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Vancouver, atardecer en English Bay. (Fotografía de Jules Etienne)

lunes, 15 de agosto de 2016

Canícula: NO NOS PIDAS LA PALABRA..., de Eugenio Montale

 
No nos pidas la palabra que excrute por cada lado
nuestro ánimo informe, y con letras de fuego
lo declare y resplandezca como un azafrán
perdido en medio de un polvoriento prado.
 
¡Ah el hombre que se va seguro
de los demás y amigo de sí mismo,
y no cuida su sombra que la canícula
estampa sobre el descacarado muro!
 
No nos pidas la fórmula que pueda abrirte mundos,
sí alguna sílaba seca y torcida como una rama.
Sólo esto podemos hoy decirte,
lo que no somos, lo que no queremos.
 
 
Eugenio Montale (Italia, 1896-1981). Obtuvo el premio Nobel en 1975.
 
(Traducido al español por Lorenzo Peirano)

domingo, 14 de agosto de 2016

Canícula: FRANKIE Y LA BODA, de Carson McCullers

"Pero, como eran los días de la canícula, Charles no volvió."
 
(Fragmento)
 
Sólo eran las seis y media, y los minutos de la tarde brillaban como espejos. Había dejado de oírse el silbido que llegaba de afuera y en la cocina todo estaba en calma. Frankie estaba sentada frente a la puerta que daba al porche trasero. En un ángulo de la puerta había una gatera cuadrada, y junto a ella un platillo con leche agria de color lila. Al principio de la canícula el gato de Frankie había desaparecido. Y la canícula es así: son los días del final del verano en que por lo general no puede ocurrir nada, pero, si algo cambia, el cambio dura mientras duran los calores fuertes. Lo que se hizo no se deshace y si algo se hace mal no se corrige.
 
Aquel agosto, Berenice se rascó una picadura de mosquito en el brazo derecho y se le infectó: la herida no curaría hasta que terminara la canícula. Dos familias de cínifes de agosto habían elegido los ojos de John Henry para establecerse en ellos, y, por más que él pestañeara y se sacudiera, allí se quedaban. Luego desapareció Charles, el gato, Frankie no lo vio salir de casa, pero el 14 de agosto, por más que lo llamó para cenar, Charles no vino: se había marchado. Lo buscó por todas partes, y envió a John Henry a llamarle por su nombre por todas las calles del pueblo. Pero, como eran los días de la canícula, Charles no volvió. Todas las tardes Frankie decía exactamente unas mismas palabras a Berenice, y las respuestas eran siempre las mismas, de manera que ahora aquellas palabras eran como una aburrida tonada que canturreaban de memoria.
 
- Si por lo menos supiera adónde se ha ido...

- No te preocupes por ese viejo minino callejero. Ya te he dicho que no volverá.

- Charles no es callejero. Es casi un persa puro.

- Sí; tan persa como yo -decía Berenice. Me parece que ya no lo verás más.
 

Carson McCullers (Estados Unidos, 1917-1967)

sábado, 13 de agosto de 2016

Canícula: LAS FLORES DEL MAL, de Charles Baudelaire

"Estación de ensueño, en que la Musa se engancha durante un día entero al badajo de una campana."

IX
(Fragmento)
 
Era, sobre todo, en verano, cuando los plomos de los techados se fundían
Cuando aquellos grandes muros ennegrecidos en tristeza abundaban,
Cuando la canícula o el brumoso otoño,
Irradiaban los cielos con su fuego monótono,
Y hacían adormecer, en los esbeltos torreones,
Los vocingleros gavilanes, terror de los blancos pichones;
Estación de ensueño, en que la Musa se engancha
Durante un día entero al badajo de una campana;
Donde la Melancolía, al mediodía, cuando todo duerme,
El mentón en la mano, al fondo del corredor,
-La pupila más negra y más azul que la de la Religiosa
De la que cada uno sabe la historia obscena y dolorosa-,
Arrastra un pie fatigado por precoces molestias,
Y su frente humedece aún la languidez de sus noches.
 

Charles Baudelaire (Francia, 1821-1867)

viernes, 12 de agosto de 2016

Canícula: GRINGO VIEJO, de Carlos Fuentes

"El sol mexicano dejaría un paisaje desnudo bajo la lumbre."
 
(Fragmento del capítulo VII)

Este era el reino de la sombra, pero la luz era una tortura peor para ella. En la oscuridad del sueño, ella se hundía en el tórrido verano de las marejadas atlánticas, como se hundía en el calor de su propio cuerpo dormido. Eran suyas la misma humedad de las márgenes del Potomac y la vegetación mojada y lánguida, sólo en apariencia domesticada dentro de la ciudad de Washington, que en realidad invadía hasta el último rincón de los jardines perdidos, los estanques, los umbríos patios traseros cobijados por techos de verde humedad, alfombrados con los capullos muertos del cornejo blanco y el olor agridulce de los negros que se dejaban vivir a lo largo de la canícula con una difusión de días de cuerpos sudorosos y rostros polveados con desgano.
 
