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Verano en Vancouver: luz de agosto en English Bay (fotografía de Jules Etienne).

jueves, 30 de abril de 2020

Epidemias: EL ÚLTIMO HOMBRE, de Mary Shelley

"... era «peste». Ese enemigo de la raza humana (…) La plaga alcanzó Constantinopla..."

(Fragmento del capítulo I)

Perdita no se opuso a su decisión y se limitó a estipular que le permitiera acom- pañarlo. No se había marcado ninguna pauta de conducta para sí misma, pero ni aun queriendo hubiera podido oponerse al más banal de sus deseos ni hacer otra cosa que aceptar de buen grado todos sus planes. Una palabra, en realidad, la hubiera alarmado más que las batallas y los sitios, pues confiaba en que, durante éstos, la destreza de Raymond lo libraría de todo peligro. Y aquella palabra, que por entonces para ella no era más que eso, era «peste». Ese enemigo de la raza humana había empezado, a principios de junio, a alzar su cabeza de serpiente en las orillas del Nilo y había afectado ya a zonas de Asia por lo general libres de semejante mal. La plaga alcanzó Constantinopla, pero como la ciudad recibía todos los años la misma visita, se prestó poca atención a los relatos que afirmaban que allí ya habían muerto más personas de las que normalmente eran presa de ella en los meses más cálidos. Sin embargo, ni la peste ni la guerra impedirían a Perdita seguir a su señor ni la llevarían a plantear objeción alguna a sus planes. Estar cerca de él, recibir su amor, sentir que volvía a ser suyo, constituían el colmo de sus deseos. El objeto de su vida era darle placer. Así había sido antes, pero con una diferencia; en el pasado, sin preverlo ni pensarlo, le había hecho feliz siéndolo ella también, y ante cualquier decisión consultaba sus propios deseos, pues no se diferenciaban de los de su amado. Ahora, en cambio, no se tenía en cuenta a sí misma, sacrificando incluso la inquietud que le causaba su salud y bienestar, decidida como estaba a no oponerse a ninguno de sus planes. A Raymond le espoleaban el amor del pueblo griego, la sed de gloria y el odio que sentía por el gobierno bárbaro bajo el que él mismo había sufrido hasta casi la muerte. Deseaba devolver a los atenienses el amor que le habían demostrado, mantener vivas las imágenes de esplendor asociadas a su nombre y erradicar de Europa un poder que, mientras todas las demás naciones avanzaban en civilización, permanecía inmóvil, como monumento de antigua barbarie. Yo, por mi parte, habiendo logrado la reconciliación de Raymond y Perdita, me sentía impaciente por regresar a Inglaterra. Pero su petición sincera, unida a mi curiosidad creciente y a una angustia indefinida por presenciar la catástrofe, al parecer inminente, de la larga historia bélica de Grecia y Turquía, me llevaron a consentir en prolongar mi periodo de residencia en suelo heleno hasta el otoño.


Mary Shelley: Mary Wollstonecraft Shelley (Inglaterra, 1797-1851). 

miércoles, 29 de abril de 2020

Epidemias: EPIPSYCHIDION, de P. B. Shelley

"... navegan más allá, hacia lo lejos, en su terrible ruta; las aladas borrascas, su salmodia de truenos..."

(Fragmento)

Y todo movimiento y olor, luz y sonido
con aquella profunda música van acordes,
que es un alma en el alma -y dijérase que son
como ecos de un sueño prenatal, lejanos.
Entre el cielo y la tierra, el aire y el mar,
se mece aquella isla, suspensa en la paz clara:
brilla, así en el Edén Lucifer vagabundo,
lavada por océanos azules de aire joven.
Es lugar elegido. Ni el Hambre ni las Plagas,
ni la Peste o la Guerra o el Temblor, posan nunca
la planta en sus picachos; buitres ciegos, navegan
más allá, hacia lo lejos, en su terrible ruta;
las aladas borrascas, su salmodia de truenos
ofreciendo a otras tierras, dejan simas azules
de paz sobre la isla, o lloran su rocío,
que renueva los campos y bosques, para siempre,
en su inmortalidad verdeante y dorada.


Percy Besshe Shelley (Inglés fallecido en Italia, 1792-1822).

martes, 28 de abril de 2020

Epidemias: EL PERIQUILLO SARNIENTO, de José Joaquin Fernández de Lizardi

"... por obra de Dios iba yo en mi mula, no en la mía sino en la del doctor Purgante..."

