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El otoño en Vancouver.

sábado, 1 de diciembre de 2018

Otoño: A UN DIOS DESCONOCIDO, de John Steinbeck

"Los mirlos de alas rojas formaban en escuadrones y hacían maniobras en los campos."

(Párrafo inicial del capítulo 8)

Joseph dejó pasar dos semanas antes de visitar de nuevo a Elizabeth. Se acercaba el otoño brumoso, tiñendo de gris el cielo con nieblas altas. Cada día, enormes nubes de algodón procedentes del océano surcaban como buques exploradores el cielo. Se sentaban un rato en las cumbres y después volvían al mar. Los mirlos de alas rojas formaban en escuadrones y hacían maniobras en los campos. Las palomas, a las que no se veía ni en la primavera ni en el verano, salían de su escondite, y se agrupaban en las vallas o en los árboles muertos. El sol, al salir y al ponerse, aparecía rojo tras el velo del aire otoñal.


John Steinbeck (Estados Unidos, 1902-1968). Obtuvo el premio Nobel en 1962.

(Traducido al español por Montserrat Gutiérrez Carreras).

viernes, 30 de noviembre de 2018

Otoño: EL PAPA VERDE, de Miguel Ángel Asturias

"... igual que una cascara de caracol vacío, para llevárselo a la oreja y escuchar otro oleaje, otro mar..."

(Fragmento del capítulo XIII)
 
- Madre, padre muerto, enterrado aquí... Juambo hermano. ..
 
Por los ojos castaños del viejo Geo Maker, al sonar el nombre de Juambo en labios de la mulata, pasó una tempestad de días de oro, hoy otoño de hojas secas, y el rumor de la costa atlántica llenó sus oídos y le hizo sacudirse por dentro, como si él mismo hubiera tomado su corazón, igual que una cascara de caracol vacío, para llevárselo a la oreja y escuchar otro oleaje, otro mar, otros tiempos, otros nombres...
 
 
Miguel Ángel Asturias (Guatemala, 1899-1974), Obtuvo el premio Nobel en 1967.

jueves, 29 de noviembre de 2018

Otoño: HELENA, de Odysseas Elytis

"Es el aire húmedo, la hora del otoño, la separación..."

Con la primera gota de lluvia murió el verano
Se empaparon las palabras que dieron a luz brillo de estrellas
Todas las palabras que te tenían como único destino
Hacia dónde tenderemos nuestras manos ahora que el tiempo nos ignora
Hacia dónde lanzaremos la mirada ahora que las líneas lejanas naufragaron en
Las nubes
Ahora que tus párpados se cerraron sobre nuestros paisajes
Y estamos -como si la niebla nos hubiera traspasado- solos, completamente solos
Rodeados de tus imágenes muertas.

Con la frente en el cristal velamos el nuevo dolor
No será la muerte quien nos venza puesto que existes tú
Habrá un viento en otro sitio que te haga vivir plena
Que te vista de cerca como te viste de lejos nuestra esperanza
Ya que hay otro sitio
Una pradera de intenso verde más allá de tu risa cercana al sol,
A quien le digo en confianza, que volveremos a vernos
No encontraremos a la muerte, sino una gotita de lluvia otoñal
Un sentimiento empañado
El olor de la tierra del sur en nuestras almas
Que cada vez se alejan más.
Y si tu mano no está en nuestra mano
Y si nuestra sangre no está en las venas de tus sueños
Ni la luz en el cielo nítido
Ni la música invisible en nuestro interior, oh pasajera melancólica,
De cuantos nos retienen aún en el mundo
Es el aire húmedo, la hora del otoño, la separación
La superficie lacerante para el codo en el recuerdo
Que brota cuando la noche intenta separarnos de la luz
Tras la ventana cuadrada que ve hacia el dolor
Que no ve nada
Porque se volvió música, llama invisible, campana del gran reloj de pared
Porque se hizo ya,
Verso de un poema en otro verso de sonido paralelo
Al de la lluvia y las lágrimas y las palabras
Pero no como aquellas palabras, sino como éstas, cuyo destino único eres tú.



Odysseas Elytis (Grecia, 1911-1996).
Obtuvo el premio Nobel en 1979.
 
