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Vancouver: otoño en English Bay (fotografía de Jules Etienne).

jueves, 30 de noviembre de 2017

Eclipse: LA ISLA DEL DÍA DE ANTES, de Umberto Eco

"Júpiter, Marte, Venus, Mercurius et Saturnus alrededor del sol giran, pero el sol gira alrededor de la Tierra..."
 
(Fragmento del capítulo 24: Diálogo sobre los sistemas del mundo)

Y entre tanto dialogaba sobre los sistemas del mundo.
 
Habían vuelto a hablar del movimiento de la tierra y el padre Caspar lo había preocupado con el Argumento del Eclipse. Quitando la tierra del centro del mundo y poniendo en su lugar el sol, ha de ponerse la tierra o debajo de la luna, o encima de la luna. Si la ponemos debajo no habrá jamás un eclipse de sol porque, al estar la luna encima del sol o encima de la tierra, no podrá interponerse entre la tierra y el sol. Si la ponemos encima, no habrá jamás eclipse de luna porque, al estar la tierra encima de ella, no se podrá interponer jamás entre la luna y el sol. Y además, la astronomía no podría ya, como siempre ha hecho perfectamente, predecir los eclipses, pues regula sus cálculos sobre los movimientos del sol, y si el sol no se moviere su empresa sería vana.
 
Considerárase, luego, el Argumento del Arquero. Si la tierra girare todas las veinte y cuatro horas, cuando se tira una saeta directamente hacia arriba, ésta volvería a caer al occidente, a muchas millas de distancia del tirador. Que sería como decir el Argumento de la Torre. Si se dejara caer un peso por el lado occidental de una torre, éste no debería precipitar a los pies de la construcción, sino mucho más allá, y por tanto, no debería caer verticalmente sino en diagonal, porque, mientras, la torre (con la tierra) habríase movido hacia occidente. Como, en cambio, todos saben por experiencia que ese peso cae en perpendículo, he aquí que el movimiento terrestre se demuestra una majadería.
 
Por no hablar del Argumento de los Pájaros, los cuales, si la tierra girare en el espacio de un día, jamás podrían, volando, mantener el ritmo de su giro, aun cuando fueran infatigables. En cambio, nosotros vemos perfectamente que, si viajamos incluso a caballo en dirección del sol, cualquier pájaro nos alcanza y adelanta.
 
- Está bien. No sé responder a su objeción. Lo que he oído decir es que haciendo girar la tierra y todos los planetas, y teniendo parado el sol, se explican muchos fenómenos, mientras que Tolomeo ha tenido que inventar que si los epiciclos, que si los deferentes, que si otros muchos embustes que precisamente claman al cielo, y a la tierra también.
 
- Yo perdono a ti, si un Witz hacer querías. Pero si tú serio hablas, entonces te digo que yo no soy un pagano como Tolomeo y sé muy bien que él muchos errores cometido había. Et por eso yo creo que el grandísimo Tycho de Uraniburgo una idea muy justa ha tenido: él ha pensado que todos los planetas que nosotros conocemos, es decir, Júpiter, Marte, Venus, Mercurius et Saturnus alrededor del sol giran, pero el sol gira con ellos alrededor de la Tierra, alrededor de la Tierra gira la luna, y la tierra está inmóvil en el centro del círculo de las estrellas fijas. Así explicas tú los errores de Tolomeo et non dices herejías, mientras Tolomeo errores cometía et Galileo herejías decía. Et no estás obligado a explicar cómo hacía la tierra, que es tan pesada, a darse vueltas por el cielo.


Umberto Eco (Italia, 1932-2016).
 
(Traducido al español por Helena Lozano).

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Eclipse: LAS ISLAS DE LA IMPRUDENCIA, de Robert Graves

"Esa noche, cuando la luna se elevó por el este, se encontraba en eclipse total..."
 
(Fragmento del capítulo 20: El eclipse)

El padre Joaquín, que había traído consigo un cesto lleno del famoso febrífugo llamado corteza de los jesuitas, se perdió en el Santa Ysabel; con calor, cuidados y una decocción de este amargo medicamento, quizá la fiebre no hubiera resultado mortal para ninguno de nosotros. No creo que el sitio tuviera que ser el mayor inculpado; aunque es evidente que la dieta desacostumbrada, el súbito descenso de la temperatura por la noche, los frecuentes chubascos que empapaban la ropa de los soldados que se les secaba sobre el cuerpo, la humedad del suelo sobre el que dormían -sin cuidarse de fabricarse plataformas como lo hacían los nativos- fueron todos factores enemigos de la salud de todo español cuya constitución no fuera de piedra. Pero pensé que mientras el coronel mantuvo a los hombres severamente disciplinados y activamente ocupados, nadie había manifestado el más ligero síntoma de la enfermedad; que, en realidad, la peste que nos atormentaba era lo que los italianos llaman la influenza, que atribuyen a misteriosas influencias planetarias, más que a las malas condiciones sanitarias o a la proximidad de pútridos marjales. Es a menudo la secuela de un difundido desamor, un crimen o un desastre público, o de una prolongada guerra que ninguna de ambas partes tiene el coraje de acabar de algún modo; y atribuyo mi propia recuperación al cuidado que había tenido en no participar de manera directa en los malignos acontecimientos cuya crónica estuvo a mi cargo.
 
La primera muerte ocurrió el 17 de octubre, la vigilia de San Lucas Evangelista, triste manera de hacernos recordar que no contábamos con médico alguno; y la víctima no fue otra que el padre Antonio. Su fallecimiento causó profunda pena a todos, salvo a los Barreto, pero sobre todo al vicario, que le había dado el viático. Se lamentaba que daba pena sobre el cadáver del capellán y, con los ojos alzados al cielo y lágrimas en las mejillas, pude oír que clamaba:
 
- ¡Oh, Señor, Dios mío, qué pesado es el castigo que has impuesto a mis pecados! ¿Me has dejado, Señor, sin un sacerdote con quien pueda confesarme...? ¡Oh, padre Antonio de Serpa, cuán afortunada ha sido tu suerte! Sumido en situación tan triste, de buen grado cambiaría mi suerte por la tuya: aunque tengo la potestad de absolver los pecados de cada cual en esta isla, nadie puede hacer lo mismo por mí.
 
