"... y mientras numerosas personas hacían sonar el timbre deseosas de bajar, el elevadorista se puso el sombrero y ganó la calle sin avisar a nadie..."
¡Tampico!
El nombre parecía imantado por las leyendas de la prosperidad económica, de las fortunas hechas de la noche a la mañana y de la vida licenciosa.
No era raro oír versiones como ésta:
- Un elevadorista acaba de hacer un depósito de cien mil dólares en el banco...
- ¿Eso es lo que acostumbran a dar propina aquí?
- No hombre, el elevadorista se vino de su tierra, dejando un terrenito que le heredó su padre. A una de las empresas se le puso en la cabeza que no había mejor lugar para una refinería y mandó a uno de sus apoderados a tratar con el dueño. El representante petrolero tomó el elevador y, mientras subían, le dijo:
- Te compro tu terreno.
- No lo vendo.
- Cincuenta mil...
El elevador ya iba de bajada cuando el hombre recibió un cheque por cien mil, y mientras numerosas personas hacían sonar el timbre deseosas de bajar, el elevadorista se puso el sombrero y ganó la calle, sin avisar a nadie, abandonando el trabajo.
Gregorio López y Fuentes (México, 1897-1966).
