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Vancouver: atardecer en abril. English Bay (fotografía de Jules Etienne).

miércoles, 3 de junio de 2020

LITOTERIA* (del poemario Mitología del Olvido)

"La lluvia no lava la memoria, sólo la humedece."

Por el entramado de humedad cristalina
escurre la transparencia del cielo,
silabario que el agua deletrea
hasta embriagar un relato sin palabras.
No es ningún secreto
son incidentes del corazón,
unas cuantas gotas de olvido
intentan salpicar los recuerdos,
esferas que de súbito se diluyen
al estrellarse contra el suelo,
vapores que el tiempo bebe
con el pulso de la tarde fugitiva.
La lluvia no lava la memoria,
sólo la humedece.

Jules Etienne

* De lítotes: figura retórica que niega lo que se quiere decir.

domingo, 31 de mayo de 2020

Epidemias: LA MALDICIÓN, de Mariano Azuela


(Fragmentos)

- Ya se estaba petateando y lo llevaron a León, y el médico lo dejó tan bueno que dicen que hasta el olor de perro muerto le quitó.

Doña Merce había sido peona de Las Maravillas y de las pocas supervivientes de una epidemia de tifo que acabó con el rancho. Avecindada primero en Salamanca, ahora vivía en el barrio de Tierras Negras, de Celaya, y se mantenía vendiendo tamales.

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Y con eso bastó para hacer reminiscencias, entre copa y copa, del rancho y sus habi- tantes.

- ¿Conociste a Rosa Villalobos?

- Sí, ¿cómo no? La muchachilla del difunto Roque... el tifo acabó con todos y más de medio rancho está en el camposanto de Salamanca.


Mariano Azuela (México, 1873-1952).

sábado, 30 de mayo de 2020

Epidemias: EL SEPULTURERO, de Rainer María Rilke

"Yo tenía un pequeño conejito blanco que era muy dócil y no podía estar nunca sin mí."

(Fragmento)

- ¿Y qué pasó después?

- Después se marchó, se marchó, ¿qué otra cosa habría podido hacer? Pero no creía en la muerte, sólo creía que las personas no pueden llegar unas a otras, ni los vivos ni los muertos. Y ésa es su miseria, no el hecho de que se mueran.

- Sí, eso ya lo sé, ya, que no se puede hacer nada -dijo Gita muy triste-. Yo tenía un pequeño conejito blanco, que era muy dócil y no podía estar nunca sin mí. Y se puso enfermo, se le hinchó el cuello y tenía dolores, igual que una persona. Y me miraba y me imploraba, me imploraba con sus pequeños ojos, él esperaba y creía que yo le ayudaría. Hasta que al final dejó de mirarme y se murió en mi pecho, como si estuviera solo, como a cien millas de mí.

- No hay que acostumbrar a los animales a las personas, Gita, tenlo en cuenta. Al hacerlo cargamos con una culpa, prometemos algo y no podemos cumplirlo. Nuestra parte en esta relación es un continuo fracaso. Y con las personas no es diferente, sólo que en ese caso ambos son siempre culpables, el uno por el otro. Y eso significa quererse: ser mutuamente culpables, nada más, Gita, nada más.

Llegó un día de agosto en el que las calles de la ciudad parecían en estado febril, pegajosas, temerosas, sin viento. El forastero estaba esperando a Gita a la puerta del cementerio, pálido y serio.- He tenido un mal sueño, Gita -le dijo-. Ve a casa y no regreses hasta que te haga saber que puedes volver. Me temo que tenga mucho que hacer ahora. Que te vaya bien.