Andando con pie trastabillante de un sitio al otro, con la cara oculta en las manos, se negaba a recibir consuelo alguno, aunque Pedro Fernández y Juan de la Isla le imploraban que se serenara. Luego se arrastró a la iglesia y allí lloró sin control frente al altar, rezando por el alma del padre Antonio y ensalzando sus virtudes; y por fin se dirigió al cementerio y, pidiendo una espada, cavó una tumba profunda con sus propios débiles brazos.
 
Esa noche, cuando la luna se elevó por el este, se encontraba en eclipse total, lo cual fue motivo de gran consternación: había oído decir que esa era una ocasión en que las brujas estaban en libertad de cometer el mal que el capricho les dictara, y que el espíritu de un gran personaje abandonaría su cuerpo antes de que una nueva luna se elevara. Ningún centinela ocupó su puesto sin llevar un amuleto al cuello y un camarada a su lado; y al romper el día corrió el rumor por el campamento de que cierto oficial, al abandonar su tienda para ir a evacuar a la luz de las estrellas, había visto a una mujer desnuda con una rama en la mano que utilizaba para hechizar la residencia. Di poco crédito a este rumor; pero otro, el de que el cadáver de Sebastián se había desintegrado durante la noche, fuera por obra de perros hambrientos o de brujas, me fue solemnemente confirmado por Myn.

 
Robert Graves (Inglaterra, 1895-1985).

martes, 28 de noviembre de 2017

Eclipse: LA EMPLAZADA, de Ricardo Palma

"... hicieron que a la condesa le clavara el pícaro de Cupido un acerado dardo en mitad del corazón."

(Fragmento de Crónica de la época del virrey arzobispo)
 
I

Había entre ellos un robusto y agraciado mulato, de veinticuatro años, a quien el difunto conde había sacado de pila y, en su calidad de ahijado, tratado siempre con especial cariño y distinción. A la edad de trece años, Pantaleón, que tal era su nombre, fue traído a Lima por el padrino, quien lo dedicó a aprender el empirismo rutinero que en esos tiempos se llamaba ciencia médica, y de que tan cabal idea nos ha legado el Quevedo limeño Juan de Caviedes en su graciosísimo Diente del Parnaso. Quizá Pantaleón, pues fue contemporáneo de Caviedes, es uno de los tipos que campean en el libro de nuestro original y cáustico poeta.
 
Cuando el conde consideró que su ahijado sabía ya lo suficiente para enmendarle una receta al mismo Hipócrates, lo volvió a la hacienda con el empleo de médico y boticario, asignándole cuarto fuera del galpón habitado por los demás esclavos, autorizándolo para vestir decentemente y a la moda, y permitiéndole que ocupara asiento en la mesa donde comían el mayordomo o administrador, gallego burdo como un alcornoque, el primer caporal, que era otro ídem fundido en el mismo molde, y el capellán, rechoncho fraile mercedario y con más cerviguillo que un berrendo de Bujama. Éstos, aunque no sin murmurar por bajo, tuvieron que aceptar por comensal al flamante dotor; y en breve, ya fuese por la utilidad de servicios que éste les prestara librándolos en más de un atracón, o porque se les hizo simpático por la agudeza de su ingenio y distinción de modales, ello es que el capellán, mayordomo y caporal no podían pasar sin la sociedad del esclavo, a quien trataban como a íntimo amigo y de igual a igual.
 
Por entonces llegó mi señora la condesa a establecerse en la hacienda, y aparte del capellán y los dos gallegos, que eran los empleados más caracterizados del fundo, admitió en su tertulia nocturna al esclavo, que para ella, aparte el título de ahijado y protegido de su difunto, tenía la recomendación de ser el D. Preciso para aplicar un sedativo contra la jaqueca, o administrar una pócima en cualquiera de los achaques a que es tan propensa nuestra flaca naturaleza.
 
Pero Pantaleón, no sólo gozaba del prestigio que da la ciencia, sino que su cortesanía, su juventud y su vigorosa belleza física formaban contraste con la vulgaridad y aspecto del mercedario y los gallegos. Verónica era mujer, y con eso está dicho que su imaginación debía dar mayores proporciones al contraste. El ocio y aislamiento de vida en una hacienda, los nervios siempre impresionables en las hijas de Eva, la confianza que para calmarlos se tiene en el agua de melisa, sobre todo si el médico que la propina es joven, buen mozo e inteligente, la frecuencia e intimidad del trato y... ¡qué sé yo!..., hicieron que a la condesa le clavara el pícaro de Cupido un acerado dardo en mitad del corazón. Y como cuando el diablo no tiene que hacer, mata moscas con el rabo, y en levas de amor no hay tallas, sucedió... lo que ustedes sin ser brujos ya habrán adivinado. Con razón dice una copla:
 
«Pocos eclipses el sol
y mil la luna padece;
que son al desliz más prontas
que los hombres las mujeres».
 
 
Ricardo Palma (Perú, 1833-1919).

lunes, 27 de noviembre de 2017

Eclipse: ANA KARENINA, de León Tolstoi

"... las nubes habían cubierto de tal modo el sol que había oscurecido como en un eclipse."

Octava parte
 
(Fragmento del capítulo XVII)

El Príncipe y Sergio Ivanovich subieron al cochecillo, mientras que los otros, apresurando el paso, emprendían a pie el regreso hacia la casa.

Pero las nubes, unas claras, otras oscuras, se acercaban con acelerada rapidez, y deberían correr mucho más si querían llegar a casa antes de que descargarse la lluvia.

Las nubes delanteras, bajas y negras como humo de hollín, avanzaban por el cielo con enorme velocidad.

Ahora sólo distaban de la casa unos doscientos pasos, pero el viento se había levantado ya y el aguacero podía sobrevenir de un momento a otro.

Los niños, entre asustados y alegres, corrían delante chillando. Dolly, luchando con las faldas que se le enredaban a las piernas, ya no andaba, sino que corría, sin quitar la vista de sus hijos.

Los hombres avanzaban a grandes pasos, sujetándose los sombreros. Cerca ya de la escalera de la entrada, una gruesa gota golpeó y se rompió en el canalón de metal. Niños y mayores, charlando jovialmente, se guarecieron bajo techado.

- ¿Dónde está Catalina Alejandrovna? –preguntó Levin al ama de llaves, que salió a su encuentro en el recibidor con pañuelos y mantas de viaje.

