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Otoño en Vancouver. English Bay, octubre 2015. (Fotografía de Jules Etienne)

domingo, 14 de febrero de 2016

Carnaval: LA MUJER Y EL PELELE, de Pierre Louÿs


(Fragmento del primer capítulo)
 
De cómo una palabra escrita en una cáscara
de huevo dio lugar a dos esquelas sucesivas

A diferencia del nuestro, el carnaval español no se acaba a las ocho de la mañana del miércoles de Ceniza. En la maravillosa alegría de Sevilla, el memento quia pulvis es expande solamente durante cuatro días su olor a sepultura; y, llegado el primer domingo de Cuaresma, el carnaval vuelve a resurgir.
 
Es el Domingo de Piñatas, la Fiesta Mayor. Toda la gente se ha cambiado de vestimenta y se ven desfilar por las calles colgajos rojos, verdes, amarillos o rosas sacados de retales que antes han servido de mosquiteros, de cortinas o de faldas de mujer y que flotan al sol sobre los cuerpecillos morenos de una chillona y multicolor chiquillería. Los niños se agrupan por todas partes en tumultuosos grupos enarbolando un trapo en la punta de una vara y con gran vocerío invaden las callejuelas con las caras tapadas con un antifaz de aquellas telas por cuyos dos agujeros se escapa la alegría. “¡Eh, que no me conoce!”, gritan continuamente, mientras la marea de personas mayores se aparta ante esta terrible invasión enmascarada.
 
Ventanas y miradores se ven abarrotados por una multitud de cabezas morenas. Todas las jóvenes de la región han venido ese día a Sevilla, mostrando bajo la luz del sol sus cabezas cargadas de rizados cabellos. Los confetis caen como copos de nieve. La sombra de los abanicos tiñe de azul pálido las pequeñas y empolvadas mejillas. Gritos, llamadas y risas zumban y resuenan por las estrechas calles. Ese día de carnaval, los pocos millares de habitantes arman más ruido que los de todo París juntos.
 
 
 Pierre Louÿs (Francés nacido en Bélgica, 1870-1925)
 
(Traducido al español por Juan Victorio)

sábado, 13 de febrero de 2016

Carnaval: EL BARRIL DE AMONTILLADO, de Edgar Allan Poe

"El buen hombre estaba disfrazado de payaso."

(Fragmento inicial)

Lo mejor que pude había soportado las mil injurias de Fortunato. Pero cuando llegó el insulto, juré vengarme. Ustedes, que conocen tan bien la naturaleza de mi carácter, no llegarán a suponer, no obstante, que pronunciara la menor palabra con respecto a mi propósito. A la larga, yo sería vengado. Este era ya un punto establecido definitivamente. Pero la misma decisión con que lo había resuelto excluía toda idea de peligro por mi parte. No solamente tenía que castigar, sino castigar impunemente. Una injuria queda sin reparar cuando su justo castigo perjudica al vengador. Igualmente queda sin reparación cuando ésta deja de dar a entender a quien le ha agraviado que es él quien se venga.

Es preciso entender bien que ni de palabra, ni de obra, di a Fortunato motivo para que sospechara de mi buena voluntad hacia él. Continué, como de costumbre, sonriendo en su presencia, y él no podía advertir que mi sonrisa, entonces, tenía como origen en mí la de arrebatarle la vida.

Aquel Fortunato tenía un punto débil, aunque, en otros aspectos, era un hombre digno de toda consideración, y aun de ser temido. Se enorgullecía siempre de ser un entendido en vinos. Pocos italianos tienen el verdadero talento de los catadores. En la mayoría, su entusiasmo se adapta con frecuencia a lo que el tiempo y la ocasión requieren, con objeto de dedicarse a engañar a los millionaires ingleses y austríacos. En pintura y piedras preciosas, Fortunato, como todos sus compatriotas, era un verdadero charlatán; pero en cuanto a vinos añejos, era sincero. Con respecto a esto, yo no difería extraordinariamente de él. También yo era muy experto en lo que se refiere a vinos italianos, y siempre que se me presentaba ocasión compraba gran cantidad de éstos.

Una tarde, casi al anochecer, en plena locura del Carnaval, encontré a mi amigo. Me acogió con excesiva cordialidad, porque había bebido mucho. El buen hombre estaba disfrazado de payaso. Llevaba un traje muy ceñido, un vestido con listas de colores, y coronaba su cabeza con un sombrerillo cónico adornado con cascabeles. Me alegré tanto de verle, que creí no haber estrechado jamás su mano como en aquel momento.

