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Vancouver, English Bay, luz de agosto.

sábado, 8 de agosto de 2015

Venecia: LIMONES AMARGOS, de Lawrence Durrell

"Venecia al alba, vista desde el puente del barco que me llevará hasta Chipre..."

Rumbo a un desprendimiento de tierras en el este
 
(Primeros párrafos)

Los viajes, como los artistas, nacen, no se hacen. Contribuyen a ellos un millar de distintas circunstancias, muy pocas de las cuales han sido deseadas o determinadas por la voluntad... a pesar de lo que podamos pensar al respecto. Surgen en forma espontánea de las exigencias de nuestra naturaleza, y los mejores nos conducen, no sólo hacia afuera, hacia el espacio, sino también hacia adentro. Los viajes pueden ser una de las formas más compensatorias de la introspección...
 
Estos pensamientos nacen en Venecia al alba, vista desde el puente del barco que me llevará hasta Chipre por entre las islas; una Venecia quebrada en mil reflejos del agua, fresca como una jalea. Era como si algún gran maestro enloquecido hubiese arrojado su caja de colores contra el cielo para cegar el ojo interno del mundo. Nubes y agua se mezclaban chorreando colores, fundiéndose, superponiéndose, licuándose, con agujas y techos y balcones flotando en el espacio, como los fragmentos de alguna vidriera de colores vistos a través de una docena de velos de papel de arroz. Fragmentos de historia rozados por los colores del vino, el alquitrán, la tierra ocre, el ópalo de fuego y el cereal maduro. Y el todo lavado a la vez en los bordes, con suavidad, para confundirse con el cielo del alba, tan tenue y circunspecta, azul como un huevo de paloma.
 
Lo retuve todo en el espíritu, con suavidad, como una pintura abstracta, acunándolo en mis pensamientos: todo el campamento de catedrales y palacios, sobre el nítido fondo del rostro de Stendhal, sentado para siempre en una silla de duro respaldo, en Florian, bebiendo sorbitos de vino; o sobre el de un Corvo, que revolotea como algún gigantesco murciélago sobre estas callejas hechizadas por la luz...
 
Las palomas invaden los campamentos. Oigo sus alas, al otro lado del agua, como el susurro de abanicos en un gran salón de baile de verano. También palpita el vaporetto del Gran Canal, con dulzura, como un pulso humano, vacilando y renovándose luego de cada vacilación que señala la etapa de un desembarco. Los palacios de vidrio de los Dogos son machacados en un mortero de cristal, filtrados a través de un prisma. En Chipre, Venecia nunca estará lejos de mí, porque el león de San Marcos sigue atravesando el aire húmedo de Famagusta, de Kirenia.

 
Lawrence Durrell (Inglés nacido en India y fallecido en Francia, 1912-1990)
 
(Traducido al español por Floreal Mazía)  

domingo, 2 de agosto de 2015

Venecia: LA PEQUEÑA DORRIT, de Charles Dickens

"... nunca hubiera imaginado que pudiera existir una ciudad donde el agua fuera el pavimento de la calle."

(Fragmento del capítulo IX, el viaje a Venecia)

Después de recorrer varias ciudades, visitando en ellas cuantas maravillas eran dignas de verse, la familia Dorrit llegó al fin a Venecia y, como se proponían pasar algún tiempo en aquella ciudad, el señor Dorrit alquiló un inmenso palacio a orillas del Gran Canal. Ese fue el sueño más maravilloso para Amy, que nunca hubiera imaginado que pudiera existir una ciudad donde el agua fuera el pavimento de la calle.

* * *
«Querido señor Clennam: »
 
Le escribo en mi dormitorio, en Venecia, pensando que le agradará recibir noticias mías; con todo, sé muy bien que no puede experimentar tanto placer al recibir mi carta como lo experimento yo al escribírsela, pues no debe echar nada de menos... si no es mi ausencia, lo que sólo notará algún que otro momento, mientras que mi vida ha variado de tal forma, y encuentro a faltar tantas cosas...
 
 
Charles Dickens (Inglaterra, 1812-1870)

martes, 28 de julio de 2015

Venecia: LA MANO DEL MUERTO, de Alexandre Dumas

"... al puerto, en cuyas argollas estaban amarradas centenares de góndolas de todos los tamaños."
 
(Fragmento inicial del capítulo XXXIV)
 
Venecia

A principios del año 1814 hallábase en Venecia un joven francés, que sin pertenecer a la clase distinguida y elevada de París, era hijo de una buena familia y poseía una educación esmerada, que le daba una distinguida posición social. Este joven se llamaba Maximiliano Morrel. Estaba casado con la hija de un antiguo magistrado francés, descendiente por línea materna de la ilustre familia de los marqueses de Saint-Meran.
 
Maximiliano y Valentina, casados recién hace dos años y medio, vivían en perfecta armonía. Valentina aún no tenía hijo alguno. Maximiliano no tendría mas de veintinueve años y Valentina no más de dieciocho.
 
Habiendo vivido siempre en Francia, tenían ahora el vivo deseo de ver y examinar otras sociedades, otras costumbres. Venecia fue su primer punto.
 
En la hora en que el sol reflejaba sobre la antigua catedral sus últimos rayos, descendiendo raudo y ocultándose tras las montañas del Tirol, Maximiliano y Valentina atravesaban la Piazza a lo largo del antiguo Poroglio se encaminaban al puerto, en cuyas argollas estaban amarradas centenares de góndolas de todos los tamaños.
 
- Querida -dijo Maximiliano- las noches tranquilas y dulces invitan a gozar de la frescura de los canales, donde la luna parece mirarse con cariñoso misterio.
 
- Embarquémonos, Maximiliano -respondió Valentina, apretando dulcemente el brazo de su esposo y mirando al mismo tiempo con recelo a un hombre embozado en una capa y con el rostro oculto por las alas de su enorme sombrero.
 
Valentina marchó silenciosa al lado de Maximiliano en la dirección de las escaleras; pero su mirada inquieta parecía examinar todavía a aquel hombre extraño que no estaba lejos. En efecto, a pequeña distancia se veía una figura triste y pensativa que seguía también con los ojos los movimientos de los esposos.
 
- ¿Tu góndola está pronta, Giacomo? -le preguntó Maximiliano sonriéndose.
 
- Sí, excelencia, y tendré a gran honra recibiros en ella.
 
