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Vancouver: sol de verano al atardecer en English Bay.

domingo, 16 de septiembre de 2018

Septiembre: MARIO Y EL MAGO, de Thomas Mann

"... septiembre el mes en que se debe ir a Torre de Venere..."

(Fragmento)

A decir verdad, es septiembre el mes en que se debe ir a Torre de Venere, cuando el balneario se haya librado ya del gran público, o en el mes de mayo, antes de que el mar alcance aquel grado de calor que acabe por decidir a los meridionales a sumergirse en sus aguas.
 
Por lo demás, Torre no aparece tampoco abandonada antes ni después de la temporada; pero, no obstante, es más tranquila y menos «nacional». Bajo los quitasoles de los toldos y en los comedores de las pensiones se oye hablar sobre todo inglés, alemán y francés, mientras en el mes de agosto, el forastero encontrará los hoteles -por lo menos el Grand Hotel en el que habíamos reservado nuestras habitaciones, a falta de otras direcciones más personales- enteramente en manos de la buena sociedad florentina y romana, hasta tal punto que se sentirá aislado y en determinados momentos, le parecerá que no es más que un huésped de segunda categoría.
 
Tal fue la molesta experiencia que hicimos la misma noche de nuestra llegada, al bajar al comedor con la intención de cenar y al indicarnos el jefe de los camareros una mesa. No había nada que reprochar a dicha mesa; pero nos cautivaba la vista de la terraza vecina, cuyos ventanales vidrieros daban sobre el mar; estaba tan animada como la sala, pero no tan llena, y en las mesitas brillaban unas diminutas lámparas con pantalla roja.
 
Los niños se mostraron encantados con aquel esplendor y declaramos a los camareros, simplemente, que preferíamos comer en la terraza; lo que sólo puso de manifiesto nuestra ignorancia, según parecía, pues fuimos informados con una cortesía algo forzada de que aquel puesto íntimo estaba reservado «a nuestros parroquianos», ai nostri clienti.
 
 
Thomas Mann
(Escritor alemán nacionalizado primero checoslovaco y más tarde estadounidense, 1875-1955).
Obtuvo el premio Nobel en 1929.
 
(Traducido del alemán por F. Oliver Brechfeld).
La ilustración corresponde a una antigua postal de Portovenere, Liguria, en Italia.

sábado, 15 de septiembre de 2018

Septiembre: CALLE MAYOR, de Sinclair Lewis

"Es el mes de septiembre, caluroso y polvoriento."
 
(Fragmento inicial del capítulo III)
 
Bajo las nubes en marcha de la pradera, una masa de acero en movimiento. Un rechinamiento irritante, envuelto en un prolongado estruendo. Aroma penetrante de naranjas, cortando el olor húmedo de gentes que no se bañan, y equipajes viejos.
 
Ciudades construidas sin plan alguno, como cajas de cartón desparramadas en un desván, y una extensión de rastrojos de color oro sucio, alterada tan sólo por bosquecillos de sauces que rodean las casas blancas o los graneros pintados de encarnado.
 
El tren número siete, con parada en todas las estaciones, avanza penosamente a través del Minnesota, remontando insensiblemente la meseta gigantesca que forma una elevación gradual de mil millas, desde el lecho cálido del Mississippi hasta las Montañas Rocosas.
 
Es el mes de septiembre, caluroso y polvoriento.
 
 
Sinclair Lewis (Estadounidense fallecido en Italia, 1885-1951).
Obtuvo el premio Nobel en 1930.
 
(Traducido al español por Carlos de Onís).

viernes, 14 de septiembre de 2018

Septiembre: EL RUIDO Y LA FURIA, de William Faulkner

"... árboles cuyos propios brotes parecían tristes y porfiados restos de septiembre, como si la primavera hubiese pasado de largo..."

(Fragmento)
 
Una calle se abría en ángulo recto descendiendo hasta convertirse en un camino de tierra. A ambos lados el terreno descendía más abruptamente; una amplia llanura salpicada de pequeñas cabañas cuyos tejados livianos se encontraban al mismo nivel que la carretera. Surgían en pequeñas parcelas resecas cubiertas de objetos rotos, ladrillos, tablones, platos, cosas que alguna vez fueron de utilidad. Lo único que crecía era una maleza exuberante y los árboles eran moreras y algarrobos y plátanos -árboles que compartían la inmunda aridez que rodeaba las casas; árboles cuyos propios brotes parecían tristes y porfiados restos de septiembre, como si la primavera hubiese pasado de largo, dejándolos nutrirse del fecundo e inconfundible olor de los negros entre los que crecían.
 
Desde las puertas los negros les hablaban al pasar, normalmente a Dilsey:
 
«Hermana Gibson. ¿Cómo se encuentra hoy?».
 
«Yo bien. ¿Y usted?».
 
«Yo muy bien, gracias».
 
Surgieron de las cabañas y subieron trabajosamente el umbroso terraplén de la carretera –los hombres graves, vestidos de negro o marrón, mostrando las cadenas de oro de sus relojes y alguno que otro con bastón; los jóvenes con trajes violentamente chillones, azules o a rayas, y sombreros de perdonavidas; las mujeres un poco envaradas, sibilantes, y, vestidos con ropas de segunda mano compradas a los blancos, los niños miraban a Ben con sigilo de animales nocturnos.
 
 
William Faulkner (Estados Unidos, 1897-1962).
Obtuvo el premio Nobel en 1949.

jueves, 13 de septiembre de 2018

Septiembre: TIERRA NUEVA, de Knut Hamsun

"Traía un velo sobre la cara."

