Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne)

lunes, 16 de agosto de 2021

Venecia: CUENTOS DE WESSEX, de Thomas Hardy

"...acudieron una noche al teatro (...) y por el descuido de uno de los apagavelas, el teatro se había incendiado..."

(Fragmento de Un grupo de nobles damas)

Dama segunda. Barbara de la casa de Grebe, por el anciano médico

El año de formación de Edmond se había ampliado a catorce meses y la casa estaba lista para acogerlo a su regreso, en compañía de Barbara, cuando, en lugar del habi- tual correo para ella, llegó una carta para sir John Grebe escrita por el tutor, en la que se informaba de la terrible desgracia que les había ocurrido en Venecia. El señor Willowes y el tutor acudieron una noche al teatro la semana previa de Carnaval, con intención de presenciar una comedia italiana, y, por el descuido de uno de los apaga- velas, el teatro se había incendiado y venido abajo. Muy pocos perdieron la vida, gracias a los esfuerzos sobrehumanos de algunos de los miembros del público por rescatar a los heridos inconscientes, y de todos ellos fue el señor Willowes el que más heroicamente arriesgó su vida. Cuando entraba por quinta vez para salvar a sus congéneres, cayeron sobre él algunas vigas en llamas, y se le dio por muerto. Se recuperó, sin embargo, por obra de la Providencia, y aún conservaba la vida, si bien había sufrido quemaduras muy graves; y casi milagrosamente había logrado sobre- vivir, pues era su constitución de una fortaleza extraordinaria. Naturalmente, no se hallaba en condiciones de escribir, pero estaba recibiendo los cuidados de los mejo- res médicos. Tendrían más noticias con el siguiente correo o por emisario privado.

El tutor no detallaba el sufrimiento del pobre Willowes, pese a lo cual, nada más conocer la noticia, Barbara comprendió lo terrible que debió de para él y fue su instinto inmediato correr junto a su marido; pero, tras sopesar la posibilidad, juzgó imposible emprender tal viaje. Su salud estaba muy debilitada, y cruzar Europa en esa época del año o aventurarse a la travesía del golfo de Vizcaya en un velero eran empresas que difícilmente podían justificarse por su resultado. Estaba sin embargo ansiosa por partir, hasta que releyendo el final de la misiva cayó en la cuenta de que el tutor de su marido se mostraba de todo punto contrario a esta decisión, si es que llegaba a contemplarse, y los médicos eran de la misma opinión. Y, aunque el compa- ñero de Willowes se abstenía de exponer las razones, no tardaron éstas en descubrir- se poco después.

Sucedió que las peores quemaduras afectaron a la cabeza y el rostro del muchacho   -ese rostro tan hermoso que a ella le había robado el corazón- y tanto el tutor como los cirujanos sabían que verlo antes de que las heridas hubiesen cicatrizado causaría en una dama joven y sensible más sufrimiento, por la impresión, que la felicidad que a él pudieran procurarle los cuidados de su esposa.

Thomas Hardy (Inglaterra, 1840-1928).

(Traducido al español por Catalina Martínez Muñoz).

domingo, 15 de agosto de 2021

Venecia: AXËL, de Auguste Villiers de L'Isle-Adam

"¿... o en las lagunas de Venecia, abandonando en la estela de la góndola alguna maravillosa tela de Esmirna o de Basora?"

Cuarta parte: El mundo pasional

(Fragmento de la escena IV)

Allí, las suplicantes hiedras detienen al peregrino a su paso. Pero emprendamos, más bien, el vuelo, como los alciones, hacia horizontes siempre azules y calmos, en Corinto, en Palermo, bajo los pórticos de Silistria. ¡Ven!, pasaremos en trirreme por encima de la Atlántida. A menos que vayamos a contemplar, más bien, las claridades nocturnas, en la tierra de Idumeo. Luego, ¡el septentrión también! ¡Qué placer atar nuestros patines de acero por las rutas de la pálida Suecia! ¡O hacia Cristiania, en los senderos y los fulgurantes fiordos de los montes de Noruega! ¿Y no podemos, también, ir a vivir, perdidos en una casa de campo cubierta de nieve, en alguna aldea del norte? ¿Quieres ver las desoladas landas del país de Gales, los parques de Windsor y la brumosa Londres? ¿Roma, la sombría ciudad de los esplendores? ¿El frívolo París iluminado? ¡Qué extraño debe de parecer vagar por las abigarradas calles de Nuremberg, la paciente ciudad de medianoche! ¿Quieres turbar el reflejo de las estrellas en el golfo de Nápoles o en las lagunas de Venecia, abandonando en la estela de la góndola alguna maravillosa tela de Esmirna o de Basora?

Auguste Villiers de L'Isle-Adam (Francia, 1838-1889).

sábado, 14 de agosto de 2021

Venecia: EL CARNAVAL, de Gustavo Adolfo Bécquer

"Las góndolas, vacías, se balancean amarradas a los postes del Rialto..."

(Fragmento)

En vano has llamado a las puertas de Roma, la ciudad clásica para las fiestas; el pueblo se ha reunido en el Foro, pero no alegre, bullicioso y llamado por el repiqueteo de tus sonajas, sino grave como sus ruinas, silencioso como sus sepulcros y convocado por incógnitos agitadores de una revolución terrible; y has tenido que huir. ¿A dónde? ¿A Venecia? ¿Al seno de la desolada reina del Adriático, donde antes tenías mil palacios por trono y todo un pueblo, ebrio de placeres y goces, por vasallo? No; no vayas allí. Las góndolas, vacías, se balancean amarradas a los postes del Rialto, con cadenas de hierro que al moverlas el agua parece que gimen. Ni una antorcha refleja en el mar su larga cabellera de chispas; ni se oye una voz, ni el acento lejano de una música. ¡Pobre carnaval! ¡Pobre Venecia...!

Gustavo Adolfo Bécquer
Gustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida (España, 1836-1870).

viernes, 13 de agosto de 2021

Venecia: INOCENTES EN EL EXTRANJERO (Guía para viajeros inocentes), de Mark Twain

"... y bajo la delicada luz de la luna, se nos reveló la Venecia de la poesía y el romance."

