Vancouver: el invierno a plenitud en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne)

sábado, 2 de marzo de 2024

Mirándolas dormir: EL HUÉSPED SINIESTRO y EL CASTILLO DESIERTO, de E. T. A. Hoffmann

"... a mitad de la noche, abría la puerta, entraba y durante algunos momentos clavaba su penetrante mirada en Angélica, que estaba dormida..."

El huésped siniestro

(Fragmento)

- Así, pues, me veo forzada a creer -comenzó a decir lentamente la coronela- en cosas contra las que se rebela lo más íntimo de mi ser. Pero lo que ciertamente me resultaba muy extraño era cuan presto se había olvidado Angélica de Moritz y se había vuelto hacia el conde. No se me ha escapado que continuamente se encontraba en un estado de exaltación enorme, que me tenía muy preocupada. Recuerdo que la inclinación de Angélica comenzó a manifestarse del siguiente modo: ella me decía que casi todas las noches soñaba con el conde y que eran sueños muy agradables.

- Cierto -continuó Dagoberto-, Margarita me confesó que por orden de aquél todas las noches se acercaba a Angélica y pronunciaba a su oído el nombre del conde, suave, suavemente, con voz agradable. Incluso que el mismo conde muchas veces, a mitad de la noche, abría la puerta, entraba y durante algunos momentos clavaba su penetrante mirada en Angélica, que estaba dormida, alejándose luego.

"Una fea figura de diablo acechando a una doncella dormida se repetía muchas veces."

El castillo desierto

(Fragmento)

Bajaron el féretro y cuando la tierra empezó a cubrirle, haciendo un sordo ruido, se apoderó de mí una amarga tristeza como si acabasen de meter bajo aquella tierra a mi mayor amigo.

Ya me disponía a subir la colina, en cuya cumbre estaba situado el castillo, cuando el cura se me acercó y le pregunté acerca del muerto que acababan de enterrar. Era el viejo pintor Franz Bickert, que desde hacía tres años vivía en el castillo desierto, del que había llegado a ser el castellano. Tuve deseos de ver el castillo; el sacerdote se había encargado de las llaves hasta la llegada del que presentase los poderes como actual poseedor, y entré, no sin una penosa angustia, en los amplios y vacíos salones, que en otro tiempo habían habitado alegres moradores y que ahora estaban desiertos y en un silencio mortal.

Bickert, durante los tres últimos años que pasó allí como un ermitaño, se había ocupado muy activamente en su arte. Sin la menor ayuda, ni aun para prepararle la mecánica necesaria para sus trabajos, se lanzó a pintar en estilo gótico todo el primer piso en que él ocupaba un aposento. A la primera mirada, se adivinaban ya extrañas alegorías en la fantástica composición que había hecho de los temas heterogéneos, cuyo empleo motivaban los adornos góticos. Una fea figura de diablo acechando a una doncella dormida se repetía muchas veces. Volé al aposento de Bickert. Su sillón estaba aún a dos pasos de la mesa, en la cual se veía un dibujo empezado, como si el pintor acabase en aquel momento de dejar su trabajo; del respaldo de su sillón colgaba su capote gris y un gorro también gris estaba junto al dibujo… Me parecía que iba a ver entrar al anciano con su rostro complaciente, en el cual ni los padecimientos de la muerte habían dejado huellas, dispuesto a recibir al visitante extranjero con cordial franqueza.

Ernst Theodor Amadeus Hoffmann
(Alemania, 1776-1822).

viernes, 1 de marzo de 2024

Mirándolas dormir: AGUAS PRIMA- VERALES, de Iván Turguéniev

"... permaneció como hechizado; dejando a su alma admirar con todas sus fuerzas el cuadro que ante él se ofrecía."

(
Fragmento del capítulo X)

Por fin dijo Frau Lenore que estaba fatigada. Gemma le aconsejó dormirse un poco en el sofá.

Y yo -dijo-, con el caballero ruso, nos estaremos quietos, muy tranquilos, como raton- citos.

Frau Lenore le dirigió una sonrisa por única respuesta, cerró los ojos, respiró hondo dos o tres veces y se adormeció. Gemma se sentó a escape junto a ella en una banqueta, y sosteniendo la almohada donde descansaba la cabeza de su madre, se quedó inmóvil, llevando solamente de vez en cuando a sus labios un dedo de la otra mano, para recomendar silencio, y mirando a Sanin con el rabillo del ojo cada vez que se permitía el menor movimiento. Concluyó éste por inmovilizarse también y permaneció como hechizado; dejando a su alma admirar con todas sus fuerzas el cuadro que ante él se ofrecía.

Iván Turguéniev (Ruso fallecido en Francia, 1818-1883).

martes, 27 de febrero de 2024

Mirándolas dormir: TRÓPICO DE CÁNCER, de Henry Miller

"Despierto de un sueño profundo para mirarla..."

(Fragmento)

El baúl está abierto y sus cosas tiradas por todas partes como antes. Está acostada en la cama con la ropa puesta. Una, dos, tres, cuatro veces... temo que se vuelva loca... En la cama, bajo las sábanas, ¡qué placer sentir su cuerpo de nuevo! Pero, ¿por cuánto tiempo? ¿Durará esta vez? Ya tengo el presentimiento de que no.