(Fragmento inicial del capítulo XXXII)

Había entrado ya septiembre; hacía fresco, el cielo estaba alto y limpio. La ciudad brillaba muy linda, sin polvo y sin suciedad. Las montañas en derredor aún no tenían nieve.
 
En la ciudad iban sucediéndose los acontecimientos; el interés despertado por la muerte de Ole Henriksen no duró mucho; el tiro que sonó en el despacho del comerciante no tuvo gran eco; pronto pasaron días y semanas sobre el suceso, y ya nadie se ocupaba de él. El único que no lo olvidaba era Tidemand.
 
Tidemand tenía mucho quehacer; la primera temporada tuvo que ayudar al padre de Ole: el viejo no quería retirarse; asoció al primer dependiente y persistió, sin dejarse abatir, al frente del negocio.
 
Tidemand desplegaba una incesante actividad. Su centeno comenzaba a desaparecer; iba vendiéndolo cada vez a mejor precio. A medida que se acercaba el invierno subía el centeno, aminorando su pérdida. En los últimos tiempos había tenido que volver a admitir sus antiguos dependientes.
 
Había terminado el trabajo de aquel día. Antes de ponerse a otra cosa encendió un cigarro, y se puso a cavilar. Sería a eso de las cuatro de la tarde. Se estuvo un momento inmóvil en un sillón, y luego se asomó a la ventana y se quedó mirando a la calle.
 
De pronto llamaron a la puerta y entró su mujer. Hanka saludó y preguntó si estorbaba; era sólo un momento…
 
Traía un velo sobre la cara.
 
Tidemand tiró el cigarro. Hacía mucho tiempo que no veía a su mujer, mucho tiempo; una noche en la calle, había creído reconocerla en una señora con el mismo paso majestuoso. La siguió apresuradamente, pero no era ella. No había manera de verla. No se hubiera opuesto nunca, nunca, a que viniese, y ella lo sabía pero no quería venir. Al parecer, les había olvidado definitivamente a él y a sus hijas. Y cuando algunas noches salía de casa, porque se sentía abandonado y solitario, al pasar por delante de la casa de Hanka, veía a veces luz en la ventana, pero a ella nunca. Ni siquiera había tenido la fortuna de ver su sombra en la cortina. ¿Dónde se metía? Le había enviado dos veces dinero para saber de ella.
 
Y de pronto la tenía delante de sí, a dos pasos. Inconscientemente inició el ademán habitual de abrocharse el botón de la americana.
 
 

Knut Hamsun (Noruega, 1859-1952). Obtuvo el premio Nobel en 1920.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Hermann Hesse: DEMIAN NACIÓ DE UN SUEÑO


Hermann Hesse ya había publicado dos trabajos previos, Bajo la rueda y Peter Camenzind, cuando escribió Demian, considerada de manera unánime el punto de partida que recoge y plantea las preocupaciones existenciales y metafísicas que van a permear la totalidad de su obra. El propio autor admitía que el 12 de septiembre de 1917 tuvo un sueño del cual formaba parte el que sería el protagonista de la novela, misma que da principio con una suerte de epígrafe en primera persona: "Quería tan sólo intentar vivir lo que tendía a brotar espontáneamente de mí. ¿Por qué había de serme tan difícil?"

Como Demian se originó en un sueño, no es extraño que Hesse le confiera a la actividad onírica la condición de eje sobre el que giran en buena medida las reflexiones de los personajes e incluso el desarrollo mismo de la trama, como se advierte, por ejemplo, en el capítulo 3, El mal ladrón:

Todos los hombres pasan por estas dificultades. Para el hombre medio es éste el punto en que las exigencias de su propia vida entran en colisión dramática con las circunstancias, el punto en que tiene que luchar más duramente por alcanzar el camino que conduce hacia adelante. Muchos viven tal morir y renacer, que es nuestro destino, sólo en ese momento de su vida en que el mundo infantil se resquebraja y se derrumba lentamente, cuando todo lo que amamos nos abandona y, de pronto, sentimos la soledad y la frialdad mortal del universo que nos rodea. Muchos se estrellan para siempre en este escollo y permanecen toda su vida apegados dolorosamente a un pasado irrecuperable, al sueño del paraíso perdido, que es el peor y más nefasto de todos los sueños.

Los sueños de Emile Sinclair - incluyendo las pesadillas en las que aparece su antagonista, Franz Kromer- abundan, pero destaca este párrafo del capítulo 4, Beatrice:

Precisamente en aquel tiempo volví a soñar mucho, como cuando era pequeño. Me parecía no haber soñado hacía años. Ahora volvían los sueños, una especie nueva de imágenes entre las que aparecía frecuentemente el retrato pintado, viviendo y hablando, amistoso u hostil, a veces deformado hasta la mueca y otras increíblemente bello, armonioso y noble.

Y una mañana, al despertar de uno de aquellos sueños, de pronto le reconocí. Me miraba con un gesto muy familiar, parecía llamarme por mi nombre, parecía conocerme como una madre, parecía estar esperándome desde tiempos inmemoriales. Con el corazón palpitante, contemplé la pintura, el pelo castaño y espeso, la boca blanda, casi femenina, la frente firme, extrañamente clara -con aquel color se había secado la pintura- y sentí cada vez más cerca el reconocimiento, el reencuentro, la certeza.

