Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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viernes, 14 de junio de 2024

Mirándolas dormir: BOMARZO, de Manuel Mujica Láinez

"Y sólo entonces se me ocurrió enrostrarle lo que llamé descaro (...) La niña gentil, la mujer provocante, se convirtió en una diosa agraviada."

(
Fragmento del capítulo VII: Bodas en Bomarzo)

Ella me acariciaba también evitando que sus manos rozaran mi espalda, quizás con asco, quizás con cierta indulgencia, con cierta indiferencia, porque procedía como yo de una vieja casta y, en los linajes muy gastados por el tiempo, muy usados por los artificios decadentes, lo inhabitual, lo que entre otros puede resultar motivo de una ruptura inmediata, es asunto que se considera como entre cómplices, herederos de similares desconciertos, pues en esa atmósfera todo se torna más complejo y más extraño. Era el medio en el cual Julia Gonzaga había acompañado con su virginidad, hasta su muerte, a su marido Vespasiano Colonna; el medio en el cual Guidobaldo de Montefeltro y su mujer habían sobrellevado, sin ser santos, sus nupcias blancas. Pero tal vez yo pensaba así ante el horror de un escándalo que pondría de manifiesto una tara más del duque de Bomarzo. ¿Qué sabía yo de lo que andaba por la cabeza de Julia, en momentos en que me afanaba inútilmente, apretando los dientes, sacudién- dola, torturándola, torturándome, buscando de suplir con mi boca lo que no lograba de otro modo?; ¿qué sabía yo, desarmado, echado sobre aquel cuerpo hermoso y frío? Le hablé groseramente de las victorias que había obtenido en ese campo. Di nombres que para ella nada significaban, a fin de acreditar mi poder. Me porté como un rústico, después de portarme como un deleznable incapaz. Y sólo entonces se me ocurrió enrostrarle lo que llamé descaro. Sólo entonces -y no porque me perturbara esencialmente el atrevimiento de su actitud, sino porque lo utilicé como un pretexto para disculpar la mía- atiné a acusarla de prácticas y conocimientos previos en la materia que nos reunía sobre el lecho tumultuoso. La colera la inflamó, bajo el insulto. La niña gentil, la mujer provocante, se convirtió en una diosa agraviada. Ejercía igual dominio sobre el registro majestuoso y sobre el registro sensual y cuando se le antojaba exteriorizaba hasta qué punto era la sobrina del cardenal Alejandro Farnese. Debo decir que se defendió muy bien, que infundió tal verosimilitud a sus palabras, aludiendo a su inocencia y a su solo deseo de hacerme feliz, brindándome cuanto poseía, que me obligó a excusarme, a apelotonarme, a postrarme a sus pies, pues de repente temí haber empeorado mi situación con un error gravísimo y haberlo perdido todo con un desacierto más. Eso colmó mi humillación. Para reconquistar por lo menos su amistad y obtener una prórroga de su confianza, recurrí a las adulaciones serviles, como si yo no fuera el duque y el gran señor que pretendía y que la había recibido en su castillo con tan noble pompa, entre los próceres de Italia, sino un villano vulgar, un esclavo, hasta que cedió su tensión y reanuda- mos nuestras frustradas caricias. Por fin, rendido, cubierto de sudor, caí en letargo.

"Ella continuaba dormida, abandonada. (...) si no había podido poseer a la mujer viva, en cambio había poseído su imagen."

