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Vancouver en primavera: puente de Burrard.

lunes, 31 de julio de 2017

Carnaval: AUTORRETRATO CON RADIADOR, de Christian Bobin

"... el carnaval de los dioses..."

(Fragmento)

La literatura eterna -cuentos, mitos, leyendas- apareció en la tierra con los primeros hombres. Les permitió habitar la tierra sin morir de frío. El fuego y la voz que narra se inventaron al mismo tiempo, dando el mismo calor y logrando el respeto de los animales salvajes. La literatura eterna debió de venir así: alguien se inclina sobre alguien que está enfermo, empieza a contarle la gran leyenda de los albores, el torbellino de los fines, el carnaval de los dioses, y mediante esa voz que inventa, llega un poco de luz a la oscuridad. La literatura eterna ya estaba allí, entera, en ese tiempo en el que los hombres iluminaban las cavernas con coloreados fantasmas de caballos. Llegó al mismo tiempo en el que el miedo entró por vez primera en un alma, por una grieta de la carne -un cazador mordido en el talón por una serpiente, un niño con los ojos brillantes de fiebre, una mujer perdiendo su sangre, tumbada cerca de las cenizas, un pintor de bisontes, que se volvió ciego, un anciano, con sus piernas atrapadas por el hielo-. La literatura eterna es la medicina más antigua del mundo. Es anterior a la escritura. Antes de depositarse sobre unas tablas de arcilla, purificó voces, sosegó almas. Sigue haciéndolo cada vez que una madre se inclina sobre su hijo adormecido por el cansancio, y cuenta un cuento, canta una cancioncilla. Nunca ha existido una distinción real entre la palabra y la escritura. La escritura es la hermana pequeña de la palabra. La escritura es la hermana tardía de la palabra en la que un individuo, viajando desde su soledad a la soledad de otro, puebla el espacio entre las dos soledades con una vía láctea de palabras. Lo que nos habla, es lo que nos ama. Una palabra privada de amor es una cosa sorda, sin consecuencia. "No sé hablarte, luego te mato: el amor es un esfuerzo para salir de ese crimen natural de cada uno por cada uno de nosotros. El amor es esa bondad elemental a partir de la cual una soledad puede hablar a otra soledad y, si es necesario, acompañarla hasta en la oscuridad. No quiero que sufras. No quiero que tu mirada desaparezca tras un telón cargado de sangre. Escucha. Escúchame. Escucha atentamente cada historia, cada nombre de personaje. No quiero que te mueras y despliego para ti los vendajes de la literatura eterna -cuentos, mitos, leyendas, novelas, relatos, poemas, plegarias. Venus, Eva, Ifigenia, Beatriz, Fedra, Ana Karenina...- incontables las enfermeras que surgen de la literatura eterna, a la primera llamada. Bienhechora es la literatura eterna y su manía de librarnos con un susurro bajo, con un ruido de fuente. Maravillosa la creencia en torno a la cual ella segrega sus historias, como la hiedra en torno a su árbol tras de que alguien nos hable, es imposible morir.
 
 
Christian Bobin (Francia,1951).

La ilustración corresponde a El trono de Irahs (Le throne d'Irahs), de Adonis Werther.

domingo, 30 de julio de 2017

Carnaval: EL MAR QUEMA LAS MÁSCARAS, de Giorgio Caproni


El mar quema las máscaras,
lo incendia el fuego de la sal.
Hombres llenos de máscaras
arden sobre el litoral.
 
Tú sola podrás resistir
la hoguera del Carnaval.
Tú sola que sin máscaras
ocultas el arte de existir.
 
(Il mare brucia le maschere,
le incendia il fuoco del sale.
Uomini pieni di maschere
avvampano sul litorale.

Tu sola potrai resistere
nel rogo del Carnevale.
Tu sola che senza maschere
nascondi l’arte d’esistere.)

 
Giorgio Caproni (Italia, 1912-1990).
 
(Traducido del italiano por Jules Etienne)

sábado, 29 de julio de 2017

Carnaval: NOTICIAS DEL IMPERIO, de Fernando del Paso

"... y siguió el carnaval, siguió la fiesta pero no nada más el carnaval de Milán y de Venecia, sino el carnaval del mundo, la fiesta delirante de la historia."

(Fragmento del capítulo V: Castillo de Bouchout 1927)

