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Vancouver: atardecer en abril. English Bay (fotografía de Jules Etienne).

miércoles, 20 de mayo de 2020

Epidemias: LA ISLA DEL DÍA DE ANTES, de Umberto Eco

"Sólo en ese punto un hombre de bien (…) puede tomar oficialmente posesión de un navío abandonado..."

(Fragmento del capítulo 1: Daphne)

Debía de haber llegado al galeón casi desnudo: creo que, en primer lugar, sucio como estaba por la espuma marina, se lavó en la cocina, sin preguntarse si esa agua era la única a bordo, y luego encontró en un cofre un buen vestido del capitán, el que había de conservarse para el desembarco final. Quizá hasta se pavoneara en su uniforme de mando; y calzar botas debe de haber sido una manera de sentirse nuevamente en su elemento. Sólo en ese punto un hombre de bien, propiamente vestido -y no un náufrago menoscabado- puede tomar oficialmente posesión de un navío abandonado, y no advertir ya como violación, sino como derecho, el gesto que hizo Roberto: buscó en la mesa y descubrió, abierto y como dejado interrumpido, junto a la pluma de oca y al tintero, el cuaderno de bitácora. Por la primera hoja supo inmediatamente el nombre del navío, pero por lo demás era una secuencia incomprensible de anker, passer, sterre-kyker, roer, y poco útil le fue saber que el capitán era flamenco. Sin embargo, la última línea llevaba la fecha de algunas semanas antes, y a cabo de pocas palabras incomprensibles campeaba bien rayada una expresión en latín: pestis, quae dicitur bubonica.

He aquí una huella, un anuncio de explicación. A bordo del navío se había declarado una epidemia. Esta noticia no inquietó a Roberto: su peste había pasado trece años antes, y todos saben que quien ha sufrido el morbo ha adquirido una suerte de gracia, como si esa sierpe no osare introducirse por segunda vez en el espinazo de quien la había domado una primera.

Por otra parte, aquella alusión no explicaba mucho, y dejaba espacio a otras inquietudes. Así sea, eran todos muertos. Pero entonces se habrían debido encontrar, diseminados sobre el puente, los cadáveres en descomposición de los últimos, admitiendo que éstos hubieran dado piadosa sepultura en el mar a los primeros.

Estaba la ausencia del esquife: los últimos, o todos, se habían alejado del navío. ¿Qué es lo que convierte un bajel de apestados en un paraje de invencible amenaza? ¿Ratones, por ventura? Le pareció a Roberto interpretar en la escritura ostrogoda del capitán, una palabra como rottenest (¿ratas, ratones de albañar?): e inmediatamente se había dado la vuelta levantando el candil, dispuesto a divisar algo deslizándose a lo largo de las paredes y a oír el chillido que le había helado la sangre en el Amarilis. Con un escalofrío recordó una noche en que un ser peludo le había rozado el rostro mientras se estaba durmiendo, y su grito de terror había hecho correr al doctor Byrd.

Todos, luego, se habían reído de él: incluso sin la peste, en un bajel hay tantas ratas como pájaros en un bosque, y con las ratas se ha de tener costumbre si se quiere correr los mares.

Umberto Eco (Italia, 1932-2016).

(Traducido al español por Helena Lozano).

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