English Bay: comienza el otoño en Vancouver. (Fotografía de Jules Etienne)

viernes, 17 de septiembre de 2021

Venecia: VENECIA EN GUERRA, de Maurice Barrès

"Reposo encantador de la ciudad azul y rosa, suave como un plumón de pájaro, en medio de su laguna lechosa."

(Fragmento del capítulo X)

Aquí está la ciudad muy nítida, sus islas, sus islotes, el mar y nuestra sombra nos sigue por las aguas como un gran pez. Venecia, tesoro glorioso, ocupa el centro de espacios soleados por el ocaso y que envuelve la bruma. Reposo encantador de la ciudad azul y rosa, suave como un plumón de pájaro, en medio de su laguna lechosa. ¡Qué desgracia ser, sobre esta tranquilidad, un pájaro tan ruidoso!

Respiro el aire marino, el aire de las cimas y luego el éxtasis de la magia. Pasamos por encima del jardín que tanto me había gustado en la víspera.

Entre cincuenta manuscritos, bajo el polvo de antes de la guerra, tengo un viejo trabajo imperfecto acerca de los jardines de Venecia. Cuántas investigaciones hice para nombrarlos; el de la Giudecca lleno de rosas; el que no está lejos de la estación, el… Pero, olvidemos; abandonémonos al placer presente, al placer de tomar una inteligencia perfecta de las formas de Venecia, de su Gran Canal que serpentea y de toda la redecilla de los canales menores. Mi mirada se sumerge maravillada a través de los rayos del sol y los vapores del agua en la Plaza de San Marcos y en los diversos cortes al fondo de los cuales se agita el encantador pueblo llano. Venecia misma, en esa inmensidad clara, parece una frágil criatura de la que creo sentir la respiración, la delicada palpitación. Pero ya se acaba el saborear el placer de los pájaros. El prado ha reaparecido. Liliputienses blancos corren por la hierba, han asido las cuerdas lanzadas, de nuevo somos prisioneros de la gente de la tierra.

 
Maurice Barrès (Francia, 1862-1923).

jueves, 16 de septiembre de 2021

Venecia: MONNA VANNA, de Maurice Maeterlinck


Acto primero
(Sala en el palacio de Guido Colonna)

Escena primera

Guido y sus lugartenientes Borso y Torello, cerca de una ventana abierta por donde se divisa la campaña pisana.

GuidoLa extremidad a que estamos reducidos ha obligado al Consejo* a confe- sarme los desastres que nos había ocultado. Los dos ejércitos que Venecia enviaba a nuestra ayuda, los han sitiado ya los florentinos, en Bibiena al primero, al otro en Elci. Las gargantas de la Vernia, de Chiusi y Montalone, Arezzo y todas las salidas del Casentino están en poder del enemigo. Nos hallamos aislados del resto de la tierra, y estamos sin defensa a merced de los odios de Florencia, que no perdona nunca si no tiembla. Los soldados y el pueblo todavía ignoran estos males; mas son cada momento más serios y alarmantes los rumores. ¿Qué harán cuando conozcan lo que pasa? Su ira y su terror desesperado caerán sobre nosotros y el Consejo… Ya su exasperación llega al delirio por tres meses de sitio, de inútil heroísmo, de hambre y sufrimientos como pocas ciudades han sufrido. La única esperanza que aún mantiene su irritada obediencia, pronto va a desplomarse sobre ellos; vendrá la rebelión, el enemigo… y luego el fin de Pisa...

Borso: Mis hombres nada tienen; ni una flecha les queda, ni una bala, y en vano volcarían en los sótanos todos los toneles para encontrar alguna pólvora.

Torello: Ayer lancé nuestra última metralla contra las baterías de San Antonio y de la torre de Stampace; y, como sólo tienen sus espadas, los mismos estradiotas se niegan a acercarse a las murallas.

Borso: Mirad de aquí la brecha que han abierto las balas de Prinzívalo en los muros que defendían los auxiliares venecianos… Tiene cincuenta brazas; un rebaño completo de carneros podría pasar por ella… ¿Quién puede resistir? Los romañoles, esclavos y albaneses me han declarado ya que están resueltos a desertar en masa, si no capitulamos esta noche.

Guido: El Consejo, en los últimos diez días, ha enviado a tres ancianos del colegio para capitular; ninguno ha vuelto…

Maurice Maeterlinck (Belga fallecido en Francia, 1862-1949).
Obtuvo el premio Nobel en 1911.

* Es probable que en esta versión la palabra italiana Consiglio haya sido traducida como Consejo, lo que sería correcto, pero la acepción Concilio, que proviene del mismo término, tal vez fuese más adecuada.

La ilustración corresponde a la película muda que adaptó en 1922 el drama lírico original.

miércoles, 15 de septiembre de 2021

Venecia: LOS NIÑOS, de Edith Wharton

"... podían acercarse hasta la Piazza para tomar un helado en el Florian y dar luego una vuelta por el Canal..."

