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Vancouver, primavera en el puente Burrard, el más antiguo de la ciudad.

jueves, 27 de abril de 2017

Carnaval: MAZURCA PARA DOS MUERTOS, de Camilo José Cela

"... esto no es la justicia y sí la careta del carnaval de los mudos..."

(Fragmento)

- A lo mejor es la única que hay en toda Galicia, acaba de traérmela el mayor de los Venceás de Portugal, guárdala bien.
 
Fue un error encargar el ajuste de cuentas al cuerpo jurídico, lo hubiera hecho mejor la infantería, más rápido y clemente, alguna pifia no importa, en la Eneida se lee que los dioses también marran el abrazo, tampoco algún desmán hubiera importado, lo grave no es la confusa violencia del valeroso putero y bebedor que se sabe jugar la vida con elegancia y con desprecio sino la del cobarde administrativo, cobarde escalafonario, que sólo sabe ganarla con cautelosa avaricia, es un tipo repugnante y baboso, lo malo es la fría y mantenida violencia de la mediocridad empapelando el lozano chorro de la vida, esto no es la justicia y sí la careta del carnaval de los mudos, es peor la polilla de la covachuela que la bestia del monte, es más ruin y vengativa, entonces el hombre se desorienta, se desquicia y cae, no se aburre y huye y se mata, no, sino que se asusta y se encoge y languidece, se está haciendo lo más amargo y torpe, se está dando pábulo a la necedad y al reglamento, no tienes más que leer el periódico para enterarte, esto no es justo ni gallardo, la justicia es aún un sueño muy poco maduro y la gallardía se quedó en triste flor ajada por el balduque: a las seis de la mañana del día de ayer, en cumplimiento de las setenta y tres sentencias de muerte dictadas por el consejo de guerra celebrado el jueves, etc.
 

Camilo José Cela (España, 1916-2002). Obtuvo el premio Nobel en 1989.

miércoles, 26 de abril de 2017

Carnaval: EL AÑO DE LA MUERTE DE RICARDO REIS, de José Saramago

"... y yo iré de muerte, con una malla apretada y los huesos pintados en ella..."

(Fragmento)
 
Fernando Pessoa explicó, Es el comunismo, ya llega, después quiso por parecer irónico, Mala suerte, mi querido Reis, viene usted huyendo de Brasil buscando tranquilidad para el resto de su vida y ahora se alborota la casa del vecino, un día de estos le entrarán por la puerta, Cuántas veces voy a decirle que si volví fue por usted, Pues aún no me ha convencido, No intento convencerle, sólo le pido que se ahorre su opinión sobre este asunto, No se enfade, Viví en Brasil, ahora estoy en Portugal, en algún lugar tengo que vivir, usted, en vida, era lo bastante inteligente como para entender incluso cosas más complicadas, Ése es el drama, mi querido Reis, tener que vivir en algún lugar, comprender que no existe lugar que no sea lugar, que la vida no puede ser no vida, En fin, lo estoy reconociendo, Y a mí de qué me sirve no haber olvidado, Lo peor es que el hombre no pueda estar en el horizonte que ve, aunque, si allá estuviese, desearía estar en el horizonte en que está, El barco en el que no vamos es el barco ideal para nuestro viaje, Ah, todo el muelle, Es una nostalgia de piedra, y ahora que ya cedemos a la flaqueza sentimental de citar, dividido por dos, un verso de Álvaro de Campos que ha de ser tan célebre como merece, consuélese en los brazos de su Lidia, si es que aún dura ese amor, y piense que yo ni eso tuve, Buenas noches, Fernando, Buenas noches, Ricardo, ahí tenemos ya el carnaval, diviértase, no cuente conmigo en unos días. Se habían encontrado en un café de barrio, popular, media docena de mesas, nadie allí sabía quiénes eran. Fernando Pessoa se volvió, se sentó de nuevo, Se me acaba de ocurrir una idea, puede usted disfrazarse de domador, con botas altas y pantalón de montar, chaqueta roja con alamares, Roja, Sí, roja, es lo más propio, y yo iré de muerte, con una malla apretada y los huesos pintados en ella, usted chasqueando el látigo, yo asustando viejas, te voy a llevar, te voy a llevar, y tocando a las chicas, seguro que en un baile de máscaras ganábamos el premio, Nunca fui bailarín, Ni es necesario, la gente no iba a tener oídos más que para el zurriago y ojos sólo para los huesos, Ya no estamos en edad de frivolidades, Hable por usted, no por mí, yo he dejado de tener edad, y diciendo esto se levantó Fernando Pessoa y salió, llovía en la calle, y el camarero del mostrador dijo al cliente que se quedaba, Ese amigo suyo, sin gabardina ni paraguas, se va a empapar, Le gusta, está ya acostumbrado. Cuando Ricardo Reis volvió al hotel sintió en el aire como una fiebre, una agitación, como si todas las abejas de una colmena se hubieran vuelto locas, y, teniendo como tenía en su conciencia aquel conocido peso, pensó de inmediato, Lo han descubierto todo. En el fondo, es un romántico, cree que el día en que se enteren de su aventura con Lidia se va a venir abajo del escándalo el Bragança, y con este miedo vive, a no ser que lo que sienta sea el deseo morboso de que tal cosa ocurra, contradicción inesperada en un hombre que se dice tan despegado del mundo, ansioso al fin de que el mundo lo atropelle, lo que no sospecha es que la historia es conocida ya, murmurada entre risitas, fue cosa de Pimenta, que no es hombre de limitarse a indirectas. Inocentes andan los culpados, y Salvador tampoco está informado aún, qué justicia decretará cuando un día de estos se lo diga un correveidile envidioso, hombre o mujer, Señor Salvador, esto es una vergüenza, Lidia y el doctor Reis, bueno sería que respondiera, repitiendo la antigua sentencia, Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra, hay gente que por honrar el nombre que les pusieron son capaces de los más nobles gestos. Entró Ricardo Reis en recepción, temeroso, estaba Salvador hablando por teléfono, a gritos, pero en seguida se comprendía que era por lo mal que se oía, Parece que lo oigo desde el fin del mundo, sí doctor Sampaio, necesito saber cuándo viene, sí, sí, ahora oigo un poco mejor, es que de repente se nos ha llenado el hotel, sí, por los españoles, por lo de España, viene mucha gente de allá, han llegado hoy, entonces el día veintiséis, después de carnaval, muy bien, quedan reservadas las dos habitaciones, no señor doctor, de ninguna manera, en primer lugar están los clientes amigos, tres años no son tres días, saludos a la señorita Marcenda, mire, señor doctor, está aquí el doctor Reis que también le envía saludos, y era verdad, Ricardo Reis, por señas y palabras que en los labios se podían leer, pero no oír, mandaba saludos, y lo hacía por dos razones, en otra ocasión habría sido la primera la de manifestarse junto a Marcenda, aunque fuera por persona interpuesta, ahora era sólo por mostrarse campechano con Salvador, igual suyo, menguándole así su autoridad, esto parece contradicción insalvable, pero no lo es, la relación entre personas no se resuelve en la mera operación de sumar y restar, en su aritmético sentido, cuántas veces creemos sumar y nos quedamos con un resto en las manos, y cuántas, al revés, creíamos disminuir, y nos salió lo contrario, ni siquiera simple adición, sino multiplicación.
 
