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Vancouver: Las nubes sobre English Bay.

miércoles, 20 de junio de 2018

Rusalka: CUENTO, de Wladislaw Orkan

"¿Rusalka (...) que incluso a los barqueros más expertos puede arrastrar a las aguas profundas?"
 
1
Quieres que un cuento te escriba
que cuenta a un niño su madre.
Para qué mecerte en sueños,
si tú misma eres un cuento.
 
2
¿Acaso no apareciste en la playa,
rusalka, ahogada, engañosa,
que incluso a los barqueros más expertos
puede arrastrar a las aguas profundas?
 
3
¿O no surgiste de la blanca espuma
del mar, como sirena que de lejos
atrae y a los marinos perdidos entre escollos
arrastra con engaños al abismo?
 
 
Wladislaw Orkan (Polonia, 1875-1930).
 
(Traducido al español por Francisco Molina Moreno).

martes, 19 de junio de 2018

Rusalka: RUSALKI*, de Kazimierz Przerwa-Tetmajer


Vuelan desde los campos las rusalki,
entre nieblas que se exhalan del agua,
y atrapan fuegos fatuos en las ciénagas
y en los pantanos. Y sobre los mimbres
danzan en corro, y el viento murmura
por los prados. Un aroma de flores.
 
Vuelan desde los campos las rusalki
en la noche de luna, silenciosa,
y con rocío platean los prados,
y con rocío doran todo el bosque.
 
Vuelan desde los campos las rusalki,
en la penumbra de nieblas perladas,
y un niño mira hacia ellas, abriendo
sus grandes ojos. Asombrado, mira
su danza en círculo, en silencio. El viento
murmura en el prado. Aroma de flores.
 
Vuelan desde los campos las rusalki
en la noche de luna, silenciosa,
y con rocío platean los prados,
y doran el espíritu del niño.
 
Vuelan desde los campos las rusalki,
entrelazan guirnaldas en su vuelo,
y un niño alado hacia ellas extiende
sus manos, hacia arriba, hacia lo alto.
 
Lanza su alma hacia ellas, alada,
impetuosa, y ellas resplandecen
y se pierden en la perlada niebla.
 
Vuelan desde los campos las rusalki.
Suspendidas en el aire aproximan
su cabeza, su blancura, hacia el niño,
y vuelan hacia la perlada niebla.
 
Vuelan desde los campos las rusalki,
entre nieblas que se exhalan del agua
y atrapan fuegos fatuos en las ciénagas
y en los pantanos. Mas han visto un alma,
quieta, sin alas (que, rotas, con sangre,
cayeron, ya convertidas en polvo).
 
Vuelan desde los campos las rusalki
hacia olas de destellos de luna;
han visto alas, cubiertas de sangre,
y vuelan, mientras bailan, a lo lejos.
 
 
Kazimierz Przerwa-Tetmajer (Polonia, 1865-1940).
 
* El traductor de este poema, Francisco Molina Moreno, optó por respetar la forma original del plural de rusalka, que es rusalki, en lugar de catellanizarlo, que sería "las rusalkas".

lunes, 18 de junio de 2018

RUSALKA, de Orest Somov

"... aunque con gran pesar comprendió que su hija se había convertido en una rusalka."
 
Rusalka, 1829
 
(Fragmento)
 
- Madre, déjame ir a pasear en el bosque, a jugar durante la semana verde y después nadar hacia nuestro hogar bajo el agua... Yo sé que tú te preocupas por mí y que lloras por mí pero, ¿quién te detiene de estar conmigo sin volver a separarnos? Arroja tu temor inútil y ven con nosotras al fondo del Dniéper. ¡Es divertido allá! ¡Es fácil allá! Todo se vuelve más joven, tan juguetón como un chorro de agua, divertido y despreocupado como un pez. Donde nosotras estamos, el sol brilla más intenso y por la mañana la brisa se respira con mayor libertad. ¿Qué hay en tu tierra? Aquí, la miseria nos rodea -el hambre y el frío-, en cambio allá no conocemos la miseria: estamos contentas con retozar en el agua, jugar con el arcoíris y buscar piedras preciosas en el fondo del río para divertirnos con ellas. En el invierno estamos calientes debajo del hielo como si estuviéramos cubiertas con un abrigo de pieles; y en el verano, en una noche clara, podemos recibir los rayos de luz de la luna y jugar entre nosotras. ¿Es tan malo que a veces le hagamos cosquillas a la gente o la llevemos hasta el fondo del río? ¿Serán peores nada más por eso? Se vuelven tan ligeros y libres como lo somos nosotras... ¡Madre! Déjame ir: aquí voy a sufrir y a sofocarme entre los vivos. Déjame ir, madre, si de veras me quieres...
 
