Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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sábado, 2 de septiembre de 2023

SEPTIEMBRE 2, de Vicente Gallego

"... y sentarme en la roca frenta al mar..."

Es ahora la vida
esta extraña y frecuente sensación
de sopor y distancia,
y es también una luz que vela el mundo:
salir del caserón tras la comida,
recorrer bajo el sol la carretera
con los ojos ardientes de un verano
y sentarme en la roca frente al mar.
Abandonarme entonces
al sonido sin pausa de la tierra
mientras me vence el sueño algún instante
y me moja las sienes con su agua bendita.
Descubrir con asombro renovado
al pescador que vuelve cada tarde,
como vuelven las olas,
como vendrá la brisa con la noche.
Y esperar otra vez sobre la roca,
abrumado en el centro de la vida,
a que la sombra inunde
lentamente mi sombra.


Vicente Gallego (España, 1963).

miércoles, 15 de febrero de 2023

Conejos: DON JUAN, de Lord Byron

"Que hay mese en los que la naturaleza se alegra más: marzo tiene sus liebres..."

(
Fragmento del Canto I)

CII
Era un día, un día de verano.
El verano es, en verdad, una estación muy peligrosa,
y también lo es la primavera a fines de mayo;
El sol, sin duda, es la razón imperante;
Pero cualquiera que sea la causa, uno puede decir,
y ser condenado por más verdad que traición,
Que hay meses en los que la naturaleza se alegra más:
marzo tiene sus liebres y mayo debe tener su heroína.

CIII
Fue en un día de verano, el seis de junio:
Me gusta ser cuidadoso con las fechas,
no solo de la edad y el año, sino también de la luna;
Son una especie de casa de correos, donde los Destinos
Cambian de caballo, haciendo que la historia cambie de tono,
 Luego espolean imperios y estados,
Dejando al final poco más que cronología,
Excepto los obituarios posteriores de la teología.

Lord Byron:
George Gordon Byron (Inglés fallecido en Grecia, 1788-1824).

(Traducido al español por F. Villalva).

jueves, 6 de octubre de 2022

Octubre: POEMA DE OCTUBRE, de Dylan Thomas

"... en el mediodía del verano aunque la villa al fondo se cubriera de hojas por la sangre de octubre."

Cumplía treinta años, mi aniversario despertó hacia el cielo
cuando oí cómo hacía señales la mañana
con la oración del agua y el grito de cornejas y gaviotas
y el roce de las barcas en el muro trenzado por las redes
desde el puerto y los bosques vecinos
y los mejillones en sus charcas y la playa con garzas clericales
para que en un segundo me pusiera de pie
y echara a andar en el pueblo todavía dormido.

Mi cumpleaños empezó con los pájaros acuáticos
y con pájaros de árboles alados que volaban mi nombre
sobre las granjas y los blancos caballos
y yo me levanté en el lluvioso otoño
y eché a andar en el chaparrón de todos mis días,
Era en la pleamar y las garzas buceaban
cuando tomé el camino fronterizo
y aún cerrados los portales del pueblo mientras se iba despertando.

Toda una primavera de alondras en una nube rodante
y las matas a orillas del camino desbordaban de mirlos silbadores
y el sol de octubre a la manera del verano
sobre el hombro del cerro
fueron climas amigos y hubo dulces cantores
que llegaron de pronto en aquella mañana por la que yo vagaba
y escuchaba cómo se escurría la lluvia;
frío, el viento soplaba
en el bosque, muy lejos, a mis pies.

Pálida lluvia sobre el puerto encogido
sobre la iglesia mojada por el mar, tan pequeña
que semejaba un caracol con sus cuernos a través de la niebla
y del castillo pardo como los búhos;
pero todos los jardines de primavera y de verano
florecían en los cuentos fantásticos
detrás de la frontera y abajo de la nube invadida de alondras.
Allí podía yo maravillarme
mi cumpleaños se iba yendo pero el tiempo giraba alrededor.

Girando me apartaba del país jubiloso
bajaba por el aire cambiado y por el cielo alterado de azul
fluía de nuevo una maravilla de verano
con manzanas y peras y grosellas rojas:
y vi tan claro en el rodar del tiempo
aquellas olvidadas mañanas cuando un niño paseaba con su madre
por entre las parábolas del sol
y las leyendas de las verdes capillas

y por los campos de la infancia ya dos veces contados
porque sus lágrimas quemaron mis mejillas y su corazón se conmovió en el mío.
Estos eran los bosques y era el río y el mar
allí donde un muchacho
en el verano atento de los muertos
murmuraba la verdad de su gozo
a los árboles, las piedras y el pez en la marea.
Y el misterio cantó vivo
en el agua y en el gorjeo de los pájaros.

