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Vancouver en primavera. Puente de Burrard.

viernes, 18 de abril de 2014

Sucedió un viernes santo


Durante la noche del jueves al viernes santo, emprendió Dante su viaje nocturno en La divina comedia, para recorrer los nueve círculos del infierno, las nueve terrazas del purgatorio y los nueve cielos (o astros, puesto que se menciona a la Luna, Mercurio, Venus, el Sol, Marte, Jupíter y Saturno) del paraíso, y así poder llegar a la ciudad de Dios.
 
Paul L. Maier en el capítulo XVIII de su novela Poncio Pilatos, establece que "Eran las seis de la mañana del viernes 3 de abril del año 33 D. C., para los judíos, Nisán 14 del año 3793". Y en el siguiente párrafo sugiere: "Pilatos miró Jerusalén en esa fresca mañana de primavera". En tanto que Pablo García Baena inicia su poema Viernes santo con una aseveración: "Hace frío en los atrios esta noche".
 
En la literatura hispanoamericana, se encuentran un par de referencias al viernes santo en obras de la picaresca costumbrista, como son los casos de El periquillo sarniento, de José Joaquín Fernández de Lizardi, en la Nueva España, y el cuento La llorona del viernes santo, del peruano Ricardo Palma.
 
En el primer caso, este es el párrafo correspondiente: "El Viernes Santo salía en la procesión que llaman del Santo Entierro; había en la Carrera de la dicha procesión una porción de altares que llaman posas, y en cada una de ellos pagaban los indios multitud de pesetas, pidiendo en cada vez un respondo por el alma del Señor, y el bendito cura se guardaba los tomines, cantaba la oración de la Santa Cruz, y dejaba a aquellos pobres sumergidos en su ignorancia y piadosa superstición."
 
En cuanto al espíritu satírico de Palma, se aprecia desde el párrafo inicial: "Existía en Lima hace cincuenta años una asociación de mujeres todas garabateadas de arrugas y más pilongas que piojo de pobre, cuyo oficio era gimotear y echar lagrimones como garbanzos. ¡Vaya una profesión perra y barrabasada! Lo particular es que toda socia era vieja como el pecado, fea como un chisme y con pespuntes de bruja y rufiana. En España dábanles el nombre de plañideras; pero en estos reinos del Perú se les bautizó con el de doloridas o lloronas."
 
Dos poetas españoles, Pedro Calderón de la Barca y Jorge Guillén, se ocuparon del tema. El primero en El viernes santo escribe: "Solo, negado, escarnecido, muerto,/ enclavado en la Cruz, ¡oh Jesús mío!/ la frente inclinas sobre el mundo impío,/ en la cumbre del Gólgota desierto..." Casi al final de Viernes santo, dice Jorge Guillén: "Ha de morir el Hijo./ Tiene que ser el hombre más humano." Para culminar más adelante: "Es viernes hoy con sangre:/ Sangre que a la verdad ya desemboca."
 
Y ya que parece la medida es por pares, hay dos novelas con una óptica muy original que se ocupan de la vida, pasión y muerte de Jesucristo. Una de ellas es El evangelio según el Hijo, de Norman Mailer, narrada en primera persona, lo que algunos han considerado un sacrilegio; y la otra, La última tentación de Cristo, del griego Nikos Kazantzakis, que alcanzó la celebridad del escándalo gracias a la adaptación al cine que hiciera de ella Martin Scorsese en 1988.
 
Estos son unos párrafos de la obra de Mailer: "Me hundieron un clavo largo en cada muñeca, y otro clavo a través de cada pie. No grité. Pero vi que se dividían los cielos. Dentro de mi cráneo fulguró una luz y vi los colores del arco iris. Mi alma estaba luminosa de dolor.
 
Levantaron la cruz del suelo, y fue como si ascendiera más alto y hacia un mayor dolor. Un dolor que viajaba por un espacio tan vasto como los océanos. Me desvanecí. Cuando abrí los ojos, fue para ver a soldados romanos arrodillados sobre el suelo a mis pies. Discutían como dividir mi ropa, para que hubiera un pedazo de tela para cada uno. Pero mi viejo manto no tenía costura, pues era de una sola pieza."
 
Finalmente, concluye ese capítulo 48 -penúltimo de la novela-, de esta manera: "Entonces llegó mi muerte. Y es verdad que llegó antes de que me atravesaran el costado con la lanza. La sangre y el agua se me escaparon por el costado del cuerpo para señalar el fin de la mañana. Vi una luz blanca que brillaba como el fulgor del cielo, pero era lejana. Mi pensamiento postrero fue para la cara de los pobres, que eran hermosos para mí, y mi esperanza de que fuera verdad, como pronto dirían todos mis seguidores, que había muerto por ellos en la cruz."
 
La gran polémica en torno a La última tentación de Cristo resultó un tanto injusta por la exagerada repercusión que tuvieron los intentos de censura en contra de la película. Estos son los párrafos finales: "Sintió dolores atroces en las manos, los pies y el costado izquierdo. Sus ojos recobraron la vista y vio la corona de espinas, la sangre y la cruz. En el sol oscurecido centellearon dos anillos de oro y dos hileras de dientes agudos y blanquísimos. Resonó entonces una risa fresca y burlona, y los anillos y los dientes desaparecieron. Jesús quedó suspendido en el aire, solo.
 
Sacudió la cabeza y de pronto recordó dónde se encontraba, quién era y por qué sufría. Apoderóse de él una alegría salvaje e indomable. No, no, no era cobarde, desertor ni traidor. No; estaba clavado en la cruz, había sido leal hasta el fin y había cumplido la palabra empeñada. Durante segundos, cuando había gritado Eli Eli y se había desvanecido, la Tentación se había apoderado de él y le había extraviado. No eran reales las alegrías, las nupcias ni los niños; no eran reales los viejecitos decrépitos y envilecidos que le habían llamado cobarde, desertor y traidor. ¡No habían sido más que visiones suscitadas por el Maligno!... Sus discípulos estaban vivos y sanos; habían emprendido los caminos de la tierra y del mar y anunciaban la Buena Nueva. ¡Alabado sea Dios, todo ha ocurrido como debía ocurrir!
 
Lanzó un grito triunfal: ¡Todo está consumado!
 
Y era como si dijera: Todo comienza."
 
No se trata, de ninguna manera, de una selección exhaustiva sobre la presencia del viernes santo en la literatura, pero sí creo haber reunido una muestra representativa de diferentes géneros. Todo esto al margen de mis creencias particulares. Sólo tratando de no pasar por alto un día tan significativo en el mundo cristiano.
 
Para leer otros textos que refieren el tema se puede consultar esta etiqueta: Viernes santo.


Jules Etienne



La ilustración corresponde a Lamento de María Magdalena ante el cuerpo de Cristo (1867),
de Arnold Böcklin.

jueves, 17 de abril de 2014

Luna roja: LAS HIJAS DE LA LUNA ROJA. ISABEL, LA REINA, de Ángeles de Irisarri

"... en aquel 22 de abril, Jueves Santo y día de San Sotero y San Cayo, brillaba la luna roja en el firmamen­to."
 
La reina Isabel la Católica nació en jueves santo bajo la luna roja.

