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Vancouver, English Bay, atardecer en abril.

domingo, 31 de mayo de 2015

Páginas ajenas: NOCHE DE MAYO o LA AHOGADA, de Nikolái Gógol


(Fragmento)

- Y mira ahí... -dijo Levko, volviéndose hacia Ganna-. Mira . Ahí, más allá de la casa, hay un alto acantilado. Desde allí se arrojó al agua la muchacha, que desde entonces desapareció del mundo.

- ¿Y la bruja? -preguntó con aire asustado Ganna, mirándole con ojos llenos de lágrimas.

- ¡La bruja!... Las viejas han inventado que a partir de ese tiempo todas las noches de luna salen las ahogadas al jardín del capitán de cosacos a calentarse bajo los rayos de la luna y que la hija de éste va a la cabeza de ellas. Una noche vio a su madrastra junto al estanque. Se abalanzó sobre ella y la arrastró con un grito hacia el agua, pero la bruja también aquí encontró su recurso. Se transformó debajo del agua en una de las ahogadas, y mediante este procedimiento se salvó de ser golpeada con verdes juncos por las demás. ¡Vete tú a creer a las babas!... Cuentan también que la hija del capitán de cosacos reúne todas las noches a las ahogadas y les mira una por una la cara, tratando de reconocer cuál de ellas es la madrastra, pero hasta ahora no ha podido saberlo. Y si cae en sus manos algún ser humano, lo obliga enseguida a adivinarlo. En caso contrario, amenaza con ahogarlo. ¡He aquí, mi Galiu, lo que cuenta la gente vieja!... El señor actual de esas tierras quiere construir ahí una bodega y ha enviado ex profeso a un vinicultor... Pero... Oigo hablar... Son los nuestros que han dejado ya sus cánticos. Adiós, Galiu; duerme tranquila y no pienses en esos cuentos de las babas.*

Diciendo esto, Levko la abrazó con más fuerza, la besó y se fue.


Jules Etienne

* Según tengo entendido, en lengua ucraniana -lugar en el que se ubica la acción del relato y de donde era originario su autor-, baba significa partera. Y suelen ser personajes que gozan de cierta importancia, siempre presentes en la mitología, folclor y literatura que narran las costumbres y tradiciones de dicha región.

jueves, 28 de mayo de 2015

Páginas ajenas: LA HORA, de Juana de Ibarbourou

"¡Tómame ahora que aún es temprano y que tengo rica de nardos la mano!"

Tómame ahora que aún es temprano
y que llevo dalias nuevas en la mano.
 
Tómame ahora que aún es sombría
esta taciturna cabellera mía.
 
Ahora, que tengo la carne olorosa,
y los ojos limpios y la piel de rosa.
 
Ahora, que calza en mi planta ligera
la sandalia viva de la primavera.
 
Ahora, que en mis labios repica la risa
como una campana sacudida a prisa.
 
Después... ¡ah, yo sé
que ya nada de eso tendré!
 
Que entonces inútil será tu deseo
como ofrenda puesta sobre un mausoleo.
 
¡Tómame ahora que aún es temprano
y que tengo rica de nardos la mano!
 
Hoy, y no más tarde. Antes que anochezca
y se vuelva mustia la corola fresca.
 
Hoy, y no mañana. Oh amante, ¿no ves
que la enredadera crecerá ciprés?
 
 
Juana de Ibarbourou (Uruguay, 1892-1879)

miércoles, 27 de mayo de 2015

Largo fue el día de mayo y fragante la noche...


En la poesía de Ricardo Molina (1917-1968) se advierten algunas estrofas afortunadas que hacen referencia al mes de mayo. Por ejemplo, su Elegía XII inicia así: "Dicen que el mes de mayo es el mes del amor,/ pero yo me pregunto si hay alguna estación/ que no lo sea..."

Antes, en la Elegía III dice: "soñando bajo el sol y a la vuelta perdidos,/ pálidos y perdidos en la luna de mayo", culmina con una nostalgia muy lograda:

Largo fue el día de mayo y fragante la noche.
Como sombras pasamos entre los juncos húmedos.
El viento se enredaba en los avellanares.
El arroyo expiraba en un verde gemido
y el viento se extendía sobre nosotros mudo.

