Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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martes, 10 de julio de 2018

Noche de San Juan: EL CUADERNO DE MAYA, de Isabel Allende

"Aquí hay tesoros escondidos por los piratas de antaño, todo el mundo lo sabe."

(Fragmento del capítulo 2)

Manuel ha aprovechado el corto verano para recoger información y después, en las horas oscuras del invierno, piensa terminar el libro sobre magia de Chiloé. Nos llevamos muy bien, me parece a mí, aunque él todavía me gruñe de vez en cuando. No le hago caso. Me acuerdo de que al conocerlo, me pareció huraño, pero en estos meses viviendo juntos he descubierto que es uno de esos tipos bondadosos que se avergüenzan de serlo; no hace esfuerzos por ser amable y se asusta cuando alguien le toma cariño, por eso me tiene un poco de miedo. Dos de sus libros anteriores fueron publicados en Australia en formato grande con fotografías a color y éste será parecido, gracias al auspicio del Consejo de la Cultura y varias empresas de turismo. Los editores encargaron las ilustraciones a un pintor de mucho copete en Santiago, quien se verá en aprietos para crear algunos de los seres espeluznantes de la mitología chilota. Espero que Manuel me dé más trabajo, así podré retribuir su hospitalidad; si no, voy a quedar endeudada hasta el fin de mis días. Lo malo es que no sabe delegar; me encarga las tareas más sencillas y después pierde su tiempo revisándolas. Debe creer que soy tarada. Para colmo, ha tenido que darme dinero, porque llegué sin nada. Me aseguró que mi abuela le hizo un giro bancario con ese fin, pero no le creo, a ella no se le ocurren soluciones simples. Más de acuerdo con su carácter sería mandarme una pala para desenterrar tesoros. Aquí hay tesoros escondidos por los piratas de antaño, todo el mundo lo sabe. En la noche de San Juan, 24 de junio, se ven luces en las playas, señal de que allí hay un cofre enterrado. Por desgracia las luces se mueven, eso despista a los codiciosos, y además puede ser que la luz sea un engaño de los brujos. Nadie se ha hecho rico todavía cavando en la noche de San Juan.
 

Isabel Allende (Chilena nacida en Perú y nacionalizada estadounidense, 1942).

sábado, 15 de julio de 2017

Carnaval: UNA VENGANZA, de Isabel Allende


(Fragmento)

El mediodía radiante en que coronaron a Dulce Rosa Orellano con los jazmines de la Reina del Carnaval, las madres de las otras candidatas murmuraron que se trataba de un premio injusto, que se lo daban a ella sólo porque era la hija del Senador Anselmo Orellano, el hombre más poderoso de toda la provincia. Admitían que la muchacha: resultaba agraciada, tocaba el piano y bailaba como ninguna, pero había otras postulantes a ese galardón mucho más hermosas. La vieron de pie en el estrado, con su vestido de organza y su corona de flores saludando a la muchedumbre y entre dientes la maldijeron. Por eso, algunas de ellas se alegraron cuando meses más tarde el infortunio entró en la casa de los Orellano sembrando tanta fatalidad, que se necesitaron veinticinco años para cosecharla.
 
La noche de la elección de la reina hubo baile en la Alcaldía de Santa Teresa y acudieron jóvenes de remotos pueblos para conocer a Dulce Rosa. Ella estaba tan alegre y bailaba con tanta ligereza que muchos no percibieron que en realidad no era la más bella, y cuando regresaron a sus puntos de partida dijeron que jamás habían visto un rostro como el suyo. Así adquirió inmerecida fama de hermosura y ningún testimonio posterior pudo desmentirla. La exagerada descripción de su piel traslúcída y sus ojos diáfanos, pasó de boca en boca y cada quien le agregó algo de su propia fantasía. Los poetas de ciudades apartadas compusieron sonetos para una doncella hipotética de nombre Dulce Rosa.
 
