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Vancouver, Stanley Park, otoño.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Una serenata para Lupe: LA ÚLTIMA MADRUGADA

"Había luchado tanto y estaba por perderlo todo."
 
(Fragmento del primer capítulo: Despedida en voz baja)

Eran casi las cuatro y la señora Kinder la esperaba despierta. Todavía le preguntó si se le ofrecía algo, pero en realidad Lupe no necesitaría gran cosa, acaso un frasco de seconales y redactar unas notas de despedida. A veces me siento como si tuviera cien años, como si fuera una anciana lista para el asilo. ¡Dios santo! ¿Cuánto habré vivido que ni siquiera lo noté? Entre tanto frenesí, había dejado de sumar los trozos de sueños y pesadillas para sustraer una última resta con lo que ya nunca sería.
 
Empezó a escribir con su letra de rasgos infantiles, unas líneas para Harald y recordó el día en que lo había conocido. ¿Por qué tuviste que atravesarte en mi camino? ¿Cómo fui a enredarme con un inútil como tú? Su arraigado catolicismo se empecinaba en convencerla de que la vida es como un mapa trazado por un ser supremo y es muy poco lo que puede hacer la voluntad. Había vivido y moriría bajo la sombra de su determinismo religioso. Y pensar que hasta llegué a imaginarme que juntos podíamos compartir una vida y que la llamaríamos nuestra.Entonces, como el espectador que acude a la proyección de una película para descubrir con sorpresa que es su propio espectro en la pantalla y aunque reconoce los pasajes de su vida, le parecen ajenos, se vio a sí misma la mañana en que había visitado el foro en el que filmaban El Pirata y la dama para encontrarse con Arturo de Córdova, cuando un desconocido llamó su atención: un joven aventurero, atractivo, de origen confuso y pasado fantasioso. Supuso que era ideal para provocar en de Córdova la ignición de los celos. Sin embargo, se equivocó, éste mantuvo la tibieza y fiel a su estilo habrá dicho con indiferencia: "No tiene la menor importancia", para dar vuelta a la página y cerrar el capítulo que llevaba el nombre de Lupe Vélez. Estoy tan cansada de todo el mundo. La gente cree que peleo por capricho, por puro gusto. pero en realidad siempre he tenido que pelear por todo. Desde que era una niña no he hecho otra cosa que pelear.
 
A través de la ventana percibió una brisa templada que provocaba el murmullo de las hojas al caer presagiando el fin del otoño. A la distancia se escuchaba la tonada de Serenata a la luz de la luna. Algún vecino debería estar rindiendo una suerte de homenaje premonitorio a Glenn Miller, quien desaparecería al día siguiente en un vuelo militar que nunca llegó a París, su destino original, tal vez derribado por la artillería alemana. Eran tiempos de guerra, pero Lupe ya tenía la suya propia como para todavía andar pensando en las guerras ajenas. Había luchado tanto y estaba por perderlo todo.
 
Ni siquiera tengo derecho de quejarme. Pude ver cuando brillaba mi nombre en las marquesinas de los cines, tuve todos los abrigos y las joyas que se me dio el capricho de que fueran míos, hombres a los que jamás conocí se enamoraron de mí, me escribieron cartas de amor apasionadas a las que respondí enviándoles fotografías con alguna dedicatoria. En mi cama, esta misma cama que mandé hacer a la medida de mi antojo, se acostaron hombres con los que tantas mujeres se tienen que conformar apenas con soñarlos.
 
Su memoria se aferraba a lo que aún le quedaba de vida, en un tramposo acto de prestidigitación para que vomitara los setenta y cinco seconales junto con los recuerdos que ahora se enredaban en desorden y escuchó con la nitidez del presente las voces de aquellos que habitan en los huecos que va dejando el tiempo en la memoria, ésos que permanecieron durante años en el olvido, y ahora recuperaban la forma de sus rostros mientras que un eco con el sonido de su voz, de cada palabra dicha, de cada risa, rebotaba en las paredes del pasado como si no hubieran transcurrido tantos años...
 
 
Jules Etienne

sábado, 13 de diciembre de 2014

En su aniversario luctuoso: LUPE VÉLEZ Y LA LITERATURA


A setenta años de su muerte

Es de suponerse que una mujer con la energía y el temperamento de Lupe Vélez no fuera capaz de pasar mucho tiempo en la inactividad que demanda la lectura. Sin embargo, lo que resulta curioso es la frecuencia y facilidad que tuvo para relacionarse con escritores. Ya en un texto previo, Los poetas enamorados de Lupe Vélez, he dejado testimonio de su romance con el poeta José Gorostiza y de la manera en que otros poetas mexicanos le expresaron su admiración, como sería el caso de Ermilo Abreu Gómez.

Valdría la pena consignar su romance con el novelista alemán Erich María Remarque, autor de Sin novedad en el frente -cuya adaptación al cine resultó, por cierto, afortunada y exitosa-. La propia fundación que lleva el nombre del escritor, en sus apuntes biográficos señala que la relación entre ambos tuvo lugar entre el 8 de septiembre de 1941 y el 26 de marzo de 1942, etapa en la que Lupe involucró a Remarque en su afición por las peleas de box y acudían con frecuencia a presenciarlas. Si se toma en cuenta que una de sus grandes pasiones fue la también actriz Paulette Goddard, ex esposa de Chaplin, con quien permaneció casado los últimos años de su vida, la intimidad con Lupe no resulta ninguna sorpresa. De hecho, en su obra Erich María Remarque: el último romántico, su biógrafo Tims Hilton asegura que Lupe Vélez ejercía sobre el escritor el mismo efecto tonificante que Goddard, porque el carácter de ambas poseía una vivacidad similar.

En las obras de algunos escritores hispanos se encuentran, como sería de suponerse, referencias a Lupe Vélez. Por ejemplo, en Diana o la cazadora solitaria, de Carlos Fuentes: “Garbo duró mucho y se retiró a tiempo. Anna Sten no duró nada, la retiraron a tiempo. Lupe Vélez duró mucho pero no supo retirarse a tiempo. A Valentino, lo retiró la muerte a los treinta años...”

