Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
Mostrando las entradas con la etiqueta Eclipse. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Eclipse. Mostrar todas las entradas

martes, 21 de noviembre de 2023

Eclipse solar: EL LIBRO DE LAS PREGUNTAS, de Pablo Neruda

"¿Para quién arden los pistilos del sol en sombra del eclipse?

VI
 
¿Por qué el sombrero de la noche
vuela con tantos agujeros?
¿Qué dice la vieja ceniza
cuando camina junto al fuego?
¿Por qué lloran tanto las nubes
y cada vez son más alegres?
¿Para quién arden los pistilos
del sol en sombra del eclipse?
¿Cuántas abejas tiene el día?
 
 
 Pablo Neruda: Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto (Chile, 1904-1973).
Obtuvo el premio Nobel en 1971.

domingo, 5 de noviembre de 2023

Eclipse solar: UN HOMBRE IRASCIBLE, de Antón Chéjov

"La mancha negra empieza a extenderse sobre el sol. Todos parecen asustados (...) los cerdos se comen los pepinos."

(Fragmento)

- ¿De qué proceden los eclipses? -pregunta Masdinka.
 
Yo contesto:
 
- Los eclipses proceden de que la luna, recorriendo la elíptica, se coloca en la línea sobre la cual coinciden el sol y la tierra.
 
- ¿Y qué es la elíptica?
 
Yo se lo explico. Masdinka me escucha con atención, y me pregunta:
 
- ¿No es posible ver, mediante un vidrio ahumado, la línea que junta los centros del sol y de la tierra?
 
- Es una línea imaginaria -le contesto.
 
- Pero si es imaginaria -replica Masdinka-, ¿cómo es posible que la luna se sitúe en ella?
 
No le contesto. Siento, sin embargo, que, a consecuencia de esta pregunta ingenua, mi hígado se agranda.
 
- Esas son tonterías -añade la mamá de Masdinka-; nadie es capaz de predecir lo que ocurrirá. Y, además, usted no estuvo jamás en el cielo. ¿Cómo puede saber lo que acontece a la luna y al sol? Todo ello son puras fantasías.
 
Es cierto; la mancha negra empieza a extenderse sobre el sol. Todos parecen asustados; las vacas, los caballos, los carneros con los rabos levantados, corren por el campo mugiendo. Los perros aúllan. Las chinches creen que es de noche y salen de sus agujeros, con el objeto de picar a los que hallen a su alcance. El vicario llega en este momento con su carro de pepinos, se asusta, abandona el vehículo y se oculta debajo del puente; el caballo penetra en su patio, donde los cerdos se comen los pepinos. El empleado de las contribuciones, que había pernoctado en la casa vecina, sale en paños menores y grita con voz de trueno: «¡Sálvese quien pueda!» Muchos veraneantes, incluso algunas bonitas jóvenes, se lanzan a la calle descalzos. Otra cosa ocurre que no me atrevo a referir.
 
- ¡Qué miedo! ¡Esto es horrible! -chillan las señoritas de diversos matices.
 
- Señora, observe bien, el tiempo es precioso. Yo mismo calculo el diámetro.
 
Me acuerdo de la corona, y busco al oficial herido, quien está parado, inmóvil.
 
- ¿Qué diablos hace usted? ¿Y la corona?
 
El oficial se encoge de hombros, y con la mirada me indica sus dos brazos. En cada uno de ellos permanece colgada una señorita, las cuales, asidas fuertemente a él, le impiden el trabajo. Tomo el lápiz y anoto los minutos y los segundos: esto es muy importante. Marco la situación geográfica del punto de observación: esto es también muy importante. Quiero calcular el diámetro, pero Masdinka me coge de la mano y me dice:
 
- No se olvide usted: hoy, a las once.
 
Me desprendo de ella, porque los momentos son preciosos y yo tengo empeño en continuar mis observaciones. Varinka se apodera de mi otro brazo y no me suelta. El lápiz, el vidrio ahumado, los dibujos, todo se cae al suelo. ¡Diantre! Hora es de que esta joven sepa que yo soy irascible, y cuando yo me irrito, no respondo de mí. En vano pretendo seguir. El eclipse se acabó.
 
- ¿Por qué no me mira usted? -me susurra tiernamente al oído.
 
Esto es ya más que una burla. No es posible jugar con la paciencia humana. Si algo terrible sobreviene, no será por culpa mía. ¡Yo no permito que nadie se mofe de mí! ¡Qué diablo! En mis instantes de irritación no aconsejo a nadie que se acerque a mí. Yo soy capaz de todo. Una de las señoritas nota en mi semblante que estoy irritado y trata de calmarme.
 