(Fragmento del primer capítulo)

La criatura rompió a llorar y, a poco, la telilla cayó en la bacina de las malas aguas. La reina se durmió y no prestó aten­ción a los parabienes de sus damas. Las matronas lavaron a la niña del moco y la sangre que había traído del vientre de su madre, y ya la mostraban a los escribanos que la reconocieron como hija del rey Juan y de la reina Isabel, y levantaron testi­monio de que la nacida tenía todos los miembros femeninos que las mujeres tienen, y ya las parteras le cortaron el cordón umbilical y le fajaron el vientre, y se dispusieron a vestirla con un pañal, una camisita de trenzal blanco y un rico faldón.
 
Venida al mundo la criatura, el escribano rellenó el espa­cio en blanco que había dejado en el pergamino y anotó de su propia mano lo que faltaba para dar fe de la hora exacta del nacimiento: “Dos tercios de hora”.
 
Así quedó escrito que la infanta, que sería bautizada con el nombre de Isabel, el de su señora madre, había nacido el día de Jueves Santo, 22 de abril de 1451, cuatro horas y dos tercios de hora, después de mediodía. Larga vida le dé Dios.
 
A poco, asonaron las campanas de las iglesias de Madri­gal y comarcanas e, luego, conforme corría la buena nueva, las de Medina del Campo, Arévalo, Tordesillas, Olmedo, Vallado­lid, Salamanca y las de Castilla toda.
 
Los notarios remitieron el acta al señor rey, comunicán­dole el nacimiento de su hija. Éste mandó escribir cartas públi­cas, cuantas fueron necesarias, para condes, duques, obispos, alcaides, regidores, veinticuatros, caballeros, escuderos y hom­bres buenos de ciudades y villas.
 
De lo que no quedó referencia, pese a las muchas cartas que se libraron anunciando el venturoso alumbramiento de la reina, fue de que en aquel 22 de abril, Jueves Santo y día de San Sotero y San Cayo, papas, brillaba la luna roja en el firmamen­to, espléndida, desde antes del ocaso hasta rayar el alba.
 
 
Ángeles de Irisarri (España, 1947) 

martes, 15 de abril de 2014

Luna roja: SILENCIO (una fábula), de Edgar Allan Poe

"De pronto, a través del leve velo de la oscura niebla, se levantó la luna. Una luna roja."
 
Las cumbres de la montaña dormitan;
Los valles, los peñascos y las cuevas están en silencio.”
Aloman
 
- Escúchame -dijo el demonio, poniendo su mano sobre mi cabeza-. El país que te digo es una región lúgubre. Se encuentra en Libia, junto a las orillas del Zaire. Allí no existe descanso ni el silencio.
 
Las aguas del río son de un tinte azafranado y lívido. No corren hacia el mar, sino que eternamente se agitan, bajo la pupila roja del sol, con un movimiento convulsivo y tumultuoso. A ambas orillas de este río de fangoso cauce se extiende, en una distancia de muchas millas, un pálido desierto de gigantescos nenúfares. Uno contra otro, se muestran como anhelantes en esta soledad, y dirigen hacia el cielo sus largos cuellos fantasmales. Inclinan, a un lado y otro, sus perennes corolas y de ellos sale un rumor confuso parecido al reflujo de un torrente subterráneo. Inclinándose uno hacia el otro, suspiran; pero se halla una frontera en su imperio, y ésta es una selva densa y oscura.
 
A semejanza de las olas en torno de las islas Hébridas, los árboles están en perpetua agitación, y no sopla viento alguno en el cielo. Los enormes árboles primitivos se balancean continuamente, cediendo con un estrépito impresionante. Desde sus altas copas, llorando gota a gota, se filtra un inacabable rocío. Extrañas flores venenosas se retuercen a sus pies en un perpetuo duermevela. Y sobre sus copos, provocando un suave eco, nubes de plomo se precipitan hacia el oeste, hasta que como una catarata se vierten detrás del muro ardiendo del horizonte. Pero a pesar de ello, repito, no hay fuerte viento, y a ambas orillas del Zaire, no existe el silencio ni la calma.
 
Era de noche y caía la lluvia. Y cuando caía, era lluvia; pero caída ya, parecía sangre.
 
Estaba en medio de la marisma, y cerca de los nenúfares gigantescos, y caía la lluvia sobre mi cabeza, en tanto suspiraban los nenúfares. El cuadro era de una desolación solemne.  De pronto, a través del leve velo de la oscura niebla, se levantó la luna. Una luna roja. Y mis ojos se fijaron entonces en una gran roca gris que se alzaba en la margen del río y a la que aquélla iluminaba. La roca era gris, siniestra, altísima...
 
En ella había unos caracteres grabados. Avancé hacia ella por la larga marisma de nenúfares, hasta que me encontré próximo a la orilla, para poder leer aquellos caracteres grabados en la piedra. Pero no podía descifrarlos. Decidí retroceder, y la luna brilló entonces con un rojo más vivo. Me volví y miré otra vez hacia la roca. Volví a mirar los caracteres. Y finalmente, pude leer esta palabra: DESOLACIÓN.
 
Miré hacia arriba. En lo alto de la roca había un hombre en pie. Para espiar sus acciones, me escondí entre los nenúfares...
 
El hombre era imponente, mayestático, y desde los hombros hasta los pies, vestía la toga de la antigua Roma. Su silueta era indistinta, pero sus rasgos eran los de la divinidad. Porque, a pesar de las sombras de la noche y de la niebla, sus rasgos faciales fulguraban. Su frente era ancha y reflexiva, y los ojos aparecieron nublados por las cavilaciones. En las arrugas de sus mejillas se veían las imágenes del tedio, el cansancio y el disgusto por la humanidad, a la vez que un gran deseo de soledad.
 
Sentado sobre la roca, el hombre apoyó en sus manos la cabeza y paseó su mirada por la desolación que le rodeaba. Contempló los arbustos siempre inquietos, así como los árboles, grandes y primitivos. Miró a lo alto, a las nubes y a la luna roja. Y yo, escondido al amparo de los nenúfares, no perdía ninguno de sus actos, pudiendo apreciar cómo temblaba el hombre en medio de la soledad. Así avanzaba la noche, pero él permanecía sentado sobre la roca.
 
Apartó del cielo su mirada para fijarla sobre el lúgubre Zaire, siguiendo con la vista ojos las aguas amarillas y las legiones pálidas de nenúfares. Parecía escuchar los suspiros de éstos y el murmullo que se alzaba de las aguas. Desde mi escondite seguí observando los movimientos del hombre. Vi cómo continuaba temblando en la soledad. Avanzaba más y más la noche, pero el hombre permanecía sentado sobre la roca.
 
Me abismé en las simas remotas de la marisma, y anduve a través del bosque susurrante de nenúfares. Llamé a los hipopótamos que vivían en aquellas profundidades y las bestias escucharon mi llamado, viniendo hasta la roca, rugiendo, sonora y espantosamente. Todo bajo la luna.
 
Maldije a los elementos. Y una tempestad horrible se formó en el cielo. Allí donde apenas momentos antes corría un soplo de brisa.  El cielo se volvió lívido bajo la violencia de la tempestad, azotaba la lluvia la cabeza del hombre, y se desbordaban las olas del río. Éste, torturado, saltaba rizado en espuma. Y crujían los nenúfares en sus tallos.  El bosque se agitaba al viento. Se derrumbaba el trueno. Centelleaba el relámpago. Y el hombre, amo siempre, temblaba en la soledad, sentado sobre la roca.  Irritado, maldije con la maldición del silencio; maldije al río y los nenúfares, al viento y al bosque, al cielo y al trueno, a los suspiros de los nenúfares...
 