O también en Este domingo, del chileno José Donoso:  Su padre se ponía furioso cuando le tomaba las lecciones. Por mucho que Álvaro estudiara nada se le quedaba en la cabeza. La Violeta jamás le dijo estudie, mire que va faltando poco para los exámenes y va a salir mal y va a tener que repetir el curso. No. Le decía, en cambio, oiga, don Alvarito, vamos al teatro, que están dando una de la Lupe Vélez, para que se distraiga de tantos numeritos que deben estar saltándole adentro de la cabeza, porque yo le digo, de salir bien va a salir bien, se lo aseguro yo, no se preocupe. Y sus ojos brillaban y sus carrillos colorados brillaban con una sonrisa y Álvaro le decía ya, bueno, ya está, vamos, pero si salgo mal en el examen es culpa tuya y te acuso con mi mamá.”

He preferido pasar por alto el fallido relato de Sealtiel Alatriste, con un peculiar sentido del humor, que lleva por título En defensa de la envidia (Crónica de la verdadera muerte de Lupe Vélez).

En un volumen que reúne los cuentos completos de F. Scott Fitzgerald traducidos al español, esta es la presentación que corresponde a Domingo loco (Crazy Sunday):

"Fitzgerald escribió Domingo loco (American Mercury, octubre de 1932) después de escribir en 1931 para la MGM el guión de La pelirroja, que nunca seria rodado. Estando en Hollywood, bajo la inspiración del alcohol, Fitzgerald interpretó una canción humorística en una fiesta que daban Irving Thalberg y Norma Shearer, y John Gilbert y Lupe Vélez lo abuchearon. El Post no aceptó el relato porque «ni pretendía ni probaba nada» y porque el final lo convertía en «difícil» para ellos, la revista de Hearst, Cosmopolitan, lo rechazó para evitar el riesgo de ofender a personalidades de Hollywood, aunque Fitzgerald insistía en que «había mezclado distintos personajes para que nadie pudiera ser reconocido, salvo, quizá, King Vidor, que se hubiera reído mucho con la historia». Harold Ober se vio impotente para colocar el relato en otra revista de gran difusión, debido a su contenido erótico y a su extensión. Fitzgerald se negó a escribir un final distinto y se lo vendió al American Mercury por 200 dólares. Lo incluyó en Taps at Reveille.

Con los siguientes párrafos concluye la primera parte de mi novela Una serenata para Lupe:

"El pasado existía nada más en su memoria y el futuro ya tampoco le importaba, sólo quedaba un presente insoportable en que lo único que buscaba era su propia muerte como excusa para cancelar las cuentas pendientes con su conciencia y las de los demás con respecto a ella. De pronto se encontraba a sí misma con la fatiga de vivir agazapada más allá de sus ojos, también en la voz, la sonrisa y en la piel desgastada por el vaivén de tantos amoríos, empecinada en saldar cuentas con las veinticuatro mentiras por segundo, una por cada hora del día, que contaba el cine.

La muerte ignora el pasado y anula el futuro. Es la voluntad de nada. No se arrepentía de lo que había vivido, sino de lo que estaría por vivir. Si la muerte es el silencio del tiempo, la realidad no sería más que el espejo de la verdad."
 
 
Jules Etienne

viernes, 12 de diciembre de 2014

Páginas ajenas: EL AUTOBÚS PERDIDO, de John Steinbeck


(Fragmento relativo a la Virgen de Guadalupe)

Allí donde se hallaba el ángulo medio del parabrisas y arrancaba el listón central del mismo, posada sobre el salpicadero había una pequeña Virgen de Guadalupe de metal, pintada de vivos colores. Los rayos eran dorados, la túnica, azul, y estaba de pie sobre una luna nueva que sostenían unos querubines. La Virgen era el lazo de Juan Chicoy con la eternidad. Tenía poco que ver con la religión en tanto que Iglesia y dogma, pero mucho que ver con la misma como memoria y sentimiento. Aquella Virgen morena era su madre, y también la casa en penumbra en la que, hablando un español con algo de acento irlandés, su madre lo había criado. Pues ella había convertido a la Virgen de Guadalupe en su propia diosa particular. Se había deshecho de san Patricio, santa Brígida y las diez mil vírgenes pálidas del norte, para recibir en su seno a la Virgen morena con sangre en las venas y una relación estrecha con el pueblo.
 
La madre de Juan Chicoy admiraba a su Virgen, cuyo día se celebra con una explosión de fuegos artificiales, cosa en la que, por supuesto, su padre mexicano no veía nada de particular. Los cohetes eran la manera natural de festejar los días de los santos. ¿Quién podía pensar otra cosa? El tubo que ascendía silbando era obviamente el alma en su ascenso al Cielo, y la gran explosión luminosa en lo alto era su entrada dramática al salón del trono del mismo. Juan Chicoy, aunque no era creyente en el sentido habitual del término, ahora que tenía cincuenta años no se habría sentido tranquilo conduciendo el autobús sin la compañía y la protección de la Guadalupana. Era una religión práctica la suya.
 
John Steinbeck (Estados Unidos, 1902-1968). Obtuvo el premio Nobel en 1962.

martes, 18 de noviembre de 2014

Páginas ajenas: OTOÑO TARDÍO, de Tudor Arghezi


En la soledad de noviembre,
y en cuanto alcanza la vista, el parque se hunde
envuelto en el sueño fúnebre
de los espejos humeantes.

Y es que entre los árboles, milenariamente enfermo,
oscuro en sus profundidades, se extiende un lago,
y la sangre de las viñas y los castaños
flota sobre la superficie cobriza del agua.

Por entre los árboles, mi tristeza mira el horizonte
como un cuadro que no entendiera:
¿Detiene el sendero en lo hondo la arboleda o la espera?
El silencio es el eco de las ramas peregrinas.

Hospital de la tristeza, del remordimiento,
donde lloras tu amor incumplido
y recuerdas, con nostalgia y sufrimiento,
su imagen jamás encontrada.

