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jueves, 13 de enero de 2011

Sobre la nieve



El martes por la noche empezó a nevar, ayer amaneció con la blancura del invierno. Por una extraña razón que ni siquiera he intentado explicarme, la nieve me provoca cierta euforia. De nuevo me remito -como tantas otras veces-, a mi amiga de la infancia, Clara Martha, quien compartía conmigo la anécdota de su primer contacto con la nieve en fecha reciente. No me sorprende, puesto que ella nació y siempre ha vivido en el tórrido Tampico, puerto del Golfo de México al sur de la línea imaginaria del Trópico de Cáncer. Estoy seguro de que habrá quienes mueren sin haber presenciado la nieve al caer. Cuando mi querida amiga me expresaba la emoción que le provocó, pensé que entonces no debo ser el único entusiasta del vapor congelado que da origen a los copos de nieve. Silenciosos porque están compuestos de aire que amortigua el sonido y sólo un mínimo de agua. Tal vez a eso se deba que las nevadas tengan cierto aliento poético, hasta mágico.

Platón en uno de sus célebres Diálogos, el que corresponde a Timeo, que se refiere a la Naturaleza, establece: "Cuando el agua se ha solidificado totalmente, si está en lo alto sobre la tierra se llama granizo; si se encuentra directamente encima de la tierra, hielo. Cuando aún no se ha hecho del todo sólida, la que está en lo alto sobre la tierra se denomina nieve y la que está directamente encima de la tierra, surgida del rocío, escarcha."

Según algunas de las diversas interpretaciones y glosas de la Biblia, dicen que Dios creó la Tierra con la nieve que se encontraba debajo de su trono divino, arrojando parte de ella a las aguas, que se helaron y después se convirtieron en polvo. Otros suponen que entretejió dos madejas, una de fuego y la otra de nieve para crear el mundo; y dos más, de fuego y agua, para crear los Cielos. Pero están también quienes sostienen que los Cielos fueron hechos solamente con nieve.

"Admirando la nieve, semejante a las mujeres desnudas", dijo Guillaume Apollinaire en su célebre brindis-poema leído en la boda de su amigo André Salmon, el 13 de julio de 1909. "Ven, noche; ven, Romeo tú que eres mi día en medio de esta noche; tú que ante sus tinieblas pareces un copo de nieve sobre las negras alas del cuervo", pide Julieta en la escena segunda del tercer acto de la obra de Shakespeare. "Tus ojos son de donde la nieve no ha manchado la luz", celebraba Luis Cernuda, mientras que para el legendario Li Po: "El cielo es ciego de nieve".

A la pregunta ¿qué es la nieve?, reponden los poetas: "La nieve es una metáfora", diría Erika Burkhart y "la nieve es tu rostro", escribió el canadiense Jean Royer. "Nieva por última vez este año", advertía el rumano Traian Cosovei para concluir "y cada copo es ángel caído que truena sobre los tejados". En cambio José Emilio Pacheco asegura que "La nieve no quiere decir nada. Es sólo una pregunta que deja caer millones de signos de interrogación sobre el mundo", tal vez todo lo anterior sirviera al poeta español Santos Domínguez: "Para explicar la nieve".

Rubén Darío en su Divagación, habla de una "luz de nieve" y en otro poema también decía que "la nieve cae en copos, sus rosas transparentes cristaliza". No fue el único que se animó a  establecer una relación entre flores y nieve, Oscar Wilde describe a la amada ya muerta: "Semejante al lirio, blanca como la nieve", mismo dramatismo al que recurre Federico García Lorca en su lamento: "La nieve cae de las rosas pero la del alma queda." Por su parte, Alfonsina Storni al referirse a las acacias escribió: "Me perfuman las manos sus pétalos de nieve".

Tanto Pablo Neruda como Walt Whitman describieron las olas del mar con la analogía de la nieve. En su Canto General, escribió el primero: "en blanca espuma, como herida nieve", mientras que Whitman, en el poema Con el reflujo del océano de la vida, decía: "espuma blanca como la nieve, burbujas."  El danés Jörgen Nash irá más lejos: "Porque buscabas los copos blancos de nieve del océano y los hallaste en la profundidad de las aguas vivas". Al sueco Tomas Tranströmer corresponde: "Nieve cayendo en el mar de grafito".

Según el poeta chileno Rodrigo Palomino, "la ceniza del sueño es el origen de la nieve", el franco-ruso Henri Troyat decía que "La nieve es más limpia en mis sueños", en tanto que el danés Thomas Boberg se asume "soñando con nieve". Para Edith Södergram, delicada poeta de tantas naciones*: "la gran blancura es melancólica como el crepúsculo en la nieve"; cuando el polaco Czeslaw Milosh se encuentra "Contemplando de nuevo extasiado la blancura de un jardín tras la primera nevada", esa "nieve verdadera a la que siempre estuvimos esperando", confiesa el ruso Yevgueni Yevtushenko quien en otro de sus poemas agrega: "Cae la nieve pura como si resbalara por hilos", y bien podría precisar T. S. Eliot: "cubriendo la tierra con nieve olvidadiza"; porque "Mi día es la nieve: cae suavemente. Mi herida tierra se cubre de nieve ligera", añadaría el finés Thomas Anhava, para viajar hasta Nueva Zelanda donde Fleur Adcock compara "el chal de su blancura" con "lejanos montones de lana". No sería justo olvidar "Yo, lobo estepario, troto y troto, la nieve cubre el mundo", en el poema de Hermann Hesse que lleva el mismo título que su novela.

"Sobre la nieve se oye resbalar la noche", asegura Vicente Huidobro; "Caen las silenciosas sombras blancas de nieve", le secunda con sutileza Xavier Villaurrutia, por eso Quijada Urías describe la nieve como "el silencio en su ser, pleno y vestido de blanco", a lo que Sylvia Plath replicaba: "las pizcas de nieve, sus pedazos de oscuridad"; para proseguir con un "polvo de nieve", del también estadounidense Robert Frost, como si hubiese "nieve en el aire", remata Bo Carpelan desde Finlandia. "Desde el fondo del espejo, devuélveme la nieve", clamaba el rumano Constantin Severin. Y del poeta olvidado, Gilberto Owen, es este párrafo: "Hay demasiado trópico en la nieve de la colina almohada de tu seno"; mismo tono con que el sueco Werner Aspenström reconoce: "He bebido un vino de nieve, amo a una mujer de nieve."

"¿Pero dónde está la nieve de aquellos años?", pregunta con insistencia el formidable aventurero medieval Francois Villon a lo que Matsuo Basho añade: "La nieve que vimos caer ¿Es otra este año?". Ya para concluir, de la misma manera que comenzamos, una frase de otro poeta surrealista, en este caso André Breton: "la historia cae afuera, como la nieve". Mientras que el rumano Ion Vinea pide: "Que me sean tus manos las últimas, las que preparan las nieves del primer silencio para el corazón"; y mejor aquí lo doy por terminado, antes de que vaya a suceder lo que en el poema de la austríaca Ingeborg Bachmann: "Debo decirte que la palabra se derritió con la última nieve en el jardín".


Jules Etienne

* Aunque Edith Södergran nació en San Petersburgo, Rusia, porque su padre, de nacionalidad sueca, trabajaba ahí para una empresa de Alfred Nobel, nunca escribió en ruso y su trabajo poético fue realizado en sueco y alemán. Sin embargo, se le considera finlandesa por haber radicado muchos años en ese país.

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