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Vancouver: otoño en English Bay (fotografía de Jules Etienne).

miércoles, 20 de noviembre de 2019

Tu boca: EL NUEVO REMORDIMIENTO, de Oscar Wilde

"... y él besará las todavía enredadas rosas de tu boca..."
 
El pecado era mío; yo no lo entendí.
Así que ahora es música prisionera en su cueva,
A salvo donde descienden las olas desordenadas
Se asientan con sus inquietos remolinos
Y en el hueco marchito de esta tierra
El verano ha cavado su propia tumba tan profunda,
Que los sauces plomizos apenas pueden anhelar
Un capullo de plata en la mano del invierno.
 
Pero, ¿quién es aquel que viene por la orilla?
(No, amor, ¡mira y adivina!) ¿Quién es ese
Que viene con la ropa teñida desde el sur?
Es tu recién encontrado Señor, y él besará
Las todavía enredadas rosas de tu boca,
Y yo te adoraré con mi llanto, como antes.
 
(The New Remorse
 
The sin was mine; I did not understand.
So now is music prisoned in her cave,
Save where some ebbing desultory wave
Frets with its restless whirls this meagre strand.
And in the withered hollow of this land
Hath Summer dug herself so deep a grave,
That hardly can the leaden willow crave
One silver blossom from keen Winter's hand.

But who is this who cometh by the shore?
(Nay, love, look up and wonder!) Who is this
Who cometh in dyed garments from the South?
It is thy new-found Lord, and he shall kiss
The yet unravished roses of thy mouth,
And I shall weep and worship, as before
.)
 
 
Oscar Wilde (Irlandés fallecido en Francia, 1854-1900).
 
(Traducido del inglés por Jules Etienne).

sábado, 16 de noviembre de 2019

Tu boca: AMOR, de Naborre Campanini

"No me mires así ¡oh amada mía! (...) Con esas trenzas blondas no me atormentes más ¡oh mi adorada!"

Juntos los dos sentados
Sobre las rocas que la mar lamía,
Te dije: -Con los ojos abrasados
No me mires así ¡oh amada mía!
Murmuraron las ondas
Y espaciaste en el mar una mirada;
Yo añadí: -Con esas trenzas blondas
No me atormentes más ¡oh mi adorada!
Trajo a mi oído el viento
Una trova de dulce melodía,
Y entonces dije: -Con tan hondo acento
No me hables más así ¡oh amada mía!
Callada y fijamente
Me miraste de amor, como una loca;
Y se unieron en una estrechamente
Tu boca amante con mi amante boca
De tu cabeza de oro
Las hebras en mi pecho se derraman
Mientras exclama el inefable coro
De ondas y vientos, con dulzura: se aman.

 
Naborre Campanini (Italia, 1850-1925).
 
(Traducido al español por Juan Luis Estelrich).

jueves, 14 de noviembre de 2019

Tu boca: LA ESPOSA DEL VENGADOR, de José Echegaray

"Yo vi su dulce sonrisa, y pensé en aquel momento (...) ¿si en tu boca así es la risa, qué será en tu boca un beso?"
 
(Fragmento de la escena IV del primer acto)

Parreño: ¿Y es eso todo? ¡Ilusiones
de enamorado mancebo!

Carlos: Eso es todo, porque es vida,
y es esperanza, y es cielo.
Escúchame y no te burles.
Suponme presa de un sueño,
poblado de mil fantasmas,
de la calentura engendro,
e imagina que, por fin,
tras largo luchar, despierto,
corro al balcón, y de un valle
perfumado, alegre, fresco,
sobre mi abrasada frente
brisas matinales siento.
¿Comprendes la sensación
de bienestar, de consuelo,
que hubiese experimentado
mi ser en aquel momento?
Pues esto mismo sentí
cuando mis ojos lo vieron.
Meditando en mi venganza,
ante mí pasando tercos
el cadáver de mi padre
y la espada de Pacheco,
alumbrados de esa luz

