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Vancouver en primavera: puente de Burrard.

lunes, 31 de diciembre de 2018

Año nuevo: LAS INTERMITENCIAS DE LA MUERTE, de José Saramago

"Hasta la medianoche en punto del último día del año aún hubo gente que aceptó morir..."

(Fragmento sobre la noche de año nuevo)

Este pobre diablo no tiene remedio posible, no merece la pena perder tiempo operándolo, le decía el cirujano a la enfermera mientras ésta le ajustaba la mascarilla a la cara. Realmente, quizá no hubiera salvación para el desdichado el día anterior, pero lo que quedaba claro era que la víctima se negaba a morir en éste. Y lo que sucedía aquí, sucedía en todo el país. Hasta la medianoche en punto del último día del año aún hubo gente que aceptó morir en el más fiel acatamiento de las reglas, tanto las que se refieren al fondo de la cuestión, es decir, se acabó la vida, como las que se atienen a las múltiples formas en que éste, el dicho fondo de la cuestión, con mayor o menor pompa y solemnidad, suele revestirse cuando llega el momento fatal. Un caso sobre todos interesante, obviamente por tratarse de quien se trata, es el de la ancianísima y venerada reina madre. A las veintitrés horas y cincuenta y nueve minutos de aquel treinta y uno de diciembre nadie sería tan ingenuo para apostar el palo de una cerilla quemada por la vida de la real señora. Perdida cualquier esperanza, rendidos los médicos ante la implacable evidencia, la familia real, jerárquicamente dispuesta alrededor del lecho, esperaba con resignación el último suspiro de la matriarca, tal vez unas palabras, una última sentencia edificante para la formación moral de los amados príncipes sus nietos, tal vez una bella y redonda frase dirigida a la siempre ingrata retentiva de los súbditos futuros. Y después, como si el tiempo se hubiera parado, no sucedió nada. La reina madre no mejoró ni empeoró, se quedó como suspendida, balanceándose el frágil cuerpo en el borde de la vida, amenazando a cada instante con caer hacia el otro lado, pero atada a éste por un tenue hilo que la muerte, sólo podía ser ella, no se sabe por qué extraño capricho, seguía sosteniendo. Ya estamos en el día siguiente, y en él, como se informó nada más al empezar este relato, nadie iba a morir.
 
La tarde ya estaba muy avanzada cuando comenzó a circular el rumor de que, desde la entrada del nuevo año, más exactamente desde las cero horas de este día uno de enero en que estamos, no había constancia de que se hubiera producido en el país fallecimiento alguno. Podría pensarse, por ejemplo, que el rumor tuviera origen en la sorprendente resistencia de la reina madre a desistir de la poca vida que aún le restaba, pero lo cierto es que el habitual parte médico distribuido por el gabinete de prensa de palacio a los medios de comunicación social aseguraba no sólo que el estado general de la real enferma había experimentado una visible mejoría durante la noche, sino que incluso sugería y hasta daba a entender, eligiendo cuidadosamente las palabras, la posibilidad de un completo restablecimiento de la importantísima salud. En su primera manifestación el rumor podría haber partido con toda naturalidad de una agencia de pompas fúnebres y traslados, Por lo visto nadie parece dispuesto a morir en el primer día del año, o de un hospital, Ese tipo de la cama veintisiete ni ata ni desata, o del portavoz de la policía de tráfico, Es un auténtico misterio que, habiéndose producido tantos accidentes en la carretera, no haya ni un muerto para muestra. El rumor, cuya fuente primigenia nunca fue descubierta, aunque a la luz de lo que sucederá después eso importe poco, llegó pronto a los periódicos, a la radio, a la televisión, e hizo que inmediatamente las orejas de los directores, adjuntos y redactores jefes se alertaran, son personas preparadas para olfatear a distancia los grandes acontecimientos de la historia del mundo y entrenadas para agrandarlos siempre que tal convenga. En pocos minutos ya estaban en la calle decenas de reporteros de investigación haciendo preguntas a todo bicho viviente que se les pusiera por delante, mientras que en las caldeadas redacciones los teléfonos se agitaban y vibraban con idéntico frenesí indagador. Se realizaron llamadas a los hospitales, a la cruz roja, a la morgue, a las funerarias, a las policías, a todas, con comprensible exclusión de la secreta, y las respuestas llegaban siempre con las mismas lacónicas palabras, No hay muertos.
 
 
 José Saramago (Portugal, 1922-2010). Obtuvo el premio Nobel en 1998.

domingo, 30 de diciembre de 2018

Año nuevo: TESS, LA DE LOS D'UBERVILLE, de Thomas Hardy

"... y llegó por fin la víspera de Año Nuevo, el día de la boda."

(Fragmento del capítulo XXXIII)

Así pasaron otras noches y otras mañanas, y llegó por fin la víspera de Año Nuevo, el día de la boda.

No se levantaron los novios a la hora del ordeño, pues su última semana la habían pasado en la vaquería más bien en concepto de huéspedes que de otra cosa, habiéndose visto favorecida Tess con una habitación para ella sola. Al bajar para tomar el desayuno, les sorprendió el cambio que en honor suyo había sufrido la amplia cocina. El lechero, a cierta hora de la madrugada, había mandado blanquear el rincón de la chimenea, pintar de colorado los ladrillos del hogar y sustituir por una cortina de damasco, de un amarillo rabioso, el viejo y renegrido cortinón de lana de rameado dibujo que colgaba del medio punto. Aquella innovación en lo que constituía el foco de la estancia en las tristes mañanas de invierno comunicaba a toda ella un aspecto festivo.
 