(Traducido al español por Natalia Moreleón).

miércoles, 28 de noviembre de 2018

OTOÑO, de Octavio Paz

"... toca su centro y lo suspende en luz que sonríe para nadie: ¡cuánta belleza suelta!"
 
En llamas, en otoños incendiados,
arde a veces mi corazón,
puro y solo. El viento lo despierta,
toca su centro y lo suspende
en luz que sonríe para nadie:
¡cuánta belleza suelta!

Busco unas manos,
una presencia, un cuerpo,
lo que rompe los muros
y hace nacer las formas embriagadas,
un roce, un son, un giro, un ala apenas;
busco dentro de mí,
huesos, violines intocados,
vértebras delicadas y sombrías,
labios que sueñan labios,
manos que sueñan pájaros...

Y algo que no sabe y dice nunca
cae del cielo,
de ti, mi Dios y mi adversario.
 
 
Octavio Paz (México, 1914-1998). Obtuvo el premio Nobel en 1990.

miércoles, 10 de octubre de 2018

Otoño: POEMA SEIS, de Pablo Neruda



Te recuerdo como eras el último otoño.
Eras la boina gris y el corazón en calma.
En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo
Y las hojas caían en el agua de tu alma.

Apegada a mis brazos como una enredadera,
las hojas recogían tu voz lenta y en calma.
Hoguera de estupor en que mi sed ardía.
Dulce jacinto azul torcido sobre mi alma.

Siento viajar tus ojos y es distante el otoño:
boina gris, voz de pájaro y corazón de casa
hacia donde emigraban mis profundos anhelos
y caían mis besos alegres como brasas.

Cielo desde un navío. Campo desde los cerros.
Tu recuerdo es de luz, de humo, de estanque en calma.
Más allá de tus ojos ardían los crepúsculos.
Hojas secas de otoño giraban en tu alma.


Pablo Neruda: Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto (Chile, 1904-1973).
Obtuvo el premio Nobel en 1971.

martes, 9 de octubre de 2018

Otoño: LA MONTAÑA DEL ALMA, de Gao Xingjian

"... en la superficie del lago ninguna ola, tan sólo reflejos, claros y brillantes, de colores tornasolados, que oscilan del rojo oscuro al púrpura..."

(Párrafo inicial del capítulo 19)

Una noche glacial, en pleno otoño. Una densa y profunda oscuridad inunda la extensión caótica primigenia, el cielo y la tierra, los árboles y las rocas se funden, la carretera es invisible, no puedes sino quedarte en el sitio sin poder mover los pies, el busto inclinado hacia delante, los brazos extendidos para tantear en esta noche negra, oyes moverse algo, pero no es el viento, es la oscuridad en la que no hay ni arriba ni abajo, ni izquierda ni derecha, ni lejos ni cerca, ni ningún orden determinado, te fundes totalmente con este caos, únicamente sabes que tu cuerpo posee un contorno, pero incluso este contorno se difumina poco a poco en tus pensamientos, un resplandor asciende en tu interior, como el brillo solitario de una vela en la oscuridad, su llama desprende luz pero no calor, una luz glacial que llena tu cuerpo, desborda sus contornos, esos contornos que conservas en el pensamiento, tus dos brazos se estrechan para preservar este fuego, esta conciencia glacial y transparente, tienes necesidad de esta sensación, te esfuerzas por protegerla, delante de ti aparece la superficie tranquila del lago y, en la orilla opuesta, se alzan unos bosquecillos de árboles, unos árboles que han perdido sus hojas y otros no despojados todavía del todo de ellas, de esbeltos álamos de los que cuelgan aún algunas hojas amarillas, de azufaifos de un negro metálico en los que sólo una o dos hojas de un amarillo pálido tiemblan al viento, de sebos de China de un color púrpura, frondosos unos, ralos otros, semejantes a unos cendales de niebla, en la superficie del lago ninguna ola, tan sólo reflejos, claros y brillantes, de colores tornasolados, que oscilan del rojo oscuro al púrpura, pasando por el anaranjado, el amarillo pastel, el verde oscuro, el pardo ceniciento, el blanco lunar, en diferentes niveles, reflexionas intensamente y luego de súbito los colores desaparecen para fundirse en innumerables matices de gris, de negro y de blanco de distintas tonalidades, como una vieja foto en blanco y negro, de la que sólo las figuras permanecieran nítidas, mejor sería decir que en vez de en la tierra estás en otro espacio, conteniendo el aliento observas la imagen de tu propio cuerpo, todo está sumido en una gran calma, una calma tal que resulta inquietante, y tienes la impresión de que se trata de un sueño, que no hay que inquietarse, pero no puedes evitar hacerlo, justamente porque la calma es demasiado perfecta, una calma excepcional.

