Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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jueves, 23 de marzo de 2017

Carlos Fuentes: EL CARNAVAL EN BUSCA DE AUTOR (primera parte)

"... es el diablo quien organiza el carnaval..."

No es necesario ser un erudito ni tampoco un experto en la obra de Carlos Fuentes para advertir su naturaleza carnavalesca, por eso es que Yvette Jiménez de Báez, en Consolidación y transgresión desde la fiesta en La región más transparente, atribuye esa condición a la novela primigenia de Fuentes, al referirse al personaje de Lally –la amante de Bobó-, como “la reina del carnaval”, para después establecer cuando la narración “da un vuelco en espiral y regresa al comienzo. Los bongoseros de Lally establecen el contacto con el bongó del cabaret de Gladys. El espacio de ficción permite, por un breve lapso, el encuentro de los mundos escindidos. Se sucederán los signos liberadores.” Que sería justo la esencia misma del carnaval, durante cuya celebración los participantes se escapan de sus habituales códigos de conducta, así como de las jerarquías y convencionalismos inherentes, para entregarse a “un tipo particular de comunicación inconcebible en situaciones normales–de acuerdo con el teórico de la novela Mijail Bajtín.
 
Al margen de esa interpretación, también existen un par de alusiones al carnaval en La región más transparente, aunque en lenguaje figurado, cuando el personaje Manuel Zamacona afirma: “¿No ve usted a México descalabrado por ponerse a la par de Europa y los Estados Unidos? Pero si usted mismo me lo acaba de decir, licenciado. ¿No ve al porfirismo tratando de justificarse con la filosofía positivista, disfrazándonos a todos? ¿No ve usted que todo ha sido un carnaval, monárquico, liberal, comtiano, capitalista?” Y después, en el exaltado capítulo final de la novela, ... y las palabras mudas y los ojos brillantes de Ayutla: se ha corrido el telón sobre el carnaval, pero antes deben pagarse sus galas...
 
No como una reina pero sí la princesa del carnaval define a Priscila Holguín, personaje de Adán en Edén:
 
Ella, en cambio...
 
Era la Reina de la Primavera, paseaba a lo largo de la Reforma en un coche alegórico (ante la indiferencia, es cierto, de los peatones). Era la princesa del carnaval de Mazatlán (antes de pasar al princesado gemelo de Veracruz). Era la madrina de la cervecería Tezózomoc en beneficio de los asilos de ancianos. Inauguraba tiendas, cines, carreteras, spas, iglesias, cantinas... y no porque fuera la más bonita.
 
Por su parte, Adolfo Castañón define Cristóbal Nonato como un proyecto de novela carnaval y de narración polifónica”, mientras que Ramón López Castro estaría de acuerdo cuando afirma: “… pero donde el juego desacraliza y vuelve a veces al académico y amargo Ulises en el porvenir (por ende, portador de cierta esperanza), Cristóbal, como en un día de carnaval en donde el amo se disfraza de sirviente y el esclavo da las ordenanzas del día, donde lo mestizo se impone a lo europeo occidentalizado, a lo indígena, a lo africano. La fusión de la pesadilla mexicana con el sueño, la esperanza de la raza cósmica con pies de barro.” El siguiente es un párrafo que corresponde al cuarto capítulo, Los veneros del diablo:
 
CIRCO Y CIRCO
trascendencia de la romana demagogia que prometía, además, los maderos de sanjuán, quieren pan y no les dan, el santo olor de la panadería, pan con pan no sabe, pero ¡qué tal circo con circo? Ah, suspiró don Homero, el sentido del carnaval católico era cancelar el terror, aunque nuestro pariente Benítez diría que entre nuestros inditos es el diablo quien organiza el carnaval.
 