Ella se arrojó a su pecho llorando. Y él la dejó llorar todo lo que quiso, y la siguió con la vista un buen rato mientras se alejaba. No se había equivocado; empezó a trabajar en firme. A diario salían dos o tres cortejos fúnebres, seguidos por muchos ciudadanos; eran entierros ricos y solemnes, en los que no se ahorraba ni en incienso ni en cánticos. Pero el desconocido sabía lo que aún nadie había dicho: que la peste estaba en la ciudad. Los días eran cada vez más calurosos e hirientes bajo aquel cielo mortal, y las noches llegaban y no refrescaban. Y el horror y el miedo se posaron sobre las manos de los que ejercían un oficio artesano, y en los corazones de los que amaban... y los paralizaron. Y el silencio reinaba en las casas, como en un gran día de fiesta, o como en mitad de la noche. Las iglesias estaban repletas de rostros desencajados. Y, de repente, las campanas empezaron a repicar, todas; se estreme- cieron, estallaron, como si unos animales salvajes hubieran trepado por la cuerda de la campana y no dejaran de morderla: así sonaban, sin sosiego.

En esos días horribles, el sepulturero era el único que trabajaba. Sus brazos se robustecieron con las grandes exigencias de su cargo, y hasta había en él cierta alegría, la alegría de su sangre, que se movía con más rapidez.


Rainer María Rilke
(Escritor en lengua alemana nacido en Praga y fallecido en Suiza, 1875-1926).

(Traducido al español por Isabel Hernández).

viernes, 29 de mayo de 2020

Epidemias: EL DOCTOR OX, de Jules Verne

"Se necesitaban dos personas para comer una fresa y cuatro para una pera."

(Fragmento del capítulo X)

En el cual se verá que la epidemia invade la población entera y el efecto que produce

Durante los meses que siguieron, el mal, en vez de disiparse, no hizo más que exten- derse. De las casas particulares, pasó a las calles. La población de Quiquendone no era ya la misma.

Y, fenómeno más extraño aún que los observados hasta entonces, no solamente el reino animal, sino también el vegetal, estaban sometidos a esa influencia. Según el curso ordinario de las cosas, las epidemias son especiales. Las que atacan al hombre no se ceban en los animales, las que persiguen a éstos dejan libres a los vegetales. Jamás se ha visto a un caballo atacado de viruela, ni a un hombre de la peste bovina, así como los carneros no pescan la enfermedad de las patatas. Pero en Quiquendone todas las leyes de la naturaleza parecían trastornadas. No tan sólo se habían modificado el temperamento, el carácter y las ideas de los quiquendoneses, sino que los animales domésticos, perros o gatos, bueyes o caballos, asnos o cabras, sufrían aquella influencia epidémica, como si su medio habitual se hubiera cambiado. Las mismas plantas se emancipaban, si se quiere perdonarnos esta expresión.

En efecto, en los jardines, en las huertas, en los vergeles, se manifestaban síntomas sumamente curiosos. Las plantas enredaderas trepaban con más audacia. Los arbustos se tornaban árboles. Las semillas apenas sembradas ostentaban su verde brote y en igual transcurso de tiempo alcanzaban en pulgadas lo que antes y en las circunstancias más favorables crecían en líneas. Los espárragos llegaban a dos pies de altura; las alcachofas se hacían tan gruesas como melones, y éstos como calabazones, los cuales llegaban al tamaño de la campana mayor, que contaba nueve pies de diámetro. Las berzas se tornaban arbustos y las setas en paraguas.

Las frutas no tardaron en seguir el ejemplo de las verduras. Se necesitaban dos personas para comer una fresa y cuatro para una pera. Los racimos de uva eran todos iguales al pintado tan admirablemente por Poussin en su «Regreso de los enviados a la Tierra Prometida».

Jules Verne (Francia, 1828-1905).

Epidemias: EL VELO PINTADO, de Somerset Maugham


(Fragmento del capítulo XXVI)

- Walter quiere que vaya a Mei Tan Fu.

- Ah, pero si en ese sitio hay cólera... Allí se ha desatado la peor epidemia de los últimos cincuenta años. No es lugar para una mujer. No puedes ir; ni pensarlo.

- Si me abandonas, no me quedará otro remedio.

- ¿A qué te refieres? No lo entiendo.

- Walter irá en sustitución de un médico misionero que falleció, y quiere que yo lo acompañe.

- ¿Cuándo?

- Ahora. De inmediato.

Townsend echó la silla hacia atrás, mirando atónito a Kitty.

