Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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domingo, 2 de junio de 2024

Mirándolas dormir: CASAS MUERTAS, de Miguel Otero Silva

"... se salía del cuadro cuando yo estaba dormida y me tapaba con sus alas y me besaba en la boca..."

(
Fragmento del capítulo IV: La iglesia y el río)

- ¿Soñar es pecado, padre? -comenzó sin rodeos desde la rejilla del confesionario.

- Por lo general, no -respondió el cura displicente. Siguió ella sin tomar aliento para no quebrantar el impulso inicial-. Soñé que el arcángel ese que está en el cuadro del Purgatorio, el catire que tiene la espada en la mano, se salía del cuadro cuando yo estaba dormida y me tapaba con sus alas y me besaba en la boca...

- Pero si fue un sueño, tú no tienes la culpa de haberlo soñado, hija.

- Es que -ahora sí titubeó- me gustaba, padre.

- ¿Te gustaba cuando lo soñaste o te sigue gustando después? -preguntó el padre Pernía comenzando a preocuparse.

- Me gustó cuando lo soñé, padre. Ahora no me gusta. Me parece una cosa horrible, un sacrilegio...

(Fragmento del capítulo XII: Casas Muertas)

Cuatro hombres zafios, de pantalones arremangados hasta la rodilla, hediondos a aguardiente, arrancaban las puertas de una desvalida casa sin dueño y dejaban apenas un boquete por donde se miraban desde la calle los verdes del patio abando- nado. A la sombra de los airosos túmulos blancos del viejo cementerio lloraba Martica cuando le mostraron una calavera. El arcángel de la espada llameante se escapaba del Purgatorio para besarla en la boca mientras dormía. No, no era el arcángel, era Sebastián quien la besaba al pie del cotoperí, quien la apretaba contra su pecho, quien le ponía a latir el corazón locamente, como el corazón de los conejos.

Miguel Otero Silva (Venezuela, 1908-1985).

jueves, 4 de enero de 2024

Día de reyes: EUGENIO ONIEGUIN, de Aleksandr Pushkin

"... la reverberación rosada de la nieve en la tardía aurora y la niebla que hay por la Epifanía..."

(
Fragmento del capítulo V)

Tatiana, alma rusa, sin saber por qué, amaba el invierno con su fría belleza, la escarcha al sol en un día glacial, los trineos, la reverberación rosada de la nieve en la tardía aurora y la niebla que hay por la Epifanía. Estas noches triunfaban en su casa a la moda antigua; las sirvientas echaban la buenaventura a sus señoritas y les predecían cada año maridos militares y campañas en las que ellos intervenían.

Tania creía en la tradición popular de la antigüedad, en la buenaventura echada en cartas, en los sueños y en lo que auguraba la luna. Le atormentaban los objetos y secretamente todos le decían algo, el presentimiento le oprimía el corazón; el gato mimoso, sentado encima de la estufa, ronroneando, se lavaba la cara con la patita; esto era para ella un infalible presagio de la llegada de los invitados. Si veía el cuerno estrecho de la luna en el lado izquierdo del cielo, temblaba y palidecía.

Cuando la estrella fugaz volaba por el cielo oscuro, para luego desvanecerse, Tania, con turbación, se daba prisa a murmurarle el deseo de su corazón antes que desapareciese. Cuando en algún sitio se encontraba con un fraile vestido de negro, o cuando una liebre le cortaba el camino en el campo, llena de dolorosos presenti- mientos, esperaba la desgracia, y por miedo no sabía qué empezar. Encontraba un placer indecible en el mismo horror, porque la Naturaleza nos creó de tal manera, que nos gustan las contradicciones.

Aleksandr Pushkin (Rusia, 1799-1837).

domingo, 9 de abril de 2023

Conejos y Tampico: EL FISTOL DEL DIABLO, de Manuel Payno

"... y trajo a poco con el hicoco un conejo; y sea dicho de paso, con la mayor delicadeza..."

(
Fragmento del capítulo VIII. Santiago Tlatelolco)

El cazador preparó su escopeta, apuntó al aguilucho, y por fin, disparó. El pájaro voló de la rama, y fue a caer en una barranca a poca distancia.

Salir el tiro, volar el pájaro y correr ladrando en su seguimiento, fue todo obra simul- tánea y de un instante.

El perro, precipitándose violentamente por el declive de la barranca, llegó poco tiempo después que el ave herida de las alas y sin fuerza, había caído en medio de un arroyo, que con estrépito y saltando entre rocas y arbustos, corría en el fondo del precipicio.

- ¡Hola! Turco, aquí, aquí, sin destrozar el pájaro… pronto, aquí, bribón… toma, toma.

El cazador, al mismo tiempo, que con toda la fuerza de sus pulmones hablaba con su perro, había echado su escopeta al hombro, y con una ligereza comparable a la del fiel sabueso, descendía por una estrecha vereda. El perro, que después de perseguir al aguilucho logró cogerlo, subía con rapidez hacia donde se hallaba su amo.

- ¡Pícaro! ya comenzabas con tu maña vieja, y has destrozado un ala a esta infeliz águila, como si no hubiese sido bastante la munición.

El Turco, humildemente dejó el ave a los pies de su amo, se acostó en la tierra, y volvió a gruñir tristemente, como si llorara por la reprimenda de su dueño.