- Creíamos que estaba con usted.

- ¿Y Mitia?

- En el bosque, en Kolok. El aya debe de estar con él.

Levin, cogiendo las mantas, se precipitó al bosque.

Entre tanto, en aquel breve lapso, las nubes habían cubierto de tal modo el sol que había oscurecido como en un eclipse. El viento soplaba con violencia como con un propósito tenaz, rechazaba a Levin, arrancaba las hojas y flores de los tilos, desnudaba las ramas de los blancos abedules y lo inclinaba todo en la misma dirección: acacias; arbustos, flores, hierbas y las copas de los árboles.

Las muchachas que trabajaban en el jardín corrían, gritando, hacia el pabellón de la servidumbre. La blanca cortina del aguacero cubrió el bosque lejano y la mitad del campo más próximo acercándose rápidamente a Kolok. Se distinguía en el aire la humedad de la lluvia, quebrándose en múltiples y minúsculas gotas.

Inclinando la cabeza hacia adelante y luchando con el viento que amenazaba arrebatarle las mantas, Levin se acercaba al bosque a la carrera.

Ya distinguía algo que blanqueaba tras un roble, cuando de pronto todo se inflamó, ardió la tierra entera, y pareció que el cielo se abría encima de él.

Al abrir los ojos, momentáneamente cegados, Levin, a través del espeso velo de lluvia que ahora le separaba de Kolok, vio inmediatamente, y con horror, la copa del conocido roble del centro del bosque que parecía haber cambiado extrañamente de posición.

«¿Es posible que le haya alcanzado?», pudo pensar Levin aun antes de que la copa del árbol, con movimiento más acelerado cada vez, desapareciera tras los otros árboles, produciendo un violento ruido al desplomarse su gran mole sobre los demás.

El brillo del relámpago, el fragor del trueno y la impresión de frío que sintió repentinamente se unieron contribuyendo a producirle una sensación de horror.

- ¡Oh, Dios mío, Dios mío! Haz que no haya caído el roble sobre ellos –pronunció.

Y aunque pensó en seguida en la inutilidad del ruego de que no cayera sobre ellos el árbol que ya había caído, él repitió su súplica, comprendiendo que no le cabía hacer nada mejor que elevar aquella plegaria sin sentido.
 
 
León Tolstoi: Lev Nikoláievich Tolstoi (Rusia, 1828-1910).

domingo, 26 de noviembre de 2017

Eclipse: ULISES, de James Joyce

"... se paró delante del escaparate de Yeates e Hijo, calculando el precio de los prismáticos."
 
(Fragmento del episodio 8: Lestrigones)

Cruzó por la esquina de Nassau Street y se paró delante del escaparate de Yeates e Hijo, calculando el precio de los prismáticos. ¿O me dejo caer por donde el viejo Harris y charlo con el joven Sinclair? Tipo educado. Seguramente almorzando. Tengo que llevar mis viejos prismáticos a arreglar. Lentes Goerz seis guineas. Los alemanes abriéndose camino por todas partes. Venden con facilidades para atrapar el mercado. Malvendiendo. Podría con suerte encontrar un par en la oficina de objetos perdidos de los ferrocarriles. Asombroso las cosas que la gente se olvida en los trenes y en consigna. ¿En qué estarán pensando? Las mujeres también. Increíble. El año pasado en el viaje a Ennis tuve que recoger el bolso de la hija de aquel granjero y dárselo en el empalme de Limenck. Dinero sin reclamar también. Hay un pequeño reloj allá arriba en el tejado del banco para probar esos prismáticos.

Los párpados bajaron hasta los bordes inferiores de los iris. No lo veo. Si imaginas que está allí casi lo ves. No lo veo. Dio media vuelta y, de pie bajo los toldos, alargó la mano derecha con todo el brazo extendido hacia el sol. He querido probar eso a menudo. Sí: completamente. La punta del dedo meñique tapó el disco solar. Debe de ser el foco donde se cruzan los rayos. Si tuviera unos cristales negros. Interesante. Se hablaba mucho de esas manchas solares cuando estábamos en Lombard Street West. Mirando al cielo en el jardín de atrás. Son explosiones tremendas. Habrá un eclipse total este año: algún día del otoño.
 

James Joyce (Irlandés fallecido en Suiza, 1882-1941).

sábado, 25 de noviembre de 2017

Eclipse: DORA BRUDER, de Patrick Modiano

"... uno se pregunta si en verdad existe el día o si se trata más bien de un estado intermedio, una suerte de eclipse sombrío..."

(Fragmento)

Escribí estas páginas en noviembre de 1996. Los días son lluviosos. Mañana entraremos en el mes de diciembre y habrán pasado cincuenta y cinco años desde la fuga de Dora. La noche cae pronto y es preferible: borra el tono gris y la monotonía de estos días de lluvia en los que uno se pregunta si en verdad existe el día o si se trata más bien de un estado intermedio, una suerte de eclipse sombrío, que se prolonga hasta primeras horas de la tarde. Entonces, las farolas, los escaparates, los cafés se iluminan, el aire de la noche es más vivo, el contorno de las cosas es más preciso, hay embotellamientos en los cruces, la gente se apresura en las calles. y en medio de todas esas luces y de esa agitación, me cuesta creer que me encuentro en la misma ciudad donde residían Dora Bruder y sus padres, y también mi padre, cuando tenía veinte años menos de los que yo cuento ahora. Tengo la impresión de ser el único en establecer el vínculo entre el París de aquel tiempo y el de hoy, el único que se acuerda de todas esas minucias. En algunos momentos, el vínculo se adelgaza y está a punto de romperse; pero algunas noches la ciudad de ayer se me aparece con reflejos furtivos detrás de la de hoy.


Patrick Modiano (Francia, 1945). Obtuvo el premio Nobel en 2014.

viernes, 24 de noviembre de 2017

Eclipse: MI VIDA QUERIDA, de Alice Munro

"O es la persona la que encarna esa magia, no lo sé. ¿Entiendes? Sucede sin más, como una especie de eclipse."
 
Dolly
 
(Fragmento)

- Vamos al coche –sugirió-. No podemos hablar aquí fuera, hace demasiado frío.

Ya en el coche, me dijo:

- La vida es completamente impredecible.
 
En su voz había una ternura y una tristeza inusuales. No me miraba, sino que tenía la vista fija en el parabrisas, en nuestra casa.
 
