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Vancouver: luz de agosto en English Bay.

domingo, 30 de junio de 2019

Tu boca: LA CANCIÓN DEL BESO, de José Santos Chocano

"Si sonríes... no copiaran tus sonrisas los pinceles; que en tu boca hay si sonríes con sonrisa de la aurora..."
 
¿No deseas que te diga lo que sueño al contemplarte
con los labios sonrientes, con los ojos en el cielo,
como ansiando sobre el ala de un suspiro evaporarte,
muda, extática y radiosa, cual un témpano de hielo?
¿No deseas que te cuente lo que tengo que contarte?
Si me prendo a tus amores como el náufrago a la tabla,
saber debes las zozobras de este náufrago del arte...
                     
-
Habla... ¡Habla!

Te diré lánguidamente lo que dicen las espumas
a la roca que en los bancos de la orilla se levanta,
lo que grita la gaviota que se escapa de las brumas,
lo que llora el tumbo altivo que en la arena se quebranta;
y tú, en cambio, enterneciendo mis fatídicos pesares,
mil arpados ruiseñores soltarás de la garganta:
cantarás el canto eterno del Cantar de los Cantares...
                     
-
Canta... ¡Canta!

Tu silencio me seduce, tu palabra me enamora...
Si sonríes... no copiaran tus sonrisas los pinceles;
que en tu boca hay si sonríes con sonrisa de la aurora
hoyos,
-tumbas para besos, -rosas, -
copas para mieles.
Sé que cautivas las almas cuando tu pupila llora;
pero ¡ay! del poeta incauto que en tu risa se confíe:
en tus risas hay punzadas como espinas en la flora...
                     
-
Ríe... ¡Ríe!

Tú no sabes los placeres sublimados de la boca:
besa y ríe y canta y habla, besa y ríe y nunca cesa...
¡Tú no sabes las delicias que suavemente provoca
el chasquido de unos labios sobre otros labios de fresa!
La sonrisa con que pagas el amor que te dedico
suele abrirse como abriese su abanico una princesa:
dar un beso es dar un golpe; dame un golpe de abanico...
                     
-Besa... ¡Besa!
 
 
José Santos Chocano (Peruano fallecido en Chile, 1875-1934).

sábado, 29 de junio de 2019

Tu boca: EL DIABLO SE APARECE, de Rainer María Rilke

"Desde entonces siempre, en cualquier parte, tenía cerca una copa de vino..."

(Fragmento inicial)

Al conde Paul lo tenían por irascible. Cuando la muerte le arrebató antes de tiempo a su joven esposa, le arrojó a la cara todo lo que poseía: sus bienes, su dinero, e incluso a sus favoritas. Aún formaba parte del cuerpo de los dragones de Windischgrätz. Allí, en ocasiones, se encontraba con el barón Sterowitz.

- Tu boca es casi como la de la difunta condesa.
 

El viudo se emocionó. Desde entonces siempre, en cualquier parte, tenía cerca una copa de vino; pues ésta le parecía la única posibilidad de ver venir siempre a su encuentro la boca adorada. El hecho es que dos años después al conde Paul no le quedaba ni una octava parte de sus posesiones.

 

A pesar de todo nos pidió, en una ocasión en que, casualmente, estábamos cerca de una de las propiedades de los Felderode, que fuéramos con él.

 
- Tengo que mostrarorles la cuna de mi dicha -nos aseguró volviéndose hacia las damas-, el lugar donde se me permitió ser un niño.
 
Hacía una buena tarde de agosto y nos encontrábamos un pequeño grupo en Gross-Rohozec. Que se hiciera tan larde tuvo que ver con el estado de ánimo del conde. Estaba radiante. Nadie se movía del sitio de puro encanto. Al final acordamos visitar el palacio y el parque a la mañana siguiente (puesto que en ese momento ya no era hora de visita), y ver ponerse el sol desde lo alto de las ruinas.
 
- Mis ruinas -exclamó el conde, y fue como si su voz envolviera las viejas murallas igual que una gabardina su delgada figura.
 
Rainer María Rilke
(Escritor en lengua alemana nacido en Praga, 1875-1928).
 

