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Vancouver: otoño en English Bay (fotografía de Jules Etienne).

miércoles, 31 de enero de 2018

Nieve: CRISTINA, HIJA DE LAVRANS, de Sigrid Undset

"... nevaba cuando la condujeron a la fosa y continuó nevando casi sin parar..."

La corona
 
(Fragmento)

El sol brilló con suficiente fuerza para que empezaran a gotear los tejados a mediodía. Los herrerillos se apretujaban y se encaramaban a las paredes de troncos expuestos al sol. Se les oía picotear las moscas atontadas en las juntas de los troncos. En los prados, brillaba la nieve, dura y reluciente como la plata.
 
Una noche, por fin, las nubes empezaron a cubrir la luna. Por la mañana la gente de Joerungaard despertó en medio de una nevada que no dejaba ver nada a dos pasos. Aquel día, comprendieron que Ulvhild iba a morir.
 
Todos los rumores de la casa parecieron desvanecerse de golpe cuando llegó Sira Erik. En la sala grande había mucha luz. Al caer la tarde, Ulvhild se apagó dulcemente, sin casi sentirlo, en brazos de su madre.
 
Ragnfrid soportó la prueba mejor de lo que se esperaba. Los padres estaban abrazados llorando en medio de un gran silencio. Todo el mundo lloraba. Cuando Cristina se acercó a su padre, él le rodeó los hombros con el brazo; notó que se estremecía y temblaba y la estrechó más contra sí. Pero incluso ella se daba cuenta de que él tenía la sensación de tenerla más lejos de sí que a la pequeña tendida en la cama.
 
No comprendía cómo podía contenerse. Luego le costó recordar cómo pudo tener aquella fuerza, pero atontada y muda de dolor, se contuvo y no se echó a los pies de su padre.
 
Más tarde levantaron unas maderas del piso de la iglesia, delante del altar de Santo Tomás, y, en la tierra dura como la piedra, abrieron una fosa para Ulvhild Lavransdatter.
 
Nevó seguido y blandamente durante todos los días en que la niña estuvo de cuerpo presente; nevaba cuando la condujeron a la fosa y continuó nevando casi sin parar durante un mes entero.

 
Sigrid Undset (Noruega nacida en Dinamarca, 1882-1949). Obtuvo el premio Nobel en 1928.
 
(Traducido al español por Rosa S. de Naveira).

martes, 30 de enero de 2018

Nieve: LA RISA, de Henri Bergson


III: La bola de nieve
 
(Fragmento)

A medida que avanzamos en el estudio de los procedimientos que sigue la comedia, advertimos más claramente el papel que corresponde a las reminiscencias infantiles. Es posible que estas reminiscencias se relacionen más que con tal o cual juego con el aparato mecánico que les sirve de base. El mismo aparato se puede encontrar en juegos muy diversos, así como se encuentra el mismo ritmo en muchas fantasías musicales. Pero lo que importa, lo que el espíritu retiene, lo que por grados insensibles pasa de los juegos del niño a los del hombre, es el esquema de esta combinación, o, si se quiere, la fórmula abstracta, cuyas aplicaciones especiales constituyen estos mismos juegos. He aquí, por ejemplo, la bola de nieve que va haciéndose más grande a medida que rueda. También podríamos citar los soldaditos de plomo, colocados en fila; si se empuja al primero, cae sobre el segundo, que a su vez derriba al tercero, y así sucesivamente hasta que todos van a tierra. Cabría pensar, por último, en los castillos de naipes laboriosamente construidos; el primero de estos naipes tarde en desplomarse, su vecino lo hace más pronto, y así se acelera la labor de destrucción hasta que corre vertiginosa hacia la catástrofe final. Todos estos objetos son muy diferentes, pero todos nos sugieren la misma visión abstracta, la de un efecto que se va propagando, de modo que la causa, insignificante en su origen, llega a alcanzar un constante progreso, hasta llegar a un resultado tan importante como inesperado. Abramos ahora un libro infantil de estampas y veremos que el mecanismo tiende hacia la forma de una escena cómica. He aquí, por ejemplo (lo he tomado al acaso de una serie de Epinal), un visitante que entrando precipitadamente en un salón empuja a una señora, la cual vierte su taza de té sobre un anciano respetable; éste, a su vez, resbala contra una vidriera, y los cristales, al romperse, caen a la calle, precisamente sobre la cabeza de un guardia, que pone en movimiento a toda la Policía, etcétera. El mismo aparato, las mismas combinaciones encontraréis en muchas estampas destinadas a las personas mayores. En las historias mudas que trazan los dibujantes festivos suele intervenir un objeto que va cambiando de sitio y varias personas que le siguen en sus movimientos. Este cambio de posición del objeto da lugar a cambios de situación cada vez más pintorescos entre las personas. Pasemos ahora a la comedia. ¡Cuántas escenas bufas y hasta cuántas situaciones cómicas no podrían reducirse a este sencillo modelo! Vuélvase a leer el relato de Chicanneau en los Litigantes: una serie de procesos que engranan unos en otros, mientras que el mecanismo funciona más rápido cada vez, hasta que el pleito que se entabló por un saco de heno cuesta al litigante lo mejor de su hacienda. Racine nos da esta impresión de aceleramiento creciente. El mismo artificio se halla en ciertas escenas del Quijote; por ejemplo, en la de la venta, donde por un singular enlace de circunstancias el muletero golpea a Sancho, éste a Maritornes, sobre la cual va a caer el ventero, etcétera. Y henos, por fin, en el vodevil contemporáneo.
 
