Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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martes, 28 de noviembre de 2023

Eclipse solar: LA GUERRA DEL FIN DEL MUNDO, de Mario Vargas Llosa

"Un eclipse sumiría al mundo en tinieblas tan absolutas que todo debería hacerse al tacto, como entre ciegos..."

IV

(Fragmento inicial)

Cuando Lelis Piedades, el abogado del Barón de Cañabrava, ofició al Juzgado de Salvador que la hacienda de Canudos había sido invadida por maleantes, el Consejero llevaba allá tres meses. Por los sertones había corrido la noticia de que en ese sitio cercado de montes pedregosos, llamado Canudos por las cachimbas de canutos que fumaban antaño los lugareños, había echado raíces el santo que peregrinó a lo largo y a lo ancho del mundo por un cuarto de siglo. El lugar era conocido por los vaqueros, pues los ganados solían pernoctar a las orillas del Vassa Barris. En las semanas y meses siguientes se vio a grupos de curiosos, de pecadores, de enfermos, de vagos, de huidos que, por el Norte, el Sur, el Este y el Oeste se dirigían a Canudos con el presentimiento o la esperanza de que allí encontrarían perdón, refugio, salud, felicidad.
 
A la mañana siguiente de llegar, el Consejero empezó a construir un Templo que, dijo, sería todo de piedra, con dos torres muy altas, y consagrado al Buen Jesús. Decidió que se elevara frente a la vieja Iglesia de San Antonio, capilla de la hacienda. «Que levanten las manos los ricos», decía, predicando a la luz de una fogata, en la incipiente aldea. «Yo las levanto. Porque soy hijo de Dios, que me ha dado un alma inmortal, que puede merecer el cielo, la verdadera riqueza. Yo las levanto porque el Padre me ha hecho pobre en esta vida para ser rico en la otra. ¡Que levanten las manos los ricos!» En las sombras chisporroteantes emergía entonces, de entre los harapos y los cueros y las raídas blusas de algodón, un bosque de brazos. Rezaban antes y después de los consejos y hacían procesiones entre las viviendas a medio hacer y los refugios de trapos y tablas donde dormían, y en la noche sertanera se los oía vitorear a la Virgen y al Buen Jesús y dar mueras al Can y al Anticristo. Un hombre de Mirandela, que preparaba fuegos artificiales en las ferias —Antonio el Fogueteiro — fue uno de los primeros romeros y, desde entonces, en las procesiones de Canudos se quemaron castillos y reventaron cohetes.
 
El Consejero dirigía los trabajos del Templo, asesorado por un maestro albañil que lo había ayudado a restaurar muchas capillas y a construir desde sus cimientos la Iglesia del Buen Jesús, en Crisópolis, y designaba a los penitentes que irían a picar piedras, cernir arena o recoger maderas. Al atardecer, después de una cena frugal —si no estaba ayunando — que consistía en un mendrugo de pan, alguna fruta, un bocado de farinha y unos sorbos de agua, el Consejero daba la bienvenida a los recién llegados, exhortaba a los otros a ser hospitalarios, y luego del Credo, el Padrenuestro y los Avemarías, su voz elocuente les predicaba la austeridad, la mortificación, la abstinencia, y los hacía partícipes de visiones que se parecían a los cuentos de los troveros. El fin estaba cerca, se podía divisar como Canudos desde el Alto de Favela. La República seguiría mandando hordas con uniformes y fusiles para tratar de prenderlo, a fin de impedir que hablara a los necesitados, pero, por más sangre que hiciera correr, el Perro no mordería a Jesús.
 
Habría un diluvio, luego un terremoto. Un eclipse sumiría al mundo en tinieblas tan absolutas que todo debería hacerse al tacto, como entre ciegos, mientras a lo lejos retumbaba la batalla. Millares morirían de pánico. Pero, al despejarse las brumas, un amanecer diáfano, las mujeres y los hombres verían a su alrededor, en las lomas y montes de Canudos, al Ejército de Don Sebastián. El gran Rey habría derrotado a las carnadas del Can, limpiado el mundo para el Señor. Ellos verían a Don Sebastián, con su relampagueante armadura y su espada; verían su rostro bondadoso, adolescente, les sonreía desde lo alto de su cabalgadura enjaezada de oro y diamantes, y lo verían alejarse, cumplida su misión redentora, para regresar con su Ejército al fondo del mar.
 
Los curtidores, los aparceros, los curanderos, los mercachifles, las lavanderas, las comadronas y las mendigas que habían llegado hasta Canudos después de muchos días y noches de viaje, con sus bienes en un carromato o en el lomo de un asno, y que estaban ahora allí, agazapados en la sombra, escuchando y queriendo creer, sentían humedecérseles los ojos. Rezaban y cantaban con la misma convicción que los antiguos peregrinos; los que no sabían aprendían de prisa los rezos, los cantos, las verdades. Antonio Vilanova, el comerciante de Canudos, era uno de los más ansiosos por saber; en las noches, daba largos paseos por las orillas del río o de los recientes sembríos con Antonio el Beatito, quien, pacientemente, le explicaba los mandamientos y las prohibiciones de la religión que él, luego, enseñaba a su hermano Honorio, su mujer Antonia, su cuñada Asunción y los hijos de las dos parejas.
 
Mario Vargas Llosa (Perú, 1936). Obtuvo el premio Nobel en 2010.

jueves, 8 de octubre de 2020

Epidemias: EL DECAMERÓN, de Giovanni Boccaccio


"... un grupo de jóvenes se las arreglan, sin embargo para fugar hacia lo imaginario, recluyéndose en una quinta a contar cuentos."

Desde la primera vez que leí el Decamerón, en mi juventud, pensé que la situación inicial que presenta el libro, antes de que comiencen los cuentos, es esencialmente teatral: atrapados en una ciudad atacada por la peste de la que no pueden huir, un grupo de jóvenes se las arreglan sin embargo para fugar hacia lo imaginario, recluyéndose en una quinta a contar cuentos. Enfrentados a una realidad intolerable, siete muchachas y tres varones consiguen escapar de ella mediante la fantasía, transportándose a un mundo hecho de historias que se cuentan unos a otros y que los llevan de esa lastimosa realidad a otra, de palabras y sueños, donde quedan inmunizados contra la pestilencia.

¿No es esta situación el símbolo mismo de la razón de ser de la literatura? ¿No vivimos los seres humanos desde la noche de los tiempos inventando historias para combatir de este modo, inconscientemente muchas veces, una realidad que nos agobia y resulta insuficiente para colmar nuestros deseos?

Mario Vargas Llosa
Párrafos iniciales de Bocaccio en escena
(Publicado en Letras Libres el 20 de Mayo de 2014).



(Fragmento de la Jornada Primera)

Y digo, pues, que los años de la fructífera Encarnación del Hijo de Dios habían llegado a mil trescientos cuarenta y ocho, cuando en la egregia ciudad de Florencia, espléndida entre todas las de Italia, sobrevino la mortífera peste. La cual, por obra de cuerpos celestes o por nuestros inicuos actos, la justa ira de Dios envió sobre los mortales, y fue originada unos años atrás en las partes de Oriente, donde arrebató una innumerable cantidad de vidas, y desde allí, sin detenerse, prosiguió devastadora hacia el Occidente, extendiéndose pavorosamente.

No valía entonces ninguna previsión ni providencia humana, como limpiar la ciudad por operarios nombrados para tal caso, ni prohibir que algún enfermo entrara en la población, ni dar muchos consejos para conservar la salud, ni hacer, no uno, sino muchos actos píos invocando a Dios, en procesiones ordenadas y de otras maneras, por las personas devotas.