(Traducido al español por Isabel Hernández).

miércoles, 26 de junio de 2019

Tu boca: EL CANTO DE LA ANGUSTIA, de Leopoldo Lugones

"Tu boca, donde suspira a sombra interior habitada por los sueños..."

Yo andaba solo y callado
Porque tú te hallabas lejos;
Y aquella noche
Te estaba escribiendo,
Cuando por la casa desolada
Arrastró el horror su trapo siniestro.

Brotó la idea, ciertamente,
De los sombríos objetos;
El piano,
El tintero,
La borra de café en la taza,
Y mi traje negro.

Sutil como las alas del perfume
Vino tu recuerdo.
Tus ojos de joven cordial y triste,
Tus cabellos,
Como un largo y suave pájaro
De silencio.
(Los cabellos que resisten a la muerte
Con la vida de la seda, en tanto misterio.)

Tu boca, donde suspira
La sombra interior habitada por los sueños,
Tu garganta,
Donde veo
Palpitar como un sollozo de sangre,
La lenta vida en que te meces durmiendo.

Un vientecillo desolado,
Más que soplar, tiritaba en soplo ligero,
Y entretanto,
El silencio,
Como una blanda y suspirante lluvia
caía lento.
Caía de la inmensidad,
Inmemorial y eterno.

Adivinábase afuera
Un cielo
Peor que oscuro:
Un angustioso cielo ceniciento.

Y de pronto, desde la puerta cerrada
Me dio en la nuca un soplo trémulo
Y conocí que era la cosa mala
De las casas solas, y miré el blanco techo,
Diciéndome: "Es una absurda
Superstición, ridículo miedo."
Y miré la pared impávida,
Y noté que afuera había parado el viento.

Oh, aquel desamparo exterior y enorme
Del silencio.
Aquel egoísmo de las puertas cerradas.
Que sentía en todo el pueblo.
Solamente no me atrevía
A mirar hacia atrás, aunque estaba cierto
De que no había nadie; pero nunca,
Oh, nunca habría mirado de miedo.
Del miedo horroroso
De quedarme muerto.

Poco a poco, en vegetante
Pululación de escalofrío eléctrico,
Erizándose en mi cabeza
Los cabellos.
Uno a uno los sentía,
Y aquella vida extraña era otro tormento.

Y contemplaba mis manos
Sobre la mesa, qué extraordinarios miembros
Mis manos tan pálidas,
Manos de muerto.
Y noté que no sentía
Mi corazón desde hacía mucho tiempo.
Y sentí que te perdía para siempre,
Con la horrible certidumbre de estar despierto.

Y grité tu nombre
Con un grito interno,
Con una voz extraña
Que no era la mía y que estaba muy lejos.
Y entonces, en aquel grito

Sentí que mi corazón muy adentro,
Como un racimo de lágrimas,
Se deshacía en un llanto benéfico.
Y que era el dolor de tu ausencia
Lo que había soñado despierto.

 
Leopoldo Lugones (Argentina, 1874-1938).

lunes, 24 de junio de 2019

Tu boca: EL QUERER, de Manuel Machado

"... que en la sed de este amor loco tu eres mi sed y mi agua."

En tu boca roja y fresca
beso, y mi sed no se apaga,
que en cada beso quisiera
beber entera tu alma.
 
Me he enamorado de ti
y es enfermedad tan mala,
que ni la muerte la cura,
¡bien lo saben los que aman!
 
Loco me pongo si escucho
el ruido de tu charla,
y el contacto de tu mano
me da la vida y me mata.
 
Yo quisiera ser el aire
que toda entera te abraza,
yo quisiera ser la sangre
que corre por tus entrañas.
 
Son las líneas de tu cuerpo
el modelo de mis ansias,
el camino de mis besos
y el imán de mis miradas.
 
Siento al ceñir tu cintura
una duda que me mata
que quisiera en un abrazo
todo tu cuerpo y tu alma.
 
Estoy enfermo de ti,
de curar no hay esperanza,
que en la sed de este amor loco
tu eres mi sed y mi agua.
 
Maldita sea la hora
en que contemplé tu cara,
en que vi tus ojos negros
y besé tus labios grana.
 