Me habla febrilmente... como si no fuese a haber mañana. «¡Calla, Mona! Mírame solamente... ¡no hables!» Por fin, se queda dormida y retiro el brazo de debajo de ella. Se me cierran los ojos. Su cuerpo está ahí, a mi lado... va a estar ahí hasta mañana, seguramente... Fue en febrero cuando zarpé del puerto, con una ventisca cegadora. La última visión que tuve de ella fue en la ventana diciéndome adiós con la mano. Un hombre parado al otro lado de la calle, en la esquina, con el sombrero calado sobre los ojos, con la boca hundida entre las solapas. Un feto mirándome. Un feto con un puro en la boca. Mona en la ventana diciéndome adiós. Rostro blanco y triste, con los cabellos ondeando desordenados. Y ahora es un dormitorio triste, su respiración acompasada por la boca, savia que le rezuma todavía entre las piernas, un olor cálido y felino y su cabello en mi boca. Tengo los ojos cerrados. Respiramos nuestro cálido aliento uno en la boca del otro. Muy juntos, América a cinco mil kilómetros de distancia. No quiero volverla a ver. Tenerla aquí en la cama conmigo, respirándome en la piel, con su cabello en mi boca... lo considero como una especie de milagro. Ahora nada puede ocurrir hasta mañana...

Despierto de un sueño profundo para mirarla. Una pálida luz se filtra en la habitación.

Henry Miller (Estados Unidos, 1891-1980).

(Traducido al español por Carlos Manzano).

lunes, 26 de febrero de 2024

Mirándolas dormir: ALGO FLOTA SOBRE EL AGUA, de Lajos Zilahy

"... en una suave y opaca media luz. Su rostro brillaba sobre la almohada, listada a rayas..."

(
Fragmento inicial del capítulo III)

Yacía tendida en la cama, sobre las almohadas que olían a manzanas y en la penumbra del cuarto, porque las ventanas bajas y el techo con anchos puntales, igualmente bajo, mantenían la estancia en una suave y opaca media luz.

Su rostro brillaba sobre la almohada, listada a rayas, como una suave mascarilla de yeso.

Así permanecía desde la tarde anterior y todavía no había recobrado el sentido. Pero ya se podía colegir, por el lento movimiento de su pecho, que dormía profunda e inconscientemente. El señor Samson frotó las extremidades de la enferma, la fría espalda, sus senos y su vientre con un líquido fuerte y de punzante olor, y declaró que volvería en sí, recomendando que la dejasen dormir tranquila.

Lajos Zilahy
(Húngaro nacido en Rumania y fallecido en Serbia, 1891-1974).

domingo, 25 de febrero de 2024

Mirándolas dormir: EL LIBRO FIEL, de Leopoldo Lugones

"Qué lóbrego me parece tu cabello en la almohada"

Endecha

(Fragmento: dos cuartetos)

Si en la noche desolada,
Profundo sueño te mece,
Qué lóbrego me parece
tu cabello en la almohada.

Y mi alma de amor transida,
Goza más con estar cierta
Que nunca sabrás despierta
Lo que te quiero dormida.

Leopoldo Lugones
(Argentina, 1874-1938).

viernes, 23 de febrero de 2024

Mirándolas dormir: EL SUEÑO ETERNO, EL LARGO ADIÓS y PLAYBACK, de Raymond Chandler


El sueño eterno

(Fragmento del capítulo 7)

Volví con el llavero al cuarto de estar y examiné el contenido del escritorio. Encontré una caja fuerte en el cajón más profundo. Utilicé una de las llaves para abrirla. Dentro sólo había una libreta encuadernada en piel azul con un índice y muchas cosas escritas en clave; la letra inclinada era la misma de la nota enviada al general Sternwood. Me guardé la libreta en el bolsillo, limpié los sitios donde había tocado con los dedos la caja fuerte, cerré los cajones del escritorio, me guardé las llaves, apagué el gas que daba realismo a los falsos troncos de la chimenea, me puse la gabardina y traté de despertar a la señorita Sternwood. No hubo manera. Le encasqueté el sombrero de ala ancha, la envolví en su abrigo y la saqué hasta su coche. Luego volví a la casa, apagué todas las luces, cerré la puerta principal, encontré las llaves que mi dormida acompañante llevaba en el bolso y puse en marcha el Packard. Descendi- mos colina abajo sin encender los faros. El trayecto hasta Alta Brea Crescent fueron menos de diez minutos. Carmen los empleó en roncar y en echarme éter a la cara. Imposible que me quitase la cabeza del hombro. Era la única solución para evitar que acabara en mi regazo.

"Dormida de costado sin hacer ruido. Las rodillas dobladas. Demasiado inmóvil, me pareció."

El largo adiós

(Fragmento del capítulo 28)

Dormida de costado sin hacer ruido. Las rodillas dobladas. Demasiado inmóvil, me pareció. Siempre se hace algo de ruido cuando se duerme. Quizá no dormida, quizá sólo tratando de dormir. Si me acercase más lo sabría. También podría caerme. Abrió un ojo, ¿o no fue así? ¿Me miró o no me miró? No. Se habría incorporado y habría dicho: ¿No te encuentras bien, cariño? No, no me encuentro bien, cariño. Pero que no te quite el sueño, cariño, porque este malestar es mi malestar y no el tuyo, así que duerme con sosiego y encantadoramente y sin recuerdos y sin que te lleguen mis babas ni se acerque a ti nada que sea sombrío, gris y feo.

(Fragmento del capítulo 50)

Serví un poco más de champán en su copa y me reí de ella. Linda se lo bebió despacio, luego se volvió del otro lado y apoyó la cabeza en mis rodillas.

- Estoy cansada -dijo-. Esta vez tendrás que llevarme en brazos. Al cabo de un rato se durmió.

Por la mañana aún seguía dormida cuando me levanté y preparé el café. Me duché, me afeité y me vestí. Se despertó entonces. Desayunamos juntos. Llamé un taxi y bajé los escalones de secuoya con su bolso de viaje.

"Seguía profundamente dormida. Y roncaba (...) Después suspiró y cambió la cabeza de posición en la almohada."

Playback

(Fragmentos del capítulo 10)

- Sí, sí -contestó-, pero no me importa nada.