A medio camino entre Washington y México, iba a imaginar que había verano en Washington pero había luz en México. En su mente suspendida entre la memoria y la previsión, ambas iluminaciones desnudaban el espacio circundante. El sol mexicano dejaría un paisaje desnudo bajo la lumbre. El sol del Potomac se convertiría en una neblina luminosa capaz de devorar los contornos de los interiores, las salas, las alcobas, los espacios húmedos y huecos de los sótanos apestosos donde las gatas se refugiaban para parir sus ventregadas y la presencia desgastada de alfombras, muebles y ropajes viejos que lograban permanecer en Washington mientras la gente llegaba o partía con sus baúles, se reunían como fantasmas latentes y sin llama en medio de un denso aroma de musgo y naftalina.

Se preguntaba a veces: ¿Cuándo fui más feliz?


Carlos Fuentes (México, 1928-2012)

lunes, 8 de agosto de 2016

Canícula: EL GRAN GATSBY, de F. Scott Fitzgerald

"... los días del sol canicular de la playa. Lentas, las blancas alas del bote se movían contra el azul del firmamento."
 
(Fragmento del capítulo VII)
 
Yo salí con ellos a la terraza. En el verde estuario, estancado por el calor, un botecito de vela se arrastraba con lentitud hacia el mar más fresco. Los ojos de Gatsby lo siguieron por un momento; levantó la mano y señaló hacia el otro lado de la bahía.

- Vivo exactamente al frente de ustedes.

- Eso veo.

Nuestros ojos se elevaron por sobre el rosal y el prado caliente y las basuras llenas de malezas de los días de sol canicular de la playa. Lentas, las blancas alas del bote se movían contra el frío limite azul del firmamento. Más allá se extendía el ondulado océano con su miríada de plácidas islas.

-Ese es un buen deporte -dijo Tom, asintiendo con la cabeza-. Me gustaría estar con él allá una hora.

Almorzamos en el comedor, oscurecido también para contrarrestar el calor, pasando la alegría tensa con cerveza fría.

-¿Qué va a ser de nosotros esta tarde? -exclamó Daisy-, ¿y el día siguiente, y los próximos treinta años?

-No seas morbosa -dijo Jordan-. La vida comienza de nuevo cuando llega la frescura del otoño.


Francis Scott Fitzgerald (Estados Unidos, 1896-1940)

domingo, 7 de agosto de 2016

CANÍCULA, de Jorge Gaitán Durán

"De repente óyese una gota de agua, y otra, y otra más..."
 
El sol abrasa toda
vida. No mueve el viento
un árbol. Fuera del tiempo
está el fasto del día.
La canícula absorbe
las horas, los colores,
el silencio.
 
De repente óyese una gota
de agua, y otra,
y otra más, en la tarde.
Es la música.
 
 
Jorge Gaitán Durán (Colombia, 1924-1962)

sábado, 6 de agosto de 2016

Canícula: EL ÚLTIMO VERANO DE KLINGSOR, de Hermann Hesse

 
(Fragmento de La excursión a Careno)

Se quedaron. Desempacaron las provisiones; tendieron una mesa y corrió un exquisito vino blanco del norte, que evocaba ejércitos de recuerdos e imágenes. El afinador se había retirado, el piano desmontado callaba. Klingsor contempló compasivo al armazón de las cuerdas, luego cerró lentamente la tapa. Sus ojos le dolían, pero en su corazón el estío cantaba su canción, cantaba la madre sarracena, cantaba azul y cálido el sueño de Careno. Comió y bebió, chocó su copa contra las otras copas, charlando alegremente pero en su taller interior todo estaba alerta, su mirada perseguía al clavel de las rocas, a la flor de fuego, amoldándose como el agua en torno al pez. Un diligente cronista en su cerebro anotaba formas, ritmos. y movimientos, como en cifras de bronce.

Voces y risas llenaban la sala vacía. Bondadosa e inteligente resonaba la risa del doctor; profunda y gentil la de Ersilia, fuerte y baja la de Agosto, liviano como un trino la de la pintora, el poeta hablaba de cosas serias; Klingsor bromeaba; la Reina Roja se movía entre sus huéspedes, observándolos, un poco tímida, rodeada por delfines y corceles, ora en medio de los amigos, ora al lado del piano, sentándose en un almohadón, cortando pan, o escanciando vino con mano inexperta. Una ruidosa alegría remaba en la fresca sala; ojos negros y azules brillaban felices y detrás de las altas puertas luminosos de los balcones acechaba inmóvil la tórrida canícula.

En las copas siempre llenas brillaba el vino dorado, contrastando agradablemente con la frugal comida fría. El fulgor rojizo del vestido de la Reina se reflejaba ora aquí, ora allí en la amplia y alta sala; atentas y despiertas le seguían las miradas de los hombres. Desapareció y regresó con un pañuelo azul en la cabeza.

