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Vancouver: sol de verano al atardecer en English Bay.

martes, 14 de agosto de 2018

Solsticio: EL PÉNDULO DE FOUCAULT, de Umberto Eco


(Fragmento en que menciona al solsticio de verano)

Yo miraba con temor reverente. En aquel momento estaba convencido de que Jacopo Belbo tenía razón. Cuando me hablaba del Péndulo, su emoción me parecía fruto de un delirio estético, de ese cáncer que lentamente estaba creciendo informe, en su alma, y poco a poco, sin que él se diese cuenta, iba transformando su juego en realidad. Pero si tenía razón con respecto al Péndulo, quizá también fuera cierto el resto, el Plan, la Conjura Universal, y era justo que ahora yo estuvises allí, en la víspera del solsticio de verano. Jacopo Belbo no había enloquecido, sólo había descubierto, jugando, a través del Juego, la verdad.

Es que la experiencia de lo Numinoso no puede durar mucho tiempo sin trastonar la mente.

Traté entonces de apartar la vista siguiendo la curva que, desde los capiteles de las columnas dispuestas en semicírculo, se prolongaba por las nervaduras de la bóveda hasta la clave, repitiendo el misterio de la ojiva, que se apoya en una ausencia, suprema hipocresía estática, y a las columnas les hace creer que empujan hacia arriba las aristas, mientras que a éstas, rechazadas por la clave, las persuade de que son ellas quienes afirman las columnas contra el suelo, cuando en realidad la bóveda es todo y nada, efecto y causa al mismo tiempo. Pero comprendí que descuidar el Péndulo para admirar la bóveda, era como abstenerse de beber en el manantial para embriagarse en la fuente.

El coro de Saint-Martin-des-Champs sólo existía porque, en virtud de la Ley, podía existir el Péndulo, y éste existía porque existía aquél. No se elude un infinito, pensé, huyendo hacia otro infinito, no se elude la revelación de lo idéntico eludiéndose con la posibilidad de encontrarse con lo distinto.

Sin poder quitar la vista de la clave de la bóveda fui retrocediendo, lentamente, porque en unos pocos minutos, los que habían transcurrido desde que entrara allí, me había aprendido el recorrido de memoria, y las grandes tortugas metálicas que desfilaban a mi lado eran bastante imponentes como para señalar su presencia al rabillo de mis ojos. Retrocedí por la amplia nave, hacia la puerta de entrada, y otra vez pasaron sobre mí aquellos amenazadores pájaros prehistóricos de tela raída y alambre, aquellas malignas libélulas que una voluntad oculta había hecho colgar del techo de la nave. Adivinaba que eran metáforas sapienciales, mucho más significativas y alusivas de lo que el pretexto didascpalico hubiera querido, engañosamente, sugerir. Vuelo de insectos y reptiles jurásicos, alegoría de las largas migraciones que el Péndulo estaba compendiando sobre el suelo, arcontes, emanaciones perversas; y ahora se abatían sobre mí, con sus largos picos de arqueoptérix, el aeroplano de Breguet, el de Bleriot, el de Esnault, el helicóptero de Dufaux.


 Umberto Eco (Italia, 1932-2016).

lunes, 13 de agosto de 2018

Solsticio: SOLSTICIO DE VERANO, de Derek Walcott

"El solsticio de verano, en tanto que uno aguarda sus relámpagos..."

(Fragmentos)
 
El auge del verano se dilata a mi lado con bostezo felino.
Árboles de bordes polvosos, autos derretidos
dentro de su caldera. El ardor hace tambalear mestizos a la deriva.
El capitolio se ha vuelto a pintar de rosa, los rieles
en torno a Woodford Square color sangre herrumbrosa.
La casa Rosada, con ánimo argentino,
canturrea desde el balcón. Monótonos, lívidos matorrales
rozan las nubes húmedas, sobre las tiendas de especies chinas en ideogramas de buitres.
Las calles de este horno asfixian.
Sastres luctuosos de Belmont escrutan inclinados sobre
máquinas antiguas
donde cosen a junio y julio sin sutura.
El solsticio de verano, en tanto que uno aguarda sus
relámpagos,
el centinela armado
aguarda con sopor el estallido de un fusil.
Pero yo me alimento de sus cenizas y vulgaridad,
de la fe que llena de horror a sus exilios,
de los montes en el ocaso y sus polvorientas luces naranjas,
y aun de la luz guía del puerto fétido
que gira como la de un auto policiaco. El terror,
al menos, es nativo. Como el olor putañero de la magnolia.
Toda la noche los ladridos de una revolución claman en falso. La luna resplandece como
un botón perdido.
Lámparas de sodio amarillo avanzan por el muelle.
 
(...)
 
El mar en el solsticio de verano, la carretera ardiente, esta hierba,
estas cabañas que me formaron,
la selva y el azadón vislumbrados a la orilla del camino, en el margen del arte;
las alimañas zumban en el bosque sagrado,
nada le puede exterminar, se encuentra en la sangre;
sus bocas rosáceas, de querubines cantan la ciencia lenta
de morir -cabezas con un ala diáfana como gasa en el oído.

 
Derek Walcott (Británico originario de la isla de Santa Lucía, 1930-2017).
Obtuvo el premio Nobel en 1992. 
 
(Traducido al español por Roberto Diego Ortega).

martes, 7 de agosto de 2018

Solsticio: PASTOR DE PAJA, de Marco Antonio Montes de Oca

"... son la pareja real, orden y danza consumados en el solsticio de las encarnaciones..."
 
CRUZ DE PAJA Y TRAPO:
Cuida mi rebaño de unicornios.
El cuerno que florece
en la explanada enrarecida
donde pensamiento y aventura
inauguran el baile:
son la pareja real,
orden y danza consumados
en el solsticio de las encarnaciones,
pureza de lo breve,
intensa pirámide
cuyos bloques son acuarios.

Oh, pastor de paja
que no te entregas
ni a la historia ni al instante:
un violín recorre
las crines tensas del pegaso,
su melodía, humo blanco
de un colmado vaso,
en muda luz se muda
emboscándose en la brisa.

Protege mi pecho
bajo un collar de enigmas,
protege al hombre acurrucado
en un rincón de su propia desmesura,
pues adentro de las cosas
el infierno duerme
y no acaba nunca
su estertor taimado.

