Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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lunes, 22 de abril de 2024

Mirándolas dormir: TENER Y NO TENER, de Ernest Hemingway

"Estaba dormida. ¿Te acuerdas cuando lo hacíamos dormidos?"

Tercera parte; Harry Morgan: invierno.

(Fragmento del capítulo IV)

- ¿En qué lancha?
- Tengo la mía otra vez.
- ¿Desde cuándo?
- Desde esta noche.
- Irás a la cárcel, Harry.
- Nadie sabe que la tengo.
- ¿Dónde está?
- Escondida.
Tendido en la cama sintió en la cara los labios de ella, que lo buscaban, y la caricia de su mano. Se arrimó.
- ¿Quieres?
- Sí. Ahora.
- Estaba dormida. ¿Te acuerdas cuando lo hacíamos dormidos?
- Dime, ¿no te repugna mi brazo? ¿No hace una impresión rara?
- No seas tonto. Me gusta. Me gusta todo lo tuyo. Ponlo aquí. Me gusta. Anda.
- Parece una aleta sobre una tortuga marina.
- Tú no eres una tortuga marina. ¿Ahora también son así? ¿Están tres días jodiendo?
- Claro que sí. Cállate. Vamos a despertar a las niñas.
- No saben lo que tengo. Nunca sabrán lo que tengo. Ay, Harry. Así. ¡Querido!
- Espera.
- No quiero esperar. Vamos. Así. Ahí. ¿Lo has hecho alguna vez con alguna negra?
- Claro que sí.
- ¿Cómo son?
- Como tiburones.
- ¡Qué cosas dices, Harry! Ojalá no tuvieras que irte. Ojalá no tuvieras que irte nunca. ¿Con quién te ha gustado más?
- Contigo.
- Mentira. Siempre me estás diciendo mentiras.
- No. Tú eres la mejor.

"La hija sueña con su novio que llega mañana en avión..."

(Fragmento del capítulo XVI)

Un poco más lejos, en otro yate, duerme una familia agradable, gris y decente. El padre tiene la conciencia tranquila y duerme profundamente de costado. Sobre su cabeza hay un cuadro con un velero que huye ante la tempestad. La luz de leer está encendida. Al pie de la cama hay un libro caído. La madre duerme bien y sueña con su jardín. Tiene cincuenta años, pero es hermosa, está sana y bien conservada y es atractiva hasta dormida. La hija sueña con su novio que llega mañana en avión, y se agita, y se ríe de algo, y sin despertarse levanta las rodillas casi hasta la barbilla, y se encoge como un gato, tiene el cabello rizado y una cara linda con un cutis muy terso, y dormida tiene la misma cara que su madre de chica.

Ernest Hemingway
(Estados Unidos, 1899-1961). Obtuvo el premio Nobel en 1954.

sábado, 3 de junio de 2023

Tampico: TENER Y NO TENER, de Ernest Hemingway

"... y el humo lejano de un petrolero con rumbo a Tampico."

Capítulo XII

La Queen Conch, lancha de Freddy Wallace, de treinta y cuatro pies de eslora, número V de Tampa, estaba pintada de blanco; la cubierta de proa era verde, y el interior del sollado estaba también pintado de verde. La cubierta de la cabina tenía el mismo color. En la proa tenía pintados en negro el nombre y el puerto de matrícula, Cayo Hueso, Florida. No estaba equipada con puntal de tope ni tenía mástil. Tenía parabrisas, y uno de ellos, el correspondiente al volante, estaba roto. En las planchas del casco, recién pintado, se observaban a ambos lados agujeros astillados. Casi a la altura de la línea de flotación había a babor otros agujeros cerca del puntal que sostenía la cabina o toldo de mando. Del agujero más bajo había goteado algo oscuro que dejó unos trazos irregulares en la nueva pintura del casco.

