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Vancouver, atardecer en English Bay. (Fotografía de Jules Etienne)

viernes, 27 de mayo de 2016

Carnaval: RAYUELA, de Julio Cortázar

"... el carnaval florido de Niza..."
 
(Fragmento)

Surgió entonces en mi vida el príncipe encantador, un aristócrata del alto mundo cosmopolita, de los resorts europeos. Me casé con él con toda la ilusión de la juventud, a pesar de la oposición de mi familia, por ser yo tan joven y él extranjero.
 
Viaje de bodas. París, Niza, Capri. Luego, el fracaso de la ilusión. No sabía adónde ir ni osaba contar a mis gentes la tragedia de mi matrimonio. Un marido que jamás podría hacerme madre. Ya tengo dieciséis años y viajo como una peregrina sin rumbo, tratando de disipar mi pena. Egipto, Java, Japón, el Celeste Imperio, todo el Lejano Oriente, en un carnaval de champagne y de falsa alegría, con el alma rota.
 
Corren los años. En 1927 nos radicamos definitivamente en la Côte d’Azur. Yo soy una mujer de alto mundo y la sociedad cosmopolita de los casinos, de los dancings, de las pistas hípicas, me rinde pleitesía. Un bello día de verano tomé una resolución definitiva: la separación. Toda la naturaleza estaba en flor: el mar, el cielo, los campos se abrían en una canción de amor y festejaban la juventud. La fiesta de las mimosas en Cannes, el carnaval florido de Niza, la primavera sonriente de París. Así abandoné hogar, lujo y riquezas, y me fui sola hacia el mundo...
 
Tenía entonces dieciocho años y vivía sola en París, sin rumbo definido. París de 1928. París de las orgías y el derroche de champán. París de los francos sin valor. París, paraíso del extranjero. Impregnado de yanquis y sudamericanos, pequeños reyes del oro. París de 1928, donde cada día nacía un nuevo cabaret, una nueva sensación que hiciese aflojar la bolsa al extranjero.
 
Dieciocho años, rubia, ojos azules. Sola en París.

 
Julio Cortázar (Argentino nacido en Bruselas, Bélgica en 1914; y fallecido en París, Francia en 1984).

miércoles, 25 de mayo de 2016

Carnaval: POR EL CAMINO DE RICHTER, de Yuri Borísov

"¡El scherzo es como un carnaval de gente desnuda!"

(Fragmento del primer capítulo: Carnaval de Viena)

¿Ve? ¡Los he tocado «a ciegas» y me han salido a la primera! Pero usted no se cree que lo haya hecho «a ciegas», ¿verdad?

Las partes centrales de la obra me recuerdan a los dibujos de Egon Schiele. En Rusia este pintor es absolutamente desconocido. Retrata la auténtica Viena de principios de siglo, muy distinta a la de Klimt o Kokoschka.

El final de Carnaval en Viena no es para nada más sencillo: ¡al contrario, es muy difícil! Allí es como si todo ocurriera junto al despacho de un famoso doctor vienés. Una multitud de ansiosos pacientes, con sus neurosis y sueños acude a él. Todos ellos le cuentan su historia, aunque el doctor no se deja ver. Por supuesto, todos llevan máscara: ¡todo ocurre con el carnaval de fondo! En la primera parte hay el mismo abigarramiento. Mi padre vivió en Viena alrededor de veinte años, y mi debut en esa ciudad, en 1962, fue absolutamente desastroso. ¿Y sabe con qué empecé ese concierto? ¡Precisamente con el Carnaval de Viena! Aunque todo lo personal permanece oculto, porque ¡también aquí hay máscaras! De hecho, se parece al segundo acto de El murciélago. Como hay máscaras, hay engaño: nadie es quien pretende ser.

La romanza parece el carnaval a los ojos de un niño. Es como una pequeña obra maestra de Schiele: el niño está sentado, encorvado, con las piernecitas encogidas. Tiene los ojos muy abiertos y... las manos de viejo.

¡El scherzo es como un carnaval de gente desnuda! Schiele era un gran maestro en esto: la Viena más profunda, mucho más interesante que el monumento a Strauss o que el Prater. Al tocar puedo ver su danza torpe y absurda.


Yuri Borísov (Ruso nacido en Ucrania, 1956-2007)

(Traducido al español por Joaquín Fernández Valdés)

viernes, 20 de mayo de 2016

Carnaval: LAS MÁSCARAS, de Saint-Simon


"Por último, ambas máscaras fueron arrojadas a la basura."

El teniente general Bouligneux y el mariscal de campo Wartigny perecieron frente a Verue; eran dos hombres de gran valor pero muy singulares. El invierno precedente se habían hecho varias máscaras de personas de la corte, tomadas del natural. Dichas personas las llevaban bajo otras máscaras, de modo que al quitarse la primera máscara los demás se equivocaban al confundir la segunda máscara con el rostro verdadero, ya dicho rostro era muy diferente. La broma divirtió mucho. Ese invierno se quiso repetir la distracción. Grande fue la sorpresa al encontrar a las máscaras tomadas del natural frescas y tal cual se hallaban cuando se guardaron después del carnaval, con excepción de las de Bouligneux y Wartigny, que aunque conservaban su perfecta semejanza habían adquirido la palidez y la consunción de las personas que acaban de morir. Ellos las lucieron en un baile y produjeron tanto horror que se trató de retocar las máscaras con rojo, pero el rojo se borraba de inmediato, y la consunción no tenía arreglo. Esta circunstancia me pareció tan extraordinaria que la considero digna de referirse, pero me hubiera cuidado de hacerlo si toda la corte no hubiera sido testigo de ello, como yo, y si no hubiese sorprendido mucho, y varias veces, por este hecho extraño y singular. Por último, ambas máscaras fueron arrojadas a la basura.
 
