Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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viernes, 24 de noviembre de 2023

Eclipse solar: OBSESIÓN (Avaricia)*, de Elfriede Jelinek

"... el estanque, que se traga el sol como si en él hubiese de forma perpetua un eclipse solar..."

(Fragmento del capítulo 2)

Bajan sus miradas hacia el estanque, que se traga el sol como si en él hubiese de forma perpetua un eclipse solar, y la superficie oscura les parece una nocturna carretera comarcal en la que se producen encuentros. Otros prefieren no encontrarse a nadie. Lo entiendo, yo estaría más bien en ese grupo. Bien, ésos ya se han marchado, pues ya no los veo. El agua está tan fría, que uno la podría sacar del lecho chorreando y volvería a echarla allí de inmediato nada más al ver con detalle lo que ha pescado. Esta agua no caería jamás a la superficie terrestre en forma de precipitación, antes se precipitaría sobre alguien hasta matarlo, alguien que estuviera esperando una mejora del tiempo desde hace por lo menos una semana. El frío, al fin y al cabo, baja en una forma extraña, amorfa. Si el agua fuera hábil, huiría por su propio pie montaña arriba. Todo esto no es tan profundo, pero las plantas trepadoras y la carroña le arrastrarían a uno hasta ese fondo, que prefiero no imaginarme. Aquello debe de ser indescriptiblemente fangoso, oscuro, helado, desolador, por decirlo de algún modo, un lugar donde las aguas yacen sin sentido, pero sin embargo incesantes, con una parte de su memoria sin regular por la convención alpina, que invita a las sustancias contaminantes a que, por favor, no se dejen descargar aquí, y con la otra parte al acecho, probablemente acechando su propio terrible despertar. Ni siquiera una vez, jamás, he visto patos en su superficie, el sebo los agarraría por la cola y, graznando, se verían arrastrados miserablemente bajo la superficie, así me lo imagino, pues yo aprecio a los animales y no quiero que sufran malas experiencias. Bueno, evidentemente ellos mismos tampoco quieren. No se posan jamás, según creo, en estas aguas, que parecen petrificadas por el terror, porque fueron vertidas aquí y no ahí delante, donde tendrían todo el sol, al otro lado de la carretera, donde está la fonda, aunque incluso allí, no importa el sol que haga, refresca pronto debido a las montañas circundantes, y hay que ir a buscar chalecos y chaquetas. Allí los patos están en los platos. Un pequeño embarcadero, pero ¿para qué? Si nadie pasa por aquí. Bueno, quién lo iba a decir entonces, cuando se buscaron las voces más solícitas y se repartieron los remos y se entrenó la paciencia sin límites al declararse pérdidas en los primeros meses. A veces, aquí se ven o se oyen niños, que, de repente, sin embargo, enmudecen y clavan sus miradas en el agua, tan distinta a lo que se les había prometido, una cara que, tras un examen más detenido, se descubre como una mueca horrible, una red en la que uno quedará enredado. Nada de alegres y coloridos bañadores, pelotas de agua, flotadores de animales, botes hinchables; nada de eso le ha sido concedido a este lago, no recibe diversidad y por tanto no ofrece diversidad ninguna. No puede ponerse espumosos vestidos que se alcen susurrantes, pues esta agua metálica no se deja remover ni conmover. Me parece una simpleza atribuirlo a la completa falta de radiación solar. Por lo menos los solariums tienen de eso a montones y no por ello las personas se vuelven mejores. Van a esos lugares para meterse en magníficos ataúdes resplandecientes, sólo aquellos que quieren cambiar por sí mismos el color de su piel, como mínimo. Pero en su fuero interno saben que siempre van a permanecer como han sido creados.
 
Elfriede Jelinek
(Austria, 1946). Obtuvo el premio Nobel en 2004.
 
* El título original de la novela en alemán es Gier, que significa codicia o avaricia,
por alguna razón fue traducido para su publicación en español como Obsesión.
Forma parte de las novelas de Elfriede Jelinek que abordan los pecados capitales.

martes, 8 de febrero de 2022

Las estrellas de los reyes magos según Elfriede Jelinek y Le Clézio

"Miren allí... 'No es Betelgeuze en lo más alto de Orión? ¡Y los tres Reyes Magos!"

Elfriede Jelinek y J. M. G. Le Clézio recibieron el premio Nobel de literatura en 2004 y 2008, respectivamente, y ambos refieren a los reyes magos en dos de sus novelas.

