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Vancouver, luz de agosto en English Bay. (Fotografía de Jules Etienne)

jueves, 3 de noviembre de 2016

Vivir y morir BAJO EL VOLCÁN según Malcolm Lowry


En estas fechas resulta inevitable recordar algunos pasajes de Bajo el Volcán, considerada de manera unánime entre las novelas más notables del siglo pasado, cuya acción transcurre en Cuernavaca -a la que Lowry, de modo peculiar, se refiere en la novela como Quauhnáhuac, su nombre en náhuatl-, en esta época del año: "Hacia la hora del crepúsculo del Día de Muertos, en noviembre de 1939...", y lo narrado corresponderá a lo que "había ocurrido hacía hoy exactamente un año." Escuchando con atención "podía percibirse un sonido confuso y remoto -claro y, sin embargo, inseparable del minúsculo murmullo, del sonsonete de los dolientes- como de un cántico que se elevaba para luego caer, y un pisoteo regular -los estallidos y gritos de la fiesta que había durado todo el día."

El título de la novela, como se va haciendo obvio conforme se avanza en la lectura de la misma, proviene del volcán que asume la función de testigo permanente y al que el protagonista observa, imagina y recuerda de manera obsesiva, por eso desde cualquier lugar "aparecían testimonios de la presencia y antigüedad del Popocatépetl", y un pasaje previo describe como su esposa Yvonne "se sintió feliz cuando surgió a la vista el Popocatépetl dominando el paisaje por un rato, mientras ascendían la colina que quedaba más adelante." El siguiente es uno de los párrafos que mejor lo expresa:

"¡Los volcanes! ¡Qué sentimental podía uno ponerse con ellos! Ahora se trataba del volcán; porque en cualquier posición que colocara el espejo no podía ver al pobre Ixtla, el cual, eclipsado, había desaparecido, mientras que el Popocátepetl, el reflejarse en el espejo, parecía más bello aún con su cúspide que brillaba contra un fondo de nubes apiñadas." 

Aun cuando la trama se desarrolla en México durante dicha jornada en particular, Lowry escribió y reescribió la novela durante diez años, la mayor parte de ellos en su cabaña de Dollarton, junto a North Vancouver. Por eso la alusión a Canadá parecería inevitable:

"- ¿Has estado en el Canadá? -le preguntó Hugh.

- Estuve en las Cataratas del Niágara.

Prosiguieron. Hugh seguía sujetándole la rienda.

- Yo nunca he estado en el Canadá. Pero en España, un tipo amigo mío, pescador franco-canadiense que estuvo con los Mac-Paps, me decía que es el lugar más extraordinario del mundo. Cuando menos la Columbia Británica.

- Es lo que también solía decir Geoffrey."

Para terminar, una referencia a la celebración del día de los difuntos en donde se advierte la insólita belleza siniestra que permea la totalidad de la obra:

"Sin que nadie lo viera, el Cónsul tropezó con un puesto (en el que uno podía fotografiarse con su novia, sobre un fondo aterradoramente tempestuoso, verde y espeluznante, con un toro que embestía y el Popócatepetl en erupción) y pasó con el rostro vuelto a otra parte, frente al lastimoso Consulado Británico, cerrado, donde el león y el unicornio desde el escudo de color azul desteñido le contemplaron apesadumbrados. ¡Qué vergüenza! Pero seguimos a pesar de todo, estando a tu servicio, parecían decir. Dieu et mon droit. Los niños lo habían abandonado. Sin embargo, había perdido el rumbo. Iba llegando al límite de la feria. Cerradas, se alzaban allí misteriosas tiendas de lona, y yacían desplomadas o dobladas. Las primeras parecían casi humanas, despiertas, en espera; las otras, tenían el aspecto arrugado y encogido del hombre que, a pesar de estar dormido, anhela, aun en su inconsciencia, estirar los miembros. Más allá, en las lejanas fronteras de la feria, era, de hecho, día de muertos."


Jules Etienne

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Día de muertos según Octavio Paz


"La muerte es un espejo que refleja
las vanas gesticulaciones de la vida."
Octavio Paz

A pesar de tanto tiempo transcurrido, ya que fue publicado por primera vez en 1950 -hace ya más de sesenta años-, El Laberinto de la Soledad sigue siendo una obra clave para conocer y descifrar las razones y formas de ser del mexicano. De su retrato del conjunto se desprende la radiografía de cada individuo. Y si bien, algunos de sus capítulos, como sería el caso del titulado El Pachuco y otros extremos, ya han sido superados por la evolución de la realidad, en el resto de la obra prevalecen observaciones aún vigentes. En esta fecha, las relativas a su tercer apartado: Todos Santos, Día de Muertos, resultan oportunas:

"El solitario mexicano ama las fiestas y las reuniones públicas. Todo es ocasión para reunirse. Cualquier pretexto es bueno para interrumpir la marcha del tiempo y celebrar con festejos y ceremonias hombres y acontecimientos. Somos un pueblo ritual." Más adelante prosigue respecto al mismo tema. "En ocasiones, es cierto, la alegría acaba mal: hay riñas injurias, balazos, cuchilladas. También eso forma parte de la fiesta. Porque el mexicano no se divierte: quiere sobrepasarse, saltar el muro de soledad que el resto del año lo incomunica. Todos están poesídos por la violencia y el frenesí." Continúa Paz: "Y porque no nos atrevemos, no podemos enfrentarnos con nuestro ser, recurrimos a la Fiesta. Ella nos lanza al vacío, embriaguez que se quema a sí misma, disparo en el aire, fuego de artificio."