Algunos alerces se han reunido a lo lejos,
mientras el parque reza en un murmullo…
Se cierra el anochecer como un libro
y el alma queda en prenda entre sus hojas.
 
 
Tudor Arghezi (Rumania, 1880-1967)
 
(Traducido al español por Darie Novacèanu)

lunes, 17 de noviembre de 2014

Día de los muertos: SOBRE LA MUERTE Y OTRAS SOLEDADES


"Desde mis ojos insomnes
mi muerte me está acechando,
me acecha, sí, me enamora
con su ojo lánguido."
José Gorostiza

Nada le es ajeno a la muerte. De entre todas las fases que conforman la vida, la muerte es la única certeza. Se le ha rendido culto desde las civilizaciones más antiguas y, por lo tanto, tampoco a la mexicana le resulta ajena. De hecho, ha encontrado un vasto campo de expresión y encuentra eco en todas sus tradiciones. La presencia de la muerte en la literatura es abundante y simbólica. Pedro Páramo, la breve y espléndida novela de Juan Rulfo, se erige en el punto de partida más apropiado, debido a que la acción transcurre entre personajes muertos:

- ¿Quieres hacerme creer que te mató el ahogo, Juan Preciado? Yo te encontré en la plaza, muy lejos de la casa de Donis, y junto a mí también estaba él, diciendo que te estabas haciendo el muerto. Entre los dos te arrastramos a la sombra del portal, ya bien tirante, acalambrado como mueren los que mueren muertos de miedo. De no haber habido aire para respirar esa noche de que hablas, nos hubieran faltado las fuerzas para llevarte y contimás para enterrarte. Y ya ves, te enterramos.

A lo que el personaje le da respuesta cabal con su propia explicación:

- Bueno, pues llegué a la plaza. Me recargué en un pilar de los portales. Vi que no había nadie, aunque seguía oyendo el murmullo como de mucha gente en día de mercado. Un rumor parejo, sin ton ni son, parecido al que hace el viento contra las ramas de un árbol en la noche, cuando no se ven ni el árbol ni las ramas, pero se oye el murmurar. Así. Ya no di un paso más. Comencé a sentir que se me acercaba y daba vueltas a mi alrededor aquel bisbiseo apretado como un enjambre, hasta que alcancé a distinguir unas palabras vacías de ruido: «Ruega a Dios por nosotros». Eso oí que me decían. Entonces se me heló el alma. Por eso es que ustedes me encontraron muerto.

También en Aura, de Carlos Fuentes, se establece ese juego en el que quienes deberían estar muertos interactúan con los vivos en el tiempo presente: "Habrás calculado: la señora Consuelo tendrá hoy ciento nueve años.. . cierras el folio. Cuarenta y nueve al morir su esposo." Una mujer centenaria que se manifiesta rejuvenecida en el cuerpo de la joven a quien presenta como su sobrina.
 
El párrafo con el que da principio la novela El luto humano, de José Revueltas, es como un presagio:

La muerte estaba ahí, blanca, en la silla con su rostro. El aire de campanas con fiebre, de penentrantes inyecciones, de alcohol quemado y arsénico, movíase como la llama de una vela con los golpes de aquella respiración última -y tan tierna, tan querida- que se oía. Que se oía: de un lado para otro, de uno a otro rincón, del mosquitero a las sábanas, del quinqué opaco a la vidriera gris, como un péndulo. La muerte estaba ahí en la silla.

Porque la muerte no es morir, sino lo anterior al morir, lo inmediatamente anterior, cuando aun no entra en el cuerpo, y está inmóvil y blanca, negra...

Pues toda la vida es acumulación de desprecios hasta que sobreviene el desprecio final, el gran desprecio que es la muerte.

Juan José Arreola también se merece un lugar preponderante gracias a su texto El amor como metáfora de la muerte: "El amor es un símbolo de ese regreso al seno terrenal, al seno de la gran madre. Por eso el amor viene a ser una metáfora de la muerte. Cuando amamos físicamente a una mujer, nos insertemos en la tierra. Incluso el espasmo amoroso, el orgasmo, tiene algo de agonía, del sentimiento de la muerte: es una muerte feliz. Quizá se podría decir que tememos a la muerte como tememos al amor absoluto."

Y también por el remate de su cuento Botella de Klein: "Tienes miedo en pie como falso suicida, jugando metafísico el peligroso juguete en tus manos, revólver de vidrio y vaso de veneno... Porque tienes miedo de beberte hasta el fondo, miedo de saber a qué sabe tu muerte , mientras te crece en la boca el sabor, la sal del dormido que reside en la tierra..."

El poeta Xavier Villaurrutia escribía que vivimos en una permanente Nostalgia de la muerte, en tanto que José Gorostiza prefería hablar de la Muerte sin fin. Podríamos resumirlo en una paráfrasis hurtada al entrañable Edmundo Valadés: La muerte siempre tendrá permiso.

El indispensable Octavio Paz se refiere a ambos poetas en El laberinto de la soledad:

Así, frente a la muerte hay dos actitudes: una, hacia adelante, que la concibe como creación; otra, de regreso, que se expresa como fascinación ante la nada o como nostalgia del limbo. Ningún poeta mexicano o hispanoamericano, con la excepción, acaso, de César Vallejo, se aproxima a la primera de estas dos concepciones. En cambio, dos poetas mexicanos, José Gorostiza y Xavier Villaurrutia, encarnan la segunda de estas dos direcciones. Si para Gorostiza la vida es "una muerte sin fin", un continuo despeñarse en la nada, para Villaurrutia la vida no es más que "nostalgia de la muerte".

La afortunada imagen que da título al libro de Villaurrutia, Nostalgia de la muerte, es algo más que un acierto verbal. Con él, su autor quiere señalarnos la significación última de la poesía. La muerte como nostalgia y no como fruto o fin de la vida, equivale a afirmar que no venimos de la vida sino de la muerte. Lo antiguo y original, la entraña materna, es la huesa y no la nariz. Esta aseveración corre el riesgo de parecer una vana paradoja o la reiteración de un viejo lugar común: todos somos polvos y vamos al polvo. Creo, pues, que el poeta desea encontrar en la muerte (que es, en efecto, nuestro origen) una revelación que la vida temporal no le ha dado: la de la verdadera vida.
 
