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Vancouver, luz de agosto en English Bay.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Amor a primera vista, según Nabokov, Carlos Fuentes, Stendhal, Pacheco y García Márquez


Cuando el profesor Humbert Humbert, -"el curioso apellido de su autor es invención suya", aclara el irónico prólogo de Lolita-, protagonista y narrador de la novela, se encuentra recorriendo la casa de la viuda Haze con el fin de tomar en alquiler una habitación, no puede ocultar su desagrado, y eso se lo debemos a la narración introspectiva:

«Veo que no se siente usted favorablemente impresionado», dijo la dama apoyando un instante su mano sobre mi manga. Combinaba un frío atrevimiento -el exceso de lo que se llama «aplomo»- con una timidez y una tristeza que hacían tan artificial la nitidez con que elegía sus palabras como la entonación de un profesor de «dicción». «Confieso que ésta no es una casa muy... pulcra -continuó la condenada-, pero le aseguro (y me miró los labios) que estará usted muy cómodo, muy cómodo en verdad... Permítame que le muestre el jardín» (dijo estas últimas palabras con más ánimo y con una especie de atracción simpática en la voz).

La sigue más por cortesía que por interés, pensando en terminar el recorrido y salir para abordar el próximo tren, cuando de pronto su mirada descubrirá, por fin, a  Lolita, confirmando lo que expresa Vargas Llosa sobre Humbert, "no es un libertino ni un sensual: es apenas un obseso". Este es el párrafo que corresponde a la visión inicial de la adolescente que se convertirá en obsesión y tormento del narrador por el resto de su vida.

Aún seguía a la señora Haze por el comedor cuando, más allá del cuarto, hubo un estallido de verdor –«la galería» entonó la señora Haze– y entonces sin el menor aviso, una oleada azul se hinchó bajo mi corazón y vi sobre una estera, en un estanque de sol, semidesnuda, de rodillas, a mi amor de la Riviera que se volvió para espiarme sobre sus anteojos negros. Era la misma niña: los mismos hombros frágiles y color de miel, la misma espalda esbelta, desnuda, sedosa, el mismo pelo castaño. Un pañuelo a motas anudado en torno al pecho ocultaba a mis viejos ojos de mono, pero no a la mirada del joven recuerdo, los senos juveniles. Y como si yo hubiera sido, en un cuento de hadas, la nodriza de una princesita (perdida, raptada, encontrada en harapos gitanos a través de los cuales su desnudez sonreía al rey y a sus sabuesos), reconocí el pequeño lunar en su flanco. Con ansia y deleite (el rey grita de júbilo, las trompetas atruenan, la nodriza está borracha) volví a ver su encantadora sonrisa, en aquel último día inmortal de locura, tras las «Roches Roses». Los veinticinco años vividos desde entonces se empequeñecieron hasta un latido agónico, hasta desaparecer.

Me es muy difícil expresar con la fuerza adecuada aquella llamarada, ese estremecimiento, ese impacto de apasionada anagnórisis. En el brevísimo instante durante el cual mi mirada envolvió a la niña arrodillada (sobre los severos anteojos negros parpadeaban los ojos del pequeño Herr Doktor que me curaría de todos mis dolores), mientras pasaba junto a ella en mi disfraz de adulto –un buen pedazo de triunfal virilidad–, el vacío de mi alma logró succionar cada detalle de su brillante hermosura, para cotejarla con los rasgos de mi novia muerta. Poco después, desde luego, ella, esa nouvelle, esa Lolita, mi Lolita, habría de eclipsar por completo a su prototipo. Todo lo que quiero destacar es que mi descubrimiento fue una consecuencia fatal de ese «principado junto al mar» de mi torturado pasado. Entre ambos acontecimientos, no había existido más que una serie de tanteos y desatinos, y falsos rudimentos de goce. Todo cuanto compartían formaba parte de uno de ellos.

Se podría considerar como la influencia principal de Aura al relato La cena, de Alfonso Reyes -quien devino en mentor literario de Carlos Fuentes a partir de que coincidieron en Brasil, siendo éste todavía un niño, debido a los cargos diplomáticos que desempeñaban tanto Reyes como el padre de Fuentes en la embajada mexicana-. Sin embargo, hubo quienes, como fue el caso de Ricardo Garibay, le adjudicaron el estigma de ser una copia de Los papeles de Aspern, novela de Henry James (aseveración que concita varias objeciones, aunque de momento no es este el espacio oportuno para expresarlas). De manera que no deja de ser estimulante ocuparme ahora de procurar establecer una similitud entre la Lolita de Nabokov y una obra permeada por la fantasía sobrenatural como Aura.