La mujer no sucumbió ante los ruegos y continuó conduciéndola rumbo a casa, aunque con gran pesar comprendió que su hija se había convertido en una rusalka. Llegaron a la casa y entonces la vieja llevó a Horpynka al interior. Se sentó frente a la estufa, apoyando los brazos sobre sus rodillas mientras miraba la boca de la estufa. En aquel momento la vela negra ardió y Horpynka se quedó inmóvil. Su cara se volvió azul, sus miembros se paralizaron y se puso tan fría como el hielo; su cabellera estaba húmeda, como si recién hubiese salido del agua. Era horrible ver su rostro sin vida y sus ojos abiertos, turbios, que miraban sin ver. Muy tarde la vieja se arrepintió de haber escuchado a la malvada hechicera; pero aún ahora su instinto maternal y una vaga esperanza triunfaban sobre el miedo y cualquier reproche de su conciencia: había decidido esperar a cualquier costo.
 
 
Orest Somov (Orest Mykhailovych Somov): Орест Михайлович Сомов.
(Ucraniano fallecido en Rusia, 1793-1833). 

jueves, 7 de junio de 2018

RUSALKA, de Taras Shevchenko

"... son del color azul oscuro del Dnipro. Recorro cada noche con mis hermanas y nado."

La maternal noche del Dnipro
me engendró y me bañó en su torrente
y como a su propia hija me habló:
"Nada en las aguas del río
nada como una rusalka, alegre
en la noche de la mañana"

Mis lágrimas jóvenes y tristes
mezcladas con sangre son del color
azul oscuro del Dnipro. Recorro
cada noche con mis hermanas y nado.

Rusalka quedó en silencio y
se hundió en el río y en voz baja
las ramas de mimbre se estremecieron.

Su madre vagó por el sueño
y en la orilla recordó
a su hija y murmuró,
pero el agua del Dnipro
no reía.
 
 
Taras Shevchenko (Ucrania, 1814-1861)

miércoles, 6 de junio de 2018

Rusalka: LA GAVIOTA, de Antón Chéjov


(Fragmento del acto IV)

Trepliov: Tuvo un niño. El niño murió. Trigorin dejó de quererla y volvió a sus antiguos afectos, como era de esperar. De todos modos, nunca había roto sus viejas relaciones en un lado y en otro. Por lo que he podido comprender de lo que se me ha dicho, la vida privada de Nina ha sido un fracaso total.
 
Dorn: ¿Y en la escena?
 
Trepliov: Según parece, aún ha sido peor. Debutó en un punto de veraneo cerca de Moscú, luego se fue a provincias. En aquel entonces yo no la perdía de vista y durante cierto tiempo la seguí adonde fuera. Representaba siempre papeles importantes, pero lo hacía sin gracia, sin gusto, forzando la voz y gesticulando de manera brusca. Había momentos en que sabía emitir un grito con arte, pero se trataba sólo de momentos.
 
Dorn: ¿Así pues, talento artístico no le falta?
 
Trepliov: Era difícil de comprender. Probablemente lo tiene. Yo la veía, pero ella no quería verme; en el hotel daba orden de que no se me dejara pasar a visitarla. Yo comprendía su estado de ánimo y no insistía en obtener la entrevista. (Pausa.) ¿Qué más podría decirle? Después, cuando volví a casa, recibí de ella unas cartas. Eran cartas inteligentes, afectuosas, interesantes; no se quejaba, pero yo me daba cuenta de que era profundamente desdichada; no había línea que no respondiera a un nervio tenso, enfermo. También tenía la imaginación un poco perturbada. Se firmaba Gaviota. En Rusalka, de Pushkin, el molinero dice que es un cuervo. Así ella, en sus cartas, repetía siempre que es una gaviota. Ahora está aquí.

 
Antón Chéjov: Anton Pavlovich Chekhov
(Ruso fallecido en Alemania, 1860-1904).

La ilustración corresponde al cuarto y último acto de la puesta en escena de La gaviota
que se presentó en el festival de teatro de Chichester, dirigida por Jonathan Kent en 2015.

martes, 5 de junio de 2018

RUSALKA, de Aleksandr Pushkin

"... observa a las olas que se elevan y de pronto se calman de nuevo. Entonces, blanca como la primera nieve.."

(Fragmento)

Contempla, con su corazón lleno de angustia,
con el miedo que es incapaz de explicar;
observa las olas que se elevan
y de pronto, se calman de nuevo.
Entonces, blanca como la primera nieve,
ligera como sombra nocturna,
viene a tierra y en silencio se sienta
en la orilla, una doncella desnuda.

Ella lo ve mientras cepilla con suavidad
su cabello y sacude el agua de sus brazos.
Tiembla de miedo y lo mira atenta
con un seductor encanto lascivo.
Agita su mano ansiosa y algo señala,
asiente furtiva, sonriendo desde lejos,
y en un par de segundos se sumerge fugaz
en las aguas tranquilas, como una estrella.