-Querido Fortunato -le dije en tono jovial-, éste es un encuentro afortunado. Pero ¡qué buen aspecto tiene usted hoy! El caso es que he recibido un barril de algo que llaman amontillado, y tengo mis dudas.

-¿Cómo? -dijo él-. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y en pleno Carnaval!

-Por eso mismo le digo que tengo mis dudas -contesté-, e iba a cometer la tontería de pagarlo como si se tratara de un exquisito amontillado, sin consultarle. No había modo de encontrarle a usted, y temía perder la ocasión.
 
 
Edgar Allan Poe (Estados Unidos, 1809-1849)
 
El cuento íntegro se puede leer en Ciudad Seva

viernes, 12 de febrero de 2016

Carnaval: EL CARNAVAL, de Gustavo Adolfo Bécquer

"... el Carnaval no tiene razón de ser, y sin embargo existe."

II.

La época del Carnaval ha pasado. El carnaval parece que parodiaba en el mundo moderno la costumbre que en el antiguo permitía á los esclavos en ciertos días del año jugar a los señores y tomarse con éstos todo género de libertades y aun de licencias. En la Venecia de los tenebrosos Consejos, de los Palomos y del puente de los Suspiros, en la Roma de los Borgias, en cualquiera parte donde el pueblo ha vivido sujeto por una mano de hierro á un poder más ó menos tiránico, se comprendía esta periódica explosión de libertad y de locura. La política y el amor pedían prestado su traje á Arlequín, y al alegre ruido de los cascabeles del cetro del bufón, urdían la trama de su novela sangrienta ó sentimental. La aparente rigidez de las costumbres, el aislamiento del hogar, el carácter propio de la época, hacían necesarias esas noches de luna velada por nubes, de rostros ocultos con antifaces, de algazara popular y de misterios, en el Corso y en Rialto.

En este siglo de meetings y de comités, de Teatro Real y de temporada de baños, en este siglo de periódicos y de soirées, de Congreso y de Fuente Castellana, de paseos matinales y de conciertos nocturnos; en que durante el año cada cual es tan extravagante como le parece, se viste con el mamarracho que mejor se le antoja y hace en todos sentidos el más libre uso de su autonomía, ¿qué objeto tiene el Carnaval? ¿Qué nos dirá hoy una mujer en el baile por debajo de la flotante barba de su careta de raso, que no nos lo haya dicho otra ayer en un palco de la ópera por entre las doradas varillas de su abanico de plumas? ¿A qué no nos atreveremos en el bullicio de la orgía, con la cara tapada, que no nos hayamos atrevido en el silencio del perfumado bodoir con la cara descubierta? Para desenvolverse, para conspirar o para lanzarse ¿necesita por ventura alguna idea del discreto antifaz o del misterioso dominó?

La política y el amor han tirado ya los andadores; la Revolución y el cancán se pasean de la mano por la plaza y salones públicos: el Carnaval no tiene razón de ser, y sin embargo existe. Como las wills, esas fantásticas apasionadas de la danza, se levantan al filo de la media noche para bailar en silenciosa ronda en derredor de los sepulcros, el Carnaval sale todos los años de su tumba envuelto en su haraposo sudario, hace media docena de piruetas en Capellanes, en el Prado y el Canal y desaparece. Sus escasos prosélitos se agitan durante esos días guiados por intereses distintos; para éstos el Carnaval es una cuestión de toilette; para aquéllos una especulación; para los otros una borrachera con el derecho de pasearla al aire libre. Vamos a decir no más que cuatro palabras sobre cada uno de estos tres grupos en que pueden subdividirse los que toman aún parte en el Carnaval de Madrid.


Gustavo Adolfo Bécquer (España, 1836-1870)

jueves, 11 de febrero de 2016

Carnaval: RESTOS DEL CARNAVAL, de Clarice Lispector

"... la calle tan extremadamente vacía que sigue al carnaval."
 
(Fragmento)

No, no del último carnaval. Pero éste, no sé por qué, me transportó a mi infancia y a los miércoles de ceniza en las calles muertas donde revoloteaban despojos de serpentinas y confeti. Una que otra beata, la cabeza cubierta por un velo, iba a la iglesia atravesando la calle tan extremadamente vacía que sigue al carnaval. Hasta que llegase el próximo año. Y cuando se acercaba la fiesta, ¿cómo explicar la agitación íntima que me invadía? Como si al fin el mundo, de capullo que era, se abriese en gran rosa escarlata. Como si las calles y las plazas de Recife explicasen al fin para qué las habían construido. Como si voces humanas cantasen al fin la capacidad de placer que se mantenía secreta en mí. El carnaval era mío, mío.
 
