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Vancouver: una primavera deshabitada

lunes, 30 de marzo de 2020

Marzo: EPIGRAMA, de Ernesto Cardenal


Al perderte yo a ti,
tú y yo hemos perdido:

Yo, porque tú eras
lo que yo más amaba.

Y tú, porque yo era
el que te amaba más.

Pero de nosotros dos,
tú pierdes más que yo,

porque yo podrá amar a otras
como te amaba a ti,

pero a ti no te amarán,
como te amaba yo.


Ernesto Cardenal (Nicaragua, 1925-2020).

Marzo: LAS CAMPANAS, de H. P. Lovecraft

"Hacia las viejas torres donde tañían badajos enloquecidos. Tañían... pero desde las corrientes sin sol..."

Hongos de Yuggoth

XIX. Las campanas

Año tras año oí aquel tañido débil y lejano
De graves campanas traído por el viento negro de medianoche;
Extraños repiques, que no venían de ningún campanario
Que pudiese descubrir, sino como de más allá de un gran vacío.
Busqué una pista en mis sueños y recuerdos,
Y pensé en todos los carillones que albergaban mis visiones;
Los de la apacible Innsmouth, donde las blancas gaviotas planeaban
En torno a una aguja que conocí antaño.

Siempre perplejo seguí oyendo caer aquellas notas
Hasta una noche de marzo en que la lluvia fría y desapacible
Me hizo franquear de nuevo las puertas del recuerdo
Hacia las viejas torres donde tañían badajos enloquecidos.
Tañían... pero desde las corrientes sin sol que fluyen
Por valles profundos hasta verter al lecho muerto del mar.


Howard Philips Lovecraft (Estados Unidos, 1890-1937).

(Traducido al español por Juan Antonio Santos y Sonia Trebelt).

miércoles, 18 de marzo de 2020

Epidemias: NARCISO Y GOLDMUN- DO, de Hermann Hesse

"En una ciudad, Goldmundo vio arder (…) todo el barrio judío, casa por casa..."

(Fragmento del capítulo XIV)

Y, sin embargo, lo que le esperaba era aún peor de lo que se había figurado. La cosa empezó ya en las primeras caserías y aldeas, y persistió y se fue haciendo más grave cuanto más avanzaba. Toda la comarca, el país entero estaban bajo una nube de muerte, bajo un velo de congoja, horror y taciturnidad y lo peor no eran las casas deshabitadas ni los perros muertos de hambre que se pudrían atados a la cadena, ni los cadáveres insepultos, ni los niños mendicantes, ni las grandes fosas comunes junto a las ciudades. Lo peor eran los vivos, que, bajo el peso de terrores y angustias mortales, parecían haber perdido los ojos y el alma. Cosas extrañas y terribles oyó y vio por dondequiera el vagabundo. Hubo padres que abandonaron a sus hijos y maridos que abandonaron a sus mujeres cuando se enfermaron. Los sayones de la peste y los esbirros que del hospital mandaban como verdugos saqueaban las casas sin moradores y, cuando les parecía, dejaban sin enterrar los cadáveres, o bien sacaban de sus lechos a los moribundos antes de que hubiesen expirado y los echaban a las carretas mortuorias. Aterrados fugitivos vagaban solitarios de un lado para otro, alocados, rehuyendo todo contacto con los hombres, aguijados por el miedo a la muerte. Otros se juntaban en un frenético y espantado afán de vivir y celebraban francachelas y fiestas danzantes y amatorias en que la muerte tocaba el violín. Desamparados, plañiendo o blasfemando, permanecían algunos acurrucados junto a los cementerios o ante sus casas desiertas. Y, lo que era peor aún que todo eso, cada cual buscaba una cabeza de turco para aquella sufrida calamidad, cada cual afirmaba conocer a los malvados, culpables y causantes de la peste. Decíase que había ciertos hombres diabólicos que, recreándose en el mal ajeno, procuraban la difusión de la mortandad recogiendo en los cadáveres el morbo de la epidemia y untando luego con él paredes y picaportes y emponzoñando los aljibes y el ganado. Aquel sobre quien recayera la sospecha de tal atrocidad estaba perdido si no era advertido a tiempo y podía darse a la fuga; la justicia o el populacho lo liquidaban. Además, los ricos culpaban a los pobres y viceversa, o bien los acusados eran los judíos o los extranjeros o los médicos. En una ciudad, Goldrnundo vio arder, reventando de indignación, todo el barrio judío, casa por casa; el pueblo contemplaba el espectáculo con gran algazara, y a los que huían dando gritos se les obligaba a retornar al fuego. En el desvarío del miedo y de la exasperación fueron muertos, quemados y atormentados muchos inocentes, en todas partes. Con ira y asco observaba Goldmundo aquel panorama, el mundo parecía desquiciado  emponzoñado, parecía que no hubiese ya alegría, inocencia, amor alguno sobre la tierra.

Hermann Hesse (Alemán nacionalizado suizo, 1877-1962).
Obtuvo el premio Nobel en 1946.

