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Vancouver: una primavera deshabitada

miércoles, 31 de julio de 2019

Tu boca: LOS ENCANTAMIENTOS, de Henri Barbusse

"Le quitó la mordaza y acarició con los dedos el contorno de su boca maravillosa."
 
(Fragmento del capítulo XXXIII)
 
- ¿Así que mi pequeña perrita durmió bien? -arrojó Luc sus buenos días a Sybil que apenas había podido cerrar el ojo durante la noche. Le quitó la mordaza y acarició con los dedos el contorno de su boca maravillosa.
 
- ¡Tu boca es deliciosa! ¿Puedes chupármela? -le preguntó, dándole su miembro endurecido por la erección matinal.*
 
- No... yo no...
 
- Aprenderás, ¡y te vas a asegurar de que yo no sienta el contacto con tus dientes!
 
Sybil no quería hacer una felación, se la había negado a Jean debido a su educación restrictiva y ahora tener que hacerlo con un extraño le resultaba imposible.

- Yo le ruego...

- Abre tu boca, ¿o prefieres que te haga probar el látigo?

- No, no me azote... se lo suplico...

- ¡Mujer idiota!

Henri Barbusse (Francés fallecido en Rusia, 1873-1935).
 
* La novela Les enchaînements fue publicada sin censura por Ernest Flammarion en París, en 1925. 

martes, 30 de julio de 2019

Tu boca: EN EL PARQUE, de José Juan Tablada

"... miré todas las rosas sangrando entre tu boca..."

Un último sonrojo murió sobre tu frente...
Caíste sobre el césped: la tarde sucumbía,
Venus en el brumoso confín aparecía
y rimando tus ansias sollozaba la fuente.

¿Viste acaso aquel lirio y cómo deshacía
una a una sus hojas en la turbia corriente
cuando al eco obstinado de mi súplica ardiente
respondiste anegando tu mirada en la mía?...

Ya en la actitud rendida que la caricia invoca
tendiste sobre el césped tus blancos brazos flojos
vencida por los ruegos de mi palabra loca.

Y yo sobre tu cuerpo cayendo al fin de hinojos
miré todas las rosas sangrando entre tu boca
¡y todas las estrellas bajando hasta tus ojos!


José Juan Tablada
(Mexicano fallecido en Estados Unidos, 1871-1945).

lunes, 29 de julio de 2019

Tu boca: CENIZAS, de Grazia Deledda


(Del capítulo VIII, fragmento de la carta de Margarita a Anania escrita poco después de la medianoche)

«Recuerda, Anania, ¡recuerda! Incluso anoche me dijiste que desde la cumbre del Gennargentu lloraste tu amor, proclamándolo eterno. Así que estabas mintiendo; ¿Estabas mintiendo anoche? ¿Y por qué?... ¡Por qué me tratas así! ¿Qué hice para merecer tanto dolor? ¿Será posible que no recuerdes cuánto te he amado siempre? ¿Recuerdas que una noche estuve en la ventana y me tiraste una flor después de besarla? Guardo esa flor para adornar mi vestido de novia; y digo que la guardo porque estoy seguro de que serás mi esposo amado, que no querrás ver morir a tu Margarita (¿y tu soneto lo recuerdas?), que seremos tan felices, en nuestra casita, solos, solos con nuestro amor y nuestro deber. Estoy esperando, ahora mismo, una palabra de esperanza. Dime que todo fue un sueño tormentoso; dime que la razón ha regresado a ti, y que te arrepientes de haberme hecho sufrir.

«Mañana por la noche, o más bien esta noche, porque ya es pasada la una, te estaré esperando; no te lo pierdas; ven, adorado, ven, mi amado esposo, ven: te esperaré como la flor espera el rocío después de un día de sol ardiente; ven, déjame revivir, déjame olvidar; ven, adorado, mis labios, ahora bañados en lágrimas amargas, descansarán sobre tu boca amada como....»

- ¡No! ¡No! ¡No! -dijo Anania convulsivamente, retorciendo la carta sin leer las últimas líneas-. ¡No voy a ir! ¡Eres vil, eres un vil cobarde! Moriré, pero nunca me volverás a ver.
Apretando las sábanas con el puño se arrojó sobre la cama y escondió su rostro en la almohada, mordiéndola, conteniendo los sollozos que le hinchaban la garganta.

