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Vancouver: Las nubes sobre English Bay.

lunes, 29 de junio de 2015

Circe: ODAS, de Horacio

"... evitarás el ardiente fuego de la Canícula, y con la lira de Teos ensalzarás a Penélope y la artificiosa Circe."
 
Libro primero
 
Oda XVII. A Tindaris
 
El veloz Fauno suele trocar el Liceo por mi amena Lucretila, y defiende del ardor estival y las lluvias huracanadas a mis cabras, que, desviándose de sus mal olientes maridos, recorren impunemente el apacible bosque tras el dulce madroño y el tomillo.
 
Los cabritos no temen a las verdes culebras ni a los rapaces lobos, cuando el dios, ¡oh Tíndaris!, hace resonar su dulcísima avena por los valles y rocas sembradas en la pendiente del Ústica.
 
Los dioses me protegen, mi piedad y mis cantos son adeptos a los dioses. Aquí la abundancia, enriquecida con los frutos del campo, derramará en profusión para ti los dones de su cuerno fecundo.
 
Aquí, en el sombrío valle, evitarás el ardiente fuego de la Canícula, y con la lira del cantor de Teos ensalzarás a Penélope y la artificiosa Circe, enamoradas las dos del gran Ulises.
 
Aquí, a la sombra, colmarás los vasos del inocente vino de Lesbos, sin temor de que el hijo de Sémele, unido con Marte, nos impulse a peligrosas reyertas, ni recelar que el protervo Ciro, abusando de tu debilidad, ponga en ti sus manos insolentes y te quite la guirnalda de los cabellos y rompa el vestido que cela tus encantos.


Quinto Horacio Flaco: Quintus Horatius Flaccus (Poeta latino, 65 a. de C.-8 a. de C.)
 
La ilustración corresponde a las ruinas de Tindaris en Sicilia, Italia.

domingo, 28 de junio de 2015

Circe: DIVINA COMEDIA, de Dante Alighieri

 
(Fragmento del canto vigésimo sexto)
 
Círculo octavo del infierno: Fraude
 
El alto cuerno de la hoguera antigua,
como la llama que fustiga el viento,
al par que estaba inmóvil la contigua,
 
se agitó con activo movimiento,
como lo hace al hablar la lengua humana,
y echó hacia afuera su escondido acento:
 
«Cuando libre de Circe la inhumana,
que más de un año en Gaeta me retuvo,
donde antes de Eneas era soberana,
 
«ni el cariño por mi hijo me contuvo,
ni de mi viejo padre la ternura,
ni el amor de Penélope me abstuvo,
 
«de correr por doquier a la ventura,
por conocer el mundo como experto,
y al hombre con sus vicios y cultura.

«Lánceme sin temor en mar abierto,
con sólo un leño, y tuve por compaña,
pocos hombres, mas todos de concierto.
 
 
Dante Alighieri (Italia, 1265-1321)
 
(Versión rimada al español de Bartolomé Mitre) 

sábado, 27 de junio de 2015

Circe: LA ENÉIDA, de Virgilio


(Párrafos iniciales del Libro Séptimo)

Tú también ¡Oh Cayeta! nodriza de Eneas, diste con tu muerte eterna fama a nuestras playas; aun hoy tu memoria protege estos sitios, y tu nombre declara, si algo vale esta gloria, en qué lugar de la grande Hesperia descansan tus huesos.
 