Su Elegía X abre con la siguiente estrofa: "En las tardes de mayo cuando el aire brillaba/ con un azul radiante y en las olas del musgo/ se mecía la blanca flor de la sanguinaria,/ te amaba casi más que a nadie en este mundo". Para después establecer: "¿si las tardes de mayo son tan claras y bellas/ y te amo, amor mío, más que a nadie en el mundo?" Y desembocar finalmente en el desengaño: "No creíste, ah, nunca creíste que pudiera/ acabar el amor de aquella primavera,/ pero la vida es siempre más larga que el amor/ y si la dicha es bella como una flor de mayo,/ como una flor de mayo breve es también su flor".

Estas líneas pertenecen a Invitación a la dicha: "Bésame ahora que es primavera/ y el chamariz canta y vuela en un árbol,/ ahora, amor mío, que estamos en mayo". Este poema se expone a la inevitable comparación con La hora, de la uruguaya Juana de Ibarbourou.

¡Tómame ahora que aún es temprano
y que tengo rica de nardos la mano!
 
Hoy y no más tarde. Antes que anochezca
y se vuelva mustia la corola fresca.

Se percibe una similitud entre dichos poemas que me parece requiere de mayor atención, por lo que en los días subsecuentes me ocuparé de ambos con el fin de procurar algo más conclusivo.


Jules Etienne 

martes, 26 de mayo de 2015

Madeleine: PRESAGIO (del poemario Mitología del olvido)

"... por esa docilidad ingrávida con la que te deslizabas entre las sábanas, la risa fácil de tus años precoces..."

a Madeleine
 
Llegué a creer que te amaba
por esa docilidad ingrávida
con que te deslizabas entre las sábanas,
la risa fácil de tus años precoces
y una ternura rubia de niña desvalida.
También supuse que me amabas,
por estas manos ávidas de recorrer
el contorno de tu cuerpo
y la necedad de mi otoño en tus labios.
Pero entre tus delirios errantes
y la infidelidad de mi fantasía
con tanto tiempo nuestro
malgastado en ofensas,
el itinerario incierto de este oficio
con sus palabras silentes
una mañana, al despertar, ya no estabas.
Destino de amantes que parece inevitable:
cada quien tendrá su propio olvido.
 
 
Jules Etienne

lunes, 25 de mayo de 2015

Madeleine: PARADISO o «le revenant», de Leopoldo María Panero

"... pero había días en que Havre–Caumartin era la cárcel, o el pozo en que se está tres jugadas..."

(Párrafo inicial)
 
I
 
Amaba al metro más que a una mujer: sus laberintos, sus encrucijadas, sus dobleces, sus sorpresas, el jeroglífico de sus flechas, el misterio de sus hombres, la infinita aventura de vivir siempre la otra vida: amaba al Metro más que a toda mujer. Era algo así como el “juego de la oca”, Le noble jeu de l´oie, en aquella antigua edición que me regalara mi madre, tan improbable, tan lejana, ya, tan insultada y tan violada por el tiempo: pero había días en que Havre–Caumartin era la cárcel, o el pozo en que se está tres jugadas, otras en que Étoile–Nation era un puente para ir lejos, más lejos. Eso era el decorado inefable: luego estaban los personajes: aquella mujer húngara que hablaba siempre sola en su idioma extraño, el clochard demasiado gigantesco que llenaba con su voz todo el vagón, el hombre que tenía en su frente la media luna. Al salir afuera, llovía siempre, era la noche eterna, y los hombres vagaban como extraviados, libres de aquellos hilos que en el Metro les unían como para un baile o un rito antiguo; así: las trenzas de esa chica que no puede sino sobrellevar el nombre de Madeleine, me llevan directamente, como una flecha, al cabello enrarecido de la Vieja, porque ambos emblemas significaban lo mismo, en aquella sobrenatural lotería: a la primera, y a todas las que como ellas debían por fuerza llamarse Madeleine, yo le había puesto el nombre de “la blanca”, dispensadora de suerte; a la segunda, el de “la gracia”, como la Parca antigua de los griegos, que por la muerte la donaba.
 
 
Leopoldo María Panero (España, 1948-2014)

domingo, 24 de mayo de 2015

Madeleine: MADELEINE EN LA LAMPARILLA DE NOCHE, de René Char

"Mas ellos olvidaron al partir cubrir la lamparilla de noche..."
 
Yo querría hoy que la hierba fuese blanca para pisar la evidencia de verte sufrir: yo no miraría bajo tu mano joven la forma dura, sin enlucido, de la muerte. Un día discrecional, otros, sin embargo, menos ávidos que yo, quitaron vuestra camisa de tela, ocuparon vuestra alcoba. Mas ellos olvidaron al partir cubrir la lamparilla de noche y un poco de aceite se derrama por el puñal de la flama sobre la imposible solución.