Y allí podía yo maravillarme
mientras mi cumpleaños se alejaba aunque el clima diera vuelta en redondo
y el gozo verdadero del niño muerto hace tanto tiempo
cantaba ardiendo bajo el sol.
Cumplía treinta años hacia el cielo y en el mediodía del verano
aunque la villa al fondo se cubriera de hojas por la sangre de octubre.

Oh la verdad de mi corazón
se cantará todavía
desde esta alta colina a la vuelta de un año.

Dylan Thomas (Inglaterra, 1914-1953).

La ilustración corresponde al otoño en Littondale, Yorkshire Dales, Inglaterra. Fotografía de David Noton.

domingo, 3 de julio de 2022

Julio: VERANO, de Max Aub

"Julio dará su mies al sol que más caliente..."

1

Igual que en amor,
lo que dieras, doy.

Después de haber dado
por nubes su nieve,
campo, espejo fiel,
por azul da verde.

Igual que en amor
lo que dieras, doy.

2

Julio dará su mies
al sol que más caliente,
voluptuosa miel
que al viento ondula y cede.
  

Max Aub (Español nacido en París en 1903 y fallecido en México en 1972)

domingo, 26 de junio de 2022

Junio: NOCHE DE JUNIO, de Víctor Hugo


Muere el día en verano. De sus flores cubierto,
el campo vierte a lo lejos un perfume embriagante.
Con los ojos cerrados y el oído entreabierto,
dormimos en un sueño más claro y fascinante.

Es más grata la sombra y el lucero es más puro.
Una luz imprecisa los espacios colora,
y el alba dulce y pálida, esperando su hora,
vaga toda la noche al pie del cielo oscuro.


Víctor Hugo (Francia, 1802-1885).

(Traducido al español por Andrés Holguín).

viernes, 24 de junio de 2022

Junio: ALLÍ, RUBIO SOFOCO DE LA SIESTA..., de Juan José Domenchina

"Ve, ve desnuda y sola, en estos meses de estío (...) a recordar entre mieses,"

Allí, rubio sofoco de la siesta,
allí, mujer y espiga, entre las mieses,
allí fueron tus glorias y reveses
y la amapola -el grito- de tu fiesta.

Allí supiste todo lo que cuesta
el dejarse vivir -sin que supieses
que pagabas de más, aunque te dieses
de menos- en el curso de una siesta.

Una tarde de junio, como ésta...
Sí, desde allí, donde me aguardas, vieses
de aquel sol tan alto lo que resta...

Ve, ve, desnuda y sola, en estos meses
de estío, y no en la siesta, ve a la puesta
del sol, a recordar entre mieses.


Juan José Domenchina (España, 1898-1959).

viernes, 20 de diciembre de 2019

Tu boca: EL NUEVO REMORDIMIENTO, de Oscar Wilde

"... y él besará las todavía enredadas rosas de tu boca..."

El pecado era mío; yo no lo entendí.
Así que ahora es música prisionera en su cueva,
A salvo donde descienden las olas desordenadas
Se asientan con sus inquietos remolinos
Y en el hueco marchito de esta tierra
El verano ha cavado su propia tumba tan profunda,
Que los sauces plomizos apenas pueden anhelar
Un capullo de plata en la mano del invierno.

Pero, ¿quién es aquel que viene por la orilla?
(No, amor, ¡mira y adivina!) ¿Quién es ese
Que viene con la ropa teñida desde el sur?
Es tu recién encontrado Señor, y él besará
Las todavía enredadas rosas de tu boca,
Y yo te adoraré con mi llanto, como antes.

(The New Remorse

The sin was mine; I did not understand.
So now is music prisoned in her cave,
Save where some ebbing desultory wave
Frets with its restless whirls this meagre strand.
And in the withered hollow of this land
Hath Summer dug herself so deep a grave,
That hardly can the leaden willow crave
One silver blossom from keen Winter's hand.

But who is this who cometh by the shore?
(Nay, love, look up and wonder!) Who is this
Who cometh in dyed garments from the South?
It is thy new-found Lord, and he shall kiss
The yet unravished roses of thy mouth,
And I shall weep and worship, as before
.)



Oscar Wilde (Irlandés fallecido en Francia, 1854-1900).

(Traducido del inglés por Jules Etienne).

domingo, 3 de febrero de 2019

Febrero: SILJA, de Frans Eemil Silanpää

"... cuando la espera evoca, en el paisaje glacial de febrero, el perfume de una pradera estival."
 
(Fragmento de la segunda parte: La hija)

La vida le traía siempre nuevos acontecimientos bruscos y rápidos. Iba de prisa por el camino helado; la huella del beso se retrasaba en su conocimiento; se sentía llena de ardor, como si la nieve y el hielo hubiesen desaparecido, y se creía de nuevo en la colina de Kulmala, en una noche de verano, en el sendero del prado, cuando se abrían las flores. El joven desconocido, llegado no se sabía de dónde y desaparecido, le había robado un beso para llevárselo al sitio donde adivinaba que se encontraría su amigo en la noche de verano. Se encontraba seguramente allá abajo, ya que no estaba aquí. Estaba allá abajo y regresaría, y se volverían a ver mejor que en el pasado verano… Ambos habían esperado y sabrían encontrarse de nuevo sin vacilación ni timidez. En la noche más hermosa del verano, irían derecho hacia la pradera lejana, a la orilla del bosque… Era delicioso esperar, cuando lo que va a llegar es hermoso y cuando la espera evoca, en el paisaje glacial de febrero, el perfume de una pradera estival.
 
