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Vancouver, otoño en English Bay (fotografía de Jules Etienne).

viernes, 15 de diciembre de 2017

Eclipse: UN YANQUI EN LA CORTE DEL REY ARTURO, de Mark Twain


 
(Fragmento del capítulo VI: El eclipse)

Estaba perdido. No había esperanza para mí. Me sentí perplejo, estupefacto. No podía dominarme ni evitar hacerme preguntas sin sentido, sin utilidad, igual que uno que está fuera de sí. Los soldados me agarraron, me empujaron fuera de la celda, a lo largo de los corredores subterráneos, y, finalmente, me hallé a la luz del día en el mundo superior. Al llegar al patio enlosado tuve un susto, porque lo primero que vi fue la pira, con su estaca, en el centro del patio, y al lado de la leña un monje. En los cuatro lados del patio, la muchedumbre se alineaba, apretujada, fila tras fila, formando gradería y ofreciendo un pintoresco espectáculo de ricos colores. El Rey y la Reina se sentaron en su trono, rodeados de las figuras más conspicuas de la corte.
 
Para fijarme en todo esto no empleé más que un segundo. El segundo siguiente lo dediqué a Clarence, que se había deslizado desde algún escondrijo y murmuraba las últimas noticias en mi oído. Con los ojos brillantes de triunfo y alegría, me dijo:
 
- ¡Cuánto me ha costado lograr este adelanto! Cuando revelé la calamidad que preparabais, vi el terror retratado en el rostro de todos y comprendí que era el momento oportuno para apretar las clavijas. Por esto, valiéndome de varios argumentos, los convencí de que vuestro poder sobre el sol no podía alcanzar su plenitud hasta mañana, y que si quería salvarse al sol y al mundo, teníais que ser muerto hoy, puesto que vuestro encantamiento no tenía aún fuerza. No era más que una mentira, una invención mía; pero habrías tenido que ver cómo se la tragaban en pleno terror, como si fuera una salvación enviada por el cielo mismo. Yo me reía por dentro, al ver cuán fácilmente los engañaba y cómo alababan a Dios y le daban gracias por haberles mandado la más vil de sus criaturas para salvarlos. ¡Cuán felizmente se ha desarrollado todo! No precisará que causéis al sol un daño verdadero... Sobre todo, no os olvidéis de esto, por vuestra alma, no lo olvidéis. Bastará que provoquéis una ligera oscuridad, una oscuridad pasajera, y nada más. Esto será suficiente. Comprenderán que dije una mentira, a causa de mi ignorancia, y cuando caiga la primera sombra los veréis enloquecer de pavor... Y os pondrán en libertad y os harán grande y poderoso... ¡ Id hacia el triunfo! Pero acordaos, por favor, acordaos de mi súplica, amigo mío; acordaos de no causar ningún daño al sol... Hacedlo por mí, por vuestro amigo...
 
Dejé oír algunas palabras a través de mi pena y de mi desesperación, para darle a entender que respetaría al sol. Los ojos del muchacho me las agradecieron con una mirada de gratitud tan honda que no tuve valor para decirle que su fantástica tontería me llevaba a la muerte.
 
Mientras los soldados me conducían a través del patio, el silencio era tan absoluto que, si hubiera estado ciego, habría pensado hallarme en la más completa soledad, en medio de un valle, y no entre cuatro mil personas. En aquella masa de gente no se percibía ni un movimiento. Estaban pálidos y rígidos como estatuas, y la muerte se reflejaba en todos los rostros.
 
Este silencio duró mientras me ataban a la estaca, mientras los haces de leña eran cuidadosamente amontonados alrededor de mis tobillos, mis piernas y mi cintura. Hubo una pausa luego, y esto habría aumentado el silencio si ello hubiese sido posible. Un hombre se arrodilló a mis pies, sosteniendo en la mano una antorcha encendida. La multitud, inconsciente, hizo un movimiento de avance para ver mejor, saliendo, sin saberlo, de sus asientos. El monje levantó las manos y los ojos en dirección al cielo azul, y pronunció unas palabras en latín; en esta actitud estuvo un rato murmurando, y luego se detuvo. Esperó unos momentos a que empezara de nuevo, pero ante su silencio, alcé los ojos y le miré, estaba petrificado.
 
La muchedumbre, como obedeciendo a un impulso común, se puso en pie y miró al cielo. Seguí su mirada. Tan cierto como que estoy vivo, que empezaba mi eclipse. La sangre volvió a hervir en mis venas. Me sentía como un hombre nuevo. El cerco de oscuridad iba invadiendo el disco solar, lentamente, y mi corazón latía cada vez más fuerte, más aprisa, mientras la gente y el monje permanecían aún como petrificados. Dentro de poco aquellas miradas inmóviles se fijarían en mí. Pero yo estaba preparado. Me sentía dispuesto a todo y adopté una de las actitudes más grandiosas que se puede imaginar: extendí mi brazo, señalando al sol. Debí de, causar una impresión terrible. Debí de, causar una impresión terrible. Se podía ver el estremecimiento de terror que se apoderó de los circunstantes.


Mark Twain: Samuel Langhorne Clemens (Estados Unidos, 1835-1910).

jueves, 14 de diciembre de 2017

Eclipse: LAS MINAS DEL REY SALOMÓN, de H. Rider Haggard

"... oigan al impostor que afirma apagará la luna como si fuera una lámpara."
 
(Fragmento del capítulo XI: La señal)
 
- Ha llegado el instante -me dijo sir Enrique con voz baja-, ¿qué espera usted?
 
- El eclipse. Hace media hora no separo la vista de la luna y jamás la he contemplado con mejor salud.
 
