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Vancouver, English Bay, verano.

martes, 29 de julio de 2014

Espejos (89): ERES EN EL ESPEJO, de Karl Krolow

"Sin ropa de lana, sin ropa de lino, sólo vestida de ti misma..."

Eres en el espejo cual transparente aurora,
El delfín de la mañana se baña en sus cristales,
Cuando apareces.
Tú vienes del país de hadas de la noche,
Sin ropa de lana, sin ropa de lino,
Sólo vestida de ti misma:
De tus hombros, que fluyen bajo la luz,
De tu sonrisa, del relámpago de tus dientes,
De tus pestañas que son como su propia sombra.
 
Eres en el espejo alegre y muy ligera:
Cual pluma perdida por un pájaro.
Te alzas entre tus cabellos,
Que te envuelven en negra cascada:
Como dulzura ante el vinagre de la existencia,
Ante la mala oleografía,
Que siempre muestra a la misma mujer:
Desnuda, el cigarrillo en la boca…
 
 
Karl Krolow (Alemania, 1915-1999)

 (Traducido del alemán por Vera Zeller)

lunes, 28 de julio de 2014

Espejos (88): CRIMEN Y CASTIGO, de Fiódor Dostoyevski

"La naturaleza es un espejo, el espejo más diáfano, y basta dirigir la vista a él."

Cuarta parte: Capítulo 5
 
(Fragmento)

Supongamos que ese hombre miente... Me refiero al hombre desconocido de nuestro caso particular... Supongamos que miente, y de un modo magistral. Como es lógico, espera su triunfo, cree que va a recoger los frutos de su destreza; pero, de pronto, ¡crac!, se desvanece en el lugar más comprometedor para él. Vamos a suponer que atribuye el síncope a una enfermedad que padece o a la atmósfera asfixiante de la habitación, cosa frecuente en los locales cerrados. Pues bien, no por eso deja de inspirar sospechas... Su mentira ha sido perfecta, pero no ha pensado en la naturaleza y se encuentra como cogido en una trampa.

Otro día, dejándose llevar de su espíritu burlón, trata de divertirse a costa de alguien que sospecha de él. Finge palidecer de espanto, pero he aquí que representa su papel con demasiada propiedad, que su palidez es demasiado natural, y esto será otro indicio. Por el momento, su interlocutor podrá dejarse engañar, pero, si no es un tonto, al día siguiente cambiará de opinión. Y el imprudente cometerá error tras error. Se meterá donde no le llaman para decir las cosas más comprometedoras, para exponer alegorías cuyo verdadero sentido nadie dejará de comprender. Incluso llegará a preguntar por qué no lo han detenido todavía. ¡Je, je, je...! Y esto puede ocurrir al hombre más sagaz, a un psicólogo, a un literato. La naturaleza es un espejo, el espejo más diáfano, y basta dirigir la vista a él. Pero ¿qué le sucede, Rodion Romanovitch? ¿Le ahoga esta atmósfera tal vez? ¿Quiere que abra la ventana?

- No se preocupe - exclamó Raskolnikof, echándose de pronto a reír - Le ruego que no se moleste.
 
Porfirio se detuvo ante él, estuvo un momento mirándole y luego se echó a reír también. Entonces Raskolnikof, cuya risa convulsiva se había calmado, se puso en pie.
 
- Porfirio Petrovitch -dijo levantando la voz y articulando claramente las palabras, a pesar del esfuerzo que tenía que hacer para sostenerse sobre sus temblorosas piernas- estoy seguro de que usted sospecha que soy el asesino de la vieja y de su hermana Lisbeth. Y quiero decirle que hace tiempo que estoy harto de todo esto. Si usted se cree con derecho a perseguirme y detenerme, hágalo. Pero no le permitiré que siga burlándose de mí en mi propia cara y torturándome como lo está haciendo.
 
Sus labios empezaron a temblar de pronto; sus ojos, a despedir llamaradas de cólera, y su voz, dominada por él hasta entonces, empezó a vibrar.

 

 Fiódor Dostoyevski (Rusia, 1821-1881)

domingo, 27 de julio de 2014

Espejos (87): MAÑANA, de Yannis Ritsos

"También el espejo es una ventana."

Ella abrió los postigos. Colgó las sábanas sobre el alféizar de
     la ventana. Descubrió el día.

Un pájaro la miró directamente a los ojos. “Estoy sola”,
    murmuró.

“Estoy viva.” Entró a la habitación. También el espejo es una
    ventana. Si salto desde él caería en mis propios brazos.



Yannis Ritsos (Grecia, 1909-1990)

(Traducido al español por Jaime Naulart) 

jueves, 24 de julio de 2014

Espejos (84): EL LIBRO DE MONELLE, de Marcel Schwob


(Fragmento de La predestinada)

No bien tuvo altura suficiente, Ilsée tomó la costumbre de ir todas las mañanas ante su espejo y decir: "Buen día, mi pequeña Ilsée". Después besaba el vidrio frío y fruncía los labios. La imagen parecía venir solamente. Pero estaba muy lejos en realidad. La otra Ilsée, más pálida, que se alzaba de las profundidades del espejo, era una prisionera con la boca helada. Ilsée sentía pena por ella, porque parecía triste y cruel. Su sonrisa matinal era un alba desvaída teñida aún del horror nocturno.
 