En el plano histórico: "Para los antiguos mexicanos la oposición entre muerte y vida no era tan absoluta como para nosotros. La vida se prolongaba en la muerte. Y a la inversa. La muerte no era el fin natural de la vida, sino fase de un ciclo infinito." Y explica la transformación de la idea original: "El advenimiento del catolicismo modifica radicalmente esta situación. El sacrificio y la idea de salvación que antes eran colectivos, se vuelven personales", por eso, mientras que "para los antiguos aztecas lo esencial era asegurar la continuidad de la creación; el sacrificio no entrañaba la salvación ultraterrena, sino la salud cósmica; el mundo, y no el individuo, vivía gracias a la sangre y la muerte de los hombres. Para los cristianos, el individuo es lo que cuenta."

Llega un momento en que desborda el espíritu festivo y lo dedica a la muerte: "La muerte mexicana es el espejo de la vida de los mexicanos. Ante ambas el mexicano se cierra, las ignora", porque "el desprecio a la muerte no está reñido con el culto que le profesamos. Ella está presente en nuestras fiestas, en nuestros juegos, en nuestros amores y en nuestros pensamientos." La clave al respecto, la podemos encontrar en el siguiente párrafo: "Por otra parte, la muerte nos venga de la vida, la desnuda de todas sus vanidades y pretensiones y la convierte en lo que es: unos huesos mondos y una mueca espantable."

Respecto al día de los muertos: "Calaveras de azúcar o de papel de China, esqueletos coloridos de fuegos de artificio, nuestras representaciones populares son siempre burla de la vida, afirmación de la nadería e insignificancia de la humana existencia. Adornamos nuestras casas con cráneos, comemos el día de los Difuntos panes que fingen huesos y nos divierten canciones y chascarrillos en los que ríe la muerte pelona, pero toda esa fanfarrona familiaridad no nos dispensa de la pregunta que todos nos hacemos: ¿qué es la muerte? No hemos inventado una nueva respuesta. Y cada vez que nos la preguntamos, nos encogemos de hombros: ¿qué me importa la muerte, si no me importa la vida?"

No creo que exista otro ensayo en la historia de la literatura mexicana que haya sido tan leído como El Laberinto de la Soledad, a través de los años sigue siendo un texto de lectura obligatoria en las escuelas y tema de discusión entre quienes en algún momento intentan, si no desentrañar, al menos tratar de comprender esa compleja condición existencial que implica la mexicanidad.


Jules Etienne

martes, 1 de noviembre de 2016

Día de los muertos: BALÚN CANÁN, de Rosario Castellanos



(Capítulo correspondiente al día de Todos Santos)

Capítulo XXII

NOVIEMBRE. Un largo viento fúnebre recorre, ululando, la llanura. De las rancherías, de los pueblos vecinos, bajan grandes recuas de mulas cargadas para el trueque de Todos Santos. Los recién venidos muestran su mercancía en la cuesta del Mercado y las mujeres acuden a la compra con la cabeza cubierta por chales de luto.

Los dueños de las huertas levantan las calabazas enormes y las parten a hachazos para ponerlas a hervir con panela; y abren en dos los descoloridos tzilacayotes de pulpa suave. Y apiñan en los canastos los chayotes protegidos por su cáscara hirsuta.

Vicenta y Rosalía han hecho todos los preparativos para nuestra marcha. Porque hoy es el día en que Amalia cumplirá su promesa. Iremos al panteón a comer el quinsanto.

- Tu madre no va con nosotros porque se siente indispuesta. Pero me recomendó que yo te cuidara y que te portaras bien. Salimos a la calle. Sobre las banquetas avanzan, saludándose ceremoniosamente, cediéndose unas a otras el lugar de preferencia, las familias, que consagran esta fecha del año a comer con sus difuntos. Adelante va el señor con su chaleco y su leontina de oro. A su lado la señora envuelta en el fichú de lana negra. Detrás los niños, mudados y albeantes. Y hasta el último, las criadas, que sostienen en equilibrio sobre su cabeza los pumpos y los cestos de los comestibles.

La caminata es larga. Llegamos fatigados al panteón. Los cipreses se elevan al cielo, sin un trino, en sólo un ímpetu de altura. Bordeando las callejuelas angostas y sinuosas, devoradas por el césped, están los monumentos de mármol; ángeles llorosos con el rostro oculto entre las manos; columnas truncadas, nichos pequeños en cuyo fondo resplandecen letras y números dorados. Y, a veces, montones de tierra húmeda, recién removida, sobre la que se ha colocado provisionalmente una cruz.