En todo caso, al iniciarse la primavera del año anterior, comenzó la peste sus horribles efectos, apareciendo de una manera casi milagrosa. Pero no ocurría como en Oriente, donde el verter sangre de la nariz era signo de muerte inmediata, sino que aquí, al empezar la enfermedad, salíanles a las hembras y a los varones unas hinchazones en las ingles y los sobacos que a veces alcanzaban el tamaño de una manzana común, o bien como un huevo, unas más mayores que otras. Vulgarmente se las denominaba bubas. Las mortíferas inflamaciones iban surgiendo por todas partes del cuerpo en poco tiempo, y seguidamente se convertían en manchas negras o lívidas que surgían en brazos, piernas y demás partes del cuerpo, grandes y diseminadas, o apretadas y pequeñas. Y así como el bubón primitivo era signo, y aún lo es, de muerte inmediata, también éranlo esas manchas. Para curar tal enfermedad no parecían servir el consejo de los médicos ni el mérito de medicina alguna, ya porque la naturaleza del mal no lo consentía, o bien, a causa de la ignorancia de los médicos (cuyo número, aparte del de los hombres de ciencia, habíase hecho grandísimo, entre hombres y mujeres carentes de todo conocimiento de Medicina), haciendo que escapase el origen del daño y el modo de tratarlo. Y así, no sólo eran raros los que se curaban, sino que casi todos, al tercer día de la aparición de los antedichos signos, cuando no antes o algo después, morían sin fiebre alguna ni otro accidente. Esta peste cobró una gran fuerza; los enfermos la transmitían a los sanos al relacionarse con ellos, como ocurre con el fuego a las ramas secas, cuando se les acerca mucho. Y el mal siguió aumentando hasta el extremo de que no sólo el hablar o tratar con los enfermos contagiaba enfermedad a los sanos, y generalmente muerte, sino que el contacto con las ropas, o con cualquier objeto sobado o manipulado por los enfermos, transmitía la dolencia al sano. Maravilloso sería creer lo que afirmo, si los ojos de muchos, y los míos propios, no lo hubieran visto, de manera que yo no osaría creerlo, y menos escribirlo, si mucha gente digna de fe no lo hubiese visto u oído.

Giovanni Boccaccio (Italia, 1313-1375).

Las ilustraciones corresponden a El Decamerón (1916), de John William Waterhouse,
y a una recreación fotográfica actual del mismo cuadro.

jueves, 19 de abril de 2018

Nieve: LA FIESTA DEL CHIVO, de Mario Vargas Llosa


"... bajo aquellos algodones blancos con los que los niños hacían monigotes y que mirabas caer del cielo..."
 
(Fragmento del capítulo IX)
 
¡Adrian, Michigan! Cuántos años sin volver allí. Ya no sería aquella provinciana ciudad de granjeros que se encerraban en sus casas al ponerse el sol y dejaban las calles desiertas, de familias cuyo horizonte terminaba en esos pueblecitos vecinos que parecían gemelos -Clinton y Chelsea- y cuya máxima diversión era asistir en Manchester a la famosa feria del pollo a la parrilla. Una ciudad limpia Adrian, bonita, sobre todo en invierno, cuando la nieve ocultaba las rectas callecitas -donde se podía patinar y esquiar- bajo aquellos algodones blancos con los que los niños hacían monigotes y que mirabas caer del cielo, hechizada, y donde hubieras muerto de amargura, acaso de aburrimiento, si no te hubieras dedicado con tanta furia a estudiar.

Mario Vargas Llosa (Peruano nacionalizado español, 1936).
Obtuvo el premio Nobel en 2010.

sábado, 1 de julio de 2017

Carnaval: LA TÍA JULIA Y EL ESCRIBIDOR, de Mario Vargas Llosa

"... comenzó medio siglo atrás, una noche de Carnavales, cuando un joven de buena familia, que gustaba darse baños de pueblo*..."

(Fragmento del capítulo XIV)
 
La historia de Reverendo Padre don Seferino Huanca Leyva, ese párroco del muladar que colinda con el futbolístico barrio de la Victoria y que se llama Mendocita, comenzó medio siglo atrás, una noche de Carnavales, cuando un joven de buena familia, que gustaba darse baños de pueblo, estupró en un callejón del Chirimoyo a una jacarandosa lavandera: la Negra Teresita.
 
Cuando ésta descubrió que estaba encinta y como ya tenía ocho hijos, carecía de marido y era improbable que con tantas crías algún hombre la llevara al altar, recurrió rápidamente a los servicios de doña Angélica, vieja sabia de la Plaza de la Inquisición que oficiaba de comadrona, pero era sobre todo surtidora de huéspedes al limbo (en palabras sencillas: abortera). Sin embargo, pese a los ponzoñosos cocimientos (de orines propios con ratones macerados) que doña Angélica hizo beber a la Negra Teresita, el feto del estupro, con terquedad que hacía presagiar lo que sería su carácter, se negó a desprenderse de la placenta materna, y allí siguió, enroscado como un tornillo, creciendo y formándose, hasta que, cumplidos nueve meses de los fornicatorios Carnavales, la lavandera no tuvo más remedio que parirlo.
 
Le pusieron Seferino para halagar a su padrino de bautizo, un portero del Congreso que llevaba ese nombre, y los dos apellidos de la madre. En su niñez, nada permitió adivinar que sería cura, porque lo que le gustaba no eran las prácticas piadosas sino bailar trompos y volar cometas. Pero siempre, aun antes de saber hablar, demostró ser persona de carácter. La lavandera Teresita practicaba una filosofía de la crianza intuitivamente inspirada en Esparta o Darwin y consistía en hacer saber a sus hijos que, si tenían interés en continuar en esta jungla, tenían que aprender a recibir y dar mordiscos, y que eso de tomar leche y comer era asunto que les concernía plenamente desde los tres años de edad, porque, lavando ropa diez horas al día y repartiéndola por todo Lima otras ocho horas, sólo lograban subsistir ella y las crías que no habían cumplido la edad mínima para bailar con su propio pañuelo.
 
 
Mario Vargas Llosa (Perú, 1936). Obtuvo el premio Nobel en 2010.
 
* La ilustración corresponde a un autobús que transitaba por el barrio de la Victoria en el año de 1958. Durante el mes de febrero, es una arraigada costumbre en Lima lo que llaman "jugar a los carnavales": la gente porta baldes y globos llenos de agua para arrojarla sobre quienes encuentran a su alcance con el fin de "bautizarlos".  De manera que la expresión "gustaba darse baños de pueblo" empleada por Vargas Llosa, además de su significado coloquial, en este caso resulta de lo más certera. 

martes, 29 de abril de 2014

El gran espejo en que se reflejan CIEN AÑOS DE SOLEDAD


"José Arcadio Buendía soñó esa noche que en aquel lugar se levantaba una cuidad ruidosa con casas de paredes de espejo. Preguntó qué ciudad era aquella, y le contestaron con un nombre que nunca había oído, que no tenía significado alguno, pero que tuvo una resonancia sobrenatural: Macondo”.
 
Soñó con espejos porque no podía ser de otro modo. Macondo es un gran espejo en el que los nombres de los personajes y los sucesos se repiten, la novela está formada por veinte capítulos, los primeros diez narran una historia y los restantes, la otra mitad, la reproducen de manera invertida: el relato gira sobre sí mismo, se duplica y se reescribe, como mirando su propio reflejo.
 
La narración posee una simetría especular, como lo llega a advertir Pilar Ternera casi al final de la novela: "No había ningún misterio en el corazón de un Buendía, que fuera impenetrable para ella, porque un siglo de naipes y de experiencias le había enseñado que la historia de la familia era un engranaje de repeticiones irreparables, una rueda giratoria que hubiera seguido dando vueltas hasta la eternidad, de no haber sido por el desgaste progresivo e irremediable del eje."
 