Capítulo IV:

En el que nuestro Perico cuenta cómo concluyó el cura su sermón; la mala mano que tuvo en una peste y el endiablado modo con que salió del pueblo, tratándose en dicho capítulo por vía de intermedio algunas materias curiosas.

(Fragmento)

Así pasé otros pocos meses más (que por todos serían quince o diez y seis los que estuve en Tula) hasta que acaeció en aquel pueblo por mal de mis pecados una peste del diablo que jamás supe comprender, porque les acometía a los enfermos una fiebre repentina, acompañada de basca y delirio, y en cuatro o cinco días tronaban.

Yo leía el Tissot, a madama Fouquet, Gregorio López, al Buchan, el Vanegas y cuantos compendistas tenía a la mano; pero nada me valía, los enfermos morían a millaradas.

Por fin, y para colmo de mis desgracias, según el sistema del doctor Purgante di en hacer evacuar a los enfermos el humor pecante, y para esto me valí de los purgantes más feroces, y viendo que con ellos sólo morían los pobres extenuados, quise matarlos con cólicos que llaman misereres, o de una vez envenenados.

Para esto les daba más que regulares dosis de tártaro emético, hasta en cantidad de doce granos, con lo que expiraban los enfermos con terribles ansias.

Por mis pecados, me tocó hacer esta suerte con la señora gobernadora de los indios. Le di el tártaro, expiró, y a otro día que iba yo a ver cómo se sentía, hallé la casa inundada de indios, indias e inditos, que todos lloraban a la par.

Fui entrando tan tonto como sinvergüenza. Es de advertir que por obra de Dios iba en mi mula, pues, no en la mía sino en la del doctor Purgante; pero ello es que, apenas me vieron los dolientes, cuando, comenzando por un murmullo de voces, se levantó contra mí tan furioso torbellino de gritos, llamándome ladrón y matador, que ya no me la podía acabar; y más cuando el pueblo todo, que allí estaba junto, rompiendo los diques de la moderación y dejándose de lágrimas y vituperios, comenzó a levantar piedras y a disparármelas infinitamente y con gran tino y vocería, diciéndome en su lengua: maldito seas, médico del diablo, que llevas trazas de acabar con todo el pueblo.

José Joaquín Fernández de Lizardi (México, 1776-1827).

lunes, 27 de abril de 2020

Epidemias: LA CIUDAD DE LA PESTE, de John Wilson


Escena II

(Fragmento)

Una gran plaza en la ciudad.

Una multitud de hombres y mujeres miserables se aglomeran en torno a una persona de aspecto salvaje e indumentaria fantástica, que sostiene un reloj de arena en su mano.

Astrólogo:

El sol se está poniendo, y cuando se oculta,
Ya conocen mi acertado don de la profecía
Se aparta de mí y ciego entonces resulta
Que me he quedado como mis hermanos miserables. Así la Peste
Se subleva en la oscuridad entre las víctimas que desconocía,
Tampoco puedo leer los nombres de aquellos que reste
Ahora escritos con caracteres de sangre fugaz.
Vengan a mí todos aquellos que descansarán en paz,
¡Quién la almohada de la fiebre ardiente cambiaría
por el sepulcro con su refrescante tibieza!
Vengan aquí todos los huérfanos de un día
Yo diré cuando descanse su cabeza
Sobre el seno de sus padres. El ansia todavía
No golpea los cuerpos sin sudario, ¡para un mentiroso
En el pozo oscuro, el amor se torna hermoso!
¿Dónde están las viudas con sus velos? En la tumba
la lámpara del matrimonio arde insaciable.
¡Sequen sus lágrimas, vírgenes castas! ¡En la tumba
prometida a su pureza impecable!
Todavía es el suyo, aún en la muerte, un rostro hermoso,
Y se inclinará esta noche sobre un pecho amable
Blanco como las nieves de la perfecta inocencia.
¡Es ahora que llamo al malvado!
Dejaré su rostro entre la multitud, y diré en su presencia
Sus sueños de horror y sus obras de pecado.



John Wilson (Inglaterra, 1785-1854).

domingo, 26 de abril de 2020

Epidemias: FAUSTO, de J. W. von Goethe

"Subamos unos pasos más arriba hacia aquella roca, y descansemos allí de nuestro paseo."