Gao Xingjian (Chino nacionalizado francés, 1940).
Obtuvo el premio Nobel en 2000.

(Traducido al español por Liao Yanping y José Ramón Monreal).

lunes, 8 de octubre de 2018

Otoño: LAS MUERTAS GUITARRAS, de Salvatore Quasimodo

"En verdad, es otoño: desgarradas en el viento las muertas guitarras alzan sus cuerdas..."

Mi tierra está sobre los ríos fundida con el mar,
no existe otro lugar de voz tan lenta,
donde vagan mis pies
entre juncos sobrecargados de caracoles.
En verdad, es otoño: desgarradas en el viento
las muertas guitarras alzan sus cuerdas
sobre la boca negra y una mano agita los dedos
de fuego.
 
En el espejo de la luna
se peinan muchachas con pechos de naranja.
 
¿Quién llora? ¿Quién fatiga los caballos en el aire
rojo? Nos detendremos en esta orilla
a lo largo de urdimbres de hierba y tú, amor,
no me lleves delante de ese espejo
infinito: en él se contemplan muchachos
que cantan y árboles altísimos, y aguas.
¿Quién llora? Yo no, créeme, sobre los ríos
discurren exasperados chasquidos de un látigo,
los oscuros caballos y los relámpagos de azufre.
Yo no, mi raza posee cuchillos
que arden y lunas y heridas que queman.
 
 
Salvatore Quasimodo (Italia, 1901-1968).
Obtuvo el premio Nobel en 1959.
 
(Traducido al español por Franco Mogni).

domingo, 7 de octubre de 2018

Otoño: DESCIENDE, MOISÉS, de William Faulkner

"Aquel techo, las dos semanas que cada otoño habían pasado bajo él, se había convertido en su hogar."

El otoño del delta
 
(Fragmento)

Habían tenido una casa en un tiempo. Aquel techo, las dos semanas que cada otoño habían pasado bajo él, se había convertido en su hogar. Y, pese a que desde aquel tiempo hubieran vivido las dos semanas de otoño bajo tiendas y no siempre en el mismo sitio un año y el siguiente, pese a que en la actualidad sus compañeros fueran los hijos e incluso los nietos de aquellos con quienes vivió en la casa, pese a que la casa misma no existiera ya, la convicción, el sentimiento de hallarse en el hogar se había sencillamente transferido al ámbito interior de aquella lona. Poseía una casa en Jefferson, en la cual tuvo en un tiempo una mujer y unos hijos, perdidos ya, y al cuidado de ella estaba ahora la sobrina de su mujer muerta y su familia, y él se sentía cómodo en ella, pues sus deseos y necesidades eran atendidos por una sangre emparentada al menos con la sangre elegida por él de entre la tierra entera para amar. Pero el tiempo que pasaba en ella era a la espera de noviembre, pues aquella tienda de suelo embarrado y cama sin demasiada blandura ni abrigo era su hogar, y aquellos hombres -a algunos de ellos no los veía sino aquellas dos semanas- era más su familia que ningún otro pariente. Porque aquélla era su tierra...


