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Vancouver, luz de agosto en English Bay. (Fotografía de Jules Etienne)

martes, 20 de septiembre de 2016

Páginas ajenas: CANTO PARA UN EQUINOCCIO, de Saint-John Perse

 
Canto para un equinoccio*
 
La otra tarde tronaba, y sobre la tierra de tumbas yo oía re-sonar
esa respuesta al hombre, que fue breve, y que no fue sino estrépito.
Amiga, el aguacero del cielo estuvo con nosotros, la noche de Dios fue nuestra intemperie,
y el amor, en todas partes, se remontaba hacia sus fuentes.
Lo sé, lo he visto: la vida se remonta hacia sus fuentes, el relámpago recoge sus utensilios en las canteras abandonadas,
el polen amarillo de los pinos se acumula en las esquinas de las terrazas,
y la semilla de Dios se dirige hacia el mar para unirse a las capas
malvas del plancton.
Dios el disperso nos reúne en la diversidad.
 
*
Señor, Dueño del suelo, mira cómo nieva, cómo el cielo está sin contraste, la tierra libre de toda enjalma:
tierra de Set y de Saúl, de Che Huang-ti y de Keops.
La voz de los hombres está en los hombres, la voz del bronce
en el bronce, y en algún lugar del mundo
donde el cielo quedó sin voz y el siglo no estuvo alerta,
nace en el mundo un niño cuya raza y cuyo rango no conoce ninguno, y el genio llama con golpes seguros en los lóbulos de una frente pura.
Oh Tierra, madre nuestra, no te inquietes por esa ralea: el siglo está dispuesto, el siglo es turbamulta, y la vida sigue su curso.
Se alza en nosotros un canto que no ha conocido su origen y que no tendrá estuario en la muerte.
Equinoccio de una hora entre la Tierra y el hombre.
 
 
* Canto para un equinoccio es el título que el propio autor eligió para su antología poética publicada en 1971. Como ominosa paradoja, falleció el 20 de septiembre de 1975, el día previo al equinoccio.
 
Saint-John Perse: Marie-René-Auguste-Alexis Leger
(Poeta en lengua francesa nacido en la isla de Guadalupe, 1887-1975) Obtuvo el premio Nobel en 1960.

miércoles, 17 de agosto de 2016

Canícula: MEMORIA, de Arthur Rimbaud

"Al pronto cenit, de su opacado espejo, envidia al cielo gris de canícula la Esfera rosa y amada."
 

I
 
El agua clara; como sal de lágrimas de infancia,
Asalto al sol de alburas de cuerpos de mujeres;
La seda, en turba y de lis puro, de oriflamas
Bajo muros que alguna doncella defendió;
 
Retozo de ángeles; -No… la corriente de oro en marcha,
Mece brazos, negros, y plúmbeos, y frescos ante todo, de hierba. Ella
Sombría, teniendo el Cielo azul por dosel, reclama
Por cortina la sombra de la colina y del arco.
 
II
 
¡Eh! ¡el húmedo cristal extiende sus borbotones límpidos!
El agua amuebla de oro pálido y sin fondo los lechos prevenidos.
Las ropas verdes y desteñidas de las niñas
Hacen los sauces, trampolín de los pájaros sin bridas.
 
Más puro que un luis, amarillo y caliente párpado
La caléndula del agua -¡tu fe conyugal, oh Esposa!-
Al pronto cenit, de su opacado espejo, envidia
Al cielo gris de canícula la Esfera rosa y amada.
 
III
 
Madame se yergue demasiado en la pradera
Cercana a donde nievan los hijos del trabajo; sombrilla
Entre los dedos; pisoteando la umbela; tan altiva para ella;
Niños leyendo en el verdor florido
 
¡Su libro de rojo marroquí! ¡Ay! Él, como
Mil ángeles blancos que se dispersan sobre la ruta
¡Se aleja más allá de la montaña! Ella, toda
Fría, y negra ¡corre! ¡Después de la partida de su hombre!
 