Ante la puerta de la ciudad

(Fragmento

Un viejo aldeano: Bello es de su parte, señor doctor, el no desdeñarnos en el día de hoy y pasear entre este numeroso gentío, siendo usted un sabio tan eminente. Acepte, pues, el más lindo jarro, que hemos llenado de fresca bebida. Se lo presento deseando vivamente que no sólo apague su sed, sino también que cada gota que contiene sea un día más añadido a los de su existencia.

Fausto: Acepto esa refrescante bebida, y la retribuyo con ¡salud! y ¡gracias! a todos.

La gente se reúne alrededor, formando un círculo.

Un viejo aldeano: Muy bien hizo usted en dejarse ver por aquí en un día alegre, ya que en otro tiempo y en calamitosos días se mostró usted con nosotros muy benévolo. Más de uno hay aquí lleno de vida, a quien su padre arrancó por fin al ardiente furor de la fiebre cuando puso término a la pestilencia. Y usted también, joven como era entonces, acudía a todas las casas donde había enfermos; se llevaban no pocos cadáveres, pero usted salía de allí sano y salvo. Había soportado muchas duras pruebas; a nuestro salvador salvó el Salvador de lo alto.

Todos: ¡Salud al hombre acrisolado, para que nos pueda ayudar aún largo tiempo!

Fausto: Prostérnense ante Aquel de las alturas, que enseña a socorrer y envía el socorro.

Se aleja con Wagner.

Wagner: ¡Qué impresión debes sentir, gran hombre, ante el respeto de esa multitud! ¡Ah! ¡Dichoso quien puede sacar tal fruto de sus dotes! El padre te muestra a su hijo; todo el mundo pregunta, se estruja y acude presuroso; enmudece el violín; se para el que está bailando. Echas a andar, y se colocan ellos en fila, vuelan los gorros por el aire, y poco falta para que se doblen las rodillas cual si pasara el Santísimo Sacramento.

Fausto: Subamos unos pasos más arriba hacia aquella roca, y descansemos allí de nuestro paseo. ¡Cuántas veces solo, pensativo y mortificado por la oración y el ayuno, vine a sentarme en este mismo sitio! Rico de esperanzas, firme en la fe, imaginaba yo arrancar del Señor de los cielos, a fuerza de lágrimas, suspiros y retorcimientos de manos, el término de aquel contagio. Las aclamaciones de la multitud resuenan ahora en mis oídos como un sarcasmo cruel. ¡Oh! Si pudieras leer en mi interior, verías cuán poco merecimos tal gloria el padre y el hijo. Era mi padre un oscuro hombre honrado, que de buena fe, pero a su manera, se metió a discurrir con afán quimérico sobre la Naturaleza y sus sagrados círculos. Acompañado de algunos adeptos se encerraba en la negra cocina, y allí, con arreglo a recetas sin fin, operaba la trasfusión de los contrarios. Un león rojo, audaz pretendiente, era allí casado con la azucena en el baño tibio, y después, con flameante fuego descubierto, ambos eran torturados de una a otra cámara nupcial. Tras esto, aparecía en el vaso la joven reina con variados colores, y quedaba hecho el remedio. Morían los enfermos, sin que nadie se cuidara de inquirir quién sanaba. Así es que con nuestros electuarios infernales causamos en estos valles y montes más estragos que la peste misma. Con mis propias manos administré el tósigo a millares de pacientes; sucumbían los infelices, y yo debo vivir aún para escuchar los elogios que se tributan a los temerarios asesinos.

Wagner: Pero ¿es posible que usted se inquiete por ello? ¿No hace acaso bastante el hombre honrado que con toda conciencia y puntualidad ejerce el arte que se le trasmitió? Si de joven honras a tu padre, aprenderás de él con gusto; si una vez hombre acrecientas el caudal del saber, tu hijo puede alcanzar una meta más elevada.

Johann Wolfgang von Goethe (Alemania, 1749-1832).

sábado, 25 de abril de 2020

Epidemias: DIARIO DEL AÑO DE LA PESTE, de Daniel Defoe

"Las lágrimas y los lamentos se oían casi en cada casa..."

(Fragmento)

Bien puede decirse que Londres entero lloraba. Es cierto que no había enlutados en las calles, porque nadie se vestía de negro ni guardaba duelo formal ni siquiera por los amigos más íntimos; pero sin duda se oía en las calles la voz de los dolientes. Los gritos de mujeres y niños en las ventanas o puertas de las casas donde sus parientes más queridos estaban agonizando o ya muertos se escuchaban con tanta frecuencia que bastaban para traspasar el corazón más firme del mundo. Las lágrimas y los lamentos se oían casi en cada casa, en especial durante los primeros tiempos de la epidemia, porque durante los últimos los corazones estaban endurecidos y la muerte se había convertido en una visión tan habitual, que a nadie le importaba demasiado la pérdida de un amigo, ante la expectativa de correr idéntica suerte en cualquier momento.