 
René Char (Francia, 1907-1988)
 
(Traducido del francés por Wilfredo Carrizales) 

sábado, 23 de mayo de 2015

Madeleine: SUITE FRANCESA, de Irène Némirovsky

"En su boca, en sus palabras un tanto vacilantes, todos aquellos sucesos perdían su resonancia trágica."
 
(Fragmento del capítulo 24)
 
Jean-Marie sólo veía a sus anfitriones a la hora de las comidas. El resto del día lo dejaban en manos de la anciana. Al atardecer, dos chicas jóvenes se sentaban junto a él. A una la llamaban «la Cécile» y a la otra «la Madeleine». Al principio, Jean-Marie creyó que eran hermanas. Pero no. La Cécile era la hija de la granjera y la Madeleine, una huérfana. A las dos daba gusto verlas, porque eran, si no atractivas, lozanas; Cécile tenía una cara redonda, ojos negros y vivos, y Madeleine, rubia y más fina, unas mejillas resplandecientes, sedosas y sonrosadas como la flor del manzano. Las chicas lo pusieron al corriente de los acontecimientos de la semana. En su boca, en sus palabras un tanto vacilantes, todos aquellos sucesos, extraordinariamente graves, perdían su resonancia trágica. «Es muy triste», decían, o: «Todo esto no es nada agradable», o: «¡Ay, señor, estamos muy preocupadas!» Jean-Marie se preguntaba si era una forma de hablar habitual entre la gente de la región o algo más profundo, que tenía que ver con el alma misma de aquellas chicas, con su juventud, un instinto que les decía que las guerras pasan y el invasor se marcha, que la vida, incluso deformada y mutilada, continúa.

 Irène Némirovsky
(Escritora en lengua francesa nacida en Rusia y muerta en Auschwitz, 1903-1942).
 
(Traducido al español por José Antonio Soriano Marco)

viernes, 22 de mayo de 2015

Madeleine: LA NÁUSEA, de Jean Paul Sartre

"Flotaba, me aturdían las brumas luminosas que me penetraban por todas partes a la vez."

(Fragmento del capítulo Las cinco y media)

Sentí una viva decepción en el sexo, un largo cosquilleo desagradable. Al mismo tiempo, sentía que la camisa me rozaba la punta de los pechos, y la impresión de que un lento torbellino encendido me rodeaba, me llevaba, un torbellino de bruma, de luces, en el humo, en los espejos, en las banquetas que brillaban en el fondo, y no veía por qué estaba allí, ni por qué pasaba eso. Me había detenido en la puerta, no sabía si entrar, y entonces se produjo un remolino, pasó una sombra por el techo y me sentí empujado hacia adelante. Flotaba, me aturdían las brumas luminosas que me penetraban por todas partes a la vez. Madeleine vino flotando a quitarme el sobretodo, y observé que se había estirado el pelo y llevaba pendientes: no la reconocí. Yo miraba sus grandes mejillas, que corrían interminables hacia las orejas. En el hueco de las mejillas, bajo los pómulos, había dos manchas color de rosa, bien aisladas, que parecían aburrirse en esa carne pobre. Las mejillas corrían, corrían hacia las orejas, y Madeleine sonreía:
 
- ¿Qué toma usted, señor Antoine?
 
Entonces me dio la Náusea: me dejé caer en el asiento, ni siquiera sabía dónde estaba; veía girar lentamente los colores a mi alrededor; tenía ganas de vomitar. Y desde entonces la Náusea no me ha abandonado, me posee.
 
 
Jean Paul Sartre (Francia, 1905-1980) Obtuvo el premio Nobel de literatura en 1964.

miércoles, 20 de mayo de 2015

Madeleine: DE ENTRE LOS MUERTOS, de Boileau-Narcejac

"... detestaba el ejército, la guerra y aquel teatro demasiado lujoso..."
 