- Nicolás Andreievitch, yo he seguido fielmente sus indicaciones, observé a los mamíferos y apunté cómo, ante el eclipse, el perro gris persiguió al gato, después de lo cual quedó por algún tiempo meneando la cola.
  

Antón Chéjov: Anton Pavlovich Chekhov
(Ruso fallecido en Alemania, 1860-1904) .

sábado, 4 de noviembre de 2023

Eclipse: ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA, de Friedrich Nietzsche

"¡Oh eclipse de mi sol!"

La canción de la noche

Es de noche: ahora hablan más fuerte todos los surtidores. Y también mi alma es un surtidor.
Es de noche: sólo ahora se despiertan todas las canciones de los amantes. Y también mi alma es la canción de un amante.
En mí hay algo insaciado, insaciable, que quiere hablar. En mí hay un ansia de amor,
que habla asimismo el lenguaje del amor.
Luz soy yo: ¡ay, si fuera noche! Pero ésta es mi soledad, el estar circundado de luz.
¡Ay, si yo fuese oscuro y nocturno! ¡Cómo iba a sorber los pechos de la luz!
¡Y aun a ustedes iba a bendecir, ustedes pequeñas estrellas centelleantes y gusanos relucientes allá arriba! -y a ser dichoso por sus regalos de luz.
Pero yo vivo dentro de mi propia luz, yo reabsorbo en mí todas las llamas que de mí salen.
No conozco la felicidad del que toma; y a menudo he soñado que robar tiene que ser aún más dichoso que tornar.
Ésta es mi pobreza, el que mi mano no descansa nunca de dar; ésta es mi envidia, el ver ojos expectantes y las despejadas noches del anhelo.
¡Oh desventura de todos los que regalan! ¡Oh eclipse de mi sol! ¡Oh ansia de ansiar! ¡Oh hambre ardiente en la saciedad!
Ellos toman de mí: ¿pero toco yo siquiera su alma? Un abismo hay entre tomar y dar; el abismo más pequeño es el más difícil de salvar.
Un hambre brota de mi belleza: daño quisiera causar a quienes ilumino, saquear quisiera a quienes colmo de regalos: -tanta es mi hambre de maldad.
Retirar la mano cuando ya otra mano se extiende hacia ella; semejante a la cascada, que sigue vacilando en su caída: -tanta es mi hambre de maldad.
Tal venganza se imagina mi plenitud; tal perfidia mana de mi soledad.
¡Mi felicidad en regalar ha muerto a fuerza de regalar, mi virtud se ha cansado de sí misma por su sobreabundancia!
Quien siempre regala corre peligro de perder el pudor; a quien siempre distribuye se le forman, a fuerza de distribuir, callos en las manos y en el corazón.
Mis ojos no se llenan ya de lágrimas ante la vergüenza de los que piden; mi mano se ha vuelto demasiado dura para el temblar de manos llenas.
¿Adónde se fueron la lágrima de mi ojo y el plumón de mi corazón? ¡Oh soledad de todos los que regalan! ¡Oh taciturnidad de todos los que brillan!
Muchos soles giran en el espacio desierto: a todo lo que es oscuro le hablan con su luz, -para mí callan.
Oh, ésta es la enemistad de la luz contra lo que brilla, el recorrer despiadada sus órbitas.
Injusto en lo más hondo de su corazón contra lo que brilla: frío para con los soles, -así camina cada sol.
Semejantes a una tempestad recorren los soles sus órbitas, ése es su caminar. Siguen su voluntad inexorable, ésa es su frialdad.
¡Oh, sólo ustedes los oscuros, los nocturnos, sacan calor de lo que brilla! ¡Oh, sólo ustedes beben leche y consuelo de las ubres de la luz!
¡Ay, hielo hay a mi alrededor, mi mano se abrasa al tocar lo helado! ¡Ay, en mí hay sed, que desfallece por vuestra sed!
Es de noche: ¡ay, que yo tenga que ser luz! ¡Y sed de lo nocturno! ¡Y soledad!
Es de noche: ahora, cual una fuente, brota de mí mi deseo, - hablar es lo que deseo.
Es de noche: ahora hablan más fuerte todos los surtidores. Y también mi alma es un surtidor
Es de noche: ahora se despiertan todas las canciones de los amantes. Y también mi alma es la canción de un amante.-

Así cantó Zaratustra.
 