Celebradas las exequias conforme al rito, y erigido un túmulo de tierra, el piadoso Eneas, luego que se sosegó el hondo mar, dio la vela y abandonó el puerto. Era de noche; soplaban las auras blandamente; la blanca luna los alumbraba en su rumbo y con su trémula luz rielaban las aguas del mar. Pasan las naves rozando la orilla del país circeo, donde la opulenta hija del sol hace resonar sus repuestos bosques con perpetuo canto, y en sus soberbios palacios quema oloroso cedro a la luz de la luna, mientras teje con sutil lanzadera delicadas telas. Allí se oyen, a deshora de la noche, rugido de leones luchando por romper sus cadenas; cerdosos jabalíes y osos, que se embravecen en sus jaulas, y aullidos de espantables lobos, a quienes la cruel Circe, a favor de poderosas yerbas, trocó la figura humana en semblante y cuerpo de fieras. Para que impelidos al puerto no experimentasen semejantes transformaciones los piadosos Troyanos ni tuvieran que pisar horribles playas, Neptuno hinchó sus velas con favorables vientos, y los impulsó en rápida fuga para sacarlos de aquel hirviente estrecho.


Publio Virgilio Marón: Publuis Vergilius Maro (Imperio romano, 70 a. de C.-19 a. de C.) 

viernes, 26 de junio de 2015

Circe: LOS MITOS GRIEGOS, de Robert Graves


(Fragmento)

Dirigió la única nave que le quedaba hacia el este y tras un largo viaje llegó a Eea, la isla de la Aurora, gobernada por la diosa Circe, hija de Helio y Perse, y por tanto hermana de Ectes, el terrible rey de Cólquíde. Circe era hábil en toda clase de encantamientos, pero quería poco a la especie humana. Cuando echaron suertes para decidir quién se quedaría vigilando el navio y quién saldría para explorar la isla, le tocó al querido compañero de Odiseo, Euríloco, desembarcar con otros veintidós tripulantes. Descubrió que Eea abundaba en robles y otras clases de árboles, y por fin llegó al palacio de Circe, construido en un gran claro hacia el centro de la isla. Lobos y leones rondaban por los alrededores, pero en vez de atacar a Euríloco y sus compañeros se enderezaban sobre las patas traseras y les acariciaban. Se habría podido tomar a aquellos animales por seres humanos, y en realidad lo eran, aunque los habían transformado así los hechizos de Circe.
 
Circe se hallaba en el vestíbulo, cantando mientras tejía, y cuando el grupo de Euríloco la llamó a gritos salió sonriendo y los invitó a comer en su mesa. Todos entraron alegremente, excepto Euríloco, quien, sospechando un engaño, se quedó afuera y atisbo ansiosamente por las ventanas. La diosa sirvió una comida de queso, cebada, miel y vino, para los marineros hambrientos; pero estaba drogada, y tan pronto como comenzaron a comer les tocó en el hombro con su varita y los transformó en puercos. Luego, abrió inexorablemente la portezuela de una pocilga, los encerró en ella, les echó unos puñados de bellotas y frutos del cornejo en el suelo fangoso y los dejó allí revolcándose.
 
Euríloco volvió llorando e informó a Odiseo de la desgracia ocurrida, quien tomó su espada y salió decidido a salvarlos, pero sin un plan fijo en la cabeza. Con gran sorpresa se encontró con el dios Hermes, quien le saludó cortésmente y le ofreció un remedio contra la magia de Circe: una flor blanca perfumada con la raíz negra, llamada moly, que sólo los dioses pueden reconocer y elegir. Odiseo aceptó el don agradecido y siguió su camino hasta el palacio de Circe, quien también le agasajó a él. Cuando hubo tomado la comida mezclada con drogas, Circe levantó la vara y le tocó con ella en el hombro, mientras le ordenaba: «Ahora ve a la pocilga y échate con tus compañeros.» Pero Odiseo había olido a escondidas la flor de moly, por lo que no quedó encantado, y se levantó de un salto espada en mano. Circe cayó llorando a sus pies y le suplicó: «¡Perdóname y compartirás mi lecho y reinarás en Eea conmigo!» Como sabía que las hechiceras poseen el poder de enervar y destruir a sus amantes, extrayéndoles secretamente la sangre en pequeñas ampollas, Odiseo hizo jurar solemnemente a Circe que no tramaría ninguna nueva travesura contra él. Ella juró por los dioses benditos y, después de proporcionarle un delicioso baño caliente, vino en copas de oro y una sabrosa cena servida por una venerable ama de llaves, se dispuso a pasar la noche con él en un lecho con colcha de púrpura. Pero Odiseo no quiso responder a sus requerimientos amorosos hasta que accedió a liberar no sólo a sus compañeros, sino también a todos los otros marineros encantados por ella. Una vez hecho eso se quedó de buena gana en Eea hasta que ella le hubo dado tres hijos: Agrio, Latino y Telégono.
 
