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Vancouver, Stanley Park, otoño.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Tequila: MENOS QUE NADA (capítulo inicial)

"Esta es la noche en la que todos nos envolvemos con la bandera. Somos mexicanos y no se vale dudarlo."

(Fragmento inicial del capítulo I: El síndrome de Juan Escutia)

Sólo quedan los despojos de los festejos patrios desparramados sobre la plaza, la oquedad de las botellas, los tres colores del papel festivo colgando en jirones desde el techo del quiosco y el olor a pólvora de la pirotecnia impregnado todavía en la atmósfera –dicen que así es como huele el diablo-, último vestigio de la euforia patriotera.

Se celebra la independencia sin tanto escándalo como hace cuatro años, cuando tuvo lugar el bicentenario, aunque en los hechos es como si nunca hubiese terminado de consumarse. A través de la fiesta se procura confundir a la existencia y proveerla de júbilo ocasional: Prometeo desencadenado. El engaño colectivo yace adormilado después de su breve ruptura, de tanta explosión de los sentidos, ándele Güerito, ¿pos qué a poco no se va a echar un pozole?... Llévese sus banderitas, sus rehiletes, sus matracas… Aquí tenemos los sombreros, las cachuchas con el águila… Órale cabrón, chúpale al tequila, no te estés haciendo pendejo. Vamos a acabarnos esta para ir por l’otra antes de que vayan a cerrar...

Apenas escuchas las primeras canciones de la presentación de Alex Syntek poco después de la recreación del grito de Dolores y caminas por Aguayo hasta la calle de París, de regreso a tu casa. Desde hace un buen rato, cuando le propusiste a Magdalena que vivieran juntos, encontraron ese lugar en Coyoacan. Ella aprovechó el puente para irse de viaje con sus papás y su hermana menor. Durante el trayecto alcanzas a escuchar un coro desentonado de música ranchera desde el interior de una casa: “… si muero lejos de ti, que digan que estoy dormido y que me traigan aquí…” A la distancia, las detonaciones de los fuegos artificiales y los cohetones son cada vez más esporádicas y distantes. Esta es la noche en la que todos nos envolvemos con la bandera. Somos mexicanos y no se vale dudarlo.
 

Jules Etienne

martes, 23 de septiembre de 2014

Los tequilas de Graham Greene

 
Graham Greene aprovechó sus viajes por México para escribir varias novelas y relatos. De ellos se desprende una visión cáustica sobre el país y a menudo agresiva, que manifiestan su obvio desagrado. El tequila, sin embargo, surge con frecuencia en sus narraciones. Por ejemplo, en Caminos sin ley lo describe de esta manera: “Le hice beber un tequila, bebida alcohólica extraída del agave, una especie de ginebra bastante inferior”, y luego en ese mismo párrafo indica que “el tequila bullía como la audacia por sus venas”.
 
Más adelante, al quinto capítulo, Viaje en la oscuridad, pertenece el siguiente diálogo:
 
Volvimos al Diligencias y pedí algo de comer, un par de tequilas para cada uno, y cerveza. Una niñita pasó vendiendo billetes de lotería, y le compré uno, el primero que compraba en mi vida; un gesto ante el destino. Después de los tequilas empecé a sentirme mejor, a pensar de forma grandilocuente en mi viaje como en una gran aventura. Y también mi amigo florecía; lamentaba no poder acompañarme. Le habría gustado demostrar, decía, que un mexicano era "tan valiente" como un inglés. Vendría como amigo, no como guía. No me cobraría nada. Pasearíamos a caballo por Chiapas, y tendríamos interesantes conversaciones.
 
- ¿Por qué no? -le dije-. No tengo ropa.
- Podríamos tomar un taxi hasta su casa.
- No tenemos tiempo.
- Entonces podríamos comprarla en Tabasco.
El segundo tequila comenzaba a provocar su drástica reacción; le brillaban los ojos.
- Muy bien –dijo-, ya está. Le demostraré que un mexicano es tan valiente… Iré con usted, así como estoy vestido.
Nos comprometimos con un brindis de cerveza y nos dimos la mano un poco ebrios.
 
En el capítulo siete, Hacia Chiapas, una vez que los personajes se encuentran en Palenque, se refiere de nuevo al tequila:
 
Pero Palenque no era Salto; la cantina de Salto adquiría en el recuerdo las proporciones y el lujo de un bar norteamericano. En el almacén cercano a la iglesia tenían solamente tres botellas de cerveza, una cerveza caliente, gaseosa, insatisfactoria. Después bebimos un vaso cada uno de tequila muy nuevo y poco fermentado, que apenas logró rozar nuestra sed.
 
También en El poder y la gloria, una de sus novelas más notables, se le menciona de manera apenas incidental:
 
– Pero yo soy bebedor de vino... no sabe usted cuánto deseo el vino...
– El vino me cuesta mucho dinero. ¿Qué más me puede usted pagar?
– Todo lo que me queda son setenta y cinco centavos.
– Le podría dar una botella de tequila.
– No, no.
– Entonces cincuenta centavos más... Será una botella grande.
 
