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Vancouver, English Bay, verano.

viernes, 8 de agosto de 2014

Espejos (99): ULISES, de James Joyce

"Ahí, como en sucesión retrospectiva, espejo dentro de un espejo (¡y listo!), se contempla a sí mismo."

(Fragmento del capítulo 14)

¿Qué edad tiene el alma del hombre? Así como tiene la virtud del camaleón para cambiar su tinte con todo lo que se le acerca, de ser alegre con el divertido y triste con el abatido, del mismo modo su edad es cambiable de acuerdo con su humor. Leopoldo ya no es, sentado como está ahí, rumiando el bolo de la reminiscencia, aquel sensato agente de publicidad y poseedor de una modesta fortuna en fondos. Veinte años han pasado. Ahora es el joven Leopoldo. Ahí, como en sucesión retrospectiva, espejo dentro de un espejo (¡y listo!), se contempla a sí mismo. Se ve aquella figura joven de entonces, precozmente varonil, caminando en una mañana de escarcha desde la vieja casa en Clanbrassil Street hasta el instituto, la cartera llena de libros en bandolera, y en ella un buen trozo de pan de trigo, una idea de la madre. O quizás sea la misma figura, pasado ya un año más o menos, con su primer sombrero hongo (¡ah, aquél sí que fue un gran día!), ya en la calle, un viajante hecho y derecho de la empresa familiar, equipado con un libro de pedidos, un pañuelo perfumado (no sólo para lucirlo), un estuche de relucientes artículos de bisutería (¡ay, ya algo del pasado!) y una pilada de complacientes sonrisas para esta o aquella ama de casa medio conquistada calculando con los dedos o para una doncella en flor, agradeciendo tímidamente (¿y el corazón? ¡dime!) sus estudiados cumplidos. El perfume, la sonrisa, pero, más que todo eso, los ojos oscuros y los modales untosos, volvían a casa a la caída de la tarde con sus buenas comisiones junto al cabeza de la empresa, sentado con la pipa de Jacob después de idénticas tareas en el rincón de la chimenea destinado al padre (la comida de fideos, con toda certeza, se está recalentando) leyendo a través de lentes de concha algún periódico de Europa de hace un mes. Pero ah, y listo, el espejo se enturbia y el joven caballero errante se evapora, se consume, queda convertido en un punto diminuto en la niebla. Ahora él es el padre y los que están a su alrededor podrían ser sus hijos. ¿Quién podría decirlo? El padre sabio que sabe quién es su propio hijo. Él piensa en una noche de llovizna en Hatch Street, muy cerca de los almacenes, allí, la primera. Juntos (ella es una pobre niña abandonada, hija de la vergüenza, tuya y mía y de todos por sólo un chelín y su penique de la suerte), juntos oyen los pasos cansinos de la guardia mientras dos sombras engabardinadas cruzan por la nueva universidad real. ¡Bridie! ¡Bridie Kelly! Nunca olvidará el nombre, siempre recordará la noche: la primera noche, noche de bodas. Están entrelazados en la más profunda oscuridad, el deseoso con la deseada, y en un instante Wat.) la luz inundará el mundo. ¿Daba vuelcos el corazón por el otro corazón? No, amable lector. En un solo suspiro se hubo consumado pero -¡Espera! ¡Atrás! ¡No puede ser! Espantada la pobre muchacha se escapa a través de las sombras. Es la novia de las tinieblas, hija de la noche. Incapaz de arrostrar la carga del niño sol áureo del día. No, Leopoldo. El nombre y el recuerdo no son consuelo para ti. Aquella ilusión juvenil de tu fuerza te fue arrebatada, y por nada. No habrá hijo de tus lomos a tu lado. Nadie hay ahora que sea para Leopoldo, lo que Leopoldo fue para Rudolph.
 
 
James Joyce (Irlanda, 1882-1941) 

jueves, 7 de agosto de 2014

Espejos (98): LOS ESPEJOS, de Jorge Luis Borges


"Que a veces raya el ilusorio vuelo del ave inversa o que un temblor agita."
 
Yo que sentí el horror de los espejos
No sólo ante el cristal impenetrable
Donde acaba y empieza, inhabitable,
un imposible espacio de reflejos

Sino ante el agua especular que imita
El otro azul en su profundo cielo
Que a veces raya el ilusorio vuelo
Del ave inversa o que un temblor agita

Y ante la superficie silenciosa
Del ébano sutil cuya tersura
Repite como un sueño la blancura
De un vago mármol o una vaga rosa,

Hoy, al cabo de tantos y perplejos
Años de errar bajo la varia luna,
Me pregunto qué azar de la fortuna
Hizo que yo temiera los espejos.

Espejos de metal, enmascarado
Espejo de caoba que en la bruma
De su rojo crepúsculo disfuma
Ese rostro que mira y es mirado,

Infinitos los veo, elementales
Ejecutores de un antiguo pacto,
Multiplicar el mundo como el acto
Generativo, insomnes y fatales.

Prolongan este vano mundo incierto
En su vertiginosa telaraña;
A veces en la tarde los empaña
El hálito de un hombre que no ha muerto.

Nos acecha el cristal. Si entre las cuatro
Paredes de la alcoba hay un espejo,
Ya no estoy solo. Hay otro. Hay el reflejo
Que arma en el alba un sigiloso teatro.

Todo acontece y nada se recuerda
En esos gabinetes cristalinos
Donde, como fantásticos rabinos,
Leemos los libros de derecha a izquierda.

Claudio, rey de una tarde, rey soñado,
No sintió que era un sueño hasta aquel día
En que un actor mimó su felonía
Con arte silencioso, en un tablado.