Friedrich Nietzsche (Alemania, 1844-1900).

viernes, 3 de noviembre de 2023

Eclipse solar: UN YANQUI EN LA CORTE DEL REY ARTURO, de Mark Twain


 
(Fragmento del capítulo VI: El eclipse)

Estaba perdido. No había esperanza para mí. Me sentí perplejo, estupefacto. No podía dominarme ni evitar hacerme preguntas sin sentido, sin utilidad, igual que uno que está fuera de sí. Los soldados me agarraron, me empujaron fuera de la celda, a lo largo de los corredores subterráneos, y, finalmente, me hallé a la luz del día en el mundo superior. Al llegar al patio enlosado tuve un susto, porque lo primero que vi fue la pira, con su estaca, en el centro del patio, y al lado de la leña un monje. En los cuatro lados del patio, la muchedumbre se alineaba, apretujada, fila tras fila, formando gradería y ofreciendo un pintoresco espectáculo de ricos colores. El Rey y la Reina se sentaron en su trono, rodeados de las figuras más conspicuas de la corte.
 
Para fijarme en todo esto no empleé más que un segundo. El segundo siguiente lo dediqué a Clarence, que se había deslizado desde algún escondrijo y murmuraba las últimas noticias en mi oído. Con los ojos brillantes de triunfo y alegría, me dijo:
 
- ¡Cuánto me ha costado lograr este adelanto! Cuando revelé la calamidad que preparabais, vi el terror retratado en el rostro de todos y comprendí que era el momento oportuno para apretar las clavijas. Por esto, valiéndome de varios argumentos, los convencí de que vuestro poder sobre el sol no podía alcanzar su plenitud hasta mañana, y que si quería salvarse al sol y al mundo, teníais que ser muerto hoy, puesto que vuestro encantamiento no tenía aún fuerza. No era más que una mentira, una invención mía; pero habrías tenido que ver cómo se la tragaban en pleno terror, como si fuera una salvación enviada por el cielo mismo. Yo me reía por dentro, al ver cuán fácilmente los engañaba y cómo alababan a Dios y le daban gracias por haberles mandado la más vil de sus criaturas para salvarlos. ¡Cuán felizmente se ha desarrollado todo! No precisará que causéis al sol un daño verdadero... Sobre todo, no os olvidéis de esto, por vuestra alma, no lo olvidéis. Bastará que provoquéis una ligera oscuridad, una oscuridad pasajera, y nada más. Esto será suficiente. Comprenderán que dije una mentira, a causa de mi ignorancia, y cuando caiga la primera sombra los veréis enloquecer de pavor... Y os pondrán en libertad y os harán grande y poderoso... ¡ Id hacia el triunfo! Pero acordaos, por favor, acordaos de mi súplica, amigo mío; acordaos de no causar ningún daño al sol... Hacedlo por mí, por vuestro amigo...
 
Dejé oír algunas palabras a través de mi pena y de mi desesperación, para darle a entender que respetaría al sol. Los ojos del muchacho me las agradecieron con una mirada de gratitud tan honda que no tuve valor para decirle que su fantástica tontería me llevaba a la muerte.
 
Mientras los soldados me conducían a través del patio, el silencio era tan absoluto que, si hubiera estado ciego, habría pensado hallarme en la más completa soledad, en medio de un valle, y no entre cuatro mil personas. En aquella masa de gente no se percibía ni un movimiento. Estaban pálidos y rígidos como estatuas, y la muerte se reflejaba en todos los rostros.
 
Este silencio duró mientras me ataban a la estaca, mientras los haces de leña eran cuidadosamente amontonados alrededor de mis tobillos, mis piernas y mi cintura. Hubo una pausa luego, y esto habría aumentado el silencio si ello hubiese sido posible. Un hombre se arrodilló a mis pies, sosteniendo en la mano una antorcha encendida. La multitud, inconsciente, hizo un movimiento de avance para ver mejor, saliendo, sin saberlo, de sus asientos. El monje levantó las manos y los ojos en dirección al cielo azul, y pronunció unas palabras en latín; en esta actitud estuvo un rato murmurando, y luego se detuvo. Esperó unos momentos a que empezara de nuevo, pero ante su silencio, alcé los ojos y le miré, estaba petrificado.
 
