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Vancouver: atardecer en English Bay.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Amor a primera vista, según Nabokov, Carlos Fuentes, Stendhal, Pacheco y García Márquez


Cuando el profesor Humbert Humbert, -"el curioso apellido de su autor es invención suya", aclara el irónico prólogo de Lolita-, protagonista y narrador de la novela, se encuentra recorriendo la casa de la viuda Haze con el fin de tomar en alquiler una habitación, no puede ocultar su desagrado, y eso se lo debemos a la narración introspectiva:

«Veo que no se siente usted favorablemente impresionado», dijo la dama apoyando un instante su mano sobre mi manga. Combinaba un frío atrevimiento -el exceso de lo que se llama «aplomo»- con una timidez y una tristeza que hacían tan artificial la nitidez con que elegía sus palabras como la entonación de un profesor de «dicción». «Confieso que ésta no es una casa muy... pulcra -continuó la condenada-, pero le aseguro (y me miró los labios) que estará usted muy cómodo, muy cómodo en verdad... Permítame que le muestre el jardín» (dijo estas últimas palabras con más ánimo y con una especie de atracción simpática en la voz).

La sigue más por cortesía que por interés, pensando en terminar el recorrido y salir para abordar el próximo tren, cuando de pronto su mirada descubrirá, por fin, a  Lolita, confirmando lo que expresa Vargas Llosa sobre Humbert, "no es un libertino ni un sensual: es apenas un obseso". Este es el párrafo que corresponde a la visión inicial de la adolescente que se convertirá en obsesión y tormento del narrador por el resto de su vida.

Aún seguía a la señora Haze por el comedor cuando, más allá del cuarto, hubo un estallido de verdor –«la galería» entonó la señora Haze– y entonces sin el menor aviso, una oleada azul se hinchó bajo mi corazón y vi sobre una estera, en un estanque de sol, semidesnuda, de rodillas, a mi amor de la Riviera que se volvió para espiarme sobre sus anteojos negros. Era la misma niña: los mismos hombros frágiles y color de miel, la misma espalda esbelta, desnuda, sedosa, el mismo pelo castaño. Un pañuelo a motas anudado en torno al pecho ocultaba a mis viejos ojos de mono, pero no a la mirada del joven recuerdo, los senos juveniles. Y como si yo hubiera sido, en un cuento de hadas, la nodriza de una princesita (perdida, raptada, encontrada en harapos gitanos a través de los cuales su desnudez sonreía al rey y a sus sabuesos), reconocí el pequeño lunar en su flanco. Con ansia y deleite (el rey grita de júbilo, las trompetas atruenan, la nodriza está borracha) volví a ver su encantadora sonrisa, en aquel último día inmortal de locura, tras las «Roches Roses». Los veinticinco años vividos desde entonces se empequeñecieron hasta un latido agónico, hasta desaparecer.

Me es muy difícil expresar con la fuerza adecuada aquella llamarada, ese estremecimiento, ese impacto de apasionada anagnórisis. En el brevísimo instante durante el cual mi mirada envolvió a la niña arrodillada (sobre los severos anteojos negros parpadeaban los ojos del pequeño Herr Doktor que me curaría de todos mis dolores), mientras pasaba junto a ella en mi disfraz de adulto –un buen pedazo de triunfal virilidad–, el vacío de mi alma logró succionar cada detalle de su brillante hermosura, para cotejarla con los rasgos de mi novia muerta. Poco después, desde luego, ella, esa nouvelle, esa Lolita, mi Lolita, habría de eclipsar por completo a su prototipo. Todo lo que quiero destacar es que mi descubrimiento fue una consecuencia fatal de ese «principado junto al mar» de mi torturado pasado. Entre ambos acontecimientos, no había existido más que una serie de tanteos y desatinos, y falsos rudimentos de goce. Todo cuanto compartían formaba parte de uno de ellos.

Se podría considerar como la influencia principal de Aura al relato La cena, de Alfonso Reyes -quien devino en mentor literario de Carlos Fuentes a partir de que coincidieron en Brasil, siendo éste todavía un niño, debido a los cargos diplomáticos que desempeñaban tanto Reyes como el padre de Fuentes en la embajada mexicana-. Sin embargo, hubo quienes, como fue el caso de Ricardo Garibay, le adjudicaron el estigma de ser una copia de Los papeles de Aspern, novela de Henry James (aseveración que concita varias objeciones, aunque de momento no es este el espacio oportuno para expresarlas). De manera que no deja de ser estimulante ocuparme ahora de procurar establecer una similitud entre la Lolita de Nabokov y una obra permeada por la fantasía sobrenatural como Aura.

