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Vancouver, English Bay, atardecer en abril.

miércoles, 10 de junio de 2015

Páginas ajenas: LA DURMIENTE, de Edgar Allan Poe


(Fragmentos)


A medianoche, en el mes de junio,
me paro bajo el místico plenilunio.
Un vapor de opio, húmedo, sombrío,
Exhala su hálito dorado,
Y suavemente escurre, gota a gota,
Sobre la cima apacible de la montaña.
Se interna somnoliento y musical
Dentro del valle universal.
El romero se inclina ante la tumba;
El lirio se recuesta sobre la ola;
Envolviendo la niebla en su seno
La ruina enmohece su reposo;
¡Se mira como el Leteo! El lago
Parece que consciente dormitase,
Y por ningún motivo fuera a despertar.
¡Toda la belleza duerme! -ahí
donde el destino de Irene yace.
...
¡Como fantasmas las sombras crecen y se desvanecen!
¿Por qué y para qué estás durmiendo aquí?
Sin duda vienes desde más allá de lejanos mares,
¡Un prodigio para los árboles de estos jardines!
¡Extraña es tu palidez! ¡Extraño tu vestido!
¡Más extraño aún, lo largo de tu trenza,
y todo este solemne silencio!
...
Lejos en el bosque, lúgubre y antiguo,
En una cripta abierta para ella,
Al viento ondean triunfales
Con el negro color mortuorio
De su gran familia los paños funerales.
Un sepulcro solitario y remoto,
Contra cuyo portal arrojara alguna vez
Las ociosas pedradas de la niñez,
Tumba en la que del sonido de su puerta
ya ni siquiera el eco se oía,
Asusta pensar, ¡pobre hija del pecado!
Que era la muerte quien gemía.


Edgar Allan Poe (Estados Unidos, 1809-1949)

(Traducido del inglés por Jules Etienne)

martes, 9 de junio de 2015

Noches de junio


"Era una buena noche de junio, fresca y con luna, y estuvieron despiertos y retozando en la cama hasta el amanecer, indiferentes al viento que pasaba por el dormitorio, cargado con el llanto de los parientes de Prudencio Aguilar." El párrafo anterior, de la célebre novela Cien años de soledad, es el que precede al relato de la travesía por la sierra de José Arcadio Buendía que finalmente los llevaría a fundar Macondo. Y es que Úrsula no dejaba de alucinar las apariciones del difunto Prudencio Aguilar:

"Los muertos no salen", dijo. "Lo que pasa es que no podemos con el peso de la conciencia." Dos noches después, Úrsula volvió a ver a Prudencio Aguilar en el baño, lavándose con el tapón de esparto la sangre cristalizada del cuello.

Después de eso, fastidiado por lo que su mujer le contaba, José Arcadio sale al patio con una lanza y lo amenaza: "Cuantas veces regreses volveré a matarte"; pero ni él se atrevió a arrojar la lanza ni pudo volver a dormir bien. Por eso fue que prefirieron emigrar: "Está bien, Prudencio -le dijo-. Nos iremos de este pueblo, lo más lejos que podamos, y no regresaremos jamás. Ahora vete tranquilo."

Y para continuar con ese tipo de atmósfera, Arthur Machen, un autor galés del siglo XIX y principios del XX, se especializó en cuentos fantásticos como El gran Pan y Pueblo blanco -a los que se ha referido el cineasta Guillermo del Toro: "Me gustaría que El laberinto del fauno transmitiera la misma sensación que los relatos de Arthur Machen"-, así como las novelas Los tres impostores y La casa de las almas. Al fallecer su primera esposa, en 1899, dejó temporalmente de escribir y se unió a la Orden del Amanecer Dorado, una sociedad secreta dedicada al esoterismo. Vale la pena mencionar que en su juventud tuvo la oportunidad de trabajar con el editor y librero George Redway, quien le encomendó catalogar su colección de libros de ocultismo, lo que le serviría en un futuro para orientar el carácter de su obra. Su traducción de las Memorias de Casanova fue una de las más completas y eróticas, por lo que se dificultó su edición correspondiente durante la época de la estricta moral victoriana. En 1914, al inicio de la primera guerra mundial, escribió un relato ficiticio titulado Los ángeles de Mons, sobre unos arqueros celestiales que supuestamente habían intervenido en favor del ejército británico en la batalla de ese nombre, lo que provocó que muchos lectores lo consideraran un hecho real e incluso hubo quien llegó a aprovechar dicho material para tratar de comprobar la existencia de los ángeles. Su cuento El misterio glorioso le permitió el acceso a otro mercado de lectores, al ser publicado en una revista estadounidense. Se advierte su influencia en la obra de autores como H. P. Lovecraft, quien lo reconocía como uno de los maestros del horror sobrenatural.

A Machen se le conoce en México a través de un relato suyo: El misterio de Islington, que sirvió como argumento para el guión de la película de humor negro El esqueleto de la señora Morales, con Arturo de Córdova y Amparo Rivelles. El siguiente es un párrafo de su cuento El libro verde:

Luego, otro día, vieron que llevaba alrededor del cuello el collar más hermoso que jamás se había visto por aquellos contornos, mucho más brillante que el collar más elegante de la propia reina, compuesto de centenares de diamantes relucientes, que resplandecían como las estrellas en una noche de junio.