Abordaron la góndola y se sentaron; después, cuando el gondolero, manejando el remo con destreza, impelía la barca que pasaba por el muelle, Valentina volvió la cabeza y dirigió una mirada todavía inquieta a la Piazza.
 
Luego que la góndola se alejó del muelle, deslizándose blandamente a lo largo del gran canal, el hombre que los observaba se adelantó con precipitación hacia el muelle y dando un pequeño grito parecido al de una ave nocturna, esperó con impaciencia a alguien que le respondió del mismo modo.
 
 
Alexandre Dumas (Francia, 1802-1870)

lunes, 27 de julio de 2015

Venecia: BOMARZO, de Manuel Mujica Láinez

"Venecia se delineó frente a mí, líquida, aérea, transparente..."

(Fragmento del capítulo VI: El retrato de Lorenzo Lotto)

... quien no ha visto a Venecia en el siglo XVI no puede jactarse de haberla visto. Comparada con aquella vasta composición cuidada e impetuosa de Tintoretto o de Tiziano, la actual es como una tarjeta postal, o un cromo, o una de esas acuarelas que los pintarrajeadores venden en la plaza de San Marcos a los extranjeros inocentes. Supongo que otro tanto diría -incomodándome en ese caso a mí- quien la hubiera conocido en el siglo XV, en el XVIII y quizás en el XIX. Yo sólo hablo de lo que tuve la suerte de conocer. La Venecia que el lector habrá recorrido tal vez en estos años de posguerra, bazar de cristales reiterados en series, con lanchas estrepitosas, hoteles innúmeros, fotógrafos, turistas invasores, histéricas, lunas de miel, serenatas con tarifa, pillastres de la sensualidad, rezagados de Ruskin y ambiciosas porta-bikinis, no conserva vínculo alguno, fuera de ciertos rasgos de la decoración eterna, con aquella, admirable, que yo visité en el otoño de 1532. Se suele repetir que determinadas ciudades -Brujas, Toledo, Venecia- no cambian; que el tiempo las respeta y pasa de puntillas a su lado. No es verdad: cambian y mucho. Venecia ha cambiado tanto que cuando he llegado a ella, recientemente, me ha costado ajustar esa imagen sobre la que mi espíritu guardará intacta para siempre, de una ciudad maravillosa.
 
Apenas la entreví la mañana de nuestro arribo. Iba muy enfermo, en una embarcación que alquilamos cuando nos rendimos ante la evidencia de que no sería capaz de seguir a caballo, pero el primer contacto fue deslumbrador. Después de Bomarzo, hecho de piedras ásperas, de ceniza y de herrumbre, apretado, hosco, Venecia se delineó frente a mí, líquida, aérea, transparente, como si no fuera una realidad sino un pensamiento extraño y bello; como si la realidad fuera Bomarzo, aferrado a la tierra y a sus secretas entrañas, mientras que aquel increíble paisaje era una proyección cristalizada sobre las lagunas, algo así como una ilusión suspendida y trémula que en seguida, como el espejismo de los sueños, podía derrumbarse silenciosamente y desaparecer. No es que yo considerara a Bomarzo menos poético -líbreme de ello Dios-, pero en Bomarzo la poesía era algo que brotaba de adentro, que se gestaba en el corazón de la roca y se nutría del trabajo secular de las esencias escondidas, en tanto que en Venecia lo poético resultaba, exteriormente, luminosamente, del amor del agua y del aire, y, en consecuencia, poseía una calidad fantasmal que se burlaba de los sentidos y exigía, para captarla, una comunicación en la que se fundían el transporte estético y la vibración mágica. Ésa fue mi impresión primera ante la fascinadora. Luego comprendí que, sobre mí en todo caso, la fuerza misteriosa de Bomarzo, menos manifestada en la superficie, más recónditamente vital, obraba con un poderío mucho más hondo que aquel cortesano seducir, hecho de juegos exquisitos y de matices excitantes, pero, como tantos, como todos, sucumbí al llegar ante el encanto de la ciudad incomparable, traicioné en el recuerdo a mi auténtica verdad -cada uno tiene su propio Bomarzo- pensé que no había, que no podía haber en el mundo nada tan hermoso como Venecia, ni tan rico, ni tan exaltador, ni tan obviamente creado para procurar esa difícil felicidad que buscamos con ansia, agotando seres y lugares ,los desesperadamente sensibles.
 
 
Manuel Mujica Láinez (Argentina, 1910-1984)

domingo, 26 de julio de 2015

Venecia: SONETOS VENECIANOS, de August von Platen

 
 
Laberinto de puentes y callejas
que se entrelazan una y mil veces
¿Cómo osaré en su enredo introducirme?
¿Cómo desentrañar su gran misterio?
 
Subiendo por la torre de San Marcos
encuentra la mirada campo libre
y de las maravillas que me envuelven
surge la imagen, se apartan los muros.
 
Saludo allá al azul, al océano
y a los Alpes aquí, que en larga arcada
se miran en las islas lagunosas.
 
¡Mirad a dónde vino un pueblo fuerte
que construyó palacios y su templo
con armazón de roble entre las olas!

 
August von Platen (Alemania, 1796-1835)

sábado, 25 de julio de 2015

Venecia: LA MUERTE ENAMORADA, de Téophile Gautier


(Fragmento)