(Fragmento inicial del capítulo XXII)

Esta Venecia, que fue una República altanera, invencible y magnífica durante casi mil cuatrocientos años; cuyos ejércitos inspiraron el aplauso del mundo en cualquier lugar que batallasen y siempre que lo hacían; cuyas armadas casi dominaron el mar por completo, y cuyas flotas mercantes blanquearon los mares más remotos con las velas de sus buques y llenaron sus muelles con productos llegados de todos los climas, se ha convertido en presa de la pobreza, del abandono y de la decadencia melancólica. Hace seiscientos años, Venecia era la Autócrata del Comercio; sus almacenes eran el gran centro comercial, la casa de distribución desde la que se expandía el enorme comercio del Oriente hacia el mundo occidental. Hoy, sus muelles están desiertos, sus almacenes vacíos, sus flotas mercantes han desaparecido, sus ejércitos y armadas ya no son más que recuerdos. Su gloria ha pasado a mejor vida, y con la desmoronada grandiosidad de sus embarcaderos y palacios, ocupa su sitio entre lagunas estancadas, desamparada y empobrecida, olvidada del mundo. Aquel que en sus días prósperos dominaba el comercio de todo un hemisferio y procuraba el bienestar o el infortunio de las naciones con sólo mover un dedo, se ha convertido en el más humilde de los pueblos de la tierra: un mercachifle de cuentas de cristal para señora, de juguetes insignificantes y baratijas para niños y colegialas.

La venerable Madre de las Repúblicas apenas constituye un tema adecuado para una charla frívola o para el vano chismorreo de los turistas. Parece una especie de sacrilegio perturbar la sofisticación de los viejos romances que nos la presentan dulcemente, desde muy lejos, como a través de una bruma tintada que oculta a nuestros ojos su ruina y desolación. En realidad, deberíamos alejarnos de su miseria, de su pobreza y de su humillación, y pensar en ella sólo como era cuando hundió las flotas de Carlomagno; cuando humilló a Federico Barbarroja o cuando hizo ondear sus estandartes victoriosos sobre las almenas de Constantinopla.

Llegamos a Venecia a las ocho de la tarde, y subimos a un coche fúnebre propiedad del Grand Hotel d’Europe. En cualquier caso, se parecía más a un coche fúnebre que a ninguna otra cosa aunque, hablando con propiedad, era una góndola. ¡Así que ésta era la tan cacareada góndola de Venecia! La barca de cuento de hadas en la que los magníficos caballeros de los viejos tiempos acostumbraban surcar las aguas de los canales iluminados por la luna y contemplar la elocuencia del amor en los dulces ojos de las bellezas patricias, mientras el alegre gondolero, con su jubón de seda, tocaba la guitarra y cantaba como sólo los gondoleros saben cantar. Ésta era la famosa góndola y éste el guapísimo gondolero: la primera, una vieja canoa negra y oxidada, con el renegrido cuerpo de un coche fúnebre pegado en la mitad, y el segundo un golfillo descalzo y sarnoso que exhibía una parte de su indumentaria que debía haber quedado oculta al escrutinio público. Al poco, mientras doblaba una esquina y lanzaba su coche fúnebre hacia una deprimente zanja entre dos largas hileras de edificios altos y sin inquilinos, el alegre gondolero empezó a cantar, fiel a las tradiciones de su raza. Lo soporté un ratito. Después dije:

- Escuche, Rodrigo González Michelangelo, soy un peregrino, soy un extranjero, pero no permitiré que nadie hiera mis sentimientos con unos gañidos como ésos. Si continúa, uno de nosotros tendrá que acabar en el agua. Ya me parece bastante que mis hermosos sueños sobre Venecia se hayan visto socavados para siempre, en lo que se refiere a la romántica góndola y al hermoso gondolero; esta destrucción sistemática no debe continuar; aceptaré el coche fúnebre, a la fuerza, y podrá usted hacer ondear su bandera de tregua en paz, pero aquí mismo juro por algo muy negro y muy sangriento, que usted no seguirá cantando. Un solo aullido más, y lo arrojo por la borda.

    Comencé a sentir que la vieja Venecia de las canciones y de la historia se había ido para siempre. Pero me estaba precipitando. A los pocos minutos nos adentramos, graciosamente, en el Gran Canal y, bajo la delicada luz de la luna, se nos reveló la Venecia de la poesía y del romance. Al borde mismo del agua se erguían largas hileras de imponentes palacios de mármol; las góndolas se deslizaban veloces de acá para allá, y desaparecían de repente adentrándose por verjas y callejones insospe- chados; pesados puentes de piedra arrojaban sus sombras contra las rutilantes olas. Por todas partes había vida y movimiento, y a la vez, un silencio, una especie de furtiva quietud que hacía pensar en los asuntos secretos de los valientes y de los amantes; y envueltas en parte por la luz de la luna, y en parte por las sombras misteriosas, las desoladas y viejas mansiones de la República parecían estar buscando formar parte, justamente, de ese tipo de asuntos secretos, y en ese mismo instante. La música llegaba flotando sobre las aguas. Venecia estaba completa.


Mark Twain: Samuel Langhorne Clemens (Estados Unidos, 1835-1910). 

jueves, 12 de agosto de 2021

Venecia: UN JARDÍN EN VENECIA, de Frederic Eden

"Sabes cuánto he ansiado tener un jardín, pero no hay tal cosa en Venecia."

(Fragmento)
 
Venecia es un lugar delicioso para el hombre, enfermo o sano. Me hallaba en un estado deplorable que me llevó a una deriva que se prolongó durante más de veinte años. Me sentía flotar en la góndola sin el sentimiento álgido o el enervamiento que me causaba la bañera o el coche. Ni ruidos, ni moscas, ni polvo. Un aire tan suave que apenas podía llamarse brisa. Un sol templado que rara vez quema; una luz, como un suave y blanco velo, que permite leer sin fatigarse. Un clima que invita al hombre a no hacer nada y que responde favorablemente a todo. Así que deberíamos habernos sentido dichosos de no hacer nada.
 
