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Vancouver en primavera: puente de Burrard.

sábado, 4 de mayo de 2019

Tu boca: RIMAS, de Gustavo Adolfo Bécquer

"... que sentí tu aliento de jazmín y nardo..."

Rima XCI
 
No has sentido en la noche,
cuando reina la sombra
una voz apagada que canta
y una inmensa tristeza que llora?

¿No sentiste en tu oído de virgen
las silentes y trágicas notas
que mis dedos de muerto arrancaban
a la lira rota?

¿No sentiste una lágrima mía
deslizarse en tu boca,
ni sentiste mi mano de nieve
estrechar a la tuya de rosa?

¿No viste entre sueños
por el aire vagar una sombra,
ni sintieron tus labios un beso
que estalló misterioso en la alcoba?

Pues yo juro por ti, vida mía,
que te vi entre mis brazos, miedosa;
que sentí tu aliento de jazmín y nardo
y tu boca pegada a mi boca.
 
 
Gustavo Adolfo Bécquer (España, 1836-1870).

viernes, 3 de mayo de 2019

Tu boca: VIENE LA NOCHE, de Else Lasker-Schüler


Viene la noche y me sumerjo en las estrellas,
para no olvidar en el alma el camino a casa
pues se enlutó hace mucho tiempo mi pobre país.
 
Descansan nuestros corazones emparentados de amor,
emparejados en una cáscara:
blancas almendras -
 
Sé que tienes, como antes, mi mano
encantada en la eternidad de la lejanía...
¡Ah!, mi alma crujió cuando me lo confesó tu boca.


Else (Elizabeth) Lasker-Schüler
(Nacida en Alemania en 1868 y muerta en Jerusalén en 1945).

jueves, 2 de mayo de 2019

Tu boca: PARAÍSO PERDIDO, de John Milton

"A estas palabras; el modelo hermoso de las mujeres, Eva, le replica: ¡Oh tú, objeto querido de mi ardiente amor..."

(Fragmento del cuarto libro)
 
Retirémonos, pues, y disfrutemos
Del sueño a que la noche nos convida,
Y en la fresca mañana volveremos,
A la rosada aurora adelantados,
A dar a este jardín nuestras labores.
Hay varias plantas cuya desmedida
Lozanía de ramas y de flores
Sofoca los retoños moderados
De otras, y así cortar es necesario
De sus brotes el lujo extraordinario,
Que no es más que una estéril abundancia
Del cenador en la agradable estancia
Hay también porción de hojas marchitadas
Y de ramas quebradas
Que quitar: Pero es tarde ya. Durmamos,
Y la naturaleza repongamos.
A estas palabras; el modelo hermoso
De las mujeres, Eva, le replica:
¡Oh tú, objeto querido de mi ardiente
Amor; tú, de mi vida cara fuente!
¡Con qué gusto me entrego a tu juicioso
Dictamen en un todo! Dios se explica
Por tu boca: esto basta: me someto.


John Milton (Inglaterra, 1606-1674).

miércoles, 1 de mayo de 2019

Tu boca: AMOR VENGA SUS AGRAVIOS, de José de Espronceda

 
(Fragmento de la escena segunda del cuadro II)

Mendoza: Sí, cantad, acabad la letra, pero suavemente. (Aparte). Estos mamarra- chos, si me descuido, lo echan a perder todo, si no me engaño han pronunciado mi nombre en la reja. (Se acerca).

Música y canción:
La flor más pura y galana
que el abril fecundo adora
al despuntar la aurora
perfuma el primer albor:
pero es mil veces más puro
de tu boca el blando aliento
se perfuma en torno al viento
tierno suspiro de amor.
Oye mi voz.

Figueroa: ¿Qué es esto? ¿Quién viene?

Clara: Son los tuyos que vuelven a cantar. Déjalos, que estoy muy prendada del tono y del sentido de la trova.
 
Figueroa: ¿Te sonríes, Clara, cuando tan atormentado me estás viendo?
 