Sin embargo Ilsée la quería, y le hablaba así: "Nadie te dice buen día, pobre pequeña Ilsée. Vamos, abrázame. Hoy iremos a pasear, Ilsée. Mi enamorado vendrá a buscarnos. Ven con nosotros". Ilsée se volvía, y la otra Ilsée, melancólica, se escabullía hacia la sombra luminosa.
 
Ilsée le mostraba sus muñecas y sus vestidos. "Juega conmigo. Vístete conmigo." La otra Ilsée, celosa, también levantaba hacia Ilsée unas muñecas más blancas y vestidos descoloridos. No hablaba, tan sólo movía los labios al mismo tiempo que Ilsée.
 
A veces Ilsée se irritaba, como los niños, contra la dama muda, que a su vez se irritaba también. "¡Mala, mala, Ilsée!", gritaba. "¡Respóndeme, abrázame!" Golpeaba el espejo con la mano. Una mano extraña, que no pertenecía a ningún cuerpo, aparecía delante de la suya. Ilsée jamás pudo alcanzar a la otra Ilsée.
 
La perdonaba por la noche; feliz de volver a encontrarla, saltaba de su cama para abrazarla y le murmuraba: "Buen día, mi pequeña Ilsée".
 
Cuando Ilsée tuvo un verdadero novio, lo llevó ante su espejo y dijo a la otra Ilsée: "Mira a mi enamorado, y no lo mires demasiado. Es mío, pero quiero mostrártelo. Después de que nos hayamos casado, le permitiré abrazarte conmigo, todas las mañanas". El novio se puso a reír. Ilsée en el espejo sonrió también. "¿Verdad que es bello y que yo lo amo?", dijo Ilsée. "Sí, sí", respondió la otra Ilsée. "Si lo miras demasiado, no te abrazaré más", dijo Ilsée. "Soy tan celosa como tú. Adiós, mi pequeña Ilsée."
 
A medida que Ilsée aprendió el amor, Ilsée en el espejo se fue poniendo más triste. Pues su amiga ya no venía a besarla por la mañana. La tenía en el olvido. Era más bien la imagen de su novio la que acudía, después de la noche, para el despertar de Ilsée. Durante la jornada, Ilsée ya no veía a la dama del espejo, mientras que su novio sí se fijaba en ella. "¡Ah!, decía Ilsée, ya no piensas más en mí, malvado. A la otra es a quien miras. Es una prisionera; jamás vendrá. Está celosa de ti; pero yo soy más celosa que ella. No la mires más, mi amado; mírame a mí. Ilsée del espejo, mala, te prohibo que respondas a mi novio. No puedes venir; no podrás venir jamás. No me lo quites, mala Ilsée. Después de que nos hayamos casado, le permitiré abrazarte conmigo. Ríete, Ilsée. Estarás con nosotros."
 

Ilsée se puso celosa de la otra Ilsée. Si el día caía sin que el amado viniese: "Tú lo echas, tú lo echas, gritaba Ilsée, con tu mala cara. Mala, vete, déjanos".

 
E Ilsée ocultó el espejo bajo una tela blanca y fina. Alzó un lado a fin de clavar el último clavito. "Adiós, Ilsée", dijo.
 
Marcel Schwob (Francia, 1867-1905)

miércoles, 23 de julio de 2014

Espejos (83): AMOR, de Edith Södergram


Mi alma era un traje celeste como el cielo;
lo dejé sobre una roca junto al mar
y desnuda llegué hasta ti y parecía una mujer.
Y como mujer me senté a tu mesa
y brindé con vino y aspiré el aroma de unas rosas.
Me encontraste bella y semejante a alguien que en sueños viste,
olvidé todo, olvidé mi infancia y mi patria,
sólo sabía que tus caricias me tenían cautiva.
Y tú, sonriendo, tomaste un espejo y dijiste que me mirara.
Vi que mis hombros estaban hechos de polvo y se desmoronaban,
vi que mi belleza estaba enferma y ahora sólo quería desaparecer.
Oh, aférrame tan fuerte entre tus brazos,
que ya no necesite nada más.
 
 
Edith Södergram (Finlandesa nacida en Rusia; 1892-1923)
 
(Traducido al español por Renato Sandoval e Irma Sítanen)

martes, 22 de julio de 2014

Espejos (82): EN EL ESPEJO, de Ilse Aichinger

"En este día el espejo opaco refleja la maldita casa. Maldita llama la gente a una casa que se va a derrumbar..."

(Fragmento)

Luego ustedes siguen caminando. Por allí hay un camino que pasa por el almacén de carbón y llega hasta el mar. Se callan. Esperas la primera palabra, se la dejas a él para que no se te quede a ti la última. ¿Qué va a decir? ¡Rápido, antes de que lleguen al mar, que lo hace a uno tan temerario! ¿Qué dice? ¿Cuál es la primera palabra? ¿Puede ser que sea tan difícil que lo hace tartamudear, que lo obliga a bajar la vista? O, ¿son los montones de carbón que se yerguen atrás de las tablas que le arrojan sombras a los ojos y lo ciegan con su negrura? La primera palabra… ahora la dijo: es el nombre de una calle. Así se llama la calle donde vive la vieja. Y, ¿puede ser esto? Antes de saber que estás esperando un hijo, ya te nombra la vieja, antes de decirte que te ama, te nombra la vieja. ¡Estáte quieta! No sabe que ya estuviste con la vieja, tampoco puede saberlo, no sabe nada del espejo. Pero, apenas lo dijo, ya se le olvidó.
 