Ahora un fragmento de Los niños de la charca, que forma parte del volumen Pueblo blanco:

Y Arnold se puso en camino, de vuelta a Londres, mientras muchas cosas le daban vueltas en la cabeza. La mayoría de ellas parecían muy confusas, pero él se preguntaba si el huésped de la señora Wilson estaría loco de remate; más loco que el señor Hampole o el granjero de Somerset, o Charles Dickens, cuando vio aparecerse a su padre junto al lecho. Arnold hizo el recuento de sus perplejidades e indagaciones en la siguiente reunión con los tres amigos en el tranquilo patio delantero de la posada. El escenario se había transformado: era una noche de junio en la que los árboles del jardín se agitaban a expensas de la brisa fresca, misma que transportaba al corazón de Londres un vago aroma de los lejanos campos de heno. El licor de la jarra marrón olía a viñas y huertas gasconas, y le pusieron hielo, aunque no por mucho tiempo. Lo único que dijo Harliss durante todo el relato de Arnold fue:

- Conozco cada rincón de ese vecindario y le aseguro que no existe semejante lugar.

También Edgar Allan Poe escribió sobre la medianoche en el mes de junio, en su poema La durmiente, al que en español a veces se le conoce -de manera imprecisa-, como En una noche de junio. Pero de eso ya me ocuparé mañana.


Jules Etienne

La ilustración corresponde a Un sueño de Escocia (A dream of Scotland), de Elena Orlova.

viernes, 5 de junio de 2015

Rusalka: A UNA RUSALKA, de Jan Kasprowicz

 
¡Oh, Rusalka! Por tu sombra
sepulcral, haz asomar
tu cabeza, y, afinados
a la espiral claridad
del relámpago fulgente,
trae los gusli de Boyán,
que la llama del amor
yo la haré centellear,
y haré que se conmuevan
y se aflijan todos juntos
mis cófrades, los eslavos.
 
Enemigo de ultratumba,
el polvo que nos rocía
y que ultraja nuestra fe;
y quién sabe de qué modo
nuestra alma se sorprende:
he aquí que nuestro hermano
desconfía, se reserva
y, en su orgullo irreflexivo,
o no quiere o no sabe
sembrar la flor de una idea.
 
 
Jan Kasprowicz (Polonia, 1860-1926)
 
(Traducido del polaco por Francisco Molina Moreno)
 
La ilustración corresponde a Rusalki, de Jacek Malczewski 

jueves, 4 de junio de 2015

Rusalka: MITOS RUSOS, de Elizabeth Warner

 
(Fragmento del capítulo Rusalka)

En el siglo XIX, los eruditos ya habían establecido que las rusalki eran esencialmente criaturas fantasmales, espíritus de los muertos, más que divinidades de las aguas. Sin embargo, la naturaleza de estas almas de los muertos fue motivo de debate durante mucho tiempo. Muchos etnógrafos del siglo XIX y de principios del XX eran de la opinión de que en los tiempos precristianos cualquier persona muerta podía llegar a convertirse en una rusalka. D. K. Zelenin finalmente estableció que, tal como indicaban claramente las pruebas procedentes de las fuentes populares, las rusalki debían considerarse únicamente como muertos impuros y, específicamente, como espectros de las mujeres ahogadas.
 
Muchas de las creencias y anécdotas relativas a la rusalka aluden a una muerte accidental o violenta, ya fuera suicidio o asesinato, y pueden tener una naturaleza sentimental. La infortunada fantasma a la que se le han negado los ritos funerarios adecuados, permanece en el lugar de su muerte, gimiendo lastimeramente y aterrorizando a quienes pasan cerca de allí, o vuelve para perseguir al amante que perdió o que la engañó.
 
Las descripciones de las rusalki procedentes de toda Rusia las presentan como mujeres jóvenes y atractivas, bellezas etéreas de rostro pálido y delicado y piel translúcida, que denotan tanto su naturaleza fantasmal como su larga residencia en las profundidades de las aguas del río o lago, lejos de la luz del sol. Con frecuencia las rusalki tenían el cabello verde, como las algas y las hierbas de las orillas del río donde retozaban en las noches de luna.También era corriente el cabello rubio pálido e incluso negro. Algo muy significativo, la rusalka llevaba el cabello descubierto y sin trenzar, una situación que los rusos asociaban con lo sobrenatural -las brujas tampoco se cubrían el cabello- o con la liminaridad, porque se destrenzaba el cabello de la novia la víspera de su matrimonio al igual que el de una mujer muerta en su ataúd. Las rusalki también podían convertirse en aves acuáticas y a veces taenían los pies palmeados. Hay poca información sobre la forma de vestir de las rusalki. La mayoría iban desnudas y descalzas, o llevaban únicamente una sencilla túnica blanca sin cinturón, un detalle que, al igual que el pelo suelto, apoya el concepto de las rusalki como seres impuros. Para el campesinado ruso, ir sin cinturón constituía una violación de la conducta civilizada cristiana.
 
Mientras que el domovoi, el leshii y el vodyanoi eran seres esencialmente masculinos, que ocasionalmente adoptaban formas femeninas o tenían «esposas», las rusalki se imaginaban, incuestionablemente, como criaturas femeninas. Sus ocupaciones e intereses eran similares a los de las jóvenes campesinas. Disfrutaban dando pasos de baile, cantando, riéndose, haciendo ruido y parloteando. Construían columpios atando las ramas de los árboles que colgaban sobre el agua. Lavaban su ropa a la orilla del río e incluso intentaban hilar para hacer prendas con las cuales cubrir su desnudez.