Después de comer se levantaron cansados satisfechos y se dirigieron alegremente al bosque donde se tendieron entre el pasto y musgo. Sombrillas relucientes; rostros encendidos bajo sombreros de paja; sol abrasador en el cielo ardiente. La Reina de las Sierras descansaba toda roja en el pasto verde; su cuello blanco y delgado se destacaba sobre el vestido llameante. Satisfecha y animada la botica se amoldaba a su pie esbelto. Klingsor cerca de ella la miraba, la estudiaba, la absorbía, como cuando muchacho leía, absorto y olvidado, el cuento de hadas de la reina de las Sierras. Descansando, dormitando, charlando y luchando con hormigas pasaban las horas; alguien creyó escuchar el arrastrar de una serpiente; cáscaras espinosas de castañas se enredaban en los cabellos de las mujeres. Klingsor pensaba en amigos ausentes que hubieran armonizado con la reunión. En realidad no eran muchos; únicamente añoraba a Luis el Cruel, el pintor de circos y tiovivos; su espíritu fantástico flotaba entre ellos.

La tarde transcurrió como un año en el paraíso. Al despedirse se rieron mucho y Klingsor se lo llevo todo atesorado en su corazón: la Reina, el bosque, el palacete, la sala de los delfines, los dos perros y el papagayo.
 

  Hermann Hesse (Alemania, 1877-1962). Obtuvo el premio Nobel en 1946.
 
La ilustración corresponde a una panorámica de Careno, Italia.

jueves, 4 de agosto de 2016

Canícula: EL LIRIO EN EL VALLE, de Honoré de Balzac

 
(Fragmento)

- Cese, señora -dije a mi vez-, de querer justificar al conde; haré todo cuanto quiera. Me lanzaría al instante al Indre, si pudiese así cambiar el carácter del señor de Mortsauf y darle una vida feliz. Lo único que no puedo rehacer es mi opinión; nada se encuentra más sólidamente tejido en mí. Le daría mi vida, mas no le puedo dar mi conciencia; puedo no escucharla, ¿pero puedo impedirle hablar? Así, pues, en mi opinión, el señor de Mortsauf está…
 
- Lo comprendo -dijo ella, interrumpiéndome con insólita brusquedad-, tiene razón. El conde está nervioso como una coqueta -replicó para suavizar la idea de la locura, suavizando la palabra-, mas no está así sino con grandes intervalos, una vez, a lo más, por año, en la canícula. ¡Cuántos males ha causado la emigración! ¡Cuántas hermosas existencias perdidas! Estoy segura de que él habría sido un gran guerrero, honor de su país.

- Lo sé -le dije, interrumpiéndola a mi vez y haciéndole comprender que era inútil tratar de engañarme.

Ella se detuvo, posó una de sus manos sobre su frente y me dijo:

- ¿Quién lo ha introducido así en mi intimidad? ¿Acaso quiere Dios enviarme un socorro, una viva amistad que me sostenga? -replicó ella, apoyando su mano sobre la mía con fuerza-. Pues usted es bueno, generoso…

Alzó los ojos al cielo, como para invocar un visible testimonio que le confirmase sus secretas esperanzas, y las cifrase en mí. Electrizado por aquella mirada que lanzaba un alma a la mía, cometí, según la jurisprudencia mundana, una falta de tacto; mas ¿no es en ciertas almas huir generosamente ante un peligro, deseando prevenir un choque, temiendo de una desgracia que no llega, y, más frecuentemente aún, no es la brusca interrogación hecha a un corazón, un golpe dado para constatar si resuena al unísono? Muchos pensamientos se alzaron en mí como resplandores, y me aconsejaron lavar la mancha que maculaba mi candor, en el momento en que preveía una completa iniciación.

- Antes de ir más lejos -le dije con una voz alterada por palpitaciones fácilmente oídas en el profundo silencio en que estábamos inmersos-, permitidme purificar un recuerdo del pasado…

- Cállese -me dijo ella vivamente, poniéndome sobre los labios un dedo que retiró en seguida.

Honoré de Balzac (Francia, 1799-1850)

miércoles, 3 de agosto de 2016

Canícula: TRES TRISTES TIGRES, de Guillermo Cabrera Infante

"Ahora se desentendía de artes encuadernatorias, de referencias bibliográficas..."
 
(Fragmento)
 
El joven, porque éste era el más joven de los dos hombres que miraban la opus magna que el maestro odioso y odiado sostenía en sus manos, registró en sus retinas resentidas guardas, cajo, tapa, tejuelo, cantonera, lomo, lomera, nervios, florón, estampaciones de rótulo, cabezadas, forro de tela, forro de papel, cosido de pliegos o cuadernillos, corte de cabeza, corte de pie, corte de delante, ilustración, margen de cabeza, margen exterior, boca, sobrecubierta, faja, y paseó leve ojeada sobre los textos. Ahora se desentendía de artes encuadernatorias, de referencias bibliográficas, de nomenclaturas librescas para sentir por debajo de la trinchera impermeable, que llevaba convenientemente cerrada a pesar de los aires de canícula tropical que soplaran en la altiplanicie, y sobre americana bien cortada pudo tantear con codo y antebrazo destral punzante, bien afilado a extremo de corto mango de teca blanca y pulimentada. Miró del libro a la noble cabeza encanecida y pensó que debería perforar cuero cabelludo, hueso occipital y atravesar membranas meníngeas (a, duramáter; b, aracnoide; c, piamáter) para hendir cerebro, traspasar cerebelo y quizás llegar a médulas oblongas, pues todo dependía de la fuerza inicial, momentum capaz de alterar su inercia homicida. «Tengo un santo horror a los diálogos», dijo otra vez el anciano, en ruso ahora, pero pensando cómo sonaría en alemán. Fue esta frase en ritornello lo que le movió a golpear.