Clarice Lispector (Escritora brasileña nacida en Ucrania, 1920-1977)

miércoles, 10 de febrero de 2016

Tiempo de carnaval


Existen dos vertientes para explicar el origen del carnaval. Una sería religiosa, que supone su razón de ser como el festejo previo al miércoles de ceniza, cuando da principio el período denominado cuaresma, y hay quienes lo justifican a partir de su etimología latina: carnum (carne) y levare (quitar), es decir, quitar la carne , que es el alimento que no se debe probar una vez que haya iniciado la cuaresma. Pero también hay quienes encuentran la explicación en las bacanales romanas en honor de Baco, el dios del vino. La celebración tenía lugar con motivo de la proximidad de la primavera y Baco llegaba del mar en un carro alegórico (como los que se estilan durante el carnaval) que llamaban carrus navalis, y que el latín vulgar deformaría en carnaval. Por cierto, el mardi gras, que es como se le conoce en Nueva Orléans, la región originalmente francófona de Estados Unidos, significa en su traducción literal martes gordo, porque parte del festín, además de la música y los disfraces, es una comilona, lo que también podría relacionarlo con las mencionadas bacanales.

Antes de que empezara a escribir este texto, mientras pensaba como estructurarlo, recordé que en la película Henry y June, sobre el romance entre Anáis Nin y Henry Miller en París, cuando éste escribía su novela Trópico de Cáncer, hay una escena intensa que tiene lugar durante el carnaval. Entonces me di a la tarea de localizar alguna referencia a este festejo que de preferencia tuviera una connotación erótica en la obra de Miller y me encontré precisamente lo contrario, una mención al carnaval de luces que es el París nocturno, de una íntima elegancia que no pude permitirme pasar por alto:

"Digo que esos pensamientos ocupan mi mente, pero si no es cierto; hasta después, hasta haber cruzado el Sena, hasta haber dejado atrás el carnaval de luces, no dejo a mi mente jugar con esas ideas. Por el momento no puedo pensar en nada... excepto en que soy un ser sensible apuñalado por el milagro de esas aguas que reflejan un mundo olvidado. A lo largo de las orillas, los árboles se inclinan hasta casi tocar el espejo empañado; cuando se levante el viento y los colme de un murmullo rumoroso, derramarán unas lágrimas y se estremecerán al paso del agua en torbellinos. Me corta el aliento. Nadie a quien comunicar siquiera parte de mis pensamientos..."

Anáis Nin recurre varias veces a la metáfora del carnaval en Corazón cuarteado, por ejemplo cuando dice: "El lugar estaba animado, como un perpetuo carnaval", o también "las sombras sobre las paredes permanecían inmóviles, pero los reflejos de las luces jugueteaban en su superficie como un fantasmagórico carnaval". Aunque también se apega a la definición legítima de la palabra: "Rango no había tenido necesidad de inventar. Había poseído montañas de magnificencia legendaria, lagos de proporciones fantásticas, animales extraordinarios, una casa de gran belleza. Había asistido a fiestas que duraban una semana, carnavales, orgías." Por último: "En cuanto a Rango, estallarían los tambores y todos los caballos decorados del carnaval girarían al son de una polka..."

La amistad entre Henry Miller y Lawrence Durrell quedó bien documentada por un abundante epistolario y se prolongó durante más de cuarenta años. El llamado cuarteto de Alejandría, la gran obra de Durrell, está compuesto por Justine, Balthazar, Mountolive y Clea. Este es un párrafo -por cierto, un claro ejemplo de polisíndeton- alusivo al carnaval:

"Y el carnaval enloquecido bajo las máscaras uniformadoras. El encuentro con un vampiro en las calles repletas de gente que adora la vida. Que le rinde pleitesía según raza, sexo y creencias, pues en sus calles estaba toda la gama planetaria de las tres categorías. Y las playas de dunas y el lago Mareotis y los puestos de magia y los profetas en trance y los coptos enigmáticos y las manos pintadas de azul y el cielo violeta y el desierto."

El carnaval, mascarada en que las identidades se pueden ocultar para dejar en libertad a los instintos, algarabía que confronta su naturaleza erótica y pagana con el subsecuente fervor místico de la abstinencia, anunciada con senda cruz en la frente de los fieles: miércoles de ceniza, final de fiesta.


Jules Etienne

martes, 9 de febrero de 2016

Carnaval: UNA ESTACIÓN DE AMOR, de Horacio Quiroga


(Fragmento inicial)

Primavera.

Era el martes de carnaval. Nébel acababa de entrar en el corso, ya al oscurecer, y mientras deshacía un paquete de serpentinas miró al carruaje de delante. Extrañado de una cara que no había visto en el coche la tarde anterior, preguntó a sus compañeros:

- ¿Quién es? No parece fea.