Cuida la cosecha,
mis dedos elevándose
por el reverso de otros dedos,
el cojín que grita
lleno de hojas doradas.

Cuídame de la muerte
que no me perdona ni me toma.


Marco Antonio Montes de Oca (México, 1932-2009).

lunes, 6 de agosto de 2018

Solsticio: TRÓPICO DE CAPRICORNIO, de Henry Miller

"¿... o es que me había convertido en un muñeco tan maravillosamente amaestrado, que interpretaba el pensamiento antes de que llegara a los labios?"

(Fragmento)

Vivíamos pegados al techo, y el tufo caliente y repugnante de la vida diaria ascendía y nos sofocaba. Vivíamos con el calor del mármol, y el ardor ascendente de la carne humana caldeaba los anillos como de serpiente en que estábamos encerrados. Vivíamos cautivados por las profundidades más hondas, con la piel ahumada hasta alcanzar el color de un habano gris por las emanaciones de la pasión mundana. Como dos cabezas llevadas en las picas de nuestros verdugos, girábamos lenta y fijamente sobre las cabezas de hombros de abajo. ¿Qué era la vida en la tierra sólida para nosotros que estábamos decapitados y unidos para siempre por los genitales? Éramos las serpientes gemelas del Paraíso, lúcidas en celo y frías como el propio caos. La vida era un joder perpetuo y negro en torno a un poste fijo de insomnio. La vida era escorpión en conjunción con Marte, en conjunción con Mercurio, en conjunción con Venus, en conjunción con Saturno, en conjunción con Plutón, en conjunción con Urano, en conjunción con el mercurio, el láudano, el radio, el bismuto. La gran conjunción se producía todos los sábados por la noche, Leo fornicando con el Dragón en la casa de los hermanos. El gran malheur era un rayo de sol que se filtraba por las cortinas. La maldición era Júpiter, que podía fulgurar con mirada benévola.

La razón por la que es difícil contarlo es porque recuerdo demasiado. Recuerdo todo, pero como un muñeco sentado en las rodillas de un ventrílocuo. Me parece que durante el largo e ininterrumpido solsticio conyugal estuve sentado en su regazo (incluso cuando ella estaba de pie) y recité el parlamento que ella me había enseñado. Me parece que debió de ordenar al fontanero jefe de Dios que mantuviera brillando la negra estrella a través del agujero en el techo, debió de mandarle que derramase una noche perpetua y, con ella, todos los tormentos reptantes que van y vienen silenciosamente en la oscuridad, de modo que la mente se convierte en un punzón que gira y horada frenéticamente la negra nada. ¿Imaginé simplemente que ella hablaba sin cesar, o es que me había convertido en un muñeco tan maravi- llosamente amaestrado, que interpretaba el pensamiento antes de que llegara a los labios? Los labios estaban entreabiertos, suavizados con una espesa pasta de sangre oscura: los veía abrirse y cerrarse con suma fascinación, tanto si silbaban con odio viperino como si arrullaban como una tórtola. Siempre estaban en primer plano, como en los anuncios de las películas, por lo que ya conocía cada grieta, cada poro, y, cuando empezaba la salivación histérica, veía espumear la saliva como si estuviera sentado en una mecedora bajo las cataratas del Niágara. Aprendí lo que debía hacer exactamente como si fuera parte de su organismo; era mejor que un muñeco de ventrílocuo porque podía actuar sin que tirasen de mí violentamente por medio de hilos. De vez en cuando improvisaba, lo que a veces le agradaba enormemente; desde luego, hacía como que no notaba las interrupciones, pero yo siempre sabía cuándo le gustaba por la forma como se pavoneaba. Tenía el don de la transformación; era casi tan rápida y sutil como el propio diablo. Después de la de pantera y la de jaguar, la transformación que mejor se le daba era la de ave: la de garza salvaje, la de ibis, la de flamenco, la de cisne en celo.Tenía una forma de bajar en picado de repente, como si hubiera avistado un cadáver maduro, lanzándose derecha a las entrañas, arrojándose de inmediato sobre los bocados preferidos -el corazón, el hígado, o los ovarios- y remontando el vuelo de nuevo en un abrir y cerrar de ojos. Si alguien la descubría, se quedaba quieta como una piedra en la base de un árbol, con los ojos no del todo cerrados pero inmóviles con esa mirada fija del basilisco. Si la aguijoneaban un poco, se convertía en una rosa, una rosa intensamente negra con los pétalos más sedosos y de una fragancia irresistible.


Henry Miller (EUA, 1891-1980).

(Traducido al español por Carlos Manzano).

domingo, 5 de agosto de 2018

Solsticio: PARÍS EN EL SIGLO XX, de Jules Verne


(Fragmento)

Debería darle el sol a mediodía; pero las altas paredes de un patio impedían que entrara. Una sola vez en el año, el solsticio del 21 de junio, si hacía buen tiempo, el más alto de los rayos del astro radiante rozaba el techo vecino, se deslizaba velozmente por la ventana, se posaba como un pájaro en el ángulo de un estante o sobre el lomo de un libro, temblaba allí un instante y coloreaba con su proyección luminosa los pequeños átomos de polvo; después, al cabo de un minuto, retomaba vuelo y se marchaba hasta el año siguiente. El tío Huguenin conocía este rayo de luz, que era siempre el mismo; lo acechaba, con el corazón palpitante, con la atención de un astrónomo; se bañaba en su luz bienhechora, regulaba la hora de su viejo reloj a su paso, y agradecía al sol por no haberlo olvidado.


Jules Verne (Francia, 1928-1905).

sábado, 4 de agosto de 2018

El solsticio de verano según Jules Verne


 
Para Jules Verne, a quien se le reconocía como miembro de diferentes agrupaciones secretas -tal sería el caso de los Rosacruces y la Sociedad de la Niebla-, la celebración de los solsticios, tanto el de verano como el invernal, era de particular trascendencia. De ahí que hasta la lápida de su propia tumba fuese una suerte de acertijo iniciático. J. J. Benítez en su obra Yo, Julio Verne, decía respecto al uso de una expresión enigmática relativa al verano: "... esa jornada sólo podía ser la del solsticio; es decir, en el caso del verano, una fecha mágica y sagrada desde la más remota antigüedad. El día más largo, que simboliza el triunfo del sol. Tratándose, por tanto, de la época estival, ese «día mágico» sólo podía señalar el 21 de junio." Y más adelante, prosigue el propio Benítez:

«Aquello», ni remotamente intuido, sí tenía sentido. El sol, en efecto, «por el camino del oeste», en el ocaso, «ennegrece» u «oscurece» el sepulcro..., justamente en el «día mágico» del verano.