Más adelante Hesse reincide con las obsesiones del protagonista en el capítulo 5, El pájaro rompe el cascarón:

La extraña existencia que yo llevaba, ensimismado como un sonámbulo, empezó a tomar un rumbo distinto. El deseo de vivir floreció en mí, o más bien el deseo de amor; el instinto sexual, que durante un tiempo se había disuelto en la adoración de Beatrice, reclamaba nuevas imágenes y metas. Seguía sin permitirme ninguna satisfacción; y más que nunca me era imposible engañar mi deseo y esperar algo de las muchachas con las que mis amigos buscaban su felicidad. Empecé a soñar otra vez; y más aun durante el día que durante la noche. Imágenes, ideas, deseos brotaban en mí y me apartaban del mundo exterior, hasta el punto de tener un trato más verdadero y vivo con los sueños, con las imágenes y sombras, que con el mundo verdadero que me rodeaba.

Un sueño determinado, un juego de la fantasía que aparecía una y otra vez, cobró una significación especial. Este sueño, el más importante y perdurable de mi vida, era aproximadamente así: yo regresaba a mi casa sobre el portal relucía el pájaro amarillo sobre fondo azul- y mi madre salía a mi encuentro; pero al entrar y querer abrazarla no era ella sino una persona que yo no había visto nunca, alta y fuerte, parecida a Max Demian y al retrato que yo había dibujado pero algo distinta y, a pesar de su aspecto impresionante, totalmente femenina. Esta figura me atraía hacia sí y me acogía en un abrazo amoroso, profundo y vibrante. El placer y el espanto se mezclaban; el abrazo era culto divino y a la vez crimen. En el ser que me estrechaba anidaban demasiados recuerdos de mi madre, demasiados recuerdos de mi amigo Demian. Su abrazo atentaba contra las leyes del respeto; y, sin embargo, era pura bienaventuranza. Muchas veces me despertaba con un profundo sentimiento de felicidad; otras, con miedo mortal y conciencia atormentada, como si despertara de un terrible pecado.

Este es un diálogo que aparece en el capítulo 6, el cual se titula La lucha de Jacob:


-Muchacho -dijo con vehemencia-, también usted celebra misterios. Sé que tiene usted sueños de los que nada me dice. No los quiero conocer. Pero le digo una cosa: ¡vívalos todos, viva esos sueños, eríjales altares! No es lo perfecto, pero es un camino. Ya se verá si nosotros, usted y yo y algunos más, somos capaces de renovar el mundo. Pero debemos renovarlo en nosotros mismos, día a día; si no, nada valemos. ¡ Piense en ello! Usted tiene dieciocho años, Sinclair, y no corre detrás de las prostitutas; usted debe tener sueños de amor, deseos de amor. Quizá son de tal especie que le asustan. ¡No los tema! ¡Son lo mejor que posee! Créame. Yo he perdido mucho por haber amordazado mis sueños cuando tenía su edad. Eso no debe hacerse. Cuando se conoce a Abraxas, ya no se debe hacer. No hay que temer rada ni creer ilícito nada de lo que nos pide el alma.

-Siempre es difícil nacer. Usted lo sabe; el pájaro tiene que luchar por salir del cascarón. Reflexione otra vez y pregúntese: ¿fue tan difícil el camino? ¿Fue sólo difícil? ¿No fue también hermoso? ¿Hubiera usted conocido uno más hermoso y más fácil?

-Sí, hay que encontrar el sueño de cada uno, entonces el camino se hace fácil. Pero no hay ningún sueño eterno; a cada sueño le sustituye uno nuevo y no se debe intentar retener ninguno.

Para concluir, un sueño que Max Demian le relata a Sinclair a punto de concluir el capítulo 7, Frau Eva:

-¿A mí? Pues claro. Nadie sueña cosas que no se refieren a él. Pero no me atañe a mi solo, tienes razón. Yo distingo bien los sueños que me anuncian movimientos de mi alma y los otros, muy raros, en los que se presagia el destino de toda la humanidad. He tenido pocas veces sueños de éstos, y nunca uno del que pudiera decir que ha sido una profecía y que se haya cumplido. Las interpretaciones son demasiado vagas. Pero de una cosa sí estoy seguro. He soñado algo que no sólo me atañe a mí. Porque es semejante a otros sueños antiguos que he tenido y de los que es continuación. De éstos, Sinclair, brotan los presentimientos, de que ya te he hablado. Que nuestro mundo está corrupto, ya lo sabemos; esto no sería un motivo suficiente para profetizarle su destrucción o algo parecido. Pero desde hace varios años he tenido sueños de los que he sacado la conclusión o el presentimiento -o como quieras llamarlo- que me hacen intuir que se acerca la destrucción de un mundo viejo. Primero fueron atisbos imprecisos y lejanos; pero cada vez se han ido haciendo más concisos y potentes. Aún no sé más que se avecina algo grande y terrible que me concierne. Sinclair, vamos a vivir lo que hemos discutido más de una vez. El mundo quiere renovarse. Huele a muerte. No hay nada nuevo sin la muerte. Es más terrible de lo que yo había pensado.

Con esta última alusión a los sueños, casi al final del relato, se sintetiza la idea de destruir el antiguo orden de las cosas para proceder a construir uno nuevo. El renacimiento al que aspira el protagonista a lo largo de la novela.
 

Jules Etienne
 
La ilustración corresponde a Las puertas de la percepción (The Doors of Perception), de Paulo Ramones.

martes, 11 de septiembre de 2018

Septiembre: BAJO LA RUEDA, de Hermann Hesse

"Sus pensamientos volvieron a los días de septiembre de tres años atrás."