 
José Saramago (Portugal, 1922-2010). Obtuvo el premio Nobel en 1998.

martes, 25 de abril de 2017

Carnaval: L'AMELANCHIER, de Jacques Ferron

"Era martes de carnaval..."

(Fragmento)

La droga, lejos de darme nuevas energías, me dejó en una debilidad extrema. Apenas si me quedaban fuerzas para ver a la gallina, con su cara perversa, las cejas juntas por encima de la mirada burlona que me dirigía mientras se alejaba en medio de sus seis energúmenas, mitad gallinas, mitad mujeres; ella iba jugando con la mandarina que yo había guardado previendo los días difíciles, luego la lanzaba al aire, la atrapaba de nuevo, después ya no vi más que su copete amarillo flotando en la oscuridad...
 
Cuando recobré el sentido, me levanté con una precipitación que no tenía nada de natural; mis brazos se movían como por resortes; mis ojos estaban abiertos, redondos, como nunca habían estado, no distinguía nada. De repente, un viento furioso sacudió el castillo, una ventana se abrió estruendosamente, me sentí aspirada hacia fuera, me agarré de un palo, el palo me siguió y allí estoy planeando en la ola de los aires, sin saber bien a bien lo que me sucedía, qué vehículo me transportaba, qué espacio estaba recorriendo. En un momento dado, me pareció estar rozando la luna y me dije que el condado de Maskinongé ya no quedaba lejos, luego me percaté de que estaba descendiendo, a caballo sobre un palo de escoba, en medio de una asamblea tumultuosa. Era martes de Carnaval o la mitad de la Cuaresma. Por encima de las máscaras, envuelto en sus harapos, León de Portanqueau, más señor que nunca, presidía la fiesta desde lo alto de su trono. Sólo que, observé, en lugar de tener sus pies y piernas normales, tenía pezuñas y patas de chivo.
 
Apenas llegué, fui recibida por grandes carcajadas; me rodearon; sentí que me jalaban la nariz. No entendía cómo podían hacerme eso. Al mismo tiempo, se desató un abucheo general y todos, al unísono, me gritaban a los oídos: “¡oh!, ¡oh!, ¡oh! ¡Che naso brutto!
 
El presidente quiso alzar la voz para imponerse; pero las carcajadas no hicieron sino volverse más violentas, acompañadas por el mismo refrán: “¡oh!, ¡oh!, ¡oh! ¡Che naso brutto! Entonces me di cuenta de que yo, Tinamer de Portanqueau, estaba cubierta de plumas, con el cuerpo recogido, los ojos redondos, el pico largo y puntiagudo igual que un ave zancuda de Canadá; por encima del pico, allí donde estaba mi nariz, tenía incluso una especie de gamonito emplumado, muy largo y fino, del que carece la especie mencionada. Un duende me había atrapado por esta excrecencia anormal y me paseaba enfrente de la concurrencia, siempre seguida por las carcajadas y el naso brutto.
 
 
Jacques Ferron (Canadá, 1921-1985)
 
(Traducido al español por Laura López Morales) 

lunes, 24 de abril de 2017

Carnaval: EL CREPÚSCULO DEL DIABLO, de Rómulo Gallegos

"... atraviesan diablos irrisorios, puramente decorativos, que andan en comparsas..."
 
(Fragmento)
 
II

Ahora está en la plaza viendo pasar la mascarada. Entre la muchedumbre de disfraces atraviesan diablos irrisorios, puramente decorativos, que andan en comparsas y llevan en las manos inofensivos tridentes de cartón plateado. En ninguna parte el diablo solitario, con el tradicional mandador que era terror y fascinación de la chusma. Indudablemente, el Carnaval había degenerado.
 
