.

.
Verano en Vancouver: luz de agosto en English Bay (fotografía de Jules Etienne).

viernes, 14 de agosto de 2020

Epidemias: LA CUARENTENA, de Jean-Marie Gustave Le Clézio


(Fragmento del diario del botánico, 28 de mayo)

Dos hombres habían sido desembarcados antes que nosotros y llevados directa- mente al edificio de la enfermería, situado cerca del dique, frente al islote Gabriel. Se trataba de un pasajero, monsieur Tournois, y de un miembro de la tripulación llamado Nicolas, ambos embarcados ilegalmente en Zanzíbar, y tan gravemente enfermos que las autoridades sanitarias de Port-Louis habían negado la libre plática al capitán Boileau. Jacques, que examinó de cerca al marinero Nicolas, me confesó que presentaba todos los síntomas de las viruelas confluentes.

Julius Véran es el prototipo del mal compañero de viaje, aquel que uno preferiría evitar. A bordo del Ava me cruzaba con él cada día en la cubierta, desde que zarpamos de Marsella. Es un hombre guapetón de unos cincuenta años, de espeso bigote y cabello negro y corto, con aspecto de suboficial de la guardia o de tratante de caballos. Su mala reputación se propagó por el barco y lo volvió caricaturesco. Jugador, mujeriego, fanfarrón y estafador, al parecer se había metido en una serie de sucios negocios, por lo que tenía mucha prisa por salir de Francia. Dice ser negociante de vinos, de viaje a Port Louis para montar un negocio de importación de vinos franceses. A Jacques, desde el primer momento, le dieron mala espina sus aires de grandeza, su exagerada obsequiosidad para con las señoras, su manera de besar la mano de Suzanne. Le puso el apodo de monsieur Véran el Verme: el gusano. El que se juntara con Bartoli -el hombre del que sospechábamos que era el espía de Correos que había informado de nuestra escala en Zanzíbar a las autoridades británicas- no contribuyó a que nos cayera simpático.

Ayer por la noche, cuando Jacques trataba de tranquilizar a Suzanne, oí a Véran el Verme reír con sarcasmo. Cuando le miré, se encogió de hombros y fue a echarse en el fondo de la barraca. A la luz de la lámpara punkah, su rostro blancuzco cruzado por el bigote parecía impasible, pero sus ojos vivaces brillaban con expresión malévola. Permanecí largo rato despierto, para vigilarlo. Había en el suelo una vibración incesante que no lograba reconocer, ora lenta y grave, ora aguda, que me perforaba el oído.

- ¿Escuchas? -pregunté a Jacques. Enderezó la cabeza, tratando de verme en la penumbra-. ¿Escuchas ese ruido? Hace una especie de chi, chi, o más bien, de chun, chun…

Se encogió de hombros. Llegó el sueño como un flujo irresistible que borra todas las miradas y acalla todos los ruidos.


J. M. G. Le Clézio: Jean-Marie Gustave Le Clézio (Francia, 1940).
Obtuvo el premio Nobel en 2008.

(Traducido al español por Thomas Kauf).
La novela completa puede leerse en Los libros de Mario.

miércoles, 12 de agosto de 2020

Epidemias: EL MAR DE LAS SIRTES, de Julien Gracq

"... una señal negra izada a lo alto de aquella asta gigantesca en vísperas de una epidemia o un diluvio."

(Fragmento del capítulo Un crucero)

Frente a nosotros, en el horizonte, ascendía una humareda, perfectamente visible en el cielo, que se iba oscureciendo ya por el este. Una humareda singular e inmóvil, que parecía pegada al cielo de Oriente, semejante en su base a un hilo atirantado, delgado y muy recto, que se hacía más espeso según iba cobrando altura y se quebraba de pronto en una especie de corola plana y fuliginosa, suavemente palpitante en el aire y con los bordes insensiblemente doblados por el viento. Aquella humareda fija y tenaz no sugería ningún barco; a veces se parecía al hilillo extenuado que sube muy alto en una noche tranquila por encima de una hoguera expirante, y sin embargo infundía el presentimiento de ser particularmente vivaz; de su forma se desprendía no sé qué impresión maléfica, como la de la umbela abierta sobre el cono invertido que se deshilacha, propia de ciertas setas venenosas. Y, como éstas, parecía haber crecido, haberse posesionado del horizonte con rapidez singular; de pronto había estado allí; su propia inmovilidad, engañosa en la palidez del atardecer, debió de haberla sustraído a la mirada. Súbitamente, fijándome con atención en el punto del horizonte en que hundía sus raíces, me pareció distinguir por encima de la cenefa de bruma que volvía a formarse de nuevo como una doble e imperceptible pestaña de sombra, y la reconocí por el vuelco repentino que medio el corazón.

- ¡Es el Tängri!... ¡Allí! -le grité casi a Fabrizio con una emoción tan brusca que se me clavaron los dedos en su hombro. Echó un vistazo febril al mapa y observó a su vez el horizonte con una expresión de curiosidad incrédula.

- ¡Sí! -exclamó tras un momento de silencio con voz que salía lentamente de su asombro, como si no osara rendirse a la evidencia-. Es el Tängri. Pero¿qué humareda es ésa?

Había en su voz la misma inquietud que sentía hacer vibrar sordamente en mí una nota de alarma. Sí, por lo que podía tener de natural y vulgarmente explicable, resulta desorientador ver salir en aquel momento del volcán, apagado hacía tanto tiempo, aquella humareda inesperada. Su penacho, que ondulaba ahora en la brisa más fresca, se diluía en ella y parecía ensombrecer, más aún que la noche, el cielo de tormenta y ejercer un maleficio sobre aquel mar desconocido; más que una nueva erupción, después de las muchas que la habían precedido, recordaba las lluvias de sangre, los sudores de las imágenes o una señal negra izada a lo alto de aquella asta gigantesca en vísperas de una epidemia o un diluvio.