- ¡Dios mío! -dijo el cazador-, hay en esta barranca tantos conejos como piedras. Tres días enteros pasaría yo aquí sin comer. Mientras esto decía, volvió a cargar su escopeta, que era de una excelente fábrica inglesa, y disparó, casi sin apuntar, a la multitud de conejos que saltaban de los matorrales. El perro, avisado, listo y atento a los movimientos de su amo, se lanzó sobre la caza inmediatamente que oyó tronar el fulminante, y trajo a poco en el hocico un conejo; y sea dicho de paso, con la mayor delicadeza, de suerte que su amo en vez de reñirlo, le hizo muchas caricias, a que el perro correspondió abundantemente. Volviendo a cargar su escopeta, repitiendo la misma conversación con el Turco, el cazador, no sólo bajó hasta el fondo del precipicio, sino que subió a una prominencia situada en el parte opuesta, y desde donde se descubría una de las más encantadoras vistas.


El sitio en que pasaba esta solitaria escena entre un cazador y su perro, era en la cumbre de la Sierra Madre, en el camino de Tampico, y a dos o tres leguas de un pueblecito llamado Jaumave.* Algunos de los lectores, que hayan subido a la cumbre de la alta cordillera, podrán recordar la fría y delgada atmósfera que se respira; la majestad infinita en que se encuentra el hombre que mira aglomerarse las nubes a sus pies, y formarse las tempestades, la pintoresca vista de los arroyos, que, como serpientes fabulosas con escamas de plata, se deslizan y pierden en medio de los espantosos precipicios que forman las montañas; y luego, entre las rocas áridas y enormes, hay a veces un pequeño valle, ameno, verde, fresco, lleno de flores silvestres, con un estanque cristalino y un bosquecillo de árboles. Tendiendo la vista, se divisan inmensos valles, que se pierden entre la bruma y las nubes de púrpura que van elevándose del horizonte, o series de montañas, colocadas unas tras otras, como una perspectiva, donde van disminuyéndose, y deslavándose las tintas azules, hasta formar un medio color vaporoso e indefinible: tal era la perspectiva que tenía el cazador delante de sus ojos, y la cual contemplaba extático volviéndose hacia todas partes, y examinando cada uno de los puntos con una minuciosa atención.

Manuel Payno (México, 1810-1894).

* Es muy probable que el sitio al que Payno se refiere sea la región de poco más de ciento cuarenta hectáreas denominada El Cielo, que se ubica en la proximidad de Jaumave y a 148 kilómetros de Tampico. Fue designada por la Unesco como reserva de la biósfera, en 1986. La ilustración corresponde a una imagen de su paisaje.

sábado, 8 de abril de 2023

Conejos: LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SER, de Milan Kundera

"Volvió a acordarse del conejo al que apretaba contra su cara en su habitación infantil."

Séptima parte: La sonrisa de Karenin

(Fragmentos del capítulo 7)

Teresa se fue a casa y llenó la beñera de agua. Se sumergió en el agua caliente pensando que toda la vida había utilizado sus propias debilidades en contra de Tomás. Todos tendemos a considerar la fuerza como culpable y la debilidad como víctima inocente. Pero Teresa ahora lo comprende: ¡en su caso ha sido al revés! ¡Hasta sus sueños, como si conociesen las únicas debilidades de ese hombre fuerte, le mostraba los sufrimientos de Teresa para hacerlo huir en retirada! Su debilidad era agresiva y le obligaba a constantes rendiciones, hasta que por fin dejó de ser fuerte y se convirtió en un conejito en su regazo. No dejaba se pensar en aquel sueño.

(...)

- Tomás, todo lo malo que hay en tu vida ha sido por mi culpa. Yo tengo la culpa de que hayas llegado hasta aquí. Tan bajo que ya no es posible ir a ninguna otra parte.

Tomás dijo:

- ¿Estás loca? ¿De qué bajo hablas?

- Si nos hubiéramos quedado en Zurich, estarías operando a tus pacientes.

- Y tú estarías haciendo fotos.

-Esa es una comparación tonta -dijo Teresa-. Para ti tu trabajo lo era todo, mientras que yo puedo hacer cualquier cosa y me da exactamente lo mismo. Yo no perdí nada. Tú lo perdiste todo.

- Teresa -dijo Tomás-, ¿no te has dado cuenta de que aquí soy feliz?

- Tu misión era operar -dijo.

- Teresa, la misión es una idiotez. No tengo ninguna misión. Nadie tiene ninguna misión. Y es un gran alivio sentir que eres libre, que no tienes una misión.


Era imposible no confiar en la sinceridad de su voz. Recordó la imagen de esa misma tarde: lo vio arreglando el camión y le pareció viejo. Ella había llegado adonde quería llegar: siempre había deseado que fuera viejo. Volvió a acordarse del conejito al que apretaba contra su cara en su habitación infantil.

¿Qué significa convertirse en conejito? Significa perder toda fuerza. Significa que uno ya no es más fuerte que el otro.

Daban pasos de baile al sonido del piano y el violín, y Teresa apoyaba la cabeza en su hombro. Así tenía la cabeza cuando iban en el avión que los llevaba a través de la niebla. Sentía ahora la misma extraña felicidad y la misma extraña tristeza que en aquella ocasión. Esa tristeza significaba: hemos llegado a la última estación. Esa felicidad significaba: estamos juntos. La tristeza era la forma y la felicidad, el contenido. La felicidad llenaba el espacio de la tristeza.