William Faulkner (Estados Unidos, 1897-1962).
Obtuvo el premio Nobel en 1949.

viernes, 5 de octubre de 2018

Otoño: NARCISO Y GOLDMUNDO, de Hermann Hesse


Párrafos sobre el otoño

(Capítulo I)

En la época en que son más cortas las noches, hacía surgir de entre la fronda los pálidos rayos verdeclaros de sus extrañas flores, cuyo áspero olor evocaba recuerdos y oprimía. Y en octubre, recogida la uva y las otras frutas, caían de su copa amarillenta, al soplo del viento del otoño, los espinosos erizos, que no todos los años llegaban a la madurez, y que los rapaces del convento se disputaban y el subprior Gregorio, oriundo de Italia, asaba en la chimenea de su celda. Exótico y tierno, el hermoso árbol mecía ante la puerta del convento su copa, huésped delicado y friolento venido de otras regiones, pariente secreto de las esbeltas y mellizas columnas de arenisca de la entrada y de los adornos, labrados en piedra, de ventanas, cornisas y pilares, amado de los italianos y otra gente latina, y pasmo, por extranjero, de los naturales del país.

(Capítulo VII)

Cierta vez, cuando ya llevaba uno o dos años de andar de camino, llegó Goldmundo a la mansión de un caballero acomodado que tenía dos hijas bellas y jóvenes. Era por los comienzos del otoño, las noches pronto serían frías, bien las había probado el otoño y el invierno anteriores; no sin inquietud pensaba en los meses que iban a venir porque en invierno era duro el peregrinar. Pidió de comer y albergue para la noche. Fue acogido con amabilidad; y como el caballero oyese decir que el forastero había hecho estudios y sabía griego, lo mandó llamar de la mesa de los criados a la propia y lo trató casi como a un igual. Las dos hijas permanecían con los ojos bajos, la mayor tenía dieciocho años, la menor apenas dieciséis: Lidia y Julia.

(Capítulo VIII)

En aquel otoño perduró largamente el follaje de los altos fresnos del patio y en el jardín siguió habiendo ámelos y rosas por mucho tiempo.

(Capítulo X)

Todo retornaba y retornaba, lo que él creía ya conocer tan bien, todo retornaba y, no obstante, era cada vez otra cosa: el largo vagar por campos y prados o por los caminos empedrados, el dormir en el bosque estival, el andar despacioso por las aldeas tras de los grupos de mozas que volvían, enlazadas de las manos, de remover el heno o de recoger el lúpulo, el primer aguacero del otoño, las primeras, malignas heladas... todo retornaba, una vez, dos veces, la colorida cinta corría inacabablemente ante sus ojos.
 
(Capítulo XIV)
 
Había transcurrido el verano. Muchos afirmaban que con el otoño, o al menos con la llegada del invierno, concluiría la epidemia. Fue aquel un otoño sin alegría.
 
(Capítulo XVI)

Aunque aquel venturoso idilio con Inés durara poco y condujera a la perdición, hoy por hoy florecía, y él no podía renunciar al menor de sus goces. No quería ver a nadie ni que le distrajeran; quería pasar al aire libre aquel plácido día de otoño, bajo los árboles y las nubes. A María le dijo que tenía el propósito de hacer una excursión por el campo y que retornaría tarde, que le diera un buen trozo de pan y que no se quedara esperándolo por la noche. Ella no respondió nada, le llenó el bolsillo de pan y manzanas, le cepilló el viejo sayo, cuyos rasgones había zurcido el primer día, y lo dejó partir.
 
(Capítulo XVI)
 
Debía despedirse de la bella Inés; nunca más vería su gallarda figura, su espléndida cabellera rubia, sus ojos fríos y azules, nunca más aquel debilitarse y vacilar del orgullo en sus ojos, nunca más el vello dorado de su piel perfumada. ¡Adiós, ojos azules, adiós boca húmeda y palpitante! Había abrigado la esperanza de besarla muchas veces más. Hoy mismo, allá en las colinas, al sol del otoño, ¡cuánto había pensado en ella, cómo se había sentido unido a ella, cómo la había anhelado! Pero también tenía que despedirse de las colinas, del sol, del cielo azul con sus nubes blancas, de los árboles y bosques, de los viajes, de las horas del día y de las estaciones del año.

 Hermann Hesse
(Alemán nacionalizado suizo, 1877-1962). Obtuvo el premio Nobel en 1946.

miércoles, 3 de octubre de 2018

Otoño: EL OTOÑO DEL PATRIARCA, de Gabriel García Márquez

"... cuando se convenció en el reguero de hojas amarillas de su otoño que nunca había de ser el dueño de todo su poder..."

