Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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domingo, 18 de octubre de 2026

Otoño: EL AMANTE DE LADY CHATTERLEY, de D. H. Lawrence

"... o más bien, un simulacro de realidad. Las hojas de roble eran para ella como hojas de roble deformadas por un espejo..."

(Párrafo del capítulo 2)

Y hasta el presente era una vida... en el vacío. Por lo demás era una no-existencia. Wragby estaba allí, allí estaban los sirvientes..., pero de un modo espectral, sin existencia efectiva. Connie daba paseos por el parque y por el bosque que rodeaba al parque, disfrutaba de la soledad y del misterio, pisando las hojas muertas en otoño y cogiendo prímulas en primavera. Pero todo era un sueño, o más bien, un simulacro de realidad. Las hojas de roble eran para ella como hojas de roble deformadas por un espejo, ella misma era un personaje leído por alguien, recogiendo prímulas que no eran más que sombras, o recuerdos, o palabras. ¡Sin sustancia para ella, sin nada... ; sin presencia, sin contacto! Sólo existía aquella vida con Clifford, aquel intermi- nable entramado de historias, aquel puntillismo de la consciencia, aquellos cuentos de los que Sir Malcolm decía que estaban vacíos y que no pervivirían. ¿Por qué habían de tener un contenido, por qué habrían de pervivir? A cada día le basta con su propia insuficiencia. A cada momento le basta con la apariencia de realidad.

David Herbert Lawrence
(Inglés fallecido en Francia, 1885-1930).

domingo, 9 de junio de 2024

Mirándolas dormir: AL MARGEN, de André Pieyre de Mandiargues

"¿Acaso no iba, sin que ella supiera nada a ciudades con calles como corredores...? (...) deseaba que su viaje fuera igual a perder el conocimiento al lado de su esposa somnolienta."

(
Fragmento)

«Lista de correos - Barcelona (España)», esto es lo que fue colocado por el viejo Féline en el sobre, tal como Segismundo lo había escrito en una hoja de papel rosa que deslizó, antes de irse, bajo el marco del espejo de Sergine. Podría, si lo hubiera pensado, dejar la dirección del hotel en el que, por recomendación del piadoso hipócrita, había decidido hospedarse. Sin embargo, no tuvo la intención de ocultarlo con dicho acto, en el verdadero sentido de la palabra. Además de Sergine, dormida, ¿no iba a lugares insólitos por medio de sueños o ensueños? ¿Acaso no iba, sin que ella supiera nada a ciudades con calles como corredores y plazas como habitaciones de amantes o celdas de condenados? De otra manera, deseaba que su viaje fuera igual a perder el conocimiento al lado de su esposa somnolienta, y que ella permane- ciera ignorando el lugar al que podría ser llevado a la deriva.

Pero colocó la sábana rosa pensando en que su color encajaría junto al reflejo de la imagen de Sergine cuando contemplaba el óvalo puro de su rostro moreno agitando cortos rizos castaños sobre sus ojos con el iris verde nublado y la pequeña nariz aguileña, cuando sonreía con su hermosa boca de labios pálidos, con dientes no muy blancos a causa del tabaco del que abusaba, y al distorsionar su imagen ante el pausado movimiento oscilante del espejo.

André Pieyre de Mandiargues
(Francia, 1909-1991).

sábado, 30 de marzo de 2024

Mirándolas dormir: MELUSINA Y EL ESPEJO, de José Bergamín

"Entra Melusina, como cansada disponiéndose a desnudarse ante el espejo."

(
Fragmento del primer acto)

Escena IV (Tocador de Melusina. Igual que en le escena segunda, Arlequín con los ojos vendados, sosteniendo juntos los tres pedazos del espejo roto. Polichinela al lado. Es de noche. Entra Melusina, como cansada disponiéndose a desnudarse ante el espejo. Música como en la escena segunda).

Arlequín (Dice mientras Melusina se va desnudando, quedándose, al final, dormida):

Pusiste en mí tu amor cuando pusiste
tu vida en la mudanza de los vientos;
y tu alma en los mudables pensamientos
de alegres ilusiones que perdiste.
Vuelves de nuevo a mí los ojos, triste
de habérmelos quitado tan violentos,
mirando tus pasados sentimientos
que, deshechos, en lágrimas volviste.
No sabes si son tuyos o son míos
estos breves reflejos en pedazos,
estas prendas de amor, estos despojos;
pues para tan perdidos desvaríos
tiendes en vano con afán tus brazos,
vierten en vano lágrimas tus ojos.

(Vuelve el canto con la música dentro).
Canto:

Aunque a la desdicha tuya
ser dicha no le convenga,
no hay mal que por bien no venga
ni bien que por mal no huya.

Mira, Melusina bella
que una sola sombra son,
con tres nombres de ilusión,
Clavel, Maravilla, Estrella.
No persigas en su huella
la razón que las detenga:
que no hay amor que no tenga
sombra que ahuyente la suya,
aunque a la desdicha tuya
decirlo no le convenga.
Fantasma que nace y muere
en el cristal de un espejo,
no es amor, es un reflejo
con el que el amor te hiere.
Si tu desdicha prefiere
ser dicha para ser tuya,
desdiciéndose de suya
porque tu amor la mantenga:
no hay mal que por bien no venga
ni bien que por mal no huya.


(Melusina queda como desmayada, a medio desnudar, dormida; sigue la música mientras hablan Arlequín y Polichinela).