Entonces se tornaron mudos. Y cesó la luna su lenta ruta por el cielo.  El trueno expiró y no centelleó el relámpago. Se quedaron quietas las nubes, descendieron las aguas de sus lecho y los árboles cesaron de agitarse. Ya no suspiraron los nenúfares. No se elevaba el menor rumor, ni la sombra de un sonido, en todo aquel gran desierto sin límites.  Volví a leer los caracteres grabados sobre la roca. Habían cambiado. Ahora decían esta palabra: SILENCIO.
 
Fijé mis ojos en el rostro del hombre. Estaba pálido de miedo. Levantó apresuradamente la cabeza que tenía entre las manos y se incorporó sobre la roca. Aguzó, entonces, los oídos. Pero en todo aquel desierto sin límites no se oyó voz alguna. Y los caracteres grabados sobre la roca seguían diciendo: SILENCIO.  El hombre se estremeció y se volvió de espaldas. Y huyó lejos, muy lejos. Apresuradamente. Y ya no le vi más.

 * * *

Se encuentran bellos cuentos en los libros de magia, en los tétricos libros de los magos, en esos libros que están encuadernados en piel. Digo que hay allí magníficas historias del cielo y de la tierra, así del fiero mar como de los genios que han reinado sobre él; sobre la castigada tierra y acerca del cielo sublime. Hay, asimismo, gran sabiduría en las palabras que han sido dictadas por las sibilas. Y sagradas cosas fueron escuchadas en otro tiempo por las hojas sombrías que temblaban alrededor de Dodona...  Pero, tan cierto como que Alá está vivo, considero a esta fábula, que el demonio me hizo ver cuando se sentó a mi lado en la sombra del sepulcro, como la más maravillosa de todas.
 
Y cuando el demonio hubo concluido de guiarme, se hundió en las profundidades del mismo sepulcro y comenzó a reír.  Yo no pude reír con él, provocando sus maldiciones. Y el búho, que continúa en el sepulcro por toda la eternidad, salió de él, y se puso a los pies del demonio, y le miró a la cara fijamente. 
 

 
Edgar Allan Poe (EUA, 1809-1849)

lunes, 14 de abril de 2014

Luna roja: ALEGRÍA INTERIOR, de José Hierro

"A veces alza en mí su luna roja..."
 
En mí la siento aunque se esconde. Moja
mis oscuros caminos interiores.
Quién sabe cuántos mágicos rumores
sobre el sombrío corazón deshoja.


A veces alza en mí su luna roja
o me reclina sobre extrañas flores.
Dicen que ha muerto, que de sus verdores
el árbol de mi vida se despoja.


Sé que no ha muerto, porque vivo. Tomo,
en el oculto reino en que se esconde,
la espiga de su mano verdadera.


Dirán que he muerto, y yo no muero.¿Cómo
podría ser así, decidme, dónde
podría ella reinar si yo muriera?
 
 
José Hierro (España. 1922-2002)

domingo, 13 de abril de 2014

Luna roja: EL BESO, de Anton Chéjov

 
(Fragmento)

En la otra orilla todo el cielo estaba cubierto de un tinte purpúreo. Empezaba a salir la luna; dos mujeres, hablando en voz alta, caminaban por una huerta y arrancaban hojas de repollo; detrás de las huertas se adivinaban las negras siluetas de algunas isbas… En la orilla por la que él caminaba, todo tenía el mismo aspecto que en el mes de mayo: el sendero, los arbustos, los sauces inclinados sobre las aguas… pero ya no se oía el canto de aquel valeroso ruiseñor ni olía a álamo y a hierba fresca.
 
Al llegar al jardín, Riabóvich se quedó mirando el portón. En el interior todo era oscuridad y silencio… Sólo se veían los blancos troncos de los abedules más próximos y un fragmento de la avenida; todo lo demás se había fundido en una masa negra. Riabóvich aguzó el oído y la vista, pero al cabo de un cuarto de hora, al no escuchar ningún sonido ni vislumbrar ninguna luz, se dio la vuelta…
 
Se acercó al río. La caseta de baño del general y algunas toallas colgadas del pretil del puentecillo destacaban como manchas blancas… Se inclinó sobre el puente y pasó la mano por una toalla áspera y fría. Miró las aguas… El río fluía de prisa, dejando un leve rumor junto a los pilotes de la caseta de baño. Una luna roja se reflejaba en la orilla izquierda; algunas pequeñas olas atravesaban su reflejo, lo estiraban y lo quebraban en pedazos, como si quisieran llevárselo…
 
 
Anton Chéjov (Rusia, 1860-1904) 

viernes, 11 de abril de 2014

Luna roja: EL LOBO, de Hermann Hesse

"Era la luna que, gigantesca y roja como la sangre, salía por el sureste y se alzaba pausadamente en el cielo turbio."
 
Nunca las montañas francesas habían sufrido un invierno tan largo y frío. Desde hacía semanas el aire era diáfano y helado. De día, los grandes glaciares inclinados se extendían infinitos y de un blanco mate bajo el cielo de color azul muy vivo; de noche, la luna, clara y pequeña, pasaba por encima de ellos; una luna gélida, con brillo amarillento, cuya luz intensa adquiría tonos azules y broncos en la nieve, parecía la materialización misma de la helada. Los hombres evitaban todos los caminos, y especialmente las cumbres; ateridos y maldicientes, permanecían en las cabañas de sus aldeas, cuyas ventanas brillaban enrojecidas y luego se extinguían, por la noche, de manera turbia y nebulosa, bajo el reflejo azulado de la luna.
 
Eran tiempos difíciles para los animales de la región. Un gran número entre los más pequeños, había perecido congelado; también las aves sucumbían a la helada, y los magros cadáveres servían de botín a los azores y a los lobos. Pero también éstos pasaban terribles penalidades a causa del frío y el hambre. Sólo unas cuantas familias de lobos habitaban la región y la necesidad los empujó a estrechar sus vínculos. Se pasaron días andando solos. Aquí y allá, uno de ellos avanzaba por la nieve, flaco, hambriento y al acecho, silencioso y esquivo como un fantasma. Su sombra esbelta se deslizaba junto a él por la nevada superficie. Tendía al viento su hocico puntiagudo, husmeando, y dejaba oír de vez en cuando un aullido seco y atormentado. Por la noche se juntaban todos y rodeaban las aldeas con sus roncos aullidos. En ellas, el ganado y las aves de corral se encontraban bien protegidos y, tras los sólidos postigos, había carabinas apoyadas en la pared. Pocas veces obtenían algún pequeño botín, como un perro, pero ya habían sido abatidos dos miembros de la manada.
 
El frío persistía. A menudo, los lobos yacían juntos, silenciosos y ensimismados, dándose calor unos a otros y acechaban ansiosos el yermo sin vida, hasta que alguno de ellos, atormentado por el martirio del hambre, saltaba de pronto con tremendos aullidos. Entonces, los demás volvían hacia él sus hocicos y estallaban todos juntos en un mismo alarido, aterrador y lúgubre.
 