(Fragmento del capítulo VI)

Los tres amigos se sentaron después de cenar en la terraza del apartamento de los Wheater, sobre el Gran Canal repleto de góndolas y salpicado de luces, aba- rrotado de veloces lanchas a motor que dejaban una estela de ondas y volutas de cristal. No había nada que hacer en Venecia al principio de la temporada, según Cliffe; la ciudad estaba muerta como una tumba. Pero les venía bien para reunirse con los niños y pasar unos días con ellos antes de mandarlos a Engadine o a Leysin. Además, los Wheater iban a recoger su nuevo yate a vapor; el Niña Bonita: una auténtica preciosidad. Tenían pensado hacer un breve crucero antes de salir para Cowes, y Venecia era un buen lugar para recoger la embarcación. Por cierto, si a Boyne le apetecía, podían acercarse hasta la Piazza para tomar un helado en Florian y dar luego una vuelta por el Canal… No era un plan apasionante, pero Cliffe no podía proponer nada mejor, dadas las circunstancias. Sin embargo, Boyne dijo que podían quedarse donde estaban; y Joyce, encogiéndose de hombros y haciendo resbalar el tirante del vestido por su hombro blanco, observó que Cliffe nunca «podía» quedarse donde estaba, pero que nadie le impedía arrasar Venecia si eso era lo que le apetecía…

¿Cómo voy a arrasar nada en esta época del año? Aquí no hay más que chicos con sus guías de viaje y solteronas que se hacen fotos dando de comer a las palomas. Los hoteles están llenos de viejas… Oye, dime una cosa, sobre el asunto del preceptor. ¿No has conocido a nadie en tus viajes que pudiera valer, Martin? ¿Algún universitario?

Martin creía que no; pero la señora Wheater, levantando el brazo para lanzar el ci- garrillo al Canal, dijo:

Yo conozco a un preceptor.

Diablos… ¿tú? -preguntó su marido con una carcajada de incredulidad-. ¿Otro cigarro, amigo? Estos Coronas no están nada mal… los hacen especialmente para mí -desprendió la vitola dorada de un cigarro y acercó el encendedor.

Conozco a un preceptor -repitió la señora Wheater-. Es la persona perfecta, si logramos convencerlo para que acepte el trabajo.

¡Hay que ver! ¿De dónde lo has sacado?

Joyce guardó silencio un instante, antes de decir:

He recorrido los museos con él. Es la primera vez que vengo a Venecia. Fanny Tradeschi lo trajo de Inglaterra como preceptor de sus hijos, pero como se aburría mucho aquí se marchó corriendo a París y lo dejó tirado. Se llama Ormerod… Gerald Ormerod. Será todo un privilegio para Terry, si logramos convencerlo…


Edith Wharton (estadounidense fallecida en Francia, 1862-1937).

(Traducido al español por Catalina Martínez Muñoz).

lunes, 13 de septiembre de 2021

Venecia: EL LEÓN DE DAMASCO, de Emilio Salgari


(Fragmento del capítulo 2: La sobrina de Ali-Bajá)

- ¡Un cristiano! -exclamó la turca, sorprendida-. ¿A quién?

- Al vizconde Gastón Le Hussière -replicó la duquesa.-. ¿Ese francés que luchó por la República de Venecia?

- Sí, señora. 

- ¿Por qué razón el León de Damasco tiene interés en ese maldito giaurro?*

- Lo desconozco.

- ¿Acaso se habrá quebrantado su fe como buen seguidor de Mahoma?

- Me parece que no.

- ¡Considero demasiado generoso al León de Damasco!

- ¡Querrás decir caballeroso!

- En un turco ese nombre no va muy bien -contestó la sobrina del bajá-. ¿Qué pretenderá hacer con ese hombre?

- No te lo sabría decir. No obstante, creo que desea mandarle como embajador a Venecia.


(Fragmento del capítulo 12: ¡Fuego! ¡Fuego!)

- ¡No, Gastón; no hables! -suplicó Leonor-.¡De ello depende vuestra curación!

- ¡No!… -dijo el vizconde-. ¡No quiero!

- ¿Qué deseas, Gastón? -inquirió la duquesa.

- ¡Ámame! -suspiró el vizconde-. ¡Qué la muerte me llegue contemplándote… así…, igual que aquella noche… en Venecia!…

- ¡No habléis! -insistió por tercera vez el médico-. ¡Debo responder con mi cabeza de vuestra curación! 

En aquel instante lanzaron una tremenda exclamación los centinelas que paseaban sobre cubierta.

Emilio Salgari (Italia, 1862-1911).

* Giaurro es una antigua expresión italiana hoy en desuso, aplicada a los turcos que confrontaban a los cristianos.

Las ilustraciones corresponden a un cartel de la adaptación cinematográfica en español de la novela y a la portada de un volumen autoría de Emilio Salgari que incluye El capitán Tormenta, predecesora de El león de Damasco.

domingo, 12 de septiembre de 2021

Venecia: RELATO DE UN DESCONOCIDO, de Antón Chéjov

"Permanecía horas enteras frente a la tumba de Canova, sin apartar la vista del afligido león."

(Fragmento del capítulo XV)

En Venecia tuve dolores pleuríticos. Probablemente me resfrié la noche en que, viniendo de la estación, atravesamos en barca los canales para llegar al hotel Bauer. Hube de guardar cama desde el día de la llegada, en total dos semanas. Mientras estuve enfermo, Zinaída Fiódorovna acudía todas las mañanas desde su habitación para desayunar en mi compañía y leerme libros franceses y rusos que habíamos comprado en Viena. Aquellas obras me eran conocidas o no me interesaban; pero, como cerca de mí resonaba una voz amada y bondadosa, el contenido de todas ellas venía a reducirse a una misma cosa; no estaba solo. Ella salía de paseo, regresaba con su vestido gris claro y con su sombrerito de palmas, alegre, tostada por el sol de primavera, y, sentándose al lado de mi cama, con la cara cerca de la mía, me contaba algo relativo a la ciudad o me leía libros. Y yo me consideraba dichoso.