Arlequín (Quitándose la venda de los ojos): Es la primera vez que una mujer engaña a un espejo.

Diablo: Y la primera vez que un espejo engaña al diablo.

Arlequín: ¿Y podrás saber tú, que eres un pobre diablo, en qué sueña, en qué piensa, qué quiere Melusina?

Diablo: Lo que una mujer sueña o no sueña, piensa o no piensa, quiere o no quiere, ¡eso no hay diablo que lo sepa!

Mutación

José Bergamín (España, 1895-1983).

Melusina y el espejo lleva el subtítulo de Una mujer con tres almas y porqué tiene cuernos el diablo.

viernes, 8 de marzo de 2024

Mirándolas dormir: NUDO DE VÍBORAS, de François Mauriac

"Te volviste de espaldas. Dormías bajo tus largos cabellos."

(
Fragmento del capìtulo tercero)

No hablaste más. Contemplaba el nacimiento de aquel nuevo día, de aquel día de mi nueva vida. Las golondrinas gritaban en los tejados. Un hombre cruzaba el patio arrastrando los zuecos. Todo lo que escucho ahora, desde hace cuarenta y cinco años, lo escuchaba entonces: los gallos, las campanas, un tren de mercancías al cruzar el puente... Y todo lo que respiraba lo respiro aún: ese perfume que amo, ese olor de cenizas que trae el viento por la parte del mar, desde los eriales incendiados. De pronto, me incorporé a medias.

- Isa, la noche en que lloraste, la noche en que nos hallábamos sentados en un recodo de Superbagnéres, ¿lloraste por él?

Como no me contestabas, cogí tu brazo, que retiraste con un gruñido casi animal. Te volviste de espaldas. Dormías bajo tus largos cabellos. Al sentir el frescor del alba, echaste las sábanas en desorden sobre tu cuerpo encogido, aovillado, como duermen los animales jóvenes. ¿Por qué despertarte de ese sueño de niño? Lo que yo quería saber por ti misma, ¿no lo sabía ya?

Me levanté sin ruido. Fui descalzo hasta el espejo del armario, donde me contemplé como si hubiese sido otro, o, mejor dicho, como si hubiera vuelto a mí mismo: el hombre a quien no habían amado, aquel por quien nadie en el mundo había sufrido. Tuve lástima de mi juventud; mi gruesa mano de campesino resbaló a lo largo de mi mejilla sin afeitar, ya ensombrecida por una barba dura de rojizos reflejos.

François Mauriac (Francia, 1885-1970).
Obtuvo el premio Nobel en 1952.

(Traducido al español por Fernando Gutièrrez).

sábado, 27 de enero de 2024

Mirándolas dormir: ROLLA, RONDÓ y PORCIA, tres poemas de Alfred de Musset

"¡Ay!, aquella desnuda cortesana, del sueño mal velada..."

Rolla: pequeño poema

(Fragmento)

¡Amar y siempre amar! frase armoniosa
que gime el viento en su postrer vagido,
frase feliz que agita voluptuosa
al ave tierna en el calor del nido.
Frase por las estrellas murmurada,
frase de ritmo mágico y diverso,
y a cuya dulce música adorada
por la esfera azulada
se ve girar sin fin el universo.

Santiago en tanto, inmóvil contemplaba
a la dormida y celestial María,
y un no sé qué en sus formas encontraba
que en otra parte contemplado había.
Tal vez por eso, triste y receloso
de aquel sueño ante el blando desvarío
del fondo de su pecho proceloso
se escapaba un suspiro yerto y frío.
¡Ay!, aquella desnuda cortesana,
del sueño mal velada por el manto,
era tal vez la desdichada hermana
de su vil abyección y de su llanto.
Y aquella estancia lúgubre y sombría
testigo mudo del placer gozado
dentro de algunas horas, no sería
más que la tumba fría
que encerrase su cuerpo ensangrentado.

En ti, criatura tierna y delicada,
la fiel resignación marca su huella,
es tu dolor de mi dolor hermano,
la luz de tu candor en mí destella,
tú eres la estatua pálida y yacente
que en mi tumba dormida
espera dulcemente
que nos una en la sombra eternamente
el hilo roto de mi frágil vida.
No te despiertes, no. Tu vida impura
es de la tierra, pero no tu sueño;
tu sueño celestial es casto y puro,
Dios en velar por ti pone su empeño.
Tú, desdichada niña, no has manchado
el manto virginal de tu pureza,
tú digna de mi amor serás y has sido,
tú que ocultando un ser en ti escondido
no tienes de ti más que tu belleza,
déjame que en los párpados te bese
que sólo a ti, niña inocente, quiero
con un beso abrasado de mi boca
dar antes de morir mi adiós postrero.

(Traducción rimada de Ángel R. Chaves).

Rondó

¿Hubo alguna vez tanta dulzura de corazón
para ver a Manon durmiendo en mis brazos?
Su frente coqueta perfuma la almohada;
En su hermoso pecho escucho su corazón mirando.
Un sueño pasa y viene a alegrarlo.

Así se duerme una flor de rosa mosqueta,
encerrando en su cáliz a una abeja.
La balanceo: una profesión más encantadora
¿Ha existido alguna vez?

Pero llega el día y la aurora rojiza florece
con el viento su ramo primaveral.
Peine en mano y perla en oreja
Hacia su espejo Manon corre para olvidarme.
¡Pobre de mí! Amor sin despertar ni mañana
¿Lo fue alguna vez?