Que haya sueños es raro, que haya espejos,
Que el usual y gastado repertorio
De cada día incluya el ilusorio
Orbe profundo que urden los reflejos.

Dios (he dado en pensar) pone un empeño
En toda esa inasible arquitectura
Que edifica la luz con la tersura
Del cristal y la sombra con el sueño.

Dios ha creado las noches que se arman
De sueños y las formas del espejo
Para que el hombre sienta que es reflejo
Y vanidad. Por eso nos alarman.
 
 
Jorge Luis Borges (Argentina, 1899-1986)

miércoles, 6 de agosto de 2014

Espejos (97): LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SER, de Milan Kundera

"... sus miradas al espejo tenían el cariz de un vicio secreto."

3 

Ella trataba de verse a sí misma a través de su cuerpo. Por eso se miraba con frecuencia al espejo. Como le daba miedo que la sorprendiera su madre, sus miradas al espejo tenían el cariz de un vicio secreto.
 
No era la vanidad lo que la atraía hacia el espejo, sino el asombro al ver a su propio yo. Se olvidaba de que estaba viendo el tablero de instrumentos de los mecanismos corporales. Le parecía ver su alma, que se le daba a conocer en los rasgos de su cara. Olvidaba que la nariz no es más que la terminación de una manguera para llevar el aire a los pulmones. Veía en ella la fiel expresión de su carácter.
 
Se miraba durante mucho tiempo y a veces le molestaba ver en su cara los rasgos de su madre. Se miraba entonces con aún mayor ahínco y trataba, con su fuerza de voluntad, de hacer abstracción de la fisonomía de la madre, de restarla, de modo que en su cara quedase sólo lo que era ella misma. Cuando lo lograba, aquél era un momento de embriaguez: el alma salía a la superficie del cuerpo como cuando los marinos salen de la bodega, ocupan toda la cubierta, agitan los brazos hacia el cielo y cantan.
 
 
    Milan Kundera (Escritor de origen checo nacionalizado francés; 1929) 

martes, 5 de agosto de 2014

Espejos (96): EL AMOR DESPUÉS DEL AMOR, de Derek Walcott

"... al que ves en tu espejo y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro, y dirá, siéntate aquí."

Un tiempo vendrá
en el que, con gran alegría,
te saludarás a ti mismo,
al tú que llega a tu puerta,
al que ves en tu espejo
y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro,
y dirá, siéntate aquí. Come.
Seguirás amando al extraño que fuiste tú mismo.
Ofrece vino. Ofrece pan. Devuelve tu amor
a ti mismo, al extraño que te amó
toda tu vida, a quien no has conocido
para conocer a otro corazón
que te conoce de memoria.
Recoge las cartas del escritorio,
las fotografías, las desesperadas líneas,
despega tu imagen del espejo.
Siéntate. Celebra tu vida.
 
 
Derek Walcott (Santa Lucía, 1930). Obtuvo el premio Nobel en 1992.

lunes, 4 de agosto de 2014

Espejos (95): BELLA DE DÍA, de Joseph Kessel

"Cuando entró en la casa, Séverine se dirigió de inmediato hacia el gran espejo ante el que solía vestirse."

(Fragmento del capítulo cuarto)
 
Séverine no supo cómo ni cuándo bajó del coche y entró en su apartamento. Un hecho violento y extraño ocurrido en su dormitorio le devolvió una vaga conciencia de sí misma. Cuando entró en la casa, Séverine se dirigió de inmediato hacia el gran espejo ante el que solía vestirse. Quedó inmóvil ante el mueble, y tan cerca de su imagen reflejada, que parecía confundirse con ella. En el misterio glacial de aquella luna recobró la percepción de sí misma. El estupor y un instinto puramente orgánico de defensa se proyectaron sobre aquella imagen, y Séverine creyó ver un ser extraño cuyo rostro jamás había visto. Poco a poco fue dándose cuenta de que aquella mujer se acercaba lentamente a ella. Era una sensación de acorralamiento: la mujer siguió avanzando, le rodeó, comenzó a apoderarse de su cuerpo. Séverine intuyó que aún tenía a su alcance una oportunidad: un gesto rápido, un salto hacia atrás impediría aquella posesión. Pero un deseo más poderoso la retuvo. Tenía que observar la imagen que se cernía sobre ella. Aquel examen le pareció el acto más esencial y urgente que la vida le había propuesto. Fue de una profundidad atroz: las mejillas blanquecinas como una superficie gredosa, la frente abombada y desnuda sobre los ojos lejanos y hundidos, los labios rojos, muertos, exangües y anormalmente abultados, todo en aquel rostro desprendía una tan enorme idea de bestialidad y horror, que Séverine no pudo soportar ni un instante más el espectáculo que se ofrecía a sí misma. Corrió hacia la puerta en busca de otra habitación, tras una distancia que interponer entre ella y la imagen fija, plana y terrible que dejaba en el espejo. Movió nerviosamente el picaporte, pero la puerta no se abrió. Comprendió que, al entrar, había cerrado con llave. Un súbito calor le subió al rostro.
 
- Quería esconderme -dijo en voz alta.
 
Con un reflejo orgulloso y franco, abrió violentamente la puerta.
 
- ¿Esconderme? ¿De quién?
 