- Pues no hay más remedio que decidir la partida ahora mismo o la muchacha perece. Twala está perdiendo la paciencia.
 
Convencido de la fuerza del argumento, arrojé una ansiosa mirada a la radiante faz de la luna, como jamás lo hiciera el más ardiente astrónomo en espera de algún suceso, comprobación de sus teorías, y, asumiendo toda la majestad imaginable, pasé a colocarme entre la postrada joven y la lanza de Scragga, diciendo al mismo tiempo:
 
- Rey, esa joven no morirá; nunca consentiremos acto tan inhumano; déjala que se retire en salvo.
 
Twala se levantó furioso de su asiento, y de los jefes y nutridos pelotones de las muchachas, que insensiblemente se habían aproximado en expectativa de la tragedia, se oyó un murmullo de asombro.
 
- ¡ No morirá, dices tú, perro blanco, que ladras al león en su cueva; no morirá! ¿Estás loco? Anda con tiento, no sea que la suerte de esa paloma te alcance a ti y a los tuyos. ¿Cómo lo podrás impedir?¿Quién eres tú para oponerte a mi voluntad? ¡Retírate, te lo mando! Scragga, mátala. ¡Eh, guardias! Capturen a esos hombres.
 
A este grito, varios soldados armados, saliendo de detrás de la choza, donde evidentemente habían sido colocados de antemano, corrieron hacia nosotros.
 
Sir Enrique, Good y Umbopa se pusieron a un lado y prepararon los rifles.
 
- ¡Deténganse -grité atrevidamente, por más que el alma se me había ido a los pies.- ¡Deténganse!, nosotros, los hombres blancos de las estrellas, decimos que no morirá. Si dan un solo paso más, apagaremos la luz de la luna, sumergiendo la tierra en las más profundas tinieblas. ¡Ya verán lo que puede nuestra magia!
 
Mi amenaza produjo su efecto; los soldados se detuvieron y Scragga permaneció frente a nosotros, inmóvil y con su lanza prevenida.
 
- ¡Óiganlo! ¡Óiganlo! -gritó burlonamente Gagaula-, oigan al impostor que afirma apagará la luna como si fuera una lámpara. Sí, que lo haga, o que muera con Faulata, y con todos sus compañeros.
 
Alcé los ojos a nuestro satélite y, cobrando ánimo, lleno de alegría, vi que no nos habíamos equivocado. En el borde del hermoso luminar se proyectaba una pequeña sombra, mientras que la opaca penumbra se extendía y condensaba sobre su radiante superficie.
 
Entonces levanté la mano hacia el cielo del modo más solemne, movimiento que sir Enrique y Good imitaron, y con afectada entonación recité uno o dos versos de mi libro favorito, La leyenda de Ingoldsby. Sir Enrique secundó mi fingida imprecación, con un versículo de la Biblia, y Good coadyuvó a hacerla más imponente dirigiendo a la Reina de la Noche, en una retahíla ininterrumpida, las expresiones más clásicas del repertorio marinesco.
 
Gradualmente la penumbra, haciéndose más espesa, amorteció visiblemente el brillante disco y una exclamación de miedo se escuchó en la aterrorizada multitud que nos rodeaba.
 
- ¡Mira, oh rey! ¡Mira Gagaula! Miren, jefes, soldados y mujeres, y digan si los hombres blancos de las estrellas hacen lo que prometen o son unos vanos impostores!
 
- La luna se obscurece ante sus propios ojos; pronto las tinieblas nos envolverán. ¡Sí!, las tinieblas, cuando más grande y clara centelleaba la luna. Nos han pedido una señal, y se las damos. Apágate; ¡Oh luna!, extingue tu luz, tu pura e inmaculada luz, abate hasta el polvo la frente de los soberbios y sepulta el mundo en las más lóbregas sombras de la noche.


Henry Rider Haggard (Inglaterra, 1856-1925).
 
La ilustración corresponde a un fotograma de la adaptación de la novela al cine, filmada en 1937.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Eclipse: EL ARPA Y LA SOMBRA, de Alejo Carpentier


(Fragmento)

... Cuando me asomo al laberinto de mi pasado en esta hora última, me asombro ante mi natural vocación de farsante, de animador de antruejos de armador de ilusiones, a manera de los saltabancos que en Italia, de feria en feria -y venían a menudo a Savona- llevan sus comedias, pantomimas y mascaradas. Fui trujamán de retablo, al pasear de trono en trono mi Retablo de Maravillas. Fui protagonista de sacra reppresentazione al representar, para los españoles que conmigo venían, el gran auto de la Toma de Posesión de Islas que ni se daban por enteradas. Fui ordenador magnifico de la Gran Parada de Barcelona -primer gran espectáculo de Indias Occidentales, con hombres y animales auténticos, presentado ante los públicos de la Europa. Más adelante -fue durante mi tercer viaje- al ver que los indios de una isla se mostraban recelosos en acercarse a nosotros, improvise un escenario en el castillo de popa, haciendo que unos españoles danzaran bulliciosamente al son de tamboril y tejoletas, para que se viese que éramos gente alegre y de un natural apacible (Pero mal nos fue en esa ocasión, para decir la verdad, puesto que los caníbales, nada divertidos por moriscas y zapateados, nos dispararon tantas flechas como tenían en sus canoas...) Y, mudando el disfraz, fui Astrólogo y Milagrero en aquella playa de Jamaica donde nos hallábamos en la mayor miseria, sin alimentos, enfermos y rodeados para colmo, por habitantes hostiles listos a asaltarnos. En buena hora se me ocurrió consultar el libro de Efemérides de Abraham Zacuto, que siempre llevaba conmigo, comprobé que aquella noche de febrero, veríase un eclipse de luna, y al punto anuncié a nuestros enemigos que si esperaban un poco, en paz, asistirían a un grande y asombroso portento. Y, al llegar el momento, aspándome como molino, gesticulando como nigromante, clamando falsos ensalmos, ordene a la luna que se ocultase... y ocultose la luna. Fuime en seguida a mi cámara y luego de esperar a que corriese el reloj de arena el tiempo que hubiese de durar el milagro -tal cual estaba indicado en el tratado- reaparecí ante los caníbales aterrados, ordenando a la luna que volviese a mostrarse -cosa que hizo sin demora, atendiendo a mi mandato (Acaso por tal artimaña llegué vivo a la fecha de hoy...)
 
