Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne)

domingo, 3 de mayo de 2020

Epidemias: NUESTRA SEÑORA DE PARÍS, de Víctor Hugo


(Fragmento del Libro Cuarto, capítulo II: Claude Frollo)

Fue por aquel entonces cuando los excesivos calores del verano de 1466 provocaron aquella gran peste que se llevó a más de cuarenta mil criaturas en el vizcondado de París, entre los que hay que contar, dice Jean de Troyes, a «maese Arnoul», astrólogo del rey, que era un hombre de bien, conocedor y muy agradable». Había corrido el rumor por la Universidad de que la calle Tirechappe había sido particularmente devastada por la enfermedad, y era allí precisamente en donde residían, en su feudo, los padres de Claude. Acudió alarmado el joven estudiante a la casa paterna y se encontró con que los dos habían muerto la víspera. Un hermanito que tenía, todavía de pañales, vivía aún y estaba llorando abandonado en su cuna. Era la única familia que le quedaba, así que cogió al niño en brazos y salió cabizbajo y pensativo pues hasta entonces sólo había vivido inmerso en la ciencia y en adelante tendría que ocuparse de la vida.

Esta catástrofe provocó una profunda crisis en la existencia de Claude; huérfano, hermano mayor, cabeza de familia a los diecinueve años, se sintió muy bruscamente arrancado de sus fantasías de estudiante a la realidad de la vida. Entonces, lleno de piedad, se consagró apasionadamente a su hermano; circunstancia extraña y dulce esta de los afectos humanitarios en alguien que, como él, sólo se había hasta entonces preocupado por los libros.

Aquel afecto se desarrolló de una manera singular y, por tratarse de un alma nueva, fue casi como un primer amor. Separado desde la infancia de sus padres, a quienes apenas si había conocido, enclaustrado, emparedado casi entre sus libros, ávido sobre todo de estudiar y de aprender, pendiente hasta entonces de su inteligencia, que se dilataba con los conocimientos y atento a su imaginación que crecía con las lecturas, el pobre estudiante no había tenido tiempo de sentir su corazón y así, ese hermanito sin padre ni madre, ese niño caído bruscamente del cielo en sus brazos, hizo de él un hombre nuevo. Se dio cuenta de que existía en el mundo algo más que las especulaciones de la Sorbona y los poemas de Homero; de que el hombre necesita afectos, de que la vida sin ternura y sin amor es un engranaje seco y chirriante y llegó a figurarse, sólo a figurarse, pues estaba aún en esa edad en la que las ilusiones sólo son reemplazadas por otras ilusiones, que los vínculos de la sangre y de la familia eran los únicos indispensables y que un hermanito bastaba para colmar toda una vida.

Víctor Hugo (Francia, 1802-1885).

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