No traspasó el umbral. Estaba segura de que la imagen seguía allí, tras ella, en el espejo. Cerró de un portazo y, eludiendo los objetos que podían reflejar sus ojos, cayó abatida en un sillón. Apretó los puños contra las sienes ardientes. Sus manos estaban heladas. Poco a poco transmitieron su frescor a la frente, calmando la extraña y febril situación de la mujer. Por fin, Séverine pudo pensar. Todo cuanto le acababa de ocurrir se desarrolló al nivel de las convulsiones instintivas, en medio de impulsos y desórdenes entre cuya maraña su memoria se extravió. No recordaba nada. Se había esfumado el recuerdo de su máscara de bestia violenta y apasionada.
 
Séverine emergió del caos sin más sentimiento que el de una insoportable vergüenza. Le pareció sentirse enfangada, y no quería ni podía lavar el fango que la cubría.
 
 
Joseph Kessel (Francés nacido en Argentina, 1898-1979)

domingo, 3 de agosto de 2014

Espejos (94): COMO LAS NUBES, de Pär Lagerkvist

"... como el leve aliento sobre un espejo."

Como las nubes,
como una mariposa,
como el leve aliento sobre un espejo.
Fortuito,
transitorio,
desvanecido en un breve instante.
Señor de todos los cielos, todos los mundos, todos los destinos,
¿qué tienes pensado hacer conmigo?
 

 (Som molnen,
som fjärilen,
som den lätta andningen pâ en spegel -
Tillfällig,

Föränderlig,
borta pâ en liten stund.
O herre över alla himmlar, alla världar, alla öden,
vad hard u menat med mig?

Like the clouds,
like a butterfly,
like the light breathing in a mirror -
Accidental,
transitory,
gone in a short while.

Lord of all heavens, all worlds, all fates,
what have you mean by me?)

 

 Pär Lagerkvist (Suecia, 1891-1974). Obtuvo el premio Nobel en 1951.
 
(Traducido al español por Jules Etienne. La versión al inglés es de W. H. Auden y Leif Sjöberg) 

sábado, 2 de agosto de 2014

Espejos (93): PAÍS DE NIEVE, de Yasunari Kawabata

 
(Fragmentos)

La luz fue invadiendo el lugar hasta que él alcanzó a verle las mejillas rosadas, o quizás era que sus ojos se habían acostumbrado tanto a la oscuridad que ahora podía distinguir un detalle como ése.
 
- Tus mejillas arden de frío. Aléjate de la ventana.
 
- No es el frío. Es que me quité el maquillaje. Siempre entro en calor en un suspiro, de la cabeza a los pies, en cuanto me meto en la cama. Debo irme. Ya es de día -dijo echándose un último vistazo en un espejo que había junto a la cama. Shimamura levantó la cabeza pero desvió los ojos de inmediato. El espejo reflejaba el blanco de la nieve enmarcando el rostro de arreboladas mejillas. El pelo era de un negro levísimamente diluido, con destellos púrpura. ¿Ya había amanecido? Shimamura no supo si lo que lo había encandilado era el primer brillo del sol contra la nieve o la belleza increíble de aquel contraste entre mujer y naturaleza.
...

Incluso cuando hubo salido de la casa, Shimamura seguía obsesionado por esa mirada, que le ardía en la cara con la misma belleza inexpresable que el atardecer anterior, cuando el destello que venía de las montañas se unió con el reflejo del rostro de ella en la ventanilla del tren. Apuró el paso, mientras su memoria convocaba una tercera imagen, la del reflejo de la nieve enmarcando las mejillas de Komako en el espejo donde ella verificaba su maquillaje, aquella misma mañana.

Sus piernas no estaban acostumbradas a ese paso pero él no reparó en ello, absorto en sus pensamientos y el paisaje de aquellas montañas que tanto le gustaban. Siempre dispuesto a dejarse llevar por sus ensoñaciones, se preguntó cómo era posible que aquel espejo espontáneo de la tarde anterior y el que reflejó la nieve esa mañana fueran realmente obra del hombre y no de la naturaleza, una naturaleza perteneciente a un mundo distante y remoto, tan distante y remoto como la habitación que acababa de abandonar.


 Yasunari Kawabata (Japón, 1899-1972). Obtuvo el premio Nobel en 1968.

(Traducido al español por Juan Forn)

viernes, 1 de agosto de 2014

Espejos (92): LA LUZ, EL TACTO (Balthus), de Octavio Paz

"... la luz nace mujer en un espejo, desnuda bajo diáfanos follajes..."

La luz sostiene —ingrávidos, reales—
el cerro blanco y las encinas negras,
el sendero que avanza,
el árbol que se queda;
 
la luz naciente busca su camino,
río titubeante que dibuja
sus dudas y las vuelve certidumbres,
río del alba sobre unos párpados cerrados;
 
la luz esculpe al viento en la cortina,
hace de cada hora un cuerpo vivo,
entra en el cuarto y se desliza,
descalza, sobre el filo del cuchillo;
 
la luz nace mujer en un espejo,
desnuda bajo diáfanos follajes
una mirada la encadena,
la desvanece un parpadeo;
 
la luz palpa los frutos y palpa lo invisible,
cántaro donde beben claridades los ojos,
llama cortada en flor y vela en vela
donde la mariposa de alas negras se quema:
 
la luz abre los pliegues de la sábana
y los repliegues de la pubescencia,
arde en la chimenea, sus llamas vueltas sombras
trepan los muros, yedra deseosa;
 
la luz no absuelve ni condena,
no es justa ni es injusta,
la luz con manos invisibles alza
los edificios de la simetría;
 
la luz se va por un pasaje de reflejos
y regresa a sí misma:
es una mano que se inventa,
un ojo que se mira en sus inventos.
 
La luz es tiempo que se piensa.
 