Elizabeth Ann Warner (Inglaterra, 1940)

miércoles, 3 de junio de 2015

RUSALKA: la ópera de Dvorák


A finales del siglo XIX, en Bohemia y Moravia se gestaba un movimiento cultural nacionalista para fortalecer la identidad del pueblo checo ante la influencia germana. Al calor de dicha situación, el poeta Jaroslav Kvapil se dio a la tarea de escribir el libreto para una ópera en lengua checa que rescatara elementos de sus propias tradiciones. Basándose sobre todo en los cuentos de hadas de Karel Jaromir Erben y Bozena Nemcová -aunque también con influencia de otras historias como La sirenita, de Andersen, y Ondina, de Friedrich de la Motte-, lo concluyó en 1899 y se lo ofreció a Antonín Dvorák para que compusiera la música. Éste, que tenía gran aprecio por la obra de Erben, aceptó y se puso a trabajar en la partitura entre abril y noviembre del año siguiente. Cuentan que para componerla Dvorák se retiraba todos los días a orillas de un lago solitario en el bosque, y por eso también solía decirse que la espléndida aria La canción de la luna en verdad se la había inspirado una rusalka. El estreno tuvo lugar en el Teatro Nacional de Praga en marzo de 1901, con gran éxito. De hecho, se le considera su trabajo dramático más logrado.

El argumento, según el Diccionario de la Ópera, de Kurt Pahlen, es el siguiente:

"Una hermosa noche de verano, las ondinas juegan en un lago del bosque y bromean con el viejo espíritu de las aguas. Sin embargo, una no está completamente entregada al juego: Rusalka ama al príncipe que va a cazar con frecuencia a ese lugar, el cual no puede verla porque es invisible a los ojos humanos. Rusalka anhela tener un cuerpo humano y vivir la vida de una mujer. El espíritu de las aguas intenta inútilmente disuadirla. Rusalka recurre a la bruja, que puede cumplir su deseo pero que le impone una condición difícil: enmudecer. Sin embargo, nadie puede disuadirla de su deseo. Y así, el príncipe, que se ha enamorado de ella, la lleva a su castillo. Pero su amor se enfría un poco, pues no pude entender a la extraña mujer, bella y siempre silenciosa. A una princesa le resulta fácil llamar la atención del príncipe. El espíritu de las aguas, que no puede soportar más el sufrimiento de Rusalka, se la arrebata al príncipe. Sólo entonces éste comprende que ha amado a un ser del reino de los espíritus. Su deseo despierta otra vez y envía mensajeros para que encuentren a Rusalka, quien vagabundea desesperada; ha sido desterrada del reino de las aguas; no puede y no quiere volver al reino de los hombres. La bruja le sugiere una solución: si mata al príncipe quedará redimida y podrá volver a las profundidades del lago. Pero Rusalka sigue amando al príncipe y, cuando éste por fin llega, enfermo de nostalgia, al borde del lago, la ondina quiere salvarlo. El príncipe sabe que el beso de Rusalka se ha vuelto mortal para él, pero anhela ese final. Muere en el instante más dichoso de su vida."

Se dice que su antecedente más remoto es una leyenda medieval que ha llegado hasta nuestros días a través de Melusina o la noble historia de Lusignan, escrita por Jean D'Arras entre 1387 y 1392. Es el relato de un hada que se convierte en mujer por amor: "... hacía tan graves llantos y echaba tan amargos suspiros que parecía claramente a todos los que la oían que oían la voz de una doncella". Aunque el mito original era celta, se fue modificando al trasladarse al norte de Francia, en la región de Normandía. A las hadas acuáticas se les conocía como las damas blancas, habitaban en los bosques y siempre estaban al acecho en la proximidad de los ríos, puentes o barrancas donde podrían encontrarse con los viajeros perdidos. Su hermosura era irresisitible aunque eran crueles y esquivas. Paraban a los viajeros y los forzaban a contestar sus enigmas secretos; si se negaban a bailar con ellas o respondían de manera errónea a sus preguntas, los atormentaban y los arrojaban en alguna zanja. También se decía que eran una especie de intermediarias entre la vida y la muerte ya que eran capaces de adivinar cuando alguna persona moriría. Melusina y sus hermanas estaban consideradas como damas blancas.

Por último, Aleksandr Pushkin dejó inacabado su extenso poema dramático Rusalka: se trata de la historia del discípulo de un monje que se encuentra en la ribera del río cuando es atraído por una mujer muy bella para conducirlo a la muerte. Su propio maestro había traicionado a la mujer casándose con otra y empujándola al suicidio, con lo que se convirtió en una rusalka. Dargomyzhsky compuso también una ópera sobre este tema que se estrenó en 1856, en San Petersburgo.


Jules Etienne

 La ilustración corresponde al programa de mano del Teatro Mikhailovsky de San Petersburgo para la ópera Rusalka, de Antonín Dvorak y al programa original del estreno en el Teatro Nacional de Praga en 1901.

martes, 2 de junio de 2015

Páginas ajenas: RUSALKA, de Aleksandr Pushkin

"Luego se desvanece en el agua cristalina y al instante todo es silencio."

(Fragmento)

Contempla, con su corazón lleno de angustia,
con el miedo que es incapaz de explicar;
observa las olas que se elevan
y de pronto, se calman de nuevo.
Entonces, blanca como la primera nieve,
ligera como sombra nocturna,
viene a tierra y en silencio se sienta
en la orilla, una doncella desnuda.

Ella lo ve mientras cepilla con suavidad
su cabello y sacude el agua de sus brazos.
Tiembla de miedo y lo mira atenta
con un seductor encanto lascivo.
Agita su mano ansiosa y algo señala,
asiente furtiva, sonriendo desde lejos,
y en un par de segundos se sumerge fugaz
en las aguas tranquilas, como una estrella.