- ¡Un demonio! Es lindísima. Creo que sobrina, o cosa así, del doctor Arrizabalaga. Llegó ayer, me parece...

Nébel fijó entonces atentamente los ojos en la hermosa criatura. Era una chica muy joven aún, acaso no más de catorce años, pero ya núbil. Tenía, bajo cabello muy oscuro, un rostro de suprema blancura, de ese blanco mate y raso que es patrimonio exclusivo de los cutis muy finos. Ojos azules, largos, perdiéndose hacia las sienes entre negras pestañas. Tal vez un poco separados, lo que da, bajo una frente tersa, aire de mucha nobleza o gran terquedad. Pero sus ojos, tal como eran, llenaban aquel semblante en flor con la luz de su belleza. Y al sentirlos Nébel detenidos un momento en los suyos, quedó deslumbrado.

- ¡Qué encanto! –murmuró, quedando inmóvil con una rodilla en el almohadón del surrey. Un momento después las serpentinas volaban hacia la victoria. Ambos carruajes estaban ya enlazados por el puente colgante de papel, y la que lo ocasionaba sonreía de vez en cuando al galante muchacho.

Mas aquello llegaba ya a la falta de respeto a personas, cocheros y aún al carruaje: las serpentinas llovían sin cesar. Tanto fue, que las dos personas sentadas atrás se volvieron y, bien que sonriendo, examinaron atentamente al derrochador.

- Quiénes son? –preguntó Nébel en voz baja.

- El doctor Arrizabalaga... Cierto que no lo conoces. La otra es la madre de tu chica... Es cuñada del doctor.

Como en pos del examen, Arrizabalaga y la señora se sonrieran francamente ante aquella exuberancia de juventud, Nébel se creyó en el deber de saludarlos, a lo que respondió el terceto con jovial condescendencia.

Este fue el principio de un idilio que duró tres meses, y al que Nébel aportó cuanto de adoración cabía en su apasionada adolescencia. Mientras continuó el corso, y en Concordia se prolonga hasta horas increíbles, Nébel tendió incesantemente su brazo hacia adelante, tan bien que el puño de su camisa, desprendido, bailaba sobre la mano.

Al día siguiente se reprodujo la escena; y como esta vez el corso se reanudaba de noche con batalla de flores, Nébel agotó en un cuarto de hora cuatro inmensas canastas. Arrizabalaga y la señora se reían, volviendo la cabeza a menudo, y la joven no apartaba casi sus ojos de cabeza a menudo, y la joven no apartaba casi sus ojos de Nébel. Este echó una mirada de desesperación a sus canastas vacías. Mas sobre el almohadón del surrey quedaba aún uno, un pobre ramo de siemprevivas y jazmines del país. Nébel saltó con él por sobre la rueda del surrey, dislocóse casi un tobillo, y corriendo a la victoria, jadeante, empapado en sudor y con el entusiasmo a flor de ojos, tendió el ramo a al joven. Ella buscó atolondradamente otro, pero no lo tenía. Sus acompañantes se reían.

- ¡Pero loca! -le dijo la madre, señalándole el pecho-. ¡Ahí tienes uno!

El carruaje arrancaba al trote. Nébel que había descendido afligido del estribo, corrió y alcanzó el ramo que la joven le tendía con el cuerpo casi fuera del coche.

Nébel había llegado tres días atrás de Buenos Aires, donde concluía su bachillerato. Había permanecido allá siete años, de modo que su conocimiento de la sociedad actual de Concordia era mínimo. Debía quedar aún quince días en su ciudad natal, disfrutados en pleno sosiego de alma, sino de cuerpo; y he aquí que desde el segundo día perdía toda su serenidad. Pero en cambio, ¡qué encanto!

- ¡Qué encanto! -se repetía pensando en aquel rayo de luz, flor y carne femenina que había llegado a él desde el carruaje. Se reconocía real y profundamente deslumbrado, y enamorado, desde luego.

¡Y si ella lo quisiera!... ¿Lo querría? Nébel, para dilucidarlo, confiaba mucho más que en el ramo de su pecho, en la precipitación aturdida con que la joven había buscado algo que darle. Evocaba claramente el brillo de sus ojos cuando lo vio llegar corriendo, la inquieta expectativa con que lo esperó y en otro orden, la morbidez del joven pecho, al tenderle el ramo.

¡Y ahora, concluido! Ella se iba al día siguiente a Montevideo. ¿Qué le importaba lo demás, Concordia, sus amigos de antes, su mismo padre? Por lo menos iría con ella hasta Buenos Aires.

