Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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lunes, 24 de junio de 2024

Mirándolas dormir: GABRIELA, CLAVO Y CANELA, de Jorge Amado

"Entró despacio y la vio dormida sobre una silla, con los largos cabellos esparcidos..."

Capítulo segundo de la primera parte: Un brasileño de Arabia

(Fragmento de Gabriela adormecida)

Introdujo la llave en la cerradura, resoplando por la subida; la sala estaba iluminada. ¿Habrían entrado ladrones? ¿O tal vez la nueva cocinera habría olvidado apagar la luz?

Entró despacito y la vio dormida sobre una silla, con los largos cabellos esparcidos sobre los hombros. Después de lavados y peinados se habían transformado en una cabellera suelta, negra, encaracolada. Vestía harapos pero limpios, seguramente los que traía en su atadito. Un desgarrón en la pollera dejaba ver un pedazo de muslo color canela, los senos subían y bajaban levemente al ritmo del sueño, el rostro sonreía.

- ¡Mi Dios! -Nacib se quedó parado, sin poder creer. La miraba con un espanto sin límites; ¿cómo se había escondido tanta belleza bajo el polvo de los caminos? Caído el brazo rollizo, el rostro moreno con la placidez del sueño, allí, adormecida en su silla, parecía un cuadro. ¿Cuántos años tendría? El cuerpo era el de una mujer joven, y sus facciones las de una niña.

- ¡Mi Dios, qué cosa! -murmuró el árabe casi con devoción.

Con el sonido de su voz, ella despertó asustada pero luego sonrió, y toda la sala pareció sonreír con ella. Se puso de pie, arreglando con las manos los trapos que vestía, humilde y clara como un rayo de luna.

- ¿Por qué no te acostaste y fuiste a dormir? -fue todo lo que Nacib acertó a decir.

- Como el mozo no me dijo nada...

- ¿Qué mozo?

- El señor... Ya lavé la ropa, arreglé la casa. Después me quedé esperando, y me agarró el sueño. -Tenía la voz cadenciosa de la nordestina.

De ella venía un perfume a clavo de olor, de los cabellos tal vez, quizá del cuello.

- ¿Sabes cocinar, de veras?

Luz y sombra en su cabello, los ojos bajos, el pie derecho alisando el piso como si fuera a salir a bailar.

- Sé, si señor. Trabajé en casa de gente, rica, me enseñaron. Hasta me gusta cocinar... -sonrió y todo pareció sonreír con ella, hasta el árabe Nacib que se dejó caer en una silla.

- Si de verdad sabes cocinar, te voy a pagar un sueldazo. Cincuenta cruzeiros por mes. Aquí pagan veinte, treinta a lo máximo. Si el trabajo te parece pesado, puedes buscarte una muchacha que te ayude. La vieja Filomena no quería ninguna, jamás quiso aceptarla. Decía que no se estaba muriendo para necesitar una ayudante.

- Yo tampoco quiero.

-¿Y del sueldo, que me dices?

- Lo que el patrón me quiera pagar está bien para mí...

Jorge Amado (Brasil, 1912-2001).