La cuestión es que cuando Felipe Montero visita la vieja casa en la calle de Donceles, donde vive la anciana viuda del general Llorente, tampoco tiene mucho interés en quedarse para trabajar en la redacción de las memorias del difunto. Será sólo la repentina visión de Aura, la sobrina, lo que le impedirá irse. Tal y como le ha acontecido al profesor Humbert -colega, por cierto, de Montero-: 

La señora se moverá por la primera vez desde que tú entraste a su recamara; al extender otra vez su mano, tú sientes esa respiración agitada a tu lado y entre la mujer y tú se extiende otra mano que toca los dedos de la anciana. Miras a un lado y la muchacha esta allí, esa muchacha que no alcanzas a ver de cuerpo entero porque esta tan cerca de ti y su aparición fue imprevista, sin ningún ruido -ni siquiera los ruidos que no se escuchan pero que son reales porque se recuerdan inmediatamente, porque a pesar de todo son mas fuertes que el silencio que los acompañó-.
- Le dije que regresaría...
- ¿Quien?
- Aura. Mi compañera. Mi sobrina.
- Buenas tardes.
La joven inclinará la cabeza y la anciana, al mismo tiempo que ella, remedará el gesto.
- Es el señor Montero. Va a vivir con nosotras.
Te moverás unos pasos para que la luz de las veladoras no te ciegue. La muchacha mantiene los ojos cerrados, las manos cruzadas sobre un muslo: no te mira. Abre los ojos poco a poco, como si temiera los fulgores de la recámara. Al fin podrás ver esos ojos de mar que fluyen, se hacen espuma, vuelven a la calma verde, vuelven a inflamarse como una ola: tú los ves y te repites que no es cierto, que son unos hermosos ojos verdes idénticos a todos los hermosos ojos verdes que has conocido o podrás conocer. Sin embargo, no te engañas: esos ojos fluyen se transforman como si te ofrecieran un paisaje que sólo tú puedes adivinar y desear.
- Sí. Voy a vivir con ustedes.

Y para ahondar un poco más en el tema, también resulta pertinente referir la situación opuesta, el joven ante la mujer madura, al momento en el que Julián Sorel, cuando reniega ante la posibilidad de ser el preceptor de los hijos del alcalde y verse obligado a residir en su mansión, se encuentra por primera vez con Madame de Rênal, en Rojo y negro, de Stendhal:


Giró con rapidez sobre sus talones Julián, quien ante la mirada dulce y llena de gracia de la señora de Rênal, perdió buena parte de su timidez. La belleza de la dama que tenía delante fue parte a que lo olvidara todo, incluso el objeto que a la casa le llevaba. La señora de Rênal hubo de repetir su pregunta.

-Vengo para ser preceptor, señora- pudo responder al fin, bajando avergonzado los ojos, llenos de lágrimas que procuró secar como mejor pudo.

La señora de Rênal quedó muda de asombro. Julián no había visto en su vida una criatura tan bien vestida, y mucho menos así de hermosa, hablándole con expresión tan dulce.
 
Experiencia similar a la que narra José Emilio Pacheco en sus Batallas en el desierto, cuando describe el momento en el que Carlitos visita por primera vez el departamento en el que vive su amigo de la escuela: Nunca pensé que la madre de Jim fuera tan joven, tan elegante y sobre todo tan hermosa. No supe qué decirle. No puedo describir lo que sentí cuando ella me dio la mano. Me hubiera gustado quedarme allí mirándola.

Imposible olvidar que también Emilio Sinclair se enamoraba de Eva, la madre de su condiscípulo Max, en Demián, de Hermann Hesse.

No sólo en Lolita y Aura se repetirá esa situación en que la fuerza de la presencia femenina de una joven es capaz de retener al protagonista. En Memoria de mis putas tristes, de García Márquez, el anciano que ha decidido obsequiarse una virgen al cumplir los noventa años, se topa con el cuerpo indefenso de la adolescente a quien más tarde decidirá bautizar como Delgadina: 

No había escapatoria. Entré en el cuarto con el corazón desquiciado, y vi a la niña  dormida, desnuda y desamparada en la enorme cama de alquiler, como la parió su madre. Yacía de medio lado, de cara a la puerta, alumbrada desde el plafondo por una luz intensa que no perdonaba detalle. Me senté a contemplarla desde el borde de la cama con un hechizo de los cinco sentidos. Era morena y tibia.

El impacto que provoca en los personajes el descubrimiento del ser que los deslumbra es la constante de estos encuentros aquí mencionados. Eso mismo que el habla popular denomina "amor a primera vista".


 
Jules Etienne










(La traducción al español de Lolita es de Enrique Tejedor, y la de Rojo y Negro es de Consuelo Berges).

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