 
 
Octavio Paz (México, 1914-1998). Obtuvo el premio Nobel en 1990.

jueves, 31 de julio de 2014

Espejos (91): CRIMEN Y CASTIGO, de Fiódor Dostoyevski

"La naturaleza es un espejo, el espejo más diáfano, y basta dirigir la vista a él."

Cuarta parte: Capítulo 5
 
(Fragmento)

Supongamos que ese hombre miente... Me refiero al hombre desconocido de nuestro caso particular... Supongamos que miente, y de un modo magistral. Como es lógico, espera su triunfo, cree que va a recoger los frutos de su destreza; pero, de pronto, ¡crac!, se desvanece en el lugar más comprometedor para él. Vamos a suponer que atribuye el síncope a una enfermedad que padece o a la atmósfera asfixiante de la habitación, cosa frecuente en los locales cerrados. Pues bien, no por eso deja de inspirar sospechas... Su mentira ha sido perfecta, pero no ha pensado en la naturaleza y se encuentra como cogido en una trampa.

Otro día, dejándose llevar de su espíritu burlón, trata de divertirse a costa de alguien que sospecha de él. Finge palidecer de espanto, pero he aquí que representa su papel con demasiada propiedad, que su palidez es demasiado natural, y esto será otro indicio. Por el momento, su interlocutor podrá dejarse engañar, pero, si no es un tonto, al día siguiente cambiará de opinión. Y el imprudente cometerá error tras error. Se meterá donde no le llaman para decir las cosas más comprometedoras, para exponer alegorías cuyo verdadero sentido nadie dejará de comprender. Incluso llegará a preguntar por qué no lo han detenido todavía. ¡Je, je, je...! Y esto puede ocurrir al hombre más sagaz, a un psicólogo, a un literato. La naturaleza es un espejo, el espejo más diáfano, y basta dirigir la vista a él. Pero ¿qué le sucede, Rodion Romanovitch? ¿Le ahoga esta atmósfera tal vez? ¿Quiere que abra la ventana?

- No se preocupe - exclamó Raskolnikof, echándose de pronto a reír - Le ruego que no se moleste.
 
Porfirio se detuvo ante él, estuvo un momento mirándole y luego se echó a reír también. Entonces Raskolnikof, cuya risa convulsiva se había calmado, se puso en pie.
 
- Porfirio Petrovitch -dijo levantando la voz y articulando claramente las palabras, a pesar del esfuerzo que tenía que hacer para sostenerse sobre sus temblorosas piernas- estoy seguro de que usted sospecha que soy el asesino de la vieja y de su hermana Lisbeth. Y quiero decirle que hace tiempo que estoy harto de todo esto. Si usted se cree con derecho a perseguirme y detenerme, hágalo. Pero no le permitiré que siga burlándose de mí en mi propia cara y torturándome como lo está haciendo.
 
Sus labios empezaron a temblar de pronto; sus ojos, a despedir llamaradas de cólera, y su voz, dominada por él hasta entonces, empezó a vibrar.

 

 Fiódor Dostoyevski (Rusia, 1821-1881)

miércoles, 30 de julio de 2014

Espejos (90): NOCTURNO, de Georg Trakl

"En los sueños marfilinos del solitario aparece el reflejo de ángeles caídos."

El hálito del inmóvil. Un rostro animal
Entumecido de azul, su santidad.
Poderoso es el silencio de la piedra;
 
La máscara de un pájaro nocturno. Tres suaves
Campanas se desvanecen en una. ¡Elai! Tu rostro
Se reclina callado sobre el azul de las aguas.
 
Oh, quietos espejos de la verdad.
En los sueños marfilinos del solitario
Aparece el reflejo de ángeles caídos.

 
Georg Trakl (Austria, 1887-1914)
 
(Traducido al español por Pura López Colomé) 

martes, 29 de julio de 2014

Espejos (89): MUNDO ESPEJO, de William Gibson

 
 Capítulo 1: La página web de la noche terrible
 
(Fragmento)

El mundo espejo. Los enchufes de los aparatos eléctricos son enormes, de tres clavijas, para una clase de corriente que en América sólo alimenta las sillas eléctricas. Los coches están al revés por dentro, la izquierda a la derecha; los auriculares de los teléfonos tienen un peso distinto, un equilibrio distinto, las portadas de las ediciones en rústica parecen dinero australiano.
 
Con las pupilas dolorosamente contraídas frente al halógeno brillante como el sol, se mira con ojos entrecerrados un espejo de verdad, apoyado en ángulo contra una pared gris, esperando que lo cuelguen. Ve en él una marioneta desarticulada de piernas negras, con el pelo de recién levantada, erizado como una escobilla de excusado. Le hace una mueca al reflejo, pensando por algún motivo en un novio que se empeñaba en compararla con un retrato de Helmut Newton de Jane Birkin desnuda.
 
En la cocina hace correr el agua del grifo por un filtro alemán y llena una olla eléctrica italiana. Se enreda con los interruptores, uno en la cacerola, otro en el enchufe, otro en la toma de corriente. Inspecciona con mirada vacía la extensión color amarillo canario de armarios laminados mientras hierve el agua.
 
Una bolsita de un sucedáneo de té importado de California en un gran tazón blanco. Echa el agua hirviendo. En la habitación principal del apartamento descubre que el fiel Cubo de Damien está encendido, pero dormido, con el resplandor de mariposa nocturna de sus interruptores estáticos latiendo suavemente. Aquí se ve la ambivalencia de Damien hacia el diseño: no permitirá a un decorador pasar de la puerta a menos que acceda, básicamente, a no hacer precisamente lo que sabe hacer, pero se aferra a ese Mac porque puedes volverlo al revés y sacarle las tripas con un pequeño tirador mágico de aluminio. Como los genitales de una de las chicas robot de su vídeo, ahora que lo piensa.
 