- No es usted quien habla; es el somnífero.

Se desplomó hacia delante, pero logré sostenerla a tiempo y la conduje hacia la cama. Se dejó caer de cualquier manera. Le quité los zapatos y la tapé con una manta, arropándola bien. Se quedó dormida inmediatamente. Empezó a roncar. Fui al cuarto de baño y, a tientas, encontré un frasco de Nembutal en el estante. Estaba casi lleno. Había un letrero con el número de la receta y una fecha. La fecha era de un mes antes, y la farmacia era de Baltimore. Vacié el frasco de píldoras amarillas en mi mano y las conté. Había cuarenta y siete y casi llenaban la botella. Cuando las toman para suicidarse las toman todas, menos las que se caen al suelo, que casi siempre se les cae alguna. Volví a meter las pastillas en el frasco y me metí éste en un bolsillo. Volví a la habitación y contemplé a la chica. Hacía frío. Conecté el radiador y lo ajusté a una temperatura no muy alta. Finalmente, abrí uno de los ventanales y salí a la terraza. Hacía tanto frío como en el Polo Norte.

(...)

Seguía profundamente dormida. Y roncaba. Le rocé la mejilla con la palma de la mano. Estaba húmeda. Se movió un poco y refunfuñó. Después suspiró y cambió la cabeza de posición en la almohada. Nada de estertores, ni estupor profundo, ni coma y, por tanto, nada de sobredosis. En eso no me había engañado, no como en casi todo lo demás.

(Fragmento del capítulo 23)

- Pero no había… quiero decir que seguramente fue un sueño.

- Señorita, usted vino aquí a las tres de la madrugada en un estado de gran excitación. Me describió exactamente dónde estaba y qué posición ocupaba en la silla de su terraza. Así que la acompañé y subí por la escalera de incendios, con las infinitas precauciones por las que mi profesión se ha hecho famosa. Ni rastro de Mitchell y, por si eso fuera poco, usted se deja arrullar por una pastillita y se queda dormida en su camita.

- Siga con su actuación -me espetó con rabia-; ya veo que le encanta. ¿Por qué no se encargó usted de arrullarme? De este modo no habría necesitado un somnífero… quizá.

- Vayamos por partes, si no le molesta. Y lo primero es que usted decía la verdad cuando llegó aquí. Mitchell estaba muerto en su terraza. Pero alguien se llevó su cadáver mientras usted estaba aquí haciéndome toda clase de proposiciones. Y alguien lo bajó a su coche, hizo sus maletas y también las bajó. Todo esto requirió tiempo; requirió algo más que tiempo: un importantísimo motivo. Ahora bien, ¿quién haría una cosa así… sólo para ahorrarle el mal trago de notificar a la policía el hallazgo de un cadáver en su terraza?

- ¡Oh, cállese! -apuró su copa y la dejó en la mesa-. Estoy cansada. ¿Le importa que me acueste en su cama?

- Si se desnuda, no.

- De acuerdo… me desnudaré. Esto es lo que ha estado persiguiendo, ¿verdad?


Raymond Chandler (Estados Unidos, 1888-1957).

jueves, 22 de febrero de 2024

Mirándolas dormir: EL SOLITARIO, de Horacio Quiroga

"Contempló un rato el seno casi descubierto, y con una descolorida sonrisa apartó un poco más el camisón desprendido."

(
Fragmento)

María se levantó a comer, y Kassim tuvo la solicitud de siempre con ella. Al final de la cena su mujer lo miró de frente.

Es mentira, Kassim -le dijo.

¡Oh! -repuso Kassim sonriendo-. No es nada.

¡Te juro que es mentira! -insistió ella.

Kassim sonrió de nuevo, tocándole con torpe caricia la mano, y se levantó a proseguir su tarea. Su mujer, con las mejillas entre las manos, lo siguió con la vista.

Y no me dice más que eso... –murmuró. Y con una honda náusea por aquello pegajoso, fofo e inerte que era su marido, se fue a su cuarto.

No durmió bien. Despertó, tarde ya, y vio luz en el taller; su marido continuaba traba- jando. Una hora después Kassim oyó un alarido.

¡Dámelo!

Sí, es para ti; falta poco, María -repuso presuroso, levantándose. Pero su mujer, tras ese grito de pesadilla, dormía de nuevo. A las dos de la madrugada Kassim pudo dar por terminada su tarea: el brillante resplandecía firme y varonil en su engarce. Con paso silencioso fue al dormitorio y encendió la veladora. María dormía de espaldas, en la blancura helada de su pecho y su camisón.

Fue al taller y volvió de nuevo. Contempló un rato el seno casi descubierto, y con una descolorida sonrisa apartó un poco más el camisón desprendido.

Su mujer no lo sintió.

No había mucha luz. El rostro de Kassim adquirió de pronto una dureza de piedra, y suspendiendo un instante la joya a flor del seno desnudo, hundió, firme y perpendicu- lar como un clavo, el alfiler entero en el corazón de su mujer.

Hubo una brusca abertura de ojos, seguida de una lenta caída de párpados. Los de- dos se arquearon, y nada más.

Horacio Quiroga (Uruguayo fallecido en Argentina, 1878-1937).

El texto íntegro se puede leer con este vínculo: Ciudad Seva.

miércoles, 21 de febrero de 2024

Mirándolas dormir: EL ÚLTIMO VERANO DE KLINGSOR, de Hermann Hesse

"... y vio como dormía la muchacha del cabello dorado."

(
Fragmento del capítulo 5)

Observó con mucha atención el rostro de la durmiente, los hombros, el pecho, el pelo rubio. Todo esto le había embelesado, le había engañado, le había seducido, todo le había hecho creer en el placer y la felicidad. Ahora todo había acabado, ahora saldarían cuentas. Había entrado en el teatro Wagner y había descubierto por qué todos los rostros, una vez disipado el engaño, eran tan desfigurados e insoportables.