 (Fragmento del capítulo VI)

Pero tan sólo contempló todo aquello sin profundizar en ello, sin que le importara demasiado. Súbitamente le acometió el recuerdo claro y fuerte del tiempo en que sus conejillos correteaban aún entre la hierba del jardín. Sus pensamientos volvieron a los días de septiembre de tres años atrás. Era la víspera de la conmemoración de Sedan.
 
August había ido a verle y le llevó una bandera. Y ambos habían subido al tejado, habían colocado el asta blanca y recta, y en ella izaron la bandera. Aparte de eso, nada más había sucedido, pero bastó para que los dos mantuvieran durante toda la jornada su ilusión de fiesta y su gran alegría. Las banderas ondeaban al viento. Anna hizo un pastel, y al anochecer encendieron en la cumbre vecina el fuego de Sedan. Hans no sabía por qué en aquel instante le acometían los recuerdos de aquella noche, ni tampoco por qué eran tan claros, tan hermosos y le entristecían tanto. No sabía que eran su niñez y sus años de muchacho los que se alzaban nuevamente ante él, ocultos con el ropaje de aquellos recuerdos, para decirle adiós y dejarle el aguijón de una felicidad pasada que nunca más volvería. Tan sólo percibió que aquellos recuerdos no estaban de acuerdo con el pensamiento en Emma y de la noche anterior y de que en su interior se había despertado algo que no era compatible con aquella lejana felicidad. Creyó ver de nuevo los pliegues brillantes de la bandera, escuchar otra vez las risas de su amigo August y oler el aroma del pastel recién hecho, y todo aquello era tan risueño y alegre y al mismo tiempo le parecía ya tan lejano que se apoyó en el tronco del abeto más alto y rompió en un sollozo desesperanzado que por el momento le dio consuelo y le concedió salvación.
 
 
 Hermann Hesse
(Alemán nacionalizado suizo, 1877-1962). Obtuvo el premio Nobel en 1946.

lunes, 10 de septiembre de 2018

Septiembre: EL PRIMER HOMBRE, de Albert Camus

"La primera lluvia de septiembre, violenta, generosa, inundaba la ciudad."

(Fragmento de la segunda parte: Jueves y vacaciones)

Durante semanas el verano y sus súbditos se arrastraban bajo el cielo pesado, húmedo y tórrido, hasta olvidar incluso el recuerdo de la frescura y el agua del invierno, como si el mundo nunca hubiera conocido ni el viento, ni la nieve, ni el agua ligera, y como si desde la creación hasta ese día de septiembre no hubiera sido más que ese enorme mineral seco y perforado de galerías recalentadas donde se movían lentamente, un poco extraviados, la mirada fija, unos seres cubiertos de polvo y de sudor. Y de pronto el cielo, contraído sobre sí mismo hasta la máxima tensión, se partía en dos. La primera lluvia de septiembre, violenta, generosa, inundaba la ciudad. Todas las calles del barrio empezaban a brillar, así como las hojas barnizadas de los ficus o los rieles del tranvía. Pasando por encima de las colinas que dominaban la ciudad llegaba de los campos lejanos un olor de tierra mojada que traía a los prisioneros del verano un mensaje de espacio y de libertad. Entonces los niños se arrojaban a la calle, corrían bajo la lluvia con sus ropas ligeras y chapaleaban dichosos en el agua que fluía a borbotones por la cuneta, formaban corros en los grandes charcos, cogiéndose de los hombros, las caras llenas de gritos y de risas, recibiendo la lluvia incesante, chapoteando rítmicamente en el agua sucia de la nueva vendimia, más embriagadora que el vino.
 
 
Albert Camus (Francés nacido en Argelia, 1913-1960). Obtuvo el premio Nobel en 1957. 

domingo, 9 de septiembre de 2018

Septiembre: GENTE INDEPEN- DIENTE, de Hálldor Laxness

"... pero el cielo estaba atestado de nubes y gradualmente las gotas se hicieron más grandes y más pesadas..."

(Párrafo inicial del capítulo 11: Noche de Septiembre)

Poco después comenzó a llover, muy inocentemente al principio, pero el cielo estaba atestado de nubes y gradualmente las gotas se hicieron más grandes y más pesadas, hasta que lo que caía era una melancólica lluvia otoñal... una lluvia que parecía llenar el mundo entero con su plúmbeo golpeteo, una lluvia que sugería -en su tristeza- interminables precipitaciones pluviales entre los planetas, lluvia que techaba el cielo de lobreguez y pesaba opresivamente sobre toda la campiña como una enfermedad, fuerte en la potencia de su chata e invariable monotonía, su asfixiante pesadez, su fría e implacable crueldad. Suave, suave, caía sobre toda la región, sobre las aplastadas hierbas de los pantanos, sobre el torturado lago, sobre los llanos color gris-acero, cubiertos de cascajo, sobre la sombría montaña que dominaba el pegujal, borroneando todo el paisaje. Y los golpes pesados, desesperantes, interminables, se insinuaban en cada una de las grietas de la casa, se pegaban a los oídos como algodón y lo abrazaban todo, como una historia carente de romanticismo, sacada de la vida misma, que no tuviese ritmo ni crescendo, ni clímax, pero que, aun así, resultase abrumadora en su alcance, terrorífica en su significado. Y en el fondo de ese no sondeado océano de hirviente lluvia estaba la casita, y su solitaria mujer neurótica.