 
Guillermo Cabrera Infante (Cuba, 1929-2005)

lunes, 6 de junio de 2016

Carnaval: CARNAVAL DE GERTI, de Eugenio Montale



Si la rueda se atasca en la maraña
de las serpentinas y el caballo
se encabrita entre la multitud, si te nieva
sobre cabellos y manos un largo escalofrío
de iris fluyentes o levantan los niños
las lastimeras ocarinas que saludan
tu viaje y los leves ecos se disgregan
puente abajo sobre el río,
si se despeja el camino y te conduce
a un mundo soplado en una trémula
burbuja de aire y de luz donde el sol
saluda tu gracia – quizá hayas encontrado
el camino que tentó un instante
el plomo fundido a medianoche cuando
el año acabó tranquilo, sin disparos.

Y ahora quieres descansar donde un filtro
convierte en despojos los sonidos
produciendo los sonrientes y acres
humos que te componen el mañana:
ahora preguntas por el país donde los onagros
muerden terrones de azúcar en tus manos
y de los rechonchos árboles despuntan brotes
milagrosos para el pico de los pavos reales.

(Oh tu Carnaval será esta noche
más triste que el mío, tú, rodeada de regalos
para los ausentes: carrozas teñidas
de rosoli, fantoches y arcabuces,
pelotas de goma, liliputienses utensilios
de cocina: la urna los destinaba
a cada uno de los amigos lejanos, en la hora
en que enero se entreabrió y en el silencio
se cumplió el sortilegio. ¿Es Carnaval
o diciembre todavía se demora? Pienso
que si mueves la manecilla del pequeño
reloj que llevas en la muñeca, todo
retrocederá en un deshecho prisma
babélico de formas y colores...)

Y llegará Navidad y el día de Año Nuevo
que vacía los cuarteles y te devuelve
a los amigos dispersos, y también volverá
este Carnaval que ahora se nos escapa
entre los muros que ya se resquebrajan.
¿Pides
tú que se detenga el tiempo sobre el pueblo
que en torno se dilata? Las grandes alas
jaspeadas te rozan, las galerías
empujan hacia fuera gráciles muñecas
rubias, vivas, las palas de los molinos
giran fijas sobre las charcas bulliciosas.
¿Pides que se entretengan las campanas
de plata sobre la aldea y el sonido ronco
de las palomas? ¿Pides tú las mañanas
trémulas de tus lejanas orillas?

Qué extraño y difícil se hace todo,
qué imposible es todo, dices tú.
Tu vida está aquí abajo, donde retumban
sin pausa las ruedas de los carromatos
y nada vuelve sino quizá en estos
imprevistos de lo posible. Regresa
allí, entre los muertos juguetes donde hasta morir
se niega; y con el tiempo que te late
en la muñeca y a la existencia te restituye,
entre los pesados muros que no se abren
al torbellino fatigado de los humanos,
vuelve al camino donde contigo me entristezco,
aquel que señaló un plomo congelado
a mis atardeceres, a los tuyos:
vuelve a las primaveras que no florecen.


Eugenio Montale (Italia, 1896-1981). Obtuvo el premio Nobel en 1975.

(Traducido al español por Carlos Vitale)

La ilustración corresponde a Figuras humanas surgen de la decoración de carnaval, de Agnieska Kalinowska.

domingo, 5 de junio de 2016

Carnaval: EL ABUELO, de Benito Pérez Galdós


(Fragmento)

«No, no son los sueños un carnaval en nuestro cerebro. Es que... bien claro lo veo ahora..., es que el mundo espiritual, invisible que en derredor nuestro vive y se extiende, posee la razón y la verdad, y por medio de imágenes, por medio de proyecciones de lo de allá, sobre lo de acá, nos enseña, nos advierte lo que debemos hacer...»
 
 
Benito Pérez Galdós (España, 1943-1920)

sábado, 4 de junio de 2016

Carnaval: POR EL CAMINO DE RICHTER, de Yuri Borísov

"¡El scherzo es como un carnaval de gente desnuda!"

(Fragmento del primer capítulo: Carnaval de Viena)

¿Ve? ¡Los he tocado «a ciegas» y me han salido a la primera! Pero usted no se cree que lo haya hecho «a ciegas», ¿verdad?

Las partes centrales de la obra me recuerdan a los dibujos de Egon Schiele. En Rusia este pintor es absolutamente desconocido. Retrata la auténtica Viena de principios de siglo, muy distinta a la de Klimt o Kokoschka.