Pero debo volver al comienzo de esta época sorprendente. Cuando el temor de la gente aún era joven, se vio acrecentado de modo extraño por varios raros accidentes. Si se los considera en su conjunto, resulta pasmoso que todo el pueblo no se alzara como un solo hombre para abandonar su morada, dejando el lugar como a un espacio de tierra señalado por el Cielo para la radicación de un Aceldamá* que sería borrado de la faz del planeta, y en el que todo lo que allí se encontrara perecería. Mencionaré sólo algunas de esas cosas, aunque fueron tantos los brujos y los bellacos que las propagaban, que con frecuencia me asombré de que existiera alguien (especialmente entre las mujeres) que no las tuviera en cuenta.

En primer lugar, una estrella flamígera o cometa apareció varios meses antes de la epidemia, como había sucedido antes del año del fuego. Las viejas y los hipocondríacos flemáticos del sexo opuesto, a quienes casi podría llamar también viejas, señalaron (en particular después de los acontecimientos) que esos cometas pasaron directamente sobre la City y tan cerca de las casas, que claramente significaban algo que concernía a la City sola; que el cometa anterior a la pestilencia era lánguido, de desvaído color y movimiento muy pesado, solemne y lento, pero que el anterior al incendio era rutilante o, como dijeron otros, llameante, y su movimiento era furioso y veloz. De acuerdo con estos detalles -afirmaban- uno predecía una pesada sentencia, pausada pero severa, terrible y aterradora como la peste, mientras el otro predecía un golpe fulminante, súbito, veloz y frío como la conflagración. Más aún: algunas personas imaginaron que al mirar el cometa que precedió al fuego, no sólo lo vieron pasar rápida y furiosamente, y que podían percibir el movimiento con sus ojos, sino que hasta lo habían escuchado: hacía un ruido estrepitoso, feroz y terrible, aunque distante.

Yo vi ambos astros y -debo confesarlo- tenía muchas de las ideas comunes sobre esos asuntos en mi cabeza, de modo que fui capaz de ver en ellas los presagios y advertencias del juicio de Dios. Especialmente cuando tras la catástrofe que siguió a la primera vi otra de la misma clase, no pude sino pensar que Dios todavía no había azotado bastante a la City.

Sin embargo, yo no pude llevar las cosas tan lejos como otros, porque también sabía que los astrónomos asignan causas naturales a tales fenómenos y que sus movimientos y hasta sus revoluciones son calculados, o se los pretende calcular, de modo que no es posible llamarlos presagios o predicciones, y mucho menos procuradores de sucesos tales como la pestilencia, la guerra, el fuego y otras calami- dades.

Daniel Defoe (Inglaterra, 1660-1731).

* Campo próximo a Jerusalén, comprado por Judas con el dinero que le pagaron por vender a Jesús.
Significa, en hebreo, campo de la sangre.

viernes, 24 de abril de 2020

Epidemias: SONETO, de Antonio de Solís


VI

Habiéndose hecho a la desgracia de Milán más de doscientos sonetos en Madrid.

Cielos, ¿después de tantos daños, éste?
¡Pobre de mí, Milán amilanada,
más que a polvos, a versos apestada;
Que habrá soneto que a la peste apeste!

Aquí de Dios, poetas, turba agreste,
¿no me bastaba estar polvorizada?
Amainad, amainad la sonetada;
que, mal por mal, me quiero más mi peste.

Piedad, oh peste de segunda mesa;
menos rigor que ya de peste pasas,
y no hay acá san Roques de concetos.

La otra cesó ya, y ésta no cesa;
¡Ay de mí, que del fuego di en las brasas!
¡Ay de mí, que de peste di en sonetos!


Antonio de Solís y Ribadeneyra (España, 1610-1686).

jueves, 23 de abril de 2020

Epidemias: PARAÍSO PERDIDO, de John Milton

"... y entre tantas calamidades, la devastadora Peste, que sola más vidas devora en un breve momento..."