La cuestión es que cuando Felipe Montero visita la vieja casa en la calle de Donceles, donde vive la anciana viuda del general Llorente, tampoco tiene mucho interés en quedarse para trabajar en la redacción de las memorias del difunto. Será sólo la repentina visión de Aura, la sobrina, lo que le impedirá irse. Tal y como le ha acontecido al profesor Humbert -colega, por cierto, de Montero-: 

La señora se moverá por la primera vez desde que tú entraste a su recamara; al extender otra vez su mano, tú sientes esa respiración agitada a tu lado y entre la mujer y tú se extiende otra mano que toca los dedos de la anciana. Miras a un lado y la muchacha esta allí, esa muchacha que no alcanzas a ver de cuerpo entero porque esta tan cerca de ti y su aparición fue imprevista, sin ningún ruido -ni siquiera los ruidos que no se escuchan pero que son reales porque se recuerdan inmediatamente, porque a pesar de todo son mas fuertes que el silencio que los acompañó-.
- Le dije que regresaría...
- ¿Quien?
- Aura. Mi compañera. Mi sobrina.
- Buenas tardes.
La joven inclinará la cabeza y la anciana, al mismo tiempo que ella, remedará el gesto.
- Es el señor Montero. Va a vivir con nosotras.
Te moverás unos pasos para que la luz de las veladoras no te ciegue. La muchacha mantiene los ojos cerrados, las manos cruzadas sobre un muslo: no te mira. Abre los ojos poco a poco, como si temiera los fulgores de la recámara. Al fin podrás ver esos ojos de mar que fluyen, se hacen espuma, vuelven a la calma verde, vuelven a inflamarse como una ola: tú los ves y te repites que no es cierto, que son unos hermosos ojos verdes idénticos a todos los hermosos ojos verdes que has conocido o podrás conocer. Sin embargo, no te engañas: esos ojos fluyen se transforman como si te ofrecieran un paisaje que sólo tú puedes adivinar y desear.
- Sí. Voy a vivir con ustedes.

Y para ahondar un poco más en el tema, también resulta pertinente referir la situación opuesta, el joven ante la mujer madura, al momento en el que Julián Sorel, cuando reniega ante la posibilidad de ser el preceptor de los hijos del alcalde y verse obligado a residir en su mansión, se encuentra por primera vez con Madame de Rênal, en Rojo y negro, de Stendhal:


Giró con rapidez sobre sus talones Julián, quien ante la mirada dulce y llena de gracia de la señora de Rênal, perdió buena parte de su timidez. La belleza de la dama que tenía delante fue parte a que lo olvidara todo, incluso el objeto que a la casa le llevaba. La señora de Rênal hubo de repetir su pregunta.

-Vengo para ser preceptor, señora- pudo responder al fin, bajando avergonzado los ojos, llenos de lágrimas que procuró secar como mejor pudo.

La señora de Rênal quedó muda de asombro. Julián no había visto en su vida una criatura tan bien vestida, y mucho menos así de hermosa, hablándole con expresión tan dulce.
 
Experiencia similar a la que narra José Emilio Pacheco en sus Batallas en el desierto, cuando describe el momento en el que Carlitos visita por primera vez el departamento en el que vive su amigo de la escuela: Nunca pensé que la madre de Jim fuera tan joven, tan elegante y sobre todo tan hermosa. No supe qué decirle. No puedo describir lo que sentí cuando ella me dio la mano. Me hubiera gustado quedarme allí mirándola.

Imposible olvidar que también Emilio Sinclair se enamoraba de Eva, la madre de su condiscípulo Max, en Demián, de Hermann Hesse.