- No sirve de nada decir que lo siento -me dijo. Luego añadió-: Mira, ni siquiera se trata de la persona. Más bien es una especie de aura. Un hechizo. Bueno, claro que en el fondo es la persona, pero se trata de lo que la envuelve y la encarna. O es la persona la que encarna esa magia, no lo sé. ¿Entiendes? Sucede sin más, como una especie de eclipse.

Meneó la cabeza, encorvado. Todo abatimiento.


Alice Munro: Alice Ann Laidlaw (Canadá, 1931). Obtuvo el premio Nobel en 2013.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Eclipse: LA GUERRA DEL FIN DEL MUNDO, de Mario Vargas Llosa

"Un eclipse sumiría al mundo en tinieblas tan absolutas que todo debería hacerse al tacto, como entre ciegos..."

IV

(Fragmento inicial)

Cuando Lelis Piedades, el abogado del Barón de Cañabrava, ofició al Juzgado de Salvador que la hacienda de Canudos había sido invadida por maleantes, el Consejero llevaba allá tres meses. Por los sertones había corrido la noticia de que en ese sitio cercado de montes pedregosos, llamado Canudos por las cachimbas de canutos que fumaban antaño los lugareños, había echado raíces el santo que peregrinó a lo largo y a lo ancho del mundo por un cuarto de siglo. El lugar era conocido por los vaqueros, pues los ganados solían pernoctar a las orillas del Vassa Barris. En las semanas y meses siguientes se vio a grupos de curiosos, de pecadores, de enfermos, de vagos, de huidos que, por el Norte, el Sur, el Este y el Oeste se dirigían a Canudos con el presentimiento o la esperanza de que allí encontrarían perdón, refugio, salud, felicidad.
 
A la mañana siguiente de llegar, el Consejero empezó a construir un Templo que, dijo, sería todo de piedra, con dos torres muy altas, y consagrado al Buen Jesús. Decidió que se elevara frente a la vieja Iglesia de San Antonio, capilla de la hacienda. «Que levanten las manos los ricos», decía, predicando a la luz de una fogata, en la incipiente aldea. «Yo las levanto. Porque soy hijo de Dios, que me ha dado un alma inmortal, que puede merecer el cielo, la verdadera riqueza. Yo las levanto porque el Padre me ha hecho pobre en esta vida para ser rico en la otra. ¡Que levanten las manos los ricos!» En las sombras chisporroteantes emergía entonces, de entre los harapos y los cueros y las raídas blusas de algodón, un bosque de brazos. Rezaban antes y después de los consejos y hacían procesiones entre las viviendas a medio hacer y los refugios de trapos y tablas donde dormían, y en la noche sertanera se los oía vitorear a la Virgen y al Buen Jesús y dar mueras al Can y al Anticristo. Un hombre de Mirandela, que preparaba fuegos artificiales en las ferias —Antonio el Fogueteiro — fue uno de los primeros romeros y, desde entonces, en las procesiones de Canudos se quemaron castillos y reventaron cohetes.
 
El Consejero dirigía los trabajos del Templo, asesorado por un maestro albañil que lo había ayudado a restaurar muchas capillas y a construir desde sus cimientos la Iglesia del Buen Jesús, en Crisópolis, y designaba a los penitentes que irían a picar piedras, cernir arena o recoger maderas. Al atardecer, después de una cena frugal —si no estaba ayunando — que consistía en un mendrugo de pan, alguna fruta, un bocado de farinha y unos sorbos de agua, el Consejero daba la bienvenida a los recién llegados, exhortaba a los otros a ser hospitalarios, y luego del Credo, el Padrenuestro y los Avemarías, su voz elocuente les predicaba la austeridad, la mortificación, la abstinencia, y los hacía partícipes de visiones que se parecían a los cuentos de los troveros. El fin estaba cerca, se podía divisar como Canudos desde el Alto de Favela. La República seguiría mandando hordas con uniformes y fusiles para tratar de prenderlo, a fin de impedir que hablara a los necesitados, pero, por más sangre que hiciera correr, el Perro no mordería a Jesús.
 
Habría un diluvio, luego un terremoto. Un eclipse sumiría al mundo en tinieblas tan absolutas que todo debería hacerse al tacto, como entre ciegos, mientras a lo lejos retumbaba la batalla. Millares morirían de pánico. Pero, al despejarse las brumas, un amanecer diáfano, las mujeres y los hombres verían a su alrededor, en las lomas y montes de Canudos, al Ejército de Don Sebastián. El gran Rey habría derrotado a las carnadas del Can, limpiado el mundo para el Señor. Ellos verían a Don Sebastián, con su relampagueante armadura y su espada; verían su rostro bondadoso, adolescente, les sonreía desde lo alto de su cabalgadura enjaezada de oro y diamantes, y lo verían alejarse, cumplida su misión redentora, para regresar con su Ejército al fondo del mar.
 
Los curtidores, los aparceros, los curanderos, los mercachifles, las lavanderas, las comadronas y las mendigas que habían llegado hasta Canudos después de muchos días y noches de viaje, con sus bienes en un carromato o en el lomo de un asno, y que estaban ahora allí, agazapados en la sombra, escuchando y queriendo creer, sentían humedecérseles los ojos. Rezaban y cantaban con la misma convicción que los antiguos peregrinos; los que no sabían aprendían de prisa los rezos, los cantos, las verdades. Antonio Vilanova, el comerciante de Canudos, era uno de los más ansiosos por saber; en las noches, daba largos paseos por las orillas del río o de los recientes sembríos con Antonio el Beatito, quien, pacientemente, le explicaba los mandamientos y las prohibiciones de la religión que él, luego, enseñaba a su hermano Honorio, su mujer Antonia, su cuñada Asunción y los hijos de las dos parejas.
 
 
Mario Vargas Llosa (Perú, 1936). Obtuvo el premio Nobel en 2010.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Eclipse: URANIA, de Jean-Marie Gustave Le Clézio

"... en Oklahoma, a menudo el cielo está bajo. Allá no se puede leer todas las noches las estrellas, los cúmulos pálidos, los soles en eclipse..."

