Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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miércoles, 20 de marzo de 2024

Mirándolas dormir: TRÓPICO DE CÁNCER, de Henry Miller

"Despierto de un sueño profundo para mirarla. Una pálida luz se filtra en la habitación."

(Fragmento)

El baúl está abierto y sus cosas tiradas por todas partes como antes. Está acostada en la cama con la ropa puesta. Una, dos, tres, cuatro veces... temo que se vuelva loca... En la cama, bajo las sábanas, ¡qué placer sentir su cuerpo de nuevo! Pero, ¿por cuánto tiempo? ¿Durará esta vez? Ya tengo el presentimiento de que no.

Me habla febrilmente... como si no fuese a haber mañana. «¡Calla, Mona! Mírame solamente... ¡no hables!» Por fin, se queda dormida y retiro el brazo de debajo de ella. Se me cierran los ojos. Su cuerpo está ahí, a mi lado... va a estar ahí hasta mañana, seguramente... Fue en febrero cuando zarpé del puerto, con una ventisca cegadora. La última visión que tuve de ella fue en la ventana diciéndome adiós con la mano. Un hombre parado al otro lado de la calle, en la esquina, con el sombrero calado sobre los ojos, con la boca hundida entre las solapas. Un feto mirándome. Un feto con un puro en la boca. Mona en la ventana diciéndome adiós. Rostro blanco y triste, con los cabellos ondeando desordenados. Y ahora es un dormitorio triste, su respiración acompasada por la boca, savia que le rezuma todavía entre las piernas, un olor cálido y felino y su cabello en mi boca. Tengo los ojos cerrados. Respiramos nuestro cálido aliento uno en la boca del otro. Muy juntos, América a cinco mil kilómetros de distancia. No quiero volverla a ver. Tenerla aquí en la cama conmigo, respirándome en la piel, con su cabello en mi boca... lo considero como una especie de milagro. Ahora nada puede ocurrir hasta mañana...

Despierto de un sueño profundo para mirarla. Una pálida luz se filtra en la habitación.

Henry Miller (Estados Unidos, 1891-1980).

(Traducido al español por Carlos Manzano).

viernes, 19 de marzo de 2021

Miércoles de ceniza: EL MILAGRO DEL MIÉRCOLES DE CENIZA, de Yevgueni Zamiatin

"Y luego, una habitación tranquila donde todo es blanco: paredes, puertas..."

(Fragmentos)

El doctor Voïtchek escuchaba. Los dos cuernos leonados de su cabello se agitaron y la sonrisa imperceptible se estrechó.

- Perfecto -dijo-. Veamos. Hoy es lunes. Ven a verme el miércoles. Es mi día en el hospital.

¡Y fue ese miércoles, que resultó ser Miércoles de Ceniza, que sucedió la "Cosa"!... Un pálido día de febrero bajo un cielo invernal. Ventanas celestes, el viento... ¡todo vuela!... Y luego, una habitación tranquila donde todo es blanco: paredes, puertas, asientos, de una blancura un poco angustiosa porque parece fuera de esta vida, donde las cosas son diversas y tumultuosas y donde el blanco se mezcla tan despiadadamente con el negro...

(...)

- Ese es el gran secreto, hijo mío. No te lo revelaré hasta el día que cierre los ojos por toda la eternidad.

Llegó ese día. El destino quiso que cayera en febrero, como el Miércoles de Ceniza de memoria milagrosa. Eran las mismas nubes, el mismo viento y, bajo un cielo invernal, las mismas ventanas de un azul brillante. En la pared, frente al sacerdote, palpitaba una cruz oscura: cruzaba la sombra de la ventana. Con todo su ser tendido hacia esa cruz, con el rostro contraído, el canónigo Simplicio le hizo una señal a Félix:

- Ahora, Félix, nosotros dos... no, no, doctor, no se vaya. Sabe tanto como yo y si es necesario puede confirmarle que las cosas sucedieron como lo digo.


Yevgueni Ivánovich Zamiatin (Ruso fallecido en Francia, 1884-1937).

Es posible la lectura del texto íntegro traducido al francés en La Bibliothèque russe et slave.

martes, 9 de febrero de 2021

Febrero: NOCHE DE INVIERNO, de Boris Pasternak

"El viento azotó todo el mes de febrero y una y otra vez sobre la mesa ardía una vela, una vela ardía."

El viento azotaba la tierra entera,
por todos los confines.
En la mesa ardía una vela,
una vela ardía.

Igual que los enjambres de papalotes
durante el estío las llamas buscaban,
los blancos copos desde el patio
volaban hasta la ventana.

En los vidrios la borrasca
esculpía flechas y estrellas
y en la mesa ardía una vela,
una vela ardía.