Julien Gracq: Louis Poirier (Francia, 1910-2007).

(Traducido al español por José Escué).

martes, 11 de agosto de 2020

Epidemias: ESTRELLA DE PLATA, de Arthur Conan Doyle

"Verá usted, señor, nada importante; pero tres de ellas han empezado a cojear."

(Fragmento)

Mientras subíamos al carruaje, uno de los mozos de cuadra nos mantuvo la puerta abierta. Una idea repentina pareció ocurrírsele a Holmes, pues se inclinó hacia delante y le tocó la manga al muchacho.

-Veo que tiene algunas ovejas en el prado -le dijo-. ¿Quién se ocupa de ellas?

- Yo señor.

- ¿Ha notado que les pase algo últimamente?

- Verá usted, señor, nada importante; pero tres de ellas han empezado a cojear.

Pude darme cuenta de que la respuesta complació sumamente a Holmes pues soltó una risita y se frotó las manos.

- ¡Buen disparo, Watson, muy bueno! -me dijo, pellizcándome el brazo-. Gregory, permítame que llame su atención sobre esta rara epidemia entre las ovejas. ¡Siga, cochero!

El semblante del coronel Ross seguía mostrando la pobre impresión que se había formado acerca de la habilidad de mi compañero, pero pude observar en el rostro del inspector que se había despertado vivamente su interés.

- ¿Lo considera importante? -preguntó.

-Extremadamente.

Arthur Conan Doyle (Inglaterra, 1859-1930).

domingo, 26 de julio de 2020

Epidemias: AUTOBIOGRAFÍA (La vida de Rubén Darío escrita por él mismo), de Rubén Darío


(Párrafos iniciales del capítulo XVII)

Al llegar a este punto de mis recuerdos, advierto que bien puedo equivocarme, de cuando en cuando, en asuntos de fecha, y anteponer o posponer la prosecución de sucesos. No importa. Quizás ponga algo que aconteció después en momentos que no le corresponde y viceversa. Es fácil, puesto que no cuento con más guía que el esfuerzo de mi memoria. Así, por ejemplo, pienso en algo importante que olvidé cuando he tratado de mi primera permanencia en San Salvador.

Un día, en momentos en que estaba pasando horas tristes, sin apoyo de ninguna clase, viviendo a veces en casa de amigos y sufriendo lo indecible, me sentí mal en la calle. En la ciudad había una epidemia terrible de viruela. Yo creí que lo que me pasaba sería un malestar causado por el desvelo, pero resultó que desgraciadamente era el temido morbo. Me condujeron a un hospital con el comienzo de la fiebre. Pero en el hospital protestaron, puesto que no era aquello un lazareto; y entonces, unos amigos, entre los cuales recuerdo el nombre de Alejandro Salinas, que fue el más eficaz, me llevaron a una población cercana, de clima más benigno, que se llamaba Santa Tecla. Allí se me aisló en una habitación especial y fui atendido, verdadera- mente, como si hubiese sido un miembro de su familia, por unas señoritas de apellido Cáceres Buitrago. Me cuidaron, como he dicho, con cariño y solicitud, y sin temor al contagio de la peste espantosa. Yo perdí el conocimiento, viví algún tiempo en el delirio de la fiebre, sufrí todo lo cruento de los dolores y de las molestias de la enfermedad; pero fui tan bien servido, que no quedaron en mí, una vez que se había triunfado del mal, las feas cicatrices que señalan el paso de la viruela.


Rubén Darío (Nicaragua, 1867-1916).

sábado, 25 de julio de 2020

Epidemias: SALMO, de Georg Trakl

"Un barco blanco remonta el canal cargado con epidemias sangrientas."

a Karl Kraus

Hay una luz que el viento ha extinguido.
Hay una taberna que en la tarde un ebrio abandona.
Hay una viña quemada y negra.
con agujeros llenos de arañas.
Hay un cuarto que han blanqueado con leche.
El demente ha muerto.
Hay una isla de los mares del sur
para recibir al dios del sol. Tocan los tambores.
Los hombres ejecutan danzas de guerra.
Las mujeres contonean las caderas
entre enredaderas y flores de fuego,
cuando el mar canta. Oh nuestro paraíso perdido.

Las ninfas han abandonado los bosques de oro.
Sepultan al extranjero.
Comienza entonces una lluvia ígnea.
El hijo de Pan surge
bajo la apariencia de un peón caminero,
que duerme al mediodía sobre la tierra ardiente.
Hay niñas en un patio con vestiditos
de una pobreza desgarradora.
Hay salas colmadas de acordes y sonatas.
Hay sombras que se abrazan ante un espejo ciego.
En las ventanas del hospital
se calientan los convalecientes.
Un barco blanco remonta el canal
cargado con epidemias sangrientas.

La hermana extranjera surge de nuevo
en los malos sueños de alguien.


Georg Trakl (Austria, 1887-1914).

(Traducido al español por Helmut Pfeiffer). 

viernes, 24 de julio de 2020

Epidemias: JUEGOS DE MASACRE (Pim, Pam, Pum, el juego de la peste), de Eugène Ionesco


(Fragmento de la escena en la prisión)

Carcelero: Los guardianes de la puerta han muerto.

Segundo prisionero: ¿Cómo? ¿De qué han muerto? ¿Por qué no llaman a otros guardias?