(Fragmento inicial del capítulo II)

«Debo parecer un estúpido» pensaba Flavieres. Fingía que jugaba distraídamente con sus gemelos de nácar y trataba de parecer importante y hastiado, pero no se podía decidir a llevarse los gemelos a los ojos para mirar a Madeleine. Había muchos uniformes a su alrededor. Las mujeres que acompañaban a los oficiales tenían gesto de satisfacción orgullosa y Flavieres las odiaba; detestaba el ejército, la guerra y aquel teatro demasiado lujoso lleno de rumores marciales y frívolos. Cuando volvía la cabeza, veía a Gevigne con las manos cruzadas sobre la barandilla del palco. Madeleine estaba un poco más atrás, con la cabeza graciosamente inclinada; parecía morena, esbelta, pero Flavieres sólo distinguía confusamente sus facciones. Tenía la impresión de que era bonita, con un algo ligeramente travieso, tal vez a causa de su cabellera demasiado abundante. ¿Cómo había podido el grueso de Gevigne hacerse amar por una mujer tan elegante? El telón se había alzado para un espectáculo que no interesaba a Flavieres. Había cerrado los ojos; pensaba en la época en que Gevigne y él compartían la misma habitación, por economía. Los dos eran igualmente tímidos y las estudiantes se burlaban de ellos, y a propósito, se hacían provocativas. Por el contrario, había jóvenes que conquistaban todas las mujeres que querían. Sobre todo uno, a quien llamaban Marco. No era muy inteligente ni muy guapo. Un día, Flavieres le interrogó. Marco le contestó sonriendo:
 
- Háblales como si ya te hubieras acostado con ellas. ¡Es el único medio!
 
Flavieres no se había atrevido nunca a hacerlo. No sabía ser insolente. Ni siquiera sabía tutear. Sus colegas, cuando era un joven inspector, se burlaban de él, lo consideraban como un tipo extraño. Se le temía un poco. ¿En qué momento se había atrevido Gevigne? ¿Con qué mujer? Tal vez con Madeleine. Flavieres la llamaba Madeleine, como si se tratara de una aliada, como si Gevigne fuera su enemigo común. Trataba de imaginar el comedor del Continental. Se veía cenando con Madeleine por primera vez, haciendo una señal al maître, escogiendo los vinos. ¡No, imposible! El maître le habría mirado con desdén. Y luego habría que atravesar el inmenso comedor... y, más tarde, la habitación... Madeleine desvistiéndose... ¡Al fin y al cabo, era su mujer!... Flavieres volvió a abrir los ojos, se removió, sintió deseos de abandonar la partida. Pero estaba aprisionado en el centro de una fila y hacía falta mucho aplomo para molestar a tantos espectadores. A su alrededor resonaron risas, unos cuantos aplausos que se contagiaron rápidamente, invadieron la sala, se mantuvieron durante un minuto y se extinguieron. Los actores hablaban del amor, evidentemente. ¡Ser actor! Flavieres se estremeció de asco, con vergüenza, por el rabillo del ojo, buscó a Madeleine. En la penumbra dorada destacaba como un retrato. Las joyas relucían en su cuello, en sus orejas. También sus ojos parecían luminosos. Escuchaba, con el rostro inclinado, como esas desconocidas que se admiran en los museos, La Gioconda, La Belle Ferronière...


Pierre Boileau (Francia, 1906-1989)
Thomas Narcejac: Pierre Ayraud (Francia, 1908-1998)

martes, 19 de mayo de 2015

Madeleine: MADELEINE FÉRAT, de Émile Zola


(Fragmento)

Madeleine rondaba los veinte años. Llevaba un vestido muy sencillo de tela gris, enmarcado por una guarnición de cintas azules; un pequeño sombrero de paja coronaba su admirable cabellera de un rojizo ardiente con reflejos dorados, que se escapaba para formar un chongo detrás de su cabeza. Era una muchacha alta y bella, cuyos miembros fuertes y flexibles proyectaban una rara energía. Su rostro era característico. En su parte superior tenía una solidez casi masculina, no había líneas suaves en la piel de su frente; las sienes, la nariz y las mejillas acusaban las redondeces de su estructura ósea, dando a la figura una apariencia con el frío y la firmeza del mármol. La parte inferior de la cara, por el contrario, era de una delicadeza exquista, tenía una suavidad voluptuosa en sus mejillas y en las esquinas de la boca se formaban un par de hoyuelos; la barbilla, fina y nerviosa, desembocaba suavemente en el cuello; las facciones ya no eran tensas ni rígidas, eran graciosas, móviles, y cubiertas por el sedoso plumón de su piel, poseían una infinita variedad de expresiones y una adorable encanto; en el centro, los labios un poco gruesos, de un rosa vivo, parecían demasiado rojos para esa tez tan blanca, a la vez severa e infantil.