 
Claude Henri de Rouvroy, conde de Saint-Simon (Francia, 1760-1825)

jueves, 19 de mayo de 2016

Carnaval: EL SUEÑO DE LOS HÉROES, de Adolfo Bioy Casares

"El cabaret se llamaba Signor, su vestíbulo, profundo, estrecho y rojo..."

(Fragmento del capítulo XXXIII)

En la tercera noche del carnaval del año 27, antes de entrar en el teatro Cosmopolita, habían bebido en uno de esos cabarets. Ahora quería reconocerlo. Pero hacía tanto frío y estaba tan cansado, que no pudo prolongar debidamente la inspección; a decir verdad, entró en el primero de esos establecimientos que encontró en su camino. El cabaret se llamaba Signor, su vestíbulo, profundo, estrecho y rojo, con llamas y diablos pintados, representaba, sin duda, la entrada del infierno o, por lo menos, de una cueva infernal; de las paredes colgaban fotografías coloreadas de mujeres con castañuelas, mantones y posturas furiosas, de bailarines de frac y galera, y de una niña con hoyuelos en la cara, sonrisa picaresca y un ojo cerrado. Adentro, dos mujeres bailaban un tango, que otra ejecutaba, con un dedo, en el piano. Una cuarta mujer miraba, acodada en una mesa. Dos lavacopas trabajaban activamente en el mostrador. Algunas mesas estaban arregladas; las demás tenían encima sillas dadas vuelta. Gauna empujó la puerta para salir.

- ¿Quería algo, maestro? -preguntó uno de los lavacopas.

- Creía que estaba abierto... -explicó Gauna

- Siéntese -le propuso el lavacopas-. No vamos a echarlo porque sea temprano. ¿Qué le sirvo?

Gauna le dio el chambergo y se sentó.

- Una grapa doble -dijo.

Pensó que tal vez fuera ahí donde habían estado aquella noche. Disimuladamente miró a las mujeres; una de las que bailaban parecía un indio pampa y la otra (según le contó después a Larsen) "tenía cara de zonza". La del piano era muy chica y muy cabezona. La que estaba acodada era una rubia con cara de oveja. Esta última se levantó con desgano; Gauna se dijo, no sin alarma, "viene"; la mujer se acercó, preguntó si no molestaba y se sentó a la mesa de Gauna. Cuando el lavacopas se acercó, la mujer le preguntó a Gauna:

- ¿Me pagás la soda?

Gauna asintió. La mujer ordenó al lavacopas:

- Con bastante whisky, por favor.

Para disimular su turbación, Gauna comentó:

- A mí no me gusta el té frío.

La mujer explicó las ventajas medicinales del whisky, aseguró que lo tomaba por prescripción médica y por "puro gusto, créame", y se dilató en descripciones de las enfermedades, principalmente del estómago y del intestino, que la habían perseguido hasta adelgazarla enteramente y que ahora el doctor Reinafe Puyó, a quien había conocido una madrugada por entera casualidad, la estaba tratando con whiskies y otros brebajes menos agradables para el paladar, que la dejaban toda revuelta, echada como una enfermita en la cama y con un pañuelo empapado en agua colonia en la barriga. Gauna la escuchaba impresionado. Para sus adentros reconocía (aunque fuera una vergüenza confesarlo) que su experiencia con las mujeres no era grande y que si se encontraba con una muchacha, que no era una de las zonzas del barrio, se acobardaba un poco y estaba entregado, sin voluntad. Volvieron a llenar los vasos, y Gauna pensó "esta mujer tiene cara conocida". (Tal vez le pareció conocida porque ese tipo de cara se da, con variantes y peculiaridades, en muchas personas.) Después de que Gauna hubo bebido la tercera grapa doble, la mujer le participó que se llamaba "la Baby" (pronunció el nombre con "a" abierta) y él se atrevió a preguntar si no se habían encontrado en ese mismo lugar en un carnaval, hace dos o tres años.

- Yo estaba con unos amigos -explicó; después de una pausa añadió, cambiando de tono-. Tiene que acordarse. Con nosotros venía un señor de cierta edad, más bien corpulento y de respeto el hombre.

- No sé de qué me está hablando -respondió la Baby, con visible agitación.


Adolfo Bioy Casares (Argentina, 1914-1999) 

miércoles, 18 de mayo de 2016

Carnaval: LA MUERTE Y LA BRÚJULA, de Jorge Luis Borges

"... bajaron dos arlequines (...) abrazaron a Gryphius, que pareció reconocerlos..."
 
(Fragmento)

La segunda letra del Nombre ha sido articulada.

