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Vancouver en primavera. (Fotografía de Damon West)

miércoles, 27 de abril de 2016

Carnaval: BALTASAR (El cuarteto de Alejandría), de Lawrence Durrell

"Surgen por todas partes bajo la pálida luz de la luna, encapuchados como monjes."
 
(Fragmento)

En Alejandría el carnaval es un acontecimiento social, sin relación con ninguna de las otras fiestas religiosas del calendario de la ciudad. Supongo que debe de haber sido instituida por las tres o cuatro grandes familias católicas del lugar -quizá tenían la impresión de identificarse a través de él, vicariamente, con la otra orilla del Mediterráneo, con Venecia y Atenas-. Sin embargo no hay en la actualidad familia rica -sea copra, musulmana o judía- que no posea un armario lleno de dominós de terciopelo para esos tres días de locura. Después de Año Nuevo es quizá la celebración cristiana más importante del año, pues la norma vigente en esos tres días con sus noches es la del anonimato absoluto, el anonimato conferido por el sinestro dominó de terciopelo negro que oculta la identidad y el sexo, impide distinguir al hombre de la mujer, a la esposa del amante, al amigo del enemigo.
 
En ese momento las más locas aberraciones de la ciudad se manifiestan audazmente bajo la protección de los invisibles Señores del Desgobierno que presiden la estación. No bien oscurece, las dos, luego en pequeños grupos, a menudo acompañados de instrumentos musicales o tambores, riendo y cantando camino de alguna gran casa o club nocturno donde el aire de afectada indiferencia se funde en el calor negro del jazz, en el contrapunto hosco, empalagador, de saxofones y tambores. Surgen por todas partes bajo la pálida luz de la luna, encapuchados como monjes. El disfraz da a todos una lúgubre y obsesiva uniformidad de contornos que inquieta a los egipcios vestidos de blanco y los llena de alarma -el estremecimiento de un miedo condimentado con la sal de las risas frenéticas que salen de las casas, y que la ligera brisa de tierra lleva hasta los cafés de la costa; una alegría que por su estridencia misma parece temblar siempre al borde de la locura-.
 
Lentamente la luna azulada de la primavera se encarama sobre las casas, trepa a los minaretes entre las palmeras restallantes, y con ella la ciudad parece desplegarse como un animal que, terminado el invierno, sale de su cueva, se estira empieza a beber la música de esos tres días de fiesta.
 

Lawrence Durrell (Inglés nacido en India y fallecido en Francia, 1912-1990).

martes, 26 de abril de 2016

Carnaval: LA PIEL DE ZAPA, de Honoré de Balzac

"A semejanza del Carnaval, en la noche del martes, la saturnal fue enterrada por máscaras fatigadas..."

(Fragmento del capítulo II: La mujer sin corazón)

Apenas formulada la proposición, Taillefer salió a comunicar las órdenes oportunas. Las mujeres se situaron lánguidamente ante los espejos, para reponer el desorden de sus tocados. Todos sacudieron la pereza. Los más viciosos exhortaron a los más comedidos. Las cortesanas se burlaron de los que aparentaban carecer de energías para continuar el rudo jolgorio. En un momento, aquellos espectros se animaron, formaron corrillos, charlaron y bromearon. Unos cuantos camareros hábiles y diligentes, dispusieron rápidamente la mesa y sus accesorios y sirvieron un opíparo almuerzo. Los comensales invadieron atropelladamente el comedor, donde, si todo llevó el sello imborrable de los excesos de la víspera, hubo al menos vestigios de vida y de raciocinio, como en las postreras convulsiones de un moribundo. A semejanza del Carnaval, en la noche del martes, la saturnal fue enterrada por máscaras fatigadas de sus danzas, ebrias de embriaguez, y empañadas en tildar al placer de impotencia, por no confesarse la propia.

 
Honoré de Balzac (Francia, 1799-1850).

La ilustración corresponde a Fiesta de disfraces (detalle), de Guillermo Lorca.

domingo, 24 de abril de 2016

Carnaval: EL PASTOR, de Iván Bunin

"... y las ágiles aldeanas bailaban con apasionamiento, dando vueltas en las nubes de nieve."
 
(Fragmento del capítulo I)
 
Era domingo de carnaval. Desde la colina junto al río llegaban sordamente, a través del bramido de la ventisca creciente, voces ebrias, cantos, retintín de cascabeles: el almacenero, el zapatero, el uriadnik, los tnuyik, todos paseaban en trineo con sus huéspedes, muchachas, aldeanas jóvenes, parientes. Aquel bullicio engendraba alegría y al mismo tiempo tristeza, pues ya se presentía la fatiga y, por tanto, el fin de la fiesta.

Una vez enganchado Koroliok, el oficial, vistiendo un amplio abrigo y papaja, fue en busca de Liubka, que tenía el rostro radiante de felicidad. Vestía ésta un abrigo de piel liviana con cuello de color castaño y tenía envuelta la cabeza con una chalina gris. Al bajar de la escalinata dando pasos cortos y vacilantes, se resistía riendo, pero dejándose arrastrar.

Ignat había traído el potro tordillo, y el caballo, sostenido por la brida, miraba de soslayo de un modo siniestro e inteligente al oficial y la chalina de seda roja que envolvía aquel cuello delgado, lleno de cicatrices y postillas avellanadas. Por su parte Ignat no dejaba de mirar el borde blanco del vestido de Liubka y sus botitas toscas, ensebadas, a las que no se adhería la nieve.

Más tarde, cuando Ignat se dirigía a la era en su trineo aldeano, castigando con la cuerda el huesudo caballito, Koroliok le adelantó, casi rozándole con su humeante vaho, trotando furiosamente y resollando por la nieve que soplaba en sentido contrario, y pronto desapareció lo mismo que el trineo entre las nubes de la nevasca, que sombría y alegremente se desencadenaba en los campos brumosos. Grandes copos de nieve caían sobre el ancho lomo de Koroliok, sobre el papaja, las charreteras y la elegante bota con espuela que se apoyaba en el patín de hierro. Con la mano izquierda, cubierta por guante de gamuza, el oficial sostenía las riendas, de color azul claro, y con la otra apretaba contra sí la cabeza envuelta en la chalina gris, inclinándose sobre ella.