 
Halldór Laxness (Islandia, 1902-1998). Obtuvo el premio Nobel en 1955.

sábado, 8 de septiembre de 2018

Septiembre: 8 DE SEPTIEMBRE, de Pablo Neruda

"Hoy el mar tempestuoso nos levantó en un beso (...) y, atados, descendimos a sumergirnos sin desenlazarnos."

Hoy, este día fue una copa plena,
hoy, este día fue la inmensa ola,
hoy, fue toda la tierra.

Hoy el mar tempestuoso
nos levantó en un beso
tan alto que temblamos
a la luz de un relámpago
y, atados, descendimos
a sumergirnos sin desenlazarnos.

Hoy nuestros cuerpos se hicieron extensos,
crecieron hasta el límite del mundo
y rodaron fundiéndose
en una sola gota
de cera o meteoro.

Entre tú y yo se abrió una nueva puerta
y alguien, sin rostro aún,
allí nos esperaba.


Pablo Neruda: Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto (Chile, 1904-1973).
Obtuvo el premio Nobel en 1971.

jueves, 6 de septiembre de 2018

Septiembre: BILLAR A LAS NUEVE Y MEDIA, de Heinrich Böll

"... la máquina estampillaría: 6 de septiembre de 1958..."

(Fragmento del primer capítulo)

El anciano se metió el cigarro en la boca y se retrepó sonriente en el sillón, como si nada hubiese ocurrido.
 
- ¿Qué le parecería si la contratara en firme todas las tardes? Le pasaré a recoger; comeremos juntos y de dos a cuatro, o hasta las cinco, si quiere, me ayudará a mí a poner orden allá arriba. ¿Qué le parece, hija mía?
 
Leonore inclinó la cabeza y dijo: «Sí». Todavía no se atrevía a pasar el Heuss violeta por encima de la esponjita, a pegarlo en el sobre dirigido a Schrit: un empleado de correos sacaría la carta del buzón, la máquina estampillaría: 6 de septiembre de 1958, 13 horas. El anciano estaba sentado allí, volvía a estar al final de su octavo decenio, al principio del noveno.
 
- Sí, sí -dijo Leonore.
 
- ¿Puedo considerarla contratada, pues?
 
- Sí, señor.
 
Heinrich Böll (Alemania, 1917-1985). Obtuvo el premio Nobel en 1972.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

Septiembre: JUAN CRISTÓBAL, de Romain Rolland

"... ya una nube pesada y terrible de cuyo seno brotaba el rayo..."
 
(Fragmento de El alba)
 
Sin embargo había que empezar, pues el público se impacientaba. La orquesta del Hof Musik Verein empezó la Obertura de Coriolano. El niño no conocía ni a Coriolano ni a Beethoven; porque, si había oído con frecuencia páginas musicales de este último, no sabía que eran de él; jamás se preocupaba por saber el nombre de las obras que oía; les aplicaba nombres de su propia invención, forjando a propósito de ellas pequeñas historias o diminutos paisajes; las clasifica de ordinario en tres categorías: el fuego, la tierra y el agua, con mil diversos matices. Mozart pertenecía casi siempre al agua: era una pradera a orillas de un río, una bruma transparente que flota sobre el mismo, una ligera lluvia de primavera o un arco iris. Beethoven era el fuego: ya una hoguera de gigantescas llamas y de enormes columnas de humo, ya un bosque incendiado, ya una nube pesada y terrible de cuyo seno brotaba el rayo, ya un inmenso cielo lleno de palpitantes estrellas, una de las cuales se ve desprenderse, deslizarse e ir a morir dulcemente en una hermosa noche de septiembre. En aquella ocasión,¿como siempre, le incendiaron cual si fuesen fuego los ardores imperiosos de aquella alma heroína. Todo lo demás desapareció; ¿qué le importaba el resto? Melchor consternado, Juan Miguel lleno de angustia, toda aquella gente tan ocupada, el público, el gran duque, el niño Cristóbal, ¿qué tenían que ver con él? ¿Era acaso cosa suya todo aquello?… Se sentía arrebatado por aquella voluntad furiosa, la seguía anhelante con las lágrimas en los ojos, las piernas entumecidas y crispado todo su cuerpo; su sangre circulaba y latía con más rapidez y sentía agitados por el temblor todos sus miembros.
 
 
Romain Rolland (Francia, 1866-1944). Obtuvo el premio Nobel en 1915.

martes, 4 de septiembre de 2018

Septiembre: WILLIAM, LA CONQUISTADORA, de Rudyard Kipling

"... y esperaba celebrar su vigésimo tercer cumpleaños ese septiembre."

(Fragmento de la primera parte)

No obstante, William había disfrutado enormemente durante esos cuatro años. Por dos veces había estado a punto de ahogarse mientras vadeaba un río a lomos de caballo; en una ocasión había escapado con un camello; había presenciado un ataque nocturno de ladrones al campamento de su hermano; había visto administrar justicia con largas varas bajo los árboles; podía hablar urdu e incluso un tosco punjabí con una fluidez que envidiaban las personas de más edad; había abandonado totalmente la costumbre de escribir a sus tías de Inglaterra o recortar las páginas de las revistas inglesas; había pasado por un año muy malo de cólera, viendo cosas que no pueden contarse; y había redondeado sus experiencias con seis semanas de fiebres tifoideas durante las que le habían afeitado la cabeza; y esperaba celebrar su vigésimo tercer cumpleaños ese septiembre. Es concebible que sus tías no aprobaran a una joven que no ponía nunca el pie en el suelo si había un caballo cerca; que cabalgaba para ir a los bailes con un chal puesto sobre las faldas; que llevaba el cabello corto y rizado por toda la cabeza; que respondía con indiferencia a los nombres de William o Bill; cuyo lenguaje estaba repleto de flores vernáculas; que podía actuar en los teatros de aficionados, tocar el banjo, mandar sobre ocho criados y dos caballos, con sus cuentas y sus enfermedades, y mirar a los hombres lenta y deliberadamente entre los ojos... eso después de que le habían propuesto matrimonio y habían sido rechazados.
 