(Fragmento del libro undécimo)

Dentro de esos dominios temerosos,
Es donde se amontonan
Cuantas penas padecen los humanos
La rabia, con los ojos centelleantes.
Del delirio los ímpetus insanos:
La locura, variando por instantes
Mil ideas extrañas:
El cólico, torciendo las entrañas
Doloridas: la piedra, atormentando
Las úlceras roedoras, destrozando
Los cuerpos a porfía:
La amarilla vigilia, con hundidos
Ojos: la tos ferina, los oídos
Estremeciendo: la melancolía,
Con lánguido mirar: al apurado
Asma siempre alentando, y siempre ahogado.
La hidrópica hinchazón: la consumida
Tisis: el fiero hervor de la encendida
Calentura: el catarro, encrudeciendo
Los humores, y el pecho endureciendo
De la acre gota los intolerables,
Dolores; y entre tantas formidables
Calamidades, la devastadora
Peste, que sola más vidas devora
En un breve momento,
Que en muchos días su escuadrón sangriento.


John Milton (Inglaterra, 1608-1674).

martes, 21 de abril de 2020

Epidemias: EL ALQUIMISTA, de Ben Jonson

"O es el Fausto que recoge las sombras; y sabe conjurar; que cura las pestes, las almorranas y la viruela..."

(Fragmento del cuarto acto, escena IV)

Adusto: No, señor, nadie piensa en eso; un buen paseo sobre una mula, y un látigo luciente, os librarían de esos temores. Yo soy el noble español que debía ser embaucado, ¿comprendéis?, embaucado. ¿Dónde está vuestro capitán Cara, ese Trajumán, ese gran alcahuete, ese pícaro de siete suelas?

Entra Cara, de uniforme.

Cara: ¡Cómo, Adusto!

Adusto: Oh, acercaos mi querido capitán. Ya he descubierto de dónde vienen vuestros anillos, y vuestras cucharas de cobre, que os sirven para embaucar al público de las tabernas. Aquí aprendisteis a untar con azufre vuestras botas, para frotar sobre ellas el oro de las gentes, una especie de piedra de toque, y luego decir que era falso porque cambiaba de color, y comprarlo por nada. Y este doctor, vuestro compadre, de barba ahumada y tiznada, es el que encierra una cantidad de oro en una redoma, y mediante una estratagema pone otra en el fuego, llena de vapor de mercurio, para que explote con el calor, y todo se deshaga en humo. Que llore entonces Mamón; que su religión se desvanezca. (Sale Cara, subrepticiamente). O es el Fausto que recoge las sombras; y sabe conjurar; que cura las pestes, las almorranas y la viruela por medio de las efemérides, y se mantiene en inteligencia con todos los alcahuetes y las celestinas de tres condados, mientras vos le traéis, Capitán -¡Cómo! ¿Se ha ido?-, doncellas encintas, mujeres estériles, o criadas con ictericia. (Agarra a Sutil, mientras éste hace ademán de retirarse). No, señor, debéis permanecer aunque él se haya escapado, y arreglar cuentas conmigo.

Entra Cara, con Halcón.

Cara: Bueno, este es el momento de demostrar que sabéis pelear, como me han contado, y que sois un joven bien nacido; el doctor y vuestra hermana han sido ofendidos.

Ben Jonson (Inglaterra, 1572-1637).

(Traducido al español por J. R. Wilcock).
La ilustración corresponde a Jon Barker caracterizado como el personaje de Cara,
durante la puesta en escena del Teatro Shakespeare de New Jersey, dirigida por Bonnie Monte en 2014.

lunes, 20 de abril de 2020

Epidemias: LOS DEMONIOS, de Pierre de Ronsard

"... y hacen que las nubes lluevan sangre..."

(Fragmento)

Los malos acarrean en la tierra
pestes, hambres, trabajos y tormentos,
y causan en el aire mil rumores
para con el estruendo amedrentarnos.
Y veces hay nos fingen la vista
dos soles, o la Luna obscura y negra,
y hacen que las nubes lluevan sangre
y que horrendos prodigios se nos muestren.


Pierre de Ronsard (Francia, 1524-1585).

(Traducido al español por Andrea Pescioni).

domingo, 19 de abril de 2020

Epidemias: CARTAS DESDE PARÍS, de Heinrich Heine

"... los muertos habían sido enterrados tan rápido que ni siquiera les había dado tiempo a quitarles sus disfraces de rombos..."