Clara:¿Y por qué no, ídolo mío? Demasiado triste me ven todos los días. Me tienes muy enamorada para que lejos de tus ojos pueda alegrarme jamás. Cuando no te veo, ando pensativa en dulces imaginaciones de estar a tu lado, de envanecerme con tu gallardía; y porque se te ocurra turbar el paraíso que hay para mí en tu cariño, no tengo de sufrir yo la pena de tu desvarío. Te empeñas en no estar contento con mis caricias; no me importa, yo estoy loca de júbilo en tu presencia, ¿No te parezco hermosa como otras veces?
 
Figueroa: ¡Hermosa! ¡Ah, sí, más que nunca! Más hermosa que lo es en mi fantasía el ángel que te conduce a este sitio entre las sombras y los vapores de la noche. Pero tus bodas están concertadas con otro...
 
Clara: Eso tú y yo lo sabemos, esposo mío. ¿Has olvidado el juramento? ¡Ah, Pedro! Vuelve a leerme en el fuego que ahora enciende mi semblante. Tengo mi mano sobre tu corazón, y no envidio a una reina coronada.
 

 
José de Espronceda (España, 1808-1842).
 
 
 
La ilustración corresponde a la primera página de la partitura musical de Ramón Carnicer compuesta en 1838 para la Serenata de la obra. Se encuentra en la biblioteca Memoria de Madrid.

martes, 30 de abril de 2019

Tu boca: ERÓTICAS, de Esteban Manuel de Villegas

"... con los rubíes de tu boca hermosa."
 
Oda XVI
 
(Fragmento)
 
Amo, venero, estimo tus enojos,
porque es fuerza que sea
tanto desdén pariente de tus ojos;
y también porque vea
amor, que hay corazones
que estiman con razón sus sinrazones.
 
Muévate pues, joh dulce mi señora!
ver que en mis dos mejillas
la triste palidez de gualda mora,
debiendo reduciilas
a colorada rosa
con los rubíes de tu boca hermosa.

Muévate ver un miserable amante,
sujeto a la aspereza
del Aquilón, y céfiro sonante:
muévate mi firmeza,
pues será sostenida
mientras durare la firmeza en Lida.
 

Esteban Manuel de Villegas (España, 1589-1669).

lunes, 29 de abril de 2019

Tu boca: AMOR, de Naborre Campanini

"Y espaciaste en el mar una mirada; yo añadí: -Con esas trenzas blondas no me atormentes más ¡oh mi adorada!"

Juntos los dos sentados
Sobre las rocas que la mar lamía,
Te dije: -Con los ojos abrasados
No me mires así ¡oh amada mía!
Murmuraron las ondas
Y espaciaste en el mar una mirada;
Yo añadí: -Con esas trenzas blondas
No me atormentes más ¡oh mi adorada!
Trajo a mi oído el viento
Una trova de dulce melodía,
Y entonces dije: -Con tan hondo acento
No me hables más así ¡oh amada mía!
Callada y fijamente
Me miraste de amor, como una loca;
Y se unieron en una estrechamente
Tu boca amante con mi amante boca
De tu cabeza de oro
Las hebras en mi pecho se derraman
Mientras exclama el inefable coro
De ondas y vientos, con dulzura: se aman.

 
Naborre Campanini (Italia, 1850-1925).
 
(Traducido al español por Juan Luis Estelrich).

domingo, 21 de abril de 2019

Tu boca: ELIS, de Georg Trakl

"Al caer la tarde, el pescador recogió las pesadas redes."
 
I
 
Es profundo el silencio de esta tarde dorada.
Bajo viejas encinas
Apareces tú, Elis, yaciente de los ojos redondos.
 
Su azul refleja el dormitar de los amantes.
En tu boca
Enmudecieron los rosados suspiros.
 
Al caer la tarde, el pescador recogió las pesadas redes.
Un buen pastor
Lleva su rebaño por el filo del bosque.
Oh qué justos son, Elis, todos tus días.
 