Milan Kundera  (Escritor checo nacionalizado francés, 1929-2023).
El escritor fallecio el día de ayer por la tarde en París.

(Traducido al español por Fernando Valenzuela).

jueves, 23 de marzo de 2023

Conejos: MOBY DICK, de Herman Melville

"¿... un cetáceo vea el mundo por un ojo diminuto y oiga el trueno por un oído más pequeño que el de una liebre?"

(
Fragmento del capítulo LXXIV: La cabeza del cachalote, vista contrastada)

Será un antojo caprichoso, pero siempre me ha parecido que las extraordinarias vacilaciones de movimiento mostradas por ciertos cetáceos al ser atacados por tres o cuatro lanchas, y la timidez y la propensión a extraños espantos, tan comunes en tales animales, todo ello, a mi juicio, procede de la inevitable perplejidad de volición en que deben situarles sus potencias separadas y diametralmente opuestas. Pero el oído del cetáceo es por completo tan curioso como el ojo. Si no se ha tenido el menor trato con su especie, se podrían seguir rastros en esas cabezas durante horas y horas sin descubrir jamás tal órgano. El oído no tiene pabellón externo en absoluto, y en el propio agujero apenas sería posible introducir una pluma de ave, de tan menudo como es. Está asentado un poco detrás del ojo. Respecto a sus oídos, se ha de observar esta importante diferencia entre el cachalote y la ballena franca: mientras el oído de aquél tiene una abertura externa, el de ésta queda recubierto por completo y de modo parejo por una membrana, de modo que desde fuera es del todo inobser- vable.

¿No es curioso que un ser enorme como lo es un cetáceo vea el mundo por un ojo diminuto y oiga el trueno por un oído que es más pequeño que el de una liebre? Pero si sus ojos fueran tan anchos como las lentes del gran telescopio de Herschel, y sus oídos fueran tan capaces como los atrios de las catedrales ¿tendría por ello más capacidad de visión o sería más agudo de oído? De ningún modo. Entonces ¿por qué tratar de «ensanchar» la mente? Es mejor perfeccionarla.

Herman Melville (Estados Unidos, 1819-1891).

miércoles, 22 de marzo de 2023

Conejos: CUENTOS DEL HOGAR, de Antonio de Trueba

"¡El diablo tiene cara de conejo!"

(
Fragmento de La viña mágica, capítulo VII)

De manera que así se las componían del mejor modo posible los pobres muchachos; pero así y todo estaban cada vez más quemados, porque le doy yo al más pintado eso de estar dos muchachos derritiéndose de amor uno por otro, y tener que verse sólo desde lejos, y tener que hablarse sólo por telégrafo. Luego pensaban que si no se habían de casar hasta que la cosecha de vino de Allende igualase a la de Aquende, la cosa iba larga, porque, aun hechas las viñas, no comienza a dar fruto, hasta los tres años. ¡Más de tres años haciendo telégrafos! ¡El diablo tiene cara de conejo!

(Rebañaplatos, fragmento inicial del primer capítulo)

Tomillarejo y Retamarejo son dos pueblecillos de la Alcarria que, como quien dice, se dan la mano, y siempre tendrá cada uno sus cincuenta vecinos.

Aunque en los nombres de Tomillarejo y Retamarejo haya alguna semejanza, no sucede así en el carácter de sus habitantes, porque todo lo que tienen de sencillotes y a la buena de Dios los de Tomillarejo, tienen los de Retamarejo de maliciosos y otras cosas que me callo, porque no he de ser yo tan murmurador y burlón como ellos.

Andando por aquella comarca a caza, no de liebres ni conejos ni perdices, que sólo cazo en el plato cuando se me ponen a tiro, sino a caza de curiosidades populares, que son mi encanto, descubrí ambos pueblecillos desde un altillo que hacía la carretera, y me parecieron tan pintorescos, tan floridos y tan aromosos, que me decidí a pasar un par de días en cualquiera de ellos.

Antonio de Trueba y de la Quintana, Antón el de los Cantares
(España, 1819-1889).

lunes, 20 de marzo de 2023

Conejos: APUNTES DE UN CAZA- DOR, PRIMER AMOR y AGUAS PRIMAVERALES, de Iván Turgéniev

"... entre la maleza corrió una liebre grande. Tras ella se lanzaron los galgos."

(
Fragmento de Chertapkanof y Tredopuskin)

Salimos del matorral. Cerca de nosotros dos perros ladraron, y entre la maleza corrió una liebre grande.

Tras ella se lanzaron los galgos. Luego llegó Chertapkanof. Procuraba en vano dirigir la jauría. De su ancha boca escapaban sonidos inarticulados e ininteligibles; se enfadaba con su cabalgadura y la hartaba de latigazos. Los lebreles buscaban, la liebre torció camino y cruzó como una flecha delante de Jermolai. Los perros salieron para otro lado.

- ¡Guarda: fuego! -gritó Chertapkanof.

Jermolai disparó el arma, la liebre rodó como una bola sobre la gramilla seca; saltó un perro y la atrapó.

