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Verano en Vancouver: luz de agosto en English Bay (fotografía de Jules Etienne).

domingo, 31 de mayo de 2020

Epidemias: EL DON APACIBLE, de Mijaíl Shólojov


"Después de una asamblea general de la aldea, los cosacos fueron a casa de Prokofi…"

(Fragmento del capítulo I de la primera parte)

Este misterio quedó esclarecido cuando la más audaz, Mavra, cuyo marido estaba haciendo el servicio militar, se decidió a ir a casa de Prokofi con el pretexto de pedir levadura fresca. Mientras Prokofi bajaba a la cueva para buscársela, Mavra examinó a la turca y consideró que no valía nada.

Minutos después, Mavra, muy arrebolada, con el pañuelo de la cabeza torcido, coto- rreaba en la encrucijada, entre un grupo de mujeres.

- ¿Qué ha podido encontrar en ella? ¡No lo entiendo! ¡Ni siquiera parece una mujer! Pero ¡quiá! ¡Está lisa por delante y por detrás! ¡Es una vergüenza! Hasta nuestras chiquillas están más rollizas. La cintura es como la de una avispa; se la podría partir en dos. Los ojos son negros y enormes, y ella los hace rodar como un demonio. ¡Dios me perdone! A pesar de eso está embarazada.

- ¡No puede ser! -exclamaron las mujeres.

- ¡Tal como lo digo! Entiendo algo de eso, no lo duden: he tenido ya tres hijos.

- Y de cara, ¿cómo está?- ¿De cara? ¡Es, sencillamente, amarilla! Sus ojos son tristes; es cierto que la vida no es alegre en un país extraño. Además, amigas mías, olvidaba decirles que lleva los pantalones de Prokofi.

- ¡No es posible! ¡Dios mío! ¡Qué vergüenza! -clamaron a coro las mujeres, aterradas.

- ¡Lo he visto con mis ojos! Lleva los pantalones sin la trenza roja, seguramente el pantalón de trabajo de Prokofi. Viste una camisa larga y, sobre la camisa, el calzón de Prokofi, embutido en sus medias. ¡Al verlo, el corazón me dio un vuelco!

Comenzaron a murmurar por el pueblo que la mujer de Prokofi era una hechicera. La nuera de los Astakhov -vecinos más cercanos de Prokofi- juró que había visto, el segundo día de Pentecostés, hacia el alba, a la mujer de Prokofi con los cabellos sueltos y los pies descalzos, ordeñar una vaca. A partir de este día, la ubre de la vaca se había secado, achicándose como el puño de un niño; la vaca dejó de dar leche y acabó reventando.

Una epidemia terrible cayó entonces sobre la región. Todos los días aparecían los pastos cubiertos con los cadáveres de las vacas y los terneros. La epidemia alcanzó en seguida a los caballos. Los rebaños de la aldea disminuían a ojos vistas. Entonces un siniestro rumor comenzó a circular de casa en casa.

Después de una asamblea general de la aldea, los cosacos fueron a casa de Prokofi, quien salió a la puerta para saludarles.

- ¿Qué les trae por aquí, cosacos?

La multitud rodea la puerta en silencio. Un anciano, un poco achispado, gritó el prime- ro:

- ¡Tráenos a tu bruja, queremos juzgarla!

Prokofi se precipitó en la casa, pero le dieron alcance en la antesala. Un fornido artillero, apodado Luchnia, cogió a Prokofi por el cuello y, apretando su cabeza contra la pared, dijo:

- ¡No hagas tonterías! La cosa no es para tanto. No te haremos nada. A tu mujer la clavaremos con un palo al suelo. Más vale suprimirla que dejar perecer toda la aldea por falta de sus bestias. Estate quieto, que, si no, te romperé la cabeza contra el muro.

– Arrastren a esa perra hasta el patio -aulló la muchedumbre.

Un camarada del regimiento de Prokofi cogió a la turca por los cabellos con una mano, la amordazó con la otra y, arrastrándola hacia fuera, la arrojó a los pies de la multitud.

Un grito agudísimo sobrepujó el alboroto, Prokofi, derribando a los seis cosacos que intentaban sujetarle, corrió a su cuarto y descolgó el sable, suspendido en la pared. Los cosacos se lanzaron fuera, tropezando unos con otros. Prokofi franqueó de un salto los escalones de la gradería, haciendo silbar el sable sobre su cabeza. La multitud, espantada, se dispersó por el patio. Cerca de la alquería, Prokofi alcanzó al artillero Luchnia, menos ligero que los demás, y le hendió hasta la cintura de un sablazo. Entonces los cosacos, que se disponían a arrancar las estacas de la cerca, huyeron por la estepa.