¿Habrá que recordar todas las formas que reviste en él esta combinación? La más frecuente consiste en que cierto objeto material (por ejemplo, una carta) tenga una importancia capitalísima para determinados personajes y haya que buscarlo a toda costa. Este objeto, que siempre se escapa de las manos cuando se le cree poseer, rueda a través de toda la obra, originando incidentes cada vez más complicados, más importantes, más imprevistos. Todo esto se asemeja a un juego de la niñez, su semejanza es mayor de lo que a primera vista pudiera creerse. No es otra cosa que el efecto de la bola de nieve.
 
 
Henri Bergson (Francia, 1859-1941). Obtuvo el premio Nobel en 1927.

lunes, 29 de enero de 2018

Nieve: CÓSIMA, de Grazia Deledda

"Primero cayó una gran nevada que sepultó montes y pueblos..."

(Fragmento)

Aquel fue un invierno largo y crudísimo, como jamás se había conocido. Primero cayó una gran nevada que sepultó montes y pueblos; ante nuestra casa se acumuló en una noche más de un metro y se tuvo que practicar un caminito en el medio para poder pasar sin hundirse. Los muchachos, al principio, estaban muy contentos, especialmente los que tenían la excusa de no ira a la escuela. Andrea construyó en el huerto una estatua monumental, con dos castañas por pupilas y un gorro de piel en la cabeza; Santus, en cambio, intentó ir a la escuela, pero se tuvo que volver porque ésta se encontraba en un antiguo convento, a las afueras de la pequeña ciudad, y la nieve estaba tan alta que no se podía llegar hasta allí. El estudiante, entonces, se encerró en la habitación de arriba, con un frío siberiano y se puso a estudiar. La que más se divertía era Cósima. Por primera vez veía la nieve en toda su terrible belleza y las cosas le parecían infinitamente grandes, transformadas en nubes.
 
Otro espectáculo maravilloso para ella era el fuego. Todas las chimeneas estaban encendidas y también el hogar central de la cocina: parecía como si la llama brotase del suelo de forma natural, e inclinándose aquí y allá, curiosa y casi deseosa de separarse y correr alrededor de sí misma. El humo subía hacia el techo y por cualquier otra abertura, pero volvía a entrar como repelido por el frío del exterior y, entonces, se tornaba despechado y nos molestaba. Teníamos la suerte de que el día anterior había vuelto un criado del seminerio, es decir, de las tierras donde se sembraba el trigo, y ahora, bloqueado por la nieve, estaba en casa y nos era útil de muchas maneras: partía la leña bajo el cobertizo, cuidaba del caballo encerrado en el establo, del cerdo, de las gallinas ateridas de frío, atizaba el fuego, sacaba agua del pozo y, al final, fue incluso a buscar algo de carne para preparar el caldo para los amos. Todas las demás provisiones estaban ya en casa, y no había peligro aunque la nieve durara semanas enteras. De hecho, al anochecer, empezó a caer de nuevo, densa e incesante; se cerraron y atrancaron puertas y ventanas, casi como si de un enemigo se tratara y en el silencio profundo, las voces de la casa vibraron como en un refugio de montaña.
 
 
Grazia Deledda (Italia, 1871-1936). Obtuvo el premio Nobel en 1926.

domingo, 28 de enero de 2018

Nieve: ARMAS Y EL HOMBRE (comedia antirromántica), de George Bernard Shaw

"... parece verse muy cerca un pico de los Balcanes (...) blanco y hermoso bajo la nieve..."  

Primer acto

Descripción de la escenografía

Noche. Alcoba de una dama, en Bulgaria, en una pequeña ciudad de las cercanías del paso Dragomán, a fines de noviembre de 1885. A través de una ventana abierta, con un balcón, parece verse muy cerca un pico de los Balcanes -aunque en realidad está a muchos kilómetros de distancia-, maravillosamente blanco y hermoso bajo la nieve encendida por las estrellas. El interior del cuarto no se asemeja a nada que pueda encontrarse en el occidente de Europa. Es mitad búlgaro de lujo, mitad vienés de pacotilla. Sobre la cabecera de la cama, que está apoyada contra una pequeña entrada de la pared, en el costado izquierdo de la habitación, hay un altar de madera pintada de azul y oro, con una imagen de marfil de Cristo; una lámpara pende ante el altar, en forma de una bola metálica perforada y suspendida de tres cadenas. El asiento principal, colocado al otro lado del cuarto, frente a la ventana, es una otomana turca. La colcha y los cortinados de la cama, así como los de la ventana, la alfombrita y las demás telas de adorno de la estancia, son orientales, vistosas. El empapelado de los muros es occidental y despreciable. El lavabo, adosado a la pared más cercana a la otomana y la ventana, se compone de una jofaina de hierro esmaltado, con su balde debajo, y una única toalla colgada del soporte del costado.
 