En Venecia no hay monotonía. De todos los lugares en la tierra es el más variable en cuanto a sus estados de ánimo. Esa variabilidad, que desespera a su aplicado estudioso, es la alegría de su ocioso amante. El pintor halla un objeto precioso, de hecho se hallan a su alrededor y en su primer día de trabajo, y tal vez en el segundo, le encantan las tonalidades captadas. Incluso aunque aconteciera un cambio que le hiciera dudar de la valía de su trabajo. La luz dorada ha tornado en plata, las sombras azules frescas nadan en el esplendor del cinquecento. Él debe alterar todo su esquema cromático o regresar a casa. El siguiente día puede ser incluso peor, siendo necesario aguardar varias semanas para elaborar el efecto que aún no había tenido tiempo de plasmar. Así que concluido el estudio pictórico de imágenes venecianas, que rara vez son elocuentes para quien conoce Venecia, pueden verse rápidos y encantadores bocetos, fieles al ojo y al gusto del artista. Para el hombre ocioso este cambio de estado de ánimo y de color debería significar la perfección. Nunca debería sentirse cansado, y rara vez lo hace, de la inconstancia de su amante. Cada día se mece por donde flotaba ayer. La laguna, la isla, ¡todos los edificios son iguales, pero diferentes! Las colinas Euganeas, o tal vez los Alpes, evocan a Shelley, o a la nieve, una línea distante de tierra firme que parece un marco de fino corte, las aguas aceradas de la laguna, permanecen ahora ocultas por la neblina. El Palacio Ducal, la cúpula de la Salute, que ayer se mostraba diáfana y terrenal, la gran campana de San Marcos -triste víctima de su propio peso y de la corrosión del tiempo- la casi tan hermosa campana de San Giorgio, cuyos limpios contornos destacaban sobremanera en el intenso ambiente azul, a diario nadan sobre las etéreas brumas doradas. Eso es todo, más un sueño que una realidad, más una imagen espiritual que un motivo para un sketch.
 
¡Ay! Instantes aberrantes sobrevienen a los fieles. El hombre nunca se siente enteramente satisfecho. Me imagino que Adán y Eva estaban realmente hartos del paraíso antes de cometer pecado. Y yo, como descendiente menor heredo el anhelo de actuar y, al ver que no puedo hacer nada, me siento también hastiado. Ojos saciados de la belleza del palacio y de la iglesia, del cielo y el mar, y mis nervios, entreabiertos con la perfección del descanso, se desataron una tarde más hermosa que las anteriores, y dije: "Estoy harto de toda esta agua". Estoy cansado del color rosa y gris, del azul y el rojo. Tengo sed de tierra seca y de árboles verdes, de arbustos con sus flores; de un jardín.
 
-¿Un jardín? -fue la respuesta. Sabes cuánto he ansiado tener un jardín, pero no hay tal cosa en Venecia.
 
Frederic Eden (Inglaterra, 1828-1916)
 
La ilustración corresponde al jardín del autor en la isla de Giudecca, conocido como Giardino Eden.

miércoles, 11 de agosto de 2021

Venecia: ANALOGÍAS VENECIANAS DE JULES VERNE

"... durante el trayecto en un singular artefacto volador, se expresan algunas analogías con Venecia."

No deja de ser curioso que la mayoría de las novelas de Jules Verne giran en torno a las aventuras y peripecias de viajeros, como sería el caso de La vuelta al mundo en ochenta días o Cinco semanas en globo, y en ningún pasaje se hace mención alguna a Venecia. Si bien, éste no sería el caso de Robur, el conquistador, en cuyo capítulo VII, durante el trayecto en un singular artefacto volador, se expresan algunas analogías con Venecia:

"Phil Evans no se engañaba. Debajo del Albatros aparecía Montreal, muy conocido por el Victoria-Bridge, puente tubular lanzado sobre el San Lorenzo, como el viaducto del ferrocarril encima de las lagunas de Venecia. Además, se distinguían sus anchas calles, sus inmensos almacenes, los palacios de sus Bancos, y su catedral basílica, recién construida según el modelo de San Pedro de Roma; y en fin, el Mont-Royald, que domina el conjunto de la ciudad y del cual se ha hecho un parque magnífico."

Más adelante, en el décimo capítulo resulta más enfático:

"Durante la mañana, el Albatros voló sobre Srinagar, más conocido bajo el nombre de Cachemira. Uncle Prudent y su compañero vieron una magnífica ciudad exten- dida sobre las dos márgenes del río, sus puentes de madera tendidos como unos hilos, sus casas de recreo adornadas con ventanas rasgadas, sus vergeles sombreados por altos y copudos árboles, sus múltiples canales, con barcas como cáscaras de nueces y remeros como hormigas, sus palacios, templos, kioscos, mezquitas, sus bungalows a la entrada de los barrios, todo aquel panorama envuelto por la reverberación de las aguas; además, su antigua ciudadela de Hari Parvati, situada sobre una colina como el más importante de los fuertes de París enfrente del Monte Valeriano.

- Esto se llamaría Venecia -dijo Phil Evans-, si estuviéramos en Europa."

En su novela Una ciudad flotante, cuyo título por sí mismo merecería haberse dedicado a una exploración de Venecia, en el capítulo XXXVI refiere:

"El Saint-John y su gemelo el Dean Richmond, eran los más hermosos steam-boats del río; son más bien edificios que barcos. Tienen dos o tres pisos con plataformas, corredores, galerías y paseos, asemejándose a la morada flotante de un plantador; el conjunto lo dominan unos veinte postes empavesados y ligados entre si por armaduras de hierro que consolidan el total de la construcción: sus dos enormes tambores estaban pintados al fresco como los tímpanos de la iglesia de San Marcos de Venecia; detrás de cada rueda se eleva la chimenea de las dos calderas, las cuales no van colocadas dentro del casco del steamboat, precaución muy prudente para el caso de una explosión. En el centro, entre los tambores, se mueve una máquina de extremada sencillez: un cilindro, un émbolo que pone en movimiento un largo balancín, el cual sube y baja como el enorme martillo de una fragua y una sola biela que mueve el árbol de aquellas macizas ruedas."

Entre tantos viajeros que habitan y se desplazan por las páginas de la obra de Verne, uno de ellos es un noble veneciano de nombre Luis Conaro. Aparece en Claudio Bombarnac, traducida al español como A través de la estepa y en una versión más actual bajo el título de Aventura en el Transasiático, un tren similar al legendario expreso de Oriente. En el capítulo XII se establece que: "Estas maravillas se hallan en el mismo estado en que las encontró Marco Polo, el viajero veneciano del siglo XIII."

Entre las obras más conocidas de Verne, sólo en Veinte mil leguas de viaje subma- rino aparecen alusiones a Venecia, en un párrafo de su capítulo 11: El Nautilus.