Carcelero: ¡Claro! Los hemos sustituido por guardianes invisibles.

Primer prisionero: ¿Se está usted burlando?

Carcelero: No tengo la costumbre. La enfermedad hace estragos por la ciudad. Hasta las mismas murallas, hasta las mismas puertas, y eso que las cuidan hombres que pueden morir en cualquier momento. Y aunque así sucediera, las puertas de la ciudad no se abrirán porque afuera hay soldados vigilando que nadie pueda salir.

Primer prisionero: La ciudad con sus límites es suficiente para mí.

Segundo prisionero: Y para mí.

Carcelero: Los guardianes del exterior no padecen la enfermedad, o al menos no la tienen todavía. Por eso no permiten que nadie salga, no quieren que la enfermedad se propague más allá de la ciudad, ¿entienden? Adentro casi todos están contami- nados. Y los que aún no lo están es probable que pronto lo estarán.

Segundo prisionero: ¿Cuál es la enfermedad?

Carcelero: Se trata de una enfermedad que mata y es todo lo que sabemos. Es una epidemia con la que no tenemos esperanza. Hay cuerpos tirados en las calles, en las alcantarillas, en departamentos cerrados, iglesias, templos, ya no es posible recoger tantos cadáveres. Hasta los enterradores se han estado muriendo y eso que hicieron el juramento de que no se enfermarían. Por eso todos creían que eran inmunes, pero ni siquiera un juramento es sagrado. Gatos, perros, caballos, ratas, abandonados a un lado de los restos humanos. Desde el lunes, treinta mil nuevos cadáveres, hombres, mujeres, animales, todos yacen juntos. Es el doble que la semana pasada y el triple que la semana anterior.


Eugène Ionesco (Rumano nacionalizado francés, 1909-1994). 

jueves, 23 de julio de 2020

Epidemias: RUMBO AL MAR BLANCO, de Malcolm Lowry

"... le preguntó la hora pero Christopher no la sabía. Miraron a su alrededor los relojes parados."

(Fragmento del capítulo 1)

De pie junto al poste que señalaba el lugar del último ahorcamiento en el montículo, con el pelo clarísimo al aire, tenían los ojos brillantes por el sol y el viento aunque la desesperación les pisara los talones, y como dos náufragos en una balsa se los protegían contra alguna esperanza que se esfumaba ante un mundo plano, mientras a su alrededor rompía el oleaje y los rociaba no de mar, sino de polvo y paja. Para Sigbjørn, el más joven, el sollozo del viento en torno a la prisión sonaba igual que el viento en las jarcias de un barco; le parecía escuchar en el aire los hilos telegráficos repitiendo el lamento fúnebre de la antena de radio en la Bahía de Bengala,* y el golpeteo de algún postigo flojo bien habría podido ser el crujido de las tracas de un barco que se bamboleara en una fuerte marejada; pero, si bien volvía a sentir esa particular angustia del mar, él, que había sido marinero, detectaba también dentro de sí, por primera vez en varias semanas ahora que Tor había vuelto de una breve estancia en Londres, el cisma que los separaba y, con cierto narcisismo, el ir y venir de la marea de los muy diversos sentimientos del otro.

* Lowry afirmaba que su abuelo materno, capitán de la marina noruega, había muerto heroicamente en la Bahía de Bengala cuando pidió a una cañonera inglesa que hundiera su propio barco porque entre la tripulación se había propagado el cólera.

(Fragmento del capítulo 14)

Christopher señaló una fotografía en la pared:

- Esos son mis tres hermanos, todos ellos están muertos.

Habló como si por primera vez estuviera consciente que se trataba de cualquier cosa menos un capricho del destino.

- Aquel de allá, el primero, lo mató un tranvía… lo dejó sangrando. Y este segundo, el de aquí, se enterró un clavo en el pie. Y a este joven le pusieron una trampa en un bar, y murió dos días después. A nadie le daban oportunidad en aquella época. Luego está mi pobre hermana, se la llevó la epidemia de influenza en el ’18.

Regresaron a la habitación del frente, donde Sigbjørn le preguntó la hora, pero Christopher no la sabía. Miraron a su alrededor los relojes parados.


Malcolm Lowry (Inglaterra, 1909-1957). 

miércoles, 22 de julio de 2020

Epidemias: SINUHÉ, EL EGIPCIO, de Mika Waltari


(Fragmento del libro decimocuarto: La guerra santa)

4

El tercer año se declaró la peste en Siria, porque la peste sigue siempre los rastros de la guerra y nace en cuanto un número suficiente de cadáveres se pudre en un mismo lugar. En realidad toda Siria no era ya más que una fosa pestilente, y tribus enteras fueron exterminadas, de manera que sus lenguas cayeron para siempre en el olvido. La peste alcanzó a aquellos a quienes la guerra había perdonado y en los dos ejércitos mató tantos hombres que las operaciones fueron interrumpidas y las tropas huyeron a las montañas y los desiertos al abrigo de la peste. Y no hacía diferencia alguna entre ricos y pobres, nobles y villanos, azotaba equitativamente a todo el mundo y los remedios ordinarios eran insuficientes y los apestados se tapaban la cabeza con sus mantas y se acostaban en el suelo y morían en tres días. Pero los que curaron conservaban cicatrices espantosas en las axilas y articulaciones, que eran las heridas por donde el pus había corrido durante su convalecencia.