"... al contemplar a una mujer dormida, no hay un alma que mantenga su dureza,..."

Porcia

(Fragmento)

¿Quién no sabe que la noche tiene tales poderes
que, como las flores, más bellas son las mujeres.
Y que el viento de la tarde se puede llevar
el más dulce aroma para respirar?
Por eso, sin ruido alguno que sorprenda su cura
Luigi, que admira su floreciente frescura
tan tranquila, tan pura, ojos moribundos, frente inclinada
igual que un joven cervatillo en el alto trigal recostada
entonces siente que, al contemplar a una mujer dormida,
no hay un alma que mantenga su dureza bien establecida
quién no encuentra algo que ver cuando su pena más dura 
se funde como en el fuego de una llama el bronce
porque, ¡en quien se puede confiar, Dios mío! Si natura
nos hace ver en su rostro tal impostura
que necesita partir en dos a la criatura
¡y defender su corazón del amor de sus ojos!

(Qui ne sait que la nuit a des puissances telles,
Que les femmes y sont, comme les fleurs, plus belles.
Et que tout vent du soir qui les peut effieurer
Leur enlève un parfum plus doux à respirer?
Ce fut pourquoi, nul bruit ne frappant son cure,
Luigi , qui l’admira it si fraîche épanouie,
Si tranquille, si pure, oeil mourant, front penché,
Ainsi qu’un jeune faon dans les hauts blés couché,
Sentit ceci, qu’au front d’une femme endormie,
Il n’est âme si rude et si bien a affermie
Qui ne trouve de quoi voir son plus dur chagrin
Se fondre comme au feu d’une flamme l’airain.
Car, à qui s’en fier, mon Dieu! si la nature
Nous fait voir à sa face une telle imposture,
Qu’il faille séparer la créature en deux,
Et défendre son coeur de l’amour de ses yeux!)

Alfred de Musset (Francia, 1810-1857).

(La traducción rimada de Rolla, es de Ángel R. Chaves y Porcia fue traducida del francés por Jules Etienne). 
La ilustración superior corresponde al cuadro Rolla, de Henri Gervex, quien lo pintó inspirado por el poema,
la otra es obra del pintor ruso hiperrealista Serge Marshennikov. 

domingo, 1 de enero de 2023

Año nuevo: PRIMERO DE ENERO, de Eugenio Montale

"Sé que se puede existir sin vivir, con raíces arrancadas por el viento..."

Sé que se puede vivir
sin existir,
salir de entre bastidores,
de las profundidades,
de un fuera que no existe si nunca nadie
lo ha visto.
Sé que se puede existir
sin vivir,
con raíces arrancadas por el viento,
aunque no mueva las hojas y ni un soplo encrespe
el agua a la que se asoma tu salón.
Sé que no hay magia
de filtro o de infusión
que pudiera explicar cómo se pelean
tus dedos y tus cabellos, cómo estalla tu risa
en su agradecimiento
al minúsculo dios en el que confías,
cada vez distinto, y desconfías.
Sé que nunca te has preguntado
el cómo, el dónde, el porqué,
perezosamente indispuesta
a lo disponible,
distraída, resignada al no importa,
al no sé cuándo o cuánto, absorta en un oscuro
germinar de larvas y arborescencias.
Sé que lo que aferras,
objeto o mano, pluma o cenicero,
quema y no lo advierte,
ni te das cuenta tú, animal inocente,
inconsciente
de ser un apoyo o una gangrena, una sombra
y un cuerpo, un rayo que se obscurece.
Sé que se puede vivir
en el fueguecito de paja de la emulación
sin que de tu frente se borre el sello timbrado
de Quien  quiso que tú fueras... y se arrepintió.
   Ahora,
al salir a la terraza, riegas las flores, sacudes
el esqueleto del árbol de Navidad,
te acompaña en silencio la casetera,
vuelves atrás, ante el espejo te arrepientes,
te arrojas al suelo. con el trapo raspas del pavimento
las huellas de los intrusos.
Eran muchos y los más impresentables
de todos porque los demás al menos hablan,
yo, con la boca cerrada.

Eugenio Montale (Italia, 1896-1981).
Obtuvo el premio Nobel en 1975).

martes, 15 de noviembre de 2022

Noviembre: OTOÑO TARDÍO, de Tudor Arghezi

"... y la sangre de las viñas y los castaños flota sobre la superficie cobriza del agua."

En la soledad de noviembre,
y en cuanto alcanza la vista, el parque se hunde
envuelto en el sueño fúnebre
de los espejos humeantes.

Y es que entre los árboles, milenariamente enfermo,
oscuro en sus profundidades, se extiende un lago,
y la sangre de las viñas y los castaños
flota sobre la superficie cobriza del agua.

Por entre los árboles, mi tristeza mira el horizonte
como un cuadro que no entendiera:
¿Detiene el sendero en lo hondo la arboleda o la espera?
El silencio es el eco de las ramas peregrinas.

Hospital de la tristeza, del remordimiento,
donde lloras tu amor incumplido
y recuerdas, con nostalgia y sufrimiento,
su imagen jamás encontrada.

Algunos alerces se han reunido a lo lejos,
mientras el parque reza en un murmullo…
Se cierra el anochecer como un libro
y el alma queda en prenda entre sus hojas.
 
 
Tudor Arghezi (Rumania, 1880-1967).
 