Klein se levantó de la cama y fue en busca de un cuchillo. Al pasar junto a Teresina rozó sus largas medias marrón claro; en un santiamén recordó cuando la vio por primera vez en el parque y cómo le habían seducido su manera de andar, sus zapatos y sus medias ceñidas. Rió en voz baja, maliciosamente, y cogió la ropa de Teresina, pieza a pieza, la manoseó y la dejó caer al suelo. Luego volvió a buscar, olvidando el qué por momentos. Su sombrero estaba sobre la mesa, lo cogió distraído, lo hizo girar, notó que estaba mojado y se lo puso. Estaba de pie junto a la ventana, miraba la oscuridad exterior, oía cantar la lluvia. Parecía el sonido de tiempos perdidos. ¿Qué querían de él la ventana, la noche, la lluvia?, ¿qué le importaban las viejas imágenes de su infancia?
(Traducido al español por Ester Berenguer).

Súbitamente saltó en una tremenda sacudida y corrió a la cama. Se inclinó sobre la almohada y vio cómo dormía la muchacha del cabello dorado. Aún vivía. Aún no lo había hecho. Quedó helado de espanto. Dios mío, había llegado el momento, y había sucedido lo que una y otra vez había visto venir en sus horas más terribles. Había llegado el momento. Allí estaba él, Wagner, al pie del lecho de una durmiente, y buscaba un cuchillo… No, no quería. No, no estaba loco. Gracias a Dios, no estaba loco.

Todo estaba bien. Recobró la paz. Se vistió despacio: los pantalones, la chaqueta, los zapatos. Todo estaba bien.

Cuando quiso acercarse otra vez a la cama, sintió algo blando bajo los pies. Allí yacían por el suelo las ropas de Teresina, las medias y el vestido gris claro. Los levantó cuidadosamente del suelo y los colocó sobre la silla. Apagó la luz y salió de la habitación. Delante de la casa caía una lluvia mansa y fría; no se veía un alma, ni se oía un ruido, sólo la lluvia. Volvió la cara arriba y dejó que la lluvia corriera sobre la frente y las mejillas. No se veía el cielo. Qué oscuridad. Le hubiera gustado ver una estrella…
(Traducido al español por Manuel Olasagasti).

Hermann Hesse (Alemán nacionalizado suizo y fallecido en Suiza 1877-1962).
Obtuvo el premio Nobel en 1946.

Mirándolas dormir: MUJERES ENAMORADAS, de D. H. Lawrence

"Minette seguía dormida, infantil y patéticamente (...) La miró de nuevo. Pero sería demasiado cruel despertarla."

(
Fragmento del capítulo 7: Tótem)

Gerald se despertó tarde por la mañana. Había dormido profundamente. Minette seguía dormida, infantil y patéticamente. Había algo pequeño, contraído e indefenso en ella que despertaba una llama de pasión insatisfecha en la sangre del joven, una piedad árida, devoradora. La miró de nuevo. Pero sería demasiado cruel despertarla. Se reprimió y salió del cuarto.

(Descripción del personaje de Minette en el capítulo previo)

Gerald la contempló comiendo las ostras. Era delicada y educada en su modo de comer; sus dedos eran bellos y parecían muy sensibles en las yemas, por lo cual separaba su comida con movimientos bellos y pequeños; comía cuidadosa, delicadamente. Le gustaba mucho verla e irritaba a Birkin. Estaban todos bebiendo champagne. Maxim, el ruso joven y peripuesto con el rostro suave, de color pálido, y el pelo negro aceitado era el único que parecía perfectamente tranquilo y sobrio. Birkin parecía blanco y abstracto, artificial. Gerald estaba sonriendo con una luz fría, brillante y divertida en sus ojos, inclinándose algo protectoramente hacia Minette, que era muy bonita y suave, abierta como alguna hermosa flor del norte en pavorosa desnudez de florecimiento, entregada ahora a la vanagloria, arrebatada con el vino y la excitación de los hombres. Halliday parecía atontado. Un vaso de vino bastó para ponerle borracho y risueño. Sin embargo, había siempre una ingenuidad agradable y cálida a su alrededor que le hacía atractivo.

David Herbert Lawrence
(Inglés fallecido en Francia, 1885-1930).

Un paréntesis: SEISCIENTOS MIL VISITANTES


El pasado 5 de agosto -fecha que siempre he considerado le pertenece a Marilyn, porque es el aniversario luctuoso de su suicidio- consignaba la cifra de 555,555 visitantes en
Mitos y reincidencias. Hace apenas un rato que hoy, 21 de febrero, se detuvo a leerlo el internauta número seiscientos mil.

Sin que se trate, de ninguna manera, de una cantidad extraordinaria, puesto que ha tomado varios años alcanzarla, no deja de ser satisfactorio y gratificante que conti- núen sumándose lectores a este espacio literario. He abierto un paréntesis con el fin de agradecer a aquellos que nos frecuentan y de paso ofrecer una disculpa por lo escaso que suelen ser mis respuestas a sus comentarios. Me apena no poder hacerlo como se merecen, pero entre mis actividades cotidianas, la novela que ahora escribo y tratar de mantener más o menos al día cinco blogs simultáneos, pocas veces me queda oportunidad para hacerlo.

Regreso entonces a las reincidencias literarias de las que suele ocuparse Mitos y reincidencias -como su nombre lo indica-, en esta ocasión con un tema que me ha resultado particularmente divertido: Mirándolas dormir. Aprovecho para comentar el hallazgo de algunos textos que considero debiera añadir, aunque al estar escritos por mujeres, más bien tendría que hacerlo bajo la denominación de «Mirándolo dormir».