Soy un profeta escarnecido, le escribías a tu madre desde Milán, abandonado al igual por los austríacos y los italianos: lo mismo por Francisco José que por el Conde Cavour que temía que esa tu peligrosa bondad hiciera abortar la unidad italiana, y paseabas solo, en la noche y por los oscuros corredores del palacio, mientras desde la calle te llegaban el bullicio y los gritos, las luces del carnaval y tú esperabas la primera campanada de la medianoche para que el principio de la Cuaresma, y con ella la angustia que te pudría el alma, acallaran toda esa alegría, ¿y pretendes, pretendiste alguna vez que tuviera compasión de ti cuando te quedaste solo en Querétaro y solo en tu celda de las Teresitas, solo en tu caja, solo en la capilla del Hospital de San Andrés de la ciudad de México, solo en la mesa de la Santa Inquisición o cuando solo viajaste a Europa en la capilla ardiente de La Novara y solo en un lanchón y en un alto catafalco bajo las alas de un ángel llegaste a Trieste, y solo en el ferrocarril que te llevó de Trieste a Viena mientras caía la nieve, solo cuando tu madre Sofía se echó sobre la tapa nevada de tu ataúd para llorar, sí, pero no tu muerte, Maximiliano, sino su propio abandono, su inflexibilidad, su dureza, porque así como en el cuarenta y ocho, cuando las tropas de Windisch-Graetz recobraron Viena y el Odeón fue consumido hasta los cimientos por el fuego, recuerdas, ella dijo que soportaría mejor la pérdida de uno de sus hijos que someterse a la masa de estudiantes, así también ella fue culpable de que te asesinaran en Querétaro, ella que cuando tú le escribiste desde Orizaba diciéndole que querías abdicar y dejar México, ella la puta que se entregó a Napoleón Segundo para hacerlo tu padre, te escribió y te dijo que sí, claro, que en Schönbrunn y en el Hofburgo y en toda Viena, en Austria y Hungría te extrañaban mucho, y que suspiraban cuando escuchaban el carillón de tu reloj de Olmütz, y cuando volvía a contemplar los largos bucles rubios que te cortaron cuando cumpliste cuatro años, a acariciar y oler las faldas de niña que usabas entonces, pero tienes que quedarte en México, te escribió, porque un Habsburgo, hijo, un Habsburgo jamás huye, nunca, y por supuesto, quién podía dudarlo, aquí pensamos mucho en ti, y recuerdo, la tengo muy grabada, no sé por qué una mañana en que tú, con tu uniforme de los húsares de María Teresa pasaste bajo la puerta suiza del Hofburgo, alto tú y esbelto bajo el arco que contiene los símbolos heráldicos de Austria y de Castilla, de Aragón y Borgoña, el águila del Tirol, tú y tu pelo rubio flotando en el aire, el león de Flandes y de Estiria otra águila y de Carniola la pantera, tú y tus ojos azules, mi querido Max, aquí todos te extrañamos una barbaridad, nos reunimos con nuestros cuatro nietos la última Nochebuena y el emperador meció al gordito Otón, Franzi se sentó en un canapé al lado de Sisi, pero tú, por supuesto, aunque te extrañemos tanto tienes que quedarte en México, aquí tu posición sería ridícula, y también la tarde aquella que jamás olvidaré en que te perdiste en los Jardines de Schönbrunn, y en que yo, desesperada, gritaba a los cuatro vientos, les gritaba a todos en dónde se habrá metido esa criatura, quédate en México, hijo mío, aquí tu posición sería insostenible, en dónde se habrá metido, Dios mío, quédate, no regreses: mejor que verse humillado por la política francesa es enterrarse entre los muros de México, no vuelvas hijo a Viena, y tú en verdad esa mañana no te habías perdido, nadie te había secuestrado: toda una tarde habías jugado a navegar veleros miniatura en la Fuente de Neptuno, y te dormiste luego junto a la fuente de la ninfa Egeria, tras beber de las aguas del Schöner Brunnen el arroyo que descubrió el Emperador Matías y que le dio su nombre al palacio, y cuando tus hermanos Luis Víctor y Carlos Luis levantaron a Sofía que estaba echada de bruces sobre tu caja, tu madre tenía la cara llena de nieve y en ella, en la nieve adherida a la piel como una máscara de talco las lágrimas habían abierto unos surcos diminutos, pero cuando te quedaste solo en la bóveda de la capilla de los capuchinos ella ya no volvió a llorar, nadie lloró, todos te olvidaron y siguió el carnaval, siguió la fiesta pero no nada más el carnaval de Milán y de Venecia, sino el carnaval del mundo, la fiesta delirante de la historia.

Fernando del Paso (México, 1935).

viernes, 28 de julio de 2017

Carnaval: CARTAS A POSEIDÓN, de Cees Nooteboom

"... mientras se dirigía a una fiesta un martes de Carnaval, perdió el habla y murió al cabo de un rato..."
 
Vidas
 
(Fragmento)

¿Cuándo existe una persona? Esa pregunta no vale para los dioses, claro está, pues, como afirma Hesíodo con rotundidad, la vida de los dioses es eterna. No, esta vez nos referimos a las personas, a los mortales, esas criaturas perecederas que viven más que las flores o los insectos pero menos que ciertas tortugas. La mayoría de personas ha existido porque ha vivido. Es decir, han existido para sí mismas o para su entorno, pero, una vez desaparecidas o fallecidas las personas de su entorno, por lo general ya nadie se acuerda de ellas. De momento no voy a entrar a valorar si eso importa o no. Recordemos a los sacerdotes de la antigüedad clásica, los prisioneros de los aztecas, los funcionarios egipcios, los cazadores austriacos del siglo XV, los misioneros de las colonias españolas, las víctimas de los terremotos, los soldados en la guerra de los bóers, miles de millones de personas de las que sabemos que han existido como especie, pero cuya existencia como personas ignoramos. ¿Importa eso? ¿Afecta eso en algo al valor de sus vidas? ¿Fueron sus vidas menos plenas porque nosotros las ignoremos, porque no conozcamos sus nombres ni sepamos dónde yacen enterradas? Para esas personas sólo existió su propia vida comprendida entre el nacimiento y la muerte, una existencia de felicidad o desventuras, azarosa o monótona, una vida que rozó los acontecimientos históricos o participó directamente en ellos. Puede que sus nombres no figuren en el libro de la Historia, que de todos modos se lee cada vez menos, y yo me pregunto de nuevo: ¿importa eso? ¿Importa que esas personas no hayan creado nada, no hayan escrito ningún libro o no hayan cometido un vil asesinato? No. Y, sin embargo, de ser eso cierto, ¿por qué me acuerdo hoy de una duquesa con joroba que era una gran bailarina? ¿De un marqués que era un sinvergüenza sin par? ¿De un pérfido duque que en el Pont Royal, mientras se dirigía a una fiesta un martes de Carnaval, perdió el habla y murió al cabo de un rato en su retrete, con la cara deformada por una mueca espantosa? ¿Cómo es posible esto? Es de noche, ya tarde. He abierto uno de los numerosos volúmenes de las Memorias del duque de Saint-Simon por una página cualquiera y he ido a parar a un año cualquiera, en este caso 1710: la vida en la corte de Luis XIV, la política internacional, las intrigas cortesanas, asuntos de poder y posición social. Chismorreos relatados con la pluma inmisericorde del duque, que en un par de líneas es capaz de hacer un retrato despiadado de las personas, rescatándolas así de la oscuridad del olvido e infundiéndoles vida. Tres personas que murieron sucesivamente en poco tiempo y que él recuerda con unos cuantos trazos de su pluma.