Un apasionado temblor lo recorría todo, de los pies a la nuca, la invocación de Margarita le dejaba un sombrío deseo de sus besos y durante un largo rato luchó amargamente contra la descabellada necesidad de leer la carta hasta el final.

Mas poco a poco recuperó la conciencia de sí mismo y de lo que sentía. Le parecía que haber visto a Margarita desnuda, y sentir por ella un amor delirante le provocaba un disgusto tan profundo que aniquilaba ese mismo amor.

Ricorda, Anania, ricorda! Anche ieri notte mi dicevi che dalla vetta del Gennargentu gridasti il tuo amore, proclamandolo eterno. Dunque mentivi; anche ieri notte mentivi? E perchè?... Perchè mi tratti così! Che ho fatto io per meritarmi tanto dolore? Possibile che tu non ricordi come ti ho sempre amato? Ricordi una sera che io stavo alla finestra e tu mi buttasti un fiore, dopo averlo baciato? lo conservo quel fiore per ornarme il mio vestito da sposa; e dico conservo perchè son certa che tu sarai il mio sposo diletto, che tu non vorrai far moriré la tua Margherita (e il tuo sonetto, lo ricordi?), che saremo tanto felici, nella nostra casetta, soli, soli col nostro amore ed il nostro dovere. Sono io che aspetto da te, súbito, una parola di speranza. Dimmi che tutto fu un sogno tormentoso; dimmi que la ragione  è ritornata in te, e che ti penti d'avermi fatto soffrire.

«Domani notte, o meglio stanotte, perchè è già passata la una, ti aspetto; non mancare; vieni, adorato, vieni, diletto mio, mio amato sposo, vieni: io ti aspetterò come il fiore aspetta la rugiada dopo una giornata di sole ardente; vieni, fammi rivivere, fammi dimenticare; vieni, adorato, le mie labbra, ora bagnate d’amaro pianto, si poseranno sulla tua bocca amata come....»

- No! no! no! -disse convulso Anania, torcendo la lettera senza leggerne le ultime righe-. Non verró! Sei vile, vile, vile! Morró ma non mi vedrai mai più.
Coi fogli stretti nel pugno si gettò sul letto, e nascose il viso sul guanciale, mordendolo, comprimendo i singhiozzi che gli gonfiavano la gola.

Un fremito di passione lo percorreva tutto, dai piedi alla nuca; le invocazioni di Margherita gli davano un desiderio cupo dei baci di lei, e a lungo lottò acerbamente contro il folle bisogno di rileggere la lettera sino in fondo.

Ma a poco a poco riprese coscienza di sè e di ciò che provava. Gli parve di aver veduto Margherita nuda, e di sentire per lei un amore delirante e un disgusto così profondo che annientava lo stesso amore.)


Grazia Deledda (Italia, 1871-1936). Obtuvo el premio Nobel en 1926.

(Traducido del italiano por Jules Etienne).

domingo, 28 de julio de 2019

Tu boca: LOS PASOS, de Paul Valéry

"Persona pura, sombra divina ¡Qué suaves son tus pasos elegidos!"

Tus pasos, hijos de mi silencio,
Lentamente, en santidad se desplazan,
Hasta el lecho de mi desvelo presencio
Llegan mudos, se congelan.

Persona pura, sombra divina
¡Qué suaves son tus pasos elegidos!
¡Dioses... todos los dones que adivina
Vienen a mí sobre estos pies desnudos!

Si veo tus labios avanzar,
Tu boca preparas para aliviar
Al habitante de mi pensamiento
Con un beso como alimento,

No apresures este momento tierno,
Dulzura de ser no siendo,
Que mi vida es esperarlos
Y mi corazón no será más que tus pasos.

(Les pas

Tes pas, enfants de mon silence,
Saintement, lentement placés,
Vers le lit de ma vigilance
Procèdent muets et glacés.

Personne pure, ombre divine,
Qu'ils sont doux, tes pas retenus!
Dieux !... tous les dons que je devine
Viennent à moi sur ces pieds nus !