Salté como un gato sobre la hornacina. No había duda: la mano abierta de «Verne» proyectaba su sombra sobre el muro, oscureciendo dos de los dieciséis conceptos que integran la mencionada leyenda: ¡1828 y 1905! El resto, en cambio, aparecía iluminado por la ya débil radiación solar.

El fenómeno, naturalmente, tuvo una escasa duración. A los pocos minutos, todo volvió a la normalidad. Incrédulo y nervioso repetí las mediciones. Situé la brújula sobre la frente del «hombre» de mármol. El cálculo era correcto: oeste. Y otro tanto sucedió con la mano derecha. Ambos —rostro y mano— miran exacta e intencionadamente hacia poniente.

Entonces, si no era víctima de un alucinación, el enigma empezaba a cobrar sentido...

Roze, de acuerdo con los cálculos de Verne, había esculpido y situado el monumento de forma tal que, durante la puesta de sol de cada solsticio de verano, la mano derecha sombreara parte de la leyenda funeraria.

Ésta tenía que ser la «señal»...

En cuanto a la constante presencia de los solsticios en el conjunto de su obra, en esta ocasión me limitaré a aquellas que se refieran al que tiene lugar al principio del verano, esto es, al día más luminoso del año: "Se aproximaba el solsticio de junio, el día más largo del año en el hemisferio boreal..", según sus propias palabras en Robur, el conquistador. Y en París en el siglo XX, novela de la que ya me he ocupado en ocasiones anteriores, decía: "Una sola vez en el año, el solsticio del 21 de junio, si hacía buen tiempo, el más alto de los rayos del astro radiante rozaba el techo vecino, se deslizaba velozmente por la ventana..."

En su clásica aventura Veinte mil leguas de viaje submarino, se vale de los equinoccios y los solsticios para establecer la ubicación del submarino Nautilus. Cabe la acotación de que el siguiente fragmento corresponde al capítulo 14 de la segunda parte, titulado El polo sur, por lo que las fechas en el hemisferio austral son las opuestas a las que estamos acostumbrados quienes habitamos en el norte:

Era la fatalidad. Imposible efectuar la observación. Y si ésta no podía hacerse al día siguiente, tendríamos que renunciar definitivamente a fijar nuestra posición. En efecto, aquel día -era precisamente el 20 de marzo. Y al día siguiente, 21, el día del equinoccio, el sol, si no teníamos en cuenta la refracción, desaparecería del horizonte por un período de seis meses y con su desaparición comenzaría la larga noche polar. Surgido con el equinoccio de septiembre por el horizonte septentrional, el sol había ido elevándose en espirales alargadas hasta el 21 de diciembre. Desde ese día, solsticio de verano de las regiones boreales, había ido descendiendo y ahora se disponía a lanzar sus últimos rayos.

En contraste, su novela Una invernada entre los hielos acontece en el Ártico y este es un par de párrafos del séptimo capítulo:

Según la costumbre de los navegantes árticos, el aparejo permaneció tal como estaba; las velas fueron cuidadosamente plegadas sobre las vergas y metidas en su funda, y el nido de cornejas se quedó en su sitio, tanto para permitir observar a lo lejos corno para atraer la atención sobre el navío.

El sol ya apenas se levantaba por encima del horizonte. Desde el solsticio de junio, las espirales que había descrito eran cada vez más bajas, y no tardaría en desaparecer del todo.

Si bien en Los náufragos del Jonathan habla del solsticio de junio, esto sucede de nueva cuenta, al igual que en Veinte mil leguas de viaje submarino, desde una perspectiva al sur del planeta:

Estos, como niños grandes que eran, gozaron del sol mientras éste brilló, después, volviendo el cielo a mostrarse inclemente, se escondieron en sus refugios viviendo, confinados allí, como la primera vez, para salir en cuanto volvió a aclarar. Transcurrió así un mes, con alternativas de días buenos, poquísimos, y de malos que fueron muy numerosos, y se llegó al 21 de junio, fecha del solsticio de invierno en el hemisferio austral.

Aunque luego, en los pasajes culminantes del mismo relato, se refiere a los días largos y las noches breves:

Se estaba llegando al solsticio de verano. La noche cerrada apenas si duraba cuatro horas. Desde las dos de la mañana, el cielo se iluminó con los primeros resplandores del alba. De un mismo impulso, los hostelianos se dirigieron entonces al espaldón del sur, desde donde vislumbraron la larga línea del campamento enemigo.

Finalmente, no está de más consignar que las alusiones al solsticio en El volcán de oro, corresponden al invierno: "no se sabría decir si por la tarde o por la mañana, ya que en esa época del año, próxima al solsticio, ya no había mañana ni tarde." Lo mismo que en El rayo verde: "Además, aquel horizonte se dibujaba en el suroeste, es decir, en un segmento de arco que el astro radiante roza sólo en la época del solsticio de invierno."

El texto correspondiente al día de mañana lo estaré dedicando al párrafo completo de París en el siglo XX que aquí he mencionado de manera sucinta.


Jules Etienne

La ilustración corresponde a la tumba de Jules Verne en el cementerio La Madeleine, en Amiens, Francia.

jueves, 2 de agosto de 2018

Solsticio: LOS RESPLANDORES DEL RELÁMPAGO, de Marco Antonio Campos

".. por un lado, el cementerio, los muertos, sus muertos familiares, las sombras, el mármol y las cenizas, y del otro o frente a eso, el mar en movimiento continuo bajo las antorchas del solsticio salvaje."
 
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Cuando muy joven despreciaba las exégesis que querían explicar un poema hasta el ínfimo detalle. Esa exasperación se ha mitigado mucho en la actualidad y sólo la guardo para los a menudo ininteligibles ensayos de los estructuralistas, que en nuestro país han llegado, no pocas veces, a la desfiguración y la caricatura. Añádase aun esa manía o compulsión de cierta intelectualidad mexicana, no excluyendo la universitaria, de copiar lo extranjero, aun lo malo o lo absurdo, que ha sido mucho más perniciosa que benéfica para nuestra cultura.