(Fragmento del capítulo final)

… había sabido desde sus orígenes que lo engañaban para complacerlo, que le cobraban por adularlo, que reclutaban por la fuerza de las armas a las muchedumbres concentradas a su paso con gritos de júbilo y letreros venales de vida eterna al magnífico que es más antiguo que su edad, pero aprendió a vivir con esas y con todas las miserias de la gloria a medida que descubría en el transcurso de sus años incontables que la mentira es más cómoda que la duda, más útil que el amor, más perdurable que la verdad, había llegado sin asombro a la ficción de ignominia de mandar sin poder, de ser exaltado sin gloria y de ser obedecido sin autoridad cuando se convenció en el reguero de hojas amarillas de su otoño que nunca había de ser el dueño de todo su poder, que estaba condenado a no conocer la vida sino por el revés, condenado a descifrar las costuras y a corregir los hilos de la trama y los nudos de la urdimbre del gobelino de ilusiones de la realidad sin sospechar ni siquiera demasiado tarde que la única vida vivible era la de mostrar, la que nosotros veíamos de este lado que no era el suyo mi general, este lado de pobres donde estaba el reguero de hojas amarillas de nuestros incontables años de infortunio y nuestros instantes inasibles de felicidad, donde el amor estaba contaminado por los gérmenes de la muerte pero era todo el amor mi general, donde usted mismo era apenas una visión incierta de unos ojos de lástima a través de los visillos polvorientos de la ventanilla de un tren, era apenas el temblor de unos labios taciturnos, el adiós fugitivo de un guante de raso de la mano de nadie de un anciano sin destino que nunca supimos quién fue, ni cómo fue, ni si fue apenas un infundio de la imaginación, un tirano de burlas que nunca supo dónde estaba el revés y dónde estaba el derecho de esta vida que amábamos con una pasión insaciable que usted no se atrevió ni siquiera a imaginar por miedo de saber lo que nosotros sabíamos de sobra que era ardua y efímera pero que no había otra…

 
Gabriel García Márquez (Colombiano fallecido en México, 1927-2014).
Obtuvo el premio Nobel en 1982.

martes, 2 de octubre de 2018

Otoño: TUS OJOS QUE ANTAÑO NUNCA SE CANSARON DE LOS MÍOS, de William Butler Yeats


"Aunque nuestro amor se desvanezca, permanezcamos junto al borde solitario de este lago..."
 
«Tus ojos que antaño nunca se cansaron de los míos,
se inclinan hoy con pesar bajo tus párpados oscilantes
porque nuestro amor declina».

Y responde ella:

«Aunque nuestro amor se desvanezca,
permanezcamos junto al borde solitario de este lago,
juntos en este momento especial
en el que la pasión, pobre criatura cansada, cae dormida.
¡Qué lejanas parecen las estrellas,
y qué lejano nuestro primer beso,
y qué viejo parece mi corazón!».
 
Pensativos caminan por entre marchitas hojas,
mientras él, lentamente, sosteniendo la mano de ella, replica:
«La Pasión ha consumido con frecuencia
nuestros errantes corazones».
 
Los bosques les rodeaban, y las hojas ya amarillas
caían en la penumbra como desvaídos meteoros,
entonces un animalillo viejo y cojo renqueó camino abajo.
Sobre él, cae el otoño; y ahora ambos se detienen
a la orilla del solitario lago una vez más.
Volviéndose, vio que ella había arrojado unas hojas muertas,
húmedas como sus ojos y en silencio recogidas
sobre su pecho y su pelo.
 
«No te lamentes», dijo él, «que estamos cansados
Porque otros amores nos esperan,
odiemos y amemos a través del tiempo imperturbable,
ante nosotros yace la eternidad,
nuestras almas son amor y un continuo adiós».

 

W. B. Yeats: William Butler Yeats (Irlanda, 1865-1939). Obtuvo el premio Nobel en 1923.

lunes, 1 de octubre de 2018

Otoño: ELIAS PORTOLU, de Grazia Deledda

"El rebaño pacía a los lejos. Algún gracioso corderillo de otoño, (...) balaba con lamentos de niño mimado."