Iba a la deriva empujada por el suave viento norte y a unas diez millas de distancia de la ruta de los petroleros que se dirigían hacia el norte. Blanca y verde contra el agua oscura de la Corriente del Golfo, tenía un aire alegre. En el agua flotaban cerca de la canoa manchas amarillas de algas sargazo que la pasaban lentamente en la corriente que las llevaba hacia el norte y hacia el este. El viento empujaba cada vez más a la lancha hacia el centro de la corriente. No había en la Queen Conch señales de vida, pero por encima de la regala, tendido sobre un banco encima del tanque de babor se veía el cuerpo de un hombre que parecía hinchado, y, desde el barco que corría a lo largo de la regala de estribor, otro hombre parecía inclinarse hacia el agua y meter en ella los dedos. Su cabeza y sus brazos estaban al sol, y en el punto en que sus dedos casi tocaban el agua había un banco de pececillos ovalados, de unas dos pulgadas de largo y color dorado con unas tenues franjas moradas, que habían abandonado las hierbas del golfo para refugiarse en la sombra que hacía la lancha a la deriva, y cada vez que algo goteaba al agua se precipitaban y tironeaban y forcejaban hasta que lo hacían desaparecer. Dos rémoras grises de unas dieciocho pulgadas de longitud nadaban dando vueltas y vueltas en torno a la lancha y abriendo y cerrando sus bocas rasgadas, pero no parecían comprender la regularidad con que caían las gotas que atraían a los pececillos, y cuando caían lo mismo podían estar lejos que cerca de ellas. Hacía tiempo que meneando sus feas cabezas y sus largos e inquietos cuerpos de cola fina habían tragado los deshilachados cuajarones de color carmín y los hilos que desde los agujeros más bajos de la canoa se escurrieron hasta el agua. Y se resistían a abandonar un lugar donde tan bien y tan inesperadamente se habían alimentado.

En el sollado de la lancha había otros tres hombres. Uno muerto, yacía de espaldas donde había caído bajo el taburete del volante. Otro, muerto también, estaba acurrucado contra el imbornal y al lado del puntal delantero de estribor. El otro, aún vivo, pero inconsciente, estaba tendido de costado y con la cabeza reclinada en un brazo.

El pantoque de la lancha estaba lleno de gasolina, y en cuanto la lancha se balanceaba un poco se oía el chapoteo. Al hombre todavía vivo, Harry Morgan, le parecía que el ruido lo hacía su barriga, y que la tenía tan grande como un lago donde el agua batía en las dos orillas a la vez. Eso le sucedía porque estaba de espaldas con las rodillas encogidas y la cabeza caía hacia atrás. El agua del lago que era su barriga estaba muy fría, tan fría que cuando se encaramó en el borde quedó entumecido. Sentía un frío terrible y en todo notaba gusto a gasolina, como si hubiera aspirado en un tubo de goma para hacer sifón desde un tanque. Sabía que no existía ningún tanque allí, aunque sentía como que le había entrado por la boca un frío tubo de goma que se le retorcía fría y pesadamente por todo el cuerpo. Cada vez que aspiraba aire se le retorcía el tubo con más firmeza en el abdomen y lo sentía allí dentro como una gran serpiente que se movía suavemente entre el chapoteo del lago. El tubo le daba miedo y, aunque lo tenía dentro, le parecía que estaba muy lejos y que lo que le importaba era el frío.

Estaba traspasado por el frío, por un frío doloroso que no se amortiguaba. Se había quedado quieto y lo sentía intensamente. Durante un rato pensó que si conseguía cubrirse consigo mismo se calentaría como con una manta, y llegó a creer que lo había conseguido y que empezaba a calentarse. Pero el calor no fue más que la hemorragia provocada al levantar las rodillas, y en cuanto le cesó comprendió que uno no puede cubrirse consigo mismo y que lo único que le quedaba era aguantar el frío. Mucho después de ser incapaz de pensar siguió procurando con todas sus fuerzas no morir. Había quedado a la sombra al ir la lancha a la deriva, y el frío era cada vez mayor.

La lancha había estado yendo a la deriva desde las diez de la noche de la víspera, y ya iba avanzando la tarde. En la superficie de la Corriente del Golfo no se veían más que algas, las sonrosadas, hinchadas y membranosas burbujas de unos cuantos «acorazados portugueses» jactanciosamente inclinados a flote, y el humo lejano de un petrolero con rumbo a Tampico.

Ernest Hemingway (Estados Unidos, 1899-1961).

(Traducido al español por Pedro Ibarzába).

lunes, 1 de noviembre de 2021

Ezra Pound: MORIR EN VENECIA

 "... habrán trasladado sus restos por los canales venecianos en una góndola luctuosa..."
 