 
La mesa de tocador, entre la cama y la ventana, es una mesa corriente de pino, cubierta con una tela multicolor y con un lujoso espejo encima. La puerta está en la pared más cercana a la cama y entre ambas hay una cómoda. También está cubierta por una abigarrada tela del país, sobre la cual reposan una pila de novelas en rústica, una caja de bombones de crema y un soporte en miniatura con la fotografía ampliada de un oficial muy bien parecido, cuyo porte arrogante y mirada magnética se adivinan incluso en el retrato. El cuarto está iluminado por una vela que arde en la cómoda y otra en el tocador. Junto a esta última hay una caja de cerillas. La ventana está abierta de par en par, hacia adentro. Afuera, un par de postigos de madera, también abiertos. En el balcón se encuentra una joven, sumida en la contemplación de los nevados Balcanes, profundamente conmovida por la belleza romántica de la noche y por el hecho de que su propia belleza y juventud forman parte de ella. Está envuelta en su bata de noche y abrigada por una larga capa de pieles, que vale, según un cálculo moderado, por lo menos tres veces lo que el mobiliario de la habitación. Sus pensamientos son interrumpidos por su madre, Catalina Petkoff, mujer de más de cuarenta años de edad, imperiosamente enérgica, de magnífico cabello y ojos negros, que podría ser un espléndido ejemplar de esposa de hacendado montañés, pero que está decidida a hacer el papel de dama vienesa. Para es fin usa en todo momento un elegante vestido de tarde.


George Bernard Shaw (Irlanda, 1856-1950). Obtuvo el premio Nobel en 1925.

Las ilustraciones corresponden a la puesta en escena de Armas y el hombre, dirigida por Jessica Stone para el Old Globe Theatre en 2015. En su escenografía se advierten las montañas nevadas.

sábado, 27 de enero de 2018

Nieve: EL SOÑADOR, de Wladyslaw Reymont


(Fragmento del capítulo I)

Grandes copos de nieve iban cayendo, espesos, húmedos; el andén era un hormiguero alborotado; el jefe de estación se paseaba solemne con su gorra roja y sus guantes blancos, mientras los gendarmes permanecían inmóviles, rígidos como columnas que sostuvieran ese día de invierno, lívido y aterido.
 
El tren se detuvo, y se formó un gran alboroto: se cerraban de golpe las portezuelas, los viajeros asaltaban los vagones, los conductores corrían. El muchacho que vendía la prensa se desgañitaba, en tanto un mozo embutido en un frac, con la servilleta blanca sobre la cabeza calva, deambulaba por los vagones con una bandeja llena de vasos repitiendo monótono:
 
- ¡Té, café! ¡Café, té!
 
Josio contemplaba la escena con calma, pero de repente, como si alguien le mordiera en el centro mismo del corazón, murmuró furioso:
 
- ¿Y por qué, maldita sea su sangre, irán de un lado para otro, viajando por el mundo?
 
Lo corroían los celos; se retiró de la ventanilla y se puso a contar el dinero. Al darse la vuelta de nuevo, el tren ya había desaparecido, y la nieve caía cada vez más espesa, blanqueando los tejados de los depósitos y la tierra entre los raíles negros y relucientes. Reinaba el aburrimiento: los cables del telégrafo gemían tristemente y la máquina de reserva corría enloquecida entre penetrantes silbidos; tras los depósitos, se oía el estruendo de los vagones empujados, y en la casa del jefe de estación, aporreaban un piano de cola sin fin ni misericordia.
 
 
Wladyslaw Reymont (Polonia, 1867-1925). Obtuvo el premio Nobel en 1924.

viernes, 26 de enero de 2018

Nieve: LOCOS COMO LA BRUMA Y LA NIEVE, de William Butler Yeats

"¿Hace cuántos años, no es breve, fueron ustedes como yo iletrados locos como la bruma y la nieve?"

Atranca y echa los cerrojos,
Porque soplan con fuerza los vientos:
Esta noche con nuestros mejores pensamientos,
Y así parece a mis ojos
Que afuera todo se mueve
Loco como la bruma y la nieve.
 
Horacio allí junto a Homero, parados,
Platón debajo de ellos, alerta,
Y Tulio es una página abierta.
¿Hace cuántos años, no es breve,
Fueron ustedes como yo iletrados
Locos como la bruma y la nieve?
 
Preguntas qué me hace suspirar, viejo amigo,
¿Qué es lo que así me estremece?
Suspiro al pensar que soy testigo
Que hasta Cicerón se atreve
y una mente como la de Homero parece
Loca como la bruma y la nieve.
 
 
(Mad as the mist and snow
 
Bolt and bar the shutter,
For the foul winds blow:
Our minds are at their best this night,

And I seem to know
That everything outside us is
Mad as the mist and snow.
Horace there by Homer stands,
Plato stands below,
And here is Tully's open page.
How many years ago
Were you and I unlettered lads
Mad as the mist and snow?
 
You ask what makes me sigh, old friend,
What makes me shudder so?
I shudder and I sigh to think
That even Cicero
And many-minded Homer were
Mad as the mist and snow.)

 
 
W. B. Yeats: William Butler Yeats (Irlanda, 1865-1939). Obtuvo el premio Nobel en 1923.
 
(Traducido del inglés por Jules Etienne).

jueves, 25 de enero de 2018

Nieve: LA BLANCURA DE PIERROT, de Jacinto Benavente

 "Pierrot hubiera querido sepultarse en la blancura de la nieve inmaculada..."

En el molino del Sr. Matías -viejo avariento sin familia, sin amigos, notado en todo el lugar y sus contornos por la fama de su caudal y de su miseria-, trabajaba Pierrot desde niño en la molienda, contento con su suerte, despreocupado con lo porvenir; alma blanca como su cara enharinada de continuo; sin un pensamiento triste; risotadas y canciones en los labios siempre; blanco como la harina de flor, sabrosa masa del pan de su vida, ganada honradamente. Colombina, mozuela graciosa, amapola encendida entre las mieses de oro, era con su presencia en el molino alegría del trabajo, poesía de la existencia afanosa, flor del trigo, avecilla gorjeadora que en sí sola llevaba a la obscuridad sombría del molino, en colores, en luz, en alegría, una primavera eterna de juventud y de amores.
 
