Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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sábado, 17 de febrero de 2018

Nieve: LA PERSPECTIVA CIENTÍFICA, de Bertrand Russell

"Cuando llegue la hora de mi muerte, no sentiré haber vivido en vano. Habré visto los crepúsculos rojos de la tarde, el rocío de la mañana y la nieve brillando bajo los rayos del sol universal..."
 
 
(Fragmento del capítulo XVIII: La ciencia y los valores)

La sociedad científica, en su forma pura -que es la que hemos tratado de representar-, es incompatible con la persecución de la verdad, con el amor, con el arte, con el deleite espontáneo, con todos los ideales que los hombres han protegido hasta ahora, con la única excepción de la renuncia ascética. No es el conocimiento el que origina estos peligros. El conocimiento es bueno, y la ignorancia es mala; a este principio no encuentra excepción el amante del mundo. Ni tampoco es el poder en sí y por sí el origen del peligro. Lo que es peligroso es el poder manejado por amor al poder, y no el poder manejado por amor al bien genuino. Los directores del mundo moderno están borrachos de poder: el hecho de poder hacer algo que nadie previamente pensaba como de posible realización es para ellos suficiente razón para hacerlo. El poder no es uno de los fines de la vida, sino meramente un medio para otros fines, y hasta que los hombres tengan presente los fines a que el poder debiera servir, la ciencia no hará lo que es capaz para procurar la buena vida. Pero ¿cuáles son los fines de la vida? -preguntará el lector-. No creo que ningún hombre tenga el derecho a legislar para otros sobre este particular. Para cada individuo, los fines de la vida son aquellas cosas que desea ardientemente, y que si existiesen le proporcionarían la paz. O, si se piensa que es mucho pedir la paz en esta vida, digamos que los fines de la vida habrán de proporcionarle deleite o alegría o éxtasis. En los deseos conscientes del hombre que busca el poder por sí hay algo de avaricia; cuando lo alcanza, necesita más poder, y no encuentra felicidad en la contemplación de lo que tiene. El amante, el poeta y el místico hallan una satisfacción más completa que la que pueda conocer el buscador de poder, ya que pueden descansar en el objeto de su amor, mientras el buscador del poder debe estar perpetuamente ocupado en alguna nueva manipulación, si no quiere experimentar una sensación de vacío. Creo, por tanto, que las satisfacciones del amante, usando esta palabra en su sentido más amplio, exceden a las satisfacciones del tirano y merecen un puesto más elevado entre los fines de la vida. Cuando llegue la hora de mi muerte, no sentiré haber vivido en vano. Habré visto los crepúsculos rojos de la tarde, el rocío de la mañana y la nieve brillando bajo los rayos del sol universal; habré olido la lluvia después de la sequía, y habré oído el Atlántico tormentoso batir contra las costas graníticas de Cornualles. La ciencia puede otorgar estas y otras alegrías a más gente de la que de otra suerte gozaría con ellas. Si procede así, su poder será sabiamente empleado. Pero cuando suprime de la vida los momentos a que la vida debe su valor, la ciencia no merece admiración, por muy sabiamente que conduzca a los hombres por el camino de la desesperación. La esfera de los valores cae fuera de la ciencia, excepto en cuanto la ciencia consiste en la persecución de la verdad. La ciencia como persecución del poder no debe introducirse violentamente en la esfera de los valores, y la técnica científica, si ha de enriquecer la vida humana, no debe rebasar los fines a que sirve.


Bertrand Russell (Inglaterra, 1872-1970). Obtuvo el premio Nobel en 1950.
 
(Traducido al español por Guillermo Sans Huelin).

miércoles, 25 de octubre de 2017

Eclipse: AUTOBIOGRAFÍA, de Bertrand Russell

"Abandonamos Changsha en medio de un eclipse lunar..."

China
 
(Fragmento)
 
El Tuchun* dio un magnífico banquete, en el que conocimos a los Deweys, quienes se portaron con una gran amabilidad, y más tarde, cuando enfermé, John Dewey nos trató a ambos con singular cariño. Me contaron que, cuando vino a verme al hospital, le afectó mucho oírme decir: "Debemos hacer un plan para la paz", en un momento en el que todo lo demás que decía era un delirio. En el banquete del Tuchun había algo así como un centenar de invitados. Estábamos reunidos en una vasta sala y luego pasamos a otra para la fiesta, que fue suntuosa hasta lo increíble. En mitad de la misma el Tuchun se excusó por la extrema simplicidad del servicio, diciendo que había pensado que nosotros, más que ser tratados con pompa, preferiríamos conocer su vida cotidiana. Con gran disgusto mío, fui incapaz de hallar una contestación apropiada, aunque espero que el intérprete haya compensado de alguna manera mi falta de ingenio. Abandonamos Changsha en medio de un eclipse lunar, y vimos encender fogatas y escuchamos el tañer de los gongs, golpeados para asustar al Perro Celestial, de acuerdo con el tradicional rito chino para tales ocasiones.
 
 
Bertrand Russell: Bertrand Arthur William tercer conde de Russell
(Inglaterra, 1872-1970). Obtuvo el premio Nobel en 1950.
 
* Gobernador militar de la provincia.
 
En sus Premisas epistemológicas, Bertrand Russell recurre al ejemplo de un eclipse para desarrollar el concepto de la premisa perceptiva. Sin embargo, opté por este párrafo autobiográfico menos complejo pero, sobre todo, porque coincide con lo narrado por Pearl S. Buck en sus memorias: Mis diversos mundos.