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Vancouver, otoño en English Bay (fotografía de Jules Etienne).

jueves, 10 de julio de 2014

Espejos (70): EL NOMBRE DE LA ROSA, de Umberto Eco


(Fragmento del segundo día, noche)

- Realmente ingenioso. ¡Un espejo!
 
- ¿Un espejo?
 
- Sí, mi audaz guerrero -dijo Guillermo-. Hace poco, en el scriptorium, te has arrojado con tanto valor sobre un enemigo real, y ahora te asustas de tu propia imagen. Un espejo, que te devuelve tu propia imagen, agrandada y deformada.
 
Cogiéndome de la mano me llevó hasta la pared situada frente a la entrada de la habitación. Ahora que la lámpara   estaba más cerca podía ver, en una hoja de vidrio con ondulaciones, nuestras dos imágenes, grotescamente deformadas, cuya forma y altura variaba según nos acercásemos o nos alejásemos.
 
- Léete algún tratado de óptica -dijo Guillermo con tono burlón-. Sin duda, los fundadores de la biblioteca lo han hecho. Los mejores son los de los  árabes. Alhazen compuso un tratado De aspectibus donde, con rigurosas demostraciones geométricas, describe la fuerza de los espejos. Según la ondulación de su superficie, los hay capaces de agrandar las cosas más minúsculas (¿y qué hacen si no mis lentes?), mientras que otros presentan las imágenes invertidas, u oblicuas, o muestran dos objetos en lugar de uno, o cuatro en lugar de dos. Otros, como éste, convierten a un enano en un gigante, o a un gigante en un enano.
 
- ¡Jesús! -exclamé-. Entonces, ¿son éstas las visiones que algunos dicen haber tenido en la biblioteca?
 
- Quizá. La idea es realmente ingeniosa. -Leyó la inscripción situada sobre el espejo: Super thronos viginti quatuor-. Ya la hemos encontrado, pero en una sala sin espejo. Además, ésta no tiene ventanas, y tampoco es heptagonal. ¿Dónde estamos? -Miró alrededor y después se acercó a un armario-. Adso, sin aquellos benditos oculi ad legendum no logro comprender lo que hay escrito en estos libros. Léeme algunos títulos.
 
 
Umberto Eco (Italia, 1932)

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