Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
Mostrando las entradas con la etiqueta Silvina Ocampo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Silvina Ocampo. Mostrar todas las entradas

viernes, 10 de mayo de 2024

Mirándolas dormir: PAISAJE DE TRAPECIOS y CARTA DE DESPE- DIDA, de Silvina Ocampo

"... en ese instante se hicieron reales los movimientos acrobáticos incandescentes de esa mujer dormida."

Paisaje de trapecios

(Fragmento)

Nada extraordinario había sucedido en su vida, vivía en una soledad de desierto sin cielo. Se dormía en los bancos, esperando su turno, con los ojos ribeteados de un fuego intenso de sueño (por eso sus compañeros la llamaban "la Dormilona")... Plinio la despertaba, le tiraba de la pollera, le sacudía los brazos mientras el público pasaba en los entreactos a visitar los animales. Y entre toda esa gente, un día, fue así, en esa postura de sueño, que algodona los brazos, que agranda los párpados listos a caerse como dos enormes lágrimas, que entreabre la boca y pinta las mejillas de rojo, estampando el apoyo de un bordado, de una estrellita o de una mano abierta, fue así como un hombre se había enamorado de ella. Para él apenas en ese instante se hicieron reales los movimientos acrobáticos incandescentes de esa mujer dormida; cada brazo, cada pierna era un envoltorio de músculos dormidos y blandos como un abrazo.

Ese hombre en su infancia había visto serafines rubios disfrazados de acróbatas en el circo, por eso quizá se detuvo y miró largamente a la pruebista resucitada de su infancia. Y ella, tapiada detrás del sueño, lo vio lejos, lejos, en las gradas más altas, guiñándole el ojo detrás de dos bigotes de cejas rarísimas que llevaba sobre la frente. La intensidad de la mirada debió de ser muy grande, tan grande que Charlotte se despertó, pero no vio a nadie. "¿Plinio, quién era ese hombre?" Plinio se asomó a espiar por las cortinas y volvió tambaleando sin respuesta.

Hasta ese día había vivido en una soledad de desierto sin cielo, luego ese cielo au- sente se cubrió de alas de mariposas coleccionadas en Río, que aquel desconocido le mandó de regalo -fue Plinio el que recibió los besos de agradecimiento-. Por entre los trapecios y las sillas apiladas, las grandes manos redondas de Charlotte rezaban de alegría, una semana después, cuando un hombre alto, de traje azul violáceo, se acer- có a saludarla.

"Es cierto que era la primera vez que te veía dormida. Toqué el violín, pianísimo, para que la sorpresa no resultara desagradable..."

Carta de despedida

(Fragmento)

Guardo mi violín debajo de la cama, por costumbre, y a veces, cuando estoy desvelado, no recordando el exacto sonido de sus notas, abro la caja del instrumento y rasgo las cuerdas levemente; pero esto no basta para que me duerma. Mi afición por la música no es tan grande para que pueda engañar a los otros ni a mí mismo. Es para quedar despierto que me preocupo por el sonido de las cuerdas. Oigo la puerta de calle que se abre y la voz de Juan que llega a visitarte. ¡Todas las noches! A veces me levanto y los espío. La familiaridad con que te trata, me parece peor que indecente. Lo mataría, créeme; no lo hago, por no causarte una pena; ya bastante sufriste por mi culpa aquella tarde en que intenté darte una sorpresa. Nunca contemplé tu rostro con tanto recogimiento. Es cierto que era la primera vez que te veía dormida. Toqué el violín, pianísimo, para que la sorpresa no resultara desagra- dable y para que nadie me descubriera. ¿Cómo me atreví a entrar en tu cuarto a esas horas? Creía que mi madre no estaba en la casa; eso me dio coraje; también me dio coraje todo lo que elle hacía para separarnos. Cuando abriste por fin los ojos, se abrió también la puerta y entró mi madre, como la imagen de una furia. Me golpeó primero a mí, después a ti. Dabas la espalda a la puerta y no veías el cuchillo, sobre la mesa, que tomé, dispuesto a matarla, porque te había tocado. La luz que nos ilumina- ba como a través de mil vidrios colorados, era del color de la sangre.

Mi madre no me perdona el amor que tengo por ti. Yo no perdono el amor que tienes por Juan.

Silvina Ocampo (Argentina, 1903-1994).

miércoles, 8 de julio de 2020

Epidemias: EL BANQUETE, de Silvina Ocampo


"Colgadas de ese hilo (…), las máscaras de destacaban: era casi lo único que se veía en el cuarto."

(Texto íntegro)

Era el día fijado para el banquete. Élida Fraisjus, sobrenombre inspirado por los jugos frescos que pregonaban en Francia, era una de las organizadoras; se vestía para la fiesta. Adivinaba en el cielo rosado del atardecer de daguerrotipo el advenimiento de un cataclismo, pero, de igual modo que una sinfonía empieza a veces con similares acordes a los que la terminan, pensó que esa transparencia inusitada de la atmósfera no era otra cosa que el anuncio de un epílogo feliz.