La peste era tan caprichosa en la elección de sus víctimas como en su curación, porque no siempre eran las personas más robustas o más sanas las que se curaban, sino muchas veces las más débiles y enfermizas, como si la enfermedad no hubiese encontrado en ellas suficientes fuerzas para poder matarlas. Por esto al cuidar a los apestados, los sangraba lo más posible para debilitarlos y les prohibía todo alimento durante la enfermedad. Así pude curar a un gran número de enfermos, pero muchos murieron también a pesar de mis cuidados, de manera que ignoro si mi tratamiento es bueno. Yo tenía, sin embargo, que curar a los enfermos para mantener la confianza en mí, porque un enfermo que pierde la esperanza de la curación o la que ha depositado en su médico, muere más seguramente que el que confía en él. Mi manera de tratar la peste valía, con toda seguridad, más que cualquier otra, pero no costaba nada.

Los navíos llevaron la peste a Egipto, pero no mató allí a tanta gente como en Siria, porque era más débil, y el número de curaciones fue superior al de defunciones. Con la crecida, la peste desapareció de Egipto aquel mismo año, y el invierno la suprimió en Siria, de manera que Horemheb pudo reunir a sus tropas y reanudar las hostilidades. En primavera, llegó a través de las montañas a la llanura vecina de Megiddo y batió a los hititas en una gran batalla, después de la cual pidieron la paz porque, viendo los triunfos de Horemheb, el rey Burraburiash había recobrado la confianza, recordando su alianza con Egipto. Se mostró arrogante con los hititas, e invadiendo el antiguo país de Mitanni, arrojó a los hititas de sus pastos de Naharani. Viendo que no podían conseguir ya nada de una Siria devastada, los hititas ofrecieron la paz, porque eran soldados prudentes y hombres económicos, y no querían arriesgar por una simple cuestión de honor los carros de guerra que necesitaban para dar una merecida corrección a los babilonios.

Horemheb fue muy feliz al firmar la paz, porque sus tropas se habían agotado y la guerra había arruinado a Egipto, y quería emprender la reconstrucción de Siria a fin de reanimar el comercio en provecho de Egipto. Pero exigió corno condición la entrega de Megiddo, de la que Aziru había hecho su capital y estaba dotada de murallas infranqueables y de torres. Por esto los hititas aprisionaron a Aziru y su familia en Megiddo y se apoderaron de los enormes tesoros que había acumulados y entregaron a Horemheb a Aziru, su mujer y sus dos hijos, cargados de cadenas. Habiendo dado así un rehén a los egipcios, que comenzaron a saquear Megiddo y a empujar hacia el Norte, fuera de los terrenos que debían abandonar, todos los rebaños y ganados del país de Amurrú. Horemheb no se lo impidió, sino que hizo sonar las trompetas para anunciar el fin de la guerra y ofreció banquetes a los jefes hititas y a los príncipes, bebiendo todas las noches con ellos y jactándose de sus hazañas. Y al día siguiente haría ejecutar a Aziru y su familia delante de las tropas reunidas y los jefes hititas, para señalar la paz eterna que reinaría en adelante entre Egipto y el país de Khatti.

Por esto rehusé tomar parte en el festín y por la noche fui a la tienda donde Aziru estaba cargado de cadenas, y los centinelas me dejaron pasar porque sabían que era el médico de Horemheb y que alguna vez incluso le hacía frente. Quería ver a Aziru, porque sabía que no tenía ya un solo amigo en toda Siria, porque no era más que un vencido, condenado a morir. Sabía que amaba la vida y yo quería asegurarle que, después de todo lo que había visto, la vida no valía la pena de ser vivida. Y como médico quería decirle que la muerte era fácil y más dulce que el dolor, la pena y el sufrimiento de la vida. La vida es como una llama ardiente que quema, pero la muerte es el agua sombría del olvido. Quería decirle todo esto porque tenía que morir al día siguiente al alba, y aquella noche no podía dormir porque amaba la vida. Pero si se negaba a escucharme, me sentaría a su lado en silencio, para que no estuviese solo. En efecto, un hombre puede vivir sin un amigo, pero es difícil morir sin él, sobre todo si durante la vida se ha sido jefe y testa coronada.


Mika Waltari (Finlandia, 1908-1979). 

martes, 21 de julio de 2020

Epidemias: LA EPIDEMIA, de Alberto Moravia

"Algunos hablaban de violetas, otros de rosas, había quienes decían que flor de azahar, bergamotas o incienso."

(Fragmento inicial)