por los últimos reflejos,
marchaba yo por las calles
soñando más que despierto,
cuando la vi de repente
tan de cerca, que su aliento
sobre mi abrasado rostro
sentí perfumado y fresco.
Yo vi su frente purísima,
a la que rubios cabellos
coronaban, como suele
con sus dorados reflejos
coronar el sol que nace
monte de nieve cubierto.
Yo vi sus ojos azules,
que en verdad me parecieron
más celestiales que aqueste
bellísimo firmamento,
que al fin este cielo es uno
y aquellos eran dos cielos.
Yo vi su dulce sonrisa,
y pensé en aquel momento
con la rapidez del rayo,
y del rayo con el fuego,
¿si en tu boca así es la risa,
qué será en tu boca un beso?
Y al ver tan divina mezcla,
y conjunto tan perfecto,
de cuanto hay de más hermoso
en la tierra y en el cielo,
sentí... yo no sé, ¡Dios mío!,
lo que sentí; sólo siento
que hay más luz en el espacio,
más aromas en el suelo,
más frescura en el ambiente,
y que están los aires llenos
de divinas armonías
y celestiales conciertos.


Parreño: ¡Buena ocasión es, don Carlos,
de pensar en devaneos!
iPobre Marqués de Quirós!


Carlos: ¡Calla, calla!...

Parreño: ¡Pobre dueño!
Tú descansas bajo el mármol
desgarrado el noble seno,

el que te arrancó la vida
su triunfo goza, soberbio,
y el hijo que tanto amabas,
aquí, do cayó tu cuerpo,
celestiales armonías
está sin cesar oyendo.
¡Bien haya por la ventura
que goza, el noble mancebo!


Carlos: Dije que será esta noche.

Parreño: ¿Me lo juras? 

Carlos: Lo prometo.
 

(Sale de la iglesia Fernando y camina con lentitud).




José Echegaray (España, 1832-1916).
Obtuvo el premio Nobel en 1904 compartido con Frédéric Mistral.

lunes, 4 de noviembre de 2019

Tu boca: POEMA CUBISTA, de Pablo Picasso

 
4 de noviembre de 1935
 
(II)

espejo en tu marco de corcho - tirado al mar entre las olas - no ves sólo el relámpago - el cielo - y las nubes - con tu boca abierta dispuesta - a tragarse el sol - mas si un pájaro pasa - y por un instante vive en tu mirada -  al instante se queda sin ojos - caídos al mar - ciego y qué carcajadas - en ese preciso momento - brotan de las olas.
 
 
Pablo Picasso (Español fallecido en Francia, 1881-1973).
 
La ilustración corresponde a un collage de obras cubistas de Pablo Picasso.

jueves, 31 de octubre de 2019

Tu boca: UNA NOCHE EN LA SELVA, de Blaise Cendrars

"... la boca de una mujer elegante que mordisqueaba su lápiz labial, una boca roja, sencillamente tu boca..."

(Fragmento)

Caigo entonces al fondo de mí mismo, me hundo y obtengo placer con los retornos vertiginosos de la conciencia cuando dejo de respirar y me ahogo. La vida desfila a toda velocidad, como un viejo filme vuelto a pegar, lleno de roturas, de huecos, de escenas ridículas, de personajes al revés, con títulos pasados de moda para detenerse de pronto sobre una sola imagen, que no es siempre la más bella, pero que se vuelve luminosa a fuerza de atraer la atención.
 
Es absurdo, pero así es.
 
Así, durante este último viaje a Brasil, yo venía de disfrutar durante seis meses del lujo, de la comodidad, de la publicidad, de la velocidad, de la promiscuidad, del juego, de la inestabilidad, del buen humor, de la actualidad, de las luces que ofrece en profusión y gratuitamente el ensamblaje científico del mundo moderno, el día en que, abandonando mi pequeño Ford en la sabana, descubrí esa picada a través de la selva virgen, ese sendero terrible que habría de desembocar en una boca, una boca de mujer, no la boca de mi pasión ataviada por la costurera del teatro, sino la boca de una mujer elegante que mordisqueaba su lápiz labial, una boca roja, sencillamente tu boca, Virginia.
 