El viejo, triste, no ha dormido un instante.
Toda la noche, todo el día no deja de rezar;
ante sus ojos aún brilla
la sombra persistente de la maravillosa joven.
El bosque se ha vestido de noche;
la luna pasea en el caliginoso suelo;
y ahí está la doncella-joven, deliciosa,
recostada en la hechizada orilla.

Ella lo mira, cepillando su cabello,
sonríe, le envía besos dulces y agrestes,
juega con las olas -las acaricia, salpica-
ahora ríe, ahora gime como un niño,
suspira tiernamente, lo llama fuerte, más fuerte...
"¡Aquí, monje, aquí, monje! ¡Ven a mí, ven a mí!"
Luego se desvanece en el agua cristalina
y al instante todo es silencio.

Al tercer día el ardiente ermitaño
estaba sentado en la orilla, arrobado,
esperando a la sirena, voluptuosa,
como una sombra que yace en el bosque.
La noche se rinde ante la aparición del sol;
para entonces el monje ya ha desaparecido.
Se dice que una multitud de erizos
vio pasar flotando una húmeda barba gris.
 

Aleksandr Pushkin (Rusia, 1799-1837)

lunes, 4 de junio de 2018

Rusalka: LA ÓPERA DE DVORÁK


A finales del siglo XIX, en Bohemia y Moravia se gestaba un movimiento cultural nacionalista para fortalecer la identidad del pueblo checo ante la influencia germana. Al calor de dicha situación, el poeta Jaroslav Kvapil se dio a la tarea de escribir el libreto para una ópera en lengua checa que rescatara elementos de sus propias tradiciones. Basándose sobre todo en los cuentos de hadas de Karel Jaromir Erben y Bozena Nemcová -aunque también con influencia de otras historias como La sirenita, de Andersen, y Ondina, de Friedrich de la Motte-, lo concluyó en 1899 y se lo ofreció a Antonín Dvorák para que compusiera la música. Éste, que tenía gran aprecio por la obra de Erben, aceptó y se puso a trabajar en la partitura entre abril y noviembre del año siguiente. Cuentan que para componerla Dvorák se retiraba todos los días a orillas de un lago solitario en el bosque, y por eso también solía decirse que la espléndida aria La canción de la luna en verdad se la había inspirado una rusalka. El estreno tuvo lugar en el Teatro Nacional de Praga en marzo de 1901, con gran éxito. De hecho, se le considera su trabajo dramático más logrado.

El argumento, según el Diccionario de la Ópera, de Kurt Pahlen, es el siguiente:

"Una hermosa noche de verano, las ondinas juegan en un lago del bosque y bromean con el viejo espíritu de las aguas. Sin embargo, una no está completamente entregada al juego: Rusalka ama al príncipe que va a cazar con frecuencia a ese lugar, el cual no puede verla porque es invisible a los ojos humanos. Rusalka anhela tener un cuerpo humano y vivir la vida de una mujer. El espíritu de las aguas intenta inútilmente disuadirla. Rusalka recurre a la bruja, que puede cumplir su deseo pero que le impone una condición difícil: enmudecer. Sin embargo, nadie puede disuadirla de su deseo. Y así, el príncipe, que se ha enamorado de ella, la lleva a su castillo. Pero su amor se enfría un poco, pues no pude entender a la extraña mujer, bella y siempre silenciosa. A una princesa le resulta fácil llamar la atención del príncipe. El espíritu de las aguas, que no puede soportar más el sufrimiento de Rusalka, se la arrebata al príncipe. Sólo entonces éste comprende que ha amado a un ser del reino de los espíritus. Su deseo despierta otra vez y envía mensajeros para que encuentren a Rusalka, quien vagabundea desesperada; ha sido desterrada del reino de las aguas; no puede y no quiere volver al reino de los hombres. La bruja le sugiere una solución: si mata al príncipe quedará redimida y podrá volver a las profundidades del lago. Pero Rusalka sigue amando al príncipe y, cuando éste por fin llega, enfermo de nostalgia, al borde del lago, la ondina quiere salvarlo. El príncipe sabe que el beso de Rusalka se ha vuelto mortal para él, pero anhela ese final. Muere en el instante más dichoso de su vida."

Se dice que su antecedente más remoto es una leyenda medieval que ha llegado hasta nuestros días a través de Melusina o la noble historia de Lusignan, escrita por Jean D'Arras entre 1387 y 1392. Es el relato de un hada que se convierte en mujer por amor: "... hacía tan graves llantos y echaba tan amargos suspiros que parecía claramente a todos los que la oían que oían la voz de una doncella". Aunque el mito original era celta, se fue modificando al trasladarse al norte de Francia, en la región de Normandía. A las hadas acuáticas se les conocía como las damas blancas, habitaban en los bosques y siempre estaban al acecho en la proximidad de los ríos, puentes o barrancas donde podrían encontrarse con los viajeros perdidos. Su hermosura era irresistible aunque eran crueles y esquivas. Paraban a los viajeros y los forzaban a contestar sus enigmas secretos; si se negaban a bailar con ellas o respondían de manera errónea a sus preguntas, los atormentaban y los arrojaban en alguna zanja. También se decía que eran una especie de intermediarias entre la vida y la muerte ya que eran capaces de adivinar cuando alguna persona moriría. Melusina y sus hermanas estaban consideradas como damas blancas.