El rumor de esa belleza floreciendo en la casa del Senador Orellano llegó también a oídos de Tadeo Céspedes, quien nunca imaginó conocerla, porque en los años de su existencia no había tenido tiempo de aprender versos ni mirar mujeres. Él se ocupaba sólo de la Guerra Civil. Desde que empezó a afeitarse el bigote tenía un arma en la mano y desde hacía mucho vivía en el fragor de la pólvora. Había olvidado los besos de su madre y hasta los cantos de la misa. No siempre tuvo razones para ofrecer pelea, porque en algunos períodos de tregua no había adversarios al alcance de su pandilla, pero incluso en esos tiempos de paz forzosa vivió como un corsario. Era hombre habituado a la violencia. Cruzaba el país en todas direcciones luchando contra enemigos visibles, cuando los había, y contra las sombras, cuando debía inventarlos, y así habría continuado sí su partido no gana las elecciones presidenciales. De la noche a la mañana pasó de la clandestinidad a hacerse cargo del poder y se le terminaron los pretextos para seguir alborotando.
 
La última misión de Tadeo Cérpedes fue la expedición punitiva a Santa Teresa. Con ciento veinte hombres entró al pueblo de noche para dar un escarmiento y eliminar a los cabecillas de la oposición. Balearon las ventanas de los edificios públicos, destrozaron la puerta de la iglesia y se metieron a caballo hasta el altar mayor, aplastando al Padre Clemente que se les plantó por delante, y siguieron al galope con un estrépito de guerra en dirección a la villa del Senador Orellano, que se alzaba plena de orgullo sobre la colina.
 
A la cabeza de una docena de sirvientes leales, el Senador esperó a Tadeo Céspedes, después de encerrar a su hija en la última habitación del patio y soltar a los perros. En ese momento lamentó, como tantas otras veces en su vida, no tener descendientes varones que lo ayudaran a empuñar las armas y defender el honor de su casa. Se sintió muy viejo, pero no tuvo tiempo de pensar en ello, porque vio en las laderas del cerro el destello terrible de ciento veinte antorchas que se aproximaban espantando a la noche. Repartió las últimas municiones en silencio. Todo estaba dicho y cada uno sabía que antes del amanecer debería morir como un macho en su puesto de pelea.

- El último tomará la llave del cuarto donde está mí hija y cumplirá con su deber -dijo el Senador al oír los primeros tiros.

Todos esos hombres habían visto nacer a Dulce Rosa y la tuvieron en sus rodillas cuando apenas caminaba, le contaron cuentos de aparecidos en las tardes de invierno, la oyeron tocar el piano y la aplaudieron emocionados el día de su coronación como Reina del Carnaval. Su padre podía morir tranquilo, pues la niña nunca caería viva en las manos de Tadeo Céspedes. Lo único que jamás pensó el Senador Orellano fue que a pesar de su temeridad en la batalla, el último en morir sería él. Vio caer uno a uno a sus amigos y comprendió por fin la inutilidad de seguir resistiendo. Tenía una bala en el vientre y la vista difusa, apenas distinguía las sombras trepando por las altas murallas de su propiedad, pero no le falló el entendimiento para arrastrarse hasta el tercer patio. Los perros reconocieron su olor por encima del sudor, la sangre y la tristeza que lo cubrían y se apartaron para dejarlo pasar. Introdujo la llave en la cerradura, abrió la pesada puerta y a través de la niebla metida en sus ojos vio a Dulce Rosa aguardándolo. La niña llevaba el mismo vestido de organza usado en la fiesta de Carnaval y había adornado su peinado con las flores de la corona.


Isabel Allende (Chilena nacida en Perú y nacionalizada estadounidense, 1942).

La ilustración corresponde a la puesta en escena de la ópera Dulce Rosa inspirada en el relato Una venganza de Isabel Allende y estrenada en Eli & Edythe Broad Stage de Santa Mónica, California, en mayo de 2013.

martes, 21 de enero de 2014

El verano en enero


En los primeros renglones del relato Boca de sapo, de Isabel Allende, incluido en el volumen Cuentos de Eva Luna, el personaje que narra se lamenta: "Eran tiempos muy duros en el sur. No en el sur de este país, sino del mundo, donde las estaciones están cambiadas y el invierno no ocurre en Navidad, como en las naciones cultas, sino en la mitad del año, como en las regiones bárbaras."