Hicieron efectivamente el viaje juntos, y durante él Nébel llegó al más alto grado de pasión que puede alcanzar un romántico muchacho de dieciocho años que se siente querido. La madre acogió el casi infantil idilio con afable complacencia, y se reía a menudo al verlos, hablando poco, sonriendo sin cesar y mirándose infinitamente.

La despedida fue breve, pues Nébel no quiso perder el último vestigio de cordura que le quedaba, cortando su carrera tras ella.

Ellas volverían a Concordia en el invierno, acaso una temporada. ¿Iría él? «¡Oh, no volver yo!» Y mientras Nébel se alejaba despacio por el muelle, volviéndose a cada momento, ella, de pecho sobre la borda y la cabeza baja, lo seguía con los ojos, mientras en la planchada los marineros levantaban los suyos risueños a aquel idilio -y al vestido, corto aún, de la tiernísima novia.


Horacio Quiroga (Uruguay, 1878-1937)

lunes, 8 de febrero de 2016

Carnaval: CONCIERTO BARROCO, de Alejo Carpentier

"... que les hicieron dormir en las posadas blancas -cada vez más blancas- de Tarancón..."

(Fragmento del capítulo III)

Pasaban los días y el Amo, con tanto dinero como traía, empezaba a aburrirse tremendamente. Y tan aburrido se sintió una mañana que resolvió acortar su estancia en Madrid para llegar cuanto antes a Italia, donde las fiestas de carnaval, que empezaban en Navidades, atraían gente de toda Europa. Como Filomeno estaba como embrujado por los retozos de la Filis y la Lucinda que, en casa de la enana gigante, fantaseaban con él en una ancha cama rodeada de espejos,  acogió con disgusto la idea del viaje. Pero tanto le dijo el Amo que estas hembras de acá eran de deshecho y miseria al lado de cuanto encontraría en el ámbito de la Ciudad Pontificia, que el negro, convencido, cerró las cajas y se envolvió en la capa de cochero que acababa de comprarse. Bajando hacia el mar, en jornadas cortas que les hicieron dormir en las posadas blancas -cada vez más blancas- de Tarancón o de Minglanilla, trató el mexicano de entretener a su criado con el cuento de un hidalgo loco que había andando por estas regiones, y que, en una ocasión, había creído que unos molinos (“como aquel que ves allá”...) eran gigantes. Filomeno afirmó que tales molinos en nada parecían gigantes, y que para gigantes de verdad había unos, en África, tan grandes y poderosos, que jugaban a su antojo con rayos y terremotos...


Alejo Carpentier (Escritor cubano nacido en Suiza y muerto en París, Francia; 1904-1980)

domingo, 7 de febrero de 2016

Carnaval: JUAN DE MAIRENA, de Antonio Machado


Juan de Mairena: sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo

Sobre el Carnaval

Se dice que el Carnaval es una fiesta llamada a desaparecer. Lo que se ve -decía Mairena- es que el pueblo, siempre que se regocija, hace Carnaval. De modo que lo carnavalesco, que es lo específicamente popular de toda fiesta, no lleva trazas de acabarse. Y desde un punto de vista más aristocrático, tampoco el Carnaval desaparece. Porque lo esencial carnavalesco no es ponerse careta, sino quitarse la cara. Y no hay nadie tan avenido con la suya que no aspire a estrenar otra alguna vez.


Antonio Machado (España, 1875-1939)

viernes, 5 de febrero de 2016

Unicornios y febrero: SHIBBOLETH, de Paul Celan

"Unicornio: sabes de las piedras, sabes de las aguas..."

Junto a mis piedras
crecidas bajo el llanto
tras las rejas,
 
me arrastraron
al medio del mercado,
allá,
donde se iza la bandera, a la que
no he prestado nunca juramento.
 
Flauta,
flauta doble en la noche:
piensa el sombrío
y doble rojo
en Viena y en Madrid.
 
Pon tu bandera a media asta,
recuerdo.
A media asta
hoy para siempre.
 
Corazón:
dalo también aquí a conocer,
aquí, en medio del mercado.
Haz que resuene, el shibbólet,
en lo extranjero de la patria.
Febrero. No pasarán.
 
Unicornio:
sabes de las piedras,
sabes de las aguas,
ven,
te llevo
hacia las voces
de Extremadura.
 

Paul Celan: Paul Antschel
(Poeta en lengua alemana nacido en Rumania y muerto en Francia, 1920-1970)

(Traducido al español por José Ángel Valente)

jueves, 4 de febrero de 2016

UNICORNIO (del poemario Mitología del olvido)

"Cabalga libre por bosques imaginarios..."
 