Por 1969 debo haber leído el texto de Gustavo Cohen y creí que Valéry lo veía y leía con una sonrisa condescendiente, con amistoso escepticismo, pero a fin de cuentas daba a entender que no creía en eso, que un poema como El cementerio marino era virtualmente inexplicable. Vale esto a medias. Comprendo ahora que Valéry apreciaba la labor y el esfuerzo de Cohen que, en su soberbio esmero, es verdaderamente plausible. Una observación crítica: creemos, sin embargo, que Cohen ve a veces de más o ve de menos en el poema y que da por hecho algunas cosas que tienen interpretaciones abiertas. Pero también es cierto que nos da pistas sustantivas con las que el poema se vuelve más concreto, que su análisis de las influencias , de las asociaciones y las correspondencias literarias y filosóficas, es minuciosamente esclarecedor, y que su subrayado de hallazgos estilísticos, como por ejemplo la utilización de adjetivos de gran profundidad interior y los juegos y las armonías silábicas, iluminan versos y pasajes que nos permiten ver mejor partes de la casa. Cohen sabía de la vida y de la obra de Valéry cosas de las que muy pocos estaban enterados.

Cierto: un poema es ante todo un hecho estético para sentirse e imaginarse y comprenderse hasta donde se pueda, pero su explicación es casi imposible. Valéry lo supo como muy pocos, y en eso, en el secreto que guarda, diferenciaba sustancialmente la poesía de la prosa. Cohen abrió un camino, pero un poema como El cementerio marino los tiene infinitos.

Y decidí ir a Sète.

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Bajo del tren, cruzo el vestíbulo de la estación y salgo a la calle. Pregunto por el cementerio y me entero que hay dos. Hablo de Paul Valéry. "Ah, el cementerio marino". Sonrío. Por la magia de la poesía el cementerio se llama hoy como el título del poema. A pie el cementerio está lejos: por el viejo puerto y la Ciudadela. Camino por los muelles del canal. El sol cae a fuego y las luces pican y picotean, como puntas de alfileres luminosos sobre las aguas. Suben olores sucios y salados.

Desde aquella primera lectura de 1969 imaginé el cementerio pequeño, íntimo, arbolado, con numerosas sombras, ceñido al mar. Pero mi decepción es grande: se alza en una colina escarpada, casi no tiene árboles y el mar está como cincuenta metros abajo. El cementerio fue robado a la colina y escindido en cuatro niveles, separado cada uno por cercas de piedra gris. Salvo una pequeña sección del oriente, en el tercer nivel, está casi desnudo de árboles. Arriba, el faro, con una cruz en punta, es un vigía que parece cuidar el sueño de los muertos, la dirección de los barcos y las banderas de todas las naciones para que exista el mundo.

Empiezo a subir. Estoy empapado en sudor. Me parece que pantalón, camisa y cuerpo están hechos de agua. O son agua. No hay una sola alma viva en el cementerio. El aire es sofocante y el mediodía abrasador. Un aire de pájaros da un poco de aire al aire quieto.

Mientras más se sube por el cementerio el panorama marino se vuelve más luminoso. El mar azul se vaporiza hacia el horizonte en bruma azul y dorada. A diferencia de otros pueblos, los franceses son parcos en sentimentalismos o frases pomposas en sus lápidas. Ci-git, Ici repose, Regretté, y nombres y fechas en seco. No falta alguno de sus habituales énfasis patrióticos: "Muerto en el campo de honor", como si la guerra, creada o inventada por otros, y que sólo trae sangre, destrucción, sufrimiento y desdicha, fuera el lugar más digno para que se multiplicaran la viudez de las mujeres y la orfandad de los hijos.

Sigo subiendo. Descubro en un promontorio una pequeña virgen blanca que es como un instante elevado de ternura. Subo más y veo el mar desde las alturas. La bahía tiene la forma de media luna. ¡Qué belleza de mar! ¡Qué belleza, sobre todo, cuando desde las alturas se mira revelándose en su luz azul entre la blancura de las cruces dispares de las tumbas y de los mausoleos de mármol y de piedra! ¡Cielo, aire y mar paracen flotar en la bruma dorada y azul! Comprendo en toda su amplitud el verso: Tout entouré de mon regard marin*, y veo, en ese numeroso rebaño fúnebre, a las tumbas como corderos misteriosos. Comprendo entonces en toda su verdad por qué escribió aquí el poema: es el contraste íntegro de Vida y Muerte: por un lado, el cementerio, los muertos, sus muertos familiares, las sombras, el mármol y las cenizas, y del otro o frente a eso, el mar en movimiento continuo bajo las antorchas del solsticio salvaje. Se comprende por qué, rodeado de tanta muerte, dice o declara al final que debe "intentarse vivir".

Después de una hora no hay nadie aún en el cementerio pero uno no se siente solo con tanto cielo y con tanto sol y con tanto mar. Camino hacia el punto arbolado. Busco el alivio de la sombra. En el mar cruzan veleros de velas triangulares. Asocio con los foques del poema, esos foques que, Cohen observaba muy bien, son las palomas que caminan en el techo del mar. Oigo. Follajes de pájaros cantan en los follajes y envuelve un aire como de dicha. Es una de las partes más antiguas del cementerio. A diferencia de otras secciones hay aquí mausoleos y tumbas del siglo XIX y aun algunos del siglo XVIII. En muros y losas hay rajaduras, grietas, fragmentaciones de la piedra. Por la antigüedad, por las perspectivas y la altura, por los cipreses y los pinos, me imagino que el poema -tengo escasas dudas- Valéry lo concibió aquí. Y me parece ver una sombra que cruza entre las sombras.

Veo. Oigo. A los muertos les llega la parlata de los pájaros, la brisa ligera y los rumores soterrados de las olas.


Marco Antonio Campos (México, 1946).

* De mi mirada marina ceñido (según la traducción de Jorge Guillén),
Y mis ojos marinos circundan lo que ven (según la versión rimada de Raúl Gustavo Aguirre).

Las ilustraciones corresponden a un par de fotografías del cementerio de Sète,
en la región francesa de Languedoc-Rosellón.

miércoles, 1 de agosto de 2018

Solsticio: EL CEMENTERIO MARINO, de Paul Valéry

"El alma expuesta a las antorchas del solsticio..." 