El viejo, triste, no ha dormido un instante.
Toda la noche, todo el día no deja de rezar;
ante sus ojos aún brilla
la sombra persistente de la maravillosa joven.
El bosque se ha vestido de noche;
la luna pasea en el caliginoso suelo;
y ahí está la doncella -joven, deliciosa,
recostada en la hechizada orilla.

Ella lo mira, cepillando su cabello,
sonríe, le envía besos dulces y agrestes,
juega con las olas -las acaricia, salpica-
ahora ríe, ahora gime como un niño,
suspira tiernamente, lo llama fuerte, más fuerte...
"¡Aquí, monje, aquí, monje! ¡Ven a mí, ven a mí!"
Luego se desvanece en el agua cristalina
y al instante todo es silencio.

Al tercer día el ardiente ermitaño
estaba sentado en la orilla, arrobado,
esperando a la sirena, voluptuosa,
como una sombra que yace en el bosque.
La noche se rinde ante la aparición del sol;
para entonces el monje ya ha desaparecido.
Se dice que una multitud de erizos
vio pasar flotando una húmeda barba gris.
 

Aleksandr Pushkin (Rusia, 1799-1837)

domingo, 31 de mayo de 2015

Rusalka: NOCHE DE MAYO o LA AHOGADA, de Nikolái Gógol


(Fragmento)

- Y mira ahí... -dijo Levko, volviéndose hacia Ganna-. Mira . Ahí, más allá de la casa, hay un alto acantilado. Desde allí se arrojó al agua la muchacha, que desde entonces desapareció del mundo.

- ¿Y la bruja? -preguntó con aire asustado Ganna, mirándole con ojos llenos de lágrimas.

- ¡La bruja!... Las viejas han inventado que a partir de ese tiempo todas las noches de luna salen las ahogadas al jardín del capitán de cosacos a calentarse bajo los rayos de la luna y que la hija de éste va a la cabeza de ellas. Una noche vio a su madrastra junto al estanque. Se abalanzó sobre ella y la arrastró con un grito hacia el agua, pero la bruja también aquí encontró su recurso. Se transformó debajo del agua en una de las ahogadas, y mediante este procedimiento se salvó de ser golpeada con verdes juncos por las demás. ¡Vete tú a creer a las babas!... Cuentan también que la hija del capitán de cosacos reúne todas las noches a las ahogadas y les mira una por una la cara, tratando de reconocer cuál de ellas es la madrastra, pero hasta ahora no ha podido saberlo. Y si cae en sus manos algún ser humano, lo obliga enseguida a adivinarlo. En caso contrario, amenaza con ahogarlo. ¡He aquí, mi Galiu, lo que cuenta la gente vieja!... El señor actual de esas tierras quiere construir ahí una bodega y ha enviado ex profeso a un vinicultor... Pero... Oigo hablar... Son los nuestros que han dejado ya sus cánticos. Adiós, Galiu; duerme tranquila y no pienses en esos cuentos de las babas.*

Diciendo esto, Levko la abrazó con más fuerza, la besó y se fue.


Jules Etienne

* Según tengo entendido, en lengua ucraniana -lugar en el que se ubica la acción del relato y de donde era originario su autor-, baba significa partera. Y suelen ser personajes que gozan de cierta importancia, siempre presentes en la mitología, folclor y literatura que narran las costumbres y tradiciones de dicha región.

viernes, 29 de mayo de 2015

Páginas ajenas: INVITACIÓN A LA DICHA, de Ricardo Molina


Ámame ahora que tengo los cabellos negros
y una corona de junco
y el perfume del agua y de la jara
en los brazos desnudos.
 
Ámame ahora que tengo en los ojos
la suave llama de la tarde
y la gracia de la sonrisa
y la leve frescura de los manantiales.
 
Ámame ahora que tengo en los labios
el fuego deslumbrante del Mediodía
y la serenidad del cielo en las mejillas.
 
Ámame ahora que tengo en el cuello
el resplandor de los lirios quemados.
Ámame ahora que corre por mis hombros
el torrente divino del deseo.
Ámame ahora que tengo el pecho ebrio
como una flor de vino.
 
Ahora y no luego, ahora y no mañana,
ahora que besa mi alma todo tu cuerpo
confundiendo su aliento al de mis labios.
 
Bésame ahora que es primavera
y el chamariz canta y vuela en un árbol,
ahora, amor mío, que estamos en mayo
y zumban en el aire las abejas,
ahora que todo es hermoso y feliz,
ahora y no mañana,
ahora y no luego.
 
Bésame los labios, el cabello, los hombros
ahora que en los huertos florecidos
es tan dulce la flor primera del granado.
Dame todo tu amor ahora, amor mío,
¿no ves que soy en la tierra dichosa,
dulce como el árbol del paraíso?
 
Ahora que soy un manantial virgen
donde cada onda es una caricia,
una colina verde
donde cada florecilla es un labio encendido,
un valle misterioso
donde cada viento es un suspiro,
un río de amores
cuya música frágil es tu nombre.
 
¿No son nuestros estos días tan bellos?
¿No es hermosa la tierra bajo el sol y la luna?
¿No habla todo de amor desde el alba a la tarde?
 
¡Ámame!
¡Ahora y no mañana; ahora y no luego!
 
 
Ricardo Molina (España, 1917-1968)

jueves, 28 de mayo de 2015

Páginas ajenas: LA HORA, de Juana de Ibarbourou

"¡Tómame ahora que aún es temprano y que tengo rica de nardos la mano!"

Tómame ahora que aún es temprano
y que llevo dalias nuevas en la mano.
 
Tómame ahora que aún es sombría
esta taciturna cabellera mía.
 