De la misma manera como solía sucederle a José Arcadio en uno de sus sueños recurrentes:
 
“Cuando estaba solo, José Arcadio Buendía se consolaba con el sueño de los cuartos infinitos. Soñaba que se levantaba de la cama, abría la puerta y pasaba a otro cuarto igual, con la misma cama de cabecera de hierro forjado, el mismo sillón de mimbre y el mismo cuadrito de la Virgen de los Remedios en la pared del fondo. De ese cuatro pasaba a otro exactamente igual, y luego a otro exactamente igual, hasta el infinito. Le gustaba irse de cuatro en cuatro, como en una galería de espejos paralelos, hasta que Prudencio Aguilar le tocaba el hombro. Entonces regresaba de cuarto en cuatro, despertando hacia atrás, recorriendo el camino inverso, y encontraba a Prudencio Aguilar en el cuarto de la realidad…”
 
Mario Vargas Llosa en su extenso y prolijo ensayo García Márquez: historia de un deicidio, en el que se dedica a analizar la riqueza y complejidad de su obra, lo explica en estos términos:
 
"Aparentemente, en Cien años de soledad hay y pasan muchas cosas; característica de la realidad ficticia parece ser la profusión de seres, de objetos, sobre todo de sucesos: todo el tiempo está ocurriendo algo. Pero una lectura fría nos revela que pasan menos cosas de las que parece, pues pasan las mismas cosas varias veces. Ese incesante desfile que es todo el libro (y del que son reflejo esos pequeños desfiles que hemos visto) es circular: los seres, objetos y hechos que constituyen la realidad ficticia se repiten de modo que acaban por dar una impresión de infinito, de multiplicación sin término, como las imágenes que se devuelven dos espejos. Otra ley de la realidad ficticia es la repetición. El procedimiento, cuyo uso constante imprime al mundo verbal este cariz, aparece tanto en la materia como en la forma, y, dentro de la forma, tanto en la estructura como en la escritura."
 
A eso también se debe que Suzanne Jill Levine haya educido una frase de la propia novela ("profetizándose a sí mismo en el acto de descifrar la última página de los pergaminos, como si se estuviera viendo en un espejo hablado") al titular su propio ensayo El espejo hablado, un estudio publicado en el ya lejano 1975, imprescindible en aquel momento para desentrañar las claves y laberintos que encierra su lectura.


Jules Etienne 

jueves, 16 de mayo de 2013

La vieja amistad entre Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes


"Lo que no tenemos lo encontramos en el amigo", escribió Carlos Fuentes en su indispensable ensayo de tintes autobiográficos En esto creo. "La amistad le abre el camino a los sentimientos que sólo pueden crecer fuera del hogar. Encerrados en la casa familiar, se secarían como plantas sin agua. Abiertas las puertas de la casa, descubrimos formas del amor que hermanan al hogar y al mundo. Estas formas se llaman amistades."

La cercana relación amistosa entre Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, jóvenes escritores aún lejanos del premio Nobel que coronaría las trayectorias de ambos, quedó más que refrendada en septiembre de 1967, cuando García Márquez fue padrino de bautizo del primogénito de Vargas Llosa, quien llevaría los nombres del colombiano y sus dos hijos: Gabriel Gonzalo Rodrigo. Poco después, en diciembre, luego de que Vargas Llosa publicara un artículo sobre Cien años de soledad, aquél le escribió una emocionada carta de agradecimiento:
 
"Hermano:
¡Eres un bárbaro! Acabo de leer tu nota sobre Cien años de soledad reproducida por El Espectador, de Bogotá, y estoy sencillamente abrumado. Creo que en el mundo de la amistad se vale un poco de generosidad, ¡pero no tanta, viejo! Es lo mejor que he leído sobre la novela, y ahora no sé muy bien dónde meterme, en parte agobiado y en parte avergonzado, y en parte muy jodido por no saber qué hacer con esta papa caliente que me has tirado."
 
Después prosigue Garcia Márquez disculpándose por su imposibilidad de viajar a Londres.
 
"No: no puedo ir a Londres ahora. Necesito sentarme, urgentemente, a escribir. Tengo el brazo frío y la novela del Patriarca se me está pudriendo dentro."
 
En efecto, a García Márquez no le resultó possible coincidir con Fuentes y Vargas Llosa. Dicho encuentro quedó documentado en el artículo Carlos Fuentes en Londres, escrito por el peruano. La novela a la que se refiere Garcia Márquez, El otoño del patriarca, tendría que aguardar otro rato, puesto que antes apareció publicado el relato La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada. Se despide muy afectuoso:
 
"Besos a Patricia y a la prole. Y para ti un inmenso abrazo, Gabo."
 
En noviembre de 2012 se entregó por primera vez el premio Carlos Fuentes a la creación literaria en idioma español a Mario Vargas Llosa. Durante la ceremonia, éste recordó que había conocido a Fuentes en 1962, durante una fiesta en la ciudad de México y reconoció que gracias a él fue posible la traducción de La ciudad y los perros, cuando ambos eran escritores labrándose un prestigio.

En el mencionado artículo sobre la visita de Fuentes, en el que Vargas Llosa reconoce que en un par de días le mostró sitios y personajes fascinantes de los que él -a pesar de llevar un tiempo radicado en Londres-, ignoraba su existencia, comenta que Fuentes solía escribir a máquina con un solo dedo. A García Márquez siempre le ha parecido "un arte de magia que alguien, como es el caso de Mario, pueda hacerlo con mucha velocidad y con todos los dedos, porque es más común lo contrario: a fuego lento y con dos o cuatro dedos." En un artículo titulado El amargo encanto de la máquina de escribir, publicado en Julio de 1982, decía:

"No es frecuente que los escritores que escriben a máquina lo hagan con todas las reglas de la mecanografía, que es algo tan difícil como tocar bien el piano (...) El extremo contrario es el de Fuentes, que escribe sólo con el índice de la mano derecha."

García Márquez llegó a México en 1961, el mismo día en que se suicidó Hemingway. Fue su paisano el poeta Álvaro Mutis, que ya llevaba años radicando en la capital mexicana -entre otras cosas, era la voz que narraba con un estilo muy peculiar la serie televisiva Los intocables-, y lo empezó a conectar con el medio intelectual. Para sobrevivir se dedicó a escribir guiones de cine y Mutis lo propuso con el productor Manuel Barbachano Ponce, quien le encomendó la adaptación de un argumento de Juan Rulfo. Cuando se lo llevó ya terminado, Barbachano le dijo: "Está muy bien, pero lo has escrito en colombiano, y hace falta traducirlo al mexicano". Fue entonces que lo presentó con Fuentes y trabajando juntos en El gallo de oro daría principio la amistad entre ambos. Así es como lo relatan Ángel Esteban y Ana Gallego en su libro De Gabo a Mario. Añadiré como acotación personal, que siempre tuve en gran estima a Manuel Barbachano Ponce -lo mismo que a su hijo Pablo-, y guardo de ellos un grato recuerdo. Durante la época en que estuve al frente de la Cineteca Nacional de México le concedimos la medalla Salvador Toscano al mérito cinematográfico.  

Ha quedado ampliamente documentado el incidente del 12 de febrero de 1976, cuando en un cine de la ciudad de México Vargas Llosa le asestó un derechazo en el ojo a García Márquez, que nunca ha sido explicado en detalle por ellos.
 
Muchos años después, Vargas Llosa volvió a ratificar que tiene "un pacto tácito" para no hablar sobre García Márquez, con la intención de darles trabajo a los biógrafos "para que ellos lo averigüen y digan qué pasó", cuando se le sigue cuestionando sobre la rencilla que acabó con una de las amistades más memorables de la literatura en nuestra lengua.
 
Carlos Fuentes, en cambio, mantuvo la relación amistosa con ambos. En alguna ocasión en este mismo blog recordaba que a mediados de la década de los años noventa, cuando dirigía una revista de cine, invitado por los organizadores del festival de Cartagena me hospedaba en el hotel Caribe en compañía de mis entrañables amigos Eduardo Marín y Paul Lenti, y en varias ocasiones tuvimos la oportunidad de desayunar en la mesa contigua a la que ocupaban precisamente García Márquez y Fuentes.
 