Pierrot amaba a Colombina, pero Pierrot era muy pobre, y Colombina había oído referir cuentos de hadas, de príncipes enamorados y pastorcillas hermosas.
 
El Sr. Matías pensaba deshacerse del molino, cansado del trajín incesante, y más aún por dedicarse del todo á la usura, negocio más lucrativo y reposado.
 
¡Si Pierrot pudiera comprar el molino! Colombina, haciéndose cargo de la realidad, desistiría de esperar al Príncipe Azul de sus sueños de color de rosa, y consentiría en ser molinera con su enamorado molinero blanco.
 
Cerca del molino, en una miserable choza, vivía una vieja miserable que, al decir de todos en el lugar, era tan rica como el Sr. Matías, pero le ganaba en avarienta y miserable. Pedía limosna en la ciudad cercana durante el día, y entrada la noche volvía renqueando a su vivienda de sórdida pobreza, y allí, según referían las comadres del pueblo, hasta las altas horas de la noche contaba monedas de oro y plata la vieja avarienta.
 
La idea del crimen se fijó negra como cerrazón de tormenta en el alma de Pierrot. ¡Era tan hermosa Colombina! Una noche de invierno salió Pierrot del molino, y como la luna clarísima blanqueaba su figura blanca, internóse, arrastrándose casi entre los árboles, hacia la choza de la vieja. Antes de penetrar en ella tiznóse la cara y las manos con tizones de brasas, residuo de la fogarada que unos carboneros habían encendido aquella tarde en el monte. ¿Quién podría conocerle, negra la cara y negra él alma, en la negrura de la noche y del crimen?
 
Roja la cara, rojas las manos, salía poco después apretando convulso un bolsón de cuero mugriento rebosante de monedas de oro. Pierrot contemplaba aterrado sus manos y su traje ensangrentados. Sin verla, sentía la sangre que enrojecía su cara... y allí cerca no había agua... y antes de llegar a la aceña podrían verle. Ni el agua, ni el carbón, ni la harina borraban ni encubrían la sangre roja. ¡Pobre Pierrot, rojo para siempre, espectro terrible del crimen!
 
El cielo agrisado, monótono, parecía deshacerse en copos de nieve; pluma suave, como de cisne blanquísimo, que almohadillaba el suelo endurecido, agrietado por la helada.
 
Pierrot hubiera querido sepultarse en la blancura de la nieve inmaculada; deshacerse con ella en blancura; blancura del cielo, fría como perdón sin amor y sin misericordia.
 
La nieve cubría su cara y sus manos con nueva blancura. Borrada la negrura del tizón; borrada la sangre roja del crimen. Pero el calor más tenue fundiría la máscara protectora, y el mísero Pierrot desde entonces vive en la frialdad de una eterna noche, sin calor en el cuerpo ni en el alma, sin contemplar las campiñas rientes, asoleadas con hervor de flores y follajes; sin un rayo de sol ni una llamarada de hogar que conforte su cuerpo aterido; sin un sorbo de vino generoso que en reflejos de granate o de topacio disipe con destellos de oro o rosa las nieblas agrisadas del pensamiento triste; sin los abrazos de la amistad; sin los besos, del amor... ¡Triste Pierrot, de fría blancura, como perdón sin amor y sin misericordia!
 
 
Jacinto Benavente (España, 1866-1954). Obtuvo el premio Nobel en 1922.

miércoles, 24 de enero de 2018

Nieve: LA ISLA DE LOS PINGÜINOS, de Anatole France



(Fragmento del capítulo II:
El amojonamiento de los campos y el origen de la propiedad)


La isla no conservaba ya el primitivo y rudo aspecto de cuando, entre témpanos de hielo, reunía en un anfiteatro de rocas un pueblo de aves. Al borrarse la nieve perpetua de sus alturas, quedaba sólo una colina, desde cuya cumbre se descubrían las costas de Armórica, cubiertas de una bruma eterna, y el Océano, sembrado de oscuros escollos semejantes a espaldas de monstruos que flotaban sobre los abismos.

Sus costas eran muy extensas y accidentadas, y su conjunto ofrecía cierta semejanza con el perfil de una hoja de morera. La tierra se cubría de una hierba salobre agradable a los ganados, de sauces, de antiguas higueras y de encinas augustas. Lo atestiguan el venerable Bede y varios otros autores dignos de crédito.
 
Anatole France: Jacques Anatole François Thibault (Francia, 1844-1924).
Obtuvo el premio Nobel en 1921.

La ilustración corresponde a la isla Cachagua, en Chile, conocida como la isla de los pingüinos.

martes, 23 de enero de 2018

Nieve: BENDICIÓN DE LA TIERRA, de Knut Hamsun



Libro segundo
 
(Fragmento del capítulo 3)
 
Axel observa que el tiempo va a cambiar; el viento sopla más fuerte cada vez. Pero sigue trabajando con todo su empeño. Avanza la tarde y no ha comido aún. Está abatiendo un pino grande, y éste cae y le arroja al suelo. ¿Cómo ha sido posible? Mala suerte. Un pino gigante vacila en sus raíces, el hombre le designa la caída por un lado y el viento por el lado contrario. Y el hombre pierde. Tal vez hubiera soslayado el golpe, pero la nieve cubría el terreno desigual y Axel dio un paso en falso, saltó a un lado y metió una pierna en la hendidura de unas rocas, entre las cuales se quedó tendido y soportando encima el peso de un gran pino.
 