El caso es que me encontraba -o creía encontrarme- en Venecia; aún no he podido aclarar lo que había de ilusión y de real en tan extraña aventura. Vivíamos en un gran palacio de mármol en el Canaleio, con frescos y estatuas, y dos Ticianos de la mejor época en el dormitorio de Clarimonda: era un palacio digno de un rey. Cada uno de nosotros tenía su góndola y su barcarola con nuestro escudo, sala de música y nuestro poeta. Clarimonda entendía la vida a lo grande y había algo de Cleopatra en su forma de ser. Por mi parte, llevaba un tren de vida digno del hijo de un príncipe, y era tan conocido como si perteneciera a la familia de uno de los doce apóstoles o de los cuatro evangelistas de la serenísima república. No hubiera cedido el paso ni al mismo dux, y creo que desde Satán, caído del cielo, nadie fue más insolente y orgulloso que yo. Iba al Ridotto y jugaba de manera infernal. Me mezclaba con la más alta sociedad del mundo, con hijos de familias arruinadas, con mujeres de teatro, con estafadores, parásitos y espadachines. A pesar de mi vida disipada, permanecía fiel a Clarimonda. La amaba locamente. Ella habría estimulado a la misma saciedad, y habría hecho estable la inconstancia. Tener a Clarimonda era tener cien amantes, era poseer a todas las mujeres por tan mudable, cambiante y diferente de ella misma que era: un verdadero camaleón. Me hacía cometer con ella la infidelidad que hubiera cometido con otras, adoptando el carácter, el porte y la belleza de la mujer que parecía gustarme. Me devolvía mi amor centuplicado, y en vano jóvenes patricios e incluso miembros del Consejo de los Diez le hicieron las mejores proposiciones. Un Foscari llegó a proponerle matrimonio; rechazó a todos. Tenía oro suficiente; sólo quería amor, un amor joven, puro, despertado por ella y que sería el primero y el último. Hubiera sido completamente feliz de no ser por la pesadilla que volvía cada noche y en la que me creía cura de pueblo mortificándome y haciendo penitencia por los excesos cometidos durante el día. La seguridad que me daba la costumbre de estar a su lado apenas me hacía pensar en la extraña manera en que conocí a Clarimonda. Sin embargo, las palabras del padre Serapión me venían alguna vez a la memoria y no dejaban de inquietarme.
 
La salud de Clarimonda no era tan buena desde hacía algún tiempo. Su tez se iba apagando día a día. Los médicos que mandaron llamar no entendieron nada y no supieron qué hacer. Prescribieron algún medicamento sin importancia y no volvieron. Pero ella palidecía visiblemente y cada vez estaba más fría. Parecía tan blanca y tan muerta como aquella noche en el castillo desconocido. Me desesperaba ver cómo se marchitaba lentamente. Ella, conmovida por mi dolor, me sonreía dulcemente con la fatal sonrisa de los que saben que van a morir.


Théophile Gautier (Francia, 1811-1872)
 
La ilustración corresponde a la Vista de la entrada al arsenal (1732), del pintor veneciano Canaletto. 

viernes, 24 de julio de 2015

Venecia: A VENECIA, de José Zorrilla


I

Allí está, Venecia, la dueña opulenta
De antiguos, y nobles, y libres blasones,
Venecia la hermosa, la villa que cuenta
Que a sueldo tenía soberbias naciones,
Señora del mar.

Que cuenta que un día imperios y reyes
Su gala envidiaron, su nombre temieron,
Y el mar y la tierra besaron sus leyes,
-Y enviáronla buques, soldados la dieron;
Porque ella supiera batirse y triunfar.

Un día a sus ojos la tierra callaba,
Un día su nombre la tierra llenaba:
Pasaron los días, Venecia pasó.
Hoy es una viuda y hermosa Sultana,
Que tiene su corte ridícula y vana
Allá en un palacio que el Sultán le dio.

¡Venecia la encantadora,
La de los pardos pilares,
De las ciudades señora,
La señora de los mares,
La corona de jardines
Colgada sobre canales!
No son tu gala y festines
Los que valen lo que vales.
Hechizo de Italia, sí,
Mas del poeta la lira
No es por ti por quien suspira,
No, Venecia, no es por ti.

¿Qué valen tus gondoleros,
Y tus regatas vistosas,
Tus republicanos fueros,
Tus máscaras revoltosas,
Y tus timbres altaneros,
Sin los ojos hechiceros
De tus hermosas?

¡Ay, que tus días pasaron!....
Venecia, la maravilla,
A quien monarcas doblaron
Otro tiempo la rodilla,
Tus timbres ¡ay! se borraron,
Tus señores olvidaron
La hermosa villa.

Antigua reina del mar,
Mal encubres tu caída
Tus bodas al celebrar
Con la posesión perdida.
Llora, Venecia, sí, llora,
Haz duelo en amargo llanto,
Que tus esclavos, señora,
Escupen sobre tu manto.
Reina, tu Adriático brama
Lejos ya de tus confines,
Olvídale, noble dama,
Entre danzas y festines.

Tu patrono ha encanecido,
Tu raudo león no vuela,
Sobre sus garras dormido,
Por tu grandeza no vela;
Brioso alazán herido,
Su caballero ha perdido
Freno y espuela.

Un capricho que pasó,
Matrona opulenta, fuiste;
Tu Príncipe te olvidó;
Hermosa, ya envejeciste
Y tu tez se marchitó:
¡No pienses, Venecia, no,
En lo que fuiste!
 
 
José Zorrilla (España, 1817-1893)

jueves, 23 de julio de 2015

Venecia: DÉBIL ES LA CARNE (epistolario), de Lord Byron

"El Carnaval está empezando y hay mucho jolgorio por todas partes..."

(Débil es la carne. Correspondencia veneciana 1816-1819, de Lord Byron)

A John Murray.
Venecia, 2 de enero de 1817.
 
 Estimado señor. Muchas gracias por sus noticias y por el optimismo de su carta. Venecia y yo nos avenimos mucho, pero no tengo nada que agregar, salvo lo referente a la última Ópera, a lo que ya le conté en mi última carta. El Carnaval está empezando y hay mucho jolgorio por todas partes, y también muchas componendas porque todo el mundo está urdiendo sus intrigas para la temporada que empieza -mudándose o prorrogando sus arriendos-. Yo estoy muy bien con Marianna, que no es en absoluto persona que me canse, en primer lugar porque yo no me canso de una mujer por mi propia inclinación, sino porque ellas suelen ser de natural aburridas; en segundo lugar, porque es afable y tiene un tacto poco común entre la parte más bella de la creación, y 3º, porque es muy guapa, y 4º… pero no es momento de entrar en detalles. Desde que llegué a Venecia he pasado con ella buena parte de mi tiempo, y nunca veinticuatro horas sin dar y recibir de una a tres (y a veces más) pruebas inequívocas de nuestro mutuo agrado. Hasta el momento nos hemos llevado muy bien, y en cuanto al futuro, yo nunca hago vaticinios. "Carpe Diem", al menos el pasado es nuestro -lo que es una buena razón para asegurarse el presente-. Y basta ya de mis propias relaciones.
 