Estando en estas reflexiones, Pedro Nolasco vio que un tropel de muchachos invadía la plaza. A la cabeza venía un absurdo payaso, portando en la mano una sombrilla diminuta y en la otra un abanico con el cual se daba aire en la cara pintarrajeada, con un ambiguo y repugnante ademán afeminado. Era esto toda la gracia del payaso, y en pos de la sombrilla corría la muchedumbre fascinada como tras un señuelo.
 
Pedro Nolasco sintió rabia y vergüenza. ¿Cómo era posible que un hombre se disfrazase de aquella manera? Y, sobre todo, ¿cómo era posible que lo siguiera una multitud? Se necesita haber perdido todas las virtudes varoniles para formar en aquel séquito vergonzoso y estúpido. ¡Miren que andar detrás de un payaso que se abanica como una mujerzuela! ¡Es el colmo de la degeneración carnavalesca!

 Pero Pedro Nolasco amaba su pueblo y quiso redimirlo de tamaña vergüenza. Por su pupila quieta y dura pasó el relámpago de una resolución.

Al día siguiente, martes de Carnaval, volvió a aparecer en las calles de Caracas el diablo de Candelaria.

Al principio pareció que su antiguo prestigio renacía íntegro, pues a poco ya tenía en su seguimiento una turba que alborotaba las calles con sus siniestros ¡aús! Pero de pronto apareció el payaso de la sombrillita, y la mesnada de Pedro Nolasco fue tras el irrisorio señuelo, que era una promesa de sabrosa diversión sin los riesgos a que exponía el mandador del diablo.

Quedó solo éste, y bajo su máscara de trapo coronada por dos auténticos cuernos de chivo, resbalaron lágrimas de doloroso despecho.
 
Pero inmediatamente reaccionó y, movido por un instinto al cual la experiencia había hecho sabio, arremetió contra la turba desertora, confiando en que el imperativo legendario de su látigo la volvería a su dominio, sumisa y fascinada.
 
Arremolinose la chusma y hubo un momento de vacilación: el Diablo estaba a punto de imponerse, recobrando, por la virtud del mandador, los fueros que le arrebatase aquel ídolo grotesco. Era la voz de los siglos que resonaba en sus corazones.
 
Pero el payaso conocía las señales del tiempo y, tremolando su sombrilla como una bandera prestigiosa, azuzó a su mesnada contra el diablo.
 
Volvió a resonar como en los buenos tiempos el ulular ensordecedor que fingía una traílla de canes visionarios, pero esta vez no expresaba miedo, sino odio.
 
Pedro Nolasco se dio cuenta de la situación: ¡estaba irremisiblemente destronado! Y, sea porque un sentimiento de desprecio lo hiciese abdicar totalmente el cetro que había pretendido restablecer sobre aquella patulea degenerada, o porque su diabólico corazón se encogiese presa de auténtico miedo, lo cierto fue que volvió las espaldas al payaso y comenzó a alejarse para siempre a su retiro.
 
Pero el éxito enardeció al payaso. Arengando a la pandilla, gritó: «¡Muchachos! Piedras con el diablo.»
 
Y esto fue suficiente para que todas las manos se armasen de guijarros y se levantasen vindicatorias contra el antiguo ídolo en desgracia.
 
Huyó Pedro Nolasco bajo la lluvia del pedrisco que caía sobre él, y en su carrera insensata atravesó el arrabal y se echó por los campos de los aledaños. En su persecución la mesnada redoblaba su ardor bélico, bajo la sombrilla tutelar del payaso. Y era en las manos de éste el abanico fementido el sable victorioso de aquella jornada.
 
Caía la tarde. Un crepúsculo de púrpuras se desgranaba sobre los campos como un presagio. El diablo corría, corría, a través del paraje solitario por un sendero bordeado de montones de basura, sobre los cuales escarbaban agoreros zamuros, que al verlo venir alzaban el vuelo, torpe y ruidoso, lanzando fatídicos gruñidos, para ir a refugiarse en las ramas escuetas de un árbol que se levantaba espectral sobre el paisaje sequizo.
 
La pedrea continuaba cada vez más nutrida, cada vez más furiosa. Pedro Nolasco sentía que las fuerzas le abandonaban. Las piernas se le doblaban rendidas; dos veces cayó en su carrera; el corazón le producía ahogos angustiosos.
 
Y se le llenó de dolor, como a todos los redentores cuando se ven perseguidos por las criaturas amadas. ¡Porque él se sentía redentor, incomprendido y traicionado por todos! El había querido liberar a «su pueblo» de la vergonzosa sugestión de aquel payaso grotesco, levantarlo hasta sí, insuflarle con su látigo el ánimo viril que antaño los arrastrara en pos de él, empujados por esa voluptuosidad que produce el jugar con el peligro.
 
Por fin una piedra, lanzada por un brazo más certero y poderoso, fue a darle en la cabeza. La vista se le nubló, sintió que en torno suyo las cosas se lanzaban en una ronda vertiginosa y que bajo sus pies la tierra se le escapaba. Dio un grito y cayó de bruces sobre el basurero. Detúvose la chusma, asustada de lo que había hecho, y comenzó a desbandarse.
 