En el cielo raso iluminado
las sombras se tendían,
cruce de manos, cruce de piernas,
destinos cruzados.

En el piso, estruendosos,
dos botines cayeron.
Desde el candelabro en lágrimas
la vela en el vestido goteaba.

Todo se perdía en la bruma
canosa y blanca de la nieve.
En la mesa ardía una vela,
una vela ardía.

Del rincón sopló hacia la vela
y el ardor de la tentación
alzó, como un ángel, dos alas
formando una cruz.

El viento azotó todo el mes de febrero
y una y otra vez
sobre la mesa ardía una vela,
una vela ardía.


Boris Pasternak (Rusia, 1890-1960).
Obtuvo el premio Nobel en 1958.

(Traducido del ruso por Carlos Abrego).

lunes, 8 de febrero de 2021

Febrero: HERMOSOS Y MALDITOS, de F. Scott Fitzgerald

"Todo el odio gratuito encerrado en el corazón de febrero estaba presente en el desolado y gélido viento..."

(Fragmento del capítulo Magia Negra)

El frío era realmente intenso. Todo el odio gratuito encerrado en el corazón de febrero estaba presente en el desolado y gélido viento que se abría camino a través de Central Park para recorrer luego la Quinta Avenida. Hablar era casi imposible, y el frío logró aturdir a Anthony de tal manera que cuando se volvió a la altura de la calle Sesenta y una, se dio cuenta de que Gloria no caminaba a su lado. Al mirar a su alrededor, la descubrió a cuarenta pies detrás de él, completamente inmóvil, el rostro oculto a medias por el cuello del abrigo de piel, e indignada o quizá divertida: Anthony no era capaz de decidir cuál de las dos cosas. El joven Patch volvió sobre sus pasos.

- ¡No quisiera interrumpir tu paseo! -exclamó ella.

- Lo siento muchísimo -respondió él lleno de confusión-. ¿Iba demasiado deprisa?

- Tengo frío -murmuró Gloria-. Quiero volver a casa. Y es verdad que vas demasiado de prisa.

- Lo siento mucho.

Uno al lado del otro emprendieron el camino de vuelta hacia el Plaza. A Anthony le hubiese gustado ver el rostro de Gloria.

F. Scott Fitzgerald (Estados Unidos, 1896-1940).

domingo, 7 de febrero de 2021

Febrero: CANCIÓN DE FEBRERO, de Jorge Valdés Díaz-Vélez

"La noche sin tu piel crece más honda por las calles donde asperjas la lluvia."

"sobre el pecho del cielo, palpitando..."
Jaime Gil de Biedma

Leve y triste la tarde se retira
contigo hacia el crepúsculo y las horas
empiezan a doler en los distantes
repliegues de la sábana. De pronto
la noche ha regresado y es difícil
no pensar en tu boca momentánea
o en las altas comarcas de tu cuerpo
en lienzos de algodón en alabanza.
Ahora que no estás, vuelvo a mirar
el rayo que dividen tus pestañas
y el estremecimiento de tu espalda
moldeándome los brazos, la sonrisa
de tu sexo en los vértigos del labio,
el instante fluvial de tu alegría.
A lo lejos respira el mar, asciende
la blanda superficie su clausura
bajo un raso de líquidos cristales.
La noche sin tu piel crece más honda
por las calles donde asperjas la lluvia.
En silencio te recuerdo, muchacha,
con las últimas brasas que se apagan
contra el pecho del cielo, palpitando.


Jorge Valdés Díaz-Vélez (México, 1955).

sábado, 6 de febrero de 2021

Febrero: EL HOMBRE HUECO, de John Dickson Carr

"... la prueba de que los muertos podían abandonar sus ataúdes y flotar en el aire..."

(Fragmento del capítulo I: La amenaza)

Eran veladas entretenidas que evocaban un tanto las posadas rurales, aunque se desarrollaban detrás de las lámparas de gas de Bloomsbury. Eran veladas entretenidas… hasta la noche del 6 de febrero, en que el presentimiento del terror entró tan súbitamente como una ráfaga al abrir una puerta.

Un viento áspero y cortante soplaba aquella noche -cuenta Mills-, y había una amenaza de nieve en el aire. Además del mismo Mills y Grimaud, sólo se hallaban reunidos en torno de la lumbre Pettis, Mangan y Burnaby. El profesor Grimaud había estado hablando -acentuando sus palabras con marcados ademanes de su cigarro- sobre la leyenda del vampirismo.