Émile Zola (Francia, 1840-1902)

lunes, 18 de mayo de 2015

Madeleine: AMAURY, de Alexandre Dumas

"Antoinette dejó el piano al oír esto y cruzando con ella una mirada de inteligencia, repuso..."
 
(Fragmento inicial del capítulo II)

El joven dijo a su amada en voz baja:
 
- ¡Es un horrible tormento, Madeleine, el no poder vernos con libertad y a solas muy de tarde en tarde! ¿Crees que es casualidad o que tu padre lo ha dispuesto de este modo?
 
- No sé qué pensar, Amaury -respondió Madeleine-. Sólo puedo decirte que lo siento como tú. Cuando podíamos vernos a todas horas no sabíamos apreciar en su justo valor nuestra dicha. No en vano dicen que la sombra es lo que hace que el sol sea deseable.
 
- ¿Hay inconveniente en que hagas comprender a Antoinette que nos prestaría un señalado servicio alejando de aquí por un rato a la señora Braun? Me parece que se queda aquí más por costumbre que por prudencia, y no creo que tu padre le haya dado el encargo de vigilarnos.
 
- Ya se me ha ocurrido muchas veces, y es el caso que no sé a qué atribuir el sentimiento que me veda el hacer eso. Siempre que abro la boca para hablar de ti a mi prima siento que se ahoga la voz en mi garganta. Y sin embargo, no ignora ella que te quiero.
 
- También yo lo sé, Madeleine; pero necesito que me lo digas tú misma en alta voz. Para mí no hay dicha comparable a la que disfruto al verte, y así y todo preferiría privarme de ella a tener que contemplarte ante personas extrañas, frías e indiferentes que obligan al disimulo. No acierto a expresarte lo que en este momento me mortifica semejante tiranía.
 
Madeleine se levantó y dijo sonriente:
 
- Amaury, ¿quieres ayudarme a buscar en el jardín algunas flores? Estoy pintando un ramo y el que hice ayer se ha marchitado ya.
 
Antoinette dejó el piano al oír esto y cruzando con ella una mirada de inteligencia, repuso:
 
- Madeleine, no debes salir al aire libre y exponer tu salud con el tiempo frío y nebuloso que está haciendo. Ya iré yo. ¡Verás qué ramo tan precioso voy a traerte! Señora Braun, hágame el favor de traerme al jardín el ramo que verá usted en un jarro del Japón sobre una mesita del cuarto de Madeleine, porque hay que hacerlo enteramente igual a ése.
Diciendo esto bajó al jardín por la escalinata, mientras que el aya, que no tenía que cumplir orden alguna respecto a Amaury y a Madeleine y que conocía los vínculos de afecto que les unían desde la niñez, iba en busca del ramo.
 
Amaury la siguió con los ojos, y así que la perdió de vista tomó con dulzura la mano de Madeleine, exclamando con acento apasionado:
 
- ¡Ya nos han dejado solos, siquiera sea por un instante! Aprovechémoslo, Madeleine: mírame, dime que me amas, pues a ser sincero, desde que he visto a tu padre tan transformado, voy dudando ya de todo. De mí, bien sabes que te amo, que te amo con todo mi ser.
 
Alexandre Dumas (Francia, 1802-1870)

sábado, 16 de mayo de 2015

Madeleine: LA SEÑORITA DE MAUPIN, de Théophile Gautier


(Fragmento del capítulo XV)
 
Había enviado mi caballo y mis ropas a una pequeña alquería que poseo a cierta distancia de la villa. Allí me vestí, monté a caballo y partí, no sin sentir una singular opresión en mi corazón. No lamentaba nada ni dejaba tras de mí parientes, amistades, ni perro ni gato, y no obstante me sentía triste, casi con lágrimas en los ojos; aquella finca donde no había estado más de cinco o seis veces no tenía nada de particular o añorado por mí; no era, pues, por el afecto que tomamos a ciertos lugares y nos enternece cuando hemos de abandonarlos, pero volví la cabeza un par de veces para ver su silueta azulada entre los árboles.
 
Allí era donde, con mis vestidos y mis sayas, había dejado mi título de mujer; en la habitación en la que me arreglé quedaban veinte años de mi vida, que ya no contaban ni me importaban. Se podía escribir en la puerta: Aquí yace Madeleine de Maupin; porque en efecto, ya no era Madeleine de Maupin sino Théodore de Serannes, y nadie volvería a llamarme con el dulce nombre de Madeleine.
 