El alma de Silja se incendiaba en aquel paseo nocturno. La nieve resplandecía…
 
 
Frans Eemil Silanpää (Finlandia, 1888-1964).
Obtuvo el premio Nobel en 1939.

lunes, 24 de septiembre de 2018

Equinoccio: LA SOLEDAD DEL HALCÓN

"El horizonte se hallaba sumido entre nubarrones que parecían reclamar el fin del verano."

(Fragmento del primer capítulo: Las cabezas de la hidra)

Tuvo que correr hacia el automóvil porque una lluvia aún tímida amenazaba conver- tirse en chubasco. El horizonte se hallaba sumido entre nubarrones que parecían reclamar el fin del verano. Manejó de regreso hasta el hotel y después de cenar se recluyó en su habitación. No estaba de humor para salir a pasear por el pueblo y el clima tampoco invitaba a hacerlo.
 
Magdalena llamaba El Godo a su perro. Lo había dejado en casa de sus padres, en Valle Dorado, cuando se mudó al departamento de Coyoacan que rentaron juntos. Por eso, Emilio había coincidido en raras ocasiones con él y le sorprendió al verse maltratándolo. Se escuchaba un incesante tamborileo mientras lo pateaba sin respiro
hasta el cansancio, el perro abría el hocico y babeaba pero sin emitir un solo aullido de dolor o reclamo. Ante cada nuevo golpe se revolcaba sobre la superficie de una calle rústica, empedrada y polvosa. Desde la esquina asomaba su cara impávida una iguana que atestiguaba la escena. Creyó adivinar cierto rencor en su mirada. Despertó empapado en su propia angustia transpirada. La lluvia se estrellaba furiosa contra los cristales de las ventanas. Eran poco más de las cuatro en la madrugada de ese domingo que recibía al equinoccio de otoño.

Jules Etienne

lunes, 17 de septiembre de 2018

Septiembre: ADIÓS A LAS ARMAS, de Ernest Hemingway

"... las hojas de los árboles comenzaron a cambiar de color y comprendimos que el verano se había terminado."

(Fragmento del capítulo XXI)

En septiembre las noches empezaron a refrescar, luego los días refrescaron también y las hojas de los árboles del parque comenzaron a cambiar de color y comprendimos que el verano se había terminado. En el frente los combates fueron muy mal y no pudieron tomar San Gabriele. La batalla de la meseta de Bainsizza terminó y a mediados de mes la batalla por San Gabriele estaba también a punto de terminar. No pudieron tomarlo. Ettore había vuelto al frente. Los caballos habían sido enviados a Roma y no había más carreras. Crowell también se había ido a Roma, para ser repatriado a los Estados Unidos. En la ciudad hubo dos manifestaciones contra la guerra y en Turín unos tumultos bastante graves. En el club un comandante inglés me dijo que los italianos habían perdido ciento cincuenta mil hombres en la meseta de Bainsizza y en San Gabriele. Y añadió que además habían perdido cuarenta mil en el Carso. Tomamos una copa y charlamos. Me dijo que aquel año ya no habría más combates y que los italianos habían querido tragarse un bocado demasiado grande. Dijo que en Flandes la ofensiva iba por mal camino. Si mataban tantos hombres como en aquel otoño, los aliados estarían fritos dentro de un año. Dijo que todos estábamos fritos, pero que se podía ir tirando mientras no se dieran cuenta. Todos estábamos fritos. El secreto estaba en no admitirlo. El último país en darse cuenta de que estaba frito, ganaría la guerra.
 
Ernest Hemingway (Estados Unidos, 1899-1961).
Obtuvo el premio Nobel en 1954.
 
(Traducido al español por Carlos Pujol).

lunes, 10 de septiembre de 2018

Septiembre: EL PRIMER HOMBRE, de Albert Camus

"La primera lluvia de septiembre, violenta, generosa, inundaba la ciudad."