Odiseo anhelaba continuar su viaje y Circe le dejó ir. Pero primeramente debía hacer una visita al Tártaro y buscar allí al adivino Tiresias, quien le profetizaría la suerte que le esperaba en Ítaca, si llegada alguna vez a ella, y después. «El soplo del Viento Norte conducirá tu nave -le dijo Circe- hasta que hayas atravesado el océano y llegues al bosque de Perséfone, notable por sus álamos negros y sus añosos sauces. En el punto donde los ríos Flegetonte y Cocito desembocan en el Aqueronte cava una zanja y sacrifica un carnero joven y una oveja negra, que yo misma proporcionaré, a Hades y Perséfone. Deja que la sangre entre en la zanja y mientras esperas a que llegue Tiresias ahuyenta a todas las otras ánimas con tu espada. Deja que Tiresias beba todo lo que quiera y luego escucha atentamente su consejo.»
 
Odiseo obligó a sus hombres a embarcarse, aunque se mostraban renuentes a dejar la agradable Eea por el país de Hades. Circe les proporcionó un viento favorable que los llevó rápidamente al Océano y a las lejanas fronteras del mundo donde a los Cimerios, rodeados de niebla, ciudadanos de la Oscuridad Perpetua, se les niega la vista del Sol. Cuando avistaron el Bosque de Perséfone desembarcó Odiseo e hizo exactamente lo que le había aconsejado Circe. La primera ánima que apareció en la zanja fue la de Elpenor, uno de sus propios marineros que pocos días antes, borracho, se había dormido en el techo del palacio de Circe y, al despertar aturdido, cayó a tierra y se mató. Odiseo había abandonado Eea tan apresuradamente que no advirtió la ausencia de Elpenor hasta que era ya demasiado tarde, y ahora le prometió un entierro decente.
 
 
Robert Graves (Inglaterra, 1895-1985) 

martes, 23 de junio de 2015

Circe: EL OSCURO HECHIZO DE LA NOCHE DE SAN JUAN (DE MIRCEA ELIADE), de Lorena Rivera León

"... y por ello cita a ésta en el Jardín Botánico de Lisboa..."

Pasión, eternidad del instante. El oscuro hechizo de la noche de San Juan engullido en el abismo del vértigo.
 
(Fragmento)
 
En la noche de San Juan de 1936, Stefan Viziru, presa de un impulso irresistible, se adentra en la envolvente oscuridad de un bosque que fue escenario de su infancia, referencia de la memoria doliente por parte del amigo y lugar privilegiado de singulares encuentros pretéritos con lagartos y erizos. En la penumbra del momento anual más proclive a los hechizos, el joven detecta la inesperada presencia de una muchacha de la que se prenda al apenas entreverla. Le deslumbra, de inmediato, el color negro azulado de sus ojos y sus rizos, mas la masculinidad de algunos de sus gestos y el carácter varonil de su modo de caminar constituyen los rasgos específicos de Ileana que más cautivan a Stefan, presentes con mayor frecuencia que ningún otro cuando la evoca apesadumbrado. ¿No goza de cierta verosimilitud imaginar, entre las tinieblas encantadas de la noche de San Juan en el bosque de Baneasa, la aparición del maravilloso lagarto andrógino de embrujadora y deslumbrante belleza con el que ya se encontraran Eliade y Stefan en la beatitud paradisíaca de la infancia?
 