En este momento Ignat tomó la firme decisión de trocar su acordeón, el único bien que poseía, por un par de botas viejas del peón Iashka.

Después de haber apilado suficiente paja, nuestro mozo no fue a reunirse con la muchedumbre que se divisaba confusamente entre la nevisca nocturna en la plazuela frente a la iglesia, bajo los cobertizos de las isbas. Allí, como poseídas, tratando de superarse unas a otras, resonaban las alegres melodías de los acordeones, sofocadas a veces por el viento y por los cantos, y las ágiles aldeanas bailaban con apasionamiento, dando vueltas en las nubes de nieve. Pero Ignat, hundiéndose a cada paso en la nieve, se arrastró dificultosamente a lo largo de la plazuela hacia la casa del almacenero, y allí durante dos horas permaneció de pie, sin apartar la vista de las ventanas, contemplando a través de los vidrios empañados las sombras ondeantes de los danzarines.

 
Iván Bunin (Ruso fallecido en Francia, 1870-1953). Obtuvo el premio Nobel en 1933.

sábado, 23 de abril de 2016

Carnaval: LAS PEREGRINACIONES DE CHILDE HAROLD, de Lord Byron

"Y subir a ese tren que imita el feliz carnaval."
 
LXXVIII
 
Sin embargo marca su alegría - antes de la cuaresma taciturna,
Aquella penitencia que prepara su sagrado ritual
Para que el hombre confiese el peso de su pecado mortal,
Por la abstinencia diaria y la oración nocturna;
Pero porta el tosco traje de arpillera del arrepentido,
Días en que la euforia ha sido para todos decretada,
Al tomar placer cada quien en secreto compartido,
Con abigarrada túnica para bailar en la mascarada,
Y subir a ese tren que imita el feliz carnaval.

(Yet mark their mirth -- ere lenten days begin,
That penance which their holy rites prepare
To shrive from man his weight of mortal sin,
By daily abstinence and nightly prayer;
But ere his sackcloth garb Repentance wear,
Some days of joyaunce are decreed to all,
To take of pleasaunce each his secret share,
In motley robe to dance at masking ball,
And join the mimic train of merry Carnival
.)


 
Lord Byron: George Gordon Byron (Inglaterra, 1788-1824).
 
(Traducido al español por Jules Etienne)

viernes, 22 de abril de 2016

Carnaval: LA REINA, de José Emilio Pacheco

"... la bisutería del cetro, la corona, el vestido. Atronaban aplausos y gritos de admiración."

(Fragmento)

Con grandes dificultades llegó a la esquina elegida. El calor y el estruendo informe, la promiscua contigüidad de tanto extraños le provocaban un malestar confuso. Entre aplausos apareció la descubierta de charros y chinas poblanas. Bajo gritos y música desfiló la comparsa inicial: los jotos vestido de pavos reales. Siguieron mulatos disfrazados de vikingos, guerreros aztecas cubiertos de serpentinas, estibadores con bikinis y penachos de rumbera.

Desfilaron cavernarios, kukluxklanes, la corte de Luis XV con sus blancas pelucas entalcadas y sus falsos lunares, Blanca Nieves y los Siete Enanos (Adelina sentía que la empujaban y la manoseaban), Barbazul en plena tortura y asesinatode sus mujeres, Maximiliano y Carlota en Chapultepec, pieles rojas, caníbales teñidos de betún y adornados con huesos humanos (la transpiración humedecía su espalda), Romeo y Julieta en el balcón de Verona, Hitler y sus mariscales llenos de suásticas, gigantes y cabezudos, James Dean al frente de sus rebeldes sin causa, Pierrot, Arlequín y Colombina, doce Elvis Presley que trataban de cantar en inglés y moverse como él. (Adelina cerró los ojos ante el brillo del sol y el caos de épocas, personajes, historias.)

Empezaron los carros alegóricos, unos tirados por tractores, otros improvisados sobre camiones de redilas: el de la Cervecería Moctezuma, Miss México, Miss California, notablemente aterrada por lo que veía como un desfile salvaje, las Orquídeas del Cine Nacional, el Campamento Gitano -niñas  que lloriqueaban por el calor, el miedo de caerse y la forzada inmovilidad-, el Idilio de los Volcanes según el calendario de Helguera, la Conquista de México, las Mil y una Noches, pesadilla de cartón, lentejuelas y trapos.

La sobresaltaron un aliento húmedo de tequila y una caricia envolvente: -Véngase, mamasota, que aquí está su rey-. Adelina, enfurecida, volvió la cabeza. Pero ¿hacia quién, cómo descubrir al culpable entre la multitud burlona o entusiasmada? Los carros alegóricos seguían desfilando: Los Piratas en la Isla del Tesoro, Sangre Jarocha, Guadalupe la Chinaca, Raza de Bronce, Cielito Lindo, la Adelita, la Valentina y Pancho Villa, los Buzos en el país de las sirenas, los astronautas y los extraterrestres.

Desde un inesperado balcón las Osorio, muertas de risa, se hicieron escuchar entre las músicas y gritos del carnaval: -Gorda, gorda: sube. ¿Qué andas haciendo allí abajo, revuelta con la plebe y los chilangos? La gente decente de Veracruz no se mezcla con los fuereños, mucho menos en carnaval.

Todo el mundo pareció descubrirla, observarla, repudiarla. Adelina tragó saliva, apretó los labios: Primero muerta que dirigirles la palabra a las Osorio. Por fin, el carro de la reina y sus princesas. Leticia Primera en su trono bajo las espadas cruzadas de los cadetes. Alberto junto a ella muy próximo. Leticia toda rubores, toda sonrisitas, entre los bucles artificiales que sostenían la corona de hojalata. Leticia saludando en todas direcciones, enviando besos al aire.

- Cómo puede cambiar la gente cuando está bien maquillada -se dijo Adelina. El sol arrancaba destellos a la bisutería del cetro, la corona, el vestido. Atronaban aplausos y gritos de admiración. Leticia Primera recibía feliz la gloria que iba a durar unas cuantas horas, en un trono destinado a amanecer en un basurero. Sin embargo Leticia era la reina y estaba cinco metros por encima de quien la miraba con odio.