La muchedumbre, como obedeciendo a un impulso común, se puso en pie y miró al cielo. Seguí su mirada. Tan cierto como que estoy vivo, que empezaba mi eclipse. La sangre volvió a hervir en mis venas. Me sentía como un hombre nuevo. El cerco de oscuridad iba invadiendo el disco solar, lentamente, y mi corazón latía cada vez más fuerte, más aprisa, mientras la gente y el monje permanecían aún como petrificados. Dentro de poco aquellas miradas inmóviles se fijarían en mí. Pero yo estaba preparado. Me sentía dispuesto a todo y adopté una de las actitudes más grandiosas que se puede imaginar: extendí mi brazo, señalando al sol. Debí de, causar una impresión terrible. Se podía ver el estremecimiento de terror que se apoderó de los circunstantes.


Mark Twain: Samuel Langhorne Clemens (Estados Unidos, 1835-1910).

jueves, 2 de noviembre de 2023

Eclipse solar: ANA KARENINA, de León Tolstói

"... las nubes habían cubierto de tal modo el sol que había oscurecido como en un eclipse."

Octava parte
 
(Fragmento del capítulo XVII)

El Príncipe y Sergio Ivanovich subieron al cochecillo, mientras que los otros, apresurando el paso, emprendían a pie el regreso hacia la casa.

Pero las nubes, unas claras, otras oscuras, se acercaban con acelerada rapidez, y deberían correr mucho más si querían llegar a casa antes de que descargarse la lluvia.

Las nubes delanteras, bajas y negras como humo de hollín, avanzaban por el cielo con enorme velocidad.

Ahora sólo distaban de la casa unos doscientos pasos, pero el viento se había levantado ya y el aguacero podía sobrevenir de un momento a otro.

Los niños, entre asustados y alegres, corrían delante chillando. Dolly, luchando con las faldas que se le enredaban a las piernas, ya no andaba, sino que corría, sin quitar la vista de sus hijos.

Los hombres avanzaban a grandes pasos, sujetándose los sombreros. Cerca ya de la escalera de la entrada, una gruesa gota golpeó y se rompió en el canalón de metal. Niños y mayores, charlando jovialmente, se guarecieron bajo techado.

- ¿Dónde está Catalina Alejandrovna? –preguntó Levin al ama de llaves, que salió a su encuentro en el recibidor con pañuelos y mantas de viaje.

- Creíamos que estaba con usted.

- ¿Y Mitia?

- En el bosque, en Kolok. El aya debe de estar con él.

Levin, cogiendo las mantas, se precipitó al bosque.

Entre tanto, en aquel breve lapso, las nubes habían cubierto de tal modo el sol que había oscurecido como en un eclipse. El viento soplaba con violencia como con un propósito tenaz, rechazaba a Levin, arrancaba las hojas y flores de los tilos, desnudaba las ramas de los blancos abedules y lo inclinaba todo en la misma dirección: acacias; arbustos, flores, hierbas y las copas de los árboles.

Las muchachas que trabajaban en el jardín corrían, gritando, hacia el pabellón de la servidumbre. La blanca cortina del aguacero cubrió el bosque lejano y la mitad del campo más próximo acercándose rápidamente a Kolok. Se distinguía en el aire la humedad de la lluvia, quebrándose en múltiples y minúsculas gotas.

Inclinando la cabeza hacia adelante y luchando con el viento que amenazaba arrebatarle las mantas, Levin se acercaba al bosque a la carrera.

Ya distinguía algo que blanqueaba tras un roble, cuando de pronto todo se inflamó, ardió la tierra entera, y pareció que el cielo se abría encima de él.

Al abrir los ojos, momentáneamente cegados, Levin, a través del espeso velo de lluvia que ahora le separaba de Kolok, vio inmediatamente, y con horror, la copa del conocido roble del centro del bosque que parecía haber cambiado extrañamente de posición.

«¿Es posible que le haya alcanzado?», pudo pensar Levin aun antes de que la copa del árbol, con movimiento más acelerado cada vez, desapareciera tras los otros árboles, produciendo un violento ruido al desplomarse su gran mole sobre los demás.

El brillo del relámpago, el fragor del trueno y la impresión de frío que sintió repentinamente se unieron contribuyendo a producirle una sensación de horror.

- ¡Oh, Dios mío, Dios mío! Haz que no haya caído el roble sobre ellos –pronunció.

Y aunque pensó en seguida en la inutilidad del ruego de que no cayera sobre ellos el árbol que ya había caído, él repitió su súplica, comprendiendo que no le cabía hacer nada mejor que elevar aquella plegaria sin sentido.
 