En su viaje laberíntico iniciático, el héroe se enfrenta no sólo a los hechizos de la maga Circe, sino también a la belleza embaucadora de Calipso. En un principio, Stefan cree posible que la ninfa se encarne en la señorita Zissu y por ello cita a ésta en el Jardín Botánico de Lisboa y le habla de su isla de cuatro fuentes e innumerables especies de árboles. Sin embargo, enseguida percibe que es Circe quien toma cuerpo en la salvaje, carnal e impetuosa Stella Zissu, poseedora de una pasión voraz, metafóricamente comparable a la avidez de una vampiresa por la sangre. Si Circe se ha encarnado en Stella, Calipso sólo puede haber cobrado forma humana en Ileana. En su versión rumana, la ninfa no es dueña de una maravillosa isla de cuatro fuentes, con bellos jardines y bosques, repleta de flores y de grutas fascinantes donde retener a Ulises; pero halla sus dominios en la fosca frondosidad de los bosques espesos en cuyo lugar hubo charcas en un tiempo mítico. El agua es el elemento predilecto de Calipso, lo cual explique tal vez que, en Portugal, Ileana aguarde a Stefan junto a la fuente de Inés de Castro.
 
 
Lorena Rivera León (España, 19??)
 
La ilustración corresponde a una fotografía del Jardín Botánico de Lisboa.

miércoles, 10 de junio de 2015

Páginas ajenas: LA DURMIENTE, de Edgar Allan Poe


(Fragmentos)


A medianoche, en el mes de junio,
me paro bajo el místico plenilunio.
Un vapor de opio, húmedo, sombrío,
Exhala su hálito dorado,
Y suavemente escurre, gota a gota,
Sobre la cima apacible de la montaña.
Se interna somnoliento y musical
Dentro del valle universal.
El romero se inclina ante la tumba;
El lirio se recuesta sobre la ola;
Envolviendo la niebla en su seno
La ruina enmohece su reposo;
¡Se mira como el Leteo! El lago
Parece que consciente dormitase,
Y por ningún motivo fuera a despertar.
¡Toda la belleza duerme! -ahí
donde el destino de Irene yace.
...
¡Como fantasmas las sombras crecen y se desvanecen!
¿Por qué y para qué estás durmiendo aquí?
Sin duda vienes desde más allá de lejanos mares,
¡Un prodigio para los árboles de estos jardines!
¡Extraña es tu palidez! ¡Extraño tu vestido!
¡Más extraño aún, lo largo de tu trenza,
y todo este solemne silencio!
...
Lejos en el bosque, lúgubre y antiguo,
En una cripta abierta para ella,
Al viento ondean triunfales
Con el negro color mortuorio
De su gran familia los paños funerales.
Un sepulcro solitario y remoto,
Contra cuyo portal arrojara alguna vez
Las ociosas pedradas de la niñez,
Tumba en la que del sonido de su puerta
ya ni siquiera el eco se oía,
Asusta pensar, ¡pobre hija del pecado!
Que era la muerte quien gemía.


Edgar Allan Poe (Estados Unidos, 1809-1949)

(Traducido del inglés por Jules Etienne)

martes, 9 de junio de 2015

Noches de junio


"Era una buena noche de junio, fresca y con luna, y estuvieron despiertos y retozando en la cama hasta el amanecer, indiferentes al viento que pasaba por el dormitorio, cargado con el llanto de los parientes de Prudencio Aguilar." El párrafo anterior, de la célebre novela Cien años de soledad, es el que precede al relato de la travesía por la sierra de José Arcadio Buendía que finalmente los llevaría a fundar Macondo. Y es que Úrsula no dejaba de alucinar las apariciones del difunto Prudencio Aguilar:

"Los muertos no salen", dijo. "Lo que pasa es que no podemos con el peso de la conciencia." Dos noches después, Úrsula volvió a ver a Prudencio Aguilar en el baño, lavándose con el tapón de esparto la sangre cristalizada del cuello.