- Sinceramente -dijo Pettis-, lo que me admira es su actitud respecto de todo esto. Yo, por mi parte, sólo estudio literatura; historias de fantasmas que jamás ocurrieron. Sin embargo, en cierto modo, creo en los fantasmas. Pero usted es una autoridad en sucesos comprobados, en cosas que nos vemos precisados a llamar hechos, a menos que podamos desmentirlas. Y sin embargo, no cree usted una palabra de lo que ha convertido en la cosa más importante de su vida. Es como si Bradshaw hubiera escrito un tratado para probar que la locomoción por vapor es imposible, o el editor de la Enciclopedia Británica insertado un prefacio explicando que no hay un solo artículo digno de fe en toda la obra.

- Bueno, ¿y por qué no? -dijo Grimaud con aquel áspero y rápido ladrido que le era característico y que, al parecer, emitía sin despegar los labios-. Ve usted la moraleja, ¿verdad?

- ¿«El excesivo estudio lo volvió loco», quizá? -sugirió Burnaby.

Grimaud continuó con la vista clavada en el fuego. Mills dice que parecía más furioso de lo que hubiera justificado la impremeditada broma. Tenía el cigarro exactamente en mitad de la boca, y lo chupaba como hacen los niños con las barritas de menta.

- Yo soy el hombre que sabía demasiado -dijo después de una pausa-. Y no hay constancia de que el sacerdote del templo haya sido siempre un creyente muy devoto. Como quiera que sea, esto se aparta de la cuestión. Lo que me interesa son las causas que se esconden detrás de estas supersticiones. ¿Cómo nació la superstición? ¿Qué es lo que le dio impulso, de modo que los ingenuos pudieran creer en ella? Por ejemplo: hablamos de la leyenda de los vampiros. Ahora es una creencia que prevalece en tierras eslavas. ¿De acuerdo? Alcanzó firme arraigo en Europa cuando, proveniente de Hungría, la barrió como una ráfaga entre 1730 y 1735. Bien, ¿cómo obtuvo Hungría la prueba de que los muertos podían abandonar sus ataúdes y flotar en el aire en forma de briznas de paja o pelusa hasta adoptar la forma humana para el ataque?

John Dickson Carr (Estados Unidos, 1906-1977).

viernes, 5 de febrero de 2021

Febrero: INCESTO, de Anaïs Nin

 
5 de febrero de 1934.

Sentada aquí, esperando a Louise, después de trabajar cuatro horas con Henry en el esquema de su libro. Dije: «¡Traza un esquema!». Soy ágil y siempre sé lo que hay que arrojar por la borda para no sobrecargar nuestras alas. Pero no se fía de mí como hombre porque no tengo el conocimiento visible. Aun así, veo, sé, y siempre alcanza- mos hermosas alturas, luchando con la inmensa cantidad de ramificaciones, expan- siones y distensiones.

Consigo la serenidad por agotamiento. Inercia del agotamiento. Bien. Me tumbo de espaldas y espero a que llamen a la puerta mientras escucho El pájaro de fuego. Olvido los detalles del drama de Donald porque es parecido al de Lawrence y Frieda, al de Henry y June, al de Padre y Madre. Y Donald, sin duda, terminará casándose con su verdugo. Me invade el distanciamiento de la madurez. Padre y su hambre de coño, como representando en la vida en lugar de vivir. Bah, eso es poca cosa. Busco el material real de la vida. El drama profundo.

Anaïs Nin

Ángela Anaïs Juana Antolina Rosa Edelmira Nin y Culmell (Francesa fallecida en Estados Unidos, 1903-1977).

jueves, 4 de febrero de 2021

Febrero: LOS SONÁMBULOS, de Arthur Koestler


(Capítulo 5)

1. La gravedad del destino

(Fragmento)

Por fin, el 4 de febrero de 1600, Tycho Brahe y Johannes Keplerus, cofundadores de un nuevo universo, se encontraron frente a frente, nariz de plata contra costrosa mejilla. Tycho Brahe tenía cincuenta y tres años; Kepler, veintinueve. Tycho Brahe era un aristócrata; Kepler, un plebeyo. Tycho Brahe era un creso; Kepler, un ratón de iglesia. Tycho Brahe se asemejaba a un gran danés; Kepler, a un perro sarnoso. Eran opuestos en todos los aspectos excepto en uno: ambos tenían el mismo carácter irritable y colérico. En consecuencia, se produjo entre ellos una constante fricción, que estallaba en acaloradas disputas, seguidas por forzadas reconciliaciones.

Pero todo esto era superficial. Daba la impresión de que era un encuentro de dos hábiles estudiosos, cada cual decidido a utilizar al otro para sus propios fines. Pero bajo las apariencias, los dos sabían, con la certeza de los sonámbulos, que habían nacido para completarse el uno al otro, que la fuerza de gravedad del destino los había unido. Su relación consistía en una continua alternancia entre esos dos estados: en tanto que sonámbulos, avanzaban cogidos del brazo por espacios no reflejados en ningún mapa; despiertos, extraían lo peor del carácter del otro, como por inducción mutua.