- Yo deseaba hacer algo en su honor -dijo el ganadero-, y como no querían ustedes ni oír mentar a la orquesta de violines y violones que se acostumbraba traer en otro tiempo para la ceremonia, pues se me ocurrió esta idea que, como ven, no mete bulla.
 
Vivían tan lejos de allí los parientes de Tess que aunque los hubiera invitado no hubiera podido asistir ninguno de ellos a la ceremonia. En cuanto a los padres de Ángel, éste les había escrito a su tiempo, asegurándoles que le darían mucho gusto viniendo alguno por lo menos para el día de su boda. Escribió también a sus hermanos, que sin duda estaban enojados con él, pues no le contestaron. Pero sus padres le escribieron en términos de cierta tristeza, deplorando la precipitación con que iba al matrimonio, aunque se conformaban con lo irremediable, diciéndole que, si bien no habían pensado nunca que hubiera de casarse con la moza de una lechería, ya tenía una edad en la que cada cual está capacitado para ser el mejor juez de sus actos.
 

Thomas Hardy (Inglaterra, 1840-1928).

sábado, 29 de diciembre de 2018

Año nuevo: BEL AMI, de Guy de Maupassant

"La abrió con indiferencia: era la cruz de la Legión de Honor."
 
(Fragmento del capítulo VII)

Durante el camino guardaron silencio. Pero ya en su alcoba, Madeleine dijo, de pronto, sonriendo y sin siquiera haberse quitado el velo de noche:
 
- Tengo que darte una sorpresa, ¿sabes?
- Tú dirás -gruñó él, malhumorado.
- Adivínalo.
- No quiero tomarme ese trabajo.
- Pues bien, pasado mañana es Año Nuevo.
- Sí, ¿y qué?
- Día de regalos.
- Sí.
- Bueno, pues aquí tienes el mío, que Laroche acaba de entregarme.
 
Y le alargó una cajita negra, que parecía un estuche de alhajas. La abrió con indiferencia: era la cruz de la Legión de Honor.
 
Se puso un poco pálido, sonrió y dijo:
 
- Hubiera preferido diez millones. Esto no le resulta caro.
 
Su mujer esperaba un transporte de júbilo, y aquella frialdad la irritó.
 
- Eres verdaderamente incomprensible –dijo–. Nunca estás contento.
 
El repuso tranquilamente.
 
- Ese hombre no hace más que pagarme una deuda. Y todavía me debe mucho.
 
Lo dijo de tal modo que sorprendió a Madeleine, quien respondió:
 
- De todos modos, eso está bien a tu edad.
- Todo es relativo. Más podría tener a estas alturas.
 
Dejó el estuche sobre la chimenea y contempló durante algunos segundos la brillante estrella que en su fondo yacía. Luego lo volvió a cerrar, se encogió de hombros y se metió en la cama.
 
El Boletín Oficial del Estado del primero de enero anunciaba, efectivamente, que don Prósper George Du Roy había sido promovido a caballero de la Legión de Honor, en pago a sus excepcionales servicios. El apellido estaba escrito en dos palabras, lo que satisfizo a George más que la misma condecoración.

 
Guy de Maupassant (Francia, 1850-1893).

viernes, 28 de diciembre de 2018

Año nuevo: LA CONDECORACIÓN, de Antón Chéjov

"... se desabrochó el abrigo para que se viera la condecoración y llamó."
 
La mañana de Año Nuevo el profesor del colegio militar Lev Pustyakov llamó a la puerta de su amigo el teniente Ledentsov.

“Verás, Grisha, la razón de mi visita –le dijo al teniente tras felicitarle el Año Nuevo- es que tengo una petición que hacerte. Préstame tu condecoración para hoy, querido amigo. El caso es que hoy como en casa del mercader Spichkin. Y ya conoces a Spichkin: siente una atracción tremenda por las condecoraciones y no tiene en cuenta a aquellos que no las tienen. Y sus hijas... Nadia y Zina... esas chicas... ya me entiendes, amigo mío. ¡Préstamela, hazme ese favor!

El teniente mostró cierta reticencia, pero finalmente le dio la condecoración. Dos horas después Pustyakov ya estaba de camino a la casa de Spichkin. Le gustaba mucho verse con la condecoración, se sentía una persona importante y reconocida.

Pustyakov llegó a la casa de Spichkin, se desabrochó el abrigo para que se viera la condecoración y llamó.
 
- ¿Quién llama? –preguntó la dueña de la casa- ¡Ah, es usted, Lev Nikolaevich! ¡Pase, por favor! Llega un poco tarde, pero no es nada grave... ¡entre!
 
Pustyakov sacó pecho, alzó la cabeza y pasó a la sala, donde el resto de invitados ya estaban sentados comiendo. Pero entonces vio algo horrible. Al lado de Zina, la hija de Spichkin, estaba su compañero de trabajo, el profesor de francés Tramblyán.
 
Si Tramblyán ve la orden, de seguro empezará inmediatamente a hacer preguntas impertinentes y después lo contará en el colegio...
 
El primer pensamiento de Pustyakov fue el de quitarse la condecoración o salir corriendo; pero la condecoración estaba bien cosida y correr también le resultaba incómodo. Se apresuró a taparse la condecoración con la mano derecha, saludó a todos y, sin dar la mano a nadie, se dejó caer pesadamente sobre una silla vacía, justo frente a Tramblyán.
 
