.

.
Vancouver: sol de verano al atardecer en English Bay.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Eclipse: UN HOMBRE IRASCIBLE, de Anton Chéjov

"La mancha negra empieza a extenderse sobre el sol. Todos parecen asustados (...) los cerdos se comen los pepinos."

(Fragmento)

- ¿De qué proceden los eclipses? -pregunta Masdinka.
 
Yo contesto:
 
- Los eclipses proceden de que la luna, recorriendo la elíptica, se coloca en la línea sobre la cual coinciden el sol y la tierra.
 
- ¿Y qué es la elíptica?
 
Yo se lo explico. Masdinka me escucha con atención, y me pregunta:
 
- ¿No es posible ver, mediante un vidrio ahumado, la línea que junta los centros del sol y de la tierra?
 
- Es una línea imaginaria -le contesto.
 
- Pero si es imaginaria -replica Masdinka-, ¿cómo es posible que la luna se sitúe en ella?
 
No le contesto. Siento, sin embargo, que, a consecuencia de esta pregunta ingenua, mi hígado se agranda.
 
- Esas son tonterías -añade la mamá de Masdinka-; nadie es capaz de predecir lo que ocurrirá. Y, además, usted no estuvo jamás en el cielo. ¿Cómo puede saber lo que acontece a la luna y al sol? Todo ello son puras fantasías.
 
Es cierto; la mancha negra empieza a extenderse sobre el sol. Todos parecen asustados; las vacas, los caballos, los carneros con los rabos levantados, corren por el campo mugiendo. Los perros aúllan. Las chinches creen que es de noche y salen de sus agujeros, con el objeto de picar a los que hallen a su alcance. El vicario llega en este momento con su carro de pepinos, se asusta, abandona el vehículo y se oculta debajo del puente; el caballo penetra en su patio, donde los cerdos se comen los pepinos. El empleado de las contribuciones, que había pernoctado en la casa vecina, sale en paños menores y grita con voz de trueno: «¡Sálvese quien pueda!» Muchos veraneantes, incluso algunas bonitas jóvenes, se lanzan a la calle descalzos. Otra cosa ocurre que no me atrevo a referir.
 
- ¡Qué miedo! ¡Esto es horrible! -chillan las señoritas de diversos matices.
 
- Señora, observe bien, el tiempo es precioso. Yo mismo calculo el diámetro.
 
Me acuerdo de la corona, y busco al oficial herido, quien está parado, inmóvil.
 
- ¿Qué diablos hace usted? ¿Y la corona?
 
El oficial se encoge de hombros, y con la mirada me indica sus dos brazos. En cada uno de ellos permanece colgada una señorita, las cuales, asidas fuertemente a él, le impiden el trabajo. Tomo el lápiz y anoto los minutos y los segundos: esto es muy importante. Marco la situación geográfica del punto de observación: esto es también muy importante. Quiero calcular el diámetro, pero Masdinka me coge de la mano y me dice:
 
- No se olvide usted: hoy, a las once.
 
Me desprendo de ella, porque los momentos son preciosos y yo tengo empeño en continuar mis observaciones. Varinka se apodera de mi otro brazo y no me suelta. El lápiz, el vidrio ahumado, los dibujos, todo se cae al suelo. ¡Diantre! Hora es de que esta joven sepa que yo soy irascible, y cuando yo me irrito, no respondo de mí. En vano pretendo seguir. El eclipse se acabó.
 
- ¿Por qué no me mira usted? -me susurra tiernamente al oído.
 
Esto es ya más que una burla. No es posible jugar con la paciencia humana. Si algo terrible sobreviene, no será por culpa mía. ¡Yo no permito que nadie se mofe de mí! ¡Qué diablo! En mis instantes de irritación no aconsejo a nadie que se acerque a mí. Yo soy capaz de todo. Una de las señoritas nota en mi semblante que estoy irritado y trata de calmarme.
 
- Nicolás Andreievitch, yo he seguido fielmente sus indicaciones, observé a los mamíferos y apunté cómo, ante el eclipse, el perro gris persiguió al gato, después de lo cual quedó por algún tiempo meneando la cola.
 
 

Anton Chéjov (Rusia, 1860-1904) .

No hay comentarios.:

Publicar un comentario