Arthur Koestler: Artúr Kösztler
(Húngaro nacionalizado británico, 1905-1983).

miércoles, 3 de febrero de 2021

Febrero: A UNA JOVEN ITALIANA, de Théophile Gautier

"... no hay vioetas excepto en tus ojos azules, y no hay más primavera que tu rostro encendido."

Aquel mes de febrero tiritaba en su albura
de la escarcha y la nieve; azotaba la lluvia
con sus rachas el ángulo de los negros tejados;
tú decías: ¡Dios mío! ¿Cuándo voy a poder
encontrar en los bosques las violetas que quiero?
Nuestro cielo es llorón, en las tierras de Francia
la estación es friolera como si aún fuera invierno,
y se sienta a la lumbre; París vive entre fango
cuando en tan bellos meses ya Florencia desgrana
sus tesoros que adorna un esmalte de hierba.

Mira, el árbol negruzco su esqueleto perfila;
se engañó tu alma cálida con su dulce calor;
no hay violetas excepto en tus ojos azules,
y no hay más primavera que tu rostro encendido.


Théophile Gautier (Francia, 1811-1872).

(Traducido al español por Carlos Pujol).

martes, 2 de febrero de 2021

Febrero (dia de la Candelaria): DELINCUENTE HONRADO, de Emilia Pardo Bazán

"... (no se me olvida la fecha, el día de la Candelaria) desapareció de casa sin dar siquiera un beso a la niña... que tenía sus cinco añitos y era como un sol."

(Fragmento)

- Padre confesor -empezó por decir-, ante todo sepa usted que yo soy un hombre decente, todo un caballero. Esa niña... que maté... nació al año de haberme casado. Era bonita, y su madre también.... ¡ya lo creo!, preciosa, que daba gloria el mirarla. Yo tenía ya algunos añitos..., y ella, una moza de rumbo, más fresca que las mismas rosas. Digo la madre, señor; digo su madre, porque por la madre tenemos que principiar. Los hijos, así como heredan los dineros del que los tiene.... heredan otras cosas... Usted, que sabrá mucho, me entenderá. Yo no sé nada, pero..., ¡a caballero no me ha ganado nadie!

La madre..., yo me miraba en sus ojos, porque la quería del alma, según corresponde a un marido bueno. Le hacía regalos; trabajaba día y noche para que tuviese su ropa maja y su mantón y sus aretes, y sobre todo.... ¡porque eso es antes!, a diario su puchero sano, y cuando parió, su cuartillo de vino y su gallina... No me remuerde la conciencia de haberle escatimado un real. Ella era alegre y cantaba como una calandria, y a mí se me quitaban las penas de oírla. Lo malo fue que como le celebraron la voz y las coplas, y empezaron a arremolinarse para escucharla, y el uno que llega y el otro que se pega, y éste que dice una pulla, y aquél que suelta un requiebro.... en fin, vi que se ponía aquello muy mal, y la dije lo que venía al caso. ¿Sabe usted lo que me contestó? Que no lo podía remediar, que le gustaba el gentío, y oír cómo la jaleaban, que cada cual es según su natural, y que no le rompiese la cabeza con sermones... De allí a un mes (no se me olvida la fecha, el día de la Candelaria) desapareció de casa, sin dar siquiera un beso a la niña..., que tenía sus cinco añitos y era como un sol.

Aquí -intercaló el padre Téllez- tuvo una crisis de sollozos, y por poco me enternezco yo también, a pesar de que la costumbre de asistir a los reos endurece y curte. Le consolé cuanto era posible, le di a beber un trago de anís, y el desdichado prosiguió:

- Supe luego que andaba por los coros de los teatros, y sabe Dios cómo... Y lo que más me barajaba los sesos, ¡por qué la honra trabaja mucho!, era que me decían los amigos, al pasar delante de mi obrador: «No tienes vergüenza... Yo que tú, la mato». De tanto oírlo, se me pegó el estribillo, y mientras batía suela, ¡tan, tan, catán!, repetía en alto: «No tengo vergüenza... ¡Había que matarla!» Sólo que ni la encontré en jamás, ni tuve ánimos para echarme en su busca. Y así que pasaron tres años, nadie me venía con que la matase, porque ella rodaba por Andalucía, hasta que se la llevaron a América..., ¡qué sé yo adonde! ¡Si vive y lee los diarios y ve cómo murió su hija...!

Emilia Pardo Bazán (España, 1851-1921).

La lectura del texto íntegro en PDF es posible en la Biblioteca Virtual Universal.

lunes, 1 de febrero de 2021

Febrero: AL ESTE DEL EDÉN, de John Steinbeck

"¿Por qué no va a la tienda de música de Logan y escucha uno de esos nuevos fonógrafos?"