El final de Carnaval en Viena no es para nada más sencillo: ¡al contrario, es muy difícil! Allí es como si todo ocurriera junto al despacho de un famoso doctor vienés. Una multitud de ansiosos pacientes, con sus neurosis y sueños acude a él. Todos ellos le cuentan su historia, aunque el doctor no se deja ver. Por supuesto, todos llevan máscara: ¡todo ocurre con el carnaval de fondo! En la primera parte hay el mismo abigarramiento. Mi padre vivió en Viena alrededor de veinte años, y mi debut en esa ciudad, en 1962, fue absolutamente desastroso. ¿Y sabe con qué empecé ese concierto? ¡Precisamente con el Carnaval de Viena! Aunque todo lo personal permanece oculto, porque ¡también aquí hay máscaras! De hecho, se parece al segundo acto de El murciélago. Como hay máscaras, hay engaño: nadie es quien pretende ser.

La romanza parece el carnaval a los ojos de un niño. Es como una pequeña obra maestra de Schiele: el niño está sentado, encorvado, con las piernecitas encogidas. Tiene los ojos muy abiertos y... las manos de viejo.

¡El scherzo es como un carnaval de gente desnuda! Schiele era un gran maestro en esto: la Viena más profunda, mucho más interesante que el monumento a Strauss o que el Prater. Al tocar puedo ver su danza torpe y absurda.


Yuri Borísov (Ruso nacido en Ucrania, 1956-2007)

(Traducido al español por Joaquín Fernández Valdés)

jueves, 2 de junio de 2016

Carnaval: RAYUELA, de Julio Cortázar

"... el carnaval florido de Niza..."

 (Fragmento)


Surgió entonces en mi vida el príncipe encantador, un aristócrata del alto mundo cosmopolita, de los resorts europeos. Me casé con él con toda la ilusión de la juventud, a pesar de la oposición de mi familia, por ser yo tan joven y él extranjero.
 
Viaje de bodas. París, Niza, Capri. Luego, el fracaso de la ilusión. No sabía adónde ir ni osaba contar a mis gentes la tragedia de mi matrimonio. Un marido que jamás podría hacerme madre. Ya tengo dieciséis años y viajo como una peregrina sin rumbo, tratando de disipar mi pena. Egipto, Java, Japón, el Celeste Imperio, todo el Lejano Oriente, en un carnaval de champagne y de falsa alegría, con el alma rota.
 
Corren los años. En 1927 nos radicamos definitivamente en la Côte d’Azur. Yo soy una mujer de alto mundo y la sociedad cosmopolita de los casinos, de los dancings, de las pistas hípicas, me rinde pleitesía. Un bello día de verano tomé una resolución definitiva: la separación. Toda la naturaleza estaba en flor: el mar, el cielo, los campos se abrían en una canción de amor y festejaban la juventud. La fiesta de las mimosas en Cannes, el carnaval florido de Niza, la primavera sonriente de París. Así abandoné hogar, lujo y riquezas, y me fui sola hacia el mundo...
 
Tenía entonces dieciocho años y vivía sola en París, sin rumbo definido. París de 1928. París de las orgías y el derroche de champán. París de los francos sin valor. París, paraíso del extranjero. Impregnado de yanquis y sudamericanos, pequeños reyes del oro. París de 1928, donde cada día nacía un nuevo cabaret, una nueva sensación que hiciese aflojar la bolsa al extranjero.
 
Dieciocho años, rubia, ojos azules. Sola en París.

 
Julio Cortázar (Argentino nacido en Bruselas, Bélgica en 1914; y fallecido en París, Francia en 1984).

lunes, 30 de mayo de 2016

Carnaval: LA REINA, de José Emilio Pacheco

"... la bisutería del cetro, la corona, el vestido. Atronaban aplausos y gritos de admiración."

(Fragmento)

Con grandes dificultades llegó a la esquina elegida. El calor y el estruendo informe, la promiscua contigüidad de tanto extraños le provocaban un malestar confuso. Entre aplausos apareció la descubierta de charros y chinas poblanas. Bajo gritos y música desfiló la comparsa inicial: los jotos vestido de pavos reales. Siguieron mulatos disfrazados de vikingos, guerreros aztecas cubiertos de serpentinas, estibadores con bikinis y penachos de rumbera.

Desfilaron cavernarios, kukluxklanes, la corte de Luis XV con sus blancas pelucas entalcadas y sus falsos lunares, Blanca Nieves y los Siete Enanos (Adelina sentía que la empujaban y la manoseaban), Barbazul en plena tortura y asesinatode sus mujeres, Maximiliano y Carlota en Chapultepec, pieles rojas, caníbales teñidos de betún y adornados con huesos humanos (la transpiración humedecía su espalda), Romeo y Julieta en el balcón de Verona, Hitler y sus mariscales llenos de suásticas, gigantes y cabezudos, James Dean al frente de sus rebeldes sin causa, Pierrot, Arlequín y Colombina, doce Elvis Presley que trataban de cantar en inglés y moverse como él. (Adelina cerró los ojos ante el brillo del sol y el caos de épocas, personajes, historias.)