 
Alejo Carpentier (Cubano nacido en Suiza y fallecido en Francia; 1904-1980).
 
La ilustración corresponde a un grabado del siglo XVIII sobre el eclipse de luna narrado por Cristóbal Colón.

lunes, 11 de diciembre de 2017

Eclipse: ABADDÓN EL EXTERMINADOR, de Ernesto Sabato

"... una incierta nerviosidad como la que sienten los animales en el momento en que un eclipse se aproxima."
 
Cuando Bruno llegó al café

encontró a S. como ausente, corno quien está fascinado por algo que lo aísla de la realidad, pues apenas pareció verlo y ni siquiera lo saludó. Observaba a una gata perversa y somnolienta, que unas cuantas mesas más allá leía o simulaba leer un gran libro. Y estudiándola, cavilaba sobre el abismo que muchas veces existe entre la edad que figura en los registros civiles y la otra, la que resulta de los desastres y pasiones. Porque mientras la sangre hace su recorrido de células y años, ese recorrido que candorosamente examinan y hasta miden los médicos con aparatos y tratan de paliar con píldoras y vendajes, mientras se festejan (pero por qué, por qué?) los aniversarios que marcan los almanaques, el alma sufre decenios y hasta milenios, por obra de implacables poderes. O porque ese cuerpo, que inocentemente manejan los médicos campesinos que expulsan o matan plagas de hongos o gorgojos en una tierra que más abajo oculta cavernas con dragones ha heredado el alma de otros cuerpos moribundos, de hombres o peces, de pájaros o reptiles. De manera que su edad puede ser de cientos o de miles de años. Y también porque, como decía Sabato, aun sin transmigraciones, el alma envejece mientras el cuerpo descansa, por su visita a los antros infernales en la noche. Motivo por el cual se suelen observar hasta en niños miradas y sentimientos o pasiones que sólo pueden explicarse mediante esa turbia herencia de murciélago o de rata, o por esos descensos nocturnos al infierno, descensos que calcinan y agrietan el alma, mientras el cuerpo que duerme se mantiene joven y engaña a esos doctores que consultan sus manómetros, en lugar de escrutar sutiles signos en sus movimientos o en el brillo de sus ojos. Porque esa calcinación, ese encallamiento es posible detectarlo en cierto temblor al caminar, en alguna torpeza, en peculiares pliegues de la frente; pero también, o sobre todo, en la mirada, ya que el mundo que observa no es más el del chico inocente sino el de un monstruo que ha presenciado el horror. De modo que esos hombres de ciencia deberían más bien acercarse a la cara, analizar con extremo cuidado y hasta con malicia las pequeñísimas marcas que van esbozándose. Y especialmente tratando de sorprender algún fugacísimo brillo en los ojos, porque, de todos los intersticios que permiten espiar lo que sucede allá abajo, los ojos son los más importantes; recurso supremo que resulta imposible con los Ciegos, que de esa manera preservan sus tenebrosos secretos. Desde su rincón, le era imposible estudiar esos indicios en la cara. Pero le quedaban los otros, le bastaba seguir los lentos y apenas esbozados movimientos de sus largas piernas al reacomodarse, de su mano al llevar el cigarrillo a la boca, para saber que aquella mujer tenía infinitamente más edad que los veintitantos de su cuerpo: experiencia proveniente de alguna serpientegato prehistórica. Un animal que pérfidamente aparentaba indolencia, pero que tenía la sigilosa sexualidad de la víbora, lista para el salto traicionero y mortal.
 
Porque a medida que pasaba el tiempo y el examen se hacía más minucioso, sentía que ella estaba en acecho, con esa virtud que tienen los felinos para controlar, aun en la oscuridad, los más insignificantes movimientos de la presa, para percibir rumores que para otros animales pasan inadvertidos, para calcular el más ligero amago del adversario. Sus manos eran largas, como sus brazos y piernas. Tenía un pelo muy renegrido y lacio, que le llegaba hasta los hombros, que se desplazaba a cada movimiento que hacía con mórbida amortiguación. Fumaba con chupadas lentísimas pero muy hondas. Había algo en su cara que producía desazón, hasta que pudo entender que era causado por la excesiva separación de sus ojos: grandes y rasgados, pero casi defectuosamente separados, lo que le confería una especie de inhumana belleza. Sí, era evidente que ella también los escrutaba, a través de sus párpados semicerrados, como somnolientos, en lentas y disimuladas miradas de soslayo, que hacía como sin mirar, como si únicamente levantase la vista del libro para pensar, o para ese abandonarse a las corrientes profundas pero vagas a que uno se abandona cuando está leyendo un texto que hace meditar en la propia existencia. Estiraba voluptuosamente las piernas, echaba una desvaída ojeada sobre las otras gentes, pareciendo detenerse un instante en S., para luego recogerse de nuevo en su impenetrable universo gatoserpentoso.
 