Las crónicas cuentan que en cierta época, en ese país, comenzó a propagarse una enfermedad singular o por lo menos afección -porque muchos niegan que se tratara propiamente de una verdadera enfermedad-. Se trataba, en pocas palabras, de lo siguiente. Una bella mañana, al despertar, la gente se dio cuenta de que todos apestaban. Pero no de los pies, o las axilas, o de cualquier otro lugar del cuerpo donde esto ocurre con frecuencia; no: en un punto bien determinado entre el cuello y el cráneo. Este hedor también tenía un carácter muy claro; era un olor a carne podrida o en vías de putrefacción. La intensidad de la exhalación variaba desde un ligero olor hasta el hedor más intolerable, pero su carácter no cambiaba. Siempre se trataba, inequívocamente, de un olor a carne pestilente. Esta enfermedad ya era de por sí extraña, pero su evolución lo fue aún más. A pesar del hedor, que a veces se percibía a gran distancia, el paciente -perdón por el juego de palabras- no mostraba ningún síntoma de estar enfermo. Sin fiebre ni dolores de cabeza, tampoco mareos, es decir, aparte del hedor, ninguna molestia. Y de nuevo (esto es lo más singular que tenía la enfermedad), gradualmente, como por una lenta e insensible perversión de las papilas olfativas, la pestilencia, para el enfermo, disminuía constantemente en su intensidad y molestias. No sólo la propia, sino también la de otras personas con la misma enfermedad. Hasta el momento en el que se convirtió para ellos en un perfume: ¡ni más ni menos! Las crónicas y documentos científicos de la época coinciden en que el olor primitivo apestaba a carne podrida; pero en cuanto al tipo de perfume que los enfermos creían oler más tarde, las opiniones diferían mucho. Algunos hablaban de violetas, otros de rosas, había quienes decían que flor de azahar, bergamotas o incienso. No hay duda, sin embargo, de que siempre se trataba de un perfume. Pero para las personas sanas, esa transformación de la pestilencia en perfume no se llevaba a cabo; para ellos, el hedor seguía apestando, y eso era todo, lo que dio origen a materia para la discusión e incidentes de los que nos ocuparemos más tarde. Después de esa curiosa transformación del sentido olfativo -o del olor, si así se le considera-, no sucedió nada notable. El paciente continuó exhalando su hedor (o perfume, según se prefiera) mientras seguía viviendo como si nada hubiese pasado, hasta morir por razones ajenas a la enfermedad mencionada. Notamos que los efectos de esta epidemia entre quienes la padecieron fueron modestos, si no es que nulos. Esto explica por qué entonces, como ahora, no daba la impresión de ser una enfermedad, sino sólo una alteración tan inofensiva como misteriosa.


Alberto Moravia: Alberto Pincherle  (Italia, 1907-1990).

lunes, 20 de julio de 2020

Epidemias: PERDIDO EN EL TIEMPO, de Daphne du Maurier

"Entiérrame al borde el acantilado, Robbie, en donde mis huesos puedan oler el mar."

(Fragmentos del capítulo XXIV)

Robbie volvió con una jarra de agua. Poniendo su brazo detrás de la cabeza de su hermano, le ayudó a beber. Pero después de dos sorbos, Roger tosió y se dejó caer de nuevo sobre el lecho, abriendo la boca en busca de aire.

- No hay remedio -dijo-. La hinchazón ha ganado la garganta e impide pasar el líquido. Humedece los labios solamente, ya es suficiente alivio.

- ¿Cuánto tiempo has permanecido aquí?

- No puedo decirlo. Cuatro o cinco días, quizá. Poco después de tu partida, supe que había contraído la peste. Entonces traje mi lecho aquí a fin de que pudieras reposar tranquilamente arriba cuando regresaras. ¿Cómo está sir William?

- Se ha recobrado, gracias a Dios, lo mismo que la pequeña Katherine. Elizabeth ha escapado al contagio, todavía, lo mismo que la servidumbre. Más de sesenta han muerto esta semana en Tywardreath. La abadía está cerrada, como sabes, el prior y los hermanos han partido para Minster.

- No es ninguna pérdida. Podemos arreglárnoslas sin ellos. ¿Has visitado la capilla?

- Sí, y he recitado la oración de costumbre.

Robbie humedeció de nuevo los labios de su hermano. De una manera ruda y tierna a la vez, trató de aliviar la hinchazón detrás de las orejas.

- Ya te lo he dicho, no hay remedio. Es el fin. No hay ningún sacerdote que pueda asistirme espiritualmente, ni una tumba en el cementerio con los otros. Entiérrame al borde del acantilado, Robbie, en donde mis huesos puedan oler el mar.

()

Me levanté del sitio junto a la ventana y fui al estante de libros. Tomé uno de los volúmenes de la Enciclopedia Británica.

- ¿Qué busca usted?

Volví las páginas hasta encontrar lo que quería.

- La fecha de la Peste Negra -dije-. Fue en 1348. Trece años después de la muerte de Isolda.

Volví a colocar el libro en el estante.

- La peste bubónica -comentó el doctor-. Es endémica en el Lejano Oriente. Hay algunos casos en Vietnam. Es una enfermedad horrible que causa una muerte muy dolorosa.

- Lo sé. Acabo de ver justamente a Roger Kylmerth morir de ella en la antigua lavandería convertida en laboratorio por Magnus.

Volví al asiento junto a la ventana y tomé el bastón de Magnus.

- Usted debe haberse preguntado como me las arreglé para hacer mi último «viaje». Esta es la explicación.

Desenrosqué el pomo del bastón y le mostré el pequeño recipiente interior. Lo tomó en sus manos y lo invirtió. Estaba completamente vacío.

- Lo siento -dije-, pero cuando le vi a usted sentado abajo de Gratten, sabía que tenía que hacerlo. Era mi última oportunidad. Y estoy contento de haberlo hecho, pues ahora todo ha terminado definitivamente. No habrá más tentaciones. No más deseos de escaparme hacia otro mundo. Le he dicho a usted que Roger estaba libre. Pues bien, yo también lo estoy ahora.

No me contestó. Continuaba mirando el interior del bastón.


Daphne du Maurier (Inglaterra, 1907-1989).

(Traducido al español por Jaime Pérez).
La novela íntegra puede leerse en Momento digital.

domingo, 19 de julio de 2020

Epidemias: LA INDIA (un viaje iniciático), de Mircea Eliade

"Aquí, la contemplación del cielo provoca extrañas interrogantes y meditaciones."