Ahora, que tengo la carne olorosa,
y los ojos limpios y la piel de rosa.
 
Ahora, que calza en mi planta ligera
la sandalia viva de la primavera.
 
Ahora, que en mis labios repica la risa
como una campana sacudida a prisa.
 
Después... ¡ah, yo sé
que ya nada de eso tendré!
 
Que entonces inútil será tu deseo
como ofrenda puesta sobre un mausoleo.
 
¡Tómame ahora que aún es temprano
y que tengo rica de nardos la mano!
 
Hoy, y no más tarde. Antes que anochezca
y se vuelva mustia la corola fresca.
 
Hoy, y no mañana. Oh amante, ¿no ves
que la enredadera crecerá ciprés?
 
 
Juana de Ibarbourou (Uruguay, 1892-1879)

miércoles, 27 de mayo de 2015

Largo fue el día de mayo y fragante la noche...


En la poesía de Ricardo Molina (1917-1968) se advierten algunas estrofas afortunadas que hacen referencia al mes de mayo. Por ejemplo, su Elegía XII inicia así: "Dicen que el mes de mayo es el mes del amor,/ pero yo me pregunto si hay alguna estación/ que no lo sea..."

Antes, en la Elegía III dice: "soñando bajo el sol y a la vuelta perdidos,/ pálidos y perdidos en la luna de mayo", culmina con una nostalgia muy lograda:

Largo fue el día de mayo y fragante la noche.
Como sombras pasamos entre los juncos húmedos.
El viento se enredaba en los avellanares.
El arroyo expiraba en un verde gemido
y el viento se extendía sobre nosotros mudo.

Su Elegía X abre con la siguiente estrofa: "En las tardes de mayo cuando el aire brillaba/ con un azul radiante y en las olas del musgo/ se mecía la blanca flor de la sanguinaria,/ te amaba casi más que a nadie en este mundo". Para después establecer: "¿si las tardes de mayo son tan claras y bellas/ y te amo, amor mío, más que a nadie en el mundo?" Y desembocar finalmente en el desengaño: "No creíste, ah, nunca creíste que pudiera/ acabar el amor de aquella primavera,/ pero la vida es siempre más larga que el amor/ y si la dicha es bella como una flor de mayo,/ como una flor de mayo breve es también su flor".

Estas líneas pertenecen a Invitación a la dicha: "Bésame ahora que es primavera/ y el chamariz canta y vuela en un árbol,/ ahora, amor mío, que estamos en mayo". Este poema se expone a la inevitable comparación con La hora, de la uruguaya Juana de Ibarbourou.

¡Tómame ahora que aún es temprano
y que tengo rica de nardos la mano!
 
Hoy y no más tarde. Antes que anochezca
y se vuelva mustia la corola fresca.

Se percibe una similitud entre dichos poemas que me parece requiere de mayor atención, por lo que en los días subsecuentes me ocuparé de ambos con el fin de procurar algo más conclusivo.


Jules Etienne 

martes, 26 de mayo de 2015

Madeleine: PRESAGIO (del poemario Mitología del olvido)

"... por esa docilidad ingrávida con la que te deslizabas entre las sábanas, la risa fácil de tus años precoces..."

a Madeleine
 
Llegué a creer que te amaba
por esa docilidad ingrávida
con que te deslizabas entre las sábanas,
la risa fácil de tus años precoces
y una ternura rubia de niña desvalida.
También supuse que me amabas,
por estas manos ávidas de recorrer
el contorno de tu cuerpo
y la necedad de mi otoño en tus labios.
Pero entre tus delirios errantes
y la infidelidad de mi fantasía
con tanto tiempo nuestro
malgastado en ofensas,
el itinerario incierto de este oficio
con sus palabras silentes
una mañana, al despertar, ya no estabas.
Destino de amantes que parece inevitable:
cada quien tendrá su propio olvido.
 
 
Jules Etienne

lunes, 25 de mayo de 2015

Madeleine: PARADISO o «le revenant», de Leopoldo María Panero

"... pero había días en que Havre–Caumartin era la cárcel, o el pozo en que se está tres jugadas..."

(Párrafo inicial)
 
I
 
Amaba al metro más que a una mujer: sus laberintos, sus encrucijadas, sus dobleces, sus sorpresas, el jeroglífico de sus flechas, el misterio de sus hombres, la infinita aventura de vivir siempre la otra vida: amaba al Metro más que a toda mujer. Era algo así como el “juego de la oca”, Le noble jeu de l´oie, en aquella antigua edición que me regalara mi madre, tan improbable, tan lejana, ya, tan insultada y tan violada por el tiempo: pero había días en que Havre–Caumartin era la cárcel, o el pozo en que se está tres jugadas, otras en que Étoile–Nation era un puente para ir lejos, más lejos. Eso era el decorado inefable: luego estaban los personajes: aquella mujer húngara que hablaba siempre sola en su idioma extraño, el clochard demasiado gigantesco que llenaba con su voz todo el vagón, el hombre que tenía en su frente la media luna. Al salir afuera, llovía siempre, era la noche eterna, y los hombres vagaban como extraviados, libres de aquellos hilos que en el Metro les unían como para un baile o un rito antiguo; así: las trenzas de esa chica que no puede sino sobrellevar el nombre de Madeleine, me llevan directamente, como una flecha, al cabello enrarecido de la Vieja, porque ambos emblemas significaban lo mismo, en aquella sobrenatural lotería: a la primera, y a todas las que como ellas debían por fuerza llamarse Madeleine, yo le había puesto el nombre de “la blanca”, dispensadora de suerte; a la segunda, el de “la gracia”, como la Parca antigua de los griegos, que por la muerte la donaba.
 