Kristine Ibsen en Memoria y deseo: Carlos Fuentes y el pacto de la lectura, asegura que la naturaleza carnavalesca de la obra no es, sin embargo, gratuita, pero dicho esto en referencia a Cambio de piel, una novela anterior a Cristóbal Nonato publicada en 1967, en la que el carnaval se menciona en múltiples ocasiones: la noche, al disfrazarnos, nos permitía decir la verdad, como en los carnavales...” O esta otra: “Lo malo no es ser puta. Es ser una puta poco profesional. Lo malo no es ser ladrón. Es ser un raterillo pinche. Lo malo no es ser criminal... Pero en fin, qué importa. Importan las odaliscas, el sideshow, el carnaval que nos divierta un poco.” Y algunas más hasta culminar con este párrafo sobre carnaval y cuaresma que incluye la participación del Rey Momo:

... las cabras con alas y cabezas de aves rapiegas y el tercer telón se aparta para revelar, al fin, la fusión esperada de ese arte increado que resuelve la tensión entre la vida popular y la leyenda cristiana: juegos infantiles, carnaval contra cuaresma, y Franz entra al escenario de la mano de su joven Lazarillo, el muchacho rubio, rengo, que aquí creció y conoce todos los secretos de la aldea: el secreto de la sensualidad prometida, pues sea carnaval, cuaresma o ronda, hartazgo, supresión o anhelo, todo se resuelve en aproximaciones, presencias o alejamiento frente a esa sensualidad que primero exorciza un rey de burlas, Momo con un ojo azul y el otro café, coronado por un basurero de mimbre, que muestra el cetro de una caña con dos peces muertos y es tirado por un monje archivista y una mujer y seguido por los niños con matracas que en la imagen superpuesta domina el proscenio con su juego de aros pero aquí, al fondo, sigue a este triste Rey Momo de batón gris y derrengada cofia blanca...

En su relato A la víbora de la mar, incluido en Cantar de ciegos y dedicado a Julio Cortázar, alguien propone: "¿La cola va a ser el tema de esta noche? Bien: supongamos que la gente es identificada por su cola y no por su cara." Por lo que el personaje de nombre Tommie le pregunta: "¿Cómo te reconoceré en el carnaval con esa mascarita en la cola?".

Continuaremos con esta somera revisión de los carnavales literarios presentes en la obra de Carlos Fuentes, en una segunda parte.
Jules Etienne

sábado, 19 de mayo de 2012

Decir Adiós es morir un poco (página 86)



¿Desde cuándo la ciudad de México decidió no reconocer el invierno? Tal vez desde el momento en que dejó de ser "la región más transparente del aire". Decides comer en algún lugar alejado del periódico puesto que aún es temprano y tienes que asistir a la junta. Aunque sueles entregarte de lleno al vicio de cavilar, llevas tanto tiempo dándole vuelta al asunto de Publincor que por esta ocasión prefieres evadirlo. Mejor te ocupas de ubicar un buen sitio al aire libre para ejercitar tu cuello observando caminar a las mujeres, con la misma levedad con la que han pasado por tu vida.


Jules Etienne

viernes, 18 de mayo de 2012

José Alvarado: LA REGIÓN MÁS TRANSPARENTE, de Carlos Fuentes


El altar de los ladrones

El libro más discutido en México desde hace varias semanas es la novela La región más transparente del joven escritor Carlos Fuentes, por su lenguaje, sus influencias literarias, el trazo de sus personajes o su punto de vista sobre la vida de nuestra metrópoli. Y, como es natural, de un lado menudean los dicterios contra la obra y su autor y del otro las alabanzas.

Pero aparte de su valor literario, ciertamente vigoroso, el libro de Carlos Fuentes tiene importancia porque en sus páginas se expresa la opinión de un joven sobre algunos aspectos de la existencia mexicana posterior a la Revolución y derivada de ella. Fuentes nació cuando se había disipado ya el humo de los disparos de José de León Toral y estaba seca la sangre de las víctimas de Topilejo. Los años iniciales de su vida transcurrieron después de la historia de Cárdenas sobre Calles. No carga, pues, con el prejuicio de quienes militaron en alguna de las facciones revolucionarias y pertenece a una generación que ve al país con ojos muy distintos de quienes fueron, digamos, vasconcelistas.

Por su niñez no pasaron las ráfagas heroicas de los guerrilleros, ni la leyenda de los caudillos. Pero su juventud presenció la primavera de la codicia y la alborada de la falsificación. Antiguos agraristas desmelenados mostraban un cabello gobernado con la pomada de los millones mal habidos, y viejos paladines de la revolución social rodaban en coches de lujo hasta sus horrendos, pero opulentos, palacios de Acapulco. Todo ello, mientras cada año aumentaba el número de braceros deseosos de cruzar la frontera norte y una risueña y jacarandosa prosperidad nacional se refugiaba en unas cuantas casas de negociantes de la revolución y sus amigos, y huía de las vecindades, cada vez más pobres y tristes, donde se
amontona el pueblo.