Maldita sea la sed
y maldita sea el agua,
maldito sea el veneno
que envenena y que no mata.
 
En tu boca roja y fresca
beso, y mi sed no se apaga,
que en cada beso quisiera
beber entera tu alma.
 
 
Manuel Machado (España, 1874-1947).

viernes, 21 de junio de 2019

Tu boca: INTERVALO, de Colette

"Y ni la fresa más grande, ni la cereza más negra están en tu boca: se funden deliciosas en la mía... "

¿Te dijeron que durante tu ausencia vivía sola, huraña y fiel, con un gesto de impaciencia y de espera?... No lo creas. Ni soy fiel ni estoy sola. Y no es a ti a quien espero. ¡No te irrites! Lee esta carta hasta el final. Me gusta desafiarte cuando estás lejos, cuando nada puedes contra mí y te contentas con apretar los puños y romper un vaso... Me gusta desafiarte sin peligro, y verte a través de la distancia, muy pequeño, iracundo e inofensivo; ahora tú eres el perro y yo el gato, que te burla subido a un árbol...
 
»No te espero. ¿Te dijeron que abría apresuradamente mi ventana, desde el amanecer, como aquellos días, en los que andabas, por la avenida, llevando de frente, hasta mi balcón, tu larga sombra? Te mintieron. Si dejé mi lecho, pálida, un poco alucinada por el sueño, no fue porque el eco de tus pasos me llamase... iQué bella es la avenida, rubia y vacía! Ni una rama muerta, ni un ripio detienene mi mirada que campea, y el tachón azul de tu sombra no camina ya sobre la arena inmaculada, que solo han hollado los pies de los pájaros...
 
«Esperaba únicamente... aquella hora, la primera del día, la mía, la que no comparto con nadie. Te dejaba morder sólo el tiempo necesario para acogerte, para robarte la frescura, el rocío de tu pasaje a través de los campos, y para cerrar sobre nosotros mis persianas... Ahora, el alba sólo me pertenece a mí, a mí sola, que la saboreo, rosa y perlina, como un fruto intacto que han desdeñado los hombres. Y por ella dejo mi sueño, mi sueño que a veces te pertenece a ti... ¿Lo ves? Despierta apenas, y ya te abandono para traicionarte...
 
»¿Te dijeron también que, hacia el medio día, bajaba descalza hasta el mar? ¿Me espiaron, verdad? Te alabaron mi soledad hostil, y el paseo mudo, sin objeto, de mis pies sobre la playa; te apiadaron al hablarte de mi cabeza inclinada sobre el pecho, en actitud pensativa, y de pronto, estirada, dirigida hacia... ¿hacia qué? ¿hacia quién?... ¡Oh, si me hubieses podido oir! Acabo de reirme, de reírme, de reirme como nunca me has oido reir! Y es que ya no hay sobre la playa alisada por las olas, la menor traza de tus juegos, de tus saltos, de tu violenta juventud, ya no flotan tus gritos en el aire, y tu arranque de nadador no rompe ya la voluta armoniosa de la ola, que se endereza, se inclina, se enrolla como una hoja verde y, transparente, llega hasta mi y se deshace a mis pies...
 
»¿Esperarte, buscarte? No será aquí, donde nada se acuerda ya de ti. El mar no mece ya barcas; la gaviota que pescaba, arrebatada por la ola, ha volado. La rojiza peña, en forma de león, se prolonga violeta, bajo el agua que la asalta. ¿Pudiste tú dominar bajo tu talón desnudo, ese taciturno león? ¿Y esa arena que cruje al secarse, como seda caliente, la has hollado y registrado? ¿Ha bebido en ti tu perfume como la sal del mar? Me pregunto todo esto andando al medio día, por la playa, e inclino la cabeza, incrédula. Pero a veces me vuelvo, en acecho, como los niños que se asustan de una historia que inventan ellos mismos:-no, no, no estás ahí-; tuve miedo. Creí encontrarte, otra vez con los ojos fijos en mí, como para robarme mis pensamientos... tuve miedo.
 