Empezaron los carros alegóricos, unos tirados por tractores, otros improvisados sobre camiones de redilas: el de la Cervecería Moctezuma, Miss México, Miss California, notablemente aterrada por lo que veía como un desfile salvaje, las Orquídeas del Cine Nacional, el Campamento Gitano -niñas  que lloriqueaban por el calor, el miedo de caerse y la forzada inmovilidad-, el Idilio de los Volcanes según el calendario de Helguera, la Conquista de México, las Mil y una Noches, pesadilla de cartón, lentejuelas y trapos.

La sobresaltaron un aliento húmedo de tequila y una caricia envolvente: -Véngase, mamasota, que aquí está su rey-. Adelina, enfurecida, volvió la cabeza. Pero ¿hacia quién, cómo descubrir al culpable entre la multitud burlona o entusiasmada? Los carros alegóricos seguían desfilando: Los Piratas en la Isla del Tesoro, Sangre Jarocha, Guadalupe la Chinaca, Raza de Bronce, Cielito Lindo, la Adelita, la Valentina y Pancho Villa, los Buzos en el país de las sirenas, los astronautas y los extraterrestres.

Desde un inesperado balcón las Osorio, muertas de risa, se hicieron escuchar entre las músicas y gritos del carnaval: -Gorda, gorda: sube. ¿Qué andas haciendo allí abajo, revuelta con la plebe y los chilangos? La gente decente de Veracruz no se mezcla con los fuereños, mucho menos en carnaval.

Todo el mundo pareció descubrirla, observarla, repudiarla. Adelina tragó saliva, apretó los labios: Primero muerta que dirigirles la palabra a las Osorio. Por fin, el carro de la reina y sus princesas. Leticia Primera en su trono bajo las espadas cruzadas de los cadetes. Alberto junto a ella muy próximo. Leticia toda rubores, toda sonrisitas, entre los bucles artificiales que sostenían la corona de hojalata. Leticia saludando en todas direcciones, enviando besos al aire.

- Cómo puede cambiar la gente cuando está bien maquillada -se dijo Adelina. El sol arrancaba destellos a la bisutería del cetro, la corona, el vestido. Atronaban aplausos y gritos de admiración. Leticia Primera recibía feliz la gloria que iba a durar unas cuantas horas, en un trono destinado a amanecer en un basurero. Sin embargo Leticia era la reina y estaba cinco metros por encima de quien la miraba con odio.


José Emilio Pacheco (México, 1939)

domingo, 29 de mayo de 2016

Carnaval: KARNEVÁL, de Béla Hamvas


"Pero somos, y el gran misterio es la máscara..."
(Fragmento del segundo volumen, capítulo VII)
Sí. Entiendo que los seres humanos crecen, es decir, el cuerpo, su forma,  su imagen, es el gran misterio. Una máscara es sagrada. No debe despojarse de ella. Está prohibido. Se debe practicar el juego de la máscara. La sobriedad no es locura. La locura es nuestro estado natural. La máscara indica nuestra locura sagrada. ¿Realidad? Si tu cara fuese real, habría de sobrevivir por separado. Pero somos, y el gran misterio es la máscara, esta máscara. Ese es el gran misterio de la forma. Es decir, del cuerpo. Va en aumento. La santa ilusión. -
Pausa.
Béla Hamvas (Húngaro nacido en Eslovaquia, 1897-1968)

sábado, 28 de mayo de 2016

Carnaval: LOS ESCÁNDALOS DE CROME, de Aldous Huxley


"... y más vagamente aún con caro-carnis y sus derivados, como carnaval y carnación. Carminativo..."
(Fragmento)
- Se sufre mucho -continúo Dionisio- con eso de que las bellas palabras no significan nunca lo que deberían significar. No hace mucho, por ejemplo, se me ha echado a perder todo un poema, precisamente porque la palabra carminativo no significa lo que debería significar. Carminativo es admirable, ¿no es cierto?
- Admirable -asintío Mr. Scogan-. Pero, ¿qué significa?
- Es una palabra que yo había atesorado desde mi primera infancia -dijo Dionisio-, atesorado y amado. En mi casa me daban esencia de canela, cuando me hallaba resfriado -remedio inútil, pero no desagradable-. La vertían gota a gota, de unos frascos estrechos, en forma de dorado licor, fuerte y ardiente. En el rótulo había una lista de sus virtudes y entre otras cosas se decía que era en alto grado carminativo. Yo adoraba aquella palabra. "¿Será carminativo?", acostumbraba a decirme cuando tomaba mi dosis. Me parecía una palabra tan maravillosa para expresar aquella sensación de calor interior; aquel ardor, aquella -¿cómo lo diré?- satisfacción física que sentía después de beberme la canela. Más tarde, cuando descubrí el alcohol, la palabra carminativo expresaba para mí aquel ardor semejante pero más noble, más espiritual, que produce el vino, no sólo en el cuerpo, sino también el alma. Las virtudes carminativas del Borgoña, del ron, del viejo brandy, del Lacryma Christi, del Marsala, del Aleático, de la cerveza fuerte, de la ginebra, del champaña, del clarete, del crudo vino nuevo de las vendimias toscanas -yo las comparaba, las clasificaba-. El Marsala es rosadamente, aterciopeladamente carminativo; la ginebra pica y refresca al mismo tiempo que enardece. Me había formado toda una tabla de valores de carminación. Y ahora -Dionisio extendió las manos con las palmas hacia adelante, desesperado-, ahora ya sé lo que realmente quiere decir carminativo.