(Selección de cinco estrofas)

I
Este techo tranquilo, de palomas surcado,
Entre pinos y tumbas palpita, deslumbrado.
El justo Mediodía compone allí su fuego.
¡El mar, el mar, el mar que siempre recomienza!
Después de un pensamiento, ¡qué dulce recompensa
Una larga mirada al divino sosiego!

V
Como la fruta que se funde en complacencia,
Y suscita placer a cambio de su ausencia
En una boca donde se disuelve su forma,
Mi futura humareda yo también aquí huelo,
Y al alma consumida la música del cielo
Le habla de la ribera que en rumor se transforma.

VII
El alma expuesta a las antorchas del solsticio,
¡Tu justicia contesto, incomparable juicio
De la luz que utilizas tus armas sin piedad!
Yo te devuelvo pura a tu lugar primero,
¡Contémplate!. . . Fulgor, y reflejarte, empero
Significa de sombra una triste mitad.

X
Sacro interior, de un fuego sin materia colmado,
Fragmento de la tierra a la luz consagrado,
Este lugar me place, de antorchas circuido,
Hecho de oro y piedra y de nocturnos árboles,
En el que hay tantas sombras bajo trémulos mármoles.
¡Allí, sobre mis tumbas, el mar fiel se ha dormido!

XXIII
¡Sí! Majestuosa mar de delirios dotada,
Piel de pantera y clámide agujereada
Por millones de ídolos donde el sol se refleja,
Hidra absoluta, ebria de tu carne azulada,
Que en tu brillante cola hundes la dentellada
En un tumulto que al silencio semeja.

Charmes, 1922.

Paul Valéry (Francia, 1871-1945).

(La traducción del francés rimada en español es de Raúl Gustavo Aguirre).

lunes, 30 de julio de 2018

Solsticio: EL ÚLTIMO HOMBRE, de Mary Shelley


(Fragmento correspondiente al solsticio, el 21 de junio)
 
Desde el este nos llegó una historia extraña, a la que se habría concedido poco crédito de no haberla presenciado multitud de testigos en diversas partes del mundo. Se decía que el veintiuno de junio, una hora antes del solsticio, se elevó por el cielo un sol negro;* un orbe del tamaño del astro, pero oscuro, definido, cuyos haces eran sombras, ascendió desde el oeste. En una hora había alcanzado el meridiano y eclipsado a su esplendoroso pariente diurno. La noche cayó sobre todos los países, una noche repentina, opaca, absoluta. Salieron las estrellas, derramando en vano sus brillos sobre una tierra viuda de luz. Pero el orbe tenue no tardó en pasar por encima del sol y en dirigirse al cielo del este. Mientras descendía, sus rayos crepusculares se cruzaban con los del sol, brillantes, opacándolos o distorsionándolos. Las sombras de las cosas adoptaban formas raras y siniestras. Los animales salvajes de los bosques eran presa del terror cuando contemplaban aquellas formas desconocidas que se dibujaban sobre la tierra, y huían sin saber dónde. Los ciudadanos sentían un gran temor ante la convulsión que «arrojaba leones a las calles»;** pájaros, águilas de poderosas alas, cegadas de pronto, caían en los mercados, mientras los búhos y los murciélagos hacían su aparición, saludando a la noche precoz. Gradualmente el objeto del temor fue hundiéndose en el horizonte, y hasta el final irradió sus haces oscuros en un aire por lo demás transparente. Ese fue el relato que nos llegó de Asia, del extremo oriental de Europa y de África, desde un lugar tan lejano como la Costa de Oro.
 
 
Mary Shelley (Inglaterra, 1797-1851)


* Esta descripción coincide con el Apocalipsis, 6:12. «El sol se puso negro como tela de cilicio».
** La expresión es de César al referirse a la muerte de Marco Antonio «... debió arrojar leones a las calles de la ciudad», en el acto V, escena primera, de Antonio y Clepatra, de William Shakespeare.

domingo, 29 de julio de 2018

Solsticio: DEPART, de Vicente Huidobro

"Las flores del solsticio florecen al vacío..."


La barca se alejaba
Sobre las olas cóncavas

De qué garganta sin plumas
brotaban las canciones

Una nube de humo y un pañuelo
Se batían al viento

Las flores del solsticio
Florecen al vacío
Y en vano hemos llorado
sin poder recogerlas

El último verso nunca será cantado

Levantando un niño al viento
Una mujer decía adiós desde la playa

Todas las golondrinas se rompieron las alas.


Vicente Huidobro (Chile, 1893-1948).

sábado, 28 de julio de 2018

Solsticio: LAS CIUDADES Y LOS CAMBIOS, de Italo Calvino


A ochenta millas de proa al viento rnaestral el hombre llega a la ciudad de Eufamia, donde los mercaderes de siete naciones se reúnen en cada solsticio y en cada equinoccio. La barca que fondea con una carga de jengibre y algodón en rama volverá a zarpar con la estiba llena de pistacho y semilla de amapola, y la caravana que acaba de descargar costales de nuez moscada y de pasas de uva ya lía sus enjalmas para la vuelta con rollos de muselina dorada. Pero lo que impulsa a remontar ríos y atravesar desiertos para venir hasta aquí no es sólo el trueque de mercancías que encuentras siempre iguales en todos los bazares dentro y fuera del imperio del Gran Kan, desparramadas a tus pies en las mismas esteras amarillas, a la sombra de los mismos toldos espantamoscas, ofrecidas con las mismas engañosas rebajas de precio. No sólo a vender y a comprar se viene a Eufamia sino también porque de noche junto a las hogueras que rodean el mercado, sentados sobre sacos o barriles o tendidos en montones de alfombras, a cada palabra que uno dice -como «lobo», «hermana», «tesoro escondido», «batalla», «sarna», «amantes»- los otros cuentan cada uno su historia de lobos, de hermanas, de tesoros, de sarna, de amantes, de batallas. Y tú sabes que en el largo viaje que te espera, cuando para permanecer despierto en el balanceo del camello o del junco se empiezan a evocar todos los recuerdos propios uno por uno, tu lobo se habrá convertido en otro lobo, tu hermana en una hermana diferente, tu batalla en otra batalla, al regresar de Eufamia, la ciudad donde se cambia la memoria en cada solsticio y en cada equinoccio.