El tercer crimen ocurrió la noche del tres de febrero. Poco antes de la una, el teléfono resonó en la oficina del comisario Treviranus. Con ávido sigilo, habló un hombre de voz gutural; dijo que se llamaba Ginzberg (o Ginsburg), y que estaba dispuesto a comunicar, por una remuneración razonable, los hechos de los dos sacrificios de Azevedo y Yarmolinsky. Una discordia de silbidos y de cornetas ahogó la voz del delator. Después, la comunicación se cortó. Sin rechazar la posibilidad de una broma (al fin, estaban en carnaval), Treviranus indagó que le habían hablado desde el Liverpool House, taberna de la Rue de Toulon —esa calle salobre en la que conviven el cosmorama y la lechería, el burdel y los vendedores de biblias. Treviranus habló con el patrón. Este (Black Finnegan, antiguo criminal irlandés, abrumado y casi anulado por la decencia) le dijo que la última persona que había empleado el teléfono de la casa era un inquilino, un tal Gryphius, que acababa de salir con unos amigos. Treviranus fue enseguida al Liverpool House. El patrón le comunicó lo siguiente: Hace ocho días, Gryphius había tomado pieza en los altos del bar. Era un hombre de rasgos afilados, de nebulosa barba gris, trajeado pobremente de negro; Finnegan (que destinaba esa habitación a un empleo que Treviranus adivinó) le pidió un alquiler sin duda excesivo; Gryphius inmediatamente pagó la suma estipulada. No salía casi nunca; cenaba y almorzaba en su cuarto; apenas si le conocían la cara en el bar. Esa noche, bajó a telefonear al despacho de Finnegan. Un cupé cerrado se detuvo ante la taberna. El cochero no se movió del pescante; algunos parroquianos recordaron que tenía máscara de oso. Del cupé bajaron dos arlequines; eran de reducida estatura y nadie pudo no observar que estaban muy borrachos. Entre balidos de cornetas, irrumpieron en el escritorio de Finnegan; abrazaron a Gryphius, que pareció reconocerlos, pero que les respondió con frialdad; cambiaron unas palabras en yiddish —él en voz baja, gutural, ellos con las voces falsas, agudas— y subieron a la pieza del fondo. Al cuarto de hora bajaron los tres, muy felices; Gryphius, tambaleante, parecía tan borracho como los otros. Iba, alto y vertiginoso, en el medio, entre los arlequines enmascarados. (Una de las mujeres del bar recordó los losanges amarillos, rojos y verdes.) Dos veces tropezó; dos veces lo sujetaron los arlequines. Rumbo a la dársena inmediata, de agua rectangular, los tres subieron al cupé y desaparecieron. Ya en el estribo del cupé, el último arlequín garabateó una figura obscena y una sentencia en una de las pizarras de la recova.

Treviranus vio la sentencia. Era casi previsible; decía:

La última de las letras del Nombre ha sido articulada.

 
Jorge Luis Borges (Argentina, 1899-1986)

martes, 17 de mayo de 2016

Carnaval: DE REPENTE, EN EL VERANO, de Tennessee Williams

 
(Fragmento de la cuarta escena)

Doctor: ¿Qué sucedió el invierno pasado?
 
Catalina: Fui a un baile de carnaval, el martes de carnaval, con un muchacho que después se puso muy borracho y no se podía sostener de pie. (Risa breve) Yo ya me quería ir a casa. En el guardarropas no podían encontrar mi abrigo. Quédenselo, les dije, y salí a la calle a buscar un taxi. En eso, alguien me tomó del brazo y me dijo: "Yo te llevo en mi auto". Se quitó el saco y lo puso sobre mis hombros, lo miré, y la verdad es que nunca antes lo había visto. Me llevaba a casa pero se detuvo en el camino. Paró cerca del bosque de robles que está cerca de la Costanera. encendió un cigarrillo. Nada más. Estábamos dentro del coche y yo entendí. Creo que me bajé del auto antes que él, y caminamos por el pasto húmedo en dirección de los robles envueltos en la bruma, como si nos estuvieran pidiendo ayuda desde allá dentro. (Pausa. Queda el sonido de un solo pájaro).

Doctor: ¿Y después?
 
Catalina: Lo perdí. Me llevó de vuelta a la casa y me dijo algo horrible: "Mejor olvidemos todo. Mi mujer está embarazada y..." Entré en la casa, me senté, me quedé pensando por un rato hasta que de pronto llamé un taxi para volver al lugar, a la fiesta del carnaval. El baile sigue y pienso que "regresé a buscar la estola de visón que me prestó mi tía Violeta". Pero no. Regreso para hacerle una escena. Me paro en medio de la pista, lo ubico, corro hacia él y comienzo a golpearlo con los puños cada vez más fuerte, en la cara, en el pecho, hasta que... mi primo Sebastián tiene que sacarme de allí. A la mañana siguiente empecé a escribir mi diario en tercera persona. Por ejemplo: "Ella está todavía viva esta mañana. Y en esta caso ella quiere decir yo. ¿Y ahora que le espera a ELLA? ¡Sabrá Dios! Dejé de salir. Ya no podía. Una mañana, Sebastián entró a mi recámara para decirme: "Levántate". Bueno, cuando se continúa con vida después de haber estado muerta, uno es obediente. Me llevó al centro a un lugar donde sacan fotos para pasaportes y me dijo: "Mamá no puede viajar conmigo este verano y vas a venir en su lugar". Si no me lo cree, lea mi diario cuando estábamos en París: "ELLA se levantó al amanecer esta mañana, desayunó, se vistió y fue a dar un breve paseo. ¡Del hotel Plaza al Arco del Triunfo como perseguida por una jauría de lobos de Siberia!" (Se ríe con risa cansada. Fatigada). Ella, yo... pasaba todos los semáforos en rojo, no podía esperar la luz verde. ¿Dónde iba? ¿Regresaba al bosque de robles? Allí todo era frío y oscuro, excepto la boca de él, ¡caliente y voraz!
 