(Traducido al español por Luis Tobío).

martes, 17 de marzo de 2020

Epidemias: NUESTRA SEÑORA DE PARÍS, de Víctor Hugo


(Fragmento del Libro Cuarto, capítulo II: Claude Frollo)

Fue por aquel entonces cuando los excesivos calores del verano de 1466 provocaron aquella gran peste que se llevó a más de cuarenta mil criaturas en el vizcondado de París, entre los que hay que contar, dice Jean de Troyes, a «maese Arnoul», astrólogo del rey, que era un hombre de bien, conocedor y muy agradable». Había corrido el rumor por la Universidad de que la calle Tirechappe había sido particularmente devastada por la enfermedad, y era allí precisamente en donde residían, en su feudo, los padres de Claude. Acudió alarmado el joven estudiante a la casa paterna y se encontró con que los dos habían muerto la víspera. Un hermanito que tenía, todavía de pañales, vivía aún y estaba llorando abandonado en su cuna. Era la única familia que le quedaba, así que cogió al niño en brazos y salió cabizbajo y pensativo pues hasta entonces sólo había vivido inmerso en la ciencia y en adelante tendría que ocuparse de la vida.

Esta catástrofe provocó una profunda crisis en la existencia de Claude; huérfano, hermano mayor, cabeza de familia a los diecinueve años, se sintió muy bruscamente arrancado de sus fantasías de estudiante a la realidad de la vida. Entonces, lleno de piedad, se consagró apasionadamente a su hermano; circunstancia extraña y dulce esta de los afectos humanitarios en alguien que, como él, sólo se había hasta entonces preocupado por los libros.

Aquel afecto se desarrolló de una manera singular y, por tratarse de un alma nueva, fue casi como un primer amor. Separado desde la infancia de sus padres, a quienes apenas si había conocido, enclaustrado, emparedado casi entre sus libros, ávido sobre todo de estudiar y de aprender, pendiente hasta entonces de su inteligencia, que se dilataba con los conocimientos y atento a su imaginación que crecía con las lecturas, el pobre estudiante no había tenido tiempo de sentir su corazón y así, ese hermanito sin padre ni madre, ese niño caído bruscamente del cielo en sus brazos, hizo de él un hombre nuevo. Se dio cuenta de que existía en el mundo algo más que las especulaciones de la Sorbona y los poemas de Homero; de que el hombre necesita afectos, de que la vida sin ternura y sin amor es un engranaje seco y chirriante y llegó a figurarse, sólo a figurarse, pues estaba aún en esa edad en la que las ilusiones sólo son reemplazadas por otras ilusiones, que los vínculos de la sangre y de la familia eran los únicos indispensables y que un hermanito bastaba para colmar toda una vida.

Víctor Hugo (Francia, 1802-1885).

lunes, 16 de marzo de 2020

Epidemias: LA MÁSCARA DE LA MUERTE ROJA, de Edgar Allan Poe

"Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la Muerte Roja."

(Fragmento inicial)

La «Muerte Roja» había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era su encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía. Y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora.

Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron semidespoblados llamó a su lado a mil robustos y desaprensivos amigos de entre los caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías fortificadas. Era ésta de amplia y magnífica construcción y había sido creada por el excéntrico aunque majestuoso gusto del príncipe. Una sólida y altísima muralla la circundaba. Las puertas de la muralla eran de hierro. Una vez adentro, los corte- sanos trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos. Habían resuelto no dejar ninguna vía de ingreso o de salida a los súbitos impulsos de la desesperación o del frenesí. La abadía estaba ampliamente aprovisionada. Con precauciones seme- jantes, los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta; entretanto, era una locura afligirse o meditar. El príncipe había reunido todo lo necesario para los placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la «Muerte Roja».


Edgar Allan Poe (Estados Unidos, 1809-1849).

(Traducido al español por Julio Cortázar).
El cuento completo se puede leer en Ciudad Seva

domingo, 15 de marzo de 2020

Epidemias: EL HOSPITAL DE LOS PODRIDOS, entremés anónimo atribuido a Miguel de Cervantes

(Fragmento inicial)

Salen Leyva, el rector y el secretario

Leyva: ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Qué hospital se ha hecho de forma!

Rector: Era tanta la pudrición que había en este lugar, que corría gran peligro de engendrarse una peste, que muriera más gente que el año de las landres; y así, han acordado en la república, por vía de buen gobierno, de fundar un hospital para que se curen los heridos desta enfermedad o pestilencia, y a mí me han hecho rector.

Secretario:  Después que hay galera para las mujeres y hospital para los que se pudren, anda el lugar más concertado que un reloj.

Rector: No quiera vuesa merced saber más, señor Leyva, que había hombre que ni comía ni dormía en siete horas, haciendo discursos; y cuando vía a uno con una cadena o vestido nuevo, decía: "¿Quién te lo dio, hombre? ¿Dónde lo hubiste? ¿De dónde lo pudiste sacar? Tú no tienes hacienda más que yo; con tener más que tú, apenas puedo dar unas cintas a mi mujer". Y desvanecidos en esto, se les hace una ponzoña y polilla. Mas pongámonos aquí y veremos salir los enfermos.



Este entremés del Siglo de oro suele atribuirse a
Miguel de Cervantes (España, 1547-1616).

Aunque su autoría también se le adjudica a
Félix Lope de Vega y Carpio (España, 1562-1635).

Las ilustraciones corresponden a una puesto en escena del grupo Teatro Zircó.

sábado, 14 de marzo de 2020

Epidemias: EL ENANO, de Pär Lagerkvist

"Sobre la plaza del mercado se habían levantado grandes hogueras en la que se quemaban pilas de cadáveres..."