IV
 
¡Nostalgia de brazos prietos y jóvenes de hierba pura!
¡Oro de lunas de abril en el corazón del santo lecho! Alegría
De las canteras ribereñas del abandono; ¡prisioneras
De las tardes de agosto que hacían germinar las podredumbres!
 
¡Que ella llore ahora bajo los murallones! el hálito
De los álamos de lo alto es para la sola brisa.
Luego, en el río subterráneo, sin reflejos, sin manantial, gris:
Un viejo, dragador, en su barca inmóvil, pena.
 
V
 
Juguete de este ojo de agua triste, no podré tomar,
¡Oh inmóvil canoa! ¡oh! ¡brazos tan cortos! ni la una
Ni la otra flor: ni la amarilla que me inoportuna,
Allí; ni la azul, amiga del agua del color de la ceniza.
 
¡Ah! ¡ese tamo de los sauces que un ala sacude!
¡Las rosas de juncales devoradas hace tiempo!
Mi canoa, siempre fija; y su cadena arrojada
Al fondo de ese ojo de agua sin límites -¿en qué lodo?
 
 
Arthur Rimbaud (Francia, 1854-1891) 

martes, 16 de agosto de 2016

Canícula: LA DALIA BLANCA, de Herta Müller

«La sandía fue un simple pretexto», dijo el carpintero después del entierro. «La dalia fue su hado fatal.»
 
En plena canícula de agosto, la madre del carpintero bajó una sandía al pozo con el cubo. El pozo hacía olas en torno al cubo. El agua gorgoteaba en torno a la cáscara verde. El agua enfrió la sandía. La madre del carpintero salió al jardín con el cuchillo grande. El sendero del jardín era una acequia. La lechuga había crecido. Tenía las hojas pegadas por la leche blancuzca que se forma en los cogollos. La madre del carpintero bajó por la acequia con el cuchillo. Allí donde empieza la valla y termina el jardín, florecía una dalia blanca. La dalia le llegaba al hombro. La madre del carpintero se pasó un buen rato oliendo los pétalos blancos. Inhalando el perfume de la dalia. Luego se frotó la frente y miró el patio.
 
La madre del carpintero cortó la dalia blanca con el cuchillo grande.
 
«La sandía fue un simple pretexto», dijo el carpintero después del entierro. «La dalia fue su hado fatal.»
 
Y la vecina del carpintero dijo: «La dalia fue una visión».
 
«Como este verano ha sido tan seco», dijo la mujer del carpintero, «la dalia se llenó de pétalos blancos y enrollados. Floreció hasta alcanzar un tamaño nada común para una dalia. Y como no ha soplado viento este verano, no se deshojó. La dalia ya llevaba tiempo muerta, pero no podía marchitarse».

 
«Eso no se aguanta», dijo el carpintero, «no hay quien aguante algo así».
 
Nadie sabe qué hizo la madre del carpintero con la dalia que había cortado. No se la llevó a su casa. Ni la puso en su habitación. Ni la dejó en el jardín.
 
«Llegó del jardín con el cuchillo grande en la mano», dijo el carpintero. «Había algo de la dalia en sus ojos. El blanco de los ojos se le había secado.»
 
«Puede ser», dijo el carpintero, «que mientras esperaba la sandía hubiese deshojado la dalia. En su mano, sin dejar caer un solo pétalo a tierra. Como si el jardín fuera una habitación».
 
«Creo», dijo el carpintero, «que cavó un hoyo en la tierra con el cuchillo grande y enterró ahí la dalia».
 
La madre del carpintero sacó el cubo del pozo ya al caer la tarde. Llevó la sandía a la mesa de la cocina. Con la punta del cuchillo perforó la cáscara verde. Luego giró el brazo describiendo un círculo con el cuchillo grande y cortó la sandía por la mitad. La sandía crujió. Fue un estertor. Había estado viva en el pozo y sobre la mesa de la cocina, hasta que sus dos mitades se separaron.
 
