(Fragmento final del capítulo 7)
—Sí, es una chica realmente agradable —dijo Havel—, pero agradable tam- bién puede serlo un perro, un canario o un patito que pasea por el patio. De lo que se trata en la vida no es, querido amigo, de conquistar la mayor cantidad posible de mujeres, porque ése es un éxito demasiado superficial. Se trata más bien de cultivar las exigencias que uno mismo se plantea, porque en ellas se refleja la medida de su propio valor. Recuerda, amigo, que el buen pescador devuelve los peces pequeños al agua.
El joven empezó a pedir disculpas y afirmó que él mismo tenía ya considera- bles dudas con respecto a la chica, como lo demuestra el haberle pedido su opinión a Havel.
—No es nada —dijo Havel—, no se preocupe por eso.
Pero el joven continuó con sus disculpas y sus excusas y señaló que en otoño había escasez de mujeres guapas en el balneario y que por eso uno tiene que conformarse con lo que haya.
—En eso no estoy de acuerdo con usted —lo rechazó Havel—. He visto algunas mujeres excepcionalmente atractivas. Y le diré una cosa. Existe cierta apa- riencia externa agradable que la estética provinciana considera, erróneamente, bella. Pero aparte de eso existe también la verdadera belleza erótica de la mujer. Saber reconocerla a simple vista no es, naturalmente, nada fácil. Es un arte. —Después le dio la mano al joven y se alejó.

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