(Fragmento)
Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
miércoles, 20 de marzo de 2024
Mirándolas dormir: TRÓPICO DE CÁNCER, de Henry Miller
(Fragmento)
viernes, 19 de marzo de 2021
Miércoles de ceniza: EL MILAGRO DEL MIÉRCOLES DE CENIZA, de Yevgueni Zamiatin
(Fragmentos)
El doctor Voïtchek escuchaba. Los dos cuernos leonados de su cabello se agitaron y la sonrisa imperceptible se estrechó.
- Perfecto -dijo-. Veamos. Hoy es lunes. Ven a verme el miércoles. Es mi día en el hospital.
¡Y fue ese miércoles, que resultó ser Miércoles de Ceniza, que sucedió la "Cosa"!... Un pálido día de febrero bajo un cielo invernal. Ventanas celestes, el viento... ¡todo vuela!... Y luego, una habitación tranquila donde todo es blanco: paredes, puertas, asientos, de una blancura un poco angustiosa porque parece fuera de esta vida, donde las cosas son diversas y tumultuosas y donde el blanco se mezcla tan despiadadamente con el negro...
(...)
- Ese es el gran secreto, hijo mío. No te lo revelaré hasta el día que cierre los ojos por toda la eternidad.
Llegó ese día. El destino quiso que cayera en febrero, como el Miércoles de Ceniza de memoria milagrosa. Eran las mismas nubes, el mismo viento y, bajo un cielo invernal, las mismas ventanas de un azul brillante. En la pared, frente al sacerdote, palpitaba una cruz oscura: cruzaba la sombra de la ventana. Con todo su ser tendido hacia esa cruz, con el rostro contraído, el canónigo Simplicio le hizo una señal a Félix:
- Ahora, Félix, nosotros dos... no, no, doctor, no se vaya. Sabe tanto como yo y si es necesario puede confirmarle que las cosas sucedieron como lo digo.
Yevgueni Ivánovich Zamiatin (Ruso fallecido en Francia, 1884-1937).
Es posible la lectura del texto íntegro traducido al francés en La Bibliothèque russe et slave.
martes, 9 de febrero de 2021
Febrero: NOCHE DE INVIERNO, de Boris Pasternak
Igual que los enjambres de papalotes
durante el estío las llamas buscaban,
los blancos copos desde el patio
volaban hasta la ventana.
En los vidrios la borrasca
esculpía flechas y estrellas
y en la mesa ardía una vela,
una vela ardía.
En el cielo raso iluminado
las sombras se tendían,
cruce de manos, cruce de piernas,
destinos cruzados.
En el piso, estruendosos,
dos botines cayeron.
Desde el candelabro en lágrimas
la vela en el vestido goteaba.
Todo se perdía en la bruma
canosa y blanca de la nieve.
En la mesa ardía una vela,
una vela ardía.
Del rincón sopló hacia la vela
y el ardor de la tentación
alzó, como un ángel, dos alas
formando una cruz.
El viento azotó todo el mes de febrero
y una y otra vez
sobre la mesa ardía una vela,
una vela ardía.
lunes, 8 de febrero de 2021
Febrero: HERMOSOS Y MALDITOS, de F. Scott Fitzgerald
El frío era realmente intenso. Todo el odio gratuito encerrado en el corazón de febrero estaba presente en el desolado y gélido viento que se abría camino a través de Central Park para recorrer luego la Quinta Avenida. Hablar era casi imposible, y el frío logró aturdir a Anthony de tal manera que cuando se volvió a la altura de la calle Sesenta y una, se dio cuenta de que Gloria no caminaba a su lado. Al mirar a su alrededor, la descubrió a cuarenta pies detrás de él, completamente inmóvil, el rostro oculto a medias por el cuello del abrigo de piel, e indignada o quizá divertida: Anthony no era capaz de decidir cuál de las dos cosas. El joven Patch volvió sobre sus pasos.
- ¡No quisiera interrumpir tu paseo! -exclamó ella.
- Lo siento muchísimo -respondió él lleno de confusión-. ¿Iba demasiado deprisa?
- Tengo frío -murmuró Gloria-. Quiero volver a casa. Y es verdad que vas demasiado de prisa.
- Lo siento mucho.