Soñé que descendía con Julia hasta el bosque de las rocas, el futuro Sacro Bosque. Íbamos ambos apartando ramajes, entre los olmos, las encinas, los tamarindos, los sauces, en medio de cuya trabazón se revelaban los peñascos fantasmales con priápica insolencia. Había allí una numerosa compañía de hombres y mujeres desnudos, semejantes a los seres infernales que pueblan las tumbas etruscas. Nos incorporábamos a sus danzas, a sus manejos eróticos, a sus violentos abrazos, en el vertiginoso aquelarre, y nos desplomábamos, fundidos el uno con el otro, en el centro de esos apilados cuerpos de recios colores, pintados con los ocres del óxido de hierro, con los negros del carbón vegetal, con los azules del lapislázuli, que giraban alrededor de un demonio de cerámica. Yo estiraba las manos, braceando como un nadador presto a hundirse, y tropezaba con un duro pecho femenino, con una pierna, con un sexo de hombre. Era como si nadara en un río espeso de cuerpos policromos, confundidos, entrelazados, en el cual era imposible separar los miembros y las cabezas, porque entre todos componían un solo monstruo inmenso que se desplazaba como un lento río caliente, bogando a la sombra de los árboles luctuosos y de las rocas lascivas. Julia era mía, por fin. Tan agudo fue el espasmo que desperté gritando. Ella continuaba dormida, abandonada. Vi, con amargura, que si no había podido poseer a la mujer viva, en cambio había poseído a su imagen.

Manuel Mujica Láinez
(Argentina, 1910-1984).

martes, 29 de marzo de 2022

Día de reyes: LA ADORACIÓN DE LOS REYES MAGOS, de Manuel Mujica Láinez

"El señor Fernando VII enviaba el tapiz, tejido según un cartón de Rubens..."

Hace buen rato que el pequeño sordomudo anda con sus trapos y su plumero entre las maderas del órgano: A sus pies, la nave de la iglesia de San Juan Bautista yace en penumbra. La luz del alba -el alba del día de los Reyes- titubea en las ventanas y luego, lenta, amorosamente, comienza a bruñir el oro de los altares.

Cristóbal lustra las vetas del gran facistol y alinea con trabajo los libros de coro casi tan voluminosos como él. Detrás está el tapiz, pero Cristóbal prefiere no mirarlo hoy.

De tantas cosas bellas y curiosas como exhibe el templo, ninguna le atrae y seduce como el tapiz de La Adoración de los Reyes; ni siquiera el Nazareno misterioso, ni el San Francisco de Asís de alas de plata, ni el Cristo que el Virrey Ceballos trajo de Colonia del Sacramento y que el Viernes Santo dobla la cabeza, cuando el sacristán tira de un cordel.

El enorme lienzo cubre la ventana que abre sobre la calle de Potosí, y se extiende detrás del órgano al que protege del sol y de la lluvia. Cuando sopla viento y el aire se cuela por los intersticios, muévense las altas figuras que rodean al Niño Dios.

Cristóbal las ha visto moverse en el claroscuro verdoso. Y hoy no osa mirarlas.

Pronto hará tres años que el tapiz ocupa ese lugar. Lo colgaron allí, entre el arrobado aspaviento de las capuchinas, cuando lo obsequió don Pedro Pablo Vidal, el canónigo, quien lo adquirió en pública almoneda por dieciséis onzas peluconas. Tiene el paño una historia romántica. Se sabe que uno de los corsarios argentinos que hostigaban a las embarcaciones españolas en aguas de Cádiz, lo tomó como presa bélica con el cargamento de una goleta adversaria. El señor Fernando VII enviaba el tapiz, tejido según un cartón de Rubens, a su gobernador de Filipinas, testimo- niándole el real aprecio. Quiso el destino singular que en vez de adornar el palacio de Manila viniera a Buenos Aires, al templo de las monjas de Santa Clara.

El sordomudo, que es apenas un adolescente, se inclina en el barandal. Allá abajo, en el altar mayor, afánanse los monaguillos encendiendo las velas. Hay mucho viento en la calle. Es el viento quemante del verano, el de la abrasada llanura. Se revuelve en el ángulo de Potosí y Las Piedras y enloquece las manti1las de les devotas. Mañana no descansarán los aguateros, y las lavanderas descubrirán espejismos de incendio en el río cruel. Cristóbal no puede oír el rezongo de las ráfagas a lo largo de la nave, pero siente su tibieza en la cara y en las manos, como el aliento de un animal. No quiere darse vuelta porque el tapiz se estará moviendo y alrededor del Niño se agitarán los turbantes y las plumas de los séquitos orientales.