Al morir
la aguja del instantero
recorrerá su cuadrante
todo cabrá en un instante
(...)
Y será posible acaso
vivir, después de haber muerto.

Regresar a la muerte original será volver a la vida de antes de la vida, a la vida de antes de la muerte: al limbo, a la entraña materna.
 
Por supuesto que la muerte es tema recurrente en la literatura mexicana, en todos sus géneros, desde la narrativa y la poesía hasta la solemne prosa del ensayo. Los autores citados en este texto son sólo unos cuantos, pero se les puede considerar entre los más representativos. Suficientes para concluir con el tema del día de los muertos, al que nos hemos referido durante estas últimas semanas.
 

Jules Etienne  

domingo, 16 de noviembre de 2014

Día de los muertos: EL RETRATO DE ANABELLA, de Sergio Galindo

"Yo no entendería el día de muertos si no hubiera amado a un tarasco."

(Fragmento)
 
- Huicholes -dijo Anabella al ver que él las observaba-. Un arte increíble... una vez tuve un amante huichol. Me lo encontré en la Alameda. Vendía cruces y collares, ¡guapo como él solo!, y con el pretexto de comprarle todo, me lo traje a casa, pues le dije que no me alcanzaba el dinero. Y aquí mismo, allí donde estás tú sentada, me le eché encima y lo obligué a amarme. -Se atacó de risa y de tos-. ¡No saben cuántas travesuras he hecho! De muchas no me acuerdo. Al huichol le gustaba que yo le cantara. Era muy tierno, muy joven, vivió conmigo como seis o siete meses, hasta que vino su esposa y se lo llevó. No me acuerdo quién, siguió después de él. Pero hay que tener muchos esposos y amantes mexicanos para entender este país. De otra manera se queda uno en la superficie, sin ahondar en los misterios, en las creencias. Yo no entendería el día de muertos si no hubiera amado a un tarasco. Escucha Mina, escucha tú también Franco: Están recién casados y...

 
Sergio Galindo (México, 1926-1993)

jueves, 13 de noviembre de 2014

Día de los muertos: LA MUERTE EN LA LITERATURA MEXICANA, de Monika Zrůstová


(Fragmentos relativos al día de los muertos)

Para un mexicano, lo antes que llegue la muerte, mejor. En este sentido suenan las canciones populares de "la vida no vale nada", "la vida nos ha curado de espantos".

La fascinación por la muerte se presenta mejor que nunca el 2 de noviembre de cada año. Este día se celebra el día de los difuntos y parte del hermetismo mexicano y de la fuerza con la que tratan de romperlo. Las fiestas van hacia la sustancia del hombre. Así que, si el mexicano se burla de la muerte, si la caricaturiza, es solamente una muestra de su indiferencia hacia la vida. El día de los difuntos, las calles se llenan con quioscos que venden calaveras, tumbas de chocolate, el pan en forma de huesos, se cantan canciones relacionadas con la muerte. En las escuelas se organizan competencias de quién logra transformar su salón en el mejor cementerio. Como si la muerte tuviera carácter nacional o como si fuera el orgullo nacional que puede ser deshonrado sin que, necesariamente, pierda su peculiaridad.
(...)
 
Juan Rulfo, al igual que Octavio Paz, entienden la muerte de la misma manera. Para ambos es algo omnipresente en la realidad mexicana. Es algo que no termina la vida del ser humano. Al contrario, puede convertirse en un principio de algo nuevo. Según Paz, los mexicanos deberían volver a sus raíces y entender el significado de la muerte tal como lo hacían sus antecesores, deberían renunciar a la tendencia que prevalece en las culturas occidentales. Y así, a través de la muerte empezar a dominar su propia vida. La vida que junto con la muerte forman parte del tiempo mítico. Del mismo tiempo mítico en el que coexisten los dos mundos de Juan Rulfo, el mundo de los vivos junto al mundo de los muertos.
 
 
Monika Zrůstová (República Checa, 19¿?) 

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Día de los muertos: LA VIDA INÚTIL DE PITO PÉREZ, de José Rubén Romero

 
(Dos fragmentos relativos a la muerte)

- Bueno, Pito Pérez, pero ¿de quién se trata? Tanto misterio para viajar con una mujer y tanta virtud en ella, me parecen incomprensibles.

- ¡Pues de quien se ha de tratar! Del esqueleto de una mujer, armado cuidadosamente por el médico de Zamora y utilizado por los practicantes del hospital para estudiar anatomía.

- ¡Qué bárbaro! ¿No siente usted miedo de acostarse con un esqueleto?

- Miedo, ¿y por qué? ¿No somos nosotros esqueletos más repugnantes, forrados de carne podrida? Y sabiéndolo, buscamos el contacto de las mujeres. La mía no padece flujos, ni huele mal, ni exige cosa alguna para su atavío. No es coqueta ni parlanchina, ni rezandera, ni caprichosa. Muy al contrario, es un dechado de virtudes. ¡Qué suerte tuve al encontrármela!

- Aquí está su fotografía, conozca usted a la señora de Pito Pérez, colgada de su brazo; admire sus grandes ojos, sus dientes blancos, y fíjese que sobre su corazón lleva atado un ramito de azahares, como el que llevo yo prendido en la solapa de mi levita. La Epístola de San Pablo dice que el matrimonio acaba con la muerte; el mío ha comenzado con ella, y durará por toda la eternidad. (Página 109)
 
(...)

- Basta de necedades -interrumpió el Presidente-. Ni lo fusilo, ni lo saco de aquí. Le doy el cementerio por cárcel, hasta que me prometa no emborracharse nunca. Fuera todo el mundo. Dejen solo a este loco, para que reflexiones y se enmiende.

Lentamente salieron los espectadores de aquel drama fallido, y Pito Pérez se dejó caer sobre un montón de basura, desolado y triste, al comprobar que la Muerte, laque el creía su fiel amante, ¡también lo engañaba!