(Fragmento de la segunda parte: Jueves y vacaciones)

Durante semanas el verano y sus súbditos se arrastraban bajo el cielo pesado, húmedo y tórrido, hasta olvidar incluso el recuerdo de la frescura y el agua del invierno, como si el mundo nunca hubiera conocido ni el viento, ni la nieve, ni el agua ligera, y como si desde la creación hasta ese día de septiembre no hubiera sido más que ese enorme mineral seco y perforado de galerías recalentadas donde se movían lentamente, un poco extraviados, la mirada fija, unos seres cubiertos de polvo y de sudor. Y de pronto el cielo, contraído sobre sí mismo hasta la máxima tensión, se partía en dos. La primera lluvia de septiembre, violenta, generosa, inundaba la ciudad. Todas las calles del barrio empezaban a brillar, así como las hojas barnizadas de los ficus o los rieles del tranvía. Pasando por encima de las colinas que dominaban la ciudad llegaba de los campos lejanos un olor de tierra mojada que traía a los prisioneros del verano un mensaje de espacio y de libertad. Entonces los niños se arrojaban a la calle, corrían bajo la lluvia con sus ropas ligeras y chapaleaban dichosos en el agua que fluía a borbotones por la cuneta, formaban corros en los grandes charcos, cogiéndose de los hombros, las caras llenas de gritos y de risas, recibiendo la lluvia incesante, chapoteando rítmicamente en el agua sucia de la nueva vendimia, más embriagadora que el vino.
 
 
Albert Camus (Francés nacido en Argelia, 1913-1960). Obtuvo el premio Nobel en 1957. 

martes, 14 de agosto de 2018

Algunos solsticios de novela


Son abundantes las novelas que se ocupan del solsticio, tanto el correspondiente al invierno como el de verano, al que le hemos dedicado estos últimos dos meses en Mitos y reincidencias. La obra más simbólica podría ser el relato Las noches blancas, de Dostievski, cuyo título alude de manera evidente a ese período que se vive en San Petersburgo, en Rusia, entre la segunda quincena de junio y la primera del mes de julio, en que el sol brilla durante la noche y menciona la importancia del sol en esa ciudad tan septentrional:

"Oye uno entre tanto cómo en torno suyo circula ruidosamente la muchedumbre en un torbellino de vida, ve y oye cómo vive la gente, cómo vive despierta, se da cuenta de que para ella la vida no es una cosa de encargo, que no se desvanece como un sueño, como una ilusión, sino que se renueva eternamente, vida eternamente joven en la que ninguna hora se parece a otra; mientras que la fantasía es asustadiza, triste y monótona hasta la trivialidad, esclava de la sombra, de la idea, esclava de la primera nube que de pronto cubre al sol y siembra la congoja en el corazón de Petersburgo, que tanto aprecia su sol. ¿Y para qué sirve la fantasía cuando uno está triste? Acaba uno por cansarse y siente que esa inagotable fantasía se agota con el esfuerzo constante por avivarla. Porque, al fin y al cabo, va uno siendo maduro y dejando atrás sus ideales de antes; éstos se quiebran, se desmoronan, y si no hay otra vida, la única posibilidad es hacérsela con esos pedazos. Mientras tanto, el alma pide y quiere otra cosa. En vano escarba el soñador en sus viejos sueños, como si fueran ceniza en la que busca algún rescoldo para reavivar la fantasía, para recalentar con nuevo fuego su enfriado corazón y resucitar en él una vez más lo que antes había amado tanto, lo que conmovía el alma, lo que enardecía la sangre, lo que arrancaba lágrimas de los ojos y cautivaba con espléndido hechizo."

En una novela comentada previamente, París en el siglo XX, de Jules Verne, la presencia del solsticio de verano es exaltada en el siguiente párrafo:
 
"Debería darle el sol a mediodía; pero las altas paredes de un patio impedían que entrara. Una sola vez en el año, el solsticio del 21 de junio, si hacía buen tiempo, el más alto de los rayos del astro radiante rozaba el techo vecino, se deslizaba velozmente por la ventana, se posaba como un pájaro en el ángulo de un estante o sobre el lomo de un libro, temblaba allí un instante y coloreaba con su proyección luminosa los pequeños átomos de polvo; después, al cabo de un minuto, retomaba vuelo y se marchaba hasta el año siguiente."

Por su parte Umberto Eco, en El péndulo de Foucault, le concede una importancia dramática que lo vuelve esencial como punto de referencia en la trama: "Pero si tenía razón con respecto al Péndulo, quizá también fuera cierto todo el resto, el Plan, la Conjura Universal, y era justo que ahora yo estuviese allí, en la víspera del solsticio de verano. Jacopo Belbo no había enloquecido, sólo había descubierto, jugando, a través del Juego, la verdad."
 
En El último adiós, de la australiana Kate Morton, se lee: "Había pasado casi un año entero desde que lo vio por primera vez. Llegó a Loeanneth el verano de 1932, durante ese glorioso periodo seco en el que, con toda la emoción de la fiesta de solsticio detrás de ellos, no había nada que hacer salvo entregarse al soporífero calor."
 