(Fragmento de Anthony Martin, el consejero)

Entonces me volví, me fui a lo alto del pueblo, para esconder mi cólera y mi emoción. Ahora, ya no puedo hablar, ya no quiero decidir. Soy demasiado viejo, mi corazón está enfermo, mi alma también. Quiero volverme un vejete inútil al que se va a mendigar por las rutas titubeando, con un palo de escoba en la mano a modo de bordón.
 
Ya echo de menos el cielo de Campos. En mi país, en Oklahoma, a menudo el cielo está bajo. Allá no se puede leer todas las noches las estrellas, los cúmulos pálidos, los soles en eclipse, los gigantes lejanos en su halo rojo, todas esas figuras con las que he vivido, el Arado, el ojo de la osa Dubhe, su cola, su flanco, la gacela Talitha a la que caza y hace volar el polvo brillante con cada uno de sus saltos, y ése es el nombre que yo le había dado a Hoatu cuando ella llegó, debido a su manera de correr con los pies desnudos entre las rocas de la montaña, y Cristian siempre detrás de ella porque estaba enamorado. ¿Ellos se acordarán tal vez de todo eso por amor a mí?
 
Altais, la serpiente enroscada, su ojo Rastaban. Y Thuban que fue el centro del universo antes que la estrella polar, hace diez mil años.
 
¿Qué queda del país donde yo nací? ¿Alguien me espera allá? Me fui hace mucho tiempo, todos aquellos que conocí se han muerto, o bien me han olvidado.
 
 
J. M. G. Le Clézio: Jean Marie Gustave Le Clézio (Francia, 1940).
Obtuvo el premio Nobel en 2008.

martes, 21 de noviembre de 2017

Eclipse: EL LIBRO NEGRO, de Orhan Pamuk

"... su rebaño de ovejas, que había vuelto por sí solo a la aldea debido a un eclipse en medio del día..."

(Fragmento del capítulo 15: Historias de amor en una noche de nieve)

Estaba claro que se trataba del típico jubilado que quiere hacer algo útil en su tiempo libre, interesado por nuevas amistades y que conoce bien Estambul. Una vez hubo terminado con los luchadores tracios, el viejo anunció que había llegado el momento de la verdadera historia y comenzó su relato:
 
En realidad se trataba más de un dilema que de una historia: un anciano pastor encerró en el redil su rebaño de ovejas, que había vuelto por sí solo a la aldea debido a un eclipse en medio del día, sorprendió a su querida mujer en Ia cama con un amante y, tras un momento de duda, los mató a ambos con el primer cuchillo que cogió. Después de entregarse, en su defensa ante el juez afirmó que no había matado a su esposa y a su amante, sino a una mujer desconocida que estaba en su cama con su querido; la lógica que seguía el pastor era tremendamente simple: teniendo en cuenta que resultaba imposible que «la mujer» con la que había vivido enamorado desde hacía años, en la que había confiado y a la que tan bien conocía, le hiciera aquello a «él», tanto «él» como «la mujer de la cama» eran en realidad otras personas. El pastor creyó de inmediato en aquella sorprendente sustitución corroborada además por la señal sobrenatural que le había proporcionado el Sol. Por supuesto estaba dispuesto a sufrir la pena correspondiente al crimen de aquella otra persona que recordaba que le había poseído por un instante, pero quería que tanto la mujer como el hombre que había matado en la cama fueran considerados dos ladrones que habían entrado en su casa para aprovecharse impúdicamente de la comodidad de su lecho. Después de cumplir su condena, fuera la que fuese, se echaría a los caminos para buscar a su esposa, a la que no veía desde el día del eclipse y, después de encontrarla, comenzaría a buscar si propia personalidad perdida, quizá con ayuda de su mujer. ¿Cuál fue el castigo que el juez impuso al pastor?
 
Mientras escuchaba las respuestas que los de la mesa le daban a la pregunta del anciano coronel, Galip pensaba que había leído o escuchado aquella historia en otro lugar, pero era incapaz de recordar en cuál. Por un momento, mientras observaba una de las fotografías que el fotógrafo había traído y repartía entre los componentes de la mesa, creyó que iba a descubrir de dónde recordaba la historia y al hombre pero, en ese momento le pareció que podría decir de repente quién era ese hombre y, como en la historia del fotógrafo, así descifrar el misterio de una de aquellas caras cuyo significado era tan difícil de interpretar. Cuando le llegó el turno a Galip opinó que el juez perdonaría al pastor y en ese instante sintió que había resuelto el secreto del significado del rostro del militar jubilado: era como si cuando comenzó a contar su historia fuera una persona y al terminarla fuera otra. ¿Qué le había ocurrido mientras narraba la historia? ¿Qué era lo que le había cambiado mientras narraba la historia?
  

Orhan Pamuk (Turquía, 1952). Obtuvo el premio Nobel en 2006.

lunes, 20 de noviembre de 2017

Eclipse: OBSESIÓN (Avaricia)*, de Elfriede Jelinek



(Fragmento del capítulo 2)