 
Tennessee Williams: Thomas Lanier Williams (Estados Unidos, 1911-1983)

lunes, 16 de mayo de 2016

Carnaval: RELATO SOÑADO, de Arthur Schnitzler

"... una muchacha graciosa y muy joven, casi una niña aún, vestida de Pierrette..."
 
(Fragmento)

- Pero si ya te lo he dicho… sin disfraz y sin máscara…

- Hay tiendas que los alquilan.

- ¡A la una de la madrugada!

Escúchame, Nachtigall. En la esquina de la Wickenburgstrasse hay un establecimiento de ésos. Todos los días paso unas cuantas veces por delante de su muestra -y apresuradamente, con creciente excitación-: Quédate aquí un cuarto de hora más, Nachtigall, y entretanto probaré allí mi suerte. El propietario del establecimiento vivirá probablemente en la misma casa. Si no… renunciaré. Que el destino decida. En esa misma casa hay un café, Café Vindobonna se llama, creo. Le dices al cochero… que has olvidado algo en él, entras, yo te espero cerca de la puerta, tú me dices rápido la contraseña y vuelves a subir al coche; yo, si he conseguido procurarme un disfraz, cogeré rápidamente otro coche y te seguiré… y el resto ya se verá. Tu riesgo, Nachtigall, te doy mi palabra, lo asumiré yo en cualquier caso.
 
Nachtigall había tratado de interrumpir a Fridolin varias veces, pero en vano. Fridolin arrojó el dinero de la cuenta sobre la mesa, con una propina demasiado generosa que le pareció apropiada al estilo de aquella noche, y salió. Fuera había un coche cerrado e, inmóvil en el pescante, un cochero, totalmente de negro, con chistera…; como un coche fúnebre, pensó Fridolin. Al cabo de unos minutos, con paso rápido, llegó a la casa de la esquina que buscaba, llamó y preguntó al portero si Gibisier, el del alquiler de disfraces, vivía allí, confiando en secreto en que no viviera. Pero Gibisier vivía efectivamente allí, en el piso situado debajo del establecimiento, y el portero no pareció siquiera muy sorprendido de aquella visita tardía, sino que, afable por la considerable propina que Fridolin le dio, observó que, durante los Carnavales, no era tan raro que viniera gente a aquellas horas de la noche para alquilar disfraces. Alumbró desde abajo con su vela hasta que Fridolin llamó en el primer piso. El señor Gibisier, como si hubiera estado aguardando a la puerta, le abrió en persona; era delgado, barbilampiño y calvo, y llevaba una bata de flores pasada de moda y un fez con borla, por lo que parecía un ridículo anciano de comedia. Fridolin le expuso sus deseos, mencionando que el precio no importaba, a lo que el señor Gibisier, casi desdeñoso, observó:
 
- Yo sólo cobro lo debido y nada más.
 
Hizo subir a Fridolin a la tienda por una escalera de caracol. Olía a seda, terciopelo, perfumes, polvo y flores secas; de la flotante oscuridad surgían destellos plateados y rojos; y de pronto brillaron una multitud de pequeñas lamparillas entre los abiertos armarios de un pasillo estrecho y largo que se perdía hacia el fondo en tinieblas. A derecha e izquierda colgaban disfraces de toda clase; a un lado caballeros, escuderos, aldeanos, cazadores, sabios, orientales, bufones; al otro damas de la corte, doncellas, aldeanas, camareras, reinas de la noche. Encima de los disfraces estaban los correspondientes sombreros, y Fridolin tuvo la impresión de avanzar por una avenida de ahorcados a punto de invitarse a bailar mutuamente. El señor Gibisier lo seguía.
 
- ¿Desea el señor algo especial? ¿Luis XIV? ¿Directorio? ¿Alemán antiguo?
 
- Necesito una cogulla oscura de monje y una máscara negra, nada más.
 
En ese momento se oyó al fondo del pasillo un tintineo de cristal. Fridolin, asustado, miró a la cara al del alquiler de máscaras, como si éste tuviera que darle una explicación inmediata. Gibisier, sin embargo, permaneció imperturbable, buscando a tientas un conmutador escondido en alguna parte… y una claridad cegadora se derramó enseguida hasta el fondo del pasillo, en donde pudo verse una mesita cubierta de platos, vasos y botellas. De dos sillas, a derecha e izquierda, se levantaron sendos jueces de la Santa Vehme con togas rojas, mientras al mismo instante desaparecía una criatura luminosa y delicada. Gibisier se precipitó hacia allí a grandes zancadas, metió la mano bajo la mesa y sacó una peluca blanca, mientras al mismo tiempo, después de salir reptando de debajo de la mesa, una muchacha graciosa y muy joven, casi una niña aún, vestida de Pierrette y con medias de seda blancas, venía corriendo por el pasillo hacia Fridolin, que no tuvo más remedio que recibirla en sus brazos. Gibisier había dejado caer la peluca blanca sobre la mesa y tenía sujetos a derecha y a izquierda, por los pliegues de sus togas, a los jueces de la Santa Vehme. Al mismo tiempo gritó a Fridolin:   
- Señor, sujete a esa chica.
 
La pequeña se apretaba contra Fridolin, como si él debiera protegerla. Tenía la estrecha carita empolvada de blanco y con lunares postizos, y de sus delicados pechos ascendía un perfume de rosas y polvos... sus ojos sonreían con picardía y sensualidad.