Ese sería el caso de Tú dormías, poema incluido por Delmira Agustini en el volumen Los cálices vacíos, prologado por Rubén Darío en 1913, quien le pronosticaba una dimensión extraordinaria a su poesía:

"De todas cuantas mujeres hoy escriben en verso ninguna ha impresionado mi ánimo como Delmira Agustini", y más adelante asegura: "Si esta niña bella continúa en la lírica revelación de su espíritu como hasta ahora, va a asombrar a nuestro mundo de lengua española".

 Como es de sobra conocido, eso no fue posible puesto que la poeta fue asesinada a los veintisiete años de edad por su ex marido, quien así cometió uno de los femini- cidios más escandalosos de principios del siglo pasado -el 6 de julio de 1914-, y de paso nos privó a sus lectores la posibilidad de disfrutar una obra más extensa.

De nuevo reitero mi agradecimiento y con renovado entusiasmo recupero nuestro tema en desarrollo.

Jules Etienne

martes, 20 de febrero de 2024

Mirándolas dormir: NUDO DE VÍBORAS, de François Mauriac

"Te volviste de espaldas. Dormías bajo tus largos cabellos."

(
Fragmento del capìtulo tercero)

No hablaste más. Contemplaba el nacimiento de aquel nuevo día, de aquel día de mi nueva vida. Las golondrinas gritaban en los tejados. Un hombre cruzaba el patio arrastrando los zuecos. Todo lo que escucho ahora, desde hace cuarenta y cinco años, lo escuchaba entonces: los gallos, las campanas, un tren de mercancías al cruzar el puente... Y todo lo que respiraba lo respiro aún: ese perfume que amo, ese olor de cenizas que trae el viento por la parte del mar, desde los eriales incendiados. De pronto, me incorporé a medias.

- Isa, la noche en que lloraste, la noche en que nos hallábamos sentados en un recodo de Superbagnéres, ¿lloraste por él?

Como no me contestabas, cogí tu brazo, que retiraste con un gruñido casi animal. Te volviste de espaldas. Dormías bajo tus largos cabellos. Al sentir el frescor del alba, echaste las sábanas en desorden sobre tu cuerpo encogido, aovillado, como duermen los animales jóvenes. ¿Por qué despertarte de ese sueño de niño? Lo que yo quería saber por ti misma, ¿no lo sabía ya?

Me levanté sin ruido. Fui descalzo hasta el espejo del armario, donde me contemplé como si hubiese sido otro, o, mejor dicho, como si hubiera vuelto a mí mismo: el hombre a quien no habían amado, aquel por quien nadie en el mundo había sufrido. Tuve lástima de mi juventud; mi gruesa mano de campesino resbaló a lo largo de mi mejilla sin afeitar, ya ensombrecida por una barba dura de rojizos reflejos.

François Mauriac (Francia, 1885-1970).
Obtuvo el premio Nobel en 1952.

(Traducido al español por Fernando Gutièrrez).

Mirándolas dormir: LA OTRA MUJER, de Sherwood Anderson

"Esta noche habrá luna, y cuando hay luna, largos rayos de luz caen sobre su cama."

(
Fragmento)

Y ahora ves que estoy casado y todo está bien. Mi matrimonio es para mí un hecho muy hermoso. Si dijeras que mi matrimonio no es feliz, podría llamarte mentiroso y estaría diciendo la verdad absoluta. He tratado de hablarte de esta otra mujer. Siento una especie de alivio al hablar de ella. Nunca lo había hecho antes. Me pregunto por qué fui tan tonto como para tener miedo de dar la impresión de que no estoy enamorado de mi esposa. Si no hubiera confiado instintivamente en su comprensión, no habría hablado. Tal como están las cosas, me he agitado un poco. Esta noche pensaré en la otra mujer. Eso ocurre a veces. Sucederá después de acostarme. Mi esposa duerme en la habitación contigua a la mía y su puerta siempre está abierta. Esta noche habrá luna, y cuando hay luna, largos rayos de luz caen sobre su cama. Despertaré a medianoche y ella estará acostada durmiendo con un brazo sobre su cabeza.

(And now you see I am married and everything is all right. My marriage is to me a very beautiful fact. If you were to say that my marriage is not a happy one I could call you a liar and be speaking the absolute truth. I have tried to tell you about this other woman. There is a kind of relief in speaking of her. I have never done it before. I wonder why I was so silly as to be afraid that I would give you the impression I am not in love with my wife. If I did not instinctively trust your understanding I would not have spoken. As the matter stands I have a little stirred myself up. Tonight I shall think of the other woman. That sometimes occurs. It will happen after I have gone to bed. My wife sleeps in the next room to mine and the door is always left open. There will be a moon tonight, and when there is a moon long streaks of light fall on her bed. I shall awake at midnight tonight. She will be lying asleep with one arm thrown over her head.)

Sherwood Anderson
(Estadounidense fallecido en Panamá, 1876-1941).

(Traducido del inglés por Jules Etienne).

lunes, 19 de febrero de 2024

Mirándolas dormir: LAS PASCUAS DEL TIEMPO, de Julio Herrera y Reissig

"En la célica alcoba reinaba un silencio de rosas dormidas..."

Plenilunio

(cuatro primeras estrofas)

En la célica alcoba reinaba
un silencio de rosas dormidas,
de tímidas ansias, de ruegos callados,
de nidos sin aves, de iglesias en ruinas;
mas de pronto se siente que salta,
que salta agitado, que llama o palpita,
el vital corazón de una virgen:
campana de fuego que al goce convida.