Por la noche sentía frío, dolores y aburrimiento, pero de día me saturaba de vida. Creo que es la expresión más adecuada. El sol radiante y cálido que penetraba por las ventanas y por el balcón, los gritos abajo, el chapoteo de los remos, el repique de las campanas, el retumbante tronido de cañón a mediodía y la sensación de libertad plena y completa, obraron un milagro en mí. Me pareció poseer alas, unas alas anchas y poderosas que me llevaban Dios sabe adónde. ¡Y qué encanto, qué júbilo encerraba a veces la idea de que junto a mi vida discurría ahora otra vida, de que yo era ahora siervo, guardián, amigo y compañero indispensable de una criatura joven, hermosa y rica, pero débil, ofendida y sola! Hasta estar enfermo da gusto cuando sabes que hay alguien que espera tu restablecimiento como se espera una fiesta. En cierta ocasión, oí a Zinaída Fiódorovna cuchichear con el médico en el pasillo, y luego la vi entrar con ojos de haber llorado. Aunque era mala señal, me emocioné y sentí un extraordinario alivio espiritual.

Pero por fin se me permitió salir al balcón. El sol y la leve brisa marina acariciaban mi cuerpo enfermo. Yo contemplaba las famosas góndolas, que navegaban con gracia femenina, serenas y altaneras, y parecían vivir y sentir toda la magnificencia de aquella cultura, original y sugestiva. Olía a mar. En algún lugar cercano tocaban un instrumento de cuerda y cantaban a dos voces. ¡Qué delicia! ¡Qué distinto de aquella noche de Petersburgo en que el viento, saturado de aguanieve, me azotaba la cara con tanta violencia! Mirando canal adelante, se divisaba el golfo, y en el ancho horizonte el sol arrancaba al agua tan brillantes destellos, que dañaban la vista. Mi espíritu volaba hacia allá, hacia los adorables mares a los que había ofrendado mi juventud. ¡Ansiaba vivir! ¡Vivir y nada más!

A las dos semanas pude salir a la calle. Me gustaba tomar el solecito, oír la incom- prensible charla de los gondoleros y contemplar horas enteras la casa donde se afirma que vivió Desdémona, una casita sencilla y humilde, de aspecto virginal, sutil como el encaje, tan liviana que uno piensa que podría moverla de su sitio con una sola mano. Permanecía horas enteras ante la tumba de Canova, sin apartar la vista del afligido león. En el palacio de los Dogos me sentía atraído hacia el rincón donde embadurnaron de negro al infeliz Marino Faliero. ¡Qué felicidad ser pintor, poeta o dramaturgo!, me decía a mí mismo. Mas ya que nada de esto me era accesible, hubiera querido caer en el misticismo. ¡Qué a propósito hubiera venido un ápice de religión para complementar el plácido sosiego y la satisfacción que llenaban mi alma!


Antón Chéjov (Ruso fallecido en Alemania, 1860-1904). 

sábado, 11 de septiembre de 2021

Venecia: DE CÓMO EL BRIGADIER GERARD PERDIÓ UNA OREJA, de Arthur Conan Doyle

"... y aquí estoy yo, el ultimo de ellos, bebiendo vino de Suresnes y contando viejas historias en un café."

(Fragmento inicial)

Era el viejo brigadier quien estaba hablando en el café.

Amigos míos, he visto muchas ciudades. No me atrevería a decirles a cuántas he entrado como conquistador con ochocientos de mis pequeños demonios comba- tientes retumbando y tintineando detrás de mí. La caballería marchaba encabezando la Gran Armada, los húsares de Conflans delante de la caballería, y yo estaba al frente de los húsares. De todas las ciudades que visitamos, Venecia es la más mal construida y ridícula. No puedo imaginar cómo las personas que lo diseñaron pensaron que la caballería podría maniobrar. Murat o Lassalle confundirían a un escuadrón en ese cuadrado suyo. Por esta razón dejamos la brigada pesada de Kellermann y también mis propios húsares en Padua, en el continente. Aunque Suchet con la infantería controlaba la ciudad, y me había elegido como su ayudante de campo para ese invierno, porque estaba satisfecho con el asunto del maestro de esgrima italiano en Milán. El tipo era un buen espadachín, y fue una suerte para el crédito de las armas francesas que fui yo quien se le opuso. Además, merecía una lección, porque si a uno no le gusta el canto de una prima donna, siempre se puede quedar en silencio, pero resulta intolerable que se le haga una afrenta pública a una bella mujer. Así que las simpatías estaban conmigo, y después de que el asunto pasó y la viuda del hombre fue pensionada, Suchet me eligió como su propio jinete, y yo lo seguí a Venecia, donde tuve la extraña aventura que estoy a punto de contarles.

¿No ha estado usted en Venecia? No, porque es raro que los franceses viajen. Éramos grandes viajeros en aquellos días. De Moscú a El Cairo habíamos viajado a todas partes, pero íbamos en grupos más numerosos de lo que convenía a quienes visitamos, y llevábamos nuestros pasaportes en nuestros brazos. Será un mal día para Europa cuando los franceses empiecen a viajar de nuevo, pues tardan en salir de sus casas, pero cuando lo hayan hecho nadie podrá decir hasta dónde llegarán si tienen un guía como nuestro gran hombrecito para señalar el camino. Pero los grandes días se han ido y los grandes hombres han muerto, y aquí estoy yo, el último de ellos, bebiendo vino de Suresnes y contando viejas historias en un café.