Nos sentamos a comer en la primera grada de una construcción pesada y maciza en cuyo frente anuncia un rótulo: “Perpetuidad de la familia Argüello”. Las criadas extienden las servilletas en el suelo y sacan trozos de calabaza chorreando miel y pelan los chayotes y los sazonan con sal.

A la orilla de otras tumbas están, también comiendo, personas conocidas a las que Amalia saluda con una sonrisa y un ademán ligero de su mano. Don Jaime Rovelo; tía Romelia, del brazo de su marido; doña Pastora, acalorada y roja; doña Nati con un par de zapatos nuevos, guiada por su vecina.

Cuando terminamos de comer, Amalia empujó la puerta de aquel monumento y recibimos, en pleno rostro, una bocanada de aire cautivo, denso y oscuro, que subía de una profundidad que nuestros ojos aún no podían medir.

- Aquí comienza la escalera. Baja con cuidado.

Amalia me ayudaba a descender, mostrando la distancia entre los escalones, señalando el lugar donde el pie tenía mayor espacio para posarse, íbamos avanzando con lentitud, a causa de la oscuridad. Ya abajo Amalia prendió un cerillo y encendió las velas.

Transcurrieron varios minutos antes de que nos acostumbráramos a la penumbra. Era frío y húmedo el lugar adonde habíamos llegado.

- ¿Dónde está Mario?

Amalia alzó uno de los cirios y dirigió el haz de luz hasta un punto de la pared. Allí habían trabajado recientemente los albañiles. La mezcla que usan aún no acababa de secar.

- Todavía no han escrito su nombre.

Falta el nombre de Mario. Pero en las lápidas de mármol que cubren el resto de la pared están escritor otros nombres: Rodulfo Argüello, Josefa, Estanislao, Abelardo, José Domingo, María. Y fechas. Y oraciones.

- Vámonos ya, niña, es tarde.

Pero antes dejo aquí, junto a la tumba de Mario, la llave del oratorio. Y antes suplico a cada uno de los que duermen bajo su lápida, que sean buenos con Mario. Que lo cuiden, que jueguen con él, que le hagan compañía. Porque ahora que ya conozco el sabor de la soledad no quiero que lo pruebe.


Rosario Castellanos (México, 1925-1974)

lunes, 31 de octubre de 2016

Día de los muertos: EL MONTE DE LAS ÁNIMAS, de Gustavo Adolfo Bécquer

"Aquello no fue una cacería, fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres..."

(Fragmento)
 
I

- Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Ánimas.
 
- ¡Tan pronto!
 
- A ser otro día, no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.
 
- ¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?
 
- No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré esa historia.
 
Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían la comitiva a bastante distancia.
 
Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia:
 
- Ese monte que hoy llaman de las Ánimas, pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla; que así hubieran solos sabido defenderla como solos la conquistaron.
 
Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos.
 
Cundió la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su manía de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras; antes la tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacería, fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres, los lobos a quienes se quiso exterminar tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse.
 
Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las Ánimas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche.

 
Gustavo Adolfo Bécquer (España, 1836-1870)
 
Es posible leer el cuento completo en el sitio de Ciudad Seva 

domingo, 30 de octubre de 2016

RAY BRADBURY: Viajando de la noche de brujas al día de los muertos


Debido al éxito de sus Crónicas Marcianas, publicadas por primera vez en 1950, un amplio sector de lectores consideran a Ray Bradbury como un escritor de ciencia ficción, aunque sus relatos de terror, en particular aquellos que involucran niños, hayan sido a la larga los que mejor le caracterizan. "La gente suele llamarme escritor de ciencia ficción, pero no creo que eso sea cierto. Me pienso como un mago capaz de aparecer y desaparecer cosas enfrente de ti sin que sepas cómo sucedió", dice de sí mismo.

Las adaptaciones al cine así como la exitosa serie de televisión El teatro de Ray Bradbury, contribuyeron a su popularidad. Su novela futurista Farenheit 451, que retrata a una sociedad en la que los libros estarían prohibidos, fue llevada al cine por Francois Truffaut en 1966. En tanto que la siniestra aventura que viven James y William, dos niños del pequeño pueblo de Green Town, en un peculiar espectáculo ambulante -El Pandemónium de las sombras de Cooger y Dark-, es considerada un clásico en su género: La feria de las tinieblas (Something Wicked This Way Comes, 1983).