Por último, este es el párrafo con que da comienzo el cuento El billete de lotería:
 
Mr. Thriplow compró su primer y último billete de lotería en Veracruz. Se había tomado dos vasos de tequila para animarse a subir a bordo de aquella horrible barcaza mexicana de cien toneladas provista de un motor auxiliar, que era el único sistema para desplazarse hasta el pequeño Estado tropical que quería visitar. Al coger los billetes que la niña le ofreció, se sintió señalado por el destino; y tal vez lo estaba. Yo no creo mucho en el destino, pero cuando creo en él lo imagino muy exactamente como una personalidad tan maliciosa y humorística que, entre toda la gente del mundo, sería capaz de elegir a Mr. Thriplow para servir sus absurdos y augustos objetivos.
 
Si bien por una parte puede inferirse que Graham Greene no disfrutó plenamente sus visitas a México, por la otra resulta evidente que durante su estancia abundaron los tragos a las botellas de tequila.

Jules Etienne

sábado, 20 de septiembre de 2014

Tequila: JUGANDO CON BOMBAS, de B. Traven


(Fragmento)

El jurado se retira. En menos de media hora, pues sus miembros tienen asuntos que atender, regresa. El veredicto es: "No culpable".

Natalio es puesto en libertad inmediatamente. El y sus testigos, incluyendo a Filomena y a su nuevo hombre, van a la cantina más próxima a celebrar el acontecimiento con dos botellas de tequila. Las botellas pasan de boca en boca sin que ninguno haga uso de los vasos. Todos saborean un poco de sal y chupan limón. . Cuando las botellas están vacías, Natalio regresa a su trabajo, pues restando algunas horas hábiles todavía, él, minero honesto, no quiere perderlas.

Como de costumbre el sábado siguiente se celebra el baile en el pueblo, al que Natalio asiste. Allí encuentra a una joven que, sabedor a de sus virtudes de hombre sobrio y trabajador, acepta su proposición para vivir con él como su mujer.


B. Traven: Ret Marut, Hal Croves o Traven Torsvan
(Escritor alemán nacionalizado mexicano; 1882-1969)

viernes, 19 de septiembre de 2014

Tequila: ENTRE LA PIEDRA Y LA FLOR, de Octavio Paz

"... alza una flor, roja y única. Una vara sexual la levanta, llama petrificada."

II

¿Qué tierra es ésta?
¿Qué violencias germinan

bajo su pétrea cascara,
qué obstinación de fuego ya frío,
años y años como saliva que se acumula
y se endurece y se aguza en púas?


Una región que existe
antes que el sol y el agua
alzaran sus banderas enemigas,
una región de piedra
creada antes del doble nacimiento
de la vida y la muerte.


En la llanura la planta se implanta
en vastas plantaciones militares.
Ejército inmóvil
frente al sol giratorio y las nubes nómadas.


El henequén, verde y ensimismado,
brota en pencas anchas y triangulares:
es un surtidor de alfanjes vegetales.
El henequén es una planta armada.


Por sus fibras sube una sed de arena.
Viene de los reinos de abajo,
empuja hacia arriba y en pleno salto
su chorro se detiene,
convertido en un hostil penacho,
verdor que acaba en puntas.
Forma visible de la sed invisible.


El agave es verdaderamente admirable:
su violencia es quietud, simetría su quietud.


Su sed fabrica el licor que lo sacia:
es un alambique que se destila a sí mismo.


Al cabo de veinticinco años
alza una flor, roja y única.
Una vara sexual la levanta,
llama petrificada.
Entonces muere.
 
 
Octavio Paz (México, 1914-1998). Obtuvo el premio Nobel en 1990.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Tequila: LA SOMBRA DEL CAUDILLO, de Martín Luis Guzmán

 "A ver, tú; que te den el embudo del aceite… ¿Conque no bebe?"

(Fragmento del libro cuarto, capítulo II: Camino al desierto)

- ¡Lévantese de ay!

La voz era enérgica y ronca.

Mientras Axkaná se incorporaba, dos manos lo cogieron por un brazo; otras lo arrojaron contra el asiento. Ahora sentía apoyado sobre el pecho el cañón de la pistola.

- Saca el tequila –dijo la misma voz.

El cuello de una botella vino a tocarle la boca.

- Beba un trago -mandó la voz.

- No bebo.

- ¿No bebe?

- No. No bebo.

- Conque no, ¿eh?

Las ondas de la voz siguieron dirección distinta.

- A ver, tú; que te den el embudo del aceite… ¿Conque no bebe?

Se oía el ruido que hacían delante al remover los trebejos del automóvil.

- Conque no bebe… Conque no bebe… -repetía la voz.