Italo Calvino (Escritor italiano nacido en Cuba en 1923 y fallecido en Italia en 1985).

viernes, 27 de julio de 2018

Solsticio: PELANDO LA CEBOLLA, de Günter Grass


(Fragmento que hace referencia al solsticio de verano)

Es verdad que no puedo recordar haberme sentido especialmente entusiasmado, haberme abierto paso hasta las tribunas como portaestandarte, ni haber aspirado jamás al puesto de jefe de pelotón, lleno de cordones, pero colaboré sin rechistar incluso cuando me aburrían aquellos eternos cánticos y aquel redoblar sordo.

No era sólo el uniforme lo que atraía. La divisa hecha a medida «¡La juventud debe dirigir a la juventud!» concordaba con lo que se ofrecía: acampadas y juegos al aire libre en los bosques playeros, fuegos de campamento entre rocas erráticas convertidas en lugares germánicos de asamblea en las tierras onduladas del sur de la ciudad, celebraciones del solsticio de verano y del alba bajo el cielo estrellado y en claros del bosque abiertos hacia el este. Cantábamos, como si los cánticos hubieran podido hacer al Reich más y más grande.

Mi abanderado, un chico obrero del asentamiento de Nueva Escocia, era apenas dos años mayor que yo: un tipo estupendo que tenía gracia y sabía andar sobre las manos. Yo lo admiraba, me reía cuando se reía, y le corría detrás obedientemente.

Todo ello me seducía para salir del aire viciado pequeñoburgués de las coacciones familiares, apartarme del padre, del parloteo de los clientes ante el mostrador de la tienda, de la estrechez del piso de dos habitaciones del que sólo me correspondía el nicho plano que había bajo el alféizar de la ventana derecha del cuarto de estar, que debía bastarme.

En sus estantes se amontonaban los libros y mis álbumes para pegar los cromos de los cigarrillos. Allí tenían su lugar la plastilina para mis primeras figuras, el bloc de dibujo Pelikan, la caja de doce colores de aguada, los sellos de correos coleccionados de forma más bien secundaria, un montón de chismes y mis secretos cuadernos de escribir.

Günter Grass (Alemania, 1927-2015). Recibió el premio Nobel en 1999.
 

La lectura de las primeras páginas de Pelando la cebolla es posible en el sitio de Editorial Alfaguara:
(buscar la descarga en la esquina inferior a la izquierda) http://www.alfaguara.com/es/libro/pelando-la-cebolla/

miércoles, 25 de julio de 2018

Solsticio: BLANCO, de Octavio Paz


(Fragmento que menciona "el eje de los solsticios")

caes de tu cuerpo a tu sombra no allá sino en mis ojos
en un caer inmóvil de cascada cielo y suelo se juntan
caes de tu sombra a tu nombre intocable horizonte
te precipitas en tus semejanzas yo soy tu lejanía
caes de tu nombre a tu cuerpo el más allá de la mirada
en un presente que no acaba las imaginaciones de la arena
caes en tu comienzo las disipadas fábulas del viento
derramada en mi cuerpo yo soy la estela de tus erosiones
tú te repartes como el lenguaje espacio dios descuartizado
tú me repartes en tus partes altar el pensamiento y el cuchillo
vientre teatro de la sangre eje de los solsticios
yedra arbórea lengua tizón de frescura el firmamento es macho y hembra
temblor de tierra de tu grupa testigos los testículos solares
lluvia de tus talones en mi espalda falo el pensar y vulva la palabra
ojo jaguar en espesura de pestañas espacio es cuerpo signo pensamiento
la hendidura encarnada en la maleza siempre dos sílabas enamoradas
los labios negros de la profetisa Adivinanza
entera en cada parte te repartes las espirales transfiguraciones
tu cuerpo son los cuerpos del instante es cuerpo el tiempo el mundo
visto tocado desvanecido pensamiento sin cuerpo el cuerpo imaginario

contemplada por mis oídos    Horizonte de música tendida
olida por mis ojos                   Puente colgante del color al aroma
acariciada por mi olfato          Olor desnudez en las manos del aire
oída por mi lengua                 Cántico de los sabores
comida por mi tacto               Festín de niebla
habitar tu nombre                  Despoblar tu cuerpo
caer en tu grito contigo         Casa del viento
 
La irrealidad de lo mirado
Da realidad a la mirada


Octavio Paz (México, 1914-1998). Obtuvo el premio Nobel en 1990.

La ilustración corresponde a la fotografía Mujer al viento (2006), de Alex Krivstov. 

martes, 24 de julio de 2018

Solsticio: EL SOL, EL PRIMERO, Odysseas Elytis


X

Muchachito con la rodilla raspada
cabeza rapada   sueño sin rapar
pie con anclas cruzadas
brazo de pino  lengua de pez
hermanito de la nube.

Cerca de ti viste blanquear la arena humedecida
escuchaste el silbar del caramillo
los más coloridos
conociste los más desnudos lugares
muy en el fondo el gracioso movimiento de un pez
muy en lo alto el sombrero de la iglesita
y muy a lo lejos un vapor con chimeneas rojas.

Viste la ola de las plantas donde el cierzo
tomaba su baño matinal la  hoja del cacto
el puentecito en el recodo del camino
pero también la sonrisa salvaje
en el estrepitoso entrechocar de los árboles
en los grandes solsticios de boda
ahí donde gotean lágrimas las camelias
ahí donde abre el erizo las adivinanzas del agua
ahí donde los astros presagian el huracán.

Muchachito con la rodilla raspada
talismán loco   mentón obstinado
pantaloncillo ligero
pecho de roca   alcatraz del agua
pillastre de la blanca nube.


Odysseas Elytis (Grecia, 1911-1996).

(Traducido del griego por Carmen Chuaqui y Natalia Moreleón) .

lunes, 23 de julio de 2018

Solsticio: LA MONTAÑA, de Hermann Hesse

"... con los restos de nieve reían los ojos datos de las flores de verano con colores azules y amarillos..."
 