Por último, Aleksandr Pushkin dejó inacabado su extenso poema dramático Rusalka: se trata de la historia del discípulo de un monje que se encuentra en la ribera del río cuando es atraído por una mujer muy bella para conducirlo a la muerte. Su propio maestro había traicionado a la mujer casándose con otra y empujándola al suicidio, con lo que se convirtió en una rusalka. Dargomyzhsky compuso también una ópera sobre este tema que se estrenó en 1856, en San Petersburgo.


Jules Etienne

 La ilustración corresponde al programa de mano del Teatro Mikhailovsky de San Petersburgo para la ópera Rusalka, de Antonín Dvorak y al programa original del estreno en el Teatro Nacional de Praga en 1901.

domingo, 3 de junio de 2018

Semana de la Rusalka


A principios del mes de junio, según la mitología eslava, cuando se aproxima el domingo de Pentecostés -este año cayó en mayo-, tiene lugar la llamada semana de la Rusalka: ninfas del agua que podían ser algún fantasma o incluso un demonio que habitaba en el fondo de los ríos. En su origen, la celebración correspondía a la fiesta judía de las siete semanas después de la Pascua y dicha cincuentena luego fue también adoptada por los cristianos. La razón para mezclar una leyenda pagana con la celebración religiosa es debido a la costumbre popular de que en esa fecha las jóvenes salían a bailar, con motivo de la cosecha, lo que también hacen las rusalkas, ya que suelen abandonar las profundidades de las aguas para columpiarse en los árboles durante la noche. A eso se debe que en algunos lugares en los que ese mito está muy arraigado, se le prohiba a la gente nadar en los ríos, por el temor de que pudieran ser arrastrados por alguna rusalka.

Por su propia naturaleza, son de piel muy pálida y su cabello tiene un tinte verdoso, siempre húmedo, ya que se supone que deberían morir en el momento en el que se secara. También se les atribuye gran sabiduría, al grado de poseer toda clase de conocimientos y dominar las ciencias.

Otra creencia era que se trataba del alma de una mujer joven muerta en las proximidades de un río o un lago, que a partir de entonces quedaba embrujado por ella, con lo que éste se convertía en su dominio y podía merodear por la ribera o sentarse en las ramas de los árboles para cantar y peinar su cabellera. Por mucho tiempo también se creyó que eran las ánimas en pena de aquellas mujeres que se habían suicidado tras ser abandonadas por el ser amado.

Es probable que a eso se debiera que una rusalka no se conformara con seducir a los hombres con su canto -lo mismo que las sirenas-, sino que después los ahogaba. La víctima podía morir en sus brazos aunque también en el momento de escuchar su risa. Cuando llegaba a enamorarse de un mortal, la condición para que pudiera permanecer entre humanos, era la fidelidad. Si el hombre no perseveraba en esa obligación, entonces ella regresaba a la profundidad de las aguas y podía matar al infiel con sólo abrazarlo.

En la clásica recopilación fantástica de Las mil y una noches, que ubica su origen en La India, Egipto y Persia, la historia que durante la quinta noche narra Sherezada -su nombre original debió ser Xeheryada, la hija del guacir de un rey de La India-, corresponde a El príncipe y la rusalka. Señala Luis Estepa Pinilla en su análisis sobre la obra: "Tampoco hemos de olvidar reelaboraciones modernas de gran éxito, como fue El Nombre de la Rosa, de Umberto Eco, a partir del cuento El ministro del rey Yunán y el sabio Ruyán, que, a su vez, comprende dos relatos consecutivos: El Halcón del rey Sindibad y El príncipe y la rusalca". En algunas versiones se le ha traducido como El príncipe y la vampiro, que también es una postura aceptable, pero concedo la credibilidad que merecen los ensayos del autor citado, con el propósito de incluir el relato en esta serie de textos alusivos al tema.  

Tanto el poema Rusalka, de Pushkin, como el cuento Noche de mayo, también conocido como La ahogada, de Nikolái Gógol, fueron la fuente original en que abrevaron las óperas de Darghomyzhski y de Rimsky-Kórsakov, respectivamente. Más tarde, Antonin Dvórak compuso otra ópera con el título de Rusalka, misma que por coincidencia, recién se acaba de presentar durante el mes de abril y a principios de mayo, en el Palacio de Bellas Artes en la ciudad de México, tras una exitosa temporada en el legendario teatro Colón en Argentina.