Cees Nooteboom (Holanda, 1933).

jueves, 27 de julio de 2017

Carnaval: LA CULTURA POPULAR EN LA EDAD MEDIA Y EL RENACIMIENTO, de Mijaíl Bajtín

 
(Fragmento)

La risa carnavalesca es ante todo patrimonio del pueblo (este carácter popular, es inherente a la naturaleza misma del carnaval); todos ríen, la risa es "general"; en segundo lugar, es universal, contiene todas las cosas y la gente (incluso las que participan en el carnaval), el mundo entero parece cómico y es percibido y considerado en un aspecto jocoso, en su alegre relativismo; por último esta risa es ambivalente: alegre y llena de alborozo, pero al mismo tiempo burlona y sarcástica, niega y afirma, amortaja y resucita a la vez.

Mijaíl Mijáilovich Bajtín (Rusia, entonces Unión Soviética, 1895-1975).

miércoles, 26 de julio de 2017

Carnaval: LA BROMA, de Milan Kundera

"... canciones que se cantaban en carnaval..."

(Fragmento del capítulo 6)

La canción popular nacía como una estalactita. Gota a gota se revestía de nuevos motivos y nuevas variantes. Iba pasando de generación en generación y cada uno de los que la cantaban le añadía algo nuevo. Cada canción tenía muchos creadores y todos ellos desaparecían humildemente detrás de su obra. Ninguna canción popular existía así porque sí. Tenía su función. Había canciones que se cantaban en las bodas, canciones que se cantaban al terminar la siega, canciones que se cantaban en carnaval, canciones para las Navidades, para la recogida del heno, para bailar y para los entierros. Tampoco las canciones amorosas existían al margen de ciertas ceremonias habituales. Los paseos vespertinos por la aldea, el canto bajo las ventanas de las muchachas, el noviazgo, todo eso tenía un rito colectivo y en ese rito las canciones tenían su sitio establecido.


    Milan Kundera (Escritor de origen checo nacionalizado francés; 1929).
 
La ilustración corresponde al carnaval de Praga. 

martes, 25 de julio de 2017

Carnaval: PERVERZION, de Yuri Andrujovich

"El Carnaval se ha vuelto cada vez más y más grande..."

(Fragmento del capítulo 2)

Nosotros en Venecia estamos inclinados a pensar que la pérdida del Carnaval ya ha ocurrido. Lo podemos ver. Casi nadie se da cuenta de esto -para que el Carnaval exista, debe repetirse año tras año, muchas veces, por varias razones, con fuego y máscaras, con vino y danzas. El Carnaval existe, cualquiera podrá decirlo entre quienes todavía (o que ya) no lo ven y que son incontables. El Carnaval se ha vuelto cada vez más y más grande, está donde quiera y es ininterrumpido, aquellos con mala fe lo dirán. 
 
Pero, ¿es realmente de esa manera? ¿O sólo es una medida de aquello tragado y devorado? ¿Con increíbles enjambres de turistas, japoneses, servicios hoteleros, diversiones, o con la devolución del dinero y las pérdidas por pirotecnias? ¿Y si esto es sólo pura mecánica, maquinaria, fría industria, consumo masivo, conducta parasitaria permanente? ¿Qué tal si sólo es una trampa?
 
Parece que junto con el Carnaval nos perdemos nosotros mismos. ¿Somos todavía capaces de amar, reír, o llorar? ¿Estamos lo suficientemente vivos para vivir? ¿O para hacer algo más? Esta es una pregunta que vale la pena...
 
 
Yuri Andrujovich (Ucrania, 1960)

lunes, 24 de julio de 2017

Carnaval: EL CARNAVAL, de Gustavo Adolfo Bécquer

"... el Carnaval no tiene razón de ser, y sin embargo existe."

II.

La época del Carnaval ha pasado. El carnaval parece que parodiaba en el mundo moderno la costumbre que en el antiguo permitía á los esclavos en ciertos días del año jugar a los señores y tomarse con éstos todo género de libertades y aun de licencias. En la Venecia de los tenebrosos Consejos, de los Palomos y del puente de los Suspiros, en la Roma de los Borgias, en cualquiera parte donde el pueblo ha vivido sujeto por una mano de hierro á un poder más ó menos tiránico, se comprendía esta periódica explosión de libertad y de locura. La política y el amor pedían prestado su traje á Arlequín, y al alegre ruido de los cascabeles del cetro del bufón, urdían la trama de su novela sangrienta ó sentimental. La aparente rigidez de las costumbres, el aislamiento del hogar, el carácter propio de la época, hacían necesarias esas noches de luna velada por nubes, de rostros ocultos con antifaces, de algazara popular y de misterios, en el Corso y en Rialto.