- Y bien ¿qué significa? -preguntó Mr Scogan, algo impaciente.

- Carminativo -dijo Dionisio, deteniéndose amorosamente en casa silaba-, carminativo. Yo vagamente imaginaba que tendría alguna relación con carmen-carminis, y más vagamente aún con caro-carnis y sus derivados, como carnaval y carnación. Carminativo... contenía la idea de canto, y la idea de carne sonrosada y cálida, con una evocación de las alegrías de la mi-Carême y las fiestas carnavalescas de Venecia. Carminativo... el calor, el ardor, el interior bienestar, todo ello estaba comprendido en aquella palabra. Y en lugar de eso...

- ¡Al grano, querido Dionisio! -protestó Mr. Scogan-. ¡Al grano!

- Pues bien, el otro día escribí un poema, -dijo Dionisio- escribí un poema sobre los efectos del amor.

- Otros han hecho lo mismo antes que usted -dijo Mr Scogan-. No hay motivo para avergonzarse.

- Yo quería expresar la idea -continuó Dionisio- de que los efectos del amor eran con frecuencia semejantes a los efectos del vino, esto es, que Eros podía embriagar lo mismo que Baco. El amor, por ejemplo, es esencialmente carminativo. Nos da la sensación de calor, de ardor...

Y la pasión, carminativa como el vino...

"Eso fue lo que yo escribí. No sólo el verso resultaba elegantemente sonoro; era también, me complacía en ello, muy propio y concisamente expresivo. La palabra carminativo, lo comprendía todo, ofrecía un primer plano detallado, exacto, y un inmenso, indefinido hinterland de sugestión.

Y la pasión, carminativa como el vino...

"En fin, que no me desagradaba. Y luego, de pronto, se me ocurre que, en realidad, yo no había nunca mirado aquella palabra en el diccionario. Carminativo había crecido, conmigo desde los tiempos del frasco de canela. Carminativo. Para mí, aquella palabra era tan rica de contenido como cualquier grandiosa y bien trabajada obra de arte; era un paisaje completo, con personajes y todo.

Y la pasión, carminativa como el vino...

"Era la primera vez que había confiado aquella palabra a la escritura, y sentía de pronto que necesitaba para ella una autoridad lexicográfica. Todo lo que tenía a mano era un pequeño diccionario inglés-alemán. Busqué la C, ca, car, carm. Allí estaba: Carminativo: Windtreibend. ¡Windtreibend! (¡Antiflatulento!) -repetía.
Mr. Scogan se echo a reír. Dionisio movió la cabeza.
- ¡Ah! -dijo- para mí aquello no era risible. Para mi señalaba el fin de un capítulo, la muerte de algo muy joven y precioso. En aquella palabra estaban contenidos los años de infancia y de inocencia -cuando yo creía que carminativo significaba, eso... carminativo. Y ahora, ante mi, yace el resto de mi vida-, un día, quizá diez años, medio siglo, durante los cuales ya sabré que carminativo significa windtreibend (Antiflatulento).
Plus ne suis ce qu j'ai été. Et ne le saurai jamais être.
- Es una revelación que le pone a uno meláncolico.
- Carminativo -dijo Mr. Scogan meditativamente.
- Carminativo -repitió Dionisio, y quedaron un momento silenciosos.


Aldous Huxley (Inglaterra, 1894-1963)

viernes, 27 de mayo de 2016

Carnaval: DECIR ADIÓS ES MORIR UN POCO (páginas 79 y 80)


Diana te ha llamado por navidad y año nuevo. El plan para llevarse a la niña resultó efectivo, puesto que llegó sin contratiempos. Por su parte, ella ha tenido que trabajar en algo diferente, a su familia no le iba a causar ninguna gracia que se anduviera encuerando enfrente de señores tomados y, como suele suceder en provincia, se practica el pasatiempo del chisme y es muy fácil que todo se sepa. Sugiere que la visites durante el carnaval, aunque sea para pasar unos días juntos.
(...)

En tu tierra también se festeja el carnaval. Cuando eras pequeño, tus padres te llevaban a ver los carros alegóricos y  las comparsas. La gente disfrazada tomaba por asalto las calles. Entonces no comprendiste por qué decían que las familias ya no se podían divertir, y tenían que retirarse cuando algún marido ofendido empezaba el forcejeo con el marciano, Capulina y un médico orate que le decía: "Nomás le sobé su nalguita porque le voy a inyectar unas vitaminas", presumiendo una enorme jeringa de cartón, mientras la mujer procuraba cubrir con un pañuelo las heridas en el rostro doblemente agraviado de su esposo. Tenías seis años entonces y hace tanto que saliste del puerto, que ignoras si todavía hay carnaval en Tampico. Aunque, en realidad, en las circunstancias actuales, unos disfraces más o menos no importan gran cosa.