Bruno intuyó que una misteriosa sustancia había caído en el fondo de las aguas profundas de su amigo y, desde allá abajo, mientras se disolvía, desprendía miasmas que seguramente llegaban hasta su conciencia. Sensaciones muy oscuras, pero que para él, para S., eran siempre anuncios de acontecimientos decisivos. Y que producían un malestar, una incierta nerviosidad como la que sienten los animales en el momento en que un eclipse se aproxima. Porque era inverosímil que pudiese hacerlo de semejante modo, con los párpados caídos y esas largas pestañas que debían de velarle aún más la poca luz de que disponía. Equívoca y silenciosamente enviaba sus radiaciones sobre S., que más con su piel que con su cabeza debería de estar percibiendo esa presencia, a través de miríadas de infinitesimales receptores en el extremo de sus nervios, como esos sistemas de radar que en las fronteras vigilan la llegada del enemigo. Señales que a través de complicadas redes llegaban en esos momentos hasta sus vísceras, pero (lo conocía demasiado) no sólo excitándolo sino alertándolo angustiosamente. Allí podía verlo, como recogido en una sombría guarida, hasta que de pronto se levantó, y sin saludarlo sólo dijo a manera de despedida:
 
- Otro día hablaremos de lo que le dije por teléfono.


Ernesto Sábato (Argentina, 1911-2011).

domingo, 10 de diciembre de 2017

ECLIPSE, de Cristian Petru Balan

"... la sombra de la Tierra pasa alrededor del astro nocturno -eclipse de Luna..."

Los eclipses son visitas cósmicas (y recíprocas),
visitas raras, de cortesía, casi protocolarias:
la sombra de la Luna visita la Tierra -eclipse de Sol,
o alguna otra visita, no tan rara, pero oportuna:
la sombra de la Tierra pasa alrededor del astro nocturno -
eclipse de Luna...

(Eclipsele sunt vizite cosmice (și-s reciproce),
vizite rare, de curtoazie, aproape protocolare:
umbra Lunii în vizită pe Pământ - eclipsa de Soare,
sau o altă vizită, nu atât de rară, dar oportună:
umbra Terrei în trecere pe rotundul astrului nopții -
eclipsa de Lună
...)



Cristian Petru Balan (Rumania, 1936).
 
(Traducido del rumano por Jules Etienne).

sábado, 9 de diciembre de 2017

Eclipse: LA CONDESA SANGRIENTA, de Valentine Penrose

"... caían del cielo durante los eclipses de luna, esa luna que gobierna al mundo de los venenos."
 
(Párrafos finales del capítulo XVI)

Por la parte alta de la ciudad, en los alrededores de la iglesia más antigua de Viena, Sant-Rüprecht, que mira cómo se pone el sol iluminando su campanario triste y pequeño, había muchas cosas que podían atraer a Erzsébet. Sigue siendo la judería. Aún es posible encontrar en ella mandrágoras y esos mismos dientes de peces fósiles, color jade, tan buscados a la sazón. Se encontraban también, en torno a la vieja sinagoga, judías muy jóvenes. Jó Ilona consiguió convencer a algunas de que entrasen al servicio de la Condesa. Un día incluso, una vieja trajo a una niña judía de unos diez años que había encontrado vagando por la ciudad. Las tiendas donde se vendían las plantas y las piedras mágicas, así como los animales disecados, se ocultaban alrededor de la Juden Platz, y la litera de Erzsébet hizo frecuentes apariciones entre las viejas casas cargadas de escudos. Venía, sombría y centelleante, a escoger en persona amuletos de cuarzo y dientes de lobo, lenguas de serpiente o esos minerales que la propia naturaleza marcaba a veces, los misteriosos gamahés firmados por los astros.
 
Esto es lo que acudían a buscar las sirvientas de Erzébet a este barrio de la ciudad, al tiempo que se fijaban en si no habría por allí alguna joven campesina desocupada a la que pudieran convencer para que las siguiera.
 
Existen aún en Viena tiendas de ésas donde se venden cosas extraordinarias: estatuillas en forma de momias tendidas en minúsculos sarcófagos, amuletos colgados entre los collares de granates y de topacios, montados en cadenas de plata o engastados en el oro más fino; o también corazones de madréporas lívidos y salpicados de manchas, y otros hechos con esa espuma de mar blanca que contiene algo que se asemeja a gotas de sangre. Otros corazones de jaspe, también sanguinolento, perforados en ocasiones, y que habían hecho morir a alguien. Ágatas, dientes y garras de animales salvajes y el fascinante, el duro diente de tiburón que se supone que nace donde cae el rayo, en la tierra o en el agua. Pues se pensaba que estos dientes fósiles los producía la propia tierra. Plinio había creído que caían del cielo durante los eclipses de luna, esa luna que gobierna al mundo de los venenos. Aquellas piedras recibían el nombre de ceraunias o piedras de rayo; tardaban un tiempo infinito en volver a la superficie del suelo donde se habían hundido bajo forma, se decía, de hacha o de flecha de jade verdoso. Se encontraban allí concreciones que no pertenecían al reino mineral, como esas alectorias que se forman en el hígado de los gallos viejos y una piedrecilla hueca que tenía grabada una especie de ojo que era una batracita.
 
 
Valentine Penrose (Francesa fallecida en Inglaterra, 1898-1978).

viernes, 8 de diciembre de 2017

Eclipse: CUENTOS ORIENTALES, de Marguerite Yourcenar

"Los dioses celosos acecharon a Kali una noche de eclipse..."

Kali decapitada
 
(Fragmento)

Pero Kali, perfecta como una flor, ignoraba su perfección y, pura como el día, no conocía su pureza.
 