Ya empezó la primera misa El capellán abre los brazos. y relampaguea la casulla hecha con el traje de una Virreina. Asciende hacia las bóvedas la fragancia del incienso.

Cristóbal entrecierra los ojos. Ora sin despegar los labios. Pero a poco se yergue, porque él, que nada oye, acaba de oír un rumor a sus espaldas. Sí, un rumor, un rumor levísimo, algo que podría compararse con una ondulación ligera producida en el agua de un pozo profundo, inmóvil hace años. El sordomudo está de pie y tiembla. Aguza sus sentidos torpes, desesperadamente, para captar ese balbucir.

Y abajo el sacerdote se doblega sobre el Evangelio, en el esplendor de la seda y de los hilos dorados, y lee el relato de la Epifanía.

Son unas voces, unos cuchicheos,.desatados a sus espaldas. Cristóbal ni oye ni habla desde que la enfermedad le dejó así, aislado, cinco años ha. Le parece que una brisa trémula se le ha entrado por la boca y por el caracol del oído y va despertando viejas imágenes dormidas en su interior.

Se ha aferrado a los balaústres, el plumero en la diestra. A infinita distancia, el oficiante refiere la sorpresa de Herodes ante la llegada de los magos que guiaba 1a estrella divina.

- Et apertis thesaurus suis -canturrea el capellán- obtulerunt ei munera, aurum, thus et myrrham.

Una presión física más fuerte que su resistencia obliga al muchacho a girar sobre los talones y a enfrentarse con el gran tapiz.

Entonces en el paño se alza el Rey mago que besaba los pies del Salvador y se hace a un lado, arrastrando el oleaje del manto de armiño. Le suceden en la adoración los otros Príncipes, el del bello manto rojo que sostiene un paje caudatario, el Rey negro ataviado de azul. Oscilan las picas y las partesanas. Hiere la luz a los yelmos mitológicos entre el armonioso caracolear de los caballos marciales. Poco a poco el séquito se distribuye detrás de la Virgen María, allí donde la mula, el buey y el perro se acurrucan en medio de los arneses y las cestas de mimbre. Y Cristóbal está de hinojos escuchando esas voces delgadas que son como subterránea música.

Delante del Niño a quien los brazos maternos presentan, hay ahora un ancho espacio desnudo. Pero otras figuras avanzan por la izquierda, desde el horizonte donde se arremolina el polvo de 1as caravanas y cuando se aproximan se ve que son hombres del pueblo, sencillos, y que visten a usanza remota. Alguno trae una aguja en la mano; otro, un pequeño telar; éste lanas y sedas multicolores; aquél desenrosca un dibujo en el cual está el mismo paño de Bruselas diseñado prolijamente bajo una red de cuadriculadas divisiones. Caen de rodillas y brindan su trabajo de artesanos al Niño Jesús. Y luego se ubican entre la comitiva de los magos, mezcladas las ropas dispares, confundidas las armas con los instrumentos de las manufacturas flamencas.

Una vez más queda desierto el espacio frente a la Santa Familia.

En el altar, el sacerdote reza el segundo Evangelio.

Y cuando Cristóbal supone que ya nada puede acontecer, que está colmado su estupor, un personaje aparece delante del establo. Es un hombre muy hermoso, muy viril, de barba rubia. Lleva un magnífico traje negro, sobre el cual fulguran el blancor del cuello de encajes y el metal de la espada. Se quita el sombrero de alas majestuosas, hace una reverencia y de hinojos adora a Dios. Cabrillea el terciopelo, evocador de festines, de vasos de cristal, de orfebrerías, de terrazas de mármol rosado. Junto a la mirra y los cofres, Rubens deja un pincel.

Las voces apagadas, indecisas, crecen en coro. Cristóbal se esfuerza por comprenderlas, mientras todo ese mundo milagroso vibra y espejea en torno del Niño.

Entonces la Madre se vuelve hacia el azorado mozuelo y hace un imperceptible ademán, como invitándolo a sumarse a quienes rinden culto al que nació en Belén.