También esto hubiera tenido remedio; pero su posición era tan enrevesada que, imposibilitado de mover mano ni pie –aunque sentía todos los miembros sanos– era como si no los tuviera. Al cabo de un rato logró tener libre una mano; pero sobre la otra pesaba su cuerpo, y el hacha no estaba al alcance de la mano libre. Mira alrededor y reflexiona; como lo haría cualquier bestia cogida en el lazo, mira en derredor, reflexiona y se esfuerza por salir de debajo del tronco. Se le ocurre pensar que Brede, de vuelta de su inspección, no tardará en pasar, y hace nuevos esfuerzos y respira con dificultad.
 
Al principio, Axel lo toma a la ligera y sólo le incomoda que el miserable acaso le tenga prisionero, pues no teme nada por su salud, y menos por su vida. Siente, de todos modos, que la mano que le queda inhábil, poco a poco va haciéndose insensible bajo la presión del cuerpo, y que la pierna cogida entre las rocas se enfría y pierde su sensibilidad. Así y todo, no le va tan mal. Brede vendrá de un momento a otro.
 
Pero Brede no viene.
 
Arrecia la tempestad y se arremolina la nieve contra la cara de Axel. «El caso es más grave», piensa él, pero descuidado, como si con un guiño a sí mismo se dijera a través de la nieve: «¡Alerta! ¡Esto va a ponerse mal!» Al cabo de un rato da el primer grito de auxilio, que, en medio del fragor de la tormenta, no debe oírse de lejos; grita en dirección de la línea telegráfica, para que alcance a Brede. Allí tendido, paralizado, Axel sólo tiene pensamientos vanos: Si pudiera, por lo menos, alcanzar el hacha, se abriría camino. ¡Ah, si pudiera sacar la mano! Esta mano se apoya sobre algo puntiagudo  una piedra– que, poco a poco, amenaza perforarla. ¡Si aquella maldita piedra no estuviera allí! Pero no se ha oído decir nunca todavía que una piedra tuviera un rasgo conmovedor.
 
La ventisca arrecia y la nieve lo va cubriendo, sin que él pueda defenderse de los inocentes copos que se derriten al cabo de un rato sobre su cara; pero ésta se enfría, y desde entonces la nieve no se derrite. ¡Ahora sí que la situación se agrava!
 
Esta vez da dos gritos de auxilio consecutivos, y aguza el oído. También el hacha va a quedar pronto cubierta de nieve; un trozo del mango es lo único que sobresale. Allá arriba ha quedado la mochila con las provisiones; si la tuviera al alcance de la mano, comería un buen bocado. No estaría tampoco de más llevar puesta la chaqueta que se había quitado, pues el frío va en aumento. Da un tercer grito potente, pidiendo auxilio.

 
Knut Hamsun (Noruega, 1859-1952). Obtuvo el premio Nobel en 1920.

lunes, 22 de enero de 2018

Nieve: PROMETEO Y EPIMETEO, de Carl Spitteler

"... cuando llegó la noche de pronto se detuvo y sólo unos cuantos copos siguieron cayendo perezosos..."

(Fragmento)

Así lo estuvo haciendo durante horas, hasta que la luz del día perdió intensidad, el aire se debilitó y el crepúsculo cubrió los campos y el bosque; entonces un secreto surgió en todos los valles.

Había movimiento en la capa del cielo, y miles de diminutas sombras grises se deslizaron suavemente en el espacio nublado cayendo en silencio, como delicada lana, sobre la tierra parda.

Al principio sólo era una o en dúos y tríos descendían sobre el rocío, lentas y sosegadas, pero después de un rato fueron más numerosas, justo como cuando las tropas sin fin de estorninos vuelan sobre los campos; y así como los rebaños de ovejas se congregan cuando se les conduce a lo alto de los Alpes, así también el enjambre entreverado y mezclado, hasta que todo el suelo quedó oculto bajo una cubierta blanca y suave.

Y todavía muy tarde la nieve se arremolinó en la borrasca, pero cuando llegó la noche de pronto se detuvo y sólo unos cuantos copos siguieron cayendo perezosos. Resaltaba el contorno negro y blanco de los bosques, y en el cielo oscuro brillaron las estrellas.


Carl Spitteler (Suiza, 1945-1924). Obtuvo el premio Nobel en 1919.

(Traducido al español por Jules Etienne, sobre una versión al inglés de James F. Muirhead).

domingo, 21 de enero de 2018

Nieve: EL VUELO DEL ÁGUILA, de Henrik Pontoppidan

"Por encima de las nubes a la deriva, emerge como una ensoñación el reino sobrenatural de las nieves perpetuas."

Pero más alto, cada vez más alto asciende ella, más y más se aventura por encima de las arreboladas lomas, atrayente, seductora.
 