Le pusieron delante un plato de sopa. Cogió la cuchara con la mano izquierda, pero recordó que no se come con la mano izquierda y dijo:
 
- Merci... Hoy he estado en casa de mi tío y ya he comido allí.
 
¡Pero la sopa desprendía un olor tan sabroso...! ¡Y los otros platos tenían también un aspecto tan apetitoso! Pustyakov intentó liberar la mano derecha y tapar la condecoración con la izquierda, pero esto resultó engorroso.
 
“Lo van a ver... y esta mano, ¡parece como si quisiera ponerme a cantar! ¡Señor, que acabe cuanto antes esta comida! ¡Luego podré comer en la posada!”
 
Tras el tercer plato, miró a Tramblyán. Por algún motivo, el francés también tenía un aspecto desconcertado y tampoco comía.
 
Ya lo ha visto –pensó Pustyakov-. Veo que lo ha notado. Mañana se lo contará al director... ¡qué será de mí!
 
En aquel momento un hombre se levantó y propuso beber a la salud de las damas. Los comensales se alzaron y cogieron sus copas. Pustyakov también se levantó y cogió su copa con la mano izquierda.
 
- Lev Nikolaevich, por favor, ¡pásele esta copa a Nastasia Timoféyevna! –le pidió un hombre.
 
Y Pustyákov tuvo que pasar la copa con la mano derecha. Entonces, todos pudieron ver la condecoración en su pecho... Pustyakov palideció y miró a Tramblyán. Tramblyán le miró asombrado y después sonrió.
 
- ¡Yuli Augustovich! –exclamó Tramblyán dirigiéndose al anfitrión-. ¡Por favor, pase esta botella al otro extremo de la mesa!
 
Tramblyán cogió la botella con la mano derecha y... ¡ah, qué gran dicha! ¡Pustyakov vio en su solapa una condecoración! Esto quería decir que el francés también mentía. Pustyakov se echó a reir de gusto y se sentó. Ya no tenía por qué ocultar la condecoración.
 
Después de comer, Pustyakov se paseó por todas las habitaciones mostrando la condecoración a las chicas. Tenía el estómago vacío pero el alma alegre y feliz.
 
“Si lo llego a saber, me habría puesto dos condecoraciones. ¡No me di cuenta!” Esto era lo único que le molestaba. Por lo demás estaba feliz.
 
 
Antón Chéjov: Anton Pavlovich Chekhov
(Ruso fallecido en Alemania, 1860-1904).
 
(Traducido al español por Inés Goñi Alonso).
La ilustración corresponde a la condecoración rusa de la Cruz de San Alejandro Nevsky. 

jueves, 27 de diciembre de 2018

Año nuevo: UN AÑO MÁS, de Salvador Novo

 
Un año más sus pasos apresura;
un año más nos une y nos separa;
un año más su término declara
y un año más sus límites augura.

Un año más diluye su amargura;
un año más sus dones nos depara;
un año más que con justicia avara
meció una cuna, abrió una sepultura.

¡Oh! dulce amigo, cuya mano clara
en cifra de cariño y de ternura
la mía tantas veces estrechara.

Un año más el vínculo asegura
de su noble amistad, alta y preclara.
¡Dios se lo otorgue lleno de ventura!
 
 
Salvador Novo (México, 1904-1974).

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Salvador Novo y el año nuevo

"¡Brindemos por el año que comienza!"

Era una costumbre de Salvador Novo enviar a su allegados un soneto alusivo al año por comenzar. Dio principio a esa tradición en 1955 y la mantuvo de manera constante hasta 1971, cuando ya se encontraba muy enfermo. Por alguna extraña razón aparecen publicados sólo catorce de ellos, que comprenden de 1955 a 1968. Este es el soneto correspondiente a 1958:

¿Cuántos veremos más, soles ardientes
nuestras horas regir, y hacia un ocaso
-¡tan parecido al alba!- nuestro paso
llevar a cuántas más noches silentes?

¿Acaso nos reserva sus presentes
mejores el futuro? ¿Cuáles brazos
aguardarán los nuestros -dulces lazos,
reposo al fin o dádivas fervientes?

El alma que interroga y adivina
lo sabe bien: el astro que florece
en ceniza de pétalos germina.

Añora. Espera. Apenas la estremece
el milagro de un año que termina
y el prodigio de un día que amanece.

El soneto dedicado al año siguiente, 1959, culminaba con este terceto:

Ya nace un año más -niño desnudo.
Que los catorce versos del soneto
vistan su cuerpo y sírvanle de escudo.

Existen dos versiones del que escribiera para recibir 1962, una de ellas principia diciendo "De pulcra rosa pétalo vencido", que seguramente decidió modificar después por:

Rosa del aire: pétalo vencido
ronda en el mar del tiempo sin arena;
caricia, sed, espuma, gloria, pena;
breve fulgor del astro presentido.

En el de 1968 se percibe una tristeza que no tenían los anteriores. Este es el cuarteto inicial:

En las catorce redes del soneto,
año tras año, penas y alegrías
urdí, con hilo tenue de los días,
a su apagado sístole sujeto.

Que después acentúa el tono melancólico en sus tercetos:

Clama el Invierno con sus voces frías
a las puertas del mundo en que vegeto
palabras erigidas en vigías.

Haga mi corazón mutis discreto
y vuelva al mar tristezas y porfías
en las catorce redes del soneto.

El último de la citada serie fue el soneto que escribió para 1971. Novo falleció el 13 de enero de 1974.