Sin embargo, es de Venecia de lo que quiero hablarles. La gente de allí vive como ratas de agua en un cenagal, pero las casas son muy hermosas y las iglesias, especialmente la de San Marcos, son tan grandes como ninguna que haya visto. Pero sobre todo están orgullosos de sus estatuas y sus cuadros, que son los más famosos de Europa.

Arthur Conan Doyle (Inglaterra, 1859-1930).

La ilustración es obra de William Wollen para The Strand Magazine,
que publicó el relato en su número correspondiente al mes de agosto de 1902.

viernes, 10 de septiembre de 2021

Venecia: MEMORIAS DE ULTRA- TUMBA, de René de Chateaubriand

"... sobre el Bucentauro, en donde se da una fiesta y desde cuyo borde se ven cosas admirables."

(Fragmento inicial de Episodios)

Venecia, fonda de Europa, 10 de septiembre de 1833.

En Venecia puede uno creerse sobre la cubierta de una magnífica galera anclada, sobre el Bucentauro, en donde se da una fiesta y desde cuyo borde se ven alrededor cosas admirables. Mi habitación, en la fonda de Europa, está situada a la entrada del Gran Canal, enfrente de la Aduana del mar, de la Giudeca y de San Jorge Mayor, cuando una subre el Gran Canal entre las dos filas de sus palacios marcados por los siglos, tan variados en su arquitectura; cuando se traslada a la plaza Mayor y a la Menor, y contempla la basìlica y sus cúpulas, el palacio de los dux, las procurazie nuove, la Zecca, la torre del Reloj, la atalaya de San Marcos, la columna del León, mezclado todo eso a las velas y palos de los buques, al movimiento de la multitud y de las góndolas, al azul del cielo y el mar, no son más que fantásticos caprichos de un sueño o los juegos de una imaginación oriental. Algunas veces Cicéri pinta y reúne en un lienzo para  las ilusiones del teatro monumentos de todas las formas, de todos los tiempos, de todos los países, de todos los climas: esa es Venecia.


Françios Renè vizconde de Chateaubriand (Francia, 1768-1848).

jueves, 9 de septiembre de 2021

Venecia: MUY CONOCIDO POR LA COSTA Y EL MAR..., de A.E. Housman

"Pero vacío estaba el oeste y Venecia bajo el mar."

Muy conocido por la costa y el mar,
Fuerte y bien fundado en su lugar
Durante mil años persistió
Hasta que el campanario ya no resistió.
El timonel de Trieste
Miró donde debería su marca estar
Pero vacío estaba el oeste
Y Venecia bajo el mar.

Desde la dispersa ruina polvorienta
En toda su estatura se eleva entero;
Sobre pies más firmes que el primero,
El campanario de nuevo se levanta.
Cuando al caer el día conceda
otra vez su toque de queda
Y a sus cargas lejanas sumen
El verde y sangriento cardumen.

Mira hacia el este y el oeste,
Mira hacia el norte y el sur;
El timonel de Trieste
Conduce a la desembocadura del Lido.
Andrea, que te vaya bien, abur;
Venecia, adiós para ti, he partido.
La torre que se erigió y derrumbó así
No ha sido reconstruida en mí.


Alfred Edward Housman (Inglaterra, 1859-1936).

miércoles, 8 de septiembre de 2021

Venecia: EL ANILLO DEL PESCADOR, de Selma Lagerlöf

"Había hecho de ellos un par de hábiles pescadores y les había enseñado a honrar a Dios y a San Marco."

(Fragmento)

Durante el reinado de los Dogos Gradenigos vivió en Venecia un viejo pescador, de nombre Cecco. Había sido un hombre inusualmente fuerte, y todavía lo era para su edad, pero últimamente había dejado el trabajo y que sus dos hijos se ocuparan de él. Estaba muy orgulloso de sus hijos y los amaba. ¡Ah, señor, cuánto los amaba!

El destino había decidio que su crianza quedara casi por completo en sus manos. Su madre tuvo una muerte prematura, por lo que Cecco tuvo que hacerse cargo de ellos. Había cuidado sus ropas y cocinado su comida; se había sentado en el bote con aguja y algodón, remendado y zurcido. No le había importado en absoluto que la gente se hubiera reído de él por ese motivo. Yl también les había enseñado, por su propia cuenta, todo lo que era necesario que supieran. Había hecho de ellos un par de hábiles pescadores y les había enseñado a honrar a Dios y a San Marco.

«Recuerden siempre», les dijo, «que Venecia nunca podrá sostenerse con sus propias fuerzas. ¡Mírenla! ¿No ha sido construida sobre las olas? Mire las islas bajas cercanas a la tierra, donde el mar juega entre las algas. No se atreverían a pisarlas y, sin embargo, es sobre tal fundamento que descansa toda la ciudad. ¿Y no saben que el viento del norte tiene fuerza suficiente para lanzar tanto a iglesias como palacios en el mar? ¿No saben que tenemos enemigos tan poderosos que todos los príncipes de la cristiandad no pueden vencerlos? Por lo tanto, deben rezar siempre a San Marco, porque en sus manos fuertes descansan las cadenas que sostienen a Venecia suspendida sobre las profundidades del mar.

Y al anochecer, cuando la luna arroja su luz sobre Venecia, con ese azul verdoso de la niebla del mar; cuando se deslizaron silenciosamente por el Gran Canal y las góndolas que encontraron estaban llenas de cantantes; cuando los palacios brillaban con su blanco esplendor y miles de luces se reflejaban en las aguas oscuras, entonces siempre les recordaba que debían agradecer a San Marco la vida y la felici- dad.