- Debo de ser muy tonto, porque no le encuentro pies ni cabeza a lo que me dices. Si quiere que vayas con él a ese lugar, ¿por qué no te divorcias?

- Me ha dado a elegir: o lo acompaño a Mei Tan Fu o me demandará.

- Ah, ya entiendo -el tono de Townsend varió de forma casi perceptible-. Me parece un gesto muy noble de su parte, ¿a ti no?

- ¿Noble?

- Bueno, que se haya ofrecido a ir allí es de lo más caballeroso. A mí no me haría ninguna gracia, desde luego. Naturalmente, cuando regrese le otorgarán la insignia de alguna orden honorífica.

- ¿Y qué hay de mí, Charlie? -gritó ella, angustiada.

- Bueno, si quiere que vayas no veo cómo puedes negarte, dadas las circunstancias.

- Eso significará la muerte; una muerte segura.

- Oh, maldita sea, estás exagerando. Dudo mucho que él te llevase consigo si creyera eso. Ir allí no supone mayor riesgo para ti que para él. De hecho, no te expondrás a ningún riesgo si te andas con cuidado. Yo estaba aquí cuando se declaró una epidemia de cólera y ni me inmuté. Lo más importante es no comer nada crudo, ni fruta ni ensalada ni otras cosas por el estilo, y asegurarse de que el agua que uno bebe esté hervida -cobraba seguridad y desenvoltura conforme hablaba; incluso parecía menos hosco y más alerta, casi animado-. Después de todo, es su trabajo, ¿no? Le interesan los bichos. Bien mirado, es una gran oportunidad para él.

- Pero ¿y yo, Charlie? -insistió ella, ya no con angustia, sino consternada.

- Bueno, la mejor manera de entender a un hombre es ponerse en sus zapatos. Desde el punto de vista de Walter, has sido una chica mala y su propósito es apartarte del mal camino. Yo estaba convencido de que no querría divorciarse de ti, no me parece que sea de esa clase de personas, pero te ha hecho lo que él consideraba una oferta muy generosa y lo has enfurecido al rechazarla. No es mi intención echarte la culpa, pero por el bien de todos, creo que deberías haberlo pensado mejor.

- Pero ¿no entiendes que ir a ese lugar me matará? ¿No ves que quiere llevarme allí porque sabe que eso acabará conmigo?

- Vamos, cariño, no digas eso. Estamos en una situación sumamente comprometida y no es momento de ponerse melodramático.

- Estás empeñado en no entender -le atenazaban el corazón un dolor y un miedo tan intensos que a punto estuvo de ponerse a gritar-. No puedes enviarme a una muerte segura. Si ya no me amas ni me compadeces, ten al menos un mínimo de humani- dad.

- Creo que eres injusta conmigo al plantearlo de ese modo. A juzgar por lo que me cuentas, tu marido está demostrando una gran generosidad y está dispuesto a perdonarte si se lo permites. Desea alejarte de aquí y ahora se le ofrece la ocasión de llevarte a un lugar donde estarás a salvo durante unos meses. No pretendo convencerte de que Mei Tan Fu es un balneario, por supuesto, nunca he visto una ciudad china que lo sea, pero no hay motivo para que estés tan nerviosa. De hecho, eso es lo peor que puedes hacer. Creo que, en una epidemia, muere tanta gente de miedo como por causa del contagio.


Somerset Maugham (Inglés nacido y fallecido en Francia, 1874-1965).

jueves, 28 de mayo de 2020

Epidemias: LOS HUEVOS FATALES, de Mijaíl Bulgákov

"Al atardecer, la temida palabra «plaga» agitaba como una colmena el pueblo..."

(Fragmento inicial del capítulo 4

En un pequeño pueblo de provincias llamado oficialmente Troisk y corrientemente Steklovsk, en el departamento de Steklovsk de la provincia de Kostrona, una mujer con mantón y vestido gris con flores rosas, de algodón, salió a la escalera de una casita de la antigua catedral y estalló en lágrimas. Esta mujer, la viuda del diácono de la citada catedral, sollozó tan fuertemente que pronto otra figura femenina, cubierta con un blanco chal de lana, apareció en la ventana de la casa de enfrente y dijo

- ¿Qué es eso, Stepanovna?