La madre del carpintero abrió los ojos, pero como los tenía igual de secos que la dalia, no se le abrieron mucho. El zumo goteaba de la hoja del cuchillo. Sus ojos pequeños y llenos de odio miraron la pulpa roja. Las pepitas negras se encabalgaban unas sobre otras como los dientes de un peine.
 
La madre del carpintero no cortó la sandía en rodajas. Puso las dos mitades delante de ella, y con la punta del cuchillo fue horadando la pulpa roja. «En mi vida había visto tanta avidez en un par de ojos», dijo el carpintero.
 
El líquido rojo empezó a gotear en la mesa de la cocina. Le goteaba a ella por las comisuras de los labios. Las gotas le chorreaban por los codos. El líquido rojo de la sandía se fue pegando al suelo. «Mi madre nunca había tenido los dientes tan blancos y fríos», dijo el carpintero. «Mientras comía me dijo: "No me mires así, no me mires la boca". Y escupía las pepitas negras sobre la mesa.»
 
«Yo desvié la mirada. No me fui de la cocina. La sandía me daba miedo», dijo el carpintero. «Luego miré por la ventana. Por la calle pasó un desconocido. Caminaba deprisa, hablando consigo mismo. Detrás de mí, oía a mi madre perforar la pulpa con el cuchillo. La oía masticar. Y deglutir. "Mamá", le dije sin mirarla, "deja ya de comer".»
 
La madre del carpintero levantó la mano. «Empezó a gritar y yo la miré porque gritaba muy fuerte», dijo el carpintero. «Me amenazó con el cuchillo. "Esto no es un verano y tú no eres un hombre", chilló. "Siento una presión en la frente. Me arden las tripas. Este verano despide el fuego de todos los años. Sólo la sandía me refresca".»
 
Herta Müller (Escritora en lengua alemana nacida en Rumania, 1953). Obtuvo el premio Nobel en 2009.

lunes, 15 de agosto de 2016

Canícula: A MÍ MISMO EN MIS MEMORIAS, de Adam Zagajewski

"Delira en la canícula el jardín..."
 
Fluye, fluye, nube gris,
se abre la flor de la peonía,
nada te une ya a esta tierra,
nada te une ya a este cielo.

Delira en la canícula el jardín,
un gato da bostezos en el porche.
Caminas por la calle de los tilos
en flor, de qué ciudad, lo ignoras,

en qué país, no lo recuerdas.
Brillan livianos los estorninos,
la noche se aproxima suavemente,
juegan al escondite los capullos de las rosas.

Eres tan sólo un sueño, una imagen,
sólo un anhelo eres.
Cuando te vayas, como las nubes,
se teñirá de bronce tu recuerdo.

Y rondarás los ríos
y las sombras de los árboles,
pero naufragarás en la tierra, en la tierra, en la tierra.


Adam Zagajewski (Polaco nacido en Ucrania, 1945)
 
(Traducido al español por Elzbieta Bortkiewicz)

domingo, 14 de agosto de 2016

Canícula: FRANKIE Y LA BODA, de Carson McCullers

"Pero, como eran los días de la canícula, Charles no volvió."
 
(Fragmento)
 
Sólo eran las seis y media, y los minutos de la tarde brillaban como espejos. Había dejado de oírse el silbido que llegaba de afuera y en la cocina todo estaba en calma. Frankie estaba sentada frente a la puerta que daba al porche trasero. En un ángulo de la puerta había una gatera cuadrada, y junto a ella un platillo con leche agria de color lila. Al principio de la canícula el gato de Frankie había desaparecido. Y la canícula es así: son los días del final del verano en que por lo general no puede ocurrir nada, pero, si algo cambia, el cambio dura mientras duran los calores fuertes. Lo que se hizo no se deshace y si algo se hace mal no se corrige.
 