En el espejo todo se dice para que quede olvidado. Y apenas dijiste que esperas el hijo, ya te lo callaste. El espejo lo refleja todo. Los montones de carbón ceden ante ustedes, allí están frente al mar y están viendo los barcos blancos como preguntas en el límite de su mirada, esténse quietos, el mar les saca la respuesta de la boca, el mar devora lo que iban a decir.
 
Desde entonces ustedes remontan seguido la playa, como si la estuvieran bajando, a casa como si se fueran yendo, y lejos como si regresaran a casa.
 
¿Qué están cuchicheando aquellas con sus cofias claras? “Ésta es la agonía”. Deja que hablen.
 
Algún día el cielo estará lo suficientemente pálido, tan pálido que resplandecerá su palidez. ¿Habrá otro resplandor que el de la postrera palidez?
 
En este día el espejo opaco refleja la maldita casa. Maldita llama la gente a una casa que se va a derrumbar, la llaman maldita, no lo saben mejor. No los tiene que asustar. El cielo ahora está lo suficientemente pálido. E igual que el cielo en la palidez, la casa, al final de la maldición, está esperando la felicidad. De tanta risa fácilmente llegan las lágrimas. Ya lloraste bastante. Retoma tu corona. Pronto también podrás deshacer las trenzas. Todo en el espejo. Y en el fondo de todo lo que hacen, yace, verde, el mar. Cuando salen de la casa, está delante de ustedes. Cuando ustedes vuelven a salir de las ventanas hundidas, habrán olvidado. En el espejo todo se hace para que sea perdonado.

 
Ilse Aichinger (Alemania, 1921)

lunes, 21 de julio de 2014

Espejos (81): ALAS (relato) y ESPEJO (poema), de Yi Sang

"El espejo es práctico y útil sólo cuando nos miramos la cara en él..."

Alas
 
(Fragmento)

La parte frontal de la habitación, al menos, recibía un poco de luz. Por la mañana entraba un rayo de sol del tamaño de un pañuelo grande, que, por la tarde, se reducía a las dimensiones de un pañuelito, hasta que se marchaba. No hay que decir que la otra parte, al fondo, a la que nunca llegaba la luz, era la mía. No me acuerdo quién de nosotros decidió que la parte soleada la ocupara mi mujer y la oscura sería la mía, pero a mí me daba lo mismo.
 
Siempre que ella salía, yo venía a su habitación y abría la ventanita que daba al este. Al entreabrirla, la luz que penetraba iluminaba el tocador, y, entonces, los frascos de diferentes colores que estaban encima, se llenaban de destellos confundidos entre sí. Contemplar este resplandor era mi diversión preferida. Yo jugaba con una pequeña lupa, quemando el pañuelo de papel que usaba mi mujer. Mi juego consistía en refractar el rayo, concentrarlo exactamente en el punto focal, que se iba calentando y, finalmente, abrasaba el papel, a continuación, desde ese punto que agujereaba el papel ascendía un hilo de humo. Como todo ocurría en cuestión de segundos, la ansiedad me hacía disfrutar tanto que casi moría de placer.
 
Cuando me aburría, pasaba a divertirme de diferentes maneras, con el espejo de mano de mi mujer. El espejo es práctico y útil sólo cuando nos miramos la cara en él, pero yo creo que sirve mucho mejor para jugar, o sea, lo considero el juguete más estimulante que pueda haber.
 
Sin embargo, me aburría. Mi impulso lúdico descendía de lo físico a lo mental. Tiraba el espejo, me acercaba al tocador y me ponía a examinar aquellos frascos de cosméticos de tonos dispares. Esa era una de las cosas más atractivas que existen en este mundo. Primero, escoger uno de ellos, quitarle tranquilamente el tapón, acercar el frasco a la nariz y, entonces, empezar a aspirar delicada, cuidadosamente, muy poquito a poco, como si me fuera a asfixiar. Al expandirse aquel aroma sensual, con olor de tierras exóticas, que llenaba mis pulmones, sentía que mis ojos se cerraban lentamente, sin darme cuenta. Podría decir, sin equivocarme, que aquel olor era un fragmento desprendido de mi mujer. Volvía a tapar el frasquito y pensaba: ¿en qué lugar de mi mujer había olido yo aquella fragancia...? No obstante, esta no era una duda que llegara a tener una solución clara. ¿Por qué? Porque seguramente, la fragancia de mi mujer era la suma total de todos estos aromas.

 
Espejo
 
No hay sonido en el espejo.
No existe otro mundo tan quieto como éste.
 
Mis orejas están en el espejo
pero son incapaces de escucharme.
 
En el espejo soy zurdo,
por eso no puedo estrechar mi mano.
 
A causa del espejo no puedo tocar al yo del espejo
y si no fuera por él, ¿cómo podría encontrarme en el espejo?
 
Aunque ahora no tengo un espejo,
siempre estoy en su interior.
 