Se hizo de noche y a la luz de los cirios siderales, de bruces sobre una sepultura, Pito Pérez parecía un hito de carne entre el cielo y la tierra. Tal fue su destino: pequeño punto de referencia entre lo humano y lo inhumano. ¡Lo humano!: facultad de amar, tristeza de odiar, consuelo de llorar. ¡Lo inhumano!: impotencia de amar, goce de odiar, envidia ruin por no saber llorar... (Página 140)


José Rubén Romero (México, 1890-1952)

martes, 11 de noviembre de 2014

Día de los muertos: TERRA NOSTRA, de Carlos Fuentes

"... un día de muertos que los naturales mexicanos celebran junto a las tumbas y con profusión de flores amarillas..."

(Párrafo sobre Don Juan en el antepenúltimo capítulo: Réquiem)

Encontró su destino. Abandonó a Inés. Preñó a indias. Preñó a criollas. Ha dejado descendencia en la Nueva España. Pero él mismo, un día de muertos que los naturales mexicanos celebran junto a las tumbas y con profusión de flores amarillas, tomó la resolución de regresar a España.

 
Carlos Fuentes (México, 1928-2012)

lunes, 10 de noviembre de 2014

Día de los muertos: LA MONTAÑA DE LAS MARIPOSAS, de Homero Aridjis

"... al menos honraría el sueño perpetuo que cubre la existencia humana en forma de lápida."

(Primeros párrafos del capítulo 29: Día de muertos)

Allí andaba Marina entre las tumbas, vestida de negro, con un ramo de flores rojas en la mano. Era 2 de noviembre y buscaba la sepultura de su abuela Micaela. Pero la difunta no tenía cruz ni monumento, quizás ni nombre ni sitio de reposo.
 
Marina pensaba que su abuela había sido muy importante en Contepec, pero en el pueblo nadie se acordaba de ella. En las historias que la madre le había contado, Micaela era la protagonista principal, pero narradas por otra gente ella no existía o era una espectadora marginal.
 
Para los locales, la misma nieta era una desconocida, una recién llegada. Eso no tenía importancia; para Marina, niña anónima residiendo en la capital de la república, Contepec formaba parte de su mitología personal y de su herencia materna. Una herencia vaga, es cierto, pero al fin y al cabo una herencia que contenía el bagaje cultural de su madre.
 
A veces, sobre todo cuando se sentía sola en la ciudad multitudinaria, Marina intentaba recobrar el paraíso perdido de su progenitora, que por derecho de sangre también era el suyo, aunque fuera un paraíso compuesto de anhelos fallidos y recuerdos inexactos. Si bien era un paraíso inventado por el deseo de pertenecer a alguna parte, o por la necesidad subjetiva de disponer de una almohada moral, en donde recargar la cabeza, ella quería hacerlo real.
 
El caso es que allí andaba Marina entre las tumbas, buscando a la importantísima Micaela con la intención de ponerle flores y de rendirse homenaje a sí misma, al rendírselo a su ilustrísimo ancestro. Y si ese antepasado resultaba demasiado inasible, al menos honraría el sueño perpetuo que cubre la existencia humana en forma de lápida.


Homero Aridjis (México, 1940) 

sábado, 8 de noviembre de 2014

Día de los muertos: CONCIERTO BARROCO, de Alejo Carpentier

"... acabando por jugar con calaveras como los chamacos mexicanos en día de Fieles Difuntos.”

(Fragmento)

... y entretanto, sobre la mesa, habían desfilado varios frascos panzones, envueltos en pajas coloreadas, de un tinto liviano, de los que no ponen costras moradas en los labios, pero se cuelan, bajan y se trepan, con regocijante facilidad.—“Este mismo vino es el que toma el Rey de Dinamarca, que se está corriendo la gran farra de carnaval, de supuesto incógnito, bajo el nombre de Conde de Olemborg” —dijo el Pelirrojo.—“No puede haber reyes en Dinamarca —dijo Montezuma que empezaba a estar seriamente pasado de copas—: No puede haber reyes en Dinamarca porque allí todo está podrido, los reyes mueren por unos venenos que les echan en los oídos, y los príncipes se vuelven locos de tantos fantasmas como aparecen en los castillos, acabando por jugar con calaveras como los chamacos mexicanos en día de Fieles Difuntos”...


Alejo Carpentier (Escritor cubano nacido en Suiza y muerto en París, Francia; 1904-1980)

viernes, 7 de noviembre de 2014

Día de los muertos: RENANA DE OTOÑO, de Guillaume Apollinaire


(Fragmentos)
 
a Toussaint Luca
 
El día de los muertos y de todas sus almas
Los niños y las viejas
Encienden velas y cirios
Sobre cada tumba católica
Los velos de las viejas
Las nubes del cielo
Son como barbas de chivos
 
En el aire tiemblan llamas y oraciones
 
El cementerio es un hermoso jardín
Lleno de sauces grises y de romero
 
(...)
 
El viento del Rin ulula con todos los búhos
Apaga los cirios que los niños siempre vuelven a encender
Y las hojas secas
Vienen a cubrir a los muertos
 
Niños muertos hablan a veces con sus madres
Y muchas difuntas a veces desearían regresar
 
Oh no quiero que salgas
El otoño está lleno de manos cortadas
No no son hojas secas
Son las manos de las amadas muertas
Son tus manos cortadas
 
Hemos llorado tanto hoy
Con esos muertos sus hijos y las viejas
Bajo el cielo sin sol
En el cementerio lleno de llamas
 
Luego regresamos con el viento
 
Entre nuestros pies rodaban castañas
Cuyos erizos eran
Como el herido corazón de la Madona
De quien se duda si tuvo la piel
Color de castañas otoñales
 
 
Guillaume Apollinaire: Wilhelm Albert Włodzimierz Apolinary de Kostrowicki
(Francés nacido en Italia, 1880-1918)  
 
(Traducido del francés por Agustí Bartra)

La ilustración corresponde al cementerio del Padre Lachaise (Pére-Lachaise) durante el otoño, en París, donde descansan los restos de Guillaume Apollinaire.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Día de los muertos: MACARIO, de B. Traven

"... para irse al bosque y regresar al anochecer con una carga de leña sobre su espalda."
 