 
Rudyard Kipling (Británico nacido en la India; 1865-1936). Obtuvo el premio Nobel en 1907.
 
La ilustración corresponde al retrato de Rudyard Kipling por Burne Jones (1899).

lunes, 3 de septiembre de 2018

Septiembre: LUZ DE SEPTIEMBRE, de Maruja Vieira


"Como un hilo de sol  entre la lluvia."

En la luz de septiembre
estoy buscándote.
Era una madrugada de campanas
que me ilumina todavía el alma.

Todo el amor del mundo
inundaba tus ojos.
Era un claro septiembre
de azahares.

Tu mano, firme y cálida,
en mi mano.
Tus labios en mi frente
¡y todo era tan frágil!

Como un hilo de sol
entre la lluvia.
como el perfume
de una rosa blanca.

Sobre mi cobardía
y mi derrota
gira el mundo implacable.

Te seguiré buscando,
con el amor de siempre,
en mi septiembre
solitario.


Maruja Vieira (Colombia, 1922).

domingo, 2 de septiembre de 2018

Septiembre: J. R. R. Tolkien, padre de los hobbits



Aunque era británico, nació en Sudáfrica.

Aunque su nombre completo era John Ronald Reuel Tolkien, siempre se le conoció por sus iniciales: J. R. R. 
 
Aunque vivía en un país cuya religión oficial es la anglicana, su familia era bautista y su madre lo convirtió al catolicismo cuando tenía ocho años de edad.
 
Aunque se suponía que por su profesión de filólogo y maestro en lengua y literatura inglesa en Oxford, debería haberse dedicado celosamente a preservar la pureza del lenguaje, acabó por inventar un idioma artificial: "¡Estoy seguro de haber hecho mucho bien a la lengua! Hay una buena cuota de sabiduría lingüística en esto. No siento ningún complejo de culpa por El Señor de los Anillos".
 
Aunque también era un respetable ensayista, se le recuerda por una epopeya ficticia que desarrolla su propia taumaturgia.
 
Aunque fue El Hobbit, cuya primera edición tuvo lugar en 1937, la novela en que la se funda el origen mitológico de toda la gesta, el público ha preferido concentrar su interés en El señor de los anillos.
 
Aunque el cineasta Stanley Kubrick estaba interesado en filmar su propia versión de El señor de los anillos en 1967, la cual sería protagonizada por los Beatles: George Harrison como el mago Gandalf, Paul McCartney y Ringo Starr en el papel de los hobbits Frodo y Sam, y John Lennon como Gollum, el proyecto nunca se pudo concretar.
 
Aunque la fantasiosa saga -publicada entre julio de 1954 y octubre del año siguiente- ha sido muy exitosa tanto en Inglaterra como en los Estados Unidos, no pudo ver ni la película de dibujos animados filmada en 1978, ni la exitosa trilogía de superproducciones que diera principio en 2001 para culminar un par de años después, por la sencilla razón de que murió en 1973, el 2 de septiembre. Hoy se cumplen cuarenta y cinco años.


Jules Etienne

sábado, 1 de septiembre de 2018

Septiembre: EL LIBRO DE LOS AMORES RIDÍCULOS, de Milan Kundera

"Era el mes de septiembre y apenas comenzaba lentamente a oscurecer."

(Quinta parte: Que los muertos viejos dejen sitio a los muertos jóvenes)
 
Capítulo 7
 
No estaba enfadado, al contrario, la visitante no había hecho más que confirmar su identidad durante la discusión; en su protesta contra las frases pesimistas (¿acaso no era ante todo una protesta contra la fealdad y el mal gusto?) la reconocía tal como la había conocido y de ese modo su mente estaba cada vez más llena del antiguo aspecto de ella y de su antigua historia común y lo único que deseaba era que nada interrumpiese aquel ambiente azul, tan propicio a la conversación (por eso le acarició la mano y dijo que era un tonto), para poder hablarle de lo que en ese momento le parecía lo más importante: su historia común, estaba convencido de que habían vivido juntos algo muy especial, algo que ella desconocía y para lo que él mismo tendrá que esforzarse si quiere encontrar las palabras precisas.
 
Ya ni siquiera recuerda cómo la conoció, seguramente apareció alguna vez en compañía de sus amigos de la Facultad, pero del cafetín praguense en el que estuvieron solos por primera vez se acuerda perfectamente: estaba sentado frente a ella en un silloncito de terciopelo, angustiado y silencioso, pero al mismo tiempo totalmente embriagado por las tenues señales con las que ponía de manifiesto su simpatía hacia él. Después había estado tratando de imaginar (aunque no se atrevía a creer que lo que imaginaba pudiese convertirse en realidad) qué aspecto tendría si la besase, la desnudase y le hiciese el amor, pero no lo conseguía. Sí, era curioso: mil veces intentó imaginársela haciendo el amor, pero fue en vano: la cara de ella seguía mirándolo con su sonrisa tranquila y suave y él era incapaz (ni con el mayor esfuerzo de su imaginación) de ver cómo se torcía en el gesto de la exaltación amorosa. Ella escapaba por completo a su capacidad imaginativa.
 