"Además de las obras de arte, las curiosidades naturales ocupaban un lugar muy importante. Consistían principalmente en plantas, conchas y otras producciones del océano, que debían ser los hallazgos personales del capitán Nemo. En medio del salón, un surtidor iluminado eléctricamente caía sobre un pilón formado por una sola tridacna. Esta concha, perteneciente al mayor de los moluscos acéfalos, con unos bordes delicadamente festoneados, medía una circunferencia de unos seis metros; excedía, pues, en dimensiones alas bellas tridacnas regaladas a Francisco I por la República de Venecia y de las que la iglesia de San Sulpicio, en París, ha hecho dos gigantescas pilas de agua bendita."

De lo anteriro se puede inferir que el papel de Venecia en la extensa obra de Verne resulta apenas limitado. Sobre todo si se toma en cuenta el enfásis que ponen sus protagostas para trasladarse a los más variados puntos del planeta.

Jules Etienne 

Jules Verne (Francia, 1828-1905).

martes, 10 de agosto de 2021

Venecia: EL HOTEL ENCANTADO, de Wilkie Collins

"¡Era, cuando menos, una rara coincidencia que los acontecimientos la llevasen inesperadamente a Venecia!"

(Párrafo final del capítulo XV)

Agnes guardó la carta y sintiéndose agitada, se refugió unos minutos en su habitación. A su primera y lógica sorpresa y excitación ante la perspectiva del viaje le siguió una impresión menos agradable. Recobrando su acostumbrada compostura, recordó las fatídicas palabras con que se despidió de ella la condesa: "Nos volveremos a ver... aquí, en Inglaterra, o en Venecia, donde mi marido murió, pero será la última vez." ¡Era, cuando menos, una rara coincidencia que los aconte- cimientos la llevasen inesperadamente a Venecia! ¿Estaba aquella mujer de palabras misteriosas y ojos ardientes todavía en América? ¿Otros acontecimientos, también inesperados, la habrían llevado a Venecia? Agnes se levantó de su asiento, avergonzada de su momentáneo abandono a lo que no era sino una actitud supersti- ciosa. Llamó con la campanilla y envió por las niñas, anunciando a la servidumbre su inmediata partida. El ruidoso regocijo de las niñas y la precipitación con que hubo que hacer el equipaje contribuyeron a devolverle su energía. Rechazó despreciándolo, cualquier clase de presentimiento. Llegaron a Dublín aquel mismo día. Dos días después estaban en París.
 
Wilkie Collins (Inglaterra, 1824-1889).

lunes, 9 de agosto de 2021

Venecia: EL GONDOLERO DE VENECIA, de Lázaro María Pérez

"El hombre desconocido de su careta confía..."

Primer acto, escena III

Juliani:

¡Raro misterio por cierto!
Hace muchísimos días
Que un hombre desconocido
De Venecia el suelo pisa...
El Consejo de los Diez
Cubre su sombra de espías,
Le sigue por todas partes,
Pregunta, inquiere, medita...
¡Y siempre el mismo misterio!
En vano mi astucia fina
Abre al placer los salones
Y a toda Venecia invita...
El hombre desconocido
de su careta confía...
Y concurre a nuestras fiestas,
¡Y cara a cara nos mira!
Su nombre... nadie lo sabe,
Su existencia... es un enigma;
Su habitación... el Adriático;
La multitud... su familia.
Según las inquisiciones,
Llegó aquí en el mismo día
Que Blanca Capello... Acaso
Esas relaciones íntimas
Con la hermosa veneciana
Envuelvan alguna intriga...
Dicen que la ama y que ella
Le ama también... A fe mía
Que si una mano bien diestra
No toma prontas medidas,
Ese amor será un veneno
Que mate a Venecia un día.
Juliani... ¡ay si te duermes!
¡Ay de ti, si ves perdida
La huella de ese fantasma
Que te inquieta y martiriza!...
¡No haya cuidado, Venecia,
Velaré... duerme tranquila!

Fin de la escena.

Lázaro María Pérez 
(Colombiano fallecido en Francia, 1822-1892).

domingo, 8 de agosto de 2021

Venecia: LA EDUCACIÓN SENTIMENTAL, de Gustave Flaubert

"... comenzó a escribir una novela titulada Silvio, el hijo del pescador. La acción se desarrollaba en Venecia..."

(Fragmento del capítulo III de la primera parte)

Luego subía lentamente por las calles. El viento hacía ondular los faroles y en el lodo temblaban largos reflejos amarillentos. Por el borde de las aceras se deslizaban sombras con paraguas. El pavimento estaba resbaladizo, caía la bruma y le parecía que las tinieblas húmedas lo envolvían y penetraban profundamente en su corazón.
 
Sintió un remordimiento y volvió a las clases, pero como no conocía nada de las materias explicadas hasta entonces, se le hacían difíciles las cosas más sencillas.
 
Entonces comenzó a escribir una novela titulada Silvio, el hijo del pescador. La acción se desarrollaba en Venecia, el protagonista era él mismo, y la heroína la señora de Arnoux, que en la novela se llamaba Antonia. Para conseguirla asesinaba a muchos caballeros, incendiaba una parte de la ciudad y cantaba bajo el balcón de la dama, donde se movían al soplo de la brisa las cortinas de damasco rojo del bulevar Mont- martre. Las reminiscencias demasiado numerosas que advirtió en su novela le desa- nimaron; no siguió adelante, y su ociosidad aumentó.
 

Gustave Flaubert (Francia, 1821-1880).

sábado, 7 de agosto de 2021

Venecia: Entre Moby Dick y los poemas de Herman Melville

"Cuando Venecia se eleva en arrecifes de palacios."

Es bien sabido que Herman Melville pasó buena parte de su vida, desde muy joven, como marinero. Y ese espíritu errante fascinado por el mar, por supuesto que habría de verse reflejado en su obra. De manera que las menciones a Venecia resultan inevitables, aunque sólo sea como figura literaria, como es el caso de la siguiente analogía que aparece al principio de su novela Benito Cereno:

"Maltrecho y enmohecido, el almenado castillo de proa parecía un antiguo torreón, tomado por asalto en el pasado y más tarde abandonado. Hacia la popa, dos galerías laterales elevadas, las balaustradas cubiertas aquí y allá de musgo marino seco como yesca, abriéndose desde la desocupada cabina de mando, cuyas claraboyas, a causa del clima templado se hallaban herméticamente cerradas y calafateadas; estos balcones sin inquilino colgaban por encima del mar como si fuera el Gran Canal de Venecia."