Lo opuesto a lo que aconteció entre el colombiano y Vargas Llosa. Retomo el texto de Fuentes sobre la amistad: "Yo creo que hay más dolor que cinismo en las amistades perdidas. Los sentimientos descubiertos y compartidos. La ilusión de sabiduría confirmada que nos proporciona un amigo. La constitución de la esperanza que solo nos otorga la juventud compartida en la amistad." Una de sus conclusiones es la de que "todos, en grado menor o mayor, hemos traicionado o sido traicionados por la amistad. Las bandas se desbandan y los íntimos amigos de la juventud pueden convertirse en los más alejados e indiferentes fantasmas de la edad adulta. Y es que no hay nada más traicionable que la amistad."
 
De aquellos tres amigos de juventud, jóvenes impetuosos que aspiraban a darse a conocer en el mundo de la literatura -y lo consiguieron, de eso no queda ninguna duda-, ha muerto Carlos Fuentes, quien era el nexo que aún conservaban, el eslabón de la cadena que los unía. Muerto Fuentes, sólo quedan García Márquez y Vargas Llosa quienes desde hace mucho tiempo dejaron de ser amigos. Ojalá volvieran a serlo. Aunque sólo fuese para morir en paz. Esa paz con que la conciencia retribuye a las reconciliaciones.


Jules Etienne
 
La ilustración es una vieja fotografía de Vargas Llosa, Fuentes y García Márquez
 
Esta es la liga con el artículo Carlos Fuentes en Londres, de Mario Vargas Llosa: http://mitosyreincidencias.blogspot.ca/2013/05/paginas-ajenas-carlos-fuentes-en.html

martes, 14 de mayo de 2013

CAMBIO DE PIEL: el apocalipsis según Carlos Fuentes


En el artículo* sobre Carlos Fuentes que escribiera Mario Vargas Llosa cuando ambos coincidieron en Londres, en 1967, al momento en que el ahora premio Nobel le preguntó acerca de su obra más reciente, Fuentes respondió, entre otras cosas, que se trataba de "una novela muy larga y, en cierto modo, de anticipación histórica." Abundaba al respecto en que su capítulo final sería una suerte de apocalipsis bélico: "el enfrentamiento final del imperialismo y la revolución en tierras mexicanas. Un incendio atroz de napalm y fósforo, una orgía de ruido y sangre. Tiene, me dice, una enorme documentación sobre las nuevas armas antiguerrilleras que utilizan las tropas norteamericanas en Vietnam: artículos, libros, reportajes, fotos. Me habla de esas bombas de fragmentación que llaman «perros cansados», bombas que al estallar propagan en torno una lluvia de pequeñas bombas que al estallar propagan otras lluvias de bombas más pequeñas y así sucesivamente."

La novela en cuestión era Cambio de piel, que terminaría obteniendo el premio Biblioteca Breve en ese mismo año, aunque la editorial Seix Barral no pudo publicarla en España debido a los problemas con la implacable censura franquista y entonces apareció primero en México bajo el sello de Joaquín Mortiz. En su ensayo titulado La narrativa de Carlos Fuentes (afán por la armonía en la multiplicidad antagónica del mundo), Aida Ramírez Mattei explica algunos de los motivos que esgrimieron los censores para prohibirla, "por su pornografía delirante", acusando además al autor, entre otros cargos, de "comunistoide y anticristiano", "antialemán y projudío".
 
Lo que Fuentes describía a Vargas Llosa puede leerse en su tercera y última parte, Visite nuestros subterráneos:

"Voy a tratar de amarlos, mis monjuros, mis monjustos, mis monjóvenes, mis monjudas, mis monjúpiters, mis monjuanas, mis monjuergas, porque esta noche, mientras corremos a cien por hora a lo largo de la Avenida de los Insurgentes, los supermercados siguen abiertos y encendidos, mis compatriotas compran latas en el Minimax para que pronto caigan bombas en Pekín y el mundo se salve para la libertad y los jabones Palmolive, huyen de las rotiserías con el cadáver de un pollo frito bajo el brazo para que los infantes de marina crucen pronto el Río Bravo del Norte y el Bío-Bío del Sur cuando nosotros meros seamos los últimos vietnamitas, salen de Sears-Roebuck con una aspiradora nuevecita para que el mundo pronto sea un campo de fósforo, suben a sus Chryslers y Plymouths y Dodges para que cuanto antes el universo esté en orden, en paz, tranquilo, decente, sin amarillos, sin negros, sin colores, mis monjueces, mis monjaleos, mis monjinetes, mis monjesús: eso no es el viento, el viento no gruñe así, no carbura así, el viento no mete pedal vestido de tamarindo y nos obliga a frenar aquí, frente al cajón iluminado de la Comercial Mexicana en donde las familias –las vemos desde el auto, a través de cristal y más cristal: acuario del consumo– se pasean con carritos de aluminio y canastas de alambre y cochecitos de bebé. Los niños están ahogados entre los frascos de Ketchup, las lechugas y los detergentes y chillan. Las cajas de kleenex y las milicias de alcachofas (impermeables bajo sus escamas. Pablo) se sofocan con tanto niño encima y el policía motorizado se monta los goggles y saca la libreta y dice qué andan creyendo que esto es autopista o qué y el güero barbudo mete el freno de mano y pone cara de inocente. Con fineza. Barbudo. Con un ojo de gringa se contenta. Pero con fineza, marrullería, tenebra. Viva el Emperador Presidente sentadote en el Gran Cu."

Para proseguir, tan sólo unas páginas más adelante, con la inevitable reflexión sobre las raíces históricas de la mexicanidad que permearon de manera casi obsesiva la extensa narrativa de Fuentes:

"Salvo a esta barrera de nopales podridos cuyas salidas y entradas creo conocer: suave hogar. Edén subvertido por tus hijos descastados que prefieren salir al mundo con una quijada de burro para no pudrirse encerrados y regresan con la pródiga herida abierta de la Malinche, madre traidora que se dejó fornicar para que tú y yo naciéramos. ¿O de veras cree alguien que hubiera sido mejor derrotar a los españoles y continuar sometidos al fascismo azteca? Cuauhtémoc era el Baldur von Schirach de Tenochtitlán. Más sabias que él, las mujeres indias se dejaron hacer. Cólera eterna para la eterna fatalidad: hemos regresado."
 
Por esas paradojas de la vida, Carlos Fuentes recibió con posterioridad varias distinciones y reconocimientos en España, mucho más importantes que aquel azaroso premio Biblioteca Breve, obligado a cargar con el estigma de su prohibición. En 1987, el premio Cervantes; en 1992, el Menéndez Pelayo; en 1994, el Príncipe de Asturias; en 2008, el premio internacional Don Quijote, que se otorga a la obra de personajes de cualquier nacionalidad que mejor hayan contribuido a la difusión y conocimiento de la cultura y de la lengua española; además del doctorado honoris causa por la universidad de Salamanca, en 2002. Más que suficientes para un merecido desagravio.  
 