José Emilio Pacheco (México, 1939)

jueves, 21 de abril de 2016

Carnaval: LA HIERBA, de Claude Simon

"... como cubierta por una capa de maquillaje, como esa gente que se disfraza de negros en carnaval..."
 
(Fragmento)

Después su voz cesa. No porque se niegue a pronunciar, repetir las mismas palabras, la burla, la ofensa, sino porque él (el viejo sentado delante de ella) ha dejado ostensiblemente de escucharla, aunque siga mirando en su dirección (ella dando la espalda a la puerta), con la cuchara otra vez detenida entre el plato y la boca, pero pasando la mirada ahora por encima de ella, fija en algo -o en alguien- que ella no ve, que sin duda queda a sus espaldas, y cuando ella se da vuelta también lo ve, ya no detrás de sí, sino a su izquierda, pasando silenciosamente a lo largo del trinchero, penetrando en la zona iluminada: el cuerpo enflaquecido, la cara también enflaquecida, y no atezada, sino, parece, como ennegrecida, o mejor manchada por el sol, como cubierta por una capa de maquillaje, como esa gente que se disfraza de negros en carnaval: no oscura, sino manchada, y tal vez grasa sucia en uno de los pómulos huesudos y a través de la frente, pasando sobre los cabellos pálidos, apenas diferenciables -las manchas, la grasa- del bronceado, los antebrazos, de pelos rubios descoloridos también por el sol, sobresaliendo de las mangas arremangadas, sucios también por el bronceado y la grasa, y extendidos ahora a un lado y otro del plato, el busto revestido de un mono manchado inclinado ahora hacia adelante, la cabeza casi metida en el plato, el mentón rozando el borde, de manera que la mano huesuda y fina que sostenía la cuchara sólo recorría en cada ida y venida un trayecto reducido al mínimo (habiéndose sentado y llenado su plato sin decir una sola palabra, comiendo ahora con esa especie de concentración, de avidez taciturna y metódica de los campesinos, la mirada del viejo siempre fija en él), y, al cabo de un rato, el viejo, como si recordara de pronto su propia cuchara, terminando el gesto suspendido, llevándosela a la boca y tragando, como quien dice por debajo de su mirada, sin dejar ni un instante de observar a Georges, y la mano bajando, volviendo a hundir la cuchara en lo que quedaba de sopa, pero quedándose allí, no volviendo a subir, la mirada siempre fija en la cabeza de la que sólo se veían los cabellos rubios, casi mojándose en el plato, detrás la cuchara en su vaivén metódico, y entonces Sabine carraspeando precipitadamente y diciendo: «Pierre...», pero el hombre gordo sin inmutarse, enorme, paquidérmico, sin dejar de observar a Georges, y Sabine de nuevo: «Pierre, por favor, sabes bien que...
 
Claude Simon (Francés nacido en Madagascar, 1913-2005). Obtuvo el premio Nobel en 1985.

miércoles, 20 de abril de 2016

Carnaval: LA ROMANA, de Alberto Moravia

"... tantas mujeres de mi profesión se emplastan de tal modo la cara y van de un lado a otro que parecen máscaras de Carnaval."
 
(Fragmento del capítulo VII)

El día siguiente, para que no me molestara mi madre, que ya se mostraba suspicaz, fingí tener una cita con Gino y estuve fuera de casa toda la tarde. Para la boda me había hecho un vestido nuevo, un traje sastre gris, que pensaba ponerme después de la ceremonia. Era mi mejor vestido y vacilé antes de ponérmelo. Pero después pensé que algún día tendría que llevarlo y no sería un día más puro ni más feliz que aquél y que, por otra parte, los hombres juzgaban por las apariencias y me convenía presentarme con mi mejor aspecto para obtener dinero. Y dejé a un lado los escrúpulos. Me puse, por lo tanto, y no sin algún remordimiento, mi hermoso vestido que hoy, cuando de nuevo pienso en él, me parece tan feo y modesto como todas mis cosas de entonces; me peiné con cuidado y me pinté la cara, pero no más de lo que acostumbraba. A propósito de este último detalle, quiero decir que nunca he entendido por qué tantas mujeres de mi profesión se emplastan de tal modo la cara y van de un lado a otro que parecen máscaras de Carnaval. Tal vez porque con la vida que hacen estarían muy pálidas o porque temen, si no se pintan de aquella manera tan violenta, no atraer la atención de los hombres y no darles a entender lo suficiente que están dispuestas a dejarse abordar. Yo, en cambio, por más que me canse y ajetree, conservo siempre mis colores sanos y bronceados y, sin modestia, puedo decir que mi belleza ha sido siempre suficiente, sin ayuda de pinturas y cremas, para hacer que los hombres volvieran la cabeza en la calle al pasar yo. No atraigo a los hombres por el carmín o el negro en las cejas, o un falso color rubio pajizo, sino por el porte majestuoso (así por lo menos me lo han asegurado muchos), por la serenidad y la dulzura del rostro, por los dientes perfectos al reír y por la abundancia y la juventud del cabello ondulado y oscuro.
 
Las mujeres que se tiñen el pelo y se emborronan la cara no comprenden que los hombres, juzgándolas desde el principio por lo que son, experimentan una especie de decepción anticipada. Pero yo, tan natural y tan sobria, siempre los he dejado en duda acerca de mi verdadera naturaleza, proporcionándoles así la ilusión de la aventura, cosa que ellos, en el fondo, buscan mucho más que la mera satisfacción de los sentidos.
 