(Fragmento)

Fue contra toda mi voluntad que me dirigí a la ciudad, donde no había estado desde que empezaron los estragos de la peste. No porque tuviese temor alguno de la enfermedad, sino porque ciertos espectáculos me son tan desagradables que casi me asusta verlos. Mi repugnancia está justificada porque lo que yo estuve obligado a ver es verdaderamente horrible, pero a la vez me llena de una exaltación sombría y del sentimiento de la vanidad de todas las cosas, y de su caída. Enfermos y moribundos bordeaban mi camino, y los muertos eran recogidos por los Hermanos enterradores cuyos capuchones negros tienen unos agujeros impresionantes en el lugar de los ojos. Sus siluetas surgían por todas partes y daban a todo un aspecto fantasmal. Tenía la impresión de estar recorriendo el reino de la muerte.

Hasta los sanos estaban marcados por la muerte. Se deslizaban por las calles, descarnados, los ojos hundidos, como fantasmas de un tiempo en que la vida existía aún sobre la tierra. Era sobrecogedor comprobar la seguridad de sonámbulos con que evitaban caminar sobre los paquetes de andrajos que había por todas partes, y de los que frecuentemente no podía saberse cuáles estaban vivos y cuáles no. Es difícil poder imaginar nada más lamentable que esas víctimas de la peste; tanto, que a menudo me veía obligado a dar vuelta la cara para no descomponerme. Algunas veces sus cuerpos estaban cubiertos con míseros guiñapos a través de los cuales podía entreverse los más repugnantes abscesos o una piel azulada anunciando que el fin estaba próximo. Otros daban gritos salvajes para señalar que aún pertenecían a la vida, y los había que permanecían inconscientes, con continuos movimientos convulsivos en los miembros, de los que no eran ya dueños. Jamás había visto semejante degradación humana. En algunos brillaba la mirada sin fondo de la locura y, a pesar de su agotamiento, se lanzaban sobre los que habían ido a sacar agua de las fuentes, para los enfermos, y les arrancaban tan violentamente las escudillas de las manos que casi todo el líquido caía a tierra. Otros se arrastraban por las calles como animales, para llegar hasta las fuentes que buscaban, lo cual parecía ser la intención de todos esos desdichados. Los había también que por aferrarse a una existencia sin valor, dejaban de conducirse como seres humanos y habían perdido todo sentimiento de dignidad. De su pestilencia, cuyo sólo recuerdo me provoca náuseas, prefiero no hablar.

Sobre la plaza del mercado se habían levantado grandes hogueras en las que se quemaban pilas de cadáveres, y el olor acre que de ellos se desprendía se sentía por todas partes. En el blanco humo dormido sobre la ciudad, sonaban a muerte las campanas de las iglesias.

Pär Lagerkvist (Suecia, 1891-1974).
Obtuvo el premio Nobel en 1951.

(Traducido al español por Fausto de Tezanos Pinto).

viernes, 13 de marzo de 2020

Epidemias: LOS NOVIOS, de Alessandro Manzoni


"... visitaron enfermos y cadáveres, y por doquier hallaron las feas y terribles marcas de la pestilencia."

(Fragmento del capítulo XXXI)

A lo largo, pues, de toda la franja de territorio recorrida por el ejército, se había encontrado algún cadáver en las casas, alguno por el camino. Poco después, en este o en aquel pueblo, empezaron a enfermar, a morir, personas, familias, de males violentos, extraños, con síntomas desconocidos para la mayoría de los vivos. Había tan sólo algunos para quienes no resultaban nuevos: los pocos que podían acordarse de la peste que, cincuenta y tres años antes, había asolado también buena parte de Italia, y en especial el Milanesado, donde fue llamada, y lo es todavía, la peste de San Carlos. ¡Tanta fuerza tiene la caridad! Entre los recuerdos tan variados y solemnes de un infortunio general, puede ésta hacer descollar el de un hombre, porque a ese hombre le inspiró sentimientos y acciones más memorables aún que los males; imprimirlo en las mentes, como un compendio de todas aquellas desgracias, porque en todas lo introdujo y mezcló, como guía, socorro, ejemplo, víctima voluntaria; hacer, de una calamidad para todos, una hazaña para este hombre; designarla por su nombre, como una conquista, o un descubrimiento.

El protomédico Lodovico Settala, que no sólo había visto aquella peste, sino que había sido uno de sus más activos e intrépidos, y, aunque jovencísimo entonces, de sus más famosos sanadores; y que ahora, sospechando grandemente de ésta, estaba alerta y sobre aviso, informó, el 20 de octubre, al tribunal de sanidad, de que, en el pueblo de Chiuso (último del territorio de Lecco, y confinante con el Bergamasco), había entrado indudablemente el contagio. No por ello se tomó resolución alguna, como se lee en el Informe de Tadino.

Y he aquí que empiezan a llegar avisos parecidos de Lecco y de Bellano. El tribunal se decidió entonces, contentándose con enviar a un comisario, que, por el camino, recogiese a un médico de Como, y fuese con él a visitar los lugares indicados. Ambos, «o por ignorancia o por otra causa, se dejaron persuadir por un viejo e ignorante barbero de Bellano, de que aquella clase de males no era peste»; sino, en algunos lugares, efecto ordinario de las emanaciones otoñales de los pantanos, y en los otros, efecto de las privaciones y penalidades sufridas, durante el paso de los alemanes. Semejante seguridad fue transmitida al tribunal, que al parecer se dio con ello por satisfecho.