- ¿Otra vez? ¡La que hace sesenta! -contestó la viuda sollozando amargamente.

- ¡Ay, pobrecita, pobrecita! -se lamentó la mujer del chal moviendo la cabeza-. ¡Qué desgracia, la cólera de Dios! ¿Se ha muerto?

- Ven a ver, Matrena -musitó la diaconisa entre sollozos fuertes y sentidos-, ¡ven a ver lo que ha pasado!

La puertecilla gris y combada se cerró de golpe. Los pies desnudos de la mujer pisaron los polvorientos baches de la calzada y la viuda, deshaciéndose en lágrimas, llevó en seguida a Matrena a su corral de gallinas.

A decir verdad, la viuda del reverendo Sawaty Drozdov, que había muerto en 1926 víctima de angustias antirreligiosas, no sólo no había perdido nunca su presencia de ánimo, sino que había fundado un floreciente negocio de aves. Tan pronto como los asuntos de la viuda empezaron a prosperar, el Gobierno la gravó con un impuesto tal que sus actividades estuvieron a punto de venirse abajo. Pero había gente buena en el mundo. Aconsejaron a la viuda que informara a las autoridades locales de que estaba organizando una cooperativa de obreros en la granja avícola. Los miembros de la cooperativa eran la propia Drozdova, su fiel sirvienta Matreshka y su nieta, que era sorda. Los impuestos fueron inmediatamente revocados y el negocio de pollos se extendió y floreció. Hacia 1928, de esta forma, la población del corral de la viuda, rodeado de filas de gallineros, se había elevado a doscientas cincuenta gallinas; contaba incluso con algunas de la especie cochinchina, Los huevos procedentes de la granja de la viuda aparecían en el mercado de Steklovsk cada domingo; también se vendían en Tambov y alguna vez llegaban a ser vistos en los escaparates de la tienda que antiguamente era conocida como Chickin, Quesos y Mantequilla. Moscú. Y ahora, una preciosa Brahmaputra, la favorita de todo el mundo, se había paseado de arriba abajo del corral, vacilando, vomitando y haciendo rodar sus melancólicos ojos hacia el sol como si estuviera viéndolo por última vez. Había abierto al máximo el pico estirando el cuello hacia el cielo. Luego, empezó a vomitar sangre.

- ¡Divino Jesús! -gritó la vecina, dándose una palmada en el muslo-. ¿Qué pasa aquí? Nunca vi a un pollo quejarse del estómago como si fuese un ser humano.

Y ésas fueron las últimas palabras que oyó el pobre animalito, pues, de pronto, cayó de lado, picoteó débilmente el polvo y cerró los ojos para siempre. Luego, rodó hasta quedar de espaldas, tensó sus patas como queriéndolas clavar en el cielo y quedó inmóvil.

- Stepanovna, quizá me equivoque, pero juraría que a tus pollos les han echado mal de ojo. ¿Quién ha visto nunca una cosa igual? ¡Caramba! Las gallinas nunca han enfermado así.

- ¡Los enemigos de mi vida! -clamó al cielo la diaconisa-. ¿Es que acaso lo que quieren es llevarme de este mundo?

Sus palabras fueron contestadas por un recio quiquiriquí, tras el cual un gallo sucio y flaco voló oblicuamente desde un gallinero como un borracho escandaloso sale de una taberna. Miró con ojos desorbitados a las dos mujeres, anduvo como loco por un rincón del corral y extendió sus alas como si fuera un águila, pero no se elevó del suelo. En lugar de eso, empezó a correr en círculo por el patio. A mitad de la tercera vuelta se paró y dio muestras de estar muy enfermo; empezó, en efecto, a toser y a resollar, esparció a su alrededor varios escupitajos sanguinolentos, se desplomó y apuntó al sol con sus patas crispadas como garfios.

Una nueva explosión de gemidos femeninos llenó el ámbito, siendo esta vez contestada por ansiosos cloqueos, batir de alas y ruidosa algazara, proveniente todo ello de los gallineros.