 
Jules Etienne

La ilustración corresponde a Las ninfas (1878), de William Adolphe Bouguereau.

sábado, 2 de junio de 2018

Rusalka: LA RUSALKA, de Mikhail Lermontov

"Intentó salpicar a la luna con la espuma plateada de las olas."

Una rusalka nadó a lo largo del tenue azul del río
Iluminado por el plenilunio
Intentó salpicar a la luna
Con la espuma plateada de las olas.
Agitado a su alrededor, el río sacudió
Las nubes que en él se reflejaban.
Y la rusalka cantaba –y el sonido de sus palabras
Volaba sobre la escarpada ribera.
Entonces la rusalka cantó: “Allá en el fondo donde vivo
Juega el brillo de los días,
Allí bandas doradas de peces vagan
Y hay ciudades cristalinas.
En una almohada de arena brillante
Bajo la sombra espesa de las gruesas cañas
Un guerrero duerme, preso de la olas celosas,
Un guerrero de tierra extraña duerme
En la oscuridad de las noches en que amamos
Para peinar los anillos de sus rizos de seda
Y luego en la hora del mediodía
Habremos besado más de una vez su frente y sus labios
Pero ante nuestros besos apasionados, no sé por qué,
Permanece mudo y frío.
Duerme –y reposando su cabeza en mi pecho,
No respira ni susurra en su sueño!...”
Así cantaba la rusalka sobre el azul profundo del río
Plena de deseo incomprendido y vivo;
Y, corriendo ruidoso, el río se sacude
Las nubes que se reflejan sobre él.


Mikhail Lermontov (Rusia, 1814-1841).

(Traducido al español por Sergio Paratov).

miércoles, 30 de mayo de 2018

Mayo: GIULIA DE GAZUOLO, de Matteo Bandello

"Era el penúltimo día de mayo al mediodía; el sol era en esa estación muy caluroso y el campo estaba muy lejos..."

Novela VIII Libro primero: Giulia de Gazuolo
 
(Fragmento)

Estaba en la corte de monseñor el obispo un estafero que era muy amigo del camarero y, si no mal recuerdo, oriundo también de Ferrara. El camarero reveló a éste su ardiente amor y todo lo que había intentado para suscitar un poco de compasión en el corazón de la joven, sin que ella dejara de mostrarse dura y rígida igual que escollo marino, y cómo, no había podido doblegarla ni con palabras ni con regalos.
 
- Ahora -le dijo- viendo que no puedo vivir si no satisfago mis deseos y sabiendo lo mucho que me quieres, te ruego que me ayudes a conseguir lo que deseo. A menudo ella va solita al campo, en donde, con ayuda de los trigos ya altos, podremos lograr nuestro propósito.
 
El estafero, sin pensarlo más, le prometió que siempre estaría con él para hacer todo lo que le pidiera. Por lo tanto, el camarero se puso a espiar lo que Giulia hacía hasta que un día supo que saldría sola de Gazuolo. Llamó pues al estafero, se fue al campo en donde ella estaba trabajando y empezó, como de costumbre, a suplicarle que tuviera ya piedad de él. Ella, viéndose sola, rogó al joven que no la molestara y, sospechando alguna maldad, emprendió el regreso a Gazuolo. El joven, no queriendo que la presa se le fuera de las manos, fingió querer acompañarla con su amigo, rogándole todavía cariñosamente, con humildes y amorosas palabras, que tuviese piedad de sus sufrimientos. Ella, apresurando el paso, se dirigía de prisa a su casa; caminaba sin contestar a lo que el joven le iba diciendo, hasta que llegaron a un gran campo de grano que había que cruzar.
 
Era el penúltimo día de mayo hacia el mediodía; el sol era en esa estación muy caluroso y el campo estaba muy lejos de cualquier poblado. Apenas entrados en el campo, el joven echó los brazos al cuello de Giulia e intentó besarla, pero ella, queriendo huir y gritando auxilio, fue agarrada y echada a tierra por el estafero, quien enseguida le puso una mordaza en la boca para que no siguiera gritando. Luego los dos la llevaron cargada a la viva fuerza lejos del sendero que cruzaba l campo; aquí, mientras el estafero le detenía las manos, el desenfrenado joven la desfloró y ella, amordazada, no pudo defenderse.
 
 
Matteo Bandello (Italiano fallecido en Francia, 1485-1561).
 
(Traducido al español por Annunziata Rossi).

martes, 29 de mayo de 2018

Mayo: CUANDO LA SOMBRA DUERME SU CUERPO SE ILUMINA..., de Homero Aridjis


Cuando la sombra duerme su cuerpo se ilumina
su rostro reflejado atraviesa cristales
y finalmente se instala en todo brillo

Sus dedos trenzan en el aire
los bellos frutos de los días de mayo

Muda en la respiración de las cosas
la voz de una mujer pasa buscándola

Desnuda en el esplendor irreparable
sus ojos se abren como un río
de luz y de sonido


Homero Aridjis (México, 1940).

lunes, 28 de mayo de 2018

Mayo: EL GATOPARDO, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa

"La mayor diversión la tuvimos la noche del 28 de mayo."