Alberto Moravia (Italia, 1907-1990)

martes, 19 de abril de 2016

Carnaval: EL BESO DE LA MUJER ARAÑA, de Manuel Puig


(Fragmento)
 
- Es en México, en un puerto, muy tropical. Los pescadores esa madrugada están saliendo en sus barcas, falta poco para que despunte el día. Les llega una música de lejos. Lo único que ven desde el mar es una casa suntuosa, toda iluminada, con unos grandes balcones que se asoman a un jardín hermoso, exclusivamente de jazmines, después viene un cerco de palmeras, y después la playa. Ya quedan pocos invitados en ese baile de disfraz y fantasía. La orquesta toca un ritmo muy cadencioso, con maracas y bongós, pero lento, una especie de habanera. Hay pocas parejas bailando, y una sola con antifaces todavía puestos. Ya se está terminando el famoso carnaval de Veracruz, y por desgracia el sol que está saliendo en ese momento anuncia el miércoles de ceniza. La pareja de los antifaces es perfecta, ella disfrazada de gitana, muy alta, con una cinturita de avispa, morocha, con raya al medio y el pelo suelto largo hasta la cintura, y él muy fuerte, también morocho, con unas patillas y el peinado para un lado con un poquito de jopo, y un bigotazo. Ella tiene una naricita muy chica, recta, un perfil delicado pero que revela carácter al mismo tiempo. Tiene unas monedas de oro sobre la frente, una blusa amplia de esas con el escote con un elástico, que se pueden bajar del hombro, o de los dos hombros, de esas blusas gitanas (...)
 
Manuel Puig (Argentina, 1932-1990)

lunes, 18 de abril de 2016

Carnaval: CLEOPATRA, de Mario Benedetti

"Mamá estaba un poco escandalizada porque se me veía el ombligo, pero uno de mis hermanos la tranquilizó..."
 
El hecho de ser la única mujer entre seis hermanos me había mantenido siempre en un casillero especial de la familia. Mis hermanos me tenían (todavía me tienen) afecto, pero se ponían bastante pesados cuando me hacían bromas sobre la insularidad de mi condición femenina. Entre ellos se intercambiaban chistes, de los que por lo común yo era destinataria, pero pronto se arrepentían, especialmente cuando yo me echaba a llorar, impotente, y me acariciaban o me besaban o me decían: Pero, Mercedes, ¿nunca aprenderás a no tomarnos en serio?
 
Mis hermanos tenían muchos amigos, entre ellos Dionisio y Juanjo, que eran simpáticos y me trataban con cariño, como si yo fuese una hermana menor. Pero también estaba Renato, que me molestaba todo lo que podía, pero sin llegar nunca al arrepentimiento final de mis hermanos. Yo lo odiaba, sin ningún descuento, y tenía conciencia de que mi odio era correspondido.
 
Cuando me convertí en una muchacha, mis padres me dejaban ir a fiestas y bailes, pero siempre y cuando me acompañaran mis hermanos. Ellos cumplían su misión cancerbera con liberalidad, ya que, una vez introducidos ellos y yo en el jolgorio, cada uno disfrutaba por su cuenta y sólo nos volvíamos a ver cuando venían a buscarme para la vuelta a casa.
 
Sus amigos a veces venían con nosotros, y también las muchachas con las que estaban más o menos enredados. Yo también tenía mis amigos, pero en el fondo habría preferido que Dionisio, y sobre todo Juanjo, que me parecía guapísimo, me sacaran a bailar y hasta me hicieran alguna “proposición deshonesta”. Sin embargo, para ellos yo seguía siendo la chiquilina de siempre, y eso a pesar de mis pechitos en alza y de mi cintura, que tal vez no era de avispa, pero sí de abeja reina. Renato concurría poco a esas reuniones, y, cuando lo hacía, ni nos mirábamos. La animadversión seguía siendo mutua.
 
En el carnaval de 1958 nos disfrazamos todos con esmero, gracias a la espontánea colaboración de mamá y sobre todo de la tía Ramona, que era modista. Así mis hermanos fueron, por orden de edades: un mosquetero, un pirata, un cura párroco, un marciano y un esgrimista. Yo era Cleopatra, y por si alguien no se daba cuenta, a primera vista, de a quién representaba, llevaba una serpiente de plástico que me rodeaba el cuello. Ya sé que la historia habla de un áspid, pero a falta de áspid, la serpiente de plástico era un buen sucedáneo. Mamá estaba un poco escandalizada porque se me veía el ombligo, pero uno de mis hermanos la tranquilizó: “No te preocupes, vieja, nadie se va a sentir tentado por ese ombliguito de recién nacido.”
 
A esa altura yo ya no lloraba con sus bromas, así que le di al descarado un puñetazo en pleno estómago, que le dejó sin habla por un buen rato. Rememorando viejos diálogos, le dije: “Disculpa, hermanito, pero no es para tanto”, ¿cuándo aprenderás a no tomar en serio mis golpes de kárate?
 
Nos pusimos caretas o antifaces. Yo llevaba un antifaz dorado para no desentonar con la pechera áurea de Cleopatra. Cuando ingresamos en el baile (era un club de Malvín) hubo murmullos de asombro, y hasta aplausos. Parecíamos un desfile de modelos. Como siempre nos separamos y yo me divertí de lo lindo. Bailé con un arlequín, un domador, un paje, un payaso y un marqués. De pronto, cuando estaba en plena rumba con un chimpancé, un cacique piel roja, de buena estampa, me arrancó de los peludos brazos del primate y ya no me dejó en toda la noche. Bailamos tangos, más rumbas, boleros, milongas, y fuimos sacudidos por el recién estrenado seísmo del rock and roll. Mi pareja llevaba una careta muy pintarrajeada, como correspondía a su apelativo de Cara Rayada.
 
Aunque forzaba una voz de máscara que evidentemente no era la suya, desde el primer momento estuve segura de que se trataba de Juanjo (entre otros indicios, me llamaba por mi nombre) y mi corazón empezó a saltar al compás de ritmos tan variados. En ese club nunca contrataban orquestas, pero tenían un estupendo equipo sonoro que iba alternando los géneros, a fin de (así lo habían advertido) conformar a todos. Como era de esperar, cada nueva pieza era recibida con aplausos y abucheos, pero en la siguiente era todo lo contrario: abucheos y aplausos. Cuando le llegó el turno al bolero, el cacique me dijo: Esto es muy cursi, me tomó de la mano y me llevó al jardín, a esa altura ya colmado de parejas, cada una en su rincón de sombra.
 