 
León Tolstói: Lev Nikoláievich Tolstoi (Rusia, 1828-1910).

miércoles, 1 de noviembre de 2023

Eclipse solar: EL PAÍS DE LAS PIELES, de Jules Verne

"El pardo disco de la Luna avanzaba lentamente."
 
(Fragmento del capítulo XXIII: El eclipse del 18 de julio de 1860)

Llegó, por fin, el gran día, ¡el 18 de julio! El eclipse total debía durar, según los cálculos de los almanaques, cuatro minutos treinta y siete segundos, es decir, desde las once cuarenta y tres minutos y quince segundos, hasta las once, cuarenta y siete minutos y cincuenta y siete segundos de la mañana.
 
- Pero, ¿tanto es lo que pido? -exclamaba con lastimero acento el astrónomo, mesándose las cabellos-; pido tan solamente que un pedazo de cielo, nada más que el pequeño rincón donde se ha de verificar el eclipse, quede limpio de nubes. ¿Y por cuánto tiempo lo pido? ¡Durante cuatro tristes minutos! ¡Y después que nieve, que truene, que se desencadenen todos los elementos! ¡Todo me importará un bledo!
 
Tomás Black tenía algunas razones para desesperar por completo. Parecía probable que la observación no pudiera efectuarse. Al amanecer, los horizontes estaban cubiertos de brumas. Se elevaban espesas nubes por la parte del Sur, precisamente en la región del cielo en que el eclipse debía verificarse. Pero, sin duda alguna, el dios de los astrónomos tuvo piedad de Black; porque, a eso de las ocho de la mañana, saltó una brisa bastante fresca del Norte que barrió todas las brumas y despejó el firmamento. ¡Ah! ¡qué gritos de gratitud! ¡qué exclamaciones de júbilo se escaparon del pecho del abnegado sabio! En medio de un cielo puro resplandecía un magnífico sol esperando que la Luna, cuya faz eclipsaba aún sus rayos, lo fuese obscureciendo poco a poco. Se llevaron en seguida a la cumbre del promontorio los instrumentos de Tomás Black, quien después de instalarlos debidamente, dirigió sus objetivos hacia el horizonte del Sur, y esperó.
 
Había recuperado toda su acostumbrada paciencia, toda la sangre fría necesaria para su observación. ¿Qué podía temer ahora? Nada, a no ser que el cielo se desplomase sobre su cabeza. A las nueve, no había ni una sola nube, ni el más ligero vapor del horizonte al cénit. ¡Jamás una observación astronómica habíase presentado en condiciones más favorables!
 
Jasper Hobson, Paulina Barnett y todos los habitantes del fuerte habían querido presenciar la operación. La colonia entera hallábase reunida sobre el cabo Bathurst, alrededor del astrónomo. El Sol se elevaba lentamente, describiendo un arco muy amplio sobre la inmensa planicie que se extendía hacia el Sur. Nadie se atrevía a hablar, esperando todos con solemne ansiedad la realización del fenómeno.
 
A eso de las nueve y media comenzó la ocultación. El disco de la Luna mordió el disco del Sol; pero el primero no debía cubrir por completo al segundo más que desde las once, cuarenta y tres minutos y quince segundos; hasta las once, cuarenta y siete minutos y cincuenta y siete segundos, que era el tiempo señalado por el almanaque para el eclipse total; y nadie ignora que no puede haber ningún error en estos cálculos hechos, comprobados y revisados por los astrónomos de todos los observatorios del mundo.
 
Tomás, Black había traído en su equipaje cierta cantidad de cristales ennegrecidos que distribuyó entre sus compañeros, de suerte que todos pudieron seguir los progresos del fenómeno sin detrimento de su vista. El pardo disco de la Luna avanzaba lentamente. Ya los objetos terrestres adquirían un tinte especial anaranjado. La atmósfera en el cénit había cambiado de color. A las diez y cuarto, la mitad del disco solar hallábase obscurecido. Algunos perros, que gozaban de libertad, iban y venían de un lado para otro, dando muestras de cierta inquietud y ladrando en ocasiones de un modo lastimero. Los patos, inmóviles en las orillas del lago, gritaban como en la hora del crepúsculo y buscaban un lugar a propósito para entregarse al sueño. Las madres llamaban a sus pequeñuelos, que se refugiaban debajo de sus alas. Para todos aquellos animales se aproximaba la noche, y con ella la hora del sueño.
 