Cristóbal escala con mil penurias el labrado facistol, pues el Niño está muy alto. Palpa, entre sus dedos, los dedos aristocráticos del gran señor que fue el último en llegar y que le ayuda a izarse para que pose los labios en los pies de Jesús. Como no tiene otra ofrenda, vacila y coloca su plumerillo al lado del pincel y de los tesoros.

Y cuando, de un salto peligroso, el sordomudo desciende a su apostadero de barandal, los murmullos cesan, como si el mundo hubiera muerto súbitamente. El tapiz del corsario ha recobrado su primitiva traza. Apenas ondulan sus pliegues acuáticos cuando el aire lo sacude con tenue estremecimiento.

Cristóbal recoge el plumero y los trapos. Se acaricia las yemas y la boca. Quisiera contar lo que ha visto y oído, pero no le obedece la lengua. Ha regresado a su amurallada soledad donde el asombro se levanta como una lámpara deslumbrante que transforma todo, para siempre.

Manuel Mujica Láinez (Argentina, 1910-1984).

La ilustración corresponde a la Adoración de los magos (1629), de Peter Paul Rubens.

miércoles, 27 de enero de 2021

Enero: LA MUSA VENAL, de Charles Baudelaire


Tú que amas los palacios, oh musa de mi vida,
¿Tendrás, cuando el Bóreas*, sea el dueño de Enero,
Mientras cae la nieve en tediosas veladas,
Para caldear tus pies violáceos, un tizón?

¿Reanimarás acaso tus espaldas marmóreas
En los nocturnos rayos que filtran los postigos?
¿Socorrerás tu bolsa y tu garganta exangües
Con el oro que esplende en la bóveda azul?

Debes, para ganar tu pan de cada noche,
Agitar como niño de coro el incensario
Y salmodiar Te Deums en los que apenas crees,

Reiterando tus gracias, como hambriento payaso
Y tu risa velada por lágrimas secretas,
Para ver cómo estalla la vulgar carcajada.


Charles Baudelaire (Francia, 1821-1867)

* Dios que personificaba el viento del Norte en la mitología griega.

(Traducido al español por Antonio Martínez Sarrión)

lunes, 10 de abril de 2017

Carnaval: BOMARZO, de Manuel Mujica Láinez

"Como se realizaron un día de carnaval, hubo una mascarada fantástica en la que nos disfrazamos todos."

(Fragmento del capítulo IX: La desgraciada guerra)

La calma duró poco. Tres meses después, en abril de 1553, a pesar de que la gota no le concedía armisticio, Carlos Quinto mandó fuerzas frescas a la frontera del norte, en la parte de Picardía. Allá nos fuimos, por campos inundados. Aunque íbamos a caballo, el agua nos mojaba las botas, y los de infantería chapoteaban a nuestro lado y protestaban que nunca se habían encontrado en lance peor. Y el más ufano de los nuestros era Horacio Farnese, porque ahora, a la necesidad de lucimiento que le imponía el prestigio de su casa, se sumaba la que procedía de su carácter de flamante esposo, ansioso por brillar ante su mujer. Aprovechando la breve tregua, Enrique II lo había casado con su hija natural, Diana de Francia, habida en Felipa Duci, a ocultas de Madama de Poitiers, y con ello prosiguió la singular política de las alianzas impuestas por medio de los ilegítimos, recordando sin duda que el hermano de Horacio, el duque de Parma, era el marido de una hija natural del emperador. Los Farnese, como se ve, absorbían los grandes productos naturales de la época. De Felipa Duci sólo oí que Diana de Poitiers la hizo desaparecer en un convento y que, ya que ella no le había dado al rey ningún vástago, resolvió que aquel fruto espurio ostentara su nombre soberbio, y se la llamó Diana de Francia, creando la consiguiente confusión acerca de su origen. Las fiestas de la boda, a las cuales asistí, fueron estupendas. Como se realizaron un día de carnaval, hubo una mascarada fantástica en la que nos disfrazamos todos. Eso nos hizo olvidar pasajeramente de las penurias de la guerra, pero a poco fue menester partir por azarosos caminos sumergidos, rumbo a Thérouanne. Mi armadura, a pesar del tapiz que la envolvía, se cubrió de salpicaduras de lodo, y los pajes tardaron horas en devolverle su inmaculado esplendor.