De sueño en sueño vive,
más allá del arte rupestre
y de anónimos pergaminos
que consignan su longevidad.
Sólo los puros de corazón saben que existe,
lo ubican en mapas hechizados
que no requieren clavos porque flotan
sobre los muros de sus bibliotecas
y van a incrustarse entre libros amarillentos
de alquimia o leyendas medievales.
Cabalga libre por bosques imaginarios
y su galope es invisible a simple vista,
está hecho con la misma materia
que les da cuerpo a las quimeras.
La realidad es como los unicornios:
se alimenta de sueños.
 
 
Jules Etienne 

miércoles, 3 de febrero de 2016

Unicornios: VOTO, de Marta Cywinska

"Mi memoria pretende ser un unicornio que sabrías domesticar..."

Que las páginas de los viejos manuscritos
hagan una muralla
con el fin de separarnos
de la yema del agua
con la idea de las monedas de oro
repetidas incluso por las bocas
de los mudos
cuando ronronean
los relojes mimosos
que agarran a tontas y a locas
los gatos de nuestros recuerdos
Y ya otra cortina
descubre tus cuadros
desesperados de haber perdido
de vista
la Dama Blanca robada
por el propietario
de una empresa onírica
que vende y revende
duendes
al lindero del bosque de Brocelianda
para revivir juntos
toda nuestra Bretaña
en la perplejidad más alta
árboles que alcanzan
nuestros brazos petrificados como menhires
Mi memoria pretende ser un unicornio
que sabrías domesticar...
 
 
Marta Cywinska (Escritora bilingüe polaca y francesa, nacida en Polonia en 1968)
 
(Traducido al español por Patrick Cintas)

martes, 2 de febrero de 2016

Unicornios: LA PROTECCIÓN INÚTIL, de Julio Cortázar

"¿Tengo la culpa yo, oh tierra poblada de espinas, de ser un unicornio?"

Lo sé muy bien, soy de una timidez enfermiza,
estar en el mundo me es hierro, me es guijarro.
Hasta el agua, casi siempre mi aliada,
resbala seca y hostil contra estos labios
que la quisieran almendra y encaje;
al atardecer, bajo la luz
ambigua que todavía me permite
errar por la ciudad, el perfil de las nubes,
ese perfil suavísimo,
lacera brutalmente mi piel y me obliga
a huir gritando, a refugiarme bajo los portales.
Me aconsejan que viaje en subterráneo
para mayor seguridad,
o que me compre un sombrero de alas flotantes.
De nada vale que me hablen
con el tono que suscitan los niños,
yo miro hacia lo lejos donde sin embargo hay
una golondrina esperando para afilar sus tijeras en mi cuello.
Los consejeros municipales
han llegado a votar créditos para mi protección
la gente se preocupa por mí.
Gracias, señoras y señores, me gustaría retribuir tanta gentileza
con ternura y civilidad; desgraciadamente ustedes 
estarán siempre allí y eso es acantilado a pique, máquina para moler la sombra,
insoportable exageración de una bondad armada a garras de coral.
Cada vez me parece más penoso complicar la existencia ajena, pero
no queda ninguna isla desierta, ninguna arboleda de mala fama,
ni quisiera un corralito para encerrarme en él, y, desde allí, mirar
a los demás bajo la luz de la alianza.
¿Tengo la culpa yo, oh tierra poblada de espinas, de ser un unicornio?
 
 
 Julio Cortázar (Argentino nacido en Bruselas, Bélgica en 1914; y fallecido en París, Francia en 1984).

lunes, 1 de febrero de 2016

Unicornios: EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO (Por el camino de Swann), de Marcel Proust

"... transformado en un ser ajeno a la humanidad, desprovisto de facultades lógicas, casi un fantástico unicornio..."

(Fragmento del libro primero: Por el camino de Swann)

Y al mirar el rostro que ponía Swann, cuando la oía, se hubiera dicho que estaba absorbiendo un anestésico que le ensanchaba la respiración. Y en aquellos momentos el placer que le daba la música y que no iba a tardar en crear en él una autentica necesidad, se parecía, en efecto, al que habría sentido al percibir perfumes, al entrar en contacto con un mundo para el que no estamos hechos, que nos parece sin forma, porque nuestros ojos no lo perciben, y sin significado, porque escapa a nuestra inteligencia y lo alcanzamos con un sólo sentido. Para Swann -cuyos ojos, aunque delicados gustadores de pintura, y cuyo entendimiento, aunque fino observador de las costumbres, llevaban para siempre la marca indeleble de la aridez de su vida-, era gran reposo, misteriosa renovación, sentirse transformado en un ser ajeno a la humanidad, ciego, desprovisto de facultades lógicas, casi un fantástico unicornio, un ser quimérico que sólo percibía el mundo por el oído. Y, como en la frasecita (de la sonata de Vinteuil) buscaba, sin embargo, un sentido hasta el que su inteligencia no podía descender, experimentaba una extraña embriaguez al despojar su alma más recóndita de todos los auxilios del razonamiento y hacerla pasar sola por el pasadizo, por el filtro obscuro, del sonido. Empezaba a darse cuenta de todo el dolor -y tal vez la insatisfacción secreta incluso- que encerraba la dulzura de aquella frase, pero no por ello sufría.


