.

.
Vancouver: Las nubes sobre English Bay.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Eclipse: UN YANQUI EN LA CORTE DEL REY ARTURO, de Mark Twain


 
(Fragmento del capítulo VI: El eclipse)

Estaba perdido. No había esperanza para mí. Me sentí perplejo, estupefacto. No podía dominarme ni evitar hacerme preguntas sin sentido, sin utilidad, igual que uno que está fuera de sí. Los soldados me agarraron, me empujaron fuera de la celda, a lo largo de los corredores subterráneos, y, finalmente, me hallé a la luz del día en el mundo superior. Al llegar al patio enlosado tuve un susto, porque lo primero que vi fue la pira, con su estaca, en el centro del patio, y al lado de la leña un monje. En los cuatro lados del patio, la muchedumbre se alineaba, apretujada, fila tras fila, formando gradería y ofreciendo un pintoresco espectáculo de ricos colores. El Rey y la Reina se sentaron en su trono, rodeados de las figuras más conspicuas de la corte.
 
Para fijarme en todo esto no empleé más que un segundo. El segundo siguiente lo dediqué a Clarence, que se había deslizado desde algún escondrijo y murmuraba las últimas noticias en mi oído. Con los ojos brillantes de triunfo y alegría, me dijo:
 
- ¡Cuánto me ha costado lograr este adelanto! Cuando revelé la calamidad que preparabais, vi el terror retratado en el rostro de todos y comprendí que era el momento oportuno para apretar las clavijas. Por esto, valiéndome de varios argumentos, los convencí de que vuestro poder sobre el sol no podía alcanzar su plenitud hasta mañana, y que si quería salvarse al sol y al mundo, teníais que ser muerto hoy, puesto que vuestro encantamiento no tenía aún fuerza. No era más que una mentira, una invención mía; pero habrías tenido que ver cómo se la tragaban en pleno terror, como si fuera una salvación enviada por el cielo mismo. Yo me reía por dentro, al ver cuán fácilmente los engañaba y cómo alababan a Dios y le daban gracias por haberles mandado la más vil de sus criaturas para salvarlos. ¡Cuán felizmente se ha desarrollado todo! No precisará que causéis al sol un daño verdadero... Sobre todo, no os olvidéis de esto, por vuestra alma, no lo olvidéis. Bastará que provoquéis una ligera oscuridad, una oscuridad pasajera, y nada más. Esto será suficiente. Comprenderán que dije una mentira, a causa de mi ignorancia, y cuando caiga la primera sombra los veréis enloquecer de pavor... Y os pondrán en libertad y os harán grande y poderoso... ¡ Id hacia el triunfo! Pero acordaos, por favor, acordaos de mi súplica, amigo mío; acordaos de no causar ningún daño al sol... Hacedlo por mí, por vuestro amigo...
 
Dejé oír algunas palabras a través de mi pena y de mi desesperación, para darle a entender que respetaría al sol. Los ojos del muchacho me las agradecieron con una mirada de gratitud tan honda que no tuve valor para decirle que su fantástica tontería me llevaba a la muerte.
 
Mientras los soldados me conducían a través del patio, el silencio era tan absoluto que, si hubiera estado ciego, habría pensado hallarme en la más completa soledad, en medio de un valle, y no entre cuatro mil personas. En aquella masa de gente no se percibía ni un movimiento. Estaban pálidos y rígidos como estatuas, y la muerte se reflejaba en todos los rostros.
 
Este silencio duró mientras me ataban a la estaca, mientras los haces de leña eran cuidadosamente amontonados alrededor de mis tobillos, mis piernas y mi cintura. Hubo una pausa luego, y esto habría aumentado el silencio si ello hubiese sido posible. Un hombre se arrodilló a mis pies, sosteniendo en la mano una antorcha encendida. La multitud, inconsciente, hizo un movimiento de avance para ver mejor, saliendo, sin saberlo, de sus asientos. El monje levantó las manos y los ojos en dirección al cielo azul, y pronunció unas palabras en latín; en esta actitud estuvo un rato murmurando, y luego se detuvo. Esperó unos momentos a que empezara de nuevo, pero ante su silencio, alcé los ojos y le miré, estaba petrificado.
 
La muchedumbre, como obedeciendo a un impulso común, se puso en pie y miró al cielo. Seguí su mirada. Tan cierto como que estoy vivo, que empezaba mi eclipse. La sangre volvió a hervir en mis venas. Me sentía como un hombre nuevo. El cerco de oscuridad iba invadiendo el disco solar, lentamente, y mi corazón latía cada vez más fuerte, más aprisa, mientras la gente y el monje permanecían aún como petrificados. Dentro de poco aquellas miradas inmóviles se fijarían en mí. Pero yo estaba preparado. Me sentía dispuesto a todo y adopté una de las actitudes más grandiosas que se puede imaginar: extendí mi brazo, señalando al sol. Debí de, causar una impresión terrible. Debí de, causar una impresión terrible. Se podía ver el estremecimiento de terror que se apoderó de los circunstantes.


Mark Twain: Samuel Langhorne Clemens (Estados Unidos, 1835-1910).

No hay comentarios.:

Publicar un comentario