Si, de tes lèvres avancées,
Tu prépares pour l'apaiser,
A l'habitant de mes pensées
La nourriture d'un baiser,

Ne hâte pas cet acte tendre,
Douceur d'être et de n'être pas,
Car j'ai vécu de vous attendre,
Et mon coeur n'était que vos pas.)


Paul Valéry (Francia, 1871-1945).

(Traducido del francés por Jules Etienne).

sábado, 27 de julio de 2019

Tu boca: EL TITÁN, de Theodore Dreiser

"Ella era como una mariposa, pensaba, blanca y amarilla, o azul y dorada, que revoloteaba..."

(Fragmento del capítulo XVI: Un interludio fatídico)

- ¿Te acuerdas de aquella pintura que vimos en la galería de arte el otro día, Algernon? -dijo con su acento peculiar, llamándolo por su segundo nombre, que era el que había adoptado para él porque le parecía más adecuado para el estado de ánimo que tenía cuando estaba con ella y porque, sobre todo, le gustaba más. Cowperwood había protestado, pero se atuvo a él-. ¿Recuerdas lo bonito que era el azul de la capa del anciano? (Se trataba de La adoración de los Magos) ¿No te pareció prrre-cioo-soo?

Arrastraba las sílabas de una manera tan encantadora e hizo una mueca graciosa con la boca, que sintió el impulso de besarla.

- Eres una flor de trébol -le dijo, acercándose para tomarla por los brazos-. Una flor del cerezo. Eres un sueño, una figurita de porcelana de Dresde.

- ¿Vas a despeinarme, cuando apenas acabo de conseguir arreglarme el pelo?

Era la voz cordial de la inocencia; y también los ojos.

- Sí, eso voy a hacer, sinvergüenza.

- Pero no me ahoges. De veras, casi me haces daño con tu boca, ¿sabes? ¿Es que no vas a tratarme bien?

- Sí, cariño, Aunque también quiero hacerte daño.

- Bueno, entonces, si tienes que hacerlo.

Pero a pesar de todos sus arrebatos, el encanto seguía estando allí. Ella era como una mariposa, pensaba, blanca y amarilla, o azul y dorada, que revoloteaba sobre un seto de rosas silvestres.


Theodore Dreiser (Estados Unidos, 1871-1945).

viernes, 26 de julio de 2019

Tu boca: FANDANGO, de Vilhelm Krag

"¡Que vengan! Que entren a bailar con sus pies delicados..."

¡Música no, jenízaros!
¡Silencio, ritmos cargados de marcha!
¡Silencio por favor, músicos!

La mujeres circasianas, las circasianas
¡Que vengan! Que entren
a bailar con sus pies delicados
música silenciosa
de guitarras distantes
rasgando, tarareando, acarician los sonidos,
sonrientes, reclinando sonidos seductores
sensualmente dulces:
¡Fandango!

Un toque rojo sombrío para el baile de luz vibrante
largo velo que nubes de plata trazan brillante
tiernos brazos que suavemente se entrelazan
al bailar
una oreja sonrojada, el blanco dedo meñique
y los pies veloces como un rayo sin sonido
su piel de arena cubierta por la sedosa cabellera negra.-
y se ondulan con ese tintineo de joyas y pedrería.
Y las mejillas. Y los ojos.
¡Fandango!

Zerlina, doncella mía, tu cuello es tan dulce
tus ojos tan negros,
pero tus ojos están húmedos, Zerlina.

Zerlina, doncella mía, tus labios son tan rojos
y tus mejillas redondas
¡Pero tus mejillas están pálidas, Zerlina!

Zerlina, doncella mía, tu piel es tan suave,
tu boca tan fresca
pero- ¿por qué se estremece tu boca, Zerlina?

«¡Ah, mi señor! Pronto llegará el otoño
y caen los pétalos de las rosas de Persia
y hay llanto en las corolas del clavel
y el follaje se marchita, mi señor.»

Zerlina, doncella mía, gracias por tu baile
y tus palabras. –Ahora déjame solo.

Todo se marchita. Se marchita,
se marchita,
el mundo, se marchita, y las rosas y las mujeres,
mi cuerpo y todos sus nervios temblorosos
¡Marchitar!