Jules Etienne
 
La ilustración corresponde a Niño geopolítico observando el nacimiento del hombre nuevo (1943),
de Salvador Dalí.
 El artículo en cuestión se titula Carlos Fuentes en Londres: http://mitosyreincidencias.blogspot.ca/2013/05/paginas-ajenas-carlos-fuentes-en.html 

lunes, 13 de mayo de 2013

Páginas ajenas: CARLOS FUENTES EN LONDRES, por Mario Vargas Llosa

 
Artículo publicado originalmente en la revista Caretas de Lima, Perú;
número 363, 8 al 17 de noviembre de 1967

Apareció de improviso, en mi casa, un domingo a las diez de la mañana, el primer momento no lo reconocí: llevaba barba y un paraguas, botas, una larga casaca de terciopelo verde con cuatro pares de botones, y una corbata que era una llamarada. No lo veía hace seis meses y lo creía en Venecia, me habían dicho que vivía allá en el primer piso de un viejo palacio, que estaba encerrado a piedra y lodo, que terminaba una novela. Era cierto, me dice, pero ya se despidió de Italia, acababa de llegar a Londres y venía a quedarse. ¿Cuánto tiempo? Se encogió de hombros y se rió: seis meses, un año, dos años, quién sabía. Pero pensaba que Londres era una ciudad ideal para trabajar y armaría aquí su tienda y su escritorio. Hace más de dos años que dejó México y desde entonces vive así, brincando de un lado a otro: París, España, Italia, Estados Unidos, ahora Londres. Mientras yo me afeito, él hojea unas revistas, y conversamos sin vernos, a gritos: ¿no pensaba volver a México aún? No, de ninguna manera. Volvería más tarde, cuando le fuera indispensable verificar ciertas cosas en las sierras de Veracruz: allí estaban ambientados los episodios finales de la novela sobre Zapata. Le pido que me cuente algo de ese libro y él se repliega: no era muy fácil, todavía era un simple proyecto lleno de cosas oscuras. Me habla, en cambio, de otra novela, que tiene ya muy avanzada y que lo exalta mucho: una novela muy larga y, en cierto modo, de anticipación histórica. El capítulo final es un apocalipsis bélico, el enfrentamiento final del imperialismo y la revolución en tierras mexicanas. Un incendio atroz de napalm y fósforo, una orgía de ruido y sangre. Tiene, me dice, una enorme documentación sobre las nuevas armas antiguerrilleras que utilizan las tropas norteamericanas en Vietnam: artículos, libros, reportajes, fotos. Me habla de esas bombas de fragmentación que llaman "perros cansados", bombas que al estallar propagan en torno una lluvia de pequeñas bombas que al estallar propagan otras lluvias de bombas más pequeñas y así sucesivamente. Él quiere testimoniar sobre esos horrores en su libro, mostrar que las visiones más sádicas de la ciencia ficción son actualmente, en ciertas partes del mundo, realidad cotidiana.
 
Salimos a la calle, buscamos un café, y él sigue hablando. Está de muy buen humor, se le nota contento y pletórico de proyectos. Ha trabajado mucho estos últimos seis meses en Venecia, me dice. En varias cosas a la vez: retocando un libro de ensayos sobre literatura latinoamericana que publicará Mortiz a fin de año, en los primeros capítulos de esta nueva novela, y en dos obras de teatro. Aquí -señala la calle abarrotada de hippies que se calientan al sol débil del otoño londinense-, trabajará bien: está seguro que esta ciudad es tranquila y estimulante. Por eso, le precisa encontrar un departamento de una vez. En el hotel no puede escribir y cuando él no hace esto - teclea con los diez dedos sobre la mesa del café, pero a mí no me engaña, yo sé que es un pésimo mecanógrafo, que escribe sólo con un dedo- se siente mal.
 
Le pido que me hable un poco de Venecia, esa ciudad de mercaderes inescrupulosos y aguas hediondas, y él cree que yo estoy bromeando: una de las más bellas del mundo, dice. Trabajó mucho hasta que comenzó el Festival de Cine (él fue jurado, junto con otros escritores: Moravia, Goytisolo, Susan Sontag), porque, claro, entonces la vida se convirtió en un vértigo desenfrenado. Él fue uno de los que defendió con más pasión la película de Buñuel, que se llevó el Gran Premio. Y a propósito: otro de sus proyectos en carpeta es un libro sobre Buñuel. Al terminar el Festival, hubo una fiesta. Se ríe a carcajadas: una fiesta increíble, de disfraces. Marquesas, cortesanas, estrellas de cine aparecían enfundadas en atuendos inspirados en Levi-Strauss, en Roland Barthes, en Lacan y en Althusser. El estructuralismo, la antropología, el marxismo convertidos en bonetes, túnicas, prendedores, zapatos y corbatas: un caso de canibalismo extraordinario, dice. La moda se apodera de todo para sus fines, ahora la literatura, el arte y la ciencia también sirven de paso a esas fieras voraces, les suministran materiales explosivos que ellas adulteran y asimilan y convierten en ceremonia, en oropel, en juego.
 
Hablemos un poco más de la moda, le digo, precisamente de la moda. ¿A él no lo provee, también, en los últimos tiempos, de materiales para sus libros? No lo digo como un reproche, no estoy sugiriendo que en ellos la moda sea un fin, sino un medio. Pero me gustaría saber si él es consciente de ello. Ya en Zona Sagrada, pero, sobre todo, en su última novela, Cambio de piel (que acaba de ser editada en Italia con gran éxito de crítica), la moda es una presencia invasora y constante, en la ambientación de los episodios, en la definición de los personajes, el punto de referencia más usado por el autor. Le digo que, en este aspecto, Cambio de piel me parece un testimonio asombroso, casi absoluto, de lo que constituye la moda presente, en la literatura, la pintura, el cine, el teatro, la crítica. Le hablo de los capítulos que trasponen, mediante proezas verbales, películas, cuadros, dramas o teorías de mayor vigencia contemporánea. Yo pienso que él se ha propuesto convertir en ficción todo aquello que, en cierto modo, ocupa la primera plana de la actualidad en diversos dominios culturales y sociales: construir una novela que sea, al mismo tiempo, un manual de mitología moderna. Él me mira escéptico. Me habla de México, de esa sociedad dual en la que hay, de un lado, una burguesía industrial próspera, cuyas costumbres y modelos culturales corresponden a los de las grandes sociedades de consumo, y del otro, un sector rural anacrónico, esclavizado aún a una economía de mera subsistencia. Cambio de piel, me dice, parte de ese desgarramiento, esa áspera dualidad mexicana es su supuesto. Las citas o "Pastiches" que en el transcurso del libro van apareciendo, son imágenes que expresan el mundo de supercherías, disfraces y tabúes dentro del que se mueve el sector desarrollado, que imita a Europa o a los Estados Unidos. Pero su novela quiere ser, ante todo, literatura, realidad verbal, creación de lenguaje. Y es, también, una reacción contra el psicologismo que, a su juicio, distorsiona y hiela la captura de la realidad por la palabra. En Cambio de piel, en efecto, todo está mostrado a través del gesto y la máscara, la narración rehusa sistemáticamente penetrar en la conciencia de los personajes y se concentra en sus movimientos, sus ademanes, sus diálogos y sus sueños. Tardó cuatro años en escribir este libro ambicioso y vasto, cosmopolita, y ya los organismos de censura lo han vetado por "inmoral y anticristiano". Pero, al igual que en Italia, se está traduciendo ya en una docena de países.
 
Hemos salido a caminar, damos vueltas por las inmediaciones de Earl's Court, y le pregunto sobre sus obras de teatro. ¿Se estrenarán pronto? Debe corregirlas, todavía no están acabadas del todo. Pero ya tiene en la mente el tema de otro drama, muy complejo y difícil, de índole histórica: las relaciones entre Monctezuma y Cortés. La idea nació del día que vio la obra de Pete Schaffer, The Royal Hunt of the Sun, situada en la época de la conquista del Perú, y cuyos personajes centrales son Atahualpa y Pizarro (hay entre ellos una interminable discusión teológica). El drama de Schaffer le pareció frustrado: pero en cambio le pareció muy válida la tentativa de describir el choque de dos culturas, en territorio americano, a través de dos personajes históricos: uno indígena, el otro español. Trabajará en este proyecto, me dice, apenas se instale en Londres.
 