“Va a ser inútil resistir –pensó Axkaná-. Acaso fuera más juicioso no oponerse.”

Tuvo, sin embargo, miedo de que lo envenenaran.

- Y ¿quién me asegura –preguntó- que es sólo tequila lo que quieren darme?

- Nadie. Y sobran las preguntas. Si quisiéramos envenenarlo o matarlo de otro modo cualquiera, ¿quién lo había de impedir? Pero ya oyó que pedí el tequila. Sienta la botella: está nuevecita, la acabamos de destapar. Beba, pues, por las buenas o por las malas. Traiga la mano… ¿No es ésta una botella?

A despecho de todo, aquel lenguaje hizo cierta gracia a Axkaná. Tocando la botella, dijo:

- Sí, es una botella.

- Beba un trago, pues… Mire: bebo yo primero.

Breve silencio… Chascaba una lengua:

- Buen tequila, ¡la verdad de Dios!... Ahora usted.

Axkaná bebió.

- ¿Es tequila o no es tequila?

- Así parece.

La botella seguía apoyada, en parte, en la mano derecha de Axkaná.

- Beba otra vez.

- No, ya no.

- Beba otra vez, le digo… Y nomás no se me mueva tanto, que la pistola puede dispararse.

Y diciendo así, el desconocido volvió a hacer que la botella y los labios de Axkaná se juntaran. Axkaná tornó a beber.

- ¿No es buen tequila?

- Sí, si es bueno… Pero ¿para qué me han traído a este sitio?

Con el cuello de la botella golpeaba el desconocido los labios de Axkaná. Lo hacía, evidentemente, con intención de causarle daño y mantenerlo dócil. Para que cesara en aquello, Axkaná bebió.
 
 
Martín Luis Guzmán (México, 1887-1976)
 
La ilustración corresponde a un fotograma de la película La sombra del caudillo (1960), dirigida por Julio Bracho.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Tequila: PONDERACIÓN Y SIGNO DEL TEQUILA, de Álvaro Mutis

"... porque es fiel y obcecado en su lealtad al paralelo delirio de los rieles..."
 
Para María y Juan Palomar

 El tequila es una pálida llama que atraviesa los muros
y vuela sobre los tejados como alivio a la desesperanza.
El tequila no es para los hombres de mar
porque empaña los instrumentos de navegación
no obedece a las tácitas órdenes del viento.
Pero el tequila, en cambio, es grato a quienes viajan en tren
y a quienes conducen las locomotoras, porque es fiel
y obcecado en su lealtad al paralelo delirio de los rieles
y a la fugaz acogida en las estaciones,
donde el tren se detiene para testimoniar
su inescrutable destino de errancia.
Hay árboles bajo cuya sombra es deleitoso beberlo
con la parsimonia de quien predicó en el viento
y otros árboles hay donde el tequila no soporta la umbría
que opaca sus poderes y en cuyas ramas se mece
una flor azul como el color que anuncia los frascos de veneno.
Cuando el tequila agita sus banderas de orillas dentadas,
la batalla se detiene y los ejércitos tornan
al orden que se proponían imponer.
Dos escuderos lo acompañan a menudo: la sal y el limón.
Pero está listo siempre a entablar el diálogo
sin otro apoyo que su lustral transparencia.
En principio el tequila no conoce fronteras.
Pero hay climas que le son propicios
como hay horas que le pertenecen con sabia plenitud:
cuando llega la noche a establecer sus tiendas
en el esplendor de un meridiano sin obligaciones,
en la más alta tiniebla de las dudas y perplejidades.
Es entonces cuando el tequila nos brinda su lección consoladora,
su infalible gozo, su indulgencia sin reservas.
También hay manjares que exigen su presencia,
son aquellos que propició la tierra que los vio nacer.
Inconcebible sería que no fraternizaran con certeza milenaria.
Romper ese pacto sería grave falta contra un dogma prescrito
para aliviar la escabrosa tarea de vivir.
Si “la ginebra sonríe como una niña muerta”
el tequila nos atisba con sus verdes ojos de prudente centinela.
El tequila no tiene historia, no hay anécdota
que confirme su nacimiento. Es así desde el principio
de los tiempos, porque es don de los dioses
y no suelen ellos fabular cuando conceden.
Ese es oficio de mortales, hijos del pánico y la costumbre.
Así es el tequila y así ha de acompañarnos
hasta el silencio del que nadie regresa.
Alabado sea, pues, hasta el final de nuestros días
y alabada su cotidiana diligencia para negar ese término.

 
Álvaro Mutis (Colombia, 1923-2013)

martes, 16 de septiembre de 2014

Tequila: ESTAS RUINAS QUE VES, de Jorge Ibargüengoitia


(Fragmento)
 
Gloria, con un gesto de resignación, retiró las copas y el Doctor fue a buscar una bebida muy especial que guardaba en el último rincón de la casa.