En este siglo de meetings y de comités, de Teatro Real y de temporada de baños, en este siglo de periódicos y de soirées, de Congreso y de Fuente Castellana, de paseos matinales y de conciertos nocturnos; en que durante el año cada cual es tan extravagante como le parece, se viste con el mamarracho que mejor se le antoja y hace en todos sentidos el más libre uso de su autonomía, ¿qué objeto tiene el Carnaval? ¿Qué nos dirá hoy una mujer en el baile por debajo de la flotante barba de su careta de raso, que no nos lo haya dicho otra ayer en un palco de la ópera por entre las doradas varillas de su abanico de plumas? ¿A qué no nos atreveremos en el bullicio de la orgía, con la cara tapada, que no nos hayamos atrevido en el silencio del perfumado bodoir con la cara descubierta? Para desenvolverse, para conspirar o para lanzarse ¿necesita por ventura alguna idea del discreto antifaz o del misterioso dominó?

La política y el amor han tirado ya los andadores; la Revolución y el cancán se pasean de la mano por la plaza y salones públicos: el Carnaval no tiene razón de ser, y sin embargo existe. Como las wills, esas fantásticas apasionadas de la danza, se levantan al filo de la media noche para bailar en silenciosa ronda en derredor de los sepulcros, el Carnaval sale todos los años de su tumba envuelto en su haraposo sudario, hace media docena de piruetas en Capellanes, en el Prado y el Canal y desaparece. Sus escasos prosélitos se agitan durante esos días guiados por intereses distintos; para éstos el Carnaval es una cuestión de toilette; para aquéllos una especulación; para los otros una borrachera con el derecho de pasearla al aire libre. Vamos a decir no más que cuatro palabras sobre cada uno de estos tres grupos en que pueden subdividirse los que toman aún parte en el Carnaval de Madrid.


Gustavo Adolfo Bécquer (España, 1836-1870)

domingo, 23 de julio de 2017

Carnaval: RETRATO DEL ARTISTA ADOLESCENTE, de James Joyce

"... como en esa noche del baile de carnaval, con un ligero revuelo de su traje blanco..."

(Fragmento)
 
En ciertos momentos los ojos de ella parecían a punto de entregarle su confianza, pero había aguardado en vano. Y ahora la veía danzando con ligereza en su memoria, como en esa noche del baile de carnaval, con un ligero revuelo de su traje blanco y un ramo de flores blancas sacudiéndose en su cabello. Danzaba con ligereza en la ronda. Se acercaba a él y, al hacerlo, su mirada se apartaba y un tenue rubor se extendía por sus mejillas.

James Joyce (Irlanda, 1882-1941)
 
(Traducido al español por Miguel Martínez Sarmiento)

sábado, 22 de julio de 2017

Carnaval: LAS MÁSCARAS DE LOS ILLUMINATI, de Robert Anton Wilson

"Pensaba que un nuevo mundo se abriría ante mí, un mundo lleno de magia y maravilla. Lo que encontré, naturalmente, fue el más vulgar carnaval..."

(Fragmento de la Tercera Parte)

El viento silbante se calló en tres ocasiones, casi amainando: pero las mismas tres veces volvió a la carga, tan cálido y enloquecedor como siempre; la paciencia de la gente empezaba a quebrantarse.
 
Einstein, Joyce y Babcock estaban reunidos nuevamente; en aquella ocasión en el estudio de Einstein, donde habían quedado a las tres. El profesor parecía era el más alegre del trío, pues se había recuperado de la larga noche anterior con la única ayuda de unas pocas horas de sueño y la estimulación intelectual de su clase de Física del mediodía. Joyce estaba todavía un poco descolgado, y se le notaba. Babcock, tras yacer espasmódico en un diván del salón de Joyce durante casi toda la mañana, apenas se encontraba algo menos desesperado que la noche anterior.
 
- Bien, Jeem -empezó Einstein-, honestamente: ¿qué le parecen las notables aventuras de nuestro amigo?
 
- ¿Honestamente? -repitió Joyce-. Empiezo a preguntarme si tales cosas son posibles.
 
Einstein no respondió; pero su mirada era una clara invitación a Joyce para que continuase.
 
- En una ocasión -comentó Joyce pensativamente-, una feria llamada Arabia llegó a Dublín. Yo me podía pasar diez horas diarias devorando toda clase de literatura romántica sobre el misterioso Oriente, los secretos de los sufíes, la magia de los derviches, Aladino y Ali Babá y cosas de ese tipo. ¿Puedes imaginarte lo que significó para mi la palabra «Arabia»? Mi impaciencia y excitación según se acercaba el día de la feria eran del mismo orden que mis emociones, pocos años después, cuando, nervioso, penetré en el Distrito de las Luces Rojas para buscar una prostituta por primera vez. Pensaba que un nuevo mundo se abriría ante mí, un mundo lleno de magia y maravilla. Lo que encontré, naturalmente, fue el más vulgar carnaval, dedicado a entretener a los palurdos y vaciar los bolsillos de los más lerdos.
 
Babcock miró confundido al oír el discurso; Einstein se mostraba solemne. El silencio duró hasta que Joyce volvió a hablar.
 