Han ido a parar a un interminable pedregal donde formidables peñascos yacen caóticamente amontonados unos sobre otros como despojos de una torre de Babel derruida. Entonces, inesperadamente, se despliega el panorama ante ellos. Por encima de las nubes a la deriva, emerge como una ensoñación el reino sobrenatural de las nieves perpetuas, no mancilladas por el paso de ningún ser vivo, morada sólo de las águilas y del inmenso silencio. En las alturas, el último fulgor del día parece dormitar sobre la nieve blanca. Por detrás aparece el cielo azul oscuro cuajado de serenas estrellas.


Henrik Pontoppidan (Dinamarca, 1857-1943).
Obtuvo el premio Nobel compartido con Karl Adolph Gjellerup en 1917.

(Traducción del danés por Rodrigo Crespo, Juan M. Gallardo y Blanca Ostalé)

sábado, 20 de enero de 2018

Nieve: EL PEREGRINO KAMANITA, de Karl Adolph Gjellerup

"La piel de oveja que la cubre se desliza a un lado, y su rica melena dorada cae sobre las mejillas, cuello y pecho."
 
(Fragmento del capítulo XXIX:
El aroma del árbol de Coral)
 
Mas también el país de los cinco ríos desaparece, como antes el valle del Ganges, luego de haberlos albergado varias veces; se aparecen otras comarcas; otros hombres y otras costumbres los rodean. Más rudo todo, más salvaje y más pobre.
 
La estepa sobre la que desfila la comitiva, jinetes, carros y gente de a pie en inacabable hilera, está llena de nieve. En el aire, los blancos copos hacen remolinos. A lo lejos se ven las negras montañas sombrías. De una de las carretas asoma una muchacha tan violentamente, que la piel de oveja que la cubre se desliza a un lado, y su rica melena dorada cae sobre las mejillas, cuello y pecho.


Karl Adolph Gjellerup (Dinamarca, 1857-1919).
Obtuvo el premio Nobel compartido con Henrik Pontoppidan, en 1917.

viernes, 19 de enero de 2018

Nieve: ENDIMIÓN, de Verner von Heidenstam

"Allí, en los países de las gigantescas chimeneas, que eran otra especie de alminares, habría ahora nieve..."
 
(Fragmento del capítulo XVIII)

El nombre de Emin Ibn el-Arabi cruzaba repetidas veces aquel mar de nubes, y a Nelly le parecía sentir todavía sus ardientes besos cada vez que la rociaban con agua caliente. Unas veces le quemaban el brazo, otras el cuello, según las negritas derramaban sobre ella los chorros de agua caliente de sus relucientes ánforas.
 
Se decía entre aquel mar de nubes que la esposa del cadí -censurada y aborrecida por todas- había mandado al paschá que, sin más preámbulos, encarcelara a Emin. El mar de nubes decía también que no era posible pensar que el paschá fuera tan miserable como para cometer tal atropello, aunque era un turco. Emin no había cometido todavía ningún acto criminal. Toda su fama descansaba en la confianza que él había despertado.
 
Cuando Nelly, por fin, después que la secaron y frotaron con agua perfumada, retornó a su asiento del diván en el salón del vestuario, se quedó sumida en el agradable reposo que, según la leyenda, representa el sexto acto en ese baño de hadas que es un baño oriental. La mayoría de sus afables, pero parlanchinas, amigas árabes se habían marchado, y, sin embargo, no estaba triste. Al contrario, comenzó a sentir que su resolución de ser paciente y feliz se iba convirtiendo en realidad. Yacía envuelta en un manto seco blanco y largo, dejando solamente desnudos los brazos. Las negritas habían ceñido su cabeza con una nueva toalla seca, de color azulado, y sobre una mesita baja, incrustada de nácar, que había a su lado, le sirvieron un humeante café en una copa hermosamente tallada. Intentó alejar de sus pensamientos a Emin, ocupándose de otra cosa. Se acordó de su patria. ¡Qué diferente y opuesta era a esta ciudad de Damasco, que ahora la tenía por huésped! Allí, en los países de las gigantescas chimeneas, que eran otra especie de alminares, habría ahora nieve fundida y brumas. Todo se confabulaba allí para inspirar a los hombres un concepto sombrío y pesimista de la vida: el clima, el modo de vivir, las duras condiciones de la existencia, las habitaciones austeramente decoradas y los trajes oscuros. ¿No era bastante con que los hombres usaran sombreros negros, feos y ridículos, que parecían tubos de estufa, aunque mejor sería usar casquetes brillantes para poner un poco de color en el ambiente gris? Los occidentales también marchaban por el polvo de las calles calzando zapatos negros, aunque un gris o un terso amarillo, como los calzados de los musulmanes, hubiera sido, naturalmente, más conveniente y menos feo. Si un árabe intentara describir a los petimetres de Occidente, se expresaría así: «Portan sobre la cabeza las caperuzas de las chimeneas de sus crematorios; sus trajes están hechos de paños funerarios, y tienen encajados los pies en pequeños ataúdes».


Verner von Heidenstam (Suecia, 1859-1940). Obtuvo el premio Nobel en 1916.
 
(Traducido al español por Ovidio Fernández Graña).

jueves, 18 de enero de 2018

Nieve: JUAN CRISTÓBAL, de Romain Rolland

"Miraba el cielo de invierno, la ciudad envuelta en nieve y la gente que pasaba haciendo esfuerzos para preservarse de la tormenta."