Callado baja
Por áridos muros el silencio del olivo,
Desvanece de un anciano el oscuro cantar.
 
Una barca dorada
Mece, Elis, tu corazón en el solitario firmamento.
 
 
Georg Trakl (Austria, 1887-1914).
 
(Traducido al español por Juan García Ponce en colaboración con Roger von Gunten).

jueves, 18 de abril de 2019

Tu boca: EL BESO, de Guy de Maupassant

"... nuestro afán de lanzarnos al beso en los momentos peor elegidos..."
 
(Fragmento final)

Presta fe a mi experiencia. Para empezar, no beses nunca a tu marido en público, en un vagón, en un restaurante. Es un acto del peor gusto. Aguántate las ganas. Él creería hacer el ridículo, y te guardaría siempre rencor.
 
Desconfía sobre todo de los besos inútiles, prodigados en la intimidad. Tengo la certeza de que haces un espantoso consumo de ellos.
 
Y para citarte un caso, te diré que un día estuviste verdaderamente desagradable.
 
Nos hallábamos los tres en tu saloncito, y como mi presencia no los embarazaba, tu marido te tenía sentada en sus rodillas y te daba largos besos en la nuca, oculta su boca entre los rizados cabellos de tu cuello. De pronto exclamaste: "¡El fuego!" No se acordaron del fuego, y estaba a punto de consumirse. Todo lo que brillaba en la hoguera eran unos tizones mortecinos y a punto de apagarse. Tu marido se levantó en el acto, se precipitó hacia el arcón de la leña y sacó del mismo dos troncos grandísimos, que llevaba con gran dificultad a la chimenea; y en ese preciso momento fuiste hacia él con tus labios mendicantes y le dijiste: "Bésame". Tu marido volvió la cabeza haciendo un gran esfuerzo para no dejar caer los maderos. Y tú posaste tu boca suave, lentamente, en la de aquel desdichado, que tuvo que aguantar, con el cuello doblado, la cintura en torsión, los brazos doloridos, temblando de cansancio y de esfuerzo violento. Y tú, sin ver ni comprender, eternizaste aquel beso martirizador. Después, cuando lo dejaste en libertad, te pusiste a refunfuñar con gesto de enojo: "¡No sabes besarme!..." ¡Era mucho pedirle encanto!
 
Ten cuidado con eso. Raya en estúpida manía, en tonto impulso inconsciente, nuestro afán de lanzarnos al beso en los momentos peor elegidos: Cuando él lleva en la mano un vaso de agua; cuando se está poniendo el calzado; cuando se hace el nudo de la corbata, en fin, cuando se encuentra en alguna postura incómoda, entonces lo inmovilizamos con alguna caricia molesta que le fuera a permanecer un minuto en una actitud iniciada, sin sentir, otro deseo sino el de desembarazarse de nosotras.
 
Sobre todo, no tomes esta crítica como insignificante y mezquina. El amor es cosa delicada, pequeña mía; un nada lo lastima; ten presente que todo depende de nuestro tacto en las zalamerías. Un beso torpe puede ocasionar un gran daño.

Pon en práctica mis consejos.

Tu tía que te quiere,
 
Collette
 
 
Guy de Maupassant (Francia, 1850-1893).

miércoles, 17 de abril de 2019

Tu boca: POR LA NOCHE..., de Mihai Eminescu



Por la noche, perezoso y cárdeno, arde el fuego en la chimenea;
desde un rincón en un sofá rojo yo lo miro de frente,
hasta que mi mente se duerme, hasta que mis pestañas se bajan;
la vela está apagada en la casa... el sueño es cálido, lento, suave.

Entonces tú te acercas por la oscuridad, sonriente,
blanca como la nieve invernal, dulce como un día de verano:
te sientas en mis rodillas, querida, tus brazos rodean
mi cuello... y tú con amor miras mi rostro que palidece.