A propósito, ¿por qué partí, por qué dejé ese palacio de São Paulo desde donde veía, por la ventana de mi cuarto, las idas y venidas de tres muchachitas por el jardín? Ellas venían varias veces al día y a horas fijas a exponerse a mis ojos bajo un enorme ficus blanco. Yo les mandaba besos. Ellas reían, se sacudían, se abrazaban para burlarse de mí.
 
Me irritaba.
 
Inclinado en mi balcón, con el torso desnudo, atrapaba los golpes de sol para comunicarme con ellas por los aires.
 
Les hacía signos y las veía reírse, sin poder nunca dirigirles la palabra, ni escuchar esa risa de jovencitas llegar hasta mí, separados como estábamos por los ruidos de la ciudad, de los extractores que se vaciaban, la cadencia multiplicada de los carpinteros, el bufido de las furgonetas, el rebato de los martillos neumáticos, las descargas y tronidos de la maquinaria norteamericana que explotaban y percutían en esa infernal nube de cascotes que envolvía siempre el centro de São Paulo, en el que demolían incesantemente para construir a razón de una casa por hora o de un rascacielos por día. En esta ciudad proteica que desconoce la Liga del Silencio poseíamos los cuatro un maravilloso secreto y nos amábamos, como se besa uno por teléfono, sin nunca decirnos nada.


Blaise Cendrars: Frédéric-Louis Sauser
(Suizo nacionalizado francés, 1887-1961).
 
(Traducido al español por Armando Pinto).

lunes, 28 de octubre de 2019

Tu boca: SONETO, de Efrén Rebolledo

"... se abaten tus cabellos en racimo de negros bucles..."

Saturados de bíblica fragancia
se abaten tus cabellos en racimo
de negros bucles, y con dulce mimo
en mi boca tu boca fuego escancia.

Se yerguen con indómita fragancia
tus senos que con lenta mano oprimo,
y tu cuerpo suave, blanco, opimo,
se refleja en las lunas de la estancia.

En la molicie de tu rico lecho,
quebrantando la horrible tiranía
del dolor y la muerte exulta el pecho,

y el fastidio letal y la sombría
desesperanza y el feroz despecho,
se funden en tu himen de ambrosía.
 
 
Efrén Rebolledo (Mexicano fallecido en Madrid, 1877-1929).
 
Este soneto forma parte del volumen que comprende una docena
reunidos con el título de Caro Victrix, publicado en 1916.

viernes, 11 de octubre de 2019

Tu boca: LOS AVISPONES, de Peter Handke


(Fragmento del capítulo Los avispones)