No sólo en Lolita y Aura se repetirá esa situación en que la fuerza de la presencia femenina de una joven es capaz de retener al protagonista. En Memoria de mis putas tristes, de García Márquez, el anciano que ha decidido obsequiarse una virgen al cumplir los noventa años, se topa con el cuerpo indefenso de la adolescente a quien más tarde decidirá bautizar como Delgadina: 

No había escapatoria. Entré en el cuarto con el corazón desquiciado, y vi a la niña  dormida, desnuda y desamparada en la enorme cama de alquiler, como la parió su madre. Yacía de medio lado, de cara a la puerta, alumbrada desde el plafondo por una luz intensa que no perdonaba detalle. Me senté a contemplarla desde el borde de la cama con un hechizo de los cinco sentidos. Era morena y tibia.

El impacto que provoca en los personajes el descubrimiento del ser que los deslumbra es la constante de estos encuentros aquí mencionados. Eso mismo que el habla popular denomina "amor a primera vista".


 
Jules Etienne










(La traducción al español de Lolita es de Enrique Tejedor, y la de Rojo y Negro es de Consuelo Berges).

martes, 19 de febrero de 2013

Páginas ajenas: EL AMENAZADO, de Jorge Luis Borges


Es el amor. Tendré que ocultarme o huir.

Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz.
La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única.

¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras,
la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte para cantar sus mares y sus espadas, la serena amistad, las galerías de la biblioteca, las cosas comunes, los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?

Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.

Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.

Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.

Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.

Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.

Ya los ejércitos me cercan, las hordas.

(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)

El nombre de una mujer me delata.

Me duele una mujer en todo el cuerpo.


Jorge Luis Borges (Argentina, 1899-1986) 

lunes, 18 de febrero de 2013

Páginas ajenas: TU MÁS PROFUNDA PIEL, de Julio Cortázar

"... la sombra de tu espalda contra el blanco velamen de las sábanas:"

Cada memoria enamorada guarda sus magdalenas y la mía -sábelo, allí donde estés- es el perfume del tabaco rubio que me devuelve a tu espigada noche, a la ráfaga de tu más profunda piel. No el tabaco que se aspira, el humo que tapiza las gargantas, sino esa vaga equívoca fragancia que deja la pipa en los dedos y que en algún momento, en algún gesto inadvertido, asciende con su látigo de delicia para encabritar tu recuerdo, la sombra de tu espalda contra el blanco velamen de las sábanas.

No me mires desde la ausencia con esa gravedad un poco infantil que hacia de tu rostro una máscara de joven faraón nubio. Creo que siempre estuvo entendido que sólo nos daríamos el placer y las fiestas livianas del alcohol y las calles vacías de la medianoche. De ti tengo más que eso, pero en el recuerdo me vuelves desnuda y volcada, nuestro planeta más preciso fue esa cama donde lentas, imperiosas geografías iban naciendo de nuestros viajes, de tanto desembarco amable o resistido de embajadas con cestos de frutas o agazapados flecheros, y cada pozo, cada río, cada colina y cada llano los hallamos en noches extenuantes, entre oscuros parlamentos de aliados o enemigos. ¡Oh viajera de ti misma, máquina de olvido! Y entonces me paso la mano por la cara con un gesto distraído y el perfume del tabaco en mis dedos te trae otra vez para arrancarme a este presente acostumbrado, te proyecta antílope en la pantalla de ese lecho donde vivimos las interminables rutas de un efímero encuentro.

Yo aprendía contigo lenguajes paralelos: el de esa geometría de tu cuerpo que me llenaba la boca y las manos de teoremas temblorosos, el de tu hablar diferente, tu lengua insular que tantas veces me confundía. Con el perfume del tabaco vuelve ahora un recuerdo preciso que lo abarca todo en un instante que es como un vórtice, sé que dijiste " Me da pena, y yo no comprendí porque nada creía que pudiera apenarte en esa maraña de caricias que nos volvía ovillo blanco y negro, lenta danza en que el uno pesaba sobre el otro para luego dejarse invadir por la presión liviana de unos muslos, de unos brazos, rotando blandamente y desligándose hasta otra vez ovillarse y repetir las caída desde lo alto o lo hondo, jinete o potro arquero o gacela, hipogrifos afrontados, delfines en mitad del salto. Entonces aprendí que la pena en tu boca era otro nombre del pudor y la vergüenza, y que no te decidías a mi nueva sed que ya tanto habías saciado, que me rechazabas suplicando con esa manera de esconder los ojos, de apoyar el mentón en la garganta para no dejarme en la boca más que el negro nido de tu pelo.