En la estrofa VI, En este tiempo, del Coral de año nuevo para la patria en tinieblas, en su Canto General, es evidente cuando Pablo Neruda se refiere al mes de enero describiendo frutos maduros y se pregunta sobre el brillo de los campos de trigo:

... piensa que soy el viento de enero,
viento Puelche, viento viejo de las montañas
que cuando abres la puerta te visita
sin entrar, aventando sus rápidas preguntas.
Dime, has entrado a un campo de trigo o de cebada,
están dorados? Háblame de un día de ciruelas.
Lejos de Chile pienso en un día redondo,
morado, transparente, de azúcar en racimos,
y de granos espesos y azules que gotean
en mi boca sus copas cargadas con delicia.
Dime, mordiste hoy la grupa pura
de un durazno, llenándote de inmortal ambrosía,
hasta que fuiste fuente tú también de la tierra,
fruto y fruto entregados al esplendor del mundo?

Por su parte, la argentina Alfonsina Storni en su poema Capricho 2, describe al mes como un jardín:
Sí, vanas mariposas sobre jardín de Enero,
nuestro interior es todo sin equilibrio y huero.
Luz de cristalería, fruto de carnaval
decorado en escamas de serpientes del mal.

Gabriela Mistral, chilena como Neruda e Isabel Allende, en su poema Nocturno escribe: "Te acordaste del fruto en febrero", más adelante continúa: "Caminando vi abrir las violetas", y luego culmina la estrofa "para no ver más enero ni abril". Mientras que en La mujer fuerte establece: "Segar te vi en enero los trigos de tu hijo". Es decir, todas son referencias o actividades propias del estío.

Finalmente, en su poema La enredadera, la uruguaya Juana de Ibarbourou desborda el entusiasmo de la primavera a punto de transformarse en verano.

Por el molino del huerto
asciende una enredadera.

El esqueleto de hierro
va a tener un chal de seda

ahora verde, azul más tarde
cuando llegue el mes de Enero

y se abran las campanillas
como puñados de cielo.

Alma mía: ¡quién pudiera
Vestirte de enredadera!

Por eso al leer un poema que mencione de manera específica un mes en particular o alguna de las estaciones del año, uno debe tener la curiosidad de ubicar su procedencia, si se menciona enero en el hemisferio sur, recién está empezando el verano, mientras que en el norte, nos encontramos bajo la nieve del invierno boreal. Neruda precisa en el mismo Canto General: "del grave invierno austral" y en varias ocasiones reitera la idea del "invierno en el sur", como en la cuarta estrofa de América, no invoco tu nombre en vano o en El fugitivo, cuando dice: "Era invierno en el Sur./ La nieve había/ subido a su alto pedestal, el frío/ quemaba con mil puntas congeladas."

Silvina Ocampo, en su relato La boda, subraya el clima en agosto: "El día de nuestro casamiento fue el más frío del año. Nos tocó casarnos en el mes de agosto. Temí que la helada se transformara en nieve aquella mañana y desbaratara de ese modo la fiesta que, después de todo, iba a ser lo más agradable de la boda."

Pero regresando a la temporada estival en enero, que es el tema que motiva el presente texto, Tomás Eloy Martínez en El Cantor de Tango, ubica en Buenos Aires la acción del siguiente párrafo:

A mediados de enero de 2002, en uno de los peores días del verano, cuando parecía que la gente estaba acostumbrándose a la incesante desgracia, Alcira me contó que, poco antes del recital fatídico en Parque Chas, Martel había leído la historia de un crimen ocurrido entre 1978 y 1979, y había conservado el recorte con la intención de dar allí también otro de sus conciertos solitarios.