Sin embargo, las referencias que llaman la atención son aquellas que se relacionan entre sí a pesar de tratarse de dos géneros distintos: poesía y narrativa. En su obra más conocida, Moby Dick, en el capítulo que lleva por título La historia del Town-Ho (según se contó en la Posada de Oro), aparece una referencia a Venecia.

"- Un momento, ¡perdón! -dijo otro del grupo-. En nombre de todos nosotros los limeños, deseo expresarle, señor marinero, que no hemos pasado por alto de ningún modo su delicadeza al no haber puesto la presente Lima en lugar de la lejana Venecia en vuestra corrupta comparación. ¡Ah! No se incline ni parezca sorprendido: ya conoce el proverbio que se repite por toda esta costa: "corrompidos como Lima". No hace sino confirmar lo que usted dice, también: la iglesias son más abundantes que las mesas de billar, y siempre abiertas... y "corrompido como Lima". Así también Venecia; yo he estado allí; ¡la sagrada ciudad del santo Evangelio, San Marcos!... ¡Santo Domingo, púrgala! ¡Deme su vaso! Gracias; lo volvemos a llenar; ahora, que nos escancien otra vez."

Lo que sin duda resulta familiar con algunas estrofas del segundo poema de Fruto del viaje hace largo tiempo, que da principio estableciendo:

Un desmayo del mediodía, un trance de marea,
La silenciosa siesta meditabunda
Como calma lejos del Perú (...)

Prosigue poco más adelante:

Un impulso lánguido del remo
Plegado por mi indolente gondolero
Tintineos contra un castillo de palacio (...)

Para insistir después con el mismo personaje:

"¡Hey! Gondolero, estás dormido, hombre;
¡Despierta!" Y, disparando, corrimos; (...)

Casi de inmediato concluye esa estrofa:

Sirenas, verdaderas sirenas,
Sirenas asaltantes en el mar.

El poema previo, es decir, el primero de esta segunda parte denominada Fruto del viaje hace largo tiempo, en el poemario Timoleón y otras empresas en versículo menor, se llama precisamente Venecia.


Con una fuerza de voluntad panteísta
El pequeño artesano del Mar de Coral
Extenuado en el abismo azul
Edifica su maravillosa galería
Y una larga arcada,
Construcciones insólitas al margen
De marmóreas galerías,
Evidencia lo que un gusano es capaz de hacer.

Laborioso en olas menos profundas,
Avanzado en arte afín
Un orgulloso agente ha demostrado el poder del dios Pan
Cuando Venecia se eleva en arrecifes de palacios.

Cabe la acotación de que este volumen de poesía fue la última obra publicada en vida del autor. Apareció en mayo de 1891.

Jules Etienne

Herman Melville (Estados Unidos, 1819-1891).
Es posible leer aquí el poema original en inglés Venecia (Venice).

viernes, 6 de agosto de 2021

Venecia: EN VÍSPERAS, de Iván Turguéniev

"Todo en ella es luminoso y claro, sin embargo, también se percibe una (...) tranquila sensualidad."

(Fragmento del capítulo XXXIII: Una visita a Venecia)

Para quien no haya visto Venecia en el mes de abril será difícil elaborar un retrato del indescriptible encanto de esta ciudad hechicera. La apacible serenidad de la prima- vera es para Venecia lo que el brillante sol estival a la gloriosa Génova o lo que el dorado púrpura otoñal es para Roma, ese gran anciano entre las ciudades. Y apenas la primavera nos agita y llena de deseo, también Venecia con su hermosura. Atormenta y provoca al inocente corazón con una sensación de alegría inminente, una alegría que es al mismo tiempo simple pero misteriosa. Todo en ella es luminoso y claro, sin embargo, también se percibe una calina somnolienta de tranquila sensualidad; todo es silencioso, aunque siempre está dando la bienvenida; todo sobre esta ciudad es femenino, incluso hasta su nombre; no por nada se le conoce como “Venecia la hermosa”.

Iván Turguéniev (Rusia, 1818-1883).

(Traducido al español por Jules Etienne).

jueves, 5 de agosto de 2021

Venecia: A VENECIA, de José Zorrilla

"Llora, Venecia, sí, llora, haz duelo en amargo llanto..."

I

Allí está, Venecia, la dueña opulenta
De antiguos, y nobles, y libres blasones,
Venecia la hermosa, la villa que cuenta
Que a sueldo tenía soberbias naciones,
Señora del mar.

Que cuenta que un día imperios y reyes
Su gala envidiaron, su nombre temieron,
Y el mar y la tierra besaron sus leyes,
-Y enviáronla buques, soldados la dieron;
Porque ella supiera batirse y triunfar.

Un día a sus ojos la tierra callaba,
Un día su nombre la tierra llenaba:
Pasaron los días, Venecia pasó.
Hoy es una viuda y hermosa Sultana,
Que tiene su corte ridícula y vana
Allá en un palacio que el Sultán le dio.

¡Venecia la encantadora,
La de los pardos pilares,
De las ciudades señora,
La señora de los mares,
La corona de jardines
Colgada sobre canales!
No son tu gala y festines
Los que valen lo que vales.
Hechizo de Italia, sí,
Mas del poeta la lira
No es por ti por quien suspira,
No, Venecia, no es por ti.

¿Qué valen tus gondoleros,
Y tus regatas vistosas,
Tus republicanos fueros,
Tus máscaras revoltosas,
Y tus timbres altaneros,
Sin los ojos hechiceros
De tus hermosas?

¡Ay, que tus días pasaron!....
Venecia, la maravilla,
A quien monarcas doblaron
Otro tiempo la rodilla,
Tus timbres ¡ay! se borraron,
Tus señores olvidaron
La hermosa villa.

Antigua reina del mar,
Mal encubres tu caída
Tus bodas al celebrar
Con la posesión perdida.
Llora, Venecia, sí, llora,
Haz duelo en amargo llanto,
Que tus esclavos, señora,
Escupen sobre tu manto.
Reina, tu Adriático brama
Lejos ya de tus confines,
Olvídale, noble dama,
Entre danzas y festines.