Sucedió un silencio trágico. El payaso permaneció un rato clavado en el sitio, agitando maquinalmente el abanico. Bajo la risa pintada de albayalde en su rostro, el asombro adquiría una intensidad macabra. Desde el árbol fatídico, los zamuros alargaban los cuellos hacia la víctima que estaba tendida en el basurero.
 
Luego el payaso emprendió la fuga.
 
Al pasar sobre el lomo de un collado, su sombrilla se destacó funambulesca contra el resplandor del ocaso.

 
Rómulo Gallegos (Venezuela, 1984-1969)

domingo, 23 de abril de 2017

Carnaval: LA MUJER Y EL PELELE, de Pierre Louÿs


(Fragmento del primer capítulo)
 
De cómo una palabra escrita en una cáscara
de huevo dio lugar a dos esquelas sucesivas

A diferencia del nuestro, el carnaval español no se acaba a las ocho de la mañana del miércoles de Ceniza. En la maravillosa alegría de Sevilla, el memento quia pulvis es expande solamente durante cuatro días su olor a sepultura; y, llegado el primer domingo de Cuaresma, el carnaval vuelve a resurgir.
 
Es el Domingo de Piñatas, la Fiesta Mayor. Toda la gente se ha cambiado de vestimenta y se ven desfilar por las calles colgajos rojos, verdes, amarillos o rosas sacados de retales que antes han servido de mosquiteros, de cortinas o de faldas de mujer y que flotan al sol sobre los cuerpecillos morenos de una chillona y multicolor chiquillería. Los niños se agrupan por todas partes en tumultuosos grupos enarbolando un trapo en la punta de una vara y con gran vocerío invaden las callejuelas con las caras tapadas con un antifaz de aquellas telas por cuyos dos agujeros se escapa la alegría. “¡Eh, que no me conoce!”, gritan continuamente, mientras la marea de personas mayores se aparta ante esta terrible invasión enmascarada.
 
Ventanas y miradores se ven abarrotados por una multitud de cabezas morenas. Todas las jóvenes de la región han venido ese día a Sevilla, mostrando bajo la luz del sol sus cabezas cargadas de rizados cabellos. Los confetis caen como copos de nieve. La sombra de los abanicos tiñe de azul pálido las pequeñas y empolvadas mejillas. Gritos, llamadas y risas zumban y resuenan por las estrechas calles. Ese día de carnaval, los pocos millares de habitantes arman más ruido que los de todo París juntos.
 
 
 Pierre Louÿs (Francés nacido en Bélgica, 1870-1925)
 
(Traducido al español por Juan Victorio)

sábado, 22 de abril de 2017

Carnaval: RAYUELA, de Julio Cortázar

"... el carnaval florido de Niza..."

 (Fragmento)

Surgió entonces en mi vida el príncipe encantador, un aristócrata del alto mundo cosmopolita, de los resorts europeos. Me casé con él con toda la ilusión de la juventud, a pesar de la oposición de mi familia, por ser yo tan joven y él extranjero.
 
Viaje de bodas. París, Niza, Capri. Luego, el fracaso de la ilusión. No sabía adónde ir ni osaba contar a mis gentes la tragedia de mi matrimonio. Un marido que jamás podría hacerme madre. Ya tengo dieciséis años y viajo como una peregrina sin rumbo, tratando de disipar mi pena. Egipto, Java, Japón, el Celeste Imperio, todo el Lejano Oriente, en un carnaval de champagne y de falsa alegría, con el alma rota.

 

Corren los años. En 1927 nos radicamos definitivamente en la Côte d’Azur. Yo soy una mujer de alto mundo y la sociedad cosmopolita de los casinos, de los dancings, de las pistas hípicas, me rinde pleitesía. Un bello día de verano tomé una resolución definitiva: la separación. Toda la naturaleza estaba en flor: el mar, el cielo, los campos se abrían en una canción de amor y festejaban la juventud. La fiesta de las mimosas en Cannes, el carnaval florido de Niza, la primavera sonriente de París. Así abandoné hogar, lujo y riquezas, y me fui sola hacia el mundo...

 

Tenía entonces dieciocho años y vivía sola en París, sin rumbo definido. París de 1928. París de las orgías y el derroche de champán. París de los francos sin valor. París, paraíso del extranjero. Impregnado de yanquis y sudamericanos, pequeños reyes del oro. París de 1928, donde cada día nacía un nuevo cabaret, una nueva sensación que hiciese aflojar la bolsa al extranjero.

 
Dieciocho años, rubia, ojos azules. Sola en París.

 
Julio Cortázar (Argentino nacido en Bruselas, Bélgica en 1914; y fallecido en París, Francia en 1984).

viernes, 21 de abril de 2017

CARNAVAL, de Marin Sorescu

"Quiero aparecer con un simple disfraz, de árbol verde."

Vamos a intercambiar pensamientos,
Árbol,  ya que ni siquiera conozco tu nombre
Y con tu pensamiento
Dame todas tus hojas
Para que las dejes en mis manos
Y en mis ojos, y en mi frente
 
Al final
Habrá un hermoso carnaval
De despedida
Y todos se pondrán sus máscaras
Para celebrarlo.
Quiero aparecer con un simple disfraz,
De árbol verde.
 
(Hai să facem schimb de gânduri,
Copacule, că nici nu ştiu cum te cheamă.
Şi o dată cu gândurile
Să-mi dai şi toate frunzele tale,
Să mi le pun pe mâini,
Pe ochi şi pe frunte.