Uno al lado del otro emprendieron el camino de vuelta hacia el Plaza. A Anthony le hubiese gustado ver el rostro de Gloria.
F. Scott Fitzgerald (Estados Unidos, 1896-1940).
domingo, 7 de febrero de 2021
Febrero: CANCIÓN DE FEBRERO, de Jorge Valdés Díaz-Vélez
"sobre el pecho del cielo, palpitando..."
sábado, 6 de febrero de 2021
Febrero: EL HOMBRE HUECO, de John Dickson Carr
(Fragmento del capítulo I: La amenaza)
Eran veladas entretenidas que evocaban un tanto las posadas rurales, aunque se desarrollaban detrás de las lámparas de gas de Bloomsbury. Eran veladas entretenidas… hasta la noche del 6 de febrero, en que el presentimiento del terror entró tan súbitamente como una ráfaga al abrir una puerta.
Un viento áspero y cortante soplaba aquella noche -cuenta Mills-, y había una amenaza de nieve en el aire. Además del mismo Mills y Grimaud, sólo se hallaban reunidos en torno de la lumbre Pettis, Mangan y Burnaby. El profesor Grimaud había estado hablando -acentuando sus palabras con marcados ademanes de su cigarro- sobre la leyenda del vampirismo.
- Sinceramente -dijo Pettis-, lo que me admira es su actitud respecto de todo esto. Yo, por mi parte, sólo estudio literatura; historias de fantasmas que jamás ocurrieron. Sin embargo, en cierto modo, creo en los fantasmas. Pero usted es una autoridad en sucesos comprobados, en cosas que nos vemos precisados a llamar hechos, a menos que podamos desmentirlas. Y sin embargo, no cree usted una palabra de lo que ha convertido en la cosa más importante de su vida. Es como si Bradshaw hubiera escrito un tratado para probar que la locomoción por vapor es imposible, o el editor de la Enciclopedia Británica insertado un prefacio explicando que no hay un solo artículo digno de fe en toda la obra.
- Bueno, ¿y por qué no? -dijo Grimaud con aquel áspero y rápido ladrido que le era característico y que, al parecer, emitía sin despegar los labios-. Ve usted la moraleja, ¿verdad?
- ¿«El excesivo estudio lo volvió loco», quizá? -sugirió Burnaby.
Grimaud continuó con la vista clavada en el fuego. Mills dice que parecía más furioso de lo que hubiera justificado la impremeditada broma. Tenía el cigarro exactamente en mitad de la boca, y lo chupaba como hacen los niños con las barritas de menta.
- Yo soy el hombre que sabía demasiado -dijo después de una pausa-. Y no hay constancia de que el sacerdote del templo haya sido siempre un creyente muy devoto. Como quiera que sea, esto se aparta de la cuestión. Lo que me interesa son las causas que se esconden detrás de estas supersticiones. ¿Cómo nació la superstición? ¿Qué es lo que le dio impulso, de modo que los ingenuos pudieran creer en ella? Por ejemplo: hablamos de la leyenda de los vampiros. Ahora es una creencia que prevalece en tierras eslavas. ¿De acuerdo? Alcanzó firme arraigo en Europa cuando, proveniente de Hungría, la barrió como una ráfaga entre 1730 y 1735. Bien, ¿cómo obtuvo Hungría la prueba de que los muertos podían abandonar sus ataúdes y flotar en el aire en forma de briznas de paja o pelusa hasta adoptar la forma humana para el ataque?
John Dickson Carr (Estados Unidos, 1906-1977).
viernes, 5 de febrero de 2021
Febrero: INCESTO, de Anaïs Nin
5 de febrero de 1934.
Sentada aquí, esperando a Louise, después de trabajar cuatro horas con Henry en el esquema de su libro. Dije: «¡Traza un esquema!». Soy ágil y siempre sé lo que hay que arrojar por la borda para no sobrecargar nuestras alas. Pero no se fía de mí como hombre porque no tengo el conocimiento visible. Aun así, veo, sé, y siempre alcanza- mos hermosas alturas, luchando con la inmensa cantidad de ramificaciones, expan- siones y distensiones.