Por último, en la novela policiaca Casa de verano con piscina, del holandés Herman Koch, inspirada en la detención y arraigo del cineasta Roman Polanski, debido al juicio que dejó inconcluso en los Estados Unidos por la violación de una menor de edad. Aquí el autor reúne en la casa de verano que da título a la obra, propiedad de Ralph Meier, un famoso actor de cine narcisista y arrogante, al doctor Schlosser y su hija Julia, una adolescente de trece años, a un famoso cineasta septuagenario y su joven esposa Emmanuel -casualmente la mujer de Polanski en realidad es la actriz Emanuelle Seigner-. El capítulo 24 se inicia estableciendo desde el primer párrafo: "Ese sábado por la tarde, la aldea estaba celebrando el solsticio de verano con fuegos artificiales y fogatas en la playa. A lo largo de todo el día se escucharon las explosiones."

Estas son apenas unos cuantos títulos que refieren este fenómeno natural que hace sólo unas semanas tuvo lugar en el hemisferio boreal. Para una relación más detallada se puede visitar la etiqueta relativa al solsticio en este mismo blog.

Jules Etienne

sábado, 11 de agosto de 2018

Mircea Eliade: PROFETA DEL SOLSTICIO


La verdadera dimensión de la figura del rumano Mircea Eliade quedará para siempre condicionada a aquello que su paisano Emile Cioran se refirió como la maldición de los pueblos que se expresan en una lengua provinciana –tal sería el caso de la rumana-, que los condena al anonimato.

Los rumanos vienen siendo los latinos olvidados. Las alusiones cotidianas a las lenguas romances suelen limitarse al francés, italiano, español o portugués, y por lo general se ignora al rumano. Por eso un poeta de la talla de Mihai Eminescu sigue siendo tan desairado. Si hubiese escrito en cualquiera de las lenguas citadas, su lugar en la historia de la literatura tendría, sin duda, mayor preponderancia. A eso también se debe que Lucian Blaga y Mircea Eliade, sean mucho menos conocidos de lo que su obra se merece.*

Mircea Eliade, autor prolífico experto en la historia de las religiones, de formación cosmopolita vagó por el mundo, haciendo escalas en Italia y la India durante su juventud, para después desempeñar cargos diplomáticos en Inglaterra y Lisboa. Al finalizar la segunda guerra se dedicó a la docencia y se trasladó a Francia, donde residió hasta 1957. Finalmente decidió radicar en los Estados Unidos, como catedrático en la universidad de Chicago, lugar en el que permaneció hasta su muerte, en abril de 1986. Además de su rumano natal hablaba otros siete idiomas: francés, inglés, italiano, alemán y lenguas antiguas como el hebreo, persa y sánscrito.

La versión francesa del segundo tomo de sus Memorias, publicada en 1988, lleva el título de Cosecha del solsticio. Debido a la importancia simbólica que tiene el solsticio en diferentes religiones, éste mantiene un sitio preponderante en la obra de Eliade. Por ejemplo, en el ensayo Lo sagrado y lo profano se refiere a su influencia en algunas culturas milenarias:

La capital del Soberano chino se encuentra en el Centro del Mundo: el día del solsticio de verano, a mediodía, la varilla del reloj de sol no debe proyectar sombra. Asombra reencontrar el mismo simbolismo aplicado al Templo de Jerusalén: la roca sobre la que se había edificado era el «ombligo de la Tierra».El peregrino islandés Nicolás de Therva, que visitó Jerusalén el siglo XII, escribe del Santo Sepulcro: «Es allí donde se encuentra el centro del mundo; el día del solsticio de verano cae allí la luz del Sol perpendicularmente desde el Cielo».

En su Historia de las creencias y de las ideas religiosas señala diferentes dioses y religiones cuyo principal festejo tiene lugar durante el solsticio de verano: "Parece que en el panteón de los baltos ocupaba un puesto importante la diosa del sol, Saule (cuya semejanza con la védica Sürya fue advertida hace tiempo). Se concibe a la vez como madre y como doncella. Saule posee también su montaña celeste, cerca de la que habita Dievs. Muchas veces estas dos divinidades luchan una contra otra; el combate dura tres días. Saule bendice la gleba, ayuda a los que sufren y castiga a los pecadores. Su fiesta más importante se celebra en el solsticio de verano." Respecto a los pueblos eslavos del Báltico: "Su fiesta principal, Kupala (de kupati, «bañarse»), tenía lugar durante el solsticio de verano y comprendía el encendido ritual de los hogares y un baño colectivo. Se confeccionaba con paja un ídolo, kupala, vestido de mujer y luego era colocado bajo el tronco de un árbol cortado, despojado de sus ramas e hincado en tierra."

Por su parte, El mito del eterno retorno explica la doctrina caldea del llamado Año Magno: "En ella se considera el Universo como eterno, pero es aniquilado y reconstruido periódicamente cada “Año Magno” (el correspondiente número de milenios varía de una a otra escuela); cuando los siete planetas se reúnen en el signo de Cáncer (“Invierno Grande”) se producirá un diluvio; cuando se encuentren en el signo de Capricornio (es decir, en el solsticio de verano del “Año Magno”) el Universo entero será consumido por el fuego."