Pero ¡oh, señor! tampoco lo olvidó durante el día. Cuando regresaron de pescar y se deslizaron sobre el agua de las lagunas, celestes y doradas; cuando la ciudad yacía ante ellos, nadando sobre las olas; cuando los grandes barcos entraban y salían del puerto, y el palacio de los Dogos brillaba como un enorme cofre de joyas, conteniendo todos los tesoros del mundo, nunca se olvidó de decirles que todas estas cosas eran un regalo de San Marco, y que todos desaparecerían si un solo veneciano fuera lo suficientemente ingrato como para dejar de creer en él y de adorarlo.


Selma Lagerlöf (Suecia, 1858-1940). Obtuvo el premio Nobel en 1909.

martes, 7 de septiembre de 2021

Venecia: PER, EL AFORTUNADO, de Henrik Pontoppidan

"Ciudades danesas como Hjerting o Esbjerg ocupan (...) un lugar central comparable al de la Perla del Adriático en su época."

(Fragmento del capítulo 11)

Pienso muchas veces en Venecia, que no era más que una ciudad sin importancia y, sin embargo, ascendió hasta convertirse en una potencia mundial. Ciudades danesas como Hjerting o Esbjerg ocupan en la red de tráfico actual de Europa un lugar central comparable al de la Perla del Adriático en su época. Desde aquí sueño con una Hjerting del futuro, con palacios de cúpulas doradas alzándose por encima de amplios muelles, mientras pequeñas góndolas eléctricas vuelan como glondrinas sobre las resplandecientes aguas de los canales...

Henrik Pontoppidan (Dinamarca, 1857-1943). Obtuvo el premio Nobel en 1917.

(Traducido al español por María Pilar Lorenzo).
La ilustración corresponde a una fotografía de la playa en Hjerting, Dinamarca.

lunes, 6 de septiembre de 2021

Venecia: EL CANTAR DE LOS CANTARES, de Hermann Sudermann

"Entré en una pequeña iglesia en la que hay frescos de Giotto."

(Fragmento del capítulo XIII)

Lilly se esforzó por seguirlo. Nunca antes había escuchado tal lenguaje; sin embargo, no resultó extraño. Restos de antaño, de tiempos olvidados parecían adherirse sl fondo de su alma, que armonizaba con lo que decía.

- Un día -continuó-, mientras estaba en Venecia, hice una pequeña excursión a Padua. En tren es casi lo mismo que ir de Berlín a Potsdam. No me entusiasmaba ver el arte allí, porque todavía estaba en la luna de miel con la intoxicación de mi amor por los primeros venecianos. Fue sólo para completarlo. Entré en una pequeña iglesia en la que hay frescos de Giotto. ¿Sabes quién era?

- Ciertamente, Giotto y Cimabue -dijo con orgullo.

- Entonces no necesito decir más. Realmente me quedaba poco para él y su gente, porque, como dije, los cuatrocentistas habían calentado mi imaginación. Ahora sólo imagine un anfiteatro romano completamente arruinado y cubierto de hiedra, en el que nada más los muros exteriores siguen en pie, como los muros de un jardín. En el recinto está la pequeña iglesia construida de ladrillo, tan sobria y prosaica como un granero de oración protestante prusiano.

Lilly sonrió agradecida. Una ofensiva contra el protestantismo seguía siendo un favor personal para ella.

Hermann Sudermann (Alemania, 1857-1928).

La ilustración corresponde a los frescos de Giotto en la capilla de los Scrovegni, en Padua.

domingo, 5 de septiembre de 2021

Venecia: SALVAD VENECIA, de Jean Lorrain

"... esta vida que se escurre dentro del silencio, agudizado por susurros de aguas lentas..."

(Fragmento)

Es esta sensación de ensueño, este hundimiento y este retroceso hacia el pasado, esta vida que se escurre dentro del silencio, agudizado por susurros de aguas lentas y ecos de voces lejanas que repercuten en el agua… es esta vida en retirada y como a la deriva, dentro de una sombra silueteada por viejas iglesias y palacios… es, en fin, esta inmensa tristeza, embriagadora y nostálgica, que se siente ante los horizontes ya vistos en cuadros famosos, son todas estas complejidades turbadoras, apasionantes y profundas que sintetizan la influencia y la voluptuosidad misma de Venecia. Y este imperioso poder de la ciudad también lo padecieron otros: Lord Byron, Alfred de Musset, Richard Wagner.
 
Jean Lorrain (Francia, 1855-1906).

sábado, 4 de septiembre de 2021

Venecia: EL CRIMEN DE LORD ARTHUR SAVILE, de Oscar Wilde

"... se deslizaban a lo largo de los verdes canales en su esbelta góndola negra...."

(Fragmento del capítulo IV)

En Venecia se encontró con su hermano Lord Surbiton, que acababa de llegar de Corfú en su yate. Pasaron reunidos un par de semanas deliciosas. Durante la mañana paseaban a caballo por el Lido, o se deslizaban a lo largo de los verdes canales en su esbelta góndola negra; por la tarde, habitualmente recibían visitas en el yate y por la noche comían en el Florian y paseaban por la Piazza fumando cigarrillo tras cigarrillo. Sin embargo, Lord Arthur no era feliz. Todos los días leía minuciosamente la lista de defunciones en el Times, esperando ver la noticia del fallecimiento de Lady Clementina, y todos los días sufría la misma decepción. Comenzó a temer algún accidente y a veces se arrepentía de no haber dejado a Lady Clem ensayar cuando quiso hacerlo, los efectos de la aconitina. Además, las cartas de Sibyl, aunque desbordantes de amor y confianza, traslucían una gran tristeza, que aumentaba la suya. En ocasiones, hasta le parecía haberse separado de ella para siempre.
 