Consigo la serenidad por agotamiento. Inercia del agotamiento. Bien. Me tumbo de espaldas y espero a que llamen a la puerta mientras escucho El pájaro de fuego. Olvido los detalles del drama de Donald porque es parecido al de Lawrence y Frieda, al de Henry y June, al de Padre y Madre. Y Donald, sin duda, terminará casándose con su verdugo. Me invade el distanciamiento de la madurez. Padre y su hambre de coño, como representando en la vida en lugar de vivir. Bah, eso es poca cosa. Busco el material real de la vida. El drama profundo.
Anaïs Nin
Ángela Anaïs Juana Antolina Rosa Edelmira Nin y Culmell (Francesa fallecida en Estados Unidos, 1903-1977).
jueves, 4 de febrero de 2021
Febrero: LOS SONÁMBULOS, de Arthur Koestler
miércoles, 3 de febrero de 2021
Febrero: A UNA JOVEN ITALIANA, de Théophile Gautier
martes, 2 de febrero de 2021
Febrero (dia de la Candelaria): DELINCUENTE HONRADO, de Emilia Pardo Bazán
(Fragmento)
- Padre confesor -empezó por decir-, ante todo sepa usted que yo soy un hombre decente, todo un caballero. Esa niña... que maté... nació al año de haberme casado. Era bonita, y su madre también.... ¡ya lo creo!, preciosa, que daba gloria el mirarla. Yo tenía ya algunos añitos..., y ella, una moza de rumbo, más fresca que las mismas rosas. Digo la madre, señor; digo su madre, porque por la madre tenemos que principiar. Los hijos, así como heredan los dineros del que los tiene.... heredan otras cosas... Usted, que sabrá mucho, me entenderá. Yo no sé nada, pero..., ¡a caballero no me ha ganado nadie!
La madre..., yo me miraba en sus ojos, porque la quería del alma, según corresponde a un marido bueno. Le hacía regalos; trabajaba día y noche para que tuviese su ropa maja y su mantón y sus aretes, y sobre todo.... ¡porque eso es antes!, a diario su puchero sano, y cuando parió, su cuartillo de vino y su gallina... No me remuerde la conciencia de haberle escatimado un real. Ella era alegre y cantaba como una calandria, y a mí se me quitaban las penas de oírla. Lo malo fue que como le celebraron la voz y las coplas, y empezaron a arremolinarse para escucharla, y el uno que llega y el otro que se pega, y éste que dice una pulla, y aquél que suelta un requiebro.... en fin, vi que se ponía aquello muy mal, y la dije lo que venía al caso. ¿Sabe usted lo que me contestó? Que no lo podía remediar, que le gustaba el gentío, y oír cómo la jaleaban, que cada cual es según su natural, y que no le rompiese la cabeza con sermones... De allí a un mes (no se me olvida la fecha, el día de la Candelaria) desapareció de casa, sin dar siquiera un beso a la niña..., que tenía sus cinco añitos y era como un sol.
Aquí -intercaló el padre Téllez- tuvo una crisis de sollozos, y por poco me enternezco yo también, a pesar de que la costumbre de asistir a los reos endurece y curte. Le consolé cuanto era posible, le di a beber un trago de anís, y el desdichado prosiguió:
- Supe luego que andaba por los coros de los teatros, y sabe Dios cómo... Y lo que más me barajaba los sesos, ¡por qué la honra trabaja mucho!, era que me decían los amigos, al pasar delante de mi obrador: «No tienes vergüenza... Yo que tú, la mato». De tanto oírlo, se me pegó el estribillo, y mientras batía suela, ¡tan, tan, catán!, repetía en alto: «No tengo vergüenza... ¡Había que matarla!» Sólo que ni la encontré en jamás, ni tuve ánimos para echarme en su busca. Y así que pasaron tres años, nadie me venía con que la matase, porque ella rodaba por Andalucía, hasta que se la llevaron a América..., ¡qué sé yo adonde! ¡Si vive y lee los diarios y ve cómo murió su hija...!
Emilia Pardo Bazán (España, 1851-1921).