Pero, llegando sin tregua más y más noticias de muerte de distintos lugares, fueron enviados dos delegados para ver y proveer: el ya mencionado Tadino, y un oidor del Tribunal. Cuando éstos llegaron, el mal se había extendido ya tanto, que las pruebas se ofrecían por sí solas, sin necesidad de ir a buscarlas. Recorrieron el territorio de Lecco, la Valsassina, las riberas del lago de Como, los distritos denominados Monte de Brianza y Gera de Adda; y por doquier hallaron pueblos cerrados por cancelas en las entradas, otros casi desiertos, y sus habitantes huidos y acampados en las tierras, o dispersos; «y nos parecían», dice Tadino, «criaturas salvajes, llevando en la mano unos hierbabuena, otros ruda, otros romero y otros frascos de vinagre». Se informa- ron del número de muertos: era espantoso; visitaron enfermos y cadáveres, y por doquier hallaron las feas y terribles marcas de la pestilencia. Dieron al punto, por carta, aquellas siniestras noticias al tribunal de sanidad, el cual, al recibirlas, que fue el 30 de octubre, «se dispuso», dice el mismo Tadino, a prescribir las cédulas, para impedir el acceso a la ciudad de las personas procedentes de los pueblos donde el contagio se había manifestado; «y mientras se redactaba el bando», dio anticipada- mente alguna orden sumaria a los consumeros.


Alessandro Manzoni (Italia, 1785-1873).

jueves, 12 de marzo de 2020

Epidemias: ROMEO Y JULIETA, de William Shakespeare


(Acto V, escena III)

Entra Fray Juan.

Fray Juan: ¡Fray Lorenzo! ¡Hermano! Entra Fray Lorenzo.

Fray Lorenzo: ¡Fray Juan...! ¡Bienvenido! ¿Cómo está Romeo?

Fray Juan: No lo he visto Lorenzo. Fui a buscar un hermano, uno de nuestra orden, estaba en la ciudad visitando a un enfermo. Lo encontré en el momento en que la guardia sospechó que pudiese venir de alguna casa donde hubiese contagio de la peste. Sin dejarnos salir, sello las puertas, y fue así que no pude hacer el camino hasta Mantua.

Fray Lorenzo: ¿Quién llevó mi carta hasta Romeo?

Fray Juan: Nadie... Aquí te la devuelvo. Ni siquiera pude encontrar un mensajero que te la devolviera. Tanto miedo hay a la peste...

Fray Lorenzo: ¡Por mis santas órdenes! No era una carta cualquiera. Haberla dejado sin entregar es muy peligroso. Rápido hermano Juan. Necesito una barra de hierro....

Fray Juan: La estoy trayendo...

Sale Fray Juan.

Fray Lorenzo: Debo ir ya mismo a la tumba. Despertará en tres horas... Pobre cuerpo viviente, encerrado entre muertos...

Sale.

William Shakespeare (Inglaterra, 1564-1616).

(Traducido al español por Mauricio Kartun).

La ilustración corresponde al personaje de Fray Lorenzo durante el quinto acto de Romeo y Julieta durante la puesta en escena de la Royal Shakespeare Company en 2004. La fotografía fue tomada por Peter Coombs. 

martes, 10 de marzo de 2020

Epidemias: BOMARZO, de Manuel Mujica Lainez

"... los buitres que revolotean alrededor de la carroña y que (…) trotaban melancólicamente de una botica de apoticario a la otra..."

(Fragmento del capítulo II: Incertidumbres del amor)

Era la suya una enfermedad misteriosa, cuyo diagnóstico escapaba a los físicos de Florencia. Los primeros días, para impetrar el favor del cielo en socorro de la niña, Clarice Strozzi mandó comprar una figura de cera a la via del Serví en la cual trabajaban los fabricantes de imágenes: una muñeca que, con su pelo rubio, pretendía reproducir los rasgos de Adriana, y la envió a la iglesia de la Annunziata, donde la suspendieron entre luminarias, consagrando la paciente a la Virgen. Pero Adriana no mejoró. De nada sirvieron los médicos ignorantes, a quienes Henri Cornelius Agrippa compara con los buitres que revolotean alrededor de la carroña y que, según él, trotaban melancólicamente de una botica de apoticario a la otra, inquiriendo si no había orinas para examinar. Probablemente el mal se vinculaba con la peste que había asolado a Florencia dos años antes, a la cual se mentaba como el castigo peor que la ciudad había sufrido desde el siglo XIV, y que resurgió poco más tarde, tremenda, devastadora, entre un séquito de charlatanes que recetaban pociones inútiles y que, asustados, desaparecieron pronto. Adriana dalla Roza languidecía en su lecho del palacio. Adriana, más bella que nunca, en la habitación sombría que olía a drogas, encendidos los extraños ojos violetas, se había tornado tan exangüe y transparente que su cara recordaba el tono de ciertos camafeos imperiales, con unas venas muy azules en las sienes. Sus manos yacían sobre las cobijas, como muertas. Había enflaquecido tanto, que el topacio se le deslizaba del anular, presto a caer. Así la vi muchas veces, durante cuatro semanas.