En su lecho de escarchas de seda,
cual cisne entre espumas, la virgen dormía:
¡eran alas de su ángel custodio
los leves encajes de la alba cortina!
En su boca entreabierta mostraba
una hermosa y extraña sonrisa
que la noche anterior en sus labios,
pensando en un rezo, quedóse dormida.

Miréla y de pronto quédeme extasiado,
admirando sus formas benditas,
y sus senos: ¡las cúpulas blancas
del templo de carne de Santa Afrodita!
- ¡Besadla, Poeta -me dijo mi Musa-,
panal es su boca, bebed ambrosía
y sea la lengua de ardientes rubíes
la hostia de fuego de su eucaristía!

Su frente tan blanca, tan pálida y tersa,
semejaba la página nívea
en que Psiquis pintaba sus sueños
con sangre nevada de rosas lascivas…
Yo miraba en sus curvas ojeras
las sendas que atraen, las sendas prohibidas,
las manchas sensuales, los arcos de gloria
¡que adoran la eterna ciudad de la Vida!

Julio Herrera y Reissig (Uruguay, 1875-1910).

domingo, 18 de febrero de 2024

Mirándolas dormir: DOCTOR ZHIVAGO, de Boris Pasternak

"... la cabeza de ella dormida, con las pestañas cerradas en el sueño, ignorante de que la estaban mirando..."

(
Fragmento del capítulo 13)

Sentía una gran necesidad de ella, pero no había modo de verla aquel domingo, y se agitaba como una fiera enjaulada, sin hallar paz.

Una criatura extraordinaria, con su gracia enteramente espiritual. Sus manos eran sorprendentes y despertaban la misma admiración que un pensamiento elevado. Sobre la tapicería de aquella habitación de hotel la sombra de ella parecía la imagen de su pureza. La camisa le ceñía el pecho con la naturalidad de un trozo de tela en torno a los dedos.

Komarovski tamborileaba en el cristal de la ventana al ritmo de los cascos de los caballos, que resonaban cadenciosos sobre el asfalto de la calle.

- Lara -murmuró, y cerrando los ojos volvió a ver entre sus brazos la cabeza de ella dormida, con las pestañas cerradas en el sueño, ignorante de que la estaban mirando desde hacía horas. Esparcida en desorden su cabellera sobre la almohada, el halo de su belleza le atenazaba la mirada y penetraba en su alma.

Boris Pasternak (Rusia, 1890-1960).
Obtuvo el premio Nobel en 1958.

(Traducido al español por Fernando Gutiérrez). 

jueves, 15 de febrero de 2024

Mirándolas dormir: LA GATA, de Colette

"Conduciré yo -dijo Alain-. Ponte el abrigo que está debajo del almohadón y duerme (...) Camille se quedó dormida."

(
Fragmento)

- Que es como decir de la esquina… ¿Adónde vas? ¿Quieres que nos vayamos? ¡Estábamos tan bien…!

De pie, desilusionada, bostezaba de sueño y se estremecía.

- Conduciré yo -dijo Alain-. Ponte el abrigo viejo que está debajo del almohadón, y duerme.

Una metralla de efímeras, de mariposas de noche, de insectos duros como guijarros acudía frente a los faros, y el automóvil rechazaba el aire obstruido por alas como si fuese una ola. En efecto, Camille se quedó dormida, tiesa, acostumbrada a no apoyarse, incluso en sueños, en el brazo y el hombro del conductor. Y saludó sola- mente con cabezazos los badenes de la carretera.

«De Baleares», se repetía Alain. A favor del negro aire, de los haces blancos que captaban, rechazaban y diezmaban a los voladores seres, se reintegraba al vestíbulo superpoblado de sus sueños, el firmamento con polvillo de rostros estallados, grandes ojos enemigos que aplazaban para el día siguiente una rendición, un santo y seña, una clave. Y tan abstraído estaba que omitió cortar por el atajo más corto entre Pont- chartrain y el fielato de Versalles, y Camille, en sueños, refunfuñó. «Bravo -aplaudió Alain-, buen reflejo… pequeños sentidos fieles y vigilantes. ¡Ah, qué deliciosa te encuentro! ¡Qué fácil es nuestra armonía cuando tú duermes y yo velo!»

El relente humedecía sus cabellos descubiertos, sus mangas, cuando se apearon en su calle, desierta bajo el claro de luna. Alain levantó la cabeza; en el centro de la luna, casi redonda, en lo alto de los nueve pisos, una pequeña sombra cornuda de gato, agazapada, esperaba.

ColetteSidonie-Gabrielle Colette (Francia, 1873-1954).

Con este vínculo es posible la lectura del texto íntegro: Ciudad Seva.

miércoles, 14 de febrero de 2024

Mirándolas dormir: ADIÓS A LA BOHEMIA, de Pío Baroja

"... le dijiste que se acostara en la nuestra y te tendiste en el sofá (...) y al verte dormida pensaba: Es una mujer buena..."

(
Fragmento)

TriniEs que te quería.

RamónUn poco quizá, pero mucho menos que yo... ¿Y cuando vino aquel poeta enfermo a casa, no recuerdas?

Trini: Sí.

RamónLo estoy viendo entrar; nevaba fuera, y nosotros hablábamos con una vecina alrededor de la estufa. ¡Cómo temblaba el pobrecillo! No he encontrado á nadie en el café, recuerdo que nos dijo castañeteándole los dientes, y voy á pasar aquí un rato, si no os estorbo. Tú le invitaste á cenar, y cuando él nos dijo que hacía ya mucho tiempo que no dormía en una cama, tú le dijiste que se acostara en la nuestra, y te tendiste en el sofá. Yo pasé la noche sentado, fumando, y al verte dormida pensaba: Es una mujer buena, muy buena. Y ya ves, cuando después reñíamos algunas veces...

Trini: ¿Algunas veces sólo?