De las catorce rejas fugitivo
en soneto que el año nos clausura:
frente a uno más, atrevo la ternura
con que distancia y soledad derribo.

Establece en su primer cuarteto y luego añade en uno de sus tercetos:

Año Nuevo le colme de alegría;
desfrunza ceño, muéstrese galante;
únase a general algarabía.

Es bien sabido que la obra poética de Novo con aliento satírico supera en ingenio al resto. Consigna Carlos Monsiváis en su ensayo Salvador Novo: lo marginal en el centro -lectura indispensable para establecer cualquier juicio sobre el autor-, lo ingenioso del soneto conocido como La Diegada, con el que insultó a Diego Rivera luego de que éste, "en uno de los murales de la Secretaría de Educación Pública" hacía un "retrato despiadado de Novo".
 
Y a propósito de Monsiváis, durante muchos años, desde las páginas del suplemento cultural de la revista Siempre!, hasta el diario La Jornada y la revista Proceso, mantuvo sus observaciones irreverentes de la realidad mexicana bajo el título de ¡Por mi madre, bohemios!, que se inspiraba en una frase incluída en El brindis del bohemio, del potosino Guillermo Aguirre y Fierro, poema de connotaciones edípicas en el que un grupo de amigos celebra la llegada del año nuevo:

Una voz varonil dijo de pronto:
-las doce, compañeros;
digamos el "requiescat" por el año
que ha pasado a formar entre los muertos.
¡Brindemos por el año que comienza!
porque nos traiga ensueños;
porque no sea su equipaje un cúmulo
de amargos desconsuelos...
 
 
Jules Etienne

martes, 25 de diciembre de 2018

Año nuevo: LAS CAMPANAS, de Charles Dickens

"Trotty pensaba que no le correspondía porción alguna del Año Nuevo ni del Viejo."

(Fragmento del capítulo II)

Ese día el año era viejo. El paciente año había soportado los reproches y abusos de quienes lo calumniaban y había cumplido su trabajo con fidelidad. Primavera, verano, otoño, invierno. Había completado la ronda de su destino y ahora bajaba su cansada cabeza para morir. Privado de esperanza, energía y felicidad para sí mismo, pero activo mensajero de muchas alegrías para otros, al declinar suplicaba que se recordaran sus días laboriosos y pacientes horas, para así morir en paz. Trotty podría haber leído una alegoría de la pobreza en el año que se desvanecía, pero eso ya había quedado atrás.
 
¿Y así era sólo para él o acaso la misma apelación ya ha salido en vano de los setenta años que lleva a cuestas algún obrero inglés?
 
Las calles se encontraban llenas de actividad y las tiendas estaban decoradas en tono festivo. Se esperaba el Año Nuevo como a un infante heredero del mundo entero, con bienvenidas, regalos y júbilo. Había libros y juguetes para Año Nuevo, chucherías brillantes para Año Nuevo, vestidos para Año Nuevo, planes para hacer fortuna en Año Nuevo, nuevos inventos para seducirlo. Su vida ya estaba trazada en almanaques y calendarios de bolsillo; todo el ciclo de sus estaciones, con sus días y sus noches, estaba calculado con tanta precisión como la que empleaba el señor Filet para hacer sumas con hombres y mujeres.
 
El Año nuevo, el Año Nuevo. ¡Por todas partes el Año Nuevo! Ya todos consideraban muerto al Año Viejo, y sus productos se vendían baratos como los efectos personales de un marinero ahogado. Sus patrones eran ya los del año pasado y estaban destinados al sacrificio incluso antes de que exhalaran su último aliento. ¡Sus tesoros no eran más que polvo junto a las riquezas de su nonato sucesor!
 
Trotty pensaba que no le correspondía porción alguna del Año Nuevo ni del Viejo.


Charles Dickens (Inglaterra, 1812-1870).
 
(Traducido al español por Darío Zárate Figueroa).
La ilustración corresponde a Gerry Maher en la puesta en escena de una adaptación teatral de John Hurley (2016).

lunes, 24 de diciembre de 2018

Navidad: ADÁN EN EDÉN, de Carlos Fuentes

"Me invade un temor. Devolverle a un colaborador el regalo que éste me hizo hace dos, tres, cuatro Navidades..."

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No entiendo lo que ha sucedido. La Navidad pasada todos me sonreían, me traían regalos, me felicitaban, me auguraban un nuevo año -un año más- de éxitos, satisfacciones, reconocimientos. A mi esposa le hacían caravanas como diciéndole qué suertuda, estar casada con un hombre así... Hoy me pregunto qué significa ser «un hombre así...» o «asado». Más asado que así. ¿Fue el año que terminó una ilusión de mi memoria? ¿Realmente ocurrió lo que ocurrió? No quiero saberlo. Lo único que deseo es regresar a la Navidad del año anterior, anuncio familiar, repetido, reconfortante en su sencillez misma (en su idiotez intrínseca) como profecía de doce meses venideros que no serían tan gratificantes como la Noche Buena porque no serían, por fortuna, tan bobos y malditos como la Navidad, la fiesta decembrina que celebramos porque sí, no faltaba más, sin saber por qué, por costumbre, porque somos cristianos, somos mexicanos, guerra, guerra contra Lucifer, porque en México hasta los ateos son católicos, porque mil años de iconografía nos ponen de rodillas ante el Retablo de Belén aunque le demos la espalda al Establishment del Vaticano. La Navidad nos devuelve a los orígenes humildes de la fe. Una vez, otra vez, ser cristiano significaba ser perseguido, esconderse, huir. Herejía. Manera heroica de escoger. Ahora, pobre época, ser ateo no escandaliza a nadie. Nada escandaliza. Nadie se escandaliza. ¿Y si yo, Adán Gorozpe, en este momento derrumbo de un puñetazo el arbolito navideño, hago que se estrellen las estrellas, le coloco una corona en la cabeza a mi mujer Priscila Holguín y corro a mis invitados con lo que antes se llamaba (¿qué quiere decir?) cajas destempladas...?
 