A las once, las dos terceras partes del disco solar se hallaban cubiertas. Los objetos habían adquirido un tinte vinoso. Reinaba entonces una semiobscuridad que debía hacerse completa durante los cuatro minutos que el eclipse total iba a durar. Pero ya se distinguían algunos planetas, como Mercurio y Venus, y las principales estrellas de ciertas constelaciones, sobresaliendo entre ellas las del Toro y Orion. Las tinieblas aumentaban de minuto en minuto.
 
Tomás Black, sin apartar la pupila del ocular de su potente anteojo, seguía los progresos del fenómeno inmóvil y silencioso. A las once y cuarenta y tres los dos discos debían encontrarse colocados exactamente el uno delante del otro.
 
- ¡Las once y cuarenta y tres! -dijo Jasper Hobson, que observaba atentamente el segundero de su cronómetro.
 
Tomás Black, inclinado sobre el instrumento, no se movía en absoluto. Transcurrió medio minuto.
 
Tomás Black se enderezó con los ojos desmesuradamente abiertos. Se colocó en seguida otra vez delante del ocular durante otro medio minuto, y, enderezándose de nuevo, gritó con voz ahogada:
 
- ¡Se va! ¡Se va! ¡La Luna! ¡La Luna se marcha! ¡Huye! ¡Desaparece! Y, en efecto, el disco lunar se deslizaba sobre el del Sol sin haberlo cubierto todo entero. ¡Solamente las dos terceras parte habían sido obscurecidas!
 
¡Tomás Black se había quedado estupefacto! Los cuatro minutos habían transcurrido ya. La luz iba aumentando. ¡La corona luminosa no se había producido!
 
- Pero, ¿qué ocurre? — preguntó Jasper Hobson.
 
- ¿Qué ocurre? -exclamó el astrónomo—. ¡Ocurre que el eclipse no ha sido total para este lugar del Globo! ¿Me entiende usted? ¡Que no ha sido total!


Jules Verne (Francia, 1828-1905).

Eclipse solar: ALREDEDOR DE LA LUNA, de Jules Verne

"Sí, eclipses de sol (...), cuando los tres astros se encuentran en la misma línea, hallándose la Tierra en medio."

(Fragmento del capítulo VI: Preguntas y respuestas)

- ¡Bello país! -dijo Miguel-. Pero no importa; quisiera estar ya en él. ¡Ah, camaradas, qué curioso sería tener la Tierra por Luna, verla alzarse en el horizonte, reconocer la configuración de sus continentes y decir: allí está Europa; allí América; y seguirla después, cuando va a perderse en los rayos del Sol! A propósito, amigo Barbicane, ¿tienen eclipses los selenitas?
 
- Sí, eclipses de Sol -respondió Barbicane-, cuando los centros de los tres astros se encuentran en la misma línea, hallándose la Tierra en medio. Pero son eclipses anulares, durante los cuales la Tierra, proyectándose como una pantalla sobre el disco solar, deja ver a su alrededor gran parte de éste.
 
- ¿Y por qué -preguntó Nicholl- no hay eclipse total? ¿Acaso no se extiende más allá de la Luna el cono de sombra que la Tierra proyecta?
 
- Sí, no teniendo en cuenta la refracción producida por la atmósfera terrestre; no, sí se cuenta con esa refracción. Así, por ejemplo, llamemos delta prima a la pareja horizontal, y prima al semidiámetro aparente...
 
- ¡Adiós! -exclamó Miguel-. Ya tenemos otra vez el v subcero elevado cuadrado; hable un idioma que todos comprendamos y deja esa endemoniada álgebra de una vez.
 
- Pues bien, en lengua vulgar -respondió Barbicane-, siendo la distancia media de la Luna a la Tierra 60 radios terrestres, la longitud del cono de sombra pura, y que el Sol envía, no sólo los rayos de su circunferencia, sino también los de su centro.
 
- Entonces -dijo Miguel, en tono burlón-, ¿cómo hay eclipse, puesto que no debe haberlo?
 
- Únicamente porque estos rayos solares quedan debilitados por la refracción, y la atmósfera que atraviesa apaga la mayor parte.
 
- Me satisface esa razón -respondió Miguel-, además de que ya lo veremos mejor cuando estemos allí.
 
- Ahora bien, Barbicane; ¿crees que la Luna pueda ser un antiguo cometa?
 
- ¡Vaya una idea!
 
- Sí -replicó Miguel, con cierta presunción benévola-; tengo algunas ideas por el estilo y...
 