Marcel Proust (Francia, 1871-1922) 

domingo, 31 de enero de 2016

Unicornios: EL AÑO DEL COMETA, de Álvaro Cunqueiro


(Fragmento)

¿Vamos a negar la existencia del unicornio porque lo más del tiempo sea animal invisible, oculto como un sueño? Por ese camino llegaríamos a negar la existencia del alma humana. ¡Invisibilidad no quiere decir irrealidad!


Álvaro Cunqueiro (España, 1911-1981) 

sábado, 30 de enero de 2016

Unicornios: EL PEQUEÑO CABALLO BLANCO, de Elizabeth Goudge

"... cuando el caballo volvió su cabeza hacia ella advirtió un pequeño cuerno de plata sobresaliendo de su frente…"

(Fragmento)

Y entonces lo vio. Un pequeño caballo blanco galopaba delante de ellos, marcando el camino, y de su cuerpo perfecto tan blanco como la leche, brillaba la luz igual que si surgiera de una lámpara. Iba bastante más avanzado que ellos, pero en el soplo de un instante pudo verlo claro como un camafeo contra la oscuridad, la orgullosa curva de su cuello, la blanca melena de su crin y su cola alborotadas por el viento, el resplandor de sus cascos de plata, eran absolutamente extraños y a la vez familiares para ella, como si sus ojos lo hubiesen visto con frecuencia antes de mirarlo ahora con toda su belleza; ni siquiera se sorprendió cuando el caballo volvió su cabeza hacia ella y advirtió un pequeño cuerno de plata sobresaliendo de su frente… Su pequeño caballo blanco era un unicornio.


Elizabeth Goudge (Inglaterra, 1900-1984)

viernes, 29 de enero de 2016

Unicornios: PARAÍSO INHABITADO, de Ana María Matute


(Fragmento del primer capítulo)
 
Uno de mis recuerdos más lejanos se remonta a la noche en que vi correr al Unicornio que vivía enmarcado en la reproducción de un famoso tapiz. Con asombrosa nitidez, le vi echar a correr y desaparecer por un ángulo del marco, para reaparecer enseguida y retomar su lugar; hermoso, blanquísimo y enigmático.
 
Nunca supe por qué razón el Unicornio había intentado escapar del cuadro y durante mucho tiempo me intrigó, y aun me atemorizó un poco. Por aquellos días yo no debía de tener más de cinco años -quizá sólo cuatro-, pero ese recuerdo tiene un lugar relevante entre los primeros de mi vida. A veces, los recuerdos se parecen a algunos objetos, aparentemente inútiles, por los que se siente un confuso apego. Sin saber muy bien por qué razón, no nos decidimos a tirarlos y acaban amontonándose al fondo de ese cajón que evitamos abrir, como si allí fuéramos a encontrar alguna cosa que no se desea, o incluso se teme vagamente.
 
 
Ana María Matute (España, 1925-2014) 

jueves, 28 de enero de 2016

Unicornios: ENCANTAMIENTO, de Czeslaw Milosz

"La noticia llegó hasta las montañas por vía del unicornio y del eco."

La razón humana es bella e invencible.
No hay reja, alambre de púas, pulpa de libros,
Sentencia de destierro que prevalezcan en su contra.
Establece en el lenguaje las ideas universales
Y nos lleva la mano al escribir Verdad y Justicia
Con mayúsculas, mentira y opresión con minúsculas.
Pone lo que debe ser por encima de las cosas como son,
Es enemiga de la desesperación y amiga de la esperanza.
No distingue al judío del griego o al esclavo del amo,
Nos deja en resguardo los bienes del mundo.
Salva a las frases austeras y transparentes
Del sucio desacuerdo de las palabras torturadas.
Dice que todo es nuevo bajo el sol.
Abre el gélido puño del pasado.
Bellas y muy jóvenes son Filosofía
Y Poesía, su aliada al servicio del bien.
Sólo ayer Naturaleza celebró su nacimiento.
La noticia llegó hasta las montañas
Por vía del unicornio y del eco.
Su amistad será gloriosa: sin límites, su tiempo.
Sus enemigos se han entregado a la destrucción.
 