(Fragmento inicial del capítulo 37)

El mes de febrero en Salinas suele ser húmedo, frío y muy despreciable. Es el mes en que caen los mayores aguaceros, y si el río tiene que desbordarse, lo hace siempre por esa época. El mes de febrero de 1915 fue especialmente lluvioso, pero los Trask se hallaban muy bien establecidos en Salinas. Lee, después de haber abandonado su agridulce sueño libresco, preparó un lugar para residir en la casa contigua a la panadería de Reynaud. En el rancho nunca había desempaquetado, en realidad, sus pertenencias, porque Lee vivía con la idea constante de trasladarse a alguna parte. Pero aquí, por primera vez en su vida, se creó un hogar, dotándolo de como- didad y permanencia.

El gran dormitorio cuya ventana daba a la calle y que estaba cerca de la puerta de la entrada era el suyo. Lee echó mano de sus ahorros. Nunca había gastado un céntimo sin necesidad, ya que destinaba todo el dinero a su biblioteca. Pero ahora se compró un pequeño y duro camastro y un escritorio. Se construyó estanterías, desempaquetó sus libros y adornó su estancia con una mullida alfombra, y clavó estampas en las paredes con chinchetas. Bajo la mejor lámpara de lectura que pudo encontrar, colocó un cómodo y amplio sillón. Y por último, se compró una máquina de escribir y empezó a aprender su manejo.

Habiendo roto así con su antiguo modo de vida espartano, Lee se dedicó a poner orden en la mansión de los Trask, a lo cual Adam no se opuso en lo más mínimo. Compraron una estufa de gas e instalaron en la casa la electricidad y el teléfono. Lee gastaba el dinero de Adam sin sentir el menor remordimiento: nuevo mobiliario, nuevas alfombras, un calentador a gas y una gran nevera. Al poco tiempo, era difícil encontrar en Salinas una casa mejor dispuesta. Lee se defendía ante Adam, alegando:

- Usted tiene mucho dinero. Sería una vergüenza no disfrutar de él.

- Yo no me quejo –protestaba Adam–. Lo que pasa es que a mí también me gustaría comprar algo. ¿Qué podría comprar?

- ¿Por qué no va a la tienda de música de Logan y escucha uno de esos nuevos fonógrafos?

- Eso haré –convino Adam.

Se compró una gramola Víctor y acudía regularmente a la tienda para ver qué discos habían llegado.

John Steinbeck (Estados Unidos, 1902-1968). Obtuvo el premio Nobel en 1962.

miércoles, 4 de marzo de 2020

Marzo: LA ROMANA, de Alberto Moravia

"... un gato blanco y negro que se lamía las patas en el umbral de un portal."

(Fragmento del capítulo VIII)

No sé por qué, recuerdo muy bien incluso el tiempo que hacía aquellos días. Había acabado febrero, frío y lluvioso, y con marzo empezaban las primeras jornadas más tibias. Una tupida red de tenues nubes blancas velaba todo el cielo y deslumbraba los ojos en cuanto se salía de la sombra de la casa a la calle. El aire era suave, pero todavía como dolorido por los rigores invernales. Yo caminaba con un placer asombrado en aquella luz mortificada, delgada y somnolienta, y a veces aminoraba el paso y cerraba los ojos, o me detenía, atónita, contemplando las cosas más insignificantes: un gato blanco y negro que se lamía las patas en el umbral de un portal; una rama colgante de oleandro aplastado por el viento, que tal vez hubiera florecido lo mismo; una mata de hierba verde que había crecido entre las hojas de la acera.

El musgo que las lluvias de los últimos meses había dejado a los pies de los zócalos de las casas me infundían un gran sentimiento de tranquilidad y de confianza. Pensaba que si aquel terciopelo esmeralda podía arraigar en un borde de tierra, también mi vida, que no tenía raíces más profundas que el césped y se conformaba igualmente para vegetar con escaso alimento y no era en realidad más que una especie de moho a los pies de una casa, tenía quizá alguna probabilidad de seguir adelante y florecer.

Alberto Moravia (Italia, 1907-1990).  

lunes, 2 de marzo de 2020

Marzo: MIREYA, de Frédéric Mistral

"... se puso mal el tiempo, la escarcha mató la hierba de los campos, las ovejas de la vieja murieron sin faltar una..."