Con tus brazos blancos, delicados, redondos, perfumados,
tú encadenas mi cuello, sobre mi pecho apoyas tu cabeza;
y como salida de un sueño, con manos blancas, dulces,
tú vas apartando los mechones de mi triste frente.

Alisas, despacio y perezosamente, mi frente tranquila
y, pensando que estoy dormido, astuta, posas tu boca de fuego,
como el sueño, sobre mis ojos cerrados y en medio de mi frente
y sonríes, como se ríen los sueños en un corazón amado.

Oh! Acaríciame, hasta que mi frente vuelva a ser lisa y suave,
Oh! Acaríciame, hasta que vuelvas a ser joven como la luz del sol,
hasta que seas clara como el rocío, dulce como una flor,
hasta que mi rostro no esté arrugado, mi corazón ya no sea viejo.
 
 
Mihai Eminescu (Rumania, 1850-1889).

(Traducido al español por Dana Giurca  y José Manuel Lucía Megías).

martes, 16 de abril de 2019

Tu boca: EL DIABLO DE LA BOTELLA, de Robert Louis Stevenson

"... tu boca estaba siempre llena de risas y de canciones y tu rostro resplandecía como la aurora. Después te casaste con la pobre Kokua..."
 
(Fragmento)
 
Keawe regresó a Hawaii en el primer vapor y tan pronto como fue posible se casó con Kokua y la llevó a la Casa Resplandeciente en la ladera de la montaña.
 
Cuando los dos estaban juntos, el corazón de Keawe se tranquilizaba; pero tan pronto como se quedaba solo empezaba a cavilar sobre su horrible situación, y oía crepitar las llamas y veía el fuego abrasador en el pozo sin fondo. Era cierto que la muchacha se había entregado a él por completo; su corazón latía más deprisa al verlo, y su mano buscaba siempre la de Keawe, y estaba hecha de tal manera de la cabeza a los pies que nadie podía verla sin alegrarse. Kokua era afable por naturaleza. De sus labios salían siempre palabras cariñosas. Le gustaba mucho cantar y cuando recorría la Casa Resplandeciente gorjeando como los pájaros era ella el objeto más hermoso que había en los tres pisos. Keawe la contemplaba y la oía embelesado y luego iba a esconderse en un rincón y lloraba y gemía pensando en el precio que había pagado por ella; después tenía que secarse los ojos y lavarse la cara e ir a sentarse con ella en uno de los balcones, acompañándola en sus canciones y correspondiendo a sus sonrisas con el alma llena de angustia.
 
Pero llegó un día en que Kokua empezó a arrastrar los pies y sus canciones se hicieron menos frecuentes y ya no era sólo Keawe el que lloraba a solas, sino que los dos se retiraban a dos balcones situados en lados opuestos, con toda la anchura de la Casa Resplandeciente entre ellos. Keawe estaba tan hundido en la desesperación que apenas notó el cambio, alegrándose tan sólo de tener más horas de soledad durante las que cavilar sobre su destino y de no verse condenado con tanta frecuencia a ocultar un corazón enfermo bajo una cara sonriente Pero un día, andando por la casa sin hacer ruido, escuchó sollozos como de un niño y vio a Kokua moviendo la cabeza y llorando como los que están perdidos.
 
- Haces bien lamentándote en esta casa, Kokua -dijo Keawe-. Y, sin embargo, daría media vida para que pudieras ser feliz.
 
- ¡Feliz! -exclamó ella-. Keawe, cuando vivías solo en la Casa Resplandeciente, toda la gente de la isla se hacía lenguas de tu felicidad; tu boca estaba siempre llena de risas y de canciones y tu rostro resplandecía como la aurora. Después te casaste con la pobre Kokua y el buen Dios sabrá qué es lo que le falta, pero desde aquel día no has vuelto a sonreír. ¿Qué es lo que me pasa? Creía ser bonita y sabía que amaba a mi marido. ¿Qué es lo que me pasa que arrojo esta nube sobre él?
 