Creo que ya era hora de que nos encontráramos así, Mercedes, la verdad es que te has convertido en una mujercita. Me besó sin pedir permiso y a mí me pareció la gloria. Le devolví el beso con hambre atrasada. Me enlazó por la cintura y yo rodeé su cuello con mis brazos de Cleopatra. Recuerdo que la serpiente me molestaba, así que la arranqué de un tirón y la dejé en un cantero, con la secreta esperanza de que asustara a alguien.
 
Nos besamos y nos besamos, y él murmuraba cosas lindas en mi oído. También me acariciaba de vez en cuando, y yo diría que con discreción, el ombligo de Cleopatra y tuve la impresión de que no le parecía el de un recién nacido. Ambos estábamos bastante excitados cuando escuché la voz de uno de mis hermanos: había llegado la hora del regreso. Mejor te hubieras disfrazado de Cenicienta, dijo Cara Rayada con un tonito de despecho, Cleopatra no regresaba a casa tan temprano. Lo dijo recuperando su verdadera voz y al mismo tiempo se quitó la careta.
 
Recuerdo ese momento como el más desgraciado de mi juventud. Tal vez ustedes lo hayan adivinado: no era Juanjo, sino Renato. Renato, que, despojado ya de su careta de fabuloso cacique, se había puesto la otra máscara, la de su rostro real, esa que yo siempre había odiado y seguí por mucho tiempo odiando. Todavía hoy, a treinta años de aquellos carnavales, siento que sobrevive en mí una casi imperceptible hebra de aquel odio. Todavía hoy, aunque Renato sea mi marido.


Mario Benedetti (Uruguay, 1920-2009)

Carnaval: EL ESCULTOR DE MÁSCARAS, de Fernand Crommelynck


(Principio del tercer acto)

La tienda. La habitación está a oscuras. Todas las ventanas están abiertas.

Pascal está solo en la tienda. Afuera, los cantos se escuchan cada vez más cerca. Es época de carnaval, con su irrestricto e incansable júbilo.

Una canción:
Zapatos blancos de madera, clack,
clack, zapatos blancos de madera.
Bonitos zapatos blancos de madera
sobre el pavimento de piedra.

(Se escuchan zapatos de madera siguiendo al ritmo de la canción).

Voces: ¡A la taberna del Caballo Marino! ¡Vamos! ¡A la taberna del Caballo Marino! (Se escuchan campanas y tambores).

La canción (a la distancia): Tra-la-la-la baila y larga vida al zapatero. Zapatero del muelle, ¡haz tu trabajo!

(Pascal mira hacia afuera. Silencio. Magdalena baja de las habitaciones superiores. No la escucha. Camina hacia él y le llama con dulzura).

Magdalena: ¡Pascal!

Pascal (se vuelve de manera abrupta, aterrado): ¿Qué?... ¿Qué sucede? ¿Qué pasa? (suspira). ¡Ah! Eres tú...

Magdalena (triste): ¿De qué tienes miedo? (Él no responde. Silencio).
 
Pascal (obsesivo): Los árboles en el jardín del convento florecen; el cuarto se llena con el olor de las hojas frescas... La gente va a bailar toda la noche. (Ríe nervioso) Bailarán, sí... o también pasearan por el campo... las muchachas y los jóvenes... se irán perdiendo de dos en dos, entre las ramas... ¡Ah! ¡Ah! ¡Sí!... y sus risas se escucharán en la oscuridad, bajo el cielo. (Se queja) Y yo siento dolor.

Magdalena (con tristeza): Vamos a cerrar la casa.

 
Fernand Crommelynck (Dramaturgo belga nacido y muerto en Francia, 1886-1970).
 
La ilustración corresponde a Annemarie Seidel y Fritz Korner en la puesta en escena de El escultor de máscaras, estrenada en Berlín el 12 de mayo de 1920.

domingo, 17 de abril de 2016

Carnaval: MISTERIO BUFO (Juglaría popular), de Dario Fo


(Fragmento)
 
En carnaval déjale bailar,
y también cantar para más disfrutar,
pero poco, pues no vaya a olvidar
que a este mundo se viene a trabajar.

 
Dario Fo (Italia, 1926). Obtuvo el premio Nobel en 1997).

sábado, 16 de abril de 2016

Carnaval: PERVERZION, de Yuri Andrujovich

"El Carnaval se ha vuelto cada vez más y más grande..."

(Fragmento del capítulo 2)

Nosotros en Venecia estamos inclinados a pensar que la pérdida del Carnaval ya ha ocurrido. Lo podemos ver. Casi nadie se da cuenta de esto -para que el Carnaval exista, debe repetirse año tras año, muchas veces, por varias razones, con fuego y máscaras, con vino y danzas. El Carnaval existe, cualquiera podrá decirlo entre quienes todavía (o que ya) no lo ven y que son incontables. El Carnaval se ha vuelto cada vez más y más grande, está donde quiera y es ininterrumpido, aquellos con mala fe lo dirán. 
 
Pero, ¿es realmente de esa manera? ¿O sólo es una medida de aquello tragado y devorado? ¿Con increíbles enjambres de turistas, japoneses, servicios hoteleros, diversiones, o con la devolución del dinero y las pérdidas por pirotecnias? ¿Y si esto es sólo pura mecánica, maquinaria, fría industria, consumo masivo, conducta parasitaria permanente? ¿Qué tal si sólo es una trampa?
 
Parece que junto con el Carnaval nos perdemos nosotros mismos. ¿Somos todavía capaces de amar, reír, o llorar? ¿Estamos lo suficientemente vivos para vivir? ¿O para hacer algo más? Esta es una pregunta que vale la pena...
 
 
Yuri Andrujovich (Ucrania, 1960)

viernes, 15 de abril de 2016

Carnaval: CAPRICHO, de Alfonsina Storni

"... fruto de carnaval decorado en escamas de serpientes del mal."

Escrútame los ojos sorpréndeme la boca,
sujeta entre tus manos esta cabeza loca;
dame a beber veneno, el malvado veneno
que moja los labios a pesar de ser bueno.