No sé bien lo que estaré haciendo en el espejo cuando no me miro
pero me imagino dedicado a cosas solitarias.
 
Aunque el yo del espejo se opone al yo verdadero,
ambos se parecen mucho el uno al otro.
 
Sin poder cuidar a mi otro yo en el espejo,
estoy muy preocupado por él.
 
Yi Sang (Corea, 1910-1937)
 
(La traducción de Alas corresponde a Lee Hye-kyung; la versión al español de Espejos a Jules Etienne) 

domingo, 20 de julio de 2014

Espejos (80): VAMPIROS EN EL ESPEJO

"¿Podrán los vampiros ver su imagen reflejada en un espejo?"
 
No es que los vampiros padezcan de eisoptrofobia, también conocida como catoptrofobia (el temor enfermizo a los espejos), sino al hecho de que a la plata siempre se le ha considerado como un metal sagrado y es bien sabido que los espejos se fabricaban con una amalgama que incluía la plata entre sus componentes. Fue Bram Stoker en Drácula, un clásico publicado en 1897 que estableció buena parte de la mitología en torno al vampirismo, el primero en suponer, de acuerdo con la doctrina cristiana, que cuando los seres carecen de alma no son capaces de ver su imagen reflejada ante un espejo y como los vampiros son muertos vivientes, ya han perdido su alma. Por eso Jonathan Harker se percata, al llegar al castillo del conde, de la ausencia de espejos. Y, más tarde, cuando se encuentra en su habitación rasurándose ante un pequeño espejo, advierte que la imagen de Drácula no se refleja en él. Éste intenta justificarse con la queja de que los espejos no son más que un objeto de la vanidad humana y lo rompe.
 
Existen unos seres llamados vampiros. Algunos de nosotros tenemos la prueba de ello. Los vampiros existen y son fuertes y poderosos, están en este mundo para hacer el mal”, aseguraba el profesor Van Helsing, además de que: “Este ser no tiene sombra y su imagen no se refleja en un espejo".
 
Anne Rice, en cambio, asume una postura opuesta en sus obras a partir de Entrevista con el Vampiro, ya que según ella los vampiros están sujetos a las mismas leyes de la física que rigen el universo, sin embargo, esos mismos vampiros son capaces de volar manteniendo su cuerpo con apariencia humana. El caso es que, de acuerdo con esta autora, pueden verse reflejados en un espejo como cualquier mortal:
 
"La existencia, como he dicho, era posible. Siempre había la promesa detrás de sus labios burlones de que sabía grandes cosas o cosas terribles, que tenía comunicación con esferas sobrenaturales que yo ignoraba. Y todo el tiempo me despreciaba y me atacaba por mi amor a la vida, mi renuncia a matar y la casi pesadilla que representaba ese acto para mí. Se rió a carcajadas cuando yo descubrí que me podía mirar en un espejo y que las cruces no me hacían el menor efecto. Y se mofaba poniéndose el dedo sobre los labios cuando yo le preguntaba acerca de Dios o del demonio."
 
La muestra de que escritores previos la obra de Bram Stoker aceptaban la posibilidad del  reflejo de los vampiros en el espejo, se puede encontrar en un párrafo del relato Carmilla (1872), de Sheridan Le Fanu: "A eso de la una se me ocurrió echar otro vistazo a la habitación de Carmilla. Llegué allí y mi asombro no tuvo límites: ¡Carmilla estaba en su habitación, mirándose al espejo! No podía creer lo que mis ojos estaban viendo. Mi amiga me llamó con un gesto."
 
En La hermosa vampirizada, también conocida como La dama pálida (Histoire de la dame pâle), de Alexandre Dumas, la mujer que ha sido víctima inconsciente del vampiro, lo advierte ante el espejo:
 
"Me desperté a medianoche; mi lámpara ardía aún; intenté levantarme, pero estaba tan débil que hube de repetir la tentativa dos veces. Finalmente logré superar mi debilidad, y como despierta sentía en el cuello el mismo dolor que experimentara en el sueño, me arrastré, apoyándome en el muro, hasta el espejo, y miré. Algo que semejaba la punzadura de un alfiler marcaba la arteria de mi cuello. Creí que algún insecto me hubiera picado durante el sueño, y como me sentía abatida por la extenuación, me acosté de nuevo y me dormí. A la mañana me desperté como de costumbre; pero entonces sentí una tal debilidad como la experimentara sólo una vez en mi vida, a la mañana siguiente de un día en que fuera sangrada. Me miré en el espejo, y me sorprendí de mi extraordinaria palidez. La jornada transcurrió triste y oscura; yo experimentaba algo singular; cuando me encontraba en un lugar sentía necesidad de quedarme allí: cualquier cambio de posición me fatigaba."

¿Podrán los vampiros ver su imagen reflejada en un espejo? Quién tendrá, en este caso, la razón: ¿Bram Stoker o Anne Rice? Por encima de todo prevalece otra cuestión, la prodigiosa capacidad del vampirismo para prolongar sus mitos y contradicciones sin dejar de mantenerse vigente. Después de todo, ¿qué sería de la literatura fantástica sin la suspensión de la incredulidad?
 
 
Jules Etienne

sábado, 19 de julio de 2014

Espejos (79): BOLERO, de Julio Cortázar

"... y de pie ante el espejo interrogándose cada uno a sí mismo..."