Jules Etienne

jueves, 26 de mayo de 2016

Carnaval: BAILE DE MÁSCARAS, de Mikhail Lermontov


(Fragmentos de las escenas I y II)

Príncipe: Usted elude mi agradecimiento.
Arbenin: Para decirle la verdad, no lo soporto. Jamás, ni a nada ni a nadie le debo algo yo en la vida; y si a alguien he pagado con el bien, no ha sido por quererle demasiado, sino simplemente porque he visto utilidad en eso.
Príncipe: No le creo.
Arbenin: ¿Quién lo obliga a creerme? Estoy acostumbrado a eso desde hace mucho tiempo y si no fuera por pereza me volvería hipócrita... Pero terminemos esta conversación. (Pausa). Si nos fuéramos a divertir un poco, no nos haría mal ni a usted ni a mí... Hoy es fiesta y creo que hay baile de carnaval en la casa de Engelhardt.
Príncipe: Es cierto.
Arbenin: Vamos.
Príncipe: Estoy contento.
Arbenin (consigo mismo): Entre la multitud descansaré un poco.
Príncipe: Allá hay mujeres, ¡una maravilla!... Y hasta dicen que suelen ir...
Arbenin: Que digan, a nosotros qué nos importa. Bajo el disfraz, todas las clases son iguales; las máscaras no tienen alma, ni nombre; tienen cuerpo; y si la máscara esconde sus facciones, hay que quitarle el antifaz con audacia.
(Salen).

Escena II

Máscaras, Arbenin, luego el príncipe Zviezdich.
(La multitud se pasea en el escenario. A la izquierda, un canapé)

Arbenin (entrando): En vano busco distracción en todas partes. Vivaz y ruidosa es la multitud ante mis ojos, pero sigue frío mi corazón y duerme mi fantasía. Son todos extraños para mí y yo también un extraño para ellos. (Se acerca el príncipe, bostezando) He aquí la nueva generación... y yo también fui alguna vez joven como ellos, por lo visto. ¿Qué tal, príncipe? ¿No conquistó todavía alguna aventura?
Príncipe: ¿Qué hacer? Hace una hora que estoy buscando.
Arbenin: ¡Ah!, ¿usted quiere que la felicidad lo busque a usted? Eso es muy nuevo... habría que hacerle conocer...
Príncipe: Todas las mascaritas son muy tontas.
Arbenin: Las máscaras nunca son tontas; si calla, es misteriosa; si habla, es encantadora. Usted puede siempre imaginar una sonrisa, una mirada que adorne sus palabras... Por ejemplo, mire usted allí, cómo se yergue noblemente esa alta máscara disfrazada de otomana... ¡Qué gordita! ¡Cómo respira su pecho, con pasión y libremente! ¿La conoce? ¿No sabe usted quién es? Tal vez una orgullosa condesa o baronesa. Una Diana en la sociedad y una Venus en el baile de máscaras. También podría ser que esa hermosura lo visitase esta noche por media hora en su casa. En ambos casos, no pierda el tiempo. (Se aleja).

El príncipe y la mascarita.
(Un dominó se acerca y se detiene; el príncipe, de pie, muy pensativo).


Príncipe: Todo eso está muy bien... pero, sin embargo, yo continúo bostezando... Pero he aquí que llega una... ¡Ojalá, Dios mío, que tenga suerte!
(Una mascarita, separándose del grupo, le golpea el hombro).
Mascarita: ¡Yo te conozco!
Príncipe: Pero, por lo visto, poco.
Mascarita: Y hasta sé qué es lo que estás pensando.
Príncipe: Entonces eres más feliz que yo. (Tratando de mirar debajo del antifaz) Si no me equivoco, tiene una boquita espléndida.
Mascarita: ¿Te gusto? Tanto peor.
Príncipe: ¿Para quién?
Mascarita: Para alguno de los dos.
Príncipe: No veo por qué... No me asustarás con tus adivinanzas, y aunque no soy nada astuto, ya averiguaré quién eres.
Mascarita: Así es que crees estar seguro del fin de nuestra conversación...


Mikhail Lermontov (Rusia, 1814-1841)
La ilustración corresponde a una puesta en escena de Baile de máscaras, por la compañía teatral rusa Kolyada.

miércoles, 25 de mayo de 2016

CARNAVAL, de Adrian Păunescu

"Tenemos que estar enmascarados otra vez, sólo así podremos reconocernos..."


La mayor sorpresa
el choque más grande,
entre tanta locura,
el punto culminante
de nuestro baile de máscaras
en el que
nadie
ha conocido nunca a nadie
fue cuando alguien
tuvo
la genial idea
de que se parecieran
todas nuestras mujeres reales.
 
Tenemos que estar enmascarados
otra vez
sólo así podremos
reconocernos
para darnos
los buenos días.
 
 
Adrian Păunescu (Rumania, 1943-2010)