Y el tiempo, que me roba tan lentamente más allá de mí,
y pasan las horas para cavar una tumba.
No me atrevo a pensar – No me atrevo a vivir.
¡No te atrevas a morir!

Y en esta quietud, tan de la noche y mortal,
como la llamada del chorlito viene el murmullo sin fin;
Se marchita, se marchita,
se mar...

¡Música, música, música, jenízaros,
el gran tambor chino!


Vilhelm Krag (Noruega, 1871-1933).

(Traducido al español por Jules Etienne).
La ilustración corresponde a Una tarde ociosa en el serrallo (1876), de Giacomo Mantegazza.

jueves, 25 de julio de 2019

Tu boca: LAS CANCIONES DE BILITIS, de Pierre Louÿs


El antro de las ninfas

Tus pies son más delicados que los de la argentina Thetis. Entre tus brazos cruzados reúnes tus senos o los acunas blandamente como dos bellos cuerpos de palomas.
 
Bajo tus cabellos disimulas tus ojos húmedos, tu boca temblorosa y las flores rojas de tus orejas; pero nada detendrá mi mirada ni el cálido hálito del beso.
 
Porque en el secreto de tu cuerpo estás tú, Mnasidika amada, que recelas del antro de aquellas ninfas de que habla Homero, el lugar donde las náyades tejen paños de púrpura.
 
El lugar de donde fluyen, gota a gota, unas fuentes inagotables y donde la puerta del Norte deja descender a los hombres, y donde la puerta del Sur deja entrar a los Inmortales.
  
Pierre Louÿs (Francés nacido en Bélgica, 1870-1925).

(Traducido al español por Ramón Hervás).

miércoles, 24 de julio de 2019

Tu boca: A LEONOR, de Amado Nervo

"... pero hay algo más bello aún: tu boca:"

Tu cabellera es negra como el ala
del misterio; tan negra como un lóbrego
jamás, como un adiós, como un «¡quién sabe!»
Pero hay algo más negro aún: ¡tus ojos!

Tus ojos son dos magos pensativos,
dos esfinges que duermen en la sombra,
dos enigmas muy bellos... Pero hay algo,
pero hay algo más bello aún: tu boca.

Tu boca, ¡oh sí!; tu boca, hecha divinamente
para el amor, para la cálida
comunión del amor, tu boca joven;
pero hay algo mejor aún: ¡tu alma!

Tu alma recogida, silenciosa,
de piedades tan hondas como el piélago,
de ternuras tan hondas...
Pero hay algo,
pero hay algo más hondo aún: ¡tu ensueño!


Amado Nervo (Mexicano fallecido en Uruguay, 1870-1919).

martes, 23 de julio de 2019

Tu boca: LOS ALIMENTOS TERRESTRES, de André Gide


(Fragmento del Libro Segundo)

Todas las cosas llegan a su tiempo, Natanael; cada una de ellas nace de su necesidad y no es, por decirlo así, sino una necesidad exteriorizada. Yo tenía necesidad de un pulmón, me ha dicho el árbol: entonces mi savia se ha convertido en hoja para que pudiera respirar por ella. Luego, cuando ha respirado, mi hoja ha caído y yo no he muerto por ello. Mi fruto contiene todo mi pensamiento sobre la vida.

Natanael, no temas que abuse de esta forma de apólogo, pues no me gusta mucho. No quiero enseñarte más sabiduría de la vida. Pues el pensar es una gran zozobra. Cuando era joven me fatigué siguiendo de lejos las consecuencias de mis actos y no estaba seguro de no pecar sino a fuerza de no obrar.

Luego escribí: no debo la salvación de mi carne sino al irremediable envenenamiento de mi alma. Después ya no comprendí en absoluto lo que había querido decir con eso.

Natanael, no creo ya en el pecado.

Pero tú comprenderás que sólo con mucha alegría se compra un poco de derecho a pensar. El hombre que se dice dichoso y que piensa es el que será llamado verdaderamente fuerte.

Natanael, la desdicha de cada uno proviene de que es siempre cada uno quien mira y subordina a sí mismo lo que ve. No es por nosotros, sino por ella, por lo que cada cosa es importante. Que tu ojo sea la cosa mirada.