Por lo que hace al estado de las costumbres aquí, poco difiere del tiempo de los Dux: se considera virtuosa (según el código) a la mujer que se limita a un marido y un amante -la que tiene dos, tres o más, es un poco "alocada"-, pero sólo se considera que faltan al decoro del matrimonio las que son indiscriminadamente difusas y establecen relaciones de bajo rango, como la Princesa de Gales con su Recadero (a quien, por cierto, han hecho Caballero de Malta). En Venecia, la Nobleza es proclive a casarse con bailarinas y cantantes, y, a decir verdad, las mujeres de su propia clase no son guapas. En cambio la raza común, las mujeres de segundo orden y los siguientes, las esposas de los abogados, comerciantes y propietarios, y las clases sin título, son por lo general "bel' sangue", y con éstas es con las que se suelen establecer lazos amatorios. También se dan casos de admirable constancia. Conozco a una mujer de cincuenta años que sólo tuvo un amante, que murió pronto, tras o cual se volvió devota y renunció a todo salvo a su marido. Como cabe suponer, se vanagloria de su milagrosa fidelidad, refiriéndose a ella en un tono de moralidad fuera de lugar que resulta bastante divertido. Aquí no hay forma de convencer a una mujer de que se desvía un ápice de la norma o de la conveniencia de las cosas si tiene un "Amoroso". El mayor pecado parece ser mentir para ocultarlo, o tener más de uno, a menos, claro está, que esta extensión de la prerrogativa sea entendida y aprobada por el anterior causahabiente. En mi caso, no sé si hubo algún predecesor, y estoy seguro de que no hay un copartícipe. Me inclino a pensarlo debido a la juventud de la otra parte, y a la forma franca y sin disimulo con que todos lo admiten todo en esta parte del mundo cuando hay algo que admitir, así como por otras circunstancias, a saber, que el matrimonio es reciente, etcétera, etcétera. Que esta ocasión sea el "premier pas" no significa gran cosa.
 
Queda suyo afectísimo
Byron

Lord Byron (Inglaterra, 1788-1824)

Débil es la carne. Correspondencia veneciana (1816-1819), fue publicada por editorial Tusquets:
http://www.tusquetseditores.com/titulos/marginales-debil-es-la-carne-correspondencia-veneciana-1816-1819

La traducción es de Eduardo Mendoza. Es posible leer otras cartas de Lord Byron en su página oficial:
http://www.clubcultura.com/clubliteratura/clubescritores/mendoza/traducciones.htm 

miércoles, 22 de julio de 2015

Venecia: DE MADRID A NÁPOLES..., de Pedro Antonio de Alarcón


(Fragmento del Libro Quinto)

Lord Byron es para Venecia lo que nuestro Zorrilla para Granada: el gran panegirista de su hermosura, el cantor infatigable de su peregrina historia, el que creó en todas las imaginaciones un mágico ideal de su belleza; el que dijo al mundo, olvidado ya de una ciudad que había cumplido su destino histórico: «Venecia existe todavía: sus encantos no han desaparecido con su poder: sus palacios no se han hundido con sus guerreros y navegantes: la poesía y la tradición levantan aquí su voz entre las ruinas. ¡Venid a verla!» 
 
El canto cuarto de La peregrinación de Childe-Harold, que principia: «Estaba yo en Venecia, sobre el Puente de los Suspiros, entre un palacio y una prisión...» fue la primera señal de aquel entusiasmo por la ciudad de los Dux que le llevó á escribir después sus dos famosas tragedias Marino Faliero y Los dos Foscari, y por último, la sublime Oda a Venecia: «¡Oh Venecia, Venecia! Cuando tus palacios de mármol estén ya al nivel de tus olas, se oirá el grito de las naciones sobre tus ruinas, y un largo lamento resonará en las orillas del agitado mar.—Si yo, peregrino del Norte, lloro sobre tus escombros, ¿qué no te deberán tus hijos?—¡ Todo, menos estériles lágrimas! —Y sin embargo, ellos se contentan con murmurar en medio de su sueño!—¡Qué contraste con sus mayores! ¡Ah! ellos son a sus padres lo que el verdoso fango, desechado por la mar, es a la potente ola que separa al marinero de su nave!» Estos enérgicos acentos pusieron de moda a Venecia en ambos mundos. Desde entonces, la poesía, la música y la novela hicieron de la hija de las lagunas la Isla de Délos del romanticismo, y los poetas y los artistas fueron en peregrinación a saludarla.


Pedro Antonio de Alarcón (España, 1833-1891)
 
La ilustración corresponde a la iglesia de San Jorge Mayor (San Giorgio Maggiore, 1726-30), de Canaletto

martes, 21 de julio de 2015

Venecia: FACINO CANE, de Honoré de Balzac

"Me paseaba por esa ciudad tan querida por sus habitantes, iba del Rialto al Gran Canal..."
 
(Fragmento)

No pensó más en la bebida, rechazó con un gesto el vaso de vino que le tendió en ese momento el viejo octavín, luego bajó la cabeza. Esos detalles no eran los más apropiados para extinguir mi curiosidad. Durante la contradanza que tocaron los tres instrumentos, yo contemplaba al viejo noble veneciano con los sentimientos que devoran a un hombre de veinte años. Yo veía Venecia y el Adriático, los veía en ruinas sobre esta figura arruinada. Me paseaba por esa ciudad tan querida por sus habitantes, iba del Rialto al Gran Canal, del muelle de los Esclavos al Lido, regresaba a su catedral, tan originalmente sublime; miraba las ventanas de la Casa Doro, cada una de las cuales posee ornamentos diferentes; contemplaba esos viejos palacios tan ricos en mármol, en fin todas esas maravillas con las cuales el sabio simpatiza tanto más cuanto que los colorea a su gusto, y no despoetiza sus sueños por el espectáculo de la realidad. Yo remontaba el curso de la vida de ese retoño del más grande de los condottieri, buscando en él las huellas de sus desgracias y las causas de esta profunda degradación física y moral, que hacía más bellas todavía las chispas de grandeza y de nobleza reanimadas en ese momento. Nuestros pensamientos eran sin duda comunes, pues creo que la ceguera hace las comunicaciones intelectuales mucho más rápidas prohibiendo a la atención diluirse sobre los objetos exteriores. La prueba de nuestra simpatía no se hizo esperar. Facino Cane dejó de tocar, se levantó, vino hacia mí y me dijo un: -¡Salgamos! -que produjo sobre mí el efecto de una ducha eléctrica. Le di el brazo, y nos marchamos.
 