(Fragmento inicial)
 
Macario era leñador en aquel pueblito. Padre de once hijos andrajosos y famélicos, no deseaba riquezas, ni cambiar el jacal que habitaba con su familia por una casa bien construida. En cambio tenía, eso sí, desde hacía veinte años, una sola ilusión. Y esa gran ilusión era la de poder comerse a solas, gozando de la paz en las profundidades del bosque y sin ser visto por sus hambrientos hijos, un guajolote asado entero.

Nunca logró llenar su estómago hasta sentirse satisfecho. Por el contrario, siempre se sentía próximo a morir de hambre. A pesar de eso, todos los días del año, sin exceptuar los domingos ni días festivos, tenía que salir de su hogar antes de que amaneciera para irse al bosque y regresar al anochecer con una carga de leña sobre su espalda. Aquella carga, que representaba una jornada de trabajo, la vendía por dos reales... y a veces hasta por menos.

Sólo durante la temporada de lluvias, cuando prácticamente no tenía competencia, y mejor aún en las fechas señaladas, como por ejemplo el día de los Fieles Difuntos, en que la demanda era mayor por parte de los fabricantes de velas y de los panaderos, que horneaban toda clase de panes de muerto y calaveras de azúcar, lograba que le dieran hasta tres reales por su carga de leña.


B. Traven: Ret Marut, Hal Croves o Traven Torsvan
(Escritor alemán nacionalizado mexicano; 1882-1969)

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Día de los muertos: DÍA DE DIFUNTOS, de José Asunción Silva


(Fragmento)

Y hoy, día de muertos, ahora que flota,
En las nieblas grises la melancolía,
En que la llovizna cae, gota a gota,
Y con sus tristezas los nervios emboba,
Y envuelve en un manto la ciudad sombría,
Ella que ha medido la hora y el día
En que a cada casa, lúgubre y vacía,
Tras del luto breve volvió la alegría;
Ella que ha marcado la hora del baile
En que al año justo, un vestido aéreo
Estrena la niña, cuya madre duerme
Olvidada y sola en el cementerio,
Suena indiferente a la voz de fraile
Del esquilón grave y a su canto serio;
Ella que ha medido la hora precisa,
En que a cada boca, que el dolor sellaba,
Como por encanto volvió la sonrisa,
Esa precursora de la carcajada;
Ella que ha marcado la hora en que el viudo
Habló de suicidio y pidió el arsénico,
Cuando aún en la alcoba, recién perfumada,
Flotaba el aroma del ácido fénico
Y ha marcado luego la hora en que, mudo
Por las emociones con que el goce agobia,
Para que lo unieran con sagrado nudo,
A la misma iglesia fue con otra novia;
Ella no comprende nada del misterio
De aquellas quejumbres que pueblan el aire,
Y lo ve en la vida todo jocoserio
Y sigue marcando con el mismo modo
El mismo entusiasmo y el mismo desgaire
La huída del tiempo que lo borra todo!
      Y eso es lo angustioso y lo incierto
      Que flota en el sonido,
Esa es la nota irónica que vibra en el concierto
      Que alzan los bronces al tocar a muerto
      Por todos los que han sido!
      Esa es la voz fina y sutil,
      De vibraciones de cristal,
      Que con acento juvenil
      Indiferente al bien y al mal,
      Mide lo mismo la hora vil,
      Que la sublime o la fatal
      Y resuena en las alturas,
      Melancólicas y oscuras,
      Sin tener en su tañido
      Claro, rítmico y sonoro,
      Los acentos dejativos
      Y tristísimos e inciertos
      De aquel misterioso coro,
Con que ruegan las campanas, las campanas,
      Las campanas plañideras
      Que les hablan a los vivos
      De los muertos!


 
José Asunción Silva (Colombia, 1865-1896)

martes, 4 de noviembre de 2014

Día de los muertos: EL DÍA DE DIFUNTOS DE 1836, de Mariano José de Larra


(Fragmento)

 
- ¡Día de difuntos!- exclamé.

Y el bronce herido que anunciaba con lamentable clamor la ausencia eterna de los que han sido, parecía vibrar más lúgubre que ningún año, como si presagiase su propia muerte. Ellas también, las campanas, han alcanzado su última hora, y sus tristes acentos son el estertor del moribundo; ellas también van a morir a manos de la libertad, que todo lo vivifica, y ellas serán las únicas en España ¡santo Dios! que morirán colgadas. ¡Y hay justicia divina!

La melancolía llegó entones a su término; por una reacción natural cuando se ha agotado una situación, ocurrióme de pronto que la melancolía es la cosa más alegre del mundo para los que la ven, y la idea de servir yo entero de diversión...
 
 
Mariano José de Larra (España, 1809-1837) 

lunes, 3 de noviembre de 2014

Vivir y morir BAJO EL VOLCÁN según Malcolm Lowry


En estas fechas resulta inevitable recordar algunos pasajes de Bajo el Volcán, considerada de manera unánime entre las novelas más notables del siglo pasado, cuya acción transcurre en Cuernavaca -a la que Lowry, de modo peculiar, se refiere en la novela como Quauhnáhuac, su nombre en náhuatl-, en esta época del año: "Hacia la hora del crepúsculo del Día de Muertos, en noviembre de 1939...", y lo narrado corresponderá a lo que "había ocurrido hacía hoy exactamente un año." Escuchando con atención "podía percibirse un sonido confuso y remoto -claro y, sin embargo, inseparable del minúsculo murmullo, del sonsonete de los dolientes- como de un cántico que se elevaba para luego caer, y un pisoteo regular -los estallidos y gritos de la fiesta que había durado todo el día."