Y aquélla fue una situación que jamás volvió a repetirse en toda su vida: aquella vez había estado cara a cara con lo inimaginable. Evidentemente estaba pasando por ese breve período (el período paradisíaco) en que la imaginación está aún poco provista de experiencias, aún no ha caído en la rutina, conoce poco y sabe poco, de modo que aún existe lo inimaginable; y cuando lo inimaginable debe convertirse en realidad (sin la mediación de lo imaginable, sin el puente de las imágenes), el hombre se ve sorprendido y cae presa del vértigo. Cayó en efecto presa de ese vértigo cuando, al cabo de varios encuentros, durante los cuales no se atrevió a hacer nada, ella empezó a preguntarle, con elocuente curiosidad, por su habitación en la residencia de estudiantes hasta que prácticamente le obligó a invitarla.
 
La habitación de la residencia, en la que vivía con un compañero que, a cambio de un vaso de ron, le prometió no volver hasta la medianoche, se parecía poco a su apartamento actual: dos camas de hierro, dos sillas, un armario, una lámpara chillona sin pantalla, un terrible desorden. Ordenó la habitación, y a las siete (formaba parte de su delicadeza llegar puntualmente) ella llamó a la puerta. Era el mes de septiembre y apenas comenzaba lentamente a oscurecer. Se sentaron en el borde de la cama de hierro y empezaron a besarse. Se iba haciendo cada vez más oscuro y él no quería encender la luz porque estaba contento de no ser visto y tenía la esperanza de que la oscuridad ocultase su nerviosismo cuando tuviese que desnudarse delante de ella. (Se las apañaba más o menos para desabrocharle las blusas a las mujeres, pero se desnudaba delante de ellas con avergonzado apresuramiento.) Pero esta vez tardó mucho tiempo en atreverse a desabrocharle el primer botón (pensaba que debía existir algún sistema acertado y elegante para empezar a desnudar a alguien que sólo conocerían los hombres experimentados y tenía miedo de que se notase su inexperiencia), de modo que al final ella misma se levantó y le preguntó con una sonrisa: -¿No sería mejor que me quitase esta armadura?... -y empezó a desnudarse; pero estaba oscuro y él no veía más que las sombras de los movimientos de ambos.
 
Se desnudó también, apresuradamente, y no obtuvo cierta seguridad en sí mismo hasta que (gracias a la paciencia de ella) empezaron a hacer el amor. La miraba a la cara, pero en la penumbra se le escapaba por completo su expresión y ni siquiera distinguía sus rasgos. Lamentaba que estuviese oscuro, pero le parecía imposible en aquel momento levantarse de encima de ella para ir hasta la puerta y encender la luz, así que seguía forzando la vista: pero no la reconocía; le parecía que estaba haciendo el amor con otra persona distinta, con alguien que fingía ser ella o con alguien que carecía de concreción y de individualidad.
 
Después ella se sentó encima de él (tampoco lograba ver más que su sombra erguida) y moviendo las caderas dijo algo con voz amortiguada, en un susurro, sin que se supiese si se lo decía a él o a sí misma. No reconoció las palabras y le preguntó qué había dicho. Volvió a susurrar algo y ni siquiera después, cuando volvió a abrazarla contra su cuerpo, pudo entender lo que decía.
 
 
Milan Kundera (Escritor de origen checo nacionalizado francés; 1929) .

viernes, 31 de agosto de 2018

Agosto: A MEDIANOCHE, de Jaime Sabines


A medianoche, a punto de terminar agosto, pienso con tristeza en las hojas que caen de los calendarios incesantemente. Me siento el árbol de los calendarios.

Cada día, hijo mío, que se va para siempre, me deja preguntándome: si es huérfano el que pierde un padre, si es viudo el que ha perdido a la esposa, ¿cómo se llama al que pierde un hijo? ¿cómo, el que pierde el tiempo? Y si yo mismo soy el tiempo, ¿cómo he de llamarme si me pierdo a mí mismo?

El día y la noche, no el lunes ni el martes, ni agosto ni septiembre; el día y la noche son la única medida de nuestra duración. Existir es durar, abrir los ojos y cerrarlos.

A estas horas, todas las noches, para siempre, yo soy el que ha perdido el día. (Aunque sienta que, igual que sube la fruta por las ramas del durazno, está subiendo en el corazón de estas horas, el amanecer).

Jaime Sabines (México, 1926-1999).

jueves, 30 de agosto de 2018

Agosto: ALEXIS O EL TRATADO DEL INÚTIL COMBATE, de Marguerite Yourcenar

"Estaba demasiado oscuro para que yo pudiera distinguir tus facciones; sólo me di cuenta de que estabas muy tranquila."

(Fragmento que acontece a finales del mes de agosto)

Llegaste a Wand un día, a finales del mes de agosto, a la hora del crepúsculo. No recuerdo exactamente los detalles de esa aparición; no sabía que entrabas, no sólo en aquella casa alemana, sino también en mi vida. Recuerdo solamente que ya había oscurecido y que las lámparas del vestíbulo aún no estaban encendidas. No era la primera vez que ibas a Wand, así que las cosas tenían para ti algo familiar; también ellas te conocían. Estaba demasiado oscuro para que yo pudiera distinguir tus facciones; sólo me di cuenta de que estabas muy tranquila. Amiga mía, las mujeres son raras veces tranquilas: son plácidas o bien febriles. Tú eras serena a la manera de una lámpara. Conversabas con tus huéspedes, decías sólo las palabras que había que decir y hacías sólo los gestos que había que hacer; todo era perfecto. Aquella tarde estuve más tímido aún que de costumbre; hubiera descorazonado hasta a tu bondad. Sin embargo, no sentía antipatía hacia ti. Tampoco te admiraba: estabas demasiado lejos. Tu llegada me apreció simplemente un poco menos desagradable de lo que yo había temido al principio. Ya ves que te digo la verdad.
 