Se acomoda en la silla de respaldo alto de la terminal de trabajo de Damien y hace clic en el ratón transparente. Balbuceo de los infrarrojos sobre la madera pálida de la larga mesa de caballete. Aparece el navegador. Teclea Fetiche: Metraje: Foro, que Damien, decidido a evitar la contaminación, nunca agregará a favoritos.
 
Se abre la primera página, Tan familiar como el salón de un amigo. Un fotograma del n.° 48 sirve de fondo, oscuro y casi monocromo, sin ningún personaje a la vista. Esa es una de las secuencias que producen comparaciones con Tarkovsky. En realidad, ella sólo conoce a Tarkovsky por algunos fotogramas, aunque es cierto que una ves se quedó dormida durante la proyección de Stalker, hundiéndose en una panorámica interminable, con la cámara apuntando directamente hacia abajo, en primer plano, a un charco sobre un destrozado suelo de mosaico. Pero ella no está entre los que creen que puede llegarse muy lejos analizando las supuestas influencias del creador. El culto al metraje está plagado de sub-cultos que reivindican cualquier influencia imaginable. Truffaut, Peckinpah… Los seguidores de Peckinpah, incluso los más moderados, siguen esperando que saquen las pistolas.
 
 
William Gibson (Estadounidense nacionalizado canadiense, 1948)

lunes, 28 de julio de 2014

Espejos (88): TE AMO, de Paul Éluard

"No he podido atravesar el muro de mi espejo."

Te amo por todas las mujeres que no he conocido.
Te amo por todos los tiempos que no he vivido.
Por el olor del mar inmenso y el olor del pan caliente.
Por la nieve que se funde por las primeras flores.
Por los animales puros que el hombre no persigue.
Te amo por amar.
Te amo por todas las mujeres que no amo.
Quién me refleja sino tú misma me veo tan poco
sin ti no veo más que una planicie desierta.
Entre antes y ahora
están todas estas muertes que he sorteado sobre paja.
No he podido atravesar el muro de mi espejo.
Tuve que aprender la vida como se olvida
palabra por palabra
Te amo por tu sabiduría que no me pertenece.
Te amo contra todo lo que no es más que ilusión.
Por el corazón inmortal que no poseo
crees ser la duda y no eres sino razón.
Eres el sol que me sube a la cabeza
cuando estoy seguro de mí.
 
 
Paul Éluard (Francia, 1895-1952)
 
(Traducido del francés por Luis A. Cano)

domingo, 27 de julio de 2014

Espejos (87): ESPEJO ROTO, de Mercé Rodoreda

"... todos quisiéramos alcanzar el sueño, que es nuestra más profunda realidad, sin romper el espejo."

(Fragmento)

Hay espejos mágicos. Espejos diabólicos. Espejos que deforman. Hay espejuelos para cazar alondras. Está el espejo de cada día que nos hace extraños a nosotros mismos. Detrás del espejo está el sueño; todos quisiéramos alcanzar el sueño, que es nuestra más profunda realidad, sin romper el espejo.
 
 
Mercé Rodoreda (España, 1908-1983) 

sábado, 26 de julio de 2014

Espejos (86): AMOR, de Edith Södergram


Mi alma era un traje celeste como el cielo;
lo dejé sobre una roca junto al mar
y desnuda llegué hasta ti y parecía una mujer.
Y como mujer me senté a tu mesa
y brindé con vino y aspiré el aroma de unas rosas.
Me encontraste bella y semejante a alguien que en sueños viste,
olvidé todo, olvidé mi infancia y mi patria,
sólo sabía que tus caricias me tenían cautiva.
Y tú, sonriendo, tomaste un espejo y dijiste que me mirara.
Vi que mis hombros estaban hechos de polvo y se desmoronaban,
vi que mi belleza estaba enferma y ahora sólo quería desaparecer.
Oh, aférrame tan fuerte entre tus brazos,
que ya no necesite nada más.
 
 
Edith Södergram (Finlandesa nacida en Rusia; 1892-1923)
 
(Traducido al español por Renato Sandoval e Irma Sítanen)

viernes, 25 de julio de 2014

Espejos (85): LA FERIA DE LAS TINIEBLAS, de Ray Bradbury

"Más allá se extendían los espacios insondables del Laberinto de Espejos..."
 
(Fragmento)

En el prado, la tienda, la feria esperaba. Esperaba a alguien, a cualquiera que vadeara la marejada de hierba. Las grandes tiendas estaban hinchadas como fuelles. Dulcemente exhalaban el aire, que olía a antiguas bestias amarillas. Pero sólo la luna miraba esos huecos de oscuridad, las profundas cavernas. Afuera, unas bestias nocturnas colgaban a medio galope sobre un carrusel.

Más allá se extendían los espacios insondables del Laberinto de Espejos, que albergaban una multiplicación de vacías vanidades, silenciosas, serenas, plateadas por los años, blanqueadas por el tiempo. Cualquier sombra, a la entrada del Laberinto, podría provocar reverberaciones del color del miedo, y descubrir lunas profundamente sepultadas.

Si un hombre se detuviese allí, ¿se vería a sí mismo repetido un billón de veces hasta la eternidad? ¿Miraría detrás ese billón de imágenes, una cara y la siguiente y la otra, cada una más vieja que la anterior? ¿Se encontraría ese hombre perdido en medio de un fino polvo, muy lejos y muy profundamente un hombre no de cincuenta años sino de sesenta, no de sesenta sino de setenta, no de setenta sino de ochenta, noventa, noventa y cinco años?