 
- Señores -exclamó Gibisier-, se van a quedar aquí hasta que los entregue a la policía.
 
- ¿Pero qué se imagina? -exclamaron los dos. Y, al unísono-: Hemos aceptado una invitación de la señorita.
 
Gibisier los soltó, y Fridolin oyó cómo les decía:
 
- Sobre eso tendrán que explicarse mejor. ¿O es que no se dieron cuenta de inmediato que se trataba de una loca? -Y, volviéndose a Fridolin-: Perdone este incidente, señor.
 
- Oh, no importa -dijo Fridolin.
 
Hubiera preferido quedarse allí o llevarse consigo a la pequeña, a donde fuera… y cualesquiera que fueran las consecuencias. Ella lo miraba seductora e infantilmente, como hechizada. Los jueces de la Santa Vehme, al fondo del pasillo, conversaban entre sí excitados; Gibisier se volvió seriamente a Fridolin y le preguntó:
 
- ¿Quería una cogulla, señor, un sombrero de peregrino, una máscara?
 
- No -dijo Pierrette con ojos brillantes-, tienes que darle a este señor un manto de armiño y un jubón de seda roja.
 
- Tú no te muevas de aquí -le dijo Gibisier, y señaló una cogulla oscura que colgaba entre un lansquenete y un senador veneciano-. Ésa es de su talla, y aquí está el sombrero a juego; cójalos, vamos.
 

Arthur Schnitzler (Austria, 1862-1931)

domingo, 15 de mayo de 2016

Carnaval: EL ABUELO, de Benito Pérez Galdós


(Fragmento)

«No, no son los sueños un carnaval en nuestro cerebro. Es que... bien claro lo veo ahora..., es que el mundo espiritual, invisible que en derredor nuestro vive y se extiende, posee la razón y la verdad, y por medio de imágenes, por medio de proyecciones de lo de allá, sobre lo de acá, nos enseña, nos advierte lo que debemos hacer...»
 
 
Benito Pérez Galdós (España, 1943-1920)

sábado, 14 de mayo de 2016

Carnaval: AURÉLIE O EL SUEÑO Y LA VIDA, de Gérard de Nerval

"El vértigo de un alegre carnaval en una ciudad de Italia, desterró todas mis ideas melancólicas."

(Fragmento del primer capítulo)

Cada cual puede buscar en sus recuerdos la emoción más dolorosa, el golpe más terrible con que el destino haya castigado su alma; entonces hay que resolver entre morir o vivir: diré más adelante por qué no escogí la muerte. Condenado por aquella a la que amaba, culpable de una falta de la que no esperaba ya perdón, no me quedaba otra cosa que entregarme a los excesos más vulgares: así, fingí alegría e indolencia, y recorrí el mundo, locamente seducido por la variedad y el capricho; me gustaban sobre todo las indumentarias y las extrañas costumbres de lejanos países; me parecía que desplazaba así las condiciones del bien y del mal; los términos, por decirlo así, de lo que es sentimiento para nosotros los franceses. "Qué locura -me decía- amar así con un amor platónico a una mujer que ya no nos ama. Es culpa de mis lecturas; he tomado en serio las invenciones de los poetas, y he construido una Laura o una Beatriz de una persona cualquiera de nuestro siglo..." Pasemos a otras intrigas, y ésta quedará pronto olvidada. El vértigo de un alegre carnaval en una ciudad de Italia desterró todas mis ideas melancólicas. Me sentía tan dichoso por el alivio que experimentaba, que acabé por hacer partícipes de mi alegría a todos mis amigos, y, en mis cartas, les presentaba como una constante del estado de mi espíritu lo que no era sino excitación febril.

Gérard de Nerval (Francia, 1808-1855)

(Traducido al español por Jorge Segovia)

viernes, 13 de mayo de 2016

Carnaval: EL DON APACIBLE (Tomo tercero), de Mijáil Shólojov

"... el caballo resbaló, cayó de cabeza y ya no se pudo levantar."
 
(Fragmento del capítulo XIX)
 
Estábamos en Carnaval. El viento había barrido toda la nieve y el río estaba muy resbaladizo. Galopando tras la liebre, el caballo resbaló, cayó de cabeza y ya no se pudo levantar. El corazón me dio un vuelco por el susto. Lo desensillé y volví corriendo a casa. "¡Padre, mi caballo ha caído! Iba  persiguiendo una liebre..." "¿Y la has cogido?" "No." "¡Entonces, ensilla el negro y alcánzala, hijo de perra!" Ésos sí que eran buenos tiempos. Se vivía, se amaba a las muchachas cosacas. El caballo había muerto, qué se le iba a hacer; lo importante era alcanzar la liebre. ¡Y un caballo costaba cien rublos y una liebre diez kópecs...! Bueno, es mejor no hablar de eso.
 
Pantelei Prokofievich volvió de su visita al consuegro todavía más desorientado, envenenado  por el ansia y la inquietud. Ahora se daba cuenta, con toda claridad, de que unos principios diferentes, hostiles a él, se habían adueñado de la vida. Y si antes dirigía la casa y gobernaba la vida como en las carreras de obstáculos se domina a un caballo amaestrado, ahora era la vida quien lo arrastraba como una cabalgadura encabritada, cubierta de espuma, y él ya no sabía gobernarla, sino que era zarandeado sobre su agitado lomo, sin poder reaccionar y esforzándose miserablemente por no caerse.
 