El cajón en que dejé encerrados mis vestidos, desde entonces inútiles, me pareció el féretro de mis blancas ilusiones; ahora era un hombre, o al menos tenía su aspecto: la muchacha estaba muerta.
 
Cuando perdí de vista los castaños que rodeaban la quinta, me pareció que no era yo, sino otra persona, y recordé mis antiguos actos como los de una persona extraña, a los cuales hubiera asistido, o como el principio de una novela cuya lectura no hubiese terminado.
 
Recordaba complacida mil detalles cuya pueril ingenuidad me hacía sonreír de indulgencia, un tanto burlona a veces, como un joven libertino que escuchase las confidencias arcádicas y pastoriles de un colegial de tercero; y, en el momento en que me apartaba de allí para siempre, todas mis puerilidades de niña y de joven acudían al borde del camino para hacerme señales de amistad y enviarme besos con la punta de sus dedos blancos y afilados.
 
Piqué espuelas a mi caballo para sustraerme a tan desesperantes emociones; los árboles desfilaron rápidamente a derecha e izquierda; pero un alocado enjambre, con un zumbido más fuerte que el de una colmena, empezó a perseguirme por las avenidas laterales, llamándome: ¡Madeleine! ¡Madeleine!


Téophile Gautier (Francia, 1811-1872)
 
La ilustración corresponde al grabado original del capítulo XV, de Francois-Xavier Le Sueur y Édouard Toudouze. 

viernes, 15 de mayo de 2015

Madeleine: L'AMOUR DE MADELEINE (El amor de Magdalena), anónimo rescatado por Rainer María Rilke

"¿Podrá acaso desenredar sus pies de las redes de toda tu cabellera?"

(Fragmento)

Suéltate el cabello, Magdalena, y ata con él los pies de Jesús. ¡Qué cadenas más delicadas dispone Magdalena para su vencedor al que quiere hacer su cautivo! Magdalena, no temas. Aquél que confiesa en el santo Cantar que "se deja prender el corazón con un solo cabello de su Esposa", ¿podrá acaso desenredar sus pies de las redes de toda tu cabellera? Pero, ¿y si escapa?, ¿y si estas ataduras las rompe sin esfuerzo? No, no: no busques otras. Conoce el genio del amor: no rehúsa ser cautivo, pero quiere a la vez ser libre. Quiero decir que sólo quiere ser cautivo por su propia voluntad. Quiere lazos delicados y tiernos; lazos que no sean fuertes más que porque nadie quiere romperlos. Así pues, tu cabellera basta para prenderlo y comprometerlo; no hallarás lazos mejores.
 
 
Sermón anónimo francés (que algunos atribuyen a Bossuet) del siglo XVII encontrado por Rainer María Rilke en la tienda de un anticuario en 1911.
 
(Traducido al español por  Nicole d'Amonville Alegría)

jueves, 14 de mayo de 2015

Tu boca y Madeleine: HERZOG, de Saul Bellow


(Fragmento)
 

Su rostro afeitado, murmurando ante el espejo, tenía grandes ojeras. Está muy bien, pensó... A pesar de que no hay mucha luz, se ve que eres un hombre muy guapo. Todavía puedes pasar bastante tiempo conquistando mujeres. Conquistándolas a todas menos a esa bruja, Madeleine, cuya cara no se sabe si es hermosa o muy desagradable. Anda, pues, que Ramona te alimentará, te dará vino, te quitará los zapatos, te halagará, te besará, y te dará mordisquitos con sus lindos dientes. Luego abrirá la cama, apagará las luces, e irá a lo esencial...  Estaba medio elegante, medio fachoso. Siempre había sido ése su estilo. Así, si se anudaba la corbata con gran cuidado, tenía sueltos los cordones de los zapatos. Su hermano Shura, inmaculado con sus trajes hechos por los mejores sastres, con afeitados, pelados y manicura de Palmer House, le decía que su descuido era a propósito. En tiempos quizá fuese un desafío juvenil a las conveniencias, pero ahora ese descuido de las apariencias formaba ya parte de la comedia diaria de Moses E. Herzog. Ramona solía decirle: «No eres un verdadero y puritano americano. Para lo que tú tienes talento es para la sensualidad. Tu boca te traiciona.» Y cuando le oía esto, Herzog no podía evitar ponerse los dedos sobre los labios. Pero luego se reía mucho. Sin embargo, le fastidiaba que ella no le reconociese como un verdadero americano. Eso le dolía. ¿Qué era él, pues, sino un norteamericano? En el servicio militar, sus compañeros también le consideraban como un extranjero.