 
Leopoldo María Panero (España, 1948-2014)

domingo, 24 de mayo de 2015

Madeleine: MADELEINE EN LA LAMPARILLA DE NOCHE, de René Char

"Mas ellos olvidaron al partir cubrir la lamparilla de noche..."
 
Yo querría hoy que la hierba fuese blanca para pisar la evidencia de verte sufrir: yo no miraría bajo tu mano joven la forma dura, sin enlucido, de la muerte. Un día discrecional, otros, sin embargo, menos ávidos que yo, quitaron vuestra camisa de tela, ocuparon vuestra alcoba. Mas ellos olvidaron al partir cubrir la lamparilla de noche y un poco de aceite se derrama por el puñal de la flama sobre la imposible solución.

 
René Char (Francia, 1907-1988)
 
(Traducido del francés por Wilfredo Carrizales) 

sábado, 23 de mayo de 2015

Madeleine: SUITE FRANCESA, de Irène Némirovsky

"En su boca, en sus palabras un tanto vacilantes, todos aquellos sucesos perdían su resonancia trágica."
 
(Fragmento del capítulo 24)
 
Jean-Marie sólo veía a sus anfitriones a la hora de las comidas. El resto del día lo dejaban en manos de la anciana. Al atardecer, dos chicas jóvenes se sentaban junto a él. A una la llamaban «la Cécile» y a la otra «la Madeleine». Al principio, Jean-Marie creyó que eran hermanas. Pero no. La Cécile era la hija de la granjera y la Madeleine, una huérfana. A las dos daba gusto verlas, porque eran, si no atractivas, lozanas; Cécile tenía una cara redonda, ojos negros y vivos, y Madeleine, rubia y más fina, unas mejillas resplandecientes, sedosas y sonrosadas como la flor del manzano. Las chicas lo pusieron al corriente de los acontecimientos de la semana. En su boca, en sus palabras un tanto vacilantes, todos aquellos sucesos, extraordinariamente graves, perdían su resonancia trágica. «Es muy triste», decían, o: «Todo esto no es nada agradable», o: «¡Ay, señor, estamos muy preocupadas!» Jean-Marie se preguntaba si era una forma de hablar habitual entre la gente de la región o algo más profundo, que tenía que ver con el alma misma de aquellas chicas, con su juventud, un instinto que les decía que las guerras pasan y el invasor se marcha, que la vida, incluso deformada y mutilada, continúa.

 Irène Némirovsky
(Escritora en lengua francesa nacida en Rusia y muerta en Auschwitz, 1903-1942).
 
(Traducido al español por José Antonio Soriano Marco)

viernes, 22 de mayo de 2015

Madeleine: LA NÁUSEA, de Jean Paul Sartre

"Flotaba, me aturdían las brumas luminosas que me penetraban por todas partes a la vez."

(Fragmento del capítulo Las cinco y media)

Sentí una viva decepción en el sexo, un largo cosquilleo desagradable. Al mismo tiempo, sentía que la camisa me rozaba la punta de los pechos, y la impresión de que un lento torbellino encendido me rodeaba, me llevaba, un torbellino de bruma, de luces, en el humo, en los espejos, en las banquetas que brillaban en el fondo, y no veía por qué estaba allí, ni por qué pasaba eso. Me había detenido en la puerta, no sabía si entrar, y entonces se produjo un remolino, pasó una sombra por el techo y me sentí empujado hacia adelante. Flotaba, me aturdían las brumas luminosas que me penetraban por todas partes a la vez. Madeleine vino flotando a quitarme el sobretodo, y observé que se había estirado el pelo y llevaba pendientes: no la reconocí. Yo miraba sus grandes mejillas, que corrían interminables hacia las orejas. En el hueco de las mejillas, bajo los pómulos, había dos manchas color de rosa, bien aisladas, que parecían aburrirse en esa carne pobre. Las mejillas corrían, corrían hacia las orejas, y Madeleine sonreía:
 
- ¿Qué toma usted, señor Antoine?
 
Entonces me dio la Náusea: me dejé caer en el asiento, ni siquiera sabía dónde estaba; veía girar lentamente los colores a mi alrededor; tenía ganas de vomitar. Y desde entonces la Náusea no me ha abandonado, me posee.
 
 
Jean Paul Sartre (Francia, 1905-1980) Obtuvo el premio Nobel de literatura en 1964.

miércoles, 20 de mayo de 2015

Madeleine: DE ENTRE LOS MUERTOS, de Boileau-Narcejac

"... detestaba el ejército, la guerra y aquel teatro demasiado lujoso..."
 
(Fragmento inicial del capítulo II)

«Debo parecer un estúpido» pensaba Flavieres. Fingía que jugaba distraídamente con sus gemelos de nácar y trataba de parecer importante y hastiado, pero no se podía decidir a llevarse los gemelos a los ojos para mirar a Madeleine. Había muchos uniformes a su alrededor. Las mujeres que acompañaban a los oficiales tenían gesto de satisfacción orgullosa y Flavieres las odiaba; detestaba el ejército, la guerra y aquel teatro demasiado lujoso lleno de rumores marciales y frívolos. Cuando volvía la cabeza, veía a Gevigne con las manos cruzadas sobre la barandilla del palco. Madeleine estaba un poco más atrás, con la cabeza graciosamente inclinada; parecía morena, esbelta, pero Flavieres sólo distinguía confusamente sus facciones. Tenía la impresión de que era bonita, con un algo ligeramente travieso, tal vez a causa de su cabellera demasiado abundante. ¿Cómo había podido el grueso de Gevigne hacerse amar por una mujer tan elegante? El telón se había alzado para un espectáculo que no interesaba a Flavieres. Había cerrado los ojos; pensaba en la época en que Gevigne y él compartían la misma habitación, por economía. Los dos eran igualmente tímidos y las estudiantes se burlaban de ellos, y a propósito, se hacían provocativas. Por el contrario, había jóvenes que conquistaban todas las mujeres que querían. Sobre todo uno, a quien llamaban Marco. No era muy inteligente ni muy guapo. Un día, Flavieres le interrogó. Marco le contestó sonriendo:
 
- Háblales como si ya te hubieras acostado con ellas. ¡Es el único medio!
 