Finalmente, el grupo más pequeño de la manada se decidió a emigrar. Abandonaron sus guaridas de madrugada, llenos de excitación y miedo olfatearon el aire helado. Después partieron con trote rápido y regular. Los que se quedaban los siguieron con los ojos muy abiertos y vidriosos, trotaron tras ellos unos cuantos pasos pero se detuvieron indecisos y desconcertados, lentamente fueron regresando a sus guaridas vacías.
 
Los viajeros se separaron al llegar el mediodía. Tres de ellos se dirigieron al este, rumbo al Jura suizo, los demás continuaron hacia el sur. Aquellos tres eran unos ejamplares hermosos y fuertes, aunque desmedrados. Sus vientres estrechos y de color claro, eran delgados como una correa; las costillas sobresalían de modo lamentable; sus fauces secas, los ojos abiertos y exasperados. Juntos penetraron al Jura, y al segundo día victimaron un carnero; al tercer día, un perro y un potro; pronto se vieron acosados en todas partes por la furiosa población campesina. En la comarca, abundante en aldeas y ciudades pequeñas, cundió el pánico ante la intromisión de aquellos inesperados forasteros. Los trineos del servicio postal fueron armados y nadie podía trasladarse de un pueblo a otro sin fusil. En una región desconocida para ellos, después de un botín tan suculento, los tres animales se sentían confortables y amedrentados a la vez; eso los volvió más temerarios que nunca y penetraron en el establo de una hacienda a plena luz del día. Bramidos de vacas y jadeos de caballos anhelantes colmaron el espacio cálido y angosto. Pero esta vez hubo gente que intervino. Se puso precio a los lobos y esto redobló el valor de los campesinos. Dos de ellos sucumbieron; uno con el cuello atravesado por la bala de un fusil; el otro, abatido a hachazos. El tercero escapó y corrió hasta caer medio muerto en la nieve. Era el más joven y hermoso de los lobos, una bestia orgullosa, de enorme fuerza y formas esbeltas. Permaneció largo tiempo exhausto en el suelo. Círculos de un rojo sangriento flotaban como un remolino ante sus ojos, y de vez en cuando emitía un doloroso gemido sibilante: un hachazo le había alcanzado el lomo. Sin embargo, se recuperó y pudo volver a levantarse. Sólo entonces pudo darse cuenta de lo mucho que se había alejado. No se veían seres humanos ni casas por parte alguna.
 
Muy cerca se alzaba una gran montaña cubierta de nieve. Era el Chasseral. Decidió rodearla. Como la sed le atormentaba arrancó pequeños bocados de la dura costra helada de la superficie. Al otro lado de la montaña se topó enseguida con una aldea. Caía la noche. Esperó en un espeso bosque de abetos. Después se deslizó con precaución alrededor de los vallados, dejándose guiar por el olor a establos calientes.
 
No había nadie en la calle. Con temor y codicia, anduvo merodeando por entre las casas. Sonó un disparo. Levantaba la cabeza y tomaba impulso para echar a correr, cuando estalló un segundo disparo. Le había alcanzado. Su vientre blanquecino aparecía manchado de sangre en uno de los costados y la sangre caía persistente en gruesas gotas. No obstante, consiguió escapar a grandes saltos y alcanzar el bosque del otro lado de la montaña. Allí esperó unos instantes al acecho y oyó voces, levantó los ojos hacia la montaña. Era escarpada, boscosa y de difícil ascenso, pero no tenía otra alternativa. Abajo, una confusión de blasfemias, órdenes y luces de linternas, se extendía por la montaña. El lobo herido, jadeante, se enfilaba tembloroso en la penumbra a través del bosque de abetos, mientras la sangre parduzca goteaba pesada de su flanco.
 
El frío había disminuido. Al oeste, el cielo aparecía nebuloso y anunciaba una nevada. Al fin, el agotado animal llegó a la cumbre. Estaba sobre una gran extensión nevada, que se inclinaba ligeramente, cerca del monte Crosin, muy por encima de la aldea a la que había escapado. No tenía hambre, pero sentía un dolor persistente y sofocado que provenía de la herida. Un ladrido ronco y enfermizo brotaba de su hocico colgante; el corazón le palpitaba de manera pesada y dolorosa, sentía la mano de la muerte oprimiéndole como una carga indecible, difícil de soportar. Le atrajo un abeto de ancho ramaje, separado de los demás. Allí se sentó para dirigar una mirada borrosa a la noche nevada. Transcurrió media hora. Entonces cayó sobre la nieve una luz suave, extraña, de un rojo tenue. El lobo se incorporó con un gemido y volvió la hermosa cabeza hacia la luz. Era la luna que, gigantesca y roja como la sangre, salía por el sureste y se alzaba pausadamente en el cielo turbio. Hacía muchas semanas que no era tan grande y rojiza. Los ojos del animal agonizante se clavaban con tristeza en el opaco disco lunar, y de nuevo un débil aullido resonó como un estertor, sordo y penoso, en la noche.
 
Se aproximaron pasos y luces. Campesinos embutidos en gruesos capotes, cazadores con gorros de piel y pesadas polainas, venían pisando la nieve. Sonaron gritos de júbilo. Habían descubierto al lobo moribundo; dispararon contra él dos tiros, que erraron el blanco. Luego advirtieron que ya estaba muriendo y le cayeron con palos y estacas. Pero él ya no sentía nada.
 
Con los miembros destrozados, lo bajaron arrastrando hasta St. Immer. Reían, se ufanaban, se prometían unos buenos vasos de aguardiente y café, cantaban, renegaban. Ninguno de ellos veía la belleza del bosque nevado, ni el brillo de las cumbres, ni la luna que flotaba roja sobre el Chasseral y cuya tenue luz se reflejaba en los cañones de sus fusiles, en los cristales de la nieve y en los ojos vidriosos del lobo abatido.
  
Hermann Hesse (Alemania, 1877-1962). Obtuvo el premio Nobel en 1946.

jueves, 10 de abril de 2014

Luna roja: CANTO GENERAL, de Pablo Neruda

"... tu corazón sonámbulo que canta bajo las redes rojas de la luna."

XIII
 
Los puertos
 
(Fragmento)

Acapulco, cortado como una piedra azul,
     cuando despierta, el mar amanece en tu puerta
     irisado y bordado como una caracola,
     y entre tus piedras pasan peces como relámpagos
     que palpitan cargados por el fulgor marino.
     Eres la luz completa, sin párpados, el día
     desnudo, balanceado como una flor de arena,
     entre la infinidad extendida del agua
     y la altura encendida con lámparas de arcilla.
     Junto a ti las lagunas me dieron el amor
     de la tarde caliente con bestias y manglares,
     los nidos como nudos en las ramas de donde
     el vuelo de las garzas elevaba la espuma,
     y en el agua escarlata como un crimen hervía
     un pueblo encarcelado de bocas y raíces.
     Topolobampo, apenas trazado en las orillas
     de la dulce y desnuda California marina,
     Mazatlán estrellado, puerto de noche, escucho
     las olas que golpean tu pobreza
     y tus constelaciones, el latido
     de tus apasionados orfeones,
     tu corazón sonámbulo que canta
     bajo las redes rojas de la luna.
 