Manuel Mujica Láinez (Argentina, 1910-1984).

lunes, 14 de diciembre de 2015

Unicornios: EL UNICORNIO, de Manuel Mujica Láinez

"... cerca del vado de la Biche, donde Clodoveo hizo beber a sus caballos, pasó un unicornio a mi vera..."
 
(Fragmento del capítulo I: El hada, el caballero y el doncel)

No intento arrogarme la prerrogativa de la exclusividad. No voy a salir yo inventando al unicornio. Antes, muchos han experimentado la sugestión de su enigma, desde el poeta de los Salmos, en los cuales representa en primer término el poder de Dios y luego la fuerza vital de los hombres, hasta Tertuliano y Justino, que lo utilizan para caracterizar a Cristo; a Prisciliano, que llamó a Dios, "unicorne"; a San Nilo, según el cual el monje es un unicornio; a San Basilio, que designa a Cristo como filius unicornium; a Ambrosio, que expresa que el nacimiento del unicornio es un misterio equiparable a la concepción de Nuestro Señor; y a Ctesias, Plinio y los naturalistas alejandrinos, que describieron coloridamente al monoceronte; y al Preste Juan, que pintó la guerra del unicornio y el león; y a Felipe de Thaon, que lo incluyó en su Bestiario; y a Thibaut de Champaña, que en una canción lo empleó para elaborar una imagen encantadora; y al escéptico Ambroise Paré; y así hasta los actuales contemporáneos, Jung, el erudito Odell Shepard, autor de Lore of the Unicorn, y el último, el delicioso e inquietante Bertrand d'Astorg de Le mythe de la Dame á la Licorne. Sí; se lo ha desmenuzado, autopsiado, investigado, y encrespadas interpretaciones promovió. Alegoría de Jesús y del Espíritu Santo; símbolo de la potencia del mal; emblema de la encarnación; imagen de la vida eremítica; proyección de la Luna; efigie del alquímico mercurio; para casi todos, arquetipo de pureza; para Leonardo da Vinci, figura y cifra de la sensualidad.  ¡Qué discutido bruto, qué delicadísima insignia, zarandeada por el juego metafórico!