(Fragmento)

No sé lo que harán los otros, como se enfrentarán a esa dulce tristeza que desciende de un cielo tan cercano. Yo me llevé la silla y la cama a la azotea. Descubrí que tenía unas debilidades y nostalgias insospechadas. Comprendí que la noche entrañaba un cierto peligro que no procedía ni de la oscuridad ni del pecado. Hay una serie de tentaciones que turban sólo en una noche de cuento de hadas como ésa. El silencio pétreo de los bosques de Madrás, las sombras que nacen y mueren junto con la luna, inoculan en el alma desconfianza en los dioses del día, incitan y estimulan el culto a los ídolos telúricos que desde hace mucho creíamos extirpado.

La noche de la India meridional no es la noche de Dobrogea, no es la noche de nuestras montañas, no es la noche de Italia. Entre ésta y las otras noches se extiende Arabia. Aquí, la contemplación del cielo inevitablemente provoca extrañas interrogantes y meditaciones. La noche en todas partes ha sido signo de misterio. Pero existe una noche de los poetas latinos, una noche de los románticos franceses, una noche de Novalis. Podríamos intentar hacer una clasificación según la compañía que nos imponga la noche: Dios, la mujer, el alma. Aquí, en la India, el acompañante es siempre el mismo: el alma. Por ello, los poetas y pensadores de la India parecen tan extraños; han pasado demasiado tiempo con ellos mismos.

Diciembre, 1928.

110° Fahrenheit, ciclón dirección SO

 Abril... Azota la epidemia: se anuncia el hambre. Muertos y más muertos. Día tras día el miedo se extiende, se esconde, amenaza más de cerca.

La gente de aquí ha renunciado a luchar. En primavera pagan el tributo de la pobreza; solamente en Calcuta hay cien muertos por semana, y sólo de cólera. En las ciudades, el cólera y la viruela; en las aldeas, la malaria y el hambre. ¿Se habrá visto alguna vez  a gente que durante diez meses al año se vaya a dormir en ayunas?

De Bombay los trenes traen cada vez menos «turistas». En vagones con doble ventilador, los americanos se hacen lenguas de las ventajas de su país y de las reformas de la civilización en una tierra bárbara. Estaciones espaciosas, servicio rápido, hielo y alcohol.


Mircea Eliade (Rumano fallecido en Estados Unidos, 1907-1986).

sábado, 18 de julio de 2020

Epidemias: EL HOMBRE HUECO, de John Dickson Carr

"... tres sepulturas. Estaban recién excavadas pues aún se veían huellas de pisadas..."

Capítulo I: La amenaza

(Fragmento)

- Yo soy el hombre que sabía demasiado -dijo después de una pausa-. Y no hay constancia de que el sacerdote del templo haya sido siempre un creyente muy devoto. Como quiera que sea, esto se aparta de la cuestión. Lo que me interesa son las causas que se esconden detrás de estas supersticiones. ¿Cómo nació la superstición? ¿Qué es lo que le dio impulso, de modo que los ingenuos pudieran creer en ella? Por ejemplo: hablamos de la leyenda de los vampiros. Ahora es una creencia que prevalece en tierras eslavas. ¿De acuerdo? Alcanzó firme arraigo en Europa cuando, proveniente de Hungría, la barrió como una ráfaga entre 1730 y 1735. Bien, ¿cómo obtuvo Hungría la prueba de que los muertos podían abandonar sus ataúdes y flotar en el aire en forma de briznas de paja o pelusa hasta adoptar la forma humana para el ataque?

- ¿Hubo tal prueba? -preguntó Burnaby. Grimaud se encogió de hombros con un amplio ademán.

- Desenterraron cadáveres de los cementerios. Encontraron algunos en posiciones retorcidas, con sangre en la cara, manos y mortajas. Ésa fue su prueba… Pero ¿por qué no habían de encontrarse con eso? Aquéllos fueron años de peste. Piensen ustedes en todos los pobres diablos que fueron enterrados vivos tomándolos por muertos. Piensen en cómo habrán luchado por salir del ataúd antes de morir de verdad. ¿Comprenden, señores? Esto es lo que entiendo por causas que se esconden detrás de las supersticiones. Esto es lo que me interesa.

- También a mí me interesa -dijo una nueva voz.

Capítulo IX: La tumba que se abre

(Fragmentos)

- Vea usted: le diré sinceramente, si le sirve de ayuda, que más vale que abandone esta idea. No sé cómo se ha enterado usted del asunto. Él tenía dos hermanos, y ambos habían estado en la cárcel -volvió a sonreír-. No fue por nada terrible: los pusieron presos por cosas de política. Me figuro que la mitad de los jóvenes luchadores de aquel tiempo habrán estado mezclados en lo mismo… Olvide a los dos hermanos. Ambos están muertos desde hace muchos años.

Reinaba tal silencio en la habitación, que Rampole oyó el último chisporroteo del fuego que se extinguía y el resollar de Fell, que tenía los ojos cerrados. Hadley miró al doctor. Luego, fijamente y a los ojos, a Drayman, como si este último tuviese la vista sana.

- ¿Cómo lo sabe usted?

- Grimaud me lo contó -respondió Drayman, recalcando el nombre-. Además, todos los periódicos, desde Budapest hasta Brasso, lo anunciaron con grandes títulos cuando ocurrió. Puede usted verificarlo fácilmente -hablaba con sencillez-. Murieron de peste bubónica.
()

- Debo insistir en esa suerte de atmósfera novelesca porque, además de ajustarse a mi temperamento, permitirá ver claras muchas cosas. Yo estaba en la romántica edad byroniana, inflamado por ideas de libertad política. Iba a caballo en lugar de marchar a pie porque pensaba que así parecía más importante; hasta me complacía en llevar una pistola para ser usada contra imaginarios bandidos y un rosario como talismán contra los fantasmas. Si bien no se veían bandidos ni fantasmas, todo hacía pensar en que los había. Más de una vez me asustó la presencia imaginaria de unos y otros. Había una especie de salvajez y oscuridad dignas de un cuento de hadas en aquellos fríos bosques y desfiladeros. Hasta en los trechos cultivados se percibía algo extraño. Transilvania, como usted sabrá, está rodeada de montañas por tres de sus lados. Un inglés queda asombrado al ver trepar un campo de centeno o una viña por la empinada ladera de una alta montaña. También le resultan raros los trajes verdes y amarillos, las posadas impregnadas de olor a ajo y, en los lugares más desiertos, las colinas de sal pura.