De noche, cuando nadie se enteraba de ello, yo me dirigía a su aposento de puntillas, metiéndome con un cirio parpadeante por los pasillos solitarios. Cuidaba de ella una mujer de la casa de Clarice, llamada Nencia, hembra madura ya, cuarentona, de caderas fuertes, cuyo tufo acre se mezclaba al de las pócimas y que, no bien llegaba yo, me acogía con una sonrisa cómplice, me hacía una reverencia cortesana, abandonándome la silla donde cabeceaba junto al lecho y se apartaba hacia el fondo de la sala en penumbra. Me acomodaba allí; estiraba los pies sobre un taburete; y toda mi tarea consistía en velar a mi adorada, cuyo delirio, salpicado de palabras confusas, crecía con el amanecer. A veces llevaba uno de mis libros, para combatir la modorra, y entonces la habitación se colmaba de encantamientos. Como Ariosto multiplica en su poema los nombres de los sitios de Italia que se prolongan desde los Alpes hasta Sicilia, los episodios cobraban para mí una alarmante realidad. Entrecerraba los ojos e invocaba a Merlín, para que acudiera y, con un filtro, con un ademán, salvara a Adriana. Otras veces Nencia se adelantaba a hablarme quedamente, como si brotara, con su rostro enérgico y un andar inesperadamente elástico para su volumen, de las vagas colgaduras que contribuían a la magia del lugar, pues damas prisioneras habían tejido en esos paños, siglos atrás, las figuras de otras damas, como ellas reservadas y tristes, que se marchitaban eternamente entre lebreles y árboles. Nencia era soltera y ya entonces confieso que su proximidad me inquietaba un poco, porque de repente su mirar se inflamaba sobre la autoritaria nariz y, aunque extremaba las fórmulas de respeto, su presencia acechante se añadía a la perturbación que nacía del ámbito. Me hablaba de su niñez, en una aldea de los aledaños de Roma. Su devoción por los Orsini rayaba en la extravagancia. Se le llenaba la boca cuando aludía a uno de los nuestros. Sentía, en seguida lo advertí, una admiración ciega por las viejas familias, por los títulos, por la gloria de los linajes. De tanto en tanto se atrevía a formular una pregunta y yo, adulado por su curiosidad, me apresuraba a responder, desenredando la madeja de los parentescos y de las vidas, como si alzara ante sus ojos ávidos una punta del velo que cubría al orsiniano sanctasanctórum. También departíamos, para burlar al sueño, sobre consejas de duendes y de milagrería. Le conté lo que en Plinio había leído, acerca del hipo- centauro que desde Egipto enviaron al emperador, conservado en miel; y ella me refirió lo que sabía del monstruo que exhibieron en Roma, en el Campo di Fiore, cerca del Palacio Orsini, y que tenía cuerpo de niña, cola y cabeza de gato. Cuando la escuchaba, oteaba hacia los rincones, temeroso de espectros.


Manuel Mujica Lainez (Argentina, 1910-1984).

lunes, 9 de marzo de 2020

Epidemias: LA PESTE EN FLORENCIA, de Gustave Flaubert


(Fragmento inicial del capítulo VI)

Florencia estaba de luto, pues sus hijos morían por la peste; después de un mes de reinar soberana en la ciudad, durante dos días aumentó su furia. El pueblo murió maldiciendo a Dios y a sus ministros, blasfemaron en su delirio, y en su lecho de angustia y dolor, si les quedaba una palabra, era una maldición. Y como el fin estaba próximo, se revolcaban riendo estúpidamente en el libertinaje y todo el lodo del vicio. Cuando se enfrenta tal desgracia en la existencia de un hombre, un dolor tan grande, una desesperación tan conmovedora, uno se abandona por el placer de insultar a aquel que nos hace sufrir, y lanza con desprecio su dignidad de hombre como una máscara de teatro, para entregarse al libertinaje más sucio, al vicio más degradante, y expira bebiendo al compás de la música. Es el ejecutado que decide emborracharse para enfrentar el suplicio.

¡Es entonces que los filósofos deben considerar al hombre, cuando hablan de su dignidad y del espíritu de las masas!

Gustave Flaubert (Francia, 1821-1880).

domingo, 8 de marzo de 2020

Epidemias: IMPRESIONES DE VIAJE, de Alexandre Dumas

"... una antigua tradición popular designa ser a la que Boccaccio se retiró durante la peste de Florencia..."

(Fragmento de Villa Palmieri)

Delante de la iglesia de Santo Domingo encontramos nuestro carruaje, que había descendido despacio por el camino de la Nobleza, y que nos aguardaba a la sombra del pórtico. En un instante estuvimos en la villa Palmieri, residencia encantadora que una antigua tradición popular designa ser a la que Boccaccio se retiró durante la peste de Florencia con aquel brillante séquito de apuestos caballeros y bellas damas, que había encontrado en la iglesia de Santa María la Nueva de Florencia, y los que unos después de otros, bajo apacibles sombras, contaban las picantes noveles del Decamerón.

Alexandre Dumas (Francia, 1802-1870).

(Traducido al español por Don José Muñoz y Gaviria).
La ilustración corresponde a la Villa Palmieri en Florencia, Italia.

sábado, 7 de marzo de 2020

Epidemias: EL DECAMERÓN, de Giovanni Boccaccio


"... un grupo de jóvenes se las arreglan, sin embargo para fugar hacia lo imaginario, recluyéndose en una quinta a contar cuentos."