(Traducido al español por Darie Novacèanu).

sábado, 4 de junio de 2022

Junio: SUITE FRANCESA, de Irène Némirovsky

"Se apagaban todas las lámparas, pero bajo aquel dorado y transparente cielo de junio se distinguían todas las calles..."

(Párrafo inicial de la novela)
 
La guerra Caliente, pensaban los parisinos. El aire de primavera. Era la noche en guerra, la alerta. Pero la noche pasaría, la guerra estaba lejos. Los que no dormían, los enfermos encogidos en sus camas, las madres con hijos en el frente, las enamoradas con ojos ajados por las lágrimas, oían el primer jadeo de la sirena. Aún no era más que una honda exhalación, similar al suspiro que sale de un pecho oprimido. En unos instantes, todo el cielo se llenaría de clamores. Llegaban de muy lejos, de los confines del horizonte, sin prisa, se diría. Los que dormían soñaban con el mar que empuja ante sí sus olas y guijarros, con la tormenta que sacude el bosque en marzo, con un rebaño de bueyes que corre pesadamente haciendo temblar la tierra, hasta que al fin el sueño cedía y, abriendo apenas los ojos, murmuraban: «¿Es la alarma?» Más nerviosas, más vivaces, las mujeres ya estaban en pie. Algunas, tras cerrar ventanas y postigos, volvían a acostarse. El día anterior, lunes 3 de junio, por primera vez desde el comienzo de la guerra habían caído bombas sobre París. Sin embargo, la gente seguía tranquila. Las noticias eran malas, pero no se las creían. Tampoco se habrían creído el anuncio de una victoria. «No entendemos nada», decían. Las madres vestían a los niños a la luz de una linterna, alzando en vilo los pesados y tibios cuerpecillos: «Ven, no tengas miedo, no llores.» Es la alerta. Se apagaban todas las lámparas, pero bajo aquel dorado y transparente cielo de junio se distinguían todas las calles, todas las casas. En cuanto al Sena, parecía concentrar todos los resplandores dispersos y reflejarlos centuplicados, como un espejo de muchas facetas. Las ventanas mal camufladas, los tejados que brillaban en la ligera penumbra, los herrajes de las puertas cuyas aristas relucían débilmente, algunos semáforos que, no se sabía por qué, tardaban más en apagarse...
 
 
Irène Némirovsky (Escritora en lengua francesa nacida en Ucrania, 1903-1942)

martes, 23 de marzo de 2021

MIÉRCOLES DE CENIZA, de José Antonio Ramos Sucre

 "... un mensaje del pasado radiante en el recuerdo de anticuadas músicas."

(Poema en prosa)

Sobresale en el concurso de los fieles ingenuos por la severa majestad que levanta su hermosura decaída. Lucen las galas últimas de la juventud con el doliente esplendor de la tarde, y aridece y blanquea sus cabellos el implacable otoño que arranca las hojas trémulas. Las melancólicas memorias de sus años juveniles sugieren la nostalgia de espléndidos festejos en un castillo señorial abandonado, y a oscurecer de lágrimas sus ojos viene, en el umbral de la vejez, un mensaje del pasado radiante en el recuerdo de anticuadas músicas.

El olvido, inexorable centinela, custodia su ventana, y ya ante ella no sucumben las demandas suplicantes, como olas rumorosas y humildes al pie de una roca inaccesible. Esquiva su alma la mundana agitación, y moderada por el desengaño, vuela como la enlutada golondrina a recogerse en el ambiente místico del templo. Allí queda cautiva de la música que surge y se dilata cual la humareda lenta del incienso, y abomina del siglo entre un rumor de fúnebres latines.

Ocupa su alma el pensamiento de lo que es divino e inmortal desde que tuvo el espejo para su belleza mustia la censura pesimista de la calavera, y viste desde entonces los sombríos colores que simbolizan la desolación de nuestra vida y que son propios para lamentar el estrago irremediable del tiempo. La injuria de los años no oscurece el espejo de sus ojos que alumbran con vivo esplendor, como en virtud de un rito perenne. Ellos prestan a su rostro religiosa gravedad y la exhiben agotada y penitente cual si extenuara su vida el culto de un numen adusto.

Arrepentida de profanos coloquios y ávida de dolores, guarda para la cruz inflexible la confidencia de sus cuitas. Con desear para su frente, por piadosa imitación, la corona de sangrientas espinas ahuyenta el recuerdo de las fiestas. Para expiar las mundanas ilusiones satisface el extremo de la enmienda y eleva sobre el yermo de su vida, para alumbrar el resto de su viaje, el cirio de cadáverica luz.

José Antonio Ramos Sucre (Venezolano fallecido en Suiza, 1890-1930).

lunes, 15 de febrero de 2021

Nieve: SERAFITA, de Honoré de Balzac

"... ver reflejados los colores del cielo en pleno invierno sobre el ancho espejo de las aguas del mar..."