Media hora después, habiendo recobrado su valor, la multitud se acerco al patio de Prokofi. Dos de ellos penetraron cautelosamente, como exploradores, en la antesala. En el umbral de la cocina la mujer de Prokofi yacía en un charco de sangre con la cabeza abatida y la lengua apretada entre los dientes. Prokofi, ausente la mirada y la cabeza sacudida por un temblor nervioso, abrazaba, arropándolo en una pelliza de piel de carnero, un pedazo de carne roja que chillaba débilmente: era el hijo que acababa de nacer antes de tiempo.

La mujer murió aquella tarde. La madre de Prokofi, apiadada del niño, se lo llevó consigo. Lo instaló junto a su estufa de vapor, alimentándole con leche de burra y, un mes más tarde, cuando no había duda de que aquel chiquillo, atezado como un turco, estaba en salvo, lo llevó a la iglesia, donde fue bautizado con el nombre de su abuelo: Pantelei.

Prokofi fue condenado a presidio por la muerte de Luchnia y regresó doce años después. Con la barba bermeja ya canosa recortada, vestido a la usanza moscovita, no parecía un cosaco.

Recogió a su hijo y reemprendió las labores en la finca. Pantelei crecía; tenía la piel atezada y la sangre ardiente. Se parecía a su madre por la menguada estatura y la flexibilidad. Prokofi le casó con la hija de un cosaco vecino. Desde entonces, la sangre turca fue mezclándose con la cosaca, y de este modo se multiplicaron los cosacos de nariz aguileña, de belleza un tanto salvaje, los Melekhov, a quienes se apodó los Turcos.

Mijaíl Shólojov (Rusia, 1905-1984). Obtuvo el premio Nobel en 1965.

La ilustración corresponde a pobladores de la aldea de Tymynski, a orillas del río Don, a finales del siglo XIX.

sábado, 30 de mayo de 2020

Epidemias: LOS HUEVOS FATALES, de Mijaíl Bulgákov

"Al atardecer, la temida palabra «plaga» agitaba como una colmena el pueblo..."

(Fragmento inicial del capítulo 4

En un pequeño pueblo de provincias llamado oficialmente Troisk y corrientemente Steklovsk, en el departamento de Steklovsk de la provincia de Kostrona, una mujer con mantón y vestido gris con flores rosas, de algodón, salió a la escalera de una casita de la antigua catedral y estalló en lágrimas. Esta mujer, la viuda del diácono de la citada catedral, sollozó tan fuertemente que pronto otra figura femenina, cubierta con un blanco chal de lana, apareció en la ventana de la casa de enfrente y dijo

- ¿Qué es eso, Stepanovna?

- ¿Otra vez? ¡La que hace sesenta! -contestó la viuda sollozando amargamente.

- ¡Ay, pobrecita, pobrecita! -se lamentó la mujer del chal moviendo la cabeza-. ¡Qué desgracia, la cólera de Dios! ¿Se ha muerto?

- Ven a ver, Matrena -musitó la diaconisa entre sollozos fuertes y sentidos-, ¡ven a ver lo que ha pasado!

La puertecilla gris y combada se cerró de golpe. Los pies desnudos de la mujer pisaron los polvorientos baches de la calzada y la viuda, deshaciéndose en lágrimas, llevó en seguida a Matrena a su corral de gallinas.

A decir verdad, la viuda del reverendo Sawaty Drozdov, que había muerto en 1926 víctima de angustias antirreligiosas, no sólo no había perdido nunca su presencia de ánimo, sino que había fundado un floreciente negocio de aves. Tan pronto como los asuntos de la viuda empezaron a prosperar, el Gobierno la gravó con un impuesto tal que sus actividades estuvieron a punto de venirse abajo. Pero había gente buena en el mundo. Aconsejaron a la viuda que informara a las autoridades locales de que estaba organizando una cooperativa de obreros en la granja avícola. Los miembros de la cooperativa eran la propia Drozdova, su fiel sirvienta Matreshka y su nieta, que era sorda. Los impuestos fueron inmediatamente revocados y el negocio de pollos se extendió y floreció. Hacia 1928, de esta forma, la población del corral de la viuda, rodeado de filas de gallineros, se había elevado a doscientas cincuenta gallinas; contaba incluso con algunas de la especie cochinchina, Los huevos procedentes de la granja de la viuda aparecían en el mercado de Steklovsk cada domingo; también se vendían en Tambov y alguna vez llegaban a ser vistos en los escaparates de la tienda que antiguamente era conocida como Chickin, Quesos y Mantequilla. Moscú. Y ahora, una preciosa Brahmaputra, la favorita de todo el mundo, se había paseado de arriba abajo del corral, vacilando, vomitando y haciendo rodar sus melancólicos ojos hacia el sol como si estuviera viéndolo por última vez. Había abierto al máximo el pico estirando el cuello hacia el cielo. Luego, empezó a vomitar sangre.

- ¡Divino Jesús! -gritó la vecina, dándose una palmada en el muslo-. ¿Qué pasa aquí? Nunca vi a un pollo quejarse del estómago como si fuese un ser humano.