La lectura del texto íntegro en PDF es posible en la Biblioteca Virtual Universal.
lunes, 1 de febrero de 2021
Febrero: AL ESTE DEL EDÉN, de John Steinbeck
(Fragmento inicial del capítulo 37)
El mes de febrero en Salinas suele ser húmedo, frío y muy despreciable. Es el mes en que caen los mayores aguaceros, y si el río tiene que desbordarse, lo hace siempre por esa época. El mes de febrero de 1915 fue especialmente lluvioso, pero los Trask se hallaban muy bien establecidos en Salinas. Lee, después de haber abandonado su agridulce sueño libresco, preparó un lugar para residir en la casa contigua a la panadería de Reynaud. En el rancho nunca había desempaquetado, en realidad, sus pertenencias, porque Lee vivía con la idea constante de trasladarse a alguna parte. Pero aquí, por primera vez en su vida, se creó un hogar, dotándolo de como- didad y permanencia.
El gran dormitorio cuya ventana daba a la calle y que estaba cerca de la puerta de la entrada era el suyo. Lee echó mano de sus ahorros. Nunca había gastado un céntimo sin necesidad, ya que destinaba todo el dinero a su biblioteca. Pero ahora se compró un pequeño y duro camastro y un escritorio. Se construyó estanterías, desempaquetó sus libros y adornó su estancia con una mullida alfombra, y clavó estampas en las paredes con chinchetas. Bajo la mejor lámpara de lectura que pudo encontrar, colocó un cómodo y amplio sillón. Y por último, se compró una máquina de escribir y empezó a aprender su manejo.
Habiendo roto así con su antiguo modo de vida espartano, Lee se dedicó a poner orden en la mansión de los Trask, a lo cual Adam no se opuso en lo más mínimo. Compraron una estufa de gas e instalaron en la casa la electricidad y el teléfono. Lee gastaba el dinero de Adam sin sentir el menor remordimiento: nuevo mobiliario, nuevas alfombras, un calentador a gas y una gran nevera. Al poco tiempo, era difícil encontrar en Salinas una casa mejor dispuesta. Lee se defendía ante Adam, alegando:
- Usted tiene mucho dinero. Sería una vergüenza no disfrutar de él.
- Yo no me quejo –protestaba Adam–. Lo que pasa es que a mí también me gustaría comprar algo. ¿Qué podría comprar?
- ¿Por qué no va a la tienda de música de Logan y escucha uno de esos nuevos fonógrafos?
- Eso haré –convino Adam.
Se compró una gramola Víctor y acudía regularmente a la tienda para ver qué discos habían llegado.
John Steinbeck (Estados Unidos, 1902-1968). Obtuvo el premio Nobel en 1962.
miércoles, 4 de marzo de 2020
Marzo: LA ROMANA, de Alberto Moravia
(Fragmento del capítulo VIII)
lunes, 2 de marzo de 2020
Marzo: MIREYA, de Frédéric Mistral
Notas del autor al Canto Sexto
Hacia el tiempo en que la vieja irritada lanza a febrero su coz
viernes, 14 de febrero de 2020
Febrero: PAÍS DE NIEVE, de Yasunari Kawabata
miércoles, 12 de febrero de 2020
Febrero: EL BÁRRIL MÁGICO, de Bernard Malamud
(Párrafo que alude al invierno en el mes de febrero)
miércoles, 13 de febrero de 2019
Febrero y Tu boca: A ESTE LADO DEL PARAÍSO, de F. Scott Fitzgerald
(Fragmento del capítulo Tom, el censor)
martes, 12 de febrero de 2019
Febrero: LA EDUCACIÓN SENTIMENTAL, de Gustave Flaubert
lunes, 11 de febrero de 2019
Febrero: ÉSTE ES UN AMOR QUE TUVO SU ORIGEN..., de Efraín Huerta
(Fragmento)
domingo, 10 de febrero de 2019
Febrero: MEMORIAS DE ADRIANO, de Marguerite Yourcenar
(Fragmento de Disciplina augusta)
sábado, 9 de febrero de 2019
Febrero: TARDE DE FEBRERO, de Henry W. Longfellow
The night is descending;
The marsh is frozen,
The river dead.
Through clouds like ashes
The red sun flashes
On village windows
That glimmer red.
The snow recommences;
The buried fences
Mark no longer
The road o'er the plain;
While through the meadows,
Like fearful shadows,
Slowly passes
A funeral train.
The bell is pealing,
And every feeling
Within me responds
To the dismal knell;
Shadows are trailing,
My heart is bewailing
And tolling within
Like a funeral bell.)




