Al cabo de dos semanas, Lord Surbiton estaba hastiado de Venecia, y decidió recorrer la costa hasta Ravenna. Lord Arthur, al principio, se negó rotundamente a acompañarle, pero Surbiton, a quien quería extraordinariamente, acabó por convencerle de que, si continuaba en el Hotel Danieli, acabaría por fallecer de aburrimiento. Así, la mañana del día 15 se hicieron a la mar, que estaba bastante picada, con un fuerte viento nordeste. La travesía fue excelente y el aire libre y puro del mar devolvió sus colores a las mejillas de Lord Arthur. Pero, hacia el día 22, se apoderó de él nuevamente la preocupación de Lady Clementina y, a pesar de las protestas de Surbiton, regresó en tren a Venecia.
 
Cuando saltó de la góndola, según subía las escaleras, el propietario del Hotel se adelantó hacia él con un telegrama en la mano. Lord Arthur se lo arrebató, apresurándose a abrirlo. ¡Al fin se habían realizado sus deseos: Lady Clementina había fallecido casi repentinamente la noche del 17!

Oscar Wilde (Irlanda, 1854-1900). 

viernes, 3 de septiembre de 2021

Venecia: PROMONTORIO, de Arthur Rimbaud

"... y malecones de una Venecia ambigua..."

El crepúsculo dorado y la noche temblorosa sorprenden a nuestro bergantín mar adentro frente a esta villa y sus dependencias, que forman un promontorio tan extenso como el Epiro y el Peloponeso, o como la gran isla de Japón, ¡o como Arabia! Fanos que se iluminan al regresar las procesiones, inmensas vistas de las defensas de las costas modernas dunas ilustradas con flores de vivos colores y con bacanales; grandes canales de Cartago y malecones de una Venecia ambigua; erupciones de Etnas sin consistencia y grietas de flores y de aguas de los glaciares; lavaderos rodeados de álamos de Alemania; taludes de parques singulares que inclinan algunos cuantos ramajes tipo Árbol del Japón; y las fachadas circulares de los «Royal» o de los ‘Grand» de Scarbro ’ o de Brooklyn, y sus líneas férreas flanquean, ahondan, dominan las disposiciones en este Hotel (entresacadas de la historia de las más elegantes y colosales edificaciones de Italia, de América y de Asia) cuyas ventanas y terrazas repletas ahora de luces, bebidas y magníficas brisas están abiertas al espíritu de los viajeros y de los nobles, que permiten, durante las horas del día, a todas las tarantelas de las costas e incluso a los ritornelos de los valles ilustres del arte adornar maravillosamente las fachadas del Palacio-Promontorio.


Arthur Rimbaud (Francia, 1854-1891).

jueves, 2 de septiembre de 2021

Venecia: ESCENAS EUROPEAS 1881, de José Martí

"Venecia remozada y coqueta, corona de flores su alta Campanile rosada..."

Noticias de Italia, Nueva York, 16 de septiembre de 1881.

Fantásticas fiestas, serenatas clásicas, ricas iluminaciones y regatas clásicas en Ve- necia.

Nutrida está la quincena italiana de cosas nuevas y brillantes: el Vesubio, despierto, mueve al cielo sus lenguas de llamas; un muerto ilustre, que había adquirido con una vida útil y gloriosa el derecho de morir, es llevado en triunfo al Cementerio de Roma; y Venecia, remozada y coqueta, corona de flores su alta Campanile rosada, resucita sus fiestas antiguas, adereza a la margen del Lido, y a la sombra de sus pintorescos emparrados, los sabrosos mariscos que sirvieron tantas veces de almuerzo a Téophile Gautier, e inunda con sus góndolas los canales, con sus mujeres de ojos negros los puentes, y con sus gallardos pilluelos, sus acróbatas ambulantes, y sus adivinadores de lotería y decidores de buena fortuna la resplandeciente Plaza de San Marcos,        -¡este paisaje de ónix!- (...)