 Todo transcurre, y todo lo nuevo envejece alguna vez. Mucho tiempo pasó desde aquella feria, y más de uno de los que entonces se enriquecieron, había vuelto a ser pobre. La muchacha de los largos cabellos de oro rojo estaba casada desde bastante tiempo atrás y ya tenía hijos que frecuentaban las ferias de la ciudad en las postrimerías de cada verano. La muchacha de los ágiles pies de bailarina era ahora la esposa de un maestro artesano de la ciudad. Aún sabía bailar magníficamente, mejor que muchas jóvenes; tenía tanto dinero como su marido había deseado en otro tiempo, y, según las perspectivas, a la alegre pareja el dinero le duraría toda la vida. La tercera muchacha, la de las manos lindas, era la que más pensaba en el hombre extraño de la barraca de los espejos. Ella no se había casado, es cierto, y tampoco se había enriquecido, pero conservaba sus manos delicadas que la privaron, por causa de su misma delicadeza, de volver a las tareas campesinas. En cambio, cuidaba a los niños de su aldea cuando era necesario, y les relataba cuentos de hadas e historias. Precisamente, por su intermedio, los niños habían conocido la historia de la fantástica feria, de los pobres que se habían enriquecido y de la transformación del país de Faldum en una montaña. Cuando refería aquellos sucesos, se miraba sonriente sus esbeltas manos de princesa, y podía creerse, dadas su emoción y ternura, que nadie había conseguido, excepto ella, una fortuna más radiante junto a los espejos, no obstante haberse quedado soltera y pobre y tener que dedicarse a contar sus bellas historias a niños ajenos.

Los que fueron jóvenes en aquellos tiempos, eran ahora viejos, y los viejos de entonces habían fallecido. Inmutable y sin edad se elevaba solamente la montaña; y cuando la nieve sobre su cumbre enceguecía a través de las nubes, parecía sonreír y estar contenta de no ser más un hombre, de no tener que contar más el tiempo de acuerdo con la medida humana. En lo alto, por encima de la ciudad y la campiña, brillaban las peñas de la montaña; su sombra poderosa se trasladaba cada día sobre el país; sus arroyos y torrentes anunciaban abajo, en e Rano, la llegada y el término de las estaciones del año; la montaña se había convertido en el sostén y padre de todas las cosas. Crecían sobre ella bosques y praderas con hierba ondulante y flores; las fuentes brotaban de ella, y también la nieve, el hielo y las piedras; de estas últimas brotaba un musgo colorido y junto a sus arroyos surgían nomeolvides. En sus entrañas había cuevas, por las que el agua goteaba como hebras de plata, año tras año y de piedra en piedra con una música inmutable; y en sus abismos había cámaras secretas donde con paciencia milenaria se iban formando cristales. En la cumbre de la montaña jamás había estado hombre alguno. Pero muchos pretendían saber que arriba de todo había un pequeño lago redondo, en el que nunca se había reflejado otra cosa que el sol, la luna, las nubes y los astros. Ningún hombre ni animal se había asomado a aquella taza que la montaña ofrecía al cielo, porque ni las águilas volaban tan alto.

Los habitantes de Faldum vivían contentos en la ciudad y en los numerosos valles; bautizaban a sus hijos, se dedicaban al comercio y a la industria. y unos sepultaban a los otros. Y todo lo que pasaba de generación en generación y que sobrevivía, era su conocimiento y sus sueños acerca de la montaña. Pastores y cazadores de gamuzas, los que recogían el heno en las laderas de la montaña y los buscadores de flores, vaqueros y viajeros incrementaban el tesoro de esa tradición, y tanto los poetas líricos como los narradores se encargaban de transmitirlo. Ellos sabían de cavernas oscuras e interminables, de, cascadas sombrías en abismos escondidos, de glaciares profundamente hendidos y también aprendían a conocer los cursos de los aludes y los cambios meteorológicos. Y lo que llegaba a la campiña en lo concerniente al calor y al frío, al agua o al crecimiento, al tiempo bueno o malo y a los vientos, todo esto provenía de la montaña.

De los tiempos primitivos ya nadie sabía nada. Es cierto que existía la hermosa leyenda de la feria maravillosa en la que todas las almas de Faldum pudieron formular su deseo. Pero el que la montaña también hubiese surgido ese día, eso no quería creerlo nadie. La montaña, se daba por cierto, estaba en su sitio desde el origen de las cosas y allí seguiría por toda la eternidad. La montaña era la patria, era Faldum. Pero la historia de las tres muchachas y la del violinista eran escuchadas con placer. Y siempre se hallaba, aquí o allá, a un muchacho que se abstraía profundamente tocando el violín a puertas cerradas, soñando con disiparse tras la creación de su melodía más bella, para luego volar hacia el cielo como el celestial violinista del cuento.

La montaña continuaba viviendo serenamente en su grandeza. Todos los días veía salir del océano al lejano y rojo sol y presenciaba su paseo circular en torno de su apogeo, del este hacia el oeste, y todas las noches contemplaba el mismo tranquilo camino de las estrellas. Cada año el invierno la cubría con una profunda capa de nieve e hielo; y cada año, en el momento indicado, los aludes buscaban su ruta, y lindando con los restos de nieve reían los ojos datos de las flores de verano con colores azules y amarillos, y los arroyos saltaban rebosantes, y los lagos ofrecían un cálido azul a la luz del día. En abismos invisibles tronaban sordamente las aguas perdidas; el lago en la cima, redondo y pequeño, yacía cubierto de hielo compacto y aguardaba todo el año para --en el breve plazo de la culminación del estío-, abrir su ojo límpido y reflejar el sol durante unos pocos días y las estrellas durante unas pocas noches. En cavernas tenebrosas se detenían las aguas; las rocas resonaban con un gotear continuo; y en gargantas escondidas crecían con exactitud los cristales en busca de su perfección.

Al pie de la montaña, y algo más alto que la ciudad, se extendía un valle, por donde discurría un arroyo ancho de claros reflejos, entre chopos y sauces. Allí se dirigían los jóvenes enamorados y aprendían de la montaña y de los árboles las maravillas de las estaciones. En otro valle se ejercitaban los hombres con sus armas y caballos. Y en la más elevada cima de un peñasco cortado a pique ardía una hoguera imponente la primera noche de verano de cada año.

Transcurrió el tiempo y la montaña proseguía amparando el valle del amor y el campo de maniobras; ofrecía espacio a pastores y a leñadores, a cazadores y balseros; proporcionaba piedras para la construcción y el hierro para las fundiciones. Indiferente, contemplaba y toleraba el primer fuego de verano sobre su cúspide; lo vio cien veces y luego centenares de veces más. Vio cómo la ciudad se extendía allí abajo con sus pequeños brazos truncados y cómo crecía más allá de las viejas murallas. Vio a los cazadores olvidarse de sus ballestas y disparar con armas de fuego. Los siglos le pasaban volando como si fueran las estaciones del año, y los años como horas.