- Mr. William Butler Yeats y sus amigos -continuó Joyce, sin más-, vivían en Arabia. Para ellos era real. Ciertamente, más real que sus sirvientes. Avanzamos todos los días por el mundo de la experiencia pero mentalmente vamos tan desnudos como Adán en el Edén. Me atrevería a decir que sólo tenemos ciertas ideas fijas acerca de si ir al bar de la esquina, a la feria llamada Arabia, o al Polo Sur con Amundsen. Si un carterista entrase en esta habitación, buscaría carteras que saquear; si a Sócrates le hicieran pasar a la feria llamada Mileva -se inclinó caballeroso hacia la cocina, donde la señora Einstein podría estar escuchando-, Sócrates buscaría mentes a las que poder preguntar. Si Mr. Yeats estuviera aquí, sólo vería meras sombras materiales de las Eternas Ideas Espirituales conocidas como Ciencia -señalando a Einstein-, Arte –apuntándose irónico a sí mismo- y Misticismo -marcó a Sir John-. Veo a tres personas con vidas diferentes -concluyó abruptamente.
 
- Con todo esto -preguntó Einstein con sequedad-, ¿quiere decir que la gente del Amanecer Dorado no parece más loca que el resto del mundo?
 
- Estoy diciendo -replicó Joyce- que puedo ver al mundo del mismo modo que Yeats y los ocultistas: como una aventura espiritual llena de Profecías y Símbolos. También puedo verlo, si lo prefiero, como me enseñaron a pensar los jesuitas cuando era joven: como un valle de lágrimas y una red de pecado. O puedo considerarlo según la épica homérica, o como una deprimente y novela naturalista de Zola. Me interesa estudiar todas las facetas. Sir John se inclinó hacia adelante, repentinamente interesado.
 
- Creo que empiezo a comprenderle un poco –dijo-. Afirma que yo vivo en una novela gótica mientras usted prefiere hacerlo en una de Zola.
 
- No exactamente -contestó Joyce-. La escuela de Zola es unidimensional. Yo busco una visión multidimensional. Quiero ver el fondo de las novelas góticas, de las de Zola y de todas las mascaradas para ver luego más allá.
 
- Fascinante -confesó Einstein-. Fascinante.
 

Robert Anton Wilson (Estados Unidos, 1932-2007)

viernes, 21 de julio de 2017

Carnaval: SENILIDAD, de Italo Svevo

 
(Fragmento del capítulo VI)
 
El cielo estaba limpio y claro, a pesar de la presencia de un viento de siroco que desde primera hora de la mañana se había apoderado de la ciudad. Parecía imposible que bajo aquella temperatura húmeda y fría pidiera resistir aquel tísico y descolorido carnaval, que había dado comienzo esa misma noche con un primer baile de disfraces.
 
«¡Cómo me gustaría poder ser perro para mordisquear esas pantorrillas» pensaba Balli al ver que pasaban dos pierrettes con las piernas al descubierto.
 
Aquel carnaval, por lo que tiene de mezquino, le despertaba una inquina de tipo moralista. Aunque más tarde, hasta él mismo se iba a entregar a aquel baile de máscaras, inhibiéndose de aquella ira y dejándose embelesar por el lujo y el colorido. Mientras tanto, era consciente de estar asistiendo al preludio de una triste comedia. Aquel torbellino, que por poco tiempo iba a arrancar del aburrimiento de la vida vulgar al obrero, a la modista, o al pobre burgués para conducirlos luego al dolor, comenzaba a tomar forma. Vencidos, descarriados, algunos conseguirían volver a retomar los hábitos de la vida pesada, aunque con mayor gravedad; otros, sin embargo, no volverían a encontrar ya nunca la senda que les devolviera a la cuaresma.
 
 
Italo Svevo (Italia, 1861-1928).

jueves, 20 de julio de 2017

Carnaval: CEREMONIA SECRETA, de Marco Denevi

"... se quitó la ropa manchada de sangre..."

(Fragmentos finales)

Hasta que, una noche de carnaval, las pisadas se detuvieron, la inmensa puerta se abrió, y Cecilia, lanzando un grito, saltó fuera del sueño.

Estaba acostada en el dormitorio de su madre, en la cama de su madre. A su lado, una desconocida, vestida y peinada como su madre, la miraba con ojos desencajados.

- ¿Quién es usted? -le preguntó, débilmente, tratando de incorporarse. Pero las fuerzas la abandonaron y debió apoyar nuevamente la cabeza sobre la almohada.

Lejos, se oía un estrépito como el de un chorro de agua cayendo en un tanque vacío. Y al mismo tiempo el chorro de agua producía una música estridente.

- ¿Qué es todo ese ruido? -dijo, y volvió los ojos hacia la ventana, a través de la cual se veía un resplandor purpúreo.

Escuchó la voz de la desconocida:

- Es el corso de la Avenida de Mayo, Cecilia.

(...)
 
Afuera, en la tarde de carnaval, Suipacha dormitaba.

Transcurrieron varias horas, lentas como días. Llegó la noche. En la Avenida de Mayo se encendieron luces multicolores, estalló la música, el corso recomenzaba su algarabía.

Y la señorita Leonides, de pie junto a la ventana, seguía esperando. Sólo sus labios se movían como si rezase. El resto de su cuerpo permanecía en un letargo de cocodrilo. Pero desde el fondo de las órbitas, sus ojos filtraban una mirada de sílice. Esa mirada no veía los grupos de gentes que afluían hacia el corso. Esa mirada apuntaba, a través de la ciudad, a un solo sitio, ignorado y adivinado. Y esa mirada descubrió enseguida a la mujer que se detenía frente a la puerta.
 
