Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

domingo, 13 de septiembre de 2026

Septiembre: LA MONTAÑA MÁGICA, de Thomas Mann

"Sin embargo, los domingos, sobre todo, el del concierto bimensual, constituían un punto de partida y se tenía la seguridad de que el mes de septiembre llegaba a su mitad."

(Fragmento del capítulo V: Sopa eterna y claridad repentina)

En desquite, las horas empleadas en dormir estaban animadas con sueños variados y llenos de vida, sueños en los cuales podía continuar soñando aun estando ya despierto. Cuando llegaba la mañana, constituía una distracción observar la habitación que se iba iluminando y reaparecía poco a poco; ver cómo surgían y se develaban los objetos y cómo la luz se encendía en el exterior, a veces con un resplandor rojizo y turbio y otras alegre. Y antes de que se hubiese dado cuenta había llegado de nuevo el instante en que el masajista, llamando a la puerta con su enérgico puño, anunciaba la entrada y daba inicio a la rutina diaria.
 
Hans Castorp no se había llevado calendario en su viaje, y por consiguiente no siempre estaba al corriente de las fechas. De vez en cuando, se informaba por su primo, quien, sobre este punto, tampoco estaba muy seguro. Sin embargo, los domingos, sobre todo, el del concierto bimensual, constituían un punto de partida y se tenía la seguridad de que el mes de septiembre llegaba a su mitad.
 
En el valle, desde que Elans Castorp se hallaba en la cama, al tiempo triste y frío habían sucedido días del final de verano, bellos días sin número, de manera que Joachim había entrado cada mañana en la habitación de su primo, vestido con pantalón blanco, y éste no había podido reprimir la expansión de una contrariedad sincera, de una contrariedad de su alma y sus jóvenes músculos ante el pensamiento de aquella estación magnífica. A media voz había pronunciado la palabra «vergüenza», reprochándose el dejar pasar un tiempo tan hermoso. Pero luego, para calmarle, había añadido que aunque hubiese estado levantado no hubiera podido aprovecharlo, puesto que la experiencia propia le prohibía moverse mucho. Y en definitiva, por la puerta del balcón, abierta de par en par, podía disfrutar, en cierta medida, de la esplendorosa belleza del aire libre.
 
Pero al final del plazo que le había sido impuesto, el tiempo cambió de nuevo. Durante la noche era brumoso y frío, el valle desapareció bajo una tempestad de nieve húmeda, y el aliento seco de la calefacción central llenó la habitación.

Thomas Mann
(Escritor alemán nacionalizado primero checoslovaco y más tarde estadounidense, 1875-1955).
Obtuvo el premio Nobel en 1929.

(Traducción al español de Mario Verdaguer).