La novela Rayuela, de Julio Cortázar, acontece entre Francia y Argentina, de ahí que establezca puntual "Del lado de acá" o "Del lado de allá", se refiera a "la primavera sonriente de París", y un inglés escriba una carta quejándose sobre la ausencia de las mariposas en marzo para advertir que "el verano pasado estaba lleno de mariposas", en cambio durante el mismo marzo, es cuando llega el otoño a Buenos Aires.


Jules Etienne

martes, 8 de octubre de 2013

Exilio: EL CUADERNO DE MAYA, de Isabel Allende

"En el pueblo, los palafitos se conectaban con puentes de madera..."

(Fragmentos del primer capítulo: Verano)

Hace una semana, mi abuela me abrazó sin lágrimas en el aeropuerto de San Francisco y me repitió que, si en algo valoraba mi existencia, no me comunicara con nadie conocido hasta que tuviéramos la certeza de que mis enemigos ya no me buscaban. Mi Nini es paranoica, como son los habitantes de la República Popular Independiente de Berkeley, a quienes persiguen el gobierno y los extraterrestres, pero en mi caso no exageraba: toda medida de precaución es poca. Me entregó un cuaderno de cien hojas para que llevara un diario de vida, como hice desde los ocho años hasta los quince, cuando se me torció el destino. «Vas a tener tiempo de aburrirte, Maya. Aprovecha para escribir las tonterías monumentales que has cometido, a ver si les tomas el peso», me dijo. Existen varios diarios míos, sellados con cinta adhesiva industrial, que mi abuelo guardaba bajo llave en su escritorio y ahora mi Nini tiene en una caja de zapatos debajo de su cama. Éste sería mi cuaderno número 9. Mi Nini cree que me servirán cuando me haga un psicoanálisis, porque contienen las claves para desatar los nudos de mi personalidad; pero si los hubiera leído, sabría que contienen un montón de fábulas capaces de despistar al mismo Freud. En principio, mi abuela desconfía de los profesionales que ganan por hora, ya que los resultados rápidos no les convienen. Sin embargo hace una excepción con los psiquiatras, porque uno de ellos la salvó de la depresión y de las trampas de la magia cuando le dio por comunicarse con los muertos.
 
Puse el cuaderno en mi mochila, para no ofenderla, sin intención de usarlo, pero es cierto que aquí el tiempo se estira y escribir es una forma de ocupar las horas. Esta primera semana de exilio ha sido larga para mí. Estoy en un islote casi invisible en el mapa, en plena Edad Media. Me resulta complicado escribir sobre mi vida, porque no sé cuánto recuerdo y cuánto es producto de mi imaginación; la estricta verdad puede ser tediosa y por eso, sin darme ni cuenta, la cambio o la exagero, pero me he propuesto corregir ese defecto y mentir lo menos posible en el futuro. Y así es como ahora, cuando hasta los yanomamis del Amazonas usan computadoras, yo estoy escribiendo a mano. Me demoro y mi escritura debe de ser cirílica, porque ni yo misma logro descifrarla, pero supongo que se irá enderezando página a página. Escribir es como andar en bicicleta: no se olvida, aunque uno pase años sin practicar. Trato de avanzar en orden cronológico, ya que algún orden se requiere y pensé que ése se me haría fácil, pero pierdo el hilo, me voy por las ramas o me acuerdo de algo importante varias páginas más adelante y no hay modo de intercalarlo. Mi memoria se mueve en círculos, espirales y saltos de trapecista.
...

 En el pueblo, los palafitos se conectaban con puentes de madera y en la calle principal, por llamarla de algún modo, vi burros, bicicletas, un jeep con el emblema de fusiles cruzados de los carabineros, la policía chilena, y tres o cuatro coches viejos, que en California serían de colección si estuviesen menos abollados. Manuel me explicó que debido al terreno irregular y al barro inevitable del invierno, el transporte pesado se hace en carretas con bueyes, el liviano con muías y la gente se moviliza a caballo y a pie. Unos letreros despintados identificaban tiendas modestas, un par de almacenes, la farmacia, varias tabernas, dos restaurantes, que consistían en un par de mesas metálicas frente a sendas pescaderías, y un local de internet, donde vendían pilas, gaseosas, revistas y cachivaches para los visitantes, que llegan una vez por semana, acarreados por agencias de ecoturismo, a degustar el mejor curanto de Chiloé. El curanto lo describiré más adelante, porque todavía no lo he probado.
 