Aquel agosto, Berenice se rascó una picadura de mosquito en el brazo derecho y se le infectó: la herida no curaría hasta que terminara la canícula. Dos familias de cínifes de agosto habían elegido los ojos de John Henry para establecerse en ellos, y, por más que él pestañeara y se sacudiera, allí se quedaban. Luego desapareció Charles, el gato, Frankie no lo vio salir de casa, pero el 14 de agosto, por más que lo llamó para cenar, Charles no vino: se había marchado. Lo buscó por todas partes, y envió a John Henry a llamarle por su nombre por todas las calles del pueblo. Pero, como eran los días de la canícula, Charles no volvió. Todas las tardes Frankie decía exactamente unas mismas palabras a Berenice, y las respuestas eran siempre las mismas, de manera que ahora aquellas palabras eran como una aburrida tonada que canturreaban de memoria.
 
- Si por lo menos supiera adónde se ha ido...

- No te preocupes por ese viejo minino callejero. Ya te he dicho que no volverá.

- Charles no es callejero. Es casi un persa puro.

- Sí; tan persa como yo -decía Berenice. Me parece que ya no lo verás más.
 

Carson McCullers (Estados Unidos, 1917-1967)

viernes, 12 de agosto de 2016

Canícula: GRINGO VIEJO, de Carlos Fuentes

"El sol mexicano dejaría un paisaje desnudo bajo la lumbre."
 
(Fragmento del capítulo VII)

Este era el reino de la sombra, pero la luz era una tortura peor para ella. En la oscuridad del sueño, ella se hundía en el tórrido verano de las marejadas atlánticas, como se hundía en el calor de su propio cuerpo dormido. Eran suyas la misma humedad de las márgenes del Potomac y la vegetación mojada y lánguida, sólo en apariencia domesticada dentro de la ciudad de Washington, que en realidad invadía hasta el último rincón de los jardines perdidos, los estanques, los umbríos patios traseros cobijados por techos de verde humedad, alfombrados con los capullos muertos del cornejo blanco y el olor agridulce de los negros que se dejaban vivir a lo largo de la canícula con una difusión de días de cuerpos sudorosos y rostros polveados con desgano.
 
A medio camino entre Washington y México, iba a imaginar que había verano en Washington pero había luz en México. En su mente suspendida entre la memoria y la previsión, ambas iluminaciones desnudaban el espacio circundante. El sol mexicano dejaría un paisaje desnudo bajo la lumbre. El sol del Potomac se convertiría en una neblina luminosa capaz de devorar los contornos de los interiores, las salas, las alcobas, los espacios húmedos y huecos de los sótanos apestosos donde las gatas se refugiaban para parir sus ventregadas y la presencia desgastada de alfombras, muebles y ropajes viejos que lograban permanecer en Washington mientras la gente llegaba o partía con sus baúles, se reunían como fantasmas latentes y sin llama en medio de un denso aroma de musgo y naftalina.

Se preguntaba a veces: ¿Cuándo fui más feliz?


Carlos Fuentes (México, 1928-2012)

jueves, 11 de agosto de 2016

Canícula: LAS FLORES DEL MAL, de Charles Baudelaire

"Estación de ensueño, en que la Musa se engancha durante un día entero al badajo de una campana."

IX

(Fragmento)
 
Era, sobre todo, en verano, cuando los plomos de los techados se fundían
Cuando aquellos grandes muros ennegrecidos en tristeza abundaban,
Cuando la canícula o el brumoso otoño,
Irradiaban los cielos con su fuego monótono,
Y hacían adormecer, en los esbeltos torreones,
Los vocingleros gavilanes, terror de los blancos pichones;
Estación de ensueño, en que la Musa se engancha
Durante un día entero al badajo de una campana;
Donde la Melancolía, al mediodía, cuando todo duerme,
El mentón en la mano, al fondo del corredor,
-La pupila más negra y más azul que la de la Religiosa
De la que cada uno sabe la historia obscena y dolorosa-,
Arrastra un pie fatigado por precoces molestias,
Y su frente humedece aún la languidez de sus noches.
 
 


Charles Baudelaire (Francia, 1821-1867)

miércoles, 10 de agosto de 2016

Canícula: EL AMANTE DESDICHADO, de Alberto Moravia

"Las persianas del cuarto contiguo se abrieron y la mu­chacha rubia apareció en la terraza."
 