Y ésas fueron las últimas palabras que oyó el pobre animalito, pues, de pronto, cayó de lado, picoteó débilmente el polvo y cerró los ojos para siempre. Luego, rodó hasta quedar de espaldas, tensó sus patas como queriéndolas clavar en el cielo y quedó inmóvil.

- Stepanovna, quizá me equivoque, pero juraría que a tus pollos les han echado mal de ojo. ¿Quién ha visto nunca una cosa igual? ¡Caramba! Las gallinas nunca han enfermado así.

- ¡Los enemigos de mi vida! -clamó al cielo la diaconisa-. ¿Es que acaso lo que quieren es llevarme de este mundo?

Sus palabras fueron contestadas por un recio quiquiriquí, tras el cual un gallo sucio y flaco voló oblicuamente desde un gallinero como un borracho escandaloso sale de una taberna. Miró con ojos desorbitados a las dos mujeres, anduvo como loco por un rincón del corral y extendió sus alas como si fuera un águila, pero no se elevó del suelo. En lugar de eso, empezó a correr en círculo por el patio. A mitad de la tercera vuelta se paró y dio muestras de estar muy enfermo; empezó, en efecto, a toser y a resollar, esparció a su alrededor varios escupitajos sanguinolentos, se desplomó y apuntó al sol con sus patas crispadas como garfios.

Una nueva explosión de gemidos femeninos llenó el ámbito, siendo esta vez contestada por ansiosos cloqueos, batir de alas y ruidosa algazara, proveniente todo ello de los gallineros.

- Bueno, ¿es o no es un al de ojo? -exclamó triunfalmente la vecina-. Llama al padre Sergy para que oficie un servicio.

A las seis de la tarde, cuando el sol, ya bajo, quedó como una faz hirviente entre las redondas caras de los girasoles, el padre Sergy, prior de la iglesia catedral, se quitaba los ornamentos tras haber completado su servicio. Cabezas curiosas aparecían sobre la vieja valla combada y se entreveían por las rendijas que dejaban entre sí las tablas que la componían. La afligida viuda había besado la cruz, vertido copiosas lágrimas sobre el desgastado rublo amarillo canario, y se lo había dado al padre Sergy; él, en respuesta, suspiró y murmuró algo a propósito de la cólera del Señor.

Después de eso la multitud de la calle se dispersó y, como las gallinas se retiran temprano, nadie se enteró de que tres de ellas y un gallo habían muerto en el mismo momento en el corral de la vecina más próxima a la Drozdova. Vomitaban, tal como hacían las de esta última, pero con la única diferencia de que sus muertes ocurrían en un gallinero cerrado, por lo que el ruido no trascendía al exterior. El gallo cayó de cabeza desde el palo, y murió en esa postura. Como ocurrió en el corral de la viuda, al atardecer todos los demás gallineros estaban mortalmente tranquilos, con las aves yacentes sobre el suelo, amontonadas, tiesas y frías.

A la mañana siguiente el pueblo se despertó como herido por un rayo debido a que el asunto había adquirido proporciones monstruosas. Hacia el mediodía, sólo tres gallinas quedaban aún vivas en la calle Personal; las que pertenecían a los dueños de la última casa, donde vivía el inspector financiero del departamento. Pero incluso éstas murieron hacia la una del mediodía. Al atardecer, la temida palabra «plaga» agitaba como una colmena al pueblo de Steklovsk. El nombre de Drozdova apareció en el periódico local El Guerrero Rojo en un artículo intitulado «¿Se tratará de una plaga avícola?». Y de ahí llegó a Moscú.

Mijaíl Bulgákov
(Ruso nacido en Ucrania cuando formaba parte de Rusia y fallecido en la entonces Unión Soviética, 1891-1940).

viernes, 29 de mayo de 2020

Epidemias: EL DOCTOR OX, de Jules Verne

"Se necesitaban dos personas para comer una fresa y cuatro para una pera."

(Fragmento del capítulo X)

En el cual se verá que la epidemia invade la población entera y el efecto que produce

Durante los meses que siguieron, el mal, en vez de disiparse, no hizo más que exten- derse. De las casas particulares, pasó a las calles. La población de Quiquendone no era ya la misma.

Y, fenómeno más extraño aún que los observados hasta entonces, no solamente el reino animal, sino también el vegetal, estaban sometidos a esa influencia. Según el curso ordinario de las cosas, las epidemias son especiales. Las que atacan al hombre no se ceban en los animales, las que persiguen a éstos dejan libres a los vegetales. Jamás se ha visto a un caballo atacado de viruela, ni a un hombre de la peste bovina, así como los carneros no pescan la enfermedad de las patatas. Pero en Quiquendone todas las leyes de la naturaleza parecían trastornadas. No tan sólo se habían modificado el temperamento, el carácter y las ideas de los quiquendoneses, sino que los animales domésticos, perros o gatos, bueyes o caballos, asnos o cabras, sufrían aquella influencia epidémica, como si su medio habitual se hubiera cambiado. Las mismas plantas se emancipaban, si se quiere perdonarnos esta expresión.