«Así, pues, yo avanzaba por un camino tortuoso de la parte menos habitada, bajo la amenaza de una fuerte tormenta y sin posibilidades de hallar ninguna posada en kilómetros a la redonda. Las gentes decían que el diablo acechaba allí detrás de cada matorral, y yo estaba sobrecogido de pavor; aunque tenía también motivos más fundados para estar aterrorizado. Después de un verano muy caluroso se había declarado una epidemia de peste que, a pesar del intenso frío reinante, se cernía en la atmósfera como una nube de mosquitos. En la última aldea que había atravesado -no recuerdo el nombre— me habían dicho que hacía estragos en las minas de sal de las montañas. Pero yo esperaba encontrarme con un amigo mío, turista también, en Tradj. Tenía asimismo deseos de visitar la prisión, que había recibido su nombre de las siete colinas blancas, semejantes a una baja cordillera, que la cercaban por detrás. Resolví, por lo tanto, proseguir mi camino.

»Me daba cuenta de que debía estar aproximándome a la prisión, porque ya podía distinguir las blancas colinas delante de mí. Mas, cuando había oscurecido hasta el punto de no poderse distinguir casi nada, y cuando el viento parecía destrozar los árboles del camino, pasé junto a un lugar donde se alzaban tres sepulturas. Estaban recién excavadas, pues aún se veían huellas de pisadas alrededor de ellas, pero no había gente por ninguna parte».

John Dickson Carr (Estados Unidos, 1906-1977).

En la prolífica obra de John Dickson Carter son constantes las referencias a las epidemias -de cólera o peste-. Por ejemplo, en Nido de brujas, también traducida como El rincón de la bruja (The Hag's Nook, 1932), su protagonista, el doctor Gideon Fell, pregunta el motivo que provocó el abandono de la antigua prisión de Chatterham, y recibe como respuesta: "Fue el cólera, por supuesto; el cólera y algo más." Su novela La mansión de la muerte también es conocida como La mansión de la peste, que sería un título un poco más apegado al original en inglés (The Plague Court Murders, 1934). He optado por El hombre hueco (The Hollow Man, 1935), también conocida como Los tres ataúdes, por su atmósfera vampírica.
Jules Etienne

Es posible la lectura de la novela íntegra, El hombre hueco, en Libros de Mario.

viernes, 17 de julio de 2020

Epidemias: LOS SONÁMBULOS, de Arthur Koestler

"... había imaginado que Benatek era como un apacible templo de Urania pero llegó a una casa de locos."

(Capítulo 5)

1. La gravedad del destino

(Fragmento)

Hacia Anales del año se había desencadenado la peste, lo cual obligó a Tycho Brahe a trasladarse a la residencia imperial de Girsitz, junto al emperador Rodolfo, al cual tuvo que administrar un elixir secreto contra la epidemia. Para aumentar las preocupaciones de Tycho Brahe, Ursus, que se había marchado de Praga a la llegada de aquél, regresó de nuevo e intentó crearle problemas; y la segunda hija de Tycho Brahe, Elisabeth, mantenía relaciones ilícitas con uno de sus ayudantes, el junker Tengnagel. El joven Kepler, en la lejana provincia de Gratz, había imaginado que Benatek era como un apacible templo de Urania pero llegó a una casa de locos. El castillo estaba atestado de operarios, inspectores, visitantes, unidos al temible clan de Tycho Brahe, incluido el siniestro enano Jepp, quien, de cuclillas bajo la mesa durante las interminables y tumultuosas comidas, encontraba un fácil blanco para sus burlas en aquel tímido espantajo de matemático provinciano.

Kepler había llegado a Praga a mediados de enero. En seguida escribió a Benatek y pocos días después recibió respuesta de Tycho Brahe, en que éste se lamentaba de no poder darle personalmente la bienvenida debido a una inminente oposición de Marte y Júpiter, a la que seguiría un eclipse lunar, y le invitaba a Benatek «no como un huésped, sino como un amigo y colega en la contemplación de los cielos». Los portadores de la carta eran el hijo mayor de Tycho Brahe y el junker Tengnagel, quienes se mostraron celosos de Kepler desde un principio y le fueron hostiles hasta el final. En su compañía completó Kepler la última etapa de su viaje hasta Tycho Brahe, pero tan sólo después de otra demora de nueve días. Tengnagel y el joven Brahe lo pasaban probablemente muy bien en Praga y no tenían ninguna prisa por volver.

Arthur Koestler: Artúr Kösztler
(Húngaro nacionalizado británico, 1905-1983).

miércoles, 15 de julio de 2020

Epidemias: MASA Y PODER, de Elías Canetti

"... hay una cosa que es indiscutible: la epidemia desemboca en la masa de agonizantes y muertos."