»No hay nada, nada más que la playa, que se encoge, se arruga, como bajo una llama invisible. Aún es medio día. iNo he concluido de ofenderte, ausente! Corro hacia la sombría sala, en la que el día azul se mira en la pulida mesa, en el panzudo armario de color moreno; su frescura huele a cueva y a frutas, por la sidra que espuma en la jarra, por el puñado de fresas en el hueco de una hoja de col... Un solo cubierto. El otro lado de la mesa, frente a mi reluce como el agua al sol. Y no te echaré la rosa ¿sabes? aquella rosa tibia que encontrabas cada mañana en tu plato; la prendo muy alta en mi pecho, y no tengo más que volver un poco la cabeza para acariciarme los labios... iQué ancha es la ventana! Me la ocultabas a medias y nunca había visto, como ahora, el revés malva, blanco casi, de las clemátides colgantes...
 
»Canto a media voz, dulcemente para mi sola... Y ni la fresa más grande, ni la cereza más negra están en tu boca: se funden deliciosas en la mía... Las codiciabas de tal manera, que te las ofrecía no por ternura, sino por una especie de pudor civilizado...
 
»Toda la tarde está ante mi, como una terraza inclinada, radiante en lo alto y que se hunde allá abajo en la tarde indistinta, color de estanque. Es la hora en que me encierro ¿te lo dijeron? ¿Reclusión celosa, no es eso? ¿Meditación triste y voluptuosa de una enamorada solitaria? ¿Qué sabes tú? ¿Qué nombres dar a los fantasmas que acojo y que me apremian con sus consejos? ¿Jurariías que mi sueño tiene los rasgos de tu cara? iDuda de mi! Duda de mi, tú que has podido sorprender mis lloros y mis risas, tú, a quien burlo en todo momento; tú, a quien beso normbrándote muy bajo: «Extranjero...» iHasta anochecido te traiciono! Pero por la noche, cuando te he dado una cita, la luna llena me sorprende al pie del árbol donde deliraba un ruiseñor, tan entusiasmado con su canto, que no oyó, ni nuestros pasos, ni nuestros hálitos, ni nuestras palabras entremezcladas... Ninguno de mis días seméjase al anterior, pero una noche de luna llena es divinamente parecida a otra noche de luna llena...
 
»¿A través del espacio, por encima del mar y de las montañas, vuela tu espíritu a la cita que le doy al pie del árbol? Vuelvo como lo había prometido, vacilante, pues mi cabeza no encuentra ya el brazo que la sostenía... iTe llamo entonces, porque sé que no acudirás a mi llamamiento! Bajo mis párpados cerrados, juego con tu imagen, dulcifico el color de tu mirada, el sonido de tu voz, peino a mi gusto tu cabellera, afino tu boca, y te invento sutil, alegre, indulgente y tierno; y te cambio y te corrijo...
 
»Te transformo... poco a poco, por completo, hasta el nombre que llevas... Y después me voy, furtiva, ligera, avergonzada, como si entrando contigo, bajo la sombra del árbol, saliese con un desconocido...»
 
Colette: Sidonie Gabrielle Colette (Francia, 1873-1954).
 
(Traducido al español por Julio G. de la Serna).

domingo, 16 de junio de 2019

Tu boca: LOS PASOS, de Paul Valéry

"Persona pura, sombra divina ¡Qué suaves son tus pasos elegidos!"
 
Tus pasos, hijos de mi silencio,
Lentamente, en santidad se desplazan,
Hasta el lecho de mi desvelo presencio
Llegan mudos, se congelan.

Persona pura, sombra divina
¡Qué suaves son tus pasos elegidos!
¡Dioses... todos los dones que adivina
Vienen a mí sobre estos pies desnudos!

Si veo tus labios avanzar,
Tu boca preparas para aliviar
Al habitante de mi pensamiento
Con un beso como alimento,

No apresures este momento tierno,
Dulzura de ser no siendo,
Que mi vida es esperarlos
Y mi corazón no será más que tus pasos.

(Les pas

Tes pas, enfants de mon silence,
Saintement, lentement placés,
Vers le lit de ma vigilance
Procèdent muets et glacés.

Personne pure, ombre divine,
Qu'ils sont doux, tes pas retenus!
Dieux !... tous les dons que je devine
Viennent à moi sur ces pieds nus !