¿Por qué no lo hago? ¿Por qué me sigo conduciendo con la amabilidad que todos esperan de mí? ¿Por qué sigo comportándome como el perfecto anfitrión que Navidad tras Navidad reúne a sus amigos y colaboradores, les da de comer y beber, les entrega regalos distintos a cada uno -jamás dos veces la misma corbata, el mismo pañuelo- aunque mi mujer insista en que ésta es la mejor época para el «roperazo», es decir, para deshacerse de regalos inútiles, feos o repetidos que nos son entregados para endilgárselos a quienes, a su vez, los regalan a otros incautos que se los encajan a...
 
Contemplo la pequeña montaña de obsequios al pie del árbol. Me invade un temor. Devolverle a un colaborador el regalo que éste me hizo hace dos, tres, cuatro Navidades... Me basta pensarlo para suprimir mis temores anticipados. No estoy aún en el Año Nuevo. Sigo en la Noche Buena. Me rodea mi familia. Mi esposa inocente sonríe, con su sonrisa más vanidosa. Las criadas distribuyen ponches. Mi suegro ofrece una bandeja de bizcochos.
 
No debo adelantarme. Hoy todo es bueno, lo malo aún no sucede.
 
Distraído, miro por la ventana. Pasa un cometa.
 
Y Priscila mi esposa le da una sonora cachetada a la criada que distribuye cócteles.
 
 
Carlos Fuentes (México, 1928-2012).

domingo, 23 de diciembre de 2018

Día de los muertos: DEL TIEMPO Y EL RÍO, de Thomas Wolfe

"El Hudson penetra lentamente en la tierra; es como (...) la víspera del día de Todos los Santos..."

(Fragmento inicial del capítulo cincuenta y ocho)

Después de recorrer el puerto, el río Hudson desemboca en el mar. Los ríos jamás se detienen.
 
El Hudson penetra lentamente en la tierra; es como una tina rebosante de púrpura y vino dulce. Es como las profundidades de la noche; como las llamas sobre el farallón; como los ecos de los duendes; y la vieja Holanda, y la víspera del día de Todos los Santos. Es como el jinete fantasma, las ramas agitadas y los vientos enloquecidos, y es como la sidra y las grandes fogatas invernales de los holandeses.
 

Thomas Wolfe (Estados Unidos, 1900-1938).
 
(Traducido al español por Marga Gómez Segalés).
La ilustración corresponde a Amanecer sobre el río Hudson, de Malerie Yolen-Cohen. 

sábado, 22 de diciembre de 2018

Día de los muertos: SOBRE LA MUERTE Y OTRAS SOLEDADES


"Desde mis ojos insomnes
mi muerte me está acechando,
me acecha, sí, me enamora
con su ojo lánguido."
José Gorostiza

Nada le es ajeno a la muerte. De entre todas las fases que conforman la vida, la muerte es la única certeza. Se le ha rendido culto desde las civilizaciones más antiguas y, por lo tanto, tampoco a la mexicana le resulta ajena. De hecho, ha encontrado un vasto campo de expresión y encuentra eco en todas sus tradiciones. La presencia de la muerte en la literatura es abundante y simbólica. Pedro Páramo, la breve y espléndida novela de Juan Rulfo, se erige en el punto de partida más apropiado, debido a que la acción transcurre entre personajes muertos:

- ¿Quieres hacerme creer que te mató el ahogo, Juan Preciado? Yo te encontré en la plaza, muy lejos de la casa de Donis, y junto a mí también estaba él, diciendo que te estabas haciendo el muerto. Entre los dos te arrastramos a la sombra del portal, ya bien tirante, acalambrado como mueren los que mueren muertos de miedo. De no haber habido aire para respirar esa noche de que hablas, nos hubieran faltado las fuerzas para llevarte y contimás para enterrarte. Y ya ves, te enterramos.

A lo que el personaje da respuesta con su propia explicación:

- Bueno, pues llegué a la plaza. Me recargué en un pilar de los portales. Vi que no había nadie, aunque seguía oyendo el murmullo como de mucha gente en día de mercado. Un rumor parejo, sin ton ni son, parecido al que hace el viento contra las ramas de un árbol en la noche, cuando no se ven ni el árbol ni las ramas, pero se oye el murmurar. Así. Ya no di un paso más. Comencé a sentir que se me acercaba y daba vueltas a mi alrededor aquel bisbiseo apretado como un enjambre, hasta que alcancé a distinguir unas palabras vacías de ruido: «Ruega a Dios por nosotros». Eso oí que me decían. Entonces se me heló el alma. Por eso es que ustedes me encontraron muerto.

También en Aura, de Carlos Fuentes, se establece ese juego en el que quienes deberían estar muertos interactúan con los vivos en el tiempo presente: "Habrás calculado: la señora Consuelo tendrá hoy ciento nueve años.. . cierras el folio. Cuarenta y nueve al morir su esposo." Una mujer centenaria que se manifiesta rejuvenecida en el cuerpo de la joven a quien presenta como su sobrina.
 