La rebelión de los muertos
Artículo publicado en un diario de Augsburgo el 19 de abril de 1832

(Fragmento inicial)

Su llegada fue anunciada oficialmente el 29 de marzo; y como era Micarême,* además hacía un día soleado y claro, los parisinos inundaban los bulevares con más alegría que de costumbre, donde se vieron máscaras burlándose del miedo al cólera y a la propia enfermedad en una caricatura deforme y descolorida. Aquella noche los bailes estaban más concurridos, las risas de la gente ahogaban la música más alta; durante el chahut, un baile incondicional, aumentó el calor, por lo que se engulleron todo tipo de helados y bebidas; repentinamente, el más alegre de los arlequines sintió un escalofrío en sus piernas, se quitó la máscara y, para regocijo de los asistentes, reveló su rostro amoratado. Pronto se vio que no era broma; las risas se apagaron, se enviaron coches directamente del baile al Hôtel-Dieu, el Hospital Central, donde morían vestidos con sus trajes de carnaval... Se decía que los muertos habían sido enterrados tan rápido que ni siquiera había dado tiempo a quitarles sus disfraces de rombos; tan alegres como cuando estaban vivos, así yacen ahora en sus tumbas.


Heinrich Heine (Alemán fallecido en Francia, 1797-1856).

* Mi-carême es un festejo tradicional de carnaval, de origen francés, que se remonta al siglo X y tiene lugar a mitad de la cuaresma. A partir del año 2009 en París, se le denomina Carnaval de las mujeres: Carnaval des femmes. En la región francoparlante de Canadá se festeja durante la tercera semana de cuaresma y se extiende desde el domingo hasta el viernes. 

sábado, 18 de abril de 2020

Epidemias: EN TIEMPO DE PESTILENCIA, de Thomas Nashe


Letanía en tiempos de la peste

"Del invierno, la plaga y la pestilencia, líbranos Señor."
Thomas Nashe

¡Adieu, adiós, a la dicha de la tierra!
Este mundo incierto es:
Alegría de los placeres lujuriosos de la vida;
La muerte prueba a todos que no son más que juguetes.
Ninguno de sus dardos puede volar;
Estoy enfermo, voy a morir.
            ¡Señor, ten piedad de nosotros!

Hombres ricos, no confíen en la riqueza,
El oro no puede comprar salud;
El cuerpo debe desvanecerse.
Todas las cosas fueron hechas con un final,
La peste pasa tan veloz;
Estoy enfermo, voy a morir.
            ¡Señor, ten piedad de nosotros!

La belleza no es más que una flor
cuyas arrugas devoran;
El brillo cae del aire;
Las reinas han muerto jóvenes y justas;
El polvo ha cerrado los ojos de Helena.
Estoy enfermo, voy a morir.
           ¡Señor, ten piedad de nosotros!

La fuerza se inclina ante la tumba,
los gusanos se alimentan del valiente Héctor;
Las espadas no pueden pelear contra el destino,
La Tierra aún mantiene abierta su puerta.
"¡Ven, ven!", lloran las campanas.
Estoy enfermo, voy a morir.
            ¡Señor, ten piedad de nosotros!

El ingenio con su desenfreno
Degusta la amargura de la muerte;
El verdugo del infierno
No tiene oídos para escuchar
Qué arte vano puede responder.
Estoy enfermo, voy a morir.
            ¡Señor, ten piedad de nosotros!

La prisa, entonces, en cada paso,
Acoge al destino;
El cielo es nuestra herencia,
La Tierra no es más que el escenario de un actor,
Montemos hacia el cielo.
Estoy enfermo, voy a morir.
            ¡Señor, ten piedad de nosotros!


Thomas Nashe (Inglaterra, 1567-1601).

(Traducido al español por Jules Etienne).

viernes, 17 de abril de 2020

Epidemias: VIDA SOLITARIA EN PARÍS, de René Chateaubriand

"... y yo me retiré (…) por entre un laberinto de trenzas de todas clases."

(Fragmento)

Sin saber lo que hacía entré en aquel museo de las modernas Eponinas. Desde la conquista de los romanos se acostumbraron las mujeres de las Galias a vender sus rubias trenzas a frentes menos favorecidas por la naturaleza; y hoy todavía se las cortan mis paisanas de Bretaña en ciertos días de feria, trocando el natural velo de su cabeza por un pañuelo de las Indias. Me dirigí a un seco individuo que estaba tejiendo una peluca con un peine de hierro, y le pregunté: «Caballero, ¿podría saber si ha comprado usted el pelo de una joven que era costurera y vivía junto al puentecillo en la tienda de los Dos Ángeles?» El hombre se quedó embobado sin saber qué contestar, y yo me retiré, pidiéndole mil perdones, por entre un laberinto de trenzas de todas clases.