(Fragmento del capítulo segundo)

Terminada la cena la conversación se hizo general. Don Calogero contaba con pésimo lenguaje, pero con intuición sagaz, algún episodio entre bastidores de la conquista garibaldina de la provincia. El notario hablaba a la princesa de la casita «en las afueras» que se hacía construir. Angelica, excitada por las luces, la cena, el chablís y el evidente asentimiento que encontraba en todos los varones en torno a la mesa, había pedido a Tancredi que le contara algún episodio de los «gloriosos hechos de armas» de Palermo. Había apoyado un codo sobre el mantel y la mejilla sobre la mano. La sangre le afluía a la cara y era peligrosamente agradable de mirar: el arabesco del antebrazo, el codo, los dedos, el guante blanco colgante fue considerado exquisito por Tancredi y desagradable por Concetta. El joven, sin dejar de admirar, hablaba de la guerra mostrándolo todo sin valor y sin importancia: la marcha nocturna sobre Gibilrossa, el escándalo entre Bixio y La Masa, el asalto a Porta di Termini.
 
- Me divertí mucho, señorita, créame. La mayor diversión la tuvimos la noche del 28 de mayo. El general quería tener un puesto de vigilancia en lo alto del monasterio de Origlione: llama que llama, impreca, y nadie abre; era un convento de clausura. Entonces Tassoni, Aldrighetti, yo y algunos más intentamos derribar la puerta con las culatas de nuestros mosquetones. Nada. Corrimos en busca de una viga de una casa bombardeada allí cerca y por último, con un estruendo de todos los diablos, echamos la puerta abajo. Entramos: todo estaba desierto, pero en un rincón del pasillo oímos chillidos desesperados: un grupo de hermanas se había refugiado en la capilla y estaban allí apelotonadas junto al altar. ¡Quién sabe lo que te-mí-an de aquella docena de jovencitos exasperados! Daba risa de ver, feas y viejas como eran, con sus tocas negras, los ojos desorbitados, preparadas y a punto para... el martirio. Gañían como perros. Tassoni les gritó:
 
»- No teman, hermanas. Hemos de pensar en otras cosas. Volveremos cuando podamos encontrar novicias.
 
»Y todos nos echamos a reír hasta caernos de risa. Y las dejamos allí para disparar contra los reales desde las terrazas superiores. Diez minutos después fui herido. Angelica, todavía apoyada, se reía, mostrando todos sus dientes de lobezna. La broma le parecía deliciosa. Aquella posibilidad de estupro la turbaba, y palpitaba su hermoso cuello.
 
- ¡Qué grandes tipos debieron de ser ustedes! Me habría gustado encontrarme a su lado.
 
Tancredi parecía transformado: la fuerza del relato, la intensidad del recuerdo, injertadas ambas en la excitación que producía en él el aura sensual de la joven, lo cambiaron en un instante de aquel muchacho decente que era en realidad en un brutal soldadote.
 
- Si hubiese usted estado allí, señorita, no habríamos tenido necesidad de esperar a las novicias.
 
Angelica había oído en su casa muchas palabras groseras, pero ésta fue la primera vez -y no la última - que comprendió ser objeto de un doble sentido lascivo. La novedad le gustó, su risa subió de tono y se hizo estridente.
 
En aquel momento todos se levantaron de la mesa. Tancredi se inclinó para recoger el abanico de plumas que Angelica había dejado caer. Al incorporarse vio a Concetta con la cara enrojecida y dos pequeñas lágrimas en las pestañas.
 
- Tancredi, estas cosas tan feas se dicen al confesor, no se cuentan en la mesa a las señoritas. Por lo menos en mi presencia.
 
Y le volvió la espalda.
 
 
Giuseppe Tomasi di Lampedusa
Duque de Palma y Príncipe de Lampedusa (Italia, 1896-1957).
 
(Traducido al español por Fernando Gutiérrez).
 
Las ilustraciones corresponden a fotogramas de la película El Gatopardo, dirigida por Luchino Visconti en 1963.

domingo, 27 de mayo de 2018

Mayo: EPIGRAMAS, de Ernesto Cardenal

 
17
 
Nuestro amor nació en mayo con malinches en flor
-cuando están en flor los malinches en Managua-.
Sólo ese mes dan flores: en los demás dan vainas.
Pero los laminches volverán a florecer en mayo
y el amor que se fue ya no volverá otra vez.
 
 
Ernesto Cardenal (Nicaragua, 1925).

sábado, 26 de mayo de 2018

Mayo: ULISES, de James Joyce

"Ella tarareaba. La luna nueva de mayo radiante, amor. Él al otro lado de ella. Codo, brazo. Él. La lámpara de la luciérnaga reluciente, amor."
 