Notas del autor al Canto Sexto

Hacia el tiempo en que la vieja irritada lanza a febrero su coz 

Los aldeanos del Mediodía han observado que los tres últimos días de febrero y los tres primeros de marzo llevan casi siempre consigo un aumento de frío, y he aquí el modo como su poética imaginación explica este hecho:

Una vieja guardaba una vez sus ovejas. Era a fines de febrero, el cual no había sido riguroso aquel año. La vieja creyéndose librada ya del invierno se permitió mofarse de febrero diciéndole: «Adiós, febrero; con tus heladas no me has levantado la piel». La chanza de la vieja enoja a febrero, el cual va a encontrar a marzo: «Marzo, hazme un favor». «Dos si quieres» contesta el oficioso vecino. «Préstame tres días, y con los tres que me quedan y los tres tuyos, yo levantaré su piel». Al momento se puso mal el tiempo, la escarcha mató la yerba de los campos, las ovejas de la vieja murieron sin faltar una, y la vieja, dicen los aldeanos, rezongando, echaba coces.


Frédéric Mistral (Francia, 1830-1914).
Obtuvo el premio Nobel en 1904 compartido con José Echegaray.

viernes, 14 de febrero de 2020

Febrero: PAÍS DE NIEVE, de Yasunari Kawabata


(Fragmento que alude al Festival de los Pájaros, el 14 de febrero)

Lo primero que había atraído la atención de Shimamura al bajar del tren era ese manto plateado que cubría las laderas de la montaña. A lo lejos parecía un espejo de agua que reflejaba la luz de la tarde. Ya estoy aquí, había pensado él al contemplarlo. Pero los manojos que cargaban aquellas campesinas parecían de una clase completamente diferente. Los largos tallos bamboleantes casi ocultaban a sus portadoras y sus penachos parecían peinar las rocas que se alzaban a la vera del camino. En la luz exangüe de la recepción, vio una polilla enorme desovando en el perchero de laca negra y oyó el repiquetear de los insectos contra las paredes de papel de los faroles. Ése era el sonido del atardecer en aquella época del año.

Komako llegó tarde y lo contempló largamente desde la entrada de la habitación.

- ¿Para qué has vuelto?

- He venido para verte.

- No es cierto. Por eso me disgusta la gente de Tokio: porque siempre está mintiendo. -Cuando se sentó pareció suavizarse un poco. - Nunca más despediré a alguien. No puedo explicarte lo que fue para mí verte partir.

- La próxima vez me iré sin avisarte.

- No me refiero a eso. Me refiero a ir a la estación.

- ¿Qué pasó con Yukio?

- Murió, qué te pensabas.

- ¿Mientras estabas despidiéndome?

- Pero ésa no fue la causa. No tenía idea de que podía detestar tanto las despedidas.

Shimamura asintió en silencio.

- ¿Dónde estabas el 14 de febrero? Te estuve esperando. La próxima vez sabré no dar crédito a tus palabras.

El 14 de febrero se celebraba el Festival de los Pájaros, una fiesta infantil tradicional en los pueblos de montaña. Durante los diez días anteriores al festival, los niños de cada aldea tallaban pequeños bloques de nieve y construían con ellos un palacio de seis metros de lado y casi cuatro metros de alto. Como el Año Nuevo se festejaba allí a comienzos de febrero, los ornamentos tradicionales seguían colgando de todas las puertas de la aldea. El día 14 los niños los retiraban y los quemaban en una gran hoguera delante del palacio de hielo. Se deslizaban desde el resbaladizo techo, saltaban, jugaban y cantaban la Canción de los Pájaros, y luego pasaban la noche dentro del palacio. La celebración terminaba a la mañana siguiente, cuando volvían a trepar al techo y cantaban la Canción de los Pájaros otra vez.

Era la época de más nieve y Shimamura le había prometido a Komako estar para el festival.

- Me tomé una pequeña vacación para esas fechas. Estaba segura de que vendrías, al menos para el 14, y volví expresamente. Podría haberme quedado a cuidar mejor de ella si hubiese sabido que no venías.

- ¿Quién se enfermó?

- La maestra de música. Se pescó una neumonía en la costa. En cuanto me llegó el telegrama partí a cuidarla.

- ¿Y se curó?

- No.

- Lo lamento —dijo Shimamura ambiguamente. Sus palabras podían aludir a la enferma o a su promesa incumplida, y no hizo nada para aclararlo.

Komako sacudió la cabeza con un movimiento ausente y luego pasó su pañuelo por la mesa. Una nube de minúsculos insectos muertos cayó al piso. Varias polillas aleteaban en torno a la lámpara y muchos insectos más cargaban el aire nocturno afuera.


 Yasunari Kawabata (Japón, 1899-1972). Obtuvo el premio Nobel en 1968.

(Traducido al español por Juan Forn).

La ilustración corresponde a Yukinori en la prefecura de Niigata, conocida como "la  espalda de Japón".

miércoles, 12 de febrero de 2020

Febrero: EL BÁRRIL MÁGICO, de Bernard Malamud

"... junto a una ventana que miraba a la ciudad alumbrada por los faroles."