Chertapkanof, en un abrir y cerrar de ojos se apeó, y sacando su puñal lo hundió hasta el mango en el cuerpo de la presa. Lanzó un grito de victoria y se llenó de orgullo cuando vio llegar a Tredopuskin.

- Debiéramos privarnos de la caza en esta estación del año -dije a Chertapkanof, señalándole un vecino campo de avena.

- Ese campo me pertenece -respondió con sequedad.

Le cortó las patas a la liebre y se la ató a la silla.

Y dijo a Jermolai:

- Según las leyes de la caza, te debo el tiro. En cuanto a usted, señor -dijo recalcando cada sílaba-, le quedo agradecido.

(...)

Tikone Tredopuskin no podía, como su amigo, enorgullecerse de su nacimiento. Su padre pertenecía al común y no adquirió la nobleza sino al precio de cuarenta años de un servicio asiduo e irreprochable. Pertenecía al número de esos hombres a quienes la mala suerte combate con una pertinacia que parece odio personal.

Durante sesenta años tuvo que luchar contra todas las miserias que son la herencia de la gente ínfima. Se debatía como un pez en el hielo; vivía al día, nunca durmió su borrachera completa.

El pobre hombre pasó así una existencia de mártir y murió en algo como un granero, sin dejar un solo céntimo a sus hijos. Luchó vanamente contra la desgracia, como una liebre caída en la red; todos sus esfuerzos lograban solamente que se enredase más en la malla.

Primer amor

(Fragmento inicial del capítulo XVIII)

Me levanté por la mañana con dolor de cabeza. Las emociones de la víspera estaban lejanas. En su lugar vino una perplejidad penosa y una tristeza que antes no había conocido. Era como si algo muriese en mí.

-¿Por qué parece un conejo al que le han extraído la mitad del cerebro? -me dijo al verme Lushin.

Aguas primaverales

(Fragmento del capítulo XXVI)

Después de tomar el café, ambos amigos -naturalmente, a pie- se dirigieron hacia Hausen, aldehuela poco lejana de Frankfurt y rodeada de bosques. Toda la cordillera de Taunus se veía desde allí como so estuviese al alcance de la mano. El tiempo era magnífico: brillaba el sol y difundía su calor, pero sin quemar; un viento fresco rumoreaba alegre entre el verde follaje; las sombras de algunas nubecillas que se cernían en lo alto del cielo corrían sobre la tierra como manchitas redondas, con un movimiento uniforme y rápido. Bien pronto se hallaron los jóvenes fuera de la ciudad, y anduvieron con paso firme y alegre por la carretera esmeradamente barrida. Al entrar en el bosque, dieron mil vueltas por él; después almorzaron fuerte en una posada de aldea. Enseguida subieron por la montaña, admirando el paisaje; echaron a rodar pedruscos por la pendiente, haciendo palmas al verlos rebotar como conejos, con saltos extravagantes y cómicos, hasta que un transeúnte, invisible para ellos, les dirigía desde el camino de abajo denuestos con voz fuerte y sonora. Se tumbaron encima de un musgo corto y seco, de un color amarillo violáceo; bebieron cerveza en otro figón, después, corrieron y saltaron a cual más. Descubrieron un eco y le dieron conversación; cantaron, gritaron, lucharon, rompieron ramas de árboles, adornaron los sombreros con guirnaldas de helecho, y hasta acabaron por bailar.

Iván Turguéniev (Ruso fallecido en Francia, 1818-1883).

domingo, 19 de marzo de 2023

Conejos: VILLETTE, CUMBRES BORRASCOSAS y AGNES GRAY, de las hermanas Brontë

"¿Pero no estaba loco? - Bastante loco -asentí-. Tan loco como una liebre de marzo."

Villette

(
Fragmento)

- Fue una noche encantadora. ¡Oh, ese divino de Hamal! Y luego ver al otro enfurruñarse y morir en la distancia; y la anciana, ¡mi futura suegra! Pero me temo que Lady Sara y yo fuimos un poco groseros al interrogarla.

- Lady Sara nunca la interrogó en absoluto; y por lo que hiciste, no te inquietes en lo más mínimo: la señora Bretton sobrevivirá a tu burla.

- Ella puede: las ancianas son duras; ¡Pero ese pobre hijo suyo! Dime lo que dijo: vi que estaba terriblemente cortado.

- Dijo que te veías como si en el fondo ya fueras Madame de Hamal.

- ¿Lo hizo? -gritó con deleite-. ¿Se dio cuenta de eso? ¡Qué encanto! Pensé que estaría loco de celos.

- Ginevra, ¿has terminado seriamente con el Dr. Bretton? ¿Quieres que te entregue?

- ¡Oh! Sabes que no puede hacer eso: ¿pero no estaba loco?

- Bastante loco -asentí-. Tan loco como una liebre de marzo.

- Bueno, ¿y cómo lo llevaste a casa?

- ¡Sin embargo, de hecho! ¿No tienes piedad de su pobre madre y de mí? Imagina que lo sostenemos fuerte en el carruaje, y él delirando entre nosotros, listo para hacernos delirar a todos. El mismo cochero salió mal, de alguna manera, y perdimos nuestro camino

- ¿No lo dices? Te estás riendo de mí. Ahora, Lucy Snowe.

- Les aseguro que es un hecho, y un hecho, también, que el Dr. Bretton no se quedaría en el carruaje: se separó de nosotros y salió.