En las páginas de su diario, el 21 de junio de 1949, escribió: “El solsticio de verano y la noche de San Juan conservan para mí todo su encanto y todo su prestigio. Pasa algo –y ese día no sólo me parece el más largo sino pura y simplemente otro que el de ayer y el de mañana.” Unos días después, el 5 de julio, agregaba: “De pronto, recuerdo que hace ahora exactamente veinte años, durante las terribles canículas de Calcuta, esribía el capítulo El sueño de una noche de verano, de Isabel y las aguas del diablo. El mismo sueño del solsticio de verano, con otra estructura y desarrollada a otros niveles, se encuentra en el centro de La noche de San Juan. ¿Será sólo una coincidencia? El mito y el símbolo del solsticio me obsesionan desde hace muchos años. Sin embargo, se me había olvidado que me perseguía desde Isabel…”

De manera que se advierte tal empeño en su novela La noche de San Juan (Noaptea de Sânziene), cuya traducción literal sería La noche de las hadas, en voz de Stefam Viziru, su protagonista: “- No sé como explicártelo –continuó Stefan-. Parece que todo viene de la noche de verano de hace nueve años, de la noche de San Juan de 1936. Es absurdo, pero tengo a veces la impresión de que fue entonces cuando me extravié y, a partir de entonces, ya no he vuelto a vivir mi vida.” El propio personaje prosigue con su relato: “Estaba aferrado al deseo de otra vez los lugares en donde pasé mi niñez en Baneasa. Debo decirte que nunca antes me había sentido tentado a dejar el Ministerio para irme a caminar por el bosque. Esto sólo me ha sucedido una vez –en la noche de San Juan en 1936-. Y entonces, en el bosque, conocí a Ileana. Es como si ella me hubiera atraído allí o quizá fuera yo quien la hubiera atraído a ella. ¿Qué le hizo a una muchacha joven y guapa ir a pasearse tan lejos, sola, en el bosque de Baneasa?"

Entre las costumbres rumanas la tradición de celebrar la Sanziene tiene más de cinco mil años de antigüedad, al tratarse del último día en que el sol brilla a plenitud, pues a partir de entonces irá perdiendo gradualmente su luz y las noches se tornarán cada vez más largas hasta la llegada del invierno. Como las Sanziene son guardianas de la fertilidad, protegen a los cultivos y las mujeres vírgenes. Se decía que cantaban y bailaban volando desnudas por el aire. Por eso todavía en la actualidad en esa fecha niñas y jóvenes van recogiendo flores, sanziene, para hacer coronas con las que adornan su cabellera. Se supone que esas guirnaldas conservan poderes curativos y ayudan a aquellas que desean embarazarse. Cuando las jóvenes, ataviadas con trajes típicos, se encuentran realizando su labor, no deben ser vistas por los hombres.

Unas décadas más tarde, en la extensa entrevista que Eliade concedió a Claude-Henri Roquet y que se publicaría bajo el título de La prueba del laberinto, sobre este mismo tema precisó: “No me interesaba únicamente el simbolismo religioso del solsticio, sino las imágenes y los temas del floklore rumano y europeo. En esa noche se entrabre el cielo, puede verse el más allá y un hombre puede desaparecer… Si alguien tiene esa visión milagrosa sale del tiempo, sale del espacio. Vive un instante que dura una eternidad… Sin embargo, no era la significación de ese simbolismo lo que me obsesionaba, sino la noche misma, esa noche que ya estaba allí.”

Retomando el contexto de la novela, este pensamiento se advierte en el siguiente diálogo entre la pareja protagónica:

Toda clase de milagros se pueden producir”, asegura Stefan, y más adelante señala que “es menester que alguien te enseñe como mirarlos, para saber que son milagros. De otra manera, ni siquiera los ves.” Desconcertada, Ileana se cuestiona: “Dicen que esta noche, exactamente a media noche, se abren los cielos, como que no entiendo”, y admite que “probablemente sólo se abren para aquellos que saben mirarlos.”

Es difícil encontrar otro autor que haya estudiado mejor los solsticios que Mircea Eliade, además de que se erigen en materia esencial de su obra narrativa.