Si, de tes lèvres avancées,
Tu prépares pour l'apaiser,
A l'habitant de mes pensées
La nourriture d'un baiser,

Ne hâte pas cet acte tendre,
Douceur d'être et de n'être pas,
Car j'ai vécu de vous attendre,
Et mon coeur n'était que vos pas.)


Paul Valéry (Francia, 1871-1945).
 
(Traducido del francés por Jules Etienne).

viernes, 14 de junio de 2019

Tu boca: A LEONOR, de Amado Nervo

"... pero hay algo más bello aún: tu boca:"

Tu cabellera es negra como el ala
del misterio; tan negra como un lóbrego
jamás, como un adiós, como un «¡quién sabe!»
Pero hay algo más negro aún: ¡tus ojos!

Tus ojos son dos magos pensativos,
dos esfinges que duermen en la sombra,
dos enigmas muy bellos... Pero hay algo,
pero hay algo más bello aún: tu boca.

Tu boca, ¡oh sí!; tu boca, hecha divinamente
para el amor, para la cálida
comunión del amor, tu boca joven;
pero hay algo mejor aún: ¡tu alma!

Tu alma recogida, silenciosa,
de piedades tan hondas como el piélago,
de ternuras tan hondas...
Pero hay algo,
pero hay algo más hondo aún: ¡tu ensueño!
 
 
Amado Nervo (Mexicano fallecido en Uruguay, 1870-1919).

jueves, 13 de junio de 2019

Tu boca: LAS CANCIONES DE BILITIS, de Pierre Louÿs


El antro de las ninfas

Tus pies son más delicados que los de la argentina Thetis. Entre tus brazos cruzados reúnes tus senos o los acunas blandamente como dos bellos cuerpos de palomas.
 
Bajo tus cabellos disimulas tus ojos húmedos, tu boca temblorosa y las flores rojas de tus orejas; pero nada detendrá mi mirada ni el cálido hálito del beso.
 
Porque en el secreto de tu cuerpo estás tú, Mnasidika amada, que recelas del antro de aquellas ninfas de que habla Homero, el lugar donde las náyades tejen paños de púrpura.
 
El lugar de donde fluyen, gota a gota, unas fuentes inagotables y donde la puerta del Norte deja descender a los hombres, y donde la puerta del Sur deja entrar a los Inmortales.
 
  
Pierre Louÿs (Francés nacido en Bélgica, 1870-1925).

(Traducido al español por Ramón Hervás).

miércoles, 12 de junio de 2019

Tu boca: VIENE LA NOCHE, de Else Lasker-Schüler


Viene la noche y me sumerjo en las estrellas,
para no olvidar en el alma el camino a casa
pues se enlutó hace mucho tiempo mi pobre país.
 
Descansan nuestros corazones emparentados de amor,
emparejados en una cáscara:
blancas almendras -
 
Sé que tienes, como antes, mi mano
encantada en la eternidad de la lejanía...
¡Ah!, mi alma crujió cuando me lo confesó tu boca.


Else (Elizabeth) Lasker-Schüler
(Nacida en Alemania en 1869 y muerta en Jerusalén en 1945).

martes, 11 de junio de 2019

Tu boca: LA HORDA, de Vicente Blasco Ibáñez

"Deja que bese ese amarillo de oro... Ahora, el morado; ahora el azul... el rosa de tu frente... el heliotropo de tus labios..."

(Fragmento del capítulo 5)

- No; vámonos -murmuró la muchacha-. Fuera de aquí hablaremos; gritaré lo que quieras. ¡Quererse por primera vez en un cementerio!... Esto da mala sombra; acabaremos mal. Vámonos, Isidro.

Tiraba de él poseída de un terror infantil, y el joven la siguió. Pero al pasar bajo el arco que daba entrada al ábside, Isidro la detuvo, lanzando una exclamación de asombro.

La luz de la vidriera envolvía a Feli. Era una faja de colores palpitantes, que abarcaba a la joven de pies a cabeza, haciendo temblar todo su cuerpo, como si estuviese formado con las tintas del iris.

- ¡Qué bonita! -exclamó Maltrana con arrobamiento. -¡Si pudieras verte!... Tienes la falda verde y el pecho azul. Tu boca es de color naranja; una mejilla es violeta y la otra ámbar. Parece que tengas claveles en la frente.