Sin embargo, debido a la temporada en la que nos encontramos, mi intención es enfatizar sus referencias a la llamada noche de brujas y el día de los muertos. Ya en las propias Crónicas marcianas, en el relato titulado Usher II, un individuo de nombre William Stendahl ha encomendado a un arquitecto de apellido Bigelow la construcción de una casa de la que dice: "¿El señor Poe no estaría encantado?", en clara alusión a Edgar Alan Poe, y como Bigelow niega conocerlo, Stendahl le explica que todos sus libros fueron quemados treinta años atrás: "Allí ardieron Poe y Lovecraft y Hawthorne y Ambrose Bierce*, y todos los cuentos de miedo, de fantasía y de horror, y con ellos los cuentos del futuro. Implacablemente. Se dictó una ley. Oh, no era casi nada al principio. Mil novecientos cincuenta y mil novecientos sesenta. Primero censuraron las revistas de historietas, las novelas policiales, y por supuesto, las películas, siempre en nombre de algo distinto: las pasiones políticas, los prejuicios religiosos, los intereses profesionales. Siempre había una minoría que tenía miedo de algo, y una gran mayoría que tenía miedo de la oscuridad, miedo del futuro, miedo del presente, miedo de ellos mismos y de las sombras de ellos mismos." En ese párrafo se encerraba ya, sin duda, el génesis de su novela posterior, la ya mencionada Farenheit 451, que escribiría tan sólo tres años después.

Finalmente, la necesaria referencia al día de los muertos que es el motivo del presente texto:

"- Ya conoce usted la ley. Es muy estricta. Nada de libros, nada de Casas, nada que pueda sugerir de alguna manera fantasmas, vampiros, hadas y otras criaturas de la imaginación.

- ¡Pronto quemarán a los Babbitt!

- Usted nos dio mucho que hacer, señor Stendahl. Consta en nuestros registros. Hace veinte años. En la Tierra. Usted y su biblioteca.

- Sí, yo y mi biblioteca. Y unos pocos más como yo. Oh, ya nadie se acordaba de Poe, de Oz y de los otros. Pero yo tenía mi pequeño refugio. Unos pocos ciudadanos conservamos nuestras bibliotecas hasta que llegaron ustedes, con antorchas, con incineradores, y destrozaron y quemaron mis cincuenta mil libros. Un día atravesaron también con un palo el corazón del día de Todos los Muertos, y les dijeron a los productores de cine que si querían hacer algo se limitasen a repetir y a repetir, una y otra vez, a Ernest Hemingway. ¡Dios santo! ¿Cuántas veces he visto Por quién doblan las campanas? Treinta versiones diferentes. Todas realistas. ¡Oh, el realismo! ¡Oh el aquí, oh el ahora, oh el infierno!"

El volumen de cuentos Carnaval Oscuro (Dark Carnival), fue la primera obra publicada por Bradbury en 1947. Quince de los veintisiete títulos originales fueron recuperados en una edición posterior de 1955, conocida como El país de octubre (The October Country), uno de cuyos relatos, El siguiente en la línea (Next in Line), transcurre durante la visita de un matrimonio estadounidense a la región de Michoacán, en México: "Habían pasado unos pocos días desde la fiesta del Día de los Muertos, y unas cintas e hilachas de tela y cordones centelleantes colgaban como pelos de pesadilla de las estatuas de piedra, de los pulidos crucifijos labrados a mano, y de las tumbas que se alzaban sobre el suelo como marmóreas cajas de joyas." El pueblo era muy pobre y sus habitantes no podían pagar la cuota de ciento setenta pesos que costaba el entierro permanente de sus difuntos, por la que se veían en la necesidad de cubrir un alquiler anual de veinte pesos. Cuando dejaban de pagar, los cadáveres de sus familiares eran desenterrados y se momificaban de manera natural en un clima extremadamente seco. Esos cuerpos se iban amontonando en una catacumba junto al cementerio, que era una de las atracciones turísticas del lugar. La descripción va adquiriendo entonces un tono más macabro: "Mirando otra vez las tumbas, vieron los restos de la fiesta de la muerte. Las bolitas de sebo que las velas habían derramado sobre las piedras, los capullos marchitos de las orquídeas que yacían en las piedras lechosas como tarántulas aplastadas de color rojo purpúreo, algunas parecidas a órganos sexuales, fláccidos y marchitos. Había arcos de hojas de cactos, bambúes, cañas, ipomeas silvestres, muertas. Había también círculos de gardenias, y pimpollos secos de buganvilias. Todo el suelo del cementerio paracía un salón de baile luego de una danza frenética, que los participantes habían interrumpido de pronto. A un lado las mesas con confeti, cirios, cintas y suelos abandonados."

Siendo todavía muy joven, en 1946, Bradbury visitó la isla de Janitzio, en el Lago de Pátzcuaro -región en la que se desarrolla la acción de El siguiente en la línea-, y quedó tan impresionado por la enorme cantidad de cirios iluminando la noche y el fervor con el que la gente llenaba de flores y comida las tumbas de sus seres queridos, que escribió un poema, El día de la muerte, y le inspiró el capítulo 18 de su novela El árbol de las brujas (The Halloween Treee, 1972). Lo cual se advierte desde el breve preámbulo al preguntarse "¿Dónde empezó todo?", y en lugar de responder, enumera las interrogantes de que hubiese sido en Egipto, en la Bretaña druida, sobre los techos de París: "¿O en México, en los cementerios desbordantes de velas encendidas y de muñequitos de caramelo en el Día de los Muertos?" Ya he incluido un fragmento del capítulo en cuestión, para tener una mejor idea de lo que Bradbury escribió al respecto.