El Laberinto no preguntó.

El Laberinto no respondió.

El Laberinto estaba allí, simplemente, esperando como un témpano ártico.


Ray Bradbury (Estados Unidos, 1920-2012)

jueves, 24 de julio de 2014

Espejos (84): EVOCO TU SONRISA, de Eugenio Montale

"... exiguo espejo en el que observa una hiedra sus corimbos..."
 
Evoco tu sonrisa y es para mí como el agua limpia
descubierta por azar entre las piedras de un arenal
exiguo espejo en el que observa una hiedra sus corimbos;
y encima de todo el abrazo de un quieto cielo blanco.
 
Ese es mi recuerdo; no sabría decir, a la distancia
si en tu rostro se expresa libre una alma ingenua
o si es de veras fugitiva que el mal del mundo ha extenuado
llevando consigo el sufrimiento como un talismán.
 
Mas esto puedo decirte: que tu efigie imaginada
sumerge mis inquietudes bajo una oleada de calma
y que tus rasgos se insinúan en mi memoria gris
sencillos como la copa de una joven palmera…
 

 (Ripenso il tuo sorriso, ed è per me un'acqua limpida
scorta per avventura tra le pietraie d'un greto,
esiguo specchio in cui guardi un'ellera e i suoi corimbi;
e su tutto l'abbraccio di un bianco cielo quieto.

Codesto è il mio ricordo; non saprei dire, o lontano,
se dal tuo volto si esprime libera un'anima ingenua,
vero tu sei dei raminghi che il male del mondo estenua
e recano il loro soffrire con sé come un talismano.

Ma questo posso dirti, che la tua pensata effigie
sommerge i crucci estrosi in un'ondata di calma,
e che il tuo aspetto s'insinua nella memoria grigia
schietto come la cima di una giovane palma...)



Eugenio Montale (Italia, 1896-1981). Obtuvo el premio Nobel en 1975.
(Traducido del italiano por Jules Etienne)

miércoles, 23 de julio de 2014

Espejos (83): JUSTINE, O LOS INFORTUNIOS DE LA VIRTUD, del Marqués de Sade

"¿Has visto, Thérèse, espejos de formas diferentes? Unos disminuyen los objetos, otros los aumentan."

(Fragmento de la primera parte)

La imaginación del hombre es una facultad de su mente a la que, mediante el órgano de los sentidos, van a pintarse y modificarse los objetos, para formar a continuación sus pensamientos, debido a la primera impresión de estos objetos. Pero esta imaginación, resultante ella misma del tipo de organización de que está dotado el hombre, sólo adopta los objetos recibidos de tal o cual manera, y sólo crea a continuación los pensamientos a partir de los efectos producidos por el choque de los objetos percibidos. Una comparación facilitará ante tus ojos lo que te expongo. ¿Has visto, Thérèse, espejos de formas diferentes? Unos disminuyen los objetos, otros los aumentan. Los hay que los vuelven espantosos, y otros que les prestan encantos. ¿Te imaginas ahora que si cada uno de esos espejos uniera la facultad creadora a la facultad objetiva ofrecería, de un mismo hombre que se contemplara en él, retratos totalmente diferentes? ¿Y estos retratos responderían a la manera como ha percibido el objeto? Si a las dos facultades que acabamos de atribuir a este espejo, uniéramos ahora la de la sensibilidad, ¿no tendría hacia este hombre, visto por él de tal o cual manera, el tipo de sentimiento que le fuera posible concebir para la clase de ser que habría descubierto? El espejo que lo hubiera visto bello, lo amaría; el que lo hubiera visto espantoso, lo odiaría. Y, sin embargo, se trataría siempre del mismo individuo.
 
Así es la imaginación del hombre, Thérèse; el mismo objeto se representa para ella bajo tantas formas como diferentes modos posee, y es a partir del efecto recibido por esta imaginación del objeto, sea cual fuere, que se decide a amarlo o a odiarlo. Si el choque del objeto percibido le sorprende de manera agradable, lo ama, lo prefiere, aunque ese objeto no contenga en sí ningún atractivo real; y si dicho objeto, aunque de un valor seguro a los ojos de otro, sólo ha afectado la imaginación a que nos referimos de manera desagradable, se alejará de él, porque cualquiera de nuestros sentimientos se forma y se realiza debido al producto de los diferentes objetos sobre la imaginación. Nada sorprendente, a partir de ahí, que lo que gusta vivamente a unos pueda disgustar a otros, e, inversamente, que la cosa más extravagante encuentre, sin embargo, partidarios... El hombre contrahecho también encuentra unos espejos que lo hacen bello.
 
 
Marqués de Sade: Donatien Alphonse François de Sade (Francia, 1740-1814)

martes, 22 de julio de 2014

Espejos (82): ESPEJO, de Sylvia Plath

"Luego se vuelve hacia esas embusteras, las velas o la luna.Veo su espalda y la reflejo con fidelidad."