 
Pablo Neruda: Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto (Chile, 1904-1973).
Obtuvo el premio Nobel en 1971.

domingo, 6 de abril de 2014

Páginas ajenas: ABRIL ES ELLA QUIEN HABLA POR TUS LABIOS, de Homero Aridjis


Abril es ella quien habla por tus labios
como un joven sonido desnudo por el aire

En la noche ha volado con tu vuelo más alto
con risa de muchacha
como el fuego nocturno de los frutos del viento
donde vibran los pájaros

Manzana del amor
su voz bajo la lluvia es un pescado rojo

Embarcada en sus cuencos con los ojos absortos
es la virgen gaviota que ha bebido del mar
en el agua su sol mariposa de luz
 
 
Homero Aridjis (México, 1940)

martes, 1 de abril de 2014

Páginas ajenas: VIDA ENTREVISTA, de Octavio Paz

 
Relámpagos o peces
en la noche del mar
y pájaros, relámpagos
en la noche del bosque.

 Los huesos son relámpagos
en la noche del cuerpo.
Oh mundo, todo es noche
y la vida es relámpago.
 
 
1944
 
 
Octavio Paz (México, 1914-1998). Obtuvo el premio Nobel en 1990.

martes, 11 de marzo de 2014

Carnaval: CÓMO ME HICE MONJA, de César Aira


(Fragmento del capítulo 9)
 
Una de las fantasías más arraigadas en Arturito era la de las fiestas de disfraz, grandes mascaradas que daba para sus innumerables amistades todos los años, para Carnaval. Sonaba como un disparate, pero hablaba de ellas con la más inquebrantable certeza, y era inagotable en anécdotas de sus fiestas de carnavales anteriores. Mamá y yo habíamos ido a vivir al inquilinato poco después del Carnaval (muy poco después), y faltaba bastante para el próximo, así que yo no tenía forma de saber si esos relatos tenían algún asidero o no. Para Arturito una fiesta de disfraces era un sine qua non de la vida. Él mismo parecía siempre disfrazado, con sus trajecitos. Aunque apenas apuntaba la primavera, ya estaba pensando su disfraz para la fiesta que daría en el próximo carnaval, a la que yo estaba invitada desde ya... si es que me dignaba a asistir, si le hacía el honor, si condescendía a divertirme un rato con esas frivolidades tan por debajo de mi nivel...


César Aira (Argentina, 1949) 

domingo, 9 de marzo de 2014

Carnaval: ABRIL ROJO, de Santiago Roncagliolo

"... afirmando que a las doce horas sorprendió abandonando el pajar a la joven Teófila Centeno de Páucar."

(Fragmento inicial)

Jueves 9 de marzo

Con fecha miércoles 8 de marzo de 2000, en circunstancias en que transitaba por las inmediaciones de su domicilio en la localidad de Quinua, Justino Mayta Carazo (31) encontró un cadáver.
 
Según ha manifestado ante las autoridades competentes, el declarante llevaba tres días en el carnaval del referido asentamiento, donde había participado en el baile del pueblo. Debido a esa contingencia, afirma no recordar dónde se hallaba la noche anterior ni ninguna de las dos precedentes, en las que refirió haber libado grandes cantidades de bebidas espirituosas. Esa versión no ha podido ser ratificada por ninguno de los 1,576 vecinos del pueblo, que dan fe de haberse encontrado asimismo en el referido estado etílico durante las anteriores 72 horas con ocasión de dicha festividad.
 
Durante el amanecer del 8, el susodicho Justino Mayta Carazo (31) declara haberse apersonado a la plaza del pueblo conjuntamente con Manuelcha Pachas Ispijuy (28) y Deolindo Páucar Quispe (32), quienes no lo han podido corroborar. A continuación, según manifiesta el declarante, tomó conciencia de sus obligaciones laborales para con la bodega Mi Perú en la que cumple funciones de vendedor. Se levantó y se dirigió al citado emplazamiento, con el inconveniente de que a mitad de camino fue víctima de un repentino ataque de agotamiento y volvió a su domicilio a gozar de un merecido reposo.
 
Antes de llegar a su puerta, el ataque se agravó, ingresando el susodicho en el domicilio de su vecino Nemesio Limanta Huamán (41) para descansar antes de retomar los quince metros faltantes hasta la puerta de su domicilio. Según afirma, al ingresar al inmueble, no notó nada sospechoso ni encontró a nadie y se dirigió a través del patio directamente al pajar, donde se recostó. Manifiesta haber pasado ahí las siguientes seis horas solo. Nemesio Limanta Huamán (41) ha refutado su versión afirmando que a las doce horas sorprendió abandonando el pajar a la joven Teófila Centeno de Páucar (23), esposa de Deolindo Pácuar Quispe (32) y dotada, según testigos, de unas considerables postrimerías y un apetito carnal muy despierto, lo cual ha sido prácticamente desmentido tanto por su cónyuge como por el susodicho declarante Justino Mayta Carazo (31).
 
Una hora después, a las trece horas, en circunstancias en que estiraba los brazos para despertarse, el declarante manifiesta haber tocado un cuerpo áspero y rígido oculto a medias entre la paja. En la creencia de que podría tratarse de una caja de dinero oculta propiedad del propietario del inmueble, el declarante decidió proceder a su exhumación. La Fiscalía Distrital Adjunta ha procedido oportunamente a amonestar al declarante por sus manifiestas malas intenciones, a lo que Justino Mayta Carazo (31) ha respondido con muestras de genuino arrepentimiento declarando que procedería a confesarse con el sacerdote Julián González Casquignán (65), párroco de la citada localidad.
 
Aproximadamente a las trece horas con diez minutos, el susodicho declarante consideró que el objeto era demasiado grande para constituir una caja, asemejando más bien un tronco quemado, negro y pegajoso. Procedió a retirar las últimas briznas de paja que lo cubrían, encontrando una superficie irregular perforada por diversos agujeros. Descubrió, según refiere, que uno de esos agujeros constituía una boca llena de dientes negros, y que en la prolongación del cuerpo quedaban aún retazos de la tela de una camisa, igualmente calcinada y confundida con la piel y las cenizas de un cuerpo deformado por el fuego.
 
Aproximadamente a las trece horas con quince minutos, los gritos de terror de Justino Mayta Carazo (31) despertaron a los otros 1,575 vecinos de la localidad.
 
Y para que así conste en acta, lo firma, a 9 de marzo de 2000, en la provincia de Huamanga,

Félix Chacaltana Saldívar
Fiscal Distrital Adjunto

Santiago Roncagliolo (Perú, 1975) 

La lectura de las primeras páginas de la novela Abril Rojo
es posible en el sitio de Editorial Alfaguara (buscar en la columna a la izquierda):

sábado, 8 de marzo de 2014

Sucedió en cuaresma: ABRIL ROJO, de Santiago Roncagliolo


Esta obra de Santiago Roncagliolo, escritor peruano radicado en España, corresponde al género de la novela negra y acontece precisamente durante el período de la cuaresma que estamos viviendo. Comienza cuando el carnaval está terminando para dar paso al miércoles de ceniza y culmina durante la semana santa. Abril rojo recibió el premio Alfaguara en 2006.