Dijiste "Me da pena, sabes", y volcada de espaldas me miraste con ojos y senos, con labios que trazaban una flor de lentos pétalos. Tuve que doblarte los brazos, murmurar un último deseo con el correr de las manos por las más dulces colinas, sintiendo como poco a poco cedías y te echabas de lado hasta rendir el sedoso muro de tu espalda donde un menudo omóplato tenía algo de ala de ángel mancillado. Te daba pena, y de esa pena iba a nacer el perfume que ahora me devuelve a tu vergüenza antes de que otro acorde, el último, nos alzara en una misma estremecida réplica. Sé que cerré los ojos, que lamí la sal de tu piel, que descendí volcándote hasta sentir tus riñones como el estrechamiento de la jarra donde se apoyan las manos con el ritmo de la ofrenda; en algún momento llegué a perderme en el pasaje hurtado y prieto que se llegaba al goce de mis labios mientras desde tan allá, desde tu país de arriba y lejos, murmuraba tu pena una última defensa abandonada.

Con el perfume del tabaco rubio en los dedos asciende otra vez el balbuceo, el temblor de ese oscuro encuentro, sé que una boca buscó la oculta boca estremecida, el labio único ciñéndose a su miedo, el ardiente contorno rosa y bronce que te libraba a mi más extremo viaje. Y como ocurre siempre, no sentí en ese delirio lo que ahora me trae el recuerdo desde un vago aroma de tabaco, pero esa musgosa fragancia, esa canela de sombra hizo su camino secreto a partir del olvido necesario e instantáneo, indecible juego de la carne oculta a la conciencia lo que mueve las más densas, implacables máquinas del fuego. No eras sabor ni olor, tu más escondido país se daba como imagen y contacto, y sólo hoy unos dedos casualmente manchados de tabaco me devuelven el instante en que me enderecé sobre ti para lentamente reclamar las llaves de pasaje, forzar el dulce trecho donde tu pena tejía las últimas defensas ahora que con la boca hundida en la almohada sollozabas una súplica de oscura aquiescencia, de derramado pelo. Más tarde comprendiste y no hubo pena, me cediste la ciudad de tu más profunda piel desde tanto horizonte diferente, después de fabulosas máquinas de sitio y parlamentos y batallas. En esta vaga vainilla de tabaco que hoy me mancha los dedos se despierta la noche en que tuviste tu primera, tu última pena. Cierro los ojos y aspiro en el pasado ese perfume de tu carne más secreta, quisiera no abrirlos a este ahora donde leo y fumo y todavía creo estar viviendo.


Julio Cortázar (Argentino nacido en Bruselas, Bélgica en 1914;
y fallecido en París, Francia en 1984).

domingo, 17 de febrero de 2013

Páginas ajenas: TU NOMBRE, de Jaime Sabines


Trato de escribir en la oscuridad tu nombre.
Trato de escribir que te amo.
Trato de decir a oscuras todo esto.
No quiero que nadie se entere,
que nadie me mire a las tres de la mañana
paseando de un lado a otro de la estancia,
loco, lleno de ti, enamorado.
Iluminado, ciego, lleno de ti, derramándote.
Digo tu nombre con todo el silencio de la noche,
lo grita mi corazón amordazado.
Repito tu nombre, vuelvo a decirlo,
lo digo incansablemente,
y estoy seguro que habrá de amanecer.


Jaime Sabines (México, 1926-1999)

sábado, 16 de febrero de 2013

Páginas ajenas: LAS DESVENTURAS DEL JOVEN WERTHER, de J. W. von Goethe


(Dos párrafos de amor exaltado)