Flavieres no se había atrevido nunca a hacerlo. No sabía ser insolente. Ni siquiera sabía tutear. Sus colegas, cuando era un joven inspector, se burlaban de él, lo consideraban como un tipo extraño. Se le temía un poco. ¿En qué momento se había atrevido Gevigne? ¿Con qué mujer? Tal vez con Madeleine. Flavieres la llamaba Madeleine, como si se tratara de una aliada, como si Gevigne fuera su enemigo común. Trataba de imaginar el comedor del Continental. Se veía cenando con Madeleine por primera vez, haciendo una señal al maître, escogiendo los vinos. ¡No, imposible! El maître le habría mirado con desdén. Y luego habría que atravesar el inmenso comedor... y, más tarde, la habitación... Madeleine desvistiéndose... ¡Al fin y al cabo, era su mujer!... Flavieres volvió a abrir los ojos, se removió, sintió deseos de abandonar la partida. Pero estaba aprisionado en el centro de una fila y hacía falta mucho aplomo para molestar a tantos espectadores. A su alrededor resonaron risas, unos cuantos aplausos que se contagiaron rápidamente, invadieron la sala, se mantuvieron durante un minuto y se extinguieron. Los actores hablaban del amor, evidentemente. ¡Ser actor! Flavieres se estremeció de asco, con vergüenza, por el rabillo del ojo, buscó a Madeleine. En la penumbra dorada destacaba como un retrato. Las joyas relucían en su cuello, en sus orejas. También sus ojos parecían luminosos. Escuchaba, con el rostro inclinado, como esas desconocidas que se admiran en los museos, La Gioconda, La Belle Ferronière...


Pierre Boileau (Francia, 1906-1989)
Thomas Narcejac: Pierre Ayraud (Francia, 1908-1998)

martes, 19 de mayo de 2015

Madeleine: MADELEINE FÉRAT, de Émile Zola


(Fragmento)

Madeleine rondaba los veinte años. Llevaba un vestido muy sencillo de tela gris, enmarcado por una guarnición de cintas azules; un pequeño sombrero de paja coronaba su admirable cabellera de un rojizo ardiente con reflejos dorados, que se escapaba para formar un chongo detrás de su cabeza. Era una muchacha alta y bella, cuyos miembros fuertes y flexibles proyectaban una rara energía. Su rostro era característico. En su parte superior tenía una solidez casi masculina, no había líneas suaves en la piel de su frente; las sienes, la nariz y las mejillas acusaban las redondeces de su estructura ósea, dando a la figura una apariencia con el frío y la firmeza del mármol. La parte inferior de la cara, por el contrario, era de una delicadeza exquista, tenía una suavidad voluptuosa en sus mejillas y en las esquinas de la boca se formaban un par de hoyuelos; la barbilla, fina y nerviosa, desembocaba suavemente en el cuello; las facciones ya no eran tensas ni rígidas, eran graciosas, móviles, y cubiertas por el sedoso plumón de su piel, poseían una infinita variedad de expresiones y una adorable encanto; en el centro, los labios un poco gruesos, de un rosa vivo, parecían demasiado rojos para esa tez tan blanca, a la vez severa e infantil.


Émile Zola (Francia, 1840-1902)

lunes, 18 de mayo de 2015

Madeleine: AMAURY, de Alexandre Dumas

"Antoinette dejó el piano al oír esto y cruzando con ella una mirada de inteligencia, repuso..."
 
(Fragmento inicial del capítulo II)

El joven dijo a su amada en voz baja:
 
- ¡Es un horrible tormento, Madeleine, el no poder vernos con libertad y a solas muy de tarde en tarde! ¿Crees que es casualidad o que tu padre lo ha dispuesto de este modo?
 
- No sé qué pensar, Amaury -respondió Madeleine-. Sólo puedo decirte que lo siento como tú. Cuando podíamos vernos a todas horas no sabíamos apreciar en su justo valor nuestra dicha. No en vano dicen que la sombra es lo que hace que el sol sea deseable.
 
- ¿Hay inconveniente en que hagas comprender a Antoinette que nos prestaría un señalado servicio alejando de aquí por un rato a la señora Braun? Me parece que se queda aquí más por costumbre que por prudencia, y no creo que tu padre le haya dado el encargo de vigilarnos.
 
- Ya se me ha ocurrido muchas veces, y es el caso que no sé a qué atribuir el sentimiento que me veda el hacer eso. Siempre que abro la boca para hablar de ti a mi prima siento que se ahoga la voz en mi garganta. Y sin embargo, no ignora ella que te quiero.
 
- También yo lo sé, Madeleine; pero necesito que me lo digas tú misma en alta voz. Para mí no hay dicha comparable a la que disfruto al verte, y así y todo preferiría privarme de ella a tener que contemplarte ante personas extrañas, frías e indiferentes que obligan al disimulo. No acierto a expresarte lo que en este momento me mortifica semejante tiranía.
 