En efecto, en los jardines, en las huertas, en los vergeles, se manifestaban síntomas sumamente curiosos. Las plantas enredaderas trepaban con más audacia. Los arbustos se tornaban árboles. Las semillas apenas sembradas ostentaban su verde brote y en igual transcurso de tiempo alcanzaban en pulgadas lo que antes y en las circunstancias más favorables crecían en líneas. Los espárragos llegaban a dos pies de altura; las alcachofas se hacían tan gruesas como melones, y éstos como calabazones, los cuales llegaban al tamaño de la campana mayor, que contaba nueve pies de diámetro. Las berzas se tornaban arbustos y las setas en paraguas.

Las frutas no tardaron en seguir el ejemplo de las verduras. Se necesitaban dos personas para comer una fresa y cuatro para una pera. Los racimos de uva eran todos iguales al pintado tan admirablemente por Poussin en su «Regreso de los enviados a la Tierra Prometida».

Jules Verne (Francia, 1828-1905).

jueves, 28 de mayo de 2020

Epidemias: LEJOS DEL MUNDANAL RUIDO, de Thomas Hardy

"... transcurridos varios minutos otras ovejas cayeron, quedando inertes y lívidas como las demás."

(Fragmento del capítulo XXI: Problemas en el redil)

«Joseph, las ovejas se están atiborrando».

Hubo un momento en que el pensamiento de Bathsheba se tornó en habla y ésta en exclamación. Apenas había recobrado la calma desde el disgusto que se llevó con los comentarios de Oak

.- ¡Basta! ¡Basta, si serán idiotas! -exclamó, arrojando la sombrilla y su libro de oraciones a mitad del pasillo, echando a correr en dirección de la desgracia-. ¡A quién se le ocurre venir a buscarme en lugar de sacarlos allí directamente! ¡Hatajo de zoquetes!

Tenía los ojos más oscuros y brillantes que nunca. Si bien la belleza de Bathsheba pertenecía más al estilo demoníaco que al angelical, nunca se veía tan hermosa como cuando se enfadaba, sobre todo cuando el efecto era realzado por un elegante vestido de terciopelo que se había puesto con esmero ante el espejo.

Los hombres salieron corriendo tras ella en tropel, hacia el campo de trébol. Joseph se quedó sin aliento más o menos a mitad del camino, como quien se marchita en un mundo que se vuelve insoportable. Una vez recibido el estímulo que la presencia del ama les proporcionaba, se metieron entre las ovejas con determinación. La mayor parte de los animales enfermos estaban tumbados, y no se movían cuando se les animaba a hacerlo. Cargaron a estos en brazos y condujeron a los demás al campo contiguo. Una vez allí, y transcurridos varios minutos, otras ovejas cayeron, quedando inertes y lívidas como las demás.

Bathsheba, con el corazón a punto de estallar, contemplaba los mejores ejemplares de su rebaño tirados por el suelo:

Hinchadas por el viento y el fétido vaho que expulsaban.

Muchas ovejas echaban espuma por el hocico; su respiración era rauda y entrecortada, y todas tenían el cuerpo gravemente hinchado.

-¡Ay, qué puedo hacer! ¡Qué puedo hacer! -exclamaba Bathsheba con desesperación-. ¡Qué desgraciadas son las ovejas! ¡Siempre les pasa algo! No he conocido un solo rebaño que sobreviva más de un año sin meterse en apuros.

- Sólo hay un modo de salvarlas -dijo Tail.

- ¿Cuál ¡Dímelo, de prisa!- Hay que perforarlas en el costado con un instrumento especial.

- ¿Sabes cómo se hace? ¿Lo sé yo?

- No, señora. Nosotros no sabemos, y usted tampoco. Hay que hacerlo en un punto muy preciso. Si se desvía un centímetro a la derecha o a la izquierda, se mata a la oveja. Normalmente, ni siquiera los pastores saben hacerlo.

- Entonces morirán -dijo Bathsheba con resignación.

-Sólo hay un hombre en los contornos que sepa hacerlo -dijo Joseph, que acababa de llegar en ese momento-. Si estuviera aquí las curaría a todas.


Thomas Hardy (Inglaterra, 1840-1928).

miércoles, 27 de mayo de 2020

Epidemias: AGRADECIMIENTO DE LAS OVEJAS, de Victoire Babois

"... para oponernos a sus golpes y ofensas no tenemos más que la dulzura y la inocencia."

Al señor Voisin, autor de una Memoria
sobre la inoculación de la peste bovina.