En De ceniza volverás, (From the Dust Returned), establece en su prólogo, con cierta dosis de ironía, que cuando tiene una idea la logra escribir "en cincuenta y cinco años o en nueve días", esto debido a que esa ha sido la obra que más tiempo ha dilatado en concluir, la empezó en 1945 para terminarla por fin hasta el año 2000 -la mención de los nueve días se debe a Fahrenheit 451, ya que asegura que ese fue el lapso que le llevó escribirla-. Explica que la familia Elliott, que es en torno a la cual gira la trama, empezó su existencia cuando él tenía siete años de edad.

"Cada octubre, cuando llegaba Halloween, la noche de brujas, mi tía Neva nos amontonaba a mí y a mi hermano en su viejo Ford T, para ir al campo de otoño a recoger mazorcas de maíz y calabazas silvestres, que traíamos a casa de mis abuelos. Colocábamos las calabazas en los rincones, poníamos las mazorcas en la entrada y trasladábamos las tablas de la mesa del comedor a la escalera, para que hubiera que deslizarse en lugar de bajar las escaleras. Neva me dejaba en el altillo, disfrazado de bruja con una nariz de cera, y escondía a mi hermano debajo de la escalera que subía a la buhardilla, e invitaba a sus celebrantes de Halloween a trepar durante la noche para entrar en casa. El ambiente era rampante y alegre. Entre mis más bellos recuerdos, guardo los de esta tía mágica que era sólo diez años mayor que yo." Ese sería, pues, el génesis de la familia Elliott, compuesta por brujos inmortales cuya saga dio principio, como ya se ha señalado, en 1945, con el cuento El viajero.

Si bien desde el principio queda establecida la importancia de la noche de brujas: "¡Gran abuela, mañana es la Gran Noche que he esperado toda mi vida! ¡La Familia, nuestra Familia, vendrá volando de todas partes del mundo!", he elegido este breve párrafo que hace mención de la fecha, sobre todo por su carga poética: "Todas las hojas otoñales del mundo convergieron en migraciones susurrantes sobre el centro de Norteamérica y cayeron a vestir el árbol que en un momento estaba desnudo, y al siguiente se veía adornado de hojas caídas del Himalaya, de Islandia y del Cabo, en colores rojizos y en sombríos ramos fúnebres, hasta que el árbol se sacudió para florecer pleno en Octubre y los frutos brotaron como calabazas cortadas el Día de Todos los Santos".

Para concluir, sólo una breve acotación más sobre el propio Bradbury: su testimonio Mi recuerdo favorito de Halloween, el poema Entre tanto (In-between) así como el relato El fornido (Heavy-set; originalmente publicado en la revista Playboy en el número de Octubre de 1964), están incluidos en el libro colectivo Sueños de octubre (October Dreams), que es una recopilación de cuentos, vivencias y poemas relacionados con la tradicional noche de brujas, desde la perspectiva de diversos autores.


Jules Etienne

* Ambrose Bierce es quien inspiró al personaje protagónico de la novela Gringo Viejo,
de Carlos Fuentes.

sábado, 29 de octubre de 2016

Día de los muertos: EL ÁRBOL DE LAS BRUJAS (The Halloween Tree), de Ray Bradbury


(Fragmento del capítulo 18)


Estaban suspendidos sobre México.
 
Estaban suspendidos sobre una isla en ese lago de México.
 
Allá abajo oyeron ladridos de perros en la noche.
 
En el lago iluminado por la luna vieron unos pocos botes que se movían como insectos acuáticos. Oyeron tocar una guitarra y un hombre cantó con una voz melancólica y aguda.
 
Muy lejos de allí, del otro lado de las obscuras fronteras, en los Estados Unidos, jaurías de chicos, pandillas de perros corrían riendo, ladrando, llamando de puerta en puerta, las manos cargadas de dulces tesoros, locos de alegría en la Noche de Brujas.
 
- Pero aquí... -susurró Tom.
 
- ¿Aquí qué? -preguntó Mortajosario, planeando a la altura de su codo.
 
- Oh, bueno, aquí...
 
- Y a lo largo de toda Sudamérica...
 
- Sí, en el sur. Aquí y en el sur. Todos los cementerios. Todos los camposantos están...
 
... llenos de cirios encendidos, pensó Tom. Mil cirios en este cementerio, cien en aquel camposanto, cien kilómetros más allá, diez mil lucecitas titilantes, cinco mil kilómetros más abajo hasta la punta misma de la Argentina.
 
- Es así como celebran...
 
- El Día de los Muertos. ¿Qué tal andas en español, Tom?
 
Tom tradujo la frase correctamente.
 
- ¡Caramba, sí! ¡Cometa, desármate!
 
La cometa bajó y se desmenuzó por última vez.
 
Los chicos rosaron por la orilla pedregosa del plácido lago.
 
Sobre las aguas flotaban nieblas.
 
Del otro lado del lago, había un cementerio a obscuras. Todavía no habían encendido los cirios.
 
De la niebla salió una barca que avanzaba silenciosa, sin remos, como si la marea la impulsara a través del agua.
 