Los dioses celosos acecharon a Kali una noche de eclipse, en un cono de sombra, en el rincón de un planeta cómplice. Fue decapitada por el rayo. En vez de sangre, brotó un chorro de luz de su nuca cortada. Su cadáver, dividido en dos trozos y arrojado al Abismo por los Genios, rodó hasta llegar al fondo de los Infiernos, por donde se arrastran y sollozan aquellos que no han visto o han rechazado la luz divina. Sopló un viento frío, condensó la claridad que se puso a caer del cielo; una capa blanca se acumuló en la cumbre de las montañas, bajo unos espacios estrellados donde empezaba a hacerse de noche. Los dioses-monstruos, el dios-ganado, los dioses de múltiples brazos y múltiples piernas, semejantes a unas ruedas que dan vueltas, huían a través de las tinieblas, cegados por sus aureolas, y los Inmortales, despavoridos, se arrepintieron de su crimen.
 
Los dioses contritos bajaron del Techo del Mundo hasta el abismo lleno de humo por donde se arrastran los que existieron. Franquearon los nueve purgatorios; pasaron por delante de los calabozos de barro y de hielo en donde los fantasmas, roídos por el remordimiento, se arrepienten de las faltas que cometieron, y por delante de las prisiones en llamas donde otros muertos, atormentados por una codicia vana, lloran las faltas que no cometieron. Los dioses se sorprendían al hallar en los hombres aquella imaginación infinita del Mal, aquellos recursos y aquellas innumerables angustias del placer y del pecado. Al fondo del osario, en un pantano, la cabeza de Kali sobrenadaba como un loto, y sus largos y negros cabellos se extendían a su alrededor como raíces flotantes.
 
Recogieron piadosamente aquella hermosa cabeza exangüe y se pusieron a buscar el cuerpo que la había llevado. Un cadáver decapitado yacía en la orilla. Lo cogieron, colocaron la cabeza de Kali encima de aquellos hombros y reanimaron a la diosa.
 
Aquel cuerpo pertenecía a una prostituta, ajusticiada por haber tratado de entorpecer las meditaciones de un brahmán. Sin sangre, aquel cadáver parecía puro. La diosa y la cortesana tenían ambas, en el muslo izquierdo, el mismo lunar.
 
Kali no volvió, nenúfar de perfección, a sentarse en el trono del cielo de Indra. El cuerpo, al que habían unido la cabeza divina, sentía nostalgia de los barrios de mala fama, de las caricias prohibidas, de los cuartos en donde las prostitutas meditan secretas orgías, acechan la llegada de los clientes a través de las persianas verdes. Se convirtió en seductora de niños, incitadora de ancianos, amante despótica de jóvenes, y las mujeres de la ciudad, abandonadas por sus esposos y considerándose ya viudas, comparaban el cuerpo de Kali con las llamas de la hoguera. Fue inmunda como una rata de alcantarillas y odiada como la comadreja de los campos. Robó los corazones como si fueran un pedazo de entraña expuesto en los escaparates de los casqueros. Las fortunas licuadas se pegaban a sus manos como panales de miel. Sin descanso, de Benarés a Kapilavastu, de Bangalore a Srinagar, el cuerpo de Kali arrastraba consigo la cabeza deshonrada de la diosa, y sus ojos límpidos continuaban llorando.
 
 
Marguerite Yourcenar (Escritora en lengua francesa nacida en Bélgica, educada en Francia y afincada en Estados Unidos, donde falleció. Tenía doble nacionalidad, francesa y estadounidense; 1903-1987).

jueves, 7 de diciembre de 2017

Eclipse: LAS OLAS, de Virginia Woolf

"Laten de azul y verde los bosques, y gradualmente los campos se embeben de rojo, amarillo y marrón."

(Fragmento)

¿Cómo regresa al mundo la luz después del eclipse de sol? Frágil, milagrosamente. Con finas rayas. Cuelga como una jaula de cristal. Es un círculo al que fracturará una menuda jarra. Ahí hay una chispa. Y a continuación un brote ceniciento. Después un vapor como si la tierra estuviera inspirando y espirando, una, dos veces, por ver primera. Y entonces, bajo el aburrimiento, alguien camina con una luz verde. Entonces se desgaja un blanco fantasma.
 
Laten de azul y verde los bosques, y gradualmente los campos se embeben de rojo, amarillo y marrón. De repente, un río arrebata un azul claro.
 
La tierra absorbe color como una esponja que bebe agua lentamente. Adquiere peso, se redondea, cuelga pendiente, se estabiliza y se mueve bajo nuestros pies.
 
Así es como regresó a mi el paisaje; así es como vi los campos rodar con olas de color bajo de mí...
 
 
Virginia Woolf: Adeline Virginia Stephen (Inglaterra, 1882-1941).

martes, 28 de noviembre de 2017

Eclipse: EL PATO SALVAJE, de Henrik Ibsen

 
(Fragmento del tercer acto)
 
Hjalmar: Yo, no. Y otra vez intervino la pistola en la historia de la familia. Cuando ya llevaba puesto el traje gris de presidiario y estaba bajo llaves. ¡Qué días tan espantosos para mí! Tenía veladas mis dos ventanas, y si miraba hacía afuera y veía que alumbraba el sol como de costumbre, no podía concebirlo. Observaba a la gente en la calle reír y charlar de cosas sin importancia, pero no me cabía en la cabeza; me parecía que todo lo existente debía haberse muerto durante un eclipse.

Gregorio: Lo mismo sentía yo cuando murió mi madre.

Hjalmar: En aquel instante Halmar Ekdal tenía la pistola apuntando contra su propio pecho.

Gregorio: ¿Quisiste también...?

Hjalmar: Sí.

Gregorio: Pero no disparaste.

Hjalmar: No; en el momento decisivo me vencí a mí mismo. Continué viviendo. Con todo, créeme, nece- sitaba valor para escoger la vida en aquella situación.