Ezra Pound murió el primer día de noviembre de 1972, en Venecia. Es posible imaginarse el día de los muertos en que, desde la casa en la calle Querini, habrán trasladado sus restos por los canales venecianos en una góndola luctuosa hasta depositarlos en su tumba del cementerio de la isla San Michele. Murió, entonces, el llamado día de todos los santos, y según Manuel Vicent: "La mezcla de un santo laico y de un poeta loco da como resultado un profeta. Hubo uno que se llamó Ezra Pound."

El capítulo XII de París era una fiesta lleva por título Ezra Pound y el Bel Esprit, y esto es lo que relata Ernest Hemingway sobre el poeta: "Ezra era el escritor más generoso y más desinteresado que nunca he conocido. Corría en auxilio de los poetas, pintores, escultores y prosistas en los que tenía fe, y si alguien estaba verdaderamente apurado, corría en su auxilio tanto si tenía fe como si no. Se preocupaba por todo el mundo, y en los primeros tiempos de nuestra amistad la persona que más le preocupaba era T. S. Eliot, quien, según me dijo Ezra, tenía que estar empleado en un banco en Londres, y, por consiguiente, no disponía de tiempo ni seguía un horario apropiado para dar un buen rendimiento poético."

Mucho tiempo antes de publicar la obra en cuestión, en 1925 ya Hemingway había escrito: "Pound, el gran poeta, dedica una quinta parte de su tiempo a su poesía y emplea el resto en tratar de mejorar la suerte de sus amigos. Los defiende cuando son atacados, hace que las revistas publiquen obras suyas y los saca de la cárcel. Les presta dinero. Vende sus cuadros. Les organiza conciertos. Escribe artículos sobre ellos. Les presenta a mujeres ricas. Hace que los editores acepten sus libros. Los acompaña toda la noche cuando aseguran que se están muriendo y firma como testigo sus testamentos. Les adelanta los gastos del hospital y los disuade de suicidarse. Y al final algunos de ellos se contienen para no acuchillarse a la primera oportunidad."

Cuando Pound vivió en Italia durante la época de Mussolini, declaró su simpatía por el fascismo y la expresó públicamente de diferentes maneras. Eso le costó la humillación de ser paseado en una jaula en Pisa, cuando las tropas estadounidense entraron en territorio italiano. Lo trasladaron a Washington para juzgarlo por traición a la patria pero fue declarado demente y en lugar de ser fusilado lo recluyeron durante doce años en un manicomio. "Cualquier hombre que soporte vivir en los Estados Unidos -diría en aquella época-, está loco." Cuando finalmente fue liberado en 1958, por considerar que su demencia no era peligrosa, partió de nuevo a Italia, donde permanecería hasta su muerte en Venecia -como el título de una novela de Thomas Mann-, a los 87 años.

Jules Etienne

domingo, 14 de octubre de 2018

Otoño: ¿POR QUIÉN DOBLAN LAS CAMPANAS?, de Ernest Hemingway

 "... y el olor del humo de la leña y de las hojas que se queman en el otoño."

(Fragmento del capítulo veinte)

La noche era clara y su cabeza estaba tan fría y tan clara como el aire. Respiraba el olor de las ramas de pino bajo su cuerpo, de las agujas de pino aplastadas y el olor más vivo de la resina que rezumaba de las ramas cortadas. Y pensó: «Pilar y el olor de la muerte. A mí, el olor que me agrada es éste. Este y el del trébol recién cortado y el de la salvia con las hojas aplastadas por mi caballo cuando cabalga detrás del ganado, y el olor del humo de la leña y de las hojas que se queman en el otoño. Ese olor, el de las humaredas que se levantan de los montones de hojas alineados a lo largo de las calles de Missoula, en el otoño, debe ser el olor de la nostalgia. ¿Cuál es el que tú prefieres? ¿El de las hierbas tiernas con que los indios tejen sus cestos? ¿El del cuero ahumado? ¿El olor de la tierra en primavera, después de un chubasco? ¿El del mar que se percibe cuando caminas entre los tojos en Galicia? ¿O el del viento que sopla de tierra al acercarse a Cuba en medio de la noche? Ese olor es el de los cactus en flor, el de las mimosas y el de las algas. ¿O preferirías el del tocino, friéndose para el desayuno, por las mañanas, cuando estás hambriento? ¿O el del café? ¿O el de una manzana Jonathan, cuando hincas los dientes en ella? ¿O el de la sidra en el trapiche? ¿O el del pan sacado del horno? Debes de tener hambre.» Así pensó y se tumbó de costado y observó la entrada de la cueva a la luz de las estrellas, que se reflejaban en la nieve.