Cuando habíamos llegado a la terraza, después de saludar a Gloria, nos sentamos, las sillas de mimbre crujieron, cuando llegó el Doctor, nos levantamos, cuando se fue a buscar la botella, nos volvimos a sentar, entonces entró la Rapaceja, nos levantamos, la saludamos y nos sentamos, llegaron las hermanitas Verduguí, nos levantamos y nos sentamos, llegó Sebastián Montaña, ídem, llegó Rocafuerte con su traje azul pavo, ya nadie tuvo ánimos para levantarse. "Suegra", le dijo a la Rapaceja, y la besó en la mejilla, al Doctor lo abrazó, y a Gloria le dio un beso en la boca. Exudaba optimismo. A la tercera frase empezó a venderle una Nikkonaka a Sebastián Montaña. El Doctor había traído del fondo de la casa un barrilito de tequila añejo, "de la reserva particular de don Adalberto Trejo", nos dijo. Sirvió una copa a cada uno, hasta a los que dijeron ' 'yo tequila no, muchas gracias". Bebimos un trago y dijimos que era excelente.
 
- Este tequila -dijo el Doctor, arrastrado por la reminiscencia- es con el que brindamos cuarenta compañeros de la Asociación de Profesionistas Cuevanenses y nuestras respectivas esposas, un dieciséis de septiembre que nos tocó pasar en la isla de Melos, en el tour que hicimos a Europa, ¿verdad, mi vida?
 
- Fue precioso -dijo la Rapaceja.
 
- El sol poniéndose -siguió el Doctor-, el mar, color violeta, y nosotros los mexicanos, parados en unas piedras, mirando hacia el occidente, y brindando con tequila, acordándonos de nuestra patria lejana. Miren, las lágrimas nos brotaron de la emoción. Los que estábamos allí sentados, vimos con admiración cómo al Doctor y a la Rapaceja volvían a brotarles las lágrimas nomás de acordarse.
 
 
Jorge Ibargüengoitia (México, 1928-1983) 

lunes, 15 de septiembre de 2014

El tequila como símbolo del festejo patrio

"... y podía cuando menos agradecer al tequila tal
honestidad, por breve que fuese su duración."
Malcolm Lowry en Bajo el volcán.
 
Cada año, durante esta temporada septembrina en que se acostumbra a celebrar, con desvelos y tragos, el llamado Grito de la Independencia, el fervoroso ritual gira con frecuencia en torno a una botella de tequila. En ningún momento durante el resto del año ni bajo cualquier otro pretexto, se consume tanto tequila como en estas fechas. Las estadísticas no mienten, los robos de licores se triplican y el principal objetivo suele ser el tequila, la bebida más simbólica para refrendar la condición de mexicano: euforia, patrioterismo ocasional y violencia, que exaltan su intensidad.
 
La literatura nunca ha sido ajena a su influjo. El poeta Efraín Huerta recordaba su encuentro con Pablo Neruda en 1942:
 
Tres oradores abrieron el programa, y dos poetas lo cerraron: Pablo Neruda y yo.  Poco antes de empezar el acto, Pablo me invitó a tomar una copa. Lo  que quería era leerme el poema que diría. Era el Canto a Stalingrado.  La cantina donde brindamos con tequila está allí todavía: La Castellana, en Antonio Caso e Insurgentes Centro. Yo sólo le recomendé a Pablo que cierta palabra sucia la suprimiera, o que la pusiera en francés, por sonar más belicosa. Se quedó en francés.”
 
El mismo Huerta que le recomendaría a su amigo, el peruano Hildebrando Pérez, la mejor manera de beberlo, en Para que aprenda a tomar un caballito de tequila.
 
Acerca la mano hacia la ansiosa boca, como a la distancia de más o menos veinte centímetros: abre la boca y con la mano derecha golpea los dedos –tensos– de la mano izquierda. La sal salta hacia la boca y el ritual empieza. Chupa un limón. Bebe.
Un caballito te da de cinco a seis sorbitos
”.
 
Muchos años después, el argentino Roberto Bolaño, quien viviera una larga temporada en México, escribió en su poema Para Efraín Huerta: “… mientras a tus espaldas los poetas/ bebían tequila y hablaban en voz baja.”
 
Carlos Fuentes en Cambio de piel, luego de que describe cuando el mozo entra con una botella de tequila sobre una bandeja de latón, la deja sobre la mesa:
 
con dos vasos pequeños, un salero y varias rebanadas de limón. Dijo que no había Damiana.
 
- Lástima. Es un afrodisíaco-. Le entregaste un peso al indio sonriente. - Toma. Serviste las dos copas y le pasaste el salero y los limones a Javier.
 
Javier exprimió el limón dentro del vaso y luego lo rodó de sal:
 
- Esto no me va a caer bien, Ligeia. Lo sabes de sobra. Los dos se miraron mientras sorbía lentamente el tequila.”
 