Madeleine se levantó y dijo sonriente:
 
- Amaury, ¿quieres ayudarme a buscar en el jardín algunas flores? Estoy pintando un ramo y el que hice ayer se ha marchitado ya.
 
Antoinette dejó el piano al oír esto y cruzando con ella una mirada de inteligencia, repuso:
 
- Madeleine, no debes salir al aire libre y exponer tu salud con el tiempo frío y nebuloso que está haciendo. Ya iré yo. ¡Verás qué ramo tan precioso voy a traerte! Señora Braun, hágame el favor de traerme al jardín el ramo que verá usted en un jarro del Japón sobre una mesita del cuarto de Madeleine, porque hay que hacerlo enteramente igual a ése.
Diciendo esto bajó al jardín por la escalinata, mientras que el aya, que no tenía que cumplir orden alguna respecto a Amaury y a Madeleine y que conocía los vínculos de afecto que les unían desde la niñez, iba en busca del ramo.
 
Amaury la siguió con los ojos, y así que la perdió de vista tomó con dulzura la mano de Madeleine, exclamando con acento apasionado:
 
- ¡Ya nos han dejado solos, siquiera sea por un instante! Aprovechémoslo, Madeleine: mírame, dime que me amas, pues a ser sincero, desde que he visto a tu padre tan transformado, voy dudando ya de todo. De mí, bien sabes que te amo, que te amo con todo mi ser.
 
Alexandre Dumas (Francia, 1802-1870)

sábado, 16 de mayo de 2015

Madeleine: LA SEÑORITA DE MAUPIN, de Théophile Gautier


(Fragmento del capítulo XV)
 
Había enviado mi caballo y mis ropas a una pequeña alquería que poseo a cierta distancia de la villa. Allí me vestí, monté a caballo y partí, no sin sentir una singular opresión en mi corazón. No lamentaba nada ni dejaba tras de mí parientes, amistades, ni perro ni gato, y no obstante me sentía triste, casi con lágrimas en los ojos; aquella finca donde no había estado más de cinco o seis veces no tenía nada de particular o añorado por mí; no era, pues, por el afecto que tomamos a ciertos lugares y nos enternece cuando hemos de abandonarlos, pero volví la cabeza un par de veces para ver su silueta azulada entre los árboles.
 
Allí era donde, con mis vestidos y mis sayas, había dejado mi título de mujer; en la habitación en la que me arreglé quedaban veinte años de mi vida, que ya no contaban ni me importaban. Se podía escribir en la puerta: Aquí yace Madeleine de Maupin; porque en efecto, ya no era Madeleine de Maupin sino Théodore de Serannes, y nadie volvería a llamarme con el dulce nombre de Madeleine.
 
El cajón en que dejé encerrados mis vestidos, desde entonces inútiles, me pareció el féretro de mis blancas ilusiones; ahora era un hombre, o al menos tenía su aspecto: la muchacha estaba muerta.
 
Cuando perdí de vista los castaños que rodeaban la quinta, me pareció que no era yo, sino otra persona, y recordé mis antiguos actos como los de una persona extraña, a los cuales hubiera asistido, o como el principio de una novela cuya lectura no hubiese terminado.
 
Recordaba complacida mil detalles cuya pueril ingenuidad me hacía sonreír de indulgencia, un tanto burlona a veces, como un joven libertino que escuchase las confidencias arcádicas y pastoriles de un colegial de tercero; y, en el momento en que me apartaba de allí para siempre, todas mis puerilidades de niña y de joven acudían al borde del camino para hacerme señales de amistad y enviarme besos con la punta de sus dedos blancos y afilados.
 
Piqué espuelas a mi caballo para sustraerme a tan desesperantes emociones; los árboles desfilaron rápidamente a derecha e izquierda; pero un alocado enjambre, con un zumbido más fuerte que el de una colmena, empezó a perseguirme por las avenidas laterales, llamándome: ¡Madeleine! ¡Madeleine!


Téophile Gautier (Francia, 1811-1872)
 
La ilustración corresponde al grabado original del capítulo XV, de Francois-Xavier Le Sueur y Édouard Toudouze. 

viernes, 15 de mayo de 2015

Madeleine: L'AMOUR DE MADELEINE (El amor de Magdalena), anónimo rescatado por Rainer María Rilke

"¿Podrá acaso desenredar sus pies de las redes de toda tu cabellera?"

(Fragmento)

Suéltate el cabello, Magdalena, y ata con él los pies de Jesús. ¡Qué cadenas más delicadas dispone Magdalena para su vencedor al que quiere hacer su cautivo! Magdalena, no temas. Aquél que confiesa en el santo Cantar que "se deja prender el corazón con un solo cabello de su Esposa", ¿podrá acaso desenredar sus pies de las redes de toda tu cabellera? Pero, ¿y si escapa?, ¿y si estas ataduras las rompe sin esfuerzo? No, no: no busques otras. Conoce el genio del amor: no rehúsa ser cautivo, pero quiere a la vez ser libre. Quiero decir que sólo quiere ser cautivo por su propia voluntad. Quiere lazos delicados y tiernos; lazos que no sean fuertes más que porque nadie quiere romperlos. Así pues, tu cabellera basta para prenderlo y comprometerlo; no hallarás lazos mejores.
 
 
Sermón anónimo francés (que algunos atribuyen a Bossuet) del siglo XVII encontrado por Rainer María Rilke en la tienda de un anticuario en 1911.
 
(Traducido al español por  Nicole d'Amonville Alegría)