Pero no me preguntes, no me preguntes nada
de por qué lloré tanto en la noche pasada;
las mujeres lloramos sin saber, porque sí.
Es esto de los llantos pasaje baladí.

Bien se ve que tenemos adentro un mar oculto,
un mar un poco torpe, ligeramente oculto,
que se asoma a los ojos con bastante frecuencia
y hasta lo manejamos con una dúctil ciencia.

No preguntes amado, lo debes sospechar:
en la noche pasada no estaba quieto el mar.
Nada más. Tempestades que las trae y las lleva
un viento que nos marca cada vez costa nueva.

Sí, vanas mariposas sobre jardín de Enero,
nuestro interior es todo sin equilibrio y huero.
Luz de cristalería, fruto de carnaval
decorado en escamas de serpientes del mal.

Así somos, ¿no es cierto? Ya lo dijo el poeta:
deseamos y gustamos la miel en cada copa
y en el cerebro habemos un poquito de estopa.

Bien. No, no me preguntes. Torpeza de mujer,
capricho, amado mío, capricho debe ser.
Oh, déjame que ría. ¿No ves que tarde hermosa?
Espínate las manos y córtame una rosa.

 
Alfonsina Storni (Argentina nacida en Suiza, 1892-1938)

jueves, 14 de abril de 2016

Carnaval: EL SEÑOR DEL CARNAVAL, de Craig Russell

"... y también era tradición que, si veían a un hombre llevando corbata, se la podían cortar por la mitad..."
 
(Fragmento del capítulo 9)

Lo que le llamó de inmediato la atención a Fabel fue que el informe no hablaba solamente de asesinatos que ya habían ocurrido: también se refería a un asesinato esperado. Estaba claro que eso es algo que ocurre siempre cuando hay sospecha de un asesino en serie, pero en este caso la Policía de Colonia no sólo esperaba otro asesinato, sino que incluso tenía una idea bastante clara del día en el que iba a producirse.
 
La gran fiesta de Colonia era el Karneval, la desenfrenada celebración que tenía lugar cada año antes de la Cuaresma. A Fabel, como protestante germano del norte, el carnaval le resultaba algo ajeno. Sabía en qué consistía, por supuesto, pero nunca lo había experimentado más que en los reportajes que había visto por televisión. Incluso Colonia le resultaba una ciudad poco familiar: había estado en ella sólo un par de veces, y nunca demasiado tiempo. A medida que se adentraba más en el caso se encontraba perdido en un entorno de monumentos desconocidos. Pensó en lo difícil que sería para una unidad como la que proponían Van Heiden y Wagner funcionar eficazmente por todo el territorio alemán. Un país, un conjunto de culturas distintas; y si se tenían en cuenta el Este y el Oeste, hasta dos historias distintas.
 

El carnaval de Colonia era algo único. Más al sur había las formas más tradicionales de Fasching y Fastnacht. En Dusseldorf, la eterna rival de Colonia, o en Mainz, el carnaval adoptaba una forma similar pero no alcanzaba nunca la exuberancia anárquica del de Colonia. Esta celebración era mucho más que una fecha en el calendario: formaba parte de la personalidad de la ciudad, definía lo que significa ser de Colonia.
 
Fabel ya había oído hablar del caso; como todos los crímenes de este tipo, los tres asesinatos presentaban todos los ingredientes de un buen titular morboso: el asesino que buscaba la Policía de Colonia atacaba sólo por carnaval. Sólo había dos víctimas: una el año anterior, la primera el año antes, pero el agente al frente de la investigación —el Seniorkommissar Benni Scholz— había reconocido el modus operandi del asesino nada más llegar a la segunda escena del crimen, y había advertido a sus superiores de que dentro de la misma temporada de carnaval podía haber otro asesinato, pues temía una escalada de la actuación en serie del criminal. No hubo más crímenes, pero Fabel estaba de acuerdo con el comisario sin rostro en que el asesino volvería a actuar: este año, durante el próximo carnaval.
 
Fabel puso los informes del caso sobre la mesita. Las dos víctimas tenían casi treinta años, eran mujeres y solteras. Sus historiales tenían poco en común: Sabine Jordanski era peluquera; Melissa Schenker trabajaba en casa en algo parecido al diseño de software. Si Jordanski era la alegría de la fiesta, Schenker, en cambio, fue una persona reservada, tranquila y casi de vida recluida. Jordanski era natural de Colonia, nacida y criada en la ciudad; Schenker provenía de Kassel y llevaba tres años viviendo allí. Durante la investigación no se les descubrieron ni amigos ni conocidos comunes, ningún vínculo aparte de la manera en que se tropezaron con la muerte.
 
Ambas mujeres habían sido estranguladas; había pruebas de estrangulación manual y del uso posterior de una ligadura: las corbatas masculinas que había dejado en sus cuellos como firma el asesino. Scholz había explicado el posible significado de esta firma: el Weiberfastnacht era una fecha clave en el calendario del carnaval de Colonia, se celebraba siempre el último jueves antes de Cuaresma y era la noche del carnaval de las Mujeres, cuando ellas mandaban. Todas las féminas de Colonia tenían derecho a exigirle un beso a cualquier hombre, y también era tradición que, si veían a un hombre llevando corbata, se la podían cortar por la mitad, así se invertía la tradicional autoridad de los hombres sobre las mujeres. En los ambientes más ilustrados e igualitarios, la costumbre no pasaba de cierta diversión, pero el Kommissar Scholz expresó su sospecha de que para el asesino significara mucho más. Sospechó que el asesino podía estar motivado por una misoginia psicótica o por un resentimiento de tipo sexual contra las mujeres. Scholz presentía claramente que este punto de vista explicaba la desfiguración post mortem de los cuerpos: aproximadamente medio kilo de carne había sido extraído de la nalga derecha de ambas víctimas. Fabel podía ver la lógica del agente de Colonia, pero la consideraba prematura. Sospechaba que en ese asesino había más de lo que se adivinaba.
 