(Fragmento inicial del capítulo VI)
 
Avanzaba el otoño, trayendo una dulce melancolía a la tanca. En los días vaporosos, el paisaje parecía más amplio, con misteriosos confines más allá del límite velado del horizonte. Y una soledad más intensa gravitaba sobre los campos; los árboles, las piedras, las matas, adquirían cierta gravedad, como si también ellos sintieran la tristeza otoñal. Grandes cuervos lentos y melancólicos surcaban el cielo pálido. La hierba otoñal renacía en los rastrojos ennegrecidos por las abundantes lluvias caídas últimamente.
 
En uno de estos días velados, todavía tibios, pero tristes, Elías se encontraba solo sentado junto a la cabaña. Leía uno de sus acostumbrados libritos de plegarias y de meditaciones. El rebaño pacía a los lejos. Algún gracioso corderillo de otoño, blanco como la nieve, balaba con lamentos de niño mimado.
 
Elías leía y esperaba a tío Martinu Monne, al que había mandado llamar para pedirle un consejo.
 
 
Grazia Deledda (Italia, 1871-1936). Obtuvo el premio Nobel en 1926.
 
(Traducido al español por José Miguel Velloso).

domingo, 30 de septiembre de 2018

Otoño: NUDO DE VÍBORAS, de François Mauriac

"Porque nos despertamos en pleno otoño y los racimos, donde mora aún y brilla un poco de lluvia..."

(Fragmento del capítulo dieciocho)

Los olmos de los caminos y los álamos de la llanura dibujaban grandes planos superpuestos, y entre sus líneas sombrías se acumulaba la niebla y el humo de las hierbas quemadas y ese inmenso aliento de la tierra que ha bebido. Porque nos despertamos en pleno otoño y los racimos, donde mora aún y brilla un poco de lluvia, no encontrarán lo que les ha frustrado el agosto lluvioso. Para nosotros tal vez no sea nunca demasiado tarde. Tengo necesidad de repetirme que nunca es demasiado tarde.
 
Al día siguiente de mi vuelta penetré, y no por devoción, en la alcoba de Isa. El no hacer nada, esa disponibilidad total de la que no sé si gozo o sufro en el campo, esto sólo, me incitó a empujar la puerta entreabierta, la primera al lado de la escalera, a la izquierda. No solamente la ventana estaba abierta de par en par, sino también el armario y la cómoda. La servidumbre había abandonado la habitación y el sol devoraba, hasta en los más pequeños rincones, los restos impalpables de un destino acabado. La tarde de septiembre zumbaba de moscas sin sueño. Los tilos, tupidos y redondos, parecían frutos maduros. El cielo, oscuro en el cénit, palidecía sobre las colinas dormidas. Vibró la risa de una joven a quien no veía. Los anchos sombreros contra el sol se movían a ras de las viñas. Había comenzado la vendimia.
 
 
François Mauriac (Francia, 1885-1970). Obtuvo el premio Nobel en 1952.
 
(Traducido del francés por Fernando Gutiérrez).

sábado, 29 de septiembre de 2018

Cervantes y Mafalda nacieron el mismo día

 
El 29 de septiembre de 1547, nació el autor del célebre Don Quijote de la Mancha. Muchos años después, siglos más bien, en la misma fecha de 1964, comenzó a publicarse en la revista Primera Plana en Argentina, la tira cómica de Mafalda, creación de Joaquín Salvador Lavado, quien firmaba como Quino, apelativo afectuoso de Joaquín.

No faltará quien considere irreverente referirse a una de las obras maestras de la literatura universal al mismo tiempo que a un sencillo dibujo. Sin embargo, me parece que ambos son el reflejo de su respectiva época y con espléndido sentido del humor retratan la realidad desde una perspectiva irónica. De manera, pues, que me he tomado la libertad de reunir algunas frases que volvieron célebres a Don Quijote y a Quino -ambos comparten la inusual letra Q como inicial de su nombre-, en las que se pueden encontrar algunos puntos de contacto.

Por ejemplo, Don Quijote decía que "La virtud es más perseguida por los malos que amada de los buenos", de manera que "la senda de la virtud es muy estrecha y el camino del vicio, ancho y espacioso".