La región más transparente presenta, en uno de sus aspectos, la imagen de este mundo y ha sido calificada por ello de obra negativa y pesimista. Se dice, inclusive, que si tales fueron los resultados de la revolución, de nada sirvieron el esfuerzo, la sangre, la fe y el heroísmo de quienes la iniciaron y siguieron, ni de los que murieron bajo el sol o en las trágicas madrugadas de los fusilamientos.

Se olvida, sin embargo, que Fuentes no tiene la culpa de que así hayan sucedido las cosas y que no es ningún camino para salvar a la revolución el silencio sobre quienes la han traicionado, escarnecido y falsificado. Es, por lo contrario, uno de los servicios que pueden hacerse a la revolución y una de las maneras de salvarla.

¿Se trata acaso de obligar a los jóvenes, en nombre de una discutible lealtad a la revolución mexicana, a conservar los falsos pedestales donde se levantan los homicidas disfrazados de héroes y los ladrones vestidos de promotores de la riqueza nacional?

El libro de Carlos Fuentes es una prueba de que los jóvenes repudian los mitos de gelatina y los tabúes de oropel, las frases convencionales y los libritos ramplones donde cualquier pedante que hubiera sido reprobado en contabilidad aparece como un audaz capitán de las finanzas, o un mediocre de ayer, sin la capacidad necesaria para llegar a intendente, figura como un gran estadista. Y es también una muestra de que el gran soborno que ha pretendido tenderse hacia la inteligencia mexicana, sobre todo, hacia sus representantes juveniles, no dará resultados, por fortuna.

Resulta mucho más revolucionario, en el único sentido de la palabra, el libro de Fuentes, que todas las maromas líricas y los chicoleos dialécticos de algunos intelectuales, que no encuentran mejor modo de llamar la atención del licenciado López Mateos y colocar la mochila de su inteligencia en el tren de la fácil victoria, rumbo a los altos puestos públicos.

La actitud crítica de los jóvenes de hoy y su rechazo al gran soborno, es, entre otras cosas, uno de los resultados positivos de la revolución. Si la revolución mexicana hubiera sido inútil y estuviera frustrada, todos los mozos de hoy escribirían, según su capacidad o su diligencia, líneas, párrafos, páginas, folletos, libros y hasta enciclopedias, sin olvidar discursos y poemas como ditirambo de todos y cada uno de los secretarios de Estado y, naturalmente, del general Olachea y de absolutamente todos los candidatos de su partido. Por fortuna, no es así.

En la obra de Fuentes, cuya acción se desarrolla en ciertos ámbitos tenebrosos de la ciudad de México, aparecen muchos aspectos negativos y tristes de la vida mexicana de hoy, y están en lo justo quienes señalan cierto exceso de tintes sombríos y un defecto de luz; pero se trata de una protesta contra lo sucio, lo feo, lo equivocado y lo perverso. Y ¿no hay esperanza en toda protesta?

Una protesta que no es sólo de Fuentes, sino de toda una generación. Protesta revolucionaria contra los falsificadores de la revolución y la situación que han causado con su poder ilícito e ilegítimo.

O qué, ¿en nombre de la confianza en la revolución vamos a perdonar para siempre los crímenes de toda clase de caciques, desde los rurales y los del villorrio hasta los urbanos y metropolitanos, que con mil disfraces y muchos cientos de millones pretenden conservar  su situación de ominoso privilegio y conspiran para ello?

En nombre de la esperanaza, ¿se va a atajar el juicio de los jóvenes contra lo que constituye un cáncer, no sólo de la revolución, de la economía y la cultura nacionales, sino de la misma vida mexicana?

En todo caso, el libro de Fuentes es una obra polémica. ¿Dónde está una respuesta con la misma dimensión?


José Alvarado
Publicado en el diario Excélsior, el 21 de junio de 1958.