(Párrafo que alude al invierno en el mes de febrero)

Los dos hombres se pusieron a tratar de su asunto. Leo había llevado a Salzman al único sitio claro del cuarto, una mesa junto a una ventana que miraba a la ciudad alumbrada por los faroles. Estaba sentado junto al agente, pero de cara a éste, intentando reprimir, con un acto de voluntad, el desagradable cosquilleo que notaba en su garganta. Salzman abrió impaciente su cartera y quitó una floja cinta de goma de un paquetito de tarjetas muy manoseadas. Al separarlas y examinarlas, ademán y ruido que molestaron físicamente a Leo, el estudiante aparentaba no mirar, absorto en lo que se veía a través de la ventana. Pese a estar todavía en febrero, el invierno iba a concluir, hecho que advertía por primera vez en muchos años. Veía ahora, con la boca medio abierta, que la pálida y redonda luna atravesaba, en lo alto del cielo, una nube parecida a un corral, donde una gallina gigantesca la engullía para devolverla luego como el ave que pone un huevo. Aunque fingía estar ocupado en leer tarjetas a través de los cristales de sus gafas, que se había calado un momento antes, Salzman lanzaba miradas de cuando en cuando, con disimulo, al noble rostro del joven, contemplando con agrado la nariz larga y severa del estudiante, los ojos pardos cargados de saber, los labios a la vez ascéticos y sensuales, las hundidas y morenas mejillas. Paseó la vista por las estanterías llenas de libros y soltó un suave suspiro de contento.

Bernard Malamud (Estados Unidos, 1914-1986).

miércoles, 13 de febrero de 2019

Febrero y Tu boca: A ESTE LADO DEL PARAÍSO, de F. Scott Fitzgerald

"...el silencio muerto; el sonido aún no había despertado. ¡La vida crujía como el hielo! "

(Fragmento del capítulo Tom, el censor)

Las calles de febrero, barridas por el viento de noche, se llenan de extraños charcos casi intermitentes; las paredes..., arruinadas bajo el brillo de la nieve que chapotea bajo los faroles como aceite dorado de una divina máquina en una hora de estrellas y deshielo.

Extraños charcos, llenos de ojos de muchos hombres, saturados de una vida en un momento de calma... Oh, yo era joven, porque podía volver a ti, más finita y más bella, para gustar los sueños apenas recordados, dulces y nuevos en tu boca:

Hubo un murmullo en el aire de la medianoche: el silencio muerto; el sonido aún no había despertado. ¡La vida crujía como el hielo! Una nota brillante, y aparecías tú, radiante y pálida..., e irrumpía la primavera... (Los pequeños carámbanos, en los aleros; y la vacilante ciudad se desvanecía.)

Nuestros pensamientos eran una helada niebla a lo largo de las cornisas; nuestros espectros se besaron allá en lo alto, entre un laberinto de cables; el eco de una risa apagada que sólo deja el vano suspiro de un deseo juvenil; a las cosas que ella amaba siguió una gran pena que sólo dejó su cascara.


Francis Scott Fitzgerald (Estados Unidos, 1896-1940). 

martes, 12 de febrero de 2019

Febrero: LA EDUCACIÓN SENTIMENTAL, de Gustave Flaubert

"... exhaló un suspiro a la vez que volvía los ojos, y la cabeza cayó de lado sobre la almohada."
 
(Fragmento del capítulo IV de la tercera parte)

El 12 de febrero, a las cinco, se le declaró una espantosa hemoptisis. El médico de guardia avisó del peligro, e inmediatamente se fue en busca de un sacerdote.

Durante la confesión del señor Dambreuse, su señora lo miraba de lejos, con curiosidad. Terminada aquélla, el joven médico le puso un vejigatorio y aguardó.

La luz de la lámparas, semioculta por los muebles, iluminaba desigualmente la habitación. Frédéric y la señora de Dambreuse, al pie de la cama, observaban al moribundo. En el alféizar de una ventana, el médico y el sacerdote hablaban a media voz; la hermana de la Caridad, de rodillas, musitaba unas oraciones.

Se oyó un estertor. Se enfriaban las manos, y el rostro empezaba a palidecer. A veces se le escapaba una profunda espiración; de tiempo en tiempo se hacían más raras; articuló confusamente dos o tres palabras; exhaló un suspiro a la vez que volvía los ojos, y la cabeza cayó de lado sobre la almohada.

Todos, durante un minuto, permanecieron inmóviles.

La señora de Dambreuse se aproximó, y sin esfuerzo, con la sencillez del que cumple un deber, le cerró los párpados.