(Fragmento del primer capítulo)
 
El invierno de 1799 a 1800 fue uno de los más crudos en el recuerdo de Europa; el mar de Noruega fue apresado en los fiordos, en los que, habitualmente, la violencia de la resaca impedía que se helara. Un viento, cuyos efectos lo asemejaban al levante español, había barrido el hielo del Stromfiord, empujando las nieves hacia el fondo del golfo. Hacía mucho tiempo que los habitantes de Jarvis no habían podido ver reflejados los colores del cielo, en pleno invierno, sobre el ancho espejo de las aguas del mar; era un curioso espectáculo que muy raramente se daba al pie de aquellas montañas, cuyas formas habían ido siendo niveladas por sucesivas capas de nieve y en las que aristas y precipicios no eran sino simples pliegues al lado de la inmensa túnica que la naturaleza había extendido sobre aquel paisaje, que se nos presentaba entonces resplandeciente y monótono a la vez. Las grandes cascadas formadas por el Sieg, súbitamente heladas, describían una enorme arcada bajo la cual hubieran podido pasar los habitantes, al resguardo de los torbellinos, si alguno de ellos se hubiera atrevido a husmear por las afueras del pueblo. Pero los peligros de la menor salida retenía en su casa a los más intrépidos cazadores, que temían perderse y terminar cayendo en un precipicio o alguna grieta. Nadie animaba, pues, con su presencia, el inmenso desierto blanco donde la única voz que de vez en cuando se oía era la de la brisa del Polo Norte. El cielo, casi siempre grisáceo, daba a los lagos el color del acero.

Honoré de Balzac (Francia, 1799-1850).

sábado, 11 de julio de 2020

Epidemias: TRES NOVELAS DE ALEJO CARPENTIER


El reino de este mundo

(Fragmento del capítulo 7: San Trastorno)

A la mañana siguiente, instada por Leclerc que acababa de atravesar pueblos diezmados por la epidemia, Paulina huyó a la Tortuga seguida por el negro Solimán y las camaristas cargadas de hatos. Los primeros días se distrajo bañándose en una ensenada arenosa y hojeando las memorias del cirujano Alejandro Oliverio Oexmelin, que tan bien había conocido los hábitos y fechorías de los corsarios y bucaneros de América, de cuya turbulenta vida en la isla quedaban las ruinas de una fea fortaleza. Se reía cuando el espejo de su alcoba le revelaba que su tez bronceada por el sol, se había vuelto la de espléndida mulata. Pero aquel descanso fue de corta duración. Una tarde. Leclerc desembarcó en la Tortuga con el cuerpo destemplado por sinies- tros escalofríos. Sus ojos estaban amarillos. El médico militar que lo acompañaba le hizo administrar fuertes dosis de ruibarbo.

Paulina estaba aterrorizada. A su mente volvían imágenes, muy desdibujadas, de una epidemia de cólera en Ajaccio. Los ataúdes que salían de las casas en hombros de hombres negros; las viudas veladas de negro, que aullaban al pie de las higueras; las hijas, vestidas de negro, que se querían arrojar a las tumbas de los padres, y a quienes había que sacar de los cementerios a rastras. De pronto se sentía angustiada por la sensación de encierro que había tenido muchas veces, en la infancia. La Tortuga, con su tierra reseca, sus peñas rojizas, sus eriales de cactos y chicharras, su mar siempre visible, se le asemejaba, en estos momentos, a la isla natal. No había fuga posible.

Los pasos perdidos

(Fragmento del capítulo VI)

En eso, un grifo abierto escupió una gárgara herrumbrosa, aspirando luego una suerte de tirolesa que corrió por todos los caños del edificio. Al ver caer el chorro que brotaba de la boca del tritón, en medio de la fuente, comprendimos que desde aquel instante sólo podríamos contar con nuestras reservas de agua, que eran pocas. Se habló de epidemias, de plagas, que serían acrecentadas por el clima tropical. Alguien trató de comunicarse con su Consulado: los teléfonos no tenían corriente, y su mudez los hacía tan inútiles, mancos como estaban, con el bracito derecho colgándoles del gancho de las reclamaciones, que muchos, irritados, los zarandeaban, los golpeaban sobre las mesas, para hacerlos hablar. «Es el Gusano» decía el gerente, repitiendo el chiste que, en la capital, había acabado por ser la explicación de todo lo catastrófico. «Es el Gusano.» Y yo pensaba en lo mucho que se exaspera el hombre, cuando sus máquinas dejan de obedecerle, en tanto que andaba en busca de una escalera de mano, para lanzarme hasta la ventanilla de un baño del cuarto piso, desde la cual podía mirarse afuera sin peligro. Cansado de otear un panorama de tejados, advertí que algo sorprendente ocurría al nivel de mis suelas. Era como si una vida subterránea se hubiera manifestado, de pronto, sacando de las sombras una multitud de bestezuelas extrañas. Por las cañerías sin agua, llenas de hipos remotos, llegaban raras liendres, obleas grises que andaban, cochinillas de caparachos moteados, y, como engolosinados por el jabón unos ciempiés de poco largo, que se ovillaban al menor susto, quedando inmóviles en el piso como una diminuta espiral de cobre. De las bocas de los grifos surgían antenas que avizoraban, desconfiadas, sin sacar el cuerpo que las movía. Los armarios se llenaban de ruidos casi imperceptibles, papel roído, madera rascada, y quien hubiera abierto una puerta, de súbito, habría promovido fugas de insectos todavía inhábiles en correr sobre maderas enceradas, que de un mal resbalón quedaban de patas arriba, haciéndose los muertos. Un pomo de poción azucarada, dejado sobre un velador, atraía una ascensión de hormigas rojas. Había alimañas debajo de las alfombras y arañas que miraban desde el ojo de las cerraduras. Unas horas de desorden, de desatención del hombre por lo edificado, habían bastado, en esta ciudad, para que las criaturas del humus, aprovechando la sequía de los caños interiores, invadieran la plaza sitiada.