La narración nos introduce en el primero de los crímenes cometidos con el inconfundible lenguaje de la burocracia judicial, como un informe del fiscal Félix Chacaltana -quien será el protagonista de la historia-, y que es posible leer en otra de las entradas en este mismo blog.

Recurriendo a los elementos más característicos del género, el texto presenta varias innovaciones. Por ejemplo, el personaje no es ya un detective sino un fiscal adjunto, es decir, un hombre que forma parte del sistema y que en determinado momento recibe como respuesta: "En este país no hay terrorismo, por orden superior". Chacaltana que parece un hombre sumiso a los dictados del aparato político (Abrió la boca y dijo con toda la convicción de la que fue capaz: "Sí, señor") decide proseguir por su propia cuenta la investigación de un caso oficialmente cerrado para descubrir la verdad. Y es en este punto donde radica, en esencia, su naturaleza genérica.

También recurre al humor negro, como el lenguaje empleado para redactar los informes del protagonista: "... para incrementar la colaboración del detenido, se le practicó una técnica de investigación consistente en atar sus manos a la espalda y dejarlo colgar suspendido del techo por las muñecas, hasta que el dolor le permita proceder a confesar sus actos delictivos."

La lucha entre la milicia y los terroristas de Sendero Luminoso es el tema que le permite a Roncagliolo elaborar su propia lectura de la realidad peruana a través de una intriga que trasciende las fronteras del mero policíaco. La acción tiene lugar en la provincia de Huamanga, donde se encuentra ubicada la ciudad de Ayacucho -cuyo carnaval es una tradición autóctona, considerado "patrimonio de la nación", y su celebración de la semana santa es una de las más notables en el mundo cristiano-. Por cierto, su nombre en lengua quechua significa "morada del alma" o "rincón de los muertos", lo cual no dejaría de encerrar un cierto simbolismo implícito respecto al tema que aborda.

 
Santiago Roncagliolo (Perú, 1975)

La ilustración corresponde a una fotografía del carnaval de Ayacucho.

jueves, 6 de marzo de 2014

Carnaval: RESTOS DEL CARNAVAL, de Clarice Lispector

"... la calle tan extremadamente vacía que sigue al carnaval."
 
(Fragmento)

No, no del último carnaval. Pero éste, no sé por qué, me transportó a mi infancia y a los miércoles de ceniza en las calles muertas donde revoloteaban despojos de serpentinas y confeti. Una que otra beata, la cabeza cubierta por un velo, iba a la iglesia atravesando la calle tan extremadamente vacía que sigue al carnaval. Hasta que llegase el próximo año. Y cuando se acercaba la fiesta, ¿cómo explicar la agitación íntima que me invadía? Como si al fin el mundo, de capullo que era, se abriese en gran rosa escarlata. Como si las calles y las plazas de Recife explicasen al fin para qué las habían construido. Como si voces humanas cantasen al fin la capacidad de placer que se mantenía secreta en mí. El carnaval era mío, mío.
 
Clarice Lispector (Escritora brasileña nacida en Ucrania, 1920-1977)

miércoles, 5 de marzo de 2014

La cruz de ceniza en la frente de los Buendía



Hoy es miércoles de ceniza. El mismo día en que los hijos del coronel Aureliano Buendía quedarían marcados para siempre en Cien años de soledad.

El miércoles de ceniza, antes de que volvieran a dispersarse en el litoral, Amaranta consiguió que se pusieran ropas dominicales y la acompañaran a la iglesia. Más divertidos que piadosos, se dejaron conducir hasta el comulgatorio donde el padre Antonio Isabel les puso en la frente la cruz de ceniza.

Se trataba de una cruz indeleble que no iba a ser posible lavar ni borrar a pesar de  la mágica herbolaria de Macondo.

En febrero, cuando volvieron los dieciséis hijos del coronel Aureliano Buendía, todavía marcados con la cruz de ceniza, Aureliano Triste les habló de Rebeca en el fragor de la parranda, y en medio día restauraron la apariencia de la casa, cambiaron puertas y ventanas, pintaron la fachada de colores alegres, apuntalaron las paredes y vaciaron cemento nuevo en el piso, pero no obtuvieron autorización para continuar las reformas en el interior. Rebeca ni siquiera se asomó a la puerta.

Después de que "el rechoncho y sonriente míster Herbert" descubriera las bondades de los plátanos de la región, la avalancha humana que los invade se volverá incontenible:

Otros dos hijos del coronel Aureliano Buendía, con su cruz de ceniza en la frente, llegaron arrastrados por aquel eructo volcánico, y justificaron su determinación con una frase que tal vez explicaba las razones de todos.
-Nosotros venimos -dijeron- porque todo el mundo viene.

En un principio, aquellas cruces que portaban en su frente los hermanos Buendía, causaban el efecto de motivar cierta reverencia:

Remedios, la bella, y, sus espantadas amigas, lograron refugiarse en una casa próxima cuando estaban a punto de ser asaltadas por un tropel de machos feroces. Poco después fueron rescatadas por los cuatro Aurelianos, cuyas cruces de ceniza infundían un respeto sagrado, como si fueran una marca de casta, un sello de invulnerabilidad.

La ceniza que, de acuerdo con los cánones de la fe, simboliza la naturaleza transitoria de la  condición humana, y queda establecida desde el Génesis: Memento, homo, quia pulvis es et in pulverum reverteris (Hombre, recuerda que polvo eres y al polvo volverás), comienza a cumplirse como si fuese una maldición que pesara sobre los Buendía, al suscitarse una enconada cacería anónima con puntual fatalidad:

Aquella noche de muerte, mientras la casa se preparaba para velar los cuatro cadáveres, Fernanda recorrió el pueblo como una loca buscando a Aureliano Segundo, a quien Petra Cotes encerró en un ropero creyendo que la consigna de exterminio incluía a todo el que llevara el nombre del coronel. No le dejó salir hasta el cuarto día, cuando los telegramas recibidos de distintos lugares del litoral permitieron comprender que la saña del enemigo invisible estaba dirigida solamente contra los hermanos marcados con cruces de ceniza.

Uno de los hermanos llevaba por nombre Aureliano Amador: "Lo recordaban muy bien por el contraste de su piel oscura con los grandes ojos verdes." Ejercía el oficio de carpintero "y vivía en un pueblo perdido en las estribaciones de la sierra", por lo que no resultaba tan sencilla la tarea de encontrarlo para advertirle lo que estaba aconteciendo.

Después de esperar dos semanas el telegrama de su muerte, Aureliano Segundo le mandó un emisario para prevenirlo, pensando que ignoraba la amenaza que pesaba sobre él. El emisario regresó con la noticia de que Aureliano Amador estaba a salvo. La noche del exterminio habían ido a buscarlo dos hombres a su casa, y habían descargado sus revólveres contra él, pero no le habían acertado a la cruz de ceniza.

Finalmente, como era de esperarse, el coronel culparía de aquella desgracia al cura Antonio Isabel, señalándolo como el responsable de haber estigmatizado a su descendencia con ese marchamo inocultable:

Llegó hasta denunciar la complicidad del padre Antonio Isabel, por haber marcado a sus hijos con ceniza indeleble para que fueran identificados por sus enemigos. El decrépito sacerdote que ya no hilvanaba muy bien las ideas y empezaba a espantar a los feligreses con las disparatadas interpretaciones que intentaba en el púlpito, apareció una tarde en la casa con el tazón donde preparaba las cenizas del miércoles, y trató de ungir con ellas a toda la familia para demostrar que se quitaban con agua. Pero el espanto de la desgracia había calado tan hondo, que ni la misma Fernanda se prestó al experimento, y nunca más se vio un Buendía arrodillado en el comulgatorio el miércoles de ceniza.