Natanael, no puedo comenzar un solo verso sin que aparezca en él tu nombre delicioso.

Natanael, quisiera hacerte venir al mundo.

Natanael, ¿comprendes lo suficiente el patetismo de mis palabras? Quisiera acercar- me a ti más todavía.

Y como para resucitarlo, se tendió Elíseo sobre el hijo de la Sulamita -"la boca sobre su boca, y los ojos sobre sus ojos, y las manos sobre sus manos"-, yo deseo tender mi gran corazón radiante sobre tu alma todavía tenebrosa, tenderme sobre ti todo entero, mi boca sobre tu boca, y mi frente sobre tu frente, tus manos frías en mis manos ardientes, y mi corazón palpitante... ("Y la carne del niño se calentó otra vez", está escrito...) a fin de que en el deleite te despiertes -y luego me dejes- para una vida palpitante y desordenada.

Natanael, he aquí todo el calor de mi alma -llévalo.


André Gide (Francia, 1869-1951).
Obtuvo el premio Nobel en 1947.

lunes, 22 de julio de 2019

Tu boca: VIENE LA NOCHE, de Else Lasker-Schüler


Viene la noche y me sumerjo en las estrellas,
para no olvidar en el alma el camino a casa
pues se enlutó hace mucho tiempo mi pobre país.

Descansan nuestros corazones emparentados de amor,
emparejados en una cáscara:
blancas almendras -

Sé que tienes, como antes, mi mano
encantada en la eternidad de la lejanía...
¡Ah!, mi alma crujió cuando me lo confesó tu boca.


Else (Elizabeth) Lasker-Schüler
(Nacida en Alemania en 1869 y muerta en Jerusalén en 1945).

domingo, 21 de julio de 2019

Tu boca: LA HORDA, de Vicente Blasco Ibáñez

"Deja que bese ese amarillo de oro... Ahora, el morado; ahora el azul... el rosa de tu frente... el heliotropo de tus labios..."

(Fragmento del capítulo 5)

- No; vámonos -murmuró la muchacha-. Fuera de aquí hablaremos; gritaré lo que quieras. ¡Quererse por primera vez en un cementerio!... Esto da mala sombra; acabaremos mal. Vámonos, Isidro.

Tiraba de él poseída de un terror infantil, y el joven la siguió. Pero al pasar bajo el arco que daba entrada al ábside, Isidro la detuvo, lanzando una exclamación de asombro.

La luz de la vidriera envolvía a Feli. Era una faja de colores palpitantes, que abarcaba a la joven de pies a cabeza, haciendo temblar todo su cuerpo, como si estuviese formado con las tintas del iris.

- ¡Qué bonita! -exclamó Maltrana con arrobamiento. -¡Si pudieras verte!... Tienes la falda verde y el pecho azul. Tu boca es de color naranja; una mejilla es violeta y la otra ámbar. Parece que tengas claveles en la frente.

Feli permanecía inmóvil, sonriendo con femenil complacencia, gozosa de que su novio la viera tan bella. Sentía la caricia del rayo mágico del sol; entornaba los ojos, cegada por la ola de dolores que palpitaba en sus ropas y en su carne. El halago de la coquetería disipaba su miedo al cementerio con esa facilidad que tienen las mujeres para el olvido cuando se sienten acariciadas en su vanidad.

Algo más que el contacto de la luz sintió de pronto Feli. Su novio la estrujaba otra vez, pero con mayores arrebatos, sin que ella intentase resistir.

- Deja que bese ese amarillo de oro... Ahora, el morado; ahora el azul... el rosa de tu frente... el heliotropo de tus labios... las violetas de tus ojos.

Caían los besos sobre ella como una lluvia sonora con chasquidos de pasión, que agrandaba el eco del cementerio.

Feli envolviáse entre sus brazos, intentando en vano librarse de ellos. Al moverse, los colores cambiaban de sitio, pasando de una parte a otra de su cuerpo adorable. Todos los resplandores de la luz desfilaban por su boca. Maltrana no perdonó uno: quiso saborearlos todos, en medio de aquella gloria de colores que envolvía su amoroso grupo.