 
Czeslaw Milosz (Polaco de origen lituano, 1911-2004). Obtuvo el premio Nobel en 1980.

(Traducido al español por Pura López Colomé)

miércoles, 27 de enero de 2016

Unicornios: ELFLEDA, de Vonda N. McIntyre

"... de su frente surge un delgado cuerno en espiral. Su copete plateado oculta la cicatriz donde nace..."
 
(Fragmento inicial)
 
La amo. Y la envidio, porque es tan lista, tan desafiante como para burlarse de nuestros creadores. O de la mayoría de ellos. Ella no es un verdadero unicornio: muchos de nosotros tenemos partes humanas y ella no es la excepción. De otra manera las conexiones serían demasiado complicadas. Nuestros brillantes creadores no lo son tanto como para integrar los nervios directamente desde el cerebro.
 
Así que Elfleda* es como yo, casi enteramente humana en la parte superior del cuerpo. Debajo de mis caderas soy un equino: un centauro. Ella es unicornio, tiene pezuñas, su cola es la de un león y de su frente surge un delgado cuerno en espiral. Su copete plateado oculta la cicatriz donde nace y la cabellera de plata cae sobre sus hombros y la espalda. Su cuerpo es de un gris pálido con grandes manchas en los costados. La punta de su cola es de color negro. Durante mucho tiempo creí que algún cirujano había cometido un error o le había jugado una broma pesada, pero eventualmente comprendí porqué estaba hecha de esa manera, cuando desde lejos la observé crispar como un gato su larga cola de punta negra. Mi cuerpo carece de esa originalidad artística. Odio como soy casi tanto como amo todo en Elfleda.


Vonda N. McIntyre (Estados Unidos, 1948)
 
* Elfleda es un relato futurista en el que los protagonistas han sido creados por la ingeniería genética, como es el caso del unicornio que da su nombre al texto.

martes, 26 de enero de 2016

Unicornios: LA GUERRA DEL UNICORNIO, de Angelina Muñiz-Huberman

"... vieron al Unicornio en el claro del bosque, camino a la Montaña de Nieve."
 
(Fragmentos)

Fue entonces cuando lo vieron. Ahí estaba, tras de las buenas llamas de la hoguera: acostado con sus patas delanteras dobladas como en rezo también. El largo cuerno blanco, marfil tallado, se retorcía en finas espirales. Supieron que habían entrado en la morada del Unicornio y que éste era un don que deberían agradecer. (Página 55)
 
Fue ahí donde lo vieron por primera vez, Yuçuf y Alor. Sí, Yuçuf y Alor vieron al Unicornio en el claro del bosque, camino a la Montaña de Nieve. Y quedaron fascinados, como dos imanes, como cisnes ante el espejo, como Narciso y el agua. (Página 66)

 
Angelina Muñiz-Huberman (Mexicana de origen español nacida en Francia, 1936)

lunes, 25 de enero de 2016

Unicornios: LA CONDICIÓN HUMANA, de André Malraux


(Fragmento de la Quinta Parte)

El cambio que había comprobado al entrar le inquietó de nuevo. Miró con toda atención, y quedó estupefacto de no haberlo visto antes: una de sus pinturas taoístas «como un ensueño» y sus dos estatuas más bellas habían desaparecido. Encima de la mesa, una carta. Letra de Chpilewski. Lo adivinó. Pero no se atrevió a leer la carta. Chpilewski le había prevenido que Kyo estaba amenazado: si cometía la imprudencia de hablar de él, no podría por menos de contarlo todo. Cogió la carta y se la echó al bolsillo.

En cuanto hubieron salido, encontraron los autos blindados y los camiones llenos de soldados.
 
Clappique casi había recobrado su calma; para ocultar su turbación, a la cual no podía sustraerse aún, se hizo el loco, como de costumbre.

- Quisiera ser encantador y enviar al califa un unicornio (un unicornio le digo) que apareciese del color del sol, en el palacio, gritando: «¡Sabes, califa, que la primera sultana te engaña! ¡Ni una palabra!» ¡Yo mismo, de unicornio, estaría asombroso, con mi nariz! Y, por supuesto, no sería verdad. Diríase que nadie sabe cuán voluptuoso es vivir, con los ojos de un ser, otra vida distinta de la suya. De una mujer, sobre todo...
 
- ¿Qué mujer no está dotada de una falsa vida, por lo menos para cada uno de los hombres que se le han acercado en la calle?
 
 
André Malraux (Francia, 1901-1976)
(Traducido al español por César A. Comet)