- ¿Y después?

- Después, cuando llegó a casa, la escena trasciende la descripción. 

Charlotte Brontë (Inglaterra, 1816-1855).

"¿No hay nada que puedas enseñar a tu prima? ¿Ni un mal conejo...?"

Cumbres borrascosas

(Fragmento del capítulo XXI)

- ¿No hay nada que puedas enseñar a tu prima? ¿Ni un mal conejo o un nido de comadrejas? Anda, hombre, deja de cambiarte el calzado, llévala al jardín y enséñale tu caballo.

- ¿No prefieres sentarte aquí? _preguntó él a Cati indicando en su tono la poca gana que tenía de moverse.

- No sé... -contestó ella, dirigiendo a la puerta una mirada que indicaba claramente que prefería hacer algo a sentarse.

Pero él se repantigó en su silla y se aproximó más al fuego. Heathcliff se fue a buscar a Hareton. Se notaba que el joven acababa de lavarse, en sus mejillas brillantes y su cabello mojado.

- Quiero hacerle una pregunta, tío -dijo Catalina-. Este no es primo mío, ¿verdad?

- Sí -contestó él-. Es sobrino de tu madre. ¿No te agrada?

Catalina le miró con extrañeza.

- ¿No es un buen mozo ? -siguió Heathcliff.

La joven se levantó sobre las puntas de los pies y habló a Heathcliff al oído. Él se echó a reír. Hareton se puso sombrío, y yo reparé en que era muy suspicaz para algunas cosas. Pero Heathcliff le tranquilizó al decirle:

- ¡Ea, Hareton, te preferiremos a ti! Me ha dicho que eres un... ¿un qué? Bueno, no me acuerdo... Una cosa muy agradable. Acompáñala a dar una vuelta y pórtate como un caballero. No digas palabrotas, no la mires cuando ella no te mire a ti, ruborízate cuando se ruborice ella, háblale con dulzura y no lleves las manos en los bolsillos. Anda, trátala todo lo mejor que puedas.

Emily Brontë (Inglaterra, 1818-1848).

"... preguntándose cómo la gata habría descubierto la conejera..."

Agnes Gray

(Fragmento del capítulo XII: El chaparrón)

- Veo mejor aquí, gracias, Nancy -respondí, llevando mi labor junto a la ventana, donde tuvo la bondad de dejar que me quedara tranquila, mientras ella cogió un cepillo para quitarle los pelos de la gata al abrigo del señor Weston, le quitó cuidadosamente la lluvia del sombrero, y le dio de cenar a la gata, sin dejar de hablar todo el rato: ora dando las gracias a su amigo el clérigo por lo que había hecho, ora preguntándose cómo la gata habría descubierto la conejera, ora lamentándose de las posibles consecuencias de dicho descubrimiento. Él escuchaba con una sonrisa tranquila y bonachona y finalmente, accediendo a sus insistentes invitaciones, tomó asiento, aunque repitió que no tenía intención de quedarse.

- Tengo que ir a otro lugar .dijo- y veo (mirando el libro que estaba sobre la mesa) que otra persona le ha leído.

- Sí, señor, la señorita Grey ha tenido la amabilidad de leerme un capítulo, y ahora me ayuda con una camisa para Bill, pero me temo que vaya a tener frío allí. ¿No quiere usted acercarse al fuego, señorita?

- No, gracias, Nancy, no tengo frío. Debo irme en cuanto se acabe este chaparrón.

- ¡Ay, señorita! Si ha dicho usted que podía quedarse hasta la caída de la tarde  -exclamó la anciana provocativa, y el señor Weston cogió el sombrero.

- No, señor -dijo ella-, por favor no se vaya ahora que llueve tanto.

- Pero tengo la impresión de que impido a su visita acercarse al fuego.

- En absoluto, señor Weston. -Respondí, esperando que no habría ninguna maldad en un embuste de tal naturaleza.

- ¡No, ya lo creo! -exclamó Nancy-. Si hay sitio de sobra.

- Señorita Grey -dijo él, medio en broma, como si sintiera la necesidad de cambiar de tema aunque no tuviese nada especial que decir-, quisiera que me disculpara usted ante el señor de la mansión cuando lo vea. Estaba presente cuando he rescatado a la gata de Nancy, y no ha aprobado exactamente mi hazaña. Le he dicho que la gata significaba más para ella que todos los conejos para él, y tan audaz afirmación ha merecido que me dedicase unas palabras muy poco caballerosas y me temo que le he replicado con demasiado entusiasmo.

Anne Brontë (Inglaterra, 1820-1849).

sábado, 18 de marzo de 2023

Conejos: ASTUCIA, EL JEFE DE LOS HERMANOS DE LA HOJA, de Luis G. Inclán

"... se puso unas pistolas en la cintura, tomó un mosquetón..."