De la noble Venecia habló luego el príncipe Teano, y con calor generoso recordó sus glorias, y la creyó merecedora de celebrar en su seno aquella reunión de sabios antes celebrada en Amberes y en París. Y el mayor Alighieri, Dante Serego Alighieri, descendiente del maravillosísimo poeta, con frases elegantes dio gracias en nombre de Venecia, a los jóvenes reyes y a los representantes extranjeros a quienes se les prepara deslumbrante baile; en el cual les sorprende, -como si por debajo de los recios balcones de piedra, agitando las aguas en la sombra, pasase en danza alegre por entre las espumas, en lomo de tritones, caravana marina de cantoras nereidas, de lira de cristal y voz de brisa-, una lánguida y misteriosa serenata, cuyos ecos melifluos ascienden blandamente de las alegres góndolas. Todo es banquete, festejo y danza. El signor Ottino, que es iluminador famoso, enciende cien mil luces de colores en la plaza de San Marcos, y cuenta contento las cuarenta mil liras que por el adorno de la plaza se le pagan. San Marcos, donde en otro tiempo rompieron el aire de Venecia esclava las bandas austríacas, resonará ahora con las altas voces de una colosal orquesta de hijos fuertes de Italia, hijos libres del Véneto. Aquellas serenatas venecianas, cuyos ecos, como diablillos ungidos de amor, revoloteaban, después de oídos, largo tiempo, encendiendo llamas e inspirando cantos en torno a la frente de los poetas; aquellas misteriosas flotillas, que como bandada de cisnes negros con ojos de colores, lleno el dorso de rimadores de voz dulce y tañedores de laúd tierno, se deslizaba en la voluptuosa madrugada por los canales sigilosos; aquellas clásicas serenatas características, cantadas con su lira de alas de llama por Lord Byron, con su guzla ceñida de coronas de rosas por Alfred de Musset, y con su pluma de mármol por aquella mujer viril y extraordinaria, George Sand; aquellas serenatas animarán de nuevo, sonrientes y sonoras, la ciudad coqueta. Una gigantesca galleggiante, la famosa galera de paseo, como por magos y magas iluminada, cruzará, vestida de lujosos pabellones, las aguas tranquilas. Aquellas antiguas góndolas de Venecia, aquellos veloces bissone, regatearán como regatearon ochocientos años hace en las fiestas con que fue celebrada la ruidosa victoria del Dux Pietro Candiano sobre los intrépidos piratas que robaron las monjas del Convento de Olivolo. Y como no pueden, por inamovible privilegio, tocar manos humanas los muros de la iglesia de San Marcos, la luz, que es resplandor divino, la suave luz eléctrica, bañará las murallas sagradas. Vense por todas partes los geógrafos de Francia, Suecia y Rusia, que han traído consigo muy celebradas y valiosas colecciones; hablan con calor de la colección deslumbradora y abundantísima que ha enviado la India inglesa; vénganse de esta superioridad, señalando la marcada pobreza de la colección con que ha contribuido al Congreso la Gran Bretaña; detiénense a leer las inscripciones que, en losas de mármol, ha hecho colocar el Municipio sobre las casas en que otro tiempo residieron viajeros celebrados: Nicolo Zeno, Antonio Zeno, Marino Forsello y Sebas- tián Cabot, que vio mares de América, y el atrevido Marco Polo.

Así renace de su sueño de siglos, en su lecho de mármol, de su polvo de oro, la mági- ca y magnífica Venecia.
Publicado en La Opinión Nacional,
de Caracas, Venezuela, el 3 de octubre de 1881.

José Martí (Cuba, 1853-1895).

miércoles, 1 de septiembre de 2021

Venecia: MENTIRAS, de Paul Bourget

"Venecia es siempre la patria de lo inverosímil, la ciudad de las ondinas, que en este extremo del Oriente se llaman sirenas..."

(Fragmento del capítulo XV: Los odios de Colette)

El sello de la carta le reveló que Claudio se hallaba al presente en Venecia. Con singular cuiriosidad rompió el sobre y leyó las páginas que siguen, andando por las tranquilas calles del barrio de San Germán, que le llevaban hacia el Sena, una mañana de primavera tan fresca y luminosa como su propio amor.

Venecia, palacio Dario, Abril 79.

«Escribo a usted, querido Renato, desde su Venecia, desde esta Venecia de donde usted ha evocado la cruel imagen de Celia, el dulce perfil de Beatriz, y como la hechicera Venecia es siempre la patria de lo inverósimil, la ciudad de las ondinas, que en este extremo del Oriente se llaman sirenas, he decubierto aquí un cuartito amueblado en el palacio más mono, sobre el Gran Canal, como lord Byron; un palazzino con medallones de mármol en su fachada, todo historiado, bordado, cincelado e inclinado de un ángulo, como yo en mis días malos. Mientras me ocupo de garrapatear a usted esta carta, siento el agua del Gran Canal debajo de mis ventanas y a mi alrededor la paz de esta ciudad -la Cora Pearl del Adriático, que diría un zarzuelista- en que se disfruta de un soñador silencio. ¡Ay, amigo mío! ¿Por qué no he podido desprenderme, al venir aquí, de mi corazón de escritor enfermo, de este corazón que siento gemir y golpear aún más fuerte en este suave silencio? (...)»

Paul Bourget (Francia, 1852-1935).

(Traducida al español por H. Giner de los Ríos).
La ilustración corresponde a un mosaico del Renacimiento
que figura en el ensayo Las sirenas de Venecia, de Alison Luchs.

martes, 31 de agosto de 2021

Venecia: MI ROMERÍA, de Emilia Pardo Bazán

"... a la plaza de San Marcos, donde una nube de torcaces, pero mansísimas palomas, acude con la mayor desvergúenza a comer en la mano..."

(Fragmento del Epílogo)

I. Don Carlos

Nosotros proponemos y las circunstancias disponen. Pensé escribir estas líneas en mi alojamiento del Hotel de la Luna, en Venecia -de cuyas ventanas veía las ondas verdosas del Canalazzo morir besando la escalinata del embarcadero, y desde el cual, en cinco minutos y a pie, podía trasladarme a la plaza de San Marcos, donde una nube de torcaces, pero mansísimas palomas, acude con la mayor desvergüenza a comer en la mano, y si uno se descuida, en la boca del viajero, la ración de maíz-. Y he aquí que estoy trazándolas en mi cuarto de estudio, con vistas a la bahía de Marineda, sobre cuya superficie, que refleja el azul plomizo del firmamento, se columpian botes y esquifes, aunque graciosos, muy diferentes de las venecianas góndolas.

No es lo peor escribir en Marineda impresiones recogidas al borde del Adriático, sino hacerlo por vez segunda a causa de extravío del primer original.