lunes, 5 de abril de 2021

Miércoles de ceniza: LA TIENDA DE LOS MILAGROS, de Jorge Amado


"Si alguien ha de juzgar a Bahía por el carnaval, ni puede dejar de ponerla a la par de África..."
(Fragmento)
Donde se da cuenta de carnavales, peleas callejeras y otros hechizos, con mulatas, negras y una sueca (que en realidad era finlandesa)
En 1903, trece afoxés de negros y mulatos hicieron retumbar los aires con sus portentosos cortejos («Rompieron el desfile atronando el aire con estridentes notas de sus instrumentos, dos clarines, los que visten lindos vestidos de Túnez como prueba de que la civilización no es una utopía en el continente negro como sostienen los maldicientes»; así comenzaba el manifiesto al pueblo de uno de los afoxés). Luego del carnaval, el periodista se cubrió la cabeza de ceniza y vergüenza: «Si alguien ha de juzgar a Bahía por el carnaval, no puede dejar de ponerla a la par del África y, considérese, para nuestra vergüenza, que se halla aquí hospedada una comisión de sabios austríacos, quienes naturalmente, ofendidos por el bochorno, van registrando estos casos para difundirlos en los diarios de la culta Europa».
¿Dónde estaba la policía?, ¿qué hacía «para demostrar que en esta tierra existe la civilización?» De continuar la escandalosa exhibición del África: las orquestas de atabaques, las alas de mestizas y de todos los grados de mestizaje –desde las opulentas criollas hasta las elegantes mulatas blancas, el samba embriagador, ese encantamiento, ese sortilegio, ese hechizo, ¿dónde irá a parar entonces nuestra latinidad? Pues somos latinos, lo saben bien, y, si lo ignoran, lo van a aprender a costa de yugo y de golpes.
Finalmente, la policía reaccionó en defensa de la civilización y la moral, de la familia, del orden, del régimen, de la sociedad amenazada y de las Grandes Sociedades, con sus carros y sus graciosos desfiles de élite; se prohibieron los afoxés, el batuque, la samba, la exhibición de clubes de costumbres africanas.
Por fin, mejor tarde que nunca. Ahora pueden desembarcar sabios austríacos, alemanes, belgas, franceses, o de la rubia Albión. Ahora, sí pueden venir.
Pero quien llegó fue Kirsi, la sueca, que, por otra parte, corríjase pronto, no era sueca como todos pensaban, decían y terminó por ser; y sí finlandesa de trigo y de asombro. Poseída por el miedo y la lluvia, en la puerta del Mercado do Ouro, en la mañana del miércoles de ceniza, ofrecía una mueca de terror y los ojos de azul infinito.
Pedro Archanjo se levantó de la mesa de cuscús y ñame, sonrió con los labios amplios, se dirigió a ella con paso directo y firme, como si lo hubieran designado para recibirla, y le extendió la mano:- Véngase a tomar café.
Jamás se supo si comprendió o no la matinal invitación, pero la aceptó; se sentó a la mesa del puesto de Terência y golosamente devoró mandioca, ñame, torta de puba, cuscús de tapioca. La impetuosa Ivone rumió sus celos en la tienda de Miro, murmurando insultos: «Cucaracha descarada». Terência posó sus ojos tristes sobre la mesa, quién sabe si no más tristes. La invitada, harta de comer, dijo una palabra y se rió en dirección a todos. El moleque Damião, hasta allí en silencio y de pie al fondo, se entregó finalmente y también se rió:
- Blanca más blanca, de albayalde.
- Es sueca -aclaró Manoel de Praxedes, que acababa de llegar por un café y un trago-. Saltó del barco sueco, ese carguero que está recibiendo madera y azúcar, vino en el mismo remolcador que yo -Manoel de Praxedes trabajaba en la carga y descarga de barcos-. De vez en cuando una mujer rica y loca se embarca para conocer el mundo.
No tenía cara de rica ni de loca; por lo menos allí, en el puesto, todavía mojada, los cabellos pegados al rostro, tan inocente y frágil. Dulce niña.
- El barco sale a las tres, pero ella sabe que tiene que embarcarse antes. Cuando bajé, vi que el comandante conversaba con ella.
Tocándose el pecho con el dedo, dijo:
- Kirsi –y lo repitió estirando las sílabas.
Ella se llama Kirsi –comprendió Archanjo y pronunció-: Kirsi.
La sueca batió palmas con alegre aprobación, y le tocó el pecho a Archanjo, preguntándole algo en su lengua. Manoel de Praxedes desafió:
- Descifre la charada, vamos, mi compadre sabihondo.
- Pues ya la descifré. Me llamo Pedro –respondió dirigiéndose a la muchacha; había adivinado la pregunta y, repitiendo lo que había hecho la gringa, le contestó-: Pedro, Pedro, Pedro Archanjo, Ojuobá.
- Oju, Oju –lo llamó ella.
Era el miércoles de ceniza.
Jorge Amado (Brasil, 1912-2001).

domingo, 30 de diciembre de 2018

Año nuevo: TIETA DE AGRESTE, de Jorge Amado

"Sonríe a la imagen en el espejo, ni triste ni cansada."
 