Habla de modo que resulta contagioso. Cuando habla de lo que está describiendo, o de lo que acaba de leer, o de lo que hará mañana, parece que estuviera diciendo me saqué la lotería. Con perversidad le cuento que oí a alguien, no hace mucho, decir que atacar a Carlos Fuentes se había convertido en el deporte nacional mexicano. Él se ríe, feliz: como chiste es excelente, dice. Él no tiene tiempo para atacar a nadie, en todo caso: con escribir, leer y viajar ya tiene de sobra. Pero la verdad es que se da tiempo para hablar de la gente que aprecia o admira: Julio Cortázar, por ejemplo. Piensa que es, tal vez, el creador más alto de la lengua hoy en día, y también un ejemplo a seguir como hombre comprometido con su vocación, entregado a ella en cuerpo y alma. Me habla también con fervor de Octavio Paz, de su pensamiento penetrante, desmitificador y universal, y de su poesía, cada vez más despojada y esencial. Luego, habla de las últimas películas y piezas de teatro que ha visto. No lleva cuarenta y ocho horas en Londres y ya sabe cuáles son los mejores films de la cartelera, las obras de teatro que es indispensable ver. ¿Cómo hace para estar en todo a la vez, para no ser tragado por la vorágine de la actualidad? Él se las arregla para leer todo lo que importa —libros, revistas y artículos de periódicos—, para ver todos los espectáculos de interés, viaja constantemente y mantiene una correspondencia amazónica, y nada de esto lo aparta de su trabajo de escritor, al que dedica cuatro o cinco horas diarias. ¿Cómo hace? Él, claro, se ríe: es un secreto profesional, dice.
 
 
Mario Vargas Llosa (Perú, 1936) 

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Mario Vargas Llosa: CUANDO LOLITA CUMPLIÓ TREINTA AÑOS


Lolita, de Vladimir Nabokov, se publicó por primera vez en 1955. En la indispensable recopilación de ensayos literarios La verdad de las mentiras, de Mario Vargas Llosa, se encuentra un capítulo dedicado a Lolita, escrito en enero de 1987, es decir, cuando el libro recién había rebasado los treinta años de su aparición gracias a la editorial parisina Olympia Press que, como explica el autor al principio de su crónica: "publicaba libros en inglés y se había hecho célebre por el número de juicios y decomisos de que había sido víctima, acusada de obscenidad y de atentar contra las buenas costumbres. (Su catálogo era un disparatado entrevero de pornografía barata y genuinos artistas como Henry Miller, William Borroughs y J. P. Donleavy). La novela apareció en 1955 y un año después fue decomisada por el ministro francés del Interior. Para entonces ya había circulado profusamente -Graham Greene dasató una polémica proclamándola el mejor libro del año- y la rodeaba esa aureola de de la que nunca se ha podido desprender y que, en cierto sentido, pero no en el que habitualmente se entiende, merece."

Vargas Llosa señala entre sus méritos el que en muy poco tiempo logró universalizar el término "lolita", aplicable a "la niña-mujer emancipada sin saberlo y símbolo inconsciente de la revolución de las costumbres contemporáneas." Y luego aclara sobre el concepto acuñado por Nabokov: "La nínfula (término que por una razón acústica carece de toda la ambigüedad perversa e incitante del neologismo original: the nymphet) no nació con el personaje de Nabokov. Existía, qué duda cabe, en los sueños de los pervertidos y en las ansias, ciegas y trémulas, de las niñas inocentes, y la evolución de los hábitos y la moral la iba cuajando, irresistiblemente. Pero gracias a la novela, perdió su semblante vago y se corporizó, abandonó su clandestinidad nerviosa y ganó derecho de ciudad."

El propio Nabokov lo expresa de esta manera en la novela: "Ahora creo llegado el momento de presentar al lector algunas consideraciones de orden general. Entre los límites de los nueve y los catorce años, surgen doncellas que revelan a ciertos viajeros embrujados, dos o más veces mayores que ellas, su verdadera naturaleza, no humana, sino nínfica (o sea demoníaca); propongo llamar «nínfulas» a esas criaturas escogidas."

Vargas Llosa también ubica similitudes entre las obras que define como esencialmente literarias de Nabokov y de Jorge Luis Borges, por el hecho de que las construyeron "a partir de las literaturas preexistentes y de un exquisito refinamiento intelectual y verbal." Lo que da paso a una reflexión posterior: "Yo no estoy seguro de que Nabokov haya inventado esta historia con intenciones simbólicas. Mi impresión es que en él, como en Borges, había un escéptico, desdeñoso de la modernidad y de la vida, a las que ambos observaban con ironía y distancia desde un refugio de ideas, libros y fantasías en el que permanecieron amurallados, distraídos del mundo gracias a prodigiosos juegos de ingenio que diluían la realidad en un laberinto de palabras y de imágenes fosforescentes. En ambos escritores, tan afines en su manera de entender la cultura y practicar el oficio de escribir, el arte eximio que crearon no fue una crítica de lo existente sino una manera de descarnar a la vida, disolviéndola en un fulgurante espejismo de abstracciones."

Lolita, que "era Lola cuando llevaba puestos los pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos fue siempre Lolita", tenía más de treinta años cuando Vargas Llosa se dio a la tarea de analizarla, y hoy, tomando como punto de partida el ya lejano 1955, tiene 57 años, con los sesenta a la vuelta de la esquina.

Concluía entonces Vargas Llosa: "Sí, cumplidos los treinta, Dolores Haze, Dolly, Lo, Lolita, sigue fresca, equívoca, prohibida, tentadora, humedeciendo los labios y acelerando el pecho  de los caballeros que, como Humbert Humbert, aman con la cabeza y sueñan con el corazón."

Jules Etienne

jueves, 20 de diciembre de 2012

Dos visiones del fin del mundo: Vargas Llosa y Ernesto Sabato


Abaddón el exterminador y La guerra del fin del mundo tienen en común una referencia apocalíptica antes de haber siquiera iniciado la lectura de la propia novela. En la primera de ellas, denominada con frecuencia "la novela del fin del mundo", Ernesto Sabato incluye un epígrafe del Apocalipsis según el apóstol San Juan: "Y tenían por rey al Ángel del Abismo, cuyo nombre en hebreo es Abaddón, que significa El Exterminador", de ahí el título de la obra. En tanto que Vargas Llosa señala un posible apocalipsis en el prólogo de La guerra del fin del mundo:

"No hubiera escrito esta novela sin Euclides da Cunha, cuyo libro Os Sertoes me reveló en 1972 la guerra de Canudos, a un personaje trágico y a uno de los mayores narradores latinoamericanos. Del guión cinematográfico que fue su embrión (y que nunca se filmó) hasta que, ocho años más tarde, terminé de escribirla, esta novela me hizo vivir una de las aventuras literarias más ricas y exaltantes, en bibliotecas de Londres y Washington, en polvorientos archivos de Río de Janeiro y Salvador, y en candentes recorridos por los sertones de Bahía y de Sergipe. Acompañado de mi amigo Renato Ferraz, peregriné por todas las aldeas donde según la leyenda el Consejero predicó, y en ellas oí a los vecinos discutir con ardor sobre Canudos, como si los cañones tronaran todavía sobre el reducto rebelde y el apocalipsis pudiera sobrevenir en cualquier momento en esos desiertos erupcionados de árboles sin hojas, llenos de espinas. Los zorros salían a nuestro encuentro en las veredas y nos dábamos también por los caminos con encuerados, santones y cómicos de la legua que recitaban romances medievales. Donde estuvo Canudos, había ahora un lago artificial y en sus orillas proliferaban los casquillos y proyectiles herrumbrados de las atroces batallas."

Si bien su acción se desarrolla en épocas y lugares distintos, aunque no distantes, resulta una consecuencia inevitable que en esa atmósfera catastrófica algunos pensamientos coincidan:

"El silencio se hacía más grave a medida que avanzaba la noche, como se recibe siempre a los heraldos de las tinieblas.", ha escrito Sabato. Por su parte, Vargas Llosa dice: "¿No eran esas manadas el cumplimiento de las profecías, los seres infernales del Apocalipsis?"