(Fragmentos del tomo II: La rebelión)

Cristóbal respiraba con entera libertad, sin comprender lo que le había sucedido. Cuando volvió, después de acompañar a Gottfried, entraba por la gran puerta de la ciudad un torbellino de cierzo helado. La gente bajaba la cabeza para protegerse del huracán. Las jóvenes que iban a su trabajo, luchaban a pesar suyo contra el viento que les levantaba las faldas; se paraban un momento para respirar, con la nariz y las mejillas coloradas, y llenas de ira, Cristóbal, en cambio, reía lleno de satisfacción y no pensaba en la tormenta. Pensaba únicamente en la otra de que acababa de librarse. Miraba el cielo de invierno, la ciudad envuelta en nieve y la gente que pasaba haciendo esfuerzos para preservarse de la tormenta; miraba en torno suyo, pero no sentía lazo alguno entre sí mismo y el exterior. Se hallaba solo... ¡Solo! ¡Qué felicidad estar solo consigo mismo! ¡Qué dicha verse libre de las cadenas, de la tortura de los recuerdos y de la alucinación de las caras detestadas o queridas! ¡Qué felicidad vivir al fin sin verse presa de la vida, y dueño por completo de sus acciones!
...
 
Volvió a su casa cubierto de nieve. Se sacudió como un perro y, al pasar junto a su madre, que estaba barriendo el pasillo ,la levantó del suelo, lanzando gritos inarticulados y cariñosos como los que se dirigen a los niños. La anciana Luisa luchaba por desasirse de los brazos de su hijo, que estaba cubierto de nieve que iba derritiéndose, y le llamó: ¡tonto!, riendo al mismo tiempo con risa infantil.


Romain Rolland (Francia, 1866-1944). Obtuvo el premio Nobel en 1915.

miércoles, 17 de enero de 2018

Nieve: EL JARDINERO, de Rabindranath Tagore

"Por no esperar en capullo, entre la nieve eterna del invierno, el loto se abre al sol..."

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- No cierres tu corazón al amor porque te dé tristeza, y ten esperanza.
 
- ¡Qué oscuro hablas! No te puedo comprender…
 
- El corazón no puede darse sino en lágrima o canción…
 
- ¡Qué oscuro hablas! No te puedo comprender…

- Breve es el placer, como una gota de rocío, y mientras ríe, se muere. La pena, en cambio, es larga y permanece… ¡Que el amor triste despierte en tus ojos!
 
- ¡Qué oscuro hablas! No te puedo comprender…
 
- Por no esperar en capullo, entre la nieve eterna del invierno, el loto se abre al sol y pierde cuanto tiene…
 
- ¡Qué oscuro hablas! No te puedo comprender…


Rabindranath Tagore (India, 1861-1941). Obtuvo el premio Nobel en 1913.

martes, 16 de enero de 2018

Nieve: LOS TEJEDORES, de Gerhart Hauptmann


 
(Fragmento del primer acto)

Dreissiger: No era nada. El pequeño está ya completamente restablecido. (Yendo y viniendo con agitación. Se detiene a veces completamente sofocado). De todos modos, es estúpido el mandar hacer semejantes correrías a un pequeñuelo que no abulta un comino, al que se le tiraría de un soplo. No comprendo que haya gentes... pobres que carezcan de conciencia hasta ese punto. Obligarle a hacer legua y media con dos piezas de fustán al hombro. Es cosa de no creerlo. En adelante, prohíbo que se reciban las piezas tejidas que sean traídas por los niños. (Da algunos pasos en silencio). En todo caso, no quiero que vuelva a suceder semejante cosa. En último término, ¿a quién se hace responsable de ello? ¡A los fabricantes, caramba! Nosotros somos la causa de todo. Que un pobre diablillo como ese vaya un día de invierno a pararse y dormirse en la nieve, y siempre habrá por allí un periodista que llegará, no se sabe de dónde, para enterarse del hecho, y dos días después circulará por todos los periódicos. El padre, los parientes que hayan enviado al niño a la nieve, esos no tienen la culpa; nosotros somos los pérfidos emisarios. A los tejedores se les adula siempre; a nosotros nos vapulean. El fabricante es un hombre sin corazón, duro como una roca, un ser peligroso, tras del cual todos los perros tienen derecho a ladrar. Vive en la opulencia, y no da más que un salario irrisorio a sus obreros. Que semejante hombre tenga sus preocupaciones, sus noches de insomnio; que corra riesgos de los que el obrero ni siquiera puede formarse una idea; que pierda la cabeza a fuerza de calcular; que no pase un día sin contrariedades o decepciones; que deba pensar en mil cosas, cada una de las cuales es para él una cuestión de vida o muerte, todo esto les da igual a los hacedores de frases bellas. ¡Dios sabe, sin embargo, todo lo que depende de los fabricantes y a cuánta gente hacen vivir! ¡Ah! Yo quisiera veros en mi pellejo un poco de tiempo de cuando en cuando; pronto os cansaríais. (Después de reponerse un poco). Y ya veis cómo se conduce ese desalmado, ese bribón de Baecker. Lo que no le impedirá ir a gritar por todas partes que yo soy un ser sin corazón, que por un sí o un no despido a mis obreros. Vamos a ver: ¿es cierto eso? ¿Soy yo un ser sin corazón?
 
Muchas voces: No, no, señor Dreissiger.


Gerhart Hauptmann (Alemán, nacido y muerto en ciudades que hoy forman parte de Polonia, 1862-1946).
Obtuvo el premio Nobel en 1912.
 