El título de la novela, como se va haciendo obvio conforme se avanza en la lectura de la misma, proviene del volcán que asume la función de testigo permanente y al que el protagonista observa, imagina y recuerda de manera obsesiva, por eso desde cualquier lugar "aparecían testimonios de la presencia y antigüedad del Popocatépetl", y un pasaje previo describe como su esposa Yvonne "se sintió feliz cuando surgió a la vista el Popocatépetl dominando el paisaje por un rato, mientras ascendían la colina que quedaba más adelante." El siguiente es uno de los párrafos que mejor lo expresa:

"¡Los volcanes! ¡Qué sentimental podía uno ponerse con ellos! Ahora se trataba del volcán; porque en cualquier posición que colocara el espejo no podía ver al pobre Ixtla, el cual, eclipsado, había desaparecido, mientras que el Popocátepetl, el reflejarse en el espejo, parecía más bello aún con su cúspide que brillaba contra un fondo de nubes apiñadas." 

Aun cuando la trama se desarrolla en México durante dicha jornada en particular, Lowry escribió y reescribió la novela durante diez años, la mayor parte de ellos en su cabaña de Dollarton, junto a North Vancouver. Por eso la alusión a Canadá parecería inevitable:

"- ¿Has estado en el Canadá? -le preguntó Hugh.

- Estuve en las Cataratas del Niágara.

Prosiguieron. Hugh seguía sujetándole la rienda.

- Yo nunca he estado en el Canadá. Pero en España, un tipo amigo mío, pescador franco-canadiense que estuvo con los Mac-Paps, me decía que es el lugar más extraordinario del mundo. Cuando menos la Columbia Británica.

- Es lo que también solía decir Geoffrey."

Para terminar, una referencia a la celebración del día de los difuntos en donde se advierte la insólita belleza siniestra que permea la totalidad de la obra:

"Sin que nadie lo viera, el Cónsul tropezó con un puesto (en el que uno podía fotografiarse con su novia, sobre un fondo aterradoramente tempestuoso, verde y espeluznante, con un toro que embestía y el Popócatepetl en erupción) y pasó con el rostro vuelto a otra parte, frente al lastimoso Consulado Británico, cerrado, donde el león y el unicornio desde el escudo de color azul desteñido le contemplaron apesadumbrados. ¡Qué vergüenza! Pero seguimos a pesar de todo, estando a tu servicio, parecían decir. Dieu et mon droit. Los niños lo habían abandonado. Sin embargo, había perdido el rumbo. Iba llegando al límite de la feria. Cerradas, se alzaban allí misteriosas tiendas de lona, y yacían desplomadas o dobladas. Las primeras parecían casi humanas, despiertas, en espera; las otras, tenían el aspecto arrugado y encogido del hombre que, a pesar de estar dormido, anhela, aun en su inconsciencia, estirar los miembros. Más allá, en las lejanas fronteras de la feria, era, de hecho, día de muertos."


Jules Etienne

domingo, 2 de noviembre de 2014

Día de muertos según Octavio Paz


"La muerte es un espejo que refleja
las vanas gesticulaciones de la vida."
Octavio Paz

A pesar de tanto tiempo transcurrido, ya que fue publicado por primera vez en 1950 -hace ya más de sesenta años-, El Laberinto de la Soledad sigue siendo una obra clave para conocer y descifrar las razones y formas de ser del mexicano. De su retrato del conjunto se desprende la radiografía de cada individuo. Y si bien, algunos de sus capítulos, como sería el caso del titulado El Pachuco y otros extremos, ya han sido superados por la evolución de la realidad, en el resto de la obra prevalecen observaciones aún vigentes. En esta fecha, las relativas a su tercer apartado: Todos Santos, Día de Muertos, resultan oportunas:

"El solitario mexicano ama las fiestas y las reuniones públicas. Todo es ocasión para reunirse. Cualquier pretexto es bueno para interrumpir la marcha del tiempo y celebrar con festejos y ceremonias hombres y acontecimientos. Somos un pueblo ritual." Más adelante prosigue respecto al mismo tema. "En ocasiones, es cierto, la alegría acaba mal: hay riñas injurias, balazos, cuchilladas. También eso forma parte de la fiesta. Porque el mexicano no se divierte: quiere sobrepasarse, saltar el muro de soledad que el resto del año lo incomunica. Todos están poesídos por la violencia y el frenesí." Continúa Paz: "Y porque no nos atrevemos, no podemos enfrentarnos con nuestro ser, recurrimos a la Fiesta. Ella nos lanza al vacío, embriaguez que se quema a sí misma, disparo en el aire, fuego de artificio."

En el plano histórico: "Para los antiguos mexicanos la oposición entre muerte y vida no era tan absoluta como para nosotros. La vida se prolongaba en la muerte. Y a la inversa. La muerte no era el fin natural de la vida, sino fase de un ciclo infinito." Y explica la transformación de la idea original: "El advenimiento del catolicismo modifica radicalmente esta situación. El sacrificio y la idea de salvación que antes eran colectivos, se vuelven personales", por eso, mientras que "para los antiguos aztecas lo esencial era asegurar la continuidad de la creación; el sacrificio no entrañaba la salvación ultraterrena, sino la salud cósmica; el mundo, y no el individuo, vivía gracias a la sangre y la muerte de los hombres. Para los cristianos, el individuo es lo que cuenta."

Llega un momento en que desborda el espíritu festivo y lo dedica a la muerte: "La muerte mexicana es el espejo de la vida de los mexicanos. Ante ambas el mexicano se cierra, las ignora", porque "el desprecio a la muerte no está reñido con el culto que le profesamos. Ella está presente en nuestras fiestas, en nuestros juegos, en nuestros amores y en nuestros pensamientos." La clave al respecto, la podemos encontrar en el siguiente párrafo: "Por otra parte, la muerte nos venga de la vida, la desnuda de todas sus vanidades y pretensiones y la convierte en lo que es: unos huesos mondos y una mueca espantable."