(Fragmento de La imagen de Tieta reflejada en el espejo la noche de año nuevo)

¿Será que no existe, que no sirve para nada? Ricardo le había hecho despreciar las ganancias de una buena inversión en los terrenos del cocotal para salir en defensa del clima, del cielo, de las aguas de Agreste, dando realidad y vida a Antonieta Esteves Cantarelli, al darle una causa y una bandera. Su niño. Sonríe a la imagen en el espejo, ni triste ni cansada. Se quita el camisón y se tiende desnuda en la cama para esperarlo, apenas vestida con las marcas violetas de los labios y de los dientes de Ricardo y vagos vestigios de las quemaduras. Estará durmiendo cuando él entre, se despertará en sus brazos y juntos entrarán en el Año Nuevo. Con retraso y sin champaña, detalles de poca importancia comparados con la ternura y el deseo desmedidos. Encenderán los fuegos de la madrugada para saludar al Año Nuevo y, en la barra de la mañana, en homenaje, practicarán el doble «ipicilone». El doble no, el simple. Para ejecutarlo como es debido, en la exactitud de las reglas absurdas, locas y, no obstante, rígidas e inalterables, se necesita matrona experta en la cama, de la máxima competencia, y adolescente ávido de gozo. O viceversa, un veterano de mil batallas y una recluta apenas púber. En cualquiera de los dos casos, en el desva- río de la pasión.

Jorge Amado (Brasil, 1912-2001).

viernes, 13 de marzo de 2015

Tu boca: DOÑA FLOR Y SUS DOS MARIDOS, de Jorge Amado

"¿... mi nombre digno, mi honra de casada?, ¿qué me importan? Toma todo eso en tu boca ardiente..."

(Fragmento del capítulo 20)

Y en la sala se abrieron las puertas del cielo e irrumpió el canto de aleluya.
 
«¿Dónde se vio yogar en camisón?» Doña Flor quedó tan desnuda como él, vistiéndose y completándose el uno con la desnudez del otro. Una lanza de fuego la traspasó y Vadinho la deshonró por segunda vez: una antes, cuando era doncella, otra ahora, de casada (y si tuviera otras honras también se las quitaría). Y allá se fueron los dos por las praderas de la noche, hasta las orillas de la mañana.
 
Nunca se entregaba de ese modo, tan suelta, tan fogosa, con tan ardiente voracidad, con tanto delirio. ¡Ah, Vadinho!, si tú tenías hambre y sed, ¿qué decir de mí, sostenida con un régimen escaso y soso, sin sal y sin azúcar, casta esposa de un marido respetador y sobrio? ¿Qué me importa lo que digan la calle y la ciudad; mi nombre digno, mi honra de casada?, ¿qué me importan? Toma todo eso en tu boca ardiente de cebolla cruda y quema en tu fuego mi decencia innata, rasga con tus espuelas mi antiguo pudor, soy tu perra, tu yegua, tu puta.
 
Fueron y vinieron, partieron y llegaron, y, apenas volvían, ya partían de nuevo, siempre de llegada, siempre de regreso. Tantas nostalgias y tantas metas a cumplir todas alcanzadas, algunas repetidas.
 
Insolente y bienamada, sucia y linda, la boca de Vadinho le decía tantas indecencias, le recordaba las dulzuras de otro tiempo.
 
 
Jorge Amado (Brasil, 1912-2001)

La ilustración corresponde a una puesta en escena en Paraguay de la versión teatral sobre la novela original.