 


Saul Bellow
(Estadounidense nacido en Canadá, 1915-2005).
Obtuvo el premio Nobel en 1976.
 
 
 La ilustración corresponde a la portada del libro en la edición italiana de Oscar Mondadori, colección Clásicos Modernos. 

miércoles, 13 de mayo de 2015

Tu boca y Madeleine: CUARTO POEMA SECRETO A MADELAINE, de Guillaume Apollinaire



Mi boca tendrá ardores de averno,
mi boca será para ti un infierno de dulzura,
los ángeles de mi boca reinarán en tu corazón,
mi boca será crucificada
y tu boca será el madero horizontal de la cruz,
pero qué boca será el madero vertical de esta cruz.
Oh boca vertical de mi amor,
los soldados de mi boca tomarán al asalto tus entrañas,
los sacerdotes de mi boca incensarán tu belleza en su templo,
tu cuerpo se agitará como una región durante un terremoto,
tus ojos entonces se cargarán
de todo el amor que se ha reunido
en las miradas de toda la humanidad desde que existe.

Amor mío
mi boca será un ejército contra ti,
un ejército lleno de desatinos,
que cambia lo mismo que un mago
sabe cambiar sus metamorfosis,
pues mi boca se dirige también a tu oído
y ante todo mi boca te dirá amor,
desde lejos te lo murmura
y mil jerarquías angélicas
que te preparan una paradisíaca dulzura en él se agitan,
y mi boca es también la Orden que te convierte en mi esclava,
y me da tu boca Madeleine,
tu boca que beso Madeleine.


Guillaume Apollinaire: Wilhelm Albert Włodzimierz Apolinary de Kostrowicki
(Francés nacido en Italia, 1880-1918)  
(Traducido al español por José Umaña)

lunes, 11 de mayo de 2015

Tu boca: DECIR ADIÓS ES MORIR UN POCO (Página 53)

"... reclamando respeto al silencio del placer. Con su cara ludiendo tu oreja, susurra: - No digas nada."

(Fragmento del capítulo V: El salario del tedio)

Entre sueños percibes, lejano, un calor salivoso que envuelve tu miembro, es como si algo vivo y cálido lo acariciara con una voluptuosa humedad. Somnoliento, vas regresando a la vigilia y la percepción del placer es paulatinamente más intensa. Entreabres los ojos y descubres la boca de Diana, su lengua exaltando tu virilidad, imposible contenerla más tiempo. La sensación es plena. Recuperas el sentido de la realidad pero ella no te permite hablar. Con el dorso de su mano derecha se limpia los labios y coloca el índice de la izquierda en tu boca, reclamando respeto al silencio del placer. Con su cara ludiendo tu oreja, susurra:

- No digas nada. Tu estás enfermito.

Tiene razón Álvaro. Las mujeres son criaturas tan extrañas.
 
 
Jules Etienne

domingo, 10 de mayo de 2015

Tu boca: HOGUERA (del poemario Mitología del Olvido)

"... arden en el fuego fatuo del desvelo las sílabas que deletrean tu nombre..."

Se desnudan las palabras en tu boca,
arden en el fuego fatuo del desvelo
las sílabas que deletrean tu nombre,
caprichoso aroma del incienso
embriagando un aire sin tiempo.
Y si la geometría de la luz nos ignora
adivinaré un resplandor en tu mirada,
mis manos descubrirán en penumbra
la más cálida de tus promesas
silenciosa música del tacto repleta de ti.
 
Con el deseo hecho jirones
en cada pliegue exhausto de piel amotinada
cuando el placer encuentre al fin reposo,
seremos rescoldo de sueños o sombras
entre la ceniza que se lleve al alba,
entonces te diré lo que nunca he dicho.
 
 
Jules Etienne

sábado, 9 de mayo de 2015

Tu boca: LOS PASOS, de Paul Valéry

"Persona pura, sombra divina ¡Qué suaves son tus pasos elegidos!"
 
Tus pasos, hijos de mi silencio,
Lentamente, en santidad se desplazan,
Hasta el lecho de mi desvelo presencio
Llegan mudos, se congelan.