Respecto al día de los muertos: "Calaveras de azúcar o de papel de China, esqueletos coloridos de fuegos de artificio, nuestras representaciones populares son siempre burla de la vida, afirmación de la nadería e insignificancia de la humana existencia. Adornamos nuestras casas con cráneos, comemos el día de los Difuntos panes que fingen huesos y nos divierten canciones y chascarrillos en los que ríe la muerte pelona, pero toda esa fanfarrona familiaridad no nos dispensa de la pregunta que todos nos hacemos: ¿qué es la muerte? No hemos inventado una nueva respuesta. Y cada vez que nos la preguntamos, nos encogemos de hombros: ¿qué me importa la muerte, si no me importa la vida?"

No creo que exista otro ensayo en la historia de la literatura mexicana que haya sido tan leído como El Laberinto de la Soledad, a través de los años sigue siendo un texto de lectura obligatoria en las escuelas y tema de discusión entre quienes en algún momento intentan, si no desentrañar, al menos tratar de comprender esa compleja condición existencial que implica la mexicanidad.


Jules Etienne

sábado, 1 de noviembre de 2014

Día de los muertos: BALÚN CANÁN, de Rosario Castellanos



(Capítulo correspondiente al día de Todos Santos)

Capítulo XXII

NOVIEMBRE. Un largo viento fúnebre recorre, ululando, la llanura. De las rancherías, de los pueblos vecinos, bajan grandes recuas de mulas cargadas para el trueque de Todos Santos. Los recién venidos muestran su mercancía en la cuesta del Mercado y las mujeres acuden a la compra con la cabeza cubierta por chales de luto.

Los dueños de las huertas levantan las calabazas enormes y las parten a hachazos para ponerlas a hervir con panela; y abren en dos los descoloridos tzilacayotes de pulpa suave. Y apiñan en los canastos los chayotes protegidos por su cáscara hirsuta.

Vicenta y Rosalía han hecho todos los preparativos para nuestra marcha. Porque hoy es el día en que Amalia cumplirá su promesa. Iremos al panteón a comer el quinsanto.

- Tu madre no va con nosotros porque se siente indispuesta. Pero me recomendó que yo te cuidara y que te portaras bien. Salimos a la calle. Sobre las banquetas avanzan, saludándose ceremoniosamente, cediéndose unas a otras el lugar de preferencia, las familias, que consagran esta fecha del año a comer con sus difuntos. Adelante va el señor con su chaleco y su leontina de oro. A su lado la señora envuelta en el fichú de lana negra. Detrás los niños, mudados y albeantes. Y hasta el último, las criadas, que sostienen en equilibrio sobre su cabeza los pumpos y los cestos de los comestibles.

La caminata es larga. Llegamos fatigados al panteón. Los cipreses se elevan al cielo, sin un trino, en sólo un ímpetu de altura. Bordeando las callejuelas angostas y sinuosas, devoradas por el césped, están los monumentos de mármol; ángeles llorosos con el rostro oculto entre las manos; columnas truncadas, nichos pequeños en cuyo fondo resplandecen letras y números dorados. Y, a veces, montones de tierra húmeda, recién removida, sobre la que se ha colocado provisionalmente una cruz.

Nos sentamos a comer en la primera grada de una construcción pesada y maciza en cuyo frente anuncia un rótulo: “Perpetuidad de la familia Argüello”. Las criadas extienden las servilletas en el suelo y sacan trozos de calabaza chorreando miel y pelan los chayotes y los sazonan con sal.

A la orilla de otras tumbas están, también comiendo, personas conocidas a las que Amalia saluda con una sonrisa y un ademán ligero de su mano. Don Jaime Rovelo; tía Romelia, del brazo de su marido; doña Pastora, acalorada y roja; doña Nati con un par de zapatos nuevos, guiada por su vecina.

Cuando terminamos de comer, Amalia empujó la puerta de aquel monumento y recibimos, en pleno rostro, una bocanada de aire cautivo, denso y oscuro, que subía de una profundidad que nuestros ojos aún no podían medir.

- Aquí comienza la escalera. Baja con cuidado.

Amalia me ayudaba a descender, mostrando la distancia entre los escalones, señalando el lugar donde el pie tenía mayor espacio para posarse, íbamos avanzando con lentitud, a causa de la oscuridad. Ya abajo Amalia prendió un cerillo y encendió las velas.

Transcurrieron varios minutos antes de que nos acostumbráramos a la penumbra. Era frío y húmedo el lugar adonde habíamos llegado.

- ¿Dónde está Mario?

Amalia alzó uno de los cirios y dirigió el haz de luz hasta un punto de la pared. Allí habían trabajado recientemente los albañiles. La mezcla que usan aún no acababa de secar.

- Todavía no han escrito su nombre.

Falta el nombre de Mario. Pero en las lápidas de mármol que cubren el resto de la pared están escritor otros nombres: Rodulfo Argüello, Josefa, Estanislao, Abelardo, José Domingo, María. Y fechas. Y oraciones.

- Vámonos ya, niña, es tarde.

Pero antes dejo aquí, junto a la tumba de Mario, la llave del oratorio. Y antes suplico a cada uno de los que duermen bajo su lápida, que sean buenos con Mario. Que lo cuiden, que jueguen con él, que le hagan compañía. Porque ahora que ya conozco el sabor de la soledad no quiero que lo pruebe.


Rosario Castellanos (México, 1925-1974)

viernes, 31 de octubre de 2014

Día de los muertos: EL MONTE DE LAS ÁNIMAS, de Gustavo Adolfo Bécquer

"Aquello no fue una cacería, fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres..."

(Fragmento)
 
I

- Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Ánimas.
 
- ¡Tan pronto!
 
- A ser otro día, no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.
 
- ¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?
 
- No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré esa historia.
 
Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían la comitiva a bastante distancia.
 
Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia:
 
- Ese monte que hoy llaman de las Ánimas, pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla; que así hubieran solos sabido defenderla como solos la conquistaron.
 
Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos.
 
Cundió la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su manía de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras; antes la tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacería, fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres, los lobos a quienes se quiso exterminar tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse.
 
Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las Ánimas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche.
 
Gustavo Adolfo Bécquer (España, 1836-1870)
 
Es posible leer el cuento completo en el sitio de Ciudad Seva