Henrik Ibsen (Noruega, 1928-1906).
 
Las ilustraciones corresponden a las puestas en escena de Theater Studies dirigida por Jody McAuliffe,en 2016, y a Paul Hilton interpretando a Hjalmar (fotografía en la parte inferior), bajo la dirección de Michael Grandage, en Londres, 2005.

lunes, 27 de noviembre de 2017

Eclipse: EL PAÍS DE LAS PIELES, de Jules Verne

"El pardo disco de la Luna avanzaba lentamente."
 
(Fragmento del capítulo XXIII: El eclipse del 18 de julio de 1860)

Llegó, por fin, el gran día, ¡el 18 de julio! El eclipse total debía durar, según los cálculos de los almanaques, cuatro minutos treinta y siete segundos, es decir, desde las once cuarenta y tres minutos y quince segundos, hasta las once, cuarenta y siete minutos y cincuenta y siete segundos de la mañana.
 
- Pero, ¿tanto es lo que pido? -exclamaba con lastimero acento el astrónomo, mesándose las cabellos-; pido tan solamente que un pedazo de cielo, nada más que el pequeño rincón donde se ha de verificar el eclipse, quede limpio de nubes. ¿Y por cuánto tiempo lo pido? ¡Durante cuatro tristes minutos! ¡Y después que nieve, que truene, que se desencadenen todos los elementos! ¡Todo me importará un bledo!
 
Tomás Black tenía algunas razones para desesperar por completo. Parecía probable que la observación no pudiera efectuarse. Al amanecer, los horizontes estaban cubiertos de brumas. Se elevaban espesas nubes por la parte del Sur, precisamente en la región del cielo en que el eclipse debía verificarse. Pero, sin duda alguna, el dios de los astrónomos tuvo piedad de Black; porque, a eso de las ocho de la mañana, saltó una brisa bastante fresca del Norte que barrió todas las brumas y despejó el firmamento. ¡Ah! ¡qué gritos de gratitud! ¡qué exclamaciones de júbilo se escaparon del pecho del abnegado sabio! En medio de un cielo puro resplandecía un magnífico sol esperando que la Luna, cuya faz eclipsaba aún sus rayos, lo fuese obscureciendo poco a poco. Se llevaron en seguida a la cumbre del promontorio los instrumentos de Tomás Black, quien después de instalarlos debidamente, dirigió sus objetivos hacia el horizonte del Sur, y esperó.
 
Había recuperado toda su acostumbrada paciencia, toda la sangre fría necesaria para su observación. ¿Qué podía temer ahora? Nada, a no ser que el cielo se desplomase sobre su cabeza. A las nueve, no había ni una sola nube, ni el más ligero vapor del horizonte al cénit. ¡Jamás una observación astronómica habíase presentado en condiciones más favorables!
 
Jasper Hobson, Paulina Barnett y todos los habitantes del fuerte habían querido presenciar la operación. La colonia entera hallábase reunida sobre el cabo Bathurst, alrededor del astrónomo. El Sol se elevaba lentamente, describiendo un arco muy amplio sobre la inmensa planicie que se extendía hacia el Sur. Nadie se atrevía a hablar, esperando todos con solemne ansiedad la realización del fenómeno.
 
A eso de las nueve y media comenzó la ocultación. El disco de la Luna mordió el disco del Sol; pero el primero no debía cubrir por completo al segundo más que desde las once, cuarenta y tres minutos y quince segundos; hasta las once, cuarenta y siete minutos y cincuenta y siete segundos, que era el tiempo señalado por el almanaque para el eclipse total; y nadie ignora que no puede haber ningún error en estos cálculos hechos, comprobados y revisados por los astrónomos de todos los observatorios del mundo.
 
Tomás, Black había traído en su equipaje cierta cantidad de cristales ennegrecidos que distribuyó entre sus compañeros, de suerte que todos pudieron seguir los progresos del fenómeno sin detrimento de su vista. El pardo disco de la Luna avanzaba lentamente. Ya los objetos terrestres adquirían un tinte especial anaranjado. La atmósfera en el cénit había cambiado de color. A las diez y cuarto, la mitad del disco solar hallábase obscurecido. Algunos perros, que gozaban de libertad, iban y venían de un lado para otro, dando muestras de cierta inquietud y ladrando en ocasiones de un modo lastimero. Los patos, inmóviles en las orillas del lago, gritaban como en la hora del crepúsculo y buscaban un lugar a propósito para entregarse al sueño. Las madres llamaban a sus pequeñuelos, que se refugiaban debajo de sus alas. Para todos aquellos animales se aproximaba la noche, y con ella la hora del sueño.
 
A las once, las dos terceras partes del disco solar se hallaban cubiertas. Los objetos habían adquirido un tinte vinoso. Reinaba entonces una semiobscuridad que debía hacerse completa durante los cuatro minutos que el eclipse total iba a durar. Pero ya se distinguían algunos planetas, como Mercurio y Venus, y las principales estrellas de ciertas constelaciones, sobresaliendo entre ellas las del Toro y Orion. Las tinieblas aumentaban de minuto en minuto.
 
Tomás Black, sin apartar la pupila del ocular de su potente anteojo, seguía los progresos del fenómeno inmóvil y silencioso. A las once y cuarenta y tres los dos discos debían encontrarse colocados exactamente el uno delante del otro.
 
- ¡Las once y cuarenta y tres! -dijo Jasper Hobson, que observaba atentamente el segundero de su cronómetro.
 
Tomás Black, inclinado sobre el instrumento, no se movía en absoluto. Transcurrió medio minuto.
 