El cónsul alcohólico que protagoniza la novela Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, exaltaba algunas de sus cualidades: “hasta (y podía cuando menos agradecer al tequila tal honestidad, por breve que fuese su duración) de ser amado.”
 
Jack Kerouac, emblema de la generación beatnik, se refiere En el camino a México como el país de la tierra caliente y el tequila. Tom Robbins lo alude con frecuencia, por ejemplo, en También las vaqueras sienten melancolía, cuando comienza el incendio y la orquesta sigue tocando Allá en el rancho grande: “Sacó la madre a la hija del remolque como si la sacase del Club El Lagarto en llamas. (En el punto culminante del pavoroso incendio, una hilera de botellas de tequila sobrecalentadas empezaron a estallar entre las llamas).” Y en Naturaleza muerta con pájaro carpintero se ocupa a su vez del tequila, como “la bebida favorita de los delincuentes” a quienes suele traicionar, y lo define como “líquido geométrico de la pasión”, un “dios majadero que copula en el aire con las almas de las vírgenes moribundas” y también “agua salvaje de la hechicería”.

Relación que de alguna manera coincide con la que por su parte establece el británico D. H. Lawrence en La serpiente emplumada, cuando describe: “... las caras verdaderamente terribles de algunos tipos de la ciudad, tumefactas a causa del veneno del tequila y con los ojos un poco vidriosos y como si mirasen a través de un velo de maldad. En ninguna parte había encontrado rostros en los que se pintase el mal con tanta claridad como los que se veían en México.”

Otro inglés, como lo era Lawrence, que se ocupó de México a lo largo de su obra -con una visión a menudo acerba-, fue Graham Greene, quien menciona al tequila en sus novelas El poder y la gloria y Caminos sin ley, además del relato El billete de lotería, las cuales revisaremos en otra ocasión.
 
Debiera, por supuesto, mencionar los poemas Ponderación y signo del tequila, del colombiano Álvaro Mutis y Entre la piedra y la flor, de Octavio Paz, pero mejor he optado por  incluirlos completos en los próximos días, lo mismo que las referencias hechas por José Revueltas en sus novelas Los días terrenales y Los errores, por Martín Luis Guzmán en La sombra del caudillo, y Mariano Azuela en Los de abajo, así como unos párrafos del relato Jugando con bombas, del enigmático B. Traven.

Cómo olvidar que el perro del rancho en Como agua para chocolate, de Laura Esquivel, se llamaba precisamente Tequila, y que los gemelos personajes de La zona del silencio, de Homero Aridjis, llevaban por nombre Mezcal y Tequila.
 
Jules Etienne

viernes, 8 de agosto de 2014

Espejos (99): ULISES, de James Joyce

"Ahí, como en sucesión retrospectiva, espejo dentro de un espejo (¡y listo!), se contempla a sí mismo."

(Fragmento del capítulo 14)

¿Qué edad tiene el alma del hombre? Así como tiene la virtud del camaleón para cambiar su tinte con todo lo que se le acerca, de ser alegre con el divertido y triste con el abatido, del mismo modo su edad es cambiable de acuerdo con su humor. Leopoldo ya no es, sentado como está ahí, rumiando el bolo de la reminiscencia, aquel sensato agente de publicidad y poseedor de una modesta fortuna en fondos. Veinte años han pasado. Ahora es el joven Leopoldo. Ahí, como en sucesión retrospectiva, espejo dentro de un espejo (¡y listo!), se contempla a sí mismo. Se ve aquella figura joven de entonces, precozmente varonil, caminando en una mañana de escarcha desde la vieja casa en Clanbrassil Street hasta el instituto, la cartera llena de libros en bandolera, y en ella un buen trozo de pan de trigo, una idea de la madre. O quizás sea la misma figura, pasado ya un año más o menos, con su primer sombrero hongo (¡ah, aquél sí que fue un gran día!), ya en la calle, un viajante hecho y derecho de la empresa familiar, equipado con un libro de pedidos, un pañuelo perfumado (no sólo para lucirlo), un estuche de relucientes artículos de bisutería (¡ay, ya algo del pasado!) y una pilada de complacientes sonrisas para esta o aquella ama de casa medio conquistada calculando con los dedos o para una doncella en flor, agradeciendo tímidamente (¿y el corazón? ¡dime!) sus estudiados cumplidos. El perfume, la sonrisa, pero, más que todo eso, los ojos oscuros y los modales untosos, volvían a casa a la caída de la tarde con sus buenas comisiones junto al cabeza de la empresa, sentado con la pipa de Jacob después de idénticas tareas en el rincón de la chimenea destinado al padre (la comida de fideos, con toda certeza, se está recalentando) leyendo a través de lentes de concha algún periódico de Europa de hace un mes. Pero ah, y listo, el espejo se enturbia y el joven caballero errante se evapora, se consume, queda convertido en un punto diminuto en la niebla. Ahora él es el padre y los que están a su alrededor podrían ser sus hijos. ¿Quién podría decirlo? El padre sabio que sabe quién es su propio hijo. Él piensa en una noche de llovizna en Hatch Street, muy cerca de los almacenes, allí, la primera. Juntos (ella es una pobre niña abandonada, hija de la vergüenza, tuya y mía y de todos por sólo un chelín y su penique de la suerte), juntos oyen los pasos cansinos de la guardia mientras dos sombras engabardinadas cruzan por la nueva universidad real. ¡Bridie! ¡Bridie Kelly! Nunca olvidará el nombre, siempre recordará la noche: la primera noche, noche de bodas. Están entrelazados en la más profunda oscuridad, el deseoso con la deseada, y en un instante Wat.) la luz inundará el mundo. ¿Daba vuelcos el corazón por el otro corazón? No, amable lector. En un solo suspiro se hubo consumado pero -¡Espera! ¡Atrás! ¡No puede ser! Espantada la pobre muchacha se escapa a través de las sombras. Es la novia de las tinieblas, hija de la noche. Incapaz de arrostrar la carga del niño sol áureo del día. No, Leopoldo. El nombre y el recuerdo no son consuelo para ti. Aquella ilusión juvenil de tu fuerza te fue arrebatada, y por nada. No habrá hijo de tus lomos a tu lado. Nadie hay ahora que sea para Leopoldo, lo que Leopoldo fue para Rudolph.
 