El siglo de las luces

(Párrafo final del capítulo XXXVII)

Tras de los macizos de buganvillas, la casa resplandecía por todos sus candelabros, quinqués y arañas venecianas. Ahora habría que esperar la medianoche, en medio de bandejas de ponche. Doce campanadas caerían de la torre, y cada cual tendría que atragantarse con las doce uvas de ritual. Luego, sería la cena interminable, prolonga- da en sobremesa de avellanas y almendras rotas por los cascanueces. Y la orquesta de negros que, esta noche, estrenaría valses nuevos, cuyos papeles habían llegado la víspera y se ensayaban desde la mañana. Esteban no sabía qué hacer para huir de aquella fiesta, de los niños que lo acosaban, de los servidores que lo llamaban por su nombre, para que tomara parte en un juego o probara las copas que ya empezaban a alzar el tono de las risas en los portales iluminados. En eso se oyó un picado trotar de caballos. Remigio, en el pescante del coche muy enlodado, había aparecido al cabo de la avenida. Pero nadie venía en el coche. Parando en seco al ver a Esteban, le hizo saber que, tras de haber sufrido un síncope, Jorge estaba en cama, derribado por una epidemia nueva que azotaba la ciudad -epidemia que se atribuía a las grandes mortandades habidas en los campos de batalla de Europa, y cuyos miasmas mefíticos habían traído unas naves rusas, recién llegadas, que cambiaban mercade- rías nunca vistas por frutas tropicales, muy gustadas por los ricos señores de San Petersburgo.

(Párrafo inicial del capítulo XXXVIII)

La casa olía a enfermedad. Desde su entrada advertían las gargantas una presencia de mostazas y linazas en la lejanía de las cocinas. Era, de corredores a escaleras, un ir y venir de tisanas y sinapismos, pócimas y aceites alcanforados, en tanto que en baldes se subían las aguas de malvavisco y cebollas de lirio destinadas a refrescar la piel de quien no lograba soltar una fiebre tenaz, alzada a veces hasta las divagaciones del delirio. Después de un viaje triste y apresurado en lo posible, durante el cual apenas si se hablaron, Sofía y Esteban habían hallado a Jorge en estado de suma gravedad. Y no se trataba de un caso aislado. Media ciudad estaba postrada por una epidemia nueva que, con harta frecuencia, se manifestaba en dimensión mortal. Al ver aparecer a su esposa, el enfermo la miró con ojos extenuados, agarrándose de sus manos como si en ellas encontrara un asidero salvador. Como las puertas de la habitación estaban cerradas para evitar corrientes de aire, reinaba en ella una atmósfera sofocante y densa, oliente a vahos de farmacia, alcohol de fricción y cera de bujías, siempre encendidas porque Jorge tenía la opresiva sensación de que si se dormía en la oscuridad no despertaría más. Sofía lo arropó, lo arrulló, le puso una compresa de vinagre en la frente ardida, y fue al almacén para que Carlos pormenorizara el tratamiento aconsejado por médicos que poco sabían, en verdad, cómo luchar contra un mal hasta ahora desconocido...


Alejo Carpentier
(Cubano nacido en Suiza y fallecido en Francia, 1904-1980).

miércoles, 8 de julio de 2020

Epidemias: EL BANQUETE, de Silvina Ocampo


"Colgadas de ese hilo (…), las máscaras de destacaban: era casi lo único que se veía en el cuarto."

(Texto íntegro)

Era el día fijado para el banquete. Élida Fraisjus, sobrenombre inspirado por los jugos frescos que pregonaban en Francia, era una de las organizadoras; se vestía para la fiesta. Adivinaba en el cielo rosado del atardecer de daguerrotipo el advenimiento de un cataclismo, pero, de igual modo que una sinfonía empieza a veces con similares acordes a los que la terminan, pensó que esa transparencia inusitada de la atmósfera no era otra cosa que el anuncio de un epílogo feliz.

Frente a los espejos altos y circulares de su cuarto, elegía las máscaras que colgaban de un hilo dorado entre el resto de los atuendos que parecían miniaturas. La máscara era para ella lo más importante, si bien las botas caladas color carne y con uñas nacaradas la preocupaban también bastante. Colgadas de ese hilo dorado que marcaba sus límites con un resplandor de diamante, las máscaras se destacaban: era casi lo único que se veía en el cuarto. Esperaban que la dueña se las calara, pues antes de elegir una se probaba varias porque nunca sabía muy bien cuál elegiría. Era una mujer tan rápida que a pesar de sus vacilaciones se demoraba apenas. Un motivo de amargura para ella era sentirse fea. Le pareció que era tan fea con máscara como sin máscara, cosa que no admitían sus amigas. Tenía una voz ronca, su acento la multiplicaba de modo que cuando hablaba parecía que hablaban varias personas. Pensaba: "Esto no se corrige y se advierte en la cara a pesar de la máscara". Élida era una mujer anticuada: esos problemas ya no existían y muchas amigas se burlaban de ella. No había personas feas ni viejas, me atrevo a decirlo (por ese motivo nadie quería morir, salvo Elida), lo cual era contraproducente, porque mucha gente se suicidaba por miedo de morir. Aunque este hecho conviniera en cierto modo a la humanidad, varias veces los gobiernos estuvieron a punto de prohibir el uso de las máscaras a las personas menores de cincuenta años. Pero la ley fue rechazada gracias a las manifestaciones y los actos de violencia que se produjeron. Había gavillas de adolescentes que las usaban a escondidas. Descubrieron un arsenal de máscaras impúdicas: los menores de edad las almacenaban. El escándalo se propagó hasta en los colegios donde los alumnos las consiguieron para los exámenes, de modo que casi todos resultaban impostores. Saber cómo se preparaban esas máscaras y de qué material estaban hechas resultaría macabro y prefiero referirme ahora al banquete que iba a tener lugar en esas próximas horas. El banquete era para celebrar el maremoto de Tirreno, en las vastas zonas del Hiro donde corren los afluentes del Arpón y del Tuyar: millones de personas murieron en la catástrofe.