Feliciana cerraba los ojos, estremecida por el chaparrón de besos, vibrando su virgen sensibilidad con el apretón de los masculinos brazos, sintiéndose próxima a caer al suelo como si las piernas temblorosas no pudiesen sostenerla, murmurando entre suspiros dulces:

- Basta... déjame... Que me matas; que grito... Asesino.


Vicente Blasco Ibáñez (España, 1867-1928).

sábado, 20 de julio de 2019

Tu boca: ¡ESBELTA SURGE! ¡VIENE DE LAS AGUAS DESNUDA...!, de Camilo Pessanha

"... yendo a la roca donde creo que estás, con los cabellos escurriendo agua..."

¡Esbelta surge! ¡Viene de las aguas, desnuda,
gobernando una concha inmaculada!
Las caderas flexibles, los senos palpitantes…
Muere mi boca por besar tu boca.


¡Sin vil pudor! ¿De qué hay que avergonzarse?
Soy un hermoso joven, casto y fuerte.
¡De blanco pecho! -que la muerte acoja…
Aunque la infame deba ahora esperar-.


Creyendo que es la hidra voy a acabar con ella
yendo a la roca donde creo que estás,
con los cabellos escurriendo agua,


e ir a inclinarme y desmayar de amor,
bajo el fervor de mi virginidad
y mi pulso de joven gladiador.


Camilo Pessanha (Portugal, 1867-1923).

 (Traducido al español por Amador Palacios).

viernes, 19 de julio de 2019

Tu boca: EL DIFUNTO MATÍAS PASCAL, de Luigi Pirandello

"... el tren de las doce, que va a Pisa."

(Fragmento inicial del capítulo 17: Reencarnación)

Llegué a la estación a tiempo de tomar el tren de las doce, que va a Pisa.

Después de sacar el billete, me acomodé en un coche de segunda, con la visera de la gorra de viaje calada hasta los ojos, no tanto porque no me vieran como para no ver yo a nadie. Pero seguía viendo, a pesar de todo, con el pensamiento, lo que no quería ver; me atosigaba la visión de aquel sombrero y aquel bastón que dejara encima del pretilillo del puente. Quizá alguno, al pasar por allí, los hubiese visto..., si no había ido ya algún sereno con el parte a la Comisaría... ¡Y yo estaba todavía en Roma! ¿Qué pasaría? Sentía que no vivía...

Hasta que, por fin, arrancó el tren. Por fortuna no había subido ningún otro viajero a mi vagón. Me puse en pie, alcé los brazos y lancé un interminable suspiro de satisfacción, como si se me hubiese quitado un peso de encima. ¡Ah! Volvía a contarme en el número de los vivos; a ser yo, ¡Matías Pascal! Me hubiera puesto a participárselo a todo el mundo a grito pelado: «¡Que soy yo, Matías Pascal! ¡Que soy yo! ¡No me había muerto! ¡Estoy aquí!» ¡Y no tenía ya que mentir, ni por qué temer que me descubrieran! Es decir, todavía no, hasta que no llegase a Miragno... Allí era donde tendría que darme a conocer como del mundo de los vivos e injertarme de nuevo en mis sepultas raíces... ¡Loco de mí ¿Cómo había podido figurarme que un tronco pudiese vivir cercenado de sus raíces? Y, sin embargo, todavía me acordaba de aquel otro viaje de Alenga a Turín; lo mismo que ahora, habíame considerado entonces feliz... ¡Loco! ¡Había sido un loco! «¡La liberación!», decía. ¡Aquello me había parecido la liberación! ¡Sí, con la capa de plomo de la mentira a cuestas! ¡Una capa de plomo encima de una sombra! ... Ahora volvería a cargar con la mujer y la suegra, es cierto... Pero ¿no había tenido que cargar con ellas también cuando era un muerto? Ahora, por lo menos, estaría vivo y podría defenderme. ¡Ah! ¡Ya nos las veríamos!