 
James Joyce (Irlanda, 1882-1941) 

jueves, 7 de agosto de 2014

Espejos (98): LOS ESPEJOS, de Jorge Luis Borges


"Que a veces raya el ilusorio vuelo del ave inversa o que un temblor agita."
 
Yo que sentí el horror de los espejos
No sólo ante el cristal impenetrable
Donde acaba y empieza, inhabitable,
un imposible espacio de reflejos

Sino ante el agua especular que imita
El otro azul en su profundo cielo
Que a veces raya el ilusorio vuelo
Del ave inversa o que un temblor agita

Y ante la superficie silenciosa
Del ébano sutil cuya tersura
Repite como un sueño la blancura
De un vago mármol o una vaga rosa,

Hoy, al cabo de tantos y perplejos
Años de errar bajo la varia luna,
Me pregunto qué azar de la fortuna
Hizo que yo temiera los espejos.

Espejos de metal, enmascarado
Espejo de caoba que en la bruma
De su rojo crepúsculo disfuma
Ese rostro que mira y es mirado,

Infinitos los veo, elementales
Ejecutores de un antiguo pacto,
Multiplicar el mundo como el acto
Generativo, insomnes y fatales.

Prolongan este vano mundo incierto
En su vertiginosa telaraña;
A veces en la tarde los empaña
El hálito de un hombre que no ha muerto.

Nos acecha el cristal. Si entre las cuatro
Paredes de la alcoba hay un espejo,
Ya no estoy solo. Hay otro. Hay el reflejo
Que arma en el alba un sigiloso teatro.

Todo acontece y nada se recuerda
En esos gabinetes cristalinos
Donde, como fantásticos rabinos,
Leemos los libros de derecha a izquierda.

Claudio, rey de una tarde, rey soñado,
No sintió que era un sueño hasta aquel día
En que un actor mimó su felonía
Con arte silencioso, en un tablado.

Que haya sueños es raro, que haya espejos,
Que el usual y gastado repertorio
De cada día incluya el ilusorio
Orbe profundo que urden los reflejos.

Dios (he dado en pensar) pone un empeño
En toda esa inasible arquitectura
Que edifica la luz con la tersura
Del cristal y la sombra con el sueño.

Dios ha creado las noches que se arman
De sueños y las formas del espejo
Para que el hombre sienta que es reflejo
Y vanidad. Por eso nos alarman.
 
 
Jorge Luis Borges (Argentina, 1899-1986)

miércoles, 6 de agosto de 2014

Espejos (97): LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SER, de Milan Kundera

"... sus miradas al espejo tenían el cariz de un vicio secreto."

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Ella trataba de verse a sí misma a través de su cuerpo. Por eso se miraba con frecuencia al espejo. Como le daba miedo que la sorprendiera su madre, sus miradas al espejo tenían el cariz de un vicio secreto.
 
No era la vanidad lo que la atraía hacia el espejo, sino el asombro al ver a su propio yo. Se olvidaba de que estaba viendo el tablero de instrumentos de los mecanismos corporales. Le parecía ver su alma, que se le daba a conocer en los rasgos de su cara. Olvidaba que la nariz no es más que la terminación de una manguera para llevar el aire a los pulmones. Veía en ella la fiel expresión de su carácter.
 