Cuando estuvimos en la calle, me dijo: - ¿Quiere usted llevarme a Venecia, conducirme a ella, quiere usted tener fe en mí? Lo haré más rico que lo que son las diez casas más ricas de Amsterdam o de Londres, más rico que los Rothschild, en fin, rico como las Mil y una Noches.
 
Pensé que el hombre estaba loco;  pero había en su voz un poder al cual obedecí. Me dejé conducir y me llevó hacia los fosos de la Bastilla como si hubiera tenido ojos. Se sentó sobre una piedra en un lugar muy solitario donde después fue construido el puente por el cual el canal San Martín se comunica con el Sena. Me puse sobre otra piedra delante de ese anciano cuyos cabellos blancos brillaron como hilos de plata a la claridad de la luna. El silencio que perturbaba apenas el ruido tempestuoso de los bulevares que llegaba hasta nosotros, la pureza de la noche, todo contribuía a hacer esta escena verdaderamente fantástica.
 
- ¡Usted habla de millones a un joven, y cree que él dudaría en arrostrar mil males para conseguirlos! ¿No se está burlando de mí?
 
- Que muera sin confesión, me dijo con violencia, si lo que voy a decirle no es verdad. Yo he tenido veinte años como usted los tiene en este momento, yo era rico, era bello, era noble, yo he comenzado por la primera de las locuras, por el amor. He amado como ya nadie ama, hasta llegar a introducirme en un baúl a riesgo de ser apuñalado dentro sin haber recibido otra cosa que la promesa de un beso. Morir por ella me parecía toda una vida. En 1760 me enamoré de una Vendramini, una mujer de diez y ocho años, casada con un Sagredo, uno de los más ricos senadores, un hombre de treinta años, loco por su mujer. Mi amante y yo éramos inocentes como dos querubines, cuando el esposo nos sorprendió hablando de amor; yo estaba sin armas, me insultó, salté sobre él, lo estrangulé con mis dos manos torciéndole el cuello como a un pollo. Quise partir con Bianca, ella no quiso seguirme. ¡Así son las mujeres! Me marché solo, fui condenado, mis bienes fueron secuestrados en provecho de mis herederos; pero había llevado mis diamantes, cinco cuadros de Tiziano enrollados, y todo mi oro. Me marché a Milán, donde no me molestaron: mi caso no interesaba al Estado.


Honoré de Balzac (Francia, 1799-1850) 

domingo, 19 de julio de 2015

Venecia: ENCUENTRO CON EZRA POUND, de Antonio Colinas


debes ir una tarde de domingo,
cuando Venecia muere un poco menos,
a pesar de los niños solitarios,
del rosado enfermizo de los muros,
de los jardines ácidos de sombras,
debes ir a buscarle aunque no te hable
(olvidarás que el mar hunde a tu espalda
las islas, las iglesias, los palacios,
las cúpulas más bellas de la tierra,
que no te encante el mar ni sus sirenas)
recuerda: Fondamenta Cabalá,
hay por allí un vidriero de Murano
y un bar con una música muy dulce,
pregunta en la pensión llamada Cici
donde habita aquel hombre que ha llegado
sólo para ver gentes a Venecia,
aquel americano un poco loco,
erguido y con la barba muy nevada,
pasa el puente de piedra, verás charcos
llenos de gatos negros y gaviotas,
allí, junto al canal de aguas muy verdes
lleno de azahar y frutos corrompidos,
oirás los violines de Vivaldi,
detente y calla mucho mientras miras:
Ramo Corte Querina, ése es el nombre,
en esa callejuela con macetas,
sin más salida que la de la muerte,
vive Ezra Pound
 
 
Antonio Colinas (España, 1946)
 
Nota: este poema, tal y como fue publicado por la editorial Visor en 1982, en el volumen Antonio Colinas: Poesía, 1967-1980, carece de puntos y, por lo tanto, de las correspondientes mayúsculas que les proceden.

La ilustración corresponde a una fotografía de Ezra Pound al atardecer en Venecia.

sábado, 18 de julio de 2015

Venecia: LETANÍA NOCTURNA, de Ezra Pound



¡Oh Dios, purifica nuestros corazones!
¡Purifica nuestros corazones!
Sí, las líneas que has depositado en mí
                      en sitios de hermosura
y la belleza de esta tu Venecia
                      que me has mostrado
                      provocan mis lágrimas.

Oh Dios, ¿qué gran bondad
                  tuvimos en tiempos pasados
                    y hemos olvidado hoy,
que nos has dado esta maravilla,
                    oh Dios de las aguas?

Oh Dios de la noche,
                   ¿qué gran dolor
nos acometerá
                   que nos has recompensado
antes del tiempo de su llegada?

Oh Dios del silencio,
                   purifica nuestros corazones,
                   purifica nuestros corazones,
porque hemos visto
la gloria de la sombra
                   semejante a tu doncella.

Sí, la gloria de la sombra
                  de tu belleza ha caminado
sobre la sombra de las aguas
en esta tu Venecia.
                    Y ante la santidad
de la sombra de tu doncella
he recogido la mirada,
                   oh Dios de las aguas.

Oh Dios del silencio,
                   purifica nuestros corazones,
                   purifica nuestros corazones,
oh Dios de las aguas,
                   limpia nuestros corazones,
                   porque he visto
la sombra de esta tu Venecia
flotando sobre las aguas,
                   y tus estrellas
han visto este prodigio, desde sus remotos cursos
han visto ellas este prodigio,
                   oh Dios de las aguas,
apacibles como son tus estrellas
mudas para nosotros en sus remotos cursos,
sereno es también mi corazón
                     y se vuelve silencioso dentro de mí.

                   Purifica nuestros corazones
oh Dios del silencio,
                   purifica nuestros corazones
oh Dios de las aguas.



Ezra Pound (Poeta estadounidense radicado y muerto en Venecia, 1885-1972) 

viernes, 17 de julio de 2015

Ezra Pound: morir en Venecia

 
Ezra Pound murió el primer día de noviembre de 1972, en Venecia. Es posible imaginarse el día de los muertos en que, desde la casa en la calle Querini, habrán trasladado sus restos por los canales venecianos en una góndola luctuosa hasta depositarlos en su tumba del cementerio de la isla San Michele. Murió, entonces, el llamado día de todos los santos, y según Manuel Vicent: "La mezcla de un santo laico y de un poeta loco da como resultado un profeta. Hubo uno que se llamó Ezra Pound."