- Pobre Kokua -dijo Keawe. Se sentó a su lado y trató de cogerle la mano; pero ella la apartó-. Pobre Kokua -dijo de nuevo-. ¡Pobre niñita mía! ¡Y yo que creía ahorrarte sufrimientos durante todo este tiempo! Pero lo sabrás todo. Así, al menos, te compadecerás del pobre Keawe; comprenderás lo mucho que te amaba cuando sepas que prefirió el infierno a perderte; y lo mucho que aún te ama, puesto que todavía es capaz de sonreír al contemplarte.
 
Y a continuación, le contó toda su historia desde el principio.
 
- ¿Has hecho eso por mí? -exclamó Kokua-. Entonces, ¡qué me importa nada! -y, abrazándole, se echó a llorar.
 
- Querida mía! -dijo Keawe-, sin embargo, cuando pienso en el fuego del infierno, ¡a mí sí que me importa!
 
- No digas eso -respondió ella-; ningún hombre puede condenarse por amar a Kokua si no ha cometido ninguna otra falta. Desde ahora te digo, Keawe, que te salvaré con estas manos o pereceré contigo. ¿Has dado tu alma por mi amor y crees que yo no moriría por salvarte?
 
- ¡Querida mía! Aunque murieras cien veces, ¿cuál sería la diferencia? -exclamó él-. Serviría únicamente para que tuviera que esperar a solas el día de mi condenación.
 
 
Robert Louis Stevenson (Inglés fallecido en Samoa, 1850-1894).
 
En este vínculo es posible leer el texto íntegro de El diablo de la botella.

domingo, 14 de abril de 2019

Tu boca: LOS CANTOS DE MALDOROR, del Conde de Lautrémont

"... quiero que estemos estrechamente abrazados para toda la eternidad..."

(Fragmento del Canto Primero)

Cuando hayamos abandonado esta vida efímera, quiero que estemos estrechamente abrazados para toda la eternidad, que ambos formemos un único ser, tu boca íntimamente unida a la mía. Pero aun así mi castigo no será completo. Tendrás, además, que desgarrarme sin detenerte nunca, con los dientes y las uñas a la vez. Adornaré mi cuerpo con guirnaldas perfumadas para este holocausto expiatorio; y entonces sufriremos los dos, yo por ser desgarrado, tú por desgarrarme... con mi boca unida a la tuya.
 
 
Conde de Lautréamont: Isidore Ducasse (Francés nacido en Uruguay, 1846-1870). 

sábado, 13 de abril de 2019

Tu boca: TORMENTO, de Benito Pérez Galdós

"Tu boca preciosa, ¿qué me dijo? ¿No lo recuerdas? Yo sí. ¿Para qué lo dijiste?"

(Fragmento del capítulo XXVIII)

- ¡Oh!, pobre Tormento -exclamó él con honda amargura-. Si eso pudiera ser tan fácilmente como lo dices... Has dicho que no soy un perverso. ¡Qué equivocada estás! Allá en aquellas soledades, varias veces estuve tentado de ahorcarme de un árbol, como Judas, porque yo también he vendido a Cristo. A veces me desprecio tanto que digo: «¿no habrá un cualquiera, un desconocido, un transeúnte que, al pasar junto a mí, me abofetee?». Y te hablaré con franqueza. Mientras fui hipócrita y religioso histrión y no tuve ni pizca de fe. Después que arrojé la careta, creo más en Dios, porque mi conciencia alborotada me lo revela más que mi conciencia pacífica. Antes predicaba sobre el Infierno sin creer en él; ahora que no lo nombro, me parece que si no existe, Dios tiene que hacerlo expresamente para mí. No, no, yo no soy bueno. Tú no me conoces bien. ¿Y qué me pides ahora? Que te deje en paz... ¿Para qué me mirabas cuando me mirabas?