Se miraba durante mucho tiempo y a veces le molestaba ver en su cara los rasgos de su madre. Se miraba entonces con aún mayor ahínco y trataba, con su fuerza de voluntad, de hacer abstracción de la fisonomía de la madre, de restarla, de modo que en su cara quedase sólo lo que era ella misma. Cuando lo lograba, aquél era un momento de embriaguez: el alma salía a la superficie del cuerpo como cuando los marinos salen de la bodega, ocupan toda la cubierta, agitan los brazos hacia el cielo y cantan.
 
 
    Milan Kundera (Escritor de origen checo nacionalizado francés; 1929) 

martes, 5 de agosto de 2014

Espejos (96): EL AMOR DESPUÉS DEL AMOR, de Derek Walcott

"... al que ves en tu espejo y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro, y dirá, siéntate aquí."

Un tiempo vendrá
en el que, con gran alegría,
te saludarás a ti mismo,
al tú que llega a tu puerta,
al que ves en tu espejo
y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro,
y dirá, siéntate aquí. Come.
Seguirás amando al extraño que fuiste tú mismo.
Ofrece vino. Ofrece pan. Devuelve tu amor
a ti mismo, al extraño que te amó
toda tu vida, a quien no has conocido
para conocer a otro corazón
que te conoce de memoria.
Recoge las cartas del escritorio,
las fotografías, las desesperadas líneas,
despega tu imagen del espejo.
Siéntate. Celebra tu vida.
 
 
Derek Walcott (Santa Lucía, 1930). Obtuvo el premio Nobel en 1992.

lunes, 4 de agosto de 2014

Espejos (95): BELLA DE DÍA, de Joseph Kessel

"Cuando entró en la casa, Séverine se dirigió de inmediato hacia el gran espejo ante el que solía vestirse."

(Fragmento del capítulo cuarto)
 
Séverine no supo cómo ni cuándo bajó del coche y entró en su apartamento. Un hecho violento y extraño ocurrido en su dormitorio le devolvió una vaga conciencia de sí misma. Cuando entró en la casa, Séverine se dirigió de inmediato hacia el gran espejo ante el que solía vestirse. Quedó inmóvil ante el mueble, y tan cerca de su imagen reflejada, que parecía confundirse con ella. En el misterio glacial de aquella luna recobró la percepción de sí misma. El estupor y un instinto puramente orgánico de defensa se proyectaron sobre aquella imagen, y Séverine creyó ver un ser extraño cuyo rostro jamás había visto. Poco a poco fue dándose cuenta de que aquella mujer se acercaba lentamente a ella. Era una sensación de acorralamiento: la mujer siguió avanzando, le rodeó, comenzó a apoderarse de su cuerpo. Séverine intuyó que aún tenía a su alcance una oportunidad: un gesto rápido, un salto hacia atrás impediría aquella posesión. Pero un deseo más poderoso la retuvo. Tenía que observar la imagen que se cernía sobre ella. Aquel examen le pareció el acto más esencial y urgente que la vida le había propuesto. Fue de una profundidad atroz: las mejillas blanquecinas como una superficie gredosa, la frente abombada y desnuda sobre los ojos lejanos y hundidos, los labios rojos, muertos, exangües y anormalmente abultados, todo en aquel rostro desprendía una tan enorme idea de bestialidad y horror, que Séverine no pudo soportar ni un instante más el espectáculo que se ofrecía a sí misma. Corrió hacia la puerta en busca de otra habitación, tras una distancia que interponer entre ella y la imagen fija, plana y terrible que dejaba en el espejo. Movió nerviosamente el picaporte, pero la puerta no se abrió. Comprendió que, al entrar, había cerrado con llave. Un súbito calor le subió al rostro.
 
- Quería esconderme -dijo en voz alta.
 
Con un reflejo orgulloso y franco, abrió violentamente la puerta.
 
- ¿Esconderme? ¿De quién?
 
No traspasó el umbral. Estaba segura de que la imagen seguía allí, tras ella, en el espejo. Cerró de un portazo y, eludiendo los objetos que podían reflejar sus ojos, cayó abatida en un sillón. Apretó los puños contra las sienes ardientes. Sus manos estaban heladas. Poco a poco transmitieron su frescor a la frente, calmando la extraña y febril situación de la mujer. Por fin, Séverine pudo pensar. Todo cuanto le acababa de ocurrir se desarrolló al nivel de las convulsiones instintivas, en medio de impulsos y desórdenes entre cuya maraña su memoria se extravió. No recordaba nada. Se había esfumado el recuerdo de su máscara de bestia violenta y apasionada.
 
Séverine emergió del caos sin más sentimiento que el de una insoportable vergüenza. Le pareció sentirse enfangada, y no quería ni podía lavar el fango que la cubría.
 
 
Joseph Kessel (Francés nacido en Argentina, 1898-1979)

domingo, 3 de agosto de 2014

Espejos (94): COMO LAS NUBES, de Pär Lagerkvist

"... como el leve aliento sobre un espejo."

