te conmoveré, yo fundiré ese hielo, mi amor... por Dios, yo te poseeré!... ¡Ah, tu brazo! -comenzó a decir ávidamente, mientras levantaba el brazo esbelto de la muchacha en un éxtasis gradual y desgarrador y mordía su hombro- y tu cuello, y tu rostro cálido y tu boca hosca y tu perfume, y tu vientre precioso; ese vientre blanco, hermoso, fecundo de mi muchacha de Boston... ese vientre como para tener doce hijos... y las caderas anchas, y los muslos torneados, y las ancas de la cintura a las rodillas... ¡ah, tierra salvaje, virgen, mansa, fértil, yo te fecundaré! -exclamó triunfante-... y tus ojos mansos y tus manos largas y tus dedos finos... ¿de dónde has sacado esas manos graciosas, delicadas, preciosas...? ¡Ven! -dijo lleno de un suave deseo asesino, y de pronto sintió temblar los largos dedos de la muchacha sobre su brazo, los tomó entre sus manos y los sintió allí, y sintió temblar todo su cuerpo grande y pesado bajo su abrazo. Y súbitamente se sintió invadido por una situación intensa, indescriptible, de compasión y arrepentimiento.


Thomas Wolfe (Estados Unidos, 1900-1938).