Jules Etienne

* A diferencia del propio Emil Cioran, otros autores rumanos como Eugéne Ionesco (Ionescu) y Tristan Tzara (Samy Rosenstock), se nacionalizaron franceses y escribieron en ese idioma, en tanto que Paul Celan (su apellido era un anagrama del original Ancel), también radicado en París, escribía en alemán. Sus obras alcanzaron mayor difusión que las de sus paisanos que se expresan en rumano, su lengua madre.

sábado, 4 de agosto de 2018

El solsticio de verano según Jules Verne


 
Para Jules Verne, a quien se le reconocía como miembro de diferentes agrupaciones secretas -tal sería el caso de los Rosacruces y la Sociedad de la Niebla-, la celebración de los solsticios, tanto el de verano como el invernal, era de particular trascendencia. De ahí que hasta la lápida de su propia tumba fuese una suerte de acertijo iniciático. J. J. Benítez en su obra Yo, Julio Verne, decía respecto al uso de una expresión enigmática relativa al verano: "... esa jornada sólo podía ser la del solsticio; es decir, en el caso del verano, una fecha mágica y sagrada desde la más remota antigüedad. El día más largo, que simboliza el triunfo del sol. Tratándose, por tanto, de la época estival, ese «día mágico» sólo podía señalar el 21 de junio." Y más adelante, prosigue el propio Benítez:

«Aquello», ni remotamente intuido, sí tenía sentido. El sol, en efecto, «por el camino del oeste», en el ocaso, «ennegrece» u «oscurece» el sepulcro..., justamente en el «día mágico» del verano.

Salté como un gato sobre la hornacina. No había duda: la mano abierta de «Verne» proyectaba su sombra sobre el muro, oscureciendo dos de los dieciséis conceptos que integran la mencionada leyenda: ¡1828 y 1905! El resto, en cambio, aparecía iluminado por la ya débil radiación solar.

El fenómeno, naturalmente, tuvo una escasa duración. A los pocos minutos, todo volvió a la normalidad. Incrédulo y nervioso repetí las mediciones. Situé la brújula sobre la frente del «hombre» de mármol. El cálculo era correcto: oeste. Y otro tanto sucedió con la mano derecha. Ambos —rostro y mano— miran exacta e intencionadamente hacia poniente.

Entonces, si no era víctima de un alucinación, el enigma empezaba a cobrar sentido...

Roze, de acuerdo con los cálculos de Verne, había esculpido y situado el monumento de forma tal que, durante la puesta de sol de cada solsticio de verano, la mano derecha sombreara parte de la leyenda funeraria.

Ésta tenía que ser la «señal»...

En cuanto a la constante presencia de los solsticios en el conjunto de su obra, en esta ocasión me limitaré a aquellas que se refieran al que tiene lugar al principio del verano, esto es, al día más luminoso del año: "Se aproximaba el solsticio de junio, el día más largo del año en el hemisferio boreal..", según sus propias palabras en Robur, el conquistador. Y en París en el siglo XX, novela de la que ya me he ocupado en ocasiones anteriores, decía: "Una sola vez en el año, el solsticio del 21 de junio, si hacía buen tiempo, el más alto de los rayos del astro radiante rozaba el techo vecino, se deslizaba velozmente por la ventana..."

En su clásica aventura Veinte mil leguas de viaje submarino, se vale de los equinoccios y los solsticios para establecer la ubicación del submarino Nautilus. Cabe la acotación de que el siguiente fragmento corresponde al capítulo 14 de la segunda parte, titulado El polo sur, por lo que las fechas en el hemisferio austral son las opuestas a las que estamos acostumbrados quienes habitamos en el norte:

Era la fatalidad. Imposible efectuar la observación. Y si ésta no podía hacerse al día siguiente, tendríamos que renunciar definitivamente a fijar nuestra posición. En efecto, aquel día -era precisamente el 20 de marzo. Y al día siguiente, 21, el día del equinoccio, el sol, si no teníamos en cuenta la refracción, desaparecería del horizonte por un período de seis meses y con su desaparición comenzaría la larga noche polar. Surgido con el equinoccio de septiembre por el horizonte septentrional, el sol había ido elevándose en espirales alargadas hasta el 21 de diciembre. Desde ese día, solsticio de verano de las regiones boreales, había ido descendiendo y ahora se disponía a lanzar sus últimos rayos.

En contraste, su novela Una invernada entre los hielos acontece en el Ártico y este es un par de párrafos del séptimo capítulo:

Según la costumbre de los navegantes árticos, el aparejo permaneció tal como estaba; las velas fueron cuidadosamente plegadas sobre las vergas y metidas en su funda, y el nido de cornejas se quedó en su sitio, tanto para permitir observar a lo lejos corno para atraer la atención sobre el navío.

El sol ya apenas se levantaba por encima del horizonte. Desde el solsticio de junio, las espirales que había descrito eran cada vez más bajas, y no tardaría en desaparecer del todo.

Si bien en Los náufragos del Jonathan habla del solsticio de junio, esto sucede de nueva cuenta, al igual que en Veinte mil leguas de viaje submarino, desde una perspectiva al sur del planeta:

Estos, como niños grandes que eran, gozaron del sol mientras éste brilló, después, volviendo el cielo a mostrarse inclemente, se escondieron en sus refugios viviendo, confinados allí, como la primera vez, para salir en cuanto volvió a aclarar. Transcurrió así un mes, con alternativas de días buenos, poquísimos, y de malos que fueron muy numerosos, y se llegó al 21 de junio, fecha del solsticio de invierno en el hemisferio austral.