Al pensar en ello de nuevo, se me antojaba inverosímil la ligereza con que dos años atrás me lanzara yo fuera de la ley, a la aventura. Y volvía a verme en aquellos primeros días, dichoso en medio de la inconsciencia, o por mejor decir, de la locura, en Turín, primero, y después en otras poblaciones, en callada romería, mudo, solo, metido en mi concha, saboreando a mis anchas el sentimiento de lo que en aquella época se me antojaba mi felicidad; y evocaba mi paseo por Alemania, a lo largo del Rin, en un vapor. ¿Habría sido un sueño todo aquello? No, señor; que había sido realidad. ¡Oh, si hubiera podido yo hacer siempre aquella vida.... viajar como un forastero del vivir! ... Pero luego, en Milán.... aquel pobre perro que estuve a punto de comprarle al viejo que vendía cajas de cerillas... Ya entonces.

Torné con el pensamiento a Roma. Y entre como una sombra en la casa abandonada. ¿Dormirían todos? Adriana, quizá no; quizá me está aguardando todavía, esperándome de un momento a otro; le habrán dicho que yo he ido a buscar dos padrinos para batirme con el pintor Bernáldez; y como tardo, le entra mucho miedo y llora...

Me apreté la cara con ambas manos, sintiendo que el corazón se me encogía de angustia.

- Pero si yo no podía ser un viviente para ti, Adriana -gemí-, ¿no es mejor que ahora me creas muerto? Muertos los labios que cogieron aquel beso de tu boca... ¡Olvídame, pobre Adriana, olvídame!


Luigi Pirandello (Italia, 1867-1936). Obtuvo el premio Nobel en 1934.

La ilustración corresponde al puente de la Magdalena, conocido como "puente del diablo",
en la provincia de Lucca, al norte de Pisa. 

jueves, 18 de julio de 2019

Tu boca: ¡OH MI ADORADA NIÑA!, de Rubén Darío

"La ensangrentada huella del filo de un puñal:" 

¡Oh mi adorada niña!
Te diré la verdad:
Tus ojos me parecen
brasas en un cristal;
tus rizos, negro luto,
y tu boca sin par,
la ensangrentada huella
del filo de un puñal.


Rubén Darío (Nicaragua, 1867-1916).

miércoles, 17 de julio de 2019

Tu boca: EL LIBRO DE MONELLE, de Marcel Schwob

"Respira el hálito de tu boca y no aspires los alientos muertos."

(Fragmento del capítulo I: Palabras de Monelle)

No te resistas a la naturaleza. No apoyes contra las cosas los pies de tu alma. Que tu alma no de vuelta la cara como el niño malo.
Anda en paz con la luz roja de la mañana y el resplandor gris del anochecer. Sé el alba mezclada al ocaso.
Mezcla la vida con la muerte y divídelas en momentos.
No esperes la muerte: ella está en ti. Sé su camarada y tenia contra ti; es como tú mismo.
Muere de tu muerte; no codicies las muertes antiguas. Varía los géneros de muerte con los géneros de vida.
Ten por viva toda cosa incierta, y toda cosa segura, por muerta.

Y Monelle dijo: Te hablaré de las cosas muertas.

Quema cuidadosamente a los muertos, y desparrama sus cenizas a los cuatro vientos del cielo.
Quema cuidadosamente las acciones pasadas, y apisona las cenizas; pues el fénix que renacería de ellas sería el mismo. No juegues con los muertos y no acaricies sus rostros.
No te rías de ellos y no llores sobre ellos: olvídalos.
No te fíes de las cosas pasadas. No te ocupes para nada en construir bellos ataúdes para los momentos pasados: piensa en matar los momentos porvenir.
Desconfía de todos los cadáveres.
No abraces a los muertos: ellos asfixian a los vivos.
Consagra a las cosas muertas el respeto que se debe a las piedras de construcción.
No manches tus manos en la extensión de las líneas gastadas. Purifica tus dedos en aguas nuevas.
Respira el hálito de tu boca y no aspires los alientos muertos.
No contemples las vidas pasadas más que tu vida pasada. No colecciones sobres vacíos.
No lleves en ti ningún cementerio. Los muertos producen pestilencia.


Marcel Schwob (Francia, 1867-1905).

(Traducido al español por Ariel Dilon).
La ilustración corresponde a un trabajo visual de Adam Martinakis.