Qué vanidad imaginar
que puedo darte todo, el amor y la dicha,
itinerarios, música, juguetes.
Es cierto que es así:
todo lo mío te lo doy, es cierto,
pero todo lo mío no te basta
como a mí no me basta que me des
todo lo tuyo.

Por eso no seremos nunca
la pareja perfecta, la tarjeta postal,
si no somos capaces de aceptar
que sólo en la aritmética
el dos nace del uno más el uno.

Por ahí un papelito
que solamente dice:

Siempre fuiste mi espejo,
quiero decir que para verme tenía que mirarte.

Y este fragmento:

La lenta máquina del desamor
los engranajes del reflujo
los cuerpos que abandonan las almohadas
las sábanas los besos

y de pie ante el espejo interrogándose
cada uno a sí mismo
ya no mirándose entre ellos
ya no desnudos para el otro
ya no te amo,
mi amor.
 

Julio Cortázar
(Argentino nacido en Bruselas, Bélgica en 1914; y fallecido en París, Francia en 1984).

viernes, 18 de julio de 2014

Espejos (78): LA FERIA DE LAS TINIEBLAS, de Ray Bradbury

"Más allá se extendían los espacios insondables del Laberinto de Espejos..."
 
(Fragmento)

En el prado, la tienda, la feria esperaba. Esperaba a alguien, a cualquiera que vadeara la marejada de hierba. Las grandes tiendas estaban hinchadas como fuelles. Dulcemente exhalaban el aire, que olía a antiguas bestias amarillas. Pero sólo la luna miraba esos huecos de oscuridad, las profundas cavernas. Afuera, unas bestias nocturnas colgaban a medio galope sobre un carrusel.

Más allá se extendían los espacios insondables del Laberinto de Espejos, que albergaban una multiplicación de vacías vanidades, silenciosas, serenas, plateadas por los años, blanqueadas por el tiempo. Cualquier sombra, a la entrada del Laberinto, podría provocar reverberaciones del color del miedo, y descubrir lunas profundamente sepultadas.

Si un hombre se detuviese allí, ¿se vería a sí mismo repetido un billón de veces hasta la eternidad? ¿Miraría detrás ese billón de imágenes, una cara y la siguiente y la otra, cada una más vieja que la anterior? ¿Se encontraría ese hombre perdido en medio de un fino polvo, muy lejos y muy profundamente un hombre no de cincuenta años sino de sesenta, no de sesenta sino de setenta, no de setenta sino de ochenta, noventa, noventa y cinco años?

El Laberinto no preguntó.

El Laberinto no respondió.

El Laberinto estaba allí, simplemente, esperando como un témpano ártico.


Ray Bradbury (Estados Unidos, 1920-2012)

jueves, 17 de julio de 2014

Espejos (77): NOCTURNO, de Georg Trakl

"En los sueños marfilinos del solitario aparece el reflejo de ángeles caídos."

El hálito del inmóvil. Un rostro animal
Entumecido de azul, su santidad.
Poderoso es el silencio de la piedra;
 
La máscara de un pájaro nocturno. Tres suaves
Campanas se desvanecen en una. ¡Elai! Tu rostro
Se reclina callado sobre el azul de las aguas.
 
Oh, quietos espejos de la verdad.
En los sueños marfilinos del solitario
Aparece el reflejo de ángeles caídos.

 
Georg Trakl (Austria, 1887-1914)
 
(Traducido al español por Pura López Colomé) 

miércoles, 16 de julio de 2014

Espejos (76): LA NÁUSEA, de Jean Paul Sartre


Viernes
 
(Fragmento)

Enciendo la lámpara sobre la mesa; quizá su claridad pueda combatir la del día. Pero no: la lámpara forma alrededor de su pie un charco lastimoso. Apago; me levanto. En la pared hay un agujero blanco, el espejo. Es una trampa. Sé que voy a dejarme atrapar. Ya está. La cosa gris acaba de aparecer en el espejo. Me acerco y la miro; ya no puedo irme.
 
Es el reflejo de mi rostro. A menudo en estos días perdidos, me quedo contemplándolo. No comprendo nada en este rostro. Los de los otros tienen un sentido. El mío, no. Ni siquiera puedo decidir si es lindo o feo. Pienso que es feo, porque me lo han dicho. Pero no me sorprende. En el fondo, a mí mismo me choca que puedan atribuirle cualidades de ese tipo, como si llamaran lindo o feo a un montón de tierra o a un bloque de piedra.
 
Sin embargo hay algo agradable a la vista, encima de las regiones blandas de las mejillas, sobre la frente: la hermosa llamarada roja que me dora el cráneo, mi pelo. Es agradable de mirar. Por lo menos es un color definido: estoy contento de ser pelirrojo. Ahí, en el espejo, se hace ver, resplandece. Tengo suerte: si mi frente llevara una de esas cabelleras que no llegan a decidirse entre el castaño y el rubio, mi cara se perdería en el vacío, me daría vértigo.
 