Tomás Black se enderezó con los ojos desmesuradamente abiertos. Se colocó en seguida otra vez delante del ocular durante otro medio minuto, y, enderezándose de nuevo, gritó con voz ahogada:
 
- ¡Se va! ¡Se va! ¡La Luna! ¡La Luna se marcha! ¡Huye! ¡Desaparece! Y, en efecto, el disco lunar se deslizaba sobre el del Sol sin haberlo cubierto todo entero. ¡Solamente las dos terceras parte habían sido obscurecidas!
 
¡Tomás Black se había quedado estupefacto! Los cuatro minutos habían transcurrido ya. La luz iba aumentando. ¡La corona luminosa no se había producido!
 
- Pero, ¿qué ocurre? — preguntó Jasper Hobson.
 
- ¿Qué ocurre? -exclamó el astrónomo—. ¡Ocurre que el eclipse no ha sido total para este lugar del Globo! ¿Me entiende usted? ¡Que no ha sido total!


Jules Verne (Francia, 1828-1905).

domingo, 26 de noviembre de 2017

Eclipse: HIPERIÓN, de John Keats



(Fragmento del primer libro)
 
Dos alas tenía este orbe
de pura gloria, dos alas de plata clara,
que se elevaban al acercarse el Dios;
y entonces, de la sombra se levantaron sus plumas inmensas,
una a una, hasta desplegarse enteras,
mientras el globo deslumbrante prolongaba su eclipse
a la espera de la orden de Hiperión.
 
 
John Keats (Poeta inglés fallecido en Italia, 1795-1821).
 
(Traducido al español por Julio Cortázar).

sábado, 25 de noviembre de 2017

Eclipse: DORA BRUDER, de Patrick Modiano

"... uno se pregunta si en verdad existe el día o si se trata más bien de un estado intermedio, una suerte de eclipse sombrío..."

(Fragmento)

Escribí estas páginas en noviembre de 1996. Los días son lluviosos. Mañana entraremos en el mes de diciembre y habrán pasado cincuenta y cinco años desde la fuga de Dora. La noche cae pronto y es preferible: borra el tono gris y la monotonía de estos días de lluvia en los que uno se pregunta si en verdad existe el día o si se trata más bien de un estado intermedio, una suerte de eclipse sombrío, que se prolonga hasta primeras horas de la tarde. Entonces, las farolas, los escaparates, los cafés se iluminan, el aire de la noche es más vivo, el contorno de las cosas es más preciso, hay embotellamientos en los cruces, la gente se apresura en las calles. y en medio de todas esas luces y de esa agitación, me cuesta creer que me encuentro en la misma ciudad donde residían Dora Bruder y sus padres, y también mi padre, cuando tenía veinte años menos de los que yo cuento ahora. Tengo la impresión de ser el único en establecer el vínculo entre el París de aquel tiempo y el de hoy, el único que se acuerda de todas esas minucias. En algunos momentos, el vínculo se adelgaza y está a punto de romperse; pero algunas noches la ciudad de ayer se me aparece con reflejos furtivos detrás de la de hoy.


Patrick Modiano (Francia, 1945). Obtuvo el premio Nobel en 2014.

viernes, 24 de noviembre de 2017

Eclipse: MI VIDA QUERIDA, de Alice Munro

"O es la persona la que encarna esa magia, no lo sé. ¿Entiendes? Sucede sin más, como una especie de eclipse."
 
Dolly
 
(Fragmento)

- Vamos al coche –sugirió-. No podemos hablar aquí fuera, hace demasiado frío.

Ya en el coche, me dijo:

- La vida es completamente impredecible.
 
En su voz había una ternura y una tristeza inusuales. No me miraba, sino que tenía la vista fija en el parabrisas, en nuestra casa.
 
- No sirve de nada decir que lo siento -me dijo. Luego añadió-: Mira, ni siquiera se trata de la persona. Más bien es una especie de aura. Un hechizo. Bueno, claro que en el fondo es la persona, pero se trata de lo que la envuelve y la encarna. O es la persona la que encarna esa magia, no lo sé. ¿Entiendes? Sucede sin más, como una especie de eclipse.

Meneó la cabeza, encorvado. Todo abatimiento.


Alice Munro: Alice Ann Laidlaw (Canadá, 1931). Obtuvo el premio Nobel en 2013.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Eclipse: LA GUERRA DEL FIN DEL MUNDO, de Mario Vargas Llosa

"Un eclipse sumiría al mundo en tinieblas tan absolutas que todo debería hacerse al tacto, como entre ciegos..."

IV

(Fragmento inicial)

Cuando Lelis Piedades, el abogado del Barón de Cañabrava, ofició al Juzgado de Salvador que la hacienda de Canudos había sido invadida por maleantes, el Consejero llevaba allá tres meses. Por los sertones había corrido la noticia de que en ese sitio cercado de montes pedregosos, llamado Canudos por las cachimbas de canutos que fumaban antaño los lugareños, había echado raíces el santo que peregrinó a lo largo y a lo ancho del mundo por un cuarto de siglo. El lugar era conocido por los vaqueros, pues los ganados solían pernoctar a las orillas del Vassa Barris. En las semanas y meses siguientes se vio a grupos de curiosos, de pecadores, de enfermos, de vagos, de huidos que, por el Norte, el Sur, el Este y el Oeste se dirigían a Canudos con el presentimiento o la esperanza de que allí encontrarían perdón, refugio, salud, felicidad.
 