- Bueno, ¿es o no es un al de ojo? -exclamó triunfalmente la vecina-. Llama al padre Sergy para que oficie un servicio.

A las seis de la tarde, cuando el sol, ya bajo, quedó como una faz hirviente entre las redondas caras de los girasoles, el padre Sergy, prior de la iglesia catedral, se quitaba los ornamentos tras haber completado su servicio. Cabezas curiosas aparecían sobre la vieja valla combada y se entreveían por las rendijas que dejaban entre sí las tablas que la componían. La afligida viuda había besado la cruz, vertido copiosas lágrimas sobre el desgastado rublo amarillo canario, y se lo había dado al padre Sergy; él, en respuesta, suspiró y murmuró algo a propósito de la cólera del Señor.

Después de eso la multitud de la calle se dispersó y, como las gallinas se retiran temprano, nadie se enteró de que tres de ellas y un gallo habían muerto en el mismo momento en el corral de la vecina más próxima a la Drozdova. Vomitaban, tal como hacían las de esta última, pero con la única diferencia de que sus muertes ocurrían en un gallinero cerrado, por lo que el ruido no trascendía al exterior. El gallo cayó de cabeza desde el palo, y murió en esa postura. Como ocurrió en el corral de la viuda, al atardecer todos los demás gallineros estaban mortalmente tranquilos, con las aves yacentes sobre el suelo, amontonadas, tiesas y frías.

A la mañana siguiente el pueblo se despertó como herido por un rayo debido a que el asunto había adquirido proporciones monstruosas. Hacia el mediodía, sólo tres gallinas quedaban aún vivas en la calle Personal; las que pertenecían a los dueños de la última casa, donde vivía el inspector financiero del departamento. Pero incluso éstas murieron hacia la una del mediodía. Al atardecer, la temida palabra «plaga» agitaba como una colmena al pueblo de Steklovsk. El nombre de Drozdova apareció en el periódico local El Guerrero Rojo en un artículo intitulado «¿Se tratará de una plaga avícola?». Y de ahí llegó a Moscú.

Mijaíl Bulgákov
(Ruso nacido en Ucrania cuando formaba parte de Rusia y fallecido en la entonces Unión Soviética, 1891-1940).

miércoles, 27 de mayo de 2020

Epidemias: AGRADECIMIENTO DE LAS OVEJAS, de Victoire Babois

"... para oponernos a sus golpes y ofensas no tenemos más que la dulzura y la inocencia."

Al señor Voisin, autor de una Memoria
sobre la inoculación de la peste bovina.

(Fragmento inicial)

Sabes que en tiempos de Astrée y de sus suaves leyes,
hasta de la oveja más débil su voz escuchaban.
Pero los feroces lobos aparecieron, la peste y la guerra,
     pues los malvados perturban la tierra,
     con el temor impusieron su sentencia,
Y por la fuerza, ¡qué desgracia!, a las ovejas callaban.
     Peste, hombre o lobo, ¿cuál es la diferencia?
     siempre terminamos por caer indefensas,
     porque para oponernos a sus golpes y ofensas
     no tenemos más que la dulzura y la inocencia.

(Remerciement des moutons
Tu sais qu'au temps d'Astrée et de ses douces lois,
Des plus faibles moutons on écoutait la voix;
Mais les loups dévorants, puis la peste et la guerre,
     Puis les méchants troublant la terre,
     Sur la crainte ont fondé leurs droits,
Et force fut, hélas! aux moutons de se taire.
     Peste, homme, ou loup, c'est un pour nous:
     Toujours nous tombons sans défense,
     Car nous n'opposons à leurs coups
     Que la douceur et l'innocence.)


Victoire Babois (Francia, 1760-1839).

(Traducido del francés por Jules Etienne).

martes, 26 de mayo de 2020

Epidemias: EREWHON, de Samuel Butler

"Su médico (…) le ordenó que comiera carne, sin hacer caso de la ley."