Bajan sus miradas hacia el estanque, que se traga el sol como si en él hubiese de forma perpetua un eclipse solar, y la superficie oscura les parece una nocturna carretera comarcal en la que se producen encuentros. Otros prefieren no encontrarse a nadie. Lo entiendo, yo estaría más bien en ese grupo. Bien, ésos ya se han marchado, pues ya no los veo. El agua está tan fría, que uno la podría sacar del lecho chorreando y volvería a echarla allí de inmediato nada más al ver con detalle lo que ha pescado. Esta agua no caería jamás a la superficie terrestre en forma de precipitación, antes se precipitaría sobre alguien hasta matarlo, alguien que estuviera esperando una mejora del tiempo desde hace por lo menos una semana. El frío, al fin y al cabo, baja en una forma extraña, amorfa. Si el agua fuera hábil, huiría por su propio pie montaña arriba. Todo esto no es tan profundo, pero las plantas trepadoras y la carroña le arrastrarían a uno hasta ese fondo, que prefiero no imaginarme. Aquello debe de ser indescriptiblemente fangoso, oscuro, helado, desolador, por decirlo de algún modo, un lugar donde las aguas yacen sin sentido, pero sin embargo incesantes, con una parte de su memoria sin regular por la convención alpina, que invita a las sustancias contaminantes a que, por favor, no se dejen descargar aquí, y con la otra parte al acecho, probablemente acechando su propio terrible despertar. Ni siquiera una vez, jamás, he visto patos en su superficie, el sebo los agarraría por la cola y, graznando, se verían arrastrados miserablemente bajo la superficie, así me lo imagino, pues yo aprecio a los animales y no quiero que sufran malas experiencias. Bueno, evidentemente ellos mismos tampoco quieren. No se posan jamás, según creo, en estas aguas, que parecen petrificadas por el terror, porque fueron vertidas aquí y no ahí delante, donde tendrían todo el sol, al otro lado de la carretera, donde está la fonda, aunque incluso allí, no importa el sol que haga, refresca pronto debido a las montañas circundantes, y hay que ir a buscar chalecos y chaquetas. Allí los patos están en los platos. Un pequeño embarcadero, pero ¿para qué? Si nadie pasa por aquí. Bueno, quién lo iba a decir entonces, cuando se buscaron las voces más solícitas y se repartieron los remos y se entrenó la paciencia sin límites al declararse pérdidas en los primeros meses. A veces, aquí se ven o se oyen niños, que, de repente, sin embargo, enmudecen y clavan sus miradas en el agua, tan distinta a lo que se les había prometido, una cara que, tras un examen más detenido, se descubre como una mueca horrible, una red en la que uno quedará enredado. Nada de alegres y coloridos bañadores, pelotas de agua, flotadores de animales, botes hinchables; nada de eso le ha sido concedido a este lago, no recibe diversidad y por tanto no ofrece diversidad ninguna. No puede ponerse espumosos vestidos que se alcen susurrantes, pues esta agua metálica no se deja remover ni conmover. Me parece una simpleza atribuirlo a la completa falta de radiación solar. Por lo menos los solariums tienen de eso a montones y no por ello las personas se vuelven mejores. Van a esos lugares para meterse en magníficos ataúdes resplandecientes, sólo aquellos que quieren cambiar por sí mismos el color de su piel, como mínimo. Pero en su fuero interno saben que siempre van a permanecer como han sido creados. 
 
 
Elfriede Jelinek (Austria, 1946). Obtuvo el premio Nobel en 2004.
 
* El título original de la novela en alemán es Gier, que significa codicia o avaricia,
por alguna razón fue traducido para su publicación en español como Obsesión.
Forma parte de las novelas de Elfriede Jelinek que abordan los pecados capitales.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Eclipse: EL MAESTRO DE PETERSBURGO, de J. M. Coetzee

"El sol naciente no ha salido con todas las de la ley, sino para sufrir el eclipse nada más..."

(Fragmento del capítulo 7: Matriona)

¡Asoma la alegría como raya el alba! Pero no es más que un instante. No es solamente que las nubes comiencen a surcar este cielo nuevo, radiante, es como si en el instante mismo en que sale el sol con todo su esplendor, apareciese también otro sol antagónico que se deslizara por delante del sol. La palabra presagio atraviesa su mente con todo su influjo siniestro y ominoso. El sol naciente no ha salido con todas las de la ley, sino para sufrir el eclipse nada más; la alegría resplandece sólo para revelar cómo ha de ser la aniquilación de la alegría.
 
 
J. M. Coetzee: John Maxwell Coetzee (Sudáfrica, 1940).
Obtuvo el premio Nobel en 2003.
 
La ilustración corresponde al sol del amanecer en San Petersburgo, Rusia.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Eclipse: AL LÍMITE DE LA FE, de V. S. Naipaul

"... hace unos cuatro o cinco años hubo un eclipse total de sol, y la gente fue a verlo a Borobudur..."
 
(Párrafos finales del capítulo 5: El kampung)

«El tío de mi mujer tiene cierta cultura. Hablaba holandés. Era militar en los viejos tiempos, después de la revolución, en los años cincuenta. Leía en inglés y en holandés, pero lo que presentaba como ideas propias era una superchería. Por ejemplo: hace unos cuatro o cinco años hubo un eclipse total de sol, y la gente fue a verlo a Borobudur -la estupa budista del siglo VII-. Borobudur con eclipse total de sol. Pues este tío mío, yo le llamo tío, me dijo que la gente fue a Borobudur en busca de un libro que contiene el secreto de la vida. ¿Se lo puede creer? Y hay muchos como él.
 
«Este tío mío no estaba exactamente preparado. Nunca pensaba de una forma crítica sobre las personas. La democracia no consiste en votar. Consiste en el debate, en la calidad de la vida intelectual. No es ni Habibi ni nadie quien orquesta la limitación de la mente, sino la nueva afluencia de estudiantes provincianos que necesitan certezas en esta época de confusión. El regímen no ofrece ideas, así que no hay debate. Las ideas se encasillan, y así se quedan, sin desarrollar.»

 
V. S. Naipaul: Vidiadhar Surajprasad Naipaul
(Británico de origen hindú nacido en Trinidad y Tobago, 1932). Obtuvo el premio Nobel en 2001.
 
La ilustración corresponde a la efigie de Buda en el templo de Borodubur, isla de Java, Indonesia.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Eclipse: AÑOS DE PERRO, de Günter Grass


 "... luna y perro, perro en la luna, perro come luna, eclipse de perro..."
 
(Fragmento del libro segundo: Cartas de amor)
 
Mientras en el refugio de hormigón del Führer iban progresando los preparativos para la celebración del natalicio, se escabulló de través e inocentemente, por el patio interior de la Cancillería del Reich. Al llegar el mariscal del Reich, precisamente, pasó él la doble guardia y emprendió su curso en dirección sudoeste, porque se había enterado, por los informes de la situación, que en Cottbus el frente tenía una brecha. Pero, por muy bello y ancho que el agujero se presentara, el perro dio media vuelta, con todo, en vista de las puntas de tanques soviéticas, al este de Jüterbog; de modo que abandonó el movimiento de los ostrogodos y corrió al encuentro del enemigo occidental: por entre las ruinas del corazón de la ciudad, eludiendo el sector gubernamental, volando por poco en el Alex, guiado por dos perros en celo a través del Tiergarten y a punto de ser atrapado en el puesto antiaéreo del Jardín Zoológico: allí le esperaban unas ratoneras gigantescas; pero vaciló siete veces alrededor de la Columna de la Victoria, acabó tomando por la avenida de los desfiles y se juntó, aconsejado por el antiquísimo remedio casero, el instinto de perro, a un grupo civil de transporte, que trasladaba utensilios de teatro del terreno de la exposición de la emisora a Nikolassee. Sin embargo, tanto las emisoras propias como los altavoces eminentes del enemigo oriental —voces tentadoras que le prometían conejos— le hicieron sospechosos los suburbios residenciales de Wannsee y Nikolassee: ¡no quedaban lo bastante al oeste! Y se propuso, cual objetivo de su primera etapa, el puente del Elba junto a Magdeburg-Burg.
 