El párrafo con el que da principio la novela El luto humano, de José Revueltas, es como un presagio:

La muerte estaba ahí, blanca, en la silla con su rostro. El aire de campanas con fiebre, de penentrantes inyecciones, de alcohol quemado y arsénico, movíase como la llama de una vela con los golpes de aquella respiración última -y tan tierna, tan querida- que se oía. Que se oía: de un lado para otro, de uno a otro rincón, del mosquitero a las sábanas, del quinqué opaco a la vidriera gris, como un péndulo. La muerte estaba ahí en la silla.

Porque la muerte no es morir, sino lo anterior al morir, lo inmediatamente anterior, cuando aun no entra en el cuerpo, y está inmóvil y blanca, negra...

Pues toda la vida es acumulación de desprecios hasta que sobreviene el desprecio final, el gran desprecio que es la muerte.

Juan José Arreola también se merece un lugar preponderante gracias a su texto El amor como metáfora de la muerte: "El amor es un símbolo de ese regreso al seno terrenal, al seno de la gran madre. Por eso el amor viene a ser una metáfora de la muerte. Cuando amamos físicamente a una mujer, nos insertemos en la tierra. Incluso el espasmo amoroso, el orgasmo, tiene algo de agonía, del sentimiento de la muerte: es una muerte feliz. Quizá se podría decir que tememos a la muerte como tememos al amor absoluto."

Y también por el remate de su cuento Botella de Klein: "Tienes miedo en pie como falso suicida, jugando metafísico el peligroso juguete en tus manos, revólver de vidrio y vaso de veneno... Porque tienes miedo de beberte hasta el fondo, miedo de saber a qué sabe tu muerte , mientras te crece en la boca el sabor, la sal del dormido que reside en la tierra..."

El poeta Xavier Villaurrutia escribía que vivimos en una permanente Nostalgia de la muerte, en tanto que José Gorostiza prefería hablar de la Muerte sin fin. Podríamos resumirlo en una paráfrasis hurtada al entrañable Edmundo Valadés: La muerte siempre tendrá permiso.

El indispensable Octavio Paz se refiere a ambos poetas en El laberinto de la soledad:

Así, frente a la muerte hay dos actitudes: una, hacia adelante, que la concibe como creación; otra, de regreso, que se expresa como fascinación ante la nada o como nostalgia del limbo. Ningún poeta mexicano o hispanoamericano, con la excepción, acaso, de César Vallejo, se aproxima a la primera de estas dos concepciones. En cambio, dos poetas mexicanos, José Gorostiza y Xavier Villaurrutia, encarnan la segunda de estas dos direcciones. Si para Gorostiza la vida es "una muerte sin fin", un continuo despeñarse en la nada, para Villaurrutia la vida no es más que "nostalgia de la muerte".

La afortunada imagen que da título al libro de Villaurrutia, Nostalgia de la muerte, es algo más que un acierto verbal. Con él, su autor quiere señalarnos la significación última de la poesía. La muerte como nostalgia y no como fruto o fin de la vida, equivale a afirmar que no venimos de la vida sino de la muerte. Lo antiguo y original, la entraña materna, es la huesa y no la nariz. Esta aseveración corre el riesgo de parecer una vana paradoja o la reiteración de un viejo lugar común: todos somos polvos y vamos al polvo. Creo, pues, que el poeta desea encontrar en la muerte (que es, en efecto, nuestro origen) una revelación que la vida temporal no le ha dado: la de la verdadera vida.
 
Al morir
la aguja del instantero
recorrerá su cuadrante
todo cabrá en un instante
(...)
Y será posible acaso
vivir, después de haber muerto.

Regresar a la muerte original será volver a la vida de antes de la vida, a la vida de antes de la muerte: al limbo, a la entraña materna.
 
Por supuesto que la muerte es tema recurrente en la literatura mexicana, en todos sus géneros, desde la narrativa y la poesía hasta la solemne prosa del ensayo. Los autores citados en este texto son sólo unos cuantos, pero se les puede considerar entre los más representativos. Suficientes para concluir con el tema del día de los muertos, al que nos hemos referido durante estas últimas semanas.
 

Jules Etienne  

viernes, 21 de diciembre de 2018

Día de muertos: EL TIEMPO, GRAN ESCULTOR, de Marguerite Yourcenar

"... un derroche de papel higiénico sustituye a las tiras de tela o de papel de arroz de otras civilizaciones."

Día de difuntos

(Fragmentos)
 
Un niño nacido en una familia católica de la Europa occidental conserva al menos el recuerdo de algún paseo por el cementerio el Día de Difuntos, en una época que suele ser fría, opaca y gris. La víspera, fiesta de Todos los Santos, es una fiesta de segunda clase, hasta cierto punto, que no se celebra tanto como la Pascua o la Navidad con regalos y banquetes, pero que sabíamos honrar a los difuntos que habían subido oficialmente al cielo. Había, claro está, millares y millares de santos. Pero también había, y el niño ya se daba cuenta, millares y millares de muertos cuya suerte en el otro mundo no era conocida, y esas veinticuatro horas del dos de noviembre parecían demasiado cortas para honrarlos a todos. Muertos que también subieron al cielo, pero sin ceremonia de beatificación y, por tanto, sin que se estuviera nunca completamente tranquilo sobre su destino, muertos de paso por el Purgatorio o definitivamente en el Infierno, muertos de tiempos paganos, muertos de otras religiones en todas partes del mundo o incluso en ésta. Muertos a secas, tan muertos como aquel perro o aquella vaca que no habíamos vuelto a ver durante las vacaciones y de los cuales nos habían contado, sin más, que reventaron. En lo que a mí concierne, confundo esa lejana visita al cementerio con exposiciones de crisantemos -esas gruesas bolas que abundan siempre sobre las tumbas bien cuidadas- ya que son casi las únicas flores que ofrecen en esa estación las floristas, a no ser que se compre una docena de rosas que se marchitan en seguida y no hacen buena impresión durante mucho tiempo.
 