(Fragmento del capítulo Las ideas de un profeta erewhoniano sobre los derechos de los animales)

En cuanto a la carne de los animales que habían muerto realmente de muerte natural, el permiso para comerla era inútil, por cuanto solía devorarla algún otro animal antes de que el hombre la pudiese utilizar; o, por el contrario, estaba a menudo envenenada; de modo que no quedaba a las gentes más remedio que burlar la ley valiéndose de alguno de los medios antedichos, o hacerse vegetarianos. Esta última alternativa era tan poco del gusto de los erewhonianos que las leyes que prohibían matar animales llegaron a caer en desuso y probablemente habrían sido derogadas si no hubiera sobrevenido una epidemia de peste, que los sacerdotes y profetas de aquella época atribuyeron a las transgresiones de la gente en lo de comer carne prohibida. Entonces se produjo una reacción, se votaron leyes severísimas prohibiendo el consumo de la carne en cualquier forma que fuese y ordenando que en los mercados y tiendas sólo se vendieran, como alimentos, cereales, frutas, verduras y legumbres. Dichas leyes fueron puestas en ejecución unos doscientos años después de la muerte del viejo profeta que había empezado a sembrar la inquietud en la conciencia de la gente con los derechos de los animales; pero apenas fueron promulgadas, volvieron a infringirlas de nuevo.

Me dijeron que la peor consecuencia de tantas sandeces no era el hecho de obligar a las personas respetuosas de la ley a pasar sin alimento animal. Muchos pueblos pasan sin ello y no parecen hallarse peor por este motivo; y hasta en ciertos países donde en general se come carne, como Italia, España y Grecia, los pobres apenas si la prueban en todo el año. El mal consistía en la perturbación que esa prohibición excesiva había de producir en la conciencia de todos; exceptuando a los bastante fuertes para saber que, si bien la conciencia es en general una bendición, puede también ser un veneno. Al despertarse la conciencia de un individuo, le lleva a menudo a ejecutar sin reflexión ciertos actos que habría sido preferible que dejase de realizar, pero tratándose de la conciencia de una nación entera, despertada por un venerable anciano en relación constante con un Poder invisible, hay para pavimentar el infierno entero con buenas intenciones fracasadas.

A los jóvenes se les decía que era un pecado hacer lo que sus antepasados habían hecho impunemente durante siglos; además, los que les daban sermones sobre el horrendo vicio de comer carne eran gentes académicas y antipáticas; y aunque intimidaban a todos los jóvenes, con excepción de los más atrevidos, pocos eran los que no les tenían aversión. Por muchas precauciones que se empleasen en persuadir al muchacho o a la joven, pronto se daban cuenta de que los hombres y las mujeres dotados de alguna experiencia mundana, gente mucho más agradable, por regla general, que los profetas que les predicaban la abstención, hablaban siempre con burla y desprecio de las nuevas leyes doctrinarias y tenían reputación de infringirlas en secreto, aunque no se atrevían a hacerlo abiertamente. No es de extrañar, por lo tanto, que los preceptos de No-Tocar, No-Catar, No-Palpar, tantas veces dictados por sus directores, tuviesen por resultado el inducir a los más humanos entre los estudiantes a poner en tela de, juicio muchas cosas que de lo contrario habrían aceptado sin vacilar.

Se cuenta la triste historia de un joven de naturaleza amable y que prometía mucho, pero dotado, para su desgracia, de más conciencia que seso. Su médico (pues, según he dicho anteriormente, la enfermedad no se consideraba aún como criminal) le ordenó que comiera carne, sin hacer caso de la ley. Se escandalizó, y durante algún tiempo se negó a seguir lo que estimaba un consejo perverso del médico. Finalmente, sin embargo, al notar que se debilitaba más cada día, se deslizó furtivamente una noche oscura hasta uno de esos antros donde vendían carne subrepticiamente, y compró una libra de filete de primera. Se lo llevó a su domicilio, lo guisó en su dormitorio cuando todos los moradores de la casa se habían retirado a descansar, lo comió, y aunque el remordimiento y la vergüenza no le dejaron conciliar el sueño, se sentía hasta tal punto mejorado por la mañana del siguiente día, que no se reconocía a sí mismo.