- No es tuya esa idea, Miguel -respondió Nicholl.
 
- ¡Bueno! ¿Es decir que soy un plagiario?
 
- ¡Ya lo creo! -respondió Nicholl-. Según antiguas tradiciones, los de Arcadia aseguraban que sus antepasados habían habitado la Tierra antes que hubiese Luna. Y de ahí han deducido algunos sabios que nuestro satélite fue en otros tiempos un cometa cuya órbita pasaba tan cerca de la Tierra que una vez el astro errante fue capturado por la atracción terrestre, y mantenido en la órbita que desde entonces recorre.
 
- ¿Y qué hay de cierto en esa hipótesis? -preguntó Miguel.
 
- Absolutamente nada -respondió Barbicane- y la prueba es que la una no ha conservado restos de la envoltura gaseosa que acompaña siempre a los cometas.
 
- Pero -replicó Nicholl-, ¿no ha podido suceder que la Luna, antes de ser satélite de la Tierra, y en el, momento de hallarse en su perihelio, pasase tan cerca del Sol que dejara en él por evaporación todas esas sustancias gaseosas?
 
- No sería imposible, amigo Nicholl, pero no es probable.
 
- ¿Por qué?
 
- El porqué... no te lo podré decir a punto fijo.
 
- ¡Ah! —exclamó Miguel—. ¡Cuántos centenares de libros se podrían escribir con todo lo que no se sabe!
 
Jules Verne (Francia, 1828-1905).

martes, 31 de octubre de 2023

Eclipse solar: EL LIBRO DE LAS CANCIONES, de Heinrich Heine

"Te saldrá el hielo a la cara cuando se eclipse tu sol."

XLVIII
 
Todo el calor del verano
a tus mejillas asoma,
pero el hielo del invierno
en tu corazón se acomoda.
 
En eso habrá mudanza,
¡mi única beldad!:
Te saldrá el hielo a la cara
cuando se eclipse tu sol.
 
 
Heinrich Heine (Alemania, 1797-1856).
 
(Traducido del alemán por Berit Balzer).

lunes, 30 de octubre de 2023

Eclipse solar: HIPERIÓN, de John Keats

"... dos alas de plata clara..."

(Fragmento del primer libro)
 
Dos alas tenía este orbe
de pura gloria, dos alas de plata clara,
que se elevaban al acercarse el Dios;
y entonces, de la sombra se levantaron sus plumas inmensas,
una a una, hasta desplegarse enteras,
mientras el globo deslumbrante prolongaba su eclipse
a la espera de la orden de Hiperión.
 
 
John Keats (Poeta inglés fallecido en Italia, 1795-1821).
 
(Traducido al español por Julio Cortázar).

domingo, 29 de octubre de 2023

Eclipse solar: ANALECTAS, de Novalis

"Soñamos con viajes por el universo (...) pero qué distinto nos parecerá, cuando el eclipse haya pasado..."
 
17

La fantasía ubica el mundo futuro colocándolo, o bien en la altura, o bien en la profundidad, respecto a nosotros, o lo hace en la metempsicosis. Soñamos con viajes por el universo. ¿Es que no está el universo en nosotros? No conocemos las profundidades de nuestro espíritu. Hacia adentro va el camino misterioso. En nosotros, o en ninguna parte, está la eternidad con sus mundos, el pasado y futuro. El mundo exterior es el mundo de las sombras, arroja sus sombras al reino de la luz. Por cierto ahora el interior nos parece tan oscuro, solitario, amorfo, pero qué distinto nos parecerá, cuando el eclipse haya pasado y el cuerpo sombrío se haya retirado. Gozaremos más que nunca, pues nuestro espíritu ha crecido.

Novalis:
Georg Philipp Friedrich von Hardenberg (Alemania, 1772-1801).

sábado, 28 de octubre de 2023

Eclipse solar: ALBA DEL NIHILISMO, de Jean Paul

"... en aquel vacío cielo nocturno busqué el sol y creí que un eclipse lo ocultaba. Los sepulcros estaban abiertos..."
 
Lamentación de Shakespeare muerto, en la iglesia, rodeado de oyentes muertos, en donde se proclama que Dios no existe
 
(Fragmento)

De joven, muchas veces oí que a las once de la noche, cuando estamos sumergidos en un profundo sueño, los muertos se levantan del sepulcro y remedan en la iglesia el oficio divino de los vivos; por eso yo, en aquellos días, cuando se hacía tarde contemplaba de muy mala gana los altos ventanales de la iglesia y el resplandor de la luna que relucía en ellos.
 