 
Marguerite Yourcenar
(Escritora en lengua francesa nacida en Bélgica, educada en Francia y afincada en Estados Unidos, donde falleció. Tenía doble nacionalidad, francesa y estadounidense; 1903-1987).

miércoles, 29 de agosto de 2018

Agosto: REM, de Mircea Cărtărescu


(Fragmento)

Una noche de agosto, cuando bajo la carpa del circo Vittorio se habían reunido más espectadores que nunca, sobre la piel del abuelo aparecieron, en medio de una jungla de tatuajes frenéticos, tres letras como grabadas con zafiros: REM. Por todo el pecho, como una premonición. Soile, mi abuela, que ya había tenido a mi madre en 1921 y la había dejado en Chimogi, al cuidado de la viuda de Marcos, siguió con el dedo el contorno mágico de las tres letras, empezó a reír y a llorar, a gritar y a revolcarse por el polvo del escenario, hasta que, doblando el espinazo hacia atrás, arqueó la espalda de forma tan terrible que incluso Tudoriţa, la del Le Magnifique, habría sentido envidia. Aquel fue también el año de la quiebra de don Vittorio Carrá, el propietario del circo. Soile murió en el monasterio de Dudu con un diagnóstico de demencia histérica; también Dumitru acabó su carrera de saltimbanqui cuando, unos meses después, mientras actuaba en invierno en Bráila, en un gran espectáculo, entre lanzadores de fuego, tragasables y forzudos con pieles de leopardo, rodeados de cadenas, fue destrozado en plena representación por los dos dragones, que se abalanzaron sobre él. Al parecer, aquellos fabulosos animales con hocico y cola de dragón, garras de león y alas de murciélago, habían visto, en los tatuajes siempre cambiantes de la piel amarillenta de mi abuelo, algo que provocó su ferocidad.
 

Mircea Cărtărescu (Rumania, 1956).
(Traducido al español por Marian Ochoa de Eribe).

martes, 28 de agosto de 2018

Agosto: CRÓNICA DEL PÁJARO QUE DA CUERDA AL MUNDO, de Haruki Murakami

 
(Fragmento del capítulo 18: Noticias de Creta)

A finales de agosto recibí una postal de la isla de Creta. El sello era griego y también eran griegas las letras del timbre. No había ninguna duda de que la enviaba la mujer que antes había sido Creta Kanoo. Aparte de ella, no conocía a nadie más que pudiera enviarme una carta desde Creta. Pero en el remitente no aparecía nombre alguno. «Quizá no ha decidido aún cómo se llama», pensé. Las personas, si no tienen nombre, no pueden escribirlo. Pero no sólo faltaba el nombre, no había ni una sola línea escrita. Sólo mi nombre y dirección, con bolígrafo azul, y el timbre de la oficina de correos de Creta. En el anverso, una fotografía en color de las playas de la isla. Una playa de arena blanquísima circundada de rocas y una joven con el pecho desnudo tomando el sol. El mar era de un azul profundo y en el cielo flotaba una nube blanca que parecía artificial. Tan compacta que daba la impresión de que era posible tenerse en pie y andar sobre ella.
 
Al parecer, la mujer que antes había sido Creta Kanoo había llegado sin novedad a la isla de Creta. Me alegré por ella. Allí pronto encontraría un nuevo nombre. Y, con el nombre, una nueva identidad y una nueva vida. Pero ella no me había olvidado. Me lo anunciaba aquella postal sin una sola línea escrita que me había enviado desde Creta.
 
Para matar el tiempo le escribí una carta. No sabía su dirección, tampoco su nombre. Era una carta que, desde buen principio, no pensaba enviar. Simplemente me apetecía escribirle una carta a alguien.


Haruki Murakami (Japón, 1949). 

lunes, 27 de agosto de 2018

Agosto: LOS CUATRO JINETES DEL APOCALIPSIS, de Vicente Blasco Ibáñez

"... cuando la tierra estaba erizada de espigas, cuando el cielo de agosto era más luminoso..."

(Fragmento del capítulo III: La retirada)

Habían huido sin saber adonde iban, perseguidos por el incendio y la metralla, locos de terror, como escapaban las muchedumbres medioevales ante el galopar de las hordas de hunos y mongoles. Y esta fuga había sido a través de la Naturaleza en fiesta, en el más opulento de los meses, cuando la tierra estaba erizada de espigas, cuando el cielo de agosto era más luminoso y los pájaros saludaban con su regocijo vocinglero la opulencia de la cosecha.

Revivía la visión del inmenso crimen en aquel circo repleto de muchedumbres errantes. Los niños gemían con un llanto igual al balido de los corderos; los hombres miraban en torno con ojos de espanto; algunas mujeres aullaban como locas. Las familias se habían disgregado en el terror de la huida. Una madre de cinco pequeños sólo conservaba uno. Los padres, al verse solos, pensaban con angustia en los desaparecidos. ¿Volverían a encontrarlos?... ¿Habrían muerto a aquellas horas?...

 
Vicente Blasco Ibáñez (Español fallecido en Francia, 1867-1928).