(Fragmento)

El mar, entre las altas rocas rojas coronadas de ver­dor, enceguecía azotado por la luz del sol. En el huerto se habían callado, en aquel silencio, hasta las gallinas. Sólo se oía el zumbido de los insectos que disfrutan con la canícula anidados entre las hierbas quemadas y en las grietas del árido terreno.
 
Sandro apoyó la mano en la barandilla y miró al mar.
 
Las persianas del cuarto contiguo se abrieron y la mu­chacha rubia apareció en la terraza.
 
Puso sus manos cortas y llenas en la barandilla, y tam­bién ella miró al mar con sus ojitos inexpresivos. Tenía realmente un espléndido pelo rubio, pensó Sandro, pero con aquel vestido escaso, como de muñeca, su exuberante cuerpo estaba ridículo. Observó que la chica no se vol­vía ante sus miradas, sino que, como un caballo bajo el cepillo del amo, daba a entender que las advertía con ciertos temblores provocativos que corrían por sus muslos y sus musculosas caderas. En la transparencia del vestido, el hermoso cuerpo ponía una sombra cálida y os­cura.


Alberto Moravia (Italia, 1907-1990)

lunes, 8 de agosto de 2016

Canícula: EL GRAN GATSBY, de F. Scott Fitzgerald

"... los días del sol canicular de la playa. Lentas, las blancas alas del bote se movían contra el azul del firmamento."
 
(Fragmento del capítulo VII)
 
Yo salí con ellos a la terraza. En el verde estuario, estancado por el calor, un botecito de vela se arrastraba con lentitud hacia el mar más fresco. Los ojos de Gatsby lo siguieron por un momento; levantó la mano y señaló hacia el otro lado de la bahía.

- Vivo exactamente al frente de ustedes.

- Eso veo.

Nuestros ojos se elevaron por sobre el rosal y el prado caliente y las basuras llenas de malezas de los días de sol canicular de la playa. Lentas, las blancas alas del bote se movían contra el frío limite azul del firmamento. Más allá se extendía el ondulado océano con su miríada de plácidas islas.

-Ese es un buen deporte -dijo Tom, asintiendo con la cabeza-. Me gustaría estar con él allá una hora.

Almorzamos en el comedor, oscurecido también para contrarrestar el calor, pasando la alegría tensa con cerveza fría.

-¿Qué va a ser de nosotros esta tarde? -exclamó Daisy-, ¿y el día siguiente, y los próximos treinta años?

-No seas morbosa -dijo Jordan-. La vida comienza de nuevo cuando llega la frescura del otoño.


Francis Scott Fitzgerald (Estados Unidos, 1896-1940)

domingo, 7 de agosto de 2016

CANÍCULA, de Jorge Gaitán Durán

"De repente óyese una gota de agua, y otra, y otra más..."
 
El sol abrasa toda
vida. No mueve el viento
un árbol. Fuera del tiempo
está el fasto del día.
La canícula absorbe
las horas, los colores,
el silencio.
 
De repente óyese una gota
de agua, y otra,
y otra más, en la tarde.
Es la música.
 
 
Jorge Gaitán Durán (Colombia, 1924-1962)

sábado, 6 de agosto de 2016

Canícula: EL ÚLTIMO VERANO DE KLINGSOR, de Hermann Hesse


 
(Fragmento de La excursión a Careno)

Se quedaron. Desempacaron las provisiones; tendieron una mesa y corrió un exquisito vino blanco del norte, que evocaba ejércitos de recuerdos e imágenes. El afinador se había retirado, el piano desmontado callaba. Klingsor contempló compasivo al armazón de las cuerdas, luego cerró lentamente la tapa. Sus ojos le dolían, pero en su corazón el estío cantaba su canción, cantaba la madre sarracena, cantaba azul y cálido el sueño de Careno. Comió y bebió, chocó su copa contra las otras copas, charlando alegremente pero en su taller interior todo estaba alerta, su mirada perseguía al clavel de las rocas, a la flor de fuego, amoldándose como el agua en torno al pez. Un diligente cronista en su cerebro anotaba formas, ritmos. y movimientos, como en cifras de bronce.