Feli permanecía inmóvil, sonriendo con femenil complacencia, gozosa de que su novio la viera tan bella. Sentía la caricia del rayo mágico del sol; entornaba los ojos, cegada por la ola de dolores que palpitaba en sus ropas y en su carne. El halago de la coquetería disipaba su miedo al cementerio con esa facilidad que tienen las mujeres para el olvido cuando se sienten acariciadas en su vanidad.

Algo más que el contacto de la luz sintió de pronto Feli. Su novio la estrujaba otra vez, pero con mayores arrebatos, sin que ella intentase resistir.
 
- Deja que bese ese amarillo de oro... Ahora, el morado; ahora el azul... el rosa de tu frente... el heliotropo de tus labios... las violetas de tus ojos.
 
Caían los besos sobre ella como una lluvia sonora con chasquidos de pasión, que agrandaba el eco del cementerio.
 
Feli envolviáse entre sus brazos, intentando en vano librarse de ellos. Al moverse, los colores cambiaban de sitio, pasando de una parte a otra de su cuerpo adorable. Todos los resplandores de la luz desfilaban por su boca. Maltrana no perdonó uno: quiso saborearlos todos, en medio de aquella gloria de colores que envolvía su amoroso grupo.
 
Feliciana cerraba los ojos, estremecida por el chaparrón de besos, vibrando su virgen sensibilidad con el apretón de los masculinos brazos, sintiéndose próxima a caer al suelo como si las piernas temblorosas no pudiesen sostenerla, murmurando entre suspiros dulces:
 
- Basta... déjame... Que me matas; que grito... Asesino.
 
 
 Vicente Blasco Ibáñez (España, 1867-1928).

lunes, 10 de junio de 2019

Tu boca: ¡ESBELTA SURGE! ¡VIENE DE LAS AGUAS DESNUDA...!, de Camilo Pessanha

"... yendo a la roca donde creo que estás, con los cabellos escurriendo agua..."

¡Esbelta surge! ¡Viene de las aguas, desnuda,
gobernando una concha inmaculada!
Las caderas flexibles, los senos palpitantes…
Muere mi boca por besar tu boca.
 
¡Sin vil pudor! ¿De qué hay que avergonzarse?
Soy un hermoso joven, casto y fuerte.
¡De blanco pecho! -que la muerte acoja…
Aunque la infame deba ahora esperar-.
 
Creyendo que es la hidra voy a acabar con ella
yendo a la roca donde creo que estás,
con los cabellos escurriendo agua,
 
e ir a inclinarme y desmayar de amor,
bajo el fervor de mi virginidad
y mi pulso de joven gladiador.

 
Camilo Pessanha (Portugal, 1867-1923).
 
 (Traducido al español por Amador Palacios).

sábado, 8 de junio de 2019

Tu boca: ¡OH MI ADORADA NIÑA!, de Rubén Darío

 
¡Oh mi adorada niña!
Te diré la verdad:
Tus ojos me parecen
brasas en un cristal;
tus rizos, negro luto,
y tu boca sin par,
la ensangrentada huella
del filo de un puñal.


Rubén Darío (Nicaragua, 1867-1916).

viernes, 7 de junio de 2019

Tu boca: PEREGRINACIÓN, de Iuliu Cezar Săvescu

"... y una música como no había oído desde hacía mucho se derramó sobre el desierto, (...) y tan sólo los reptiles se arrojaron al fondo de las aguas."
 
(Fragmento)