Tu patrono ha encanecido,
Tu raudo león no vuela,
Sobre sus garras dormido,
Por tu grandeza no vela;
Brioso alazán herido,
Su caballero ha perdido
Freno y espuela.

Un capricho que pasó,
Matrona opulenta, fuiste;
Tu Príncipe te olvidó;
Hermosa, ya envejeciste
Y tu tez se marchitó:
¡No pienses, Venecia, no,
En lo que fuiste!
 
 
José Zorrilla (España, 1817-1893).

miércoles, 4 de agosto de 2021

VENECIA, de Mikhail Lermontov

"...la congelada ola de la tarde apenas susurra bajo los remos de la góndola..."

(Primera de cuatro estrofas)

I

La superficie del mar se refleja,
la rica Venecia descansa
entre la húmeda niebla, y en lo alto la luna
con la fuerza de su plata brilla.
Una vela distante es levemente visible,
la congelada ola de la tarde
apenas susurra bajo los remos de la góndola
y repite los sonidos de la Barcarola.


Mikhail Lermontov (Rusia, 1814-1841).

martes, 3 de agosto de 2021

Venecia: LA PEQUEÑA DORRIT, de Charles Dickens

"... nunca hubiera imaginado que pudiera existir una ciudad donde el agua fuera el pavimento de la calle."

(Fragmento del capítulo IX, el viaje a Venecia)

Después de recorrer varias ciudades, visitando en ellas cuantas maravillas eran dignas de verse, la familia Dorrit llegó al fin a Venecia y, como se proponían pasar algún tiempo en aquella ciudad, el señor Dorrit alquiló un inmenso palacio a orillas del Gran Canal. Ese fue el sueño más maravilloso para Amy, que nunca hubiera imaginado que pudiera existir una ciudad donde el agua fuera el pavimento de la calle.

* * *
«Querido señor Clennam:
 
Le escribo en mi dormitorio, en Venecia, pensando que le agradará recibir noticias mías; con todo, sé muy bien que no puede experimentar tanto placer al recibir mi carta como lo experimento yo al escribírsela, pues no debe echar nada de menos... si no es mi ausencia, lo que sólo notará algún que otro momento, mientras que mi vida ha variado de tal forma, y encuentro a faltar tantas cosas...»
  
Charles Dickens (Inglaterra, 1812-1870)

domingo, 1 de agosto de 2021

Venecia: LA CITA, de Edgar Allan Poe

"... ¡ah, cómo olvidar!... la profunda medianoche, el Puente de los Suspiros..."

(Fragmento inicial)

Hombre misterioso, de aciago destino! ¡Exaltado por la brillantez de tu imaginación, ardido en las llamas de tu juventud! ¡Otra vez, en mi fantasía, vuelvo a contemplarte! De nuevo se alza ante mí tu figura... ¡No, no como eres ahora, en el frío valle, en la sombra!, sino como debiste de ser, derrochando una vida de magnífica meditación en aquella ciudad de confusas visiones, tu Venecia, Elíseo del mar, amada de las estrellas, cuyos amplios balcones de los palacios de Palladio contemplan con profundo y amargo conocimiento los secretos de sus silentes aguas. ¡Sí, lo repito: como debiste de ser! Sin duda hay otros mundos fuera de éste, otros pensamientos que los de la multitud, otras especulaciones que las del sofista. ¿Quién, entonces, podría poner en tela de juicio tu conducta? ¿Quién te reprocharía tus horas visionarias, o denunciaría tu modo de vivir como un despilfarro, cuando no era más que la sobreabundancia de tus inagotables energías?
 
Fue en Venecia, bajo la arcada cubierta que llaman el Ponte dei Sospiri, donde encontré por tercera o cuarta vez a la persona de quien hablo. Las circunstancias de aquel encuentro acuden confusamente a mi recuerdo. Y, sin embargo, veo... ¡ah, cómo olvidar!... la profunda medianoche, el Puente de los Suspiros, la belleza femenina y el genio del romance que erraba por el angosto canal. Venecia estaba extrañamente oscura. El gran reloj de la Piazza había dado la quinta hora de la noche italiana. La plaza del Campanile se mostraba silenciosa y vacía, mientras las luces del viejo Palacio Ducal extinguíanse una tras otra. Volvía a casa desde la Piazzetta, siguiendo el Gran Canal.
 
Cuando mi góndola llegó ante la boca del canal de San Marcos, oí desde sus profundidades una voz de mujer, que exhalaba en la noche un alarido prolongado, histérico y terrible. Me incorporé sobresaltado, mientras el gondolero dejaba resbalar su único remo y lo perdía en la profunda oscuridad, sin que le fuera posible recobrarlo. Quedamos así a merced de la corriente, que en ese punto se mueve desde el canal mayor hacia el pequeño. Semejantes a un pesado cóndor de negras alas nos deslizábamos blandamente en dirección al Puente de los Suspiros, cuando mil antorchas, llameando desde las ventanas y las escalinatas del Palacio Ducal, convirtieron instantáneamente aquella profunda oscuridad en un lívido día preterna- tural.
 
Escapando de los brazos de su madre, un niño acababa de caer desde una de las ventanas superiores del elevado edificio a las profundas y oscuras aguas del canal, que se habían cerrado silenciosas sobre su víctima. Aunque mi góndola era la única a la vista, muchos arriesgados nadadores habíanse precipitado ya a la corriente y buscaban vanamente en su superficie el tesoro que, ¡ay!, sólo habría de encontrarse en el abismo. En las grandes losas de mármol negro que daban entrada al palacio, apenas a unos pocos peldaños sobre el agua, veíase una figura que nadie ha podido olvidar jamás después de contemplarla. Era la marquesa Afrodita, la adoración de toda Venecia, la más alegre y hermosa de las mujeres -allí donde todas eran bellas-, la joven esposa del viejo e intrigante Mentoni y madre del hermoso niño, su primer y único vástago que, sumido en las profundidades del agua lóbrega, estaría recordando amargamente las dulces caricias de su madre y agotando su débil vida en los esfuer- zos por llamarla.

 Edgar Allan Poe (Estados Unidos, 1809-1849).
 
(Traducido al español por Julio Cortázar).
 