Mi mirada desciende lenta, hastiada, por la frente, por las mejillas; no encuentra nada firme, se hunde. Evidentemente, hay una nariz, ojos, boca, pero todo eso no tiene sentido, ni siquiera expresión humana. Sin embargo Anny y Vélines opinaban que tenía una expresión vivaz; es posible que esté demasiado acostumbrado a mi cara. Cuando era chico, mi tía Bigeois me decía: “Si te miras largo rato en el espejo, verás un mono”. Debí de mirarme más todavía: lo que veo está muy por debajo del mono, en los lindes del mundo vegetal, al nivel de los pólipos. Vive, no digo que no; pero no es la vida en que pensaba Anny; veo ligeros estremecimientos, veo una carne insulsa que se expande y palpita con abandono. Sobre todo los ojos, de tan cerca, son horribles. Algo vidrioso, blando, ciego, bordeado de rojo; como escamas de pescado.
 
Me apoyo con todo mi peso en el borde de loza, acerco mi cara al espejo hasta tocarlo. Los ojos, la nariz y la boca desaparecen, ya no queda nada humano. Arrugas morenas a cada lado del abultamiento febril de los labios, grietas, toperas. Un sedoso vello blanco corre por los grandes declives de las mejillas; dos pelos salen por los agujeros de la nariz; es un mapa geológico en relieve. Y a pesar de todo, este mundo lunar me resulta familiar. No puede decir que reconozco sus detalles. Pero el conjunto me da una impresión de algo ya visto que me embota: me deslizo dulcemente hacia el sueño.
 
Quisiera recobrarme: una sensación viva y decidida me libertaría. Aplico mi mano derecha contra la mejilla, tiro de la piel; me hago una mueca. Toda una mitad del rostro cede, la mitad izquierda de la boca se tuerce y se hincha descubriendo un diente, la órbita se abre sobre un globo blanco, sobre una carne rosada y sanguinolenta. No es lo que yo buscaba; nada fuerte, nada nuevo; ¡es algo suave, esfumado, ya visto! Me duermo con los ojos abiertos, el rostro crece, crece en el espejo, es un inmenso halo pálido que se desliza en la luz ...
 
 
Jean Paul Sartre (Francia, 1905-1980) Obtuvo el premio Nobel de literatura en 1964

martes, 15 de julio de 2014

Espejos (75): QUEDA DE CENIZA, de José Lezama Lima

"... viejos espejos habitados por lámparas erectas que no pueden inclinarse para descorrer los rostros..." 

IV 

Tu transparencia intocable muda las frondas
y deshace en las ventanas un jardín con ojos de interminable túnel.
El escondido sueño viene a doblar la arboleda,
a colocar en el espejo que se hunde sin despedirse
múltiples seres de pequeñas miradas tintineantes.
Las únicas miradas dueñas del anochecer recargado.
Las últimas frondas que caen como el cansancio del humo
y se despiden galantes en el crepúsculo de los cambiantes ardores.
En la medianoche de verano el ruiseñor y sus letargos
cierran todas las compuertas que conducen a los viejos espejos
habitados por lámparas erectas
que no pueden inclinarse para descorrer los rostros
que los espejos han enviado como burbujas hacia la luna.
La lámpara frente al espejo y el espantoso choque de las nubes
no podrán compararse a los paseos de muertos y vivientes
en torno al mismo lago del tedio,
donde los seres esconden sus huesos blandos
y sus lenguas crecidas en las excesivas frondas
ignoran que pueden volar mansamente por el cielo del paladar.
Pero la nostalgia de esta noche crecida
entre dos ríos breves, levemente impulsados,
es algo más que un fruncimiento de interpretación venturosa,
es un polvo que la noche propaga con manchas agrandadas,
o una arena incontenible que detiene tus pasos y tus últimas voces
al borde mismo de la noche extendida de una boca a otra boca.
 
 
 
José Lezama Lima (Cuba, 1910-1976) 

lunes, 14 de julio de 2014

Espejos (74): LA HIJA DE BURGER, de Nadine Gordimer

"... la Dama sostiene un espejo en el que el unicornio... ve una diminuta imagen de sí mismo."

(Fragmento)

Ni siquiera una postal del Musée de Cluny.

El unicornio entre las beldades medievales, los tapices de flores, cohibidos conejos; el espejo. O dieses ist das tier es nicht gibt. En la unión del Boulevard Saint-Germain con el Boulevard Saint-Michel. Una vieja abadía en el solar de las termas galorromanas, y ella entraría en el patio descrito y subiría a la sala redondeada donde puedes sentarte en los peldaños poco profundos y contemplar los seis tapices. En una isla milflores azul celeste la Dama sostiene un espejo en el que el unicornio, con las patas delanteras sobre el terciopelo rojo del forro de su vestido plegado hacia atrás, ve una diminuta imagen de sí mismo. Pero el óvalo del espejo corta la imagen precisamente en el nivel de su cabeza donde se eleva el cuerno: un cuerno blanco como su pelaje, rabo empenachado, melena y barba rizadas, un cuerno alto y delicadamente curvado. Dos mechones del pelo rubio de la Dama unidos con una cinta de perlas alrededor de su rostro oval (como el marco dorado que rodea al espejo) y entrelazado en lo alto de su cabeza a imitación del modelo del cuerno, que al mismo tiempo es un artificio, ¿eh?, el hueso a imitación de una espiral. Un león sonriente sujeta los estandartes heráldicos. Allí hay conejos, un perro, una jineta moteada. Zorros, onzas, cachorros de león, un halcón en persecución de una garza, perdices, uno mono doméstico atado con una cadena a una pequeña rueda -para evitar que trepe a los árboles-, se distinguen alrededor de la representación de los otro cuatro sentidos:
 
El León y el Unicornio escuchando la música que en el jardín interpreta la Dama con su órgano portátil.
 