(
Fragmento del tomo I, capitulo III)

Vamos ahora a la casa de don Epitacio que hemos dejado alborotada con los alarmantes gritos de: «Ladrones, ladrones», causados por una molendera que casualmente salió al corral cuando estaba montado sobre la barda Lorenzo, y se sorprendió al ver un bulto que se movía; de repente lo vio desaparecer, y acto continuo oyó el estrépito de los adobes, por lo que azorada corrió para adentro y cerró precipitada dando de gritos hasta llegar con la noticia a la recámara de don Epitacio; quien comenzando a dormirse, en el instante, muy asustado, se vistió, dejó encerradas en aquella pieza a la criada y a su mujer, se puso unas pistolas en la cintura, tomó un mosquetón, y de puntitas se salió para la sala. Después de escuchar con precaución, se aventuró a abrir la puerta, y cual si fuera a cazar algún conejo, se dirigió para la puerta de la trastienda con su arma preparada mirando para todos lados lleno de pavor; no dejó de sorprenderle más encontrarse con la puerta abierta, y al penetrar en la trastienda oír algunas voces extrañas; algún consuelo le dio el diálogo que en ese instante se entabló.

"... es verdad que esa joven es muy avezada: pero no pasa de la viveza del conejo."

(Fragmento del tomo I, capítulo XV)

Don Juan que había sabido que Camila le había dado varios descolones al español don Manuel, que trató en vano de burlarse de ella, por bullirlo le dijo:

- Y usted, don Manuel, ¿qué opina de la ventura que mi amigo se ha encontrado en este escondido pueblo, en este páramo?

- Basta que el señor lo diga, y ustedes así lo juzguen para que no se dude; pero hay un dicho que dice que por el sobre escrito, se saca la carta, y me parece muy difícil haber hallado tantos méritos y bondades en este miserable pueblucho soterrado entre los bosques; es verdad que esa joven es muy avezada; pero no pasa de la viveza del conejo. No ha tenido educación, sociedad, y sin estos requisitos no es alhaja de tanto valor, como supone su futuro padre.

- Permítame usted que le conteste -dijo el señor Garduño-, he dicho que es un tesoro y alhaja de valor inestimable; ¿usted duda que tales cosas se hallen en un páramo, en un miserable poblado? No hay cosa más apreciada que el oro y la plata, ¿y adónde se encuentra ese tesoro?: en los páramos, en los desiertos, en las entrañas de los cerros, en las profundidades de la tierra, y nada tiene de extraño que en un poblado me haya encontrado lo que para mí es un tesoro. Lo mismo sucede con las alhajas, cuanto más valiosas, tanto más es el trabajo en su adquisición, díganlo los pescadores de perlas, los buscadores de brillantes, y pregúnteles ¿de dónde las sacan? En fin, esta niña es un diamante sin pulir, que sin mayor trabajo lucirá haciendo opacar sus brillantes luces a más de cuatro piedras falsas; si yo quiero dar a conocer su valor, y que sea admirada, lo conseguiré sin sacrificio, podré presentarla hecha una gran señora, y es más fácil que ésta imite sus maneras y maneje el abanico, que aquélla tire el traje y empuñe el metlapil, aquélla sólo es un mueble de lujo, carísimo e inútil, me entiende usted, señor don Manuel, ésta, es el verdadero tesoro que yo buscaba, una mujer que en cualquiera situación sea útil, no una carga onerosa que sólo sirva de estorbo.

"Aquí están, a cada uno le regalo su fusil con seis paradas de cartuchos..."

(
Fragmento del tomo II, Capítulo IX)

Un maestro herrero de confianza con los criados del coronel, y él mismo improvisaron su maestranza en la cima del cerro de la Culebra donde puso su depósito, y se dedicaron a desempaquetar las armas, limpiarlas y ponerlas al corriente; en cuanto había listas algunas, se iba a los pueblos, hacia que la autoridad citara en secreto a todos los hombres de bien que le inspiraban confianza para el sitio más oculto, y allí reunidos les decía:

- Señores, ¿quieren ustedes defender el orden, y no dejarse atropellar por los bandidos

- Sí, señor, contestaban, pero no tenemos armas, ni…

- Aquí están, a cada uno le regalo su fusil con seis paradas de cartuchos y cien cápsulas de refacción, mírenlos flamantes y listos, cada cual oculte el suyo donde le parezca, procuren subirse al cerro a ejercitarse, tirar a los conejos, a matar venados, para que cuando le apunten a un bandido no se les vaya ni anden cerrando los ojos; desde este momento son mis soldados, los fieles sostenedores de sus autoridades respectivas, y la fuerza de Seguridad Pública que aquí restablezca el orden y la paz. No tenemos cuartel, guardias ni ningún servicio que cause trastorno en nuestros trabajos y atenciones.

Luis Gonzaga Inclán (México, 1816-1875).

viernes, 17 de marzo de 2023

Conejos: EL GATO BLANCO DE DRUMGUNNIOL, de Sheridan Le Fanu

"No me vas a decir que confundo una rata y un conejo con un gran gato blanco..."

(
Fragmento)

Has interpretado mal lo que he dicho -repuso mi padre-. Bueno, en realidad ha ocurrido algo que me ha quitado las ganas de tomar nada. Mira, Molly, no voy a andarme con misterios contigo, pues a lo mejor me  queda ya poco tiempo de estar aquí. Así que te diré lo que ha pasado. He visto al gato blanco.

- ¡Que el Señor se apiade de nosotros! -exclamó mi madre, de repente tan pálida y descompuesta como mi padre; y luego, tratando de reponerse, agregó con una risita-: Seguro que es una broma que me estás gastando. Me han dicho que el domingo pasado cayó en una trampa un conejo blanco en el bosque de Grady; y que Teigue vio ayer una gran rata blanca en el granero.