Isabel Allende (Chilena nacida en Perú y nacionalizada estadounidense, 1942)

La ilustración corresponde a una fotografía de la isla de Chiloé, al sur de Chile. 

viernes, 8 de marzo de 2013

Para hablar de las mujeres poetas un 8 de marzo


Hoy es 8 de marzo, día internacional de la mujer, y además es viernes. Asegura Isabel Allende en Afrodita: "El viernes se supone que es el día de la mujer, los otros seis pertenecen al hombre". Y es que su etimología indica que proviene del latín, Veneris dies, el día de Venus, la diosa del amor y la belleza según la mitología romana, equivalente de la griega Afrodita, que es precisamente el título de la ecléctica obra referida.

Decía Karen Blixen -o Isak Dinesen, que al fin y al cabo era su seudónimo literario-, nacida a finales del siglo antepasado, en 1885, que sería glorioso el día en el que las mujeres fuesen reconocidas como seres auténticos y tuviesen el mundo a su disposición, le faltó rematar precisando: tal y como les sucede a los hombres. Sin duda se refería a la necesidad de las mujeres, durante la época en que le tocó vivir, de tener una presencia masculina a su lado para adquirir respetabilidad. Por eso las jóvenes huérfanas Lucan y Zosine, protagonistas de su novela Vengadoras angelicales, asumen que deberán mantenerse de pie "contra todo el mundo".

Ya Sor Juana Inés de la Cruz, desde el siglo XVII, señalaba la necedad masculina en aquella famosa redondilla: "Hombres necios que acusáis/ a la mujer sin razón,/ sin ver que sois la ocasión/ de lo mismo que culpáis". Poema que satiriza la insistencia de los hombres cuando tratan de seducir a una mujer sin admitir su cuota de responsabilidad, para después culparla por la ligereza de haber accedido a sus peticiones.

Margaret Atwood en su novela Tengo hambre de ti, describe a un hombre que se ha casado con su esposa porque "suponía una huída de las mujeres polifacéticas, suntuosas, arteras y contradictorias", y explica la razón: "Quería transparencia, certeza, fidelidad". La descripción viene al caso no sólo por la reconocida postura feminista de dicha autora canadiense, sino porque Alfonsina Storni, aun cuando transcurrieron siglos, recogió en un poema, publicado en 1918, el mismo viejo reclamo de Sor Juana, seguramente dedicado a un hombre que buscaba lo que el personaje de la novela de Atwood:

Tú me quieres blanca

Tú me quieres alba,
me quieres de espumas,
me quieres de nácar.
Que sea azucena
sobre todas, casta.
De perfume tenue.
Corola cerrada.

Ni un rayo de luna
filtrado me haya.
Ni una margarita
se diga mi hermana.
Tú me quieres nívea,
tú me quieres blanca,
tú me quieres alba.

Tú que hubiste todas
las copas a mano,
de frutos y mieles
los labios morados.
Tú que en el banquete
cubierto de pámpanos
dejaste las carnes
festejando a Baco.
Tú que en los jardines
negros del Engaño
vestido de rojo
corriste al Estrago.

Tú que el esqueleto
conservas intacto
no sé todavía
por cuáles milagros,
me pretendes blanca
-Dios te lo perdone-,
me pretendes casta
-Dios te lo perdone-,
¡me pretendes alba!