Epidemias

(Fragmento)

Entre todas las desgracias que desde siempre han azotado a la humanidad, las grandes epidemias han dejado un recuerdo especialmente vivido. Estallan de súbito como las catástrofes naturales, pero mientras que un terremoto se agota la mayoría de las veces en pocas y breves sacudidas, la epidemia puede durar meses o incluso todo un año. El horror del terremoto culmina de golpe, sus víctimas perecen todos a la vez. Una epidemia de peste, por el contrario, tiene un efecto acumulativo-, primero son atacados sólo unos pocos, luego se multiplican los casos, se ven muertos por todas partes; en seguida se ven reunidos más muertos que vivos. El resultado de la epidemia puede ser el mismo que el de un terremoto. Pero los hombres son testigos de la gran mortalidad que se difunde y cunde a ojos vistas. Son como los participantes de una batalla que dura más que todas las batallas conocidas. Pero el enemigo es secreto, no se lo ve por ninguna parte; no se le puede atacar. Sólo se espera ser atacado por él. El combate lo libra la parte adversa exclusivamente, asestando sus golpes a quien se le antoja. Y los asesta a tantos que debe temerse que a todos les toque.

No bien se la reconoce, la epidemia no puede desembocar más que en la muerte común de todos. Quienes son atacados esperan -puesto que no hay remedio contra ella- la ejecución de la sentencia. Sólo los atacados por la epidemia son masa-, son iguales respecto al destino que les espera. Su número aumenta con celeridad creciente. Alcanzan la meta hacia la que se mueven en pocos días. Alcanzan la mayor densidad posible a cuerpos humanos: todos juntos en un montón de cadáveres. Esta masa estancada de los muertos, según las ideas religiosas, sólo está muerta por un tiempo. Resucitará en un único instante y apiñada estrechamente se formará ante Dios para el Juicio Final. Pero aun dejando de lado la suerte ulterior de los muertos -porque las creencias religiosas no son idénticas en todas partes-, hay una cosa que es indiscutible: la epidemia desemboca en la masa de agonizantes y muertos. «Calles y templos» están repletos de ellos. A menudo ya ni es posible sepultar una a una a las víctimas, como corresponde: se apilan unas sobre otras, miles de ellas en una sepultura, reunidas en gigantescas fosas comunes.

Hay tres fenómenos significativos bien conocidos a la humanidad, cuya meta son los montones de cadáveres. Están estrechamente emparentados entre sí y por ello hay que delimitarlos bien. Estos tres fenómenos son la batalla, el suicidio en masa y la epidemia.

En la batalla la mira se ha puesto en el montón de cadáveres del enemigo. Se quiere disminuir el número de enemigos vivientes, para que en comparación el número de la propia gente sea tanto mayor. Que la gente propia también perezca es inevitable, pero no es eso lo que se desea. La meta es el montón de muertos enemigos. Se la busca activamente, por propia iniciativa, por la fuerza del propio brazo.

En el suicidio en masa esta iniciativa se vuelve contra la propia gente. Hombre, mujer, niño, todos se matan recíprocamente, hasta que no queda sino el montón de los propios muertos. Para que nadie caiga en manos del enemigo, para que la destruc- ción sea total, se acude al fuego.

En la epidemia el resultado es el mismo que en el suicidio en masa, pero no es arbitrario y parece impuesto desde afuera por un poder desconocido. Tarda más en alcanzar la meta; así se vive en una igualdad de atroz expectativa, durante la que todos los vínculos habituales de los hombres se deshacen.

El contagio, tan importante en la epidemia, hace que los hombres se aparten unos de otros. Lo más seguro es no acercarse demasiado a nadie, pues podría acarrear el contagio. Algunos huyen de la ciudad y se dispersan en sus posesiones. Otros se encierran en sus casas y no admiten a nadie. Los unos evitan a los otros. El mantener las distancias se convierte en última esperanza. La expectativa de vida, la vida misma se expresa, por decir así, en el acto de mantenerse a distancia de los enfermos. Los infestados se transforman poco a poco en masa muerta; los no infestados se mantienen lejos de todos y de cada uno, a menudo también de sus parientes, de sus cónyuges, de sus niños. Es notable cómo en este caso la esperanza de sobrevivir hace del hombre un ser aislado, frente al que se sitúa la masa de todas las víctimas.

Pero dentro de esta maldición general, en que resulta perdido todo aquel que cae enfermo, sucede lo más sorprendente: algunos, contados, convalecen de la peste. Es de imaginar cómo se deben sentir éstos en medio de los otros. Han sobrevivido, y se sienten invulnerables. Así también pueden compadecerse de los enfermos y moribun- dos que los rodean.

«Tales gentes -dijo Tucídides- se sentían tan exaltadas en su convalecencia que opinaban que ya no podrían morir jamás de enfermedad.»

Elías Canetti
(Nacido en Bulgaria, nacionalizado británico y fallecido en Suiza, 1905-1994).
Obtuvo el premio Nobel en 1981. 

martes, 14 de julio de 2020

Epidemias: CANTO GENERAL, de Pablo Neruda

"... el hambre echa los dados en la navegación, sopla las velas..."

III: Llegan al mar de México (1519)

(Fragmento)

El hambre antigua de Europa, hambre como la cola
de un planeta mortal, poblaba el buque,
el hambre estaba allí, desmantelada,
errabunda hacha fría, madrastra
de los pueblos, el hambre echa los dados
en la navegación, sopla las velas:
«Más allá, que te como, más allá
que regresas
a la madre, al hermano, al Juez y al Cura,
a los inquisidores, al infierno, a la peste.
Más allá, más allá, lejos del piojo,
del látigo feudal, del calabozo,
de las galeras llenas de excremento.»


Pablo Neruda: Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoallo (Chile, 1904-1973).
Obtuvo el premio Nobel en 1971.