Es posible leer en Ciudad Seva el texto íntegro de La cita.

sábado, 31 de julio de 2021

Venecia: LOS AMANTES DE VENECIA, de Charles Maurras

"... una ciudad me ha provocado siempre el efecto de una prisión que soporto por mis compañeros de cautiverio."

Ellos

(Fragmento del capítulo V)

Los primeros días del tête-à-tête fueron encantadores. No hay indicio de disputa en esa parte del viaje. Vieron Aviñón, y se embarcaron en Marsella rumbo a Génova. Habiéndolos cansado el mar, retomaron la ruta terrestre. "Roma y Venecia se echaron a perder. La cara de Venecia cayó diez veces en el piso". Se detuvieron en Florencia, Ferrara y Bolonia. ¡Venecia por fin, 19 de enero de 1834! Venecia la roja, de los Cuentos de España y de Italia, la ciudad de los sueños de George, "la única en el mundo", diría más tarde, que había amado por ella misma, porque, "una ciudad me ha dado siempre el efecto de una prisión que soporto por mis compañeros de cautiverio".

Sin embargo, es en el primer día de Venecia que varios críticos han situado la gran ruptura de los dos amantes. Por lo tanto, no debemos creer nada de la alegre canción fechada "Venecia, 3 de febrero de 1831" en las Poesías nuevas y que exhala felicidad:

"¡Vivir y morir allí! "

Charles Maurras (Francia, 1868-1952).

viernes, 30 de julio de 2021

Venecia: CARTAS DE MUSSET Y GEORGE SAND (Prólogo), de Jorge Luis Borges


El amor suele ser un convenio tácito cuyas partes se comprometen a hallarse indispensables y milagrosas. Juzgar que la otra persona es milagrosa es una operación harto fácil, ya que todos vivimos en el anhelo de hallar personas milagrosas; avenirnos a que nos juzguen milagrosos no es mucho más difícil, ya que nadie se juzga por su conducta ni aún por sus palabras y pensamientos, sino por la partícula de inmediata divinidad que lo impulsa a vivir, la que se denomina voluntad en el lenguaje de Schopenhauer… En el convenio celebrado por George Sand y Musset, hay que notar esta circunstancia anormal: las partes eran realmente extraordinarias. No lo eran sólo para Dios; lo eran para los hombres, también. Heine declaró preferir (Ueber die franzoesische Buehme, 1940) el verso de Musset y la prosa de Sand al verso y a la prosa de Hugo; no es tarea difícil multiplicar testimonios análogos. El amor desea una secreta publicidad, desea misterio, simpatías y símbolos; el amor de Aurore Dudevant y de Alfred de Musset fue casi un espectáculo del París de la época romántica y lo es para nosotros aún.
 
Los amores de George Sand fueron numerosos, pero sucesivamente “únicos” e indiscutiblemente sinceros. ¡Mi corazón es una tumba!, le escribía a Sainte-Beuve. Más bien una necrópolis, corrigió después Jules Sandeau… Saint-Beuve, hacia 1833, le propuso varias alianzas. La silenciosa, desdeñosa mujer las rehusó. Opinó que Dumas era “trop commis-voyageur”, Jouffroy “trop vertueux”, Musset “trop dandy”. Sin embargo, accedió a conocer al último e irreparablemente se enamoraron. La historia ha sido comprendida por Swinburne: “Alfred era voluble y George no se condujo como un perfecto caballero”.
 
Naturalmente, ese epigrama no agota la curiosa aventura. Tampoco parecen agotarla los volúmenes suscitados por ella: La confesión d’un enfant du siécle, Elle et lui, Lui et elle, Les lettres d’un voyageur, Le secrétaire intime… Las circunstancias que es posible extraer de esas páginas gárrulas, tumultuosas y por lo general antagónicas, son las que paso a referir: A fines de 1833, George Sand logró el consentimiento de la madre de Musset para emprender con él un viaje a Italia. En enero de 1834 se establecieron en Venecia. Desgraciadamente para Musset, no era el amor la única pasión de George Sand; la dominaba y la abrasaba también la pasión del trabajo. Nueve y diez horas cada día, la pluma fatigaba el papel; las copiosas tareas de redacción usurpaban las noches; los ciento diez volúmenes futuros de sus Obras Completas entenebrecían el presente. Musset, tal vez abochornado de su relativa esterilidad, buscó el socorro del alcohol y de las mujeres. Lo postró una crisis nerviosa, agravada por las alucinaciones y por el frenesí del delirium tremens. Entonces, George Sand se consagró a salvarlo. Renunció a los queridos manuscritos, renunció a los diversos géneros literarios; a casi todo renunció para compartir y amparar sus confusas noches de insomnio. No estaba sola en la tremenda tarea: la secundaba un médico veneciano, Pietro Pagello, de quien –fatalmente- se enamoró. Lo demás está en estas cartas. También en la novela Jacques, cuyo protagonista declara: “Nunca me he impuesto la constancia. Cuando he sentido que el amor había muerto, lo he dicho sin remordimiento o bochorno, y he acatado la Providencia, que me conducía a otra parte.”
 
Tales fueron las circunstancias de la aventura. Pero lo verdadero en toda la aventura no son las circunstancias concretas, es la general y abstracta pasión. Esa pasión que quiere comprender y abrazar todas las relaciones humanas y hace que en el Cantar de los Cantares, el rey le diga a la sulamita hermana mía, esposa mía, y que en estas cartas enamoradas, Alfred de Musset acaricie a George Sand con los nombres de hermana, de hija y de madre. Esa pasión impersonal que hace que toda carta de amor parezca redactada por nosotros, dirigida a nosotros.
 
Prólogo para Cartas de Musset y George Sand, publicada por Editora Inter-Americana. Buenos Aires, Argentina, 1945.
 
 
Jorge Luis Borges (Argentino fallecido en Suiza, 1899-1986).

jueves, 29 de julio de 2021

Venecia: EN VENECIA, de Alfred de Musset

"Venecia es tan bella que una cadena sobre ella parece un collar arrojado sobre la belleza."

En Venecia la roja,
No hay un barco que se mueva,
No hay un pescador en el agua,
No hay un farol.
 
La luna que se difumina
Cubre su frente cuando pasa
Una nube estrellada
A medias velada.
 
Todo se calla, menos los guardias
Con largas alabardas
Que vigilan las almenas
De los arsenales.
 