La mujer dudó un instante. Después entró. Vio la urna de caoba. Vio, más lejos, una puerta abierta, y el resplandor de los cirios. Se acercó a esa puerta y la franqueó. Vio los dos ataúdes. Se aproximó primero a uno, después a otro, se asomó a esos abismos y los miró como desde un parapeto. Parecía perpleja y levemente asustada. En ese momento oyó que alguien, a sus espaldas, la llamaba:
 
- Belena.
 
Se dio vuelta.
 
Sus espléndidos ojos, de bordes firmemente diseñados, se dilataron de estupor. Iba a gritar, cuando sintió como si entre los pechos se le hubiera reventado una llaga, y un líquido ardiente y seroso le corriera por la piel, bajo el vestido. Un repentino sopor la poseyó. Quiso mover la cabeza, agitar un brazo, librarse de ese sueño absurdo que la vencía, pero no lo logró y cayó pesadamente, entre el alborozado parpadeo de los pabilos.
 
Entonces la señorita Leonides se irguió. Una gota de sudor le corría por el pómulo, se la enjugó maquinalmente con la mano, que le temblaba convulsamente, miró por última vez a Cecilia, le sonrió y salió.
 
En el dormitorio de Guirlanda Santos depositó el estilete sobre la repisa de los libros, se quitó la ropa manchada de sangre, se puso su vestido negro, su tapado negro, el litúrgico sombrero negro en forma de turbante, al brazo se colgó la cartera que semejaba un enorme higo podrido, descendió a la planta baja, y sin apagar ninguna luz, sin cerrar ninguna puerta, salió a la calle y se alejó.
 
Un grupo de enmascarados la saludó haciendo restallar la seca risa lúgubre de las matracas.
 

Marco Denevi (Argentina, 1922-1998).

miércoles, 19 de julio de 2017

Carnaval: EL ÁNGEL QUE NOS MIRA, de Thomas Wolfe

"... y el gran espectáculo del carnaval en la calle Canal; las carrozas engalanadas, las sonrientes bellezas..."
 
(Fragmento del capítulo seis)
 
El invierno siguiente fue a Nueva Orleans para las fiestas de carnaval llevándose también a su hijo menor. Eugene recordaba las enormes cisternas en el patio de atrás de la casa de la tía Mary, los fuertes ronquidos de Mary, que hacían temblar las ventanas por la noche, y el gran espectáculo del carnaval en la calle Canal; las carrozas engalanadas, las sonrientes bellezas, los desfiles y los soldados, las máscaras grotescas y fantásticas. Y volvió a ver barcos anclados al pie de la calle Canal, y sus altas proas asomándose sobre la calle desde detrás del malecón; y, en los cementerios, las tumbas elevadas sobre el suelo, «porque -decía Oll, el sobrino de Gant- el agua de mar los corrompe más de prisa».
 
Y recordaba los olores del mercado francés, el fuerte aroma del café que tomaba allí, y la vida exótica de la alegría dominguera de la ciudad, con los teatros abiertos, el ruido de martillos y de sierras, y el aire festivo de la muchedumbre. Visitó a los Boyle, antiguos huéspedes de Dixieland, que vivían en el barrio viejo francés, y durmió por la noche con Frank Boyle en una gran habitación oscura, débilmente iluminada con candelas. Tenían como cocinera a una vieja negra que solo hablaba francés y que volvía del mercado por la mañana, temprano, trayendo una enorme cesta llena de verduras, frutas tropicales, aves y carne. Cocinaba platos extraños y deliciosos que él nunca había probado: fuerte quimbombó, filetes con guarnición, aves con salsa.
 
Y contemplaba la enorme serpiente amarilla del río, soñando en sus lejanas playas, en los innumerables estuarios rebosantes de vegetación tropical, en la vida romántica de las plantaciones y de los campos de caña que lo flanqueaban, en la luz de la luna, en los negritos que bailaban en el malecón, en las luces lentas del dorado barco fluvial y en la carne perfumada de mujeres de negros cabellos, espectros musicales al pie de unos árboles que, con sus ramas caídas, parecían fantasmas.
 
Hacía poco que habían regresado del carnaval cuando, una ventosa noche de invierno en que Eugene dormía en casa de Gant, los terribles gritos de su padre despertaron a toda la casa. Gant había estado bebiendo desaforadamente, día tras día. Eugene tenía que ir por las tardes a buscarlo al taller y, al ponerse el sol, con la ayuda de Jannadeau, lo traía a casa, detrás del derrengado caballo del negro y lanzando gritos de borracho.


Thomas Wolfe (Estados Unidos, 1900-1938).
 
(Traducido al español por José Ferrer Aleu)

martes, 18 de julio de 2017

Carnaval: HABLA MÁS SUAVE, de Adam Zagajewski

"... tristes Madonnas que ansiaban ser muchachas normales y bailar en carnaval."

Habla más suave: eres mayor que aquel
que fuiste tanto tiempo; eres mayor
que tú mismo y sigues sin saber
qué es la ausencia, el oro, la poesía.
 
El agua sucia anegó la calle; una tormenta breve
sacudió esta ciudad plana, adormecida.
Cada tormenta es un adiós, cientos de fotógrafos
parecen sobrevolarnos, inmortalizar con flash
segundos de miedo y pánico.
 
Sabes qué es el duelo, la desesperación
violenta que ahoga el ritmo cardiaco y el futuro.
Entre extraños llorabas, en un moderno almacén
donde el dinero, ágil, sin cesar, circulaba.
 
Has visto Venecia, y Siena, y en los lienzos, en la calle,
jovencísimas, tristes Madonnas que ansiaban ser
muchachas normales y bailar en carnaval.
 