Craig Russell (Inglaterra, 1956)

miércoles, 13 de abril de 2016

Carnaval: EL HONOR PERDIDO DE KATHARINA BLUM, de Heinrich Böll


(Fragmento)

Cuando finalmente, alrededor de las diez y quince, condujeron a Katharina Blum desde su piso a la comisaría, con objeto de proceder al interrogatorio, en el último momento renunciaron a ponerle las esposas. Beizmenne quiso insistir para que se las colocaran, pero, después de un breve diálogo con la funcionaria Pletzer y su asistente Moeding, se dejó convencer. Debido al carnaval, que comenzaba aquel día, numerosos vecinos de la casa no habían acudido al trabajo y aún no habían salido para presenciar las cabalgatas y fiestas que, a semejanza de las saturnales, se celebran todos los años. De modo que, aproximadamente, tres docenas de habitantes del edificio de apartamentos de diez pisos, se congregaban en el vestíbulo, vistiendo abrigos, batas y albornoces.

El fotógrafo de prensa Schönner se encontraba a pocos pasos del ascensor cuando salía de éste Katherina Blum, entre Beizmenne y Moeding, y escoltada por funcionarios armados. La fotografiaron varias veces por todos los lados, y al final la retrataron despeinada y con una expresión poco amable. Ella intentó repetidas veces esconder la cara, que reflejaba vergüenza y confusión, y así se hizo un lío con el bolso, el neceser y una bolsa de plástico en la que llevaba los libros y los utensilios para escribir.
 

  
Heinrich Böll (Alemania, 1917-1985). Obtuvo el premio Nobel en 1972.

martes, 12 de abril de 2016

Carnaval: LA NÁUSEA, de Jean Paul Sartre

"... en Bouville esto no significa gran cosa; apenas hay en toda la ciudad unas cien personas para disfrazarse."

(Fragmento)
 
Martes de carnaval

Maurice Barrès, recibió una buena tunda. Éramos tres soldados y uno de nosotros tenía un agujero en medio de la cara. Maurice Barrès se acercó y nos dijo: “¡Está bien!” y entregó a cada uno un ramillete de violetas. “No sé dónde meterlo”, dijo el soldado de la cabeza agujereada. Entonces Maurice Barrès dijo. “Debe ponérselo en medio del agujero que tiene usted en la cabeza”. El soldado respondió: “Voy a metértelo en el culo”. Y pescamos a Maurice Barrès y le quitamos los pantalones. Debajo del calzoncillo llevaba una vestidura roja de cardenal. Levantamos la vestidura y Maurice Barrès se puso a gritar: “Atención, tengo pantalones con trabillas”. Pero lo azotamos hasta hacerle sangre y en el trasero le dibujamos, con los pétalos de las violetas, la cabeza de Déroulède.
 
Recuerdo mis sueños con gran frecuencia después de un tiempo. Además, he de moverme mucho tiempo mientras duermo porque a la mañana encuentro toda la ropa en el suelo. Hoy es martes de carnaval, pero en Bouville esto no significa gran cosa; apenas hay en toda la ciudad unas cien personas para disfrazarse.
 
 
Jean Paul Sartre (Francia, 1905-1980). Obtuvo el premio Nobel en 1964.

lunes, 11 de abril de 2016

Los carnavales de Macondo

"... Aureliano Segundo, embullado con la ventolera de disfrazarse de tigre..."
 
En Macondo también se celebra el carnaval. En Cien años de soledad el festejo adquiere tal importancia que incluso Remedios, la bella, fue designada reina, en tanto que Aureliano Segundo se disfrazó de tigre:

Úrsula, por su parte, le agradecía a Dios que hubiera premiado a la familia con una criatura de una pureza excepcional, pero al mismo tiempo la conturbaba su hermosura, porque le parecía una virtud contradictoria, una trampa diabólica en el centro de la candidez. Fue por eso que decidió apartarla del mundo, preservarla de toda tentación terrenal, sin saber que Remedios, la bella, ya desde el vientre de su madre, estaba a salvo de cualquier contagio. Nunca le pasó por la cabeza la idea de que la eligieran reina de la belleza en el pandemónium de un carnaval. Pero Aureliano Segundo, embullado con la ventolera de disfrazarse de tigre, llevó al padre Antonio Isabel a la casa para que convenciera a Úrsula de que el carnaval no era una fiesta pagana, como ella decía, sino una tradición católica. Finalmente convencida, aunque a regañadientes, dio el consentimiento para la coronación.

La noticia de que Remedios Buendía iba a ser la soberana del festival, rebasó en pocas horas los límites de la ciénaga, llegó hasta lejanos territorios donde se ignoraba el inmenso prestigio de su belleza, y suscitó la inquietud de quienes todavía consideraban su apellido como un símbolo de la subversión. Era una inquietud infundada. Si alguien resultaba inofensivo en aquel tiempo, era el envejecido y desencantado coronel Aureliano Buendía, que poco a poco había ido perdiendo todo contacto con la realidad de la nación.

Como si la hermosura de Remedios Buendía no fuera suficiente, una comparsa con otra reina llegó por el camino de la ciénaga provocando el asombro de los habitantes de Macondo y que Aureliano Segundo sucumbiera de inmediato ante tal belleza.
 
De modo que la inquietud causada por la reaparición pública de su apellido, a propósito del reinado de Remedios, la bella, carecía de fundamento real. Muchos, sin embargo, no lo creyeron así. Inocente de la tragedia que lo amenazaba, el pueblo se desbordó en la plaza pública, en una bulliciosa explosión de alegría. El carnaval había alcanzado su más alto nivel de locura, Aureliano Segundo había satisfecho por fin su sueño de disfrazarse de tigre y andaba feliz entre la muchedumbre desaforada, ronco de tanto roncar, cuando apareció por el camino de la ciénaga una comparsa multitudinaria llevando en andas doradas a la mujer más fascinante que hubiera podido concebir la imaginación. Por un momento, los pacíficos habitantes de Macondo se quitaron las máscaras para ver mejor la deslumbrante criatura con corona de esmeraldas y capa de armiño, que parecía investida de una autoridad legítima, y no simplemente de una soberanía de lentejuelas y papel crespón. No faltó quien tuviera la suficiente clarividencia para sospechar que se trataba de una provocación. Pero Aureliano Segundo se sobrepuso de inmediato a la perplejidad, declaró huéspedes de honor a los recién llegados, y sentó salomónicamente a Remedios, la bella, y a la reina intrusa en el mismo pedestal. Hasta la medianoche, los forasteros disfrazados de beduinos participaron del delirio y hasta lo enriquecieron con una pirotecnia suntuosa y unas virtudes acrobáticas que hicieron pensar en las artes de los gitanos. De pronto, en el paroxismo de la fiesta, alguien rompió el delicado equilibrio.
 