Desde la primera vez que leí el Decamerón, en mi juventud, pensé que la situación inicial que presenta el libro, antes de que comiencen los cuentos, es esencialmente teatral: atrapados en una ciudad atacada por la peste de la que no pueden huir, un grupo de jóvenes se las arreglan sin embargo para fugar hacia lo imaginario, recluyéndose en una quinta a contar cuentos. Enfrentados a una realidad intolerable, siete muchachas y tres varones consiguen escapar de ella mediante la fantasía, transportándose a un mundo hecho de historias que se cuentan unos a otros y que los llevan de esa lastimosa realidad a otra, de palabras y sueños, donde quedan inmunizados contra la pestilencia.

¿No es esta situación el símbolo mismo de la razón de ser de la literatura? ¿No vivimos los seres humanos desde la noche de los tiempos inventando historias para combatir de este modo, inconscientemente muchas veces, una realidad que nos agobia y resulta insuficiente para colmar nuestros deseos?

Mario Vargas Llosa
Párrafos iniciales de Bocaccio en escena
(Publicado en Letras Libres el 20 de Mayo de 2014).



(Fragmento de la Jornada Primera)

Y digo, pues, que los años de la fructífera Encarnación del Hijo de Dios habían llegado a mil trescientos cuarenta y ocho, cuando en la egregia ciudad de Florencia, espléndida entre todas las de Italia, sobrevino la mortífera peste. La cual, por obra de cuerpos celestes o por nuestros inicuos actos, la justa ira de Dios envió sobre los mortales, y fue originada unos años atrás en las partes de Oriente, donde arrebató una innumerable cantidad de vidas, y desde allí, sin detenerse, prosiguió devastadora hacia el Occidente, extendiéndose pavorosamente.

No valía entonces ninguna previsión ni providencia humana, como limpiar la ciudad por operarios nombrados para tal caso, ni prohibir que algún enfermo entrara en la población, ni dar muchos consejos para conservar la salud, ni hacer, no uno, sino muchos actos píos invocando a Dios, en procesiones ordenadas y de otras maneras, por las personas devotas.

En todo caso, al iniciarse la primavera del año anterior, comenzó la peste sus horribles efectos, apareciendo de una manera casi milagrosa. Pero no ocurría como en Oriente, donde el verter sangre de la nariz era signo de muerte inmediata, sino que aquí, al empezar la enfermedad, salíanles a las hembras y a los varones unas hinchazones en las ingles y los sobacos que a veces alcanzaban el tamaño de una manzana común, o bien como un huevo, unas más mayores que otras. Vulgarmente se las denominaba bubas. Las mortíferas inflamaciones iban surgiendo por todas partes del cuerpo en poco tiempo, y seguidamente se convertían en manchas negras o lívidas que surgían en brazos, piernas y demás partes del cuerpo, grandes y diseminadas, o apretadas y pequeñas. Y así como el bubón primitivo era signo, y aún lo es, de muerte inmediata, también éranlo esas manchas. Para curar tal enfermedad no parecían servir el consejo de los médicos ni el mérito de medicina alguna, ya porque la naturaleza del mal no lo consentía, o bien, a causa de la ignorancia de los médicos (cuyo número, aparte del de los hombres de ciencia, habíase hecho grandísimo, entre hombres y mujeres carentes de todo conocimiento de Medicina), haciendo que escapase el origen del daño y el modo de tratarlo. Y así, no sólo eran raros los que se curaban, sino que casi todos, al tercer día de la aparición de los antedichos signos, cuando no antes o algo después, morían sin fiebre alguna ni otro accidente. Esta peste cobró una gran fuerza; los enfermos la transmitían a los sanos al relacionarse con ellos, como ocurre con el fuego a las ramas secas, cuando se les acerca mucho. Y el mal siguió aumentando hasta el extremo de que no sólo el hablar o tratar con los enfermos contagiaba enfermedad a los sanos, y generalmente muerte, sino que el contacto con las ropas, o con cualquier objeto sobado o manipulado por los enfermos, transmitía la dolencia al sano. Maravilloso sería creer lo que afirmo, si los ojos de muchos, y los míos propios, no lo hubieran visto, de manera que yo no osaría creerlo, y menos escribirlo, si mucha gente digna de fe no lo hubiese visto u oído.

Giovanni Boccaccio (Italia, 1313-1375).

Las ilustraciones corresponden a El Decamerón (1916), de John William Waterhouse,
y a una recreación fotográfica actual del mismo cuadro.

viernes, 6 de marzo de 2020

Epidemias: EDIPO REY, de Sófocles

"Un dios que trae el fuego abrasador de las fiebres, la execrable Peste, se ha adueñado de la ciudad..."

(Parlamento inicial)

La acción transcurre en Tebas, ante el palacio de Edipo. En el centro, un altar con varios escalones. Un grupo numeroso de tebanos, de toda edad y condición social, arrodillados, que han depositado ramas laurel y olivo adornadas con cintas blancas, se hallan en círculo, y en el centro de éste, el gran sacerdote de Zeus.