La sfârşit
Va fi un carnaval frumos
De despărţire
Şi toţi vor purta măştile lor
De sărbătoare.
Iar eu vreau să apar mascat simplu,
Într-un copac verde
.)

 

 Marin Sorescu (Rumania, 1936-1996)
 
 (Traducido al español por Jules Etienne)

jueves, 20 de abril de 2017

Carnaval: ARROZ Y TARTANA, de Vicente Blasco Ibáñez

"Por las mañanas, entre las estudiantinas y comparsas que corrían por las calles..."
 
(Fragmento del capítulo IV)

Llegaron los tres días de carnaval. Por las mañanas, entre las estudiantinas y comparsas que corrían por las calles, pasaban las familias ostentando a algún niño infeliz enfundado en la malla de Lohengrin, el justillo de Quevedo o los rojos gregüescos de Mefistófeles. Los ciegos y ciegas que el resto del año pregonan el papelito en el que está todo lo que se canta en cuadrilla, guitarra al pecho, vestidos de pescadores u odaliscas, mal pergeñados con mugrientos trajes de ropería.

Muchachos con pliegos de colores voceaban las «décimas y cuartetas, alegres y divertidas, para las máscaras» las, colecciones de disparates métricos y porquerías rimadas, que por la tarde habían de provocar alaridos de alegre escándalo en la Alameda. En los puestos del mercado vendíanse narices de cartón, bigotes de crin, ligas multicolores con sonoros cascabeles y caretas pintadas, capaces de oscurecer la imaginación de los escultores de la Edad Media: unas con los músculos contraídos por el dolor, un ojo saltado y arroyos de bermellón cayendo por la mejilla; otras, con una frente inmensa, espantosa; caras de esqueletos con las fosas nasales hundidas y repugnantes; narices que son higos aplastados o que se prolongan como serpenteante trompa con un cascabel en la punta; sonrisas contagiosas que provocan la carcajada y carrillos rubicundos a los que se agarra un repugnante lagarto verde.


Vicente Blasco Ibáñez (España, 1867-1928)

miércoles, 19 de abril de 2017

Carnaval: LA VUELTA AL MUNDO EN OCHENTA DÍAS, de Jules Verne

"... y no tardó Picaporte en salir ataviado con un viejo ropaje japonés..."

(Fragmento inicial del capítulo XXIII)

Al día siguiente, Picaporte, derrengado y hambriento, dijo para sí que era necesario comer a toda costa, y que lo más pronto sería mejor. Bien tenía el recurso de vender el reloj, pero antes hubiera muerto de hambre. Entonces o nunca, era ocasión para aquel buen muchacho de utilizar la voz fuerte, si no melodiosa, de que le había dotado la naturaleza.
 
Sabía algunas coplas de Francia y de Inglaterra, y resolvió ensayarlas. Los japoneses debían, seguramente, ser aficionados a la música, puesto que todo se hace entre ellos a son de timbales, tamtams y tambores, no pudiendo menos de apreciar, por consiguiente, el talento de un cantor europeo.
 
Pero era, quizá, temprano, para organizar un concierto, y los aficionados, súbitamente despertados, no hubieran quizá pagado al cantante en moneda con la efigie del mikado.
 
Picaporte se decidió, en su consecuencia, a esperar algunas horas; pero mientras iba caminando, se le ocurrió que parecía demasiado bien vestido para un artista ambulante, y concibió entonces la idea de trocar su traje por unos guiñapos que estuviesen más en armonía con su posición. Este cambio debía producirle, además, un saldo, que podía aplicar, inmediatamente, a satisfacer su apetito.
 
Una vez tomada esta resolución, faltaba ejecutarla, y sólo después de muchas investigaciones descubrió Picaporte a un vendedor indígena, a quien expuso su petición. El traje europeo gustó al ropavejero, y no tardó Picaporte en salir ataviado con un viejo ropaje japonés y cubierto con una especie de turbante de estrías, desteñido por la acción del tiempo. Pero, en compensación, sonaron en su bolsillo algunas monedas de plata.
 
- Bueno -pensó-, ¡me figuraré que estamos en Carnaval!
 
 
Jules Verne (Francia, 1828-1905) 
 
La ilustración corresponde a una antigua fotografía de la calle Honcho Dori en Yokohama, puerto de Japón en el que se encontraba Picaporte.

martes, 18 de abril de 2017

Carnaval: LA MONTAÑA MÁGICA, de Thomas Mann

"Por la tarde, todo el mundo fue a Davos Platz para ver el ajetreo del carnaval en las calles."

(Fragmento del capítulo Noche de Walpurgis)

Pero, por el momento, cierto es que sólo estamos en Carnaval. Ya le he dicho que me parece muy bien que celebremos cada fecha ordenadamente, como marca el calendario. La señora Stöhr decía que en la garita del portero venden cornetas de juguete.

Así era, desde el primer desayuno del martes de Carnaval, que llegó enseguida, antes de que nadie se hubiese hecho a la idea todavía, se oyeron en el comedor toda suerte de pitidos y zumbidos producidos por instrumentos de viento de juguete. Durante la comida se lanzaron serpentinas desde la mesa de Gänser, de Rasmussen y de la Kleefeld, y algunos internos, como por ejemplo Marusja, la de los ojillos redondos, llevaban gorros de papel comprados igualmente al portero cojo. Por la noche reinó un auténtico ambiente de fiesta en el comedor y en los salones... De momento, sólo nosotros sabemos cómo terminó y qué trajo consigo esa velada de Carnaval gracias al valiente espíritu emprendedor de Hans Castorp. Pero no dejemos que esta información sobre el desenlace precipite nuestro sereno relato: rendiremos al tiempo el honor que le corresponde y no adelantaremos nada; de hecho, incluso ralentizaremos la narración de los acontecimientos porque compartimos los escrúpulos que, durante tanto tiempo, habían llevado a Hans Castorp a retrasar tales acontecimientos.