- Ahora quiero contar un sueño que tuve; y es que yo creo en los sueños: es como si los sueños hiciesen llegar nuestra mirada a riberas lejanas, cubiertas de nubes, como si nos elevasen, separándonos del fragor de la cascada que ruge ahí abajo, hasta quietas alturas desde las cuales contemplar, de nivel en nivel, tanto el silencioso fluir de la vida como el cielo, que está por encima de la vida y también dentro de ella.
 
Soñé que me despertaba en un camposanto. Oí moverse los engranajes del reloj de la torre y dar las once -y en aquel vacío cielo nocturno busqué el sol, y creí que un eclipse lo ocultaba-. Los sepulcros estaban abiertos, así como las puertas de hierro del osario; sobre los muros vagaban sombras que nadie proyectaba, y otras sombras se erguían en el aire. A veces, un fulgor relampagueante iluminaba los ventanales de la iglesia y dos notas disonantes, vibrando incesantemente, luchaban en su interior, pretendiendo en vano armonizarse. Sin darme cuenta, me vi empujado a la iglesia, en la que, tras el altar, resonaba, viviente, una voz honda y solitaria. Vi figuras descono- cidas, acuñadas por siglos antiguos, estremecidas: las más lejanas trepidaban con mayor violencia, deshaciéndose en sombras descoloridas; y tras el altar había una oscuridad vibrante, en la que las sombras se despedazaban -la asamblea de los muertos iba siendo progresivamente succionada por la oscuridad, que acababa por devorarlos-. En sarcófagos descubiertos yacían difuntos que dormían, como con el rostro invadido por vívidos sueños, y que a veces sonreían; pero quienes estaban despiertos no sonreían en absoluto. Muchos de ellos, expectantes, se volvieron hacia mí, entreabriendo los párpados; pero detrás de ellos no tenían ojos, y en la parte izquierda del pecho, en el sitio del corazón, había un agujero -estos seres, con un esfuerzo derrotado, querían aferrar algo en el aire, con lo que su brazo, alargándose, acababa por desgajarse y partirse en pedazos. En lo alto de la iglesia estaba colocado el cuadrante de la eternidad, en el que no había números ni manecillas, y que giraba sobre sí mismo; y, sin embargo, un dedo negro apuntaba a él, y los muertos se esforzaban por ver allí el tiempo.


Jean Paul: Johann Paul Friedrich Richter (Alemania, 1763-1825).

viernes, 27 de octubre de 2023

Eclipse solar: EL DIVINO NARCISO, de Sor Juana Inés de la Cruz

  "¡Las luces del sol apaga en la mitad de su curso!"

Cuadro Quinto
 
(Fragmento de la escena XIII)

Suena terremoto; cae Narciso dentro del vestuario, y salen asustados Eco, la Soberbia y el Amor Propio.

Eco: ¡Qué eclipse!

Soberbia: ¡Qué terremoto!

Amor Propio: ¡Qué asombro!

Eco: ¡Qué horror!

Soberbia: ¡Qué susto!

Eco:
¡Las luces del sol apaga
en la mitad de su curso!

Amor Propio: ¡Cubre de sombras el aire!

Soberbia:
¡Viste a la luna de luto!
rompiendo su ceño duro se despedazan, mostrando
que aún en lo insensible cupo el sentimiento.





Eco:
Y lo más
portentoso que descubro,
es que no causa este eclipse
aquel natural concurso
del sol y la luna, cuando
-los dos luminares juntos
en perpendicular línea-
la interposición del uno
no nos deja ver al otro,
y así el sol parece obscuro,
no porque él lo esté, sino
porque no se ven sus puros
resplandores. Pero ahora,
siguiendo apartados rumbos,
distantes están, y así
ningún astro se interpuso
a ser de su luz cortina,
sino que él, funesto y mustio,
sus resplandores apaga,
como si fueran caducos.

Amor propio:
Y quizá por haber eso
observado, en el tumulto
donde todo el universo
sirve de pequeño vulgo,
algún astrólogo grande
prorrumpe en la voz que escucho
entre la asombrada turba,
pues dice en ecos confusos (...)


Sor Juana Inés de la Cruz (México, 1651-1695).
 
La fotografía corresponde a la puesta en escena de El divino Narciso por parte del grupo Fénix Novohispano,
bajo la dirección de Juan Manuel Martínez.