(Fragmento inicial)

Sabes que en tiempos de Astrée y de sus suaves leyes,
hasta de la oveja más débil su voz escuchaban.
Pero los feroces lobos aparecieron, la peste y la guerra,
     pues los malvados perturban la tierra,
     con el temor impusieron su sentencia,
Y por la fuerza, ¡qué desgracia!, a las ovejas callaban.
     Peste, hombre o lobo, ¿cuál es la diferencia?
     siempre terminamos por caer indefensas,
     porque para oponernos a sus golpes y ofensas
     no tenemos más que la dulzura y la inocencia.

(Remerciement des moutons
Tu sais qu'au temps d'Astrée et de ses douces lois,
Des plus faibles moutons on écoutait la voix;
Mais les loups dévorants, puis la peste et la guerre,
     Puis les méchants troublant la terre,
     Sur la crainte ont fondé leurs droits,
Et force fut, hélas! aux moutons de se taire.
     Peste, homme, ou loup, c'est un pour nous:
     Toujours nous tombons sans défense,
     Car nous n'opposons à leurs coups
     Que la douceur et l'innocence.)


Victoire Babois (Francia, 1760-1839).

(Traducido del francés por Jules Etienne).

martes, 26 de mayo de 2020

Epidemias: EREWHON, de Samuel Butler

"Su médico (…) le ordenó que comiera carne, sin hacer caso de la ley."

(Fragmento del capítulo Las ideas de un profeta erewhoniano sobre los derechos de los animales)

En cuanto a la carne de los animales que habían muerto realmente de muerte natural, el permiso para comerla era inútil, por cuanto solía devorarla algún otro animal antes de que el hombre la pudiese utilizar; o, por el contrario, estaba a menudo envenenada; de modo que no quedaba a las gentes más remedio que burlar la ley valiéndose de alguno de los medios antedichos, o hacerse vegetarianos. Esta última alternativa era tan poco del gusto de los erewhonianos que las leyes que prohibían matar animales llegaron a caer en desuso y probablemente habrían sido derogadas si no hubiera sobrevenido una epidemia de peste, que los sacerdotes y profetas de aquella época atribuyeron a las transgresiones de la gente en lo de comer carne prohibida. Entonces se produjo una reacción, se votaron leyes severísimas prohibiendo el consumo de la carne en cualquier forma que fuese y ordenando que en los mercados y tiendas sólo se vendieran, como alimentos, cereales, frutas, verduras y legumbres. Dichas leyes fueron puestas en ejecución unos doscientos años después de la muerte del viejo profeta que había empezado a sembrar la inquietud en la conciencia de la gente con los derechos de los animales; pero apenas fueron promulgadas, volvieron a infringirlas de nuevo.

Me dijeron que la peor consecuencia de tantas sandeces no era el hecho de obligar a las personas respetuosas de la ley a pasar sin alimento animal. Muchos pueblos pasan sin ello y no parecen hallarse peor por este motivo; y hasta en ciertos países donde en general se come carne, como Italia, España y Grecia, los pobres apenas si la prueban en todo el año. El mal consistía en la perturbación que esa prohibición excesiva había de producir en la conciencia de todos; exceptuando a los bastante fuertes para saber que, si bien la conciencia es en general una bendición, puede también ser un veneno. Al despertarse la conciencia de un individuo, le lleva a menudo a ejecutar sin reflexión ciertos actos que habría sido preferible que dejase de realizar, pero tratándose de la conciencia de una nación entera, despertada por un venerable anciano en relación constante con un Poder invisible, hay para pavimentar el infierno entero con buenas intenciones fracasadas.

A los jóvenes se les decía que era un pecado hacer lo que sus antepasados habían hecho impunemente durante siglos; además, los que les daban sermones sobre el horrendo vicio de comer carne eran gentes académicas y antipáticas; y aunque intimidaban a todos los jóvenes, con excepción de los más atrevidos, pocos eran los que no les tenían aversión. Por muchas precauciones que se empleasen en persuadir al muchacho o a la joven, pronto se daban cuenta de que los hombres y las mujeres dotados de alguna experiencia mundana, gente mucho más agradable, por regla general, que los profetas que les predicaban la abstención, hablaban siempre con burla y desprecio de las nuevas leyes doctrinarias y tenían reputación de infringirlas en secreto, aunque no se atrevían a hacerlo abiertamente. No es de extrañar, por lo tanto, que los preceptos de No-Tocar, No-Catar, No-Palpar, tantas veces dictados por sus directores, tuviesen por resultado el inducir a los más humanos entre los estudiantes a poner en tela de, juicio muchas cosas que de lo contrario habrían aceptado sin vacilar.

Se cuenta la triste historia de un joven de naturaleza amable y que prometía mucho, pero dotado, para su desgracia, de más conciencia que seso. Su médico (pues, según he dicho anteriormente, la enfermedad no se consideraba aún como criminal) le ordenó que comiera carne, sin hacer caso de la ley. Se escandalizó, y durante algún tiempo se negó a seguir lo que estimaba un consejo perverso del médico. Finalmente, sin embargo, al notar que se debilitaba más cada día, se deslizó furtivamente una noche oscura hasta uno de esos antros donde vendían carne subrepticiamente, y compró una libra de filete de primera. Se lo llevó a su domicilio, lo guisó en su dormitorio cuando todos los moradores de la casa se habían retirado a descansar, lo comió, y aunque el remordimiento y la vergüenza no le dejaron conciliar el sueño, se sentía hasta tal punto mejorado por la mañana del siguiente día, que no se reconocía a sí mismo.