(...)

El objeto de mi viaje á Venecia no era admirar la soñada ciudad de las lagunas, con su doble collar de palacios y la inmortal poesía de sus calles de agua y sus góndolas finas y curvas como el puñal de Otelo. Conocía ya a la dogaresa: la había visto en todo su teatral esplendor, alumbrada por millares de fuegos artificiales y por guirnaldas de los clásicos farolillos, arrullada por serenatas melodiosísimas, y había oido de noche, a la luz de la luna, en el Gran Canal, la barcarola de I due Foseari, que entonaban a voces solas los gondoleros. Mi propósito, al recorrer una vez más la Italia del Norte, fué saludar y tratar á D. Carlos de Borbón, duque de Madrid. También le conocía, pero por breve audiencia obtenida en París el mismo año y el mismo día en que visité a una especie de monarca literario, rodeado de una corte muy etique- tera: Víctor Hugo.

Emilia Pardo Bazán (España, 1851-1921).

lunes, 30 de agosto de 2021

VENECIA, de Mihai Eminescu

"Para exhalar un aliento de vida a su dulce novia, golpeando los viejos muros con sus olas."

La vida se extingue en Venecia. Su orgullo cae.
No se escuchan los cantos, ni se ven las luces de los bailes;
En las escaleras de mármol, a través de portales antiguos
La luna penetra las paredes, lo inunda todo con su brillo.
 
Océanos se lamenta, llorando en los canales…
Condenado a la eterna juventud, florece:
Para exhalar un aliento de vida a su dulce novia,
Golpeando los viejos muros con sus olas.
 
Sobre la ciudad, silencio como el de un cementerio.
Un sacerdote permanece sobre el pasado vivo,
En San Marcos, siniestras campanadas de medianoche.
 
Con voz profunda, el discurso ominoso de Sibila
Tiene la cadencia de su presagio sombrío;
“Es en vano, niño, los muertos no reviven”.
 
 
Mihai Eminescu (Rumania, 1850-1889). 

domingo, 29 de agosto de 2021

Venecia: EDIMBURGO, de Robert Louis Stevenson

"El resto puede tener admiradores, pero sólo ella, la famosa belleza, cuenta con amantes en su séquito."

(Fragmento del capítulo I)

Se ha dicho que Venecia se diferencia de todas las demás ciudades por el senti- miento que inspira. El resto puede tener admiradores, pero sólo ella, la famosa belleza, cuenta con amantes en su séquito. Y, efectivamente, ni siquiera los mejores amigos de Edimburgo la consideran de la misma manera. A ellos les gusta por muchos motivos, ninguno de los cuales resulta satisfactorio en sí mismo. Les gusta caprichosamente, por decirlo de algún modo, y de forma algo similar a un virtuoso que adora su gabinete. Su atracción es romántica en el sentido más limitado de la palabra. Pese a que es hermosa, no resulta tan hermosa como interesante. Es fundamental- mente gótica, y más todavía desde que se ha engalanado con aires griegos y ha erigido templos clásicos en sus riscos. En una palabra, y por encima de todo, es una curiosidad.

Robert Louis Stevenson (Escocés fallecido en Samoa, 1850-1894).

(Traducido al español por Ismael Attrache)

sábado, 28 de agosto de 2021

Venecia: LA VIDA ERRANTE, de Guy de Maupassant

"... la contemplamos (...) con una mirada expectante y encantada, la miramos a través de nuestros sueños."

Venecia

(Fragmento)

¡Venecia! ¿Acaso existe otra ciudad más admirada, más celebrada, más alabada, por los poetas, más deseada por los enamorados, más visitada y más ilustre?

¡Venecia! ¿Acaso existe algún nombre en alguna lengua que haya hecho soñar más a los hombres? Además, es una palabra encantadora, sonora y suave: evoca de inmediato en nuestras almas una luminosa sucesión de recuerdos magníficos y un horizonte de fantasías cautivadoras.

¡Venecia! La sola palabra parece desencadenar en el alma una exaltación, excita todo lo que hay de poético en nosotros, despierta todas nuestras facultades admirativas. Y al llegar a la ciudad singular la contemplamos inevitablemente con una mirada expectante y encantada, la miramos a través de nuestros sueños.

Al hombre que vaga por el mundo le resulta prácticamente imposible no mezclar su imaginación con la visión de la realidad. Se acusa a los viajeros de mentir y de engañar a quienes les escuchan. Pero no mienten, no, lo que ocurre es que observan mucho más con el pensamiento que con la mirada. Basta con una novela que nos haya fascinado, con veinte versos que nos hayan emocionado, con un cuento que nos haya cautivado, para disponernos al singular lirismo de los aventureros, y cuando estamos excitados de ese modo, aún desde la distancia, por el deseo de un lugar, nos seduce de manera irresisitible. Ningún otro rincón del mundo ha dado lugar a una conspiración de entusiasmo comparable a la que despierta Venecia. Cuando penetra- mos por primera vez en su tan alabada laguna, resulta casi imposible vencer el sentimiento anticipado, sufrir una desilusión. El hombre que ha leído, que ha soñado, que conoce la historia de la ciudad en la que se adentra, que está imbuido de todas las opiniones de quienes le han precedido, arrastra consigo esas impresiones casi completamente formadas; ya sabe qué hay que amar, qué hay que despreciar, qué hay que admirar.

Guy de Maupassant (Francia, 1850-1893).

(Traducido al español por Elisenda Julibert).