Se encontraban, bien es cierto, algunas personas de luto que parecían tristes de verdad. Pero lo que se veía sobre todo (y los ojos de un niño son en ese caso implacables) era a unas personas muy bien arregladas que aprobaban aquí y criticaban allá las ofrendas florales que en los otros sepulcros vecinos dejaban sus propietarios. Y nunca olvidaré el sobresalto de horror -tantas veces experimentado en los cementerios, en Francia- al ver unas flores clavadas con alfileres a su cucurucho de papel, como un sudario en el que también acabarían por pudrirse, encima la etiqueta de una buena florista, donativo de alguien que no amaba ni a los muertos ni a las flores y que las había dejado allí sin tomarse la molestia de llevar un recipiente con agua, ni de sacarlas del papel y ponerlas amistosamente sobre la misma tierra o el mármol de los muertos. Se habían contentado con adquirir aquella especie de tarjetas-de-visita-ramos (hay que cumplir) y dejarlas allí, con una discreta señal de la cruz -tal vez, y si se seguía permaneciendo fiel a los usos piadosos-, antes de alejarse lo más de prisa posible sin faltar al decoro en esa época de noviembre que no invita a pasar largas horas de pie junto a las tumbas.
 
Lo que el niño vagamente aburrido y vagamente asqueado no sabía era que aquellos ritos otoñales se encuentran entre los más antiguos celebrados en la tierra. Parece ser que, en todos los países, el día de los difuntos se sitúa a finales de otoño, después de las últimas cosechas, cuando el suelo desnudo se supone deja paso a las almas que duermen debajo. Desde la China a Europa septentrional, el difunto enterrado, a menudo bajo un túmulo lleno de hierba, pasaba por asegurar la fecundidad de los campos y protegerlos al mismo tiempo de las incursiones del enemigo, como los huesos del viejo Edipo en su Tholos de Colona. No obstante, su retorno anual en esos momentos en que la subida hacia el mundo de los vivos  es más fácil, es tan temido como deseado por sus descendientes. Todo rito posee dos vertientes: se ofrecen de buen corazón las ofrendas destinadas a asegurar la supervivencia del muerto y al mismo tiempo para neutralizar lo nocivo que él haya adquirido al convertirse en un difunto, pero se espera de él que, una vez haya pasado la fiesta del nuevo encuentro con los vivos, se vuelva a meter juiciosamente en su morada de tierra. Los ritos del Día de Difuntos son los del espanto tanto como los del amor. En Finlandia ponen unos postes indicadores y unas placas con el nombre de casas o granjas aisladas, fuera de su lugar o cubiertos con una tela opaca, con el fin de que los espíritus, desorientados, no volvieran a instalarse en sus antiguos hogares. Es un hecho, inconfesado y  casi inconfesable, que los muertos más queridos, al cabo de unos años e incluso unos meses serían unos intrusos, si volvieran en la existencia de los vivos cuyas condiciones han cambiado. Así lo quiere no tanto el egoísmo o la frivolidad de los hombres como las exigencias de la vida misma. Esta regla de las conmemoraciones fúnebres otoñales tiene sus excepciones. Una de las fiestas más bellas de difuntos, el festival Bon que es budista, se celebra en verano y consiste en mandar a alta mar centenares de minúsculos esquifes en donde arde una lámpara pequeña, imagen de nuestro precario e inmenso viaje hacia la eternidad.
(...)

No obstante, el verdadero Día de Difuntos es, en los Estados Unidos, la burlesca y, en ocasiones, siniestra mascarada de los niños y adolescentes: Halloween, otra fiesta otoñal que se sitúa la víspera de Todos los Santos, la víspera también del primero de mes de Athyr del antiguo Egipto, aniversario de la muerte de Osiris asesinado por las potencias del Mal y convertido de esa suerte en Dios de los muertos. Hallowed Hall: todas las almas santificadas. Nadie, salvo algunos eruditos, conoce el antiguo sentido etimológico desordenado con una fiesta de difuntos, pero las verdaderas fiestas, las más hondamente enraizadas dentro del inconsciente humano son las que se celebran sin saber por qué.
 
 No se trata, en Halloween de decorar los cementerios ni siquiera de ir a visitarlos. Día de alegría infantil, durante el cual las madres confeccionaban para sus retoños ingenuos y a veces lúgubres disfraces: pocos americanos debe de haber que no recuerden el encanto de llevar ese día el gorro con las llamas del diablo, los bigotes y la cola de un gato, o las blancas trencillas formando el dibujo de los huesos hilvanadas sobre un trozo de tela negra, cándido anticipo de las metamorfosis. Así emperifollados -a menos de hacerlo disfrazados de bruja, de Drácula, de fantasma envuelto en una sábana, o de Supermán, pero siempre con las máscaras apropiadas- van a mendigar caramelos de puerta en puerta fingiendo una voz muy gruesa y amenazando a los habitantes que no le den golosinas o que sólo les ofrezcan unas pocas. Hay niños de más edad y adolescentes que se unen a ellos o forman otros grupos, rivales, igualmente ataviados y disfrazados, con la máscara puesta, y a menudo abundan los delitos tales como cristaleras rotas o pintarrajeadas, huevos que vienen a estrellarse contra las ventanas o las hojas de las puertas, bancos y muebles de jardín rotos, cristales hechos añicos al tratar de entrar  a la fuerza y apoderarse de la botella de whisky codiciada. A veces también se dan atroces bromas por parte de los adultos a quienes irritan estas intrusiones: me han hablado de trozos de pastel embadurnados de espuma de jabón o de excrementos, e incluso, en una ocasión, salpicados de cristal machacado. Es también la noche en que las chicas, al alegrarse al final de un baile, corren más peligro que de costumbre de ser violadas o, a veces, estranguladas detrás de un seto.