Después de eso, fastidiado por lo que su mujer le contaba, José Arcadio sale al patio con una lanza y lo amenaza: "Cuantas veces regreses volveré a matarte"; pero ni él se atrevió a arrojar la lanza ni pudo volver a dormir bien. Por eso fue que prefirieron emigrar: "Está bien, Prudencio -le dijo-. Nos iremos de este pueblo, lo más lejos que podamos, y no regresaremos jamás. Ahora vete tranquilo."

Y para continuar con ese tipo de atmósfera, Arthur Machen, un autor galés del siglo XIX y principios del XX, se especializó en cuentos fantásticos como El gran Pan y Pueblo blanco -a los que se ha referido el cineasta Guillermo del Toro: "Me gustaría que El laberinto del fauno transmitiera la misma sensación que los relatos de Arthur Machen"-, así como las novelas Los tres impostores y La casa de las almas. Al fallecer su primera esposa, en 1899, dejó temporalmente de escribir y se unió a la Orden del Amanecer Dorado, una sociedad secreta dedicada al esoterismo. Vale la pena mencionar que en su juventud tuvo la oportunidad de trabajar con el editor y librero George Redway, quien le encomendó catalogar su colección de libros de ocultismo, lo que le serviría en un futuro para orientar el carácter de su obra. Su traducción de las Memorias de Casanova fue una de las más completas y eróticas, por lo que se dificultó su edición correspondiente durante la época de la estricta moral victoriana. En 1914, al inicio de la primera guerra mundial, escribió un relato ficiticio titulado Los ángeles de Mons, sobre unos arqueros celestiales que supuestamente habían intervenido en favor del ejército británico en la batalla de ese nombre, lo que provocó que muchos lectores lo consideraran un hecho real e incluso hubo quien llegó a aprovechar dicho material para tratar de comprobar la existencia de los ángeles. Su cuento El misterio glorioso le permitió el acceso a otro mercado de lectores, al ser publicado en una revista estadounidense. Se advierte su influencia en la obra de autores como H. P. Lovecraft, quien lo reconocía como uno de los maestros del horror sobrenatural.

A Machen se le conoce en México a través de un relato suyo: El misterio de Islington, que sirvió como argumento para el guión de la película de humor negro El esqueleto de la señora Morales, con Arturo de Córdova y Amparo Rivelles. El siguiente es un párrafo de su cuento El libro verde:

Luego, otro día, vieron que llevaba alrededor del cuello el collar más hermoso que jamás se había visto por aquellos contornos, mucho más brillante que el collar más elegante de la propia reina, compuesto de centenares de diamantes relucientes, que resplandecían como las estrellas en una noche de junio.

Ahora un fragmento de Los niños de la charca, que forma parte del volumen Pueblo blanco:

Y Arnold se puso en camino, de vuelta a Londres, mientras muchas cosas le daban vueltas en la cabeza. La mayoría de ellas parecían muy confusas, pero él se preguntaba si el huésped de la señora Wilson estaría loco de remate; más loco que el señor Hampole o el granjero de Somerset, o Charles Dickens, cuando vio aparecerse a su padre junto al lecho. Arnold hizo el recuento de sus perplejidades e indagaciones en la siguiente reunión con los tres amigos en el tranquilo patio delantero de la posada. El escenario se había transformado: era una noche de junio en la que los árboles del jardín se agitaban a expensas de la brisa fresca, misma que transportaba al corazón de Londres un vago aroma de los lejanos campos de heno. El licor de la jarra marrón olía a viñas y huertas gasconas, y le pusieron hielo, aunque no por mucho tiempo. Lo único que dijo Harliss durante todo el relato de Arnold fue:

- Conozco cada rincón de ese vecindario y le aseguro que no existe semejante lugar.

También Edgar Allan Poe escribió sobre la medianoche en el mes de junio, en su poema La durmiente, al que en español a veces se le conoce -de manera imprecisa-, como En una noche de junio. Pero de eso ya me ocuparé mañana.


Jules Etienne

La ilustración corresponde a Un sueño de Escocia (A dream of Scotland), de Elena Orlova.