(Fragmento del episodio 8: Lestrigones)

La mano bajó a su costado otra vez.
 
Nunca se sabe nada de eso. Pérdida de tiempo. Bolas de gas que giran, se cruzan unas con otras, avanzan. El mismo sonsonete de siempre. Gas: luego sólido: luego mundo: luego frío: luego concha muerta a la deriva, crocante helado, como ese crocante de piña. La luna. Debe de haber luna nueva, dijo ella. Creo que sí.
 
Siguió por delante de la Maison Claire.
 
Espera. Luna llena fue la noche que estábamos el domingo hace quince días exactamente hay luna nueva. Bajando a pie a lo largo del Tolka.

No estuvo mal para ser luna de Fairview. Ella tarareaba. La luna nueva de mayo radiante, amor. Él al otro lado de ella. Codo, brazo. Él. La lámpara de la luciérnaga reluciente, amor. Roce. Dedos. Preguntando. Respuesta. Sí.
 
Para. Para. Lo que fue fue. Tengo que.
 
Mr. Bloom, la respiración acelerada, andando más lentamente dejó atrás Adam Court.
 
Con un estáte tranquilo, sus ojos tomaron nota: ésta es la calle aquí al mediodía en los hombros caídos de Bob Doran. En una de sus rondas anuales, dijo M’Coy. Beben para poder decir o hacer algo o cherchez la femme. Allá arriba en el Coombe con arrapiezos y callejeras y luego el resto del año sobrio como un juez.
 
Sí. Me lo imaginaba. Escabulléndose por el Empire. Se fue. Agua de seltz sola le vendría bien. Donde Pat Kinsella tenía el Harp Theatre antes de que Whitbred regentara el Queen. Un bendito. El numerito de Dion Boucicault con su cara de lunallena y con diminuta gorra de mujer. Tres muchachas monas de la escuela. Cómo pasa el tiempo ¿eh? Enseñando unos pantalones rojos largos bajo las faldas. Bebedores, bebiendo, reían espurreando, aventando bebidas. Más Power y salud, Pat. Rojo chillón: alegría para borrachos: carcajada y humo. Quítate ese sombrero blanco. Sus ojos arrebatados. ¿Dónde está ahora? De mendigo por algún lugar. El arpa que en otros tiempos nos mató de hambre a todos. Yo era más feliz entonces. ¿O era ése yo? ¿O soy yo ahora yo? Veintiocho años tenía. Ella veintitrés. Cuando nos fuimos de Lombard Street West algo cambió. El hacerlo ya no fue lo mismo después de lo de Rudy. No se puede volver atrás en el tiempo. Como agarrar el agua con la mano. ¿Volverías atrás a aquel entonces? Estaba empezando entonces. ¿Volverías? ¿No eres feliz en tu casa pobre diablillo? Quiere coserme los botones. Tengo que contestar. La escribiré en la biblioteca.


James Joyce (Irlandés fallecido en Suiza, 1882-1941).
 
La segunda ilustración corresponde a un puente para peatones sobre el río Tolka, en Dublín, Irlanda.

viernes, 25 de mayo de 2018

Mayo: EN EL CAMPO, de Antón Chéjov

".. a fines de mayo, llevaron a casa de Rodion Petrov, el herrador de la aldea, dos caballos de «Quinta Nueva»."
 
(Fragmento)

Un día, el ingeniero Kucherov recibió la visita de su mujer.

Le encantaron las orillas del río y el bello panorama de la llanura verde salpicada de aldeas, de iglesias, de rebaños, y le suplicó a su marido que comprase allí un trocito de tierra para edificar una casa de campo. El ingeniero consintió. Compró veinte hectáreas de terreno y empezó a edificar la casa. No tardó en alzarse, en la misma costa fluvial en que se asentaba la aldea, y en un paraje hasta entonces sólo frecuentado por las vacas, un hermoso edificio de dos pisos, con una terraza, balcones y una torre que coronaba un mástil metálico, al que se prendía los domingos una bandera.

La construcción estuvo pronto terminada: no duró más de tres meses. En el invierno se plantaron árboles en torno de la casa. Cuando llegó la primavera, todo verdeaba alrededor de la nueva finca. Partían en todas direcciones hermosas alamedas; el jardinero y dos jornaleros trabajaban en el jardín; una fontana sonaba melodiosa. Y una bola de cristal verde, colocada ante la puerta, brillaba bajo el Sol, de tal modo, que obligaba a cerrar los ojos.

Se bautizó la finca con el nombre de «Quinta Nueva».

Una mañana, a fines de mayo, llevaron a casa de Rodion Petrov, el herrador de la aldea, dos caballos de «Quinta Nueva» para que les cambiasen las herraduras. Los caballos eran blancos como la nieve, esbeltos, bien cuidados, y se parecían el uno al otro de un modo asom- broso.

-¡Verdaderos cisnes! -dijo Rodion admirándolos.