Oh, mi alma se extravió en un terrible furor de recuerdos. Los deleites desmedidos de un amor imaginado me hacen pedazos sangrientos el alma.
Si me hubiera amado, si me hubiera lanzado una flor desde el cielo sereno de la doncellez;  tan sólo un gesto que me hubiera hecho con la punta de los dedos, si hubiera dejado volar una sola sonrisa de su rostro divino, rayos de luz habrían regado mi camino, habría vagado por jardines en flor, entre los suspiros de las hojas, el canto de las aves, y mi vida habría sido un paraíso.
Pero una sola criatura me desvió en el camino de la vida.
Y lloré mucho, y las lágrimas me acariciaban el alma, pero no era capaz de olvidar a la criatura amada.
Entonces, de la profundidad arqueada de la eternidad azul, suave y blandamente, y desconocido en aquellos lugares, se alzó un viento, un viento extraviado de los campos de la felicidad, de la boca perfumada de la primavera.
Sus alas batieron encima del desierto y una música como no había oído desde hacía mucho se derramó sobre el desierto, y el desierto se puso en movimiento.
Las cañas se doblaban con susurros enternecedores, las marismas se mecían blandamente, y tan sólo los reptiles se arrojaron al fondo de las aguas.
De arriba, de la claridad, hendiendo la nube purpúrea, ella bajó hasta mí con la rapidez del rayo. Era tan hermosa y refulgía de tal manera que mi frente chocó con la arena ardiente. No habría podido mirarla directamente al rostro ni un momento, sus miradas cortaban como espadas, y sentí el hierro frío y ardiente que me partía el alma.
¡Oh, sombra refrescante de mi vida! Tú, única luz que ha atravesado mi alma hasta lo más profundo, ámame. No pido nada más, y nunca he pedido nada más que una sonrisa, sonríeme.
Sonríeme, y dime una palabra, que sepa que la criatura que he querido me ha hablado.
O dime, que oiga de tu boca, que eres la causa de mi sufrimiento, para sufrir con alegría.
Que el dolor sea mi última esperanza, para pedirlo como un bien supremo. Mírame.
Lánzame un solo rayo de luz y pon en él el secreto de tu amor para ser la criatura más feliz. O, al menos, pisa, aplasta en medio del desierto llameante mi frente que se arrastra, y mi último suspiro será bendito.
Pero mis palabras se perdieron en la inmensidad encendida y, como si los cielos hubieran sido de metal, las palabras se repetían, quebrándose, a través del firmamento.
Cuando levanté la frente, arada por los cantos de la arena, ella permanecía delante de mí, muda y fría, inmóvil, como siempre me ha mirado.
 
 
Iuliu Cezar Săvescu (Rumania, 1866-1903).

(Traducido del rumano por Mariano Martín Rodríguez).

martes, 4 de junio de 2019

Tu boca: VÍA LÁCTEA, de Olavo Bilac

"Duermes, los pechos desnudos sobre la almohada, suelto tu cabello negro..."
 
XVIII
 
Duermes... Pero ¿qué susurro la húmeda
tierra despierta? ¿Qué rumor levanta
las estrellas, que la noche lleva en lo alto
luciendo en esa túnica extendida presas?
 
¡Son mis versos! ¡Palpita mi vida
en los deseos que la nostalgia eleva
dentro de mí y que, rompiendo la tregua,
van a llenar tus sueños, paloma dormida!
 
Duermes, los pechos desnudos sobre la almohada,
suelto tu cabello negro... Míralos, recorriendo
con duda, sutiles tu cuerpo entero.
 
Besando tu boca tibia y carnosa,
mientras suben y bajan y cautivan tu aliento.
¿Por qué se ha de acabar este momento?

 
Olavo Bilac (Brasil, 1864-1918).

lunes, 3 de junio de 2019

Tu boca: LA SEÑORITA DE LOS OJOS VERDES, de Maurice Leblanc

"Pero encontrar ojos verdes y labios que se abandonan; ¡qué voluptuosidad!..."
 
(Fragmentos)
 
Capítulo III: Un beso en la sombra
 
Conocía bien la contestación a semejante pregunta. Si se había interesado por la joven a causa de tener esos ojos de jade, ¿cómo no iba a protegerla, cuando la había sentido desfalleciendo cerca de él y con los labios muy próximos a los suyos? ¿Acaso se puede entregar una mujer cuya boca se ha besado? Cierto que era una asesina; pero se había estremecido bajo sus caricias. Y Raúl se percataba de que nada del mundo podría hacer que no la defendiese contra todo y contra todos. El ardiente beso de aquella noche dominaba todo el drama y todas las resoluciones a que el instinto de Raúl, más que su razón, le ordenaba dedicarse.
 
Capítulo IV: Es robada la Villa B...
 