No le preocupó que durante el curso de los años, en una ocasión, dejase de brillar el rojo fuego del solsticio sobre la plana superficie del peñasco, allá en la cumbre. Tampoco le causó preocupación que en el extenso correr de los tiempos el valle de los ejercicios militares quedara abandonado y que en el campo de maniobras crecieran llantenes y cardos. Y no se opuso a que una vez, en el largo decurso de los siglos, un hundimiento alterara su forma, ni que bajo las rocas desprendidas media ciudad de Faldum quedara reducida a escombros. Apenas si miró hacia abajo, y no percibió que la arruinada ciudad no volvió a ser reconstruida.
 
Nada de aquello llegó a preocuparle. Pero otras cosas sí comenzaron a darle cuidado. Los tiempos pasaban volando, y la montaña se había puesto vieja. Cuando veía salir el sol, hacer su carrera y desaparecer, ya no era como antes; y cuando las estrellas se reflejaban en el descolorido glaciar, ya no se sentía semejante a ellas. Las estrellas y el sol dejaron de ser ahora importantes en su vida. Ahora lo importante era lo que le acontecía a ella misma, lo que pasaba en su interior. Pues experimentaba cómo en lo más hondo, dentro de sus peñas y oquedades, iba trabajando una mano desconocida, cómo se iba desmoronando su fuerte sustancia pétrea primitiva y se descomponía en depósitos de pizarra, cómo los arroyos y cascadas se devoraban con un impulso cada vez mayor. Habían desaparecido glaciares y nacido lagos; hubo bosques que se transformaron en pedregales y praderas en negros pantanos; corrían hacia el infinito en forma de puntiagudas lenguas los yermos cordones de morenas y las estrías de cantos rodados, extendiéndose por el país, el cual, en sus partes inferiores, también había experimentado extraños cambios, pues se había vuelto singularmente pedregoso, estaba calcinado v envuelto en silencio. La montaña se recluía más y más en sí misma. Advertía bien que ni el sol ni los astros eran ya sus semejantes. Sus semejantes eran el viento y la nieve, el agua y el hielo. Su semejante era lo que parece eterno y, no obstante, desaparece lentamente, hasta irse extinguiendo de a poco.

Mientras tanto, guiaba más fervorosamente sus arroyos hacia el valle; hacía rodar con mayor solicitud sus aludes; ofrecía con más ternura sus praderas de flores al sol. Y le sucedió que en su avanzada vejez recordase nuevamente a los hombres. No es que hubiese considerado a los hombres como sus semejantes, pero comenzó a buscarlos con la vista, a sentirse abandonada, comenzó a pensar en el pasado. Sólo que la ciudad ya no estaba en su sitio, ni había canciones en el valle del amor, ni tampoco quedaban cabañas entre los pastos alpestres. Ya no había hombres allí. También ellos habían pasado. Imperaban el silencio y lo marchito, una sombra se extendía por el aire.
La montaña se estremeció al percatarse de lo que la extinción significaba, y después del estremecimiento su cima se desplomó hacia un costado. Y fragmentos de roca rodaron a continuación por el valle del amor --que desde mucho tiempo atrás yacía lleno de piedras- y llegaron al mar.
 
Sí, los tiempos eran diferentes. ¿Por qué, si no, se acordaría incesantemente de los hombres? ¿No hubiera constituido aquello un hecho maravilloso antaño, cuando ardían las hogueras estivales, y cuando la juventud, en parejas, concurría al valle del amor? ¡Oh, cuán dulces y cálidas habían resonado allí esas canciones! La vieja montaña se abismó por completo en sus recuerdos; apenas advertía el paso de los siglos; apenas sentía que en sus grutas, aquí y allá, algo se desmoronaba o cedía con un tronar sordo. Cuando pensaba en los hombres, le dolía como una reminiscencia vaga de edades pretéritas, una emoción y amor difíciles de comprender, un sueño oscuro y flotante como si en el pasado ella misma hubiera sido un hombre o semejante a ellos, como si hubiese cantado y oído cantar, como si alguna vez, en sus días más tempranos, hubiese pasado por su corazón el pensamiento de lo perecedero.

 Las edades transcurrieron. Mientras se iba hundiendo, rodeada por ásperos desiertos pedregosos, la montaña moribunda se entregaba a sus sueños. ¿Cómo había sido ella en el pasado? ¿No quedaría algún eco, un fino hilo de plata que la uniera al mundo anterior? Afanosamente escarbaba en la noche de los recuerdos enmohecidos, repasaba incansablemente los hilos estropeados, se inclinaba cada vez más hacia el abismo de las cosas ya ocurridas... En tiempos lejanos, ¿no había ardido dentro de ella un sentimiento de comunidad, un amor? Ella, la solitaria, la gigantesca, ¿no había sido también, allá en el tiempo más remoto, un igual entre iguales? ¿No le había cantado también una madre en el principio de las cosas? A fuerza de pensar y pensar, sus ojos, los lagos azules, se enturbiaron y se volvieron espesos, se transformaron en ciénagas y pantanos, y sobre las fajas de césped y los pequeños espacios con flores, brotaba la rocalla. Siguió pensando, y de una lejanía increíble le llegó una resonancia; percibió el flotar de unas notas, una canción, una melodía humana, y tembló ante el doloroso placer del reconocimiento. Escuchó los sonidos, y vio a un hombre, a un adolescente, totalmente envuelto en ellos, que se cernía en el soleado cielo a través del aire. Cien recuerdos sepultados se agitaron y comenzaron a brotar y a crecer. Vio un rostro humano de ojos oscuros, y los ojos le preguntaban apremiantes: «¿No quieres expresar un deseo?»

Y entonces formuló un deseo, un deseo silencioso. Y mientras lo hacía, la abandonó aquel tormento de verse constreñida a recordar cosas tan remotas y ya desaparecidas, y se alejó de ella todo lo que la había afligido. Montaña y país se hundieron, y donde había estado Faldum. se agitó ancho y tumultuoso el mar infinito. Y encima, el sol y las estrellas siguieron su curso.
 
 
Herman Hesse (Escritor de origen alemán nacionalizado suizo; 1877-1962).
Obtuvo el premio Nobel de literatura en 1946.