Una tarde, en la floresta de Lussac, cerca del vado de la Biche, donde Clodoveo hizo beber a sus caballos, pasó un unicornio a mi vera, al galope. Tuve tiempo de apresar con los ojos su forma fugaz, y ya había escapado, dejándome la visión multicolor de su cuerpo equino, blanco, su cabeza roja, sus ojos azules, su cuerno negro, blanco y escarlata. Quise atraparlo y, sin darme sitio a ejercer mis facultades de hada, pues hubiera querido llevarle a Raimondín el preciado trofeo, se perdió en la salvaje espesura. No tuve en cuenta entonces, en mi aturdimiento, el arte especial que para cazar un unicornio se requiere, y que en la Edad Media hasta los niños conocían. El monoceronte es un ser ambiguo. Por eso ha sido objeto de glosas tan distintas. Peligroso, sanguinario, muere de tristeza en el cautiverio. Es capaz de luchar con un elefante, su detestado enemigo, y de clavarle el cuerno en la corteza rugosa; y sin embargo, ama a las palomas y se detiene a descansar bajo el árbol entre cuyas ramas se escucha su arrullo apasionado. Para cazarlo -¿por qué no lo recordé a la sazón?- es menester situar a una doncella en el corazón mismo del bosque que la bestia cruza con violento retumbo de cascos y vibrantes relinchos. La que servirá de trampa, debe ser una verdadera doncella, sin mácula alguna, pues si su pureza hubiera flaqueado en lo más leve, el unicornio, infalible detector de corrupciones, a cuya sensibilidad no se hurta y disimula nada, la castigará hincándole el asta filosa y dándole instantánea muerte. Ella lo aguardará en solitario silencio. Será hermosa y estará desnuda. Como los unicornios participan, a semejanza de los humanos, de gustos diversos, un manuscrito sirio, citado por d'Astorg, propone la posibilidad, a falta de una virgen, de emplear una prostituta o un joven vestido de muchacha. Pero lo corriente, lo ortodoxo, lo que han recogido los tapices de Clurry y los de los Cloisters de Nueva York, es que el cebo sea una mocita de perfecta castidad. Y desnuda, como lo estuve yo dentro de mi tonel fatídico. En los tapices góticos no la tejieron sin rebozo, exhibiendo la desvelada diafanidad de su cuerpo, quizás porque el pudor de las damas tejedoras se resistía a ese desenfado; mas ha de estar desnuda: sine qua non. Y en la intrincada umbría aguardará a la aparición piafante. Entonces acontecerá lo que los exegetas han reseñado reiterativamente: el monocorne, con la defensa recién aguzada en una roca  (esa defensa que sirvió para salvarlo del Diluvio, pues por ella lo ataron al casco del Arca), se parará, huyendo de cazadores y lebreles, deslumbrado por el resplandor de la virginidad; vacilará un segundo; luego doblegará la cabeza; se aproximará a la doncella lentamente y, mientras ésta lo acaricia, depositará su testuz con un enamorado suspiro en su regazo, y entrecerrará los ojos. Quedará como enajenado, tan distante, tan olvidado de todo, que los cazadores lo ultimarán con sus flechas, venablos y picas, sin que oponga resistencia alguna. Ello se deberá, opinan unos, a la frescura que emana de la inocencia y que apacigua el ardor de su sangre y lo conduce al sueño; según la conjetura de Leonardo, a la voluptuosa satisfacción que domina su sangre bravía y lo impulsa a recostar su delicia en el pecho tibio de la niña intacta -que domina su sangre bravía y lo impulsa a recostar su delicia en el pecho tibio de la niña intacta -o de la mujerzuela, o del disfrazado muchacho, respondiendo a la variedad de sus inclinaciones- y a omitir las aptitudes bélicas de su cuerno. Por un camino o por el otro: por el del embargado respeto a la candidez, o por el de la inerme entrega a la lascivia, el unicornio encontrará su doloroso fin. En consecuencia, yo lo considero -pues ello depende del modo en que se mire al asunto- como el símbolo de la pureza y como el símbolo de la impureza, y eso, esa opuesta dualidad que culmina en su destrucción inexorable, es lo que en él más me conmueve.
 
 
Manuel Mujica Láinez (Argentina, 1910-1984)

lunes, 2 de junio de 2014

Espejos (32): NARCISO, de Manuel Mujica Láinez

"... y a la música propuesta por un antiguo fonógrafo habían terminado por dejar su sitio al único placer de la observación frente al espejo."

Si salía, encerraba a los gatos. Los buscaba, debajo de los muebles, en la ondulación de los cortinajes, detrás de los libros, y los llevaba en brazos, uno a uno, a su dormitorio, Allí se acomodaban sobre el sofá de felpa raída, hasta su regreso. Eran cuatro, cinco, seis, según los años, según se deshiciera de las crías, pero todos semejantes, grises y rayados y de un negro negrísimo.
 
Serafín no los dejaba en la salita que completaba, con un baño minúsculo, su exiguo departamento, en aquella vieja casa convertida, tras mil zurcidos y parches, en inquilinato mezquino, por temor de que la gatería trepase a la cómoda encima de la cual el espejo ensanchaba su soberbia.
 
Aquel heredado espejo constituía el solo lujo del ocupante. Era muy grande, con el marco dorado, enrulado, isabelino, Frente a él, cuando regresaba de la oficina, transcurría la mayor parte del tiempo de Serafín. Se sentaba a cierta distancia de la cómoda y contemplaba largamente, siempre en la misma actitud, la imagen que el marco ilustre le ofrecía: la de un muchacho de expresión misteriosa e innegable hermosura, que desde allí, la mano izquierda abierta como una flor en la solapa, lo miraba a él, fijos los ojos del uno en el otro. Entonces los gatos cruzaban el vano del dormitorio y lo rodeaban en silencio. Sabían que para permanecer en la sala debían hacerse olvidar, que no debían perturbar el examen meditabundo del solitario y, aterciopelados, fantasmales, se echaban en torno del contemplador.
 