Soy de plata y exacto. No tengo prejuicios.
Todo lo que veo, lo trago de inmediato.
Tal y como es, intacto de amor o de antipatía.
No soy cruel, sólo veraz.
El ojo de un pequeño dios con cuatro esquinas.
La mayor parte del tiempo medito sobre la pared de enfrente.
Es rosa, con manchas. La he mirado tanto
Que creo ya es parte de mi corazón. Pero se mueve.
Caras y oscuridad nos separan una y otra vez.
Ahora soy un lago. Una mujer se reclina sobre mí,
Buscando a través mío quién es ella en realidad.
Luego se vuelve hacia esas embusteras, las velas o la luna.
Veo su espalda y la reflejo con fidelidad.
Me recompensa con lágrimas y ademanes.
Soy importante para ella. Viene y va.
Cada mañana es su rostro lo que reemplaza a la oscuridad.
En mí ha ahogado a una joven y desde mí una vieja
Avanza hacia ella día tras día, como un pez terrible.
 
 
(I am silver and exact. I have no preconceptions.
What ever you see I swallow immediately
Just as it is, unmisted by love or dislike.
I am not cruel, only truthful-
The eye of a little god, four-cornered.
Most of the time I meditate on the opposite wall.
It is pink, with speckles. I have looked at it so long
I think it is a part of my heart. But it flickers.
Faces and darkness separate us over and over.
Now I am a lake. A woman bends over me,
Searching my reaches for what she really is.
Then she turns to those liars, the candles or the moon.
I see her back, and reflect it faithfully.
She rewards me with tears and an agitation of hands.
I am important to her. She comes and goes.
Each morning it is her face that replaces the darkness.
In me she has drowned a young girl, and in me an old woman
Rises toward her day after day, like a terrible fish.)


Sylvia Plath (Estados Unidos, 1932-1963)

(Traducido del inglés por Jules Etienne)

lunes, 21 de julio de 2014

Espejos (81): EN EL ESPEJO, de Ilse Aichinger

"En este día el espejo opaco refleja la maldita casa. Maldita llama la gente a una casa que se va a derrumbar..."

(Fragmento)

Luego ustedes siguen caminando. Por allí hay un camino que pasa por el almacén de carbón y llega hasta el mar. Se callan. Esperas la primera palabra, se la dejas a él para que no se te quede a ti la última. ¿Qué va a decir? ¡Rápido, antes de que lleguen al mar, que lo hace a uno tan temerario! ¿Qué dice? ¿Cuál es la primera palabra? ¿Puede ser que sea tan difícil que lo hace tartamudear, que lo obliga a bajar la vista? O, ¿son los montones de carbón que se yerguen atrás de las tablas que le arrojan sombras a los ojos y lo ciegan con su negrura? La primera palabra… ahora la dijo: es el nombre de una calle. Así se llama la calle donde vive la vieja. Y, ¿puede ser esto? Antes de saber que estás esperando un hijo, ya te nombra la vieja, antes de decirte que te ama, te nombra la vieja. ¡Estáte quieta! No sabe que ya estuviste con la vieja, tampoco puede saberlo, no sabe nada del espejo. Pero, apenas lo dijo, ya se le olvidó.
 
En el espejo todo se dice para que quede olvidado. Y apenas dijiste que esperas el hijo, ya te lo callaste. El espejo lo refleja todo. Los montones de carbón ceden ante ustedes, allí están frente al mar y están viendo los barcos blancos como preguntas en el límite de su mirada, esténse quietos, el mar les saca la respuesta de la boca, el mar devora lo que iban a decir.
 
Desde entonces ustedes remontan seguido la playa, como si la estuvieran bajando, a casa como si se fueran yendo, y lejos como si regresaran a casa.
 
¿Qué están cuchicheando aquellas con sus cofias claras? “Ésta es la agonía”. Deja que hablen.
 
Algún día el cielo estará lo suficientemente pálido, tan pálido que resplandecerá su palidez. ¿Habrá otro resplandor que el de la postrera palidez?
 
En este día el espejo opaco refleja la maldita casa. Maldita llama la gente a una casa que se va a derrumbar, la llaman maldita, no lo saben mejor. No los tiene que asustar. El cielo ahora está lo suficientemente pálido. E igual que el cielo en la palidez, la casa, al final de la maldición, está esperando la felicidad. De tanta risa fácilmente llegan las lágrimas. Ya lloraste bastante. Retoma tu corona. Pronto también podrás deshacer las trenzas. Todo en el espejo. Y en el fondo de todo lo que hacen, yace, verde, el mar. Cuando salen de la casa, está delante de ustedes. Cuando ustedes vuelven a salir de las ventanas hundidas, habrán olvidado. En el espejo todo se hace para que sea perdonado.

 
Ilse Aichinger (Alemania, 1921)

domingo, 20 de julio de 2014

Espejos (80): VAMPIROS EN EL ESPEJO

"¿Podrán los vampiros ver su imagen reflejada en un espejo?"
 
No es que los vampiros padezcan de eisoptrofobia, también conocida como catoptrofobia (el temor enfermizo a los espejos), sino al hecho de que a la plata siempre se le ha considerado como un metal sagrado y es bien sabido que los espejos se fabricaban con una amalgama que incluía la plata entre sus componentes. Fue Bram Stoker en Drácula, un clásico publicado en 1897 que estableció buena parte de la mitología en torno al vampirismo, el primero en suponer, de acuerdo con la doctrina cristiana, que cuando los seres carecen de alma no son capaces de ver su imagen reflejada ante un espejo y como los vampiros son muertos vivientes, ya han perdido su alma. Por eso Jonathan Harker se percata, al llegar al castillo del conde, de la ausencia de espejos. Y, más tarde, cuando se encuentra en su habitación rasurándose ante un pequeño espejo, advierte que la imagen de Drácula no se refleja en él. Éste intenta justificarse con la queja de que los espejos no son más que un objeto de la vanidad humana y lo rompe.
 