No tienes que mostrar que vas por un camino polvoriento. Los espectadores no tienen por qué enterarse de las características del camino. Basta con que Te vean andar. Tampoco es necesario mostrar que hace calor. Solamente debes tener cuidado al entrar para que aquellos que Te miran no piensen que Te has puesto en marcha justo ahora; cuando Te vean entrar, deben creer que ya llevas mucho tiempo andando. Tú entras no como si llegaras a este concreto y preciso lugar, sino a un lugar que es idéntico a todos los lugares por los que Tú ya has ido. El lugar al que Tú llegas y en el que Te presentas ante los espectadores no es distinto de los otros lugares. Tú no entras, no Te presentas en un escenario, más bien caminas por entre las miradas. No hay nadie. Los movimientos de Tus piernas son tales que suscitan en los que Te miran la idea de que ya van solas y de que Tú no pones nada de Tu parte para que avancen. Si miras a Tu alrededor, a los espectadores les tiene que parecer que miras siempre después de haber dado un número determinado de pasos. Al andar, Tu mirada no se ha apartado ni una sola vez de Tus pies. Miras a Tu alrededor como quien busca una sombra en una vasta extensión de terreno. Tu vestimenta es sencilla; no debe atraer la mirada de los espectadores. Llevas una camisa sin cuello, como un presidiario o un campesino. Hace poco que has llegado. Los espectadores ya habrán captado que estás en camino desde hace mucho. No necesitan saber más. Ahora tienes que este breve lapso de tiempo durante el cual los espectadores Te ven y que Tú puedes calcular midiendo Tus pasos con la abertura entre el pulgar y el índice, este tiempo que transcurre entre Tu primer movimiento visible a los espectadores y el momento en el que Te detienes y miras a Tu alrededor, a ellos, les parezca infinitamente largo. No basta con mostrar tu fatiga a los que desconocen lo que Te pasa, haciendo ver que Te pones de cuclillas y escupiendo sobre una piedra (por decir algo) que desentierras del camino para Ti, como recomienda el remedio casero para el dolor de costado. Solamente dispones de Tu cara y de Tus gestos. Tu voz, con la que podrías hablarles, ha enmudecido. Durante el minuto que has andado ha transcurrido medio día. Esto es lo que los otros tienen que entender. En medio día, la luz y el viento cambian. El camino cambia. Cambian las sombras de lo que se alza sobre la tierra. A los espectadores Tú sólo puedes mostrarles Tu propio cambio. Sin embargo, durante el minuto que Te han visto, no Te ha ocurrido otra cosa que lo que les has mostrado. No vale la pena que Te pongas la mano sobre los ojos y Te gires para ver los doce pasos que has dado ante ellos. No basta con que simules que no alcanzas a ver un final. Seguro que ellos entenderán lo que Tú representas y se dejarán convencer por Tus gestos de que tienen que multiplicar los pasos, sin embargo, no podrán entender cuánto tiempo ya ha transcurrido. No les llegará al corazón. Para mostrárselo, necesitarías magia o una gran elocuencia o una fórmula con la que pudieras encantar sus oídos. Pero se Te exige que permanezcas mudo. No basta con que cambies Tu modo de andar, no basta con modificar la expresión de la cara y que los ojos parpadeen, no basta con dejar que los brazos cuelguen lacios de los hombros. No dispones de una iluminación que podría mover Tu sombra. Tirarte al suelo de cansancio, no resultaría. Con ningún gesto, con ninguna expresión conseguirías resumir el tiempo transcurrido. Cualquier cosa que hicieras se convertiría en un espectáculo de títeres. Pero si Tú mismo representas esa comedia, se reirán de Ti, igual que si quisieras mostrar el paso del tiempo colocando delante de Ti la palma de la mano a modo de cronómetro y utilizaras como aguja el índice de la otra mano y los espectadores tuvieran ante sí los puntos invisibles que significan las horas, y Tu dedo que iría avanzando a cada paso que dieras. Tienes que mostrar doce pasos, doce horas. Ahora el dedo ha regresado al punto de partida. Simultáneamente, Tú te has detenido y Te propones descansar al lado del camino. Pero la magia que necesitas para que los espectadores capten el tiempo, la magia que los haga estremecer, está encerrada en Tu boca. Tu voz es muda. También en lo que sigue, Tu voz permanecerá muda. El ruido que en medio del movimiento que realizas para ponerte a descansar Te hace aguzar los oídos, Tú lo indicas levantando de lado la cabeza «como un ciego».
 
 
Peter Handke (Austria, 1942).
El día de ayer se le concedió el premio Nobel de literatura correspondiente a 2019.
 
(Traducido al español por Anna Montané Forasté).

jueves, 10 de octubre de 2019

Tu boca: LIRIO Y SERPIENTE, de Nikos Kazantzakis

 "Sé qué quieres decir cuando entreabres Tu boca..."

10 de octubre
 
Se rindieron las líneas de Tu cuerpo a mis caricias y Tus labios se secaron succionados por los míos. Te echaste sobre mí y profané todos los secretos y los escalofríos y las ondulaciones de Tus carnes. Sellé con el beso de mi deseo todos los nidos de Tu cuerpo. Y el hastío crece, crece a la par que el amor.
 