El capítulo XII de París era una fiesta lleva por título Ezra Pound y el Bel Esprit, y esto es lo que relata Ernest Hemingway sobre el poeta: "Ezra era el escritor más generoso y más desinteresado que nunca he conocido. Corría en auxilio de los poetas, pintores, escultores y prosistas en los que tenía fe, y si alguien estaba verdaderamente apurado, corría en su auxilio tanto si tenía fe como si no. Se preocupaba por todo el mundo, y en los primeros tiempos de nuestra amistad la persona que más le preocupaba era T. S. Eliot, quien, según me dijo Ezra, tenía que estar empleado en un banco en Londres, y, por consiguiente, no disponía de tiempo ni seguía un horario apropiado para dar un buen rendimiento poético."

Mucho tiempo antes de publicar la obra en cuestión, en 1925 ya Hemingway había escrito: "Pound, el gran poeta, dedica una quinta parte de su tiempo a su poesía y emplea el resto en tratar de mejorar la suerte de sus amigos. Los defiende cuando son atacados, hace que las revistas publiquen obras suyas y los saca de la cárcel. Les presta dinero. Vende sus cuadros. Les organiza conciertos. Escribe artículos sobre ellos. Les presenta a mujeres ricas. Hace que los editores acepten sus libros. Los acompaña toda la noche cuando aseguran que se están muriendo y firma como testigo sus testamentos. Les adelanta los gastos del hospital y los disuade de suicidarse. Y al final algunos de ellos se contienen para no acuchillarse a la primera oportunidad."

Cuando Pound vivió en Italia durante la época de Mussolini, declaró su simpatía por el fascismo y la expresó públicamente de diferentes maneras. Eso le costó la humillación de ser paseado en una jaula en Pisa, cuando las tropas estadounidense entraron en territorio italiano. Lo trasladaron a Washington para juzgarlo por traición a la patria pero fue declarado demente y en lugar de ser fusilado lo recluyeron durante doce años en un manicomio. "Cualquier hombre que soporte vivir en los Estados Unidos -diría en aquella época-, está loco." Cuando finalmente fue liberado en 1958, por considerar que su demencia no era peligrosa, partió de nuevo a Italia, donde permanecería hasta su muerte en Venecia -como título de Thomas Mann-, a los 87 años.


Jules Etienne

jueves, 16 de julio de 2015

Venecia: CANTO III, de Ezra Pound


(Primera estrofa)

 Aquel año me senté en la escalinata de la Dogana,
pues las góndolas resultaban muy caras,
y no estaban “aquellas chicas” , sólo un rostro,
y el Buccentoro a veinte yardas, aullaban “Stretti”,
y aquel año los travesaños iluminados, en el Morosini,
y pavos reales en la casa de Koré, o que pudiera haberlos.
Dioses flotan en el aire azur,
dioses relucientes y toscanos, regresan antes de que cuaje el rocío.
Luz: y la primera luz, antes de que rocío alguno se formara.
Paniscos , y la del roble, dríade,
y la del manzano, mélide,
por todo el bosque, y las hojas están llenas de voces,
susurran, y se inclinan las nubes sobre el lago,
portan dioses,
y en el agua, nadadoras blancas como la almendra,
el agua de plata barniza sus erguidos pezones,
tal como Poggio dejó indicado.
Vetas verdes sobre turquesa:
o: ascienden las gradas grises a la sombra de los cedros.

(I sat on the Dogana’s steps

For the gondolas cost too much, that year,
And there were not “those girls”, there was one face,

And the Buccentoro twenty yards off, howling, “Stretti”,

And the lit cross-beams, that year, in the Morosini,
And peacocks in Koré’s house, or there may have been.
Gods float in the azure air,
Bright gods and Tuscan, back before dew was shed.
Light: and the first light, before ever dew was fallen.
Panisks, and from the oak, dryas,
And from the apple, mælid,
Through all the wood, and the leaves are full of voices,
A-whisper, and the clouds bowe over the lake,
And there are gods upon them,
And in the water, the almond-white swimmers,
The silvery water glazes the upturned nipple,
As Poggio has remarked.
Green veins in the turquoise,
Or, the gray steps lead up under the cedars.)
 
 
 
Ezra Pound (Poeta estadounidense radicado y muerto en Venecia; 1885-1972)
 
La ilustración corresponde a La Dogana di Mare, en Venecia, que menciona Pound en el poema. 

miércoles, 15 de julio de 2015

Venecia: HIDALGUÍA, de Rafael Sabatini

"Redujo a vasallaje los estados de Treviso, Vicenza, Padua, Brescia, Bérgamo..."

(Fragmento inicial del capítulo II, La dama sin tierra)


Mientras la vida circula por las venas de un hombre, éste actúa como si nunca hubiese de ser de otro modo. Por esta razón, pocas veces la edad pone término a los proyectos y planes que se refieren al futuro.
 
A los sesenta y nueve años, aquel hombrecillo astuto, Honorato da Polenta, mejor empleara su alma en la oración que en empeñarse en la reconquista del señorío de Rávena, del que Venecia lo desposeyera veinte años atrás. En resumidas  cuentas, en su casa no había ningún hombre que hubiese de sostenerle. Su único hijo, Azzo, fue condenado a muerte por la justicia veneciana, por haber violado la pena de destierro a que fue condenado en unión de su padre. Su único sobrino, Cosimo da Polenta, había recibido las sagradas órdenes. Quedaba su hija, Samaritana, pero como en aquellas circunstancias el legado de Ravena habría consistido en una serie de luchas, fuera locura suponer que el señor Honorato se decidiera, por cuenta de la doncella, a abandonar su destierro de Creta y someter su pleito a la suerte de las armas.
 
Durante veinte años había estado aguardando la oportunidad que  ahora percibía. Siempre tuvo la confianza de que, al fin, Venecia pagaría muy cara la codicia de que su desposesión era un ejemplo, y, al fin, le pareció que su profecía iba a cumplirse.  No contenta aun con ser la señora del mar y las extensas  colonias que había más allá, la Serenísima República había equipado grandes ejércitos para extender su dominio en la península y, más especialmente, en el territorio  subalpino. Redujo a vasallaje los estados de Treviso, Vicenza, Padua, Brescia, Bérgamo y media docena de tiranías  de menos importancia, incluyendo la de Rávena. Las enormes riquezas logradas por medio del tráfico y por las artes de la paz fueron dilapidadas en la guerra para satisfacer las ansias imperialistas, y aunque superficialmente Venecia parecía más fuerte que nunca en su historial en realidad la desangraban las grandes compañías mercenarias, al mando de Carmagnola, Colleoni y otros capitanes contratados para que guerreasen por su cuenta. Y si bien la larga guerra  impuesta por la política del Dux Foscari contra el duque de Milán le había proporcionado cuanto ambicionaba, la dejó sin la fuerza necesaria para conservar sus conquistas.
 
