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Vancouver, luz de agosto en English Bay.

martes, 8 de julio de 2014

Espejos (68): LA CORRUPCIÓN DE UN ÁNGEL, de Yukio Mishima

 "... y a huir hacia un mundo sin espejos."

(Fragmento del capítulo 3)

Kinué era hija de un rico terrateniente. Se había mostrado un tanto extraña después de unos amoríos desgraciados y había permanecido seis meses en una clínica mental. Padecía un curioso síndrome denominado depresión delirante, intoxicación depresiva o algo por el estilo. Desde entonces no había dado muestra de ninguna otra perturbación grave y había llegado al convencimiento de que era la muchacha más bella del mundo.
 
Su engaño le había inducido a romper el espejo que tanto le atormentaba y a huir hacia un mundo sin espejos.
 
La realidad se tornó para ella maleable, selectiva, una visión de lo que era deseable y un rechazo de todo lo demás. A la mayoría de las personas ese camino les habría conducido a un desastre casi seguro, mas para ella no constituyó fuente de complicaciones ni peligro alguno. Tras haber arrojado al cubo de la basura el viejo juguete de la conciencia de sí misma había empezado a elaborar un nuevo juguete maravillosamente ingenioso y complejo y lo había adaptado a la perfección a sus necesidades y logrado que funcionara como un corazón artificial. Cuando acabó de construirlo, Kinué logró la perfecta felicidad o, como ella hubiese dicho, la perfecta infelicidad.
 
Probablemente su infortunio romántico surgió cuando un hombre mencionó su fealdad. En aquel instante Kinué vio extinguirse la luz en su único camino, el precipicio ante ella. Si no podía cambiar su propia apariencia entonces tenía que cambiar el mundo. Comenzó a trabajar en su propia y secreta cirugía plástica y logró alterarlo todo. De la concha fea y cenicienta emergió una reluciente perla.
 
Como un soldado asediado que hallara el modo de escapar, Kinué encontró un nexo básico pero engañoso con el mundo. Y con ese nexo como punto de apoyo invirtió el mundo. La más extraordinaria de las revoluciones. Superchería exquisita la de considerar como desgracia lo que en su corazón anhelaba por encima de todas las cosas.
 
 
Yukio Mishima (Japón, 1925-1970) 

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