Edipo sale del palacio; se detiene un momento en el umbral, contempla a la multitud y empieza a hablar:

¡Hijos míos, nuevos vástagos del antiguo Cadmo!, ¿Qué tenéis que impetrar de mí, cuando venís a esta audiencia con ramos de suplicantes? Nuestra ciudad está saturada del humo del incienso, así como de ayes y lamentos. Por eso, hijos míos, he creído preferible informarme por mí mismo, y no por mensajeros, y con este fin he querido presentarme aquí yo mismo, Edipo, cuyo nombre es celebrado por todos los labios. «Vamos, habla tú, anciano, puesto que por tu edad eres el más indicado para explicarte por ellos. ¿Por qué esa actitud? ¿Con qué fin os habéis congregado aquí? ¿Qué teméis o qué deseáis? Heme aquí dispuesto a ayudaros en todo, ya que tendría que ser insensible al dolor si no me conmoviesen tal concurrencia y vuestra actitud suplicante.

Sacerdote: Pues bien, ¡Oh Edipo!, rey de nuestra patria, ya ves que somos suplicantes de todas las edades, agrupados en torno de las aras de tu palacio. Unos no tienen aún fuerza para volar lejos del nido; otros, sacerdotes como yo lo soy de Zeus, abrumados por los años; éstos se cuentan entre lo más florido de nuestra juventud, mientras el resto del pueblo, coronado con las ramas de los suplicantes, se apiña en el Ágora, en torno de los dos templos consagrados a Palas y junto a las cenizas proféticas del divino Ismeno. «Tebas, como tú mismo lo estás viendo, se halla profundamente consternada por la desgracia; no puede levantar la cabeza del abismo mortífero en que está sumida. Los brotes fructíferos de la tierra se secan en los campos; perecen los rebaños que pacen en los pastizales; se despuebla con la esterilidad de sus mujeres. Un dios que trae el fuego abrasador de las fiebres, la execrable Peste, se ha adueñado de la ciudad, y va dejando exhausta de hombres la mansión de Cadmo, mientras las sombras del Hades desbordan de llantos y de gemidos. Ciertamente ni estos jóvenes ni yo, apiñados en torno de tus lares, pretendemos igualarte con los dioses; pero te reconocemos como el primero de los mortales para socorrernos en la desgracia que se cierne sobre nuestras vidas y para obtener el auxilio de los dioses. Pues fuiste tú, cuando viniste a esta ciudad de Cadmo, quien nos libraste del tributo que pagábamos a la implacable Esfinge, y esto lo hiciste sin haber sido informado por nosotros ni haber recibido ninguna instrucción. Tebas piensa y proclama que sólo con la ayuda de alguna divinidad conseguiste enderezar el rumbo de nuestra vida. Hoy, pues, poderoso Edipo, a ti vuelven sus ojos todos estos suplicantes que te ruegan halles remedio a sus males, bien porque hayas oído la voz de algún dios, bien porque te hayas aconsejado de algún mortal, pues sé que los consejos de los hombres de experiencia ejercen una feliz influencia en los acontecimientos. «¡Ea, oh tú, el mejor de los mortales, salva a esta ciudad! ¡Vamos!, recuerda que si esta tierra hoy te proclama su salvador, es en atención a tu celo pasado. Que tu reino no nos deje jamás el recuerdo de haber sido puestos a flote, para después volver a caer en el abismo. Levanta, pues, esta ciudad con firme solidez. Tiempo atrás, felices auspicios te hicieron hallar para nosotros una suerte favorable; sé hoy semejante a lo que fuiste entonces. Si, en efecto, has de continuar rigiendo esta tierra, será más confortador reinar sobre hombres que regir un país sin habitantes. De nada sirven navíos y fortalezas tan pronto como los hombres han desertado de ellos.

Sófocles (Grecia, 496 a. de C.-406 a. de C.)

jueves, 5 de marzo de 2020

Epidemias: EPOPEYA DE GILGAMESH, poema babilonio

"En vez de decretar el diluvio, hubiera surgido una epidemia que azotara el país."

(Fragmento de la tablilla XI: Narración de la historia del diluvio)

Ea tomó la palabra y dijo,
dirigiéndose a Enlil:
Tú, sabio entre los dioses,
el Valeroso,
¿cómo no pediste consejo
para imponer el diluvio?
Impón al culpable una pena,
impón un castigo al criminal.
Perdona, no destruyas,
sé generoso...
En vez de decretar el diluvio,
hubieran surgido leones
que redujeran el número de gente.
En vez de decretar el diluvio,
hubieran surgido lobos
que redujeran el número de gente.
En vez de decretar el diluvio,
hubiera habido una hambruna
para debilitar al país.
En vez de decretar el diluvio,
hubiera surgido una epidemia
que azotara al país.
Yo no develé el secreto
de los grandes dioses;
yo sólo induje un sueño a Atráhasis,
y él oyó el secreto de los dioses.


Poema épico anónimo
Traducido al español directo de la lengua acadia por Jorge Silva Castllo.

lunes, 2 de marzo de 2020

Epidemias: LA ILÍADA, de Homero


Canto I: La peste y la cólera

(Fragmento inicial)

Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves -cumplíase la voluntad de Zeus- desde que se separaron disputando el Atrida, rey de hombres, y el divino Aquiles.