Por la tarde, todo el mundo fue a Davos Platz para ver el ajetreo del carnaval en las calles. La gente paseaba disfrazada, pierrots y arlequines inundaban el pueblo con carracas en la mano, y no fueron pocas las batallas de confeti entre los paseantes y los internos del sanatorio, también disfrazados para la ocasión.


Thomas Mann (Alemán, 1875-1955). Obtuvo el premio Nobel en 1929.

lunes, 17 de abril de 2017

Carnaval: LAS PEREGRINACIONES DE CHILDE HAROLD, de Lord Byron

"Y subir a ese tren que imita el feliz carnaval."
 
LXXVIII
 
Sin embargo marca su alegría - antes de la cuaresma taciturna,
Aquella penitencia que prepara su sagrado ritual
Para que el hombre confiese el peso de su pecado mortal,
Por la abstinencia diaria y la oración nocturna;
Pero porta el tosco traje de arpillera del arrepentido,
Días en que la euforia ha sido para todos decretada,
Al tomar placer cada quien en secreto compartido,
Con abigarrada túnica para bailar en la mascarada,
Y subir a ese tren que imita el feliz carnaval.

(Yet mark their mirth -- ere lenten days begin,
That penance which their holy rites prepare
To shrive from man his weight of mortal sin,
By daily abstinence and nightly prayer;
But ere his sackcloth garb Repentance wear,
Some days of joyaunce are decreed to all,
To take of pleasaunce each his secret share,
In motley robe to dance at masking ball,
And join the mimic train of merry Carnival
.)


 
Lord Byron: George Gordon Byron (Inglaterra, 1788-1824).
 
(Traducido al español por Jules Etienne)

domingo, 16 de abril de 2017

Carnaval: MEMORIAS (Historia de mi vida), de Giacomo Casanova

"El domingo de carnaval, al mediodía, oí el ruido de los cerrojos..."

(Fragmento del capítulo XII, tomo cuarto)

¡Qué poca cosa hace falta cuando se está angustiado para causar alegrías y consuelos! Pero en mi situación estas pajitas no eran poca cosa; eran un tesoro.
 
Empleé muchas horas en exprimir mi ingenio para hallar un medio de reemplazar la yesca, único ingrediente que me faltaba y que no sabía con qué pretexto pedir, cuando de pronto recordé que había encargado a mi sastre la pusiera en las sobaqueras de mi casaca, para evitar que el sudor ensuciase y consumiese la tela. Esta casaca, nueva, estaba delante de mí; mi corazón latió más fuerte porque quizá el sastre no la había puesto y yo oscilaba entre el temor y la esperanza. No tenía más que dar un paso para comprobarlo, pero este paso era decisivo y no me atrevía a darlo. Por fin me acerqué y sintiéndome casi indigno de este favor, pedí a Dios con fervor que el sastre no hubiese olvidado mi orden. Después de esta plegaria, tomé la casaca, descosí la tela y encontré la yesca. Mi alegría llegó al delirio.
 
Teniendo todos los ingredientes, pronto tuve la lámpara. Juzgúese la satisfacción que experimenté al haber obtenido, por así decirlo, la luz en medio de las tinieblas, y la no menos dulce de desobedecer las órdenes de mis detestables opresores. Ya no había más noche para mí, pero tampoco más ensalada; aunque me gustaba muchísimo, la necesidad de conservar el aceite para alumbrarme me hacía ligero el sacrificio. Fijé entonces el primer lunes de cuaresma para empezar la dificultosa operación de romper el entarimado, porque en los festines del carnaval yo temía mucho las visitas.
 
El domingo de carnaval, al mediodía, oí el ruido de los cerrojos y vi a Laurencio seguido de un hombre gordo a quien reconocí por el judío Gabriel Schalón, conocido por su habilidad en obtener dinero de los jóvenes, haciéndoles caer en malos negocios.
 
Nos conocíamos, así es que nuestros saludos fueron breves. Su compañía no podía serme agradable, pero para ello no se me consultaba.
 
 
 Giacomo Casanova (Italiano, 1725-1798).

La ilustración corresponde a la puerta de une celda en la Cárcel de los Plomos del Palacio Ducal en Venecia.

sábado, 15 de abril de 2017

Carnaval: DON JUAN TENORIO, de José Zorrilla

"¡Mal rayo me parta si en concluyendo la carta no pagan caro sus gritos!"
 
(Dos fragmentos del primer acto)

Hostería de Cristófano Buttarelli. Puerta en el fondo que da a la calle: mesas, jarros y demás utensilios propios de semejante lugar.
 
Escena I
 
Don Juan, con antifaz, sentado a una mesa escribiendo; Buttarelli y Ciutti, a un lado esperando. Al levantarse el telón, se ven pasar por la puerta del fondo máscaras, estudiantes y pueblo con hachones, músicas, etc.

Don Juan: ¡Cuál gritan esos malditos!
Pero, ¡mal rayo me parta
si en concluyendo la carta
no pagan caro sus gritos!

(Sigue escribiendo).