Persona pura, sombra divina
¡Qué suaves son tus pasos elegidos!
¡Dioses... todos los dones que adivina
Vienen a mí sobre estos pies desnudos!

Si veo tus labios avanzar,
Tu boca preparas para aliviar
Al habitante de mi pensamiento
Con un beso como alimento,

No apresures este momento tierno,
Dulzura de ser no siendo,
Que mi vida es esperarlos
Y mi corazón no será más que tus pasos.

(Les pas

Tes pas, enfants de mon silence,
Saintement, lentement placés,
Vers le lit de ma vigilance
Procèdent muets et glacés.

Personne pure, ombre divine,
Qu'ils sont doux, tes pas retenus!
Dieux !... tous les dons que je devine
Viennent à moi sur ces pieds nus !

Si, de tes lèvres avancées,
Tu prépares pour l'apaiser,
A l'habitant de mes pensées
La nourriture d'un baiser,

Ne hâte pas cet acte tendre,
Douceur d'être et de n'être pas,
Car j'ai vécu de vous attendre,
Et mon coeur n'était que vos pas.)


Paul Valéry (Francia, 1871-1945)
 
(Traducido al español por Jules Etienne)

viernes, 8 de mayo de 2015

Tu boca: LO BELLO Y LO TRISTE, de Yasunari Kawabata

"- Sírveme un poco de té –susurró. Él levantó la taza y se la tendió. - De tu boca."

(Fragmento del capítulo El lago)

- ¿No te parece que es una vista hermosísima?
- Sí. Es hermosísima. Pero yo estaba pensando en lo hermosa que eres tú. Tu nuca, tu obi...
- ¿Recuerdas cuando me tenías en tus brazos, allá en el templo?
- ¿Que si recuerdo... eso?
- Supongo que estás enfadado conmigo. Estás escandalizado Lo sé.
- Quizá, sí.
- Yo también. Es terrible que una mujer se entregue en forma tan completa.
 
Bajó la voz:
 
- ¿Así que por eso no te acercas a mí?
 
Taichiro se puso de pie y se acercó a ella. Le apoyó una mano sobre el hombro y la guió dulcemente hasta el sofá. Ella permaneció sentada cerca de él, pero mantuvo los ojos bajos.
 
- Sírveme un poco de té –susurró.
 
Él levantó la taza y se la tendió.
 
- De tu boca.
 
Taichiro tomó un sorbo de té y lo dejó filtrar poco a poco por entre los labios de ella. Keiko bebió el té con los ojos cerrados y con la cabeza echada hacia atrás. Su cuerpo estaba inerte, con excepción de los labios y de la garganta.
 
- Más -dijo, sin moverse.
 
Taichiro tomó otro sorbo de té y se lo dio boca a boca.
 
- ¡Ay, qué lindo! -exclamó Keiko, abriendo los ojos-. Me gustaría morir ahora. ¡Por qué no habrá sido veneno!... Estoy acabada. Acabada. Y tú también.
 
Tras una pausa dijo:
 
- Vuélvete.
 
Empujó a Taichiro para que se volviera y apretó el rostro contra su hombro. Luego buscó sus manos. Taichiro tomó una de las manos de la muchacha y la contempló mientras acariciaba un dedo tras otro.
 
- Lo lamento -dijo Keiko-. ¡Qué desconsideración de mi parte! Seguramente estás deseando bañarte. ¿Qué te parece si lleno la bañera?
- Muy bien.
- A no ser que prefieras tomar una ducha.
- ¿Te parece que la necesito?
- Me gustas tal cual estás. Nunca me había gustado tanto un aroma, como el de tu piel -hizo una pausa-. Pero supongo que preferirás refrescarte.
 
 
Yasunari Kawabata (Japón, 1899-1972). Obtuvo el premio Nobel en 1968.
 
(Traducido al español por Nélida M. de Machain)

jueves, 7 de mayo de 2015

Tu boca: MÚSICA, de Adonis

"Es tu boca la luz, y la sombra en una rosa está."

1
 
Sale la rosa de su espacio
para encontrarla a ella.
Hay un sol otoñal
que tan sólo se cubre la cintura con un hilo de nubes.
 
Así nace el amor
allá, de donde vengo.
 
2
 
Es tu boca la luz, horizonte del cual
ningún color es digno.

Es tu boca la luz, y la sombra
en una rosa está.


Adonis: Ali Ahmad Said Esber (Siria, 1930)

(Traducido al español por Isabel Martínez Lillo)