Ernest Hemingway (Estados Unidos, 1899-1961).
Obtuvo el premio Nobel en 1954.

lunes, 17 de septiembre de 2018

Septiembre: ADIÓS A LAS ARMAS, de Ernest Hemingway

"... las hojas de los árboles comenzaron a cambiar de color y comprendimos que el verano se había terminado."

(Fragmento del capítulo XXI)

En septiembre las noches empezaron a refrescar, luego los días refrescaron también y las hojas de los árboles del parque comenzaron a cambiar de color y comprendimos que el verano se había terminado. En el frente los combates fueron muy mal y no pudieron tomar San Gabriele. La batalla de la meseta de Bainsizza terminó y a mediados de mes la batalla por San Gabriele estaba también a punto de terminar. No pudieron tomarlo. Ettore había vuelto al frente. Los caballos habían sido enviados a Roma y no había más carreras. Crowell también se había ido a Roma, para ser repatriado a los Estados Unidos. En la ciudad hubo dos manifestaciones contra la guerra y en Turín unos tumultos bastante graves. En el club un comandante inglés me dijo que los italianos habían perdido ciento cincuenta mil hombres en la meseta de Bainsizza y en San Gabriele. Y añadió que además habían perdido cuarenta mil en el Carso. Tomamos una copa y charlamos. Me dijo que aquel año ya no habría más combates y que los italianos habían querido tragarse un bocado demasiado grande. Dijo que en Flandes la ofensiva iba por mal camino. Si mataban tantos hombres como en aquel otoño, los aliados estarían fritos dentro de un año. Dijo que todos estábamos fritos, pero que se podía ir tirando mientras no se dieran cuenta. Todos estábamos fritos. El secreto estaba en no admitirlo. El último país en darse cuenta de que estaba frito, ganaría la guerra.
 
Ernest Hemingway (Estados Unidos, 1899-1961).
Obtuvo el premio Nobel en 1954.
 
(Traducido al español por Carlos Pujol).

martes, 20 de febrero de 2018

Nieve: ADIÓS A LAS ARMAS, de Ernest Hemingway

"... contemplaba la caída de la nieve desde una de las ventanas del prostíbulo destinado a los oficiales."
 
(Fragmento del capítulo II)

El bosque de robles, en la montaña del otro lado de la ciudad, había desaparecido. Cuando llegamos a la ciudad, durante el verano, el bosque era frondoso, pero ahora parecía lleno de troncos destrozados y con la tierra llena de hoyos; al final del otoño, una día que me encontraba en el lugar donde aquél había existido, vi cómo una nube avanzaba por encima de la montaña. Iba a gran velocidad y el sol no tardó en volverse amarillo oscuro. Después todo apareció gris. El cielo quedó totalmente cubierto. De repente la nube descendió sobre la montaña y nos envolvió; era nieve.
 
La nieve cortaba el viento, cubrió la tierra y los troncos de los árboles se destacaron muy negros. También cubrió los cañones y pronto se formaron en la nieve pequeños caminos que conducían a las enramadas detrás de las trincheras.
 
Más tarde, hallándome en la ciudad, contemplaba la caída de la nieve desde una de las ventanas del prostíbulo destinado a los oficiales. Me encontraba allí con un amigo, dos vasos y una botella de Asti, y mientras veíamos como la nieve iba cayendo pesada, lentamente, comprendimos que por aquel año todo había terminado. Más allá de la ciudad, las montañas no habían sido ocupadas, así como tampoco las de nuestro lado del río. Para esto se esperaba el año siguiente. Mi amigo vio al capellán militar que pasaba por la calle, caminando con gran precaución entre el barro. Golpeó la ventana para llamar su atención. El capellán levantó la cabeza. Nos vio y sonrió. Mi amigo lo invitó a entrar, pero el capellán movió la cabeza y se alejó.
 