Buttarelli (a Ciutti): Buen carnaval.

Final de la escena V

Don Gonzalo: Quisiera yo ocultarme
verlos, y sin que la gente
me reconociera.

Buttarelli: A fe
que eso es muy fácil, señor.
Las fiestas de carnaval,
al hombre más principal
permiten, sin deshonor
de su linaje, servirse
de un antifaz, y bajo él,
¿quién sabe, hasta descubrirse,
de qué carne es el pastel?
 
Don Gonzalo: Mejor fuera en aposento contiguo...
 
Buttarelli: Ninguno cae aquí.
 
Don Gonzalo: Pues entonces, trae el antifaz.

José Zorrilla (España, 1817-1893)

viernes, 14 de abril de 2017

Carnaval: ESPLENDORES Y MISERIAS DE LAS CORTESANAS, de Honoré de Balzac

 
(Fragmento)
 
- Voy a abrir por Carnaval -dijo Esther confidencialmente a sus amigas, que lo transmitieron al barón-, y voy a hacerle feliz como un gallo de vitrina.
 
Aquella expresión se hizo proverbial en el mundillo de las cortesanas.
 
El barón se deshacı́a en infinidad de lamentaciones. Al igual que los casados, hacı́a bastante el ridı́culo: empezaba a quejarse delante de sus ı́ntimos, y se traslucı́a su descontento. A pesar de todo, Esther continuaba concienzudamente en su papel de Pompadour del prı́ncipe de la Especulación. Habı́a dado ya dos o tres veladas tan sólo para introducir a Lucien en la casa. Lousteau, Rastignac, Du Tillet, Bixiou, Nathan y el conde de Bramboürg, la flor de los calaveras, fueron los asiduos de la casa. Por último, Esther aceptó como actrices de la comedia que representaba a Tullia, Florentine, Fanny-Beaupré y Florine, dos actrices y dos bailarinas, y, además, a la señora Du Val-Noble. No hay nada tan triste como la casa de una cortesana sin la sal de la rivalidad y sin la diversidad en el vestir y en las fisonomı́as.
 
En seis semanas Esther se convirtió en la más ingeniosa, en la más amena, en la más hermosa y elegante de las mujeres de esa casta de parias que constituyen las entretenidas. Desde su merecido pedestal saboreaba cuantos goces de la vanidad seducen a las mujeres ordinarias, pero a la vez abrigaba un sentimiento secreto de superioridad sobre su casta. Tenı́a en su interior una imagen de sı́ misma que la hacı́a avergonzarse a la vez que la enaltecı́a, puesto que el momento de su abdicación nunca dejaba de estar presente en su conciencia; ası́ pues, vivı́a una especie de doble vida sintiendo lástima por su personaje. Sus sarcasmos reflejaban el profundo desprecio que el ángel de amor encerrado en el alma de la cortesana sentı́a hacia el papel infame y odioso que representaba su cuerpo. Esther, espectadora y actriz, juez y reo a un tiempo, encarnaba la admirable ficción de los cuentos árabes, en los que casi siempre aparece un ser sublime bajo la figura de un ser degradado, y cuyo prototipo se encuentra, con el nombre de Nabucodonosor, en el libro de los libros, en la Biblia. Habiéndose concedido un plazo de vida hasta el dı́a siguiente a la infidelidad, la vı́ctima podı́a divertirse un poco a costa del verdugo. Por otra parte, las informaciones recogidas por Esther sobre los medios solapadamente vergonzosos a los que el barón debía su colosal fortuna, la libraron de todo escrúpulo, y se complació en representar el papel de la diosa Até, la Venganza, de acuerdo con las palabras de Carlos. Se hacı́a unas veces encantadora y otras aborrecible a aquel millonario, que sólo vivı́a para ella. Cuando el barón llegaba a un grado de sufrimiento en que deseaba bandonar a Esther, ésta se lo ganaba de nuevo con una escena de ternura.

 
Honoré de Balzac (Francia, 1799-1850)

jueves, 13 de abril de 2017

Carnaval: PARADISO, de José Lezama Lima

"La puerta que sólo servía como ventana, era muy codiciada los días de carnaval..."

(Fragmento inicial del capítulo VII)

La casa de Prado, donde Rialta seguía llorando al Coronel, se expresaba por las dos ventanas de su pórtico. Una verja de hierro aludía a un barroco que desfallecía, piezas de hierro colado colocadas horizontalmente, abriéndose a medida que ascendían en curvaturas que se juntaban en una boca floreada. Por la mañana, a la hora de la limpieza, las otras dos puertas se abrían, quedando la verja detrás de un portal apuntalado por tres columnas macizas, con una base corintia. Una de las verjas era tan sólo una ventana, aunque respaldada también por puertas. La otra se abría como si fuese también una puerta. Ambas ventanas, de las que una era también puerta, eran seguidas por dos puertas con persianas. Después, dos piezas de madera que se plegaban, cerraban en su totalidad las dos piezas anteriores, que abrían la sala al portal. La puerta que sólo servía como ventana, era muy codiciada los días de carnaval, regalaba una posición más cómoda para la visión, y daba un resguardo para la irrupción violenta de las serpentinas, para el fluir de las gentes, llenas de gritos y de gestos en aspa o esgrima sonambúlica.
 