A algún imprudente se le ocurre mezclar la política con la exaltada euforia carnavalesca y la consecuencia es una masacre. Aureliano Segundo rescata a Fernanda del Carpio para al poco tiempo casarse con ella:
 
Cuando se restableció la calma, no quedaba en el pueblo uno solo de los falsos beduinos, y quedaron tendidos en la plaza, entre muertos y heridos, nueve payasos, cuatro colombinas, diecisiete reyes de baraja, un diablo, tres músicos, dos Pares de Francia y tres emperatrices japonesas. En la confusión del pánico, José Arcadio Segundo logró poner a salvo a Remedios, la bella, y Aureliano Segundo llevó en brazos a la casa a la soberana intrusa, con el traje desgarrado y la capa de armiño embarrada de sangre. Se llamaba Fernanda del Carpio. La habían seleccionado como la más hermosa entre las cinco mil mujeres más hermosas del país, y la habían llevado a Macondo con la promesa de nombrarla reina de Madagascar. Úrsula se ocupó de ella como si fuera una hija. El pueblo, en lugar de poner en duda su inocencia, se compadeció de su candidez. Seis meses después de la masacre, cuando se restablecieron los heridos y se marchitaron las últimas flores en la fosa común, Aureliano Segundo fue a buscarla a la distante ciudad donde vivía con su padre, y se casó con ella en Macondo, en una fragorosa parranda de veinte días.
 
También en El otoño del patriarca se menciona a una reina del carnaval, cuya belleza causa gran impacto en uno de los personajes:
   
Patricio Aragonés le contestó que no mi general, que la vaina es peor, que el sábado había coronado a una reina de carnaval y había bailado con ella el primer vals y ahora no encontraba la puerta para salir de aquel recuerdo, porque era la mujer más hermosa de la tierra, de las que no se hicieron para uno mi general, si usted la viera, pero él replicó con un suspiro de alivio que qué carajo, ésas son vainas que le suceden a los hombres cuando están estreñidos de mujer, le propuso secuestrársela como hizo con tantas mujeres retrecheras que habían sido sus concubinas...
 
En Del amor y otros demonios hay un pasaje de la novela que se desarrolla durante el carnaval:
 
Lo había encontrado por casualidad en una corraleja de ferias peleándose a manos limpias, casi desnudo y sin ninguna protección, contra un toro de lidia. Era tan hermoso y temerario que no pudo olvidarlo. Días después volvió a verlo en una cumbiamba de carnaval a la que ella asistía disfrazada de pordiosera con antifaz, y rodeada por sus esclavas vestidas de marquesas con gargantillas y pulseras y zarcillos de oro y piedras preciosas. Judas estaba en el centro de un círculo de curiosos, bailando con la que le pagara, y habían tenido que poner orden para calmar las ansias de las pretendientas. Bernarda le preguntó cuánto costaba. Judas le contestó bailando: «Medio real».
Bernarda se quitó el antifaz.
«Lo que te pregunto es cuánto cuestas de por vida», le dijo.

Por último y para no extenderme demasiado, El amor en los tiempos del cólera: "Sin embargo, en medio de tantos recuerdos enternecedores, no lograba sortear el de una pajarita desamparada cuyo nombre no conoció y con la que apenas alcanzó a vivir media noche frenética, pero que había bastado para amargarle por el resto de la vida los desórdenes inocentes del carnaval." De esa dimensión resulta la experiencia que vive Florentino Ariza durante una noche de carnaval.

Le había llamado la atención en el tranvía por la impavidez con que viajaba en medio del escándalo de la parranda pública. No debía tener más de veinte años, y no parecía con ánimos de carnaval, a no ser que estuviera disfrazada de inválida: tenía el cabello muy claro, largo y liso, suelto al natural sobre los hombros, y una túnica de lienzo ordinario sin ningún adorno. Era ajena por completo al revoltijo de músicas por las calles, los puñados de polvos de arroz, los chorros de anilina que les tiraban a los pasajeros al paso del tranvía, cuyas mulas iban blancas de almidón y con sombreros de flores durante aquellos tres días de locura. Aprovechándose de la confusión, Florentino Ariza la invitó a tomar un helado porque no pensó que diera para más. Ella lo miró sin sorpresa. Dijo: "Acepto con mucho gusto, pero le advierto que estoy loca". Él se rió de la ocurrencia, y la llevó a ver el desfile de carrozas desde el balcón de la heladería. Luego se puso un capuchón alquilado, y ambos se metieron en la ronda de bailes de la Plaza de la Aduana, y gozaron como novios acabados de nacer, pues la indiferencia de ella se fue hasta el extremo contrario con el fragor de la noche: bailaba como una profesional, y era imaginativa y audaz para la parranda, y de un encanto arrasador.

- No sabes la vaina en que te has metido conmigo -gritaba muerta de risa en la fiebre del carnaval-. Soy una loca de manicomio.

Siempre se ha dicho que Aracataca, lugar de nacimiento de García Márquez, inspiró la creación de Macondo. Un lugar cercano, en la costa colombiana, se llama Ciénaga, a la que tantas veces menciona. La ciudad de Barranquilla queda a menos de cien kilómetros de distancia, y su carnaval fue denominado por la Unesco como patrimonio de la humanidad en el año 2003. No es ninguna sorpresa, entonces, la abundancia de alusiones al carnaval en sus novelas, y en algunos casos adquiere importancia dramática en el discurrir de la trama. Las referencias incluidas en el presente texto no pretenden ser, de ninguna manera, exhaustivas, en cambio me parece que podrían destacar entre las más significativas.


Jules Etienne