Hay ocasiones en que no comprendo cómo puede amar a otro hombre, cómo se atreve a amar a otro hombre, cuando yo la amo con un amor tan perfecto, tan profundo, tan inmenso; cuando no conozco más que a ella, ni veo más que a ella, ni pienso más que en ella.
...
¿Te acuerdas de las flores que me enviaste el día de aquella enojosa reunión en que ni pudiste darme la mano ni decirme una sola palabra? Pasé la mitad de la noche arrodillado ante las flores, porque eran para mí el sello de tu amor; pero, ¡ay!, estas impresiones se borraron como se borra poco a poco en el corazón del creyente el sentimiento de la gracia que Dios le prodiga por medio de símbolos visibles. Todo perece, todo; pero ni la misma eternidad puede destruir la candente vida que ayer recogí en tus labios y que siento dentro de mí. ¡Me ama! Mis brazos la han estrechado, mi boca ha temblado, ha balbuceado palabras de amor sobre su boca. ¡Es mía! ¡Eres mía! Sí, Carlota, mía para siempre. ¿Qué importa que Alberto sea tu esposo? ¡Tu esposo! No lo es más que para el mundo, para ese mundo que dice que amarte y querer arrancarte de los brazos de tu marido para recibirte en los míos es un pecado. ¡Pecado!, sea. Si lo es, ya lo expío. Ya he saboreado ese pecado en sus delicias, en sus infinitos éxtasis. He aspirado el bálsamo de la vida y con él he fortalecido mi alma. Desde ese momento eres mía, ¡eres mía, oh Carlota! Voy delante de ti; voy a reunirme con mi padre, que también lo es tuyo, Carlota; me quejaré y me consolará hasta que tú llegues. Entonces volaré a tu encuentro, te cogeré en mis brazos y nos uniremos en presencia del Eterno; nos uniremos con un abrazo que nunca tendrá fin. No sueño ni deliro. Al borde del sepulcro brilla para mí la verdadera luz. ¡Volveremos a vernos!


Johann Wolfgang von Goethe (Alemania, 1749-1832) 

jueves, 14 de febrero de 2013

¿Qué me gustaría que me regalaran el día de San Valentín?


Se dice que la celebración del día de San Valentín tiene un origen literario, ya que fue Geoffrey Chaucer en su poema El parlamento de las aves, quien lo mencionó por primera vez en el siglo XIV, y por esa misma época es que se convirtió en un festejo, en principio tuvo lugar únicamente en Inglaterra, hasta llegar a ser tan generalizado tal y como lo conocemos ahora. El poema en cuestión dice:

Para esto era el día de San Valentín
Cuando todas las aves vienen su pareja a elegir

(For this was on Saint Valentine’s day,
When every fowl comes there his mate to take)

Con posterioridad Shakespeare también lo menciona en la tragedia de Hamlet, que debió ser escrita en los albores del siglo XVII, ya que Nicholas Ling y John Trundell la publicaron por primera vez en 1603. La alusión se presenta cuando Ofelia conversando con el rey, comienza a cantar:
 
«Mañana es el día de San Valentín,
temprano, al amanecer,
y yo estaré en tu balcón;
tu enamorada seré.»

Entonces él se levantó y vistió
y a la doncella hizo entrar
que de su alcoba doncella
ya nunca saldría jamás.

La costumbre de las tarjetas con forma de corazón llamadas valentines, se inició en los Estados Unidos a mediados del siglo XIX. De manera que aunque el santo a quien se atribuye la condición de patrono de los enamorados era romano, la costumbre de celebrarlo es de origen anglosajón.

Y si Chaucer poetizaba el encuentro de las aves durante el día de San Valentín, no deja de ser curioso que en Japón, según lo narra Yasunari Kawabata en su novela País de nieve, tiene lugar el festival de los pájaros, lo que también coincidiría con el título del citado poema: "El 14 de febrero se celebraba el Festival de los Pájaros, una fiesta infantil tradicional en los pueblos de la montaña." Pero tratándose de una obra con autoría de Kawabata, merece que el día de mañana me ocupe de reproducir el párrafo completo que alude a la fecha. 

El cineasta Luis G. Berlanga, quien dirigió la colección de narrativa erótica La sonrisa vertical, de editorial Tusquets -hasta su muerte en 2010-, en su prólogo para la antología Cuentos eróticos de San Valentín, al que titula Un bombón, se lamenta de que siendo esta una fecha "en la que se celebra el amor, o el enamoramiento, o las dos cosas", se encuentre más bien con "pasteles, rosas y cajas de bombones en forma de corazón", en lugar de que se "evoquen imágenes más eróticas y picantes". Después, esto es lo que asegura la habría gustado recibir como obsequio:

"En cambio, yo siempre he tenido muy claro qué me gustaría que me regalaran por San Valentín.