Una figura alta, envuelta en un sudario gris, iba de pie, inmóvil, en un extremo de la embarcación.
 
La barca rozó suavemente las hierbas de la orilla.
 
Los chicos contuvieron el aliento. Pues, por lo que alcanzaban a ver, en el hueco de la capucha de la figura amortajada sólo había obscuridad.
 
- ¿Señor... señor Mortajosario?
 
Sabían que tenía que ser él.
 
Pero no respondió. Sólo la casi imperceptible luciérnaga de una sonrisa brilló un instante bajo la capucha. Una mano descarnada se movió llamando.
 
Los chicos se abalanzaron a la barca.
 
- ¡Sss! -musitó una voz desde la capucha vacía.
 
La figura hizo otro ademán, y el viento los tocó, y se deslizaron raudos por las aguas obscuras bajo un cielo nocturno tachonado con un billón de fuegos estelares nunca vistos.


Ray Bradbury (Estados Unidos, 1920-2012)

(Traducido del inglés por Matilde Horne)

viernes, 28 de octubre de 2016

Día de los muertos: UNA SERENATA PARA LUPE

Billie Dove: "A montar se va al rodeo."

(Fragmento sobre la víspera de halloween y el día de muertos)

Era la llamada noche de brujas, de máscaras y disfraces, júbilo festivo que precede al día de todos santos y al tradicional festejo de los muertos. En la ciudad de Los Ángeles y la región aledaña, donde conviven las dos culturas, la de los colonizadores hispanos originales con las costumbres anglosajonas de sus dueños formales, es posible ser partícipe o testigo de su dualidad cotidiana. Hay quienes sólo festejan halloween mientras otros van al cementerio a recordar sus difuntos. También abundan los que hacen las dos cosas. Al fin y al cabo ninguna es taxativa de la otra. A la casa de campo de Tom Mix,  donde se refugió durante la etapa de separación de su todavía esposa, acudieron los miembros de la cofradía con el ánimo noctívago de sus reuniones.

- Tenemos que pensar en una ceremonia de iniciación para Lupe –indicó Billie Dove, quien aparecía como la reina del grupo.
- Sí, todos hemos tenido una.
- A mí me dejaron dolorida toda la semana.
- ¿Cómo fue la de Tom? –inquirió Lupe, curiosa.
- La de Tom fue en la casa de Billie y como él presume de que es un gran vaquero, lo obligamos a montar en plena sala.
- ¿A caballo?

Todos rieron.

- A montar se va al rodeo.
- Sí, pero a Rodeo Drive.

Lupe se sintió instigada a reírse con los demás, hasta que le explicaron que al criado filipino de Billie lo habían disfrazado como el caballo que Mix montó.

- Y a pesar de que resultó más bronco que mi fiel Tony, nunca pudo derribarme –se jactó Mix.
- I can’t give you anything but love, baby –empezó a cantar Billie y pronto los demás se incorporaron formando un coro.
- That’s the only thing I got plenty off –siguieron cantando hasta que a la mitad de la canción dejaron que Lupe continuara sola. Ella marcaba con toda intención su acento, pronunciando con fuerza las “erres” y las “tes”, para llegar a la última estrofa, que le dedicó a Mix y quedaría como testimonio de la fugacidad de su relación:
- I can give you everything but love.

Tal vez, el criado filipino debió huir con algunas joyas de la Dove para compensar la humillación a la que lo habían sometido, pero quien sí huyó de una relación asfixiante fue Lupe, que nunca pudo acostumbrarse a las exigencias de Mix de que no bailara con nadie más sin primero pedirle permiso para hacerlo. La jaula en la que pretendió encerrarla resultó demasiado estrecha para una ave acostumbrada a volar. Años después, muchos periodistas continuaron refiriéndose a Lupe por su nombre de batalla de un club al que había dejado de pertenecer: Whoopie Lupi. Por su parte, Tom Mix seguiría recordando a Lupe como “la única yegua bruta que nunca pude domar.”


Jules Etienne

jueves, 27 de octubre de 2016

Una antología: CUENTOS SOBRENATURALES, de Carlos Fuentes


Para iniciar este período que culminará la próxima semana con el festejo de la noche de brujas y continuará después con el día de los muertos, resulta de lo más oportuno comentar le edición de Alfaguara que reúne las narraciones de Carlos Fuentes con temas sobrenaturales. Hace unos años se publicaron de manera simultánea dos antologías, una titulada Cuentos naturales, y la que ahora nos ocupa.
 