¡Ah!, ahora más de una
Esperan, al claro de luna,
Algún lirio joven
Con el oído al acecho.
 
Sobre la brisa amorosa
La Vanina soñadora,
En su cuna flotando
Pasa cantando.
 
Mientras que para la fiesta
Narcisa se arregla,
Frente a su espejo
La máscara negra.
 
Dejemos al antiguo reloj
En el palacio del viejo dogo
Contarle de sus noches
Los largos hastíos.
 
Sobre su mar indiferente,
Venecia indolente
No cuenta ni sus días
Ni sus amores.
 
Ya que Venecia es tan bella
Que una cadena sobre ella
Parece un collar arrojado
Sobre la belleza.
 
 
Alfred de Musset (Francia, 1810-1857).

(Traducido al español por Jules Etienne).

miércoles, 28 de julio de 2021

Casanova y Venecia: LAS MIL FUGAS DE CASANOVA, de Juan Villoro

"Museo de gestos, adorador de mujeres bellísimas..."

(Fragmento inicial)

A los setenta y dos años Casanova vive en el castillo de Dux, Bohemia, en soledad punitiva. Por segunda ocasión ha sido exiliado de la Serenísima República de Venecia, carece de fortuna y amigos cercanos, y se ve obligado a aceptar el apoyo del conde Waldstein, quien le da un puesto simbólico de bibliotecario. En las escasas ocasiones en que el dueño del castillo visita sus propiedades y manda encender los candelabros para una cena, el huésped veneciano ofrece una estampa de lujosa decrepitud. Sus medias de seda con ligas de colores, sus chalecos de terciopelo, sus puños de encaje y su sombrero emplumado fueron elegantes en una época perdida: para 1797 se han vuelto vistosamente ridículos. En algún momento de la noche el conde pide a su invitado que pague su estancia narrando su lejano escape de la Cárcel de los Plomos. En un francés trabajado por italianismos, el aventurero cuenta una historia que los comensales escuchan con una mezcla de atención y piedad. Giacomo Casanova, autoproclamado Caballero de Seingalt, se ha convertido en una pieza digna de un gabinete de curiosidades, semejante al ciervo de seis cuernos, el autómata de cuerda o la Torre de Babel esculpida en una nuez. Tolerado con fatiga por la aristocracia local y repudiado sin miramientos por una servidumbre que coloca su caricatura en el retrete y le sirve los macarrones fríos, el veneciano intenta una última fuga. Durante trece horas diarias, que se le van «como trece minutos», escribe su vida.

Museo de gestos, adorador de mujeres bellísimas que yacen bajo tierra, sobreviviente de una era que ya semeja un espejismo, el anciano Casanova despierta el contradic- torio interés del libertino en cautiverio.

Juan Villoro (México, 1956).

La ilustración es obra de Auguste Leroux.

martes, 27 de julio de 2021

Casanova y Venecia: LA AMANTE DE BOLZANO, de Sándor Márai

"... los gondoleros se apoyaban en sus largos remos, discutían los detalles de su fuga..."
 
(Fragmento inicial del capítulo La noticia)

Durmieron asustados, roncando, jadeando y resoplando. Y mientras dormían sentían que algo les estaba ocurriendo. Sentían que alguien rondaba la posada; que alguien les dirigía la palabra y que tenían que responder como nunca habían respondido. La pregunta que el desconocido les dirigía era altiva, descarada, violenta y, por encima de todo, temeraria y triste. Sin embargo, por la mañana, al despertar, ya no se acorda- ban de ella.

 Mientras dormían, volaba la noticia de que él había llegado, de que se había fugado de los Plomos, de que se había escapado en góndola de su ciudad natal a plena luz del día, tomándoles el pelo a todas sus excelencias, a todos los temibles señores de la Inquisición, a Lorenzo, el guardia de la prisión; se decía que había ayudado a fugarse al fraile que había colgado los hábitos, que se había escapado de la fortaleza del dux, que lo habían visto en Mestre, regateando con el cochero de una diligencia, y en Treviso, tomando vermut en un café, e incluso un campesino juró haberlo visto en medio de los prados, donde hechizaba a las vacas. Voló la noticia por los palacetes de Venecia y por las tabernas de la periferia; los cardenales y los ilustres senadores, los verdugos y los policías, los espías y los tahúres, los amantes y los maridos, las muchachas en misa y las mujeres en sus cálidas camas se reían y gritaban: «Jo, jo, jo!» O bien se carcajeaban, todos contentos: «Ja, ja, ja!» O ahogaban sus risas en la almohada o en el pañuelo, y exclamaban: «Ji, ji, ji!» Todos estaban contentos de que se hubiese fugado. La noche siguiente le comunicaron la noticia al papa, que se acordaba de él, y se acordó también de que un día le había impuesto personalmente una condecoración menor, y se rió con la noticia. Se difundió ésta por toda Venecia; los gondoleros se apoyaban en sus largos remos, discutían los detalles de su fuga con todo tipo de comentarios entendidos, y se alegraban con ella, se alegraban porque él era veneciano, porque había burlado la autoridad y el poder, y se alegraban porque alguien hubiese sido más fuerte que la tiranía, más fuerte que las piedras y las cadenas, más fuerte que el tejado de placas de plomo. Hablaban en voz baja, escupían en el agua y se frotaban las manos, muy felices. La noticia volaba, y todos sentían cierto calor en el corazón. «¿En realidad qué había hecho?», se preguntaban. Había jugado a las cartas. Dios mío, quizá no jugaba del todo limpio, hacía saltar la banca en todos los tugurios por donde pasaba, jugaba disfrazado con una máscara, aliado con tahúres profesionales. Pero, después de todo, ¿quién no había hecho una cosa así en Venecia? Por las noches daba una paliza a los que lo habían delatado y seducía a las mujeres para llevárselas fuera de la ciudad, a Murano, a una casa que tenía alquilada... Pero ¿quién no hacía tal cosa, sobre todo siendo joven, en Venecia? Era descarado, hablaba mucho, hablaba demasiado... Pero ¿quién callaba en Venecia?
 
Sándor Márai (Húngaro nacionalizado estadounidense, 1900-1989).

La ilustración corresponde a un detalle de El Gran Canal y la iglesia de Santa María de la Salud (1730),
de Giovanni Antonio Canal, Canaletto.