Según los científicos era ésta la suma necesaria para que el mundo no sufriera la privación del aire y el hambre que los estaba cercando. Con el banquete celebraban pues el acontecimiento más importante del año. De no ser por esa catástrofe, el mundo habría incurrido en otra catástrofe peor; la ejecución del proyecto del doctor Chiksa de disminuir la estatura de los hombres por un proceso parecido al de los arbolitos japoneses, pero sin mantener las proporciones adecuadas. No menos de tres generaciones llevaría el cumplimiento del plan si a toda costa mantenían las proporciones. De ese modo cruel, pero eficaz, el costo de la vida se reduciría a la cuarta o quinta parte, pero no resolvería del todo el problema vigente, que alarmaba al mundo. Después de la misa ritual, celebrada en un recinto cerrado, donde Élida tuvo la primera claustrofobia de su vida por culpa de la máscara color café con leche, para quedar bien con los negros y los blancos, la concurrencia pasó a la sala de audiencias, donde los discursos le quitaban el aire. Después, los invitados pasaron a los comedores. Un mundo se agolpaba en busca de asientos alrededor de la enorme y giratoria mesa cuyo mecanismo no funcionaba bastante lentamente para algunos glotones que querían repetir de cada plato (como si no hubiera otros, y otros y otros más apetecibles). La verdad es que, una vez probado el primer plato, el temor a que el próximo fuera más pesado hacía que la gente se volviera a servir blandiendo las cucharas con avidez, ya que siempre servían lo mejor primero y dejaban lo peor para los postres. ¿El tumulto de voces no dejaba oír los discursos o Élida se sentía mal?. Una mujer sensible, siempre duda de sus experiencias; Élida más que cualquiera. Su propia voz, tan disonante en el silencio, en el tumulto le pareció armónica:

- En este día de emociones y de esperanzas nos hemos reunido para llorar, deplorar y festejar la desaparición de mil millones de habitantes de la Tierra. Sin duda la muerte es resurrección para nosotros y esto es lo dramático del asunto. A partir de este momento respiraremos mejor, nosotros, los desventurados que vivimos.

Élida, sintiéndose más bonita, se ahogaba. Dijo dos o tres frases que, si alguien las hubiera recogido, serían célebres, pero no la escucharon porque escuchaban al ministro.-...podremos comer mejor -prosiguió el ministro. Élida sintió que se le cerraba la garganta, con la última banana que comió-. Todos los adelantos de nuestra civilización podrán aprovecharse al fin de cuentas -la rapidez con que hablaba el ministro decreció. Sus ojos entrecerrados parecían dos lagrimones. Alguien lo interrumpió bruscamente para decirle algo al oído y se despabiló-. Por desgracia, ninguna alegría llega sola. Señores, estamos cercados por una peste -hubo un zumbido de moscardón en la sala-. En las calles se están muriendo centenares de personas por los efectos del agua pútrida de los pantanos de las inundaciones. La peste la propagan los mosquitos contra los cuales hemos luchado tanto, para extinguirlos y revitalizarlos. Esta noticia que acabo de recibir, demuestra tal vez que nos hemos anticipado en la organización de los agasajos para la cual trabajó tanto la señora Élida Fraisjus como sus colaboradoras.

Los aplausos ahogaron las últimas palabras del ministro y Élida alcanzo a oír su nombre. Se arrancó la máscara para que Dios le viera la cara, la edad de su piel y el color, y para que uno de los mosquitos la picara, pero se preguntó en los últimos momentos ¿por qué este afán por morir?. Y su propia voz ronca le respondió: "Ya ves, la eternidad no es distinta".

Silvina Ocampo (Argentina, 1903-1993).

miércoles, 21 de agosto de 2019

Tu boca: LOS JARDINES DE AFRODITA, de Francisco Villaespesa

"El fuego de tus ojos al sacrilegio incita, y la eterna sonrisa de tu boca maldita..."

II

Te vi muerta en la luna de un espejo encantado.
Has sido en todos los tiempos Eva y Margarita.
En tu rostro florecen las rosas de Afrodita
y en tu seno las blancas magnolias del pecado.
Por ti mares de sangre los hombres han llorado.
El fuego de tus ojos al sacrilegio incita,
y la eterna sonrisa de tu boca maldita
de pálidos suicidas el infierno ha poblado.
¡Oh, encanto irresistible de la eterna Lujuria!
Tienes cuerpo de Ángel y corazón de Furia,
y el áspid, en tus besos su ponzoña destila...
Yo evoco mis amores en medio de mi pena...
¡Sansón, agonizante, se acuerda de Dalila,
y Cristo en el Calvario, recuerda a Magdalena!