Samuel Butler (Inglaterra, 1835-1902).

lunes, 25 de mayo de 2020

Epidemias: LOS ANIMALES ENFERMOS DE LA PESTE, de Jean de la Fontaine (1)


Debido a su extensión, presentamos esta fábula íntegra en dos partes.

I

La peste, fiero mal que horror infunde,
Mal con que el Cielo, en su furor, confunde
Y castiga delirios de la tierra,
Mal que, el lugar que encierra
Aqueronte, llenar puede en un día,
A los irracionales guerra hacía.
No todos acababan; pero todos,
Males sufrían de diversos modos;
Hasta llegar el deplorable estado
De no verse ocupado
Ninguno de ellos, en buscar comida
Para el sustento de su débil vida:
Ya ni zorras ni lobos
Verificaban robos,
Ni iban al inocente persiguiendo;
Y vagaban las tórtolas gimiendo.

Llamó, en fin, a consejo el León fuerte,
Y a sus vocales dijo de esta suerte:
Yo creo que este mal nos aflige
(Y que quizás aún no nos corrige)
Del Cielo viene por nuestros pecados.
Todos somos culpados;
Y así, el que más lo fuere, en sacrificio
Para tornar propicio
Al enojado Cielo ha de ofrecerse:
Debe al momento hacerse:
Quizá conseguirá ser tan dichoso,
Que nos libere de este mal penoso.

Consta en la historia que, por casos tales,
Penitencias iguales
Se practicaban: nonos adulemos:
Todos escudriñadnos,
Sin indulgencia alguna,
Nuestras conciencias: no tengo ninguna
Dificultad o empacho en confesarme
De mis delitos: debo delatarme
De que a muchos Corderos
He devorado con mis dientes fieros,
Sin que jamás me hubiesen ofendido;
Y alguna vez también me ha sucedido
Devorar los Pastores del ganado.

Vedme aquí aparejado,
Con muchísimo gusto,
A morir: sin embargo, encuentro justo
Que, como yo, se vayan acusando
Todos, y de este modo, averiguando
Quien es más delincuente,
Morirá el que lo sea justamente.


Jean de la Fontaine (Francia, 1621-1695).

(Traducido al español por Bernardo María de Calzada).

Epidemias: LOS ANIMALES ENFERMOS DE LA PESTE, de Jean de La Fontaine (2)


Debido a su extensión esta fábula fue dividida en dos partes. Aquí se puede leer la primera de ellas.

II

Señor, dijo la Zorra lisonjera,
Sois un gran Rey. ¿Por qué de esa manera
Habláis? Es demasiado
Vuestro remordimiento. ¿Qué pecado
Es comerse esa especie miserable
De los Corderos? No, señor, laudable
Es en vos tal costumbre: esas son gentes
Que, con morir a vuestros reales dientes,
Se llenaron de honor; y en cuanto al daño
Causado a los Pastores, o me engaño,
O son acreedores
A cualquiera castigo esos señores,
Porque desdeñan parecer iguales
A los demás diversos animales,
Erigiéndose Reyes,
Y a todos imponiendo duras leyes:
Así la Zorra dijo, y la aplaudieron:

En fin, no se atrevieron
Ni de Tigres, ni de Osos,
Ni de otros poderosos,
A citar los delitos más atroces:
Cuantos tenían algo de feroces,
Y aún, hasta los Mastines,
En su sentir, llevaban rectos fines.

Tocóle al Burro lerdo
Confesar sus pecados. Yo me acuerdo,
Dijo, que al ir pasando el otro día
Por cierto prado que pertenecía
A una comunidad, lo tierno y verde
De la hierba, mi hambre, o lo que pierde
A muchos, la ocasión urgente y rara,
Me tentó a que arrancara
(A la verdad fue mengua)
Un pedazo del ancho de mi lengua.
Para hacer tal exceso
Ningún derecho tuve: lo confieso.

Todos se conjuraron
Contra el misero Burro, y le infamaron.
Un timorato Lobo
Probó, con una arenga, que era robo;
Y por tanto se hacía indispensable,
Que aquel maldito Burro detestable,
Se condenase luego al sacrificio
Por tan infame vicio,
Causa de la epidemia lastimosa.
¡Comer la yerba ajena: qué horrorosa,
Y qué inaudita culpa!
No hay para ella disculpa,
Decían que perezca sin remedio.
Ello, en fin, no hubo remedio.

Según que poderoso o miserable 
Seas, si eres juzgado,
Te harán parecer justo o culpable.
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Jean de la Fontaine (Francia, 1621-1695).