Como las nubes,
como una mariposa,
como el leve aliento sobre un espejo.
Fortuito,
transitorio,
desvanecido en un breve instante.
Señor de todos los cielos, todos los mundos, todos los destinos,
¿qué tienes pensado hacer conmigo?
 

 (Som molnen,
som fjärilen,
som den lätta andningen pâ en spegel -
Tillfällig,

Föränderlig,
borta pâ en liten stund.
O herre över alla himmlar, alla världar, alla öden,
vad hard u menat med mig?

Like the clouds,
like a butterfly,
like the light breathing in a mirror -
Accidental,
transitory,
gone in a short while.

Lord of all heavens, all worlds, all fates,
what have you mean by me?)

 

 Pär Lagerkvist (Suecia, 1891-1974). Obtuvo el premio Nobel en 1951.
 
(Traducido al español por Jules Etienne. La versión al inglés es de W. H. Auden y Leif Sjöberg) 

sábado, 2 de agosto de 2014

Espejos (93): PAÍS DE NIEVE, de Yasunari Kawabata

 
(Fragmentos)

La luz fue invadiendo el lugar hasta que él alcanzó a verle las mejillas rosadas, o quizás era que sus ojos se habían acostumbrado tanto a la oscuridad que ahora podía distinguir un detalle como ése.
 
- Tus mejillas arden de frío. Aléjate de la ventana.
 
- No es el frío. Es que me quité el maquillaje. Siempre entro en calor en un suspiro, de la cabeza a los pies, en cuanto me meto en la cama. Debo irme. Ya es de día -dijo echándose un último vistazo en un espejo que había junto a la cama. Shimamura levantó la cabeza pero desvió los ojos de inmediato. El espejo reflejaba el blanco de la nieve enmarcando el rostro de arreboladas mejillas. El pelo era de un negro levísimamente diluido, con destellos púrpura. ¿Ya había amanecido? Shimamura no supo si lo que lo había encandilado era el primer brillo del sol contra la nieve o la belleza increíble de aquel contraste entre mujer y naturaleza.
...

Incluso cuando hubo salido de la casa, Shimamura seguía obsesionado por esa mirada, que le ardía en la cara con la misma belleza inexpresable que el atardecer anterior, cuando el destello que venía de las montañas se unió con el reflejo del rostro de ella en la ventanilla del tren. Apuró el paso, mientras su memoria convocaba una tercera imagen, la del reflejo de la nieve enmarcando las mejillas de Komako en el espejo donde ella verificaba su maquillaje, aquella misma mañana.

Sus piernas no estaban acostumbradas a ese paso pero él no reparó en ello, absorto en sus pensamientos y el paisaje de aquellas montañas que tanto le gustaban. Siempre dispuesto a dejarse llevar por sus ensoñaciones, se preguntó cómo era posible que aquel espejo espontáneo de la tarde anterior y el que reflejó la nieve esa mañana fueran realmente obra del hombre y no de la naturaleza, una naturaleza perteneciente a un mundo distante y remoto, tan distante y remoto como la habitación que acababa de abandonar.


 Yasunari Kawabata (Japón, 1899-1972). Obtuvo el premio Nobel en 1968.

(Traducido al español por Juan Forn)

viernes, 1 de agosto de 2014

Espejos (92): LA LUZ, EL TACTO (Balthus), de Octavio Paz

"... la luz nace mujer en un espejo, desnuda bajo diáfanos follajes..."

La luz sostiene —ingrávidos, reales—
el cerro blanco y las encinas negras,
el sendero que avanza,
el árbol que se queda;
 
la luz naciente busca su camino,
río titubeante que dibuja
sus dudas y las vuelve certidumbres,
río del alba sobre unos párpados cerrados;
 
la luz esculpe al viento en la cortina,
hace de cada hora un cuerpo vivo,
entra en el cuarto y se desliza,
descalza, sobre el filo del cuchillo;
 
la luz nace mujer en un espejo,
desnuda bajo diáfanos follajes
una mirada la encadena,
la desvanece un parpadeo;
 
la luz palpa los frutos y palpa lo invisible,
cántaro donde beben claridades los ojos,
llama cortada en flor y vela en vela
donde la mariposa de alas negras se quema:
 
la luz abre los pliegues de la sábana
y los repliegues de la pubescencia,
arde en la chimenea, sus llamas vueltas sombras
trepan los muros, yedra deseosa;
 
la luz no absuelve ni condena,
no es justa ni es injusta,
la luz con manos invisibles alza
los edificios de la simetría;
 
la luz se va por un pasaje de reflejos
y regresa a sí misma:
es una mano que se inventa,
un ojo que se mira en sus inventos.
 
La luz es tiempo que se piensa.
 
 
 
Octavio Paz (México, 1914-1998). Obtuvo el premio Nobel en 1990.