Te he analizado toda al microscopio de mi alma perversa. Sé lo que dicen Tus ojos tras sus largas pestañas y lo que dice la opresión de Tu mano y lo que grita Tu silencio en la penumbra. Sé, cuando arqueas Tu cuerpo, de qué forma se aprietan y se arrugan Tus carnes y cuántos hoyitos se forman en Tus pechos y cómo de Ti sale caliente y profundo Tu aliento. Todo, lo sé todo. Tu cuerpo cae sobre la cama con la palidez de los lirios y con la gracia de los nenúfares. Y Tus labios se aprietan y atardecen blancos los bulbos de Tus ojos. Y Tu brazo derecho, rendido y blanco, se enreda en mi cuello. Sé qué quieres decir cuando entreabres Tu boca y sé qué ves cuando cierras tus ojos y qué piensas cuando tímidamente se van sonrosando Tus mejillas.
 
Por Tu andar cuando llegas y la temperatura de Tu mano al saludar, sé cuántos besos has de darme y qué palabras me vas a decir. Te he analizado toda, ¡oh, infeliz!, al microscopio de mi alma perversa... Y he aquí, he aquí como crece el hastío a la par que el amor.
 
 
Nikos Kazantzakis (Griego fallecido en Alemania, 1883-1957).

(Traducido al español por Pedro Olalla).

viernes, 20 de septiembre de 2019

Tu boca: DEL TIEMPO Y EL RÍO, de Thomas Wolfe

"¡Yo te conmoveré, yo fundiré ese hielo, mi amor... por Dios, yo te poseeré!..."
 
(Fragmento del capítulo LXXXVI)

- Dime -requirió con voz ahogada, mientras la zarandeaba-. ¡Dime algo!... ¡Haz algo!... ¡No te quedes parada como una esfinge!... ¿Quién diablos crees que eres, al fin de cuentas?... ¿Por qué has de ser mejor que los demás?... ¡Ann! ¡Ann! ¡Mírame!... ¡Habla! ¿Qué te pasa?... ¡Ah, maldita seas! -susurró, salvaje e inconsciente-. ¡Te quiero!... Mujerzuela de Boston, grande, tonta, hermosa -susurró amorosamente-, vuelve la cara hacia mí... mírame... ¡Por Dios! ¡Basta ya! -murmuró agitadamente, y por primera vez, con una especie de desesperación, la besó en la boca, y mirando hacia su alrededor como un loco, sin saber lo que hacía, empezó a tirar de ella y a arrastrarla hacia la cama, susurrando-: ¡Por Dios, lo haré! ¡Mujerzuela de Boston, grande, tonta, hermosa!... ¡Ann! -exclamó con exaltación-. ¡Yo te conmoveré, yo fundiré ese hielo, mi amor... por Dios, yo te poseeré!... ¡Ah, tu brazo! -comenzó a decir ávidamente, mientras levantaba el brazo esbelto de la muchacha en un éxtasis gradual y desgarrador y mordía su hombro- y tu cuello, y tu rostro cálido y tu boca hosca y tu perfume, y tu vientre precioso; ese vientre blanco, hermoso, fecundo de mi muchacha de Boston... ese vientre como para tener doce hijos... y las caderas anchas, y los muslos torneados, y las ancas de la cintura a las rodillas... ¡ah, tierra salvaje, virgen, mansa, fértil, yo te fecundaré! -exclamó triunfante-... y tus ojos mansos y tus manos largas y tus dedos finos... ¿de dónde has sacado esas manos graciosas, delicadas, preciosas...? ¡Ven! -dijo lleno de un suave deseo asesino, y de pronto sintió temblar los largos dedos de la muchacha sobre su brazo, los tomó entre sus manos y los sintió allí, y sintió temblar todo su cuerpo grande y pesado bajo su abrazo. Y súbitamente se sintió invadido por una situación intensa, indescriptible, de compasión y arrepentimiento.


Thomas Wolfe (Estados Unidos, 1900-1938).

jueves, 12 de septiembre de 2019

Tu boca: LO BELLO Y LO TRISTE, de Yasunari Kawabata

"- Sírveme un poco de té –susurró. Él levantó la taza y se la tendió. - De tu boca."