En tanto que Mafalda exclama, con su típico desenfado (leyendo un libro): "Debes seguir siempre la senda del bien. Lógico... ¡Con el embotellamiento que debe haber en la autopista del mal!".

"Cada uno es como Dios lo hizo, y aun peor muchas veces", decía Don Quijote mientras que a Mafalda le preocupaba una posibilidad: "¿Y no será que en este mundo hay cada vez más gente y menos personas?".

Para Don Quijote, "los deseos se alimentan de esperanzas". Por su parte, Mafalda se pregunta: "¿Y si en vez de planear tanto voláramos más alto?".

Aseguraba Don Quijote que: "El sueño es alivio de las miserias para los que sufren despiertos." Y en boca de Felipe, el ingenuo amigo de Mafalda: "He decidido enfrentar a la realidad, así que en cuanto se ponga linda me avisan".

Estas son algunas reflexiones, media docena para ser exacto, que aparecen en El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha:

"Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de las dádivas, sino con el de la misericordia."

"Los males que no tienen fuerza para acabar con la vida, no han de tenerla para acabar con la paciencia."

"Por la calle del ya voy se va a la casa del nunca."

"Amor y deseo son dos cosas diferentes; no todo lo que se ama se desea, no todo lo que se desea se ama."

"Cada uno es artífice de su ventura."

"La alabanza propia envilece."

Y ahora, otras tantas, de Mafalda:

"¿No sería más progresista preguntar dónde vamos a seguir, en ves de dónde vamos a parar?"

"Como siempre: lo Urgente no deja tiempo para lo Importante."

Resulta que si uno no se apura a cambiar el mundo, después es el mundo el que lo cambia a uno!"

"No es cierto que todo tiempo pasado fue mejor. Lo que pasaba era que los que estaban peor todavía no se habían dado cuenta."

"La vida es linda, lo malo es que muchos confunden lindo con fácil."

Para concluir con una frase ya clásica:

Paren el mundo que me quiero bajar!"


Jules Etienne

viernes, 28 de septiembre de 2018

Septiembre: EL PERFUME, de Patrick Süskind

"Las fragancias del jardín le rodearon, claras y bien perfiladas, como las franjas policromas de un arco iris."

(Párrafo del capítulo 35)

Volvió a cerrar los ojos. Las fragancias del jardín le rodearon, claras y bien perfiladas, como las franjas policromas de un arco iris. Y la más valiosa, la que él buscaba, figuraba entre ellas. Grenouille se acaloró de gozo y sintió a la vez el frío del temor. La sangre le subió a la cabeza como a un niño sorprendido en plena travesura, luego le bajó hasta el centro del cuerpo y después le volvió a subir y a bajar de nuevo, sin que él pudiera evitarlo. El ataque del aroma había sido demasiado súbito. Por un momento, durante unos segundos, durante toda una eternidad, según se le antojó a él, el tiempo se dobló o desapareció por completo, porque ya no sabía si ahora era ahora y aquí era aquí, o ahora era entonces y aquí era allí, o sea la Rue des Marais en París, en septiembre de 1753; la fragancia que llegaba desde el jardín era la fragancia de la muchacha pelirroja que había asesinado. El hecho de volver a encontrar esta fragancia en el mundo le hizo derramar lágrimas de beatitud... y la posibilidad de que no fuera cierto le dio un susto de muerte.
 
 
Patrick Süskind (Alemania. 1949).

jueves, 27 de septiembre de 2018

Septiembre: TE AMO AHÍ CONTRA EL MURO DESTRUIDO..., de Homero Aridjis


Te amo ahí contra el muro destruido
contra la ciudad y contra el sol y contra el viento
contra lo otro que yo amo y se ha quedado
como un guerrero entrampado en los recuerdos

Te amo contra tus ojos que se apagan
y sufren adentro esta superficie vana
y sospechan venganzas
y muertes por desolación o por fastidio

Te amo más allá de puertas y esquinas
de trenes que se han ido sin llevarnos
de amigos que se hundieron ascendiendo
ventanas periódicas y estrellas

Te amo contra tu alegría y tu regreso
contra el dolor que astilla tus seres más amados
contra lo que puede ser y lo que fuiste
ceremonia nocturna por lugares fantásticos

Te amo contra la noche y el verano
contra la luz y tu semejanza silenciosa
contra el mar y septiembre y los labios que te expresan
contra el humo invencible de los muertos.