Usando las palabras de Honorato da Polenta, el Estado veneciano era un muro construido sin cemento. En cuanto se quitara una piedra, todo se vendría abajo. y para predicar  ese evangelio, salió atrevidamente de su destierro de Creta y, acompañado de su hija Samaritana, se dirigió a Italia a los sesenta y nueve años de edad.
 
Gracias a sus ardientes argumentos, le fue fácil convencer  a sus compañeros de desgracia, en el Norte, acerca de la exactitud de sus apreciaciones. Los hombres están siempre dispuestos a creer lo que desean. Pero ya no le fue tan fácil persuadirlos de que cada uno de ellos arrancase su propia piedra del muro, según su pintoresca imagen. En todas partes  recibió la misma respuesta:
 
- Lo que decís salta a la vista, querido Honorato. Haced, pues, la primera tentativa. Luchad por vuestra Rávena contra  las garras del León alado y nosotros completaremos la derrota de la fiera, siguiendo vuestro ejemplo y bendiciéndolo  además.
 
En vano fue que Honorato protestara, diciendo que no tenia  los medios para tal empresa y que precisamente proponía  una Liga para que todos se reuniesen contra el enemigo  común y en vano también les habló de la fuerza que da la unión. Disgustado con ellos, se dirigió a Milán y a Francesco Sforza. Pero éste meneó su astuta cabeza, de color rojo dorado, asegurando que Venecia no seria la única en quedar exhausta con una guerra muy larga. ¿Y qué, sino ésta última razón, le obligó a dejar Bérgamo y Brescia en manos de los venecianos?
 
Pero el señor Honorato no quiso aceptar aquella negativa y,  gracias a su insistencia, arrancó, al fin, una promesa condicional del duque de Milán.
 
- Quizá podría reunir la fuerza necesaria para sostener o apoyar un golpe bien dado – dijo -. Pero ciertamente no estoy en situación de emprender nuevas campañas.
 
A pesar de sus sesenta y nueve años Honorato tenía el ánimo suficiente para aceptar estas palabras como un compromiso. Además, en Milán había oído hablar mucho de Colombo da Siena y en particular de la gran confianza que tenia en si mismo y que muchas veces lo indujo a servir condicionando el pago a los resultados obtenidos. Si Honorato  pudiese persuadirle de que entrara a su servicio en tales condiciones, evitaría el fracaso con que le amenazaba la tibieza de aquellos con cuyo entusiasmo había contado.
 
Así, pues, el señor Honorato continuó su viaje en unión de su hija y llegó a Siena uno de los primeros días de abril, cuando la tierra empezaba a cubrirse de verde.
 
 
Rafael Sabatini (Italia, 1875-1950)

La ilustración corresponde a Defensa de Brescia (1584), de Tintoretto, que se encuentra en el Palacio Ducal de Venecia.

martes, 14 de julio de 2015

Venecia: CÁNDIDO, O EL OPTIMISMO, de Voltaire

"Todos los días enviaba a alguien a esperarlo en los barcos y barcas que atracaban..."
 
(Fragmento inicial del capítulo XXIV: Paquita y fray Alhelí

Nada más al llegar a Venecia, mandó que buscaran a Cacambo por todas las fondas, por todos los cafés, por todos los prostíbulos, pero no lo encontró. Todos los días enviaba a alguien a esperarlo en los barcos y barcas que atracaban: Cacambo seguía sin dar noticias.
 
- ¡No es posible! -le decía a Martín-, ¡yo he tenido tiempo de pasar de Surinam a Burdeos, de ir de Burdeos a París, de París a Dieppe, de Dieppe a Portsmouth; he rodeado Portugal y España, he cruzado todo el Mediterráneo, he pasado varios meses en Venecia, y la bella Cunegunda no ha llegado aún! ¡En vez de ella he encontrado a una tunante y a un abate del Perigord! No cabe duda que Cunegunda ha muerto, y a mí tan sólo me resta morir. ¡Qué pena! Habría sido mejor haberme quedado en aquel paraíso de Eldorado que haber vuelto a esta maldita Europa. ¡Qué razón tenías, mi querido Martín! Todo es un engaño y no hay más que desgracias.
 
Una profunda depresión se apoderó de él y ya no pudo participar en la ópera alla moda ni en ninguna otra diversión de los carnavales, ni dama alguna le suscitó la más mínima tentación. Martín le dijo:
 
-Realmente eres muy ingenuo al creer que un criado mestizo con cinco o seis millones en los bolsillos va a ir en busca de vuestra amada hasta el fin del mundo y la va a traer a Venecia. Si la encuentra, se la quedará él; y si no la encuentra, buscará otra: mi aconsejo es que olvides a vuestro criado Cacambo y a vuestra querida Cunegunda.
 
Lo que decía Martín no era muy reconfortante, por lo que la melancolía de Cándido se agravó, mientras Martín no cesaba de demostrarle que había muy poca virtud y felicidad en el mundo; salvo quizás en Eldorado, país al que nadie podía llegar.
 
 
Voltaire:  François-Marie Arouet (Francia, 1694-1778)

lunes, 13 de julio de 2015

Venecia: EN VÍSPERAS, de Iván Turguéniev

"La apacible serenidad de la primavera es para Venecia..."

(Fragmento del capítulo XXXIII: Una visita a Venecia)

Para quien no haya visto Venecia en el mes de abril será difícil elaborar un  retrato del indescriptible encanto de esta ciudad hechicera. La apacible serenidad de la primavera es para Venecia lo que el brillante sol estival a la gloriosa Génova o lo que el dorado púrpura otoñal es para Roma, ese gran anciano entre las ciudades. Y apenas la primavera nos agita y llena de deseo, también Venecia con su hermosura. Atormenta y provoca al inocente corazón con una sensación de alegría inminente, una alegría que es al mismo tiempo simple pero misteriosa. Todo en ella es luminoso y claro, sin embargo, también se percibe una calina somnolienta de tranquila sensualidad; todo es silencioso, aunque siempre está dando la bienvenida; todo sobre esta ciudad es femenino, incluso hasta su nombre; no por nada se le conoce como “Venecia la hermosa”.