(Fragmento del capítulo El lago)

- ¿No te parece que es una vista hermosísima?
- Sí. Es hermosísima. Pero yo estaba pensando en lo hermosa que eres tú. Tu nuca, tu obi...
- ¿Recuerdas cuando me tenías en tus brazos, allá en el templo?
- ¿Que si recuerdo... eso?
- Supongo que estás enfadado conmigo. Estás escandalizado Lo sé.
- Quizá, sí.
- Yo también. Es terrible que una mujer se entregue en forma tan completa.
 
Bajó la voz:
 
- ¿Así que por eso no te acercas a mí?
 
Taichiro se puso de pie y se acercó a ella. Le apoyó una mano sobre el hombro y la guió dulcemente hasta el sofá. Ella permaneció sentada cerca de él, pero mantuvo los ojos bajos.
 
- Sírveme un poco de té –susurró.
 
Él levantó la taza y se la tendió.
 
- De tu boca.
 
Taichiro tomó un sorbo de té y lo dejó filtrar poco a poco por entre los labios de ella. Keiko bebió el té con los ojos cerrados y con la cabeza echada hacia atrás. Su cuerpo estaba inerte, con excepción de los labios y de la garganta.
 
- Más -dijo, sin moverse.
 
Taichiro tomó otro sorbo de té y se lo dio boca a boca.
 
- ¡Ay, qué lindo! -exclamó Keiko, abriendo los ojos-. Me gustaría morir ahora. ¡Por qué no habrá sido veneno!... Estoy acabada. Acabada. Y tú también.
 
Tras una pausa dijo:
 
- Vuélvete.
 
Empujó a Taichiro para que se volviera y apretó el rostro contra su hombro. Luego buscó sus manos. Taichiro tomó una de las manos de la muchacha y la contempló mientras acariciaba un dedo tras otro.
 
- Lo lamento -dijo Keiko-. ¡Qué desconsideración de mi parte! Seguramente estás deseando bañarte. ¿Qué te parece si lleno la bañera?
- Muy bien.
- A no ser que prefieras tomar una ducha.
- ¿Te parece que la necesito?
- Me gustas tal cual estás. Nunca me había gustado tanto un aroma, como el de tu piel -hizo una pausa-. Pero supongo que preferirás refrescarte.
 
 
Yasunari Kawabata (Japón, 1899-1972). Obtuvo el premio Nobel en 1968.
 
(Traducido al español por Nélida M. de Machain)

miércoles, 11 de septiembre de 2019

Tu boca: MADRIGAL DE VERANO, de Federico García Lorca


Junta tu roja boca con la mía,
¡oh Estrella la gitana!
Bajo el oro solar del mediodía
morderá la manzana.

En el verde olivar de la colina
hay una torre mora,
del color de tu carne campesina
que sabe a miel y aurora.

Me ofreces en tu cuerpo requemado
el divino alimento
que da flores al cauce sosegado
y luceros al viento.

¿Cómo a mí te entregaste, luz morena?
¿Por qué me diste llenos
de amor tu sexo de azucena
y el rumor de tus senos?

¿No fue por mi figura entristecida?
(¡Oh mis torpes andares!)
¿Te dio lástima acaso de mi vida,
marchita de cantares?

¿Cómo no has preferido a mis lamentos
los muslos sudorosos
de un San Cristóbal campesino, lentos
en el amor y hermosos?


Danaide del placer eres conmigo.
Femenino Silvano.
Huelen tus besos como huele el trigo
reseco del verano.

Entúrbiame los ojos con tu canto.
Deja tu cabellera
extendida y solemne como un manto
de sombra en la pradera.

Píntame con tu boca ensangrentada
un cielo del amor,
en un fondo de carne la morada
estrella de dolor.

Mi pegaso andaluz está cautivo
de tus ojos abiertos;
volará desolado y pensativo
cuando los vea muertos.

Y aunque no me quisieras te querría
por tu mirar sombrío,
como quiere la alondra al nuevo día,
sólo por el rocío.