Homero Aridjis (México, 1940).

martes, 25 de septiembre de 2018

Septiembre: RECUERDO DE MARIE A., de Bertolt Brecht


1

En aquel día de luna azul de septiembre
en silencio bajo un joven ciruelo
estreché a mi pálido amor callado
entre mis brazos como un sueño bendito.
Y por encima de nosotros en el hermoso cielo estival
había una nube, que contemplé mucho tiempo;
era muy blanca y tremendamente alta
y cuando volví a mirar hacia arriba, ya no estaba.

2

Desde aquel día muchas, muchas lunas
se han zambullido en silencio y han pasado.
Los ciruelos habrán sido arrancados
y si me preguntas ¿qué fue de aquel amor?
entonces te contesto: no consigo acordarme,
pero aun así, es cierto, sé a qué te refieres.
Aunque su rostro, de verdad, no lo recuerdo,
ahora sé tan sólo que entonces la besé.

3

Y también el beso lo habría olvidado hace tiempo
de no haber estado allí aquella nube;
a ella sí la recuerdo y siempre la recordaré,
era muy blanca y venía de arriba.
Puede que los ciruelos todavía florezcan
y que aquella mujer tenga ya siete hijos,
pero aquella nube floreció sólo algunos minutos
y cuando miré a lo alto se estaba desvaneciendo en el viento.


Bertolt Brecht (Alemania, 1898-1956).

(Traducido al español por Jesús Munárriz y Jenaro Talens).

lunes, 24 de septiembre de 2018

Equinoccio: LA SOLEDAD DEL HALCÓN

"El horizonte se hallaba sumido entre nubarrones que parecían reclamar el fin del verano."

(Fragmento del primer capítulo: Las cabezas de la hidra)

Tuvo que correr hacia el automóvil porque una lluvia aún tímida amenazaba conver- tirse en chubasco. El horizonte se hallaba sumido entre nubarrones que parecían reclamar el fin del verano. Manejó de regreso hasta el hotel y después de cenar se recluyó en su habitación. No estaba de humor para salir a pasear por el pueblo y el clima tampoco invitaba a hacerlo.
 
Magdalena llamaba El Godo a su perro. Lo había dejado en casa de sus padres, en Valle Dorado, cuando se mudó al departamento de Coyoacan que rentaron juntos. Por eso, Emilio había coincidido en raras ocasiones con él y le sorprendió al verse maltratándolo. Se escuchaba un incesante tamborileo mientras lo pateaba sin respiro
hasta el cansancio, el perro abría el hocico y babeaba pero sin emitir un solo aullido de dolor o reclamo. Ante cada nuevo golpe se revolcaba sobre la superficie de una calle rústica, empedrada y polvosa. Desde la esquina asomaba su cara impávida una iguana que atestiguaba la escena. Creyó adivinar cierto rencor en su mirada. Despertó empapado en su propia angustia transpirada. La lluvia se estrellaba furiosa contra los cristales de las ventanas. Eran poco más de las cuatro en la madrugada de ese domingo que recibía al equinoccio de otoño.

Jules Etienne

domingo, 23 de septiembre de 2018

Epigrama: EQUINOCCIO (El mono epigramático)


El brillo del sol se desvanece,

las nubes con lluvia amagan

y el viento las hojas mece,

las voces del verano se apagan.
 
 
Jules Etienne

El mono epigramático

sábado, 22 de septiembre de 2018

EQUINOCCIO (del poemario Mitología del Olvido)


Eres lluvia que me habla al oído
resbala por el cristal de la tarde
con el leve aroma de tu aliento,
trazo impaciente sobre el vaho
que exhala un ademán de espera.

De las últimas nubes estivales
desprende un susurro obstinado,
como mis manos cuando te buscan
como mi boca que no se cansa de nombrarte
humedad que me embriaga
cuando se asoma a la ventana de tu risa.

Mañana llegará el otoño:
seré deseo inventando una caricia
seré la noche mirándote dormir.


Jules Etienne