Francisco Villaespesa (España, 1877-1936).

viernes, 16 de agosto de 2019

Tu boca: CANCIONES A GUIOMAR, de Antonio Machado

"No sabía  si era un limón amarillo lo que tu mano tenía..."

I

No sabía
si era un limón amarillo
lo que tu mano tenía,
o un hilo del claro día,
Guiomar, en dorado ovillo.
Tu boca me sonreía.
Yo pregunté: ¿qué me ofreces?
¿Tiempo en fruto, que tu mano
eligió entre madureces
de tu huerta?
¿Tiempo vano
de una bella tarde yerta?
¿Dorada ausencia encantada?
¿Copia en el agua dormida?
¿De monte en monte encendida,
la alborada
verdadera?
¿Rompe en sus turbios espejos
amor la devanadera
de sus crepúsculos viejos?


Antonio Machado (España, 1875-1939).

miércoles, 17 de julio de 2019

Tu boca: EL LIBRO DE MONELLE, de Marcel Schwob

"Respira el hálito de tu boca y no aspires los alientos muertos."

(Fragmento del capítulo I: Palabras de Monelle)

No te resistas a la naturaleza. No apoyes contra las cosas los pies de tu alma. Que tu alma no de vuelta la cara como el niño malo.
Anda en paz con la luz roja de la mañana y el resplandor gris del anochecer. Sé el alba mezclada al ocaso.
Mezcla la vida con la muerte y divídelas en momentos.
No esperes la muerte: ella está en ti. Sé su camarada y tenia contra ti; es como tú mismo.
Muere de tu muerte; no codicies las muertes antiguas. Varía los géneros de muerte con los géneros de vida.
Ten por viva toda cosa incierta, y toda cosa segura, por muerta.

Y Monelle dijo: Te hablaré de las cosas muertas.

Quema cuidadosamente a los muertos, y desparrama sus cenizas a los cuatro vientos del cielo.
Quema cuidadosamente las acciones pasadas, y apisona las cenizas; pues el fénix que renacería de ellas sería el mismo. No juegues con los muertos y no acaricies sus rostros.
No te rías de ellos y no llores sobre ellos: olvídalos.
No te fíes de las cosas pasadas. No te ocupes para nada en construir bellos ataúdes para los momentos pasados: piensa en matar los momentos porvenir.
Desconfía de todos los cadáveres.
No abraces a los muertos: ellos asfixian a los vivos.
Consagra a las cosas muertas el respeto que se debe a las piedras de construcción.
No manches tus manos en la extensión de las líneas gastadas. Purifica tus dedos en aguas nuevas.
Respira el hálito de tu boca y no aspires los alientos muertos.
No contemples las vidas pasadas más que tu vida pasada. No colecciones sobres vacíos.
No lleves en ti ningún cementerio. Los muertos producen pestilencia.


Marcel Schwob (Francia, 1867-1905).

(Traducido al español por Ariel Dilon).
La ilustración corresponde a un trabajo visual de Adam Martinakis.

lunes, 25 de marzo de 2019

Tu boca y Primavera: ODA XIX, EL ESPEJO, de Juan Meléndez Valdés

"Tu boca y tus mejillas, do esparce primavera (…) Ornar tus blondas trenzas..."

Toma el luciente espejo,
Y en su veraz esfera
Ve, Dorita, el encanto
De tu sin par belleza:

La alba frente en contraste
Con las hermosas cejas
Que en arco prolongadas
Dos iris asemejan:

La gracia de tus ojos,
En cuya ardiente hoguera
Flechando sus arpones
Amor su trono asienta:
 
Su majestad afable,
Y esa languidez tierna
De su mirar, o cuando
Rientes centellean:

Tu boca y tus mejillas,
Do esparce primavera
Sus rosas y claveles,
Derrama sus esencias:

Ese tu enhiesto cuello,
El seno, las dos pellas
Que en él de firme nieve
Elásticas se elevan:

Y ondulando suaves
Cuando plácida alientas,
Animarse parecen,
Y su cárcel desdeñan.

Ve el aire de tu talle,
La gracia y gentileza
Con que flexible torna,
Derecho se sustenta:

Tus perfecciones goza,
Y cariñosa al verlas
Mis lágrimas disculpa,
Mis esperanzas premia,

¡Ay! tú al espejo puedes
Pararte, y en su escuela
De las Gracias guiada
Formarte muy más bella.

De cien vistosas flores
Ornar tus blondas trenzas,
Relevar con sus rizos
La frente de azucena:

Gobernar de tus ojos
Las miradas arteras,
Y fijar de sus niñas
La inocente licencia:

Adiestrar en su juego
La boca pequeñuela:
La sonrisa en sus labios
Hacer más halagüeña,

Mas donosos los quiebros
De tu linda cabeza,
Tu andar aun más picante,
Tu talla más esbelta.

Yo ¡triste! contemplarlo
No puedo, sin que sienta
Doblarse mis pesares,
Más grave mi tristeza.

Ayer en él buscaba
Tu imagen, y en vez de ella
Vi abatido mi rostro,
Mis ojos sin viveza,

Áridas las mejillas,
Mi boca sin aquella
De risas y donaires
Festiva competencia:

Do quier en fin marcadas
Mil dolorosas huellas
De tu rigor injusto,
De mi infeliz terneza.

Asi tú en el espejo
Consultándolo encuentras
A Venus y sus Gracias,
Yo un retrato de penas.


Juan Meléndez Valdés (Español fallecido en Francia, 1754-1817).