Gustave Flaubert (Francia, 1821-1880).

lunes, 11 de febrero de 2019

Febrero: ÉSTE ES UN AMOR QUE TUVO SU ORIGEN..., de Efraín Huerta

"... llega el amor y luego las manos -esas terribles manos delgadas como el pensamiento- se entrelazan..."

(Fragmento)

Éste es un amor que tuvo su origen
y en un principio no era sino un poco de miedo
y una ternura que no quería nacer y hacerse fruto.

Un amor bien nacido de ese mar de sus ojos,
un amor que tiene a su voz como ángel y bandera,
un amor que huele a aire y a nardos y a cuerpo húmedo,
un amor que no tiene remedio, ni salvación
ni vida, ni muerte, ni siquiera una pequeña agonía.

Éste es un amor rodeado de jardines y de luces
y de la nieve de una montaña de febrero
y del ansia que uno respira bajo el crepúsculo de San Ángel
y de todo lo que no se sabe, porque nunca se sabe
por qué llega el amor y luego las manos
-esas terribles manos delgadas como el pensamiento-
se entrelazan y un suave sudor de -otra vez- miedo,
brilla como las perlas abandonadas
y sigue brillando aún cuando el beso, los besos,
los miles y millones de besos se parecen al fuego
y se parecen a la derrota y al triunfo
y a todo lo que parece poesía -y es poesía.


Efraín Huerta (México, 1914-1982).

domingo, 10 de febrero de 2019

Febrero: MEMORIAS DE ADRIANO, de Marguerite Yourcenar

"Alrededor de la duodécima hora, en un frío amanecer de febrero..."

(Fragmento de Disciplina augusta)

Aquella misma noche tomé mis precauciones. Nuestro enemigo había vivido demasiado, y yo quería dejar a Lucio una herencia libre de peligros. Alrededor de la duodécima hora, en un frío amanecer de febrero, un tribuno portador de la sentencia de muerte de Serviano y de su nieto se presentó en casa de mi cuñado; tenía la consigna de esperar en el vestíbulo hasta que la orden que llevaba fuese cumplida. Serviano mandó llamar a su médico y todo transcurrió decorosamente. Antes de morir, me deseó que expirara lentamente, atormentado por un mal incurable, sin gozar como él del privilegio de una breve agonía. Sus votos ya se han cumplido.

No había ordenado con alegría aquella doble ejecución, pero más tarde no sentí la menor lástima ni el menor remordimiento. Una vieja cuenta quedaba liquidada; eso era todo. Jamás he creído que la edad sea una excusa para la malignidad humana; ante bien, me parece una circunstancia agravante. La sentencia de Akiba y sus acólitos me había hecho vacilar mucho más; viejo por viejo, prefería el fanático al conspirador. En cuanto a Fusco, por mediocre que fuera y por más que su odioso abuelo lo hubiera prevenido contra mí, era el nieto de Paulina. Pero por más que se diga, los lazos de la sangre son harto débiles cuando no los refuerza el afecto; basta ver lo que ocurre entre las gentes cada vez que hay una herencia en litigio.


Marguerite Yourcenar* (Escritora francesa nacida en Bélgica, educada en Francia y afincada en Estados Unidos, donde falleció; 1903-1987)
 
* El apellido Yourcenar era un seudónimo literario, anagrama del verdadero apellido: Crayencour. Su nombre completo fue Marguerite Antoinette Jeanne Marie Ghislain Cleenewerck de Crayencour, al que podrían añadirse al final Cartier de Marchienne, sus apellidos maternos.

sábado, 9 de febrero de 2019

Febrero: TARDE DE FEBRERO, de Henry W. Longfellow


Está terminando el día
desciende la noche;
la ciénaga está congelada,
muerto el río.

A través de las nubes como ceniza
el rojo sol parpadea
sobre las ventanas de la aldea
que rojo brillan.

Recomienza la nieve;
las cercas enterradas
ya no marcan
el camino en la llanura;

Mientras que por los prados,
como sombras temerosas,
lentamente pasa
un cortejo funerario.

Repican las campanas,
y cada sentimiento
dentro de mí responde
a la sentencia desolada;

Las sombras nos siguen,
y mi corazón se lamenta
con un tañido fatal,
como campanas del funeral.
 
(Afternoon in February
 
The day is ending,
The night is descending;
The marsh is frozen,
The river dead.

Through clouds like ashes
The red sun flashes
On village windows
That glimmer red.

The snow recommences;
The buried fences
Mark no longer
The road o'er the plain;

While through the meadows,
Like fearful shadows,
Slowly passes
A funeral train.

The bell is pealing,
And every feeling
Within me responds
To the dismal knell;

Shadows are trailing,
My heart is bewailing
And tolling within
Like a funeral bell
.)
 
 
Henry Wadsworth Longfellow (Estados Unidos, 1807-1882).

(Traducido del inglés por Jules Etienne).