Voces y risas llenaban la sala vacía. Bondadosa e inteligente resonaba la risa del doctor; profunda y gentil la de Ersilia, fuerte y baja la de Agosto, liviano como un trino la de la pintora, el poeta hablaba de cosas serias; Klingsor bromeaba; la Reina Roja se movía entre sus huéspedes, observándolos, un poco tímida, rodeada por delfines y corceles, ora en medio de los amigos, ora al lado del piano, sentándose en un almohadón, cortando pan, o escanciando vino con mano inexperta. Una ruidosa alegría remaba en la fresca sala; ojos negros y azules brillaban felices y detrás de las altas puertas luminosos de los balcones acechaba inmóvil la tórrida canícula.

En las copas siempre llenas brillaba el vino dorado, contrastando agradablemente con la frugal comida fría. El fulgor rojizo del vestido de la Reina se reflejaba ora aquí, ora allí en la amplia y alta sala; atentas y despiertas le seguían las miradas de los hombres. Desapareció y regresó con un pañuelo azul en la cabeza.

Después de comer se levantaron cansados satisfechos y se dirigieron alegremente al bosque donde se tendieron entre el pasto y musgo. Sombrillas relucientes; rostros encendidos bajo sombreros de paja; sol abrasador en el cielo ardiente. La Reina de las Sierras descansaba toda roja en el pasto verde; su cuello blanco y delgado se destacaba sobre el vestido llameante. Satisfecha y animada la botica se amoldaba a su pie esbelto. Klingsor cerca de ella la miraba, la estudiaba, la absorbía, como cuando muchacho leía, absorto y olvidado, el cuento de hadas de la reina de las Sierras. Descansando, dormitando, charlando y luchando con hormigas pasaban las horas; alguien creyó escuchar el arrastrar de una serpiente; cáscaras espinosas de castañas se enredaban en los cabellos de las mujeres. Klingsor pensaba en amigos ausentes que hubieran armonizado con la reunión. En realidad no eran muchos; únicamente añoraba a Luis el Cruel, el pintor de circos y tiovivos; su espíritu fantástico flotaba entre ellos.

La tarde transcurrió como un año en el paraíso. Al despedirse se rieron mucho y Klingsor se lo llevo todo atesorado en su corazón: la Reina, el bosque, el palacete, la sala de los delfines, los dos perros y el papagayo.
 

  Hermann Hesse (Alemania, 1877-1962). Obtuvo el premio Nobel en 1946.
 
La ilustración corresponde a una panorámica de Careno, Italia.

viernes, 5 de agosto de 2016

Canícula: TRES TRISTES TIGRES, de Guillermo Cabrera Infante


"Ahora se desentendía de artes encuadernatorias, de referencias bibliográficas..."
 
(Fragmento)
 
El joven, porque éste era el más joven de los dos hombres que miraban la opus magna que el maestro odioso y odiado sostenía en sus manos, registró en sus retinas resentidas guardas, cajo, tapa, tejuelo, cantonera, lomo, lomera, nervios, florón, estampaciones de rótulo, cabezadas, forro de tela, forro de papel, cosido de pliegos o cuadernillos, corte de cabeza, corte de pie, corte de delante, ilustración, margen de cabeza, margen exterior, boca, sobrecubierta, faja, y paseó leve ojeada sobre los textos. Ahora se desentendía de artes encuadernatorias, de referencias bibliográficas, de nomenclaturas librescas para sentir por debajo de la trinchera impermeable, que llevaba convenientemente cerrada a pesar de los aires de canícula tropical que soplaran en la altiplanicie, y sobre americana bien cortada pudo tantear con codo y antebrazo destral punzante, bien afilado a extremo de corto mango de teca blanca y pulimentada. Miró del libro a la noble cabeza encanecida y pensó que debería perforar cuero cabelludo, hueso occipital y atravesar membranas meníngeas (a, duramáter; b, aracnoide; c, piamáter) para hendir cerebro, traspasar cerebelo y quizás llegar a médulas oblongas, pues todo dependía de la fuerza inicial, momentum capaz de alterar su inercia homicida. «Tengo un santo horror a los diálogos», dijo otra vez el anciano, en ruso ahora, pero pensando cómo sonaría en alemán. Fue esta frase en ritornello lo que le movió a golpear.