La Dama ensartando claveles de dulce aroma en una guirnalda mientras su mono olisquea inquisitivamente una rosa hurtada de una cesta.
 
La Dama cogiendo dulces de una bandeja que le tiende a su doncella; es posible que piense alimentar con ellos a su periquito... el mono paladea algo exquisito en secreto.
 
La Dama toca el cuerno del Unicornio.
 
El sexto tapiz muestra a la Dama delante de un suntuoso pabellón o tienda, entreteniéndose con un alhajero. En los Bestiarios medievales se le llama «monochirus»; allí está, esta vez en pareja con el león, sujetando con una zarpa uno de los alerones de la tienda y sosteniendo su estandarte, graciosamente rampante (en la ridícula posición de un perro pordiosero). Alrededor del toldo de la tienda aparece la siguiente leyenda, tejida en oro: A mon seul désir.

Aquí están: para amarte dejándote venir a descubrir lo que amas.

Allí permanece con la vista fija, con la vista fija.

Un viejo mundo encantador, jardines y amables beldades entre amables bestias.

Semejante armonía en paz sensual con la época de las empulgueras y la mazmorra que ahí llega con su cuerno de marfil en espiral
ella permanece con la vista fija
engalanada, engatusada, afianzada por fin mediante una caricia...
¡Oh, la queridísima! ¡La maravilla! Nada sorprendente, nada abandonado al temor, aproximándose...

Ella permanece con la vista fija, con la vista fija.

Y si ha llegado la hora del cierre del museo podrá volver mañana y otro día, cualquier día, días.

Permanece con la vista fija, este ser que nunca ha sido.


Nadine Gordimer (Sudáfrica, 1923-2014) Obtuvo el premio Nobel en 1991.
Falleció ayer, 13 de julio de 2014.
 
(Traducido al español por Iris Menéndez)

sábado, 12 de julio de 2014

Espejos (72): UNIFORME DE GENERAL, de Mircea Eliade

"... las aguas del espejo ya no son lo que han sido. "

(Fragmento)

Seguidamente lo cogió de la mano y lo llevó hasta el espejo grande del salón, oculto bajo los cortinajes.
 
- Me ha dicho Marina que te gusta inventar toda clase de juegos y danzas, que te pintas solo para disfrazarte y que aves cantar y recitar poesías. ¿Es verdad?
 
- Es verdad, mon général.
 
- ¿Cuántos años tienes?
 
- Este año cumplí seis años.
 
- Así pues ya eres un hombrecito y puedo hablar en serio contigo. ¿Entiendes lo que te digo? ¿Entiendes todas las palabras?
 
- Lo entiendo, mon général.
 
Extendió el brazo y cogió con dos dedos el borde de la cortina.
 
- Me imagino que sabrás por qué he tapado el espejo. Pero de vez en cuando, en las fiestas, en ocasiones solemnes, como ocurrirá mañana, día de mi santo, me gusta correr las cortinas. Sólo que, ya ves, de tanto estar a oscuras, las aguas del espejo ya no son lo que han sido. Poco a poco van perdiendo su transparencia y formas raras de todas clases y de todos los colores están empezando a aparecer en el fondo del espejo. Algunas de esas formas son de una rara belleza, como si no fueran de este mundo. ¿Comprendes lo que quiero decir?
 
- Lo comprendo, mon général.
 
- Mientras otras parecen más raras, semejantes a las cuevas de las montañas o a rocas del fondo del mar o a la boca de un volcán después de una erupción. ¿Entiendes todas las palabras?
 
- Las entiendo, mon général.
 
- Y cuando apartemos los cortinajes y te veas de pronto entre tantas formas desconocidas y te veas a ti mismo moviéndote entre ellas (pero, al menos, al principio, seguramente no te reconocerás pues, ya te lo he dicho, el espejo ya no es lo que fue y a veces amplifica, alarga o ensancha e incluso desfigura), ¿no te dará miedo?
 
Lo miraba con desusada intensidad, como si de su respuesta dependiese alguna decisión importante. Él sonrió dulcemente, casi con ironía.
 
- No me dará miedo, mon général.
 
- Bien. Ésta es la sorpresa que quiero darles. Ni que decir tiene que esto es un secreto, no digas nada en casa. Mañana por la noche, después de servir el champán y cuando estemos todos reunidos aquí, en el salón...

 
Mircea Eliade (Rumania, 1907-1986)

viernes, 11 de julio de 2014

Espejos (71): HAZ QUE YO PUEDA SER, AMOR, LA ESCALA..., de Rubén Bonifaz Nuño

"Sólo soy un espejo para el ala de un ángel dividido..."
 
Haz que yo pueda ser, amor, la escala
en que sus pies se apoyan, el torrente
de luz para su sed, o, suavemente,
el cauce en que su vida se resbala.

Sólo soy un espejo para el ala
de un ángel dividido, que así siente
que le soy necesario, y dulcemente
a mi dolor su claridad iguala.