Huye hacia los bosques,
vete a la montaña;
límpiate la boca;
vive en las cabañas;
toca con las manos
la tierra mojada;
alimenta el cuerpo
con raíz amarga;
bebe de las rocas;
duerme sobre escarcha;
renueva tejidos
con salitre y agua:

Habla con los pájaros
y llévate al alba.
Y cuando las carnes
te sean tornadas,
y cuando hayas puesto
en ellas el alma
que por las alcobas
se quedó enredada,
entonces, buen hombre,
preténdeme blanca,
preténdeme nívea,
preténdeme casta.

Esta fecha coincide también con el aniversario del natalicio de Juana de Ibarbourou (marzo 8 de 1892), la poeta uruguaya a quien se le conocía de manera coloquial como Juana de América. Originalmente pensé en su poema titulado Marzo, el cual se incluye en la segunda parte (Claros caminos de América) del volumen La rosa de los vientos. Sin embargo, este otro titulado precisamente Mujer, en el que lamenta los límites de la condición femenina en sus tiempos -la primera mitad del siglo XX-, me parece más oportuno. 

Si yo fuera hombre ¡qué hartazgo de luna
de sombra y silencio me había de dar!
¡Cómo, noche a noche, solo ambularía
por los campos quietos y por frente al mar!
Si yo fuera hombre ¡Qué extraño, qué loco,
tenaz vagabundo había de ser!
Amigo de todos los largos caminos
que invitan a lejos para no volver!

Cuando así me acosan ansias andariegas
¡Qué pena tan honda me da ser mujer!


Jules Etienne

La ilustración corresponde a Venus y las ninfas tomando un baño (1776),
de Louis Jean Francois Lagrenée

jueves, 13 de septiembre de 2012

Los primeros pasos del hombre sobre la Luna


Recién acaba de fallecer Neil Armstrong, el primer ser humano que caminó sobre la Luna, en julio de 1969, cuando pronunció su famosa frase: "Es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad."

Isabel Allende en el relato titulado Clarisa, que forma parte de su volumen Cuentos de Eva Luna, narra en el párrafo inicial: "Clarisa nació cuando aún no existía la luz eléctrica en la ciudad, vio por televisión el primer astronauta levitando sobre la luna y se murió de asombro cuando llegó el Papa de visita y le salieron al encuentro los homosexuales disfrazados de monjas." Más adelante establece sobre el mismo personaje: "Estaba convencida de que hasta el astronauta en la luna era una patraña filmada en un estudio de Hollywood, igual como engañaban con esas historias en las cuales los protagonistas se amaban o se morían de mentira y una semana después reaparecían con sus mismas caras, padeciendo otros destinos."

Mucho se ha especulado con la fábula de que, en efecto, todo haya sido una farsa montada por los estadounidenses sobre una espectacular escenografía para superar a los rusos -por entonces todavía soviéticos-, en la llamada carrera a la Luna. Al parecer uno de los argumentos decisivos para quienes fantasean con dicha posibilidad, es la ausencia de aire en la atmósfera lunar, que ya advertía Jules Verne en el capítulo XX de su novela De la Tierra a la Luna:

- Estamos aquí para ocuparnos de la Luna y no de la Tierra.

- Tiene usted razón, caballero -respondió Michel-. La discusión se ha extraviado. Volvamos a la Luna.

- Caballero -repuso el desconocido-, está empeñado en que nuestro satélite se encuentra habitado. De acuerdo. Pero si existen selenitas, es seguro que éstos viven sin respirar, porque, por su propio interés se lo digo, no hay en la superficie de la Luna la menor molécula de aire.

Al oír esta afirmación, levantó Ardan su melenuda cabeza, comprendiendo que con aquel hombre se iba a empeñar una lucha sobre lo más capital de la cuestión.

- ¿Conque no hay aire en la Luna? ¿Y quién lo dice? -preguntó, mirándolo fijamente.

- Los sabios.

- ¿De veras?

- De veras.

- Caballero -replicó Michel-,.lo digo seriamente: profeso la mayor estimación a los sabios que saben, pero los sabios que no saben me inspiran un desdén profundo.

- ¿Conoce usted alguno que pertenezca a esta última categoría?