En las carreteras, más de una señal de tráfico se ve desplazada o trastocada, igual que lo hacen, por razones que ellos conocen, los supersticiosos campesinos finlandeses. Debido a otro retorno inconsciente a uno de los más antiguos ritos del mundo, un árbol, siempre el mismo, en el centro del pueblo donde yo vivo, es cubierto por los chicos de tiras estrechas colgando de todas sus ramas y que se mueven al viento pero, por comodidad, porque tienen a mano esa clase de producto, o tal vez con intenciones escatológicas, un derroche de papel higiénico sustituye a las tiras de tela o de papel de arroz de otras civilizaciones. Lo que antes era fervor se ha convertido en irrisión. En este gran país que se cree materialista, esos vampiros, esos fantasmas y esos esqueletos del carnaval de otoño no saben lo que son: espíritus de los difuntos desenfrenados a los que se consiente alimentar para echarlos después con una mezcla de jolgorio y de temor. Los ritos y las máscaras son más fuertes que nosotros.
1982

Marguerite Yourcenar
(Escritora en lengua francesa nacida en Bélgica, educada en Francia y afincada en Estados Unidos, donde falleció. Tenía doble nacionalidad, francesa y estadounidense; 1903-1987).

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Día de los muertos: EL DÍA DE TODAS LAS ALMAS, de Cees Noteboom

 "Y cuando todas esas personas se han ido, se ponen a bailar entre ellos por la noche."

(Fragmento final del capítulo 21)

- En Oporto. Era un día frío, la niebla no levantó ni un instante. Pero pensé que te gustaría. Las hice el otoño pasado.
 
- Pero ¿qué están haciendo? -preguntó Erna-. Hay un ambiente muy festivo, pero ¿por qué hay tantas a la vez?
 
- Es el día de todas las almas.
 
- Anda. ¿No es eso algo católico? Ya he oído hablar de ello alguna vez, pero ¿qué es lo que ocurre exactamente?
 
- Conmemoran las almas de los difuntos. El 2 de noviembre. Los muertos se pasan todo el año esperando este día.
 
- Sí, sí. Y cuando todas esas personas se han ido, se ponen a bailar entre ellos por la noche.
 
Daniel la miró.
 
- ¿Cómo lo sabes? También los fotografié, pero no salió nada.
 
Cuando los otros dos se hubieron ido, Arthur se quedó mirando un poco más esas imágenes. Día de todas de las almas. No sabía muy bien qué tenía que imaginarse con estas palabras, pero le pareció que se refería más a los vivos que a los muertos.
 
Tenían que ser muertos que estuvieran en algún lugar, aún era imposible deshacerse de todos, se les tenía aún que llevar flores. Quizá le hubieran visto cuando estuvo tan cerca de ellos. Pero sería mejor no hacer ningún comentario al respecto. Los muertos no estaban de moda, aunque eso todavía no lo supieran las mujeres de Oporto. Si se quedara dormido («Tienes que descansar»), esas nieblas irían entrando despacio en la habitación. Desde muy lejos oyó el tráfico de la Plaza de Manuel Becerra, los sonidos de la gran ciudad, cláxones, una sirena, un altavoz que pregonaba algo, pero él nunca llegaría a saber qué.

 
Cees Noteboom (Holanda,1933).

martes, 18 de diciembre de 2018

Día de los muertos: ARRÁNCAME LA VIDA, de Ángeles Mastretta


 
(Fragmento del capítulo XVIII)

Ese dos de noviembre caía en miércoles y Andrés decidió que pasáramos el puente de muertos en la casa de Puebla. Dijo que invitaría unos amigos, que organizara yo todo. Me puse furiosa sólo de pensar en esos días atendiendo a los invitados de Andrés y lejos de Carlos. Si por lo menos invitaran gente grata, pero invitaría al subsecretario de Ingresos con la mensa de su mujer, siempre vestida como para que la retrataran para el Maruca, al secretario de Agricultura que no sabía ni hablar porque era lelo, y al político de última moda. Porque los políticos se ponían de moda y Andrés en cuanto uno andaba famoso lo invitaba a pasar el fin de semana con nosotros. Lo volvía el rey de la casa, el centro de las conversaciones, lo dejaba ganar en el frontón y me hacía complacer a su señora en todo lo que pidiera.
 
Conocía yo las vacaciones con quince invitados y tres comidas diarias, más aperitivos, galletas y café a todas horas. Me la pasaría visitando la cocina y el mal humor de Matilde.
 
Anduve maldiciendo todo el jueves. Andrés me avisó que saldríamos el viernes 28 al mediodía, para volver el miércoles dos en la tarde.
 
 
Ángeles Mastretta (México, 1949).