Junta tu roja boca con la mía,
¡oh Estrella la gitana!
Déjame bajo el claro mediodía
consumir la manzana.
 

Federico García Lorca (España, 1898-1936).

lunes, 9 de septiembre de 2019

Tu boca: MAÑANA, de Marià Manent

 
Has salido del sueño como del mar. Aún húmeda,
a los sueños sonríe tu boca, dulcemente.
Brilla el sol en la hierba, pero tu ves la plata
de la luna, que en el agua duerme-.
 
Una luz de esmeralda casi nubla tus ojos;
perfumes de aquel mar tiene tu fina arcilla;
y una gran perla pálida llevas bajo los bucles,
ondulados como alga tranquila.
 
 
Marià Manent i Cisa (Español, poeta en lengua catalana, 1898-1988).
 
(Traducido del catalán por José Corredor Matheos).

domingo, 8 de septiembre de 2019

Tu boca: MOSQUITOS, de William Faulkner

"Cerró el libro y se quitó los lentes."
 
(Fragmento del cuarto día, a las once en punto)
 
- Sí, pero estás tratando de reconciliar al libro con el autor. Un libro es la vida secreta de un escritor, el secreto gemelo de un hombre: y contigo, cuando llega el choque inevitable, la verdadera personalidad del autor es la que pierde, porque eres de aquellos que ganan en verosimilitud al verlos en letra impresa.
 
- Quizá sea así -respondió Fairchild distraídamente, inclinándose otra vez sobre la página-. Escucha:
 
«Esos labios cansados parecen aún más cansados, por esa curva y pálida astucia. El quieto misterio de tu secreta faz, y tu enfermizo desespero obsesionado por su propio mal; tus manos de infante no se posan en tu corazón para protestar. Esa sonrisa reconcilia tu fatigada boca, guárdate de jurar, aunque desengañada con la secreta alegría de tu pecho de mujer. Cansada tu boca de sonrisas; no puedes apagarlas con tus besos ni tu amante, ni tú, ni ella. Tu despertar virginal es en sí una burla. Llega despierto con la aguda ausencia del sueño y junto a tu boca tu gemelo corazón esconde su dolor; no puede quebrarse, pues en medio, no late ningún pecho.»
 
- Hermafroditas -leyó-. De eso se trata. Es una especie de secreta perversión. Como un fuego que no necesitara combustible, que viviera de su propio calor. Quiero decir, que toda la poesía moderna es una especie de perversión. Como si el día de la poesía sana hubiera pasado ya, y los hombres modernos no hubieran nacido para escribir poemas. Les concedo otras cualidades, pero no la de escribir poesía. Es como si los hombres de hoy no fueran suficientemente masculinos y vigorosos para idear algo que anda tan cerca de lo sobrenatural. Una raza estéril; mujeres dema- siado masculinas para concebir; hombres demasiado femeninos para engendrar...
 
Cerró el libro y se quitó los lentes.
 
William Faulkner (Estados Unidos, 1897-1962).
Obtuvo el premio Nobel en 1949.

sábado, 7 de septiembre de 2019

Tu boca: EL VACÍO, de Georges Bataille



 Llamas nos rodearon
bajo nuestros pasos se abrió el abismo
un silencio de leche de hielo de huesos
nos envolvía con un halo
 
eres la transfigurada
mi destino te ha roto los dientes
tu corazón es un hipo
tus uñas han hallado el vacío
 
hablas como la risa
los vientos alisan tu cabello
la angustia que el corazón oprime
precipita tu burla
 
tus manos tras mi cabeza
no agarran sino la muerte
tus besos rientes no se abren
sino a mi pobreza de infierno
 
bajo el baldaquino sórdido
del que penden los murciélagos
tu maravillosa desnudez
no es más que una mentira sin lágrimas
 
mi grito te llama en el desierto
al que no quieres venir
mi grito te llama en el desierto
en el que se cumplirán tus sueños
 
tu boca sellada a mi boca
y tu lengua en mis dientes
la inmensa muerte te acogerá
caerá la inmensa noche
 
entonces habré hecho el vacío
en tu cabeza abandonada
tu ausencia estará desnuda
como una pierna sin medias
 
esperando el desastre
en que se extinguirá la luz
seré yo suave en tu corazón
como el frío de la muerte.