Existen unos seres llamados vampiros. Algunos de nosotros tenemos la prueba de ello. Los vampiros existen y son fuertes y poderosos, están en este mundo para hacer el mal”, aseguraba el profesor Van Helsing, además de que: “Este ser no tiene sombra y su imagen no se refleja en un espejo".
 
Anne Rice, en cambio, asume una postura opuesta en sus obras a partir de Entrevista con el Vampiro, ya que según ella los vampiros están sujetos a las mismas leyes de la física que rigen el universo, sin embargo, esos mismos vampiros son capaces de volar manteniendo su cuerpo con apariencia humana. El caso es que, de acuerdo con esta autora, pueden verse reflejados en un espejo como cualquier mortal:
 
"La existencia, como he dicho, era posible. Siempre había la promesa detrás de sus labios burlones de que sabía grandes cosas o cosas terribles, que tenía comunicación con esferas sobrenaturales que yo ignoraba. Y todo el tiempo me despreciaba y me atacaba por mi amor a la vida, mi renuncia a matar y la casi pesadilla que representaba ese acto para mí. Se rió a carcajadas cuando yo descubrí que me podía mirar en un espejo y que las cruces no me hacían el menor efecto. Y se mofaba poniéndose el dedo sobre los labios cuando yo le preguntaba acerca de Dios o del demonio."
 
La muestra de que escritores previos la obra de Bram Stoker aceptaban la posibilidad del  reflejo de los vampiros en el espejo, se puede encontrar en un párrafo del relato Carmilla (1872), de Sheridan Le Fanu: "A eso de la una se me ocurrió echar otro vistazo a la habitación de Carmilla. Llegué allí y mi asombro no tuvo límites: ¡Carmilla estaba en su habitación, mirándose al espejo! No podía creer lo que mis ojos estaban viendo. Mi amiga me llamó con un gesto."
 
En La hermosa vampirizada, también conocida como La dama pálida (Histoire de la dame pâle), de Alexandre Dumas, la mujer que ha sido víctima inconsciente del vampiro, lo advierte ante el espejo:
 
"Me desperté a medianoche; mi lámpara ardía aún; intenté levantarme, pero estaba tan débil que hube de repetir la tentativa dos veces. Finalmente logré superar mi debilidad, y como despierta sentía en el cuello el mismo dolor que experimentara en el sueño, me arrastré, apoyándome en el muro, hasta el espejo, y miré. Algo que semejaba la punzadura de un alfiler marcaba la arteria de mi cuello. Creí que algún insecto me hubiera picado durante el sueño, y como me sentía abatida por la extenuación, me acosté de nuevo y me dormí. A la mañana me desperté como de costumbre; pero entonces sentí una tal debilidad como la experimentara sólo una vez en mi vida, a la mañana siguiente de un día en que fuera sangrada. Me miré en el espejo, y me sorprendí de mi extraordinaria palidez. La jornada transcurrió triste y oscura; yo experimentaba algo singular; cuando me encontraba en un lugar sentía necesidad de quedarme allí: cualquier cambio de posición me fatigaba."

¿Podrán los vampiros ver su imagen reflejada en un espejo? Quién tendrá, en este caso, la razón: ¿Bram Stoker o Anne Rice? Por encima de todo prevalece otra cuestión, la prodigiosa capacidad del vampirismo para prolongar sus mitos y contradicciones sin dejar de mantenerse vigente. Después de todo, ¿qué sería de la literatura fantástica sin la suspensión de la incredulidad?
 
 
Jules Etienne

sábado, 19 de julio de 2014

Espejos (79): NADIE ES PROFETA EN SU ESPEJO, de Luis Rosales


Dime, ¿sientes aún la antigua herida
cuando el amor te baña en su oleaje
y el beso es luz como el amor es traje
y el labio es sed como la noche es vida?
 
Dime que sí, que sí, como me dices
que no con la tristeza arrinconada
cuando ya el beso se convierte en nada
en los mártires labios aprendices.
 
Tú, mi instantaneidad, mi únicamente,
la lluvia que vino a vivir conmigo,
trigo es mi voz cuando te nombra, trigo,
puente es mi cuerpo al abrazarte, puente.
 
Tú, mi diaria eternidad primera,
la noche que se junta con el día
cuando cruje en la carne la alegría
y a la puerta del cuarto el mar espera,
 
y el espejo es un agua tiritando,
y el agua sube lentamente un monte
donde tu cuerpo llena el horizonte
y veo lo mismo en lo que estoy soñando.
 
 
Luis Rosales (España, 1910-1992)

jueves, 17 de julio de 2014

Espejos (77): EL PAPEL BLANCO DURO ESPEJO, de Jaroslav Seifert

 

El papel blanco duro espejo
sólo devuelve eso que fuiste.
El papel blanco habla con tu voz,
tu propia voz,
no aquella que te gusta,
tu música en la vida esa que derrochaste.
Puede que no vuelvas a ganar si lo deseas,
si te clavas a esa cosa indiferente
que te lanza atrás ahí dónde empezaste.
Viajaste, muchas lunas viste muchos soles,
tocaste muertos y vivos,
sentiste el dolor del bravo mozo
y el gemido de la mujer,
la amargura del niño inmaduro,
cuanto has sentido se derrumba sin sustento
si a éste vacío no te fías.
Quizás ahí encuentres cuanto creíste perdido,
el brote de la juventud,
el justo naufragio de la edad.
Tu vida en cuanto diste,
este vacío es cuanto diste,
el blanco papel.
 
 
 
Jaroslav Seifert (República Checa, 1901-1986). Obtuvo el premio Nobel en 1984.