Has visto incluso pequeñas urbes, nada bonitas,
gente vieja extenuada por el sufrimiento y el tiempo.
Ojos de santos morenos brillando en iconos
medievales, ojos ardientes de bestias salvajes.
 
Entre los dedos cogías guijarros de la playa La Galere,
y de pronto sentías por ellos una inmensa ternura,
por ellos y por el pino frágil, por todos los que allí
estuvieron contigo y por el mar,
que aunque potente, es tan solitario.
 
Una ternura inmensa, como si fuésemos huérfanos
de la misma casa, para siempre apartados los unos de los otros,
condenados a breves momentos de visitas
en las frías cárceles de la actualidad.
 
Habla más suave: ya no eres joven,
el éxtasis ha de pactar con semanas de ayuno,
has de elegir y abandonar, dar largas
 
y hablar extensamente con embajadores de secos países
y labios cuarteados, has de esperar,
escribir cartas, leer libros de quinientas páginas.
Habla más suave. No abandones la poesía.
 
Adam Zagajewski (Polaco nacido en Ucrania, 1945).
 
(Traducido al español por Elzbieta Bortkiewicz).

lunes, 17 de julio de 2017

Carnaval: LAS MEMORIAS DE LORD BYRON, de Robert Nye

"Qué agradable es hacer el amor dentro de una góndola encortinada..."
 
(Fragmento del capítulo XII)

Vuelve a ser época de carnaval en Venecia y durante los últimos días no me he acostado hasta las siete i las ocho de la mañana. Sólo para sumarlo al resto de mis problemas y aflicciones, permítaseme anotar aquí que, además, estoy infamemente enamorado de la mujer más estrambótica que jamás he conocido, una condesa de Ravena de diecinueve años, llamada Teresa Guiccioli, que está casada con un individuo de más de cincuenta. Qué agradable es hacer el amor dentro de una góndola encortinada a una muchacha de la ciudad donde está enterrado Dante. Shelley, nada más al conocerla, se ha pronunciado sobre ella diciendo que, en su opinión, constituye una clara mejora, no sólo con respecto a Margarita sino también en comparación con las ragazza de alquiler que ocuparon el lugar de Margarita. Mi ardiente condesita, dice el autor de La reina Mab, es «sentimental, inocente y superficial». De modo y manera que es lo que me conviene.

Robert Nye (Inglaterra, 1939-2016).

domingo, 16 de julio de 2017

Carnaval: POEMA SIN HÉROE, de Ana Ajmátova

"... solo el espejo con el espejo sueña y el silencio solo vigila al silencio."  

(Fragmento de la segunda parte: Cruz)
 
VIII
 
Ni por asomo es un carnaval romano
de medianoche. El querúbico canto
tiembla junto a los cerrados templos.
Nadie viene a llamar a mi puerta,
solo el espejo con el espejo sueña
y el silencio solo vigila al silencio.
 
(Карнавальной полночью римской
И не пахнет. Напев Херувимской
У закрытых церквей дрожит.
В дверь мою никто не стучится,
Только зеркало зеркалу снится,
Тишина тишину сторожит.)
  
  Ana Ajmátova (Rusa nacida en Ucrania, 1889-1966).

(Traducido al español por Ester Rabasco Macías)

sábado, 15 de julio de 2017

Carnaval: UNA VENGANZA, de Isabel Allende


(Fragmento)

El mediodía radiante en que coronaron a Dulce Rosa Orellano con los jazmines de la Reina del Carnaval, las madres de las otras candidatas murmuraron que se trataba de un premio injusto, que se lo daban a ella sólo porque era la hija del Senador Anselmo Orellano, el hombre más poderoso de toda la provincia. Admitían que la muchacha: resultaba agraciada, tocaba el piano y bailaba como ninguna, pero había otras postulantes a ese galardón mucho más hermosas. La vieron de pie en el estrado, con su vestido de organza y su corona de flores saludando a la muchedumbre y entre dientes la maldijeron. Por eso, algunas de ellas se alegraron cuando meses más tarde el infortunio entró en la casa de los Orellano sembrando tanta fatalidad, que se necesitaron veinticinco años para cosecharla.
 
La noche de la elección de la reina hubo baile en la Alcaldía de Santa Teresa y acudieron jóvenes de remotos pueblos para conocer a Dulce Rosa. Ella estaba tan alegre y bailaba con tanta ligereza que muchos no percibieron que en realidad no era la más bella, y cuando regresaron a sus puntos de partida dijeron que jamás habían visto un rostro como el suyo. Así adquirió inmerecida fama de hermosura y ningún testimonio posterior pudo desmentirla. La exagerada descripción de su piel traslúcída y sus ojos diáfanos, pasó de boca en boca y cada quien le agregó algo de su propia fantasía. Los poetas de ciudades apartadas compusieron sonetos para una doncella hipotética de nombre Dulce Rosa.
 
El rumor de esa belleza floreciendo en la casa del Senador Orellano llegó también a oídos de Tadeo Céspedes, quien nunca imaginó conocerla, porque en los años de su existencia no había tenido tiempo de aprender versos ni mirar mujeres. Él se ocupaba sólo de la Guerra Civil. Desde que empezó a afeitarse el bigote tenía un arma en la mano y desde hacía mucho vivía en el fragor de la pólvora. Había olvidado los besos de su madre y hasta los cantos de la misa. No siempre tuvo razones para ofrecer pelea, porque en algunos períodos de tregua no había adversarios al alcance de su pandilla, pero incluso en esos tiempos de paz forzosa vivió como un corsario. Era hombre habituado a la violencia. Cruzaba el país en todas direcciones luchando contra enemigos visibles, cuando los había, y contra las sombras, cuando debía inventarlos, y así habría continuado sí su partido no gana las elecciones presidenciales. De la noche a la mañana pasó de la clandestinidad a hacerse cargo del poder y se le terminaron los pretextos para seguir alborotando.
 