Su mujer, Estefanía, sus hijos y sus nietos salieron también para admirar a los caballos, en torno de los cuales se fue aglomerando la gente. Acudieron los Zichkov, padre e hijo, ambos imberbes, mofletudos y destocados.

Acudió también Kozov, un viejo enjuto y alto, de luenga y estrecha barba, apoyado en un bastón. Guiñaba sin cesar los ojos astutos y se sonreía irónicamente, como si supiera muchas cosas que ignorase el resto de los hombres.

-Son blancos -dijo-; sí, son blancos; pero para el trabajo no valen gran cosa. Si yo mantuviese a mis caballos con avena, como mantienen a éstos, se pondrían no menos hermosos. Yo quisiera ver a estos cisnes arrastrando un arado y recibiendo algunos latigazos.

El cochero del ingeniero le dirigió a Kozov una mirada de desprecio; pero no dijo nada.

Mientras se encendía la fragua, el cochero les dio algunas noticias a los campesinos sobre la vida de sus amos. Fumando pitillo tras pitillo les contó que sus amos eran muy ricos; que la señora, Elena Ivanovna, antes de casarse, era institutriz en Moscú; que tenía muy buen corazón y gozaba socorriendo a los pobres. En la nueva finca, según decía el cochero, no se labraría ni se sembraría: se respiraría el aire del campo y nada más.
 
 
Antón Chéjov: Anton Pavlovich Chekhov
(Ruso fallecido en Alemania, 1860-1904).

jueves, 24 de mayo de 2018

Mayo: EL PERFUME, de Patrick Süskind


 
Dos aromas del mes de mayo

(Párrafo del capítulo 8: "la lluvia de mayo...")

Allí detuvo sus pasos, se concentró y olfateó. Ya lo tenía. Lo retuvo con fuerza. El olor bajaba por la Rue de Seine, claro, inconfundible, pero fino y sutil como antes. Grenouille sintió palpitar su corazón y supo que no palpitaba por el esfuerzo de correr, sino por la excitación de su impotencia en presencia de este aroma. Intentó recordar algo parecido y tuvo que desechar todas las comparaciones. Esta fragancia tenía frescura, pero no la frescura de las limas olas naranjas amargas, no la de la mirra o la canela o la menta o los abedules o el alcanfor o las agujas de pino, no la de la lluvia de mayo o el viento helado o el agua del manantial... y era a la vez cálido, pero no como la bergamota, el ciprés o el almizcle, no como el jazmín o el narciso, no como el palo de rosa o el lirio... Esta fragancia era una mezcla de dos cosas, lo ligero y lo pesado; no, no una mezcla, sino una unidad y además sutil y débil y sólido y denso al mismo tiempo, como un trozo de seda fina y tornasolada... pero tampoco como la seda, sino como la leche dulce en la que se deshace la galleta... lo cual no era posible, por más que se quisiera: -seda y leche! Una fragancia incomprensible, indescriptible, imposible de clasificar; de hecho, su existencia era imposible. Y no obstante, ahí estaba, en toda su magnífica rotundidad. Grenouille la siguió con el corazón palpitante porque presentía que no era él quien seguía a la fragancia, sino la fragancia la que le había hecho prisionero y ahora le atraía irrevocablemente hacia sí.
 
(Párrafo del capítulo 26: "un templado viento de mayo que sopla entre las primeras hojas verdes de las hayas..."   )
 
Ahora podía descansar tranquilo durante un buen rato. Estiraba sus miembros todo lo que permitía la estrechez de su pétreo aposento; en cambio, interiormente, en las barridas praderas de su alma, podía estirarse a su antojo, dormitar y jugar con delicadas fragancias en torno a su nariz: un soplo aromático, por ejemplo, como venido de un prado primaveral; un templado viento de mayo que sopla entre las primeras hojas verdes de las hayas; una brisa marina, penetrante como almendras saladas. Caía la tarde cuando se levantó, aunque esta expresión sea un decir, ya que no había tarde ni mañana ni crepúsculo, no había luz ni oscuridad, ni tampoco prado primaveral ni hojas verdes de haya... En el universo interior de Grenouille no había nada, ninguna cosa, sólo el olor de las cosas. (Por esto, llamar a este universo un paisaje es de nuevo una manera de hablar, pero la única adecuada, la única posible, ya que nuestra lengua no sirve para describir el mundo de los olores). Caía, pues, la tarde en aquel momento y en el estado de ánimo de Grenouille, como en el sur al final de la siesta, cuando el letargo del medio día abandona lentamente el paisaje y la vida interrumpida quiere reanudar su ritmo. El calor abrasador -enemigo de las fragancias sublimes- había remitido, destruyendo a la manada de demonios. Los campos interiores se extendían pálidos y blandos en el lascivo sosiego del despertar, esperando ser hollados por la voluntad de su dueño.


Patrick Süskind (Alemania, 1949).