¿Cuál de los dioses promovió entre ellos la contienda para que pelearan? El hijo de Leto y de Zeus. Airado con el rey, suscitó en el ejército maligna peste, y los hombres perecían por el ultraje que el Atrida infiriera al sacerdote Crises. Éste, deseando redimir a su hija, se había presentado en las veleras naves aqueas con un inmenso rescate y las ínfulas de Apolo, el que hiere de lejos, que pendían de áureo cetro, en la mano; y a todos los aqueos, y particularmente a los dos Atridas, caudillos de pueblos, así les suplicaba:

- ¡Atridas y demás aqueos de hermosas grebas! Los dioses, que poseen olímpicos palacios, os permitan destruir la ciudad de Príamo y regresar felizmente a la patria! Poned en libertad a mi hija y recibid el rescate, venerando al hijo de Zeus, a Apolo, el que hiere de lejos.

Todos los aqueos aprobaron a voces que se respetara al sacerdote y se admitiera el espléndido rescate; mas el Atrida Agamenón, a quien no plugo el acuerdo, le despidió de mal modo y con altaneras voces:

- No dé yo contigo, anciano, cerca de las cóncavas naves, ya porque ahora demores tu partida, ya porque vuelvas luego, pues quizás no te valgan el cetro y las ínfulas del dios. A aquélla no la soltaré; antes le sobrevendrá la vejez en mi casa, en Argos, lejos de su patria, trabajando en el telar y aderezando mi lecho. Pero vete; no me irrites, para que puedas irte más sano y salvo.

Así dijo. El anciano sintió temor y obedeció el mandato. Fuese en silencio por la orilla del estruendoso mar; y, mientras se alejaba, dirigía muchos ruegos al soberano Apolo, a quien parió Leto, la de hermosa cabellera:

- ¡Óyeme, tú que llevas arco de plata, proteges a Crisa y a la divina Cila, a imperas en Ténedos poderosamente! ¡Oh Esminteo! Si alguna vez adorné tu gracioso templo o quemé en tu honor pingües muslos de toros o de cabras, cúmpleme este voto: ¡Paguen los dánaos mis lágrimas con tus flechas!

Así dijo rogando. Oyóle Febo Apolo e, irritado en su corazón, descendió de las cumbres del Olimpo con el arco y el cerrado carcaj en los hombros; las saetas resonaron sobre la espalda del enojado dios, cuando comenzó a moverse. Iba parecido a la noche. Sentóse lejos de las naves, tiró una flecha y el arco de plata dio un terrible chasquido. Al principio el dios disparaba contra los mulos y los ágiles perros; mas luego dirigió sus amargas saetas a los hombres, y continuamente ardían muchas piras de cadáveres.

Durante nueve días volaron por el ejército las flechas del dios. En el décimo, Aquiles convocó al pueblo al ágora: se lo puso en el corazón Hera, la diosa de los níveos brazos, que se interesaba por los dánaos, a quienes veía morir. Acudieron éstos y, una vez reunidos, Aquiles, el de los pies ligeros, se levantó y dijo:

- ¡ Atrida! Creo que tendremos que volver atrás, yendo otra vez errantes, si escapamos de la muerte; pues, si no, la guerra y la peste unidas acabarán con los aqueos. Mas, ea, consultemos a un adivino, sacerdote o intérprete de sueños -pues también el sueño procede de Zeus-, para que nos diga por qué se irritó tanto Febo Apolo: si está quejoso con motivo de algún voto o hecatombe, y si quemando en su obsequio grasa de corderos y de cabras escogidas, querrá libramos de la peste.

Cuando así hubo hablado, se sentó. Levantóse entre ellos Calcante Testórida, el mejor de los augures -conocía lo presente, lo futuro y lo pasado, y había guiado las naves aqueas hasta Ilio por medio del arte adivinatoria que le diera Febo Apolo-, y benévolo los arengó diciendo:

- ¡Oh Aquiles, caro a Zeus! Mándaseme explicar la cólera de Apolo, del dios que hiere de lejos. Pues bien, hablaré; pero antes declara y jura que estás pronto a defenderme de palabra y de obra, pues temo irritar a un varón que goza de gran poder entre los argivos todos y es obedecido por los aqueos. Un rey es más poderoso que el inferior contra quien se enoja; y, si bien en el mismo día refrena su ira, guarda luego rencor hasta que logra ejecutarlo en el pecho de aquél. Dime, pues, si me salvarás.

Y contestándole, Aquiles, el de los pies ligeros, le dijo:

- Manifiesta, deponiendo todo temor, el vaticinio que sabes; pues ¡por Apolo, caro a Zeus; a quien tú, Calcante, invocas siempre que revelas oráculos a los dánaos!, ninguno de ellos pondrá en ti sus pesadas manos, cerca de las cóncavas naves, mientras yo viva y vea la luz acá en la tierra, aunque hablares de Agamenón, que al presente se jacta de ser en mucho el más poderoso de todos los aqueos.

Entonces cobró ánimo y dijo el eximio vate:

- No está el dios quejoso con motivo de algún voto o hecatombe, sino a causa del ultraje que Agamenón ha inferido al sacerdote, a quien no devolvió la hija ni admitió el rescate. Por esto el que hiere de lejos nos causó males y todavía nos causará otros. Y no librará a los dánaos de la odiosa peste, hasta que sea restituida a su padre, sin premio ni rescate, la joven de ojos vivos, y llevemos a Crisa una sagrada hecatombe. Cuando así le hayamos aplacado, renacerá nuestra esperanza.


Homero (Grecia, siglo VIII a. de C.)