Entre los relatos se incluye Aura, que sin duda es clave para apreciar la obra de Fuentes. La narración en segunda persona me causó tal impresión desde mi acercamiento inicial, que opté por aprovechar ese recurso en mi propia novela Decir Adiós es morir un poco. Toda novela -solía asegurar el propio Fuentes- desciende de otra novela. Aura ha sido relacionada con Los papeles de Aspern, de Henry James, sobre todo a partir de que Ricardo Garibay lanzara la acusación de que se trataba de una copia. Valdría la acotación de que no sólo los escenarios son diferentes -Venecia y México-, mientras que en la obra de James la intención de su protagonista es apoderarse de las cartas y textos inéditos de un famoso poeta ya fallecido, y con el fin de conseguirlos se las ingenia para instalarse en la mansión de la anciana que los conserva, en Aura el personaje de Felipe Montero será contratado por la viuda de un general para que ordene y redacte sus memorias y es ella quien le pone como condición quedarse a vivir en su casa de la calle de Donceles, en la zona más antigua de la ciudad. Coinciden en esencia, ya que la trama se centra en los documentos en poder de las ancianas y ambas viven acompañadas por una sobrina. La narración de Aura difiere de manera contundente por el uso de la segunda persona y posee elementos sobrenaturales de magia y reencarnación de los que carece Los papeles de Aspern. Recreación o no, tal vez paráfrasis, su lectura sigue siendo un placer.

Chac Mool es el cuento más conocido de su primera obra publicada, el volumen de relatos Los días enmascarados. La figura de un antiguo dios azteca va adquiriendo vida propia hasta dominar por completo a su dueño: "Debo reconocerlo. Soy su prisionero. Mi idea original era bien distinta: yo dominaría a Chac Mool, como se domina un juguete."

Las referencias cinematográficas son constantes en la obra de Fuentes, sin embargo, Pantera en jazz, ingeniosa reelaboración de La Marca de la Pantera (Cat People, 1942), exhibida en España como La Mujer Pantera -que fue objeto primero de una secuela y de un remake con el mismo título, cuarenta años después-, es espléndida. Narrada en tercera persona, para describir el entorno, sueños y desvaríos del protagonista, como si se tratara de una morbosa cámara cinematográfica, es un recurso bien logrado. Tan sólo por su lectura se justifica plenamente la totalidad del libro. Se inspira en una película que siempre he disfrutado mucho -sobre todo en su versión más reciente-. De manera que desde un principio me encontraba predispuesto para que esta suerte de alucinación introspectiva resultara tan estimulante.

Tlactocatzine, del jardín de Flandes, también estaba incluido en la citada Los días enmascarados. Equivale al antecedente literario que germinaría años después en Aura.

Por boca de los dioses y Letanía de la orquídea, con abundancia de referencias históricas, transcurren la primera en México, a la que se refiere como la Gran Ciudad, y la segunda en Panamá -lugar de nacimiento de Fuentes, cuando su padre se encontraba cumpliendo encomiendas diplomáticas-, incurriendo en este último caso, en un excesivo regodeo en los modismos locales. Ninguno de los dos cuentos resulta particularmente memorable.

La antología continúa con La Muñeca Reina, que formaba parte de Cantar de ciegos. Dicho volumen se editó por primera vez en 1964, a finales de esa década y todavía en los años setenta, era lectura casi obligatoria en México, para lo cual contribuyó su adaptación al cine, que representó el debut de Ofelia Medina como el personaje de Amilamia, cuando era apenas una jovencita veinteañera (antes ya también se había filmado otro de sus cuentos: Las dos Elenas). Su primera línea siempre me ha parecido magnífica como introducción: "Vine porque aquella tarjeta, tan curiosa, me hizo recordar su existencia".

El robot sacramentado es un relato desconcertante y el más reciente de todos. Adán y Eva, conocidos como los Primeros Padres, de regreso al paraíso sólo que no el terrenal, del que fueron expulsados, sino en el cielo, se hartan de su condición de megaestrellas repartiendo autógrafos y acuden al Todopoderoso para pedirle, en lugar de la celebridad, el privilegio del anonimato. Este sería el aspecto, digamos, convencional del asunto, porque después será creada la generación Cratilo de robots, con idea alemana, diseño italiano, financiación francesa, programacíón japonesa, mercadotecnia norteamericana y fabricación en una maquila de la frontera mexicana. Los robots se rebelan porque desean tener nombres y no solamente números para identificarse. Cuando Adán y Eva se pierden y nadie tiene idea de dónde se encuentran, Dios solicita la ayuda de los autómatas. El relato fluye vigoroso evitando alguna vuelta de tuerca agazapada en la conclusión del mismo: "Sin que sus inventores multinacionales lo supiesen, los robots de la quinta generación adquirieron así las verdaderas funciones del cerebro, que son las de parecerse a los hombres y mujeres de una manera mucho más íntima y calurosa. Bautizados..." La última palabra, sin embargo, la tendrá Dios en el párrafo final.

Un fantasma tropical es muy breve, el relato en primera persona de un preadolescente de doce años, que "iba a cumplir los trece" -la misma edad de la inolvidable Lolita de Nabokov-, y "había leído en la escuela el cuento de Poe traducido por Cortázar, el de la carta robada".

Al final del volumen se ubica Aura y no era posible cerrar mejor. En total, poco menos de doscientas páginas de lectura que rescatan párrafos memorables, sobrenaturales o no, eso sería lo de menos, de un autor imprescindible para la literatura en nuestra lengua.