Mi regalo es un bombón, pero aún no puedo comérmelo. Me ha hecho salivar nada más verlo, envuelto en un gran lazo de seda rojo que lo cubría por entero (bueno, la cubría por entero), excepto por tres franjas que dejaban ver carnes muy blancas y pálidas. Es un bombón, pero gime, y gemirá todavía un poco más, hasta que esté a punto de caramelo. Debajo del lazo, venía desnuda, lista para que yo empiece a vestirla, que es –como ya he dicho hasta la saciedad– de las cosas que más me erotizan. La he vestido con medias negras de rejilla pequeña, muy finas y suaves, hasta medio muslo. Zapatos de tacón, de un vistoso color rojo y de diecisiete centímetros de altura (me consta que existen porque los he visto hace poco en un desfile de una marca de ropa conocida), que dan una curvatura extraña y poco natural al empeine. Liguero rojo con calados, que se sujeta a las medias con unos botoncitos en forma de corazón, porque es San Valentín. Corsé, de cuero y rojo también, muy apretado en la cintura, tanto que apenas puede respirar, y que le deja libres los pechos. Collar de cuero, que cuando mueve el cuello le roza justo debajo de la mandíbula, y abajo, en el comienzo de la curva de los hombros. Guantes de piel hasta la mitad del antebrazo, y por último, una venda en los ojos. Lo que más me excita, sin embargo, son las cuerdas con las que la he atado, que le pasan por los lugares más insospechados y le resaltan todas las partes del cuerpo que no están ocultas. Por supuesto que, dentro de unos minutos, voy a darle unos azotes, porque es San Valentín."

Lástima que Luis G. Berlanga ya no pueda apreciar el corsé rojo con el que se ilustra, en su honor, el presente texto.


Jules Etienne

lunes, 11 de febrero de 2013

A Sylvia Plath, cincuenta años después


Miró su rostro en el espejo por última vez, un testigo de plata exacto, sin prejuicios, cuyo reflejo le devolvía las lágrimas que ahora se llevaban los que alguna vez fueron sus sueños. No la vería envejecer. Era rubia y decían que tenía una sonrisa espléndida. Nada la entusiasmó tanto como las únicas dos cosas que realmente le importaron: la poesía y su amor por Ted. Estaba escribiendo mejor que nunca, repetían como un eco las voces de quienes leían sus poemas, pero él la dejó por otra mujer abriendo un hueco en su alma que ni siquiera el espejo, el ojo de ese pequeño dios de cuatro esquinas, podía percibir. Por eso, y sin que Frieda y Nicholas -el pequeño Nick recién había cumplido un año-, que dormían en la recámara, tuviesen la oportunidad de obsequiarle el aliento que necesitaba para seguir viviendo. Abrió el horno y dejó fluir el gas, hundió primero la cabeza y luego su vida entera en el mar vaporoso en que se ahogaba. A la mañana siguiente, su rostro no reemplazó a la oscuridad en la superficie del espejo.

Sylvia Plath se suicidó el 11 de febrero de 1963. Hoy se cumplen cincuenta años.

 
Jules Etienne

La ilustración corresponde a la tumba de Sylvia Plath en Heptonstall, Yorkshire.

sábado, 2 de febrero de 2013

Páginas ajenas: A TÚ PUERTA LLAMÉ. NO ESTABAS..., de Rubén Bonifaz Nuño


A tu puerta llamé. No estabas.
Aspas de viaje te arrancaron.
¿Quién volverá cuando regreses?
Viento sin recuerdos, en la noche
se envuelve de inútiles presagios.

Dicen que la vida prosigue.
Entre nieves remotas, luces
que desconozco, abro los brazos
-lazarillos a ciegas-; busco.

Desde aquí, junto a la oreja sorda
amo en secreto, y enmudezco.
Dicen que la vida no perdona.
A tu puerta llego, y sin mirarte,
maravillado te contemplo.

¿Regresaste, vives, te escondiste?
Frente a tu casa silenciosa
-pienso que estás-, no llamo. Espero.
Y pasa la vida, y se detiene.