El porvenir se presentaba envuelto en tinieblas. El pasado se difuminaba en la niebla de la vida vivida. ¡Estaban aún tan próximos los tiempos en que Miron Grigorievich era el más rico granjero de la comarca! Pero los tres últimos años habían debilitado su poderío. Los criados se https://html1-f.scribdassets.com/5ffefai2kg37lzdg/images/118-d1b8acc799.jpg  marcharon, sembraba la décima parte que antes; bueyes y caballos fueron vendidos a cambio de una moneda que no hacía más que oscilar, como poseída por el vino, y que cada día perdía valor. Todo ocurría como en un sueño. Y había caído encima como la niebla que avanza desde la otra orilla del Don. Sólo quedaba, como recuerdo, la casa con el balcón historiado con figuras y cornijones tallados. Muy pronto, las canas salpicaron la barba rojiza de Korchunov; después estriaron las sienes y la canicie se fue instalando en él, primero a mechones como la hierba, y después, devorando el color rojizo, quedó dueña del campo, extendiéndose cada vez más, conquistando un cabello tras otro, hasta posesionarse incluso de la zona a ambos lados de la frente. En el mismo Miron Grigorievich luchaban dos fuerzas opuestas: la sangre roja y viva se rebelaba, lo impulsaba a trabajar, a sembrar, a construir cobertizos, a reparar los aperos, a enriquecerse; pero cada vez con mayor frecuencia lo visitaba la tristeza. "¡De nada sirve enriquecerse! ¡Llegará la ruina!" Las manos, terriblemente deformadas, no cogían como antes el martillo o una pequeña sierra, sino que yacían ociosas sobre las rodillas, moviendo los dedos sucios y retorcidos por el trabajo. La ociosidad trajo la vejez. La tierra se le hizo odiosa. En  primavera se acercaba a ella como a una esposa amada, por costumbre, por deber. Ni los  beneficios le satisfacían como antes ni lamentaba las pérdidas. Los rojos le habían confiscado los caballos y ni siquiera había protestado; él, que dos años antes, por cualquier tontería, por un  puñado de heno pisoteado por los bueyes, por poco mata a su mujer con el horcón.
 
 
Mijaíl Shólojov (Rusia, 1905-1984). Obtuvo el premio Nobel en 1965.
 
La ilustración corresponde a una edición en español de El Don apacible ilustrada por Vicente B. Ballestar. 

jueves, 12 de mayo de 2016

Carnaval: LA REINA, de José Emilio Pacheco

"... la bisutería del cetro, la corona, el vestido. Atronaban aplausos y gritos de admiración."

(Fragmento)

Con grandes dificultades llegó a la esquina elegida. El calor y el estruendo informe, la promiscua contigüidad de tanto extraños le provocaban un malestar confuso. Entre aplausos apareció la descubierta de charros y chinas poblanas. Bajo gritos y música desfiló la comparsa inicial: los jotos vestido de pavos reales. Siguieron mulatos disfrazados de vikingos, guerreros aztecas cubiertos de serpentinas, estibadores con bikinis y penachos de rumbera.

Desfilaron cavernarios, kukluxklanes, la corte de Luis XV con sus blancas pelucas entalcadas y sus falsos lunares, Blanca Nieves y los Siete Enanos (Adelina sentía que la empujaban y la manoseaban), Barbazul en plena tortura y asesinatode sus mujeres, Maximiliano y Carlota en Chapultepec, pieles rojas, caníbales teñidos de betún y adornados con huesos humanos (la transpiración humedecía su espalda), Romeo y Julieta en el balcón de Verona, Hitler y sus mariscales llenos de suásticas, gigantes y cabezudos, James Dean al frente de sus rebeldes sin causa, Pierrot, Arlequín y Colombina, doce Elvis Presley que trataban de cantar en inglés y moverse como él. (Adelina cerró los ojos ante el brillo del sol y el caos de épocas, personajes, historias.)

Empezaron los carros alegóricos, unos tirados por tractores, otros improvisados sobre camiones de redilas: el de la Cervecería Moctezuma, Miss México, Miss California, notablemente aterrada por lo que veía como un desfile salvaje, las Orquídeas del Cine Nacional, el Campamento Gitano -niñas  que lloriqueaban por el calor, el miedo de caerse y la forzada inmovilidad-, el Idilio de los Volcanes según el calendario de Helguera, la Conquista de México, las Mil y una Noches, pesadilla de cartón, lentejuelas y trapos.

La sobresaltaron un aliento húmedo de tequila y una caricia envolvente: -Véngase, mamasota, que aquí está su rey-. Adelina, enfurecida, volvió la cabeza. Pero ¿hacia quién, cómo descubrir al culpable entre la multitud burlona o entusiasmada? Los carros alegóricos seguían desfilando: Los Piratas en la Isla del Tesoro, Sangre Jarocha, Guadalupe la Chinaca, Raza de Bronce, Cielito Lindo, la Adelita, la Valentina y Pancho Villa, los Buzos en el país de las sirenas, los astronautas y los extraterrestres.

Desde un inesperado balcón las Osorio, muertas de risa, se hicieron escuchar entre las músicas y gritos del carnaval: -Gorda, gorda: sube. ¿Qué andas haciendo allí abajo, revuelta con la plebe y los chilangos? La gente decente de Veracruz no se mezcla con los fuereños, mucho menos en carnaval.