Aunque luego, en los pasajes culminantes del mismo relato, se refiere a los días largos y las noches breves:

Se estaba llegando al solsticio de verano. La noche cerrada apenas si duraba cuatro horas. Desde las dos de la mañana, el cielo se iluminó con los primeros resplandores del alba. De un mismo impulso, los hostelianos se dirigieron entonces al espaldón del sur, desde donde vislumbraron la larga línea del campamento enemigo.

Finalmente, no está de más consignar que las alusiones al solsticio en El volcán de oro, corresponden al invierno: "no se sabría decir si por la tarde o por la mañana, ya que en esa época del año, próxima al solsticio, ya no había mañana ni tarde." Lo mismo que en El rayo verde: "Además, aquel horizonte se dibujaba en el suroeste, es decir, en un segmento de arco que el astro radiante roza sólo en la época del solsticio de invierno."

El texto correspondiente al día de mañana lo estaré dedicando al párrafo completo de París en el siglo XX que aquí he mencionado de manera sucinta.


Jules Etienne

La ilustración corresponde a la tumba de Jules Verne en el cementerio La Madeleine, en Amiens, Francia.

viernes, 3 de agosto de 2018

Solsticio: EL SECRETO DEL SOLSTI- CIO DE VERANO, de Christine Kabus

 
(Fragmento del capítulo 21)

Røros, junio de 1895. Clara.

Poco después, la señora Olsson quitó la mesa. Antes de que los comensales se dispersaran, el comerciante de maíz propuso que más tarde fueran todos juntos a la celebración de Sankthans, en la que habría una inmensa hoguera.
 
- ¿Conocen esa costumbre en su país? -le preguntó la dueña a Clara.
 
- Claro, nosotros también encendemos fuegos en honor de San Juan Bautista -respondió.
 
Evocó el recuerdo de la hermana Gerlinde, que les contaba a sus alumnas entre guiños lo prácticos que eran los líderes de la Iglesia en la Edad Media. Como no lograban erradicar antiguas costumbres paganas como la fiesta del solsticio de verano, las transformaron directamente en festividades cristianas. Y así fue como el Mittsommerfest, que tan importante era para celtas y germánicos con el que celebraban la energía vital del sol, se convirtió en el día en que nació Juan el Bautista, el hombre que anunció la venida de Jesús (cuyo nacimiento decidió celebrarse con la Navidad, coincidiendo con el solsticio de invierno).
 
 
Christine Kabus (Alemania, 1964).
 
La ilustración corresponde a una fotografía de la población de Røros, en Noruega.

viernes, 27 de julio de 2018

Solsticio: PELANDO LA CEBOLLA, de Günter Grass


(Fragmento que hace referencia al solsticio de verano)

Es verdad que no puedo recordar haberme sentido especialmente entusiasmado, haberme abierto paso hasta las tribunas como portaestandarte, ni haber aspirado jamás al puesto de jefe de pelotón, lleno de cordones, pero colaboré sin rechistar incluso cuando me aburrían aquellos eternos cánticos y aquel redoblar sordo.

No era sólo el uniforme lo que atraía. La divisa hecha a medida «¡La juventud debe dirigir a la juventud!» concordaba con lo que se ofrecía: acampadas y juegos al aire libre en los bosques playeros, fuegos de campamento entre rocas erráticas convertidas en lugares germánicos de asamblea en las tierras onduladas del sur de la ciudad, celebraciones del solsticio de verano y del alba bajo el cielo estrellado y en claros del bosque abiertos hacia el este. Cantábamos, como si los cánticos hubieran podido hacer al Reich más y más grande.

Mi abanderado, un chico obrero del asentamiento de Nueva Escocia, era apenas dos años mayor que yo: un tipo estupendo que tenía gracia y sabía andar sobre las manos. Yo lo admiraba, me reía cuando se reía, y le corría detrás obedientemente.

Todo ello me seducía para salir del aire viciado pequeñoburgués de las coacciones familiares, apartarme del padre, del parloteo de los clientes ante el mostrador de la tienda, de la estrechez del piso de dos habitaciones del que sólo me correspondía el nicho plano que había bajo el alféizar de la ventana derecha del cuarto de estar, que debía bastarme.

En sus estantes se amontonaban los libros y mis álbumes para pegar los cromos de los cigarrillos. Allí tenían su lugar la plastilina para mis primeras figuras, el bloc de dibujo Pelikan, la caja de doce colores de aguada, los sellos de correos coleccionados de forma más bien secundaria, un montón de chismes y mis secretos cuadernos de escribir.

Günter Grass (Alemania, 1927-2015). Recibió el premio Nobel en 1999.
 

La lectura de las primeras páginas de Pelando la cebolla es posible en el sitio de Editorial Alfaguara:
(buscar la descarga en la esquina inferior a la izquierda) http://www.alfaguara.com/es/libro/pelando-la-cebolla/