Rubén Bonifaz Nuño (México, 1923-2013)

viernes, 1 de febrero de 2013

Rubén Bonifaz Nuño: A PROPÓSITO DE LA MUERTE


"Como surgidas del sepulcro abierto,
mis palabras..."
Rubén Bonifaz Nuño

En medio del caos que resultan las tragedias cotidianas, las cuales acaparan la atención de los medios, la muerte de un poeta -en este caso de Rubén Bonifaz Nuño-, se diluye entre el desconocimiento de su obra y la indiferencia de una sociedad siempre reacia a la lectura de la poesía, por considerarla improductiva.

Nunca el tema es de por sí poesía
sino sólo desolada materia:
el informe desamparo que el arte
amuralla contra el filo del tiempo.

Puesto que "La hermosura no está en los temas, sino en la forma de abordarlos. Los temas son «desolada materia», que el imperio de la forma, en dado caso, ha de preservar en contra de la corrosión temporal", establece con precisión Evodio Escalante en su ensayo El destinatario desconocido.

No creo que exista algún poeta que no haya manifestado preocupación por la muerte y en determinado momento lo haya expresado a su manera. Alfredo Rosas Martínez, en un detallado estudio de extenso título, El éter en el corazón: la poesía de Rubén Bonifaz Nuño y el pensamiento ocultista, indica que  "Bonifaz Nuño considera a la muerte como condición para crear poesía; como una forma de vencer al silencio."

De tal manera que en lugar de complejas disquisiciones en torno a la postura de Bonifaz Nuño sobre el tema, será mejor permitir que lo exprese a través de su propia obra poética: "Y en lo que no puede comprenderse/ ejerzo ahora las palabras."

Por si no lo he dicho lo digo ahora.
Tengo una certeza: la de la muerte
que llega vaciándonos con furia;
y tengo un recuerdo: el de la escondida
muerte; y una indócil esperanza:
la de revivir la carne.

Carlos Montemayor en la presentación de un volumen en que se publicaron varios poemas de Bonifaz Nuño -reunidos en "un orden acaso caprichoso, acaso temático"-, habla de la soledad que se transforma en un "conocimiento de la muerte y el envejecimiento", lo que aquí se advierte con claridad:  

Semilla del placer, la muerte
mira, agazapada, en el instante
donde apaga su lengua roja
algún dolor que fuimos. Risa
de saber que en algo nos morimos,
que algo para siempre nos perdona.

De escombros nuestros, se encordera
el camino de la noche en andas
que para morirnos escogemos.
Y se vuelve alegre la ceniza
de envejecer, y las arrugas
el ramaje son de un tronco alegre.

Bonifaz Nuño pareció más inclinado a ocuparse de la muerte durante su etapa primitiva, desde los sonetos que integraron La muerte del ángel (1945): "Acaso un ángel púdiera tocarte, muerte". Y es que un ángel, debido a su naturaleza, es el ser idóneo para relacionarse con la poesía, y puede ser un "viaje repentino al interior del alma", de acuerdo con Víctor Gil Castañeda, "La muerte del ángel no es más que la muerte del instante poético que como un fénix renace del escombro del lenguaje: hermenéutica apertura que yace viva en el poema."

Esa tendencia respecto a la muerte se confirma en la siguiente estrofa de un poema incluido en El manto y la corona (1958):

Me devuelves el tiempo,
el dolor, los caminos, la alegría,
la voz, el cuerpo, el alma,
y la vida y la muerte, y lo que vive
más allá de la muerte.

O en este otro par, extraido de Imágenes (1953):

Cuando duermo -lejos-, cuando la carne
no es más que una costra débil de niebla
sobre los endebles huesos,
y atrás de los dientes enmudece
contra el paladar la lengua, temblando;

cuando todo es blando y sin forma, espeso
-tal como si el sueño viniera
por los secretísimos caminos
que ha de recorrer la muerte algún día-,
siento que me llamas, y en tu boca
llega la canción que cantaste a oscuras
una vez, delante de mí.

Según Rosas Martínez: "La muerte ha proporcionado al alma el sueño, la tristeza, la nostalgia, el olvido y el amor. Además, si la vida cotidiana es la muerte del alma, algo habrá que la salve: la belleza como espejo donde se refleja la muerte misma."

Largo es el tiempo de la muerte. Corto
el que vivimos. Nada nos resguarda,
del todo somos indigentes.
Sólo nos ampara la belleza.


Jules Etienne