Iván Turguéniev (Rusia, 1818-1883)

(Traducido al español por Sergio Paratov)

domingo, 12 de julio de 2015

Venecia: EL PIADOSO VENECIANO, de Lope de Vega

 
(Fragmento del acto tercero, escena primera)
 
Méjico y Venecia son
Dos ciudades celebradas,
Porque, sobre el mar fundadas
Con notable perfecion (sic),
Son ciudades y son naves;
Pero en tierra nadie quite
Lauro a Sevilla.
 
 
Félix Lope de Vega y Carpio (España, 1562-1635)
 
La ilustración corresponde a Xochimilco en la ciudad de México.

sábado, 11 de julio de 2015

William Shakespeare: una mirada sobre Venecia

Palazzo Contarini-Fasan, conocido en Venecia como "la casa de Desdémona".

Tanto expertos en la obra de Shakespeare como sus biógrafos ponen en duda la posibilidad de que hubiese visitado Italia, donde transcurre la acción de una buena parte de sus dramas. El aspecto económico sería señalado como el principal motivo. De acuerdo con Fynes Moryson -en 1593-, un viaje por Europa durante la época isabelina debía costar entre 50 y 60 libras esterlinas. El pago por cada obra teatral lo estableció la propia reina en 6£, de tal manera que habría sido bastante complicado viajar con base en dicho ingreso. Sin embargo, Carol Rutter de la universidad de Warwick, cita varias obras de aquella época que Shakespeare bien pudo haber leído para documentarse, como sería el caso de los escritos de Gasparo Contarino sobre la república veneciana que fueron traducidos al inglés en 1543; años después John Florio publicó el primer diccionario italiano-inglés y Cesare Vecellio una obra ilustrada sobre la sociedad veneciana y sus costumbres, incluyendo los tipos de vestuario. Si a eso le añadimos el hecho de que una pieza escénica no demanda la misma minuciosidad descriptiva que una novela, resulta factible un cierto grado de verosimilitud para escribir sobre Venecia sin haberla visitado.

Su obra más representativa sería El mercader de Venecia, debido a que se establece desde el título mismo. Al final de la escena con que da principio el acto tercero, tiene lugar este diálogo entre Shylock y Tubal, en que se refiere la ruina de Antonio, quien esperaba la llegada de varios barcos procedentes de Trípoli, la India, Inglaterra, Lisboa y México, pero todos naufragaron.
 
Tubal.-  Han venido en mi compañía, camino de Venecia, diversos acreedores de Antonio, que juraban que no podría evitar la bancarrota.
Shylock.-  Me alegro mucho de eso; le haré padecer, le torturaré. Estoy gozoso.
Tubal.-  Uno de estos acreedores me ha enseñado un anillo que había recibido de vuestra hija a cambio de un mono.
Shylock.-  ¡Maldita sea! Me atormentas, Tubal. Era mi turquesa. La adquirí de Leah cuando era muchacho; no la habría dado por todo un desierto lleno de monos.
Tubal.-  Pero Antonio está ciertamente arruinado.
Shylock.-  Sí, sí, es verdad; es muy cierto. Anda, Tubal; tenme a sueldo un corchete; prevenle con quince días de anticipación. Si no está puntual en el día fijado, quiero tener su corazón; porque, una vez fuera de Venecia, podré hacer todo el negocio que se me antoje. Anda, Tubal, y ven a reunirte conmigo en nuestra sinagoga; anda, mi buen Tubal; a nuestra sinagoga, Tubal. (Salen).
 
En cuanto a Otelo, la llamada tragedia del pañuelo lleva como subtítulo El moro de Venecia y todo el primer acto acontece en dicha ciudad, el resto en la isla de Chipre. "Estamos en Venecia. Mi casa no es una granja en pleno campo", le responde Brabancio a Rodrigo. Es durante el tercer acto cuando Iago comienza a infundir los celos en Otelo: "Conozco bien el carácter de nuestro país: en Venecia las mujeres dejan ver al cielo las tretas que no se atreven a mostrar a sus maridos. Toda su conciencia estriba, no en no hacer, sino en tener oculto."
 
Por último, en la segunda escena del acto cuarto en Trabajos de amor perdidos, (Love’s Labour’s Losttiene lugar este parlamento de Holofernes en el que, haciendo gala de pedantería, alude a Venecia:
 
¡Ah, buen viejo mantuano! De ti puedo decir lo que el viajero de Venecia:
                 - Venetia, Venetia,  Chi non te vede, non te pretia.
¡Viejo mantuano! ¡Viejo mantuano! Quien no te comprende no te ama. Ut, re, sol, la, mi, fa. Con perdón, señor, ¿qué contiene esta carta; o más bien, como dice Horacio en su... ¡Cómo! ¡Por mi alma! ¿Versos?

No sólo Venecia corrobora y destaca la presencia de Italia en el teatro de William Shakespeare, Romeo y Julieta acontece en Verona los mismo que Los dos hidalgos de Verona; por su parte, La fierecilla domada tiene lugar en Padua, mientras que Cimbelino desarrolla su acción en Bretaña e Italia y La comedia de equivocaciones entre Éfeso y Siracusa, en Sicilia. El contexto histórico tanto de Julio César como de Antonio y Cleopatra, es el imperio romano. Es evidente la preferencia del dramaturgo inglés por escenarios en la península itálica y, por lo mismo, habría sido imposible que ignorara el trazo del imponente estilo veneciano.


Jules Etienne

viernes, 10 de julio de 2015

Venecia: EPIGRAMAS VENECIANOS, de J. W. von Goethe



20

Quietos junto al arsenal hay dos leones de la Grecia antigua;
a su lado parecen pequeños torre, puerta y canal.
Si la madre de los dioses descendiera, los leones se doblegarían
ante el carro, y ella los pondría adelante como caballos.
Pero ahora descansan tristes; el nuevo gato alado ronronea
por todas partes, y Venecia lo denomina su patrón.

 
Johann Wolfgang von Goethe (Alemania, 1749-1832)