La autora austriaca en lengua alemana, la hace en su obra más difundida: La pianista (Die Klavierspielerin), también conocida como La maestra de piano. En el extenso segundo capítulo, que además es el último, para una cita de la protagonista con el personaje de nombre Walter Klemmer, ella "Quiere deslumbrar al hombre en la medida de sus posibilidades" y con ese fin adquiere la indumentaria para el caso: "La madre regaña a Erika porque además del traje se ha comprado un nuevo sombrero de vaquero con una cinta y un pequeño lazo de la misma tela que el sombrero, mediante el cual se lo amarra por debajo del mentón, para que no le vuele con el viento". Durante el encuentro, tratando de impresionar al hombre, "lo único que consigue es despertar sus inclinaciones más bajas". El párrafo que menciona a los reyes magos es el siguiente:

"Erika hace amagos de partir, ya en una, ya en otra dirección. De este modo pone en evidencia su indecisión. Klemmer se percata de ello y se siente orgulloso de ser la causa de su turbación. Le echará una mano para que pueda parir decisiones. Cuidadosamente le quita el sombrero de vaquero a su presa. Qué malagradecido con este sombrero que sobresalía por encima del tumulto como un noble indicador del camino, la estrella matutina de los tres Reyes Magos, un sombrero que nadie deja pasar sin rendirle el correspondiente tributo de burla. Uno ve este sombrero y se siente contrariado, aun cuando no siempre se culpe al sombrero por la contrariedad."

Jean-Marie Gustave Le Clézio, de nombre kilométrico y prosa exquisita, francés con vocación de trotamundos -lo que le llevó a radicar muchos años en México, a donde llegó por primera vez en 1967 y más tarde, según afirma Yvonne Cansigno en su Semblanza de J.M.G. Le Clézio en México: "se instala en 1975 durante doce años" en "su vieja casona construida en un valle purépecha" de Jacama, en el estado de Michoacán-. Al igual que Jelinek, es en uno de sus trabajos más notables, El buscador de oro (Le chercheur d'or), donde aparece una referencia astronómica a los reyes magos.

"- Miren, allí... ¿No es Betelgeuze, en lo más alto de Orión? ¡Y los tres Reyes Magos! Miren al norte, verán la Osa ¿Cómo se llama la pequeña estrella que está en la punta del Carro, en la lanza?

Miro con todas mis fuerzas. No estoy seguro de verla."

Y tres páginas más adelante:

"Pienso entonces en todos esos nombres, me parece que el cielo nocturno se abre y estoy a bordo de un navío de hinchadas velas, en el mar infinito, bogando hasta las Molucas, hasta la bahía del Astrolabio, hasta Fidji, Moorea. En el puente de este navío, antes de dormirme, veo el cielo como jamás lo he visto nunca, tan grande, azul oscuro sobre el mar fosforescente. Paso con lentitud al otro lado del horizonte y bogo hacia los Reyes Magos, hacia la Cruz del Sur."

Apenas un par de breves alusiones que he decidido incluir en esta recopilación por respeto al prestigio de dos autores merecedores del premio Nobel. Ni más ni menos.

Jules Etienne

Elfriede Jelinek (Austria, 1946). Obtuvo el premio Nobel en 2004.

Jean-Marie Gustave Le Clézio (Francés con ciudadanía mauritana, 1940).
Obtuvo el premio Nobel en 2008.

La ilustración corresponde a las estrellas Alnitak, Alnilam y Mintaka,
conocidas como los tres Reyes Magos, en la constelación de Orión.

viernes, 13 de abril de 2018

Nieve: DESEO, de Elfriede Jelinek

"El suelo brilla de sangre recién vertida. En el camino nevado, desparramadas plumas de pájaro."
 
(Fragmento inicial)
 
Colgantes velos se tienden entre la mujer en su estuche y los demás, que también tienen casas propias y propiedades. Incluso los pobres tienen sus casas, en las que congregan sus rostros cordiales, sólo lo que no cambia los separa. En esta situación reposan: remitiendo a sus vínculos con el director, que, mientras respire, es su padre eterno. Este hombre, que les dosifica la verdad como si fuera su aliento, con tal naturalidad reina, ya tiene bastante de las mujeres a las que llama con poderosa voz, sólo precisa ésta, la suya. Es tan inconsciente como los árboles que le rodean. Está casado, lo que representa un contrapeso a sus placeres. Los cónyuges no se avergüenzan el uno del otro, ríen y son y eran todo para ellos.
 
El sol del invierno es ahora pequeño, y deprime a toda una generación de jóvenes europeos que aquí crece o viene a esquiar. Los hijos de los trabajadores del papel: podrían reconocer el mundo a las seis de la mañana, cuando entran al establo y se convierten en crueles extranjeros para los animales. La mujer va a pasear con su hijo. Ella sola vale por más de la mitad de todas las almas del lugar, la otra mitad trabaja en la fábrica de papel, a las órdenes del marido, una vez que ha sonado el aullido de la sirena. Y los hombres se atienen con precisión a lo que se les pone por delante. La mujer tiene una cabeza grande y despejada. Lleva fuera una hora larga con el niño, pero el niño, borracho de luz, prefiere volverse insensible haciendo deporte. Apenas se le pierde de vista, arroja sus pequeños huesos a la nieve, hace bolas y las lanza. El suelo brilla de sangre recién vertida. En el camino nevado, desparramadas plumas de pájaro. Una marta o un gato han representado su drama natural: reptando a cuatro patas, un animal ha sido devorado. El cadáver ha desaparecido. La mujer ha venido de la ciudad aquí, donde su marido dirige la fábrica de papel. El marido no se cuenta entre los habitantes, él cuenta por sí solo. La sangre salpica el camino.
 
 
Elfriede Jelinek (Austria, 1946). Obtuvo el premio Nobel en 2004.
 
(Traducido al español por Carlos Fortea).