Algunos párrafos hasta podrían integrarse en un mismo diálogo:

"- Todas las armas valen -murmuró-. Es la definición de esta época, del siglo veinte que se viene, señor Gall. No me extraña que esos locos piensen que el fin del mundo ha llegado."

"- No sé dónde leí que Dante no hizo otra cosa que traducir ideas y sentimientos de su época, los prejuicios teológicos en boga, las supersticiones que estaban en el aire. Sería así, simplemente, la descripción de la conciencia y de la inconciencia de una cultura. Quizá haya algo de verdad."

El primer parlamento proviene de La guerra del fin del mundo, en tanto que el otro, a manera de respuesta, corresponde a Abaddón el exterminador. Ambos autores se refieren también a la condena que sufre el mundo:

"Los vio partir, aturdidos de gozo. Era purificadora la presencia de la gracia en este mundo condenado a la perdición", dice el Beatito, personaje de Vargas Llosa; "Por desgracia, el triunfo del satanismo equivaldría a nuestra eterna perdición, condenados entonces a subsistir en este infierno por medio de reencarnaciones", según Sabato.

Ahora dos fragmentos cuya esencia resulta bastante más dramática que los anteriores:

El primero corresponde a Abbadón el exterminador. "Al aumentar un poco la luz, se aclaró el enigma: eran seres humanos desollados por el fuego y el calor, con los cuerpos magullados en las partes en que habían chocado con algo duro." La narración prosigue implacable: "Algunos pedían agua, con una voz apenas perceptible y ronca. Estaban desnudos y despellejados. La piel de las manos, arrancada desde las muñecas les colgaba de la punta de los dedos, detrás de las uñas, dada vuelta como un guante. En la penumbra le pareció ver, además, muchos niños en el patio, en la misma condición."

El siguiente, en cambio, es de Vargas Llosa: "No estaba dormido. Desde el fondo de esa ambigua realidad de fuego y hielo que era su cuerpo encogido en la oscuridad de la gruta, siguió oyendo todavía el relato de Antonio el Fogueteiro, reproduciendo, viendo ese fin del mundo que él ya había anticipado, conocido sin necesidad de que ese resucitado de entre los carbones y los cadáveres se lo relatara."

Por supuesto que existen diferencias y abundantes paralelismos que no sería posible rescatar en un espacio tan breve.

"Eso es lo que no entiendo, pensó Gall. Habían hablado otras veces de lo mismo y siempre quedaba él en tinieblas. El honor, la venganza, esa religión tan rigurosa, esos códigos de conducta tan puntillosos ¿cómo explicárselos en este fin del mundo, entre gentes que no tenían más que harapos y los piojos que llevaban encima?", pregunta Vargas Llosa.

"La eternidad del castigo. Una esfera del tamaño de la Tierra, una gota de agua que cae y la desgasta. Y cuando aquella esfera se termina, se empieza con otra igual. Y después otra y otra, niñas, millones de esferas del tamaño del planeta. Infinitas esferas." Y esta sería la conlcusión, lapidaria, de Ernesto Sabato: "Hoy me parece tan candoroso. El infierno está aquí."


Jules Etienne

jueves, 11 de agosto de 2011

La influencia de Faulkner negada por Juan Rulfo

"Cuentan que en una ocasión coincidieron ambos en París y se reunieron para tomar un café."
 
Mario Vargas Llosa en su ensayo El viaje a la ficción, reconoce que: "Sin la influencia de Faulkner no hubiera habido novela moderna en América Latina." Y así lo confirman las obras de Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti, el propio Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, quien al momento de recibir el premio Nobel de literatura, en 1982, en su discurso de aceptación ante la Academia Sueca refirió:
 
"Un día como el de hoy, mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: Me niego a admitir el fin del hombre. No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra."
 
El mismo García Márquez admitiría en una entrevista, el influjo de Mientras yo agonizo sobre La hojarasca: "Es indudable la relación." Y es que como subraya Vargas Llosa sobre ambas historias, "no están contadas por un narrador omnisciente sino por los propios personajes (que velan al muerto), cuyas conciencias van sucediéndose en el primer plano del relato." Aunque hay también quienes consideran que la mayor influencia que recibió de Faulkner sobre el conjunto de su obra, proviene de El sonido y la furia: "Como en Faulkner, en García Márquez la novela es autogénesis: toda creación es un hechizo...", establece Carlos Fuentes en su indispensable análisis de La nueva novela hispanoamericana.
 
Se dice que el uruguayo Juan Carlos Onetti conservaba una fotografía de William Faulkner en su mesa de trabajo. "Con Faulkner y su novela Absalón, Absalón. me pasó algo extraordinario: la consideré tan buena que tuve días en los que me pareció inútil seguir escribiendo."
 
Por alguna razón, Rulfo acostumbraba a negar la influencia de Faulkner en su obra, la cual siempre se ha señalado. No tenía mucho de haberse publicado El llano en llamas, cuando Carlos Blanco Aguinaga publicó el ensayo Realidad y estilo de Juan Rulfo, en el que advertía vestigios de Faulkner en sus textos. Sin embargo, al cumplirse veinticinco años de la publicación de Pedro Páramo, en una entrevista para el diario Excélsior, el escritor declaró que: "Por ahí se dice que hay influencia de Faulkner en Pedro Páramo. No es verdad, porque cuando escribí Pedro Páramo no conocía a Faulkner." Y Carlos Fuentes consigna que el propio Rulfo le comentó que la verdadera influencia habría que ubicarla en la literatura islandesa: "Viene de la novela Gente independiente de Halldor Laxness". Sin embargo, su aseveración se torna contradictoria, ya que en 1979, al revisar El llano en llamas con el fin de modificar el orden de los cuentos para su reedición, Rulfo dijo que desearía dejar fuera a Macario, porque era muy fuerte la presencia de Faulkner. Ese cuento había sido publicado originalmente en 1946, en el número 48 de la revista América, en tanto que Pedro Páramo apareció hasta 1955.
 
A propósito de ambos autores, Onetti, quien era un personaje muy encerrado en sí mismo, y Rulfo, por su parte, silencioso y discreto. Cuentan que en una ocasión coincidieron ambos en París y se reunieron para tomar un café. Permanecieron ensimismados, uno frente al otro en la mesa de una cafetería, sin hablar, durante tres horas, al cabo de las cuales se levantaron para despedirse. Rulfo le dijo entonces, con su proverbial sencillez: "Otra vez será".

Jules Etienne

La lectura del discurso íntegro de García Márquez es posible en:

El cuento de Juan Rulfo, se puede leer completo aquí: Macario.

martes, 2 de agosto de 2011

Un detective en agosto

 
La novela Agosto, de Rubem Fonseca, rebasa los límites genéricos para reinventar su contexto histórico: el suicidio del dictador brasileño Getúlio Vargas, presidente en funciones -episodio en la historia de Brasil que también refiere de manera apenas incidental en su relato El juego del muerto-, en agosto de 1954, como se establece en el siguiente diálogo: 
 
"Mientras Mattos se entregaba a estas reflexiones, Alice escribía en su diario, en la mesa de la sala. Últimamente, ella permanecía callada, mirando a la pared, o bien escribiendo horas enteras en su grueso cuaderno de pasta dura.
 
- ¿En qué piensas?
 
- En Getulio Vargas -Pausa-. ¿Y tú?
 
- Tengo cosas más importantes que pensar. Tengo mi vida
 
- Getulio Vargas es parte de mi vida -dijo Mattos.
 
- Getúuio te encarceló cuando eras estudiante.
 
- No fue él. Fue un esbirro cualquiera. Siento pena por Getulio. Sé que suena absur- do; yo mismo me sorprendo."
 
Mario César Carvalho en su artículo La pesadilla de la historia, en el cual emprende un análisis de la novela, establece: "No es fortuito que casi todos los personajes reales de la historia se conviertan en personajes secundarios en Agosto. Fonseca parece interesado en el encuentro del ciudadano común con la historia del país, en el choque de la historia mitológica con lo cotidiano y viceversa."
 