(Traducido al español por Bernardo María de Calzada).
La ilustración corresponde a un grabado de Pierre-Étienne Moitte sobre un diseño de Jean-Baptiste Oudry.

domingo, 24 de mayo de 2020

Epidemias: CAMBIO DE PIEL, de Carlos Fuentes

"Fueron encontrados barcos en el mar, pletóricos de mercaderías; nadie los guiaba; las tripulaciones habían muerto."

(Fragmento del capítulo 2: En cuerpo y alma)

Ahora es Isabel (no, sólo entre nosotros nos tuteamos, novillera, achanta lamu) la que, en un solo movimiento, con un solo ritmo que, sin que ustedes se enteren, los domina, arranca el auto y enciende el radio y encuentra la estación que ella conoce y prefiere y ellos cantan, los heraldos y menestreles y juglares del nuevo tiempo, los pajes andróginos de la república monárquica, de la élite democrática, ellos que suben y bajan desde los muelles de Liverpool con la presencia del cortesano que toca el laúd en el concierto campestre del Giorgione, con la cabellera de los jóvenes venecianos pintados por Giovanni Bellini, con la sonrisa irónica del divertidísimo San Jorge de Mantegna, cuya gallarda armadura parece más a propósito para conquistar a las castellanas que lo esperan en el palacio dorado perdido en la perspectiva de Padua, que para enfrentarse a un oscuro dragón verde de utilería que yace a sus pies, menos pagano, menos diabólico que el propio efebo desarmado después de la conquista: esa lanza está rota y creo que sólo serviría para desprender los frutos de la guirnalda de limas, peras, cerezas y pomegranates que cuelgan sobre el marco del cuadro. Tienen la lejanía cesárea y la participación satánica y la inocencia querúbica y cantan.

I love you because you tell me things I want to know y yo voy leyendo estos noticiones en mi periódico, dragona, por la supercarretera México-Puebla, y a veces no creo lo que leo, aunque lo firme alguien tan respetable como Jacobo von Konigshofen: su despacho dice que hoy mismo, este año de 1349, se ha desatado la peor epidemia de la que se tenga memoria. La muerte corre de un extremo al otro del mundo, de ambos lados del mar, y es aún más temible entre los sarracenos que entre los cristianos. En algunas tierras, murieron todos y no quedó nadie. Fueron encontrados barcos en el mar, pletóricos de mercaderías; nadie los guiaba; las tripulaciones habían muerto. El obispo de Marsella y los sacerdotes y la mitad de la población de ese puerto han fallecido. En otros reinos y ciudades han perecido tantas gentes que describirlo sería horrible. El papa en Aviñón suspende todas las sesiones de la corte, prohíbe que nadie se le acerque y ordena que un fuego arda frente a él día y noche. Y todos los doctores y maestros sabios sólo pueden decir que se trata de la voluntad de Dios. Y si está aquí, la plaga también está en todas partes y no terminará antes de cumplir su ciclo.

Carlos Fuentes (Mexicano nacido en Panamá, 1928-2012).

sábado, 23 de mayo de 2020

Epidemias: LA ISLA DEL DÍA DE ANTES, de Umberto Eco

"Sólo en ese punto un hombre de bien (…) puede tomar oficialmente posesión de un navío abandonado..."

(Fragmento del capítulo 1: Daphne)

Debía de haber llegado al galeón casi desnudo: creo que, en primer lugar, sucio como estaba por la espuma marina, se lavó en la cocina, sin preguntarse si esa agua era la única a bordo, y luego encontró en un cofre un buen vestido del capitán, el que había de conservarse para el desembarco final. Quizá hasta se pavoneara en su uniforme de mando; y calzar botas debe de haber sido una manera de sentirse nuevamente en su elemento. Sólo en ese punto un hombre de bien, propiamente vestido -y no un náufrago menoscabado- puede tomar oficialmente posesión de un navío abandonado, y no advertir ya como violación, sino como derecho, el gesto que hizo Roberto: buscó en la mesa y descubrió, abierto y como dejado interrumpido, junto a la pluma de oca y al tintero, el cuaderno de bitácora. Por la primera hoja supo inmediatamente el nombre del navío, pero por lo demás era una secuencia incomprensible de anker, passer, sterre-kyker, roer, y poco útil le fue saber que el capitán era flamenco. Sin embargo, la última línea llevaba la fecha de algunas semanas antes, y a cabo de pocas palabras incomprensibles campeaba bien rayada una expresión en latín: pestis, quae dicitur bubonica.

He aquí una huella, un anuncio de explicación. A bordo del navío se había declarado una epidemia. Esta noticia no inquietó a Roberto: su peste había pasado trece años antes, y todos saben que quien ha sufrido el morbo ha adquirido una suerte de gracia, como si esa sierpe no osare introducirse por segunda vez en el espinazo de quien la había domado una primera.