Todo el mundo pareció descubrirla, observarla, repudiarla. Adelina tragó saliva, apretó los labios: Primero muerta que dirigirles la palabra a las Osorio. Por fin, el carro de la reina y sus princesas. Leticia Primera en su trono bajo las espadas cruzadas de los cadetes. Alberto junto a ella muy próximo. Leticia toda rubores, toda sonrisitas, entre los bucles artificiales que sostenían la corona de hojalata. Leticia saludando en todas direcciones, enviando besos al aire.

- Cómo puede cambiar la gente cuando está bien maquillada -se dijo Adelina. El sol arrancaba destellos a la bisutería del cetro, la corona, el vestido. Atronaban aplausos y gritos de admiración. Leticia Primera recibía feliz la gloria que iba a durar unas cuantas horas, en un trono destinado a amanecer en un basurero. Sin embargo Leticia era la reina y estaba cinco metros por encima de quien la miraba con odio.


José Emilio Pacheco (México, 1939)

miércoles, 11 de mayo de 2016

Carnaval: EL PROFESOR UNRAT (El ángel azul), de Heinrich Mann


(Fragmento final del capítulo XV)
 
En el baile de máscaras organizado en casa de Basura una noche de Carnaval, hubo señoras irreprochables que aprovecharon el amparo del antifaz para satisfacer su curiosidad. Algunos de los señores casados que aquella noche acudieron observaron hasta el final un comportamiento sospechosamente reservado, temiendo ser espiados detrás de un antifaz por ojos conyugales. Las jóvenes solteras comentaron entre sí alguna salida nocturna y misteriosa de sus madres. Seguramente habían ido a casa de Basura. Cuando se encontraban solas tarareaban a media voz las canciones de Rosa Fröhlich. El misterioso juego de prendas, en el que las parejas se tendían en el suelo bajo una manta, penetró en los hogares burgueses y se jugaba cuando las hijas casaderas recibían la visita de posibles maridos. Antes del verano, tres señoras de la buena sociedad y dos muchachas solteras salieron de pronto para el campo, anticipando de un modo que pareció singular las vacaciones de verano. Tres comerciantes se declararon en quiebra. Meyer, el tabaquero de la plaza del mercado, falsificó unas letras y se ahorcó al descubrirse su delito. Empezó a murmurarse sobre la situación económica de Breetpoot...
 
Y esta desmoralización de toda una ciudad, que nadie podía impedir por ser muchos los que se hallaban implicados en ella, era obra de Basura y constituía su triunfo. La pasión que le dominaba en secreto, aquella pasión que su cuerpo reseco, sólo muy raras veces delataba con una mirada de venenoso brillo verde gris, desafiaba y se imponía a toda una ciudad. Basura era fuerte; podía ser feliz.
 
 
Heinrich Mann (Alemán radicado y fallecido en Estados Unidos; 1871-1950)

martes, 10 de mayo de 2016

Carnaval: LA PIEL DE ZAPA, de Honoré de Balzac

"A semejanza del Carnaval, en la noche del martes, la saturnal fue enterrada por máscaras fatigadas..."

(Fragmento del capítulo II: La mujer sin corazón)

Apenas formulada la proposición, Taillefer salió a comunicar las órdenes oportunas. Las mujeres se situaron lánguidamente ante los espejos, para reponer el desorden de sus tocados. Todos sacudieron la pereza. Los más viciosos exhortaron a los más comedidos. Las cortesanas se burlaron de los que aparentaban carecer de energías para continuar el rudo jolgorio. En un momento, aquellos espectros se animaron, formaron corrillos, charlaron y bromearon. Unos cuantos camareros hábiles y diligentes, dispusieron rápidamente la mesa y sus accesorios y sirvieron un opíparo almuerzo. Los comensales invadieron atropelladamente el comedor, donde, si todo llevó el sello imborrable de los excesos de la víspera, hubo al menos vestigios de vida y de raciocinio, como en las postreras convulsiones de un moribundo. A semejanza del Carnaval, en la noche del martes, la saturnal fue enterrada por máscaras fatigadas de sus danzas, ebrias de embriaguez, y empañadas en tildar al placer de impotencia, por no confesarse la propia.

 
Honoré de Balzac (Francia, 1799-1850).

La ilustración corresponde a Fiesta de disfraces (detalle), de Guillermo Lorca.

lunes, 9 de mayo de 2016

Carnaval: CLEOPATRA, de Mario Benedetti

"Así mis hermanos fueron: un mosquetero, un pirata, un cura, un marciano y un esgrimista. Yo era Cleopatra..."
 
El hecho de ser la única mujer entre seis hermanos me había mantenido siempre en un casillero especial de la familia. Mis hermanos me tenían (todavía me tienen) afecto, pero se ponían bastante pesados cuando me hacían bromas sobre la insularidad de mi condición femenina. Entre ellos se intercambiaban chistes, de los que por lo común yo era destinataria, pero pronto se arrepentían, especialmente cuando yo me echaba a llorar, impotente, y me acariciaban o me besaban o me decían: Pero, Mercedes, ¿nunca aprenderás a no tomarnos en serio?
 
Mis hermanos tenían muchos amigos, entre ellos Dionisio y Juanjo, que eran simpáticos y me trataban con cariño, como si yo fuese una hermana menor. Pero también estaba Renato, que me molestaba todo lo que podía, pero sin llegar nunca al arrepentimiento final de mis hermanos. Yo lo odiaba, sin ningún descuento, y tenía conciencia de que mi odio era correspondido.
 