Discurrí en seguida de puerta en puerta; pero no aparecía ninguna costurera de veinte años que me hiciera grandes reverencias; ni había tal mujer franca, desinteresada y cariñosa, peinada ya para acostarse y vestida sólo con una finísima camisa, refajo de bayeta verde, chapines y bata. Una vieja mal hablada, a quien faltaban pocos días para bajar al seno de la tierra a reunirse con sus perdidos dientes, alzó contra mí su muleta; quizás sería la tía del cuento.

¡Qué aventura tan bella es la de Bassompierre! No debe perderse de vista una de las razones que más le favorecieron para inspirar una pasión tan decidida. Por aquella época se dividían todavía los franceses en dos clases muy marcadas; una dominante, otra casi condenada a la condición de sierva. La humilde modista estrechaba a Bassompierre entre sus brazos, como una esclava al semidiós que se digna descender hasta su seno. Él la rodeaba con el prestigio de su gloria, y las francesas son las únicas mujeres del mundo sobre quienes esta ilusión ejerce su fascinante influjo.

Pero, ¿quién podría revelarnos las causas de aquella catástrofe? ¿Era el cuerpo de la linda niña de los Dos Ángeles el que yacía sobre la mesa al lado de otro cadáver? ¿Qué cadáver era este? ¿Pertenecía al marido o al hombre cuya voz oyó Bassompierre? ¿Había entrado la peste (porque a la sazón había peste en París), o tal vez los celos antes que el amor en la calle del Bourg-l'Abbé? Gran campo ofrece a la imaginación semejante asunto. Combínense las invenciones del poeta con un coro popular, con los sepultureros o cuervos, que de pronto aparecen, y con la espada de Bassompierre, y saldrá de esta aventura un magnífico melodrama.


François René vizconde de Chateaubriand (Francia, 1768-1848).

miércoles, 15 de abril de 2020

Epidemias: DESCRIPCIÓN DE LA PESTE EN FLORENCIA, de Niccolò Machiavelli

"Y poniendo fin al trágico relato de la horrenda peste, me encomiendo al placer de un nuevo coloquio con ella."

(Fragmento)

Al no ver en torno mío persona cuyo respeto me pudiera contener, y como ella además me había mirado con sus piadosos ojos, me acerqué y le dije:

- Graciosa dama, si mi pregunta cortés no os molesta, tened la bondad de compla- cerme diciéndome qué razones os retienen aquí tan largamente y si puedo tener la suerte de serviros en algo.

- Como veis -me contestó- he esperado, hasta ahora en vano, que los frailes recen las completas. En cuanto a mis cuidados, son tantos que no ya vos, sino que cualquier otra persona de menos calidad podría valerme. Mi luto demuestra que de mi querido esposo me veo privada, y lo que más me duele es que haya muerto de la peste cruel y aunque yo en peligro de ella no estoy, por miedo a ella nadie se atreve a acercarse a mí, y vos mismo os apartaréis al haberlo sabido, como es prudente.

Su palabra, su voz y su preocupación por mi salud, me cautivaron el corazón si ya no me lo hubiera cautivado su belleza.

- ¿Por qué estáis sola? -volví a preguntarle.

- Porque me he quedado sola.

- ¿Sería de vuestro agrado tener compañía?

- Sólo es mi deseo el de vivir acompañada honestamente.

- Aún cuando a mí no me complaciera el ir acompañado de una dama, en vista de vuestra venusta y graciosa figura en la que puso la naturaleza para bien de todos sus esfuerzos y movido en compasión por vuestros afanes, dispuesto estoy a acompañaros y si bien mi edad no es la que pudiera conveniros, mis facultades y mis demás condiciones, son tales que podrán conveniros.

- De los hombres siempre son las promesas largas y corta la fe, según aprendí en las pasadas historias.

- A quien escribe, es lícito decir lo que quiere; pero quien prudentemente lee, no se fía de quien razonablemente no debe fiarse; lo mejor es que cada uno aprenda de sí mismo.

- Puesto que el cielo, dispensador de todos los bienes, junto  a vos me ha puesto, aún cuando jamás os he visto y no creo insipiraros particulares cuidados, puesto que de mí os contentáis, me parecería error y ofensa el no aceptaros.