 
José Lezama Lima (Cuba, 1910-1976)

La ilustración corresponde a casas sobre el Paseo del Prado en La Habana.

miércoles, 12 de abril de 2017

Carnaval: LOS ESCÁNDALOS DE CROME, de Aldous Huxley


"... y más vagamente aún con caro-carnis y sus derivados, como carnaval y carnación. Carminativo..."
(Fragmento)
- Se sufre mucho -continúo Dionisio- con eso de que las bellas palabras no significan nunca lo que deberían significar. No hace mucho, por ejemplo, se me ha echado a perder todo un poema, precisamente porque la palabra carminativo no significa lo que debería significar. Carminativo es admirable, ¿no es cierto?
- Admirable -asintío Mr. Scogan-. Pero, ¿qué significa?
- Es una palabra que yo había atesorado desde mi primera infancia -dijo Dionisio-, atesorado y amado. En mi casa me daban esencia de canela, cuando me hallaba resfriado -remedio inútil, pero no desagradable-. La vertían gota a gota, de unos frascos estrechos, en forma de dorado licor, fuerte y ardiente. En el rótulo había una lista de sus virtudes y entre otras cosas se decía que era en alto grado carminativo. Yo adoraba aquella palabra. "¿Será carminativo?", acostumbraba a decirme cuando tomaba mi dosis. Me parecía una palabra tan maravillosa para expresar aquella sensación de calor interior; aquel ardor, aquella -¿cómo lo diré?- satisfacción física que sentía después de beberme la canela. Más tarde, cuando descubrí el alcohol, la palabra carminativo expresaba para mí aquel ardor semejante pero más noble, más espiritual, que produce el vino, no sólo en el cuerpo, sino también el alma. Las virtudes carminativas del Borgoña, del ron, del viejo brandy, del Lacryma Christi, del Marsala, del Aleático, de la cerveza fuerte, de la ginebra, del champaña, del clarete, del crudo vino nuevo de las vendimias toscanas -yo las comparaba, las clasificaba-. El Marsala es rosadamente, aterciopeladamente carminativo; la ginebra pica y refresca al mismo tiempo que enardece. Me había formado toda una tabla de valores de carminación. Y ahora -Dionisio extendió las manos con las palmas hacia adelante, desesperado-, ahora ya sé lo que realmente quiere decir carminativo.

- Y bien ¿qué significa? -preguntó Mr Scogan, algo impaciente.

- Carminativo -dijo Dionisio, deteniéndose amorosamente en casa silaba-, carminativo. Yo vagamente imaginaba que tendría alguna relación con carmen-carminis, y más vagamente aún con caro-carnis y sus derivados, como carnaval y carnación. Carminativo... contenía la idea de canto, y la idea de carne sonrosada y cálida, con una evocación de las alegrías de la mi-Carême y las fiestas carnavalescas de Venecia. Carminativo... el calor, el ardor, el interior bienestar, todo ello estaba comprendido en aquella palabra. Y en lugar de eso...

- ¡Al grano, querido Dionisio! -protestó Mr. Scogan-. ¡Al grano!

- Pues bien, el otro día escribí un poema, -dijo Dionisio- escribí un poema sobre los efectos del amor.

- Otros han hecho lo mismo antes que usted -dijo Mr Scogan-. No hay motivo para avergonzarse.

- Yo quería expresar la idea -continuó Dionisio- de que los efectos del amor eran con frecuencia semejantes a los efectos del vino, esto es, que Eros podía embriagar lo mismo que Baco. El amor, por ejemplo, es esencialmente carminativo. Nos da la sensación de calor, de ardor...

Y la pasión, carminativa como el vino...

"Eso fue lo que yo escribí. No sólo el verso resultaba elegantemente sonoro; era también, me complacía en ello, muy propio y concisamente expresivo. La palabra carminativo, lo comprendía todo, ofrecía un primer plano detallado, exacto, y un inmenso, indefinido hinterland de sugestión.

Y la pasión, carminativa como el vino...

"En fin, que no me desagradaba. Y luego, de pronto, se me ocurre que, en realidad, yo no había nunca mirado aquella palabra en el diccionario. Carminativo había crecido, conmigo desde los tiempos del frasco de canela. Carminativo. Para mí, aquella palabra era tan rica de contenido como cualquier grandiosa y bien trabajada obra de arte; era un paisaje completo, con personajes y todo.

Y la pasión, carminativa como el vino...

"Era la primera vez que había confiado aquella palabra a la escritura, y sentía de pronto que necesitaba para ella una autoridad lexicográfica. Todo lo que tenía a mano era un pequeño diccionario inglés-alemán. Busqué la C, ca, car, carm. Allí estaba: Carminativo: Windtreibend. ¡Windtreibend! (¡Antiflatulento!) -repetía.
Mr. Scogan se echo a reír. Dionisio movió la cabeza.
- ¡Ah! -dijo- para mí aquello no era risible. Para mi señalaba el fin de un capítulo, la muerte de algo muy joven y precioso. En aquella palabra estaban contenidos los años de infancia y de inocencia -cuando yo creía que carminativo significaba, eso... carminativo. Y ahora, ante mi, yace el resto de mi vida-, un día, quizá diez años, medio siglo, durante los cuales ya sabré que carminativo significa windtreibend (Antiflatulento).
Plus ne suis ce qu j'ai été. Et ne le saurai jamais être.
- Es una revelación que le pone a uno meláncolico.
- Carminativo -dijo Mr. Scogan meditativamente.
- Carminativo -repitió Dionisio, y quedaron un momento silenciosos.
Aldous Huxley (Inglaterra, 1894-1963)