Las distracciones que antes debiera a la lectura y a la música propuesta por un antiguo fonógrafo habían terminado por dejar su sitio al único placer de la observación frente al espejo. Serafín se desquitaba así de las obligaciones tristes que le imponían las circunstancias. Nada, ni el libro más admirable ni la melodía más sutil, podía procurarle la paz, la felicidad que adeudaba a la imagen del espejo. Volvía cansado, desilusionado, herido, a su íntimo refugio, y la pureza de aquel rostro, de aquella mano puesta en la solapa le infundía nueva vitalidad. Pero no aplicaba el vigor que al espejo debía a ningún esfuerzo práctico. Ya casi no limpiaba las habitaciones, y la mugre se atascaba en el piso, en los muebles, en los muros, alrededor de la cama siempre deshecha. Apenas comía. Traía para los gatos, exclusivos partícipes de su clausura, unos trozos de carne cuyos restos contribuían al desorden, y si los vecinos se quejaban del hedor que manaba de su departamento se limitaba a encogerse de hombros, porque Serafín no lo percibía; Serafín no otorgaba importancia a nada que no fuese su espejo. Éste sí resplandecía, triunfal, en medio de la desolación y la acumulada basura. Brillaba su marco, y la imagen del muchacho hermoso parecía iluminada desde el interior.
 
Los gatos, entretanto, vagaban como sombras. Una noche, mientras Serafín cumplía su vigilante tarea frente a la quieta figura, uno lanzó un maullido loco y saltó sobre la cómoda. Serafín lo apartó violentamente, y los felinos no reanudaron la tentativa, pero cualquiera que no fuese él, cualquiera que no estuviese ensimismado en la contemplación absorbente, hubiese advertido en la nerviosidad gatuna, en el llamear de sus pupilas, un contenido deseo, que mantenía trémulos, electrizados, a los acompañantes de su abandono.
 
Serafín se sintió mal, muy mal, una tarde. Cuando regresó del trabajo, renunció por primera vez, desde que allí vivía, al goce secreto que el espejo le acordaba con invariable fidelidad, y se estiró en la cama. No había llevado comida, ni para los gatos ni para él. Con suaves maullidos, desconcertados por la traición a la costumbre, los gatos cercaron su lecho. El hambre los tornó audaces a medida que pasaban las horas, y valiéndose de dientes y uñas, tironearon de la colcha, pero su dueño inmóvil los dejó hacer. Llego así la mañana avanzó la tarde, sin que variara la posición del yacente, hasta que el reclamo voraz trastornó a los cautivos. Como si para ello se hubiesen concertado, irrumpieron en la salita, maulando desconsoladamente.
 
Allá arriba la victoria del espejo desdeñaba la miseria del conjunto. Atraía como una lámpara en la penumbra. Con ágiles brincos, los gatos invadieron la cómoda. Su furia se sumó a la alegría de sentirse libres y se pusieron a arañar el espejo. Entonces la gran imagen del muchacho desconocido que Serafín había encolado encima de la luna ­y que podía ser un afiche o la fotografía de un cuadro famoso, o de un muchacho cualquiera, bello, nunca se supo, porque los vecinos que entraron después en la sala sólo vieron unos arrancados papeles­ cedió a la ira de las garras, desgajada, lacerada, mutilada, descubriendo, bajo el simulacro de reflejo urdido por Serafín, chispas de cristal.
 
Luego los gatos volvieron al dormitorio, donde el hombre horrible, el deforme, el Narciso desesperado, conservaba la mano izquierda abierta como una flor sobre la solapa y empezaron a destrozarle la ropa.
 
 
Manuel Mujica Láinez (Argentina 1910-1984)