La ilustración corresponde a la escenografía para la puesta en escena de Los tejedores (Die Weber), en el teatro Thalia de Hamburgo, bajo la dirección de Kornél Mundruczó. estrenada el 27 de mayo de 2017. 

lunes, 15 de enero de 2018

Nieve: DESEOS INVERNALES, de Maurice Maeterlinck

"Sólo alumbra la luna errante, con su tristeza siempre igual, en la helada hierba invernal..."

Lloro los labios ya gastados
donde los besos no han nacido,
y los deseos abandonados
sobre dolores abatidos.
La nieve cubre el arenal.
Del cielo gris, es duro el ceño.
Y en el alcázar de mis sueños
lobos que rondan el umbral,
y observan en mi alma cansada,
mirando aquello que pasó,
toda la sangre derramada
por el cordero que se heló.
Sólo alumbra la luna errante,
con su tristeza siempre igual,
en la helada hierba invernal,
mis ansias, de hambre agonizantes.


Maurice Maeterlinck (Bélgica, 1862-1949), recibió el premio Nobel en 1911.

La ilustración corresponde a Moonlight Snow, de Keith Mack.

domingo, 14 de enero de 2018

Nieve: LOS CIEGOS, de Maurice Maeterlinck


(Fragmento)

Primer ciego de nacimiento: Oigo el viento del Norte.

La sexta ciega: Creo que ya no hay estrellas. Va a nevar.

Tercer ciego de nacimiento: Si alguno de nosotros se duerme, hay que despertarle.

El ciego más viejo: Yo, sin embargo, tengo sueño. (Una ráfaga de viento hace revolotear las hojas secas).

La ciega joven: ¿Oyen las hojas secas? Creo que alguien viene hacia nosotros...

Segundo ciego de nacimiento: Es el viento: ¡escuchen!

Tercer ciego de nacimiento: ¡No vendrá nadie!

El ciego más viejo: Los grandes fríos van a llegar...

La ciega joven: Oigo andar a lo lejos.

Primer ciego de nacimiento: No oigo más que las hojas secas.

La ciega joven: ¡Oigo andar muy lejos de nosotros!

Segundo ciego de nacimiento: ¡No oigo más que el viento del Norte!

La ciega joven: ¡Digo que alguien viene hacia nosotros!

La ciega más vieja: Oigo un ruido de pasos muy lentos...

El ciego más viejo: ¡Creo que las mujeres tienen razón! (Empiezan a caer grandes copos de nieve).

Primer ciego de nacimiento: ¡Oh! ¡Oh! ¿Qué es este frío que cae sobre mis manos

El sexto ciego: ¡Nieva!

Primer ciego de nacimiento: ¡Apretémonos unos contra otros!

La ciega joven: Pero ¡escuchen el ruido de pasos!

La ciega más vieja: ¡Por Dios! ¡Un momento de silencio!

La ciega joven: ¡Se acercan! ¡Se acercan! ¡Escuchen! (Aquí el Niño de La ciega loca se echa a llorar súbitamente en la oscuridad).

El ciego más viejo: ¿Llora el niño?

La ciega joven: ¡Ve! ¡Ve! ¡Puesto que llora, es que ve algo! (Coge en brazos al Niño y adelanta en la dirección de donde parece venir el ruido de pasos; las otras mujeres la siguen ansiosamente y la rodean). Voy a su encuentro.

El ciego más viejo: ¡Tengan cuidado!

La ciega joven: ¡Oh! ¡Cómo llora! ¿Qué tiene? No llores. No tengas miedo; no hay nada que temer; estamos aquí; estamos en derredor tuyo. ¿Qué ves? No temas nada. ¡No llores así! ¿Qué ves? Di, ¿qué ves tú?

La ciega más vieja: El ruido de pasos se acerca por aquí. ¡Escuchen! ¡Escuchen!

El ciego más viejo: Oigo el roce de un vestido contra las hojas secas.

El sexto ciego: ¿Es una mujer?

El ciego más viejo: Es ruido de pasos!

Primer ciego de nacimiento: ¿Será acaso el ruido del mar en las hojas secas?

La ciega joven: ¡No, no! ¡Son pasos! ¡Son pasos! ¡Son pasos!

La ciega más vieja: Vamos a saberlo; escuchad las hojas muertas.

La ciega joven: ¡Los oigo, los oigo casi a nuestro lado! ¡Escuchen! ¡Escuchen! ¿Qué ves tú? ¿Qué ves tú?

La ciega más vieja: ¿Hacia qué lado mira?

La ciega joven: ¡Sigue el ruido de los pasos! ¡Miren! ¡Miren! Cuando le vuelvo del otro lado, se vuelve para ver... ¡Ve! ¡Ve! ¡Ve! ¡Es seguro que ve algo extraño! ...

La ciega más vieja: (Se adelanta.) Levántenlo por encima de nosotros para que pueda ver.

La ciega joven: ¡Apártense! ¡Apártense! (Levanta al Niño por encima del grupo de ciegos). ¡Los pasos se han detenido entre nosotros!...

La ciega más vieja: ¡Están aquí! ¡Están en medio de nosotros!

La ciega joven: ¿Quiénes son? (Silencio).

La ciega más vieja: ¡Tengan piedad de nosotros! (Silencio. El Niño llora desesperadamente).


Telón

 
 
Maurice Maeterlinck (Bélgica, 1862-1949). Obtuvo el premio Nobel en 1911.
 
La ilustración corresponde a la puesta en escena de Los ciegos por parte del grupo Toneelhuis,
bajo la dirección de Guy Cassiers en 2014.