Atravesó sin incidentes, al sur del Schwielow-See, las puntas de ataque del duodécimo ejército que habían de socorrer, desde el sudoeste, a la capital del Reich. Después de un breve reposo en un jardín residencial asolado, un soldado de infantería de tanques le dio de comer de una sopa de guisantes caliente todavía, y, sin aire oficial, le llamó por su nombre. Pocos instantes después, la artillería enemiga bombardeó el sector residencial con propósito de desorganización, hirió ligeramente al soldado de infantería de tanques y dejó indemne al perro; porque aquello que sigue allí sobre sus cuatro patas procurando ejecutar la migración planeada de los visigodos sigue siendo uno y el mismo perro pastor alemán negro, por amor de sí.
 
Rastrillos entre lagos rizados en un día ventoso de mayo. El éter saturado de acontecimientos importantes. Con el hocico apuntando la meta occidental sobre arena de la Marca, en la que pinos hunden sus garras. Un rabo horizontal, un colmillo, muy adelante, reduce con lengua desplegada el trayecto de huida a dieciséis veces cuatro patas: salto de un perro en movimientos parciales sucesivos. Todo dividido por dieciséis: paisaje, primavera, aire, libertad, pinceladas de árboles, bellas nubes, primeras mariposas, gorjeo de pájaros, zumbido de insectos, huertos suburbanos con brotes verdes, vallados de estacas altamente musicales, los campos labrantíos escupen conejos, gallos silvestres se airean, naturaleza sin proporciones, nada ya de caja de arena, sino horizontes, olores como para untar el pan con ellos, puestas de sol que se van marchitando lentamente, crepúsculos sin huesos; de vez en cuando, restos de tanques recortados románticamente contra el cielo matutino de las cinco; luna y perro, perro en la luna, perro come luna, eclipse de perro (…)
 

Günter Grass (Alemania, 1927-2015). Obtuvo el premio Nobel en 1999.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Eclipse: CAÍN, de José Saramago

"... que de él se apoderen las tinieblas y la oscuridad, que las nubes lo envuelvan y los eclipses lo aterren..."

(Fragmento del capítulo 11)

La mujer de job, de la que hasta ahora no habíamos oído una sola palabra, ni siquiera para llorar la muerte de sus diez hijos, pensó que ya era hora de desahogarse y le preguntó al marido, Todavía te mantienes firme en tu rectitud, yo, en tu caso, si estuviera en tu lugar, maldeciría a dios aunque por ahí me llegara la muerte, a lo que job respondió, Estás hablando como una ignorante, si recibimos el bien de manos de dios, por qué no recibiríamos también el mal, ésta fue la pregunta, pero la mujer respondió airada, Para el mal ya está satán, que el señor aparezca ahora como su competidor es algo que nunca se me había pasado por la cabeza, No puede haber sido dios el que me ha puesto en este estado, sino satán, Con el acuerdo del señor, dijo ella, y añadió, Siempre he oído decir a los antiguos que las mañas del diablo nada pueden contra la voluntad de dios, pero ahora dudo de que las cosas sean tan simples, lo más seguro es que satán no sea nada más que un instrumento del señor, el encargado de llevar a cabo los trabajos sucios que dios no puede firmar con su nombre. Entonces job, en el culmen del sufrimiento, tal vez, sin confesarlo, animado por la mujer, rompió el dique del temor de dios que le sellaba los labios y exclamó, Perezca el día en que nací y la noche en que fue dicho, Ha sido concebido un varón, conviértase ese día en tinieblas, que dios desde lo alto no le preste atención ni la luz resplandezca sobre él, que de él se apoderen las tinieblas y la oscuridad, que las nubes lo envuelvan y los eclipses lo aterren, que no se mencione ese día entre los días del año, ni se cuente entre los meses, que sea estéril tal noche y no se haga oír en ella ningún grito de alegría, oscurézcanse las estrellas de su crepúsculo, en vano se espere la luz y no se abran los párpados de la aurora por no haberme cerrado la salida del vientre de mi madre, impidiendo que llegara a ver tanta miseria, y así se fue quejando job de su suerte, páginas y páginas de imprecaciones y lamentos, mientras tres amigos suyos, elifaz de teman, bildad de súaj y sofar de naamat, le iban haciendo discursos sobre la resignación en general y el deber de todo creyente de acatar con la cabeza baja la voluntad del señor, sea ella la que sea.
 
 
José Saramago (Portugal, 1922-2010). Obtuvo el premio Nobel en 1998.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Eclipse: ÉGLOGA DEL VALLE DEL BANN, de Seamus Heaney

"Y entonces, el mes pasado, en el eclipse del mediodía, el viento ha cesado."

(Fragmento)

Poeta:

Pacatum orbem: tus palabras son casi excesivas.
Incluso "orbe" por sí misma. ¿Qué podría igualarla en la tierra?
Y entonces, el mes pasado, en el eclipse del mediodía, el viento ha cesado.
Un frío milenario, oscuro y sin pájaros, predispuesto.
Una quietud primigenia, postrera, una conciencia que nace
Como nombre en el alba del conocimiento: He visto el orbe.

Virgilio:

Los eclipses no serán para esta niña. El frío que conocerá
Será la capota de la carriola sobre su cabeza vestal.
Grandes margaritas se acunarán entre los rayos.
Ella reposará en las tardes de verano escuchando
Un bum y zote cuando van a la sala de ordeño.
Déjala que no oiga nunca de cerca disparos o explosiones.


(Poet: Pacatum orbem: your words are too much nearly.
Even “orb” by itself. What on earth could match it?
And then, last month, at noon-eclipse, wind dropped.
A millennial chill, birdless and dark, prepared.
A firstness steadied, a lastness, a born awareness
As name dawned into knowledge: I saw the orb.


Virgil: Eclipses won’t be for this child. The cool she’ll know
Will be the pram hood over her vestal head.
Big dog daisies will get fanked up in the spokes.
She’ll lie on summer evenings listening to
A chug and slug going on in the milking parlour.
Let her never hear close gunfire or explosions
.)