Ernest Hemingway (Estados Unidos, 1899-1961).
Obtuvo el premio Nobel en 1954.

(Traducido al español por Carlos Pujol).

jueves, 10 de mayo de 2012

Reflejo entre las olas: LA LUNA Y EL MAR


Por alguna razón, cuando los poetas le cantan a la luna suelen relacionarla con el mar, sobre todo, a exaltar su reflejo sobre el agua. Al ocuparnos de este tema resulta inevitable alguna referencia a Li Po (o Li Bai como, según entiendo, sería lo correcto), quien parecía obsesionado por la luna. Entre sus poemas, siempre breves, se encuentra uno titulado De noche:
Agua diáfana... luna clara...
En el resplandor de la luna, vuela una garza.
¡Escuchad! Las doncellas recolectoras de castañas de agua
inundando de canciones la senda, retornan a casa.
 
De Víctor Hugo, cuya obra poética es casi desconocida, opacada por la magnitud de sus novelas, es este Claro de Luna que inicia diciendo "Era clara la luna y jugaba en el agua", para concluir de esta manera: 
 
¿Quién así turba el agua cerca del gran serrallo?
Ni es el cuervo marino, ni las olas mecidas,
ni las piedras del muro, ni el batir cadencioso
de una nave que avanza por el mar con sus remos.
 
Son tan sólo unos sacos, dentro se oyen sollozos.
Si sondearan el mar, dentro de ellos se verían
como formas humanas que se agitan convulsas.
Era clara la luna y jugaba en el agua.
 
En su Oda a la luna del mar, Pablo Neruda estableció la diferencia entre la "Luna de la ciudad, me pareces cansada, oscura me pareces o amarilla, con algo de uña desgastada o gancho de candado, cadavérica, vieja, borrascosa..." y más adelante se va hasta el extremo cuando escribe: "... y allí, cansada, arriba, con tus párpados viejos cada vez más cansada, más triste, más rellena de humo, con sangre, con tabaco, con infinitas interrogaciones, con el sudor nocturno de las panaderías, luna gastada como la única muela del cielo de la noche desdentada." En contraste, exalta entusiasmado a la luna marina:

De pronto
llego al mar
y otra luna
me pareces,
blanca,
mojada
y fresca
como
yegua
reciente
que corre
en el rocío,
joven
como una perla,
diáfana
como frente
de sirena.
Luna
del mar,
te lavas
cada noche
y amaneces
mojada
por una aurora eterna,
desposándote
sin cesar con el cielo, con el aire,
con el viento marino,
desarrollado cada
nueva hora
por el interno impulso
vital de la marea,
limpia como las uñas
en la sal
del océano.

Pero también en la narrativa es posible advertir esa misma insistencia. Entre la generosa abundancia que nos obsequia la obra de García Márquez, nunca he ocultado mi particular preferencia por Crónica de una muerte anunciada. Y este es un fragmento en el que su desdichado protagonista, Santiago Nasar, se refiere a la luna y el mar:
 
"Hasta entonces no había llovido. Al contrario, la luna estaba en el centro del cielo, y el aire era diáfano, y en el fondo del precipicio se veía el reguero de luz de los fuegos fatuos en el cementerio. Del otro lado se divisaban los sembrados de plátanos azules bajo la luna, las ciénagas tristes y la línea fosforescente del Caribe en el horizonte. Santiago Nasar señaló una lumbre intermitente en el mar, y nos dijo que era el ánima en pena de un barco negrero que se había hundido con un cargamento de esclavos del Senegal frente a la boca grande de Cartagena de Indias. No era posible pensar que tuviera algún malestar de la conciencia, aunque entonces no sabía que la efímera vida matrimonial de Ángela Vicario había terminado dos horas antes. Bayardo San Román la había llevado a pie a casa de sus padres para que el ruido del motor no delatara su desgracia antes de tiempo, y estaba otra vez solo y con las luces apagadas en la quinta feliz del viudo Xius."