Ante esta pregunta, el espanto de la medrosa subió un punto más. Las cosas que por su mente pasaron habríanle producido una muerte fulminante si el cerebro humano no estuviera construido a prueba de explosiones, como el corazón a prueba de remordimientos.

«¿Para qué me miraste? -repitió el bruto con la energía de la pasión, sostenida por la lógica-. Tu boca preciosa, ¿qué me dijo? ¿No lo recuerdas? Yo sí. ¿Para qué lo dijiste?».
 
Ante esta lógica de hachazo, la mujer sin arranque sucumbía.
 
«Las cosas que yo oí no se oyen sin desquiciamiento del alma. Y ahora, ¿lo que tú desquiciaste quieres que yo lo vuelva a poner como estaba?...».
 
 
Benito Pérez Galdós (España, 1843-1920). 

jueves, 11 de abril de 2019

Tu boca: RESURRECCIÓN, de León Tolstói

"... ella no dejaba de mirarlo de frente con sus ojos sumisos, vírgenes y amantes."
 
(Fragmento del capítulo XV)
 
Las dos mujeres bajaron los escalones, y Nejludov avanzó hacia ellas. Su intención no era desearles la Pascua, pero no podía impedir acercarse a Katusha.*
 
- ¡Cristo ha resucitado! -dijo Matrena Pavlovna con una señal de cabeza, una sonrisa y una voz que demostraban la igualdad de todos aquel día; luego se secó la boca con el pañuelo y se la ofreció a Nejludov.
 
- ¡Verdaderamente resucitado! -respondió él, y la besó.
 
Lanzó una mirada a Katusha, que enrojeció y vino a colcarse muy cerca de él.
 
- ¡Cristo ha resucitado, Dmitri Ivanovitch!
 
- ¡Verdaderamente resucitado! -dijo él. Se besaron dos veces y se detuvieron, pre- guntándose si debían continuar; e inmediatamente, habiéndolo decidido:
 
- Acerca tu boca –le pidió, y se besaron una tercera vez. Los dos sonrieron.
 
- ¿No van ustedes a casa del sacerdote? -preguntó Nejludov.
 
- No, esperaremos aquí, Dmitri Ivanovitch -dijo ella, haciendo un esfuerzo para hablar.
 
Su pecho se levantaba febril; ella no dejaba de mirarlo de frente con sus ojos sumisos, vírgenes y amantes.
 
 
En el amor entre hombre y mujer sobreviene siempre el minuto en que este amor alcanza su apogeo y no tiene ya nada de premeditado ni de sensual. Nejludov había conocido ese minuto en aquella noche de la resurrección de Cristo. Ahora, sentado en la sala del jurado, si trataba de rememorar todas las circunstancias en que había visto a Katusha, se alzaba aquel minuto único borrando todo el resto: la negra cabecita cuidadosamente peinada, con su lazo rojo, su vestido blanco plisado, moldeando su talle virgen y esbelto y su pecho naciente, y aquel rubor, y aquellos ojos negros radiantes y tiernos, y, en todo su ser, los dos rasgos principales: la pureza de su amor virginal, no solamente hacia él, él lo sabía, sino hacia todos y hacia todo; no solamente hacia lo que había de bueno en el mundo, sino también hacia aquel mendigo al que había besado.
 
Ese amor, él lo sentía aquella noche en ella como en él mismo; y sentía que ese amor los fundía a ambos en un ser único.
 

León Tolstói: Liev Nikoláievich Tolstói (Rusia, 1828-1910).
 
* El personaje de Katusha fue interpretado en el cine por las mexicanas Dolores del Río, en la versión muda de 1927, y por Lupe Vélez, en la versión sonora de 1931. Ambas películas fueron dirigidas por Edwin Carewe.
 La ilustración en blanco y negro corresponde a Lupe Vélez y John Boles; la segunda, en color, ocurre durante la pascua de resurrección, que da su título a la novela.

martes, 9 de abril de 2019

Tu boca: LOS CORDOBESES EN CRETA, de Juan Valera

"Muéstrame tú la cara y yo en pago te enseñaré mis mejores riquezas."