Ramón: No muchas veces. Pues bien ; cuando reñíamos, yo pensaba: Sí; tiene estos y estos defectos, pero es una mujer buena.

Trini: (Avanzando la mano) Tú también has sido bueno para mí.

Ramón: (Tomando la mano entre las suyas) No; yo no.

Pío Baroja (España, 1872-1956).

martes, 13 de febrero de 2024

Mirándolas dormir: EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO, de Marcel Proust

"... encontraba a Albertina dormida y no la despertaba. Tendida cuan larga era en una actitud de una naturalidad que no se podía inventar..."

5. La prisionera

(Fragmentos)

Por otra parte, no era sólo el mar al atardecer lo que vivía para mí en Albertina, sino a veces el mar dormido en la arena las noches de luna. Porque a veces, cuando me levantaba para ir a buscar un libro al despacho de mi padre, mi amiga, que me había pedido permiso para echarse en la cama mientras tanto, estaba tan cansada por la larga excursión de la mañana y de la tarde, al aire libre, que, aunque yo hubiera pasado sólo un momento fuera de mi cuarto, al volver encontraba a Albertina dormida y no la despertaba. Tendida cuan larga era, en una actitud de una naturalidad que no se podía inventar, me parecía como un tallo florido que alguien dejara allí; y así era: el poder de soñar que yo sólo tenía en ausencia suya, volvía a encontrarlo en aquellos momentos a su lado, como si, dormida, se hubiera convertido en una planta. De este modo, su sueño realizaba, en cierta medida, la posibilidad del amor: solo, podía pensar en ella, pero me faltaba ella, no la poseía; presente, le hablaba, pero yo estaba demasiado ausente de mí mismo para poder pensar. Cuando ella dormía, yo no tenía que hablar, sabía que ella no me miraba, ya no tenía necesidad de vivir en la superficie de mí mismo.
(...)

"He pasado noches deliciosas (...) pero nunca tan dulces como cuando la miraba dormir."

He pasado noches deliciosas hablando, jugando con Albertina, pero nunca tan dulces como cuando la miraba dormir. Hablando, jugando a las cartas, tenía esa naturalidad que una actriz no hubiera podido imitar; pero la naturalidad que me ofrecía su sueño era más profunda, una naturalidad de segundo grado. Le caía el cabello a lo largo de su cara rosada
y se posaba junto a ella en la cama, y a veces un mechón aislado y recto producía el mismo efecto de perspectiva que esos árboles lunares desmedrados y pálidos que vemos muy derechos en el fondo de los cuadros rafaelescos de Elstir. Si Albertina tenía los labios cerrados, en cambio, tal como yo estaba situado, sus párpados parecían tan disjuntos que yo hubiera podido preguntarme si estaba verdaderamente dormida. Pero aquellos párpados entornados daban a su rostro esa continuidad perfecta que los ojos no interrumpen. Hay rostros que adquieren una belleza y una majestad inhabituales a poco que les falte la mirada.

Yo contemplaba a Albertina tendida a mis pies. De cuando en cuando la recorría una agitación ligera e inexplicable, como el follaje que una brisa inesperada sacude unos instantes. Se tocaba el pelo, pero no se contentaba con esto y volvía a llevarse la mano a la cabeza con movimientos tan seguidos, tan voluntarios, que yo estaba convencido de que iba a despertarse. Nada de eso: volvía a quedarse tranquila en el no perdido sueño. Y permanecía inmóvil. Había posado la mano en el pecho con un abandono del brazo tan ingenuamente pueril que, mirándola, me tenía que esforzar por no sonreír con esa sonrisa que nos inspiran los niños pequeños, su inocencia, su gracia.
(...)

"Pero a este placer de verla dormir, tan dulce como sentirla vivir..."

A veces, cuando Albertina tenía demasiado calor, y ya casi dormida, se quitaba el quimono y lo echaba en una butaca. Mientras ella dormía, yo pensaba que todas sus cartas estaban en el bolsillo interior de aquel quimono, donde las ponía siempre. Una firma, una cita hubiera bastado para probar una mentira o disipar una sospecha. Cuando veía a Albertina profundamente dormida, me apartaba del pie de su cama, donde llevaba mucho tiempo contemplándola sin hacer un movimiento, y aventuraba un paso, presa de una ardiente curiosidad, sintiendo el secreto de aquella vida que se ofrecía, desmayada y sin defensa, en una butaca. Quizá daba aquel paso también porque mirar dormir sin movernos acaba por cansarnos. Y así, muy despacito, volviéndome continuamente para ver si no se despertaba Albertina, iba hasta la butaca. Allí me paraba, me quedaba mucho tiempo mirando el quimono como me había quedado mucho tiempo mirando a Albertina. Pero nunca (y quizá hice mal) toqué el quimono, nunca metí la mano en el bolsillo, nunca miré las cartas. Viendo que no me decidiría, acababa por retroceder a paso de lobo, volvía junto a la cama de Albertina y a mirarla dormir, a ella que no me decía nada, cuando yo estaba viendo sobre el brazo de la butaca aquel quimono que acaso me hubiera dicho muchas cosas.

Y de la misma manera que algunas personas alquilan por cien francos diarios una habitación en el hotel de Balbec para respirar el aire del mar, a mí me parecía muy natural gastar más por ella, puesto que tenía su aliento junto a mi mejilla, en mi boca, que yo entreabría sobre la suya y a la que, por mi lengua, pasaba su vida.