- No ha sido ninguna rata ni ningún conejo. No irás a decirme que confundo una rata y un conejo con un gran gato blanco con unos ojos verdes más grandes que platos y el lomo arqueado como un puente, que se me acerca dispuesto, si me quedo quieto, a restregarse el lomo contra mis espinillas, y a lo mejor a saltarme al cuello y pegarme un mordisco... Bueno, si es que a eso se le puede llamar un gato y no otra cosa peor...

Joseph Thomas Sheridan Le Fanu (Irlanda, 1814-1873).

jueves, 16 de marzo de 2023

Conejos: UN HÉROE DE NUESTRO TIEMPO y un poema, de Mijaíl Lermontov

"Intentamos atraparle, pero se escabulló como una liebre entre los arbustos."

(
Fragmento de la segunda parte: Conclusión del diario de Pechorin;
Capítulo II: La princesita Mary)

16 de junio
- Voy a contarles toda la historia -respondió Grushnitski-. Lo único que les pido es que no me traicionen. Esto fue lo que pasó: ayer un hombre, cuyo nombre no voy a revelar, vino a verme y me dijo que, pasadas ya las nueve de la noche, había visto a alguien rondando la casa de las Ligovskaia. Debo recordarles que la princesa madre estaba aquí y que la hija se había quedado en su casa. Nos dirigimos juntos allí y montamos guardia debajo de las ventanas para sorprender al afortunado.

Reconozco que me asusté, aunque mi interlocutor estaba muy ocupado con su desayuno: podía oír cosas muy desagradables para él, si es que Grushnitski había adivinado la verdad. No obstante, cegado por los celos, no había albergado la menor sospecha.

- Pues como iba diciendo -continuó Grushnitski-, nos dirigimos juntos a casa de la princesa, pero antes cogimos un fusil cargado de balas de fogueo, porque solo queríamos darle un susto. Esperamos en el jardín hasta las dos de la madrugada. Finalmente apareció, aunque solo Dios sabe por dónde salió, pero no desde luego por la ventana, porque estaba cerrada. Probablemente se deslizara por la puerta acristalada que hay detrás de la columna. Bueno, el caso es que alguien bajó desde el balcón… Vaya con la princesita, ¿eh? ¡Hay que ver cómo son las señoritas de Moscú! Después de esto, ¿de quién puede uno fiarse? Intentamos atraparle, pero se escabulló como una liebre entre los arbustos. Fue entonces cuando le disparé.

Alrededor de Grushnitski se elevó un murmullo de incredulidad.

- ¿No me creen? -continuó-. Les doy mi palabra de honor de caballero de que es la pura verdad, y para probarlo les voy a dar el nombre de ese señor.

- ¡Dígalo! ¡Dígalo! ¿Quién es? -se oyó por todas partes.

"... más veloz que un gamo o una liebre al escapar del águila."

(Estrofa inicial de El fugitivo, leyenda de las montañas)

Harún corría más veloz que un gamo
o una liebre al escapar del águila.
Atemorizado huía del campo de batalla,
donde a chorros corría la sangre circasiana.
Su padre y dos de sus hermanos con honor
cayeron luchando por la libertad:
bajo los pies del enemigo
yacían sus cabezas en el polvo.
Su sangre fluía y clamaba venganza,
pero Harún, olvidando su deber y su honra,
arrojó al suelo en el fragor del combate
su fusil y su sable y echó a correr.
Caía la tarde: las brumas, desplegándose,
cubrían los oscuros calveros
con su ancha espuma blanca.
Soplaba de oriente un viento frío
y sobre el desierto del profeta
se alzaba en silencio una luna dorada.
Agotado y acuciado por la sed,
enjugándose del rostro el sudor y la sangre,
Harún reconoce a la luz de la luna
su aldea natal entre las peñas.
Se acerca a hurtadillas sin ser visto…
Allí todo es serenidad y silencio.
De la sangrienta batalla sin daño
solo él ha vuelto a casa.

Mijaíl Lermontov (Rusia, 1814-1841).

(Traducido al español por Víctor Gallego Ballestero).

miércoles, 15 de marzo de 2023

Conejos: GRANDES ESPERANZAS, de Charles Dickens

"... me alarmé mucho al ver que había una liebre colgada de las patas posteriores..."

(Fragmento final del capítulo II)

Si aquella noche pude dormir, sólo fue para imaginarme a mí mismo flotando río abajo en una marea viva de primavera y en dirección a los Pontones. Un fantástico pirata me llamó, por medio de una bocina, cuando pasaba junto a la horca, diciéndome que mejor sería que tomase tierra para ser ahorcado en seguida, en vez de continuar mi camino. Temía dormir, aunque me sentía inclinado a ello por saber que en cuanto apuntase la aurora me vería obligado a saquear la despensa. No era posible hacerlo durante la noche, porque en aquellos tiempos no se encendía la luz como ahora gracias a la sencilla fricción de un fósforo. Para tener luz habría tenido que recurrir al pedernal y al acero, haciendo así un ruido semejante al del mismo pirata al agitar sus cadenas.