Permaneció, pues, todo el día bajo el toldo del vagón, mientras el tren de mercancías se dirigía hacia el sur, entre campos soleados. Soñaba tranquilamente, comiendo manzanas para engañar al hambre. Y sin perder el tiempo en edificar frágiles hipótesis sobre La bella señorita, sus crímenes y su alma tenebrosa, saboreaba los recuerdos de la boca más tierna y más exquisita que la suya hubiera besado. Ese hecho era el único de que deseaba preocuparse. Vengar a la inglesa, castigar a la culpable, atrapar al tercer cómplice, volver a la posesión de los billetes robados, todo eso, evidentemente, era interesante. Pero encontrar ojos verdes y labios que se abandonan; ¡qué voluptuosidad!...
 
Capítulo VI: Entre la hojarasca
 
La joven calló. Había recogido su sombrero y con él se tapaba la parte inferior de la cara, principalmente los labios. Para Raúl no cabían dudas en la explicación de la conducta adoptada por la joven. Si le detestaba no era porque hubiese sido testigo de los crímenes cometidos y de tanta vergüenza, sino porque la había tenido en sus brazos y porque le había besado la boca. Aquel pudor, tan extraño en una mujer como ella, en una mujer tan sincera, arrojaba tal claridad sobre la intimidad de su alma y de sus instintos, que Raúl, a su pesar, murmuró:
 
- Le ruego que olvide.
 
Capítulo VII: Una de las bocas del infierno
 
- Por una parte, pues, la denuncia pública, los tribunales y el temible castigo... Por la otra, el segundo término del dilema en que deberás escoger el acuerdo en las condiciones que ya puedes adivinar. Claro está que no me conformo con una promesa; exijo que, puesta de rodillas, me jures que una vez en París vendrás a verme a mi casa. Además, como prueba inmediata de que el acurdo es leal, quiero que lo firmes poniendo tu boca sobre la mía. Pero no ha de ser un beso de odio y asco, sino un beso de buena gana, como los que me han dado otras tan bellas y más difíciles que tú... ¡Un beso de amor!... Pero ¡contesta! -exclamó en un estallido de rabia-. Contéstame que aceptas. Ya me está molestando tu actitud de alma en pena. Contéstame, si no quieres que te obligue y, además de dármelo por la fuerza, ganarte la cárcel.
 

Maurice Leblanc (Francia, 1864-1941).

sábado, 1 de junio de 2019

Tu boca: EL PLACER, de Gabriele D'Annunzio

"... te apoderaste con las dos manos del ramo y hundiste dentro de él tu cara, aspirando su perfume."

(Fragmento del capítulo I)

- Yo entré. Tú apenas volviste la cabeza: me acogiste duramente. ¿Qué tenías? No lo sé. Puse el ramo sobre la mesita y esperé. Empezaste á hablar de cosas triviales, sin voluntad y sin placer. Yo pensé, descorazonado. «¡Ya no me ama!» Pero el perfume era fuerte, muy intenso: había impregnado toda la estancia. Todavía te estoy viendo, cuando te apoderaste con las dos manos del ramo y hundiste dentro de él tu cara, aspirando su perfume. Al levantar el rostro, parecía exangüe y tus ojos estaban alterados como por una especie de embriaguez...
 
- ¡Sigue, sigue!... dijo Elena, con voz débil, inclinada sobre el pretil, como encantada por la fascinación del agua corriente.

- Después, sobre el diván: ¿te acuerdas? Yo te cubrí el pecho, los brazos, la cara, con las flores, agobiándote. Tú te levantabas continuamente, me presentabas tu boca, la garganta, tus párpados cerrados. Entre tu piel y mis labios sentía las hojas frías y suaves. Si te besaba el cuello, un escalofrío recorría tu cuerpo y extendías las manos para rechazarme y mantenerme alejado. ¡Oh! entonces... Tenías la cabeza hundida en los cojines, el pecho oculto por las rosas, los brazos desnudos hasta los codos, y nada era más dulce y amoroso que aquel leve temblor de tus pálidas manos sobre mis ardorosas sienes... ¿Te acuerdas?

- ¡Sí, sí! ¡Sigue!

 
Gabriele D'Annunzio (Italia, 1863-1938).