Pero a este placer de verla dormir, tan dulce como sentirla vivir, le ponía fin otro placer: el de verla despertarse. Era, en un grado más profundo y más misterioso, el placer mismo de que viviera en mi casa. Sin duda me era dulce que a la tarde, cuando se apeaba del coche, entrara en mi departamento. Y me era más dulce aún que, cuando, desde el fondo del sueño, subía los últimos peldaños de la escalera de los sueños, fuera en mi cuarto donde ella renacía a la conciencia y a la vida, que se preguntara un instante «¿dónde estoy?», y al ver los objetos que la rodeaban, la lámpara cuyo resplandor le hacía apenas entornar los ojos, pudiera contestarse que estaba en su casa al darse cuenta de que se despertaba en la mía. En este primer momento delicioso de incertidumbre, me parecía que tomaba posesión de ella más completa, porque, cuando saliera, en lugar de entrar en su cuarto, era mi cuarto, en cuanto Albertina lo reconociera, el que iba a albergarla, a contenerla, sin que los ojos de mi amiga manifestaran ninguna turbación, permaneciendo tan serenos como si no se hubiera dormido. La indecisión del despertar se revelaba por su silencio, no por su mirada.
(...)


Antes de que Albertina me obedeciera y se quitara los zapatos, yo le entreabría la blusa. Sus dos pequeños senos, altos, eran tan redondos que, más que parte integrante de su cuerpo, parecían haber madurado en él como dos frutos; y su vientre (disimulando el lugar que en el hombre se afea como con el soporte que queda fijo en una estatua desalojada de su sitio) se cerraba, en la unión de los muslos, con dos valvas de una curva tan suave, tan serena, tan claustral como la del horizonte cuando se ha puesto el sol. Se quitaba los zapatos, se acostaba junto a mí.

Oh, grandes actitudes del Hombre y de la Mujer cuando se disponen a unir, en la inocencia de los primeros días y con la humildad del barro, lo que la creación ha separado, cuando Eva se queda sorprendida y sumisa ante el Hombre junto al cual se despierta, como él mismo, solo todavía, ante Dios que le ha formado. Albertina anudaba sus brazos tras su cabello negro, alzada la cadera, caída la pierna en una inflexión de cuello de cisne que se alarga y se curva para volver sobre sí mismo. Cuando estaba completamente de lado, había cierto aspecto de su rostro (tan bueno y tan bello de frente) que yo no podía soportar, ganchudo como ciertas caricaturas de Leonardo, pareciendo revelar la maldad, la codicia, la bellaquería de una espía cuya presencia en mi casa me hubiera horrorizado y que parecía desenmascarada por aquellos perfiles. Me apresuraba a coger la cara de Albertina en mis manos y la volvía a poner de frente.

Marcel Proust (Francia, 1871-1922).

(Traducido al español por Consuelo Berges Rábago).

Mirándolas dormir: LAS CANCIONES DE BILITIS, de Pierre Louÿs

"Duerme con su cabello despeinado..."

La durmiente

Duerme con su cabello despeinado y las manos entrelazadas bajo la nuca. ¿Sueña? Su boca está entreabierta y respira suavemente.

Con un poco de cisne blanco enjugo, sin despertarla, el sudor de sus brazos, la fiebre de sus mejillas. Sus párpados cerrados son dos flores azules.

Muy suavemente me levantaré; iré a traer agua, ordeñaré la vaca y pediré fuego a los vecinos. Quiero estar rizada y vestida cuando abra los ojos.

Duerme, permanece un largo rato entre sus bellas pestañas curvadas y continúa dichosa la noche con un sueño de buen augurio.

(Elle dort dans ses cheveux défaits, les mains mêlées derrière la nuque. Rêve-t-elle? Sa bouche est ouverte; elle respire doucement.
Avec un peu de cygne blanc, j'essuie, mais sans l'éveiller, la sueur de ses bras, la fièvre de ses joues. Ses paupières fermées sont deux fleurs bleues.
Tout doucement je vais me lever; j'irai puiser l'eau, traire la vache et demander du feu aux voisins. Je veux être frisée et vêtue quand elle ouvrira les yeux.
Sommeil, demeure encore longtemps entre ses beaux cils recourbés et continue la nuit heureuse par un songe de bon augure.)

"Y repite una vez tras otra mi nombre: Bilitis... Bilitis... Y me roza con la punta de sus dedos temblorosos."

Palabras en la noche

Reposamos con los ojos cerrados; el silencio es un gran alrededor en torno a nuestra cama.¡Inefables noches de estío! Pero ella, que me cree dormida, posa su cálida mano sobre mi brazo.

Murmura: «Bilitis ¿duermes? Mi corazón late, pero, sin responder, respiro como una mujer entregada a sus sueños». Entonces, comienza a hablar:

«Ya que no me escuchas, dice, ¡cómo te quiero! Y repite una vez tras otra mi nombre: “Bilitis… Bilitis…”. Y me roza con la punta de sus dedos temblorosos».

«¡Esta boca es mía! ¡Sólo mía! ¿Existe otra más hermosa en el mundo? ¡Ay, mi felicidad, mi felicidad! Son míos estos brazos desnudos, este cuello y esta  cabellera…».

(Nous reposons, les yeux fermés; le silence est grand autour de notre couche. Nuits ineffables de l'été! Mais elle, qui me croit endormie, pose sa main chaude sur mon bras.
Elle murmure: « Bilitis, tu dors? » Le cœur me bat, mais sans répondre, je respire régulièrement comme une femme couchée dans les rêves. Alors elle commence à parler:
«Puisque tu ne m'entends pas, dit-elle, ah! que je t'aime! » Et elle répète mon nom. « Bilitis... Bilitis... » Et elle m'effleure du bout de ses doigts tremblants:
«C'est à moi, cette bouche! à moi seule! Y en a-t-il une plus belle au monde? Ah! mon bonheur, mon bonheur! C'est à moi ces bras nus, cette nuque et ces cheveux... »)

Pierre Louÿs
(Francés nacido en Bélgica, 1870-1925).

(Traducido del francés por Jules Etienne).