Investigando el asesinato de un hombre de negocios, el comisario Alberto Mattos, desencantado y ulceroso, emprende sus amargas reflexiones sobre la descompo- sición del tejido social: "Sacó un Pepsamar del bolsillo, lo masticó, lo mezcló con saliva y lo tragó. Él había cumplido la ley. ¿Había hecho un mundo mejor?". El personaje que simboliza la legalidad, la justicia, el respeto a los valores y las instituciones, se enfrenta a lo largo de sus pesquisas con toda clase de hampones: asesinos a sueldo, periodistas deshonestos, políticos corruptos y empresarios coludidos.

Este escenario, típico de la novela negra, resulta ideal para la denuncia de una realidad lacerante. Funciona lo mismo con los autores que ubican la acción de sus novelas en la actualidad, como para aquellos que reelaboran otra época, como sería el caso de Fonseca, quien ya nos advierte desde el propio epígrafe, que proviene del Ulises de James Joyce: "La Historia, dijo Stephen, es una pesadilla de la cual estoy tratando de despertar."
 
Carvalho afirma que Fonseca indagó en libros, revistas y periódicos de la época, con el fin de mostrar a "la Historia como una estúpida sucesión de acontecimientos fortuitos, un enredo de falsedades".

Vargas Llosa, al abordar el tema en El "Gran Arte" de la parodia, reconoce que el mayor mérito de Fonseca consiste en aprovechar los materiales y recetas de la literatura de consumo popular, como punto de partida para elaborar una literatura de calidad.
 

Jules Etienne

miércoles, 20 de octubre de 2010

Para documentar el morbo: LAS RELACIONES ENDOGÁMICAS DE VARGAS LLOSA


Casi todos los que conocen la obra de Mario Vargas Llosa tienen una referencia, aunque sea lejana, de Julia Urquidi. Quienes leímos La Tía Julia y el escribidor, podemos decir que la conocimos, a partir de esa primera impresión que narra Varguitas, protagonista de la novela y alter ego del autor: "la recién llegada, en bata, sin zapatos y con ruleros, vaciaba una maleta".
 
La dedicatoria de la novela no deja margen a la duda: "A Julia Urquidi Illanes, a quien tanto debemos yo y esta novela". La tía se lo agredeció afirmando que le gustaban algunos pasajes pero se sentía un tanto amargada de que hubiese puesto su vida al descubierto. O por decirlo parafraseando a mi querida amiga Narda Solís: "su vida privada se volvió del dominio público".
 
Fue hasta que adaptaron la obra de Vargas Llosa al formato de telenovela, que ella se disgustó, porque sentía que la presentaban como una seductora de menores y nada más ajeno a la realidad -aseguraba-, lo que la motivó a escribir su propia respuesta: Lo que Varguitas no dijo, publicada en 1983.
 
Cuando se conocieron en Bolivia, Julia tenía 19 años y Vargas Llosa nueve: "Mario era un niño debilucho, engreído y antipático; toda la familia vivía alrededor de él y tenía conciencia de su privilegiada situación y sabía como aprovecharla. Parace que desde niño supo sacar ventaja de quienes lo querían." La hermana de ella, Ofelia Urquidi, estaba casada con Luis Llosa, a su vez hermano de la madre de Vargas Llosa. A eso se debe que se hayan conocido a tan temprana edad.
 
Diez años después, recién divorciada Julia, tuvo lugar el reencuentro con su respectiva relación pasional que aparece en las páginas de la novela:
 
"Se apartó y me miró con un brillo pendenciero en los ojos.
- No te olvides que he venido a Lima a buscarme marido -bromeó a medias-. Y creo que esta vez he encontrado lo que me conviene. Buen mozo, culto, con buena situación y con canas en las sienes.
- ¿Estás segura de que esa maravilla se va a casar contigo? -le dije, sintiendo otra vez furia y celos.
Cogiéndose las caderas, en una pose provocativa, me repuso:
- Yo puedo hacer que se case conmigo.
Pero al ver mi cara se rió, me volvió a echar los brazos al cuello, y así estábamos, besándonos con amor-pasión cuando oímos la voz de Javier:
- Los van a meter presos por escandalosos y pornográficos."
 
Es entonces que se tienen que fugar para casarse en Chincha, una población a doscientos kilómetros de Lima, ya que la familia no veía adecuada la relación entre ambos. Después de permanecer un tiempo en Perú se trasladan a Europa, primero a Barcelona y de allí a París. Para esa época, ante lo irremediable, ya la familia se ha resignado y acepta su matrimonio. Ofelia, la hermana de Julia, les pide que reciban a sus hijas, Patricia y Wanda. La primera de ellas estudia en la Sorbona y su amistad con Mario se transforma pronto en complicidad: pasan el tiempo juntos, van al cine, murmuran entre ellos, y Julia se empieza a sentir relegada y a sospechar que hay algo más. La situación no podía desembocar en otra cosa que no fuera una crisis del matrimonio, con intentos de suicidio incluidos. Cuando Wanda, la hermana mayor, muere en un accidente de aviación, Patricia se ve muy afectada y decide regresar a Lima.
 
Julia advierte a su marido y sobrino a la vez, distante, melancólico, pero él siempre evade la situación. Su carrera como escritor -aquella con la que soñaba Varguitas en el párrafo inicial de la novela: "En ese tiempo remoto, yo era muy joven y vivía con mis abuelos en una quinta de paredes blancas de la calle Ocharán, en Miraflores. Estudiaba en San Marcos. Derecho, creo, resignado a ganarme más tarde la vida con una profesión liberal, aunque en el fondo me hubiera gustado más llegar a ser un escritor."-, se consolida y La Ciudad y los Perros obtiene el premio Biblioteca Breve de Seix Barral. Le solicita a Julia permiso para visitar Lima con el fin de recabar datos para su nuevo proyecto, La Casa Verde, ella se lo permite y Vargas Llosa ya nunca vuelve a su lado.
 
El reencuentro con Patricia era predecible y con cobardía epistolar le anuncia el rompimiento definitivo a Julia, quien lo describe con sus propias palabras: "Tenía fe en él y una gran confianza. No me equivoqué en lo literario. Como hombre me defraudó. Cuando ya su nombre empezó a ser conocido y tenía una vida nueva me excluyó. Lo anterior ya no servía. Ahora tenía que ascender con nuevas emociones y relaciones. Los sacrificios de quien tanto le había dado ¿qué importancia tenían? Eso ya no valía nada. Ya logró lo que quería. Borrón y cuenta nueva. Sólo importaba él."
 
Julia retornó a Bolivia y Vargas Llosa siguió adelante con el plan de casarse con su prima Patricia. Faltaba cubrir un requisito indispensable para la boda: el acta de ella en Cochabamba, Bolivia. Entonces le escriben a la tía Julia para que les haga el favor de obtenerla y enviárselas. Después, no sólo se casarían, sino que hasta tuvieron tres hijos: Álvaro, Gonzalo y Morgana.
 
Julia Urquidi falleció el pasado 10 de marzo, en Bolivia, a la edad de 84 años. De manera que su relación con Mario Vargas Llosa atravesó por estas fases: tía, esposa, ex esposa y, más tarde, tía abuela de sus hijos. Ya no alcanzaría a enterarse de que él recibió el Nobel. A saber cuál habría sido su reacción. Patricia fue su prima hermana y es, hasta la fecha, su esposa. El caso de Ofelia Urquidi resulta un tanto más curioso, puesto que fue tía de Vargas Llosa, más tarde se convirtió en su cuñada, luego en su suegra y, por último, en abuela de sus hijos. Una muestra de como la realidad puede fácilmente superar a la ficción, con todo y premio Nobel.

 
La ilustración es una fotografía de Mario Vargas Llosa con Julia Urquidi.