Georges Bataille (Francia, 1897-1962).

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Tu boca: TRES SOLDADOS, de John Dos Passos

"... con un piano y un millón de hojas de papel pautado."
 
(Fragmento del capítulo III de la segunda parte: El metal frío)

- ¿Sabes una cosa? -dijo Andrews, hablando rápidamente y con excitación mientras se apartaba de la frente un mechón de pelo rubio-. Me dejaría matar con gusto por gozar de un año de estancia aquí, con un piano y un millón de hojas de papel pautado. Creo que vale la pena ofrecer la vida por una temporada así.
 
- Este lugar no es para quedarse, sino para volver. Imagínate que regresas de un viaje a las montañas del Tibet, donde estuviste a punto de que te arrancaran el cuero cabelludo o de perecer ahogado y donde pudiste hacerle el amor a la hija de un jefe afgano, una muchacha cuyos labios perfumados con loukoumi dejaron en tu boca un sabor dulcísimo -dijo Henslowe acariciando suavemente su bigotito castaño.
 
- Pero, ¿de qué sirve ver las cosas y sentirlas si uno no sabe expresarlas?
 
- ¿De qué sirve vivir, al fin y al cabo? ¿Qué sacamos de la vida aparte de la diversión, amigo?
 
- Para mí, la única diversión posible es... -empezó a decir Andrews-. ¡Dios! daría todas las alegrías del mundo por componer una sola página de música inspirada. ¿Sabes que hace muchos años no hablaba así con nadie?
 
Los dos miraron silenciosamente al exterior. La niebla era espesa y formaba nubes que parecían de algodón en rama; sólo que la niebla era todavía más suave que el algodón y tenía un tono dorado verdoso.
 
 
John Dos Passos (Estados Unidos, 1896-1970).

martes, 3 de septiembre de 2019

Tu boca: PRIMERAMENTE, de Paul Éluard

"... Y es por tu boca, detrás del vaho de nuestros besos..."
 
XXVII

Los cuervos aletean por los campos
La noche se apaga
Para una cabeza que se despierta
Los blancos cabellos el último sueño
Las manos se hacen luz de su sangre
De sus caricias
Una estrella llamada azul
Y cuya forma es terrestre
Enloquecida por los aullidos
Enloquecida por los sueños
Enloquecida por los capelos del ciclón fraterno
Infancia enloquecida por los fuertes vientos
Cómo harías la hermosa la coqueta
No se reirá más
La ignorancia la indiferencia
No revelarán su secreto
Tú no sabes saludar a tiempo
Ni compararte con las maravillas
Pero me oyes
Tu boca comparte mi amor
Y es por tu boca
Detrás del vaho de nuestros besos
Por donde estamos unidos.
 
 
Paul Éluard (Francia, 1895-1952).

miércoles, 28 de agosto de 2019

Tu boca: ORIENTAL, de E. E. Cummings

"... tu boca es un acorde de música carmesí..."

I
 
te hablé
con una sonrisa y no
respondiste
tu boca es
un acorde de música carmesí
Acércate
tu, ¿no es la vida una sonrisa?
 
te hablé con
una canción y
no escuchaste
tus ojos son como un ánfora
de divino silencio
Ven acá
tú, ¿acaso no es la vida una canción?
 
te hablé
con un alma y
no te preguntaste
tu cara pareciera un sueño cerrado
en una fragancia pálida
Acércate
tú, ¿no es el amor la vida?
 
te hablo
con una espada
y te quedas en silencio
tus pechos como tumbas
más suaves que flores
Ven acá
tú, ¿acaso no es muerte el amor?
 
 
E. E. Cummings: Edward Estlin Cummings
(Estados Unidos, 1894-1962).