Apenas había ella dicho estas palabras, cuando un ocioso fraile, de cabeza rapada, más apto para el remo que no para el sacrificio (cuyo nombre callo, para poder mejor hablar sis respetos) como el halcón cae a plomo sobre la pieza que ve en la tierra, se lanzó sobre la esbelta y delicada dama y muy domésticamente como si mil veces hubiese antes hablado con ella (según costumbre suya), le preguntó si no necesitaba ninguno de sus oficios. Yo me encargué de contestarle que por entonces de todo estaba satisfecha y para nada le servía su frailesca caridad.

El bigardo, que ya jadeaba al prometerse un encuentro muy agradable que hubiese destruido el nuestro, al ver que la caza se le iba, la fulminó con ojos de serpiente, pero acogido duramente por ella y poco acariciado por mí, abandonó la batida y se retiró en mal hora, barbotando no sé qué.

Pero no creáis que yo, como suele hacerse, me aparté de ella, sino que la acompañé hasta su casa y como había cautivado mi corazón llegamos a un acuerdo.

Cuando quedé solo y pleno de la dulce alegría que me había inspirado mi dulce compañera, por no desviarme de mi plan ni de mi costumbre, dirigí mis pasos al egregio y alegre templo de San Lorenzo, para ver si allí podía gozar como en otros años de mayo y de sus flores; pero allí recibí una impresión semejante a la de los que beben las sucias aguas del Leteo, pues aunque en la bellísima dama quería concentrar todos mis pensamientos, por todas partes y en todas las cosas y figuras creía ver al inoportuno e hipócrita fraile.

De tal manera los celos embargaban mi espíritu, que ocuparme de otra cosa no podía.

Pareciéndome que gastaba en vano el tiempo y deseando a todo trance, como convenido estaba, volver a ver a la deseada dama, me volví a mi casa en seguida.

Y poniendo fin al trágico relato de la horrenda peste, me encomiendo al placer de un nuevo coloquio con ella.

Nicolò Machiavelli (Italia, 1469-1527).

(Traducido al español por E. Barriobero y Herrán).
La ilustración corresponde a La bella (1536), de Tiziano, que se encuentra en la Galería Palatina de Florencia.

martes, 14 de abril de 2020

Epidemias: LA LEYENDA DEL REY DE LA PESTE, de Lars Andersson

"... el envenenamiento lo llevaba la gente allí y de allí se extendía a todos los que bebían de ese cáliz."

La denominación para la peste proviene del latín: pestis o pestilentia, que alude a una epidemia. También se volvió muy común en Europa referirse a «la plaga». Sin embargo, fue precisamente el protagonista de esta novela, Magnus Eriksson, rey de Noruega y Suecia, quien utilizó por primera vez en un documento oficial la expresión de «Peste Negra», en una carta real fechada en septiembre de 1349.

(Fragmento

Y Göpa dijo:

Nadie es inalcanzable para la peste, mientras se es hombre y se vive entre la gente. Quién vivió, quién se escapó, quién quedó atrapado, algo para entender; yo no he podido.

¿Pero tú fuiste a confesarte?

Göpa estaba allí, de pie, con la red en las manos, como si la hubiera acabado de encontrar y no supiera si era algo que tenía que llevarse.

No fue en la iglesia de nuestro pueblo, y yo no estaba en mis cabales. No me da ninguna alegría recordarlo. En ese momento me hizo feliz, no puedo negarlo: abrir las puertas de la iglesia, gritando que teníamos la peste sobre nosotros, y verlos escaparse como de un puente colgante que el río se lleva... Tomé el cáliz entre mis manos y grité: ¿Quién ha escupido sangre? y, ¿quién tiene la boca llena de sangre? y algunas cosas que no recuerdo. Yo estaba fuera de mí, y le había echado la culpa a la misa y a la confesión: el envenenamiento lo llevaba la gente allí y de allí se extendía a todos los que bebían de ese cáliz.

El rey Magnus se persignó, no dijo nada. Göpa seguía con su red en las manos:

Estaba confundido, lo sé ahora, pero parecía cierto. Y yo ya no tenía veinte años. Y quemé mi casa que era mía desde que me hice hombre para trabajar. Pero la peste encontraba sus caminos. Como tú dijiste: caminos de pueblos, caminos de castillos. A quién dejó y a quién se llevó, no soy yo el que puede encontrar un porqué. Es como la oscuridad de la noche antes de la nieve, cuando son otros lo que cazan y yo no veo nada. Como por las noches, antes de que caiga la nieve.


Lars Andersson (Suecia, 1954).

(Traducido al español por Ana L. Valdés).