Finalmente, y para no volver este texto demasiado extenso, concluyo con un párrafo de Ernest Hemingway en El viejo y el mar, en el que procura establecer su esencia femenina debido al influjo de la luna:

"Decía siempre la mar. Así es como le dicen en español cuando la quieren. A veces, los que la quieren hablan mal de ella, pero lo hacen siempre como si fuera una mujer. Algunos de los pescadores más jóvenes, los que usaban boyas y flotadores para sus sedales y tenían botes de motor comprados cuando los hígados de tiburón se cotizaban alto, empleaban el artículo masculino, le llamaban el mar. Hablaban del mar como de un contendiente o de un lugar, o de un enemigo. Pero el viejo lo concebía siempre como perteneciente al género femenino y como algo que concedía o negaba favores, y si hacía cosas perversas y terribles era porque no podía remediarlo. La luna, pensaba, le afectaba lo mismo que a una mujer."


Jules Etienne

jueves, 21 de julio de 2011

Páginas ajenas: EL VIEJO Y EL MAR, de Ernest Hemingway



(Fragmento)

El tiburón se acercó velozmente por la popa y cuando atacó al pez, el viejo vio su boca abierta y sus extraños ojos y el tajante chasquido de los dientes al entrarle a la carne justamente sobre la cola. La cabeza del tiburón estaba fuera del agua y su lomo venía asomado y el viejo podía oir el ruido que hacía al desgarrar la piel y la carne del gran pez cuando clavó el arpón en la cabeza del tiburón en el punto donde el entrecejo se cruzaba con con la que corría rectamente hacia atrás partiendo el hocico. No había tales líneas: solamente la pesada y recortada cabeza azul y los grandes ojos y las mandíbulas que chasqueaban, acometían y se lo tragaban todo. Pero allí era donde estaba el cerebro y allí fue donde le pegó el viejo. Le pegó con sus manos pulposas y ensangrentadas, empujando el arpón con toda su fuerza. Le pegó sin esperanza, pero con resolución y furia.

El tiburón se volcó y el viejo vio que no había vida en sus ojos; luego el tiburón volvió a volcarse, se envolvió en dos lazos de cuerda.El viejo se dio cuenta de que estaba muerto, pero el tiburón no quería aceptarlo. Luego, de lomo batiendo el agua con la cola y chasqueando las mandíbulas, el tiburón surcó el agua como una lancha de motor. El agua era blanca en el punto donde batía su cola, y las tres cuartas partes de su cuerpo sobresalían del agua cuando el cabo se puso en tensión, retembló y luego se rompió. El tiburón se quedó un rato tranquilamente en la superficie y el viejo se paró a mirarlo. Luego el tiburón empezó a hundirse lentamente.

- Se llevó unas cuarenta libras -dijo el viejo en voz alta.

"Se llevó también mi arpón y todo el cabo -pensó-, y ahora mi pez sangra y vendrán otros tiburones."

No le agradaba ya mirar al pez porque había sido mutilado. Cuando el pez había sido atacado, fue como si lo hubiera sido él mismo.

Pero he matado al tiburón que atacó a mi pez -pensó-. Y era el dentuso más grande que había visto jamás. Y bien sabe Dios que yo he visto dentusos grandes.

"Era demasiado bueno para durar". Ahora pienso que ojalá hubiera sido un sueño, y que jamás hubiera pescado al pez, y que me hallara solo en la cama sobre los periódicos."

- Pero el hombre no está hecho para la derrota -dijo-. Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado.
 
 
Ernest Hemingway (Estados Unidos, 1899-1961) Obtuvo el premio Nobel en 1954.

(Traducido el inglés por Lino Novas Calvo)