Cuando me convertí en una muchacha, mis padres me dejaban ir a fiestas y bailes, pero siempre y cuando me acompañaran mis hermanos. Ellos cumplían su misión cancerbera con liberalidad, ya que, una vez introducidos ellos y yo en el jolgorio, cada uno disfrutaba por su cuenta y sólo nos volvíamos a ver cuando venían a buscarme para la vuelta a casa.
 
Sus amigos a veces venían con nosotros, y también las muchachas con las que estaban más o menos enredados. Yo también tenía mis amigos, pero en el fondo habría preferido que Dionisio, y sobre todo Juanjo, que me parecía guapísimo, me sacaran a bailar y hasta me hicieran alguna “proposición deshonesta”. Sin embargo, para ellos yo seguía siendo la chiquilina de siempre, y eso a pesar de mis pechitos en alza y de mi cintura, que tal vez no era de avispa, pero sí de abeja reina. Renato concurría poco a esas reuniones, y, cuando lo hacía, ni nos mirábamos. La animadversión seguía siendo mutua.
 
En el carnaval de 1958 nos disfrazamos todos con esmero, gracias a la espontánea colaboración de mamá y sobre todo de la tía Ramona, que era modista. Así mis hermanos fueron, por orden de edades: un mosquetero, un pirata, un cura párroco, un marciano y un esgrimista. Yo era Cleopatra, y por si alguien no se daba cuenta, a primera vista, de a quién representaba, llevaba una serpiente de plástico que me rodeaba el cuello. Ya sé que la historia habla de un áspid, pero a falta de áspid, la serpiente de plástico era un buen sucedáneo. Mamá estaba un poco escandalizada porque se me veía el ombligo, pero uno de mis hermanos la tranquilizó: “No te preocupes, vieja, nadie se va a sentir tentado por ese ombliguito de recién nacido.”
 
A esa altura yo ya no lloraba con sus bromas, así que le di al descarado un puñetazo en pleno estómago, que le dejó sin habla por un buen rato. Rememorando viejos diálogos, le dije: “Disculpa, hermanito, pero no es para tanto”, ¿cuándo aprenderás a no tomar en serio mis golpes de kárate?
 
Nos pusimos caretas o antifaces. Yo llevaba un antifaz dorado para no desentonar con la pechera áurea de Cleopatra. Cuando ingresamos en el baile (era un club de Malvín) hubo murmullos de asombro, y hasta aplausos. Parecíamos un desfile de modelos. Como siempre nos separamos y yo me divertí de lo lindo. Bailé con un arlequín, un domador, un paje, un payaso y un marqués. De pronto, cuando estaba en plena rumba con un chimpancé, un cacique piel roja, de buena estampa, me arrancó de los peludos brazos del primate y ya no me dejó en toda la noche. Bailamos tangos, más rumbas, boleros, milongas, y fuimos sacudidos por el recién estrenado seísmo del rock and roll. Mi pareja llevaba una careta muy pintarrajeada, como correspondía a su apelativo de Cara Rayada.
 
Aunque forzaba una voz de máscara que evidentemente no era la suya, desde el primer momento estuve segura de que se trataba de Juanjo (entre otros indicios, me llamaba por mi nombre) y mi corazón empezó a saltar al compás de ritmos tan variados. En ese club nunca contrataban orquestas, pero tenían un estupendo equipo sonoro que iba alternando los géneros, a fin de (así lo habían advertido) conformar a todos. Como era de esperar, cada nueva pieza era recibida con aplausos y abucheos, pero en la siguiente era todo lo contrario: abucheos y aplausos. Cuando le llegó el turno al bolero, el cacique me dijo: Esto es muy cursi, me tomó de la mano y me llevó al jardín, a esa altura ya colmado de parejas, cada una en su rincón de sombra.
 
Creo que ya era hora de que nos encontráramos así, Mercedes, la verdad es que te has convertido en una mujercita. Me besó sin pedir permiso y a mí me pareció la gloria. Le devolví el beso con hambre atrasada. Me enlazó por la cintura y yo rodeé su cuello con mis brazos de Cleopatra. Recuerdo que la serpiente me molestaba, así que la arranqué de un tirón y la dejé en un cantero, con la secreta esperanza de que asustara a alguien.
 
Nos besamos y nos besamos, y él murmuraba cosas lindas en mi oído. También me acariciaba de vez en cuando, y yo diría que con discreción, el ombligo de Cleopatra y tuve la impresión de que no le parecía el de un recién nacido. Ambos estábamos bastante excitados cuando escuché la voz de uno de mis hermanos: había llegado la hora del regreso. Mejor te hubieras disfrazado de Cenicienta, dijo Cara Rayada con un tonito de despecho, Cleopatra no regresaba a casa tan temprano. Lo dijo recuperando su verdadera voz y al mismo tiempo se quitó la careta.
 
Recuerdo ese momento como el más desgraciado de mi juventud. Tal vez ustedes lo hayan adivinado: no era Juanjo, sino Renato. Renato, que, despojado ya de su careta de fabuloso cacique, se había puesto la otra máscara, la de su rostro real, esa que yo siempre había odiado y seguí por mucho tiempo odiando. Todavía hoy, a treinta años de aquellos carnavales, siento que sobrevive en mí una casi imperceptible hebra de aquel odio. Todavía hoy, aunque Renato sea mi marido.


Mario Benedetti (Uruguay, 1920-2009)