Samuel Butler (Inglaterra, 1835-1902).

lunes, 25 de mayo de 2020

Epidemias: LOS ANIMALES ENFERMOS DE LA PESTE, de Jean de la Fontaine (1)


Debido a su extensión, presentamos esta fábula íntegra en dos partes.

I

La peste, fiero mal que horror infunde,
Mal con que el Cielo, en su furor, confunde
Y castiga delirios de la tierra,
Mal que, el lugar que encierra
Aqueronte, llenar puede en un día,
A los irracionales guerra hacía.
No todos acababan; pero todos,
Males sufrían de diversos modos;
Hasta llegar el deplorable estado
De no verse ocupado
Ninguno de ellos, en buscar comida
Para el sustento de su débil vida:
Ya ni zorras ni lobos
Verificaban robos,
Ni iban al inocente persiguiendo;
Y vagaban las tórtolas gimiendo.

Llamó, en fin, a consejo el León fuerte,
Y a sus vocales dijo de esta suerte:
Yo creo que este mal nos aflige
(Y que quizás aún no nos corrige)
Del Cielo viene por nuestros pecados.
Todos somos culpados;
Y así, el que más lo fuere, en sacrificio
Para tornar propicio
Al enojado Cielo ha de ofrecerse:
Debe al momento hacerse:
Quizá conseguirá ser tan dichoso,
Que nos libere de este mal penoso.

Consta en la historia que, por casos tales,
Penitencias iguales
Se practicaban: nonos adulemos:
Todos escudriñadnos,
Sin indulgencia alguna,
Nuestras conciencias: no tengo ninguna
Dificultad o empacho en confesarme
De mis delitos: debo delatarme
De que a muchos Corderos
He devorado con mis dientes fieros,
Sin que jamás me hubiesen ofendido;
Y alguna vez también me ha sucedido
Devorar los Pastores del ganado.

Vedme aquí aparejado,
Con muchísimo gusto,
A morir: sin embargo, encuentro justo
Que, como yo, se vayan acusando
Todos, y de este modo, averiguando
Quien es más delincuente,
Morirá el que lo sea justamente.


Jean de la Fontaine (Francia, 1621-1695).

(Traducido al español por Bernardo María de Calzada).

Epidemias: LOS ANIMALES ENFERMOS DE LA PESTE, de Jean de La Fontaine (2)


Debido a su extensión esta fábula fue dividida en dos partes. Aquí se puede leer la primera de ellas.

II

Señor, dijo la Zorra lisonjera,
Sois un gran Rey. ¿Por qué de esa manera
Habláis? Es demasiado
Vuestro remordimiento. ¿Qué pecado
Es comerse esa especie miserable
De los Corderos? No, señor, laudable
Es en vos tal costumbre: esas son gentes
Que, con morir a vuestros reales dientes,
Se llenaron de honor; y en cuanto al daño
Causado a los Pastores, o me engaño,
O son acreedores
A cualquiera castigo esos señores,
Porque desdeñan parecer iguales
A los demás diversos animales,
Erigiéndose Reyes,
Y a todos imponiendo duras leyes:
Así la Zorra dijo, y la aplaudieron:

En fin, no se atrevieron
Ni de Tigres, ni de Osos,
Ni de otros poderosos,
A citar los delitos más atroces:
Cuantos tenían algo de feroces,
Y aún, hasta los Mastines,
En su sentir, llevaban rectos fines.

Tocóle al Burro lerdo
Confesar sus pecados. Yo me acuerdo,
Dijo, que al ir pasando el otro día
Por cierto prado que pertenecía
A una comunidad, lo tierno y verde
De la hierba, mi hambre, o lo que pierde
A muchos, la ocasión urgente y rara,
Me tentó a que arrancara
(A la verdad fue mengua)
Un pedazo del ancho de mi lengua.
Para hacer tal exceso
Ningún derecho tuve: lo confieso.