Tan pronto como el negro aterciopelado que se vela a través de mi ventanita se tiñó de gris, me apresuré a levantarme y a bajar la escalera; todos los tablones de madera y todas las resquebrajaduras de cada madero parecían gritarme: «¡Deténte, ladrón!» y «¡Despiértese, señora Joe!» En la despensa, que estaba mucho mejor provista que de costumbre por ser la víspera de Navidad, me alarmé mucho al ver que había una liebre colgada de las patas posteriores y me pareció que guiñaba los ojos cuando estaba ligeramente vuelto de espaldas hacia ella. No tuve tiempo para ver lo que tomaba, ni de elegir, ni de nada, porque no podía entretenerme. Robé un poco de pan, algunas cortezas de queso, cierta cantidad de carne picada, que guardé en mi pañuelo junto con el pan y manteca de la noche anterior, y un poco de aguardiente de una botella de piedra, que eché en un frasco de vidrio (usado secretamente para hacer en mi cuarto agua de regaliz). Luego acabé de llenar de agua la botella de piedra. También tomé un hueso con un poco de carne y un hermoso pastel de cerdo. Me disponía a marcharme sin este último, pero sentí la tentación de encaramarme en un estante para ver qué cosa estaba guardada con tanto cuidado en un plato de barro que había en un rincón; observando que era el pastel, me lo llevé, persuadido de que no estaba dispuesto para el día siguiente y de que no lo echarían de menos en seguida.

En la cocina había una puerta que comunicaba con la fragua. Quité la tranca y abrí el cerrojo de ella, y así pude tomar una lima de entre las herramientas de Joe. Luego cerré otra vez la puerta como estaba, abrí la que me dio paso la noche anterior al llegar a casa y, después de cerrarla de nuevo, eché a correr hacia los marjales cubiertos de niebla.

Charles Dickens (Inglaterra, 1812-1870).

martes, 14 de marzo de 2023

Conejos: VILLANELA RÍTMICA, de Téophile Gautier

"Espantemos al conejo escondido..."

Cuando llega la nueva 
temporada
Cuando el frío ha desaparecido,
Iremos los dos, querida,
Para recoger lirios del valle en el bosque;
Bajo nuestros pies se desgranan las perlas
Que vemos temblar por la mañana,
Iremos a escuchar a los mirlos
Silbar.
Ha llegado la primavera, querida,
Es el mes de los benditos amantes,
Y el pájaro, satinando su ala,
Dice versos al borde del nido.
¡Oh! ven al banco de musgo,
Para hablar de nuestros bellos amores,
Y dime con tu voz tan dulce:
¡Siempre!
Lejos, muy lejos, extraviados en nuestra carrera,
Espantemos al conejo escondido,
Y al ciervo en el espejo de las fuentes
Admirando el gran bosque inclinado,
Luego, en la casa, todo alegre, todo a gusto,
En una canasta entrelazando nuestros dedos,
Volvamos trayendo fresas
del bosque.

(Villanelle rhythmique
Quand viendra la saison nouvelle,
Quand auront disparu les froids,
Tous les deux nous irons, ma belle,
Pour cueillir le muguet au bois;
Sous nos pieds égrenant les perles
Que l'on voit au matin trembler,
Nous irons écouter les merles
Siffler.
Le printemps est venu, ma belle,
C'est le mois des amants béni,
Et l'oiseau, satinant son aile,
Dit des vers au rebord du nid.
Oh! viens donc sur le banc de mousse,
Pour parler de nos beaux amours,
Et dis-moi de ta voix si douce:
Toujours!
Loin, bien loin, égarant nos courses,
Faisons fuir le lapin caché,
Et le daim au miroir des sources
Admirant son grand bois penché,
Puis, chez nous, tout joyeux, tout aises,
En panier enlaçant nos doigts,
Revenons rapportant des fraises
Des bois.)

Théophile Gautier (Francia, 1811-1872).

(Traducido del francés por Jules Etienne).

lunes, 13 de marzo de 2023

Conejos: EL LIBRO DE LOS ESNOBS, ESCRITO POR UNO DE ELLOS, de William Makepeace Thackeray

"... exactamente lo mismo que un pobre conejo se convierte en presa de la terrible boa constrictora."

(
Fragmento del capítulo II: La realeza snob)

Conjuro ante mí un horrible tribunal de juventud e inocencia, al que asisten sus venerables instructores (como los diez mil niños de caridad con sus mejillas rojas en San Pablo), sentados en juicio, y Gorgio en medio de ellos, defendiendo su causa.¡Fuera de la corte, fuera de la corte, viejo gordo Florize! ¡Beadles, resulta ese hombre hinchado y con la cara llena de granos! Si Gorgio debe tener una estatua en el nuevo Palacio que la nación de Brentford está construyendo, debería instalarse en el Salón de los Flunkeys. Y él tendría que estar representado cortando un abrigo, en cuyo arte se dice que sobresalió. También inventó el ponche Marrasquino, una hebilla para los zapatos (eso cuando estaba en pleno vigor de su juventud, con la fuerza principal de su inventiva) y un pabellón chino, el más espantoso edificio del mundo. Guiaba casi tan bien como el mejor cochero de Brighton; empuñaba el florete con donaire y tocaba aceptablemente el violín. Su sonrisa era tan fascinante, que cuantos tenían el honor de serle presentados, se le entregaban en cuerpo y alma, exactamente lo mismo que un pobre conejo se convierte en presa de la terrible boa constrictora.

William Makepeace Thackeray (Inglés nacido en India, 1811-1863).