(Fragmento)

En una tarde de primavera entró en el bazar de Abu Hafáz una dama tapada, acompañada de su sirvienta. Aunque él no le vio la cara, admiró la gracia y gallardía de su andar, la esbeltez y elegancia de su talle, cierto inefable prestigio seductor que como nimbo luminoso la circundaba, y la aristocrática belleza de sus blancas, lindas y bien cuidadas manos.
 
La dama quiso ver cuanto de más rico en el bazar había. Abu Hafáz, lleno de complacencia, fue ofreciendo ante sus ojos, y poniendo sobre el mostrador, mil extraños primores en joyas y en telas. Ella no se saciaba de mirarlas. Era muy curiosa. El mercader le dijo:
 
- Aún no te he mostrado, sultana, lo más espléndido y peregrino que mi tienda atesora.
 
- ¿Y para qué lo escondes y no me lo muestras? dijo ella.
 
- Porque soy interesado y no quiero trabajar en balde. Muéstrame tú la cara y yo en pago te enseñaré mis mejores riquezas.
 
La dama no se hizo mucho de rogar. Apartó el rebozo, y dejó ver el más bello y agraciado semblante que el mercader había podido ver o soñar en toda su vida. Agradecido y entusiasmado, trajo entonces perlas de Ormúz, diamantes de Golconda y tejidos de seda, venidos del Catay y bordados con tal esmero y maestría, que no parecía labor de seres humanos, sitio de hadas y de genios.
 
De la mejor y más estupenda de aquellas telas bordadas se prendó la dama incógnita, quiso comprarla, y pidió el precio.
 
- Es tan cara -dijo el mercader- que acaso no quieras o no puedas pagarla; pero si tienes buena voluntad, la tela te saldrá baratísima.
 
- Acaba. Di lo que me costará la tela.
 
- Pues un beso de tu boca -replicó el mercader.
 
Enojada la dama de aquella irrespetuosa osadía, se cubrió el rostro, volvió las espaldas a Abu Hafáz y salió del bazar seguida de su sierva.
 
Quiso el mercader seguirla para averiguar dónde moraba y quién era; pero la dama había desaparecido en el laberinto de las estrechas calles.
 
 
Juan Valera (España, 1824-1905).

lunes, 8 de abril de 2019

Tu boca: OTRO ABANICO DE MME. MALLARMÉ, de Stéphane Mallarmé

 
Oh soñadora: para que yo me sumerja
en la pura delicia sin camino,
sabe, por una sutil mentira,
guardar mi ala en tu mano.

Una frescura de crepúsculo
te llega a cada compás,
cuyo golpe prisionero hace retroceder
el horizonte delicadamente.

¡Vértigo! He aquí que se estremece
el espacio como un gran beso
que, loco de nacer para nadie
ni estalla al fin ni se apacigua.

¿Sientes el paraíso feroz,
lo mismo que una risa enterrada,
fluir del ángulo de tu boca
al fondo el pliegue unánime?

El cetro de las riberas rosas
estancado sobre las tardes de oro, éste lo es,
este blanco vuelo cerrado que tú dejas posarse
contra el fuego de un brazalete.
 
 
Stéphane Mallarmé (Francia, 1842-1898).
 
(Traducido del francés por Alfonso Reyes).

domingo, 7 de abril de 2019

Tu boca: PADRES E HIJOS, de Iván Turguéniev

"... y aporreando con sus romas uñas las teclas del derrengado piano, se dispuso a cantar con voz recia..."

(Fragmento del capítulo 13)

- No puedo escuchar con paciencia que ataquen a la mujer -prosiguió Evdoksia-. Es espantoso, espantoso. En vez de atacar a las mujeres, lean ustedes el libro de Michelet De l'amour. ¡Qué maravilla! ¡Señores, hablemos del amor! -añadió Evdoksia, hundiendo su mano lánguidamente en el blando almohadón del diván.
 