Frente a los espejos altos y circulares de su cuarto, elegía las máscaras que colgaban de un hilo dorado entre el resto de los atuendos que parecían miniaturas. La máscara era para ella lo más importante, si bien las botas caladas color carne y con uñas nacaradas la preocupaban también bastante. Colgadas de ese hilo dorado que marcaba sus límites con un resplandor de diamante, las máscaras se destacaban: era casi lo único que se veía en el cuarto. Esperaban que la dueña se las calara, pues antes de elegir una se probaba varias porque nunca sabía muy bien cuál elegiría. Era una mujer tan rápida que a pesar de sus vacilaciones se demoraba apenas. Un motivo de amargura para ella era sentirse fea. Le pareció que era tan fea con máscara como sin máscara, cosa que no admitían sus amigas. Tenía una voz ronca, su acento la multiplicaba de modo que cuando hablaba parecía que hablaban varias personas. Pensaba: "Esto no se corrige y se advierte en la cara a pesar de la máscara". Élida era una mujer anticuada: esos problemas ya no existían y muchas amigas se burlaban de ella. No había personas feas ni viejas, me atrevo a decirlo (por ese motivo nadie quería morir, salvo Elida), lo cual era contraproducente, porque mucha gente se suicidaba por miedo de morir. Aunque este hecho conviniera en cierto modo a la humanidad, varias veces los gobiernos estuvieron a punto de prohibir el uso de las máscaras a las personas menores de cincuenta años. Pero la ley fue rechazada gracias a las manifestaciones y los actos de violencia que se produjeron. Había gavillas de adolescentes que las usaban a escondidas. Descubrieron un arsenal de máscaras impúdicas: los menores de edad las almacenaban. El escándalo se propagó hasta en los colegios donde los alumnos las consiguieron para los exámenes, de modo que casi todos resultaban impostores. Saber cómo se preparaban esas máscaras y de qué material estaban hechas resultaría macabro y prefiero referirme ahora al banquete que iba a tener lugar en esas próximas horas. El banquete era para celebrar el maremoto de Tirreno, en las vastas zonas del Hiro donde corren los afluentes del Arpón y del Tuyar: millones de personas murieron en la catástrofe.

Según los científicos era ésta la suma necesaria para que el mundo no sufriera la privación del aire y el hambre que los estaba cercando. Con el banquete celebraban pues el acontecimiento más importante del año. De no ser por esa catástrofe, el mundo habría incurrido en otra catástrofe peor; la ejecución del proyecto del doctor Chiksa de disminuir la estatura de los hombres por un proceso parecido al de los arbolitos japoneses, pero sin mantener las proporciones adecuadas. No menos de tres generaciones llevaría el cumplimiento del plan si a toda costa mantenían las proporciones. De ese modo cruel, pero eficaz, el costo de la vida se reduciría a la cuarta o quinta parte, pero no resolvería del todo el problema vigente, que alarmaba al mundo. Después de la misa ritual, celebrada en un recinto cerrado, donde Élida tuvo la primera claustrofobia de su vida por culpa de la máscara color café con leche, para quedar bien con los negros y los blancos, la concurrencia pasó a la sala de audiencias, donde los discursos le quitaban el aire. Después, los invitados pasaron a los comedores. Un mundo se agolpaba en busca de asientos alrededor de la enorme y giratoria mesa cuyo mecanismo no funcionaba bastante lentamente para algunos glotones que querían repetir de cada plato (como si no hubiera otros, y otros y otros más apetecibles). La verdad es que, una vez probado el primer plato, el temor a que el próximo fuera más pesado hacía que la gente se volviera a servir blandiendo las cucharas con avidez, ya que siempre servían lo mejor primero y dejaban lo peor para los postres. ¿El tumulto de voces no dejaba oír los discursos o Élida se sentía mal?. Una mujer sensible, siempre duda de sus experiencias; Élida más que cualquiera. Su propia voz, tan disonante en el silencio, en el tumulto le pareció armónica:

- En este día de emociones y de esperanzas nos hemos reunido para llorar, deplorar y festejar la desaparición de mil millones de habitantes de la Tierra. Sin duda la muerte es resurrección para nosotros y esto es lo dramático del asunto. A partir de este momento respiraremos mejor, nosotros, los desventurados que vivimos.

Élida, sintiéndose más bonita, se ahogaba. Dijo dos o tres frases que, si alguien las hubiera recogido, serían célebres, pero no la escucharon porque escuchaban al ministro.-...podremos comer mejor -prosiguió el ministro. Élida sintió que se le cerraba la garganta, con la última banana que comió-. Todos los adelantos de nuestra civilización podrán aprovecharse al fin de cuentas -la rapidez con que hablaba el ministro decreció. Sus ojos entrecerrados parecían dos lagrimones. Alguien lo interrumpió bruscamente para decirle algo al oído y se despabiló-. Por desgracia, ninguna alegría llega sola. Señores, estamos cercados por una peste -hubo un zumbido de moscardón en la sala-. En las calles se están muriendo centenares de personas por los efectos del agua pútrida de los pantanos de las inundaciones. La peste la propagan los mosquitos contra los cuales hemos luchado tanto, para extinguirlos y revitalizarlos. Esta noticia que acabo de recibir, demuestra tal vez que nos hemos anticipado en la organización de los agasajos para la cual trabajó tanto la señora Élida Fraisjus como sus colaboradoras.

Los aplausos ahogaron las últimas palabras del ministro y Élida alcanzo a oír su nombre. Se arrancó la máscara para que Dios le viera la cara, la edad de su piel y el color, y para que uno de los mosquitos la picara, pero se preguntó en los últimos momentos ¿por qué este afán por morir?. Y su propia voz ronca le respondió: "Ya ves, la eternidad no es distinta".

Silvina Ocampo (Argentina, 1903-1993).