Por otra parte, aquella alusión no explicaba mucho, y dejaba espacio a otras inquietudes. Así sea, eran todos muertos. Pero entonces se habrían debido encontrar, diseminados sobre el puente, los cadáveres en descomposición de los últimos, admitiendo que éstos hubieran dado piadosa sepultura en el mar a los primeros.

Estaba la ausencia del esquife: los últimos, o todos, se habían alejado del navío. ¿Qué es lo que convierte un bajel de apestados en un paraje de invencible amenaza? ¿Ratones, por ventura? Le pareció a Roberto interpretar en la escritura ostrogoda del capitán, una palabra como rottenest (¿ratas, ratones de albañar?): e inmediatamente se había dado la vuelta levantando el candil, dispuesto a divisar algo deslizándose a lo largo de las paredes y a oír el chillido que le había helado la sangre en el Amarilis. Con un escalofrío recordó una noche en que un ser peludo le había rozado el rostro mientras se estaba durmiendo, y su grito de terror había hecho correr al doctor Byrd.

Todos, luego, se habían reído de él: incluso sin la peste, en un bajel hay tantas ratas como pájaros en un bosque, y con las ratas se ha de tener costumbre si se quiere correr los mares.

Umberto Eco (Italia, 1932-2016).

(Traducido al español por Helena Lozano).

viernes, 22 de mayo de 2020

Epidemias: EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL CÓLERA, de Gabriel García Márquez

"Lo único que permitía saltar todo era un caso de peste a bordo. El buque se declaraba en cuarentena..."

(Fragmento)

- Y hablando en hipótesis -dijo-: ¿sería posible hacer un viaje directo sin carga ni pasajeros, sin tocar en ningún puerto, sin nada?

El capitán dijo que sólo era posible en hipótesis. La C.F.C. tenía compromisos laborales que Florentino Ariza conocía mejor que nadie, tenía contratos de carga, de pasajeros, de correo, y muchos más, ineludibles en su mayoría. Lo único que permitía saltar por encima de todo era un caso de peste a bordo. El buque se declaraba en cuarentena, se izaba la bandera amarilla y se navegaba en emergencia. El capitán Samaritano había tenido que hacerlo varias veces por los muchos casos de cólera que se presentaban en el río, aunque luego las autoridades sanitarias obligaban a los médicos a expedir certificados de disentería común. Además, muchas veces en la historia del río se izaba la bandera amarilla de la peste para burlar impuestos, para no recoger un pasajero indeseable, para impedir requisas inoportunas. Florentino Ariza encontró la mano de Fermina Daza por debajo de la mesa.

- Pues bien -dijo-: hagamos eso.

El capitán se sorprendió, pero en seguida, con su instinto de zorro viejo, lo vio todo claro.-Yo mando en este buque, pero usted manda en nosotros -dijo-. De modo que si está hablando en serio, deme la orden por escrito, y nos vamos ahora mismo.

Era en serio, por supuesto, y Florentino Ariza firmó la orden. Al fin y al cabo cualquiera sabía que los tiempos del cólera no habían terminado, a pesar de las cuentas alegres de las autoridades sanitarias. En cuanto al buque, no había problema. Se transfirió la poca carga embarcada, a los pasajeros se les dijo que había un percance de máquinas, y los mandaron esa madrugada en un buque de otra empresa. Si estas cosas se hacían por tantas razones inmorales, y hasta indignas, Florentino Ariza no veía por qué no sería lícito hacerlas por amor. Lo único que el capitán suplicaba era una escala en Puerto Nare, para recoger a alguien que lo acompañara en el viaje: también él tenía su corazón escondido.

Así que el Nueva Fidelidad zarpó al amanecer del día siguiente, sin carga ni pasajeros, y con la bandera amarilla del cólera flotando de júbilo en el asta mayor. Al atardecer recogieron en Puerto Nare una mujer más alta y robusta que el capitán, de una belleza descomunal, a la cual sólo le faltaba la barba para ser contratada en un circo. Se llamaba Zenaida Neves, pero el capitán la llamaba Mi Energúmena: una antigua amiga suya, a la que solía recoger en un puerto para dejarla en otro, y que subió a bordo perseguida por el ventarrón de la dicha. En aquel moridero triste, donde Florentino Ariza revivió las nostalgias de Rosalba cuando vio el tren de Envigado subiendo a duras penas por la antigua cornisa de mulas, se desplomó un aguacero amazónico que había de seguir con muy pocas pausas por el resto del viaje. Pero a nadie le importó: la fiesta navegante tenía su techo propio. Aquella noche, como una contribución personal a la parranda, Fermina Daza bajó a las cocinas, entre las ovaciones de la tripulación, y preparó para todos un plato inventado que Florentino Ariza bautizó para él: berenjenas al amor.


Gabriel García Márquez (Colombiano fallecido en México, 1927-2014).
Obtuvo el premio Nobel en 1982.