Jules Etienne

La ilustración corresponde a un fotograma de la película
La Marca de la Pantera (Cat People, 1982).

martes, 20 de septiembre de 2016

Páginas ajenas: CANTO PARA UN EQUINOCCIO, de Saint-John Perse

 
Canto para un equinoccio*
 
La otra tarde tronaba, y sobre la tierra de tumbas yo oía re-sonar
esa respuesta al hombre, que fue breve, y que no fue sino estrépito.
Amiga, el aguacero del cielo estuvo con nosotros, la noche de Dios fue nuestra intemperie,
y el amor, en todas partes, se remontaba hacia sus fuentes.
Lo sé, lo he visto: la vida se remonta hacia sus fuentes, el relámpago recoge sus utensilios en las canteras abandonadas,
el polen amarillo de los pinos se acumula en las esquinas de las terrazas,
y la semilla de Dios se dirige hacia el mar para unirse a las capas
malvas del plancton.
Dios el disperso nos reúne en la diversidad.
 
*
Señor, Dueño del suelo, mira cómo nieva, cómo el cielo está sin contraste, la tierra libre de toda enjalma:
tierra de Set y de Saúl, de Che Huang-ti y de Keops.
La voz de los hombres está en los hombres, la voz del bronce
en el bronce, y en algún lugar del mundo
donde el cielo quedó sin voz y el siglo no estuvo alerta,
nace en el mundo un niño cuya raza y cuyo rango no conoce ninguno, y el genio llama con golpes seguros en los lóbulos de una frente pura.
Oh Tierra, madre nuestra, no te inquietes por esa ralea: el siglo está dispuesto, el siglo es turbamulta, y la vida sigue su curso.
Se alza en nosotros un canto que no ha conocido su origen y que no tendrá estuario en la muerte.
Equinoccio de una hora entre la Tierra y el hombre.
 
 
* Canto para un equinoccio es el título que el propio autor eligió para su antología poética publicada en 1971. Como ominosa paradoja, falleció el 20 de septiembre de 1975, el día previo al equinoccio.
 
Saint-John Perse: Marie-René-Auguste-Alexis Leger
(Poeta en lengua francesa nacido en la isla de Guadalupe, 1887-1975) Obtuvo el premio Nobel en 1960.

miércoles, 17 de agosto de 2016

Canícula: MEMORIA, de Arthur Rimbaud

"Al pronto cenit, de su opacado espejo, envidia al cielo gris de canícula la Esfera rosa y amada."
 

I
 
El agua clara; como sal de lágrimas de infancia,
Asalto al sol de alburas de cuerpos de mujeres;
La seda, en turba y de lis puro, de oriflamas
Bajo muros que alguna doncella defendió;
 
Retozo de ángeles; -No… la corriente de oro en marcha,
Mece brazos, negros, y plúmbeos, y frescos ante todo, de hierba. Ella
Sombría, teniendo el Cielo azul por dosel, reclama
Por cortina la sombra de la colina y del arco.
 
II
 
¡Eh! ¡el húmedo cristal extiende sus borbotones límpidos!
El agua amuebla de oro pálido y sin fondo los lechos prevenidos.
Las ropas verdes y desteñidas de las niñas
Hacen los sauces, trampolín de los pájaros sin bridas.
 
Más puro que un luis, amarillo y caliente párpado
La caléndula del agua -¡tu fe conyugal, oh Esposa!-
Al pronto cenit, de su opacado espejo, envidia
Al cielo gris de canícula la Esfera rosa y amada.
 
III
 
Madame se yergue demasiado en la pradera
Cercana a donde nievan los hijos del trabajo; sombrilla
Entre los dedos; pisoteando la umbela; tan altiva para ella;
Niños leyendo en el verdor florido
 
¡Su libro de rojo marroquí! ¡Ay! Él, como
Mil ángeles blancos que se dispersan sobre la ruta
¡Se aleja más allá de la montaña! Ella, toda
Fría, y negra ¡corre! ¡Después de la partida de su hombre!
 
IV
 
¡Nostalgia de brazos prietos y jóvenes de hierba pura!
¡Oro de lunas de abril en el corazón del santo lecho! Alegría
De las canteras ribereñas del abandono; ¡prisioneras
De las tardes de agosto que hacían germinar las podredumbres!
 
¡Que ella llore ahora bajo los murallones! el hálito
De los álamos de lo alto es para la sola brisa.
Luego, en el río subterráneo, sin reflejos, sin manantial, gris:
Un viejo, dragador, en su barca inmóvil, pena.
 
V
 
Juguete de este ojo de agua triste, no podré tomar,
¡Oh inmóvil canoa! ¡oh! ¡brazos tan cortos! ni la una
Ni la otra flor: ni la amarilla que me inoportuna,
Allí; ni la azul, amiga del agua del color de la ceniza.
 
¡Ah! ¡ese tamo de los sauces que un ala sacude!
¡Las rosas de juncales devoradas hace tiempo!
Mi canoa, siempre fija; y su cadena arrojada
Al fondo de ese ojo de agua sin límites -¿en qué lodo?
 
 
Arthur Rimbaud (Francia, 1854-1891)