- Alguno conozco. En Francia hay uno de ellos que sostiene que matemáticamente el pájaro no puede volar, y otro cuyas teorías demuestran que el pez no está organizado para vivir en el agua.

- No se trata de esos sabios, y los nombres que yo podría citar en apoyo de mi proposición no serían rehusados por usted, caballero.

- Entonces pondría en grave apuro a un pobre ignorante como yo que, por otra parte, no desea más que instruirse.

- ¿Por qué, pues, ocuparse de cuestiones científicas si no las ha estudiado? -preguntó el desconocido brutalmente.

- ¿Por qué? -respondió Ardan-. Por la misma razón que es siempre intrépido el que no sospecha el peligro. Yo no sé nada, es verdad, pero precisamente es mi debilidad la que forma mi fuerza.

- Su debilidad va hasta la locura -exclamó el desconocido, con un tono bastante agrio.

- ¡Tanto mejor -respondió el francés-, si mi locura me lleva a la Luna!

Total, que aquellos que dudan que la odisea espacial del Apolo 11 haya sido auténtica, se aferran a dicho argumento. Como lo señala Luis González de Alba en El hombre que no estuvo en la Luna: "Ah, pero todo ese engaño, filmado en el desierto de Arizona, dicen los sabios descubridores de la conspiración urdida entre la NASA y el mundo comunista, olvidó un detalle: en la Luna no hay viento … y la bandera de EU plantada por Armstrong y Aldrin ¡ondeó! ¡Ahhh!, fue el clamor de los perspicaces: ¡Los atrapamos, malandrines! ¡La bandera no puede ondear porque en la Luna no hay viento!".

El propio autor sostiene que resulta inconcebible que los países comunistas -no hay que soslayar el hecho de que por entonces el planeta vivía una bipolaridad política entre los dos sistemas dominantes-, de los que formaban parte China y, sobre todo, la Unión Soviética, rival de los estadounidenses en la conquista del espacio sideral, no se hayan rebelado ante el fraudulento espectáculo y hubiesen preferido respetar el secreto con el que se engañaba a la humanidad y se modificaba la historia. Y explica González de Alba la razón por la que sí es posible que la bandera ondeara en la Luna:  "No hay viento, pero hay gravedad, habría dicho Galileo, a quien esta partida de burros no conoce ni de nombre, y la gravedad produce efecto de péndulo que, por falta de atmósfera, dura más tiempo: la bandera pendulea atraída por la Luna, se sigue más alto por inercia, regresa atraída por la Luna, se sigue por inercia, regresa… Abran Google y tecleen: péndulo."

¿Llegó o no el hombre a la Luna? ¿ondeó o no la bandera? ¿tenía razón la anciana Clarisa del cuento de Isabel Allende en dudar sobre la autenticidad de la aventura espacial? Y, si ese fuera el caso, los héroes de nuestra infancia, los primitivos aventureros espaciales Yuri Gagarin, Valentina Tereshkova o hasta la perra callejera Laika, el primer ser vivo en viajar alrededor de la órbita de la Tierra para morir en el trayecto, en 1957, ¿exisitieron? Porque si se va a dudar sobre la presencia del hombre a la Luna, también se podría cubrir con la incertidumbre al resto de las hazañas espaciales.

Vivimos en una era en que la tecnología ha materializado lo que para Jules Verne era mera imaginación futurista, tenemos computadoras personales que cargamos a cualquier lugar y de manera cotidiana se establece comunición por la vía telefónica que incluso permite ver el rostro del interlocutor en pequeños aparatos portátiles sin necesidad de que exista algún cable de por medio, y en artefactos minúsculos es posible archivar cantidades extraordinarias de información, que si se imprimiera en papel alcanzaría toneladas, ¿por qué, entonces, ese afán de regatear la llegada del hombre a la Luna?

Murió Neil Armstrong y no creo que se haya llevado ningún secreto. Sus cenizas se dispersaron en el mar, y no precisamente el de la Tranquilidad, en la superficie de la Luna, sino en el Océano Atlántico.

Jules Etienne