 
Guillermo Cabrera Infante (Cuba, 1929-2005)

jueves, 4 de agosto de 2016

Canícula: EL REVÉS DE LA TRAMA, de Graham Greene

"A través de la claraboya, las casas brillaban como mica en el calor de la canícula."
 
(Fragmento)

Cuando llamó a la puerta, y está se abrió, no había nadie en la habitación, excepto Luisa. Se sintió como alguien que entra en una casa desconocida, para vender algo. Había un signo de interrogación en su voz, cuando dijo:
 
- ¿Luisa?
 
- ¡Henry! -exclamó ella, y agregó-: Entra.
 
Una vez adentro, no quedaba más remedio que besarse. Él evitó su boca; la boca revela tantas cosas, pero ella no se conformó hasta que le hizo girar la cara, para dejar sobre sus labios el sello del retorno.
 
- ¡Oh, querido, por fin he llegado!
 
- Has llegado -dijo él, tratando de recordar desesperadamente de recordar las frases que había ensayado.
 
- Han sido todas tan amables -explicó ella-. Se han ido para que yo pudiera recibirte a solas.
 
- ¿Tuviste un buen viaje?
 
- Creo que nos persiguieron una vez.
 
- Estaba muy inquieto -dijo él, y pensó: "Esta es mi primera mentira. Ya puedo zambullirme."
 
- Te eché tanto de menos -agregó.
 
- Fui una tonta, no debí irme, querido.
 
A través de la claraboya, las casas brillaban como mica en el calor de la canícula. El camarote tenía un fuerte olor a encerrado, a mujer, a polvos, a esmalte de uñas, a camisones.
 
- Bajemos a tierra -dijo él.
 
Pero ella lo detuvo unos instantes más.
 
- Querido -le dijo-, he tomado una serie de decisiones durante mi ausencia. Ahora todo será diferente. No te rezongaré más. Todo será diferente -repitió.
 
Él pensó, tristemente, que después de todo esa era la verdad. La árida verdad.
 
 
Graham Greene (Inglaterra, 1904-1991)

miércoles, 3 de agosto de 2016

Canícula: YO HABITO UN DOLOR, de René Char

 
No dejes el cuidado de gobernar tu corazón a esas ternuras parientas del otoño del que ellas toman su plácido aspecto y su afable agonía. El ojo es precoz para plegarse. El sufrimiento conoce pocas palabras. Prefiere acostarse sin carga: soñarás con el mañana y tu lecho te será leve. Soñarás que tu casa ya no tiene vidrios. Estás impaciente por unirte al viento, al viento que recorre un año en una noche. Otros cantarán la incorporación melodiosa, las carnes que sólo personifican la hechicería del reloj de arena. Condenarás la gratitud que se repite. Más tarde, te identificarás con algún gigante disgregado, señor de lo imposible.
 
Sin embargo.
 
No has hecho más que aumentar el peso de tu noche. Has vuelto a la pesca en las murallas, a la canícula sin verano. Estás furioso contra tu amor en el centro de una comprensión que enloquece. Piensa en la casa perfecta que nunca verás elevarse. ¿Para cuándo la cosecha del abismo? Pero has vaciado los ojos del león. Crees ver pasar la belleza por encima de las lavandas negras.
 
¿Qué es lo que te ha izado, una vez más, un poco más arriba sin convencerte?
 
No hay sitio puro.
 
 
René Char (Francia, 1907-1988)
 
(Traducido al español por Raúl Gustavo Aguirre)