 
 

Seamus Heaney (Irlanda, 1939-2013). Obtuvo el premio Nobel en 1995.
 
(Traducido del inglés por Jules Etienne).
 
Notas a la traducción: La principal dificultad para traducir a Seamus Heaney estriba en que es proclive a emplear expresiones arcaicas de un inglés en desuso, así como la jerga irlandesa. Por ejemplo, el sufijo "ness" del inglés antiguo, como sería el caso de "firstness" o "lastness". La frase "will get fanked up in the spokes", la he traducido "se acunarán entre los rayos", partiendo del supuesto de que "fanked up" es una derivación del gálico "faengk" que significa "sheep-cot", es decir, cuna de ovejas, y aunque "spoke" se refiere habitualmente a la radio, también puede usarse ocasionalmente como rayo, lo cual resulta congruente con el ruido de los disparos y explosiones que refiere más adelante. En cuanto a "chug and slug", tenía la posibilidad de traducir "fulano y mengano", pero "chug" es onomatopeya de un sonido explosivo, en cuanto a "slug", tiene su origen en algún dialecto noruego ancestral y significa alguien de cuerpo pesado, lento y perezoso. Pude haber utilizado "bum y pum" para mantener la armonía fonética, sin embargo, estaría traicionando la segunda acepción, de allí que opté por "zote", ignorante, torpe y muy tardo en aprender, según el diccionario de la RAE. Finalmente, Pacatum orbem, proviene del latín para expresar "hacer del mundo".

martes, 14 de noviembre de 2017

Eclipse: EL DÍA QUE ÉL SE DIGNE A ENJUGAR MIS LAGRIMAS, de Kenzaburō Ōe

"... cuando estaba en Manchuria para observar en las mejores condiciones posibles un eclipse de sol."
 
(Fragmento del capítulo IV)

«Para mi mente de niño, debía de haber fuera de casa gente que trataba de destruir mis días felices, que iban a comenzar aquel mismo día en el almacén y pertenecían exclusivamente a AQUÉL y a mí. Si aquella gente hacía acto de presencia, yo estaba resuelto a batirme valientemente con mi vieja bayoneta de la guerra ruso-japonesa, que había utilizado hasta entonces para cortar el pienso de las bestias, y que parecía una barra de hierro ennegrecida», dijo «él». «Se diría que la vida en ese trastero resultó realmente divertida para usted. ¿Le recibió bien su padre?» «¡Ni siquiera intenté entablar conversación con él! Estaba muy oscuro allí dentro. Al entrar en el trastero encendí la bombilla desnuda que colgaba junto al dintel cubierta con un trapo negro, como establecían las ordenanzas de defensa pasiva; AQUÉL miraba fijamente el fondo del trastero y llevaba puestas las gafas de buceador con los cristales recubiertos de celofán que yo llevo en este momento, pues sin duda ya se había decidido a impedir que los demás pudieran descifrar la expresión de su rostro. Había preparado esas gafas cuando estaba en Manchuria para observar en las mejores condiciones posibles un eclipse de sol. Alrededor del sillón de barbero en el que estaba sentado habla no sé cuántas pilas de grandes libros en lengua extranjera. Debían de ser tratados de agricultura, pues, según lo que he leído después en los documentos militares, había proyectado traer al valle a sus "camaradas" de Manchuria para roturar las tierras que lindan con los bosques, ¿sabes? A decir verdad, cuando yo fui a vivir al trastero creo que ya había perdido las ganas de leer esos libros. Me hace pensar así que llevara continuamente puestas sus famosas gafas, incluso de noche. Con las gafas de buceador puestas AQUÉL no podía ver con claridad nada de lo que había en el trastero, pienso yo. Cuando encendí la bombilla del dintel, percibió en seguida una luz que le resultó desagradable y me lanzó un silbido como los que se hacen para espantar a los polluelos.»
 
 
Kenzaburō Ōe (Japón, 1935). Obtuvo el premio Nobel en 1994.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Eclipse: DISCOR, de Octavio Paz

"... rostro de eclipse: sólo dos ojos cada vez más hondos."

(Estrofa final)

No desemboca y siempre desemboca:
ribera y agua, centella y abismo,
tu cuerpo de yerba, tu cuerpo de plata,
trono de la noche y espuela del día,
deseo de mil brazos y una sola boca,
gavilán y torrente y alto grito que cae.
En tu alma reseca llueve sangre.
Rostro desnudo, rostro deshecho y rostro de eclipse:
sólo dos ojos cada vez más hondos.
Abolición del cuerpo:
otra misma, que tú no conoces,
nace del espejo abolido.


Octavio Paz (México 1914-1998). Obtuvo el premio Nobel en 1990.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Eclipse: SAN CAMILO, 1936, de Camilo José Cela

"... es como un fogonazo, también como un eclipse, la radio la escucha poca gente pero el rumor vuela..."

(Fragmento de la segunda parte: El día de San Camilo)
 
Don Máximo sabe que algo acontece, no hay noticias muy concretas pero algo acontece, don Diego le llama por teléfono, véngase por aquí, ¿pasa algo don Diego?, usted véngase por aquí, ¿no ha oído la radio?, no señor, pues hay que oír la radio, usted véngase por aquí y le informaré, allá voy, en cinco minutos estaré en su casa, hay noticias de que el ejército de Marruecos se ha sublevado, son muy confusas y contradictorias pero conviene estar listos para hacer frente a los acontecimientos, usted manda don Diego, usted sabrá lo que debemos hacer, lo que yo le digo es que estamos sobre un polvorín, tiene usted razón, lo que más me preocupa es que el polvorín ha empezado a arder, convoque usted a la minoría para dentro de una hora, no debe faltar nadie, convoque también a don Felipe Sánchez Román, sí señor. De repente es como un fogonazo, también como un eclipse, la radio la escucha poca gente pero el rumor en cambio vuela a una velocidad increíble, tarda en arrancar pero después se extiende vertiginoso, ¿Cómo un reguero de pólvora?, eso, como un reguero de pólvora, en una ciudad de un millón de habitantes basta con que dos docenas oigan la radio, si el rumor nace de doce chorros diferentes inunda en dos horas la ciudad.
 
Camilo José Cela (España, 1916-2002). Obtuvo el premio Nobel en 1989.