Todos se conjuraron
Contra el misero Burro, y le infamaron.
Un timorato Lobo
Probó, con una arenga, que era robo;
Y por tanto se hacía indispensable,
Que aquel maldito Burro detestable,
Se condenase luego al sacrificio
Por tan infame vicio,
Causa de la epidemia lastimosa.
¡Comer la yerba ajena: qué horrorosa,
Y qué inaudita culpa!
No hay para ella disculpa,
Decían que perezca sin remedio.
Ello, en fin, no hubo remedio.

Según que poderoso o miserable 
Seas, si eres juzgado,
Te harán parecer justo o culpable.
.

Jean de la Fontaine (Francia, 1621-1695).

(Traducido al español por Bernardo María de Calzada).
La ilustración corresponde a un grabado de Pierre-Étienne Moitte sobre un diseño de Jean-Baptiste Oudry.

domingo, 24 de mayo de 2020

Epidemias: EL JARDÍN SECRETO, de Frances Hodgson Burnett

"... comió algunas frutas y galletas y, como sintió sed, bebió una copa de vino que se encontraba a medio consumir."

(Fragmento del capítulo inicial: No ha quedado nadie)

Después de esos espantosos hechos, Mary comprendió el misterio de aquella mañana. Había brotado una epidemia de cólera y cientos de personas morían por segundo. La niñera se había enfermado por la noche y su muerte fue la causa del lamento de los sirvientes. Antes de que terminara el día, murieron tres empleados más, y el resto huyó presa del terror. El pánico se expandió por la ciudad, pues en todas las casas se encontraba la muerte.

En medio de la confusión y el desconcierto, Mary se escondió en su habitación. Como nadie se acordó de ella, los extraños sucesos ocurrieron sin que se enterara. Durante varias horas la niña lloró y durmió. Sólo sabía que la gente estaba enferma y llegaban hasta ella extraños sonidos. Se dirigió al comedor, que encontró vacío salvo unos restos de comida. El desorden de sillas y platos sugería que alguien se había levan- tado bruscamente y de improviso. La niña comió algunas frutas y galletas y, como sintió sed, bebió una copa de vino que se encontraba a medio consumir. Muy pronto, sintió sueño y volvió a encerrarse en el dormitorio. Los lamentos y el ruido de los pasos apresurados la atemorizaban, pero, por efecto del vino, se quedó profunda- mente dormida.

Frances Hodgson Burnett
(Inglesa fallecida en Estados Unidos, 1849-1924).

(Traducido al español por Alejandra Schmidt).

sábado, 23 de mayo de 2020

Epidemias: EL TÍO VANIA, de Antón Chéjov

"... durante la epidemia, tuve que ir a Malitzkoe… cuando el tifus exantemático..."

(Fragmento final de la escena I del primer acto)

Marina: Puede que quieras comer algo.

Astrov: No. En la tercera semana de Cuaresma, durante la epidemia, tuve que ir a Malitzkoe... Cuando el tifus exantemático... Allí, en las «isbas», se moría la gente como moscas... ¡Suciedad..., pestilencia..., humo..., terneros por el suelo, junto a los enfermos!... ¡Hasta cerdos había!... Yo no me senté en todo el día, ni probé bocado; pero, eso sí..., cuando llegué a casa, tampoco me dejaron descansar. Me traían al guardagujas de la estación... Le tendí sobre la mesa para operarle, y se me murió bajo el cloroformo... Pues bien.... entonces..., cuando menos falta hacía, el sentimiento despertó dentro de mí. La conciencia me dolía como si le hubiera matado premeditadamente. Me senté, cerré los ojos..., así..., y pensé: aquellos que hayan de sucedernos dentro de cien o doscientos años, y para los que ahora desbrozamos el camino..., ¿tendrán para nosotros una palabra buena?... ¡No la tendrán, Nana!

Marina: La gente no la tendrá, pero Dios, sí.

Astrov: Sí. Gracias... Has hablado muy bien.


Antón Chéjov (Ruso fallecido en Alemania, 1860-1904).

(Traducido al español por E. Podgursky).
La ilustración corresponde a Richard Armitage en el papel de Astrov y Anne Calder-Marshall como Marina durante la puesta en escena de El tío Vania en el teatro Harold Pinter de Londres, dirigida por Ian Ricckson en 2020.