De manera que quienes acostumbran a cumplir con este antiguo ritual religioso, podrán estar seguros de que nunca se van a topar con algún descendiente de Aureliano Buendía en la misma iglesia.


Jules Etienne

martes, 4 de marzo de 2014

Páginas ajenas: LA REINA, de José Emilio Pacheco


(Fragmento)

Con grandes dificultades llegó a la esquina elegida. El calor y el estruendo informe, la promiscua contigüidad de tanto extraños le provocaban un malestar confuso. Entre aplausos apareció la descubierta de charros y chinas poblanas. Bajo gritos y música desfiló la comparsa inicial: los jotos vestido de pavos reales. Siguieron mulatos disfrazados de vikingos, guerreros aztecas cubiertos de serpentinas, estibadores con bikinis y penachos de rumbera.

Desfilaron cavernarios, kukluxklanes, la corte de Luis XV con sus blancas pelucas entalcadas y sus falsos lunares, Blanca Nieves y los Siete Enanos (Adelina sentía que la empujaban y la manoseaban), Barbazul en plena tortura y asesinatode sus mujeres, Maximiliano y Carlota en Chapultepec, pieles rojas, caníbales teñidos de betún y adornados con huesos humanos (la transpiración humedecía su espalda), Romeo y Julieta en el balcón de Verona, Hitler y sus mariscales llenos de suásticas, gigantes y cabezudos, James Dean al frente de sus rebeldes sin causa, Pierrot, Arlequín y Colombina, doce Elvis Presley que trataban de cantar en inglés y moverse como él. (Adelina cerró los ojos ante el brillo del sol y el caos de épocas, personajes, historias.)

Empezaron los carros alegóricos, unos tirados por tractores, otros improvisados sobre camiones de redilas: el de la Cervecería Moctezuma, Miss México, Miss California, notablemente aterrada por lo que veía como un desfile salvaje, las Orquídeas del Cine Nacional, el Campamento Gitano -niñas  que lloriqueaban por el calor, el miedo de caerse y la forzada inmovilidad-, el Idilio de los Volcanes según el calendario de Helguera, la Conquista de México, las Mil y una Noches, pesadilla de cartón, lentejuelas y trapos.

La sobresaltaron un aliento húmedo de tequila y una caricia envolvente: -Véngase, mamasota, que aquí está su rey-. Adelina, enfurecida, volvió la cabeza. Pero ¿hacia quién, cómo descubrir al culpable entre la multitud burlona o entusiasmada? Los carros alegóricos seguían desfilando: Los Piratas en la Isla del Tesoro, Sangre Jarocha, Guadalupe la Chinaca, Raza de Bronce, Cielito Lindo, la Adelita, la Valentina y Pancho Villa, los Buzos en el país de las sirenas, los astronautas y los extraterrestres.

Desde un inesperado balcón las Osorio, muertas de risa, se hicieron escuchar entre las músicas y gritos del carnaval: -Gorda, gorda: sube. ¿Qué andas haciendo allí abajo, revuelta con la plebe y los chilangos? La gente decente de Veracruz no se mezcla con los fuereños, mucho menos en carnaval.

Todo el mundo pareció descubrirla, observarla, repudiarla. Adelina tragó saliva, apretó los labios: Primero muerta que dirigirles la palabra a las Osorio. Por fin, el carro de la reina y sus princesas. Leticia Primera en su trono bajo las espadas cruzadas de los cadetes. Alberto junto a ella muy próximo. Leticia toda rubores, toda sonrisitas, entre los bucles artificiales que sostenían la corona de hojalata. Leticia saludando en todas direcciones, enviando besos al aire.

- Cómo puede cambiar la gente cuando está bien maquillada -se dijo Adelina. El sol arrancaba destellos a la bisutería del cetro, la corona, el vestido. Atronaban aplausos y gritos de admiración. Leticia Primera recibía feliz la gloria que iba a durar unas cuantas horas, en un trono destinado a amanecer en un bausrero. Sin embargo Leticia era la reina y estaba cinco metros por encima de quien la miraba con odio.


José Emilio Pacheco (México, 1939)

sábado, 1 de marzo de 2014

Carnaval: OPINIONES DE UN PAYASO, de Heinrich Böll

 
(Fragmento)

Hacía frío fuera, un anochecer de marzo. Me subí el cuello de la chaqueta, me puse el sombrero, palpé en el bolsillo mi último cigarrillo. Me acordé de la botella de coñac, hubiera sido decorativa, pero un antídoto para la generosidad: era una marca cara y el corcho era característico. Con el almohadón bajo el brazo izquierdo y la guitarra bajo el derecho, me encaminé una vez más a la estación. Noté los primeros indicios de que estábamos en el momento del año que aquí llaman "de los locos". Un joven borracho y disfrazado de Fidel Castro quiso empujarme, pero le esquivé. En la escalera de la estación aguardaba un grupo de toreros y de mujeres con mantilla. Había olvidado que estábamos en carnaval. Tanto mejor. Un profesional pasa inadvertido entre aficionados.
 
 
Heinrich Böll (Alemania, 1917-1985). Recibió el premio Nobel en 1972.

viernes, 28 de febrero de 2014

Los carnavales de Macondo


En Macondo también se celebra el carnaval. En Cien años de soledad el festejo adquiere tal importancia que incluso Remedios, la bella, fue designada reina, en tanto que Aureliano Segundo se disfrazó de tigre:

Úrsula, por su parte, le agradecía a Dios que hubiera premiado a la familia con una criatura de una pureza excepcional, pero al mismo tiempo la conturbaba su hermosura, porque le parecía una virtud contradictoria, una trampa diabólica en el centro de la candidez. Fue por eso que decidió apartarla del mundo, preservarla de toda tentación terrenal, sin saber que Remedios, la bella, ya desde el vientre de su madre, estaba a salvo de cualquier contagio. Nunca le pasó por la cabeza la idea de que la eligieran reina de la belleza en el pandemónium de un carnaval. Pero Aureliano Segundo, embullado con la ventolera de disfrazarse de tigre, llevó al padre Antonio Isabel a la casa para que convenciera a Úrsula de que el carnaval no era una fiesta pagana, como ella decía, sino una tradición católica. Finalmente convencida, aunque a regañadientes, dio el consentimiento para la coronación.

La noticia de que Remedios Buendía iba a ser la soberana del festival, rebasó en pocas horas los límites de la ciénaga, llegó hasta lejanos territorios donde se ignoraba el inmenso prestigio de su belleza, y suscitó la inquietud de quienes todavía consideraban su apellido como un símbolo de la subversión. Era una inquietud infundada. Si alguien resultaba inofensivo en aquel tiempo, era el envejecido y desencantado coronel Aureliano Buendía, que poco a poco había ido perdiendo todo contacto con la realidad de la nación.