La última misión de Tadeo Cérpedes fue la expedición punitiva a Santa Teresa. Con ciento veinte hombres entró al pueblo de noche para dar un escarmiento y eliminar a los cabecillas de la oposición. Balearon las ventanas de los edificios públicos, destrozaron la puerta de la iglesia y se metieron a caballo hasta el altar mayor, aplastando al Padre Clemente que se les plantó por delante, y siguieron al galope con un estrépito de guerra en dirección a la villa del Senador Orellano, que se alzaba plena de orgullo sobre la colina.
 
A la cabeza de una docena de sirvientes leales, el Senador esperó a Tadeo Céspedes, después de encerrar a su hija en la última habitación del patio y soltar a los perros. En ese momento lamentó, como tantas otras veces en su vida, no tener descendientes varones que lo ayudaran a empuñar las armas y defender el honor de su casa. Se sintió muy viejo, pero no tuvo tiempo de pensar en ello, porque vio en las laderas del cerro el destello terrible de ciento veinte antorchas que se aproximaban espantando a la noche. Repartió las últimas municiones en silencio. Todo estaba dicho y cada uno sabía que antes del amanecer debería morir como un macho en su puesto de pelea.

- El último tomará la llave del cuarto donde está mí hija y cumplirá con su deber -dijo el Senador al oír los primeros tiros.

Todos esos hombres habían visto nacer a Dulce Rosa y la tuvieron en sus rodillas cuando apenas caminaba, le contaron cuentos de aparecidos en las tardes de invierno, la oyeron tocar el piano y la aplaudieron emocionados el día de su coronación como Reina del Carnaval. Su padre podía morir tranquilo, pues la niña nunca caería viva en las manos de Tadeo Céspedes. Lo único que jamás pensó el Senador Orellano fue que a pesar de su temeridad en la batalla, el último en morir sería él. Vio caer uno a uno a sus amigos y comprendió por fin la inutilidad de seguir resistiendo. Tenía una bala en el vientre y la vista difusa, apenas distinguía las sombras trepando por las altas murallas de su propiedad, pero no le falló el entendimiento para arrastrarse hasta el tercer patio. Los perros reconocieron su olor por encima del sudor, la sangre y la tristeza que lo cubrían y se apartaron para dejarlo pasar. Introdujo la llave en la cerradura, abrió la pesada puerta y a través de la niebla metida en sus ojos vio a Dulce Rosa aguardándolo. La niña llevaba el mismo vestido de organza usado en la fiesta de Carnaval y había adornado su peinado con las flores de la corona.


Isabel Allende (Chilena nacida en Perú y nacionalizada estadounidense, 1942).

La ilustración corresponde a la puesta en escena de la ópera Dulce Rosa inspirada en el relato Una venganza de Isabel Allende y estrenada en Eli & Edythe Broad Stage de Santa Mónica, California, en mayo de 2013.

viernes, 14 de julio de 2017

Carnaval: EL LABERINTO DEL MUNDO, de Marguerite Yourcenar

 
(Fragmento)

¿Qué clase de aventura puede esperarse en la Ópera, en medio del hormigueo de una multitud encapuchada y con antifaces negros, que fluye o se aglutina tan incomprensible como una hilera de hormigas o una cresa de abejas? ¿Una impura que juega a ser una gran dama disfrazada de mujer galante, y a quien vigila un chulo desde lejos? ¿Una mundana disfrazada de soltera y a la que sigue su marido celoso sin que ella se dé cuenta? ¿Una doncella engalanada por una noche con las joyas de su ama que finge ser una mujer de mundo? Más valdría dedicarle la noche a la amable y acomodaticia Blanchette (le escojo este nombre), de oficio pasamanera (también su oficio es elegido por mí), a quien tan fácil es distraer los domingos, tras una hora de intimidad en la cama, ofreciéndole cuando llueve ir a visitar el Louvre, y cuando hace buen tiempo, dar un lento paseo por los jardines del Luxemburgo. Con esta clase de mujeres, no se deja uno embaucar.
 
Evoca sin placer la algarabía de risas tontas desencadenadas por unas réplicas que no merecen la pena, el tono agudo de las chanzas tradicionales, el relente de los perfumes y pomadas de las mujeres. Aún suponiendo que él lleve a cenar al Cadran Bleu o al Frères Provençaux a una bella desconocida, sabe a qué atenerse sobre la obsequiosidad licenciosa del mozo que le abre la puerta de un gabinete reservado, con el olorcillo aún no disipado de la comida anterior y la bocanada de polvo que se desprende del canapé de reps rojo cuando la hermosa se deja caer en él. ¿Estará sana, por lo menos? El recuerdo del museo Dupuytren, adonde su padre, Charles-Augustin, lo llevó durante una de las visitas que hace regularmente a París para consultar a sus médicos, ensució un instante la mente del joven. ¿Es obligatorio que él haga el amor con un dominó desconocido sólo porque hoy es martes de Carnaval?


Marguerite Yourcenar (Escritora en lengua francesa nacida en Bélgica, educada en Francia y afincada en Estados Unidos, donde falleció. Tenía doble nacionalidad, francesa y estadounidense; 1903-1987)
 
La ilustración corresponde a Baile de máscaras en la Ópera, del pintor belga Charles Hermans.