Y eso es todo, amor: sólo un reflejo.
No escala, luz ni cauce, en que pudiera
subir, brillar, o transcurrir ligera.

Únicamente el sueño de un espejo
mudo a veces, y opaco, en donde anida
la imagen solitaria de su vida.
 
 
Rubén Bonifaz Nuño (México, 1923-1913)

jueves, 10 de julio de 2014

Espejos (70): JUSTINE, O LOS INFORTUNIOS DE LA VIRTUD, del Marqués de Sade

"El espejo que lo hubiera visto bello, lo amaría; el que lo hubiera visto espantoso, lo odiaría." 

(Fragmento de la primera parte)

La imaginación del hombre es una facultad de su mente a la que, mediante el órgano de los sentidos, van a pintarse y modificarse los objetos, para formar a continuación sus pensamientos, debido a la primera impresión de estos objetos. Pero esta imaginación, resultante ella misma del tipo de organización de que está dotado el hombre, sólo adopta los objetos recibidos de tal o cual manera, y sólo crea a continuación los pensamientos a partir de los efectos producidos por el choque de los objetos percibidos. Una comparación facilitará ante tus ojos lo que te expongo. ¿Has visto, Thérèse, espejos de formas diferentes? Unos disminuyen los objetos, otros los aumentan. Los hay que los vuelven espantosos, y otros que les prestan encantos. ¿Te imaginas ahora que si cada uno de esos espejos uniera la facultad creadora a la facultad objetiva ofrecería, de un mismo hombre que se contemplara en él, retratos totalmente diferentes? ¿Y estos retratos responderían a la manera como ha percibido el objeto? Si a las dos facultades que acabamos de atribuir a este espejo, uniéramos ahora la de la sensibilidad, ¿no tendría hacia este hombre, visto por él de tal o cual manera, el tipo de sentimiento que le fuera posible concebir para la clase de ser que habría descubierto? El espejo que lo hubiera visto bello, lo amaría; el que lo hubiera visto espantoso, lo odiaría. Y, sin embargo, se trataría siempre del mismo individuo.
 
Así es la imaginación del hombre, Thérèse; el mismo objeto se representa para ella bajo tantas formas como diferentes modos posee, y es a partir del efecto recibido por esta imaginación del objeto, sea cual fuere, que se decide a amarlo o a odiarlo. Si el choque del objeto percibido le sorprende de manera agradable, lo ama, lo prefiere, aunque ese objeto no contenga en sí ningún atractivo real; y si dicho objeto, aunque de un valor seguro a los ojos de otro, sólo ha afectado la imaginación a que nos referimos de manera desagradable, se alejará de él, porque cualquiera de nuestros sentimientos se forma y se realiza debido al producto de los diferentes objetos sobre la imaginación. Nada sorprendente, a partir de ahí, que lo que gusta vivamente a unos pueda disgustar a otros, e, inversamente, que la cosa más extravagante encuentre, sin embargo, partidarios... El hombre contrahecho también encuentra unos espejos que lo hacen bello.
 
 
Marqués de Sade :Donatien Alphonse François de Sade (Francia, 1740-1814)

miércoles, 9 de julio de 2014

Espejos (69): EL ESPEJO, de Aldous Huxley

"Pero ahora polvorientas telarañas se entrelazan por el espejo..."

A cámara lenta, la luz de la luna una vez atravesó
el soñador espejo,
donde, hincados, inviolablemente hondos,
viejos secretos no olvidados albergan
inolvidables maravillas.
Pero ahora polvorientas telarañas se entrelazan
por el espejo, el que antaño
viera los dedos que retiraban el oro
de una despreocupada frente;
y las profundidades son cegadas a la luna,
y olvidados sus secretos, nunca dichos.


Aldous Huxley (Inglaterra, 1894-1963)
 
(Traducido al español por Jesús Isaías Gómez López)

martes, 8 de julio de 2014

Espejos (68): EL ESPEJO EN EL ESPEJO, de Michael Ende

"Permanece un largo rato sentado delante del espejo contemplando su cara blanca como la harina..."

(Fragmento)

El payaso se aparta y se dirige a la roulotte arrastrando los pies por los charcos. De pronto está muy cansado. Permanece un largo rato sentado delante del espejo contemplando su cara blanca como la harina con la lágrima debajo del ojo izquierdo. Entonces empieza a desmaquillarse. Debajo aparece otra cara. Es mucho más irreal, una cara de nadie, una cara cualquiera, le resulta completamente extraña, siempre le resultó extraña esa cara. Durante un instante trata de parecer inteligente o al menos serio, pero sus rasgos vuelven a caer en seguida en un estado de reposo, en el estado de perplejidad habitual. Es el rostro de un lactante viejo.
 

Ya es bastante asombroso que yo exista. Pero aún es más asombroso que pudiese hacerme tan viejo. Me esforcé, damas y caballeros, hice lo posible. Me dije: si todos los demás soportan este mundo, cuando seguro que tampoco les resulta más fácil que a mí... Yo he esperado toda mi vida y me he hecho viejo con la esperanza de despertar, y mirad dónde estoy. Les envidio a todos por su despreocupación. Yo estoy preocupado.
 
 Michael Ende (Alemania, 1929-1995)