Se percibió un súbito silencio.
 
- No; ¿a qué hablar del amor? -refunfuñó Basarov-. Hace un momento mencionó usted a Odintsova... Creo recordar que la llamó así, ¿no? ¿Quién es esa señora?
 
- ¡Un encanto, un encanto de mujer! -ponderó Sitnikov-. Yo se la presentaré. Inteligente, rica, viuda. ¡Lástima que aún no esté lo bastante evolucionada! Hay que hacer que trate más a fondo a nuestra Evdoksia. A su salud, Eudoxie! ¡Choquemos! Et toc, et toc, et tin-tin-tin. Et toc, et toc, et tin- tin-ton...
 
- Víctor, está usted borracho.
 
El almuerzo se prolongó por un largo rato. A la primera botella de champaña siguió otra segunda, la tercera, y luego una cuarta... Evdoksia charlaba sin parar; Sitnikov repetía sus palabras. Hablaron hasta por los codos sobre si el matrimonio era un prejuicio o un crimen, y lo mismo el traer criaturas al mundo..., y en qué consiste propiamente la individualidad. Llegó la situación al extremo de que Evdoksia, colorada por el efecto del vino y aporreando con sus romas uñas las teclas del derrengado piano, se dispuso a cantar con voz recia, primero canciones gitanas; luego, una romanza de Seymour-Schif (Soñemos con la soleada Granada), mientras Sitnikov se liaba una cinta en la frente y representaba el papel del amante reconciliado, cantando estos versos:

Y tu boca con la mía
Fundir en ardientes besos.

 
Iván Turguéniev (Rusia, 1818-1883).

viernes, 5 de abril de 2019

Tu boca: UN PAR DE OJOS AZULES, de Thomas Hardy

"- Vamos, Stephen, no pienso tragarme eso. ¿Por qué me amaste? - Podría ser por tu boca."
 
 
(Fragmento del capítulo VII)
 
- ¿Por qué me amaste? -dijo ella, tras haber observado de manera prolongada y meditabunda un pájaro que volaba.

- No lo sé -replicó él despreocupado.

- Oh, sí lo sabes -insistió Elfride.

- Quizá por tus ojos.

- ¿Qué les pasa? Vamos, no me irrites con una respuesta a la ligera. ¿Qué les pasa a mis ojos?

- Oh, nada digno de mención. Están los dos igual de bien.

- Vamos, Stephen, no pienso tragarme eso. ¿Por qué me amaste?

- Podría ser por tu boca.

- Bueno, ¿qué le pasa a mi boca?

- Me pareció una boca bastante pasable...

- Eso no es muy halagüeño.

-Tiene unos labios dulces y hacen un bonito puchero; aunque, de hecho, no es más que una boca como la que tiene todo el mundo.

- No te lo inventes sobre la marcha, Stephen. Y dime, ¿porqué-me-amaste?

- Quizá fue por tu cuello y por tu pelo, aunque no estoy seguro, o por tu sangre indolente, que lo único que hacía era retirarse de tus mejillas y volver; pero no estoy seguro. O por tus manos y brazos, que eclipsaron todas las demás manos y brazos; o por tus pies, que jugueteaban bajo tu vestido como unos ratoncillos; o por tu lengua, de un tono tan delicado. Pero no estoy del todo seguro.

- Ah, eso es muy bonito decirlo; pero poco me interesa tu amor si ha hecho una imagen tan simple y chata de mí como ésa, y si no estás seguro, y si razonas tan fríamente; pero sí lo que sentiste que yo era, Stephen -y cuando dijo esas palabras una furtiva carcajada y una expresión retozona apareció en la cara de él-, cuando te dijiste: «Pienso amar a esa joven».


Thomas Hardy (Inglaterra, 1840-1928).

(Traducido al español por Damián Alou).