Como si la hermosura de Remedios Buendía no fuera suficiente, una comparsa con otra reina llegó por el camino de la ciénaga provocando el asombro de los habitantes de Macondo y que Aureliano Segundo sucumbiera de inmediato ante tal belleza.
 
De modo que la inquietud causada por la reaparición pública de su apellido, a propósito del reinado de Remedios, la bella, carecía de fundamento real. Muchos, sin embargo, no lo creyeron así. Inocente de la tragedia que lo amenazaba, el pueblo se desbordó en la plaza pública, en una bulliciosa explosión de alegría. El carnaval había alcanzado su más alto nivel de locura, Aureliano Segundo había satisfecho por fin su sueño de disfrazarse de tigre y andaba feliz entre la muchedumbre desaforada, ronco de tanto roncar, cuando apareció por el camino de la ciénaga una comparsa multitudinaria llevando en andas doradas a la mujer más fascinante que hubiera podido concebir la imaginación. Por un momento, los pacíficos habitantes de Macondo se quitaron las máscaras para ver mejor la deslumbrante criatura con corona de esmeraldas y capa de armiño, que parecía investida de una autoridad legítima, y no simplemente de una soberanía de lentejuelas y papel crespón. No faltó quien tuviera la suficiente clarividencia para sospechar que se trataba de una provocación. Pero Aureliano Segundo se sobrepuso de inmediato a la perplejidad, declaró huéspedes de honor a los recién llegados, y sentó salomónicamente a Remedios, la bella, y a la reina intrusa en el mismo pedestal. Hasta la medianoche, los forasteros disfrazados de beduinos participaron del delirio y hasta lo enriquecieron con una pirotecnia suntuosa y unas virtudes acrobáticas que hicieron pensar en las artes de los gitanos. De pronto, en el paroxismo de la fiesta, alguien rompió el delicado equilibrio.
 
A algún imprudente se le ocurre mezclar la política con la exaltada euforia carnavalesca y la consecuencia es una masacre. Aureliano Segundo rescata a Fernanda del Carpio para al poco tiempo casarse con ella:
 
Cuando se restableció la calma, no quedaba en el pueblo uno solo de los falsos beduinos, y quedaron tendidos en la plaza, entre muertos y heridos, nueve payasos, cuatro colombinas, diecisiete reyes de baraja, un diablo, tres músicos, dos Pares de Francia y tres emperatrices japonesas. En la confusión del pánico, José Arcadio Segundo logró poner a salvo a Remedios, la bella, y Aureliano Segundo llevó en brazos a la casa a la soberana intrusa, con el traje desgarrado y la capa de armiño embarrada de sangre. Se llamaba Fernanda del Carpio. La habían seleccionado como la más hermosa entre las cinco mil mujeres más hermosas del país, y la habían llevado a Macondo con la promesa de nombrarla reina de Madagascar. Úrsula se ocupó de ella como si fuera una hija. El pueblo, en lugar de poner en duda su inocencia, se compadeció de su candidez. Seis meses después de la masacre, cuando se restablecieron los heridos y se marchitaron las últimas flores en la fosa común, Aureliano Segundo fue a buscarla a la distante ciudad donde vivía con su padre, y se casó con ella en Macondo, en una fragorosa parranda de veinte días.
 
También en El otoño del patriarca se menciona a una reina del carnaval, cuya belleza causa gran impacto en uno de los personajes:
   
Patricio Aragonés le contestó que no mi general, que la vaina es peor, que el sábado había coronado a una reina de carnaval y había bailado con ella el primer vals y ahora no encontraba la puerta para salir de aquel recuerdo, porque era la mujer más hermosa de la tierra, de las que no se hicieron para uno mi general, si usted la viera, pero él replicó con un suspiro de alivio que qué carajo, ésas son vainas que le suceden a los hombres cuando están estreñidos de mujer, le propuso secuestrársela como hizo con tantas mujeres retrecheras que habían sido sus concubinas...
 
En Del amor y otros demonios hay un pasaje de la novela que se desarrolla durante el carnaval:
 
Lo había encontrado por casualidad en una corraleja de ferias peleándose a manos limpias, casi desnudo y sin ninguna protección, contra un toro de lidia. Era tan hermoso y temerario que no pudo olvidarlo. Días después volvió a verlo en una cumbiamba de carnaval a la que ella asistía disfrazada de pordiosera con antifaz, y rodeada por sus esclavas vestidas de marquesas con gargantillas y pulseras y zarcillos de oro y piedras preciosas. Judas estaba en el centro de un círculo de curiosos, bailando con la que le pagara, y habían tenido que poner orden para calmar las ansias de las pretendientas. Bernarda le preguntó cuánto costaba. Judas le contestó bailando: «Medio real».
Bernarda se quitó el antifaz.
«Lo que te pregunto es cuánto cuestas de por vida», le dijo.

Por último y para no extenderme demasiado, El amor en los tiempos del cólera: "Sin embargo, en medio de tantos recuerdos enternecedores, no lograba sortear el de una pajarita desamparada cuyo nombre no conoció y con la que apenas alcanzó a vivir media noche frenética, pero que había bastado para amargarle por el resto de la vida los desórdenes inocentes del carnaval." De esa dimensión resulta la experiencia que vive Florentino Ariza durante una noche de carnaval.

Le había llamado la atención en el tranvía por la impavidez con que viajaba en medio del escándalo de la parranda pública. No debía tener más de veinte años, y no parecía con ánimos de carnaval, a no ser que estuviera disfrazada de inválida: tenía el cabello muy claro, largo y liso, suelto al natural sobre los hombros, y una túnica de lienzo ordinario sin ningún adorno. Era ajena por completo al revoltijo de músicas por las calles, los puñados de polvos de arroz, los chorros de anilina que les tiraban a los pasajeros al paso del tranvía, cuyas mulas iban blancas de almidón y con sombreros de flores durante aquellos tres días de locura. Aprovechándose de la confusión, Florentino Ariza la invitó a tomar un helado porque no pensó que diera para más. Ella lo miró sin sorpresa. Dijo: "Acepto con mucho gusto, pero le advierto que estoy loca". Él se rió de la ocurrencia, y la llevó a ver el desfile de carrozas desde el balcón de la heladería. Luego se puso un capuchón alquilado, y ambos se metieron en la ronda de bailes de la Plaza de la Aduana, y gozaron como novios acabados de nacer, pues la indiferencia de ella se fue hasta el extremo contrario con el fragor de la noche: bailaba como una profesional, y era imaginativa y audaz para la parranda, y de un encanto arrasador.

- No sabes la vaina en que te has metido conmigo -gritaba muerta de risa en la fiebre del carnaval-. Soy una loca de manicomio.

Siempre se ha dicho que Aracataca, lugar de nacimiento de García Márquez, inspiró la creación de Macondo. Un lugar cercano, en la costa colombiana, se llama Ciénaga, a la que tantas veces menciona. La ciudad de Barranquilla queda a menos de cien kilómetros de distancia, y su carnaval fue denominado por la Unesco como patrimonio de la humanidad en el año 2003. No es ninguna sorpresa, entonces, la abundancia de alusiones al carnaval en sus novelas, y en algunos casos adquiere importancia dramática en el discurrir de la trama. Las referencias incluidas en el presente texto no pretenden ser, de ninguna manera, exhaustivas, en cambio me parece que podrían destacar entre las más significativas.


Jules Etienne