A la mañana siguiente de llegar, el Consejero empezó a construir un Templo que, dijo, sería todo de piedra, con dos torres muy altas, y consagrado al Buen Jesús. Decidió que se elevara frente a la vieja Iglesia de San Antonio, capilla de la hacienda. «Que levanten las manos los ricos», decía, predicando a la luz de una fogata, en la incipiente aldea. «Yo las levanto. Porque soy hijo de Dios, que me ha dado un alma inmortal, que puede merecer el cielo, la verdadera riqueza. Yo las levanto porque el Padre me ha hecho pobre en esta vida para ser rico en la otra. ¡Que levanten las manos los ricos!» En las sombras chisporroteantes emergía entonces, de entre los harapos y los cueros y las raídas blusas de algodón, un bosque de brazos. Rezaban antes y después de los consejos y hacían procesiones entre las viviendas a medio hacer y los refugios de trapos y tablas donde dormían, y en la noche sertanera se los oía vitorear a la Virgen y al Buen Jesús y dar mueras al Can y al Anticristo. Un hombre de Mirandela, que preparaba fuegos artificiales en las ferias —Antonio el Fogueteiro — fue uno de los primeros romeros y, desde entonces, en las procesiones de Canudos se quemaron castillos y reventaron cohetes.
 
El Consejero dirigía los trabajos del Templo, asesorado por un maestro albañil que lo había ayudado a restaurar muchas capillas y a construir desde sus cimientos la Iglesia del Buen Jesús, en Crisópolis, y designaba a los penitentes que irían a picar piedras, cernir arena o recoger maderas. Al atardecer, después de una cena frugal —si no estaba ayunando — que consistía en un mendrugo de pan, alguna fruta, un bocado de farinha y unos sorbos de agua, el Consejero daba la bienvenida a los recién llegados, exhortaba a los otros a ser hospitalarios, y luego del Credo, el Padrenuestro y los Avemarías, su voz elocuente les predicaba la austeridad, la mortificación, la abstinencia, y los hacía partícipes de visiones que se parecían a los cuentos de los troveros. El fin estaba cerca, se podía divisar como Canudos desde el Alto de Favela. La República seguiría mandando hordas con uniformes y fusiles para tratar de prenderlo, a fin de impedir que hablara a los necesitados, pero, por más sangre que hiciera correr, el Perro no mordería a Jesús.
 
Habría un diluvio, luego un terremoto. Un eclipse sumiría al mundo en tinieblas tan absolutas que todo debería hacerse al tacto, como entre ciegos, mientras a lo lejos retumbaba la batalla. Millares morirían de pánico. Pero, al despejarse las brumas, un amanecer diáfano, las mujeres y los hombres verían a su alrededor, en las lomas y montes de Canudos, al Ejército de Don Sebastián. El gran Rey habría derrotado a las carnadas del Can, limpiado el mundo para el Señor. Ellos verían a Don Sebastián, con su relampagueante armadura y su espada; verían su rostro bondadoso, adolescente, les sonreía desde lo alto de su cabalgadura enjaezada de oro y diamantes, y lo verían alejarse, cumplida su misión redentora, para regresar con su Ejército al fondo del mar.
 
Los curtidores, los aparceros, los curanderos, los mercachifles, las lavanderas, las comadronas y las mendigas que habían llegado hasta Canudos después de muchos días y noches de viaje, con sus bienes en un carromato o en el lomo de un asno, y que estaban ahora allí, agazapados en la sombra, escuchando y queriendo creer, sentían humedecérseles los ojos. Rezaban y cantaban con la misma convicción que los antiguos peregrinos; los que no sabían aprendían de prisa los rezos, los cantos, las verdades. Antonio Vilanova, el comerciante de Canudos, era uno de los más ansiosos por saber; en las noches, daba largos paseos por las orillas del río o de los recientes sembríos con Antonio el Beatito, quien, pacientemente, le explicaba los mandamientos y las prohibiciones de la religión que él, luego, enseñaba a su hermano Honorio, su mujer Antonia, su cuñada Asunción y los hijos de las dos parejas.
 
 
Mario Vargas Llosa (Perú, 1936). Obtuvo el premio Nobel en 2010.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Eclipse: URANIA, de Jean-Marie Gustave Le Clézio

"... en Oklahoma, a menudo el cielo está bajo. Allá no se puede leer todas las noches las estrellas, los cúmulos pálidos, los soles en eclipse..."

(Fragmento de Anthony Martin, el consejero)

Entonces me volví, me fui a lo alto del pueblo, para esconder mi cólera y mi emoción. Ahora, ya no puedo hablar, ya no quiero decidir. Soy demasiado viejo, mi corazón está enfermo, mi alma también. Quiero volverme un vejete inútil al que se va a mendigar por las rutas titubeando, con un palo de escoba en la mano a modo de bordón.
 
Ya echo de menos el cielo de Campos. En mi país, en Oklahoma, a menudo el cielo está bajo. Allá no se puede leer todas las noches las estrellas, los cúmulos pálidos, los soles en eclipse, los gigantes lejanos en su halo rojo, todas esas figuras con las que he vivido, el Arado, el ojo de la osa Dubhe, su cola, su flanco, la gacela Talitha a la que caza y hace volar el polvo brillante con cada uno de sus saltos, y ése es el nombre que yo le había dado a Hoatu cuando ella llegó, debido a su manera de correr con los pies desnudos entre las rocas de la montaña, y Cristian siempre detrás de ella porque estaba enamorado. ¿Ellos se acordarán tal vez de todo eso por amor a mí?
 
Altais, la serpiente enroscada, su ojo Rastaban. Y Thuban que fue el centro del universo antes que la estrella polar, hace diez mil años.
 
¿Qué queda del país donde yo nací? ¿Alguien me espera allá? Me fui hace mucho tiempo, todos aquellos que conocí se han muerto, o bien me han olvidado.
 
 
J. M. G. Le Clézio: Jean Marie Gustave Le Clézio (Francia, 1940).
Obtuvo el premio Nobel en 2008.