sábado, 19 de febrero de 2011

Plath, Quiroga y Hemingway: La predisposición al suicidio



Recuerdo que recién acababa de ver la película Sylvia -con Gwyneth Paltrow como la trágica Sylvia Plath-. Esa misma noche me puse a leer su poesía y un rato más tarde ya me encontraba en la tarea de traducir al español su poema Espejo. La estrofa final me parecía terrible, por amarga y dolorosa. Aunque entonces caí en la cuenta de que la vejez, después de todo, no es inevitable si se tiene una muerte temprana. En lo personal, siempre he temido más a la senilidad que a la muerte. Me aterra la idea de depender de otros hasta para las tareas cotidianas elementales y esa supervivencia más allá de la inutilidad me parece, de plano, la terca permanencia en un lugar que ya no nos corresponde. Creo que en eso radica la gravedad del suicidio desde el punto de vista de la iglesia, porque en ese caso no es una fuerza superior la que dispone el momento de morir, es un acto volitivo del propio ser humano que lo confronta con su creador, y equivale a un desafío: voy a vivir sólo hasta que yo quiera, hasta que sea mi voluntad. Supongo que eso habrá influido para que la incidencia de suicidios sea tan alta entre los escritores. Finalmente la creación de una obra literaria, con sus arbitrarias situaciones y personajes, al antojo de quien lo escribe, es lo que más puede asemejar a un humano con la divinidad.

A la fecha, todavía sigo sin comprender la gran tragedia de la religión judeo cristiana -en la que hemos sido educados en la cultura occidental-, en torno al suicidio. Griegos y romanos lo practicaban sin tanto dilema moral, para ellos se trataba más bien de una mera cuestión existencial. Todavía en la actualidad, para los japoneses es un acto decoroso. Por ejemplo, cuando un sujeto ha cometido una falta grave, se atormenta con el harakiri y se quita la vida -a propósito de escritores, así lo hizo Yukio Mishima-, de esa manera limpia su honor y el de su descendencia. Es decir, no se trata de un hecho condenable, por el contrario, exalta el valor y el sentido del honor de quien lo practica. Pero a los católicos nos enseñaron que el suicidio va contra los principios de la religión. Por eso no tenemos la visión del suicida, así sea un poeta, como un personaje de belleza trágica. Sylvia Plath se suicidó por amor, o más bien, por la ausencia de él. Cuando se percató de que jamás iba a recuperar el amor perdido, decidió que entonces su existencia carecería de sentido. Lo apostó todo al amor por una persona y perdió. Horacio Quiroga se quitó la vida para evitar el sufrimiento. Después de leer su biografía y con todo lo que padeció ¿no se había ganado el derecho a renunciar a la vida si ésta no iba a ser más que la prolongación de un flagelo? Sin duda se trata de algo muy subjetivo. Pero mi opinión ni siquiera importa, porque la única que realmente cuenta es la de la propia Sylvia Plath, o la de Quiroga o la de Alfonsina Storni.

Después de traducir el poema, escribí un texto tratando de retomar algunas de sus líneas -no se trataba de una paráfrasis porque no era otro poema ni tampoco una recreación-, más bien me ocupaba de su muerte, de los momentos en que debió asumirla y traté de imaginar lo que habría visto en el espejo, con la certeza de que era la última vez que vería su rostro reflejado en él. El título: Sylvia Plath también se suicidó en febrero, se lo puse ayer mismo como consecuencia de que recién me había ocupado de Horacio Quiroga, otro suicida del mismo mes.

En el transcurso del día, recordé que en alguna ocasión, escribiendo sobre los suicidios en la familia Hemingway, encontré una explicación científica:

Ernest Hemingway se disparó con su escopeta en 1954, unos días antes de cumplir los sesenta y dos años. No fue el primero ni el único caso de suicido en la familia, Clarence, su propio padre, también se suicidó a los 57 años, lo mismo que sus tíos Ursula y Leicester, así como su nieta Margaux. Un médico advirtió que el padre de Ernest Hemingway padecía de hemocomatosis, una enfermedad hereditaria que afecta el metabolismo del hierro, el cual se acumula en los tejidos afectando las funciones del páncreas y del hígado, lo que provoca inestabilidad en el cerebro y la consecuencia son severos y prolongados períodos depresivos. Por expresarlo en términos dramáticos: llevan el suicidio en la sangre.



Hace unos días, relataba los suicidios que rodearon al de Horacio Quiroga, tanto el de su primera esposa como el de sus dos hijos. El año antepasado, en marzo, también se suicidó Nicholas, el hijo menor de Sylvia Plath. Tenía un año cuando ella murió en 1963. Era biólogo, radicaba en Alaska y tenía 47 años cuando se ahorcó. Tal vez, en efecto, exista una deficiencia fisiológica que lo propicia. Más allá de cualquier divagación religiosa.


Jules Etienne